Por el Hno. Pedro
Dimond OSB
Sin comunicar en sus obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas (Efesios 5, 11)
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jueves, 16 de abril de 2015
La verdad sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y grupos similares (video en inglés)
miércoles, 1 de abril de 2015
San Bernardo – Sermón en el miércoles santo
Sermón de la Pasión
del Señor
1. Vigile vuestra alma, hermanos,
para que no se os pasen sin fruto los misterios de este tiempo. Copiosa es la
bendición: disponed vasos limpios, almas devotas, sentidos despiertos, afectos
sobrios; conciencias puras habréis de presentar para recibir tantos dones de
gracias. Esta solicitud debe inspirarnos no sólo el especial género de vida que
habéis escogido, sino la general observancia de la Iglesia, de quien sois hijos.
Todos los cristianos, en esta sagrada Semana, o más de lo acostumbrado o fuera
de lo acostumbrado se ejercitan en la piedad, muestran modestia, siguen
humildad, se componen con gravedad, para que de algún modo parezca se
compadecen de Cristo paciente. ¿Quién es tan irreligioso, que no se compunja?
¿Quién tan insolente, que no se humille? ¿Quién tan iracundo, que no perdone?
¿Quién tan dado a las delicias, que no se abstenga? ¿Quién tan delincuente, que
no se reprima? ¿Quién tan malicioso, que no haga penitencia en estos días? Con
razón, ciertamente. Recuerdan la Pasión de Cristo, la cual aun hoy día
estremece la tierra, parte las piedras, abre los sepulcros. Está próxima
también su Resurrección, en que habéis de celebrar con solemnidad al altísimo
Señor. ¡Ojalá sea entrando con alegría y ansia de vuestro espíritu hasta la más
íntima consideración de las altísimas maravillas que ha obrado! Nada mejor
pudiera en el mundo hacerse que lo hecho por el Señor en estos días. Nada mejor
ni más útil se podía encargar al mundo que celebrar con solemnidad cada año que
perpetuamente su memoria con todo fervor del alma, testificando así cuán grande
sea la abundancia de su inefable dulzura. Una y otra cosa por nosotros es,
porque en una y en otra está la vida de vuestro espíritu. Admirable es vuestra
Pasión, Señor Jesús, pues alejó las pasiones de todos nosotros, fue la víctima
para aplacar a Dios por nuestros pecados y jamás resulta ineficaz contra
ninguna peste nuestra. Porque ¿qué veneno puede haber tan mortífero que con
vuestra muerte no se desvirtúe?
2. En esta Pasión, hermanos,
conviene considerar especialmente tres cosas: la obra, el modo y la causa. En la obra se manifiesta la paciencia,
en el modo la humildad, en la causa la caridad.
Pero una paciencia singular, pues
cuando descargaban los pecadores rudos golpes sobre sus espaldas, cuando era
extendido en un leño hasta podérsele contar todos sus huesos, cuando aquel
fortísimo baluarte que guarda a Israel era agujereado por todas partes, cuando
sus pies y manos eran clavados, cuando como oveja era llevado a la muerte y
como cordero ante quien lo trasquila, no abrió su boca: no se quejaba contra el
Padre, que le había enviado; ni contra el género humano, por quien pagaba lo
que no había robado; ni, en fin, contra el mismo pueblo especialmente suyo, de
quien, por tantos beneficios que le había dispensado, recibía tantos males.
Son castigados algunos por sus
pecados, y si lo sufren con humildad, esto mismo se les reputa por paciencia.
Son afligidos otros, no tanto para ser corregidos cuanto para ser probados y
coronados, y en esto se comprueba y manifiesta paciencia mayor. Pues ¿cómo no
se juzgará máxima heredad, por aquellos mismos que especialmente había venido a
salvar, fue destinado a muerte cruelísima cual si fuese ladrón, no teniendo
pecado alguno, ni por acción propia ni por haberlo contraído; poseyendo,
además, invariables grandezas, perfecciones y santidad? Sin duda este Señor es
aquel en quien habita toda la plenitud de la Divinidad, no en sombra, sino
corporalmente; aquel en quien Dios está reconciliando consigo al mundo, no
figurativa, sino substancialmente; aquel, en fin, que está lleno de gracia y de
verdad, no por cooperación a la gracia, sino personalmente, siendo el autor de
la misma gracia. Su obra es ajena de Él,
dice Isaías; porque fue obra suya la que el Padre le encargó hacer; pero era
ajeno de Él que, siendo quien era, sufriese tales cosas. Y así fue su obra,
obra de inefable paciencia y benignidad.
3. Pero, si con diligencia
atiendes al modo de realizarse, no
sólo le reconocerás humilde, sino manso de corazón. Verdaderamente por su
extrema humildad fue condenado a muerte por sus inicuos jueces, cuando ni a
tantas blasfemias respondía ni se defendía de los falsísimos crímenes que le
imputaban. Vímosle, dice Isaías, y no tenía figura de hombre: no era ya
el hermoso entre los hijos de los hombres, sino oprobio de los hombres y como
leproso, el último de los hombres y el desecho de la plebe; verdaderamente el
Varón de dolores, herido por Dios y tan humillado, que ni tenía figura ni
hermosura.
¡Oh oprobio de los hombres y
gloria de los ángeles! Nadie más sublime que Él, nadie más humilde. En fin, fue
marchando con salivas y puesto entre malhechores. ¿No merecerá nada esta
humildad, siquiera por tener tal modo, o más bien, por ser superior a todo
modo? Como su paciencia es singular, así su humildad es admirable, una y otra
sin igual.
4. Mas a entrambas realza magníficamente
la causa misma, que es la caridad. Porque,
movido de la extremosa caridad con que Dios nos amó, por redimir al siervo, ni
el Padre perdonó a su Hijo ni el Hijo a sí mismo. Sí, caridad extremosa, porque
excede la medida, sobrepuja todo modo elevándose a una eminencia que la
encumbra sobre todas. Nadie tiene caridad
mayor que quien da su vida por sus amigos. Tú, Señor, la tuviste mayor,
pues diste la vida por los enemigos, puesto que, siendo todavía enemigos
nosotros, por vuestra muerte fuimos reconciliados contigo y con el Padre. ¿Qué otra
caridad parecerá que es, o fue, o será semejante a ésta? Apenas hay quien por
un justo quiera morir, y tú padeciste por los injustos, muriendo por nuestras
culpas, viniendo a justificar graciosamente a los pecadores, a transformar en
hermanos a los esclavos, en coherederos a los cautivos, en reyes a los
desterrados. Ninguna cosa ilustra tanto esta paciencia y humildad como el haber
entregado su vida a la muerte, haber cargado sobre sí los pecados de todos los
hombres, rogando aun por los transgresores de la ley, para que no pereciesen. Expresión
verdadera y digna de todo aprecio es ésta: Porque
quiso, fue ofrecido en sacrificio. No sólo quiso y fue ofrecido, sino que
fue ofrecido porque quiso. Él sólo tuvo la potestad de poner su vida; nadie se
la hubiese podido arrancar: ofrecióla espontáneamente. Y así, luego que hubo
probado el vinagre, dijo: ¡Todo está
consumado! Nada queda por cumplir, ya que no tengo a qué aguardar. E inclinada la cabeza, hecho obediente hasta
la muerte, entregó el espíritu.
¿Quién tan fácilmente cuando
quiere se duerme? Gran flaqueza, sin duda, es morir; pero cierto, el morir así
fortaleza inmensa es. Seguramente lo que parece débil en Dios, es más fuerte
que los hombres. Puede la humana locura poner sobre sí mismo las malvadas manos
para matarse, pero esto no es poner su vida; más bien es arrojarla y cortarla
con violencia que ponerla a su arbitrio. En ti, Judas impío, hubo la infeliz
facultad, no de poner tu vida, sino de perderla; ni tu pésimo espíritu salió
entregado por ti, sino perdido por ti. Sólo entregó su vida a la muerte Aquel
que sólo por su propia virtud volvió a la vida. Sólo tuvo potestad de ponerla
el que sólo igualmente tuvo libre potestad de volverla a tomar, teniendo el
imperio de la vida y de la muerte.
5. ¡Qué digna es caridad tan
inestimable, humildad tan admirable, paciencia tan insuperable! ¿Qué digna es
víctima tan santa, tan inmaculada, tan aceptable! Digno es el Cordero, que fue
muerto, de recibir la fortaleza, de hacer aquello a que vino, de quitar los
pecados del mundo.
Hablo de tres géneros de pecado
que prevalecieron sobre la tierra. ¿Pensáis aludo a la concupiscencia de la
carne, a la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida? Cierto que
éste es un triple cordel que difícilmente se rompe, por lo cual muchos
arrastran, o más bien, son arrastrados con esta soga ignominiosa; pero aquellas
tres cosas son más fácilmente superadas por los escogidos. Porque, ¿cómo la
memoria de aquella paciencia no reprimirá todo deleite? ¿Cómo no lanzará toda
soberbia del vivir la consideración de aquella humildad? Pues aquella caridad
es digna, sin duda, de que su meditación de tal modo ocupe el corazón, que
arrastre hacia sí toda el alma y sea expelido de ella enteramente el vicio de
la curiosidad. Fuerte es, pues, contra todo esto la Pasión del Salvador.
6. Mas había pensado hablar de otro pecado triple también, y decir cómo lo
lanza de nosotros la virtud de la Cruz; y quizás esto se oirá con mayor
utilidad. Al primero le llamo original;
al segundo, personal; al tercero, singular.
Original se llama aquel máximo
delito que contraemos del primer Adán, en quien todos pecamos y por quien todos
morimos. Máximo, sin duda, pues ocupa no sólo a todo el linaje humano, sino a
cualquiera de este linaje, no habiendo quien se exima de él, no habiendo ni uno
solo. Desde el primer hombre hasta el último se extiende, y en cada uno de
ellos, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza se difunde este
veneno. Y por otro lado, no menos se extiende a toda edad, desde el día en que
cada uno fue concebido por su madre hasta aquel en que le recibe en el sepulcro
la madre común de todos. Decidme si no, ¿de dónde ese gravoso yugo que pesa
sobre todos y cada uno de los hijos de Adán, y esto desde la salida del seno
materno hasta el día de la sepultura en la madre de todos? En pecado somos
engendrados, en tinieblas somos fomentados, en dolores hemos nacido. Antes de
salir servimos de peso y molestia a las tristes madres; al salir, a modo de
víbora las desgarramos; y es maravilla cómo nosotros mismos no nos hicimos también
pedazos. La primera voz en que rompemos es el llanto; y con razón ciertamente,
pues entramos en el valle del llanto, pudiéndosenos con toda verdad aplicar lo
del santo Job: El hombre nacido de mujer
vive breve tiempo y vese abrumado de muchas miserias. Cuán cierto sea esto,
nos lo han enseñado, no las palabras, sino los golpes. El hombre, dice, nacido de
mujer: nada más abatido. Y para que no se lisonjee a sí mismo con la
perspectiva del deleite de los sentidos corporales que puede percibir lo
sensible, en la misma entrada le anuncian de un modo terrible la salida diciéndole:
Vivirás breve tiempo. Mas, para que
aquel breve espacio de tiempo de entrada a salida no lo juzgue libre para sí,
le añaden: Y este tiempo tan breve irá
embebido en muchas miserias. De muchas y varias digo: miserias del cuerpo,
miserias del corazón, miserias al dormir, miserias al velar, miserias por
doquier se vuelva. Él mismo nacido de la Virgen, y aun hecho de mujer, pero
bendita entre todas las mujeres, el cual, al hablar a su Madre, le dijo: Mujer, ve ahí a tu hijo; viviendo también
breve tiempo sobre la tierra, fue igualmente llenado de muchas miserias, y en
aquella brevedad perseguido con asechanzas, colmado de oprobios, insultado con
injurias, vejado con suplicios, ofendido con vituperios.
7. ¿Dudarás entonces de que basta
esta obediencia para que sea absuelta la culpa de la prevaricación primera? Antes
bien no según fue el delito, así es el don; porque si fuimos condenados por un
solo pecado, somos luego por la gracia justificados de muchos pecados. Grave,
sin duda, es el pecado original, al inficionar no sólo a la persona, sino a la
naturaleza: aunque más grave para cada uno es el personal, cuando sueltas ya las riendas, abandonamos por todas
partes nuestros miembros a que sirvan de armas de iniquidad para cometer el
pecado; presos no ya del pecado ajeno, sino del propio. Pero el singular es gravísimo, porque fue
cometido contra el Señor de Majestad cuando los impíos mataron injustamente al
Justo y pusieron sus sacrílegas manos en el mismo Hijo de Dios, haciéndose homicidas
cruelísimos, o más bien – si cabe decirlo – deicidas. ¿Qué son aquellos dos
comparados con éste? En viendo este pecado, palideció y se horrorizó toda la
máquina del mundo, como volviendo todas las cosas al antiguo caos. Pongamos que
uno de los grandes del reino hubiera saqueado con mano enemiga la tierra del
Rey; pongamos que otro, siendo de la mesa y consejo del Rey, hubiera sofocado
su hijo único con traidoras manos, ¿no parecerá el primero inocente y libre en comparación
del segundo? Pues así es todo pecado respecto de éste; y aun así sufrió en sí
mismo este pecado aquel Señor que a sí mismo se hizo pecado, para condenar el
pecado por el pecado; pues por éste fue lavado todo pecado, así original como
personal, y el mismo pecado singular fue borrado por sí mismo.
8. La prueba, para mí, de que fue
abolido el pecado máximo, consiste en que por él fueron lanzados los dos
menores, y ved aquí el fundamento. Llevó los pecados de muchos y rogó por los
transgresores para que no pereciesen: ¡Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen! Vuela vuestra palabra Señor, sin
que pueda ser detenida, y no volverá a ti vacía, haciendo aquello para que la
enviaste. Mira ahora las obras del Señor, que puso como prodigios sobre la
tierra. Fue herido con azotes, coronado de espinas, con clavos taladrado,
clavado en un patíbulo, harto de oprobios, y aun, como olvidado de todos sus
dolores, clama: ¡Perdónalos! Vense
aquí por parte de muchas miserias del cuerpo, por otra muchas misericordias del
corazón; por aquí dolores, por allí conmiseraciones; por aquí óleo de alegría,
por allí gotas de sangre que corren hasta la tierra. Las misericordias del
Señor son muchas, y muchas también son las miserias del Señor. ¿Vencerán las
miserias a las misericordias o las misericordias a las miserias? Venzan, Señor,
tus antiguas misericordias, venza la sabiduría a la malicia. Grande es
verdaderamente su maldad; pero, Señor, ¿no es mayor tu piedad? Mucho mayor es
en todo sentido. Conque ¿así, dice, se me vuelve mal por bien, y así han cavado
una hoya para mi alma? Sí; cavaron la hoya para que ésta cayera en
impaciencia. Pero ¿qué es la hoya que ellos han cavado para el abismo de tu
mansedumbre? Pagando bienes con males, cavaron la hoya; más la caridad no se
irrita, no se precipita, nunca falta, no cae en la hoya, y, a cambio de los
males con que le han pagado, acumula bienes. No sucederá de ningún modo que las
moscas muertas en el perfume en que cayeron disipen la suavidad de la fragancia
que fluye de tu cuerpo, porque en ti está la misericordia y en él hay copiosa redención.
Las moscas que perecieron al caer en el perfume, son las miserias, son las
blasfemias, son los insultos con que te paga esta generación perversa y
provocadora.
9. Pero tú, Señor, ¿qué haces?
Cuando elevadas al cielo tus manos, cuando ya el sacrificio matutino pasaba a
ser holocausto vespertino, cuando la virtud del incienso, cuyo rico olor subía
a los cielos, cubría la tierra y refrigeraba a los mismos infiernos, sabiendo
que serías oído por la reverencia que te es debida, clamabas: ¡Padre, perdónalos, que son saben lo que
hacen! ¡Oh qué grande eres en perdonar! ¡Oh que grande es, Señor, la
abundancia de tu dulzura! ¡Oh cuánto distan tus pensamientos de los nuestros!
¡Oh, qué firme ha estado, aun sobre los impíos, tu misericordia! ¡Oh qué
maravilla! Clama Él: ¡Perdónalos! Y
los judíos: ¡Crucifícale! Sus palabras se han suavizado más que el aceite, y
éstas son saetas.
¡Oh caridad paciente, pero también
compasiva! La caridad es paciente;
basta. La caridad es benigna: esto
es, el colmo y perfección de ella. No
quieras ser vencido por el mal: caridad abundante; sino vence al mal con bien: esta es ya superabundante caridad. No sólo
la paciencia de Dios, sino la benignidad suya redujo a penitencia a los judíos.
La caridad es benigna, porque ella ama a los mismos a quienes tolera, y ámalos
ardientemente. La caridad paciente disimula, sufre y espera al pecador, pero la
benigna le atrae, le arrastra, hácele volver de sus extravíos, y al fin cubre y
perdona la muchedumbre de sus pecados. ¡Oh judíos! Piedras sois, pero herís una
piedra más blanda, y al herirla con vuestros golpes, da sonidos dulcísimos de
piedad y mana de ella óleo suavísimo de caridad. ¿Cómo saciarás Señor, la sed
de los que aman con el torrente de tus delicias, cuando así rocías con el óleo
de tu misericordia a los que te crucifican?
10. Es claro, por tanto, que la
Pasión de Cristo es poderosísima para destruir todo linaje de pecados. Pero ¿quién
sabe si se me aplicará a mí? A mí se aplicará, si quiero, porque a otro no se
pudo dar. ¿Se dio quizás al ángel? No la necesitó. ¿Al diablo tal vez? No se
levantará jamás. En fin, no se hizo Él semejante a los ángeles, y sería necedad
e impiedad pensar que tomó la semejanza de los demonios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma
de siervo, hecho semejante a los demás hombres, reducido a la condición de
hombre. Hijo de Dios era, y tomó la forma de esclavo. Y no sólo tomó la
forma de esclavo para estar sujeto, sino de esclavo malo, para ser azotado, y
de esclavo pecador, para pagar la pena no teniendo la culpa.
Hecho semejante a los demás hombres,
dice, no al hombre; porque el primer hombre no fue criado en carne de pecado ni
en la semejanza de la carne de pecado. Cristo, pues, se sumergió más íntima y
profundamente en la universal miseria de los hombres, para que aquel avizor ojo
del diablo no percibiese el gran misterio de la piedad de Dios. Por eso en lo
que se vio en su exterior conducta y en todo su porte fue reconocido como
hombre: sin aparecer en Él, en las necesidades propias de la humana naturaleza,
señal alguna de singularidad, por la cual fue reconocido como hombre en todo, y
crucificado. A unos pocos se mostró claramente, para que hubiese quienes
creyesen en Él; pero se ocultó a los demás, porque si le hubieran conocido, nunca al Señor de la gloria le hubieran
crucificado. Para eso también juntó a aquel singular pecado la ignorancia,
para que con alguien viso de justicia se pudiese perdonar a los ignorantes.
11. Mas dos cosas nos había dejado
por herencia el antiguo Adán, que huyó de la presencia de Dios: labor y dolor:
labor de la acción, dolor de la pasión. No le fue dicho esto en el paraíso que había
recibido para cultivarlo y guardarlo; para cultivarlo, digo, agradablemente, y
guardarlo fielmente para sí y sus descendientes. Cristo nuestro Señor consideró
el trabajo y el dolor para ponerlos en sus propias manos, o más bien, para
ponerse a sí mismo en manos del trabajo y del dolor, metiéndose en el cieno del
abismo, viéndose hundido por la tempestad de las aguas. Mirad, dice al Padre, mi humillación y mi trabajo; porque soy
pobre y vivo en trabajos desde mi juventud. Trabajó sufriendo: sus manos
sirvieron en los trabajos.
Mira ahora lo que dice del dolor: ¡Oh vosotros todos los que pasáis por el
camino, atended y ved si hay dolor semejante al mío. Verdaderamente Él tomó
sobre sí nuestras dolencias y sobrellevó nuestros dolores. Verdaderamente fue
Varón de dolores, pobre y que sabe padecer, el tentado en todo, pero sin
pecado. Tuvo en su vida una acción pasiva, y en su muerte una pasión activa,
obrando la salud en medio de la tierra.
Por tanto, yo me acordaré,
mientras tuviere hálito de vida, de los trabajos que sufrió predicando, de su
cansancio caminando, de sus tentaciones ayunando, de sus vigilias orando, de
sus lágrimas compadeciéndose. Me acordaré también de sus dolores, de las
afrentas, salivas, bofetadas, burlas, ignominias, clavos y demás cosas
semejantes a éstas que por Él y sobre Él pasaron. Tengo ya un modelo a quien
imitar y un guía a quien sufrir; sólo falta el resolverme de veras a seguirle e
imitarle, que si no me reclamarán la sangre del Justo derramada sobre la
tierra, y no estaré exento de aquel tan singular delito de los judíos, por
haber sido ingrato a tamaña caridad, por haber hecho injuria al Espíritu de la
gracia, por haber reputado vil y despreciable la sangre del Testamento, por
haber pisoteado al Hijo de Dios.
12. Muchos padecen trabajos y
dolores, mas por necesidad, no por voluntad; y éstos no son conformes a la
imagen del Hijo de Dios. Otros los sufren con voluntad, pero no tienen parte ni
suerte en estas promesas. Vela toda la noche el lascivo no sólo con paciencia,
sino con gusto, a trueque de saciar sus malos deseos; vela el salteador vestido
de hierro, para arrebatar la presa; vela el ladrón, para escalar la casa ajena.
Pero todos estos y otros como ellos están lejos de aquel trabajo y dolor que el
Señor considera. Los hombres, empero, de buena voluntad, que con libertad
cristiana trocaron las riquezas por la pobreza, o también, no tendiéndolas, las
despreciaron cual si las tuviesen, dejándolo todo por el Señor, así como Él lo
dejó todo por ellos, ésos son los que le siguen dondequiera que vaya. Esta imitación
es para mí poderosa prueba de que la pasión del Señor y la semejanza de su
humildad se truecan en utilidad mía. Éste, pues, es el sabor, éste el fruto,
así de su labor como de su dolor.
13. Mira que magníficamente se ha
portado contigo aquella Majestad. Cuando quiso crear todo lo que hay en el
cielo y debajo del cielo, dijo, y fue hecho. ¿Y qué cosa más fácil que el
decir? Pero ¿fue quizás obra de una sola palabra el reformar y rehacer lo
deshecho? Treinta y tres años vivió en la tierra, y tratando con los hombres en
ella, tuvo calumniadores de sus hechos, insultadores de sus dichos, sin tener siquiera
dónde reclinar su cabeza. Y esto, ¿por qué? Porque el Verbo había en cierto
modo descendido de su sutileza y había tomado más tosco vestido. Habíase hecho
carne, y por eso usaba de un modo de obrar algo más tosco y tardo. Mas así como
nuestro pensamiento se viste de voz corporal sin disminución de sí mismo, ni
antes ni después de la voz, así el Hijo de Dios tomó carne, sin padecer mezcla
ni merma ni antes de la carne ni después de la carne. Era invisible en el seno del
Padre; pero aquí nuestras manos trataron al Verbo de la vida, y vimos con
nuestros ojos al que era desde el principio. Este Verbo, pues, porque había tomado
carne purísima y había unido a sí una alma santísima, gobernaba libremente la actividad
de su cuerpo, ya porque Él era la sabiduría y justicia, ya porque no tenía en
sus miembros ley que repugnase a la ley de su espíritu. En mí, mi verbo o palabra no es sabiduría ni
justicia; aun siendo capaz de una y otra, pueden faltar. Porque es más
frecuente en nosotros servir a los vicios de nuestra carne que ordenar sus
acciones y sus pasiones, estando toda edad, desde la más tierna, propensa al
mal y anhelando goces aun entre los azotes y las espadas, aun en el riesgo de
la misma muerte.
14. Dichoso aquel cuyo pensamiento
– éste es nuestro verbo – dirige todas
sus acciones a la justicia, de modo que sea sana la intención y recta la operación.
Feliz aquel que por amor a la justicia encauza todas las pasiones de su cuerpo,
para padecer por el Hijo de Dios todo lo que padece, de modo que falte en su corazón
la queja y esté en su boca la acción de gracias y la voz de alabanza. El que así
se levanta, toma su lecho y base de su casa. El lecho es nuestro cuerpo, en el
cual estamos postrados antes por fuerza de nuestra enfermedad, sirviendo a
nuestros deseos y concupiscencias. Mas ahora, lo llevamos, cuando nos vemos
precisados a servir a nuestro espíritu, y llevamos también a nuestro muerto,
pues el cuerpo muerto está por el pecado. Pero andamos, no corremos; porque el cuerpo corruptible grava al alma, y esta habitación
terrena abate al espíritu, que piensa en muchas cosas. También vamos a
nuestra casa. ¿A qué casa? A la madre de todos, pues nuestros sepulcros serán nuestra morada hasta la consumación de
los siglos. O mejor aún, vamos a nuestra casa, que Dios nos ha de dar en el
cielo, no hecha por mano de hombre y duradera para siempre. Los que bajo esta
carga andamos, en dejándola, ¿cómo pensáis que correremos? ¿Cómo volaremos? Cierto
en alas del viento.
Nos ha abrazado nuestro Señor Jesucristo
con los dos brazos de la labor y del dolor: abracémosle también nosotros a Él
con los dos de la justicia y para la justicia; es decir, enderezando a la justicia
nuestras acciones y soportando por ella todas las pasiones. Digamos con la
Esposa: He llegado a asirle; y no le
soltaré. Digamos con el patriarca Jacob: No te dejaré ir si no me bendices. Porque ¿qué falta ya sino la
bendición? ¿Qué hay tras del abrazo, sino el beso de la paz? Si así estuviese
yo adherido a Dios, ¿cómo dejaría de exclamar: Bésame con el ósculo de su boca? Susténtanos, Señor, entre tanto
con pan de lágrimas y danos bebida de lágrimas con medida, hasta que nos lleves
a aquella medida buena colmada, agitada y rebosante, que echarás en nuestros
senos, tú que en el seno del Padre eres Dios, bendito en los siglos. Amén.
Tomado de San Bernardo, OBRAS SELECTAS, BAC, 1957, pp. 454-463.
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Semana Santa
domingo, 29 de marzo de 2015
La tolerancia, virtud peligrosa
Plinio Corrêa de
Oliveira
Catolicismo, N. 78,
junio de 1957
En artículo anterior
(“Catolicismo”, N. 75, marzo de 1957 ver aquí),
tratamos el problema de la tolerancia, estableciendo que ésta, así como su
contraria, que es la intolerancia, no se pueden calificar como intrínsecamente
buenas, ni intrínsecamente malas. En otras palabras, hay casos en que tolerar
es un deber, y no tolerar es un mal. Y otros casos hay, en que, por el
contrario, tolerar es un mal y no tolerar es un deber.
Volvemos ahora al asunto, no para
desarrollar aún más los principios básicos que ya expusimos, sino para mostrar
los riesgos de la tolerancia y las precauciones con que se debe practicar.
![]() |
| Alegoría de la entrada de Enrique IV en París, por Rubens (*) |
Para evitar la aridez de una
exposición exclusivamente doctrinal,
figurémonos la situación de un oficial, que nota en su tropa graves
síntomas de agitación. Se le pone un problema: a) ¿Será el caso de castigar con
todo el rigor de la justicia a los responsables? b) ¿O será mejor tratarlos con
tolerancia? Esta segunda solución daría lugar a otras preguntas. ¿En qué medida
y de qué manera practicar la tolerancia? ¿Aplicar penas blandas? ¿No
aplicarlas, llamando a los culpables y aconsejándoles afectuosamente que
cambien de actitud? ¿Fingir que se ignora la situación? ¿Empezar tal vez por la
más benigna de estas soluciones, e ir aplicando sucesivamente las demás, a
medida que los procesos disuasivos o blandos se vayan haciendo notoriamente
insuficientes? ¿Cuál es el momento exacto en que se debe renunciar a este
proceso para adoptar otro más severo?
Estas son preguntas que
forzosamente asaltarán el espíritu de muchos oficiales, pero también de
cualquier persona con autoridad o responsabilidad en la vida civil, siempre que
tenga exacta conciencia de sus obligaciones. ¿Qué padre de familia, qué jefe de la Administración, qué director de
empresa, qué profesor, qué líder, no se
ha tropezado mil veces con todas estas preguntas, con todos estos problemas,
con situaciones como esta? ¿Cuántos
males evitó por haberlas resuelto con perspicacia y vigor de alma? ¿Y cuántos
tuvo que soportar por no haber dado una solución acertada a las situaciones en
que se encontraba?
En realidad, la primera medida que
debe tomar quien se ve en situaciones como ésta, consiste en hacer un examen de
conciencia para precaverse contra las celadas que su carácter le pueda tender.
Debo confesar que, a lo largo de
mi vida, he visto en esta materia los mayores disparates. Y casi todos ellos
conducían al exceso de tolerancia.
Los males de nuestra época han
adquirido el cariz alarmante que actualmente presentan, porque existe hacia ellos
una simpatía generalizada, de la cual participan frecuentemente aquellos mismos
que los combaten.
* * *
Hay, por ejemplo, muchos
antidivorcistas. Pero entre ellos, numerosos son los que, oponiéndose al
divorcio, tienen una manera de ser sentimental. En consecuencia, consideran
románticamente los problemas nacidos del “amor”. Puestos delante de la
situación de un matrimonio amigo, esos antidivorcistas pensarán que es
sobrehumano, por no decir inhumano, exigir del cónyuge inocente e infeliz que
rechace la posibilidad de comenzar una nueva vida (esto es, de dar muerte a su
alma por el pecado). De boca para fuera, continuarán “lamentándose por el gesto”
de este último, etc., etc. Pero cuando se le ponga el problema de la
tolerancia, habrán hecho todo un montaje interior para justificar las
condescendencias más extremas y más contrarias a la moral. Así, comentarán con
blandura e indolencia lo ocurrido, recibirán en su casa a los recién “casados”,
los visitarán, etc. O sea, por el ejemplo trabajarán en favor del divorcio, al
mismo tiempo que por la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene
mucho más que ganar que perder con tal conducta de millares o millones de
antidivorcistas.
¿Cómo llegaron a la decisión de
tolerar tan desdichadamente el cáncer roedor de la familia? Es porque en el
fondo tenían una mentalidad divorcista.
Pero no paremos aquí. Tengamos el
valor de decir la verdad entera. El hombre moderno tiene horror a la ascesis.
Le es antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir “no” a
los sentidos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha diaria
contra las pasiones le parece una tortura china.
Y por esto, no sólo con los divorciados,
el hombre moderno, aun cuando dotado de buenos principios, es exageradamente
complaciente.
Hay legiones enteras de padres y
profesores que por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o
alumnos. Y el estribillo es siempre el mismo: Pobrecillo... Pobrecillo porque
tiene pereza; no le gusta que los mayores le llamen la atención; come dulces a
escondidas; frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un “pobrecillo”
raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No es necesario decir en
que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares, millones de desastres
morales ocasionados por una tolerancia excesiva. “El que ahorra la vara a su
hijo, odia a su hijo”, enseña la Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le
interesa eso?
Lo mismo ocurre frecuentemente, mutatis mutandis, en las relaciones
entre patrones y obreros de cierto género, ya que aquellos, tan paganizados
cuanto estos, sienten que si fuesen obreros también serían unos revoltosos.
Y en todos los campos los ejemplos
se podrían multiplicar.
Claro está que dicha tolerancia se
apoya en todo tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica.
Se acentúa demasiado la posibilidad de que las cosas se solucionen por sí
mismas. Se cierran los ojos para los peligros de la impunidad. Y así por
delante.
En realidad, todo esto se evitaría
si la persona que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de
desconfiar humildemente de sí.
¿Tengo ocultas simpatías hacia
este mal? ¿Tengo miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo
pereza de los esfuerzos que una actitud intolerante me impondría? ¿Encuentro
ventajas personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista?
Sólo después de un examen de
conciencia como éste la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o
no tolerar. Pues sin este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación
a sí mismo las diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de
tolerancia.
Hay, a grosso modo, un consejo muy
apropiado para los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene
tendencias malas que están particularmente arraigadas en él. Uno es apático, el
otro violento, otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia
exija la victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no
necesitamos tener mucho miedo de pecar por exceso de tolerancia. Pero siempre
que ésta lisonjee nuestras malas inclinaciones, abramos los ojos, pues el
riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que pequemos por
demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más
empalagoso, esquivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si
somos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia para con
los que nos injurian. Si somos sensuales, es poco probable que nos mostremos
demasiado rigoristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en
relación a la opinión pública, difícilmente nos excederemos en invectivas
contra los errores de nuestro siglo.
Otro excelente consejo, para no
pecar por exceso de tolerancia, consiste en desconfiar mucho más de una
flaqueza nuestra en este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que
cuando se trata de los nuestros.
Habitualmente, somos mucho más “comprensivos”
cuando los otros son los que están en causa. Perdonamos más fácilmente al
ladrón que robó a nuestro vecino, que al que asaltó nuestra propia casa. Y
somos más propensos a recomendar el olvido de las injurias, que a practicarlo.
Y en este punto no perdamos de
vista el doloroso hecho de que, según los primeros impulsos de nuestro egoísmo,
Dios sería muchas veces para nosotros un tercero.
Así, estamos mucho más inclinados a disculpar una
ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a
soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro.
En general, éste es el estado de
espíritu de los católicos hipertolerantes. Su lenguaje es imaginativo, sin
energía, sentimental. Sólo saben argumentar — si es que se puede llamar a esto
argumento — con el corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de
ilusiones, atenciones, obsequios y muestras de afecto.
Pero se ofenden terriblemente, si
un católico celoso les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y,
en lugar de argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno
personal. ¿Acaso piensan que soy tibio? ¿Que no sé perfectamente lo que tengo
que hacer? ¿Dudan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!, ¡esto no lo puedo
soportar! Y su pecho empieza a respirar nervioso, su rostro se llena de rubor,
sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular.
¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intolerancia.
Cualquier violencia, cualquier injusticia, cualquier unilateralidad se puede
esperar de él. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en
juego valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe,
los derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadilla entra en escena, todo
cambia. Y helo aquí dispuesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aun
levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio: “¿Quién
como yo?”
Veremos, finalmente, en un próximo artículo,
como debe ser practicada la tolerancia en los casos en que es justa.Continuará
(*) El resultado de las guerras de religión en Francia del siglo XVI fue el establecimiento de un sistema de tolerancia. Enrique IV, candidato de los hugonotes al trono francés, convirtiéndose al catolicismo, pudo asumir la corona que por derecho dinástico le pertenecía. Y promulgó el edicto de Nantes, que concedía un régimen de tolerancia a los protestantes. La medida, quizás necesaria en aquél momento, tuvo malas consecuencias a lo largo del tiempo. Fue mérito de Luis XIII abatir la soberbia de los herejes, y mérito de Luis XIV revocar el peligroso edicto.
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viernes, 27 de marzo de 2015
La mejor cita bíblica para refutar una vez salvo, siempre salvo y la sola fe
Por el Hno. Pedro Dimond OSB
En el Nuevo Testamento se refutan la justificación por la sola fe y la idea de justificado de una vez y para siempre (conocida también como una vez salvo, siempre salvo). Las ideas de la sola fe y justificado de una vez y para siempre son contrarias y refutadas por básicamente cada libro en el Nuevo Testamento. Dado que hay tantas pruebas sobre este asunto, limitando el argumento a un versículo o pasaje en realidad no hace justicia a la cantidad de evidencia que se podría presentar al respecto. No obstante, si se me permitiera elegir un solo pasaje en el Nuevo Testamento para refutar la sola fe y justificado de una vez y para siempre, sería Gálatas 5, 19-21.
Gálatas 5, 19-21: “Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, sensualidad, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios".
En el Nuevo Testamento se refutan la justificación por la sola fe y la idea de justificado de una vez y para siempre (conocida también como una vez salvo, siempre salvo). Las ideas de la sola fe y justificado de una vez y para siempre son contrarias y refutadas por básicamente cada libro en el Nuevo Testamento. Dado que hay tantas pruebas sobre este asunto, limitando el argumento a un versículo o pasaje en realidad no hace justicia a la cantidad de evidencia que se podría presentar al respecto. No obstante, si se me permitiera elegir un solo pasaje en el Nuevo Testamento para refutar la sola fe y justificado de una vez y para siempre, sería Gálatas 5, 19-21.
Gálatas 5, 19-21: “Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, sensualidad, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios".
jueves, 12 de marzo de 2015
¿Qué es la tolerancia?
Plinio Corrêa de
Oliveira
Catolicismo Nº 75 -
Marzo de 1957
En materia de tolerancia, tal vez más
que en cualquier otra, la confusión reina tan completamente, que parece
indispensable esclarecer el alcance de los términos antes de abordar el mérito
de la cuestión.
¿Qué es precisamente la
tolerancia?
Imagínese la situación de un
hombre que tiene dos hijos: uno de principios sanos y voluntad fuerte y otro de
principios indecisos y voluntad vacilante. En determinado momento aparece en el
lugar en que reside la familia un profesor que dará un curso de vacaciones
extraordinariamente útil para ambos hijos. El padre desea que sus hijos asistan
al curso, pero ve que esto implicará en privarlos de varios paseos a los cuales
ambos están muy apegados. Pesados los pro y los contra, el padre fija su juicio
sobre el asunto: conviene más que sus hijos renuncien a algunas distracciones,
por lo demás muy legítimas, que perder una ocasión extraordinaria de
desarrollarse intelectualmente. Una vez comunicada la decisión a los hijos, la
actitud de ellos varía. El primero, después de un momento de rechazo, accede a
la voluntad paterna. El otro se lamenta, implora, suplica al padre que cambie
su decisión, y da tales muestras de irritación, que es de temer un grave
movimiento de rebelión de su parte.
Delante de esto, el padre mantiene
su decisión en cuanto al hijo bueno. Pero considerando lo que le cuesta al hijo
mediocre el esfuerzo de la rutina escolar y previendo las muchas ocasiones de
conflicto que surgirían en la vida diaria en las relaciones de ambos, para la
eventual salvaguarda de principios morales impostergables, juzga mejor no
insistir y da su consentimiento para que ese hijo no haga el curso.
Actuando así con el hijo mediocre
y tibio, el padre le dio un permiso a de mala gana. Un permiso que no es de
modo alguno una aprobación. Un permiso que le fue como que arrancado por
la mala disposición de su hijo. Para evitar un mal (la tensión con el hijo), el
padre consintió en un bien menor (las excursiones de vacaciones), y desistió de
un bien mayor (el curso de verano). Es a este tipo de consentimiento dado sin aprobación,
y hasta con censura, que se llama tolerancia.
Está claro que, a veces, la
tolerancia es el consentimiento, no en un bien menor para evitar un mal, sino
en un mal menor para evitar uno mayor. Sería el caso de un padre que, teniendo
un hijo que contrajo varios vicios graves, y puesto en la imposibilidad de
hacerlos cesar todos, forma el proyecto de combatirlos sucesivamente. Así, en
cuanto procura obstaculizar un vicio, cierra los ojos a los demás. Este cerrar
de ojos, que es un consentimiento dado con profundo disgusto, tiene como fin
evitar un mal mayor, esto es que la enmienda moral del hijo se vuelva
imposible. Esto es lo que caracteriza una actitud de tolerancia.
* * *
![]() |
Lot y sus hijas huyen de Sodoma,
incendiada por la cólera divina
(mosaico del siglo XII, catedral de Monreal,
Italia) (*)
|
Como acabamos de ver, la
tolerancia sólo puede ser practicada en situaciones anormales. Si no hubiese
malos hijos, por ejemplo, no habría necesidad de tolerancia de parte de los
padres.
Así, en una familia, cuanto más
los miembros fueren forzados a practicar la tolerancia entre sí, tanto más
anómala será la situación.
Se siente mucho la realidad de lo
que está aquí dicho si se considera el caso de una orden religiosa o de un
ejército en que los jefes o superiores tengan que usar habitualmente una
tolerancia sin límites con sus subordinados. Tal ejército no está apto para
ganar batallas. Tal orden religiosa no está caminando para las altas y rudas cimas
de la perfección cristiana.
En otros términos, la tolerancia
puede ser una virtud. Pero es virtud característica de las situaciones anómalas,
ruinosas, difíciles. Ella es, por así decir, la cruz de cada día del católico fervoroso
en las épocas de desolación, decadencia espiritual y ruina de la civilización cristiana.
Por esto mismo se comprende que la
tolerancia sea tan necesaria en un siglo de catástrofe, como el nuestro. A todo
momento, el católico se encuentra, en nuestros días, en la contingencia de
tolerar algo: en el tranvía, en el autobús, en la calle, en los lugares en que
trabaja, en las casas en que hace visitas, en los hoteles en que veranea, él
encuentra a todo momento abusos que le provocan una lamento interior de indignación.
Lamento que, entretanto, en ocasiones normales sería un deber de honra y de coherencia.
De pasada, es curioso hacer
observar la contradicción en que caen los adoradores de este siglo. De un lado,
elevan enfáticamente a las nubes sus cualidades, y silencian o subestiman sus
defectos. De otro, no cesan de apostrofar a los católicos intolerantes,
suplicando tolerancia en favor del siglo. Y no se cansan de afirmar que esa
tolerancia debe ser constante, omnímoda y extrema. No se comprende cómo no perciben
la contradicción en que se colocan. Pues sólo hay tolerancia en lo que es
anormal, y proclamar la necesidad de mucha tolerancia es afirmar la existencia
de mucha anomalía.
De cualquier manera, griegos y
troyanos están de acuerdos en reconocer que la tolerancia en nuestra época es
muy necesaria.
* * *
En estas condiciones, es fácil percibir
cuánto es de errado andar pregonando a todo momento en favor de la tolerancia.
En efecto, habitualmente se le da
a este vocablo un sentido elogioso. Cuando se dice que alguien es tolerante,
esta afirmación viene acompañada de una serie de alabanzas implícitas o
explícitas: gran alma, gran corazón, espíritu generoso, comprensivo, naturalmente
propenso a la simpatía, a la cordura, a la benevolencia. Y, como es lógico, el
calificativo de intolerante también trae consigo una secuela de censuras más o
menos explícitas: espíritu estrecho, temperamento bilioso, malévolo, espontáneamente
inclinado a desconfiar, odiar, resentirse y vengarse.
En realidad, nada es más
unilateral. Pues, si hay casos en que la tolerancia es un bien, hay otros en
que es un mal. Y puede llegar a ser un crimen. Así, nadie merece encomio por el
hecho de ser sistemáticamente tolerante o intolerante, mas por ser una u otra
cosa conforme lo exigen las circunstancias.
El problema se sale de lugar. No se
trata de saber si alguien puede o debe ser tolerante o intolerante por sistema.
Importa, eso sí, indagar cuándo se debe ser una u otra cosa.
* * *
Antes de todo cumple resaltar que
hay una situación en la cual el católico tiene que ser siempre intolerante. Y esta
regla no admite excepciones. Es cuando se desea que, para complacer a otros, o
para evitar algún mal mayor, la persona cometa algún pecado. Pues todo pecado
es una ofensa a Dios. Y es absurdo pensar que en alguna situación Dios pueda
ser virtuosamente ofendido.
Esto es tan obvio, que parecería
superfluo decirlo. Entretanto, en la práctica, cuántas veces sería necesario
recordar este principio.
Así, por ejemplo, nadie tiene el
derecho de, por tolerancia con los amigos, y con la intención de despertar en
ellos la simpatía, vestirse de modo inmoral, adoptar las maneras licenciosas o
livianas de las personas de vida desordenada, ostentar ideas temerarias,
sospechosas o hasta erradas, o alardear vicios que en la realidad – gracias a
Dios – no tienen.
Que un católico, para dar otro
ejemplo, consciente de los deberes de fidelidad que le incumben para con la escolástica,
profese otra filosofía sólo para granjear simpatías en cierto medio, es una
forma de tolerancia inadmisible. Pues peca contra la verdad quien profesa un
sistema en que sabe existen errores, aun cuando estos no sean contra la fe.
Pero los deberes de la
intolerancia, en casos como estos, van más lejos. No basta que nos abstengamos
de practicar el mal. Es preciso también que nunca lo aprobemos, ni por acción ni
por omisión.
Un católico que delante del pecado
o del error, toma una actitud de simpatía, peca contra la virtud de la
tolerancia. Es lo que se da cuando él presencia, con una sonrisa sin
restricciones, una conversación o una escena inmoral, o cuando, en la discusión,
reconoce a otros el derecho de abrazar la opinión que se les antoje sobre la religión.
Esto no es respetar al adversario, es respetar sus errores o pecados. Esto es
aprobar el mal. Y hasta allá un católico no puede llegar jamás.
A veces, sin embargo, se llega
hasta allá pensando no haber pecado contra la intolerancia. Es lo que ocurre
cuando ciertos silencios en frente del error o del mal dan la idea de una aprobación
tácita.
En todos estos casos, la
tolerancia es un pecado, y sólo en la intolerancia consiste la virtud.
* * *
Leyendo estas afirmaciones, es
admisible que ciertos lectores se irriten. El instinto de sociabilidad es
natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo
armonioso y agradable.
Ahora bien, en circunstancias cada
vez más numerosas el católico está obligado, dentro de la lógica de nuestra argumentación,
a repetir delante del siglo el heroico “non possumus” de Pío IX: no podemos
imitar, no podemos concordar, no podemos callar. Luego se crea en torno de
nosotros aquel ambiente de guerra fría o caliente con que los partidarios de
los errores y modas de nuestra época persiguen con implacable intolerancia, y
en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos. Una cortina
de fuego, de hielo o simplemente de celofán nos cerca y aísla. Una velada excomunión
social nos mantiene al margen de los ambientes modernos. Ahora, de esto el
hombre moderno tiene miedo casi como de la muerte. O más que de la propia
muerte.
No exageramos. Para tener derecho
de ciudadanía en tales ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con
infartos y anginas cardiacas, hay señoras que ayunan como ascetas de la
Tebaida, y llegan a exponer gravemente su salud. Ahora, perder una “ciudadanía”
de tal “valor”, solo por amor a los principios… es preciso realmente amar mucho
los principios.
Y después está la pereza. Estudiar
un asunto, compenetrarse de él, tener enteramente a mano en cualquier
oportunidad los argumentos para justificar una posición… cuánto esfuerzo…
cuánta pereza. Pereza de hablar, de discutir, está claro. Sin embargo, más aún,
pereza de estudiar. ¡Y sobre todo la suprema pereza de pensar con seriedad
sobre algo, de compenetrarse de algo, de identificarse con una idea, un
principio! La pereza sutil, imperceptible, omnímoda, de ser serio, de pensar
seriamente, de vivir con seriedad, cuánto aparta de esta intolerancia
inflexible, heroica, imperturbable, que en ciertas ocasiones y en ciertos
asuntos (en tantas ocasiones, en tantos asuntos, mejor sería decir) es hoy como
siempre el deber del verdadero católico.
La pereza es hermana de la
displicencia. Muchos se preguntarán por qué tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto
sacrificio, si un paseo no hace el verano, y con nuestra actitud los otros no
mejoran. Extraña objeción. Como si debiésemos practicar los mandamientos sólo
para que los otros los practiquen también, y quedásemos dispensados de hacerlo
una vez que los demás no nos imitan.
Atestiguamos delante de los
hombres nuestro amor al bien y nuestro odio al mal para dar gloria a Dios. Aun cuando
el mundo entero nos reprobase, deberíamos continuar haciéndolo. Que los otros
no nos acompañen no disminuye los derechos que Dios tiene de nuestro
obediencia.
Pero estas razones no son las
únicas. También está el oportunismo. Estar de acuerdo con las tendencias
dominantes es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras. Prestigio,
confort, dinero, todo, todo se vuelve más fácil y más obtenible si se acomoda
con la influencia dominante.
Por donde se ve cuánto cuesta el
deber de la intolerancia. Lo que nos da el punto de partida para el artículo
siguiente, donde pretendemos tratar de los límites de la intransigencia, y de
los mil medios que hay para defenderla.
Continuará…
(*)
Magnífico ejemplo de la intolerancia final de Dios, que no quiso dejar
subsistir aquel antro de abominación. Magnífico ejemplo, también, de
intolerancia del varón justo, que nada quiso de común con los vicios de su
patria, y por eso fue perdonado en el día de la ira (2 Ped. 2, 6-8). La mujer
de Lot, por el contrario, representa la tolerancia viciosa. Afectivamente,
conservó un apego desordenado a su ciudad, en el propio momento en que la
abandonaba. Manifestó así una complacencia para con el mal del cual huía. Dios la
inmovilizó en su insensata actitud, para eterna lección de los que quisieren
servir a dos señores.
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sábado, 24 de enero de 2015
Video: Una prueba irrefutable del papado en base a Hechos 15
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Descargue el libro LA VERDAD DE LO QUE LE OCURRIÓ A LA IGLESIA CATÓLICA DESPUÉS DEL SEGUNDO CONCILIO VATICANO completo en PDF haciendo clic aquí
lunes, 19 de enero de 2015
Video: La Muerte y el Viaje al Infierno
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Realidad del infierno
sábado, 20 de diciembre de 2014
lunes, 1 de diciembre de 2014
Jesús dice: “No juzguéis y no seréis juzgados”. ¿Qué significa esto?
viernes, 13 de junio de 2014
The Remnant y Robert Siscoe sobre el sedevacantismo refutados - video en inglés
Por el Hno. Pedro Dimond O.S.B
Most Holy Family Monastery
Most Holy Family Monastery
Este es un video muy importante que contiene muchos puntos que no han sido cubiertos antes en un asunto que es central al interés de todos los que se consideran "católicos" tradicionalistas o conservadores en nuestros días. Los hechos reveladores son cubiertos a través de este video. Por lo tanto, es importante que las personas que quieran conocer y entender la verdad sobre este asunto vean este vídeo entero. Por ejemplo, algunos de los puntos más importantes vienen en los últimos 40 minutos del video.
Los hechos tratados en este vídeo demuestran, sin lugar a dudas, que los falsos tradicionalistas han errado enormemente en la adhesión a los antipapas herejes de la secta del Vaticano II. Ellos han engañado a muchos con sus errores, sus falsos argumentos y sus distorsiones de la verdad católica. La consecuencia desastrosa de su falsa posición y sus falsos argumentos, es que ellos y muchos otros permanecen en la obediencia a herejes que los llevan a la perdición.
¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la herejía? ¿Cómo se llega a ser un hereje? Pueden los católicos reconocer y rechazar a las personas como herejes? Esos temas y muchos otros están cubiertos en este vídeo.
Esperamos poder tenerlo traducido dentro de un breve tiempo.
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viernes, 25 de abril de 2014
Para que Él reine
A partir de
hoy publicaremos la célebre obra de Jean Ousset Para que Él reine. La edición que publicamos es de la
editorial española La ciudad católica publicada en 1961.
Primera Parte
CRISTO-REY
CAPÍTULO I
ALFA Y OMEGA
CRISTO REY, AUTOR Y FIN DE LA CREACIÓN
“En el principio era el Verbo, y el Verbo
estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Todas
las cosas han sido hechas por Él y nada de lo que existe ha sido hecho sin Él”[1].
Pero
si es principio del universo, el Verbo es también su fin.
“Nada
tiene esto de extraño escribe Dom Delatte[2].
La primera causa eficiente es también la última causa final; la armonía de las
cosas quiere que el Alfa sea el Omega, principio y fin, y que todo se termine y
vuelva finalmente a su primer principio. ¿Cómo no había de ser el heredero y el
término de los siglos Aquél por quien los siglos comenzaron?”
Ya
desde el segundo versículo de su Epístola
a los Hebreos, San Pablo lo enseña vigorosamente. “Los términos son de una
rigurosa precisión; nunca se ha hablado de este modo: es el mismo Hijo de Dios
quien ha hecho los siglos y en quien los siglos terminan como en el heredero de
su obra común: en verdad han trabajado, y trabajan, para Él…”[3]
“y que todas las cosas se acaben en Él, que en Él encuentren su término y su
consumación, proviene de que el Padre le ha instituido heredero de todas las
personas y cosas. Filiación y herencia van juntas: la una es consecuencia de la
otra. Pero esta concepción de la herencia no quiere tan sólo decir que las almas
y los pueblos son suyos; significa igualmente que toda la historia se orienta
hacia Él, que es el término de la creación, pero también de la historia, que
los sucesos se encaminan hacia Él, que es el heredero del largo esfuerzo de los
siglos, y que todos han trabajado para Él.
”¿Acaso
Sócrates, Platón y Aristóteles no han pensado para Él? ¿Es que la Iglesia no ha
venido, a su hora, para recoger como bien suyo, como una riqueza preparada por
Dios para ella, todo el fruto de la inteligencia antigua? ¿Para quién sino para
la Iglesia, han hablado la ley y los profetas, la religión judía se ha
desarrollado, las escuelas socráticas han discutido, la escuela de Alejandría
balbuceado su ‘logos’, los pueblos se han mezclado, los judíos han sido puestos
en contacto sucesivamente con todas las grandes monarquías, el Imperio Romano
adquirió su poderosa estructura?
”El
Señor es el heredero de todo; a Él, primero en el pensamiento de Dios, se han
ordenado todas las obras de Dios”[4].
Esto
es lo normal, lo prudente. Porque un querer perfectamente ordenado quiere,
desde el comienzo, el Fin[5].
El orden consiste, pues, en que todo el universo gravite hacia el Verbo como hacia su término.
Y
el Verbo, es Jesucristo nuestro Señor.
*
Dios
quiere primero su gloria.
“Dios
quiere crear porque quiere su glorificación fuera de sí mismo. Y queriendo su
glorificación exterior, Él quiere, en primer lugar y principalmente, lo que, en
la historia actual de la humanidad es el primero y universal medio de
procurarla: la encarnación redentora, obra de Cristo, cumplida con la
cooperación de su Madre. Así Jesús y María son principalmente queridos por Dios
como aquellos de quienes dependen todas sus otras obras… Tienen sobre la
creación entera la preeminencia y una verdadera realeza…”[6].
“Frecuentemente
se representa al Creador en la obra de los seis días, trabajando en función del
hombre… Esto es cierto. Pero el primer hombre y la primera mujer para quienes
prepara estas maravillas no son Adán y Eva, son Jesucristo y María.
”En
la historia del mundo, Adán y Eva están bajo la dependencia de Jesús y de
María, por quienes ellos y sus descendientes han recuperado la Gracia. Jesús y
María son, en efecto y en el orden actual de las cosas, los primeros en la
intención divina y las verdaderas cabezas de la humanidad”[7].
CRISTO ES REY
Por
tanto, Jesucristo es Rey.
“No
hay —escribe Monseñor Pie— ni un profeta, ni un evangelista, ni uno de los
apóstoles que no le asegure su cualidad y sus atribuciones de rey”.
“Un niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido
dado”, escribe Isaías en su visión profética. “El imperio ha sido asentado sobre sus hombros…” Daniel es aún más
explícito: “Yo les miraba en las visiones
de la noche y he aquí, sobre las nubes, vino como un Hijo de hombre; él avanzó
hasta el anciano y le condujeron ante él. Y éste le dio el poder, gloria y
reinado, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominación es
una dominación eterna que no acabará nunca y su reino no será nunca destruido…”.
Pero
en este sentido podría invocarse toda la Sagrada Escritura y la tradición toda.
La unanimidad es absoluta.
“Príncipe de los reyes de la tierra” le
llama San Juan en el Apocalipsis y sobre sus vestiduras como sobre Él mismo,
pudo leer el apóstol: “Rey de los reyes y
Señor de los señores”.
CRISTO ES REY UNIVERSAL
Por
tanto, Jesucristo es Rey.
Rey
por derecho de nacimiento eterno, puesto que es Dios…
Rey
por derecho de conquista, de redención, de rescate.
Y
esta realeza se comprende que es universal. Nada, en efecto, puede ser más
universal, más absoluto que esta realeza, puesto que Cristo es, Él mismo, el
principio y el fin de toda la Creación.
Para
que no quepa duda alguna, no obstante, Nuestro Señor se cuidó de precisar: “Omnia potestas data es mihi in coelo et in
terra”. “Todo poder me ha sido dado en el cielo y la tierra”.
En
el cielo y en la tierra…, que es como decir: en el orden sobrenatural y en el
orden natural.
“Ahí
está efectivamente, escribe Monseñor Pie, el nudo de la cuestión… No olvidemos
ni permitamos que se olvide lo que nos enseña el gran Apóstol: que Jesucristo
después de haber descendido de los cielos, ha ascendido a ellos, a fin de
cumplir todas las cosas: ut impleret
omnia. No se trata de su presencia en cuanto Dios, puesto que esta
presencia ha existido siempre, sino de su presencia como Dios y hombre a la
vez. De hecho, Jesucristo se halla, desde entonces, presente en todo, así en la
tierra como en el cielo; llena el mundo con su nombre, su ley, su luz, su
gracia. Nada existe fuera de su esfera de atracción o de repulsión; ninguna
cosa, ninguna persona, pueden serle del todo extrañas e indiferentes: se está
con Él o contra Él; ha sido colocado como piedra angular; piedra de edificación
para unos, piedra de tropiezo y de escándalo para otros, piedra de toque para
todos. La historia de la humanidad, la historia de las naciones, la historia de
la paz y de la guerra, la historia de la Iglesia sobre todo, no es sino la
historia de Jesús que todo lo colma: ut
impleret omnia”[8].
“Ni
en su persona, ni en el ejercicio de sus derechos, puede ser Jesucristo
dividido, disuelto, fragmentado; en Él, la distinción de las naturalezas y de
las operaciones no puede ser jamás la separación, la oposición; lo divino no
puede repugnar a lo humano, ni lo humano a lo divino. Al contrario, Él es la
paz, la aproximación, la reconciliación; es el engarce que de dos cosas hace
una… Por eso San Juan nos dice: ‘Todo
espíritu que disuelve a Jesucristo no es de Dios, sino que es justamente ese
anticristo de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla
ya en el mundo…’ Así, cuando yo oigo, concluye Monseñor Pie, ciertos
rumores que crecen, ciertos aforismos que prevalecen de día en día y que
introducen en el corazón de las sociedades, el disolvente bajo la acción del
cual debe perecer el mundo, lanzo este grito de alarma: guardaos del
anticristo”[9].
CRISTO ES REY TODOPODEROSO
Sí,
todo poder ha sido dado a Cristo en el cielo y en la tierra.
Esta
verdad está en la base misma del catolicismo.
La
encontraremos en las epístolas y los discursos de San Pablo. La volvemos a
encontrar, subyacente en toda la enseñanza de San Pablo. Su fórmula “non est potesta nisi a Deo”, no es, en
el fondo, otra cosa que la expresión de la misma idea, de una más particular.
Jesucristo
a pedido y su Padre le ha concedido. Todo desde entonces le ha sido entregado.
Está a la cabeza y es el jefe de todo, de todo sin excepción. “En Él y rescatados por su sangre”,
escribía San Pablo a los Colosenses[10],
“tenemos la redención y la remisión de
los pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura;
porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las
visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las
Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo
subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Él es el principio,
el primogénito de los muertos; para que tenga la primacía sobre todas las
cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud de la divinidad y
por Él reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su Cruz todas las
cosas, así las de la tierra como las del cielo en Jesucristo Nuestro Señor”.
Tal es la enseñanza del Apóstol.
“No
establezcáis, pues, en modo alguno excepción allí donde Dios no ha dejado
lugar la excepción, exclama monseñor
Pie. El hombre individual y el jefe de familia, el simple ciudadano y el hombre
público, los particulares y los pueblos, en una palabra, todos los elementos de
este mundo terrestre, cualesquiera que sean, deben sumisión y homenaje al
nombre de Jesús”.
CRISTO ES REY DE LAS NACIONES
Jesucristo
rey universal… y, por tanto, rey de los reyes, rey de las naciones, rey de los
pueblos, rey de las instituciones, rey de las sociedades, rey del orden
político como del orden privado.
Después
de lo que se acaba de decir, ¿cómo se concibe que pueda ser de otro modo?
Si
Jesucristo es rey universal, ¿cómo podría esa realeza no ser también realeza
sobre las instituciones, sobre el Estado: realeza social? ¿Cómo se la podría
llamar universal sin ella?
Si
las discusiones son tan vivas sobre este punto, es porque tocamos el terreno de
aquel a quien la Escritura llama precisamente “el príncipe de este mundo”. He
aquí que perseguimos al dragón hasta su último reducto, que lo acosamos donde
pretende hacer su guardia… ¿qué hay de extraño que redoble la violencia
escupiendo llamas y humo para intentar cegarnos?
¡Cuántos
se dejan engañar!
“Hay
hombres en estos tiempos, observaba monseñor Pie, que no aceptan y otros que
sólo aceptan a duras penas los juicios y decisiones de la Iglesia… ¿Cómo dar el
valor de dogma (dicen o piensan) a enseñanzas que datan del “Syllabus” o de los
preámbulos de la primera constitución del [primer concilio] Vaticano?
”Tranquilizaos,
responde el obispo de Poitiers, las doctrinas del “Syllabus” y del Vaticano son
tan antiguas como la doctrina de los apóstoles, de las Escrituras… A quienes se
obstinan en negar la autoridad social del cristianismo, San Gregorio Magno da
la respuesta[11].
En el comentario del Evangelio en que se cuenta la adoración de los Magos… al
explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de
la gentilidad, el santo doctor se expresa en estos términos:
”Los
Magos —dice— reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de rey.
Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien —prosigue—,
hay algunos heréticos: sunt vero nonnulli
hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es
hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que su reino se extiende por
todas partes: sunt vero nonnulli
hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequanquam credunt.
”Hermano
mío, continúa monseñor Pie, dices que tienes la conciencia en paz, y al aceptar
el programa del catolicismo liberal, crees permanecer en la ortodoxia, ya que
crees firmemente en la divinidad y humanidad de Jesucristo, lo que basta para
considerar tu cristianismo inatacable. Desengañaos. Desde el tiempo de San
Gregorio, había ‘algunos heréticos’ que, como tú, creían en esos dos puntos:
pero su herejía consistía en no querer reconocer en el Dios hecho hombre una
realeza que se extiende a todo… No, no eres irreprochable en tu fe, y el Papa
San Gregorio, más enérgico que el “Syllabus”, te inflige la nota de herejía, si
eres de los que considerando un deber ofrecer a Jesús el incienso, no quieren
añadirle el oro…”[12],
es decir, reconocer y proclamar su realeza social.
Y,
en nuestros días, Pío XI, con particular insistencia ha querido recordar al
mundo la misma doctrina en dos encíclicas especialmente escritas sobre este
tema: Ubi arcano Dei y Quas primas.
Esta
es, pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción
de detalle, limitada a una sola época. En los comienzos de la era cristiana,
como más tarde, lo relativo a la conducta ha podido venir a mezclarse con lo
relativo a los principios. “Pero el derecho, señala monseñor Pie[13],
el principio del estado cristiano, del príncipe cristiano, de la ley cristiana,
que yo sepa jamás han sido discutidos hasta estos últimos tiempos, ni escuela
católica alguna pudo nunca entrever en su destrucción un progreso y un
perfeccionamiento de la sociedad humana…”, como hoy se oye repetir tantas
veces.
[1]
Comienzo del evangelio de San Juan.
[2] Dom Paul Delatte, Les êpitres de saint Paul, t. II, p.
288.
[3] Dom Paul Delatte, ídem, p. 287.
[4] Ídem, p. 287-8.
[5] …
quiere, ante todo, el fin, en el orden de la intención. El enfermo quiere, en
primer lugar, curarse: tal es su intención. Para esto tomará la medicina… “Finis primun in intentione, ultimátum in
executione”. “El fin primero en el
orden de la intención, es el último en el orden de la realización”.
[6]
San Francisco de Sales…: Dios “eligió crear a los hombres y a los ángeles como
para acompañar a su Hijo, participar de sus gracias y de su gloria y adorarle y
alabarle eternamente” (Traité de l’Amour
de Dieu, t. II, cap. IV, p. 100).
[7]
René Marie de la Broise, “Etudes” de los Padres jesuitas, t. LXXIX, 301.
[10]
Epístola de San Pablo a los Colosenses, I, 12-20… Epístola de la Fiesta de
Cristo Rey.
[11]
Excelente ocasión para destacar cuán perfectamente ilustra este pasaje la
doctrina de Pío XII en Humani generis.
“Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan, de por sí
nuestro asentimiento, pretextando que los romanos pontífices no ejercen en
ellas la suprema potestad de su magisterio. Pues son enseñanzas del magisterio
ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye, y, la
mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las encíclicas
pertenece —por otras
razones— al patrimonio
de la doctrina católica…”.
[12] Op. cit., t. VIII, p. 62 y 63.
[13] Op. cit., t. V, p. 179-180.
Etiquetas:
Doctrina Católica,
Para que Él reine
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