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domingo, 19 de octubre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 20

Se dividen los campos

Enviado al Parlamento el proyecto de ley de enseñanza, Louis Veuillot, que cumplió la promesa hecha a Falloux de mantenerse en silencio hasta ese momento, pasó a comandar la oposición que formaba la gran mayoría de los católicos.
Muchos católicos no liberales —como el gran abad de Solesmes, Dom Guéranger— se sentían inclinados a apoyar el proyecto, pues éste representaba una cierta mejoría para la situación de la libre enseñanza, además por ser defendido por el propio jefe del partido católico, el conde Montalembert. Pero Veuillot esclarecía los espíritus con éxito cada vez mayor, mostrando que la ley concebida por Falloux chocaba de frente con los principios hasta entonces defendidos por el Parlamento; y por tanto iría a causar un profundo mal a Francia.
Montalembert, desesperado, pedía el auxilio de los católicos de proyección, suplicándoles que defendiesen públicamente el proyecto. Extrañando el silencio de Dom Guéranger, después de haber divulgado por la prensa una carta que éste le había enviado, le escribió insistiéndole para que volviese al asunto. En esa carta Montalembert desviaba completamente la cuestión, procurando demostrar que el motivo de la oposición de Veuillot no era la fidelidad a los principios, sino el espíritu de rebelión. Afirmaba que los errores del mundo moderno y el virus revolucionario habían penetrado en el seno de la Iglesia y eran la causa de toda la polémica, porque los católicos ya no querían reconocer el principio de autoridad, y que éste, y no la ley de enseñanza, era lo que estaba en juego. Acusaba a Veuillot de ser el responsable de la situación, promoviendo la rebelión contra los antiguos jefes del partido católico y los obispos que apoyaban la ley. Y alegaba que Dom Guéranger no podía ahora retirar la aprobación que había dado al proyecto, puesto que su ejemplo había contribuido para llevar a Montalembert a aprobarlo también.
En respuesta, Dom Guéranger comenzó defendiéndose, definiendo muy bien su posición:
Ahora, conversemos sobre la ley de enseñanza. No os aconsejé atacarla; solamente afirmé, si mal no recuerdo, que ella tenía aspectos que vos no podíais defender. Me acusáis de haber cambiado; si me hubiese engañado cuando aprobé la ley, no estaría por eso obligado a disculparme delante de vos, pues felizmente mis cartas no tuvieron influencia en la aprobación de estas el proyecto: ellas son posteriores.
He aquí, una vez más mi pensamiento. Si se aprueba la ley, como no colaboré en ella, consideraré un bien, porque mejora la situación abriendo camino para las escuelas católicas, y porque es tal vez la única ley posible, a pesar de sus deplorables restricciones. Pero decir que ella es buena, que yo gustaría defenderla en todos sus detalles, seguramente no. Vos mismo declarasteis  que es una transacción; luego, debe contener puntos poco agradables a ambas partes. Ahora, tomar la defensa directa de esos puntos, yo no lo haría, y lamento ver que lo hacéis. No puedo ni concebir la idea de veros consagrar para siempre la Universidad. Mi buen amigo, la Universidad es el mal, es la revolución, es la incredulidad; vos mismo nos lo demostrasteis elocuentemente.
Cuando apareció el proyecto de ley, quise ver de inmediato el extracto donde estaba formulada la libertad de las escuelas católicas; y esperaba menos de lo que encontré. Quedé tan contento, que ni pensé en profundizar el resto. Veía muy bien que la Universidad continuaba de pie. No era insensato al punto de esperar que eso no aconteciese. Me resigné de buena voluntad, y poco después os escribí. Releyendo mis cartas no encontrareis nada que consagre el conjunto del proyecto, con sus ‘consejos’, sus ‘aprobaciones’, etc. La carta que fue publicada insiste solamente sobre el bien real de que caían las barreras que hasta entonces habían impedido a la Iglesia de gozar del derecho de educar a sus hijos, sobre la ceguera que habría en pretender tener todas las facilidades para hacer el bien, sobre el tiempo perdido en luchas inútiles por una libertad abstracta. Continuo pensando de ese modo, y lamento que el “Univers”, a pesar de mis esfuerzos, no haya modificado su línea de conducta en ese sentido.
En mi viaje a París, sin renunciar a mi primer punto de vista, comprendí finalmente la ley y medí los sacrificios necesarios para gozar de sus beneficios. Eso me causó una gran pena, porque os vi comprometido. Para nosotros, católicos que no somos periodistas ni diputados; una cosa es aceptar lo que hay de bueno en la ley cuando ella hubiere sido aprobada; otra es, para un hombre influyente como vos, tener que defender todo el proyecto de ley, que tiene tanto de mal cuanto de bien”.
Más adelante el abad de Solemnes tomó la defensa de Louis Veuillot, mostrando que realmente la actitud del redactor jefe del Univers era la más perfecta:
Mi bien amigo, o no sois justo o estáis sumergido en una grave ilusión, cuando decís que fui a París como monje y volví como periodista; que la atmosfera de Veuillot y Du Lac causó en mí esa transformación. Sabed de una vez por todas que esos dos hombres excelentes no tienen principios diferentes de los vuestros y de los míos a respecto de la autoridad y del espíritu revolucionario, de la oposición y de los peligros del espíritu moderno. Ellos son católicos, por tanto deben ser amigos de la autoridad. Soy más viejo, sacerdote, religioso, y más teólogo que ellos, y no tengo miedo de dejarme envolver por su influencia. Al contrario, tal vez haya sido útil a ellos. Y si estuve en París cuando fue publicada la miserable carta del presidente a Edgard Ney, considero que el artículo de Veuillot sobre ella habría sido otro”.
Pero, querido amigo, no vamos a acusar de espíritu revolucionario a personas honestas, sólo porque no piensan como nosotros en una materia tan delicada como la ley de enseñanza. Decid antes que ellos permanecen hombres del pasado, que la aversión que tienen por la Universidad y sus amalgamas testifica una persistencia honrosa en los principios que en el fondo son más seguros, y cuyo abandono, incluso para un buen fin, nos será funesto más temprano o más tarde. Vos encontráis a esos hombres tales como los formasteis, no en vuestros cuartos de hora de liberalismo, sino en vuestros más admirables momentos de celo e impopularidad. Aun cuando considere que ellos van demasiado lejos, los amo en esa actitud. Ellos conservan las antiguas máximas, tienen tradiciones; y “L’Ami de la Religion”, quieto y contento con la ley, no las tienen”.
Dom Guéranger, como se ve, hizo concesiones y estaba dispuesto a aceptar la ley, pero no a defenderla. Muchos otros católicos adoptaron la misma línea de conducta; por ejemplo, Mons. Parisis, obispo de Langres, que fue el jefe eclesiástico del partido católico. Todo ellos, entre tanto, si no apoyaban en toda la línea la campaña de Veuillot contra la ley, desaprueban radicalmente la actitud de Mons. Dupanloup, del conde de Falloux y principalmente la de Montelembert. El rompimiento completo entre los dos grupos se iniciaría, y la ley de enseñanza puede ser considerada la divisora de aguas entre los católicos ultramontanos y los liberales.


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domingo, 5 de octubre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 19

El fin del partido católico

Elaborado el proyecto de la ley sobre la enseñanza, por la comisión que nombró el conde de Falloux, debía todavía ser aprobado por el Ministerio, y después enviado a la Cámara de los Diputados para ser discutido. Se preveía que la oposición sería grande, no sólo de parte de los universitarios como también de los católicos, y era necesario que Falloux lanzase mano de toda su habilidad para que fuese aprobado.
Antes que nada era preciso evitar la campaña de los católicos. El ministro, temiendo sobre todo la intervención de Louis Veuillot, fue a su casa para intentar convencerlo a no atacar el proyecto. Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, le pidió que prometiese no discutirlo antes de ser nombrada por la Cámara de los Diputados la comisión que debería dar su parecer sobre el proyecto. Por amor a la paz, el redactor jefe del Univers consintió, aun cuando sabía que su promesa le impediría tener cualquier influencia en la constitución de la comisión.
El proyecto, sin embargo, chocaba tan frontalmente con todo el pasado del partido católico, que se desencadenó, enérgica, la oposición de gran número de sus miembros, luego después de aprobado por el ministerio y publicado. El proyecto dividió las huestes católicas, y sólo un retroceso de sus autores podría salvar el partido. Pero, como veremos, no era ese el deseo de Mons. Dupanloup y del conde de Falloux.
Con excepción de L’Ami de la Religion, todos los periódicos católicos atacaron el proyecto. Después de nombrada la Comisión Legislativa, Veuillot definió la posición de su periódico. Dijo que, aun cuando el corazón sangraba por tener que combatir a antiguos compañeros, no podía dejar de deplorar la ceguera que los llevó a suicidarse con una ley que “es una decepción, un desfallecimiento de la razón y de la conciencia, un pacto con el mal, una monstruosa alianza de los ministros de Satanás con los de Jesucristo”. Entonces la oposición católica cerró filas en torno del Univers y de Veuillot, en quien veía a su líder natural.
La participación de Montalembert en la elaboración del proyecto fue severamente criticada. El padre Laconnet, su biógrafo, cita extractos de algunas cartas que él entonces recibió. Una de ellas le decía: “El filósofo venció al cristiano pusilánime. El escéptico Thiers enganchó al hijo a su carro, el noble hijo de los cruzados, vacilante, abatido, desmoralizado… Los malos se felicitan por haber hecho de la Iglesia una sierva de la Universidad”.
Otra correspondencia, esta desde el interior de Francia, procuraba convencer a Montalembert de su error, con el argumento de que las provincias, sin ser consultadas, renegaban unánimemente el proyecto. Y termina: “Que los antiguos jefes que ellas veneran y aman la conduzcan o no en la cruzada, poco importa; el ejército católico continuará su marcha con ellos o sin ellos”.
Incluso Lacordaire manifestó su desaprobación: “Hallaron mejor fiarse en Thiers de que en Dios y en la justicia”. En su diario, Montalembert escribió en esa época estas palabras, que dicen todo: “Para los sensatos, soy apenas el lugarteniente de Falloux; para los ardientes, soy un traidor”.
Fue en ese ambiente que se realizó la última reunión del partido católico. A favor del proyecto hablaron Montalembert y el conde de Falloux, y en contra Charles Lenormant y Mons. Parisis, obispo de Langres. La ruptura se delineó tan nítida que, al salir de la sesión, Montalembert comentó tristemente con Mons. Dupanloup y con el conde de Falloux: “Está todo acabado”. Mons. Dupanloup y el ministro, que no pudieron esconder su satisfacción de ver finalmente desaparecer al partido católico, se felicitaron viendo el disgusto de Montalembert y procuraron reanimarlo: “¿Qué importa? El partido católico ya cumplió su misión”.
El partido, la más bella iniciativa católica de los últimos tiempos, desaparecía arrastrando con su caída a uno de los hombres más providenciales que tuvo Francia en el siglo XIX – el conde de Montalembert. De sus escombros surgió el catolicismo liberal, con Mons. Dupanloup a la cabeza, que iría al encuentro de todos los movimientos auténticamente católicos que de ahí en adelante aparecerán en Francia, comenzando por Veuillot, que levantó nuevamente la bandera dejada caer por Montalembert.
El liderazgo de los católicos favorables al proyecto pasó al conde de Falloux. Montalembert, derrotado, no supo qué hacer, no queriendo sacudir el yugo cada vez más pesado de Mons. Dupanloup. Uno de los que le escribió le llamó la atención por eso: “Mons. Dupanloup os perdió. Y lo afirmo con profunda convicción. Ese espíritu mediocre, devorado por la necesidad de insinuarse en todo, de meterse en todo, de dominar, de incensar a todo el mundo, de agradar a todo el mundo, tomó un ascendiente de tal modo tiránico sobre vos, que renunciasteis, renegasteis un pasado de veinte años —que Mons. Dupanloup siempre combatió— para colocaros al servicio de su vanidad piadosamente intrigante”.
Con la condenación de sus antiguos compañeros, Montalembert podría haber visto su error, pero Mons. Dupanloup estaba ahí para impedirlo: “Desconfíe del demonio, padre del fraude y de la mentira. Él está actuando sensiblemente en todo eso: él desvía las almas, y las mejores…”
En realidad, la cuestión del proyecto de ley de enseñanza apenas apresuró el fin del partido católico. El conde de Falloux adquirió tan grande proyección dentro de él, que incluso sin aquella cuestión fatalmente asumiría el liderazgo. Veuillot resumió muy bien el pensamiento de los católicos a respecto de Falloux: “El Sr. de Falloux es un hombre de transacciones y de acomodaciones. No gusta del partido católico, y desearía verlo desaparecer. Nunca será nuestro jefe, por dos razones: primero, porque queremos la plena y completa libertad de la Iglesia, y él no puede acompañarnos en ese camino; segundo, porque no sabríamos seguirlo en el suyo”.

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domingo, 28 de septiembre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 18

El padre Dupanloup y un acuerdo inesperado

El ministro de educación pública, el conde de Falloux dio toda la medida de su valor como político. Hombres como Tocqueville, completamente indiferente a su orientación ideológica, o Émile Oliver, que de él no gustaba, tuvieron la más profunda impresión de su habilidad. El primero afirmó: “Quien no lo vio al Sr. de Falloux discutir en una mesa, no sabe lo que es el poder de un hombre”. El segundo: “Falloux es de los políticos que, por ciertos lados, me dieron la idea menos imperfecta de un hombre de Estado”.
Toda esa capacidad fue aplicada para liquidar al partido católico y substituirlo por el catolicismo liberal.
El partido católico era antiliberal por convicción y por haber tenido origen y desenvolvimiento en medio de luchas. Si continuase existiendo, no sería posible la propaganda del liberalismo en los medios católicos; por eso, aquellos que desean acomodarse con el mundo tenían necesariamente que deshacer la impresión que el catolicismo declarado y corajoso del partido causara al público.
Montalembert, jefe incontestable de los católicos, era un tropiezo que era preciso ser apartado. Le ofrecieron la embajada de Londres, pero Lord Palmerston, primer ministro de Inglaterra, rechazó el agréement. El conde de Falloux, el padre Dupanloup y varios otros iniciaron entonces la involucración del gran líder, sustentando que el peligro socialista hacía que fuese necesario un acuerdo con la Universidad en la cuestión de la enseñanza.
Muchos años después, el conde de Falloux publicó un folleto sobre la historia del partido católico, y en él dio las razones que lo llevaron a ese acuerdo. Entre otras, apunta la siguiente: “Para salvar una nación, no es suficiente que la educación de las familias de elite sea irreprensible desde el punto de vista religioso; es necesario también que, en todo lo que es legítimo, la educación se ponga de acuerdo con el medio social que espera el hombre al salir de la juventud. Evitemos que se tenga que avergonzar de sus maestros, que sea tentada a imputarle su inferioridad en el fórum, en el ejército o en cualquier otra carrera. Educar a los jóvenes en el siglo XIX como si, al dejar la escuela, debiesen ingresar en la sociedad de Gregorio VII o de San Luis, sería tan pueril como educar a nuestros jóvenes oficiales en Saint Cyr en el manejo del ariete o de la catapulta, escondiéndoles el uso de la pólvora y del cañón”.
Este extracto deja claro ver que el conde de Falloux no deseaba el aparecimiento de verdaderas universidades católicas, en lo que chocaba con uno de los puntos fundamentales del programa del partido liderado por Montalembert. Además, luego después de nominado ministro, designó una comisión para preparar la ley sobre la libertad de enseñanza, y el criterio con que la constituyó revela bien el camino que deseaba seguir. Dicha comisión se componía de veinticuatro miembros, y era presidida por Thiers en la ausencia del ministro. Por parte de la Universidad fueron escogidos Victor Cousin, Saint Marc Girardin y otros; por los católicos, Montalembert, el padre Dupanloup, el padre Sibour, el vizconde de Melun, Agustin Cochin y algunos más; y para contrabalancear sus tendencias, políticos como Thiers, EugèneJanvier, etc.
De todos los católicos llamados a participar de los debates, sólo Montalembert era de los jefes del partido católico. Louis Veuillot fue dejado de lado por “intransigente”; Mons. Parisis, obispo de Langres y líder eclesiástico del partido, no fue convidado para no entrabar la acción del padre Dupanloup; Lenormant, demitido de la Universidad por causa de su fidelidad al partido católico, ni siquiera mereció que le explicasen porqué prescindían de su participación.
En las reuniones de la comisión, desde luego Thiers dominó completamente la situación. En un cambio espectacular de orientación, propuso que se entregara toda la enseñanza primaria a los católicos, y que se extinguiesen las escuelas normales, viveros de maestros socialistas. Por la primera y última vez, Montalembert habló en nombre de los católicos en la comisión, para… oponerse al proyecto de Thiers y pedir la libertad de enseñanza.
Al discutirse la organización de la enseñanza secundaria, Victor Cousin recordó a Thiers que todos los argumentos que éste usara contra el monopolio de enseñanza primaria eran también válidos para la enseñanza secundaria. Y Thiers respondió: “Entonces la sacrificaremos también; es preciso sacrificar todo para la salvación de la sociedad”. Montalembert no tuvo el coraje de intervenir nuevamente, y dejó la palabra al padre Dupanloup, ¡que propuso un acuerdo con la Universidad en ese momento en que parecía completamente derrotada por los católicos! Durante su exposición Thiers se levantó y, con gestos e inclinaciones de cabeza, pasó a apoyar al orador. Cuando el padre Dupanloup terminó, todas las miradas se volvieron hacia Montalembert. Obligado a pronunciarse, apenas dijo: “No tengo nada que acrecentar a las palabras del padre Dupanloup”. Estaba liquidado el gran líder católico. No habló más durante las sesiones, y el padre Dupanloup tomó el bastón de mando, resolviendo por los católicos el acuerdo con la Universidad.
Inicialmente fue elaborado el proyecto de ley. La dirección moral de enseñanza primaria sería confiada al clero. La secundaria era proclamada libre, y reducida al beneplácito de la Universidad, que pasaría solamente a fiscalizarla. Los ministros de los diferentes cultos serían los encargados de la dirección moral y de la enseñanza religiosa en las escuelas secundarias. En cuanto a la Universidad, ella perdía el control de la enseñanza. En su Consejo Superior, al lado de los profesores entrarían los magistrados, consejeros de Estado, miembros del Instituto y tres obispos indicados por el episcopado.
Tal proyecto era profundamente contrario a la orientación del partido católico. Principalmente porque, en lugar de la libertad de fundar universidades propias, era dado a la Iglesia un lugar bien modesto en el Consejo Superior de la Universidad, en cuanto a esta aún le era conservada la importantísima atribución de fiscalizar los establecimientos secundarios libres. Por otro lado, si el proyecto contenía alguna cosa de bueno, es de extrañar que los católicos hayan tenido la iniciativa de proponer tan poco en favor de gravísimos intereses de la Iglesia.
En todo caso, Montalembert perdió el liderazgo del movimiento católico. El conde de Falloux y el padre Dupanloup serían los nuevos jefes, si los católicos apoyasen el proyecto, y con eso el catolicismo liberal conseguiría la victoria en Francia.

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domingo, 21 de septiembre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 17

Una profecía que se cumple

En 1835, se encontraron en un hotel de Londres dos jóvenes franceses, que desde entonces se ligaron por una estrecha amistad. Uno era legitimista y volvía de una visita al viejo rey Carlos X; el otro, bonapartista, estaba al servicio del ex rey José, hermano de Napoleón I. Eran el conde de Falloux y Fialin de Persigny. En sus discusiones, del conde de Falloux no tomaba en serio la esperanza que su amigo alimentaba, de una restauración de los Bonapartes en el trono de Francia, lo que llevó a Persigny a decirle proféticamente: “Sus ojos se abrirán. El príncipe Luis reinará y Ud. formará parte de su primer ministerio”.
Persigny, su profecía se cumplió
Algunos años más tarde, Persigny fue detenido en uno de los intentos de la revolución promovida por Luis Napoleón. El conde de Falloux fue a visitarlo a la prisión. Al salir, el prisionero le deslizó en la mano un papel: era la dirección de la casa donde se encontraban los uniformes preparados para la entrada triunfal del príncipe en París. El conde de Falloux consiguió hacer que desaparecieran esos uniformes, destruyendo así lo que, en las manos del gobierno de entonces, sería una prueba aplastadora de culpabilidad contra Luis Napoleón y sus amigos.
En 1849, Luis Napoleón ocupaba la presidencia de la república con el eficaz apoyo del partido del orden. Thiers pretendía dominar al príncipe-presidente, y fue bajo su dirección que se desarrollaron las negociaciones para la formación del primer ministerio del nuevo gobierno. El príncipe Luis, entre tanto, hacía una imposición: quería como ministro suyo al conde de Falloux. Además de ser el pago de una deuda de gratitud y un deseo de Persigny, aún se debía tener en cuenta que el conde de Falloux era uno de los “notables de la calle Poitiers”, legitimista, un nombre político ya respetado, y traía para su gobierno el apoyo del partido católico.
Las primeras gestiones se enfrentaron con la negativa formal del conde de Falloux. Sin embargo, una vez más entró en escena el padreDupanloup. Fue él quien consiguió convencer al joven líder legitimista a aceptar el convite para el ministerio. El propio Falloux cuenta en sus memorias cómo fue vencida su resistencia:

Tenía a mi servicio un vandeano, Marc Séjon, que todos mis amigos conocían y estimaban con el nombre familiar de Marquet. Hijo de un guardabosques de mi padre, había nacido y educado en mi casa.  No se podía llevar más lejos de que él la pasión política y la dedicación personal. Contra mi voluntad, él me siguió en los días de la insurrección de julio. Estaba seguro de su inviolable respeto por las órdenes que le daba. Le confié, por lo tanto, mi plan de campaña, recomendando que me mandase un coche a las nueve horas a la calle Saint Dominique (a la casa de Madame Swetchine), prohibiéndole revelar a quien quiera que fuese el secreto de mi refugio.
Todo corrió bien hasta las ocho y media, y ya conversaba alegremente, como un hombre que acababa de escapar de un gran peligro, cuando la puerta del salón, que yo sabía rigurosamente cerrada, se abrió bruscamente y apareció el padre Dupanloup. Se disculpó en pocas palabras con Madame Swetchine, y me dijo:

   Estoy en su casa desde las seis horas, suplicando en vano a Marquet, en nombre de los más graves intereses, decirme dónde podría encontrarlo. Impiadosamente me dejó sin cenar. Pero, viendo que se aproximaba la hora de su regreso, me puso en el coche que venía a buscarlo, y aquí estoy.
   Muy bien, ¿y qué quiere Ud. de mí?
   Hacerle sentir el peso de su responsabilidad. Comunicaron su rechazo al príncipe Luis, y éste respondió fríamente: “Comprendo lo que eso significa. A la edad del Sr. de Falloux, no se rechaza voluntariamente una cartera ministerial. Es su partido el que no le permite aceptar. Es por lo tanto, una declaración de guerra. Quería tener mi punto de apoyo en los conservadores. Como él me hace falta, debo buscarlo en otros lugares. Hoy el partido legitimista levanta una bandera, mañana será el turno del partido orleanista. No puedo quedar en el aire, y voy a pedirle a la izquierda el concurso que la derecha no me quiere prestar. Veré esta tarde al Sr. Jules Favre”.
   Esta es, mi amigo – acrecentó el padre Dupanloup – la situación que creó su terquedad. Usted va a abandonar a Italia a sus convulsiones, dejar al Papa sin socorro y entregarlo a sus peores enemigos, volviendo a lanzar en la anarquía a Francia que no aspira sino a liberarse de ella, y cubrir de confusión a los más eminentes representantes del partido conservador.

Quedé aterrado con el cuadro de la situación expuesta por el padre Dupanloup. Madame Swetchine no dijo nada.

   ¿Pero quién dijo todo eso? – Pregunté.
   Primero el Sr. Molé, y después el Sr. Montalembert, que esta cenando a dos pasos de aquí. En casa de Mme. Thayer, y suplica verlo.
   Muy bien, lléveme con él.

Mme. Swetchine
Dejé a Mme. Swetchine en la mayor ansiedad, porque ella conocía bastante bien el fondo de mi alma, para comprender la extensión de mi sacrificio. Madame Thayer, hija del general Bertrand, juntaba a una gran distinción una gran piedad. Estaba muy unida con la acción y los deseos de los católicos. Cuando me vio entrar, el Sr. Montalembert exclamó:

   Hicimos mal en ceder. Debimos prever eso. Reflexione, yo le suplico que reflexione, si aún queda tiempo:

Todo el salón hizo eco de esas palabras.

   Muy bien – respondí – yo no lucho más por mi propia cuenta, pero tengo condiciones que quiero imponer, tanto por vos como por mí. Vamos inmediatamente a la casa del Sr. Thiers, en cuanto el padre Dupanloup regresa a la casa del Sr. Molé.

El salón de la Plaza Saint Georges comenzaba a repletarse. El Sr. Montalembert entró solo, y le susurró al Sr. Thiers que yo lo esperaba en la sala vecina. Él acudió luego, con las dos manos extendidas.

   No me agradezca todavía – le dije –. Vine a buscarlo porque los pares me enviaron (usé a propósito esta expresión, para colocarlo delante de la dificultad). Acepto el ministerio si el Sr. me promete preparar, sustentar y votar conmigo una ley de libertad de enseñanza. Si no, no.
   Prometo, prometo – respondió el Sr. Thiers con efusión – Y crea que no es una promesa que me cueste. Cuente conmigo, porque mi convicción es la misma que la suya. Mis amigos liberales y yo estábamos en el mal camino en el terreno religioso. Debemos reconocerlo francamente. Pero ahora déjeme procurar inmediatamente al príncipe Luis, que recibe en este momento consejos detestables, y talvez dentro de pocas horas ya no será posible liberarlo de esas influencias.

El Sr. Thiers pidió permiso apresuradamente a sus visitantes. El Sr. Montalembert quiso encargarse, de mi parte, y poner el Sr. Molé al par de lo que pasaba en casa del Sr. Thiers. Yo tomé mi coche y llegué a casa diciendo:

   Bien, pobre Marquet, vas a entrar en el ministerio. ¡Quién lo diría!
   Ciertamente yo no – replicó él tristemente –. Entre tanto, como el Sr. lo hizo, estoy cierto de que es para bien, y tenemos que resignarnos”.

Es curioso que Falloux, amigo fiel del bonapartista Persigny, a una edad naturalmente inclinada al deseo de una gran carrera – tenía entonces 37 años – habiendo tanto rechazado obstinadamente un ministerio y no desease colaborar con el príncipe Luis Napoleón en la represión del desorden que llevaba el partido conservador, apoyara la candidatura de este último a la presidencia, habiendo impuesto la ley de libertad de enseñanza como única condición para dejarse vencer, a pesar de los trágicos colores con que el padre Dupanloup pintó la situación del Papa. Tanto más que él rechazó en la Cámara hacer parte de la comisión parlamentaria de que dependía la aprobación de esa misma ley.
Finalmente, el conde de Falloux es ministro de Instrucción Pública del primer ministerio de Luis Napoleón. Él preparará la ley sobre la libertad de enseñanza redactada de tal modo que incluso hoy la Francia católica sufre sus consecuencias. Y esa ley es la que liquidaría completamente el partido católico.
Al tomar posesión, el conde de Falloux encontró en su escritorio una bella carpeta de rojo marroquí, con una nota: “De parte del Sr. de Persigny. Recuerdo de Londres, 1835”.

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sábado, 13 de septiembre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 16

LEGITIMISTAS Y CATÓLICOS AL SERVICIO DEL BONAPARTISMO

Conde de Falloux
La Asamblea Constituyente de 1848 formó quince comités especiales destinados a orientar mejor sus trabajos, dentro de los cuales los de la instrucción pública y de la educación. Cada diputado escogía libremente el comité al que deseaba pertenecer. Los diputados católicos seguían la orientación de Montalembert, que deseaba el mayor número posible de miembros del partido católico en el comité de enseñanza, a fin de llevar adelante la reforma que era la razón de ser de su fundación. La indecisión de Montalembert, entretanto, minaba su autoridad. Y el conde de Falloux, a pesar de causarle el más vivo descontento, prefirió el comité del trabajo, destinado a tener una gran importancia política en la república que se inauguraba.
De hecho, el nuevo régimen ostentaba un programa de reforma social casi comunista, y sería en el comité del trabajo que se daría la lucha entre los elementos conservadores y la izquierda revolucionaria.
Luego después de victoriosa la revolución de febrero de 1848, el gobierno proclamó el derecho del trabajo y organizó, por decreto, los llamados talleres nacionales, destinados a acoger y a dar servicio a quien estuviese desempleado. Pasado el entusiasmo de las primeras horas, todos los desocupados y agitadores se dirigieron para los talleres, que en poco tiempo llegaron a tener 100.000 miembros. Éstos eran pagados por el gobierno a un franco por día, a fin de no hacer nada, pues no había trabajo para tan grande multitud. Los agitadores no dejaron pasar la ocasión, y transformaron los talleres en focos de agitación que amenazaban al gobierno y a la Asamblea, ponían en peligro la paz e incentivaban a los obreros a abandonar el trabajo. En realidad los talleres se constituyeron en una huelga permanente, sustentada por el poder público.
La Asamblea Constituyente y el propio gobierno tenían conciencia del creciente peligro representado por los talleres, pero no tuvieron el coraje de disolverlos, y procuraron una solución de compromiso. Esa fue una de las principales preocupaciones del comité del trabajo. El conde de Falloux fue incansable en el combate a los talleres, ya sea en el comité, ya sea en la tribuna de la Asamblea, pero sin resultado hasta el día 15 de mayo de 1848.
En ese día, los miembros de los talleres invadieron la Asamblea, la dominaron y quisieron revivir las escenas de la Revolución francesa. El gobierno, que a costo los subyugó, resolvió entonces crear coraje y solucionar de una vez el problema. Llegó la hora del conde de Falloux. Él fue el que combatió más tenazmente, propuso medidas, intentó ejecutarlas, trabajó, conversó, se convirtió por último en el líder de la campaña. Finalmente, el 21 de junio se promulgó un decreto obligando a los miembros de los talleres a escoger entre el servicio en el ejército o en el campo. Al día siguiente, no conformándose con la resolución del gobierno, los obreros se rebelaron y la insurrección estalló en París. Reprimida con la máxima energía, los talleres desaparecieron con ella, y el conde de Falloux se tornó en el héroe parlamentario de la victoria.
Delante de la amenaza socialista, los partidos conservadores se aliaron y formaron lo que se llamó el “partido del orden”. Sus jefes se reunían en la calle Poitiers, por lo que fueron apellidados de “notables de la calle Poitiers”. Entre ellos, Berryer, jefe legitimista, luchó lado a lado con Thiers, orleanista, y Odilón Varrot, uno de los promotores de la república, pues fue el organizador de los banquetes de la oposición. Montalembert representaba el elemento católico, sin embargo su liderazgo ya no era indiscutible, ya que, gracia a su creciente prestigio, el conde de Falloux se transformó en el verdadero jefe del partido católico entre los notables de la calle de Poitiers.
Por otro lado, Montalember, apartándose de Louis Veuillot, con sus relaciones con Dom Guéranger día a día más tensas, y cada día más próximo de la orientación de Mons. Dupanloup, abandonó insensiblemente la línea nítidamente católica que había observado hasta entonces y perdió la confianza de los católicos. En el rumbo político que entonces escogió, era él superado por el conde de Falloux, que se convertía así realmente jefe del “catolicismo liberal”. En carta a Dom Guéranger, el propio Montalembert reconoció esa situación: “Siento perfectamente el aislamiento que se hace en torno de mí, sea por la envidia de algunos, sea por la timidez de otros. Pero eso no me detendrá. Después de reflexiones tan prolongadas cuanto comporta el género de vida que llevo, mi partido está definitivamente tomado”.
Luis Napoleón Bonaparte
La insurrección de los talleres, mostrando la disposición de los partidos izquierdistas de tomar el gobierno por la fuerza, lanzó el pánico entre los notables. Se aproximaba la época de elección del presidente de la república, y entre los candidatos el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón I, apareció con gran electorado en el seno de la masa popular. El partido del orden, no deseando dividirse y queriendo aprovecharse del prestigio que reveló poseer el príncipe al elegirse diputado en cinco circunscripciones diferentes, adoptó su candidatura. Así, el 10 de diciembre de 1848, Luis Napoleón fue electo presidente de Francia por aplastadora mayoría de votos.
Habiendo vivido siempre fuera del país, Luis Napoleón era incapaz de formar un ministerio, y Thiers se encargó de la tarea. A no ser pocas indicaciones directas del príncipe-presidente, casi todos los nombres de ministros venían de la calle de Poitiers. Entre los candidatos de Luis Napoleón estaba uno que era para él el hombre ideal: el conde de Falloux. Notable de la calle de Poitiers, uno de los jefes ostensivos del partido legitimista, era Falloux un político respetado. Además de todas esas ventajas, traía para el gobierno el apoyo del partido católico, que maniobraba como entendía. Le fue ofrecida la cartera de educación. No se sabe muy bien qué fue lo que pasó, cuáles los motivos que lo llevaron a aceptar. El hecho es que el conde de Falloux aceptó e hizo parte del primer ministerio de Luis Napoleón.


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sábado, 6 de septiembre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 15

EN LA FASE DEL LIBERALISMO LARVADO

En cualquier movimiento de ideas, debemos distinguir entre las doctrinas, de un lado, y las tendencias ideológicas y las inclinaciones afectivas del otro. Las doctrinas consisten en un cuerpo de principios coherentes unos con los otros, y explicitados en fórmulas de clareza cristalina. Las tendencias ideológicas son por así decir ideas incompletas, en estado de elaboración mental, por lo tanto, aún no susceptibles  de ser traducidas en términos nítidos y expresados. Las inclinaciones afectivas son aspiraciones profundas del alma a que ciertas cosas sean de cierto modo. Es obvio que las aspiraciones elevadas auxilian poderosamente el espíritu a admitir la verdad objetiva, plena e inmaculada que existe en la Iglesia, y las aspiraciones bajas opacan fácilmente la visión, llevándola a imaginar la verdad donde está el error, y el bien donde está el mal.
En el llamado “catolicismo liberal” es preciso distinguir —al menos cuanto a algunas de las corrientes que en él existen— las doctrinas explícitas, que frecuentemente son ortodoxas, de las tendencias, que generalmente son heterodoxas, y las inclinaciones del espíritu, que casi siempre se orientan para la mentalidad orgullosa, envidiosa, enemiga de toda ascesis, todo freno, toda autoridad, que es el espíritu de la Revolución. Y es de capital importancia tomar en consideración estos hechos, para comprender en su sentido profundo la historia tormentosa y erizada de contradicciones, del llamado “catolicismo liberal”.
Los principios explícita y radicalmente liberales chocan abiertamente con el catolicismo, y sería imposible su propagación entre los católicos. Esta propagación se hacía pues, en la Francia del siglo XIX, de forma larvada, bajo las apariencias  de tendencias de todo tipo, que llevaban a los católicos a aceptar cualquier pretexto para no oponerse a las ideas profundamente liberales de la época, para conformarse con los tiempos en que vivían, en fin, para llevar una vida cómoda y sosegada, sin las tribulaciones que les imponía la existencia cuotidiana, en una sociedad que día a día se apartaba más de la Iglesia.
Hasta 1848 el “catolicismo liberal” vivió prácticamente de equívocos. Sus jefes no podían exponer claramente su pensamiento, no solo para evitar la condenación de la Santa Sede, como también porque la opinión católica lo repelería como contrario a la fe. Pero la tendencia acomodaticia y conciliadora de muchos católicos permitió que, con formulaciones menos avanzadas, él continuase infiltrándose poco a poco, cuando el momento era favorable, o retroceder al sufrir una reacción muy fuerte de la opinión pública o una condenación del Santo Padre.
Federico Ozanam
El advenimiento de la república en 1848 parecía ser el instante favorable para la victoria del movimiento, y su propaganda, que hasta entonces se había hecho con temor y veladamente, pasó a ser abierta y a llevar públicamente sus principios a las últimas consecuencias.  Pero los excesos del gobierno y L’Ère Nouvelle de Federico Ozanam mostraran los excesos a que conducían las tendencias liberales. La reacción fue tremenda. L’Ère Nouvelle murió ante la mengua de lectores, aun cuando no le faltó, infelizmente, el apoyo eficaz y continuo del arzobispo de París.
Montalembert, uno de los grandes nombres del “catolicismo liberal”, llegó a convencerse de su error y dar esperanzas de un benéfico giro, pero fue en esa debacle que surgió el padre Dupanloup. Convencido de la incompatibilidad entre el liberalismo y el catolicismo, y al mismo tiempo percibiendo como era fuerte la tendencia liberal en los medios católicos, él renunció a la propaganda de la doctrina liberal explícita y frontalmente contraria al catolicismo, difundiendo entretanto la tendencia para el liberalismo, ya tan difundido entre los fieles. Desde entonces el “catolicismo liberal” se presentó sobretodo como una mala tendencia, consiguiendo mucho más fácilmente ganar terreno entre los católicos.
El padre Dupanloup era teóricamente ultramontano, adepto fervoroso de la monarquía legitima y contrario al galicanismo. El ultramontanismo, en su opinión, no podía ser puesto en duda, y un católico no podía apartarse de sus principios perfectamente verdaderos y eternos sin incurrir en apostasía. Siendo así, el galicanismo estaba completamente errado, las ideas de Joseph de Maistre eran irrefutables, etc. Para Dupanloup, teóricamente todo eso era perfectamente verdadero, y constituía lo que él llamaba la tesis. Pero una distinción debería ser hecha. Aun cuando la tesis siendo perfectamente verdadera, la sociedad de entonces estaba de tal modo apartada, que era legítimo para el católico, incluso ultramontano, no recordar toda la doctrina de la Iglesia. Defender la inquisición, la inflexibilidad del Papa, las tradiciones que la Revolución de 1789 destruyó, era peligroso porque apartada muchas almas de la Iglesia. El católico debe ser ultramontano en tesis, pero aceptar la sociedad tal como ella es. O sea, en la práctica debe ser liberal.
La célebre distinción entre la tesis e hipótesis legítima en sí misma, pero forzada y desfigurada por el padre Dupanloup iría a ser abusivamente utilizada para la salvación del “catolicismo liberal”, evitando la dispersión de sus adeptos y colocándolo en un terreno donde muy difícilmente podría alcanzarlo la refutación ortodoxa.
El partido católico, sin embargo, era un desmentido a las afirmaciones de Dupanloup. Combatiendo por un principio, consiguió vencer, uniendo a los católicos e imponiéndose a la sociedad que no lo quería reconocer. El primer trabajo del padre Dupanloup fue entonces dirigido contra el partido católico, por el que Montalember y Louis Veuillot tanto habían luchado para colocarlo en la alta posición en que se encontraba.
Evidentemente el padre Dupanloup no podía contar con Montalembert, no solo por el desánimo en que éste había caído, sino también porque Dom Guéranger no ahorraba esfuerzos para mostrarle el error en que hasta entonces había vivido. Por otro lado, siendo el jefe del partido que venció adoptando la política completamente opuesta a la preconizada por Dupanloup, no le sería fácil repudiar tantos años de lucha y defender justamente la posición que antes tantas veces atacó. El padre Dupanloup sabía que no podía contar con Louis Veuillot. Él era un ultramontano impecable, y no admitía distinciones tendenciosas como norma de conducta. De todos modos, en las filas del partido católico, o mejor, entre sus jefes, el padre Dupanloup no encontraría el lego necesario para llevar a término su política.
Conde de Falloux
El lego buscado fue finalmente encontrado en un joven parlamentario que comenzaba a tener gran renombre: el conde de Falloux. Joven aún, iniciaba prácticamente su vida política. Diputado por la Vandée, la región de Francia que se cubrió de glorias en la Revolución de 1793, era él ultramontano y uno de los jefes legitimistas. Su vida fue inaugurada en el reinado de Luis Felipe, pero a no ser la publicación de una historia de Luis XVI y de una vida de San Pío V, con las cuales hacía profesión de fe ultramontana no se distinguió en la vida parlamentaria antes de 1848. En la Asamblea republicana, combatió tenazmente a los revolucionarios, lo que le dio una gran influencia.
El embajador de Inglaterra en Francia se refirió a él en sus notas:
En el naufragio de tantas reputaciones súbitamente lanzadas por las aguas turbias de la revolución, no hay sino una que en este momento comanda la tempestad. Nadie había esperado que el conde de Falloux que no era conocido en la Cámara anterior sino como un fervoroso legitimista, amable y de maneras distinguidas conquistaría tan deprisa la posición que ocupa en este momento en la Asamblea Constituyente republicana. Demostró una calma y una energía que le aseguran la ascendencia incluso entre aquellos a los cuales su nombre antes no despertaba ninguna simpatía”.
El cronista de la Revue des Deux Mondes decía: “Él podrá ir bien lejos; tiene medida, tacto, sangre fría, y en su gran fisionomía un arte de un hijo de cruzados”.
No habiendo participado de las luchas por la libertad de enseñanza, y habiendo conseguido rápidamente una gran situación política, el conde de Falloux era el hombre ideal para el padre Dupanloup llevar adelante sus proyectos. Su primer trabajo fue aproximarlo a Montalembert, para después lanzarlo en la solución del impasse en que estaba la campaña por la libertad de enseñanza.


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domingo, 31 de agosto de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 14

VACILACIONES Y CAÍDA DE UN GRAN LÍDER

De ascendencia inglesa y educado por el abuelo materno, que era protestante y profundamente infectado de liberalismo, Montalembert concibió la ilusión de que el ultramontanismo, del que era adepto sincero y fervoroso, fuese conciliable con los fermentos de libertad que su educación le había introducido en la mentalidad. Aristócrata hasta la médula de los huesos, no podía aceptar la democracia de Lacordaire ni la república de Lamennais. Pero lo que correspondía a todas sus aspiraciones era el programa de gobierno que L’Avenir lanzó a través de una serie de artículos publicados en 1831. Realmente ese programa conservó mucha cosa de los tiempos áureos de Lamennais, lo que no es de extrañar, dado que, si bien bastante revolucionario, el periódico era cauteloso al exponer sus planes de reforma.
Montalembert, el líder ultramontano que terminó sus días
como un "católico liberal"
En resumen, la monarquía sería conservada, pero controlada por la elite del país, cuya formación obedecía a un criterio más de acuerdo con la Revolución. Serian abolidos los departamentos, y Francia nuevamente dividida en provincias y comunas, división ésta más natural y más consistente con las realidades geográficas y sociales. Los habitantes de cada comuna eligieron el consejo de notables, esto es, un consejo formado por los conciudadanos más honestos, esclarecidos y aptos para gobernarlos. Ese consejo, que sería presidido por un comisario real, se ocuparía de la administración de la comuna.
Los notables de las comunas elegirían a su vez a los notables de las provincias, los cuales delegarían sus poderes a una comisión que, también bajo la presidencia de un comisario real, gobernaría la provincia. De seis en seis meses los notables de cada provincia se reunirían para trazar las directrices del gobierno provincial. Los comisarios reales tendrían una función moderadora. Asegurarían la ejecución de las leyes y cohibirían los abusos de los notables contra el pueblo que los eligiera.
El poder central sería legislativo y ejecutivo. El legislativo tendría dos cámaras: una, la de los comunes, electa por los notables de las comunas; la otra, el senado, por los notables de las provincias. El poder ejecutivo, ejercido por el rey, nominaría a los comisarios reales, dispondría del ejercicio y de la marina y trataría, con exclusión de cualquier otro órgano, de la política exterior.
Montalembert imaginaba que si el catolicismo francés abandonaba enteramente el galicanismo, volvería a enseñarse en toda su pureza la doctrina católica y si la aristocracia sacudiese la indiferencia a la que estaba entregada, los notables escogidos serían naturalmente los católicos y los aristócratas, tan luego fuese instaurado el gobierno preconizado por L’Avenir. Y bastaría que ellos no faltasen a su misión, que Francia estaría salvada.
Durante el reinado de Luis Felipe, Montalembert se dedicó entusiastamente a la tarea de re erguir a los católicos y a la nobleza. Par del reino y jefe incontestable del partido católico, su obra fue de tal porte, su actuación tan magnifica y su ultramontanismo tan sincero, que después de su defección en beneficio de los católicos liberales ninguno de los líderes ultramontanos —como monseñor Pie, Dom Guéranger y Louis Veuillot— se referiría a él sino con la tristeza que causa una gran pérdida.
Fue la revolución de 1848 el inicio de la caída de Montalembert. Creía de tal forma que la libertad vendría como él la soñaba, que el establecimiento de la república lo lanzó en el desaliento. Ya vimos su desencuentro con Louis Veuillot, y cómo éste procuró animarlo para que no abandonase la lucha. Nada refleja su estado de espíritu que las cartas que en esa época escribió el gran restaurador de la Congregación Benedictina francesa, Dom Guéranger, Abad de Solemnes, entonces su amigo y confidente.
Habiéndolo Dom Guéranter saludado por su elección para la Cámara de los Diputados, Montalembert respondió en los siguientes términos:
“Mi amigo, plenus sum sermonibus [estoy lleno de palabras], y eso hace tres meses y todas las veces que pienso en usted tengo mucho que decirle, y sucumbo con el peso de todo lo que desearía derramar en su corazón de monje y amigo. Es forzoso que usted haya comprendido muy mal la revolución de febrero, para haber podido desear mi elección. En cuanto a mí, quedé desolado desde el inicio, y cada vez más me desaliento cuando contemplo la Asamblea y la situación. No hay nada, absolutamente nada, que yo pueda hacer en medio de esa horrorosa y vergonzosa debacle. En el fondo no soy un hombre de lucha ni de revolución; soy un hombre de estudio, y si es necesario, de reconstrucción. Mi tiempo ya pasó; mi carrera está terminada. Nada más tengo que hacer sino sumergirme en un retiro, si el mundo aún lo permitiese, y ahí hacer, deshacer y rehacer en mi “Monasticon”. Es posible que yo suba a la tribuna de la Cámara, pero será con la convicción de sufrir un fracaso bien más triste que el del padre Lacordaire.
“Vea, mi amigo, nada más está de pie en este país. Helo juzgado, y juzgado por ese famoso sufragio universal. Creí de buena fe en la transacción, intentada por la restauración y por la monarquía de julio, entre lo pasado y lo futuro, entre el buen criterio y la locura. Ahora todo está destruido, y temo que nada más sea posible. Puede ser que el exceso del mal y la ruina material traigan una apariencia de reacción monárquica. Pero no es de ahí que puede surgir una regeneración moral e intelectual. Considero que rodaremos gradualmente hasta el fondo del abismo, donde nos esperan los griegos del Bajo Imperio, Asia Menor, África y las repúblicas españolas de América.
“Queda la Iglesia. Sí —como usted bien dice— amo y aprecio más que nunca esta patria imperecedera que no nos será robada. Pero estoy alarmado con el clero. ¿No vio los discursos de ciertos curas en París, que califican a Nuestro Señor Jesucristo de “divino republicano”? Es siempre el mismo espíritu de adoración servil de la fuerza laica y del poder vencedor. Infelizmente el espíritu galicano se complicó y se envenenó con las tendencias demagógicas, que tanto inficionaron el clero hasta un grado que yo no podía sospechar. Entretanto, espero y creo que la Iglesia saldrá triunfante de esa nueva prueba.
“Y usted y ese pusillus grex [pequeño rebaño] de Solesmes, ¿cómo pueden resistir a tal tempestad? ¿Y Pío IX? No, en verdad tengo mucha cosa que decirle, y nunca podré hacerlo. Le pido solamente que rece mucho por mí y me escriba tantas veces cuanto pudiese. No puede imaginarse a qué grado de abatimiento estoy reducido. Es absolutamente necesario que cambie de moneda (“ne peur, ne espoir”) [sin miedo, sin esperanza], porque tengo un miedo excesivo del futuro y estoy completamente sin coraje. Mi esposa es mucho más valiente que yo. En breve seremos todos barridos por los comunistas o por la dictadura. Adiós, mi amigo, sepa que cuento más que nunca con su afecto, y más que nunca lo necesito”.
Dom Guéranger no dejó de animar al amigo. Le recordó su actuación, su vocación de apóstol, la necesidad que tenía la Iglesia de su concurso, de su influencia siempre creciente, en fin, procuró levantar de todos los modos la moral de Montalembert. De ahí esta carta a Dom Guéranger, que hacía prever un maravilloso retorno del gran líder al ultramontanismo:
Dom Guéranger, el ilustre abad de Solesmes
“Yo no pensé en todo eso (carrera, influencia, etc.) cuando en 1830 entre en la palestra para defender la Iglesia y la verdadera libertad. Hoy, no quiero pensar más en esas cosas. Nunca tuve sino una finalidad: servir y profesar la verdad a expensas de mi ambición, de mis intereses, de mis propios gustos. Hasta donde en 1830, no separo la verdad de la libertad, pero ahora sé lo que antes no sabía: la libertad —la verdadera, la santa libertad, la libertad del bien, la única que la Iglesia autoriza y defiende— es incompatible con la democracia, con la revolución, en una palabra, con el espíritu moderno”.
Infelizmente, sin embargo, surgió en ese momento el padre Dupanloup con la célebre distinción entre la hipótesis y la tesis, y Montalembert prefirió a los consejos de Dom Guéranger, la tutela del futuro obispo de Orleans. El campeón del ultramontanismo francés, su verdadero jefe hasta 1848, será de ahí en adelante un soldado del “catolicismo liberal”, hasta morir sin gloria, en 1870, llamando al Papa de ídolo del Vaticano.


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