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miércoles, 26 de agosto de 2009

La personalidad del Carlomagno

Comentario de Plinio Corrêa de Oliveira

Extracto histórico de la Historia Universal de Juan Bautista Weis:
Einhard nos da descripción de Carlomagno: “El era grande, fuerte y de elevada estatura, aunque no desproporcionadamente alto (siete pies de altura). Su cabeza era redonda y bien formada, sus ojos muy grandes y vivaces, su nariz un poco larga, su cabello blanco y su rostro jovial. Su apariencia era siempre majestuosa y muy digna, sea que estuviese de pie o sentado… Su modo de andar era firme, todo su porte varonil y su voz clara.”[1]
Esta figura heroica estaba poseída de un espíritu jovial. El Monje de San Gall relata que todo aquel fuese triste y perturbado ante la presencia de Carlomagno se iba sereno sólo por el efecto de su presencia y algunas pocas palabras. La frescura y honestidad de su naturaleza fortalecía a todo aquel que se asociase a él. Su majestad no tenía ninguna arrogancia rígida ni ninguna desconfiada reserva; antes bien, la tranquila grandeza de su personalidad dominaba todo su alrededor, y, no obstante, era modesto y reservado.
[1] Einhard, Life of Charlemagne, (New York: Harper and Brothers, 1880), pp. 56-7.
La terrible impresión que causaba en los corazones de sus enemigos como guerrero al frente de su ejército la describe el Monje de San Gall:
“Entonces, uno podía ver el Carlomagno de hierro con su cabeza cubierta casco de hierro, sus brazos cubiertos de armaduras de hierro; en su mano izquierda llevaba una lanza de hierro y en su derecha su siempre victoriosa espada de acero. Sus músculos estaban cubiertos de armaduras de hierro, y su escudo hecho de hierro puro.”
“Cuando aparecía, los habitantes de Pavía gritaban de miedo: ¡Oh, el Hombre de Hierro! ¡Oh, el Hombre de Hierro!”

Este Hombre de Hierro tenía un corazón profundamente sensible. Carlomagno lloraba como un niño ante la muerte de un amigo. El vencedor de 100 batallas mostraba un cuidado paternal por los pobres. El hombre cuyos pasos hacían temblar a toda Europa y por cuyas grandes campañas un millón de hombres fueron conquistados por el más tierno de los padres, que nunca pudo cenar sin la presencia de alguno de sus hijos.
Fue su religión la que le dio el noble impulso de su fuerte y fecundo espíritu y le confirió la gloria de su poder. Y bajo su protección puso a los pueblos que su espada había vencido.[1]
[1] Historia Universal, Edición Española, vol. IV, pg. 790.
La magnífica estatua de Carlomagno, Roland y Olivier frente a la Catedral de Notre Dame en París
Comentario del Prof. Plinio:
Este magnífico retrato de Carlomagno me inspira dos comentarios diferentes.
El primero se refiere a Carlomagno mientras vivía; el segundo, su papel después de su muerte.
Considerando a Carlomagno durante su vida, uno se da cuenta que él fue una obra maestra de la Divina Providencia en el que Dios se complació en manifestar su gloria por la belleza y armonía. Con esto, Dios se complació en brillar con-naturalmente en él.
A menudo Dios quiere celebrar la supremacía de las almas grandes y poderosas sobre los cuerpos pequeños por el contraste: el alma parece ser casi independiente del cuerpo.
En otras ocasiones es lo contrario. Dios hace a hombres con cuerpos colosales y con inteligencias más pequeñas que se hacen conocidos por sus virtudes, demostrando que la grandeza del cuerpo no es nada sin la grandeza moral. Se dice, por ejemplo, que San Cristóbal era de enorme estatura y muy fuerte, pero muy simple de mente, muy ingenuo, incluso un poco retrasado. No obstante, de este hombre con una fuerza física súper abundante y una capacidad intelectual insuficiente, Dios hizo una obra de arte cuya rectitud de espíritu y gran fuerza corporal sirvió con encanto al Niño Jesús.
En Carlomagno, Dios puso la perfección en todo. En él, no vemos la belleza del contraste, sino la belleza de la armonía, de la coherencia en todas las cosas: una gran inteligencia animando un cuerpo grande; un gran cuerpo que refleja la inmensa grandeza de un alma que pudo llevar a cabo una obra colosal, alcanzar una alta virtud y dejar una gran memoria. La grandeza en todo fue la característica de Carlomagno.
Permítanme considerar aquí solo un aspecto: Carlomagno como guerrero. En la guerra de ese tiempo, donde la pólvora y el equipamiento técnico moderno no estaban presentes, la fuerza física de un guerrero era muy importante. Entonces, bien armado – y cubierto de hierro – aparecía en la batalla contra sus enemigos como un tanque de nuestro tiempo. El era una especie de tanque humano, atravesando y devastando a sus enemigos con su estupenda espada que nunca se quebró ni nunca falló. Cuando avanzaba, cortaba y destruía a los enemigos, dejando detrás de sí una estela a través de la cual sus hombres podían seguirlo.
De la descripción que fue leída (arriba), podemos imaginar a Carlomagno en batalla. Un hombre alto, de edad avanzada, pero todavía vigoroso, cabello blanco, ojos de acero, músculos fuertes, todo cubierto de hierro, montado en un caballo que también está con muchas ganas de atacar al enemigo. El es el padre de su pueblo, que toma sobre sí grandes riesgos para favorecer a todo el pueblo y que avanza dirigiendo a su pueblo rumbo a la victoria. Este era el hombre a quien los habitantes de Pavía veían avanzando contra ellos y que los hacía gritar de miedo: “¡Oh, el Hombre de Hierro! ¡Oh, el Hombre de Hierro!”
Sí, él era un Hombre de Hierro, pero más importante que eso él era un hombre que inspiraba un nervio de hierro en los guerreros que luchaban por él y con él. Cuando él estaba presente, todos los presentes se convertían en guerreros de hierro, y el ejército de un Emperador de Hierro fue un ejército de hierro. El fue más que un simple combatiente, él era la fuente de la combatividad en todo el ejército. El fue el hombre que luchó contra los agresores injustos del Reino de los Francos y de la Santa Iglesia Católica, de la que era el defensor.
Copa y plato de oro carolingio con incrustaciones de perlas y piedras preciosas
Terminada la batalla, el Emperador regresa al campamento cubierto de gloria, pero también cubierto de polvo, sudor y sangre. El va a su tienda y se quita el casco, algunos asistentes van junto a él y lo ayudan a quitarse su armadura. Se lava y va a comer. Podemos imaginarnos la mesa Carolingia: un tronco de madera cubierto de telas preciosas, sobre ella hay una copa de oro de forma primitiva con incrustaciones de piedras preciosas toscamente cortadas que la hacen brillar. Carlomagno pide vino y bebe uno o dos copas llenas, porque un hombre de naturaleza tan poderosa, bebe naturalmente con todo el corazón. El come, bebe, hace una revisión sin pretensiones de la batalla, agradece a la Virgen por la victoria y se retira a dormir.
El descansa en su enorme cama. Su descanso es comunicativo. Cuando Carlomagno duerme en su tienda, qué tranquilidad fluye hacia todos los que lo rodean, y de ahí se propaga en círculos concéntricos para llegar a todos los guerreros que también están descansado. Incluso en su sueño, él es el ángel de la guarda de todo el ejército que duerme. Cuán apacible es para un ejército saber que es comandado por un Emperador que es un gigante llamada el Hombre de Hierro.
El despierta y su día comienza en el campamento. Recibe a las personas que quieren hablar con él. El es amable, tranquilo, accesible, trasmitiendo su alegría y bondad para todos. El es la fuente de contentamiento de todo el campamento. El es al mismo tiempo la torre fortificada que protege a todo el mundo y la fuente de agua dulce de la que todos pueden beber. Todos quieren tomar un poco de su presencia. Así, Carlomagno es la alegría de todo el campamento el deleite del Reino de los Francos.
Carlomagno rezando en su tienda en muchas de sus campañas
Imaginemos que tres o cuatro Obispos católicos, sabiendo que Carlomagno está en la zona, se presentan ante él, para hablar con el Emperador, de pedirle algunos favores. Porque ellos conocen la fama de Carlomagno como defensor de la Iglesia, ellos no sienten ningún sentimiento de competir con él en su papel de jefe de la esfera temporal. Ellos sienten, estima, respeto y afecto. Ellos saben que son príncipes de la Iglesia de Dios, y por esta razón, Carlomagno es sólo un simple fiel delante de ellos. Pero también sabe que Dios había escogido a ese hombre como Profeta para guiar y proteger los intereses de la Iglesia y la Cristiandad y darle a Él la victoria.
Ellos se le acervan con toda seguridad sabiendo que el Emperador no cuestionará sus prerrogativas, sino que los tratará con el debido honor y respeto. Ellos también saben que pueden pedir lo que quieran – desde una cruzada hasta la construcción de un hospital – y que el Emperador les dará lo que pueda.
Podemos imaginarnos como esos hombres se presentaban, graves, dignos, serenos. Cuando llegan, el centinela hace una profunda reverencia, todos dejan de hablar y se vuelven a mirarlos. Alguien anuncia: “Los Obispos de la Santa Iglesia de Dios han llegado, ellos desean hablar con el Emperador.” Otra persona va a anunciar su llegada a Carlomagno.
La corona del Sacro Imperio Romano
El levanta su inmensa figura y recibe a los Obispos de pie. Se intercambian saludos. Carlomagno los invita a sentarse: “Mis Señores y Padres, ¿qué es lo que desean? – “Nos gustaría esto y aquello.” Carlomagno atiende sus pedidos, y les da un poco más de lo que le piden. Satisfechos, ellos se retiran. El ejército levanta el campamento y se traslada a otra batalla o regresa a Aix-la-Chapelle, por un período de descanso y tranquilidad.
Este es el gran Carlomagno: una especie de luz que intensifica el color de todo lo que lo rodea. Ante él, los Obispos se sienten más Obispos, sus hijos se sienten más hijos, las almas alegres son más alegres, los guerreros son más guerreros. Hay en él una fuerza propulsora que no es apenas un poder físico, sino también es una fuerza mental de una gran alma y, más que eso, una irradiación de gracias que emanan de él. Esto lo convierte en la fuente de vida y alegría de todo el Imperio.
Permítanme decir unas pocas palabras del rol de Carlomagno después de su muerte. Después de su muerte, muchos Obispos comprenderán mejor su propia misión, porque ellos serán formados por Obispos que conocieron a Carlomagno. Muchos guerreros serán más perfectos guerreros porque ellos conversarán y serán formados por caballeros que habían visto a Carlomagno luchando en una batalla. En muchas cortes, el esplendor será mayor porque hablaran sobre la magnificencia Carolongia y de la obra del gran Emperador. Muchos Emperadores serán más majestuosos y muchos Reyes comprenderán mejor su señorío porque la cálida irradiación de la presencia de Carlomagno podrá todavía sentirse allí.

domingo, 31 de mayo de 2009

La Viuda Capeto

La Viuda Capeto
La foto es un retrato póstumo representando a María Antonieta en la cárcel del Templo después del asesinato de su marido. Un poco idealizado (dudo que haya tenido un busto de Luis XVI a mano) no obstante está basado de un retrato de Vigee Lebrun. La reina tenía su misal con ella, porque registra lo que los revolucionarios después se llevaron cuando ella fue enviada a la Conciergerie. Antonia Fraser narra en María Antonieta: El viaje, que la reina pidió a su cuñada Madame Elisabeth leyese las palabras de la Misa del misal. (En la prisión del Templo le prohibieron recibir los sacramentos).
Estas son las palabras que Luis XVI puso respecto a su esposa en su testamento y última voluntad:
Confío mis hijos a mi esposa; nunca he dudado de su maternal ternura para con ellos. Le encomiendo a ella, sobre todo, que los eduque para que sean honestos y buenos cristianos; que los haga ver la grandeza de este mundo (si les toca experimentarla) como bienes peligrosos y transitorios, y que los haga poner su atención en la única gloria perdurable y sólida, la eternidad. Suplico a mi hermana que bondadosamente continúe su ternura hacia mis hijos y tome el lugar de una madre, en el caso de que ellos tengan la desgracia de perder a la suya.
Suplico a mi esposa me perdone todo el dolor que ella sufrió por mí, y los dolores que le pueda haber causado en el curso de nuestra unión; y ella puede sentirse segura de que no tengo nada en contra suya, si es que ella tiene algo de qué reprocharse a sí misma.

domingo, 15 de febrero de 2009

GABRIEL GARCIA MORENO
(21.XII.1821 - 6.VIII.1875)

Mártir del Estado Católico
Soldado de la Doctrina Pontificia
Gobernante eminente de la República de Ecuador
Paladín de la Civilización Cristiana
Asesinado por la Masonería

"En medio de esos gobiernos entregados al delirio de la impiedad, la República del Ecuador se distinguía milagrosamente de todas las demás, por su espíritu de justicia y por la inquebrantable fe en su presidente […] Y ved ahí que los impíos, en su ciego furor, miran como un insulto a su pretendida civilización moderna, la existencia de un gobierno que sin dejar de consagrarse al bien material del pueblo, se esfuerza al propio tiempo en asegurar su progreso moral y espiritual […] Ha caído bajo el hierro de un asesino victima de su fé y de su caridad cristiana hacia su patria." Pío IX.
"Campeón de la fe católica, a quien se aplican justamente las palabras con que la Iglesia celebra la memoria de los santos mártires Tomas de Cantorbery y Estanislao de Polonia: ha sucumbido por la Iglesia bajo el puñal de los impíos." Leon XIII.
Asesinato del presidente Gabriel García Moreno

lunes, 26 de mayo de 2008

Profecía del beato Francisco Palau

El mundo ha de ser redimido una segunda vez, semejante a la forma como fue la primera, pues, Satanás, su verdadero tirano fue nuevamente desencadenado. Y, gozando de libertad, puso a las naciones bajo su cruel y despótico dominio.

La Iglesia mudará una segunda vez la faz del mundo. Pero antes, debe descender al silencio de los sepulcros, y teniendo sus templos destruidos, Ella se retirará a la soledad de la montaña. Allí recibirá el Espíritu Santo y la plenitud de los dones de que necesita para salvar a la sociedad moderna.

Habrá un ángel que descenderá del cielo, o sea, un hombre con una misión especial de Dios. Este hombre será el restaurador. Ha de ser un hombre, porque Dios decretó que los demonios sean lanzados en el infierno por mano del hombre. ¿Quién será este hombre?

Será el restaurador prometido por Jesucristo a la sociedad disoluta y entregada a la completa anarquía, impotente por sí misma para constituir un orden. Será un apóstol, un profeta, un Moisés, un Elías.
Francisco Palau vio la luz en Aytona (Lérida), España, el 29 de diciembre de 1811. Sus padres: José Palau y Antonia Quer. Ingresa en el Seminario de Lérida en 1828, donde cursa 3 años de filosofía y uno de teología. Allí se siente llamado al Carmelo, interrumpe los estudios y en octubre de 1832, ingresa al noviciado carmelitano de Barcelona, donde profesa al año siguiente el 15 de noviembre de 1833. Sigue allí mismo con sus estudios teológicos y el 22 de enero de 1834, es ordenado diácono. El 25 de julio del año siguiente (1835) su convento es atacado, asaltado y saqueado por las turbas políticas y rebeldes de entonces, logra huir, pero al año siguiente Mendizábal decretaba la exclaustración de los religiosos de España.
En su pueblo natal vive en soledad su diaconado manteniendo contacto con su provincial carmelita quien le prepara al sacerdocio. Es ordenado Sacerdote en Barbastro el 2 de abril de 1836. Los azares de la patria le obligan a vivir la exclaustración y el exilio. Vive su exilio en Francia: verano de 1841, hasta 1846, con prolongaciones hasta 1851. Allí en Montdésir y Livron pasará largos ratos de soledad alternando su apostolado. Al regresar a España, tras una breve experiencia contemplativa en Montsant (verano de 1851), funda en Barcelona, en la iglesia parroquial de San Agustín, La Escuela de la Virtud, modelo de enseñanza catequética, atendiendo también, la dirección espiritual del Seminario.

Vuelven las revueltas políticas y el Capitán General de Cataluña, suprime la escuela y confina injustamente a Palau en Ibiza (1854-1860), seis años más de destierro y soledad en famoso peñón del Vedrá fundando cerca de allí la casa y ermita de Es Cubells. Igualmente se ocupará de la reorganización de los ermitaños de San Honorato de Randa en 1860. En todos esos lugares experimentará las vicisitudes de la Iglesia inmerso en su intenso ministerio sacerdotal que luego llevará a las Islas de Mallorca y Menorca.

En Baleares, pone en marcha la fundación de sus dos familias carmelitanas: las Congregaciones de los Terciarios Carmelitas Descalzos (1860-1872), y de las Hermanas Carmelitas Terciarias (1861-1872). Y da inicio a la redacción de su obra Mis Relaciones con la Iglesia en 1861.

Recobrada la libertad, viaja a Roma (1866 y 1870). Lo nombran director de los terciarios carmelitas de España en 1867, comienza la publicación del semanario El Ermitaño en 1868, fundado y dirigido por él mismo. Predica misiones populares, asume la labor de exorcistado y asistencia a los enfermos, extiende la devoción mariana por donde quiera que pasa, se dedica a la formación y dirección de los religiosos y religiosas fundados por él. La rama de los religiosos se incorpora al Carmelo Teresiano después de la guerra civil española de 1936 y la rama de religiosas continúa actualmente en dos congregaciones: Carmelitas Misioneras y Carmelitas Misioneras Teresianas.

En pleno apogeo de vida apostólica, el P. Francisco Palau es asestado por una enfermedad (del 10 al 20 de marzo), y muere entregando su alma a Dios en Tarragona el 20 de marzo de 1872, a los 60 años de edad. Su causa de beatificación y canonización fue introducida el 15 de septiembre de 1981, siendo beatificado por Juan Pablo II el 24 de abril de 1988.

martes, 13 de mayo de 2008

Grandes Personajes


Gabriel García Moreno (1821-1875)

En la ciudad de Guayaquil, porteña y liberal, en el año 1821, nació Gabriel García Moreno, octavo hijo de una familia muy distinguida, pues su padre Gabriel García Gómez, español leonés, nacido cerca de Ponferrada, fue procurador síndico de Guayaquil, y su madre, Mercedes Moreno, era hija del regidor perpetuo del ayuntamiento de la ciudad, hermana del arcediano de Lima y del oidor de Guatemala, y tía del cardenal Moreno, primado de Toledo. Gabriel, de niño, dio muestras de un temperamento sumamente débil y medroso. De tal modo le espantaba cualquier cosa, que no pudo ser enviado a la escuela, y fue su madre su primera maestra.

Gabriel, a los nueve años, justamente cuando se produce la independencia, queda huérfano de padre, y la familia, que se había distinguido como realista, se ve en la ruina. Un buen fraile mercedario, el padre Betancourt, que ayudaba espiritualmente a doña Mercedes, se hizo cargo de Gabriel, sirviéndole de maestro durante varios años, con gran provecho. Gabriel, que hablaba a veces en latín con su maestro, mostraba una memoria prodigiosa y una gran facilidad para el estudio. En esos años cambió totalmente su forma de ser, haciéndose una personalidad fuerte y valiente.

A los quince años comienza Gabriel sus estudios de filosofía y leyes en la Universidad de Quito, fundada en 1586. Pudo hacerlo gracias a dos hermanas del padre Betancourt, que allí tenían casa y le alojaron. Fue muy buen estudiante, y se mantuvo con beca toda la carrera. Aprendió por su cuenta francés, inglés e italiano. El ambiente cultural que le rodeaba era racionalista, volteriano y laicista, abiertamente hostil a la Iglesia, y en la vida política todo era mentira y corrupción. Viendo así la situación, no se limitó a lamentarse, sino que se decidió a ser político católico.

A los veinticinco años obtiene García Moreno el doctorado. Y su vida, siempre muy activa, se va acelerando más y más. Explora científicamente los cráteres de los volcanes Pinchincha y Sangay. Se casa con Rosa Ascásubi. Como escritor de combate, lanza sucesivamente varios periódicos, El Zurriago primero, La Nación después, y otro, El vengador, y otro más, El diablo. Pacifica en una semana, como enviado del presidente Roca, una sublevación sangrienta producida en Guayaquil...
Pero todo va de mal en peor, y la nación va decayendo, entre conspiraciones y sobresaltos, en un laicismo cada vez más ignominioso. Pasa entonces García Moreno por momentos de desánimo, llegando a considerar la posibilidad de dedicarse, como su próspero hermano Pablo, al comercio. Viaja a Europa, a Inglaterra y Alemania, y en Francia se reafirma definitivamente en su vocación política, estimulado por el ejemplo de sus amigos católicos franceses. Se reintegra en 1850 al Ecuador, y consigue, en un golpe de mano personal ante el presidente Noboa, el regreso de los jesuitas, cosa que los masones no podían tolerar. El general Urbina, que se hace con el poder, los expulsa de nuevo, alegando que la real cédula de Carlos III, española, de 1767, estaba vigente (!).

Exiliado

García Moreno ataca duramente desde el semanario La Nación la política de Urbina, y éste, en 1853, le destierra a Colombia. De allí se fuga, vuelve secretamente a Quito, se refugia más tarde en un barco francés arribado al puerto de Guayaquil, es elegido diputado, y es desterrado por segunda vez, en esta ocasión a la costa peruana, a un lugarejo apartado. Allí escribe un folleto en defensa propia, La verdad de mis calumniadores y, como siempre que puede, se dedica al estudio.

En 1855 vuelve a París, pues necesita libros y personas con las que perfeccionar su pensamiento, preparándose para su misión. Le interesan todos los temas: matemáticas y ciencias naturales, ingeniería y filosofía, agricultura e historia. «Estudio diez y seis horas diarias -le escribe a un amigo-, y si el día tuviera cuarenta y ocho, pasaría cuarenta con mis libros, sin el menor tropiezo». Por aquel tiempo estudió a Balmes y a Donoso Cortés, y leyó tres veces la Historia universal de la Iglesia católica, de Rohrbacher, editada recientemente en 29 volúmenes, entre 1842 y 1849, la obra que más influyó en su formación doctrinal y espiritual.

Pero aunque con éste y otros estudios consolidaba más y más su pensamiento católico, por aquellos años, sin embargo, había abandonado las prácticas religiosas: no se confesaba ni iba a misa los domingos. Un día, en una discusión con un ateo, éste le echó en cara su inconsecuencia, y Gabriel fue vencido por la gracia de Dios. Se confesó en seguida y desde entonces participó en la eucaristía diariamente.

Alcalde, rector y senador

A fines de 1856, una amnistía proclamada por el general Robles, sucesor del general Urbina, permite el regreso de García Moreno, después de tres años de destierro. Acogido triunfalmente en Quito, es elegido alcalde de la ciudad en 1857, y poco después rector de la Universidad, y senador por la oposición. La degradación de la vida política, cultural y económica en aquellos últimos años de dictadura militar era completa.

Serían necesarias muchas páginas -de las que no disponemos- para describir las luchas y cabildeos, los nepotismos y traiciones, que por entonces dominaban la vida pública, en la que la arbitrariedad de los políticos y la violencia de soldados y policías iban mucho más allá de lo tolerable. L. F. Borja afirma que 1859 fue «el año de la crisis para el Ecuador, cuando estuvo en peligro de desaparecer como nación independiente, el año de la anarquía».
Primera presidencia (1861-65)

Después de veinticinco años de gobiernos liberales y despóticos, sectarios e inútiles, se hizo en 1860, gracias en buena parte a García Moreno, una nueva Constitución, y él fue elegido por unanimidad para presidir el gobierno. Comienza inmediatamente una obra formidable, de la que escribe José Belmonte:

«Se organiza ahora la hacienda, la enseñanza y el ejército; se establece un Tribunal de cuentas; se reducen las tasas fiscales. García Moreno derrocha ardor para combatir con energía la especulación, el contrabando y la burocracia, acometiendo asimismo las obras de vialidad del país. Simboliza el freno más resuelto contra el militarismo imperante. Sus pasos giran en torno al establecimiento de un régimen civil, encaminándose a la instauración de un Estado católico.

«Su primer gobierno puede llamarse, en expresión de Crespo Toral, el período heroico de García Moreno. Fueron aquellos años, desde el gobierno provisional hasta 1865, de verdadera prueba: el motín de los cuarteles, las invasiones a mano armada, el puñal aguzándose en la sombra, dos guerras internacionales... En esos años lúgubres de furor, de desesperación, se acometieron en parte los gigantescos trabajos de la red de carreteras, las vastas empresas de la enseñanza, de la beneficencia, del saneamiento moral de la República, de cuyo territorio, desde los claustros para abajo, barrióse toda inmundicia que pudiese corromper el ambiente o trascender pestilencia o contagio... En años tan difíciles, con rentas adecuadas apenas para el sustento de la vida, tuvo el erario la elasticidad que da la honradez».

En 1862 se estableció el Concordato ecuatoriano con la Santa Sede. En 1863 se celebró un Concilio nacional, en el que se restauró, entre otras cosas, la disciplina del clero. Llegaron al país no pocos religiosos extranjeros. Y por primera vez en muchos años el Ecuador, país con inmensa mayoría de católicos, pudo vivir en una atmósfera favorable a la Iglesia y a la vida cristiana. Sin embargo, la obstrucción sistemática de liberales y radicales, y la ambición hostil de Colombia y Perú, cuyos masones confraternizaban con Urbina, poniendo en peligro la misma integridad territorial del Ecuador, mantuvieron la vida política en una tensión continua y en un peligro permanente.

Segunda presidencia (1869-75)

En 1868, García Moreno, a los cuarenta y siete años, se casa en segundas nupcias con Mariana de Alcázar, y prepara su retiro de la vida pública en una apartada hacienda. Le siguen en la presidencia, sucesivamente, dos hombres de su confianza, Carrión y Espinosa; pero estos políticos, siendo débiles, ponen otra vez el país al borde de la anarquía. García Moreno entonces, anticipándose a Urbina, que se preparaba para dar un golpe de estado, convoca la Convención de 1869, en la que se reforma la Constitución del estado. Y de nuevo es constituido presidente.

De esta segunda presidencia escribe Remigio Crespo Toral: «En esos seis años fue la paz, el desarrollo estupendo de la nación y la cumbre de su progreso. Con menos de tres millones de entradas al año, se realizó el prodigio de extensión, de encumbramiento, de exaltación de nuestra pobre República, al punto y grado de incorporarse ella en la sociedad internacional. No hubo necesidad de imposiciones, fueron raros los castigos y la mansedumbre iba formando la atmósfera».

Al morir García Moreno, la primera enseñanza, respecto a los tiempos de Urbina, se había multiplicado por cuatro; la Universidad de Quito era una de las mejores de América; se inició el restablecimiento entre los indios de los poblados misionales, que habían sido tan admirables; el ejército ya no imponía su prepotencia cuartelaria, sino que había sido reorganizado al servicio de la nación; los funcionarios, reducidos de su número abusivo, cumplían su horario laboral; los libros de contabilidad de la República, antes prácticamente inexistentes, estaban al día, y se habían eliminado casi por completo las cuantiosas deudas contraídas en los anteriores decenios de corrupción política. Todo lo cual, por supuesto, resultaba para muchos intolerable, al haber sido realizado por un político que se atrevía a aplicar en su gobierno la doctrina católica.

Político católico

García Moreno fue siempre un político absolutamente convencido de la veracidad de la doctrina política y social de la Iglesia. En el comienzo de su Constitución de 1869, abrumadoramente aprobada en plebescito popular, se decía: «En el nombre de Dios, uno y trino, autor, conservador y legislador del universo, la convención nacional del Ecuador decreta la siguiente constitución»... Fiel a la doctrina de la Iglesia, entonces presidida por Pío IX, estaba persuadido de que sólo podía edificarse el bien común temporal de una nación cristiana respetando en todo las leyes Dios.

Por eso cuando en 1864 Pío IX publicó el Syllabus, y muchos, incluidos católicos, atacaban el documento, él decía: «No quieren comprender que si el Syllabus queda como letra muerta, las sociedades han concluido; y que si el Papa nos pone delante de los ojos los verdaderos principios sociales, es porque el mundo tiene necesidad de ellos para no perecer».

García Moreno, por lo demás, era plenamente consciente de la singularidad provocativa de su política. En una ocasión reconocía que los masones «por medio de su gobernantes, son más o menos dueños de toda América, a excepción de nuestra patria». Pero esa misma conciencia le confirmaba la urgente necesidad de firmeza en su política. En efecto, se decía a sí mismo: «este país es incontestablemente el reino de Dios, le pertenece en propiedad, y no ha hecho otra cosa que confiarlo a mi solicitud. Debo, pues, hacer todos los esfuerzos imaginables para que Dios impere en este reino, para que mis mandatos estén subordinados a los suyos, para que mis leyes hagan respetar su ley».

Y en su mensaje al Congreso, en 1873, con la valiente franqueza que en él era habitual, declaraba: «Pues que tenemos la dicha de ser católicos, seámoslo lógica y abiertamente; seámoslo en nuestra vida privada y en nuestra existencia política. Borremos de nuestros códigos hasta el último rastro de hostilidad contra la Iglesia, pues todavía algunas disposiciones quedan en ellos del antiguo y opresor regalismo [supremacía del Estado sobre la Iglesia], cuya tolerancia sería en adelante una vergonzosa contradicción y una miserable inconsecuencia».

En lo referente, por ejemplo, a la educación, la Constitución ecuatoriana, que proscribía la masonería, ordenaba que fuera una educación católica, con indecible escándalo de liberales, radicales y masones, que en la mayoría de las naciones americanas dominaban hacía años el área política educativa. Pero García Moreno argumentaba: ¿Es antidemocrático asegurar a la población aquella educación que prefiere la inmensa mayoría de los ciudadanos? ¿Por qué un pueblo cristiano ha de estar sometido durante generaciones a una educación netamente anticristiana? ¿Por qué a los hijos ha de arrancárseles en la escuela la religión de sus padres? ¿Viene eso realmente exigido por la democracia?...

García Moreno en ésta cuestión, como en tantas otras, estaba prácticamente solo en toda América, pues una falsa ortodoxia democrática impulsaba a los políticos cristianos a alejar a la Iglesia de la educación, dejando ésta en manos de la única alternativa fuerte, organizada y con apoyos exteriores: radicales y masones. Éstos, en muchos países, entraban a formar parte de inestables gobiernos de coalición, diciendo: «Ustedes controlen la economía, el ejército, las relaciones con el exterior, y todo lo demás: nosotros nos encargaremos de la educación».

García Moreno, como la mayoría de sus compatriotas cristianos, fue formado en la devoción al Corazón de Jesús, y siendo ya presidente, a Él quiso consagrar el Ecuador, la nación entera, y para ello presentó consulta al tercer Concilio, reunido por entonces en Quito. Obtenida la licencia eclesiástica, y con el voto mayoritario del Congreso, se realizó en 1873, con gran solemnidad y fervor popular, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús. Fue la primera nación del mundo que lo hizo, y en diez años se levantó un gran templo nacional votivo para memoria del acontecimiento. Poco antes de su muerte, García Moreno vaticinó con acierto:

«Después de mi muerte, el Ecuador caerá de nuevo en manos de la revolución; ella gobernará despóticamente bajo el nombre engañoso de liberalismo; pero el Sagrado Corazón de Jesús, a quien he consagrado mi patria, lo arrancará una vez más de sus garras, para hacerla vivir libre y honrada, al amparo de los grandes principios católicos».

Hombre católico

Gabriel García Moreno pudo ser un político verdaderamente católico porque era un hombre católico en verdad. Trabajaba muchas horas cada día, sujetando siempre su horario a una distribución muy estricta, que incluía levantarse a las 5, y tener misa, meditación y examen entre las 6 y las 7. Las vacaciones las pasaba en un pueblecito donde su hermano era párroco. Una vez al año, si podía, hacía una semana de ejercicios espirituales. No solía dar banquetes -ni siquiera cuando fue elegido presidente por primera vez; en aquella ocasión entregó el dinero del banquete a un hospital-, y procuraba en lo posible evitar convites. Estas exageraciones venían aconsejadas por los escándalos precedentes, habituales en la Presidencia del gobierno. No siendo hombre de fortuna personal, cedía parte de su sueldo oficial al erario nacional, y parte a obras benéficas.

Guardaba un talante humilde, y a pesar del ímpetu de su carácter, gastaba una inmensa paciencia para, por ejemplo, conseguir del Congreso la aprobación de buenos presupuestos, obras o leyes. Era, como ya se ha visto, sumamente estudioso, e incluso en sus tiempos de político recibía con frecuencia de Europa obras sobre ciencia, filosofía o historia y, sobre todo de Francia, libros de pensamiento católico. También era dado a la lectura de temas bíblicos o patrísticos, del Magisterio o de autores espirituales.

En una de las últimas páginas de La imitación de Cristo, el libro de Kempis que llevaba siempre consigo, anotó, con ocasión de unos ejercicios espirituales, entre otras normas: «Oración cada mañana, y pedir particularmente la humildad. En las dudas y tentaciones, pensar cómo pensaré en la hora de la muerte. ¿Qué pensaré sobre esto en mi agonía? Hacer actos de humildad, como besar el suelo en secreto. No hablar de mí. Alegrarme de que censuren mis actos y mi persona. Contenerme viendo a Dios y a la Virgen, y hacer lo contrario de lo que me incline. Todas las mañanas, escribir lo que debo hacer antes de ocuparme. Trabajo útil y perseverante, y distribuir el tiempo. Observar escrupulosamente las leyes. Todo ad majorem Dei gloriam exclusivamente. Examen antes de comer y dormir. Confesión semanal al menos»...

García Moreno entrecruzó algunas cartas con el papa Pío IX, que por esos años sufría como él un duro acoso del laicismo militante. En una de ellas, Pío IX le decía: «Sin una intervención divina enteramente especial, sería difícil comprender cómo en tan corto tiempo habéis restablecido la paz, pagado muy notable parte de la deuda pública, duplicado las rentas, suprimido impuestos vejatorios, restaurado la enseñanza, abierto caminos y creado hospicios y hospitales».

Juicios sobre su personalidad política

Las fuerzas que abominan de todo influjo real del cristianismo en la vida pública han visto siempre en Gabriel García Moreno «el máximo representante del oscurantismo clerical», «un dictador sangriento», «un teócrata conducido por los jesuitas», etc. Es normal. Pero también es normal que nosotros aquí demos la palabra a personas más dignas de consideración:

José Luis Váquez Dodero califica a García Moreno de «férreo espíritu, asentado en una sorprendente fisiología... y no sólo el primero y más grande de los ecuatorianos, sino uno de los hombres en verdad extraordinarios que ha producido América... Pocas veces se ha dado un producto tan asombroso de energía física y de energía moral... La insólita personalidad de García Moreno y el fervor con que fue asistido por el pueblo ecuatoriano tentaría a aplicarle el término carisma, con el que quedarían designadas sus maravillosas facultades y la sublimación que los ecuatorianos hicieron de ellas».

El historiador García Villoslada afirma que «la figura de Gabriel García Moreno es en el aspecto político-religioso la más alta y pura y heroica de toda América, y nada pierde en comparación con las más culminantes de la Europa cristiana en sus tiempos mejores. Basta ella sola, aunque faltaran otras, para que la república del Ecuador merezca un brillante capítulo en los anales de la Iglesia».

Los tolerantes no toleran

En 1874 había acuerdo entre las fuerzas políticas para reelegir por un tercer período presidencial a García Moreno. Pero también había un convencimiento generalizado de que sus enemigos no estaban dispuestos a soportarlo más. El 20 de julio le escribía su suegro, Ignacio de Alcázar: «Una vez la secta radical triunfante, la religión será perseguida, las obras públicas y vías de comunicación abandonadas y, sobre todo, la guerra civil ha de ser interminable, debiendo todo esto y mucho más principiar por asesinarte... No veo otro medio de salvarte que salir del país». Todos sus amigos temían lo mismo, y le aconsejaban prudencias y escoltas, sin que él hiciera caso.

Se produjo, finalmente, por mayoría aplastante, la tercera reelección de García Moreno para la Presidencia. Y liberales y masones -siempre tan atentos a la voluntad del pueblo- formaron en seguida un coro mundial de lamentaciones y protestas.

Una vez más la opinión unánime internacional, la misma que consideraba natural que los católicos no pudieran tener voto en Gran Bretaña, o que estimaba necesaria, de alguna manera, la interminable dictadura mexicana del porfiriato, tan favorable a los intereses económicos del capital nacional o extranjero, daba sobre la elección democrática del católico García Moreno su democrática sentencia: intolerable. La prensa liberal de España, La Gaceta de Colonia o la de Bruselas, el secretario de la embajada chilena en Lima, el periódico Monde Maçonique, innumerables voces aquí y allá, con una coincidencia realmente impresionante, venían a exigir el fin del hombre nefasto, absolutamente incompatible, por muy reelegido que fuera, con las democráticas libertades modernas y la civilización occidental.

Tiempo antes, el 26 de octubre de 1873, la prensa del Perú había ya reproducido de la de Guayaquil la crónica detallada de su asesinato en Quito: todos los datos eran falsos, pero se trataba de crear ambiente. García Moreno, por supuesto, era consciente de la conjura, pero seguía negándose a llevar escolta y a tomar medidas mayores de precaución: «Yo prefiero confiar mi guardia a Dios. Lo que dice el salmista: "Si Dios no guarda la ciudad, en vano la guardan los centinelas"».

El 17 de julio de 1875 escribe García Moreno su última carta a Pío IX, comunicándole la reelección: «Ahora que las logias de los países vecinos, instigadas por las de Alemania, vomitan contra mí toda especie de injurias atroces y calumnias horribles, procurando sigilosamente los medios de asesinarme, necesito más que nunca la protección divina para vivir y morir en defensa de nuestra religión santa y de esta pequeña república... ¡Qué fortuna para mí, Santísimo Padre, la de ser aborrecido y calumniado por causa de Nuestro Divino Redentor, y qué felicidad tan inmensa para mí, si vuestra bendición me alcanzara del cielo el derramar mi sangre por el que, siendo Dios, quiso derramar la suya en la Cruz por nosotros!». Y el 4 de agosto le escribe a su amigo Juan Aguirre: «Voy a ser asesinado. Soy dichoso de morir por la santa fe. Nos veremos en el cielo».

Asesinato

El 6 de agosto de 1875, como de costumbre, se levantó a las cinco de la mañana, y fue a la iglesia para la misa de las seis. Sus asesinos, un pequeño grupo impulsado por los escritos incendiarios del liberal Juan Montalvo, le acechaban; pero retrasan su acción, pues al ser primer viernes había gran concurso de fieles. Más tarde, por la mañana, entra García Moreno un momento en la Catedral para hacer una visita al Santísimo. Le avisan que le reclaman fuera.

Cuando sale al sol de la plaza, un tal Rayo le descarga un machetazo en la cabeza, seguido de otros, en tanto que sus cómplices disparan sus revólveres. Fueron en total catorce puñaladas y seis balazos. Acuden algunos soldados al tumulto, y uno de ellos mata de un tiro a Rayo. En su bolsillo se hallaron cheques -por más de «treinta monedas», desde luego- contra el banco del Perú, firmados por conocidos masones.

El cuerpo de García Moreno es introducido en la Catedral, donde recibe, ya agonizante, la Unción sacramental. Al morir llevaba consigo, manchado todo de sangre, una reliquia de la Cruz de Cristo, el escapulario de la Pasión y el del Sagrado Corazón, y el santo Rosario colgado al cuello. También se le halló en el bolsillo un libro muy usado, que llevaba siempre encima: La imitación de Cristo.

Fuentes para este artículo: http://personales.ya.com/meridiano/garciamoreno.htm

domingo, 10 de febrero de 2008

San Ignacio y la caballería medieval

Ignacio nació en el norte de España en 1491 en el Castillo de Loyola. El hijo menor de Don Beltrán, Señor de Oñaz y Loyola, que entró en servicio en la corte del rey Fernando V a los 15 años. Él optó por seguir una carrera militar.
En el sitio de Pamplona, fue herido en la pierna derecha por una bala de cañón. Durante su convalecencia mató el tiempo leyendo la vida de los santos y llegó a comprender que la Iglesia también tenía una milicia para defender los intereses de Dios, el Señor de los ejércitos.
En Montserrat, Ignacio puso su espada en el altar de la Santísima Virgen. Fundó la Compañía de Jesús con el objetivo de la luchar contra el protestantismo, el jansenismo y el neo-paganismo de su tiempo.
Escribió el libro de los Ejercicios Espirituales para formar a sus discípulos. Escogió como lema de su Sociedad: ad majorem Dei gloriam - Todo para mayor gloria de Dios [AMDG].
Murió el 31 de julio de 1556 pronunciando el nombre de Jesús.

A continuación incluimos un comentario de Plinio Correa de Oliveira:

Trataré de describir la nota clave de la obra de San Ignacio, el sentido más profundo de su conversión, que determinará el resto de su vida.
San Ignacio vivió en una época en que la tradición de la caballería medieval seguía existiendo y aún tenía una fuerte influencia. En sus Ejercicios Espirituales se verifica la presencia de esta tradición. Por ejemplo, tomando la parábola del rey que es un gran general y que invita a sus caballeros a luchar con él, San Ignacio hace esta pregunta: "¿Quién sería tan vil como para rechazar una invitación de ese tipo?"
Es una pregunta muy válida y un muy buen argumento para mover espiritualmente a la persona que hace los Ejercicios. Pero lo que me gustaría destacar es el telón de fondo de la escena, que es el ambiente feudal. San Ignacio describía el sistema feudal del vasallaje, en el que un caballero le debe obediencia a su señor, e indica la deslealtad de los nobles que no siguen a su rey. San Ignacio da por hecho que la persona se propone convertirse en un caballero medieval. También en sus Ejercicios Espirituales encontramos otra confirmación de este espíritu; en la meditación sobre los dos estandartes: el de Cristo, nuestro Comandante en jefe, y el de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana.
En la época de San Ignacio, la caballería estaba en decadencia. En su mayoría los estilos y rituales caballerescos seguían siendo los mismos, sin embargo, una parte esencial había cambiado.Me refiero a la dedicación de los caballeros al servicio de Dios, de la Virgen, y de la Santa Iglesia. El ideal de una completa renuncia al mundo, a fin de dedicar la vida por completo a la lucha sobrenatural había fallecido. El caballero de ese tiempo ya no era un caballero de la Iglesia Católica. Su vida estaba dedicada a servir a su rey y su dama. La noción de una caballería sagrada estaba muriendo (En la foto el Papa Paulo III da aprobación de la Compañia de Jesús).
La conversión de San Ignacio tuvo lugar durante ese tiempo. Durante su convalecencia, su primer deseo era leer romances de caballería, pero no había de estos libros en el castillo. Para pasar el tiempo, no le quedó más que leer la vida de los santos, ya que era lo único que había a la mano. Sin embargo, a medida que iba leyendo, se dio cuenta del gran ideal de los santos como guerreros de Dios, y una sublime noción del ideal de caballería se apoderó de su espíritu. Esta sublimación representó, por una parte, el retorno al antiguo ideal sobrenatural de la caballería medieval, y por otra, a un ideal más perfecto de la caballería medieval.
Cuando decidió fundar la Compañía de Jesús, lo hizo pensando hacer una orden de caballería, una orden militar. Compañía de Jesús es el nombre que escogió para su obra. Compañía significa ejército. Quería fundar una orden exclusivamente dirigida a la lucha por la Iglesia, dejando de lado cualquier otra preocupación temporal. Lo que él hizo, fue restaurar la caballería sacra.
La caballería que fundó no tenía el orden sacramental de caballería; tenía el del sacerdocio, es decir, una participación en el sacramento del Orden Sagrado. Los nuevos sacerdotes-guerreros que él preveía, serían un nuevo estilo de combatientes, serían guerreros que no derramarían sangre, pero entrarían en la batalla como respuesta al nuevo método de ataque inaugurado por los enemigos. Lucharían por medio de la palabra: la predicación, la enseñanza, escuchando confesiones y convirtiendo a las personas, con el fin de conquistar el mundo para Nuestro Señor Jesucristo (en la foto, San Ignacio envía a San Francisco Javier a misionar a la India).
Formar una orden religiosa con el espíritu militar fue el ideal de San Ignacio. La Compañía de Jesús es un ejército, su jefe es un general, su jerarquía es militar, la obediencia es militar, la acción es combativa y llevada en un estilo militante.
Esta fue la razón por la cual la compañía de Jesús fue tan combativa – y también tan combatida por los enemigos.
Podemos entender cuán diferente es hoy la Compañía de Jesús cuando la vemos promoviendo todo tipo de reconciliación con los enemigos de la Iglesia.
Pidamos a San Ignacio la restauración de su obra, que ayude a restaurar la Santa Iglesia, inmersa en la enorme crisis en que ella ha caído desde el Vaticano II, y que nos dé su espíritu de combatividad y amor a la causa católica.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

María Antonieta, reina de Francia


Hay ciertas almas que sólo son grandes cuando sobre ellas soplan las ráfagas del infortunio. María Antonieta que fue frívola como princesa, e imperdonablemente despreocupada en su vida de reina, frente a la oleada de sangre y miseria que inundó Francia durante la revolución, se transformó –y no hay historiador que no lo verifique, tomado de respeto– de un modo sorprendente: de la reina surgió una mártir, y de la muñeca una heroína*.
Este es un homenaje a una figura mítica que consideramos admirable por las virtudes y la grandeza de alma que manifestó al final de su corta vida. Ella fue la encarnación de la elegancia, del encanto y de la bondad. Sobre todo, ella representa uno de los últimos vestigios del orden social cristiano anterior a la Revolución Francesa. Un orden, que a pesar de que ya contenía en su seno los gérmenes de la revolución, continuaba siendo cristiano en su esencia y por lo mismo, era un orden legítimo.
* palabras de Plinio Corrêa de Oliveira, 1928.
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