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domingo, 29 de marzo de 2015

La tolerancia, virtud peligrosa

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo, N. 78, junio de 1957

En artículo anterior (“Catolicismo”, N. 75, marzo de 1957 ver aquí), tratamos el problema de la tolerancia, estableciendo que ésta, así como su contraria, que es la intolerancia, no se pueden calificar como intrínsecamente buenas, ni intrínsecamente malas. En otras palabras, hay casos en que tolerar es un deber, y no tolerar es un mal. Y otros casos hay, en que, por el contrario, tolerar es un mal y no tolerar es un deber.
Volvemos ahora al asunto, no para desarrollar aún más los principios básicos que ya expusimos, sino para mostrar los riesgos de la tolerancia y las precauciones con que se debe practicar.
Alegoría de la entrada de Enrique IV en París, por Rubens (*)
Antes de nada, recordemos que toda tolerancia, por más necesaria y legítima que sea, tiene riesgos que le son inherentes. En efecto, la tolerancia consiste en dejar subsistir un mal, para evitar otro mayor. Ahora bien, sucede que la subsistencia impune del mal trae consigo siempre un peligro, ya que el mal tiende necesariamente a producir efectos malos, y, además, tiene una seducción innegable. Así pues, existe el riesgo de que la tolerancia acarree, aún, por sí misma males mayores que aquellos que, por medio de ella, se desearon atajar. Es necesario que tengamos los ojos bien abiertos a este aspecto de la cuestión, pues es en torno de él que va a girar todo nuestro estudio.
Para evitar la aridez de una exposición exclusivamente doctrinal,  figurémonos la situación de un oficial, que nota en su tropa graves síntomas de agitación. Se le pone un problema: a) ¿Será el caso de castigar con todo el rigor de la justicia a los responsables? b) ¿O será mejor tratarlos con tolerancia? Esta segunda solución daría lugar a otras preguntas. ¿En qué medida y de qué manera practicar la tolerancia? ¿Aplicar penas blandas? ¿No aplicarlas, llamando a los culpables y aconsejándoles afectuosamente que cambien de actitud? ¿Fingir que se ignora la situación? ¿Empezar tal vez por la más benigna de estas soluciones, e ir aplicando sucesivamente las demás, a medida que los procesos disuasivos o blandos se vayan haciendo notoriamente insuficientes? ¿Cuál es el momento exacto en que se debe renunciar a este proceso para adoptar otro más severo?
Estas son preguntas que forzosamente asaltarán el espíritu de muchos oficiales, pero también de cualquier persona con autoridad o responsabilidad en la vida civil, siempre que tenga exacta conciencia de sus obligaciones. ¿Qué padre de familia, qué  jefe de la Administración, qué director de empresa, qué  profesor, qué líder, no se ha tropezado mil veces con todas estas preguntas, con todos estos problemas, con situaciones como esta?  ¿Cuántos males evitó por haberlas resuelto con perspicacia y vigor de alma? ¿Y cuántos tuvo que soportar por no haber dado una solución acertada a las situaciones en que se encontraba?
En realidad, la primera medida que debe tomar quien se ve en situaciones como ésta, consiste en hacer un examen de conciencia para precaverse contra las celadas que su carácter le pueda tender.
Debo confesar que, a lo largo de mi vida, he visto en esta materia los mayores disparates. Y casi todos ellos conducían al exceso de tolerancia.
Los males de nuestra época han adquirido el cariz alarmante que actualmente presentan, porque existe hacia ellos una simpatía generalizada, de la cual participan frecuentemente aquellos mismos que los combaten.

*        *        *

Hay, por ejemplo, muchos antidivorcistas. Pero entre ellos, numerosos son los que, oponiéndose al divorcio, tienen una manera de ser sentimental. En consecuencia, consideran románticamente los problemas nacidos del “amor”. Puestos delante de la situación de un matrimonio amigo, esos antidivorcistas pensarán que es sobrehumano, por no decir inhumano, exigir del cónyuge inocente e infeliz que rechace la posibilidad de comenzar una nueva vida (esto es, de dar muerte a su alma por el pecado). De boca para fuera, continuarán “lamentándose por el gesto” de este último, etc., etc. Pero cuando se le ponga el problema de la tolerancia, habrán hecho todo un montaje interior para justificar las condescendencias más extremas y más contrarias a la moral. Así, comentarán con blandura e indolencia lo ocurrido, recibirán en su casa a los recién “casados”, los visitarán, etc. O sea, por el ejemplo trabajarán en favor del divorcio, al mismo tiempo que por la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene mucho más que ganar que perder con tal conducta de millares o millones de antidivorcistas.
¿Cómo llegaron a la decisión de tolerar tan desdichadamente el cáncer roedor de la familia? Es porque en el fondo tenían una mentalidad divorcista.
Pero no paremos aquí. Tengamos el valor de decir la verdad entera. El hombre moderno tiene horror a la ascesis. Le es antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir “no” a los sentidos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha diaria contra las pasiones le parece una tortura china.
Y por esto, no sólo con los divorciados, el hombre moderno, aun cuando dotado de buenos principios, es exageradamente complaciente.
Hay legiones enteras de padres y profesores que por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o alumnos. Y el estribillo es siempre el mismo: Pobrecillo... Pobrecillo porque tiene pereza; no le gusta que los mayores le llamen la atención; come dulces a escondidas; frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un “pobrecillo” raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No es necesario decir en que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares, millones de desastres morales ocasionados por una tolerancia excesiva. “El que ahorra la vara a su hijo, odia a su hijo”, enseña la Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le interesa eso?
Lo mismo ocurre frecuentemente, mutatis mutandis, en las relaciones entre patrones y obreros de cierto género, ya que aquellos, tan paganizados cuanto estos, sienten que si fuesen obreros también serían unos revoltosos.
Y en todos los campos los ejemplos se podrían multiplicar.
Claro está que dicha tolerancia se apoya en todo tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica. Se acentúa demasiado la posibilidad de que las cosas se solucionen por sí mismas. Se cierran los ojos para los peligros de la impunidad. Y así por delante.
En realidad, todo esto se evitaría si la persona que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de desconfiar humildemente de sí.
¿Tengo ocultas simpatías hacia este mal? ¿Tengo miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo pereza de los esfuerzos que una actitud intolerante me impondría? ¿Encuentro ventajas personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista?
Sólo después de un examen de conciencia como éste la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o no tolerar. Pues sin este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación a sí mismo las diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de tolerancia.
Hay, a grosso modo, un consejo muy apropiado para los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene tendencias malas que están particularmente arraigadas en él. Uno es apático, el otro violento, otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia exija la victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no necesitamos tener mucho miedo de pecar por exceso de tolerancia. Pero siempre que ésta lisonjee nuestras malas inclinaciones, abramos los ojos, pues el riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que pequemos por demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más empalagoso, esquivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si somos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia para con los que nos injurian. Si somos sensuales, es poco probable que nos mostremos demasiado rigoristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en relación a la opinión pública, difícilmente nos excederemos en invectivas contra los errores de nuestro siglo.
Otro excelente consejo, para no pecar por exceso de tolerancia, consiste en desconfiar mucho más de una flaqueza nuestra en este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que cuando se trata de los nuestros.
Habitualmente, somos mucho más “comprensivos” cuando los otros son los que están en causa. Perdonamos más fácilmente al ladrón que robó a nuestro vecino, que al que asaltó nuestra propia casa. Y somos más propensos a recomendar el olvido de las injurias, que a practicarlo.
Y en este punto no perdamos de vista el doloroso hecho de que, según los primeros impulsos de nuestro egoísmo, Dios sería muchas veces para nosotros un tercero.
Así,  estamos mucho más inclinados a disculpar una ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro.
En general, éste es el estado de espíritu de los católicos hipertolerantes. Su lenguaje es imaginativo, sin energía, sentimental. Sólo saben argumentar — si es que se puede llamar a esto argumento — con el corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de ilusiones, atenciones, obsequios y muestras de afecto.
Pero se ofenden terriblemente, si un católico celoso les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y, en lugar de argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno personal. ¿Acaso piensan que soy tibio? ¿Que no sé perfectamente lo que tengo que hacer? ¿Dudan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!, ¡esto no lo puedo soportar! Y su pecho empieza a respirar nervioso, su rostro se llena de rubor, sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular. ¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intolerancia. Cualquier violencia, cualquier injusticia, cualquier unilateralidad se puede esperar de él. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en juego valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe, los derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadilla entra en escena, todo cambia. Y helo aquí dispuesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aun levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio: “¿Quién como yo?”
      Veremos, finalmente, en un próximo artículo, como debe ser practicada la tolerancia en los casos en que es justa.

Continuará

(*) El resultado de las guerras de religión en Francia del siglo XVI fue el establecimiento de un sistema de tolerancia. Enrique IV, candidato de los hugonotes al trono francés, convirtiéndose al catolicismo, pudo asumir la corona que por derecho dinástico le pertenecía. Y promulgó el edicto de Nantes, que concedía un régimen de tolerancia a los protestantes. La medida, quizás necesaria en aquél momento, tuvo malas consecuencias a lo largo del tiempo. Fue mérito de Luis XIII abatir la soberbia de los herejes,  y mérito de Luis XIV revocar el peligroso edicto.

jueves, 12 de marzo de 2015

¿Qué es la tolerancia?

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 75 - Marzo de 1957

En materia de tolerancia, tal vez más que en cualquier otra, la confusión reina tan completamente, que parece indispensable esclarecer el alcance de los términos antes de abordar el mérito de la cuestión.
¿Qué es precisamente la tolerancia?
Imagínese la situación de un hombre que tiene dos hijos: uno de principios sanos y voluntad fuerte y otro de principios indecisos y voluntad vacilante. En determinado momento aparece en el lugar en que reside la familia un profesor que dará un curso de vacaciones extraordinariamente útil para ambos hijos. El padre desea que sus hijos asistan al curso, pero ve que esto implicará en privarlos de varios paseos a los cuales ambos están muy apegados. Pesados los pro y los contra, el padre fija su juicio sobre el asunto: conviene más que sus hijos renuncien a algunas distracciones, por lo demás muy legítimas, que perder una ocasión extraordinaria de desarrollarse intelectualmente. Una vez comunicada la decisión a los hijos, la actitud de ellos varía. El primero, después de un momento de rechazo, accede a la voluntad paterna. El otro se lamenta, implora, suplica al padre que cambie su decisión, y da tales muestras de irritación, que es de temer un grave movimiento de rebelión de su parte.
Delante de esto, el padre mantiene su decisión en cuanto al hijo bueno. Pero considerando lo que le cuesta al hijo mediocre el esfuerzo de la rutina escolar y previendo las muchas ocasiones de conflicto que surgirían en la vida diaria en las relaciones de ambos, para la eventual salvaguarda de principios morales impostergables, juzga mejor no insistir y da su consentimiento para que ese hijo no haga el curso.
Actuando así con el hijo mediocre y tibio, el padre le dio un permiso a de mala gana. Un permiso que no es de modo alguno una aprobación. Un permiso que le fue como que arrancado por la mala disposición de su hijo. Para evitar un mal (la tensión con el hijo), el padre consintió en un bien menor (las excursiones de vacaciones), y desistió de un bien mayor (el curso de verano). Es a este tipo de consentimiento dado sin aprobación, y hasta con censura, que se llama tolerancia.
Está claro que, a veces, la tolerancia es el consentimiento, no en un bien menor para evitar un mal, sino en un mal menor para evitar uno mayor. Sería el caso de un padre que, teniendo un hijo que contrajo varios vicios graves, y puesto en la imposibilidad de hacerlos cesar todos, forma el proyecto de combatirlos sucesivamente. Así, en cuanto procura obstaculizar un vicio, cierra los ojos a los demás. Este cerrar de ojos, que es un consentimiento dado con profundo disgusto, tiene como fin evitar un mal mayor, esto es que la enmienda moral del hijo se vuelva imposible. Esto es lo que caracteriza una actitud de tolerancia.

*        *        *

Lot y sus hijas huyen de Sodoma, incendiada por la cólera divina 
(mosaico del siglo XII, catedral de Monreal, Italia) (*)
Como acabamos de ver, la tolerancia sólo puede ser practicada en situaciones anormales. Si no hubiese malos hijos, por ejemplo, no habría necesidad de tolerancia de parte de los padres.
Así, en una familia, cuanto más los miembros fueren forzados a practicar la tolerancia entre sí, tanto más anómala será la situación.
Se siente mucho la realidad de lo que está aquí dicho si se considera el caso de una orden religiosa o de un ejército en que los jefes o superiores tengan que usar habitualmente una tolerancia sin límites con sus subordinados. Tal ejército no está apto para ganar batallas. Tal orden religiosa no está caminando para las altas y rudas cimas de la perfección cristiana.
En otros términos, la tolerancia puede ser una virtud. Pero es virtud característica de las situaciones anómalas, ruinosas, difíciles. Ella es, por así decir, la cruz de cada día del católico fervoroso en las épocas de desolación, decadencia espiritual y ruina de la civilización cristiana.
Por esto mismo se comprende que la tolerancia sea tan necesaria en un siglo de catástrofe, como el nuestro. A todo momento, el católico se encuentra, en nuestros días, en la contingencia de tolerar algo: en el tranvía, en el autobús, en la calle, en los lugares en que trabaja, en las casas en que hace visitas, en los hoteles en que veranea, él encuentra a todo momento abusos que le provocan una lamento interior de indignación. Lamento que, entretanto, en ocasiones normales sería un deber de honra y de coherencia.
De pasada, es curioso hacer observar la contradicción en que caen los adoradores de este siglo. De un lado, elevan enfáticamente a las nubes sus cualidades, y silencian o subestiman sus defectos. De otro, no cesan de apostrofar a los católicos intolerantes, suplicando tolerancia en favor del siglo. Y no se cansan de afirmar que esa tolerancia debe ser constante, omnímoda y extrema. No se comprende cómo no perciben la contradicción en que se colocan. Pues sólo hay tolerancia en lo que es anormal, y proclamar la necesidad de mucha tolerancia es afirmar la existencia de mucha anomalía.
De cualquier manera, griegos y troyanos están de acuerdos en reconocer que la tolerancia en nuestra época es muy necesaria.

*        *        *

En estas condiciones, es fácil percibir cuánto es de errado andar pregonando a todo momento en favor de la tolerancia.
En efecto, habitualmente se le da a este vocablo un sentido elogioso. Cuando se dice que alguien es tolerante, esta afirmación viene acompañada de una serie de alabanzas implícitas o explícitas: gran alma, gran corazón, espíritu generoso, comprensivo, naturalmente propenso a la simpatía, a la cordura, a la benevolencia. Y, como es lógico, el calificativo de intolerante también trae consigo una secuela de censuras más o menos explícitas: espíritu estrecho, temperamento bilioso, malévolo, espontáneamente inclinado a desconfiar, odiar, resentirse y vengarse.
En realidad, nada es más unilateral. Pues, si hay casos en que la tolerancia es un bien, hay otros en que es un mal. Y puede llegar a ser un crimen. Así, nadie merece encomio por el hecho de ser sistemáticamente tolerante o intolerante, mas por ser una u otra cosa conforme lo exigen las circunstancias.
El problema se sale de lugar. No se trata de saber si alguien puede o debe ser tolerante o intolerante por sistema. Importa, eso sí, indagar cuándo se debe ser una u otra cosa.

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Antes de todo cumple resaltar que hay una situación en la cual el católico tiene que ser siempre intolerante. Y esta regla no admite excepciones. Es cuando se desea que, para complacer a otros, o para evitar algún mal mayor, la persona cometa algún pecado. Pues todo pecado es una ofensa a Dios. Y es absurdo pensar que en alguna situación Dios pueda ser virtuosamente ofendido.
Esto es tan obvio, que parecería superfluo decirlo. Entretanto, en la práctica, cuántas veces sería necesario recordar este principio.
Así, por ejemplo, nadie tiene el derecho de, por tolerancia con los amigos, y con la intención de despertar en ellos la simpatía, vestirse de modo inmoral, adoptar las maneras licenciosas o livianas de las personas de vida desordenada, ostentar ideas temerarias, sospechosas o hasta erradas, o alardear vicios que en la realidad – gracias a Dios – no tienen.
Que un católico, para dar otro ejemplo, consciente de los deberes de fidelidad que le incumben para con la escolástica, profese otra filosofía sólo para granjear simpatías en cierto medio, es una forma de tolerancia inadmisible. Pues peca contra la verdad quien profesa un sistema en que sabe existen errores, aun cuando estos no sean contra la fe.
Pero los deberes de la intolerancia, en casos como estos, van más lejos. No basta que nos abstengamos de practicar el mal. Es preciso también que nunca lo aprobemos, ni por acción ni por omisión.
Un católico que delante del pecado o del error, toma una actitud de simpatía, peca contra la virtud de la tolerancia. Es lo que se da cuando él presencia, con una sonrisa sin restricciones, una conversación o una escena inmoral, o cuando, en la discusión, reconoce a otros el derecho de abrazar la opinión que se les antoje sobre la religión. Esto no es respetar al adversario, es respetar sus errores o pecados. Esto es aprobar el mal. Y hasta allá un católico no puede llegar jamás.
A veces, sin embargo, se llega hasta allá pensando no haber pecado contra la intolerancia. Es lo que ocurre cuando ciertos silencios en frente del error o del mal dan la idea de una aprobación tácita.
En todos estos casos, la tolerancia es un pecado, y sólo en la intolerancia consiste la virtud.

*        *        *

Leyendo estas afirmaciones, es admisible que ciertos lectores se irriten. El instinto de sociabilidad es natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo armonioso y agradable.
Ahora bien, en circunstancias cada vez más numerosas el católico está obligado, dentro de la lógica de nuestra argumentación, a repetir delante del siglo el heroico “non possumus” de Pío IX: no podemos imitar, no podemos concordar, no podemos callar. Luego se crea en torno de nosotros aquel ambiente de guerra fría o caliente con que los partidarios de los errores y modas de nuestra época persiguen con implacable intolerancia, y en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos. Una cortina de fuego, de hielo o simplemente de celofán nos cerca y aísla. Una velada excomunión social nos mantiene al margen de los ambientes modernos. Ahora, de esto el hombre moderno tiene miedo casi como de la muerte. O más que de la propia muerte.
No exageramos. Para tener derecho de ciudadanía en tales ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con infartos y anginas cardiacas, hay señoras que ayunan como ascetas de la Tebaida, y llegan a exponer gravemente su salud. Ahora, perder una “ciudadanía” de tal “valor”, solo por amor a los principios… es preciso realmente amar mucho los principios.
Y después está la pereza. Estudiar un asunto, compenetrarse de él, tener enteramente a mano en cualquier oportunidad los argumentos para justificar una posición… cuánto esfuerzo… cuánta pereza. Pereza de hablar, de discutir, está claro. Sin embargo, más aún, pereza de estudiar. ¡Y sobre todo la suprema pereza de pensar con seriedad sobre algo, de compenetrarse de algo, de identificarse con una idea, un principio! La pereza sutil, imperceptible, omnímoda, de ser serio, de pensar seriamente, de vivir con seriedad, cuánto aparta de esta intolerancia inflexible, heroica, imperturbable, que en ciertas ocasiones y en ciertos asuntos (en tantas ocasiones, en tantos asuntos, mejor sería decir) es hoy como siempre el deber del verdadero católico.
La pereza es hermana de la displicencia. Muchos se preguntarán por qué tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto sacrificio, si un paseo no hace el verano, y con nuestra actitud los otros no mejoran. Extraña objeción. Como si debiésemos practicar los mandamientos sólo para que los otros los practiquen también, y quedásemos dispensados de hacerlo una vez que los demás no nos imitan.
Atestiguamos delante de los hombres nuestro amor al bien y nuestro odio al mal para dar gloria a Dios. Aun cuando el mundo entero nos reprobase, deberíamos continuar haciéndolo. Que los otros no nos acompañen no disminuye los derechos que Dios tiene de nuestro obediencia.
Pero estas razones no son las únicas. También está el oportunismo. Estar de acuerdo con las tendencias dominantes es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras. Prestigio, confort, dinero, todo, todo se vuelve más fácil y más obtenible si se acomoda con la influencia dominante.
Por donde se ve cuánto cuesta el deber de la intolerancia. Lo que nos da el punto de partida para el artículo siguiente, donde pretendemos tratar de los límites de la intransigencia, y de los mil medios que hay para defenderla.

Continuará…


(*) Magnífico ejemplo de la intolerancia final de Dios, que no quiso dejar subsistir aquel antro de abominación. Magnífico ejemplo, también, de intolerancia del varón justo, que nada quiso de común con los vicios de su patria, y por eso fue perdonado en el día de la ira (2 Ped. 2, 6-8). La mujer de Lot, por el contrario, representa la tolerancia viciosa. Afectivamente, conservó un apego desordenado a su ciudad, en el propio momento en que la abandonaba. Manifestó así una complacencia para con el mal del cual huía. Dios la inmovilizó en su insensata actitud, para eterna lección de los que quisieren servir a dos señores.

martes, 22 de noviembre de 2011

Lo que hemos de hacer para alcanzar la salvación

Estos son 18 consejos que da el connotado exégeta jesuita Cornelio a Lapide:

1. Es necesario esforzarse violentamente. “El reino de los cielos sufre violencia, y los que emplean violencia se apoderan de él”, dice Jesucristo (Mat. 11, 12). En otra parte dice: “Esforzaos por entrar por la puerta angosta” (Lc. 13, 24). Y añade: “Si alguno quiere venir conmigo, que renuncie a sí mismo, lleve su cruz de cada día, y me siga” (Lc. 9, 23).

2. Es preciso morir. “El que quiera salvar su alma, ha de perderla” dice Jesucristo (Mt. 16, 25); es decir, debe dedicarla a la práctica de la mortificación y de todas las virtudes.

3. Es preciso avanzar siempre. “Corred de tal suerte, que ganéis el premio” dice San Pablo (1 Cor. 11, 24) “Los que combaten en la arena se abstienen de todo: ellos, para recibir una corona corruptible. Así pues, yo corro también, no como a la casualidad; combato también, pero no como golpeando el aire, sino que castigo mi cuerpo, y lo reduzco a servidumbre” (1 Cor. 9, 15-17).

4. No mirar atrás. “Cualquiera que pone la mano en el arado, y mira atrás, no es propio para el reino de Dios”, dice Jesucristo (Lc. 9, 62).

5. “Es menester trabajar para nuestra salvación con temor y estremecimiento”, dice el gran apóstol (Filip. 2, 12).

6. Olvidar la tierra y pensar en el Cielo. Dice San Pablo: “Prosigo mi curso para alcanzar aquello a que he sido destinado por el Señor Jesús. No pienso haberlo alcanzado; pero solamente, olvidando lo que está detrás y ateniéndome a lo que está delante de mí, me dirijo al término de la recompensa a que me ha llamado Dios en Jesucristo” (Filip. 3, 12-14).

7. Es menester aprovecharnos del tiempo favorable, que es el presente. Dice San Pablo: “Ved que ahora es el tiempo aceptable; ved que ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6, 2).

8. Es preciso vivir para Jesucristo. Dice el gran Apóstol: “Es preciso vivir para Jesucristo que ha muerto para todos, a fin de que los que viven no vivan para sí, sino para aquel que ha muerto y resucitado por ellos” (2 Cor 5, 15).

9. Es menester combatir por la fe. “Trabad el buen combate de la fe, y poneos en posesión de la vida eterna, a la que habéis sido llamados”, escribe San Pablo a Timoteo (Tim. 6, 12).

10. Es preciso sufrir las pruebas con paciencia. Dice San Pablo: “Por muchas tribulaciones, hemos de entrar al reino de Dios” (Hech. 14, 21).

11. Es necesario huir, guardar silencio y retiro. Hemos de emplear los medios dados a San Arsenio por un ángel; vedlos aquí: “Arsenio, huid, guardad el silencio y el retiro; estos son los principios de la salvación” (In Vit. Patr.).

12. Es preciso ser prudente. “El alma imprudente pierde su salvación”, dicen los Proverbios (Prov. 19, 2). La prudencia es lo que la Sabiduría (Sab. 9, 10) llama “ciencia de los Santos”; y el ángel, en San Lucas (Lc. 1, 17), “sabiduría de los justos”.

13. Es preciso tener compasión del alma y vigilarla. “Ten piedad de tu alma, haciéndola agradable a Dios, y modérate”, dice el Eclesiástico (30, 24).

14. Hemos de pensar en el juicio. “Dios ―dice Orígenes― ha confiado y recomendado a vuestra alma su imagen y su semejanza, y habéis de devolverle tan intacto como os lo ha dado este tan precioso depósito” (In Cant.).

15. Es preciso recomenzar, marchar, y tener sólo a Dios por meta. Rogado San Carlos Borromeo que indicase los mejores medios para agradar a Dios y asegurar su salvación, trazó las reglas siguientes: “1.º Es preciso comenzar cada día, es decir, que nos hemos de esforzar cada día en servir a Dios con tanto fervor como si empezásemos de nuevo entonces; 2.º marchar en el momento actual en presencia de Dios; 3.º tener sólo a Dios por fin en todas y en cada una de las acciones” (In ejus vita.).

16. Hemos de guardar el alma con solicitud. Según dice el Deuteronomio (4, 15): “Guardad solícitos vuestras almas”.

17. Es menester observar la ley de Dios. “Si queréis llegar a la vida, guardad los mandamientos”, dice Jesucristo (Mat. 19, 17) “El que observa los preceptos de Dios, salva su alma”, dicen los Proverbios (Prov. 19, 16). Dice Jesucristo: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre es el que entrará en el reino de los Cielos” (Mat. 5, 21).

18. Es preciso querer salvarse, y quererlo enérgicamente. Preguntado Santo Tomás de Aquino por su hermana sobre lo que tenía que hacer para salvarse, contestó: “Volendo (Queriendo): es decir, que podrás salvarte si lo quieres eficazmente; pues esta voluntad eficaz, que es el fin de la salvación, te obligará a adoptar con ardor todos los medios necesarios para que la consigas” Y habiéndole luego su hermana preguntado qué es lo que deseaba más ardientemente en esta vida, contestó: “Morir bien”: (Benè mori. 4. p.q. art. 9.)

Visto en La Puerta Angosta

domingo, 1 de junio de 2008

La virtud de la devoción

En qué consiste la verdadera virtud de la devoción: La viva y verdadera devoción presupone el amor de Dios; mas no un amor cualquiera, porque cuando el amor divino embellece a nuestras almas se llama gracia, la cual nos hace agradables a su Divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar bien, se llama caridad; pero cuando llega a un tal grado de perfección, que no sólo nos hace obrar bien, sino con cuidado, frecuencia y prontitud, entonces se llama devoción.

La virtud de la devoción es aquel grado de amor de Dios que nos hace obrar el bien con cuidado, frecuencia y prontitud. La devoción no es más que una agilidad y viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente. Luego, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud. Además, la devoción nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas.

Finalmente, la caridad y la devoción sólo se diferencian entre sí como la llama y el fuego; pues siendo la caridad un fuego espiritual, cuando está bien encendida se llama devoción, de manera que la devoción nada añade al fuego de la caridad, fuera de la llama que hace a la caridad pronta activa y diligente no sólo en la observancia de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos e inspiraciones celestiales.
El Espíritu Santo, por boca de todos los santos y Nuestro Señor por la suya propia, nos aseguran que la vida devota es una vida dulce, feliz y amable.

Mas el mundo no ve la devoción interior y cordial, que hace que todas estas acciones sean agradables, suaves y fáciles.

Ahora bien, la devoción es el verdadero azúcar espiritual, que quita la aspereza a las mortificaciones y el peligro de dañar a las consolaciones; quita la tristeza a los pobres y el afán a los ricos, la desolación al oprimido y la insolencia al afortunado, la melancolía a los solitarios y la disipación a los que viven acompañados; sirve de fuego en invierno y de rocío en verano; sabe vivir en la abundancia y sufrir en la pobreza; hace igualmente útiles el honor y el desprecio, acepta el placer y el dolor con igualdad de ánimo, y nos llena de una suavidad maravillosa.

La devoción es la dulzura de las dulzuras y la reina de las virtudes, porque es la perfección de la caridad. Si la caridad es la leche, la devoción es la nata; si es una planta, la devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo precioso, la devoción es el aroma, el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a los ángeles.
San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Cap. I y II

lunes, 12 de mayo de 2008

Virtudes olvidadas

La determinación

Tanto Santa Teresa de Ávila como San Ignacio de Loyola fueron personas de una voluntad férrea. Ambos se caracterizaban en que, cuando tomaban una “determinación”, llevaban la acción hasta el final.
La “determinación” es una virtud vinculada estrechamente a la virtud de la fortaleza. La “determinación” designa una actitud inquebrantable, una decisión férrea de la voluntad. Ambos santos, después de examinar los provechos y los inconvenientes inherentes a los elementos de una opción binaria, se decidían o “determinaban” por una de ellas. Antes podrían existir las dudas, pero una vez “determinados”, nada los detenía. Porque la "determinación" empuja a la acción.
Por ejemplo, San Ignacio, en la “oblación” personal, escribe en sus Ejercicios Espirituales: “Eterno Señor de todas las cosas,… yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea a vuestro mayor servicio y alabanza…”.

Fuente: Santa Teresa de Jesús, CAMINO DE PERFECCION. – Introducción de Mª Jesús Mancho Duque.
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