Los acontecimientos ocurridos estas últimas semanas han estado marcados por noticias inquietantes. Al parecer, nadie puede entregar un análisis exacto de lo que realmente está sucediendo. En realidad, es difícil saber con exactitud qué es lo que está pasando, por una razón que parece ser la tónica dominante detrás de estos acontecimientos: el caos.
Manifestaciones de malestar, protestas, disturbios, complots de asesinato, amenazas de una 3ra guerra mundial, crisis financieras, intervenciones para salvar a los bancos, medidas de emergencia… En fin, una larga lista con un mismo fondo de cuadro, el caos.
Pero junto con el caos, hay otro aspecto que caracteriza todo este escenario y que casi nadie ha señalado, que es el ambiente anticristiano. Todos protestan y piden cambios, y muchas de esas protestas sin duda son por motivos legítimos. Sin embargo, nadie ―al menos por lo que podemos constatar por lo que nos entregan los mass media―, nadie parece recordar el respeto por la ley natural, los derechos de Dios y la restauración de la civilización cristiana. Nadie se acuerda que si no se respeta la ley natural, que es la ley de Dios, no puede haber solución verdadera a los problemas.
Si la solución es muy simple, bastaría que todos respetaran la ley natural que Dios ha grabado en los corazones de los hombres y que está compendiada en los diez mandamientos y cumplieran con sus obligaciones. ¿Es muy utópica esa solución? No lo es para quien tiene fe. Pero ¿qué diría el ateo?
¿Qué pasaría si los hombres dejasen de mentir, de robar, de codiciar los bienes ajenos, de desear la mujer del prójimo, de matar, y si todos cumplieran con sus deberes y, sobre todo, si amaran a Dios sobre todas las cosas? Yo pregunto, ¿alguien cree que las cosas no se solucionarían si ocurriera eso? Incluso se le podría preguntar a un ateo, ¿qué cree usted que pasaría Sr. ateo si los hombres, ricos y pobres, cultos e ignorantes, de toda raza y condición, no mintieran, no robaran, no codiciaran los bienes ajenos, no asesinaran, cumplieran con sus deberes, etc.? ¿Cree usted señor ateo que las cosas empeorarían o mejorarían? Si respondiera que así y todo, las cosas no mejorarían, entonces es obvio que nada nunca mejoraría, como en el infierno, donde no hay esperanza.
Por lo tanto, es obvio que la solución para el que tiene fe, es la misma solución que el “ateo sensato” debería reconocer.
Porque justamente, mucho por lo que se protesta es por causa de que hay gente que no se comporta así. Dicen que las corporaciones y los bancos roban, bueno, entonces, dejar de robar, ¿no sería solución? Dicen que los políticos mienten, bueno, dejar de mentir, ¿no sería solución?
Y tampoco es cierto que son sólo los ricos los que roban, porque el pobre que no trabaja o hace mal su trabajo por flojo, ese también es un ladrón, porque con su pereza perjudica el bien común de los demás. Si alguien dice que cumplir con esos deberes no sería solución, entonces, ¿cuál es la solución? ¿La desesperación? No es necesario creer en Dios, basta el sentido común para darse cuenta que la solución está en que los hombres cumplan con sus deberes y la ley natural. Porque si con eso nada se solucionara tampoco, entonces nada tendría nunca solución.
El problema de fondo que hay detrás de todos estos acontecimientos que estamos presenciando se podría resumir así: es el caos, producto del hombre que se olvidó de Dios y que quiere construir un mundo donde se basta a sí mismo. La gente pide cambios, pero cambios en un mundo donde Dios y la verdadera Iglesia católica ya no tienen nada que hacer, como en el infierno. ¡Todos se indignan por algo, pero nadie se indigna porque no se respeta la ley natural que Dios compendió en los diez mandamientos!Y como ya la mayoría del mundo no tiene fe, el mundo está entregado al demonio.
En un mundo así, podemos esperar las cosas más terribles. Y esto que estamos presenciando es sólo el comienzo.
Sin comunicar en sus obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas (Efesios 5, 11)
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domingo, 16 de octubre de 2011
Una reflexión acerca de los últimos acontecimientos
lunes, 10 de diciembre de 2007
¿Un Mundo Feliz?
Santo Tomás enseña que la suprema felicidad del hombre radica en la contemplación de la Verdad, que es Dios. Por lo mismo, la vida humana, tanto individual como social, está ordenada a la divina contemplación de la Verdad y a la posesión del Sumo Bien. No siendo éste sino una única Verdad y un único Bien y no habiendo para el hombre sino un único camino para alcanzarla, no puede haber sino una única especie de civilización como no hay sino una única especie humana. Por eso Cristo afirmó “sin Mi, no podéis hacer nada”.
Todo hombre busca la felicidad, hace parte de su naturaleza querer ser feliz. Las naturalezas inteligentes, sólo tienen voluntad de decidir por la felicidad, dice Bossuet. Hay en el corazón del hombre un impulso invencible hacia la búsqueda de la felicidad. Esto es tan verdadero para el individuo como para la sociedad. El impulso hacia la felicidad viene del Creador, y Dios le da la luz que le ilumina el camino, directamente por la gracia, indirectamente por las enseñanzas de su Iglesia. Pero pertenece al hombre, ya sea como individuo o sociedad, le pertenece a su libre arbitrio de dirigirse, de ir en busca de su felicidad allí donde le plazca ponerla, en lo que es realmente bueno, y, por encima de toda bondad, en el bien absoluto, Dios; o en lo que tiene apariencias de bien, o en lo que no es más que un bien relativo.
El hombre ama la felicidad, y donde ponga ese amor, ahí va a buscarla. San Agustín dice que dos amores construyen dos ciudades: aquellos que se aman a sí mismos hasta olvidarse de Dios construyen la ciudad del hombre; y aquellos que aman a Dios hasta olvidarse de sí mismos edifican la ciudad de Dios. Ambas ciudades se disputan el mundo, y la humanidad se debate entre cuál de las dos ciudades quiere edificar. Y bien se puede afirmar que en esto consiste la trama de la historia.
Lo que hemos venido presenciando desde el siglo XV hasta nuestros días es cómo el corazón del hombre se ha vuelto cada vez más hacia sí mismo que hacia Dios. Y una vez que el hombre se vuelve hacia sí mismo, cae en la soberbia de sentirse dios, y eso lo enceguece para conocer la verdad. Por eso Jesucristo dijo a Pilatos: Los que son de la verdad oyen mi voz. Esto es, los humildes de corazón. Y San Pablo, de los paganos decía: Se entontecieron en sus racionamientos, haciéndose insensible su insensato corazón, y alardeando de sabios se hicieron necios. Como decíamos, no hay nada que haga más ciego al hombre que la soberbia.
El humanismo puso como centro al hombre y eso lo llevó a mirar con admiración la antigüedad pagana, lo que dio origen al Renacimiento (renacimiento de la antigüedad pagana, eso quiere decir el término) y el Renacimiento preparó las condiciones para el surgimiento del Protestantismo y del racionalismo que fue la subversión en el plano religioso y en el orden de las ideas. El Protestantismo y el racionalismo a su vez trabajaron por la subversión en el plano político y dieron origen a la Revolución Francesa. El ideal revolucionario de “libertad, igualdad y fraternidad” llegó a convertirse en el nuevo credo del mundo moderno y en el fundamento de la sociedad contemporánea. Estas ideas llevadas al plano económico condujeron al capitalismo liberal, al socialismo y al comunismo, tres versiones distintas o aparentemente distintas, de una misma concepción de la vida. Y este proceso se introdujo lamentablemente dentro de las filas de la Iglesia Católica principalmente a partir del Concilio Vaticano II. Se intentó conciliar a la Iglesia con este “nuevo mundo”, conciliación que es imposible lograr sin traicionar la fe.
Y así hemos llegado hasta nuestros días, encontrándonos en un mundo desnaturalizado, colmado de injusticias, cansado, estresado, desorientado, y sumido en el indiferentismo o en la duda religiosa. Uno se pregunta finalmente, ¿el hombre encontró la felicidad que buscaba? Creemos que nadie se atrevería a afirmar que sí. Y si al menos logró conseguir una cierta felicidad material, ésta no alcanza a todos ya que muchos siguen en la miseria. ¿Y que saca el hombre con lograr una pisca de felicidad en este mundo, si después de su vida va al infierno por haberse apartado de Dios?
Nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios Encarnado, nos indicó el único camino para que el hombre sea feliz, porque la felicidad plena no existe en este mundo, sino en el cielo. Por eso dijo: Mi Reino no es de este mundo… Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… Buscad el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura.
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