Mostrando entradas con la etiqueta Verdades Olvidadas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Verdades Olvidadas. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de enero de 2015

Cómo los santos luchan contra los enemigos de la Iglesia

SANTO TOMÁS DE AQUINO, el doctor Angélico, llamó a Guillermo del Santo Amor y a sus secuaces: “Enemigos de Dios, ministros del diablo, miembros del Anticristo, enemigos de la salvación del género humano, difamadores, réprobos, perversos, ignorantes, iguales a Faraón”.

SAN GREGORIO MAGNO dijo de Juan, obispo de Constantinopla, que tenía “un profundo y nefando orgullo, la soberbia de Lucifer, fecundo en palabras necias, vanidoso y escaso de inteligencia”.

SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA llamaba a los herejes de: “bestias feroces – lobos rapaces – canes dañados que atacan traidoramente – bestias con rostros de hombre – yerbas del diablo, plantas destinadas al fuego eterno”.

SAN FRANCISCO DE SALES dice: “Los enemigos declarados de Dios y de la Iglesia deben ser difamados tanto cuanto se pueda, desde que no se falte a la verdad, siendo obra de caridad gritar ‘he ahí el lobo’ cuando está entre el rebaño o en cualquier lugar donde sea encontrado”.

SAN BERNARDO, el doctor Melifluo, dice de Arnaldo de Brescia: “Desordenado, vagabundo, impostor, vaso de ignominia, escorpión vomitado de Brescia, visto con horror en Roma, con abominación en Alemania, desdeñado por el Romano Pontífice, alabado por el diablo, obrador de iniquidades, devorador del pueblo, boca llena de maldición, sembrador de discordias, fabricador de cismas, lobo feroz”.

De SAN JERÓNIMO, doctor Máximo de las Escrituras: “jamás perdoné a los herejes y empleé todo mi celo en hacer de los enemigos de la Iglesia mis enemigos personales”.

SAN BUENAVENTURA, el doctor Seráfico, dice del heresiarca Geraldo: “Protervo, calumniador, loco, envenenador, ignorante, embustero, malvado, insensato, pérfidos”.


SAN POLICARPO de Smirna, discípulo del apóstol San Juan, responde a Marciano, hereje docetista, que le preguntaba si lo conocía: “Sí, sin duda, eres el primogénito de Satanás”.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La pobreza cristiana en las enseñanzas de un Santo

En 1858, con sólo 23 años de edad, el seminarista Giuseppe Melchiore Sarto, futuro San Pío X, fue ordenado sacerdote y designando para la parroquia de Tombolo, de 1500 almas, en el distrito Trentino, en Italia.

Mientras ejercía su munus sacerdotal en esa parroquia, falleció una señora rica, gran bienhechora de la iglesia Isabel Viani, cuyo elogio fúnebre fue hecho por el Padre Sarto.

La fisonomía inocente y pura que se conserva a lo largo de los años,
crece en fuerza y determinación. Es la verdadera suma de las edades.
El concepto de pobreza evangélica enunciado por el futuro Santo en ese sermón es particularmente digno de nota como reflejo auténtico de la doctrina de la Iglesia. No pudiendo transcribir aquí en su íntegra su bello panegírico, me limito a la parte en que trata del concepto de la probreza cristiana. Nótese que la señora fallecida era muy rica. Los subrayados son míos.

* * *

“Y no extrañéis, Señores, si os afirmo que ella fue pobre (…). En medio de tantas especies de pobreza que vemos sobre la Tierra, no hay sino una digna de los carismas celestes, capaz de conquistar la estima y el amor de las almas virtuosas y perfectas.

“No pretendo aquí comentar aquella necesaria e inevitable falta de bienes a que son condenados todos los que nacen en familias necesitadas, en las cuales faltan todos los medios para mejorar su estado. Esas, para ser dignas de alabanza, deben con paciencia transformar en virtud la inevitable necesidad.

“No hablo tampoco de aquellos que vemos errar por las calles y que, debajo de sus harapos de pobres, esconden riquezas de deseos.

“Hablo sí de aquellos que siguen la ley del espíritu y de la verdad, que no exige el sacrificio material y efectivo de sus bienes. Hablo sí de aquellos que, en la abundancia de todas las cosas, renuncian moralmente con el afecto y con la voluntad a cuantos bienes puede ofrecer la Tierra.

“Esta es la pobreza que tiene origen en los ejemplos y en la doctrina de Jesucristo. Pobreza que, en el Sermón de la Montaña, obtuvo, entre las bienaventuranzas, el primer lugar y las primeras honras (*).

“Pobreza que, con su gracioso aspecto, supo cautivar la gran alma de Isabel Viani, que durante toda su vida no tuvo un solo acto de complacencia, y diré mejor, una sola mirada para su grandeza terrena” (D. Fray Vitorino Facchinetti, O.F.M, Pío X, Editora Vozes, Petrópolis, 1945, p. 73).

(*) El Padre Sarto se refiere aquí a la bienaventuranza expresada en el Evangelio de San Mateo (5,3): “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.


jueves, 13 de septiembre de 2012

Ser de estirpe noble es un precioso don de Dios


I parte[1]

1. La nobleza es un don de Dios

De la alocución de Pío IX al patriciado y a la nobleza romana del 17 de junio de 1871:

Cuadro que creemos representa a Felipe II y algunos miembros de su corte,
(no sabemos quién es el pintor)
Cierto día un cardenal príncipe romano le presentaba un sobrino suyo a uno de mis Predecesores, el cual profirió, en dicha ocasión, una justa sentencia: los tronos se mantienen principalmente por obra de la nobleza y del clero. No se puede negar que la nobleza es también un don de Dios, y aunque nuestro Señor quiso nacer humildemente en un establo, se lee, sin embargo, al inicio de dos evangelios, una larga genealogía suya [que muestra] que Él desciende de príncipes y reyes. Usad dignamente este privilegio, manteniendo inviolable el principio de la legitimidad. …

Por lo tanto, seguid usando bien esta prerrogativa y será un uso nobilísimo el que de ella podáis hacer en favor de aquellos que, perteneciendo a vuestra clase, no siguen vuestros principios. Algunas palabras afectuosas de buenos amigos podrán mucho en sus ánimos y más aún podrán vuestras oraciones. Soportad con ánimo generoso los disgustos con que os podáis encontrar. Que Dios os bendiga durante toda vuestra vida, como lo ruego de todo corazón[2].

2. Nuestro Señor Jesucristo quiso nacer noble; Él mismo amó la aristocracia

De la alocución de Pío IX al patriciado y a la nobleza romana del 29 de diciembre de 1872.

El propio Jesucristo amó la aristocracia y, si no me equivoco, ya en otra ocasión, os he manifestado esta idea. También Él quiso nacer noble, de la estirpe de David, y su Evangelio nos hace conocer su árbol genealógico, hasta José, hasta María, ‘de natus qua est Jesus’.

Por lo tanto, la aristocracia, la nobleza, es un don de Dios. Por eso, conservadlo diligentemente, usadlo dignamente. Vosotros ya lo hacéis con las obras cristianas y caritativas, a las cuales os dedicáis continuamente con tanta edificación del prójimo y con tanto provecho para vuestras almas[3].

3. La nobleza de nacimiento es, en apariencia, un hecho fortuito, pero proviene, en realidad, de una benigna disposición del cielo

De la alocución de León XIII al patriciado y a la nobleza romana del 21 de enero de 1897.

N. S. Jesucristo nació noble y es rey
Nos alegra el alma volveros a ver después de un año en este mismo lugar, hermanados por la consonancia de pensamientos y afectos que os honran. Nuestra caridad no conoce ni debe conocer acepción de personas, pero no puede ser censurada si se complace particularmente en vosotros, precisamente por comprender el grado social que os ha sido asignado, en apariencia por un hecho fortuito, pero en realidad por benigna disposición del cielo. ¿Cómo negar un particular respeto a la nobleza de linaje, si el divino Redentor mostró con los hechos tenerla en tanta estima? Es verdad que adoptó la pobreza en su peregrinación terrenal, que no quiso nunca a la riqueza por compañera; pero, por otro lado, eligió una estirpe real para nacer.

Os recomendamos estas cosas, amados hijos, no para adular un orgullo insensato, sino para alentaros a obrar de un modo digno de vuestra categoría. Cada individuo o cada clase de individuos tienen su función y su valor; del ordenado concierto de todos emana la armonía del consorcio humano. Es innegable, sin embargo, que en los órdenes privado y público la aristocracia de sangre es una fuerza especial, como el patrimonio y el talento. Si no estuviese de acuerdo con los procedimientos de la naturaleza, no habría sido, como fue en todos los tiempos, una de las leyes moderadoras de los hechos humanos; de donde no es ilógico deducir, argumentando con el pasado, que por más que los tiempos cambien nunca dejará de tener eficacia un nombre ilustre para quien sepa llevarlo dignamente[4].

Continuará. Siguiente publicación: 4. Jesucristo quiso nacer de estirpe real; 5. Nuestro Señor Jesucristo quiso nacer pobre, pero quiso también tener una insigne vinculación con la aristocracia; 6. María, José, y por tanto Jesús, nacieron de estirpe real



[1] Plinio Correa De Oliveira, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al patriciado y a la nobleza romana, Ed. Santiago Apóstol S.A. 1993, Santiago de Chile, Tomo I, Parte III, Documentos IV, pp. 287-288.
[2] Discorsi del Sommo Pontefice Pio IX, Tipografía di G. Aurelj. Roma, 1872, vol. I, p. 127.
[3] Discorsi del Sommo Pontefice Pio IX, Tipografía di G. Aurelj. Roma, 1872, vol. II, p. 148.
[4] Leonis XIII Pontificis Maximi Acta, Ex Typhographia Vaticana, Romae, 1898, vo. XVII, pp. 357-359.

domingo, 24 de junio de 2012

El Mandamiento de JUZGAR ¡HASTA A LOS ÁNGELES!


Ángeles de Bicci di Lorenzo

Don Francisco Delafuente
Es muy común escuchar en los “ambientes católicos” que no debemos juzgar, citando maliciosa y falsamente a Mateo 7, 1 que dice “No juzguéis para que no seáis juzgados”. Y bajo esta palabra talismán del “no debemos juzgar” se neutraliza la sana reacción frente a los obradores de iniquidad que así pueden impunemente prevalecer y esparcir sus malas obras, sus malas doctrinas, sus conspiraciones. Maliciosa estratagema es esta, porque tomada en su falso contexto, hace creer que no se puede juzgar a los hombres y sus acciones. Sin embargo, en el contexto de la Escritura, se comprende que el “no juzguéis” se refiere al juicio injusto, al juicio temerario, al juicio falso, al juicio mal intencionado y no al juicio recto, que es el fundamento de toda justicia. De no ser así, sería imposible una sociedad justa y verdaderamente cristiana.
1 Corintios 6, 3: “¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¡Cuánto más hemos de juzgar asuntos de esta vida!”.
Todos aquellos que se hacen falsos jueces amargos en prohibir juicios justos, en esta vida, sobre TODAS LAS COSAS, de las cuales, y por su conocimiento cierto y evidente, pueden y deben juzgarse; no se dan cuenta que están prohibiendo el juicio no sólo que castiga, anatemiza y condena; sino también el que perdona, que indulta, que repara, que enmienda y que pacifica armoniosamente el orden público y restaura el bien común.
Que hemos de JUZGAR TODAS LAS COSAS lo confirma el Apóstol cuando dice:
1 Corintios 2, 15: “En cambio, el que es espiritual juzga todas las cosas...”.
Y si no fuera necesario juzgar, no se podría CORREGIR AL QUE YERRA, como manda la tercera de las siete obras de misericordia espirituales que nos manda la Santa Iglesia Católica. Y, por lo mismo, no diría autoritativamente Nuestro Señor:
Mateo 18, 15: “Y si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas...”.
Porque si no se juzgara previamente; no se podría aplicar sobre el juicio las virtudes de la discreción, la humildad y la mansedumbre en procura de mejorar (en el caso del que merece un juicio desfavorable) y hacer que “escuche” y entienda aquel que recibirá, a partir del juicio, el aviso caritativo, la corrección fraterna contra sus pecados o imperfecciones. Y por eso el Apóstol, sobre la base de un buen juicio, aconseja restaurar con mansedumbre:
Gálatas 6, 1: “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándose a sí mismo, no sea que vosotros también seáis tentados”.
Es cierto que es el hombre de mala voluntad, falto de humildad y juzgador temerario ―porque, o se es juez justo, o se es juez malo― no acepta la justicia cuando se vuelve contra sí mismo y sus mezquinos intereses. En cambio aquel que es verdadero cristiano; no sólo acepta, sino que pide ser ajusticiado; tal como dice el Salmista:
Salmos 141, 5: “Que el justo me hiera con bondad y me reprenda; será aceite sobre la cabeza; no lo rechace mi cabeza, pues todavía mi oración es contra las obras impías”.
Pero para el pecador, que se hace un dios a su medida y no quiere oír; sufrirá las mismas palabras de Jesucristo cuando, persiguiendo al que bien juzga, intenta juzgarlo a Él mismo, al Juez justo. Porque todo juicio verdadero que se intenta abolir o aniquilar; no atenta contra el hombre; sino contra Dios; Jesucristo, la Verdad.
¡Qué tarde será cuando comprenda! De los que son como dice el Proverbio:
Proverbios 28, 5: “Los hombres malvados no entienden de justicia, mas los que buscan al Señor lo entienden todo”.
Dios nos dio buen juicio para juzgar las cosas buenas como buenas, y las malas como malas. ¡Y Ay del que juzgue subversivamente! ¡Ay del que lavándose las manos, como Poncio Pilatos, no juzgare justamente o prohibiera el juicio justo, utilizando y, por cambiar el sentido, profanando las Palabras Eternas de Nuestro Señor Jesucristo! Porque si Dios dijo “No Juzguéis” (Mt. 7, 1 y Lc. 6, 37) lo dijo en el sentido que siempre supo resguardar y mantener la Santa Iglesia Católica con todos sus verdaderos discípulos: Aquellos que siempre obedecieron, obedecen y obedecerán el mandato de JUZGAR bien. Porque Cristo preserva de un posible error el Mandamiento de Juzgar TODAS LAS COSAS, no por el juez que se reconoce y es católico; sino por lo juzgado que no puede, a veces, llegar a reconocerse plenamente... Por eso la Iglesia enseña que Jesús prohíbe el juicio temerario; no el juicio, ni el juez. Porque juicioso y juez justo es todo buen católico. Y por ello mismo, explican los Padres de la Iglesia y demás exégetas:
San Ambrosio: “Añade el Señor que no debemos juzgar temerariamente, con el fin de que conociendo tu propio delito, no te atrevas a dar tu parecer sobre otro. Por lo que dice: ‘No juzguéis’”.
San Jerónimo: “Jesucristo no mandó no juzgar; sino que mandó juzgar bien. Mas, si prohíbe juzgar, ¿cómo San Pablo juzga al incestuoso de Corinto (1 Cor 5), y San Pedro acusa de mentira a Ananías y Sáfira (Hch. 4)?”.
San Juan Crisóstomo: “Por eso no dijo: ‘No dejes descansar el pecado’, sino más bien: ‘No juzgaréis’, esto es, no seas amargo juez. Corrige, sí, pero no como enemigo que busca la venganza, sino como médico que brinda la medicina”.
Por eso mismo, porque es Jesucristo quien nos lo ordena: ¡Juzgad, Juzgad y Juzgad! Escuchadlo, Oh cristianos fieles, ustedes que juzgarán hasta a los mismos ángeles, de su propia Boca Sagrada:
Proverbios 31, 9: “Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado”.
Génesis 31, 37: “Que juzguen...”.
Éxodo 18, 22: “Juzgad al pueblo en todo tiempo...”.
Deuteronomio 1,16: “Oigan los pleitos entre sus hermanos, y juzguen justamente...”.
Deuteronomio 25, 1: “Cuando haya pleito entre algunos y acudan al tribunal para que los juzguen, absolverán al justo y condenarán al culpable”.
Zacarías 7, 9: “Así ha dicho el Señor de los Ejércitos: ‘Juicio verdadero juzguen, y misericordia y compasión practique cada uno con su hermano’”.
Zacarías 8, 16: “Díganse la verdad unos un otros, juzguen con verdad y juicio de paz”.
Jeremías 21, 12: “Casa de David, así dijo el Señor: ‘Juzgad de mañana juicio, y librad al oprimido de mano del opresor; para que mi ira no salga como fuego...’”.
Isaías 5, 3: “...Juzguen entre Mí y Mi viña”.
1 Corintios 10, 15: “Os hablo como a sabios; juzgad vosotros lo que digo”.
1 Corintios 11, 13: “Juzgad vosotros mismos: ¿es propio que la mujer ore a Dios con la cabeza descubierta?”.
1 Corintios 14, 29: “...Los demás juzguen”.
Hechos 4, 19: “Ustedes mismos juzguen si es justo delante de Dios obedecer al hombre antes que obedecer a Dios”.
Juan 7, 24: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con juicio justo”.
1 Corintios 6, 3: “¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¡Cuánto más hemos de juzgar asuntos de esta vida!”.
Publicado originalmente en La Puerta Angosta

lunes, 9 de abril de 2012

La gracia es superior a los bienes de la naturaleza

Examinemos primeramente la gracia en su aspecto menos noble. Aun así, opinan los teólogos, es infinitamente superior a todas las cosas naturales.
El más insignificante grado de gracia tiene infinito más valor que el conjunto de toda la naturaleza creada, material y espiritual sumadas

Dice san Agustín: “Según las palabras del Salvador, el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y la justicia de los elegidos permanecerán; los primeros contienen las obras de Dios, los segundos la imagen de Dios[1]. Enseña santo Tomás, ser cosa más notable conseguir que el pecador vuelva a la gracia que crear el cielo y la tierra[2]. Esta última obra termina en las criaturas contingentes; la gracia nos introduce a participar de la naturaleza inmutable de Dios. Cuando Dios creó las cosas visibles, se construía una morada; cuando da al hombre una naturaleza espiritual, puebla su mansión de servidores; pero cuando le da su gracia, lo adopta en su seno, lo hace hijo suyo, le comunica su vida eterna.

En una palabra, la gracia es un bien sobrenatural, es decir, un bien que ninguna naturaleza creada lo puede poseer por sí misma, ni exigirlo; pues de suyo corresponde únicamente a la naturaleza divina. Tan es así que la mayoría de los teólogos establecen que Dios, a pesar de su omnipotencia, es incapaz de crear un ser al que corresponda la gracia por su misma naturaleza[3]; llegan hasta afirmar que, si una tal criatura se diera en efecto, no se distinguiría de Dios.

A ello se agrega lo que con tanta claridad y frecuencia ha afirmado la Iglesia[4]: ningún hombre, ninguna criatura lleva en sí el germen de la gracia. Como tantas veces lo ha hecho notar san Agustín[5], la naturaleza se refiere a la gracia como la materia inanimada al principio de vida. La materia, como muerta que es en sí misma, no puede darse la vida, debe recibirla de otro cuerpo viviente. Del mismo modo, la criatura racional de suyo no posee la gracia, ni la puede adquirir por su actividad ni por sus méritos; sólo Dios, en su bondad, puede otorgársela, haciendo gala de su poder, envolviendo la naturaleza en su virtud divina.

¿Cuál no será la grandeza de este bien que de tan lejos aventaja a la naturaleza y hasta al poder y los méritos de los mismos ángeles?[6]

Un hombre muy piadoso e instruido afirmó que todas las cosas visibles están infinitamente por debajo del hombre[7]. Observó san Juan Crisóstomo que nada en el mundo es comparable al hombre. Añade san Agustín que prefiere ser justo y santo que hombre o ángel[8], Y santo Tomás agrega que la gracia tiene más valor que el alma.

La gracia supera todas las cosas creadas como Dios mismo, ya que no es otra cosa sino la luz sobrenatural que desde la profundidad de la divinidad se expande sobre la criatura racional. El sol y su luz son inseparables. Si el sol es mucho más precioso y perfecto que la tierra, de suyo oscura, su luz lo será de la misma manera. Con la gracia pasa otro tanto. Nuestra naturaleza es la tierra que recibe los rayos del sol divino, que la penetran y la glorifican; se convierte en una especie de naturaleza divina. Dios, a quien poseemos por la gracia, no encierra únicamente las perfecciones de todas las cosas; es infinitamente más perfecto que todas ellas juntas. Igualmente, la gracia es más preciosa que todos los bienes creados. Se puede afirmar de ella lo que se ha dicho de la Sabiduría: “Ella es superior a los tesoros más preciosos; ninguna cosa, por apetecible que sea, puede comparársele”[9].

Elevemos, pues, nuestras miradas hacia esos tesoros; veamos si deben desdeñarse o si por el contrario son dignos de que los busquemos con todo el ardor de nuestro corazón. Aun cuando poseyéramos todos los bienes de la naturaleza, oro, plata, poderío, reputación, ciencia, artes, todas estas riquezas se esfumarían ante la gracia como un montón de tierra junto a una piedra preciosa. Por el contrario, aunque seamos pobres en absoluto, la gracia de Dios por sí sola nos hace más ricos que todos los reyes de este mundo; poseemos lo mejor que Dios puede darnos. Canta el Salmista: “La misericordia de Dios se extiende sobre todas las criaturas”[10]. Reza la Iglesia en su oración: “… Oh Dios que manifiestas tu poder singularmente al perdonarnos y al usar de misericordia”.

¡Seamos reconocidos a Dios por semejante don! Agradezcámosle porque nos sacó de la nada. Como canta el Salmista, “todas las cosas las ha puesto bajo nuestros pies, las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar”[11]. Es hora de que exclamemos con él: “¿Quién es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que lo visites?”[12]. ¡Cuánto más debemos agradecerle los tesoros sobrenaturales de la gracia y guardarlos con sumo cuidado!

Esa es la razón por la que un sabio teólogo, el Cardenal Cayetano, asegura que no debemos perder de vista los castigos reservados para los que desprecian la gracia. Nuestro castigo será, semejante al de aquellos hombres del Evangelio que, invitados por el rey a su festín, prefirieron su propio interés o su goce. También nosotros, atolondrados e ingratos, despreciamos la invitación al festín de Dios, para ceder luego a la invitación del mundo y del demonio, que con sus viles placeres nos vendan los ojos. El demonio nos da cosas harto inferiores a las de Dios; no lo hace para que seamos felices, sino para perdemos. Dios, con liberalidad y por amor, nos da una piedra de valor incalculable, en tanto que el demonio, con avaricia y por odio, nos da una moneda resplandeciente, pero vil. Se necesita ser loco para abandonar la piedra preciosa y comprar esta moneda falsa, con la que nos arruinamos.

La distancia inconcebible que hay entre la gracia y los bienes de la naturaleza no solamente debe impedirnos la pérdida de aquélla por el pecado mortal, sino que debe impulsarnos a practicar con empeño las virtudes que aumentan la gracia en nosotros. Te concedo que nada pierdes con dejar la misa negligentemente entre semana, con omitir una oración no impuesta o una obra de misericordia, de mortificación, de humildad; con todo, no puedes negar que es una pérdida incalculable para ti el no aumentar tu capital cuando tan fácilmente lo podrías conseguir, puesto que el menor grado de gracia excede en valor a todos los bienes de este mundo.

Si a un avaro le fuera dado ganar, mediante un ayuno o una oración, toda una flota, cargada de tesoros de la India, ¿quién sería capaz de impedirle esas prácticas? ¿Creéis que le detendrían las reflexiones acerca de lo pesado de su obra o del peligro a que exponía su salud? ¿Con qué derecho entonces nos apoyamos en motivos parecidos, siendo así que se trata de una recompensa, cuya menor parte supera infinitamente a todos los tesoros de la India, a todos los mundos juntos? A pesar de todo, ¡qué lentos somos para extender la mano, para imponemos la molestia de dar vuelta a un campo que en seguida produciría espigas de oro! Bastaría un suspiro, una lágrima, una buena resolución, un deseo piadoso, la sola invocación de Cristo, un gesto de amor, una súplica. Quién nos diera el imprimir bien profundamente en nuestro corazón las maravillas de la gracia, el repetir con una convicción profunda y viva estas palabras de un piadoso doctor: La gracia es la soberana y la reina de la naturaleza[13].

M.J. Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, cap. II

continuará...

[1] In Ioannem, tr. 72, 3.

[2] S. Th., I, II, q. 113, a. 9.

[3] Por ejemplo, SUÁREZ, De divina substantia, l. II, c. 9.

[4] San Celestino I. De gratia Dei indiculus. Segundo concilio de Orange. Concilio de Trento.

[5] Serm. 62, n. 2; 65, n. 3; 156, n. 6. In ps. 70, enarr. 2, n. 3; De Genesi ad lit., l. X, c. 6, n. 10.

[6] San Agustín, De civit. Dei, l. XII, c. 9. Santo Tomás, I, q. 62, a. 2.

[7] LESSIUS, De div. Perf., l. 1, c. 1.

[8] Serm. 15. De verbis Apostoli.

[9] Proverbios, VIII, 2.

[10] Salmo, CXLIV, 9.

[11] Salmo VIII, 7-9.

[12] Salmo VIII, 5.

[13] Gerson, Serm. de circumc.

domingo, 25 de marzo de 2012

Del lamentable desprecio que los hombres hacen de la gracia

La gracia de Dios es un destello de la bondad divina que, viniendo del cielo al alma, la llena, hasta sus profundidades, de una luz tan dulce y a la vez tan potente que embelesa el mismo ojo de Dios; se convierte en objeto de su amor y se ve adoptada como esposa y como hija, para ser finalmente elevada, sobre todas las posibilidades de la naturaleza. De esta suerte, en el seno del Padre celestial, junto al Hijo divino, participa el alma de la naturaleza divina, de su vida, de su gloria y recibe en herencia el reino de su felicidad eterna.

La Virgen María, a quien el ángel saludó diciéndole: llena eres de gracia

Estas palabras, cada una de las cuales anuncia una nueva maravilla, exceden con mucho el alcance de nuestra razón. Ni debemos extrañarnos de no podernos formar una idea acerca de estos bienes, siendo así que los mismos ángeles, aun poseyéndolos, apenas pueden apreciar su valor. Fijas sus miradas en el trono de la misericordia divina, no pueden hacer otra cosa que adorar con el mas profundo respeto, si es que no se asombran otro tanto al considerar nuestra locura, al ver que tan poco estimamos la gracia de Dios y somos tan negligentes para procurarla, como fáciles para rechazarla. Lloran nuestro infortunio cuando por el pecado perdemos esta dignidad celeste a la que Dios nos había elevado. Estábamos sobre los ángeles y ahora nos encontramos en el fondo del abismo, entre las bestias y los demonios. ¡Como estaremos de endurecidos, insensatos, que ape­nas lo sentimos!

Enseña el Ángel de la Escuela que el mundo entero, con todo lo que contiene, a los ojos divinos tiene menos valor que un solo hombre en estado de gracia[1]. San Agustín va más lejos y afirma que el cielo y todos los coros los ángeles no pueden comparársele[2]. El hombre debiera estar más reconocido a Dios por la menor gracia que si recibiera la perfección de los espíritus puros o el dominio de los mundos celestiales. ¿Cómo no ha de aventajar entonces la gracia a todos los bienes de la tierra?

A pesar de todo, se le prefiere cualquiera de estos bienes y se la canjea, ¡sacrilegio horrendo!, con los más abominables; ¡se juega con ella, se burla de ella!

No se avergüenzan los hombres de sacrificar a la ligera esta plenitud de bienes que Dios nos ofrece a una consigo mismo. ¡Y todo por no tenerse que privar de una mirada impura! Más insensatos que Esaú, venden su herencia por el miserable goce de un instante. ¡Y eso que sobrepujaba en valor a todo el mundo!

Asombraos, cielos; puertas del empíreo, declaraos en duelo[3].

¿Quien sería tan temerario e insensato que, para procurarse un breve deleite, hiciera desaparecer el sol del mundo, y decretara la caída de las estrellas e introdujera la confusión en todos los elementos? ¿Quién osaría sacrificar todo el mundo a un capricho, a una codicia? ¿Qué supone la pérdida del mundo en comparación de la pérdida de la gracia? ¡Y pensar que esto se lleva a cabo con tanta facilidad y frecuencia! Tal hecho acontece, no digo a diario, ¡sino a cada instante y en muchísimos hombres! ¿Cuántos son los que se esfuerzan por impedirlo sea en si mismos sea en otros? ¿Cuántos los que se entristecen y lloran por ello?

Nos estremecemos cuando se oscurece el sol por un instante, cuando un terremoto devasta una ciudad, cuando una epidemia siega a hombres y animales. Sin embargo se da algo mucho más terrible y más triste, que se repite a diario sin que nos conmovamos: el que tantos hombre pierdan de continuo la gracia de Dios y desprecien las ocasiones mas favorables de procurarla y acrecentarla.

Temblaba Elías ante la conmoción de la montana[4]; el profeta Jeremías estaba inconsolable en vista de la destrucción de la ciudad santa; el derrumbe del bienestar de Job sumergió a sus amigos, durante siete días, en un dolor mudo. ¡Lloremos nuestra desdicha! Nunca será suficientemente intenso nuestro duelo, si hemos llegado a destruir en nuestra alma el paraíso de la gracia. Pues en tal caso, perdemos el reflejo de la naturaleza divina; nos privamos de la reina de las virtudes, la caridad, con todos los efectos sobrenaturales; arrojamos de nosotros los dones del Espíritu Santo y al mismo huésped celestial; rechazamos nuestra filiación divina, las ventajas de la amistad de Dios, el derecho a su herencia, el fruto de los sacramentos y de nuestros méritos; en una palabra, desechamos a Dios, el cielo, la gracia con todos sus tesoros.

El alma que pierde la gracia puede aplicarse a sí propia la lamentación de Jeremías sobre Jerusalén: ¿Cómo el Señor, en su cólera, ha cubierto de una nube a la hija de Sion? Ha precipitado del cielo sobre la tierra la magnificencia de Israel; en el día de su cólera no se acordó del escabel de sus pies. El Señor ha destruido sin piedad la morada espléndida de Jacob[5]. ¿Dónde encontrar a quien reflexione en su infortunio, al que se lamente, al que se ponga en guardia contra nuevos pecados? Toda la tierra fue cubierta de destrucción, porque no se encontró una per­sona que se inquietara[6].

Salta a la vista que amamos poco nuestra verdadera dicha y que apenas reconocemos el amor infinito con que Dios nos previene y los tesoros que nos ofrece. Obramos como aquellos israelitas a los que Dios quería sacar de la esclavitud de Egipto y del árido desierto, para llevarlos a un país en el que fluían leche y miel. Despreciaron este don inmerecido; desdeñaron hasta la mano que Dios les tendía en el camino, le devolvieron las espaldas y ansiaron nuevamente “las ollas de carne de Egipto”[7]. La tierra de promisión era una imagen del cielo prometido por Dios a sus elegidos; el maná significaba la gracia de que debemos alimentarnos y tomar fuerzas en el camino de la patria celes­tial. Si ya entonces levantó Dios su mano vengadora con­tra los que despreciaban un país tan bello, tan apetecible, y los hizo perecer en el desierto[8], ¿cuál será el precio que deberemos pagar nosotros por haber despreciado el cielo y la gracia?

Causa de este deplorable menosprecio es que nuestros sentidos nos dan una idea demasiado alta de los bienes perecederos, y nuestro conocimiento de los bienes eternos es sobrado superficial. Consideremos con más atención estos dos extremos y procuremos reparar nuestro error. El aprecio de los bienes celestiales aumentará en nosotros en la misma medida en que baje el aprecio de los bienes terrenos[9]. Acerquémonos todo lo posible a esta fuente inagotable de la gracia divina; esas riquezas robarán nuestra atención y harán que despreciemos los bienes de la tierra. En esa forma, aprenderemos a estimarla. “Aquel que venera y alaba la gracia —dice San Juan Crisóstomo— la guardará y vigilará celosamente”[10].

Comencemos, pues, con la ayuda de Dios, la alabanza de la gloria de su gracia[11].

Dios todopoderoso y bueno, Padre de las luces y de las misericordias, de quien procede todo don[12], Tú que, según el designio de tu voluntad nos has adoptado por la gracia, que desde el principio del mundo escogiste y predestinaste para nosotros a tu Hijo, para que como hijos tuyos seamos santos e inmaculados en tu presencia con un santo amor [13], concédenos el espíritu de sabiduría y de revelación, aclara los ojos de nuestro corazón, y así conoceremos la esperanza de tu elección, las riquezas de la gloria de tu herencia en tus santos[14]. Dame luz y fuerza, para que consiga no disminuir con mis palabras este don de la gracia, por la cual tú arrancas a los hombres del polvo de su raza mortal y los adoptas en tu divina familia.

Señor Jesucristo, Salvador nuestro, Hijo de Dios vivo, por tu sangre divina derramada para salvarnos y restituirnos gracia, haz que logre mostrar, según mis débiles fuerzas, el valor inestimable de esa gracia comprada por ti a semejante precio.

Y tú, Espíritu supremo y santo, sello y prenda del divino amor, huésped santificador de nuestra alma, por quien la gracia y la caridad se derraman en nuestro corazón, tú, que mediante tus siete dones las nutres y las sostienes y que jamás das la gracia sin que te des a ti mismo, revélanos su esencia y su valor inapreciable.

Santa Madre de Dios, Madre de la divina gracia, haz que pueda mostrar a los hombres, convertidos por la gracia en hijos de Dios e hijos tuyos, los tesoros por los cuales ofreciste a tu divino Hijo.

Santos ángeles, espíritus glorificados por el resplandor de la gracia divina, y vosotras, almas santas, de pasasteis de este destierro al seno del Padre celestial, todos cuantos allá arriba gozáis del fruto de la gracia, ayudadme con vuestras plegarias para que, disipadas las nubes que ocultan a mis ojos y a los ojos de los demás el sol de la gracia, luzca éste en todo su brillo y, por su resplandor, despierte en nuestros corazones el amor y la nostalgia de la vida imperecedera.

Continuará…

M. J. Scheeben, Las maravillas de la Gracia divina, cap. I
___________________
[1] Santo Tomás, Suma Teológica, I, II, q 113, a. 9, ad 2. Acerca de la gracia en general, véanse las cuestiones 109 a 114 de la misma parte
[2] Ad Bonif., c. II, epist. I. 2, c. 6.
[3] Jeremías, II, 12.
[4] Libro tercero de los Reyes, XIX, 11. Dios sacudía la montaña ante Elías, para mostrarle que no se halla en la agitación.
[5] Lamentaciones, II, 1-2.
[6] Jeremías, XII, 11.
[7] Éxodo, XVI, 3.
[8] Salmo, CV, 26.
[9] San Bernardo, In ascensione Domini, s. 3, n. 7.
[10] In Ephes., Homil. I, n. 3.
[11] Efesios, I, 6.
[12] Epístola de Santiago, I, 12.
[13] Efesios, I, 4-6.
[14] Efesios, I, 17-18.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...