Sin comunicar en sus obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas (Efesios 5, 11)
lunes, 26 de enero de 2015
Cómo los santos luchan contra los enemigos de la Iglesia
lunes, 9 de septiembre de 2013
La pobreza cristiana en las enseñanzas de un Santo
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| La fisonomía inocente y pura que se conserva a lo largo de los años, crece en fuerza y determinación. Es la verdadera suma de las edades. |
jueves, 13 de septiembre de 2012
Ser de estirpe noble es un precioso don de Dios
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| Cuadro que creemos representa a Felipe II y algunos miembros de su corte, (no sabemos quién es el pintor) |
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| N. S. Jesucristo nació noble y es rey |
domingo, 24 de junio de 2012
El Mandamiento de JUZGAR ¡HASTA A LOS ÁNGELES!
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| Ángeles de Bicci di Lorenzo |
lunes, 9 de abril de 2012
La gracia es superior a los bienes de la naturaleza
Dice san Agustín: “Según las palabras del Salvador, el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y la justicia de los elegidos permanecerán; los primeros contienen las obras de Dios, los segundos la imagen de Dios[1]. Enseña santo Tomás, ser cosa más notable conseguir que el pecador vuelva a la gracia que crear el cielo y la tierra[2]. Esta última obra termina en las criaturas contingentes; la gracia nos introduce a participar de la naturaleza inmutable de Dios. Cuando Dios creó las cosas visibles, se construía una morada; cuando da al hombre una naturaleza espiritual, puebla su mansión de servidores; pero cuando le da su gracia, lo adopta en su seno, lo hace hijo suyo, le comunica su vida eterna.
En una palabra, la gracia es un bien sobrenatural, es decir, un bien que ninguna naturaleza creada lo puede poseer por sí misma, ni exigirlo; pues de suyo corresponde únicamente a la naturaleza divina. Tan es así que la mayoría de los teólogos establecen que Dios, a pesar de su omnipotencia, es incapaz de crear un ser al que corresponda la gracia por su misma naturaleza[3]; llegan hasta afirmar que, si una tal criatura se diera en efecto, no se distinguiría de Dios.
A ello se agrega lo que con tanta claridad y frecuencia ha afirmado la Iglesia[4]: ningún hombre, ninguna criatura lleva en sí el germen de la gracia. Como tantas veces lo ha hecho notar san Agustín[5], la naturaleza se refiere a la gracia como la materia inanimada al principio de vida. La materia, como muerta que es en sí misma, no puede darse la vida, debe recibirla de otro cuerpo viviente. Del mismo modo, la criatura racional de suyo no posee la gracia, ni la puede adquirir por su actividad ni por sus méritos; sólo Dios, en su bondad, puede otorgársela, haciendo gala de su poder, envolviendo la naturaleza en su virtud divina.
¿Cuál no será la grandeza de este bien que de tan lejos aventaja a la naturaleza y hasta al poder y los méritos de los mismos ángeles?[6]
Un hombre muy piadoso e instruido afirmó que todas las cosas visibles están infinitamente por debajo del hombre[7]. Observó san Juan Crisóstomo que nada en el mundo es comparable al hombre. Añade san Agustín que prefiere ser justo y santo que hombre o ángel[8], Y santo Tomás agrega que la gracia tiene más valor que el alma.
La gracia supera todas las cosas creadas como Dios mismo, ya que no es otra cosa sino la luz sobrenatural que desde la profundidad de la divinidad se expande sobre la criatura racional. El sol y su luz son inseparables. Si el sol es mucho más precioso y perfecto que la tierra, de suyo oscura, su luz lo será de la misma manera. Con la gracia pasa otro tanto. Nuestra naturaleza es la tierra que recibe los rayos del sol divino, que la penetran y la glorifican; se convierte en una especie de naturaleza divina. Dios, a quien poseemos por la gracia, no encierra únicamente las perfecciones de todas las cosas; es infinitamente más perfecto que todas ellas juntas. Igualmente, la gracia es más preciosa que todos los bienes creados. Se puede afirmar de ella lo que se ha dicho de la Sabiduría: “Ella es superior a los tesoros más preciosos; ninguna cosa, por apetecible que sea, puede comparársele”[9].
Elevemos, pues, nuestras miradas hacia esos tesoros; veamos si deben desdeñarse o si por el contrario son dignos de que los busquemos con todo el ardor de nuestro corazón. Aun cuando poseyéramos todos los bienes de la naturaleza, oro, plata, poderío, reputación, ciencia, artes, todas estas riquezas se esfumarían ante la gracia como un montón de tierra junto a una piedra preciosa. Por el contrario, aunque seamos pobres en absoluto, la gracia de Dios por sí sola nos hace más ricos que todos los reyes de este mundo; poseemos lo mejor que Dios puede darnos. Canta el Salmista: “La misericordia de Dios se extiende sobre todas las criaturas”[10]. Reza la Iglesia en su oración: “… Oh Dios que manifiestas tu poder singularmente al perdonarnos y al usar de misericordia”.
¡Seamos reconocidos a Dios por semejante don! Agradezcámosle porque nos sacó de la nada. Como canta el Salmista, “todas las cosas las ha puesto bajo nuestros pies, las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar”[11]. Es hora de que exclamemos con él: “¿Quién es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que lo visites?”[12]. ¡Cuánto más debemos agradecerle los tesoros sobrenaturales de la gracia y guardarlos con sumo cuidado!
Esa es la razón por la que un sabio teólogo, el Cardenal Cayetano, asegura que no debemos perder de vista los castigos reservados para los que desprecian la gracia. Nuestro castigo será, semejante al de aquellos hombres del Evangelio que, invitados por el rey a su festín, prefirieron su propio interés o su goce. También nosotros, atolondrados e ingratos, despreciamos la invitación al festín de Dios, para ceder luego a la invitación del mundo y del demonio, que con sus viles placeres nos vendan los ojos. El demonio nos da cosas harto inferiores a las de Dios; no lo hace para que seamos felices, sino para perdemos. Dios, con liberalidad y por amor, nos da una piedra de valor incalculable, en tanto que el demonio, con avaricia y por odio, nos da una moneda resplandeciente, pero vil. Se necesita ser loco para abandonar la piedra preciosa y comprar esta moneda falsa, con la que nos arruinamos.
La distancia inconcebible que hay entre la gracia y los bienes de la naturaleza no solamente debe impedirnos la pérdida de aquélla por el pecado mortal, sino que debe impulsarnos a practicar con empeño las virtudes que aumentan la gracia en nosotros. Te concedo que nada pierdes con dejar la misa negligentemente entre semana, con omitir una oración no impuesta o una obra de misericordia, de mortificación, de humildad; con todo, no puedes negar que es una pérdida incalculable para ti el no aumentar tu capital cuando tan fácilmente lo podrías conseguir, puesto que el menor grado de gracia excede en valor a todos los bienes de este mundo.
Si a un avaro le fuera dado ganar, mediante un ayuno o una oración, toda una flota, cargada de tesoros de la India, ¿quién sería capaz de impedirle esas prácticas? ¿Creéis que le detendrían las reflexiones acerca de lo pesado de su obra o del peligro a que exponía su salud? ¿Con qué derecho entonces nos apoyamos en motivos parecidos, siendo así que se trata de una recompensa, cuya menor parte supera infinitamente a todos los tesoros de la India, a todos los mundos juntos? A pesar de todo, ¡qué lentos somos para extender la mano, para imponemos la molestia de dar vuelta a un campo que en seguida produciría espigas de oro! Bastaría un suspiro, una lágrima, una buena resolución, un deseo piadoso, la sola invocación de Cristo, un gesto de amor, una súplica. Quién nos diera el imprimir bien profundamente en nuestro corazón las maravillas de la gracia, el repetir con una convicción profunda y viva estas palabras de un piadoso doctor: La gracia es la soberana y la reina de la naturaleza[13].
M.J. Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, cap. II
[1] In Ioannem, tr. 72, 3.
[2] S. Th., I, II, q. 113, a. 9.
[3] Por ejemplo, SUÁREZ, De divina substantia, l. II, c. 9.
[4] San Celestino I. De gratia Dei indiculus. Segundo concilio de Orange. Concilio de Trento.
[5] Serm. 62, n. 2; 65, n. 3; 156, n. 6. In ps. 70, enarr. 2, n. 3; De Genesi ad lit., l. X, c. 6, n. 10.
[6] San Agustín, De civit. Dei, l. XII, c. 9. Santo Tomás, I, q. 62, a. 2.
[7] LESSIUS, De div. Perf., l. 1, c. 1.
[8] Serm. 15. De verbis Apostoli.
[9] Proverbios, VIII, 2.
[10] Salmo, CXLIV, 9.
[11] Salmo VIII, 7-9.
[12] Salmo VIII, 5.
[13] Gerson, Serm. de circumc.
domingo, 25 de marzo de 2012
Del lamentable desprecio que los hombres hacen de la gracia
La gracia de Dios es un destello de la bondad divina que, viniendo del cielo al alma, la llena, hasta sus profundidades, de una luz tan dulce y a la vez tan potente que embelesa el mismo ojo de Dios; se convierte en objeto de su amor y se ve adoptada como esposa y como hija, para ser finalmente elevada, sobre todas las posibilidades de la naturaleza. De esta suerte, en el seno del Padre celestial, junto al Hijo divino, participa el alma de la naturaleza divina, de su vida, de su gloria y recibe en herencia el reino de su felicidad eterna.
Estas palabras, cada una de las cuales anuncia una nueva maravilla, exceden con mucho el alcance de nuestra razón. Ni debemos extrañarnos de no podernos formar una idea acerca de estos bienes, siendo así que los mismos ángeles, aun poseyéndolos, apenas pueden apreciar su valor. Fijas sus miradas en el trono de la misericordia divina, no pueden hacer otra cosa que adorar con el mas profundo respeto, si es que no se asombran otro tanto al considerar nuestra locura, al ver que tan poco estimamos la gracia de Dios y somos tan negligentes para procurarla, como fáciles para rechazarla. Lloran nuestro infortunio cuando por el pecado perdemos esta dignidad celeste a la que Dios nos había elevado. Estábamos sobre los ángeles y ahora nos encontramos en el fondo del abismo, entre las bestias y los demonios. ¡Como estaremos de endurecidos, insensatos, que apenas lo sentimos!
Enseña el Ángel de la Escuela que el mundo entero, con todo lo que contiene, a los ojos divinos tiene menos valor que un solo hombre en estado de gracia[1]. San Agustín va más lejos y afirma que el cielo y todos los coros los ángeles no pueden comparársele[2]. El hombre debiera estar más reconocido a Dios por la menor gracia que si recibiera la perfección de los espíritus puros o el dominio de los mundos celestiales. ¿Cómo no ha de aventajar entonces la gracia a todos los bienes de la tierra?
A pesar de todo, se le prefiere cualquiera de estos bienes y se la canjea, ¡sacrilegio horrendo!, con los más abominables; ¡se juega con ella, se burla de ella!
No se avergüenzan los hombres de sacrificar a la ligera esta plenitud de bienes que Dios nos ofrece a una consigo mismo. ¡Y todo por no tenerse que privar de una mirada impura! Más insensatos que Esaú, venden su herencia por el miserable goce de un instante. ¡Y eso que sobrepujaba en valor a todo el mundo!
Asombraos, cielos; puertas del empíreo, declaraos en duelo[3].
¿Quien sería tan temerario e insensato que, para procurarse un breve deleite, hiciera desaparecer el sol del mundo, y decretara la caída de las estrellas e introdujera la confusión en todos los elementos? ¿Quién osaría sacrificar todo el mundo a un capricho, a una codicia? ¿Qué supone la pérdida del mundo en comparación de la pérdida de la gracia? ¡Y pensar que esto se lleva a cabo con tanta facilidad y frecuencia! Tal hecho acontece, no digo a diario, ¡sino a cada instante y en muchísimos hombres! ¿Cuántos son los que se esfuerzan por impedirlo sea en si mismos sea en otros? ¿Cuántos los que se entristecen y lloran por ello?
Nos estremecemos cuando se oscurece el sol por un instante, cuando un terremoto devasta una ciudad, cuando una epidemia siega a hombres y animales. Sin embargo se da algo mucho más terrible y más triste, que se repite a diario sin que nos conmovamos: el que tantos hombre pierdan de continuo la gracia de Dios y desprecien las ocasiones mas favorables de procurarla y acrecentarla.
Temblaba Elías ante la conmoción de la montana[4]; el profeta Jeremías estaba inconsolable en vista de la destrucción de la ciudad santa; el derrumbe del bienestar de Job sumergió a sus amigos, durante siete días, en un dolor mudo. ¡Lloremos nuestra desdicha! Nunca será suficientemente intenso nuestro duelo, si hemos llegado a destruir en nuestra alma el paraíso de la gracia. Pues en tal caso, perdemos el reflejo de la naturaleza divina; nos privamos de la reina de las virtudes, la caridad, con todos los efectos sobrenaturales; arrojamos de nosotros los dones del Espíritu Santo y al mismo huésped celestial; rechazamos nuestra filiación divina, las ventajas de la amistad de Dios, el derecho a su herencia, el fruto de los sacramentos y de nuestros méritos; en una palabra, desechamos a Dios, el cielo, la gracia con todos sus tesoros.
El alma que pierde la gracia puede aplicarse a sí propia la lamentación de Jeremías sobre Jerusalén: ¿Cómo el Señor, en su cólera, ha cubierto de una nube a la hija de Sion? Ha precipitado del cielo sobre la tierra la magnificencia de Israel; en el día de su cólera no se acordó del escabel de sus pies. El Señor ha destruido sin piedad la morada espléndida de Jacob[5]. ¿Dónde encontrar a quien reflexione en su infortunio, al que se lamente, al que se ponga en guardia contra nuevos pecados? Toda la tierra fue cubierta de destrucción, porque no se encontró una persona que se inquietara[6].
Salta a la vista que amamos poco nuestra verdadera dicha y que apenas reconocemos el amor infinito con que Dios nos previene y los tesoros que nos ofrece. Obramos como aquellos israelitas a los que Dios quería sacar de la esclavitud de Egipto y del árido desierto, para llevarlos a un país en el que fluían leche y miel. Despreciaron este don inmerecido; desdeñaron hasta la mano que Dios les tendía en el camino, le devolvieron las espaldas y ansiaron nuevamente “las ollas de carne de Egipto”[7]. La tierra de promisión era una imagen del cielo prometido por Dios a sus elegidos; el maná significaba la gracia de que debemos alimentarnos y tomar fuerzas en el camino de la patria celestial. Si ya entonces levantó Dios su mano vengadora contra los que despreciaban un país tan bello, tan apetecible, y los hizo perecer en el desierto[8], ¿cuál será el precio que deberemos pagar nosotros por haber despreciado el cielo y la gracia?
Causa de este deplorable menosprecio es que nuestros sentidos nos dan una idea demasiado alta de los bienes perecederos, y nuestro conocimiento de los bienes eternos es sobrado superficial. Consideremos con más atención estos dos extremos y procuremos reparar nuestro error. El aprecio de los bienes celestiales aumentará en nosotros en la misma medida en que baje el aprecio de los bienes terrenos[9]. Acerquémonos todo lo posible a esta fuente inagotable de la gracia divina; esas riquezas robarán nuestra atención y harán que despreciemos los bienes de la tierra. En esa forma, aprenderemos a estimarla. “Aquel que venera y alaba la gracia —dice San Juan Crisóstomo— la guardará y vigilará celosamente”[10].
Comencemos, pues, con la ayuda de Dios, la alabanza de la gloria de su gracia[11].
Dios todopoderoso y bueno, Padre de las luces y de las misericordias, de quien procede todo don[12], Tú que, según el designio de tu voluntad nos has adoptado por la gracia, que desde el principio del mundo escogiste y predestinaste para nosotros a tu Hijo, para que como hijos tuyos seamos santos e inmaculados en tu presencia con un santo amor [13], concédenos el espíritu de sabiduría y de revelación, aclara los ojos de nuestro corazón, y así conoceremos la esperanza de tu elección, las riquezas de la gloria de tu herencia en tus santos[14]. Dame luz y fuerza, para que consiga no disminuir con mis palabras este don de la gracia, por la cual tú arrancas a los hombres del polvo de su raza mortal y los adoptas en tu divina familia.
Señor Jesucristo, Salvador nuestro, Hijo de Dios vivo, por tu sangre divina derramada para salvarnos y restituirnos gracia, haz que logre mostrar, según mis débiles fuerzas, el valor inestimable de esa gracia comprada por ti a semejante precio.
Y tú, Espíritu supremo y santo, sello y prenda del divino amor, huésped santificador de nuestra alma, por quien la gracia y la caridad se derraman en nuestro corazón, tú, que mediante tus siete dones las nutres y las sostienes y que jamás das la gracia sin que te des a ti mismo, revélanos su esencia y su valor inapreciable.
Santa Madre de Dios, Madre de la divina gracia, haz que pueda mostrar a los hombres, convertidos por la gracia en hijos de Dios e hijos tuyos, los tesoros por los cuales ofreciste a tu divino Hijo.
Santos ángeles, espíritus glorificados por el resplandor de la gracia divina, y vosotras, almas santas, de pasasteis de este destierro al seno del Padre celestial, todos cuantos allá arriba gozáis del fruto de la gracia, ayudadme con vuestras plegarias para que, disipadas las nubes que ocultan a mis ojos y a los ojos de los demás el sol de la gracia, luzca éste en todo su brillo y, por su resplandor, despierte en nuestros corazones el amor y la nostalgia de la vida imperecedera.
Continuará…
[1] Santo Tomás, Suma Teológica, I, II, q 113, a. 9, ad 2. Acerca de la gracia en general, véanse las cuestiones 109 a 114 de la misma parte
[2] Ad Bonif., c. II, epist. I. 2, c. 6.
[3] Jeremías, II, 12.
[4] Libro tercero de los Reyes, XIX, 11. Dios sacudía la montaña ante Elías, para mostrarle que no se halla en la agitación.
[5] Lamentaciones, II, 1-2.
[6] Jeremías, XII, 11.
[7] Éxodo, XVI, 3.
[8] Salmo, CV, 26.
[9] San Bernardo, In ascensione Domini, s. 3, n. 7.
[10] In Ephes., Homil. I, n. 3.
[11] Efesios, I, 6.
[12] Epístola de Santiago, I, 12.
[13] Efesios, I, 4-6.
[14] Efesios, I, 17-18.




