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martes, 7 de junio de 2016

La felicidad de situación.

Plinio Correa de Oliveira
Conferencia del 28 de marzo de 1972 (*)

Creo que hay mucha gente, pero mucha, que tiene la siguiente filosofía de la existencia: “Sólo es agradable la diversión. Sólo es realmente agradable divertirse”. De manera que, en la vida, la única forma posible de alegría radica en la diversión y, por lo tanto, cuanto más se divierta alguien más feliz será. La fuente de la felicidad está, pues, en la diversión.
Pero, ¿qué es lo que este tipo de gente entiende por diversión? Ver la televisión, viajar, ir al cine y al teatro; o peor, irse a lugares corruptos e inmorales. Con la tendencia de entregarse a estas cosas de manera desordenada. En esto consistiría propiamente la diversión.
No obstante, habrá quien afirme que la infelicidad debe aceptarse por amor al Cielo, por amor de Dios, por temor al Infierno. Pero pensando que, en fin, la vida templada, regular, seria y sin diversiones no es una vida feliz, porque la felicidad radicaría en lo festivo.

¿Es posible la felicidad en este valle de lágrimas?

Santo Tomás de Aquino afirma algo enteramente verdadero: el hombre, para poder existir, necesita tener algo, por menor que sea, que le proporcione algún placer. Un hombre sin la menor pizca de felicidad, desaparecería.
La Providencia Divina, que es materna y bondadosa, permite dos cosas: por un lado, que la gran mayoría de los hombres posea, al menos, una parcela de felicidad, aunque no una felicidad total, que no existe de hecho en esta vida. Pero, por otro lado, también hace que aquéllos a quien Ella más ama pasen por períodos en los que desaparece la felicidad completamente. Son los grandes períodos de la vida de un hombre, cuando “cae la noche” sobre él y de manera absoluta desaparece la felicidad, incluso el consuelo espiritual. Entra, así, en el túnel oscuro, plúmbeamente pesado, de una gran infelicidad. Es necesario ver esas partes trágicas de la existencia como algo permitido por una especial disposición de la Providencia, en general de poca duración.
Por lo tanto, el hombre precisa tener un fragmento de felicidad. Es necesario preguntarse entonces si dicha parcela de felicidad se identifica con el placer. ¿Cuál es el papel del placer en la posesión de esta porción de felicidad?

Analizando diversas situaciones

En diversas fases de la historia de algunos pueblos, en ciertas culturas, el placer es excepcional, la diversión es poco frecuente. Son algunas fiestas al año, de diferente naturaleza; y, fuera de esto, la persona no se divierte. ¿Puede uno ser feliz así? Yo respondo: sí, puede, siempre que comprenda bien su situación y sepa encontrar en ella la felicidad que ésta le proporciona.
Consideremos, por ejemplo, la vida de un terrateniente de antaño. Vivía, en general, en una casa de campo, que era confortable, por lo menos según sus necesidades y conveniencias. Se encontraba, a veces, separado algunas leguas de la ciudad más próxima, con una carretera no siempre fácil de transitar. Este hombre tenía una tendencia a aislarse en su propiedad, viviendo allí en la placidez de la misma.
¿Cuáles eran sus diversiones? Habitualmente, dos o tres festejos al año, como la festividad de la Patrona de la ciudad cercana, la boda de algún pariente o un bautizo, mezclándose la celebración religiosa con la fiesta social. ¿Cuál era, entonces, la alegría que este hombre encontraba en la vida rural? Debería existir, pues, de lo contrario, él moriría. La encontraba en el ejercicio de su actividad agrícola, plantando, dirigiendo la cosecha, supervisando los trabajos... por así decir, reinando en sus tierras. Al mismo tiempo, tenía a su lado a su familia, que era otro pequeño reino. Y en el correcto desempeño de su tarea agraria y familiar, gozaba de la honorificencia y del respeto de sus semejantes. Su felicidad consistía, así, en comprender y degustar esta situación.
Un ejemplo similar lo encontramos en los profesores y catedráticos europeos de comienzos de siglo. En general, son hombres de la burguesía, a veces incluso del operariado, que viven del cultivo intelectual de una materia de la que gustan y por la cual se interesan. Este hombre vive de la enseñanza, que a él le parece interesante. Desde su cátedra, sabe que tiene una proyección, que es dueño de un prestigio que lo cerca de la aureola y del respeto que merece su situación.

Esto vale, asimismo, para el pequeño comerciante. Una figura característica del pequeño comerciante profundamente tranquilo, sereno y equilibrado, es el padre de Santa Teresita del Niño Jesús [en la foto, con su esposa]. Era joyero en la ciudad de Alençon, donde hizo su pequeña fortuna, puede imaginarse con qué honestidad.
A cierta altura de su vida clausuró su comercio, retirándose a vivir a Lisieux, donde construyó su casa –Les Buissonets–, todo un poema de la pequeña gracia menuda pequeño-burguesa. Y allí vivió en la tranquilidad, paz, estabilidad y equilibro de alma que poseía.

La templanza, llave de la felicidad

Esta degustación de las situaciones, este placer morigerado, constituye propiamente la felicidad. ¿Qué relación hay entre esto y el placer? El placer no es lo opuesto de la felicidad. El placer es como un tempero, como una sal que le da a la felicidad cierto sabor. Porque una vida como las que hemos mencionado, a la larga, puede volverse un tanto monótona. Hace parte de la mutabilidad del espíritu humano que desee, de vez en cuando, cierta variedad. Es concebible que quiera un placer honesto. De manera que el placer no es lo contrarío de la felicidad.
La llave de la cuestión está en la templanza. Si el individuo es temperante es capaz de degustar la situación legítima en la que se halla, encontrando ahí la felicidad. Si es intemperante, o si se deja llevar por la intemperancia, pasa a correr tras los placeres; corriendo tras los placeres, corre tras las sensaciones, y corriendo tras las sensaciones, vuelve al punto cero. Son espíritus que transforman en fuente de gozo intemperante incluso cosas que, de suyo, no lo son. Por ejemplo, encontrará placer en el trabajo agitadísimo, que produce como que una embriaguez de realización.

Lo febricitante: opuesto de la templanza y de la felicidad

La actividad febricitante es la manía de tener, continuamente, sensaciones fuertes, de no vivir en la placidez de una vida ordenada y común, sino de estar inmerso en las sensaciones fuertes. Es una carrera tras la sensación a propósito de todo y de nada. De ahí, en gran parte, el desequilibrio de la sociedad moderna. De ahí los mil desatinos de esta civilización nuestra que puede ser llamada de civilización de lo "sensacional", en oposición a la civilización de antaño, que era la civilización de lo racional, de lo razonable, de lo comedido, del equilibrio.

El “Angelus” de Millet

Termino con la evocación de un cuadro, el “Angelus”, de Millet. Lo que Millet, de una manera romántica, quiso expresar en aquel cuadro es la felicidad sin placer. Es la tranquilidad inmensa del campo, del trabajo que terminó, del Angelus que tintinea en la campana de la iglesia cercana; de la pareja que está rezando en la castidad de la vida campesina, de zuecos, en traje de labor y con los instrumentos de trabajo; y que, en la tranquilidad del campo, va a regresar a casa para cenar.

Va a descansar, va a sentir el aroma de la comida que comienza a extenderse por la casa, el humo que sube por la chimenea, el ruido de algún animal, un niño que realiza sus últimas piruetas antes de irse a dormir. Llega la noche y llega aquella seguridad dentro de casa, mientras la inseguridad nocturna domina a su alrededor. Es la alegría, la felicidad de las situaciones.
¿No es verdad que todos lucraríamos mucho inhalando esta felicidad, y que es un verdadero infeliz el individuo intoxicado por la postura opuesta? A mí me parece que sí.

(*) Extracto de una conferencia del autor, sin revisión del mismo. Covadonga Informa, Año XXI, Núm. 223, febrero de 1998, págs. 10-11

sábado, 18 de octubre de 2014

Almas delicadas sin debilidad, y fuertes sin brutalidad


Si en la era del romanticismo la opinión pública se inclinaba para las almas delicadas, sutiles, frágiles, exageradamente delicadas, exageradamente sutiles, diríamos exageradamente frágiles si la fragilidad ya no fuese en sí misma un defecto y una exageración, en nuestros días, cuando la lucha por la vida del alma y del cuerpo imponen un esfuerzo incesante, la admiración se vuelve más frecuentemente para las almas poderosas, fuertes, realizadoras, enérgicas. Y, como todo cuanto es humano está sujeto a la exageración, somos propensos no raras veces a glorificar las fuerza física de los boxeadores y atletas, o la fuerza casi hipnótica de ciertos dictadores, como valores absolutos y supremos.
En esto, como en todo, un sano equilibrio se impone. Y de este equilibrio la Iglesia Católica es maestra, fuente de toda virtud.
Entre la fuerza y la delicadeza de alma no hay incompatibilidad, desde que una como la otra sean entendidas rectamente. Y un alma puede al mismo tiempo ser delicadísima sin ninguna flaqueza y fuertísima sin ninguna brutalidad.
A bien decir, no hay en Brasil persona piadosa que no haya leído "El Alma de todo Apostolado", de Dom Chautard, el famoso abad trapista que vivió algún tiempo en nuestro país, donde intentó -en vano, infelizmente- fundar un monasterio de su orden en Tremembé, Estado de São Paulo. Es imposible leer las páginas admirables de ese libro que tiene una unción que recuerda a veces la "Imitación de Cristo", sin sentir los tesoros de delicadeza que su gran alma encerraba. Dom Chautard fue, entre tanto, también un gran luchador. Contemplativo por vocación, las circunstancias permitidas por la Providencia exigieron que entrase en muchas luchas. Enfrentó con éxito a Clemanceau, el célebre ministro anticlerical de Francia que pasó para la historia con el apodo de "el tigre", y que durante la primera guerra mundial como que personificó todo el coraje y la capacidad de resistencia del pueblo francés. Y de tal manera su gran alma se impuso a la de Clemanceau, que éste prestaba a Dom Chautard un respeto que conservó hasta sus últimos días. La fuerza del hombre se ve en su poderosa personalidad, impregnada de toda la calma de un contemplativo, de toda la decisión de una voluntad de hierro, y de toda la majestad de un espíritu robusto, profundo, enteramente penetrado de las cosas de Dios. La mirada como que sintetiza todas estas cualidades. Mirada noble y dominante, con que Dom Chautard hacía proezas. Durante un viaje por el Oriente, encontró un león enjaulado, lo miró atentamente, e hipnotizó a la fiera...
*   *   *
Todos los que convivieron con el gran Dom Fray Vital Maria Gonçalves de Oliveira celebraron la extraordinaria dulzura de su trato, la gran delicadeza de su alma. A lo largo de su gloriosa lucha con las autoridades masónicas, Dom Vital reveló, sin embargo, una firmeza que hizo de él uno de los mayores obispos que la Iglesia ha tenido. Larga frente noble y como que vivificada por el soplo de las grandes ideas, cejas vigorosas, de una línea implacablemente regular, ojos igualmente de una impresionante regularidad de diseño y admirable nitidez, de los cuales se desprende una mirada calmada, fuerte y profunda, que ve a lo lejos y está habituado a considerar las cosas por sus aspectos más altos, más trascendentes y, por lo tanto, más reales. Nariz que tiene una línea de indiscutible franqueza, barba espesa y varonil, porte erecto. Todo en Dom Vital indica al pastor que ama ardientemente cada una de sus ovejas, y que por esto mismo es capaz de luchar contra cualquier fiera, para expulsarla del aprisco.
Dom Chautard, trapista emérito, modelo de vida contemplativa, Dom Vital, capuchino experto, modelo de vida activa, ambos obras primas de equilíbrio entre la fuerza y la delicadeza del alma, bien muestran cuánto la fe puede vivificar con energías invencibles a los hombres, en este siglo de luchas de todos los momentos y todos los aspectos.
Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 52 - Abril de 1955

lunes, 29 de septiembre de 2014

San Miguel Arcángel – 29 de septiembre

Plinio Corrêa de Oliveira

Selección bibliográfica:

La Iglesia considera al arcángel San Miguel, como el ángel que se interpone entre la humanidad y la divinidad, como el mediador de su oración litúrgica. Dios, que creó las jerarquías visibles e invisibles con una orden admirable, hace uso del ministerio de los espíritus celestiales para su gloria. Los coros angelicales, que contemplan sin cesar el rostro del Padre, saben, mejor que los hombres, la forma de adorar y contemplar la belleza de sus perfecciones infinitas.
La Iglesia en la tierra también invita a los espíritus celestiales para alabar y glorificar al Señor, para rendirle culto y adorarlo sin cesar. Esta misión contemplativa de los ángeles es un modelo para nosotros, como San León nos recuerda en el bello prefacio de su Sacramental:
“Nos corresponde daros gracias, que nos enseñáis a través de vuestro apóstol que nuestra vida se dirige hacia el cielo; que tenéis benévolamente el deseo de que nuestros espíritus sean transportados a la región celestial, el hogar de quienes veneramos, y que especialmente en este día, el día de la fiesta de San Miguel Arcángel, ascendemos a estas alturas”.

Comentarios del Prof. Plinio:

San Miguel es el jefe de los ángeles que lucharon contra el diablo y los ángeles malos y los arrojaron al infierno. Él es el jefe de los ángeles de la guarda de las personas, y también de las instituciones. Él mismo es el ángel de la guarda de la institución de todas las instituciones, que es la Santa Iglesia Católica y Apostólica. Él tiene, por lo tanto, una misión de tutela. En cuanto tal misión, podemos preguntarnos de la relación que existe entre la primera misión de San Miguel de derrotar a los ángeles que se rebelaron y la protección que da a los hombres en este valle de lágrimas.
Las dos misiones están vinculadas. Dios quiso que San Miguel fuese su escudo contra el Diablo en la primera batalla celestial. Él también quiere que Michael para sea el escudo de los hombres contra el Diablo, y el escudo de la Santa Iglesia Católica también. Pero San Miguel no se limita a ser un escudo de protección. Él es también un arma para derrotar y lanzar al enemigo al infierno. Es una doble misión que se correlaciona.
Por esta razón, en la Edad Media San Miguel era considerado el primer caballero, el caballero celestial: fiel, fuerte y puro como un caballero debe ser. Él también salió victorioso, porque él puso toda su confianza en Dios, y después del nacimiento de Nuestra Señora, puso también toda su confianza en ella.
Una compañía de caballeros defienden a
la Virgen y la Iglesia en esta pintura en un altar lateral
del Duomo, Italia
Es esta admirable figura de San Miguel a quien debemos considerar nuestro natural aliado en las luchas en las que estamos llamados a participar en la defensa de la honra de Dios, de Nuestra Señora, de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana. Con San Miguel como nuestro modelo, debemos defenderlas como un escudo, y atacar a sus enemigos como una espada con el fin de destruir el imperio del diablo y establecer el Reino de María en esta tierra. San Miguel debe ser nuestro patrón especial.
La selección apunta a un particular aspecto de la devoción a los ángeles que hay que destacar. Los ángeles son los habitantes de la corte celestial que continuamente ven a Dios cara a cara. El ápice de la felicidad angélica y humana es contemplar a Dios, y esta es la esencia de la vida en el cielo; es lo que hace que el cielo sea la patria de nuestras almas. Dios manifiesta continuamente nuevos aspectos de sí mismo que inundan de felicidad a los ángeles.
En épocas de la verdadera fe, algo de esta felicidad celestial se filtra a la tierra y se comunica a algunas almas piadosas, que, a su vez, la expresan a toda la Iglesia y la incorporan en su tesoro espiritual para que la podamos compartir. Hoy carecemos de este sentido de felicidad celestial y, por lo tanto, tenemos menos apetito por el cielo. Muchas personas sólo tienen apetito por las cosas terrenales. Si pudieran entender por un solo momento el consuelo que viene de la consideración de las cosas celestiales, comprenderían cuán pasajeros son los bienes terrenales, cuán carentes de valor son, de qué manera son otros valores que los trascienden. Si entendieran estas cosas, serían capaces de apartarse de su apego a los bienes terrenales.
Pero, en nuestros días, la gente está entusiasmada por el dinero, por la politiquería, por las cosas del mundo, por la vida trivial y las noticias de poca importancia. Ya no son almas elevadas que se entusiasman con los grandes problemas doctrinales y las cosas celestiales.
De lo que en estos días estamos en gran medida carentes es precisamente lo que los santos ángeles pueden obtener para nosotros. Ellos están inundados por una felicidad celestial, la cual ellos pueden comunicarla a nosotros. Por tanto pidámosles que nos den el deseo de las cosas celestiales. Esta es una cosa excelente para pedir en la fiesta de San Miguel Arcángel, que podamos modelarnos como lo es él y convertirnos en los perfectos caballeros de la Virgen en esta tierra.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Elegancia y destreza venciendo a la fuerza y a la materia (video)

Plinio Corrêa de Oliveira,
“Catolicismo”, Nº 117, Septiembre de 1960

Un noble polaco, el Conde S. K. Potocki (1752-1821) participaba en una cacería en tierras del rey de Nápoles, cuando le mostraron un caballo considerado indomable. El Conde, de inmediato, se quitó la casaca y montó el bravo animal, el cual se dejó subyugar por él. David, el conocido pintor francés, representó la escena en el momento en que Potocki daba por consumada su victoria.


El caballo, dotado de una musculatura admirable y lleno de una estupenda vitalidad, parece espumar aún bajo el yugo del caballero. Este, aunque casi dando la impresión de fragilidad en relación a la cabalgadura, se mantiene sereno, elegante, enteramente señor de sí y del animal, y saluda a los que aplauden su triunfo.

Símbolo admirable de la victoria del espíritu sobre la materia, del hombre sobre lo bruto.

* * *

¡Qué bello tema de meditación para los hombres de una época como la nuestra, que tan frecuentemente se deja dominar, ya no por lo animal, sino por algo que en el orden de los seres es muy inferior, esto es, por la máquina!

miércoles, 22 de agosto de 2012

El recibimiento de Francisco José a Guillermo II y otros príncipes alemanes


La supremacía de la tradición, del derecho, del esplendor y de la sacralidad sobre la riqueza y el poder militar
Plinio Corrêa de Oliveira
Reunión santo del día[1] del 27 de mayo de 1974
Francisco José I (18 de agosto de 1830 — 21 de noviembre de 1916) fue emperador de Austria (1848-1916), rey de Hungría (1867-1916) y último gobernante influyente de la dinastía de los Habsburgs. Su reinado, que duró 68 anos, es el tercero más largo de la historia europea, después de Luis XIV de Francia y de Johann II de Liechtenstein
Haremos hoy algo en la línea de los Ambientes,Costumbres y Civilizaciones para poner en evidencia lo siguiente: uno de los aspectos que más marcan la Revolución actualmente es lo que sus secuaces más modernos llaman de “desmitificación” o “desacralización”.
Para comprender bien lo que eso significa, tenemos, antes que nada que entender la noción que los revolucionarios tienen del “mito” o de cosas “sagradas”. Para llegar hasta el fondo de la noción, en dos palabras yo diría lo siguiente: en la pieza de Edmond Rostand intitulada “Chanteclair”, él hace uso de la figura principal de su composición, que es el gallo, para decir al sol algo en esta línea: “Gloria a ti, oh sol, sin el cual las cosas no serían lo que son”.
Quiere decir, viene un rayo de sol y cae sobre una simple cartulina, por ejemplo, y esa incidencia puede sacar de la cartulina efectos magníficos, por donde de hecho no hay una mentira en lo que el rayo de sol presenta, sino que acrecienta algo a la cartulina que le confiere una belleza especial.
Recuerdo que durante años yo pasaba por la calle de la Consolación camino al colegio San Luis, y siempre encontraba en una mansarda un vidrio de ventana sucio abierto. La propietaria de la mansarda no alcanzaba la ventana y el sol golpeaba sobre ese vidrio y era un verdadero esplendor. Sobre la suciedad, el sol refulgía y hacia un espejo maravilloso y yo siempre me divertía buscando descubrir en mi alma cuántas cosas quería decir eso: el cielo iluminando la suciedad y en reflejándose en ella, sacando de este modo de la suciedad un brillo especial…
Así, las cosas vistas por el hombre con verdadero espíritu filosófico ―y sobretodo con espíritu de fe― reflejan algo de un orden superior. O sea, ella tiene una analogía, una semejanza con algo que existe.
Por ejemplo, un puñado de vidrios rotos en el cual refulge el sol tiene una analogía con lo brillante, aunque éste sea mucho más que el puñado de vidrios rotos. A su vez, lo brillante posee una analogía con alguna piedra maravillosa que existiría en el paraíso terrenal en comparación con el cual el brillante no era él mismo sino un pedazo de vidrio roto. Pero lo brillante del paraíso terrenal tiene una analogía con alguna substancia que existe en el paraíso celestial cerca del cual él mismo no es sino un pedazo de vidrio roto…
Y esta cosa preciosísima del paraíso celestial no es sino un pedazo de vidrio roto y hasta menos que un pedazo de vidrio roto en comparación con la inteligencia del menos dotado de los hombres, porque lo brillante que brilla es el símbolo de la inteligencia. Hasta se acostumbra decir que cuando una persona es muy inteligente, ella tiene una “inteligencia brillante”.
El menos dotado de los hombres tiene incomparablemente más luz en sí de que un brillante, porque posee una luz de otra naturaleza. Pero ese mismo hombre es, a su vez, una imagen de una persona inteligente. Esta, a su vez, es una imagen del ángel. Éste es una imagen de Dios…
Entonces, a partir del pedazo de vidrio roto de ventana ―por sucesivas ascensiones―, los Sres. pueden llegar hasta la perfección infinita que es Dios nuestro Señor.
El espíritu bien formado busca ver siempre en una cosa la imagen de algo más elevado y busca siempre dirigir el espíritu para una consideración más elevada, siendo insaciable de analogías de esas hasta llegar a Dios. Es por esta forma que utilizamos todas las cosas creadas para subir hasta Dios nuestro Señor.
Esto que se puede decir en el orden natural, sobretodo se puede decir del orden de la gracia. Porque ella ilumina más a los hombres de lo que el sol ilumina a todas las criaturas de la tierra. La gracia, a su vez, es un don sobrenatural, creado por Dios y a través de la cual podemos tener una idea de cómo es Dios nuestro Señor…
El resultado de esa tendencia de espíritu consiste en que todos los pueblos que tienen un mínimo de sanidad psicológica, de sanidad mental, buscan presentar todos los aspectos de la realidad, de manera de hacer con que tales aspectos reporten a una realidad superior.
Coronel John Ripley, héroe de la guerra de Vietnam, 29/06/1939 – 1/11/2008 
Entonces, por ejemplo, si consideramos a un militar, gustaríamos de verlo revestido de un uniforme que nos hiciese pensar en el esplendor del coraje que es el trazo distintivo del militar. Y eso de tal manera que nosotros, de “proche en proche”, acabamos reflexionando en el coraje angélico y en el vigor con que San Miguel Arcángel expulsó del cielo al demonio. De donde entonces el gusto de un cierto esplendor por el uniforme militar.
San Felipe Neri celebrando la santa misa
Si consideramos al sacerdote cuando está en el ejercicio de sus funciones, debemos querer considerar en él la sacralidad de su misión. A través de esa consideración, algo que nos haga pensar en Dios. De suerte que es útil y beneficioso realzar la figura del sacerdote ―sobretodo cuando está celebrando la santa misa― con adornos que nos den una idea de la importancia de su misión y a través de esa nos haga pensar en Dios.
Así también podríamos decir de cualquier otra profesión. El profesor universitario, por ejemplo. Lo normal es que él dé clases con toga. ¿Por qué? Para realzar el esplendor, la gravedad, la importancia del oficio y de la misión del profesor. El traje material realza la idea de la misión; la idea de la misión nos lleva a Dios, fuente de toda verdad y Maestro de todos los profesores.
Entonces, hay una tendencia natural del espíritu que no es ateo en ver siempre algo de más alto como que presente en lo que es inferior y busca realzar lo que está más abajo para conducir al espíritu hasta lo que está más elevado.
Esto, que es una tradición de la civilización católica, es un principio que ella transformó y aplicó en innumerables hábitos sanos que quedaron vivos hasta nuestros días. Es precisamente esto que el espíritu moderno considera “mito”. El ver en una cosa la presencia de una realidad superior, y hacer de aquello un “mito”. O sea, procurar ver algo por sus aspectos más altos sería “mitificar”, sería considerar ese algo de modo fantasioso y de imaginario.
Entonces, esto que para nosotros es una serie de elevaciones que nos conducen hasta Dios, para el ateo es una serie de “mitos” que nos conducirían hasta la mentira. Porque Dios no existe para él y no existiendo, evidentemente es un mito que esas cosas puedan conducir hasta Dios, y todo eso no es sino poesía y vacío.
De donde entonces la tendencia para lo que ellos llaman “desmitificación” o la desacralización. Quiere decir, quitar de las coas todos sus adornos, probar de todas las formas de belleza para presentarla lo más tierra-tierra “como ellas son”, para evitar la mitificación, la sacralización.
Francisco José recibe a los príncipes alemanes (como Guillermo II) en la sala María Antonieta. Palacio de Schönbrunn, Viena, 1908 (por Franz von Matsch)
El encuentro, representado en el cuadro que analizaremos, se da en el palacio de Schönbrunn, en Viena, en 1908, precisamente en el remoto año en que nací. Tal encuentro tiene los siguientes antecedentes: Francisco José celebraba en aquella ocasión 60 años de reinado. Él subió al trono muy cerca de la muerte de un tío y que era descendiente de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germano.
Simplificando mucho la narración histórica, durante buena parte de su reino, Francisco José fue el jefe de todos los pueblos de lengua alemana; el Sacro Imperio había sido abolido, pero fue substituido por Napoleón Bonaparte por una organización llamada Confederación Germánica y los emperadores de Austria eran los presidentes herederos de esa Confederación.
Por cerca de la mitad del siglo XIX, Prusia promovió una coalición de estados germánicos contra él, lo expulsó de la Confederación Germánica, quedando, entonces, emperador de Austria y Hungría. Y los demás pueblos de lengua germánica pasaron a constituir un solo imperio, bajo la dirección del Kaiser.
Entonces, había varios reyes, príncipes que eran señores de diversas partes del territorio alemán, pero el Kaiser era el jefe de todos ellos. Francisco José ―además de ser de las más antiguas dinastías de Europa y ciertamente de la más ilustre y de la más sacra de todas ellas que es la Casa de Austria― quedó expulsado del mundo alemán y presidiendo apenas un conglomerado de  estados de lengua magiar, de lengua eslava, un poquito de lengua italiana, etc., que se llamaba la monarquía austrohúngara.
Él estaba, por lo tanto, en un estado de resentimiento en relación al mundo alemán. Como Guillermo II necesitaba de su apoyo, por ocasión del 60º aniversario del reinado de Francisco José, el Kaiser fue acompañado de una comisión de príncipes alemanes para visitarlo. El cuadro representa la sala María Antonieta del castillo de Schönbrunn, en el cual están siendo recibidos.
Los Sres. están viendo una escena altamente sacralizada, en el sentido siguiente: el esplendor del ceremonial militar y del ceremonial estatal es llevado al máximo de la gala y de la pompa para reportar al espíritu las consideraciones más altas que digan respecto a Dios nuestro Señor.
Francisco José está solo en frente de todos los otros príncipes alemanes. El Kaiser está con el penacho grande. Todos los otros son reyes y príncipes de pequeños estados alemanes.
En Alemania había tres ciudades libres con organización burguesa, no eran monarquías, sino repúblicas: Bremen, Hamburgo y Lübeck. Aquí está el representante de una de esas ciudades libres.
El Sr. “X”, gran especialista en estas cosas, me dio hasta una lista de los principales monarcas aquí presentes: este viejo de barba blanca es el regente de Baviera; al lado de él, el rey de Sajonia; parece que este bien junto al marco del cuadro de María Antonieta es el rey de Würtemberg; este con uniforme azul con borlas doradas es el duque de Saxe Meinigen, si no me engaño. Los otros son representantes de príncipes alemanes.
Los Sres. tienen ahí la atención tomada por una idea de gran esplendor. Los Sres. notan cómo todo es luminoso: la sala tiene una luz… es la luz natural, pero es una luz como que plateada que se refleja en las paredes, que rebotan en el piso…
Se diría que el piso es una piedra preciosa sobre el cual ellos están pisando, cuyo reflejo incide en el blanco de la mese junto a la cual está encostado Francisco José, bien como en el blanco de los penachos de los capacetes de los varios príncipes ahí presentes; refulge en la borla dorada que ese duque usa; refulge en los lustres, en los espejos… hay una inundación de luz.
Esa luz brilla en las condecoraciones, en las dragonas, por todas partes lo que los Sres. ven es luz y esplendor. De otro lado, los Sres. notan las personas todas ellas en una actitud de mucha compostura y de mucho respeto de quien sabe quien es, lo que representa, que usa ese uniforme por respeto para consigo mismo y para con su propio cargo.
La idea es sublimar cuanto posible el poder público, el Estado, por respeto a la dignidad de la criatura humana a la cual el Estado es llamado gobernar.
Los Sres. ven el aire militar de ellos, lo que confiere una idea de poder, de fuerza, de tal manera que se podría decir: fuerza, esplendor, sacralidad, son elementos muy presentes en ese cuadro.
Aquí los Sres. tienen a Alemania, pero Alemania dominada por Prusia. El Kaiser tiene un papel en la mano, que puede ser el texto de un discurso que está leyendo o acabó de leer, y Francisco José lo oyó o está oyendo el saludo.
¡Un verdadero primor es Francisco José! Son dos escuelas completamente diferentes. La Alemania nueva, militar, industrial que es representada por el Kaiser y por los que lo siguen. La vieja Alemania, antigua, sacral, noble, distinguida ―guerrera, es verdad, pero no principalmente guerrera, sino patriarcal― que está representada por el emperador de Austria. Son dos figuras diversas, dos ideas diversas: la de Alemania militarista, pre-nazista, y la idea del viejo mundo germánico, sacro y católico.
Los Sres. observen esto de curioso: Francisco José está enteramente sólo, no se hace acompañar de nadie; su uniforme es simple, tres colores apenas: una túnica blanca, unos pantalones rojos con un galeón dorado que viene de alto a bajo. Dorado, rojo, blanco… por coincidencia los colores de la TFP. Él trae una faja que es de una condecoración, que viene en diagonal sobre el pecho y tiene en las manos un casco con plumas de un verde claro y discreto.
Él enteramente solo, pesa en la balanza tanto cuanto o más de que todos los otros reunidos. Se tiene la impresión que los otros hacen fuerza para ser tanto cuanto él. De otro lado, una cierta simplicidad en su actitud, en cuanto los otros están erguidos, con el cuello alto para dar la idea de que valen alguna cosa. Francisco José está en una naturalidad completa, pero al mismo tiempo tiene una distinción que deja a todos los otros en el zapato… A tal punto que los Sres. observen que hay una especie de vacío en torno de él y que nadie llega cerca de él.
Consideren la fisonomía de él: es un hombre sumamente consciente de que no necesita de arreglos, ni de nada para ser él mismo. Tiene atrás de sí siglos de historia, siglos de gloria; posee un derecho que la fuerza no violó y por causa de eso recibe a sus visitantes de modo serio, afable, pero no risueño.
Recibe visitantes en relación a los cuales tiene una queja, la cual él vela con toda urbanidad. Pero está quejoso y los mira con una fisonomía como quien dice lo siguiente: “Mucha simplicidad, etc., etc., pero miren aquí mi palacio, símbolo de mi fuerza. Si hubiere nueva guerra, yo recibo en la punta de la espada porque yo no me dejo dominar por nadie”. Esto queda insinuado con toda la afabilidad, con toda dignidad, con toda distinción.
Ahí el comentario podría ser: cuánto vale la tradición, cuánto vale el derecho, cuánto vale la sacralidad por encima de todas esas cosas como riqueza, poder, etc…
Para quien analiza el ambiente, hay un valor simbólico especial en ese cuadro aquí de María Antonieta. Es un cuadro que la mayor parte de esos príncipes abomina. Todos ellos o casi todos son muy anti-franceses. Austria, por el contrario, en el último periodo de la monarquía austriaca, era muy pro-francesa.
Los Sres. ven al militarista alemán desdeñando el charme austriaco y la gracia francesa, considerando que todo se consigue por la espada. Allí atrás (refiriéndose a María Antonieta) está el símbolo del charme austriaco y de la gracia francesa: el cuadro representa a María Antonieta, reina de Francia, pintada por Mme. Vigée Lebrun, uno de los cuadros más famosos y también más graciosos representando a la reina mártir.

Los Sres. saben que María Antonieta era austriaca  y que mandó ese cuadro para María Teresa, que era su madre y emperatriz del Sacro Imperio Romano Germano, por lo tanto, antecesora de Francisco José en el trono imperial.
Hay una antítesis entre dos mundos: aquí (refiriéndose al Kaiser y a los príncipes alemanes) el esplendor de la fuerza, del poder, de la riqueza. Por encima de ese esplendor los Sres. tiene brillando aquí solo, el esplendor de la fuerza también, del poder también, de la riqueza también, pero que considera la fuerza, el poder y la riqueza valores secundarios, y que da importancia a la historia, a la tradición y a la sacralidad. Ahí los Sres. tienen a Francisco José.
Los Sres. tienen ahí un aspecto maravilloso de la civilización cristiana.
Ya no se ve una ceremonia pública que tenga ese esplendor, ni de lejos e incluso los hombres de esta categoría van siendo cada vez más raros. Hay un descenso en todo. Porque nada es hecho para recordar algo de más elevado y menos aún para reportar a Dios. Hay un achatamiento, la invasión de la vulgaridad ―para no decir de la indecencia― a fin de substituir lo maravilloso de otros tiempos…
(Parte inaudible)
No, cuando se es él, no. El Sr. imagina una señora que tiene un broche de brillantes. Es una cosa muy bonita. Pero si ella tiene un súper brillante solo, ella usar aquello en una cadena colgada al pecho vale más de que un collar de 500 brillantitos. Pero tiene que ser un súper brillante…
En este cuadro, de un lado los Sres. tienen un brillante con la ayuda de los otros; allí los Sres. tienen un brillante solitario que reluce solo.
(Aparte: ¿El señor podría explicar cuál es el proceso del alma para considerar este cuadro y hacer el recorrido que el señor indicó?)
Es la lógica. Toda alma habituada a analizar todas las cosas con esta preocupación, por vía de la lógica, llega hasta allá.
Para hacer eso es preciso propiamente no comenzar por ahí, sino comenzar por amar el brillo de todas las cosas en abstracto, tener un modo de alma por donde se quiera siempre lo más alto, lo más elevado y ser insaciable en ese punto. Entonces, cuando se mira para esas cosas, la gente puede hacer esos largos análisis.
El primer punto es el aprovechamiento de la gracia bautismal, de la rectitud que el pecado original no quita enteramente al hombre, de la rectitud por donde el espíritu humano, en sus primeros movimientos, ya se dirige a lo más alto.
Es claro que quien toma con mucha con-naturalidad  lo que hay de horrible y monstruoso hoy en día, embota el alma para consideraciones de esas, es evidente. Quien, por ejemplo, mira para esos camiones de basura, con aquel aparato medio cónico de triturar, con mal olor, el ruido que hace, y dice “¡esta mecánica qué bonita es!..., ese ―al considerar un cuadro como el que comentamos― no ve nada… Pero es porque ya antes él hizo una renuncia… Cuando él tuvo una exclamación de ese género delante del camión de basura, ya está listo para ver todas las cosas al nivel del suelo.
(Parte inaudible)
No se es arrogante cuando se sabe que se representa a Dios y no está hablando con pretensión propia. Exactamente lo que no se nota sobre todo en el Kaiser. Él es un hombre que considera que su poder viene de la fuerza de las armas. Otro que es del mismo género ―el Sr. “X” no tiene certeza― pero parece que es el rey de Würtemberg. No sé si perciben la acidez y la impertinencia con que está mirando para Francisco José. Observen la punta de los pies de él, el pescuezo, todo lo de él está en la punta para ver si queda más alto que Francisco José. Francisco José ni siquiera está mirando para él. No puede competir porque no simplemente no se puede.
Toda la manera de ser del Kaiser es de un hombre que confía en el poder, en el poder de la riqueza, en el poder de las tropas y en la fascinación personal de la personalidad de él para llevar la nación a la guerra. Ese es el Kaiser.
Los Sres. vean a Francisco José. Él no está nada arrogante, sino natural, ni siquiera está preguntándose si es un gran hombre… Pero sabe otra cosa: él tiene un gran derecho y atrás de sí una gran historia, y ese derecho es un derecho sacro: es el de los emperadores del Sacro Imperio. Y él sabe que ese derecho brilla en él no como una luz que habita dentro de sí, sino que viene de fuera y que lo circunda. Ese es el sacro emperador.
Aquí está la impertinencia; allí está la dignidad. Hay un abismo entre ambos…
Los Sres. consideren ese regente de Baviera, por ejemplo. Los Sres. están viendo cómo es diferente del Kaiser: un hombre viejo, tranquilo, digno, mirando para Francisco José hasta con cierto respeto como diciendo: “¡Oh, qué hombre!...”. Casi como si dijera: “Oh, qué ganas tengo de haber sido de este emperador y no de este otro”. Él no está sin siquiera un poco de aire arrogante, porque está haciendo el reconocimiento de una superioridad real.
Siempre que nosotros nos queremos mostrar en campaña, contar con nuestra propia presentación personal para brillar, corremos el riesgo de quedar arrogantes. Cuando consideramos que somos heraldo de una causa, que somos siervos de una causa y que debemos apenas hacer brillar la causa, la arrogancia sale de nosotros.
El presente texto es una adaptación resumida de la transcripción de la grabación de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, no ha sido revisada por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviese vivo, ciertamente pediría que se colocase explícita mención de su filial disposición a rectificar cualquier discrepancia en relación al magisterio de la Iglesia. Es lo que referimos aquí, con sus propias palabras:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial celo a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por lapso, ocurra que algo no está conforme a aquella enseñanza, desde ya la rechaza categóricamente”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que les da el Prof. Plínio Corrêa de Oliveira en su libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición fue publicada en el Nº 100 de "Catolicismo", en abril de 1959.



[1] Los santos del día eran unas breves reuniones en las que el Prof. Plinio ofrecía una reflexión o comentario relacionado con el santo o fiesta religiosa que se celebraba aquel día.

viernes, 8 de junio de 2012

Pobreza y esplendor: extremos armónicos en el firmamento de la Iglesia

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 96 - diciembre de 1958
Un aspecto de la  Santa Iglesia. En una celda llena de penumbra, ante un crucifijo que recuerda la muerte más dolorosa que jamás hubo, un monje cartujo ojea un devocionario. Revestido de un simple y pobre hábito, con una larga barba, ese religioso parece la personificación de todos los elementos que impregnan el ambiente que lo rodea: gravedad extrema, resolución varonil de vivir sólo para lo que es profundo, verdadero, eterno, noble simplicidad, espíritu de renuncia a todo cuanto hay de la tierra, pobreza material iluminada por los reflejos sobrenaturales de la más alta riqueza espiritual.

*   *   *

Otro aspecto de la Santa Iglesia.
En la inmensa nave central de la Basílica de San Pedro, avanza majestuoso el cortejo papal. En la fotografía, se percibe apenas una parte de él, esto es, algunos cardenales y los dignatarios eclesiásticos y legos que preceden inmediatamente la silla gestatoria. En ella, el sumo pontífice, acompañado de los famosos “flabelli” y seguido de la guardia noble. Al fondo, se levanta el Altar de la Confesión, con sus elegantísimas columnas y su espléndido dosel.  Y bien más atrás la célebre “Gloria” de Bernini. Las altas paredes recubiertas de mármoles admirables y adornados de relieves, los arcos a un tiempo leves e intensos, las luces que resplandecen como si fuesen estrellas o relucientes brillantes, todo se reviste de una grandeza que es bien el supra-sumo de lo que la tierra presentar de más bello. Es la mayor pompa de que el hombre sea capaz, realzada por la magnificencia del arte y por el esplendor de los recursos naturales de la piedra.
*   *   *
Lo que en un cuadro es gravedad recogida, en el otro es gloria irradiante. Lo que en uno es pobreza, en el otro es fastuosidad. Lo que en uno es simplicidad, en el otro es refinamiento. Lo que en uno es renuncia a las criaturas, en el otro es la superabundancia  de las más espléndidas de entre ellas.
¿Contradicción? Es lo que muchos dirían: ¿se puede amar al mismo tiempo la riqueza y la pobreza, la simplicidad y la pompa, la ostentación y el recogimiento? ¿Se puede al mismo tiempo elogiar el abandono de todas las cosas de la tierra, y la reunión de todas ellas para la constitución de un cuadro en que relucen los más altos valores terrenos?
No, entre uno y otro orden de valores no existe contradicción, sino en la mente de los igualitarios, siervos de la Revolución. Por el contrario, la Iglesia se muestra santa, precisamente porque con igual perfección, con la misma sobrenatural genialidad, sabe organizar y estimular la práctica de las virtudes que brillan en la vida obscura del monje, y de las que refulgen en el ceremonial sublime del papado. Más aún. Una cosa se equilibra con la otra. Casi podríamos decir que un extremo (en el sentido bueno de la palabra) compensa al otro y con él se concilia.
El fondo doctrinario en el cual estos dos santos extremos se encuentran y se armonizan es muy claro. Dios nuestro Señor nos dio las criaturas, a fin de que estas nos sirvan para que lleguemos a Él. Así, cumple que la cultura y el arte, inspirados por la fe, pongan en evidencia todas las bellezas de la creación irracional y los esplendores del talento y virtud del alma humana. Es lo que se llama cultura cristiana. Con esto, los hombres se forman en la verdad y en la belleza, en el amor por la sublimidad, la jerarquía y el orden que en el universo reflejan la perfección de Aquel que lo hizo. Y así las criaturas sirven, de hecho, para nuestra salvación y la gloria divina. Pero de otro lado, ellas son contingentes, pasajeras, sólo Dios es absoluto y eterno. Y por eso es bueno apartarse de los seres creados, para que en el desprecio de todos ellos, se piense sólo en el Señor. Del primer modo, considerando todo lo que las criaturas son, se sube hasta Dios; y del otro modo, se va hasta Él considerando lo que ellas no son. La Iglesia convida a sus hijos a ir por una y otra vía simultáneamente; por el espectáculo sublime de sus pompas, y por la consideración de las admirables renuncias que sólo Ella sabe inspirar y hacer realizar efectivamente.

domingo, 20 de mayo de 2012

Ocaso que preanuncia una aurora

Los últimos colores del ocaso parecen ascender como un gran incendio en la lejanía. Reflejando sobre sí algo de esos fulgores, emerge de las sombras y el mar, pálido e incomparable, un misterioso castillo de hadas que como la proa de un navío, se adentra desafiante y altanero en el océano, firme y sólido como las rocas que le sirven de cimientos. Tranquilas las aguas, reflejan como en un espejo la elegante silueta de sus torres, aumentando así el misterio. El destello áureo del poniente brilla sobre la superficie líquida, transfigurando la propia realidad en torno a él.
Esta graciosa construcción es una feliz réplica de los castillos europeos. Sus constructores procuraron representar, en piedra, una imagen mítica del estilo arquitectónico de la Edad Media, en sus mínimos detalles.
La simetría de sus líneas, la solidez de sus murallas y la altivez de su tejado cónico traducen de modo admirable el espíritu que en otros tiempos animó a los constructores del medioevo cristiano.
Bañado de luz y vuelto hacia el horizonte sin límites del Pacífico, el pequeño castillo de Viña del Mar, en Chile, es un ejemplo elocuente del esplendor de la cultura y el arte de la Cristiandad medieval sobre el conjunto de naciones que otrora formaron la Europa católica.
El firmamento dorado de la civilización cristiana continúa presente en aspectos de la mentalidad, de las costumbres y de las tradiciones de los pueblos contemporáneos, en espera de que, en los albores del tercer milenio del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, el “Sol de Justicia” pueda vivificar con sus rayos una nueva primavera de fe.
Plinio Corrêa de Oliveira

sábado, 19 de mayo de 2012

La corona de Carlomagno y lo absoluto


La Corona de Carlomagno trae mensajes que nos hablan de algo muy alto. Es como si ella encendiese dentro de nosotros algo todavía mayor que el ambiente histórico en que alguna vez estuvo. Trae un mensaje y coloca alguna cosa en la persona que la observa con atención.  Y si esa persona se abre a ese mensaje, entonces ella encaja tanto con la corona como con su significado. Si varias personas son sensibles a ese mensaje, nace en ellas una relación entre sus almas.
La Corona de Carlomagno simboliza valores absolutos que nunca cambian y se mantienen por encima de los hombres. Los símbolos tienen la función de darnos a conocer esos valores absolutos de manera sensible. Los hombres no tenemos una visión directa de los valores absolutos, pero cuando vemos un símbolo, como la Corona de Carlomagno, percibimos entonces lo que son esos valores absolutos.
Cuando una persona se abre a la influencia impalpable e indecible de lo absoluto representado por esa corona, entra en un relacionamiento profundo de alma no solo con la corona sino también con todo aquello que ella y ese valor absoluto representa. Y entonces, en ese relacionamiento, un valor que está en Dios, es decir, el Absoluto, entra a habitar dentro de la persona.  
¿Qué es ahí lo absoluto?: Es el propio Dios visto en los reflejos que de Él hay en la creación; y el alma humana fue hecha por Dios para conocer y amar lo absoluto, es decir, esos valores que existen en Dios y resplandecen en los símbolos.
Mientras el alma humana no conozca esos símbolos del absoluto, ella en verdad no ha vivido todavía. Mientras no conozca y ame esos absolutos, sentirá el peso de la vida como la de un animal.
Plinio Corrêa de Oliveira, 26.10.1980

lunes, 14 de mayo de 2012

¿El ángel de la guarda es menos inteligente que el demonio?

La Iglesia enseña que Dios creó a los ángeles muy superiores a nosotros. Al ser espíritus puros, de inteligencia lucidísima y con gran poder, ellos superan, por su misma naturaleza, a los hombres mejor dotados.
Con su rebelión, los ángeles malos perdieron la virtud, pero no su inteligencia ni su poder. Dios, según los designios de su Providencia, acostumbra a frenar la acción de ellos de alguna manera. Pero per se, y por su naturaleza, ellos siguen siendo muy superiores al hombre.
De ahí viene el hecho de que la Iglesia siempre aprobó que los artistas representaran al demonio bajo la forma de un ente inteligente, sagaz, astuto, poderoso, si bien que lleno de malicia en todos sus designios. La Iglesia incluso aprobó que el demonio fuera representado como un ente de encantos fascinantes, para manifestar de esa manera las apariencias de cualidad con que el espíritu de las tinieblas puede revestirse para seducir a los hombres.
*   *   *
En nuestra primera foto, tenemos un ejemplo de esa representación del demonio. Mefistófeles, con un semblante fino, astuto, de psicólogo penetrante y lleno de verbosidad, infunde pensamientos de perdición, suaves y profundos, al Doctor Fausto, que duerme, y se halla en pleno sueño.
Este tipo de representación se ha hecho tan frecuente que casi nadie se hace la idea de cómo es el demonio sino es bajo este aspecto.
Todo esto es, como dijimos, perfectamente ortodoxo.
*   *   *
 
¿En qué sentido son las representaciones de los ángeles buenos que hace cierta iconografía muy común?  Nos los muestran como seres eminentemente bien intencionados, felices, cándidos, y todo esto es conforme a la santidad, a la bienaventuranza, a la pureza que poseen en grado eminente. Pero esas representaciones se exceden en este aspecto, y, queriendo acentuar la bondad y la pureza de los ángeles fieles --sin saber, de otro lado, cómo expresar al mismo tiempo su inteligencia, su fortaleza, su admirable majestad--, los representan como seres insípidos y sin valor. Nuestra segunda foto muestra a una niña cruzando un riachuelo sobre una tabla. Un ángel de la guarda la protege. La pintura, siendo popular y sin pretenciones, no deja de despertar simpatías legítimas, puesto que evoca agradablemente un paisaje campestre, teniendo al fondo el campañario de la aldea, e impregnado de la inocencia de vida que tan fácilmente se puede conservar en el campo. Por otra parte es conmovedora la idea de una niña que sigue despreocupada su camino, protegida por un príncipe celestial, que la ampara cariñosamente. Pero si nos fijamos en este príncipe, ¿no parece él carente de aquella fuerza, de aquella inteligencia, de aquella penetración, de aquella sutileza propia a la naturaleza angélica y con que siempre se representa a Satanás? Fijémonos ahora en el cuerpo que se le atribuye al ángel bueno: actitud débil, flácida, carente de inteligencia. Si lo comparamos con la esbeltez, la agilidad, la alta expresión del porte de Mefistófeles: ¿Puede haber mayor diferencia?
En todo esto hay un grave inconveniente. Al representar insistentemente al demonio como inteligente, vivo, capaz, y, al representar siempre a los ángeles buenos --como lo hace la iconografía azucarada-- como seres débiles, inexpresivos, casi tontos, ¿qué impresión se va formando en el alma popular? Se forma la idea de que la virtud produce seres carentes de fortaleza y bobos, mientras que el vicio forma hombres inteligentes y varoniles.
Hay en esto más de un aspecto de aquella acción endulzada que el romanticismo ejerció tan profundamente y que sigue ejerciendo hoy en día en los medios religiosos.
Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 41 - mayo de 1954

miércoles, 25 de abril de 2012

Almas delicadas sin debilidad, y fuertes sin brutalidad


Si en la era del romanticismo la opinión pública se inclinaba para las almas delicadas, sutiles, frágiles, exageradamente delicadas, exageradamente sutiles, diríamos exageradamente frágiles si la fragilidad ya no fuese en sí misma un defecto y una exageración, en nuestros días, cuando la lucha por la vida del alma y del cuerpo imponen un esfuerzo incesante, la admiración se vuelve más frecuentemente para las almas poderosas, fuertes, realizadoras, enérgicas. Y, como todo cuanto es humano está sujeto a la exageración, somos propensos no raras veces a glorificar las fuerza física de los boxeadores y atletas, o la fuerza casi hipnótica de ciertos dictadores, como valores absolutos y supremos.
En esto, como en todo, un sano equilibrio se impone. Y de este equilibrio la Iglesia Católica es maestra, fuente de toda virtud.
Entre la fuerza y la delicadeza de alma no hay incompatibilidad, desde que una como la otra sean entendidas rectamente. Y un alma puede al mismo tiempo ser delicadísima sin ninguna flaqueza y fuertísima sin ninguna brutalidad.
A bien decir, no hay en Brasil persona piadosa que no haya leído "El Alma de todo Apostolado", de Dom Chautard, el famoso abad trapista que vivió algún tiempo en nuestro país, donde intentó -en vano, infelizmente- fundar un monasterio de su orden en Tremembé, Estado de São Paulo. Es imposible leer las páginas admirables de ese libro que tiene una unción que recuerda a veces la "Imitación de Cristo", sin sentir los tesoros de delicadeza que su gran alma encerraba. Dom Chautard fue, entre tanto, también un gran luchador. Contemplativo por vocación, las circunstancias permitidas por la Providencia exigieron que entrase en muchas luchas. Enfrentó con éxito a Clemanceau, el célebre ministro anticlerical de Francia que pasó para la historia con el apodo de "el tigre", y que durante la primera guerra mundial como que personificó todo el coraje y la capacidad de resistencia del pueblo francés. Y de tal manera su gran alma se impuso a la de Clemanceau, que éste prestaba a Dom Chautard un respeto que conservó hasta sus últimos días. La fuerza del hombre se ve en su poderosa personalidad, impregnada de toda la calma de un contemplativo, de toda la decisión de una voluntad de hierro, y de toda la majestad de un espíritu robusto, profundo, enteramente penetrado de las cosas de Dios. La mirada como que sintetiza todas estas cualidades. Mirada noble y dominante, con que Dom Chautard hacía proezas. Durante un viaje por el Oriente, encontró un león enjaulado, lo miró atentamente, e hipnotizó a la fiera...
*   *   *
Todos los que convivieron con el gran Dom Fray Vital Maria Gonçalves de Oliveira celebraron la extraordinaria dulzura de su trato, la gran delicadeza de su alma. A lo largo de su gloriosa lucha con las autoridades masónicas, Dom Vital reveló, sin embargo, una firmeza que hizo de él uno de los mayores obispos que la Iglesia ha tenido. Larga frente noble y como que vivificada por el soplo de las grandes ideas, cejas vigorosas, de una línea implacablemente regular, ojos igualmente de una impresionante regularidad de diseño y admirable nitidez, de los cuales se desprende una mirada calmada, fuerte y profunda, que ve a lo lejos y está habituado a considerar las cosas por sus aspectos más altos, más trascendentes y, por lo tanto, más reales. Nariz que tiene una línea de indiscutible franqueza, barba espesa y varonil, porte erecto. Todo en Dom Vital indica al pastor que ama ardientemente cada una de sus ovejas, y que por esto mismo es capaz de luchar contra cualquier fiera, para expulsarla del aprisco.
Dom Chautard, trapista emérito, modelo de vida contemplativa, Dom Vital, capuchino experto, modelo de vida activa, ambos obras primas de equilíbrio entre la fuerza y la delicadeza del alma, bien muestran cuánto la fe puede vivificar con energías invencibles a los hombres, en este siglo de luchas de todos los momentos y todos los aspectos.
Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 52 - Abril de 1955
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