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jueves, 16 de abril de 2015

La verdad sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y grupos similares (video en inglés)

Por el Hno. Pedro Dimond OSB

Toda persona que se interesa en el catolicismo tradicional no debe dejar de ver este video. Aquí se cubren muchas cuestiones y principios teológicos que son sumamente importantes y concernientes a la verdadera posición que un católico debe tomar ante la apostasía en que estamos viviendo. (el video está en HD por lo que se puede ver en pantalla completa seleccionando, en la rueda que aparece en la parte inferior izquierda, 720p o 1080p o más según la velocidad de conexión que se tenga).

miércoles, 1 de abril de 2015

San Bernardo – Sermón en el miércoles santo

Sermón de la Pasión del Señor

1. Vigile vuestra alma, hermanos, para que no se os pasen sin fruto los misterios de este tiempo. Copiosa es la bendición: disponed vasos limpios, almas devotas, sentidos despiertos, afectos sobrios; conciencias puras habréis de presentar para recibir tantos dones de gracias. Esta solicitud debe inspirarnos no sólo el especial género de vida que habéis escogido, sino la general observancia de la Iglesia, de quien sois hijos. Todos los cristianos, en esta sagrada Semana, o más de lo acostumbrado o fuera de lo acostumbrado se ejercitan en la piedad, muestran modestia, siguen humildad, se componen con gravedad, para que de algún modo parezca se compadecen de Cristo paciente. ¿Quién es tan irreligioso, que no se compunja? ¿Quién tan insolente, que no se humille? ¿Quién tan iracundo, que no perdone? ¿Quién tan dado a las delicias, que no se abstenga? ¿Quién tan delincuente, que no se reprima? ¿Quién tan malicioso, que no haga penitencia en estos días? Con razón, ciertamente. Recuerdan la Pasión de Cristo, la cual aun hoy día estremece la tierra, parte las piedras, abre los sepulcros. Está próxima también su Resurrección, en que habéis de celebrar con solemnidad al altísimo Señor. ¡Ojalá sea entrando con alegría y ansia de vuestro espíritu hasta la más íntima consideración de las altísimas maravillas que ha obrado! Nada mejor pudiera en el mundo hacerse que lo hecho por el Señor en estos días. Nada mejor ni más útil se podía encargar al mundo que celebrar con solemnidad cada año que perpetuamente su memoria con todo fervor del alma, testificando así cuán grande sea la abundancia de su inefable dulzura. Una y otra cosa por nosotros es, porque en una y en otra está la vida de vuestro espíritu. Admirable es vuestra Pasión, Señor Jesús, pues alejó las pasiones de todos nosotros, fue la víctima para aplacar a Dios por nuestros pecados y jamás resulta ineficaz contra ninguna peste nuestra. Porque ¿qué veneno puede haber tan mortífero que con vuestra muerte no se desvirtúe?
2. En esta Pasión, hermanos, conviene considerar especialmente tres cosas: la obra, el modo y la causa. En la obra se manifiesta la paciencia, en el modo la humildad, en la causa la caridad.
Pero una paciencia singular, pues cuando descargaban los pecadores rudos golpes sobre sus espaldas, cuando era extendido en un leño hasta podérsele contar todos sus huesos, cuando aquel fortísimo baluarte que guarda a Israel era agujereado por todas partes, cuando sus pies y manos eran clavados, cuando como oveja era llevado a la muerte y como cordero ante quien lo trasquila, no abrió su boca: no se quejaba contra el Padre, que le había enviado; ni contra el género humano, por quien pagaba lo que no había robado; ni, en fin, contra el mismo pueblo especialmente suyo, de quien, por tantos beneficios que le había dispensado, recibía tantos males.
Son castigados algunos por sus pecados, y si lo sufren con humildad, esto mismo se les reputa por paciencia. Son afligidos otros, no tanto para ser corregidos cuanto para ser probados y coronados, y en esto se comprueba y manifiesta paciencia mayor. Pues ¿cómo no se juzgará máxima heredad, por aquellos mismos que especialmente había venido a salvar, fue destinado a muerte cruelísima cual si fuese ladrón, no teniendo pecado alguno, ni por acción propia ni por haberlo contraído; poseyendo, además, invariables grandezas, perfecciones y santidad? Sin duda este Señor es aquel en quien habita toda la plenitud de la Divinidad, no en sombra, sino corporalmente; aquel en quien Dios está reconciliando consigo al mundo, no figurativa, sino substancialmente; aquel, en fin, que está lleno de gracia y de verdad, no por cooperación a la gracia, sino personalmente, siendo el autor de la misma gracia. Su obra es ajena de Él, dice Isaías; porque fue obra suya la que el Padre le encargó hacer; pero era ajeno de Él que, siendo quien era, sufriese tales cosas. Y así fue su obra, obra de inefable paciencia y benignidad.
3. Pero, si con diligencia atiendes al modo de realizarse, no sólo le reconocerás humilde, sino manso de corazón. Verdaderamente por su extrema humildad fue condenado a muerte por sus inicuos jueces, cuando ni a tantas blasfemias respondía ni se defendía de los falsísimos crímenes que le imputaban. Vímosle, dice Isaías, y no tenía figura de hombre: no era ya el hermoso entre los hijos de los hombres, sino oprobio de los hombres y como leproso, el último de los hombres y el desecho de la plebe; verdaderamente el Varón de dolores, herido por Dios y tan humillado, que ni tenía figura ni hermosura.
¡Oh oprobio de los hombres y gloria de los ángeles! Nadie más sublime que Él, nadie más humilde. En fin, fue marchando con salivas y puesto entre malhechores. ¿No merecerá nada esta humildad, siquiera por tener tal modo, o más bien, por ser superior a todo modo? Como su paciencia es singular, así su humildad es admirable, una y otra sin igual.
4. Mas a entrambas realza magníficamente la causa misma, que es la caridad. Porque, movido de la extremosa caridad con que Dios nos amó, por redimir al siervo, ni el Padre perdonó a su Hijo ni el Hijo a sí mismo. Sí, caridad extremosa, porque excede la medida, sobrepuja todo modo elevándose a una eminencia que la encumbra sobre todas. Nadie tiene caridad mayor que quien da su vida por sus amigos. Tú, Señor, la tuviste mayor, pues diste la vida por los enemigos, puesto que, siendo todavía enemigos nosotros, por vuestra muerte fuimos reconciliados contigo y con el Padre. ¿Qué otra caridad parecerá que es, o fue, o será semejante a ésta? Apenas hay quien por un justo quiera morir, y tú padeciste por los injustos, muriendo por nuestras culpas, viniendo a justificar graciosamente a los pecadores, a transformar en hermanos a los esclavos, en coherederos a los cautivos, en reyes a los desterrados. Ninguna cosa ilustra tanto esta paciencia y humildad como el haber entregado su vida a la muerte, haber cargado sobre sí los pecados de todos los hombres, rogando aun por los transgresores de la ley, para que no pereciesen. Expresión verdadera y digna de todo aprecio es ésta: Porque quiso, fue ofrecido en sacrificio. No sólo quiso y fue ofrecido, sino que fue ofrecido porque quiso. Él sólo tuvo la potestad de poner su vida; nadie se la hubiese podido arrancar: ofrecióla espontáneamente. Y así, luego que hubo probado el vinagre, dijo: ¡Todo está consumado! Nada queda por cumplir, ya que no tengo a qué aguardar. E inclinada la cabeza, hecho obediente hasta la muerte, entregó el espíritu.
¿Quién tan fácilmente cuando quiere se duerme? Gran flaqueza, sin duda, es morir; pero cierto, el morir así fortaleza inmensa es. Seguramente lo que parece débil en Dios, es más fuerte que los hombres. Puede la humana locura poner sobre sí mismo las malvadas manos para matarse, pero esto no es poner su vida; más bien es arrojarla y cortarla con violencia que ponerla a su arbitrio. En ti, Judas impío, hubo la infeliz facultad, no de poner tu vida, sino de perderla; ni tu pésimo espíritu salió entregado por ti, sino perdido por ti. Sólo entregó su vida a la muerte Aquel que sólo por su propia virtud volvió a la vida. Sólo tuvo potestad de ponerla el que sólo igualmente tuvo libre potestad de volverla a tomar, teniendo el imperio de la vida y de la muerte.
5. ¡Qué digna es caridad tan inestimable, humildad tan admirable, paciencia tan insuperable! ¿Qué digna es víctima tan santa, tan inmaculada, tan aceptable! Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir la fortaleza, de hacer aquello a que vino, de quitar los pecados del mundo.
Hablo de tres géneros de pecado que prevalecieron sobre la tierra. ¿Pensáis aludo a la concupiscencia de la carne, a la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida? Cierto que éste es un triple cordel que difícilmente se rompe, por lo cual muchos arrastran, o más bien, son arrastrados con esta soga ignominiosa; pero aquellas tres cosas son más fácilmente superadas por los escogidos. Porque, ¿cómo la memoria de aquella paciencia no reprimirá todo deleite? ¿Cómo no lanzará toda soberbia del vivir la consideración de aquella humildad? Pues aquella caridad es digna, sin duda, de que su meditación de tal modo ocupe el corazón, que arrastre hacia sí toda el alma y sea expelido de ella enteramente el vicio de la curiosidad. Fuerte es, pues, contra todo esto la Pasión del Salvador.
6. Mas había pensado hablar de otro pecado triple también, y decir cómo lo lanza de nosotros la virtud de la Cruz; y quizás esto se oirá con mayor utilidad. Al primero le llamo original; al segundo, personal; al tercero, singular.
Original se llama aquel máximo delito que contraemos del primer Adán, en quien todos pecamos y por quien todos morimos. Máximo, sin duda, pues ocupa no sólo a todo el linaje humano, sino a cualquiera de este linaje, no habiendo quien se exima de él, no habiendo ni uno solo. Desde el primer hombre hasta el último se extiende, y en cada uno de ellos, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza se difunde este veneno. Y por otro lado, no menos se extiende a toda edad, desde el día en que cada uno fue concebido por su madre hasta aquel en que le recibe en el sepulcro la madre común de todos. Decidme si no, ¿de dónde ese gravoso yugo que pesa sobre todos y cada uno de los hijos de Adán, y esto desde la salida del seno materno hasta el día de la sepultura en la madre de todos? En pecado somos engendrados, en tinieblas somos fomentados, en dolores hemos nacido. Antes de salir servimos de peso y molestia a las tristes madres; al salir, a modo de víbora las desgarramos; y es maravilla cómo nosotros mismos no nos hicimos también pedazos. La primera voz en que rompemos es el llanto; y con razón ciertamente, pues entramos en el valle del llanto, pudiéndosenos con toda verdad aplicar lo del santo Job: El hombre nacido de mujer vive breve tiempo y vese abrumado de muchas miserias. Cuán cierto sea esto, nos lo han enseñado, no las palabras, sino los golpes. El hombre, dice, nacido de mujer: nada más abatido. Y para que no se lisonjee a sí mismo con la perspectiva del deleite de los sentidos corporales que puede percibir lo sensible, en la misma entrada le anuncian de un modo terrible la salida diciéndole: Vivirás breve tiempo. Mas, para que aquel breve espacio de tiempo de entrada a salida no lo juzgue libre para sí, le añaden: Y este tiempo tan breve irá embebido en muchas miserias. De muchas y varias digo: miserias del cuerpo, miserias del corazón, miserias al dormir, miserias al velar, miserias por doquier se vuelva. Él mismo nacido de la Virgen, y aun hecho de mujer, pero bendita entre todas las mujeres, el cual, al hablar a su Madre, le dijo: Mujer, ve ahí a tu hijo; viviendo también breve tiempo sobre la tierra, fue igualmente llenado de muchas miserias, y en aquella brevedad perseguido con asechanzas, colmado de oprobios, insultado con injurias, vejado con suplicios, ofendido con vituperios.
7. ¿Dudarás entonces de que basta esta obediencia para que sea absuelta la culpa de la prevaricación primera? Antes bien no según fue el delito, así es el don; porque si fuimos condenados por un solo pecado, somos luego por la gracia justificados de muchos pecados. Grave, sin duda, es el pecado original, al inficionar no sólo a la persona, sino a la naturaleza: aunque más grave para cada uno es el personal, cuando sueltas ya las riendas, abandonamos por todas partes nuestros miembros a que sirvan de armas de iniquidad para cometer el pecado; presos no ya del pecado ajeno, sino del propio. Pero el singular es gravísimo, porque fue cometido contra el Señor de Majestad cuando los impíos mataron injustamente al Justo y pusieron sus sacrílegas manos en el mismo Hijo de Dios, haciéndose homicidas cruelísimos, o más bien – si cabe decirlo – deicidas. ¿Qué son aquellos dos comparados con éste? En viendo este pecado, palideció y se horrorizó toda la máquina del mundo, como volviendo todas las cosas al antiguo caos. Pongamos que uno de los grandes del reino hubiera saqueado con mano enemiga la tierra del Rey; pongamos que otro, siendo de la mesa y consejo del Rey, hubiera sofocado su hijo único con traidoras manos, ¿no parecerá el primero inocente y libre en comparación del segundo? Pues así es todo pecado respecto de éste; y aun así sufrió en sí mismo este pecado aquel Señor que a sí mismo se hizo pecado, para condenar el pecado por el pecado; pues por éste fue lavado todo pecado, así original como personal, y el mismo pecado singular fue borrado por sí mismo.
8. La prueba, para mí, de que fue abolido el pecado máximo, consiste en que por él fueron lanzados los dos menores, y ved aquí el fundamento. Llevó los pecados de muchos y rogó por los transgresores para que no pereciesen: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! Vuela vuestra palabra Señor, sin que pueda ser detenida, y no volverá a ti vacía, haciendo aquello para que la enviaste. Mira ahora las obras del Señor, que puso como prodigios sobre la tierra. Fue herido con azotes, coronado de espinas, con clavos taladrado, clavado en un patíbulo, harto de oprobios, y aun, como olvidado de todos sus dolores, clama: ¡Perdónalos! Vense aquí por parte de muchas miserias del cuerpo, por otra muchas misericordias del corazón; por aquí dolores, por allí conmiseraciones; por aquí óleo de alegría, por allí gotas de sangre que corren hasta la tierra. Las misericordias del Señor son muchas, y muchas también son las miserias del Señor. ¿Vencerán las miserias a las misericordias o las misericordias a las miserias? Venzan, Señor, tus antiguas misericordias, venza la sabiduría a la malicia. Grande es verdaderamente su maldad; pero, Señor, ¿no es mayor tu piedad? Mucho mayor es en todo sentido. Conque ¿así, dice, se me vuelve mal por bien, y así han cavado una hoya para mi alma? Sí; cavaron la hoya para que ésta cayera en impaciencia. Pero ¿qué es la hoya que ellos han cavado para el abismo de tu mansedumbre? Pagando bienes con males, cavaron la hoya; más la caridad no se irrita, no se precipita, nunca falta, no cae en la hoya, y, a cambio de los males con que le han pagado, acumula bienes. No sucederá de ningún modo que las moscas muertas en el perfume en que cayeron disipen la suavidad de la fragancia que fluye de tu cuerpo, porque en ti está la misericordia y en él hay copiosa redención. Las moscas que perecieron al caer en el perfume, son las miserias, son las blasfemias, son los insultos con que te paga esta generación perversa y provocadora.
9. Pero tú, Señor, ¿qué haces? Cuando elevadas al cielo tus manos, cuando ya el sacrificio matutino pasaba a ser holocausto vespertino, cuando la virtud del incienso, cuyo rico olor subía a los cielos, cubría la tierra y refrigeraba a los mismos infiernos, sabiendo que serías oído por la reverencia que te es debida, clamabas: ¡Padre, perdónalos, que son saben lo que hacen! ¡Oh qué grande eres en perdonar! ¡Oh que grande es, Señor, la abundancia de tu dulzura! ¡Oh cuánto distan tus pensamientos de los nuestros! ¡Oh, qué firme ha estado, aun sobre los impíos, tu misericordia! ¡Oh qué maravilla! Clama Él: ¡Perdónalos! Y los judíos: ¡Crucifícale! Sus palabras se han suavizado más que el aceite, y éstas son saetas.
¡Oh caridad paciente, pero también compasiva! La caridad es paciente; basta. La caridad es benigna: esto es, el colmo y perfección de ella. No quieras ser vencido por el mal: caridad abundante; sino vence al mal con bien: esta es ya superabundante caridad. No sólo la paciencia de Dios, sino la benignidad suya redujo a penitencia a los judíos. La caridad es benigna, porque ella ama a los mismos a quienes tolera, y ámalos ardientemente. La caridad paciente disimula, sufre y espera al pecador, pero la benigna le atrae, le arrastra, hácele volver de sus extravíos, y al fin cubre y perdona la muchedumbre de sus pecados. ¡Oh judíos! Piedras sois, pero herís una piedra más blanda, y al herirla con vuestros golpes, da sonidos dulcísimos de piedad y mana de ella óleo suavísimo de caridad. ¿Cómo saciarás Señor, la sed de los que aman con el torrente de tus delicias, cuando así rocías con el óleo de tu misericordia a los que te crucifican?
10. Es claro, por tanto, que la Pasión de Cristo es poderosísima para destruir todo linaje de pecados. Pero ¿quién sabe si se me aplicará a mí? A mí se aplicará, si quiero, porque a otro no se pudo dar. ¿Se dio quizás al ángel? No la necesitó. ¿Al diablo tal vez? No se levantará jamás. En fin, no se hizo Él semejante a los ángeles, y sería necedad e impiedad pensar que tomó la semejanza de los demonios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los demás hombres, reducido a la condición de hombre. Hijo de Dios era, y tomó la forma de esclavo. Y no sólo tomó la forma de esclavo para estar sujeto, sino de esclavo malo, para ser azotado, y de esclavo pecador, para pagar la pena no teniendo la culpa.
Hecho semejante a los demás hombres, dice, no al hombre; porque el primer hombre no fue criado en carne de pecado ni en la semejanza de la carne de pecado. Cristo, pues, se sumergió más íntima y profundamente en la universal miseria de los hombres, para que aquel avizor ojo del diablo no percibiese el gran misterio de la piedad de Dios. Por eso en lo que se vio en su exterior conducta y en todo su porte fue reconocido como hombre: sin aparecer en Él, en las necesidades propias de la humana naturaleza, señal alguna de singularidad, por la cual fue reconocido como hombre en todo, y crucificado. A unos pocos se mostró claramente, para que hubiese quienes creyesen en Él; pero se ocultó a los demás, porque si le hubieran conocido, nunca al Señor de la gloria le hubieran crucificado. Para eso también juntó a aquel singular pecado la ignorancia, para que con alguien viso de justicia se pudiese perdonar a los ignorantes.
11. Mas dos cosas nos había dejado por herencia el antiguo Adán, que huyó de la presencia de Dios: labor y dolor: labor de la acción, dolor de la pasión. No le fue dicho esto en el paraíso que había recibido para cultivarlo y guardarlo; para cultivarlo, digo, agradablemente, y guardarlo fielmente para sí y sus descendientes. Cristo nuestro Señor consideró el trabajo y el dolor para ponerlos en sus propias manos, o más bien, para ponerse a sí mismo en manos del trabajo y del dolor, metiéndose en el cieno del abismo, viéndose hundido por la tempestad de las aguas. Mirad, dice al Padre, mi humillación y mi trabajo; porque soy pobre y vivo en trabajos desde mi juventud. Trabajó sufriendo: sus manos sirvieron en los trabajos.
Mira ahora lo que dice del dolor: ¡Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor semejante al mío. Verdaderamente Él tomó sobre sí nuestras dolencias y sobrellevó nuestros dolores. Verdaderamente fue Varón de dolores, pobre y que sabe padecer, el tentado en todo, pero sin pecado. Tuvo en su vida una acción pasiva, y en su muerte una pasión activa, obrando la salud en medio de la tierra.
Por tanto, yo me acordaré, mientras tuviere hálito de vida, de los trabajos que sufrió predicando, de su cansancio caminando, de sus tentaciones ayunando, de sus vigilias orando, de sus lágrimas compadeciéndose. Me acordaré también de sus dolores, de las afrentas, salivas, bofetadas, burlas, ignominias, clavos y demás cosas semejantes a éstas que por Él y sobre Él pasaron. Tengo ya un modelo a quien imitar y un guía a quien sufrir; sólo falta el resolverme de veras a seguirle e imitarle, que si no me reclamarán la sangre del Justo derramada sobre la tierra, y no estaré exento de aquel tan singular delito de los judíos, por haber sido ingrato a tamaña caridad, por haber hecho injuria al Espíritu de la gracia, por haber reputado vil y despreciable la sangre del Testamento, por haber pisoteado al Hijo de Dios.
12. Muchos padecen trabajos y dolores, mas por necesidad, no por voluntad; y éstos no son conformes a la imagen del Hijo de Dios. Otros los sufren con voluntad, pero no tienen parte ni suerte en estas promesas. Vela toda la noche el lascivo no sólo con paciencia, sino con gusto, a trueque de saciar sus malos deseos; vela el salteador vestido de hierro, para arrebatar la presa; vela el ladrón, para escalar la casa ajena. Pero todos estos y otros como ellos están lejos de aquel trabajo y dolor que el Señor considera. Los hombres, empero, de buena voluntad, que con libertad cristiana trocaron las riquezas por la pobreza, o también, no tendiéndolas, las despreciaron cual si las tuviesen, dejándolo todo por el Señor, así como Él lo dejó todo por ellos, ésos son los que le siguen dondequiera que vaya. Esta imitación es para mí poderosa prueba de que la pasión del Señor y la semejanza de su humildad se truecan en utilidad mía. Éste, pues, es el sabor, éste el fruto, así de su labor como de su dolor.
13. Mira que magníficamente se ha portado contigo aquella Majestad. Cuando quiso crear todo lo que hay en el cielo y debajo del cielo, dijo, y fue hecho. ¿Y qué cosa más fácil que el decir? Pero ¿fue quizás obra de una sola palabra el reformar y rehacer lo deshecho? Treinta y tres años vivió en la tierra, y tratando con los hombres en ella, tuvo calumniadores de sus hechos, insultadores de sus dichos, sin tener siquiera dónde reclinar su cabeza. Y esto, ¿por qué? Porque el Verbo había en cierto modo descendido de su sutileza y había tomado más tosco vestido. Habíase hecho carne, y por eso usaba de un modo de obrar algo más tosco y tardo. Mas así como nuestro pensamiento se viste de voz corporal sin disminución de sí mismo, ni antes ni después de la voz, así el Hijo de Dios tomó carne, sin padecer mezcla ni merma ni antes de la carne ni después de la carne. Era invisible en el seno del Padre; pero aquí nuestras manos trataron al Verbo de la vida, y vimos con nuestros ojos al que era desde el principio. Este Verbo, pues, porque había tomado carne purísima y había unido a sí una alma santísima, gobernaba libremente la actividad de su cuerpo, ya porque Él era la sabiduría y justicia, ya porque no tenía en sus miembros ley que repugnase a la ley de su espíritu. En mí, mi verbo o palabra no es sabiduría ni justicia; aun siendo capaz de una y otra, pueden faltar. Porque es más frecuente en nosotros servir a los vicios de nuestra carne que ordenar sus acciones y sus pasiones, estando toda edad, desde la más tierna, propensa al mal y anhelando goces aun entre los azotes y las espadas, aun en el riesgo de la misma muerte.
14. Dichoso aquel cuyo pensamiento – éste es nuestro verbo – dirige todas sus acciones a la justicia, de modo que sea sana la intención y recta la operación. Feliz aquel que por amor a la justicia encauza todas las pasiones de su cuerpo, para padecer por el Hijo de Dios todo lo que padece, de modo que falte en su corazón la queja y esté en su boca la acción de gracias y la voz de alabanza. El que así se levanta, toma su lecho y base de su casa. El lecho es nuestro cuerpo, en el cual estamos postrados antes por fuerza de nuestra enfermedad, sirviendo a nuestros deseos y concupiscencias. Mas ahora, lo llevamos, cuando nos vemos precisados a servir a nuestro espíritu, y llevamos también a nuestro muerto, pues el cuerpo muerto está por el pecado. Pero andamos, no corremos; porque el cuerpo corruptible grava al alma, y esta habitación terrena abate al espíritu, que piensa en muchas cosas. También vamos a nuestra casa. ¿A qué casa? A la madre de todos, pues nuestros sepulcros serán nuestra morada hasta la consumación de los siglos. O mejor aún, vamos a nuestra casa, que Dios nos ha de dar en el cielo, no hecha por mano de hombre y duradera para siempre. Los que bajo esta carga andamos, en dejándola, ¿cómo pensáis que correremos? ¿Cómo volaremos? Cierto en alas del viento.
Nos ha abrazado nuestro Señor Jesucristo con los dos brazos de la labor y del dolor: abracémosle también nosotros a Él con los dos de la justicia y para la justicia; es decir, enderezando a la justicia nuestras acciones y soportando por ella todas las pasiones. Digamos con la Esposa: He llegado a asirle; y no le soltaré. Digamos con el patriarca Jacob: No te dejaré ir si no me bendices. Porque ¿qué falta ya sino la bendición? ¿Qué hay tras del abrazo, sino el beso de la paz? Si así estuviese yo adherido a Dios, ¿cómo dejaría de exclamar: Bésame con el ósculo de su boca? Susténtanos, Señor, entre tanto con pan de lágrimas y danos bebida de lágrimas con medida, hasta que nos lleves a aquella medida buena colmada, agitada y rebosante, que echarás en nuestros senos, tú que en el seno del Padre eres Dios, bendito en los siglos. Amén.


Tomado de San Bernardo, OBRAS SELECTAS, BAC, 1957, pp. 454-463.

domingo, 29 de marzo de 2015

La tolerancia, virtud peligrosa

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo, N. 78, junio de 1957

En artículo anterior (“Catolicismo”, N. 75, marzo de 1957 ver aquí), tratamos el problema de la tolerancia, estableciendo que ésta, así como su contraria, que es la intolerancia, no se pueden calificar como intrínsecamente buenas, ni intrínsecamente malas. En otras palabras, hay casos en que tolerar es un deber, y no tolerar es un mal. Y otros casos hay, en que, por el contrario, tolerar es un mal y no tolerar es un deber.
Volvemos ahora al asunto, no para desarrollar aún más los principios básicos que ya expusimos, sino para mostrar los riesgos de la tolerancia y las precauciones con que se debe practicar.
Alegoría de la entrada de Enrique IV en París, por Rubens (*)
Antes de nada, recordemos que toda tolerancia, por más necesaria y legítima que sea, tiene riesgos que le son inherentes. En efecto, la tolerancia consiste en dejar subsistir un mal, para evitar otro mayor. Ahora bien, sucede que la subsistencia impune del mal trae consigo siempre un peligro, ya que el mal tiende necesariamente a producir efectos malos, y, además, tiene una seducción innegable. Así pues, existe el riesgo de que la tolerancia acarree, aún, por sí misma males mayores que aquellos que, por medio de ella, se desearon atajar. Es necesario que tengamos los ojos bien abiertos a este aspecto de la cuestión, pues es en torno de él que va a girar todo nuestro estudio.
Para evitar la aridez de una exposición exclusivamente doctrinal,  figurémonos la situación de un oficial, que nota en su tropa graves síntomas de agitación. Se le pone un problema: a) ¿Será el caso de castigar con todo el rigor de la justicia a los responsables? b) ¿O será mejor tratarlos con tolerancia? Esta segunda solución daría lugar a otras preguntas. ¿En qué medida y de qué manera practicar la tolerancia? ¿Aplicar penas blandas? ¿No aplicarlas, llamando a los culpables y aconsejándoles afectuosamente que cambien de actitud? ¿Fingir que se ignora la situación? ¿Empezar tal vez por la más benigna de estas soluciones, e ir aplicando sucesivamente las demás, a medida que los procesos disuasivos o blandos se vayan haciendo notoriamente insuficientes? ¿Cuál es el momento exacto en que se debe renunciar a este proceso para adoptar otro más severo?
Estas son preguntas que forzosamente asaltarán el espíritu de muchos oficiales, pero también de cualquier persona con autoridad o responsabilidad en la vida civil, siempre que tenga exacta conciencia de sus obligaciones. ¿Qué padre de familia, qué  jefe de la Administración, qué director de empresa, qué  profesor, qué líder, no se ha tropezado mil veces con todas estas preguntas, con todos estos problemas, con situaciones como esta?  ¿Cuántos males evitó por haberlas resuelto con perspicacia y vigor de alma? ¿Y cuántos tuvo que soportar por no haber dado una solución acertada a las situaciones en que se encontraba?
En realidad, la primera medida que debe tomar quien se ve en situaciones como ésta, consiste en hacer un examen de conciencia para precaverse contra las celadas que su carácter le pueda tender.
Debo confesar que, a lo largo de mi vida, he visto en esta materia los mayores disparates. Y casi todos ellos conducían al exceso de tolerancia.
Los males de nuestra época han adquirido el cariz alarmante que actualmente presentan, porque existe hacia ellos una simpatía generalizada, de la cual participan frecuentemente aquellos mismos que los combaten.

*        *        *

Hay, por ejemplo, muchos antidivorcistas. Pero entre ellos, numerosos son los que, oponiéndose al divorcio, tienen una manera de ser sentimental. En consecuencia, consideran románticamente los problemas nacidos del “amor”. Puestos delante de la situación de un matrimonio amigo, esos antidivorcistas pensarán que es sobrehumano, por no decir inhumano, exigir del cónyuge inocente e infeliz que rechace la posibilidad de comenzar una nueva vida (esto es, de dar muerte a su alma por el pecado). De boca para fuera, continuarán “lamentándose por el gesto” de este último, etc., etc. Pero cuando se le ponga el problema de la tolerancia, habrán hecho todo un montaje interior para justificar las condescendencias más extremas y más contrarias a la moral. Así, comentarán con blandura e indolencia lo ocurrido, recibirán en su casa a los recién “casados”, los visitarán, etc. O sea, por el ejemplo trabajarán en favor del divorcio, al mismo tiempo que por la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene mucho más que ganar que perder con tal conducta de millares o millones de antidivorcistas.
¿Cómo llegaron a la decisión de tolerar tan desdichadamente el cáncer roedor de la familia? Es porque en el fondo tenían una mentalidad divorcista.
Pero no paremos aquí. Tengamos el valor de decir la verdad entera. El hombre moderno tiene horror a la ascesis. Le es antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir “no” a los sentidos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha diaria contra las pasiones le parece una tortura china.
Y por esto, no sólo con los divorciados, el hombre moderno, aun cuando dotado de buenos principios, es exageradamente complaciente.
Hay legiones enteras de padres y profesores que por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o alumnos. Y el estribillo es siempre el mismo: Pobrecillo... Pobrecillo porque tiene pereza; no le gusta que los mayores le llamen la atención; come dulces a escondidas; frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un “pobrecillo” raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No es necesario decir en que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares, millones de desastres morales ocasionados por una tolerancia excesiva. “El que ahorra la vara a su hijo, odia a su hijo”, enseña la Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le interesa eso?
Lo mismo ocurre frecuentemente, mutatis mutandis, en las relaciones entre patrones y obreros de cierto género, ya que aquellos, tan paganizados cuanto estos, sienten que si fuesen obreros también serían unos revoltosos.
Y en todos los campos los ejemplos se podrían multiplicar.
Claro está que dicha tolerancia se apoya en todo tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica. Se acentúa demasiado la posibilidad de que las cosas se solucionen por sí mismas. Se cierran los ojos para los peligros de la impunidad. Y así por delante.
En realidad, todo esto se evitaría si la persona que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de desconfiar humildemente de sí.
¿Tengo ocultas simpatías hacia este mal? ¿Tengo miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo pereza de los esfuerzos que una actitud intolerante me impondría? ¿Encuentro ventajas personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista?
Sólo después de un examen de conciencia como éste la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o no tolerar. Pues sin este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación a sí mismo las diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de tolerancia.
Hay, a grosso modo, un consejo muy apropiado para los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene tendencias malas que están particularmente arraigadas en él. Uno es apático, el otro violento, otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia exija la victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no necesitamos tener mucho miedo de pecar por exceso de tolerancia. Pero siempre que ésta lisonjee nuestras malas inclinaciones, abramos los ojos, pues el riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que pequemos por demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más empalagoso, esquivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si somos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia para con los que nos injurian. Si somos sensuales, es poco probable que nos mostremos demasiado rigoristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en relación a la opinión pública, difícilmente nos excederemos en invectivas contra los errores de nuestro siglo.
Otro excelente consejo, para no pecar por exceso de tolerancia, consiste en desconfiar mucho más de una flaqueza nuestra en este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que cuando se trata de los nuestros.
Habitualmente, somos mucho más “comprensivos” cuando los otros son los que están en causa. Perdonamos más fácilmente al ladrón que robó a nuestro vecino, que al que asaltó nuestra propia casa. Y somos más propensos a recomendar el olvido de las injurias, que a practicarlo.
Y en este punto no perdamos de vista el doloroso hecho de que, según los primeros impulsos de nuestro egoísmo, Dios sería muchas veces para nosotros un tercero.
Así,  estamos mucho más inclinados a disculpar una ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro.
En general, éste es el estado de espíritu de los católicos hipertolerantes. Su lenguaje es imaginativo, sin energía, sentimental. Sólo saben argumentar — si es que se puede llamar a esto argumento — con el corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de ilusiones, atenciones, obsequios y muestras de afecto.
Pero se ofenden terriblemente, si un católico celoso les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y, en lugar de argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno personal. ¿Acaso piensan que soy tibio? ¿Que no sé perfectamente lo que tengo que hacer? ¿Dudan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!, ¡esto no lo puedo soportar! Y su pecho empieza a respirar nervioso, su rostro se llena de rubor, sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular. ¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intolerancia. Cualquier violencia, cualquier injusticia, cualquier unilateralidad se puede esperar de él. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en juego valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe, los derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadilla entra en escena, todo cambia. Y helo aquí dispuesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aun levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio: “¿Quién como yo?”
      Veremos, finalmente, en un próximo artículo, como debe ser practicada la tolerancia en los casos en que es justa.

Continuará

(*) El resultado de las guerras de religión en Francia del siglo XVI fue el establecimiento de un sistema de tolerancia. Enrique IV, candidato de los hugonotes al trono francés, convirtiéndose al catolicismo, pudo asumir la corona que por derecho dinástico le pertenecía. Y promulgó el edicto de Nantes, que concedía un régimen de tolerancia a los protestantes. La medida, quizás necesaria en aquél momento, tuvo malas consecuencias a lo largo del tiempo. Fue mérito de Luis XIII abatir la soberbia de los herejes,  y mérito de Luis XIV revocar el peligroso edicto.

viernes, 27 de marzo de 2015

La mejor cita bíblica para refutar una vez salvo, siempre salvo y la sola fe

Por el Hno. Pedro Dimond OSB

En el Nuevo Testamento se refutan la justificación por la sola fe y la idea de justificado de una vez y para siempre (conocida también como una vez salvo, siempre salvo). Las ideas de la sola fe y justificado de una vez y para siempre son contrarias y refutadas por básicamente cada libro en el Nuevo Testamento. Dado que hay tantas pruebas sobre este asunto, limitando el argumento a un versículo o pasaje en realidad no hace justicia a la cantidad de evidencia que se podría presentar al respecto. No obstante, si se me permitiera elegir un solo pasaje en el Nuevo Testamento para refutar la sola fe y justificado de una vez y para siempre, sería Gálatas 5, 19-21.

Gálatas 5, 19-21: “Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, sensualidad, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios".


jueves, 12 de marzo de 2015

¿Qué es la tolerancia?

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 75 - Marzo de 1957

En materia de tolerancia, tal vez más que en cualquier otra, la confusión reina tan completamente, que parece indispensable esclarecer el alcance de los términos antes de abordar el mérito de la cuestión.
¿Qué es precisamente la tolerancia?
Imagínese la situación de un hombre que tiene dos hijos: uno de principios sanos y voluntad fuerte y otro de principios indecisos y voluntad vacilante. En determinado momento aparece en el lugar en que reside la familia un profesor que dará un curso de vacaciones extraordinariamente útil para ambos hijos. El padre desea que sus hijos asistan al curso, pero ve que esto implicará en privarlos de varios paseos a los cuales ambos están muy apegados. Pesados los pro y los contra, el padre fija su juicio sobre el asunto: conviene más que sus hijos renuncien a algunas distracciones, por lo demás muy legítimas, que perder una ocasión extraordinaria de desarrollarse intelectualmente. Una vez comunicada la decisión a los hijos, la actitud de ellos varía. El primero, después de un momento de rechazo, accede a la voluntad paterna. El otro se lamenta, implora, suplica al padre que cambie su decisión, y da tales muestras de irritación, que es de temer un grave movimiento de rebelión de su parte.
Delante de esto, el padre mantiene su decisión en cuanto al hijo bueno. Pero considerando lo que le cuesta al hijo mediocre el esfuerzo de la rutina escolar y previendo las muchas ocasiones de conflicto que surgirían en la vida diaria en las relaciones de ambos, para la eventual salvaguarda de principios morales impostergables, juzga mejor no insistir y da su consentimiento para que ese hijo no haga el curso.
Actuando así con el hijo mediocre y tibio, el padre le dio un permiso a de mala gana. Un permiso que no es de modo alguno una aprobación. Un permiso que le fue como que arrancado por la mala disposición de su hijo. Para evitar un mal (la tensión con el hijo), el padre consintió en un bien menor (las excursiones de vacaciones), y desistió de un bien mayor (el curso de verano). Es a este tipo de consentimiento dado sin aprobación, y hasta con censura, que se llama tolerancia.
Está claro que, a veces, la tolerancia es el consentimiento, no en un bien menor para evitar un mal, sino en un mal menor para evitar uno mayor. Sería el caso de un padre que, teniendo un hijo que contrajo varios vicios graves, y puesto en la imposibilidad de hacerlos cesar todos, forma el proyecto de combatirlos sucesivamente. Así, en cuanto procura obstaculizar un vicio, cierra los ojos a los demás. Este cerrar de ojos, que es un consentimiento dado con profundo disgusto, tiene como fin evitar un mal mayor, esto es que la enmienda moral del hijo se vuelva imposible. Esto es lo que caracteriza una actitud de tolerancia.

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Lot y sus hijas huyen de Sodoma, incendiada por la cólera divina 
(mosaico del siglo XII, catedral de Monreal, Italia) (*)
Como acabamos de ver, la tolerancia sólo puede ser practicada en situaciones anormales. Si no hubiese malos hijos, por ejemplo, no habría necesidad de tolerancia de parte de los padres.
Así, en una familia, cuanto más los miembros fueren forzados a practicar la tolerancia entre sí, tanto más anómala será la situación.
Se siente mucho la realidad de lo que está aquí dicho si se considera el caso de una orden religiosa o de un ejército en que los jefes o superiores tengan que usar habitualmente una tolerancia sin límites con sus subordinados. Tal ejército no está apto para ganar batallas. Tal orden religiosa no está caminando para las altas y rudas cimas de la perfección cristiana.
En otros términos, la tolerancia puede ser una virtud. Pero es virtud característica de las situaciones anómalas, ruinosas, difíciles. Ella es, por así decir, la cruz de cada día del católico fervoroso en las épocas de desolación, decadencia espiritual y ruina de la civilización cristiana.
Por esto mismo se comprende que la tolerancia sea tan necesaria en un siglo de catástrofe, como el nuestro. A todo momento, el católico se encuentra, en nuestros días, en la contingencia de tolerar algo: en el tranvía, en el autobús, en la calle, en los lugares en que trabaja, en las casas en que hace visitas, en los hoteles en que veranea, él encuentra a todo momento abusos que le provocan una lamento interior de indignación. Lamento que, entretanto, en ocasiones normales sería un deber de honra y de coherencia.
De pasada, es curioso hacer observar la contradicción en que caen los adoradores de este siglo. De un lado, elevan enfáticamente a las nubes sus cualidades, y silencian o subestiman sus defectos. De otro, no cesan de apostrofar a los católicos intolerantes, suplicando tolerancia en favor del siglo. Y no se cansan de afirmar que esa tolerancia debe ser constante, omnímoda y extrema. No se comprende cómo no perciben la contradicción en que se colocan. Pues sólo hay tolerancia en lo que es anormal, y proclamar la necesidad de mucha tolerancia es afirmar la existencia de mucha anomalía.
De cualquier manera, griegos y troyanos están de acuerdos en reconocer que la tolerancia en nuestra época es muy necesaria.

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En estas condiciones, es fácil percibir cuánto es de errado andar pregonando a todo momento en favor de la tolerancia.
En efecto, habitualmente se le da a este vocablo un sentido elogioso. Cuando se dice que alguien es tolerante, esta afirmación viene acompañada de una serie de alabanzas implícitas o explícitas: gran alma, gran corazón, espíritu generoso, comprensivo, naturalmente propenso a la simpatía, a la cordura, a la benevolencia. Y, como es lógico, el calificativo de intolerante también trae consigo una secuela de censuras más o menos explícitas: espíritu estrecho, temperamento bilioso, malévolo, espontáneamente inclinado a desconfiar, odiar, resentirse y vengarse.
En realidad, nada es más unilateral. Pues, si hay casos en que la tolerancia es un bien, hay otros en que es un mal. Y puede llegar a ser un crimen. Así, nadie merece encomio por el hecho de ser sistemáticamente tolerante o intolerante, mas por ser una u otra cosa conforme lo exigen las circunstancias.
El problema se sale de lugar. No se trata de saber si alguien puede o debe ser tolerante o intolerante por sistema. Importa, eso sí, indagar cuándo se debe ser una u otra cosa.

*        *        *

Antes de todo cumple resaltar que hay una situación en la cual el católico tiene que ser siempre intolerante. Y esta regla no admite excepciones. Es cuando se desea que, para complacer a otros, o para evitar algún mal mayor, la persona cometa algún pecado. Pues todo pecado es una ofensa a Dios. Y es absurdo pensar que en alguna situación Dios pueda ser virtuosamente ofendido.
Esto es tan obvio, que parecería superfluo decirlo. Entretanto, en la práctica, cuántas veces sería necesario recordar este principio.
Así, por ejemplo, nadie tiene el derecho de, por tolerancia con los amigos, y con la intención de despertar en ellos la simpatía, vestirse de modo inmoral, adoptar las maneras licenciosas o livianas de las personas de vida desordenada, ostentar ideas temerarias, sospechosas o hasta erradas, o alardear vicios que en la realidad – gracias a Dios – no tienen.
Que un católico, para dar otro ejemplo, consciente de los deberes de fidelidad que le incumben para con la escolástica, profese otra filosofía sólo para granjear simpatías en cierto medio, es una forma de tolerancia inadmisible. Pues peca contra la verdad quien profesa un sistema en que sabe existen errores, aun cuando estos no sean contra la fe.
Pero los deberes de la intolerancia, en casos como estos, van más lejos. No basta que nos abstengamos de practicar el mal. Es preciso también que nunca lo aprobemos, ni por acción ni por omisión.
Un católico que delante del pecado o del error, toma una actitud de simpatía, peca contra la virtud de la tolerancia. Es lo que se da cuando él presencia, con una sonrisa sin restricciones, una conversación o una escena inmoral, o cuando, en la discusión, reconoce a otros el derecho de abrazar la opinión que se les antoje sobre la religión. Esto no es respetar al adversario, es respetar sus errores o pecados. Esto es aprobar el mal. Y hasta allá un católico no puede llegar jamás.
A veces, sin embargo, se llega hasta allá pensando no haber pecado contra la intolerancia. Es lo que ocurre cuando ciertos silencios en frente del error o del mal dan la idea de una aprobación tácita.
En todos estos casos, la tolerancia es un pecado, y sólo en la intolerancia consiste la virtud.

*        *        *

Leyendo estas afirmaciones, es admisible que ciertos lectores se irriten. El instinto de sociabilidad es natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo armonioso y agradable.
Ahora bien, en circunstancias cada vez más numerosas el católico está obligado, dentro de la lógica de nuestra argumentación, a repetir delante del siglo el heroico “non possumus” de Pío IX: no podemos imitar, no podemos concordar, no podemos callar. Luego se crea en torno de nosotros aquel ambiente de guerra fría o caliente con que los partidarios de los errores y modas de nuestra época persiguen con implacable intolerancia, y en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos. Una cortina de fuego, de hielo o simplemente de celofán nos cerca y aísla. Una velada excomunión social nos mantiene al margen de los ambientes modernos. Ahora, de esto el hombre moderno tiene miedo casi como de la muerte. O más que de la propia muerte.
No exageramos. Para tener derecho de ciudadanía en tales ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con infartos y anginas cardiacas, hay señoras que ayunan como ascetas de la Tebaida, y llegan a exponer gravemente su salud. Ahora, perder una “ciudadanía” de tal “valor”, solo por amor a los principios… es preciso realmente amar mucho los principios.
Y después está la pereza. Estudiar un asunto, compenetrarse de él, tener enteramente a mano en cualquier oportunidad los argumentos para justificar una posición… cuánto esfuerzo… cuánta pereza. Pereza de hablar, de discutir, está claro. Sin embargo, más aún, pereza de estudiar. ¡Y sobre todo la suprema pereza de pensar con seriedad sobre algo, de compenetrarse de algo, de identificarse con una idea, un principio! La pereza sutil, imperceptible, omnímoda, de ser serio, de pensar seriamente, de vivir con seriedad, cuánto aparta de esta intolerancia inflexible, heroica, imperturbable, que en ciertas ocasiones y en ciertos asuntos (en tantas ocasiones, en tantos asuntos, mejor sería decir) es hoy como siempre el deber del verdadero católico.
La pereza es hermana de la displicencia. Muchos se preguntarán por qué tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto sacrificio, si un paseo no hace el verano, y con nuestra actitud los otros no mejoran. Extraña objeción. Como si debiésemos practicar los mandamientos sólo para que los otros los practiquen también, y quedásemos dispensados de hacerlo una vez que los demás no nos imitan.
Atestiguamos delante de los hombres nuestro amor al bien y nuestro odio al mal para dar gloria a Dios. Aun cuando el mundo entero nos reprobase, deberíamos continuar haciéndolo. Que los otros no nos acompañen no disminuye los derechos que Dios tiene de nuestro obediencia.
Pero estas razones no son las únicas. También está el oportunismo. Estar de acuerdo con las tendencias dominantes es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras. Prestigio, confort, dinero, todo, todo se vuelve más fácil y más obtenible si se acomoda con la influencia dominante.
Por donde se ve cuánto cuesta el deber de la intolerancia. Lo que nos da el punto de partida para el artículo siguiente, donde pretendemos tratar de los límites de la intransigencia, y de los mil medios que hay para defenderla.

Continuará…


(*) Magnífico ejemplo de la intolerancia final de Dios, que no quiso dejar subsistir aquel antro de abominación. Magnífico ejemplo, también, de intolerancia del varón justo, que nada quiso de común con los vicios de su patria, y por eso fue perdonado en el día de la ira (2 Ped. 2, 6-8). La mujer de Lot, por el contrario, representa la tolerancia viciosa. Afectivamente, conservó un apego desordenado a su ciudad, en el propio momento en que la abandonaba. Manifestó así una complacencia para con el mal del cual huía. Dios la inmovilizó en su insensata actitud, para eterna lección de los que quisieren servir a dos señores.

sábado, 24 de enero de 2015

Video: Una prueba irrefutable del papado en base a Hechos 15



Para descargar el PDF del texto de este video haga clic aquí

Descargue el libro LA VERDAD DE LO QUE LE OCURRIÓ A LA IGLESIA CATÓLICA DESPUÉS DEL SEGUNDO CONCILIO VATICANO completo en PDF haciendo clic aquí

viernes, 13 de junio de 2014

The Remnant y Robert Siscoe sobre el sedevacantismo refutados - video en inglés



Por el Hno. Pedro Dimond O.S.B
Most Holy Family Monastery

Este es un video muy importante que contiene muchos puntos que no han sido cubiertos antes en un asunto que es central al interés de todos los que se consideran "católicos" tradicionalistas o conservadores en nuestros días. Los hechos reveladores son cubiertos a través de este video. Por lo tanto, es importante que las personas que quieran conocer y entender la verdad sobre este asunto vean este vídeo entero. Por ejemplo, algunos de los puntos más importantes vienen en los últimos 40 minutos del video.

Los hechos tratados en este vídeo demuestran, sin lugar a dudas, que los falsos tradicionalistas han errado enormemente en la adhesión a los antipapas herejes de la secta del Vaticano II. Ellos han engañado a muchos con sus errores, sus falsos argumentos y sus distorsiones de la verdad católica. La consecuencia desastrosa de su falsa posición y sus falsos argumentos, es que ellos y muchos otros permanecen en la obediencia a herejes que los llevan a la perdición.

¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la herejía? ¿Cómo se llega a ser un hereje? Pueden los católicos reconocer y rechazar a las personas como herejes? Esos temas y muchos otros están cubiertos en este vídeo.

Esperamos poder tenerlo traducido dentro de un breve tiempo.

viernes, 25 de abril de 2014

Para que Él reine

A partir de hoy publicaremos la célebre obra de Jean Ousset Para que Él reine. La edición que publicamos es de la editorial española La ciudad católica publicada en 1961.

Primera Parte

CRISTO-REY

CAPÍTULO I

ALFA Y OMEGA

CRISTO REY, AUTOR Y FIN DE LA CREACIÓN

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Todas las cosas han sido hechas por Él y nada de lo que existe ha sido hecho sin Él[1].
Pero si es principio del universo, el Verbo es también su fin.
“Nada tiene esto de extraño escribe Dom Delatte[2]. La primera causa eficiente es también la última causa final; la armonía de las cosas quiere que el Alfa sea el Omega, principio y fin, y que todo se termine y vuelva finalmente a su primer principio. ¿Cómo no había de ser el heredero y el término de los siglos Aquél por quien los siglos comenzaron?”
Ya desde el segundo versículo de su Epístola a los Hebreos, San Pablo lo enseña vigorosamente. “Los términos son de una rigurosa precisión; nunca se ha hablado de este modo: es el mismo Hijo de Dios quien ha hecho los siglos y en quien los siglos terminan como en el heredero de su obra común: en verdad han trabajado, y trabajan, para Él…”[3] “y que todas las cosas se acaben en Él, que en Él encuentren su término y su consumación, proviene de que el Padre le ha instituido heredero de todas las personas y cosas. Filiación y herencia van juntas: la una es consecuencia de la otra. Pero esta concepción de la herencia no quiere tan sólo decir que las almas y los pueblos son suyos; significa igualmente que toda la historia se orienta hacia Él, que es el término de la creación, pero también de la historia, que los sucesos se encaminan hacia Él, que es el heredero del largo esfuerzo de los siglos, y que todos han trabajado para Él.
”¿Acaso Sócrates, Platón y Aristóteles no han pensado para Él? ¿Es que la Iglesia no ha venido, a su hora, para recoger como bien suyo, como una riqueza preparada por Dios para ella, todo el fruto de la inteligencia antigua? ¿Para quién sino para la Iglesia, han hablado la ley y los profetas, la religión judía se ha desarrollado, las escuelas socráticas han discutido, la escuela de Alejandría balbuceado su ‘logos’, los pueblos se han mezclado, los judíos han sido puestos en contacto sucesivamente con todas las grandes monarquías, el Imperio Romano adquirió su poderosa estructura?
”El Señor es el heredero de todo; a Él, primero en el pensamiento de Dios, se han ordenado todas las obras de Dios”[4].
Esto es lo normal, lo prudente. Porque un querer perfectamente ordenado quiere, desde el comienzo, el Fin[5]. El orden consiste, pues, en que todo el universo gravite hacia el Verbo como hacia su término.
Y el Verbo, es Jesucristo nuestro Señor.
*
Dios quiere primero su gloria.
“Dios quiere crear porque quiere su glorificación fuera de sí mismo. Y queriendo su glorificación exterior, Él quiere, en primer lugar y principalmente, lo que, en la historia actual de la humanidad es el primero y universal medio de procurarla: la encarnación redentora, obra de Cristo, cumplida con la cooperación de su Madre. Así Jesús y María son principalmente queridos por Dios como aquellos de quienes dependen todas sus otras obras… Tienen sobre la creación entera la preeminencia y una verdadera realeza…”[6].
“Frecuentemente se representa al Creador en la obra de los seis días, trabajando en función del hombre… Esto es cierto. Pero el primer hombre y la primera mujer para quienes prepara estas maravillas no son Adán y Eva, son Jesucristo y María.
”En la historia del mundo, Adán y Eva están bajo la dependencia de Jesús y de María, por quienes ellos y sus descendientes han recuperado la Gracia. Jesús y María son, en efecto y en el orden actual de las cosas, los primeros en la intención divina y las verdaderas cabezas de la humanidad”[7].

CRISTO ES REY

Por tanto, Jesucristo es Rey.
“No hay —escribe Monseñor Pie— ni un profeta, ni un evangelista, ni uno de los apóstoles que no le asegure su cualidad y sus atribuciones de rey”.
Un niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido dado”, escribe Isaías en su visión profética. “El imperio ha sido asentado sobre sus hombros…” Daniel es aún más explícito: “Yo les miraba en las visiones de la noche y he aquí, sobre las nubes, vino como un Hijo de hombre; él avanzó hasta el anciano y le condujeron ante él. Y éste le dio el poder, gloria y reinado, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominación es una dominación eterna que no acabará nunca y su reino no será nunca destruido…”.
Pero en este sentido podría invocarse toda la Sagrada Escritura y la tradición toda. La unanimidad es absoluta.
Príncipe de los reyes de la tierra” le llama San Juan en el Apocalipsis y sobre sus vestiduras como sobre Él mismo, pudo leer el apóstol: “Rey de los reyes y Señor de los señores”.

CRISTO ES REY UNIVERSAL

Por tanto, Jesucristo es Rey.
Rey por derecho de nacimiento eterno, puesto que es Dios…
Rey por derecho de conquista, de redención, de rescate.
Y esta realeza se comprende que es universal. Nada, en efecto, puede ser más universal, más absoluto que esta realeza, puesto que Cristo es, Él mismo, el principio y el fin de toda la Creación.
Para que no quepa duda alguna, no obstante, Nuestro Señor se cuidó de precisar: “Omnia potestas data es mihi in coelo et in terra”. “Todo poder me ha sido dado en el cielo y la tierra”.
En el cielo y en la tierra…, que es como decir: en el orden sobrenatural y en el orden natural.
“Ahí está efectivamente, escribe Monseñor Pie, el nudo de la cuestión… No olvidemos ni permitamos que se olvide lo que nos enseña el gran Apóstol: que Jesucristo después de haber descendido de los cielos, ha ascendido a ellos, a fin de cumplir todas las cosas: ut impleret omnia. No se trata de su presencia en cuanto Dios, puesto que esta presencia ha existido siempre, sino de su presencia como Dios y hombre a la vez. De hecho, Jesucristo se halla, desde entonces, presente en todo, así en la tierra como en el cielo; llena el mundo con su nombre, su ley, su luz, su gracia. Nada existe fuera de su esfera de atracción o de repulsión; ninguna cosa, ninguna persona, pueden serle del todo extrañas e indiferentes: se está con Él o contra Él; ha sido colocado como piedra angular; piedra de edificación para unos, piedra de tropiezo y de escándalo para otros, piedra de toque para todos. La historia de la humanidad, la historia de las naciones, la historia de la paz y de la guerra, la historia de la Iglesia sobre todo, no es sino la historia de Jesús que todo lo colma: ut impleret omnia[8].
“Ni en su persona, ni en el ejercicio de sus derechos, puede ser Jesucristo dividido, disuelto, fragmentado; en Él, la distinción de las naturalezas y de las operaciones no puede ser jamás la separación, la oposición; lo divino no puede repugnar a lo humano, ni lo humano a lo divino. Al contrario, Él es la paz, la aproximación, la reconciliación; es el engarce que de dos cosas hace una… Por eso San Juan nos dice: ‘Todo espíritu que disuelve a Jesucristo no es de Dios, sino que es justamente ese anticristo de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya en el mundo…’ Así, cuando yo oigo, concluye Monseñor Pie, ciertos rumores que crecen, ciertos aforismos que prevalecen de día en día y que introducen en el corazón de las sociedades, el disolvente bajo la acción del cual debe perecer el mundo, lanzo este grito de alarma: guardaos del anticristo”[9].

CRISTO ES REY TODOPODEROSO

Sí, todo poder ha sido dado a Cristo en el cielo y en la tierra.
Esta verdad está en la base misma del catolicismo.
La encontraremos en las epístolas y los discursos de San Pablo. La volvemos a encontrar, subyacente en toda la enseñanza de San Pablo. Su fórmula “non est potesta nisi a Deo”, no es, en el fondo, otra cosa que la expresión de la misma idea, de una más particular.
Jesucristo a pedido y su Padre le ha concedido. Todo desde entonces le ha sido entregado. Está a la cabeza y es el jefe de todo, de todo sin excepción. “En Él y rescatados por su sangre”, escribía San Pablo a los Colosenses[10], “tenemos la redención y la remisión de los pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de los muertos; para que tenga la primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud de la divinidad y por Él reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su Cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo en Jesucristo Nuestro Señor”. Tal es la enseñanza del Apóstol.
“No establezcáis, pues, en modo alguno excepción allí donde Dios no ha dejado lugar  la excepción, exclama monseñor Pie. El hombre individual y el jefe de familia, el simple ciudadano y el hombre público, los particulares y los pueblos, en una palabra, todos los elementos de este mundo terrestre, cualesquiera que sean, deben sumisión y homenaje al nombre de Jesús”.

CRISTO ES REY DE LAS NACIONES

Jesucristo rey universal… y, por tanto, rey de los reyes, rey de las naciones, rey de los pueblos, rey de las instituciones, rey de las sociedades, rey del orden político como del orden privado.
Después de lo que se acaba de decir, ¿cómo se concibe que pueda ser de otro modo?
Si Jesucristo es rey universal, ¿cómo podría esa realeza no ser también realeza sobre las instituciones, sobre el Estado: realeza social? ¿Cómo se la podría llamar universal sin ella?
Si las discusiones son tan vivas sobre este punto, es porque tocamos el terreno de aquel a quien la Escritura llama precisamente “el príncipe de este mundo”. He aquí que perseguimos al dragón hasta su último reducto, que lo acosamos donde pretende hacer su guardia… ¿qué hay de extraño que redoble la violencia escupiendo llamas y humo para intentar cegarnos?
¡Cuántos se dejan engañar!
“Hay hombres en estos tiempos, observaba monseñor Pie, que no aceptan y otros que sólo aceptan a duras penas los juicios y decisiones de la Iglesia… ¿Cómo dar el valor de dogma (dicen o piensan) a enseñanzas que datan del “Syllabus” o de los preámbulos de la primera constitución del [primer concilio] Vaticano?
”Tranquilizaos, responde el obispo de Poitiers, las doctrinas del “Syllabus” y del Vaticano son tan antiguas como la doctrina de los apóstoles, de las Escrituras… A quienes se obstinan en negar la autoridad social del cristianismo, San Gregorio Magno da la respuesta[11]. En el comentario del Evangelio en que se cuenta la adoración de los Magos… al explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de la gentilidad, el santo doctor se expresa en estos términos:
”Los Magos —dice— reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de rey. Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien —prosigue—, hay algunos heréticos: sunt vero nonnulli hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que su reino se extiende por todas partes: sunt vero nonnulli hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequanquam credunt.
”Hermano mío, continúa monseñor Pie, dices que tienes la conciencia en paz, y al aceptar el programa del catolicismo liberal, crees permanecer en la ortodoxia, ya que crees firmemente en la divinidad y humanidad de Jesucristo, lo que basta para considerar tu cristianismo inatacable. Desengañaos. Desde el tiempo de San Gregorio, había ‘algunos heréticos’ que, como tú, creían en esos dos puntos: pero su herejía consistía en no querer reconocer en el Dios hecho hombre una realeza que se extiende a todo… No, no eres irreprochable en tu fe, y el Papa San Gregorio, más enérgico que el “Syllabus”, te inflige la nota de herejía, si eres de los que considerando un deber ofrecer a Jesús el incienso, no quieren añadirle el oro…”[12], es decir, reconocer y proclamar su realeza social.
Y, en nuestros días, Pío XI, con particular insistencia ha querido recordar al mundo la misma doctrina en dos encíclicas especialmente escritas sobre este tema: Ubi arcano Dei y Quas primas.
Esta es, pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción de detalle, limitada a una sola época. En los comienzos de la era cristiana, como más tarde, lo relativo a la conducta ha podido venir a mezclarse con lo relativo a los principios. “Pero el derecho, señala monseñor Pie[13], el principio del estado cristiano, del príncipe cristiano, de la ley cristiana, que yo sepa jamás han sido discutidos hasta estos últimos tiempos, ni escuela católica alguna pudo nunca entrever en su destrucción un progreso y un perfeccionamiento de la sociedad humana…”, como hoy se oye repetir tantas veces.




[1] Comienzo del evangelio de San Juan.
[2] Dom Paul Delatte, Les êpitres de saint Paul, t. II, p. 288.
[3] Dom Paul Delatte, ídem, p. 287.
[4] Ídem, p. 287-8.
[5] … quiere, ante todo, el fin, en el orden de la intención. El enfermo quiere, en primer lugar, curarse: tal es su intención. Para esto tomará la medicina… “Finis primun in intentione, ultimátum in executione”. “El fin primero en el orden de la intención, es el último en el orden de la realización”.
[6] San Francisco de Sales…: Dios “eligió crear a los hombres y a los ángeles como para acompañar a su Hijo, participar de sus gracias y de su gloria y adorarle y alabarle eternamente” (Traité de l’Amour de Dieu, t. II, cap. IV, p. 100).
[7] René Marie de la Broise, “Etudes” de los Padres jesuitas, t. LXXIX, 301.
[8] Op. cit., t. V, p. 166.
[9] Card. Pie, Œuvres, t. IV, p. 588 (cit. San Juan: 1 epístola, IV, 3).
[10] Epístola de San Pablo a los Colosenses, I, 12-20… Epístola de la Fiesta de Cristo Rey.
[11] Excelente ocasión para destacar cuán perfectamente ilustra este pasaje la doctrina de Pío XII en Humani generis. “Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan, de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los romanos pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su magisterio. Pues son enseñanzas del magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye, y, la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las encíclicas pertenece por otras razones al patrimonio de la doctrina católica…”.
[12] Op. cit., t. VIII, p. 62 y 63.
[13] Op. cit., t. V, p. 179-180.
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