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jueves, 9 de octubre de 2014

Para que Él reine - II Parte, Cap. 2 continuación

CAPÍTULO II


LA REVOLUCIÓN

Continuación del capítulo anterior

LA REVOLUCIÓN PROVOCA LA CORRUPCIÓN MORAL…

Y no solamente corrupción que emana necesariamente de la irreligión revolucionaria, sino corrupción voluntaria y cuasi-sistemática, reconociéndose como tal en múltiples declaraciones.
“Peca fuertemente y cree más aún”. No pretendemos entablar una discusión con Lutero por este dicho. Sin embargo, fue la señal de las perversiones que mancillaron los comienzos del protestantismo. Lo que tal fórmula autorizaba, el jansenismo, a su vez (es un hecho), lo provocará. Y el jansenismo es casi la Revolución. Alianza de los peores libertinos con los herejes, más aparentemente austeros; era precisa esta coalición para quebrantar lo que se quería derruir.
Apología incondicional del placer y repulsa de toda moral, tal será la lección muy explícita de los Enciclopeditas. Nadie ignora, además, que bajo la pluma de los pretendidos “filósofos” franceses o ingleses del siglo XVIII pulularán las máximas de la inmortalidad más provocativa.
El ideal del “buen salvaje”, incesantemente propuesto, ideal imaginario, más preocupado de la propaganda por las ideas nuevas que de una exacta observación de los pueblos calificados de “salvajes”, este ideal[1] ofrecía, se estará de acuerdo, numerosos recursos a los partidarios de eso que todavía no se llamaba “unión libre”. Sabiendo es hasta dónde habían de llegar las cosas, bajo la Revolución, después de la autorización del divorcio.
Corrupción moral característica[2], podemos decir, y para algunos, propuesta sistemáticamente, como lo prueban ciertos documentos comunicados por el Vaticano a Cretineau-Joly, quien los publicó a petición de Gregorio XVI[3] y de Pío IX.
“Para propagar la luz —escribe Piccolo-Tigre en una carta del 18 de enero de 1822 a una Venta (68 bis) del Piamonte— se ha juzgado bueno y útil dar impulso a todo lo que aspira a revolverse. Lo esencial es aislar al hombre de su familia y hacerle perder la moral familiar.
“Por inclinación de su carácter está bastante dispuesto a huir de los cuidados de la casa, a correr tras placeres fáciles y gozos prohibidos. Le gustan las largas charlas de café, la ociosidad de los espectáculos. Animadle, sostenedle, dadle cierta importancia, enseñadle directamente a aburrirse en sus trabajos cotidianos; y gracias a este artificio, después de haberle separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle hecho ver lo penosos que son todos los deberes, le inculcáis el deseo de otra existencia. Una vez que hayáis insinuado en algunas almas la repugnancia a la familia y a la religión (una va casi siempre a continuación de otra), deslizad algunas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la logia más próxima. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de enfeudarse en la francmasonería es tan universal que estoy siempre en éxtasis ante la estupidez humana”.
En el segundo volumen de su obra “L’Eglise romaine en face de la Revolution” Crétineau-Joly publica otra carta de un miembro de la alta Venta[4]: “Ni el catolicismo ni las monarquías —se lee— temen ya a los puñales mejor afilados; pero estas dos bases del orden social pueden derrumbarse bajo la corrupción: por tanto, no nos cansemos nunca de corromper. Tertuliano decía, con razón, que la sangre de los mártires engendraba cristianos. Está decidido en nuestros consejos que no queremos más cristianos; por tanto, no hagamos mártires, pero popularicemos el vicio en las multitudes. Que lo respiren por los cinco sentidos, que lo beban, que se saturen del vicio; y esta tierra, donde el Aretino ha sembrado, está siempre dispuesta a recibir lúbricas enseñanzas. Haced corazones viciosos y no tendréis más católicos. Alejad al sacerdote del trabajo del altar y de la virtud; buscad hábilmente a ocupar en otra parte sus pensamientos y sus horas; tornadle ocioso, glotón y patriota: se volverá ambicioso, intrigante y perverso. De esta forma habréis cumplido mil veces mejor vuestro deber que si hubieseis despuntado vuestros puñales sobre los huesos de algún pobre diablo…
“Hemos emprendido la corrupción en gran escala, la corrupción del pueblo por el clero y la del clero por nosotros, la corrupción que debe conducirnos a llevar un día a la Iglesia a la tumba. Oí tiempo atrás a uno de nuestros amigos reírse filosóficamente de nuestros proyectos y decirnos: “Para aniquilar el catolicismo hay que empezar por suprimir a la mujer”. La frase es cierta en un sentido, pero puesto que no podemos suprimir a la mujer, corrompámosla con la Iglesia Corruptio optimi pessima. El objetivo es bastante atrayente para tentar a hombres como nosotros. No nos apartemos del mismo por algunas miserables satisfacciones de venganza personal. El mejor puñal para herir a la Iglesia es la corrupción”.
¿Cómo no estar abrumado por tanta perfidia? Quizá alguna sospecha asalte a nuestro espíritu. Ciertamente ésta sería legítima si no fuera porque contamos con garantías seguras[5]. Aún más: la historia lo ha confirmado.
Desde que estos textos fueron publicados por vez primera la empresa o campaña de corrupción se ha desarrollado implacablemente, y para descubrirla no es preciso acudir al texto de documentos extraídos de archivos secretos, ya que se exhibe, victoriosa, a la vista de todos. ¿Por qué poner en duda el criminal proyecto cuando el crimen es manifiesto? Las pruebas, por añadidura, no faltan. En la imposibilidad en que nos encontramos de mencionarlas todas nos contentaremos con algunas.
Corrupción de la mujer, se acaba de decir. Ahora bien, en el periódico “L’Emeute”, de Lyon (del 7-XII-1883), se podía leer: “Ya es hora de reforzar nuestros batallones con todos los elementos que compartan nuestros odios… Las mujeres públicas serán poderosos auxiliares; irán a buscar hasta los regazos de sus madres a los hijos de familia para empujarles al vicio, incluso al crimen; se podrán al servicio de las hijas de los burgueses para poder inculcarles pasiones vergonzosas… Esta podrá ser la obra de las mujeres unidas a la Revolución”.
El primer autor de la ley que creó los liceos de señoritas, Camille Sée, ha declarado que la obra de descristianización de Francia no triunfaría plenamente sino cuando todas las mujeres hubieran recibido la educación laica. “Mientras que la educación de las mujeres —dijo en su informe en la Cámara de 1880— termine con la instrucción primaria, será casi imposible vencer los prejuicios, la superstición, la rutina” (entiéndase: las tradiciones católicas, el dogma, la moral).
En enero de 1906 el renegado Charbonnel tuvo una entrevista con el ministro de Instrucción Pública. El H\ Bienvenu Martin. “La Raison” dio cuenta de ello: “Viajo mucho —dijo el ministro— por una causa que siento profundamente, la educación de las jóvenes. He ido a inaugurar numerosos liceos y colegios para ellas. Arrancaremos a la mujer del convento y de la Iglesia. El hombre hace la ley, la mujer hace las costumbres. Al oír estas palabras —dijo Charbonnel— salté de júbilo”.
Ahora bien: en este caso la iniciativa había sido tomada por las logias.
El 6 de septiembre de 1900 el Convento del Gran Oriente de Francia sometió “al estudio de las logias la búsqueda de los medios más eficaces para instaurar la influencia de las ideas masónicas sobre las mujeres, intentar sustraerlas a la influencia de los sacerdotes y crear, en consecuencia, instituciones aptas para alcanzar esta finalidad”[6].
Para ejecutar esta resolución y otras semejantes el consejo de la Orden dirigió a todas las logias una circular (núm. 13), de fecha 15 de diciembre de 1902, diciéndoles: “El poder del clericalismo ha sido desarrollado y consolidado gracias a la mujer y es también gracias a ella que esta potencia malhechora se mantiene y se ejerce. Es, pues, preciso oponer a la mujer alimentada de ideas falsas y de supersticiones ridículas, la mujer fuerte, la mujer masónica”[7].
Sabemos lo que esto significa.
Ya se trate de la apología de la unión libre, de la introducción y del desarrollo del neomaltusianismo en Francia[8] y en el mundo, del desarrollo de las modas contrarias a la modestia, de la invasión de la literatura pornográfica, de la pretendida educación sexual, etc., sabemos cuál fue la acción determinante si no la complicidad de las logias. ¡Sí! Obra sistemática y continua de corrupción moral. Del ideal propuesto por Helvetius[9] a la obra reeditada por León Blum en el momento en que, en una hora típicamente revolucionaria, era el jefe del gobierno francés, es imposible no observar una voluntad de corrupción verdaderamente demasiado estable para que no se la pueda llamar “esencial” a la Revolución[10].
Hasta ahora hemos renunciado a hacer la menor referencia al comunismo. La materia sería demasiado abundante. Conozcamos, al menos, la repulsa de Lenin hacia la moral que pudiera recordar, de cerca o de lejos, al Decálogo[11]. De hecho, y a despecho de la oposición que él y los suyos pretenden levantar contra los vicios de la sociedad burguesa, en ellos se descubren las mismas infamias que la moral cristiana prohíbe tanto al burgués como a los proletarios; la santidad y la virtud no han sido nunca consideradas por la Iglesia como el monopolio de una clase[12].
No vemos nada que prohíba suscribir lo que un secretario de Mazzini, Scipion Pertrucci, tuvo la franqueza de decir a Paul Ripari el 2 de abril de 1849: “Somos un gran partido de puercos. Esto, en familia se puede decir”.

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[1] No recomendaremos nunca demasiado la lectura de la obra maestra de Paul Hazard “La crise de la conscience européenne” (Boivin, edit.) Cf. p. 13: “Como los cartógrafos antiguos dibujaban, sobre los continentes, plantas, animales y hombres, sobre el mapa intelectual del mundo (en esta época: 1680-1715) señalemos el lugar y la importancia del Buen Salvaje. No es que el personaje sea nuevo, pero en este tiempo que estudiaremos, entre uno y otro siglo, toma definitivamente su forma y se vuelve agresivo…”. Se haría mal en menospreciar la influencia de esta manía. Pero, como ha podido escribirlo Blanc de S. Bonnet: “Tomar al salvaje por el hombre primitivo, en consecuencia, imaginarse que el estado salvaje es para el hombre un estado natural o un principio y no un derecho de civilización y más tarde concluir que los pueblos se han elevado por sí mismos al estado social, tales son los yerros de este siglo…” (“Préliminaires du libre de la chute”). Sin ninguna duda, era promover una jerarquía de valores tendentes a trastocar el mismo orden de las cosas y proponer la decadencia moral como ideal. “No multiplicaremos los textos para comprobarlo. En veinte, quizás en cien lugares de sus obras, Rousseau prefiere el estado de los pueblos salvajes al de las naciones civilizadas, porque está más conforme con el estado de naturaleza. Weishaupt proclama varias veces que los salvajes son, en el más alto grado, los más esclarecidos de los hombres y quizás también los únicos libres”. Kropotkin declara que los “principios de la verdadera moral no se encuentran más que en las tribus “apartadas” los confines del mundo civilizado… La mayor parte de los autores francmasones exaltan a los salvajes con elogios singulares, aunque la mayoría que las califican así, respetaban, al menos la ley natural, pero la distancia y la imaginación permiten “realizar” entre “salvajes”, a veces teóricos, la peor licencia de costumbres que ellos sueñan. Entre todos, los nómadas gustan especialmente a los sectarios. Pero los más admirados son los que se distinguen por una gran libertad de costumbres: “En Malabar y en Madagascar, si todas las mujeres son verdaderamente mujeres (?), es porque satisfacen sin escandalo sus fantasías y tienen mil galanteadores. En el reino de Baltimera, toda mujer, fuere cual fuere su condición está incluso obligada por la ley, y bajo pena de muerte, a ceder al amor de cualquiera que la desee. Una negativa es para ella una condena de muerte”. (Helvetius, “De l’esprit”, Disc. II). La tribu de los Moïs ha conservado, sin duda, más plenamente la libertad de la naturaleza. “En ciertas tribus —decía un periódico masónico, “La pensé nouvelle” (29-12-1867)— la familia no es sino un círculo sumamente elástico del que el marido y la mujer salen cuando quieren. El método matrimonial de los Moïs, tribus de Conchinchina, es perfectamente sencillo y conforme a la naturaleza; difiere poco de la conducta ordinaria de los animales…”. ¡Los animales propuestos como ideal al hombre! Por inaudito que un tal exceso parezca, no nos faltan las citas con que poderlo ilustrar. “Los animales tienen, naturalmente, respecto de nosotros —ha dicho Voltaire—, la ventaja de la independencia”. “En ese estado natural del que gozan todos los cuadrúpedos sin domesticar, los pájaros y los reptiles —prosigue— el hombre sería tan dichoso como ellos”. Y Brisot, en sus “Recherches sur la droit de proprieté et sur le vol”: “El animal es tu semejante, ¡oh hombre! Quizá sea tu superior: lo es, si es verdad que los dichosos son los cuerdos”. (Cf. “La cité antichrétiene”, de Dom Paul Benoit, II parte, t. I, pp. 88 a 94). Nadie podrá encontrar excesivo, después de esto, el juicio de Taine sobre la Revolución: “El trastrocamiento es completo —escribe—: sometida Francia el gobierno revolucionario, se asemeja a una criatura humana a quien se obligara a caminar sobre la cabeza y a pensar con los pies”. (“La Revolution”, t. III, p. 460). Asimismo los pedagogos se mezclarán también, como parece probarlo el título de una obra recomendada por “Le Moniteur” del 17 de noviembre de 1794, para la educación de la infancia y de la juventud: “Instrucciones sacadas de ejemplos de los animales sobre los deberes de la juventud, para uso de las escuelas primarias, seguidas de observaciones sobre las ventajas de la república”.
[2] Verdad es que la inmoralidad no fue solo patrimonio de los revolucionarios, pues, desgraciadamente, demasiados católicos dieron y siguen dando buen número de tristes ejemplos. Pero éste no es un acertado planteamiento del problema. No se debe comparar más que lo comparable. Es absurdo, en consecuencia, poner en parangón tal católico malo con un revolucionario, bonachón y simpático. No autoriza formar juicio tomar lo malo de uno y lo mejor del otro. Si se ha de juzgar acertadamente, hay que hacer resaltar en ambas partes lo comparable: los hombres que se representan, de una parte y de otra, como personajes representativos, los mejores, los héroes, los grandes hombres. Del lado de la Iglesia, sabemos cuáles son. Son los santos; héroes cristianos por excelencia y que la Iglesia reconoce oficialmente como tales. Del lado de la Revolución, la duda es todavía menos posible. Las placas de nuestras calles están a menudo mancilladas de nombres cuyo recuerdo merece muy poco el ser perturbado. Basta con comparar. Ahora bien, no es posible para un espíritu, relativamente imparcial, vacilar sobre la equivalencia eventual y el análogo valor moral de un Stalin y de un San Luis, de un Lenin y de un San Ignacio, de un Robespierre y de un San Vicente de Paul, de un Ferdinand Buisson y de un San Pío X, de un Mazzini y de un Pío IX, etc. ¡Y qué decir de tantos otros que no dejan de estar ofrecidos, sin embargo, a la admiración popular al título de “grandes antepasados”! Mirabeau vendió a la corte su influencia por una pensión de 40.000 libras por semana y un ministerio o una embajada de su elección. Danton contrató compromisos semejantes por 100.000 escudos. Un mes antes de la muerte de Luis XVI, prometía trabajar para salvar al príncipe si le daban un millón. Brissot pedía doce millones en metálico, en papel en el extranjero, con un pasaporte, para impedir la insurrección del 10 de agosto. Sieyès ofreció dos veces sus servicios a la corte, la primera vez por una abadía de 12.000 libras de renta, la segunda por una abadía de 24.000. Isnard, Vergniaud, Guadet, Fouché, consentían en 1791, vender sus votos y su influencia, cada uno de ellos por una pensión de 6.000 libras al mes. La Revolución, según testimonio de Taine (“La Revolution”, t. III, p. 397), “se apoderó de los tres quintos de los bienes raíces de Francia, arrancó a las comunidades y a los particulares de diez a doce mil millones de valores mobiliarios, llevó la deuda pública, que no llegaba a cuatro mil millones en 1789, a más de cincuenta mil millones” (Cf. Dom Paul Benoit, opus cit., II parte, t. II, p. 33)
[3] Cf. monseñor Delassus, opus cit., p. 325: “Casi al final de su pontificado, el Papa Gregorio XVI, asustado al observar cómo se redoblaba la actividad en las sociedades secretas, quiso, pocos días antes de su muerte, desenmascararlas ante toda Europa. Para eso puso sus ojos en Crétineau-Joly. El 20 de mayo de 1846 le escribió a través del cardenal Lambruschini pidiéndole que fuera a Roma… Le entregó, para este trabajo, por medio del cardenal Berneti, antiguo secretario de Estado, los documentos que poseía sobre la materia y lo acreditó junto a las cortes de Viena y de Nápoles para que le facilitasen copias de otros documentos depositados en sus archivos secretos”. Mil presiones se ejercieron en seguida sobre Crétineau-Joly para forzarle al silencio. El mismo Pío IX, asustado por los peligros que atravesaba el historiador, se lo aconsejó. Y solamente en 1849, mientras el Papa estaba en Gaeta, el cardenal Fornari, nuncio en París, invitó al historiador a reemprender su trabajo. Después de muchas vicisitudes, la mayor parte de los documentos aparecieron en la “Histoire du Sonderbund” y en “L’Eglise romaine en fase de la Revolution”.
(68 bis) Venta: organización secreta contra la Iglesia.
[4] Vindice a Nubius (dos seudónimos), Castellamare, 9 de agosto de 1838. Cf. Crétineau-Joly, opus cit., t. II, p. 148.
[5] Algunos han querido poner en duda, en efecto, la autenticidad de las cartas publicadas por Crétineau-Joly, pero podemos contestar con monseñor Delassus (opus cit., p. 328) que “la declaración del secretario de “Cartas latinas” y el breve de Pío IX, impresos en el encabezamiento de la obra, en pleno reinado del santo pontífice, son para nosotros una garantía de la completa fidelidad de los documentos insertados. No sin razón, pues, Claudio-Jannet ha dicho, en su introducción a la obra del P. Deschamp, “Les sociétés secrètes el la Societé”: “Ningún documento histórico ofrece más garantía de autenticidad”. Si hiciese falta nueva prueba de sinceridad, se encontraría en el empleo que la Civilta cattolica hizo de estos documentos antes los ojos del Papa, en 1879. Se puede añadir que L. Blanc (¡incluso!) hizo entrar en su “Histoire des dix ans” cartas de uno de los miembros de la Alta Venta, Menotti, cartas dirigidas, el 29 de diciembre de 1830 y el 12 de julio de 1831, a uno de los hermanos en conjuración, Misley, y publicadas por Crétineau-Joly
[6] Memoria de la “tenida” de 1900, p. 166.
[7] Citado por Mons. Delassus, “La Conjuration Anti-Chrétienne”, p. 399. Cf.: “Para matar a la Iglesia, no hay más que coger al niño y corromper a la mujer” (Heine). – “El que tiene a la mujer lo tiene todo, primeramente porque manda en el niño, y después, igualmente en el marido” (Jules Ferry). – “Los comunistas desean que la mujer se libere lo más pronto posible de su hogar, que no se produzca en ella la maternidad más que de una forma consciente y razonada”. (P. Semard, “L’Humanité” del 8-11-24). En el congreso masónico-feminista de 1900 se pudo oír: “Nos hace falta la coeducación de los sexos. Queremos la unión libre en el amor joven y sano. El matrimonio podrá ser suprimido sin inconveniente. Libertad absoluta de aborto…, etc.” – “Hay que destruir (en la mujer) el sentimiento instintivo y egoísta del amor materno… La mujer no es más que una perra, una hembra, si quiere hijos” (Congreso comunista del 16-11-22). Ver también “La fémme et l’enfant dans la Franc-maçonnerie”, por M. de la Rive (1895).
[8] Los fascículos del 1 y 16 de abril de 1909 de la “Reforme Sociale” publicaron una memoria de Pierret, titulada “L’Oeuvre maçonnique de la dépopulation en France”, en la que quedaba establecido de forma perentoria que el movimiento neomaltusiano era querido por la masonería. “Pierre prueba —escribe monseñor Delassus— que bajo la gran protección de ésta, con la colaboración declarada de los personajes más eminente del partido masónico, se han fundado asociaciones que tienden a esta finalidad. El H\ Robin está encuadrado por todo un grupo de políticos cuyos nombres son tristemente conocidos: Aulard, Henri Berenger, Seailles, Lucipia, Merlon, Fernand Gregh, Trouillot, Jaurès, etc. Y Pierret explica cómo tomó contacto con este movimiento en una reunión de “Juventud laica” presidida por Havet, del Instituto, y cuyos principales oradores eran nada menos que Anatole France, de la Academia Francesa, el diputado Sembat y el no menos diputado Ferdinand Buisson, que ha presidido durante mucho tiempo los destinos de nuestra enseñanza oficial”. (Opus. cit., pp. 394, 395).
[9] Cf. supra, nota 66.
[10] Quizás se nos haga observar que un tal cinismo inmoralista no es unánime en todos los partidarios de la corriente revolucionaria. Esto es evidente. No es tampoco cuestión, aquí, de dejar entender que todos los revolucionarios han sido corrompidos y corruptores hasta este grado. Nos hemos limitado solamente a señalar algunas “constantes” en la enseñanza y la acción de maestros indiscutibles. Y lo mismo que se puede decir que la Iglesia es Santa (lo que no significa en absoluto que todos los católicos sean), no tememos afirmar lo mismo que la Revolución es corruptora (lo que no significa en absoluto que todos los revolucionarios lo sean en ese último grado de corrupción que implica la lógica del sistema). Pero si todos no tienen el máximo grado de corrupción, no se puede, sin embargo, negar que ésta es la enseñanza de los maestros y de los jefes de la Revolución.
[11] “¿En qué sentido negamos nosotros la moral, la ética? En el sentido que predica la burguesía, que deduce la moralidad de los Mandamientos de Dios. Decimos que no creemos en Dios, y sabemos muy bien que el clero, los hacendados, la burguesía invocan a la Divinidad para defender sus intereses de explotadores. O bien, en lugar de deducir la moralidad de los Mandamientos de la ética, de los Mandamientos de Dios, la deducen de las frases idealistas, o semiidealistas, que, en fin de cuentas, tienen igualmente el más gran parecido con los Mandamientos de Dios. Decimos que nuestra moralidad está enteramente subordinada a los intereses de la lucha de clases del proletariado”. En una palabra: la mentira no es ya un pecado. Lo es si amenaza a los intereses de la lucha de clases del proletariado. Es virtuosa, al contrario, si sirve a esos intereses. Está bien, desde entonces, lo que sirve a la Revolución; está mal lo que se opone a ella o la obstaculiza… Y nosotros decimos que una moral semejante es la negación misma de la moral y la peor corrupción.
[12] Otro ejemplo que señala bien la permanencia del mismo ideal desde Hevetius hasta los actuales comunistas, es el de ese profesor de filosofía de los Altos Pirineos denunciado, hace algunos años, por monseñor Theas en el “Boletín Religioso de la diócesis de Tarbes y Lourdes”. “El lunes, 24 de octubre, leemos en él, un profesor de filosofía de los Altos Pirineos describía ante sus alumnos los atractivos del régimen soviético, del que hay que prever el advenimiento en Francia. Será la igualdad perfecta: para todos la misma vivienda, la misma alimentación, el mismo traje, la misma cultura. El maestro prosigue: Las mujeres serán comunes. Se le dirá a un hombre: “Esta noche te acostarás con Adelaida”, y así lo hará. – “¿Y si el hombre no quiere?”, objeta un alumno. “¡Si no quiere se le fusila!” Y monseñor Theas hace observar un poco más lejos: “En la escuela está prohibido mantener un lenguaje cristiano, pero está permitido dar una enseñanza positivamente atea. En la escuela no se pueden vivificar las almas, pero se tiene el derecho de matarlas”. Tal es exactamente la obra revolucionaria: esencialmente corruptora.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Para que Él reine - II Parte, Cap. 2 continuación

continuación del capítulo anterior

ODIO DE LA REVOLUCIÓN CONTRA LOS SACERDOTES Y LOS RELIGIOSOS

Después del odio contra Dios, contra Jesucristo, contra su Iglesia, contra el orden cristiano, odio contra los sacerdotes, hemos dicho, odio contra los religiosos.
Odio específicamente satánico…
… Pero, de igual forma, odio específicamente revolucionario.
Y eso desde las primeras manifestaciones de ese espíritu de donde había de brotar la Revolución.
Sabemos cuál fue el destino, en el siglo XVI, de las comunidades religiosas en los países donde triunfó la Reforma[1].
Los enciclopedistas, a su vez, tuvieron los mismos sentimientos que los reformadores respecto a los religiosos.
El 24 de marzo de 1767 Federico II, rey de Prusia, escribía a Voltaire: “He observado, y otros conmigo, que los lugares en que hay más conventos de monjas son aquellos en que el pueblo está más a menudo ciegamente apegado a la superstición[2]. No hay ninguna duda de que si consigue destruir esos asilos del fanatismo, el pueblo se volverá un poco indiferente y tibio respecto a ellos, que son objeto de su veneración. Se impone destruir los conventos, o al menos, comenzar a disminuir su número”.
La Revolución de 1789 se encargó de realizar metódicamente ese hermoso programa del rey de Prusia.
La muerte o el destierro para muchos sacerdotes y religiosos[3]. La persecución para todos, salvo, claro está, para aquellos que traicionaron. Su número, es verdad, fue pequeño si se le compara al de los que supieron permanecer fieles; pero, por desgracia, no dejó de ser bastante elevado.
Tal es la táctica de la Revolución: persiguiendo a los sacerdotes que no puede corromper, exalta a los apóstatas y se encarga de hacer su fortuna. Hasta Renán, Loisy y ciertos miembros del Instituto o del Colegio de Francia, se puede decir que se establecerá una verdadera tradición.
Nada le gusta tanto como descarriar a los hombres del santuario.
“Haced al sacerdote patriota…”[4], recomendaba Vindice[5]. Pues, precisaba Piccolo Tigre[6], “la Revolución en la Iglesia es la Revolución permanente, es el derrocamiento obligado de los tronos y de las dinastías”.
Por cierto, esta táctica ya había sido aplicada antes del 89. Es el caso de esos monasterios que sirvieron de planteles a las sociedades secretas y algunos de los cuales se constituyeron en logias masónicas[7].
Miserable caso el de este clero, corroído de jansenismo y de galicanismo, cuyo corazón, desde hacía tiempo, se había apartado de Roma.
Miserable caso de estos sacerdotes, religiosos o prelados que, desde monseñor de Brienne[8] a Talleyrand, y desde el abate Gregoire a los Gavazzi, a los Gioberti, etc., deben su celebridad a su traición más o menos consciente o a la más escandalosa de las apostasías. Tal es el caso de esos sacerdotes felones que encontramos junto al diabólico Weishaupt, jefe de los “Iluminados de Baviera”[9]; tal es el caso de esos sacerdotes francmasones, entre los que se contaba el capellán del mismo Luis XVI[10]. Tal es el caso de esos sacerdotes o religiosos, momentáneamente ganados al liberalismo, como el P. Ventura, que, bajo el efecto de un carácter impetuoso, se dejaron llevar a excesos, que contrastaban con una vida, por lo demás edificante[11].
A su vez, Bonaparte, como buen “ejecutor testamentario” de la Revolución, se esforzó por tener en sus manos la formación, por no decir la ordenación de los sacerdotes. Los obispos estaban obligados a enviar a París la lista de aquellos a quienes querían conferir las órdenes sagradas. “Napoleón la recortaba a capricho escribe monseñor Delassus[12]. Y así monseñor de Montault, obispo de Angers, y monseñor Simon, obispo de Grenoble, no pudieron, el primero en siete años y el segundo en ocho, ordenar cada uno más de dieciocho sacerdotes”.
La misma intervención abusiva en la enseñanza de los seminaristas[13].
Con el triunfo de las ideas revolucionarias y el advenimiento del liberalismo, la lucha se volvió más brutal[14], hasta el día en que, un Castagnari, por ejemplo, del cual Paul Bert hizo un director de cultos, podrá exclamar: “¡No! ¡No! El sacerdote no es ni puede ser un ciudadano. Darle esta cualidad sería restringir la libertad de todos, poner en peligro la sociedad”[15].
Viviani, como siempre, tendrá la franqueza del cinismo. “Las congregaciones no nos amenazan solamente por sus actividades exclama[16], sino por la propagación de la fe”. El mismo Satanás no sería de otro parecer.
Respecto al comunismo, son sobradamente conocidas las matanzas de sacerdotes y religiosos que organiza desde que llega al poder[17].

ODIO DE LA REVOLUCIÓN CONTRA LA HUMANIDAD

Odio contra Dios, su Cristo, su Iglesia; odio contra los sacerdotes; los caracteres satánicos de la Revolución, sin embargo, no se limitan solamente a eso.
Ya lo hemos dicho: envilecer, corromper, aniquilar a esta humanidad a la que el Hijo de Dios quiso descender, tal es el frenesí demoniaco. De ahí una incoercible necesidad de destruir y de corromper. Destrucción moral, destrucción intelectual, destrucción política y social, destrucción física pura y simple de la misma vida corporal.
Una vez más, carácter satánico, pero ¿no es ése el carácter mismo de la Revolución?


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[1] Los “humanistas” no fueron menos hostiles a los religiosos. “En el siglo XV como en la actualidad ha podido observar Jean Guiraud, los monjes fueron atacados por los humanistas del Renacimiento, porque representaban el ideal del renunciamiento. Los humanistas llevaban el individualismo hasta el egoísmo; por los votos de obediencia y de estabilidad, los monjes lo combatían y lo suprimían. Los humanistas exaltaban el orgullo del espíritu; los monjes hacían votos de pobreza. Los humanistas, en fin, legitimaban el placer sensual; los monjes mortificaban su carne con la penitencia y la castidad. El Renacimiento pagano sintió tan fuertemente esta oposición, que se encarnizó contra las órdenes religiosas con tanto odio como nuestros sectarios modernos. Cuanto más rigurosa era la observancia religiosa, tanto más excitaba la cólera del humanismo”. “L’Eglise et les origines de la Renaisance”, p. 305.
[2] Claramente: el cristianismo. Cf. esta otra carta de Federico II, sobre el mismo asunto a Voltaire (13-8-1775): “Si se quiere disminuir el fanatismo, no hay que tocar a los obispos, pero si se consigue disminuir los monjes, sobre todo las órdenes mendicantes, el pueblo se enfriará, y menos supersticioso, permitirá a las potencias disponer (¡sic!) de los obispos en lo que convenga para el bien de los Estados. Es el solo camino a seguir”.
[3] Si se piensa ordinariamente en las víctimas de la guillotina, causa asombro cómo han sido olvidadas hoy los deportados a Cayena y a los pontones de Rochefort: prisiones flotantes sobre dos buques retirados de la navegación, el “Bon-homme Richard” y el “Boré”, a los que se sumaron otros dos barcos que habían servido a la trata de negros: el “Washington” y “Les Deux Associés”. Amontonaron 400 hombres en los entrepuentes, cuando no había siquiera sitio para 40. En el espacio de tres meses, 112 sacerdotes sucumbieron a bordo del sólo navío “Les Deux Associés”… En cuanto a los sacerdotes deportados a la Guayana, si creemos a Víctor Pierre, de los 155 que llevó “La Décade”, 99 murieron; de 109 transportados por “La Bayonnaise”, 63 fallecieron en Cayena… Cf. el impresionante relato de su martirio por monseñor Vion, obispo de Poitiers (“Bulletin religieux de la Rochelle et Saintes”, 17-7-58).
[4] Concretamente: ganad al sacerdote para la causa revolucionaria.
[5] Nombre de guerra de uno de los agentes de la Alta Venta. Ver, a este respecto, los textos citados por Crétineau-Joly en la obra que Pío IX le encargó: “L’Eglise Romaine face à la Révolution”.
[6] Nombre de guerra de otro agente de la Alta Venta (carta del 18 de enero de 1822, citada por Crétineau-Joly, opus cit., t. II, p. 24). Debemos precisar que con el nombre de “Alta Venta” se designaba la logia mayor en el carbonarismo italiano del siglo XIX. Era una especie de consejo supremo con sede en Nápoles. Las logias ordinarias se llamaban “Ventas” y los adeptos tenían seudónimos. El carbonarismo era una sociedad secreta política revolucionaria.
[7] Cf. Deschamps, “Les sociétés secrètes et la Société”, t. III, p. 43. Así, pues, la logia “La Triple Unidad” fue fundada en Fécanp, en 1778, por veinte personas, entre las cuales había nueve religiosos, tres chantres y siete religiosos de la Abadía, más un sacerdote. En guisa, en 1774, en el convento mismo de los Mínimos, quedó establecida la logia “La Franchise”, etc.
[8] Monseñor de Brienne, arzobispo de Tolouse, nombró a monseñor de Conzie arzobispo de Tours. Había trabajado en 1778 en “la comisión de los regulares” encargada de secularizar a los monasterios, bajo pretexto de reformarlos. “En varias cartas dirigidas a monseñor de Brienne se ve que, entre los franciscanos había cierto número de francmasones. Monseñor de Conzie los buscaba con preferencia para ponerlos a la cabeza de los conventos que fusionaba”. Estas cartas han sido publicadas por Gérin en la “Revue des Questions Historiques”, tomo XVIII, pp. 112-113, 1875. Vuelto a la Iglesia, como tantos otros, monseñor de Conzie murió cristianamente, emigrado de La Haya, en 1795.
[9] Weishaupt tenía a su lado a un sacerdote apóstata llamado Lanz, que murió alcanzado por un rayo en el momento en que acababa de recibir instrucciones de Weishaupt para introducir sus complots en Silesia; fue precisamente este accidente lo que permitió a la policía apropiarse de los papeles de Lanz, y descubrir la secta entera, comprendidos los archivos. En la lista por Barruel publicada, se encuentran: un obispo, un cura párroco, cuatro eclesiásticos, un profesor de teología…
[10] El abate de Vermondans fue nombrado, en 1787, Oficial del G. O. F.
[11] El padre Gavazzi, el abate Gioberti, el padre Ventura, el abate Spola, llegaron a convertirse en acólitos del sanguinario Mazzini cuando la Revolución expulsó a Pío IX de Roma. Respecto al padre Ventura, promotor del voto familiar y célebre en algunos aspectos, parece que fue demasiado “Siciliano” lo que le condujo a posiciones inaceptables.
[12] Opus cit., p. 204.
[13] Napoleón quería vigilar y dirigir la enseñanza de los seminarios: “No se debe abandonar a la ignorancia y al fanatismo decía el cuidado de formar a los jóvenes sacerdotes… Existen tres o cuatro mil curas o coadjutores, hijos de la ignorancia y peligrosos por su fanatismo y sus pasiones. Hace falta prepararles sucesores más esclarecidos, instituyendo, bajo el nombre de seminarios, escuelas especiales que estén al arbitrio de la autoridad. Al frente de ellos pondremos profesores instruidos, adeptos al gobierno y amigos de la tolerancia (sic). No se limitarán a enseñar teología. Unirán a ello una especie de filosofía y una mundanería honrada” (in Thibaudeau, t. II, p. 485). Por ello un decreto imperial condenó la teología de Bailly como demasiado ultramontana.
[14] Cf. monseñor Delassus, opus cit., p. 342, observa: “La Semana Religiosa de Madrid descubrió un manual distribuido a los francmasones de España y dio cuenta de ello en noviembre de 1885. Se decía, entre otras cosas: “La acción de la masonería debe dedicarse principalmente al descrédito de los sacerdotes y a disminuir la influencia que tienen sobre el pueblo y en las familias. Para ello, emplear libros y periódicos, establecer centros de acción para alimentar la hostilidad contra los sacerdotes”.
[15] Cf. igualmente Waldeck-Rousseau: “La ley (sobre las congregaciones) es, a nuestros ojos, el punto de partida de la mayor y más libre evolución social, y también la garantía indispensable de las prerrogativas más necesarias de la “sociedad moderna”.
[16] En el Parlamento, el 15 de enero de 1901.
[17] Cf. la hermosa obra del Coronel Pems “Pourpe des Martyres” (Fayard, editor) sobre la actual persecución de los católicos en China. Inolvidables son también algunas cifras, siempre sugestivas, sobre las matanzas de la Revolución en España: “Quinientos mil españoles asesinados únicamente por odio a la fe y en torturas que, ni fieras ni caníbales podrían imaginar”. En algunos meses, del 19 de julio de 1936 hasta febrero de 1937, “fueron asesinados en España dieciséis mil setecientos cincuenta sacerdotes y once obispos”. Cf. igualmente, la declaración de F. Dupont en la Cámara, en diciembre de 1936: “Señores, traigo a esta tribuna documentos… Veréis en estos documentos (cito al azar) que todos los franciscanos de Valencia y de Alcalá han sido asesinados; que treinta y dos hermanos de las Escuelas Cristianas de Barcelona han sido fusilados; que todos los del noviciado de Griñón, cerca de Madrid, han sido fusilados; que todos los de la provincia de Alicante han sido fusilados; que todos los maristas de Toledo han sido fusilados; que todos los carmelitas de Barcelona han sido asesinados a hachazos; que en Sigüenza, el obispo, veinte sacerdotes, diecinueve seminaristas, han sido asesinados el mismo día; que en el monasterio de Montserrat veintiocho monjes han sido asesinados; que las religiosas de las Escuelas Pías, en la calle de Aragón, en Barcelona, han sido colgadas en la Concepción, la iglesia que se encontraba en frente de su convento; que el cementerio de las Salesas ha sido profanado… Una enfermera francesa en Madrid oyó a un miliciano contarle cómo el mismo había asesinado a cincuenta y ocho sacerdotes…” (citado por Jacques d’Arnoux, “L’Heure de Héros”, páginas 155-156).

lunes, 1 de septiembre de 2014

Para que Él reine - II Parte, Cap. 2 continuación

CAPÍTULO II
LA REVOLUCIÓN

Continuación del capítulo anterior

Hemos expuesto ya las razones del odio de Lucifer contra Dios hecho hombre. Que la Santísima Virgen María se encuentre como englobada en esta aversión, es consecuencia lógica. Satanás no perdonará nunca a una criatura humana haber podido ser elevada hasta ese rango de incomprensible dignidad de “Madre de Dios”.
En la lógica de este odio se encuentran también: el aborrecimiento a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo; el aborrecimiento a los cristianos, que son sus miembros; el aborrecimiento, en fin, a la humanidad como tal, por ser objeto de la predilección divina.
Envilecer esta humanidad, corromper sistemáticamente a los hombres, verlos hundirse en los peores desordenes y, finalmente, en esta “animalidad” en la que participan por sus cuerpos; tal es la ambición, muy comprensible en un sentido, de esos puros espíritus desviados que no abrigan más que desprecio para esas criaturas de carne y de sangre llamadas a ocupar en el cielo los lugares que ellos perdieron.
Para alcanzar este objetivo, aniquilamiento de lo que puede ayudar o sostener la personalidad: cuadros, cuerpos o medios naturales de educación, orden social, familia, propiedad, etc. Aniquilamiento de los selectos por la supresión de las corporaciones intermedias. Reducción de la humanidad al estado de una “masa” amorfa y gregaria por el aniquilamiento de las naciones…, bajo la autoridad de un poder todopoderoso y que sería ateo.
Saqueos, atentados, revoluciones, asesinatos, ejecuciones sumarias, terror, guerras cada vez más atroces; tales son las manifestaciones muy características de aquél de quien sabemos que fue homicida desde el principio.
¡Homicida!, ¡padre de la mentira y príncipe de las tinieblas! De aquí su horror por la verdad, por la luz, por la claridad. Perseguir, despojar, derrumbar la Santa Iglesia. Preferirlo todo a ella, y en primer lugar, las falsas religiones, el cisma y la herejía.
Arruinar, minar, disminuir, menospreciar la autoridad del papa. Combatir, expulsar, asesinar a los sacerdotes y a los religiosos. Corromper a aquellos a lo que se pueda seducir. Utilizarlo todo para neutralizar la enseñanza de la buena doctrina. Si no impedir las vocaciones, entorpecerlas, etc.
Tal es, sin ninguna duda, la frenética voluntad y la acción perseverante del infierno.
Ahora bien, sería pueril demostrar que tal es también la no menos frenética voluntad y la acción no menos perseverante de la Revolución.
ODIO DE LA REVOLUCIÓN CONTRA DIOS, JESUCRISTO, LA IGLESIA Y EL ORDEN CRISTIANO
Ante todo, el odio a Dios, y más particularmente, a Dios hecho hombre: Jesucristo, odio a su Iglesia, odio al orden cristiano.
Odio típicamente satánico, hemos dicho; pero también odio típicamente revolucionario.
Es verdad que, cegados como están por el naturalismo generalizado, porque está institucionalizado, nuestros contemporáneos han perdido casi el sentido religioso del mundo y de los acontecimientos. Les parece, efectivamente, que la Revolución es política por esencia y religiosa solamente por repercusión, cuando, por el contrario, supo aquélla y sabe aún acomodarse a todos los regímenes, siendo sólo el catolicismo el objeto de su incansable hostilidad.
“Según las circunstancias —hacía observar no ha mucho Charles Perrin[1]—, se inclina de un lado o de otro, pero siempre permanece la misma en cuanto a su pretensión fundamental, que es la secularización de la vida social en todos los grados y bajo todas sus formas”.
Tal era la opinión de un Leon Bourgeois. “Desde que el pensamiento francés se ha liberado —decía—, desde que el espíritu de la Reforma, del filosofismo y de la Revolución ha entrado en las instituciones de Francia, el clericalismo es el enemigo”[2].
A este respecto tenemos también la opinión de Gambetta en un texto, por desgracia, poco conocido. Al recibir el 1 de junio de 1877 a una delegación juvenil, les dijo: “Aparentamos combatir por la forma de gobierno, por la integridad de la constitución. La lucha es más profunda: la lucha es contra todo lo que queda del otro mundo, entre los agentes de la teocracia romana y los hijos de 89”.
Y este odio a la Iglesia Romana, Rousseau y Voltaire ya lo profesaban.
“Desde el punto de vista político —leemos en “El Contrato Social”[3]—, todas las religiones tienen sus defectos; pero el cristianismo romano es una religión tan evidentemente mala que es perder el tiempo entretenerse en demostrarlo”.
“La religión cristiana es una religión infame —escribe Voltaire, por su parte[4]—, una hidra abominable, un monstruo a quien hace falta que cien manos invisibles traspasen… Es preciso que los filósofos lo digan a todo el mundo para destruirla, como los misioneros recorren las tierras y los mares para propagarla. Deben intentarlo todo, arriesgarlo todo, hacerse quemar, si es preciso, para destruirla. Aplastemos, aplastad al Infame.
“Los cristianos de todas las profesiones son seres nocivos, fanáticos, bribones, cándidos, impostores que han mentido con sus evangelios, enemigos del género humano.
“La religión cristiana es evidentemente mala. La religión cristiana es una secta que todo hombre de bien debe mirar con horror… Hay que ridiculizar al Infame y también a sus fautores…”.
Y esta fórmula “Aplastad al Infame” se volverá el leit-motiv de la correspondencia de Voltaire[5].
“Veinte años más y veremos qué queda de Dios”, escribía el 25 de febrero de 1758. Y como el lugarteniente de policía Hérault le dijera: “Por mucho que haga, no conseguirá nunca destruir la religión cristiana”. —“Eso lo veremos”, respondió Voltaire. —“Estoy ya cansado de oírles repetir que doce hombres han bastado para establecer el cristianismo y tengo ganas de probarles que no hace falta más que uno para destruirlo”[6].
Si tales expresiones no son demoníacas, ¿cuáles lo serán?
Y, además, sería fácil encontrarlas semejantes y peores a lo largo de la corriente revolucionaria.
En desacuerdo sobre mil puntos, la unanimidad de los agentes de la Revolución no se produce más que a expensas de la religión de Jesucristo.
Contentémonos con algunos ejemplos más significativos, ya que no podemos citarlos todos.
Así Weishaupt, jefe de los iluminados de Baviera[7], y si creemos a Louis Blanc, “el más profundo conspirador que haya jamás existido”. En su imaginación no tuvo nunca el menor cambio sobre lo que debía ser la finalidad del iluminismo: no más religión, no más sociedad, no más leyes civiles, no más propiedad[8].
Nos parece superfluo insistir sobre el anticatolicismo de la Revolución Francesa propiamente dicha por ser de sobra conocido.
Las blasfemias de los socialistas[9], en cambio [Fourier[10] y Proudhon, por ejemplo], están más olvidadas, pero no son menos odiosas.
Se conoce la infernal invocación de Proudhon[11]: “¡Ven Satanás! Ven tú, el calumniado de los sacerdotes y de los reyes. ¡Quiero abrazarte contra mi pecho! Ya hace tiempo que te conozco y tú también me conoces. Tus obras, ¡oh bendito de mi corazón!, no son siempre hermosas, ni buenas; pero solamente ellas dan un sentido al universo impidiéndole ser absurdo. ¿Qué sería, sin ti, la justicia? Un instinto. ¿La razón? Una rutina. ¿El hombre? Un bruto. Tú sólo animas y fecundizas el trabajo. Ennobleces la riqueza. Sirves de excusa a la autoridad. Tú pones el sello a la virtud. Espera un poco, proscrito. No tengo a tu servicio más que una pluma, pero equivale a millones de publicaciones…”.
La lista que podríamos hacer de semejantes citas sería larga. He aquí otra del francmasón hermetista Oswald Wirth[12]: “La serpiente, inspiradora de la desobediencia, de la insubordinación y de la revuelta, fue maldecida por los antiguos teócratas, mientras era honrada entre los iniciados… Hacerse semejante a la divinidad, tal era el objeto de los antiguos misterios; en nuestros días el programa de la iniciación no ha cambiado”.
Este satanismo proclamado se ha vuelto, quizá, menos frecuente. Pero, aunque menos cínico y ruidoso, el odio del enemigo no se ha apaciguado.
“Mi finalidad es la de organizar la humanidad sin Dios”, gritará Jules Ferry.
Y Clemenceau: “Desde la Revolución, estamos en rebeldía contra la autoridad divina y humana”. – “Nada podrá hacerse en este país —decía aún este último— hasta que se haya cambiado el estado de espíritu que ha introducido la autoridad católica”[13].
“Es absurdo seguir diciendo —confiesa Aulard[14]— que no queremos destruir la religión cuando estamos obligados a confesar, por otra parte, que esa destrucción es indispensable para fundar racionalmente la ciudad nueva, política y social. No digamos, pues: no queremos destruir la religión; digamos, al contrario: queremos destruir la religión a fin de poder establecer en su lugar la ciudad nueva”[15].
“No estamos solamente en contra de las congregaciones —exclamará Viviani—, estamos frente a la Iglesia católica para combatirla, para hacerle una guerra de exterminio”[16].
Es conocida la disparatada frase, citada a menudo, pero siempre útil de recordar: “La Tercera República ha atraído a su alrededor a los hijos de los campesinos, a los hijos de los obreros, y en esos cerebros oscuros, en esas conciencias en tinieblas, ha vertido, poco a poco, el germen revolucionario de la instrucción. Eso no ha bastado. Todos juntos nos hemos interesado, en el pasado, en una obra de anticlericalismo, en una obra de irreligión. Hemos arrancado las creencias de las conciencias. Cuando un miserable, fatigado por el peso del día, inclinada la rodilla, lo hemos levantado, le hemos dicho que detrás de las nubes no había más que quimeras. Juntos, y en gesto magnífico, hemos apagado, en el cielo, estrellas que no volverán jamás a brillar… He ahí nuestra obra, nuestra obra revolucionaria”[17].
“Hay que atreverse a pensar, atreverse a creer, atreverse a afirmar —podemos leer aún en el «Boletín de la Gran Logia de Francia»[18]— que lo que nos une en la masonería es una religión integral, total, universal y que ésta está y debe estar por encima de cualquier otra religión…”.
Y en el boletín del “Gran Oriente”[19] se ha leído: “En esos edificios (las iglesias), erigidos en todas partes a las supersticiones, seremos llamados, cuando nos toque, a predicar nuestras doctrinas, y en lugar de salmodias clericales, que todavía retumban, serán los malletes, las baterías y las aclamaciones de nuestra orden las que harán resonar las amplias bóvedas y los anchos pilares”.
De esta forma, la tradición anticatólica aparece cínicamente confesada, o más bien, proclamada de una forma ininterrumpida a lo largo de la corriente revolucionaria[20].
Y conste que no hemos hablado del comunismo. El recuerdo de las persecuciones en México, en España, las precisiones que nos llegan todos los días sobre el martirio de nuestros hermanos detrás de los telones de acero o de bambú dispensan, así lo creemos, de toda exposición en este lugar.
Conformémonos en recordar estas pocas líneas de Lenin:
“El marxismo es el materialismo[21]. En este aspecto es tan implacablemente hostil a la religión como el materialismo de Feuerbach… Debemos combatir la religión; es el A.B.C. de todo materialismo, y por tanto, del marxismo. Pero el marxismo no es un materialismo que se contenta con el A.B.C. El marxismo va más lejos. Dice: hay que saber luchar contra la religión”.

Continuará...
Vea los capítulos publicados haciendo clic aquí: Para que Él reine



[1]Le Modernisme dans l’Eglise”, según las cartas inéditas de Lamennais.
[2] Puede que algunos digan que la palabra “clericalismo” es equívoca. El H\ Courdaveaux, que fue profesor de la Facultad de Letras de Douai, tuvo mucho cuidado en precisar su sentido en una conferencia pronunciada en la logia “Estrella del Norte” hacia fines del siglo pasado. “La distinción entre el catolicismo y el clericalismo es puramente oficial, sutil, para las necesidades de la tribuna —explicó—; pero aquí en la logia, digámoslo bien alto, al servicio de la verdad: el catolicismo y el clericalismo no son más que una misma cosa”. (Citado por Copin-Albancelli, “La Franc-Massonerie et la Question Religieuse”; Perrin, edit., página 28).
[3] L. IV, cap. VIII.
[4] Carta célebre a Damilaville y de la cual Copin-Albancelli pretende (opus cit., p. 27) que “es frenéticamente aplaudida cada vez que es citada en los talleres masónicos”.
[5] He aquí algunos pasajes de cartas a d’Alembert, Damilaville, Theriot o Saurin: “Lo que me interesa es el envilecimiento del Infame”. “Inducid a todos los hermanos a perseguir al Infame de viva voz y por escrito, sin darle un momento de respiro”. “Haced siempre que podáis, los más inteligentes esfuerzos para aplastar al Infame”. “Olvidamos que la principal ocupación debe ser la de aplastar al infame”. “Aplastad al Infame, os digo”. Y también de Voltaire este fragmento de carta citado por Rohrbacher: “¡Amo apasionadamente a mis hermanos en Belcebú!”.
[6] Condillac, “Vie de Voltaire”. Nunca recomendaremos lo bastante a los que quieran conocer mejor estas cuestiones, la lectura de la obra de monseñor Delassus: “La Conjuration anti-chrétienne” (Desclée de Brouwer), verdadera “suma” de la Contrarrevolución católica.
[7] La secta de los iluminados de Baviera fue creada en 1776 en Ingolstadt, en Baviera, por Adam Weishaupt, antiguo alumno de los jesuitas. Reclutó a sus adeptos en las logias masónicas alemanas, en las que se convirtió en el furriel de la revolución universal. La orden de los iluminados se había propuesto como objetivos principales: el control masónico de la instrucción pública, de la Iglesia, de la prensa. Su táctica fue, siempre, la hipocresía erigida en método de acción, la hipocresía sistemática, concertada, calculada, perversa; diabólica, en una palabra. Las instituciones a derrocar no eran nunca combatidas de frente, sino profanadas, corrompidas, roídas en el interior. Los iluminados tomaban nombres de hombres célebres de la antigüedad: Espartaco (Weishaupt), Filón, Catón, Sócrates… Mirabeau parece haber formado parte de la secta. El apogeo del iluminismo se sitúa en 1783, cuando organizó el importantísimo Congreso masónico universal de Wilhelmsbad. La orden de los iluminados difundió en toda la francmasonería europea su ideal revolucionario. Fue abolida por un edicto del rey de Baviera en 1785. ¿Acaso ha sobrevivido secretamente? Nada se sabe. Los historiadores se han dividido en esta difícil cuestión.
[8] He aquí el retrato que el abate Barruel nos ha dejado de Weishaupt: “Ateo sin remordimientos, hipócrita profundo, sin ninguno de esos talentos superiores que dan a la verdad defensores célebres, sino con todos esos vicios y todo ese ardor que dan a la impiedad y a la anarquía grandes conspiradores. Este desastroso sofista no será conocido en la historia más que, como el demonio, por el mal que ha hecho y por el que proyectaba hacer… Un solo rasgo escapa de las tinieblas de que se rodeaba, y ese rasgo es el de la depravación, de la perversidad consumada (incesto e infanticidio confesados en sus propios escritos)”.
[9] Dostoyevski, en “Los hermanos Karamazof”: “El socialismo, no es solamente el problema obrero o el del cuarto estado; es, ante todo, la cuestión del ateísmo, de su encarnación contemporánea; es la cuestión de la Torre de Babel, que se construyó sin Dios no para alcanzar los cielos desde la tierra, sino para abatir hasta la tierra, los cielos”.
[10] Fourier, el padre del falansterismo, niega toda providencia y toda religión positiva. “¿A qué hablamos de que los cielos cantan la gloria de Dios? Nuestros sufrimientos proclaman mucho mejor la malicia y la impericia de Dios… ¿De qué nos sirve esa malvada ostentación de potencia divina, esos astros que brillan en el firmamento? Pedimos a Dios el bienestar antes que el espectáculo. Atrevámonos, en fin, a abordar la cuestión de los deberes (¡sic!) de Dios… La mayor parte de los civilizados tienen derecho a responder a David, retorciendo su versículo: «Los desórdenes de la tierra proclaman la despreocupación de Dios y los horrores de la civilización atestiguan la nulidad de su providencia»” (“La Phalange”, año 16, t. V, marzo 1847).
[11] Semejantes invocaciones explícitamente satánicas, no han sido raras en el siglo XIX. Incluso el muy burgués y universitario “Journal des Débats” en su número del 25 de abril de 1855, publicó esta rehabilitación de Lucifer: “De todos los seres malditos que la tolerancia de nuestro siglo ha relevado de su anatema Satanás es, sin disputa, el que más ha ganado en el progreso de las luces y de la civilización universal. La Edad Media, que no entendía nada de tolerancia, lo hizo a capricho malvado, feo, torturado… Un siglo tan fecundo como el nuestro en rehabilitaciones de todas clases no podía carecer de razones para disculpar a un revolucionario desdichado a quien la necesidad de acción lanzó en tentaciones arriesgadas… Si nos hemos vuelto indulgentes para con Satanás, es porque Satanás se ha despojado de una parte de su maldad y ya no es ese genio funesto objeto de tantos odios y terrores. El mal es, evidentemente, en nuestros días menos fuerte de lo que era antes. Era lícito en la Edad Media, que vivía continuamente en presencia de un mal fuerte, armado, almenado, declararle este odio implacable… Nosotros, que respetamos el destello divino (sic) por todas partes en donde reluce, vacilamos en pronunciar sentencias exclusivas por miedo de envolver en nuestra condenación algún átomo de belleza…”. Cf. sobre estas mismas cuestiones, monseñor Delassus (opus cit., cap. XLIX): “Se conoce el espantoso saludo dirigido a Satanás por Proudhon y él, no menos odioso, de Renan, Schilling ha celebrado también al ángel caído y lo ha declarado Dios… Michelet ha profetizado su triunfo y Quinet quería ahogar al cristianismo en el cieno, con el fin de reemplazarlo por la religión de Satanás. En Italia, Carducci le ha consagrado su prosa y sus versos. El himno que ha compuesto en su honor fue aplaudido en el teatro de Turín. Otro francmasón, Ripasardi de Catania, publicó un poema titulado “Lucifer”, donde celebra su triunfo sobre Dios e insulta a Jesucristo y a su Madre. Los estudiantes de Palermo le ovacionaron, desengancharon los caballos de su coche a su entrada en la ciudad y se engancharon ellos el carruaje. En Roma, incluso Mannarelli hizo el panegírico de Satanás y su pendón negro fue llevado a Bolonia, Nápoles, Milán. En Génova, Maccagi terminó una de estas mascaradas con este apóstrofe: “Pendón negro, no está lejos el día en que estás destinado a desplegarte en Roma sobre la cúpula de Miguel Ángel”. El mismo León XIII, en el consistorio del 30 de junio de 1889, se vio obligado a protestar contra la exhibición pública de la bandera de Satanás en la Ciudad Santa, con ocasión de la inauguración de la estatua de un monje apóstata, corrompido, Giordano Bruno. Cuando León XIII habló. “La Revista de la Masonería Italiana” (T. XVI, p. 356) escribió: “Vexila regis prodeunt inferni”, dijo el papa. ¡Pues bien sí! Las banderas del rey de los infiernos avanzan”…. La misma revista había proclamado algún tiempo antes (T. X, p. 265): “Saludad al genio renovador, vosotros los que sufrís, levantad bien altas vuestras frentes…, pues llega él, Satanás el Grande”.
“No es la primera vez —insiste monseñor Delassus (opus cit., p. 723)— que se produce una invasión de satanismo en la cristiandad. En el siglo XV, la Reforma estuvo precedida por un extraordinario desenvolvimiento de la magia. El protestantismo la favoreció por doquier, y produjo el desbordamiento de la hechicería que, durante el siglo XVII, cayó como una pesadilla sobre Alemania, Inglaterra y Escocia… A su vez, la Revolución ha sido precedida por una fiebre de satanismo; por todas partes se mostraron los magnetizadores, los nigromantes, como se decía entonces…” “Una ola de ocultismo escribe a su vez L. de Poncins (“La Franc-Masonnerie, d’après ses documents secrets”, p. 40) ha precedido y acompañado a los dos grandes movimientos revolucionarios de 1789 y de 1917. Los teósofos e iluminados del siglo XVIII, Boehme, Swedenborg, Martínez de Pasqualis, Cagliostro, el conde de Saint Germain, etc., tienen su contrapartida en las numerosas sectas rusas y en los magos y ocultistas de la corte imperial de Rusia, Felipe, Papus, el tibetano Badmaieff, y sobre todo, Rasputín, cuya extraordinaria influencia ha contribuido directamente a desencadenar la Revolución. René Fulop-Miller ha mostrado las afinidades que unían el bolchevismo al espiritismo, y sobre todo, a las numerosas sectas rusas que florecían al margen de la Iglesia… Actualmente (en 1941), en el mismo Occidente, el ocultismo está mucho más extendido de lo que pudiera creerse. Por ello, a consecuencia de ciertos escándalos resonantes que tuvieron lugar simultáneamente en Finlandia y en Inglaterra (ver entre otros “La liberté”, del 14 de octubre de 1931). H. Price, director del Laboratorio Nacional de Investigaciones Psíquicas de Londres, escribió en un artículo del “Morning Post” (números del 16 y 19 de enero de 1931): “La magia y la hechicería se practican hoy en Londres en una escala y con una libertad desconocida en la Edad Media… El ocultismo se propaga a saltos, y puedo afirmar que “estas artes negras” cuentan hoy con más fieles en Londres que en la Edad Media”. Inglaterra no es una excepción en este caso, y en distintos grados, se podría decir otro tanto de muchos países, entre otros, de Francia. París, Lyon, la Costa Azul, son centros de ocultismo, como lo es Florencia en Italia”.
[12]Le libre du compagnon”, p. 74.
[13] El 12 de julio de 1909.
[14] Sin embargo, es este mismo Aulard quien fingirá encontrar ultrajante el decreto contra el modernismo prohibiendo a los jóvenes clérigos el frecuentar las clases de la Universidad laica. De creerle a él, en efecto, y a pesar de las frases que vamos a leer, sus propias lecciones no ofrecían ningún peligro a la fe de sus oyentes. Y era por pura maldad, sin ninguna duda, por lo que Pío X y su secretario, el cardenal Merry del Val, ponían en guardia a fieles y pastores contra la enseñanza de una Sorbona estrictamente naturalista.
[15] Citado por monseñor Delassus, opus cit., p. 541.
[16] Ibid., p. 82.
[17] Citado por J. d’Arnoux en “L’heure des héros”, p. 42.
[18] Número del primero de abril de 1933.
[19] 1883, p. 645.
[20] A los que piensan que este anticatolicismo se ha atenuado y aparece hoy “superado”, recomendamos la lectura del muy reciente número de la “Documentation Catholique” de 14 de junio de 1953; podrán ver “como el Gran Oriente quiere continuar la lucha por una Francia completamente secularizada”… por la derogación especialmente de las leyes de Marie y Barangé, de la ley de Falloux; por la aplicación estricta de las leyes laicas se separación de la Iglesia y del Estado en los departamentos del Este, los territorios de la Unión Francesa y de Ultramar, y para terminar, por la expulsión de las congregaciones. Si se tiene alguna duda en este respecto, que se lea “Action laique”, “Ecole libératrice” o “E. N. de France”, por no hablar de las páginas de la “Libre Pensée”.
[21] Hay que observar bien que Lenin no dice: “El marxismo es materialista”. Dice: “El marxismo es el materialismo”. Es muy diferente y singularmente más fuerte. Esto es lo que debería abrir los ojos de aquellos que se empeñan en decir si llega el caso que sólo está condenado el comunismo ateo, como si se pudiera dar otro comunismo. Lenin ha tenido bien cuidado en advertirnos: “El marxismo es el materialismo”.
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