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martes, 23 de septiembre de 2014

La princesa Isabel

Una de las numerosísimas víctimas de la
Revolución Francesa: la princesa Isabel
Su “crimen”:
ser la hermana del rey Luis XVI

Plinio Corrêa de Oliveira

El interés especial del personaje está en lo siguiente: como Uds. saben, la Revolución Francesa es presentada por el común de los historiadores como siendo un acontecimiento de los más trascendentales de la historia de la humanidad, en el sentido de que representó un paso más en la historia de la “liberación” del hombre.
Los partidarios de la Revolución Francesa entienden que aquello fue una explosión de lo que hay de mejor de las cualidades del espíritu humano; el espíritu humano que no se conformaría con la sujeción, no se conformaría con los grilletes, no se conformaría con la desigualdad, y que, llevado por una noble sed de igualdad, libertad y fraternidad, habría impulsado entonces la Revolución. Y para justificar la tesis de que el espíritu de la Revolución era muy “noble”, ellos hacen el endiosamiento de los grandes hombres de la Revolución, sustentando que fueron hombres de excepcionales cualidades humanas.
Madame Elisabeth
La verdad histórica es directamente lo opuesto de eso. En mi libro Revolución y ContraRevolución se muestra que la Revolución Francesa fue la consecuencia necesaria del protestantismo. O sea, la explosión en el campo político, o en la temática de las estructuras políticas, del mismo espíritu de rebelión de sensualidad y de orgullo que anteriormente generó el protestantismo. Y, en consecuencia, hay una, polémica también a respecto no sólo de las ideas de la Revolución, sino también de los hombres de la Revolución. Nosotros, que somos adversarios de la Revolución Francesa, nos empeñamos en mostrar la Revolución Francesa en su verdadero aspecto, no solo refutando las doctrinas, sino también mostrando que los hombres que fueron los exponentes de la Revolución fueron criminales, fueron hombres sin ninguna moralidad, fueron lo contrario de la fraternidad que ellos pregonaban, fueron hombres sanguinarios, crueles y tiránicos.
Y uno de los crímenes de la Revolución donde ese espíritu se manifestó de un modo más evidente, es el crimen efectuado contra una de las personas de la familia real de Francia, que era la princesa Isabel, llamada habitualmente por los historiadores Madame Elisabeth (1764-1794). ¿Quién era esa princesa Isabel? Ella era hermana del rey Luis XVI, soltera y una persona no sólo de gran pureza de costumbres, sino de una ardiente piedad. Ella frecuentaba la corte, donde cumplía los deberes que le tocaban como hermana del rey, pero su tiempo libre lo pasaba en un pequeño castillo que ella tenía lejos de Versalles. Dedicaba su tiempo a la piedad y a las obras de caridad: ella distribuía víveres y ayudaba a los campesinos, a los trabajadores rurales que vivían por ahí cerca. Era, por tanto, una persona conocida por causa de su insigne caridad.
Madame Elisabeth distribuyendo gêneros alimentícios, próximo al castillo de Versailles
- cuadro de Richard Fleury François
Ella vivía completamente alejada de la política. Como por lo demás, es normal. Siendo una joven, no teniendo funciones que ver con la política, vivía en el más completo alejamiento de la política. Muy dedicada a su hermano, habría tenido toda la facilidad para casarse, pero no quiso hacerlo para poder vivir allí en las cercanías de la familia real, y prestando el auxilio que las circunstancias le pudiesen pedir.
Cuando estalló la Revolución Francesa, todos los hermanos del rey salieron de Francia menos ella, que quiso, heroicamente, enfrentar los riesgos —evidentes desde el comienzo— de la Revolución y para poder auxiliar en las amarguras que venían a su hermano, a su cuñada (la reina María Antonieta) y a sus sobrinos, hijos de ese matrimonio. Y, de hecho, ella siguió paso a paso el drama de la familia real. Acabó siendo encarcelada por los revolucionarios junto con la familia real, y fue procesada.
Después que Luis XVI y María Antonieta fueron condenados a muerte y guillotinados, vino el proceso de ella y fue condenada a muerte también. ¿Condenada a muerte por cuál crimen? Ningún crimen. No podía ser crimen ser hermana del rey, porque nadie mata a una persona porque es hermana del criminal. Por peor que sea el criminal —por ejemplo, esos hippies miserables que mataron hace un tiempo atrás a unas personas en Los Ángeles— Uds. no van a leer en el periódico la siguiente noticia: “Fueron muertos tales hippies y una hermana de ellos, que no tenía nada que ver con el caso, muerta por ser hermana”. Es decir, eso es impensable, no pasa por la cabeza de nadie.
Contra ella no fue posible alegar ningún crimen. Ni siquiera fue acusada de ningún crimen. Fue muerta exclusivamente por odio, por ser hermana del rey. Uds. pueden ver el carácter bestialmente rencoroso de los líderes y, por lo tanto, también de los secuaces, de una Revolución hecha en nombre de la “fraternidad”. Sería interesante que después de ver el aspecto Revolución, consideremos el aspecto Contrarrevolución. O sea, la dignidad con que esa princesa soportó los tormentos que cayeron sobre ella, y su muerte. Naturalmente no es este el momento de dar la biografía de ella. Pero vamos a ver las escenas de su muerte, los últimos episodios de su muerte.
Esos episodios tienen mucha significación y pasaré a leerlos aquí. Están sacados del libro “Madame Elisabeth – aspectos desconocidos” [versión original francesa: “Madame Elisabeth inconnue”, París, Beauchesne et fils, 1955]; autora del libro: Madeleine Louise de Sion. El extracto que voy a comentar es el siguiente:
La princesa Elisabeth fue condenada juntamente con 25 personas, la mayor parte de la alta nobleza, si bien que había también entre ellas elementos del pueblo. El presidente del Tribunal…”.
Un tribunal revolucionario, republicano que la condenó.
“… Dumas, no pudo dejar de bromear vilmente a respecto de la muerte de esas víctimas. Y dijo: Elisabeth de Francia no se puede quejar, pues formamos a su alrededor una corte de aristócratas dignos de ella”.
El sarcasmo y la burla hacia quien camina para la muerte. Ahí va la princesa, una serie de señoras de la nobleza, entonces “Así es, ella no se puede quejar, va acompañada de un lote de nobles”.
Y nada podrá impedir que ella se sienta todavía en los salones de Versalles cuando se coloque a los pies de la santa guillotina, rodeada de toda esa nobleza fiel”.
Puédese ver el sarcasmo y el peso del sarcasmo. Un hombre, cuando trata con una señora, aun cuando sea el mayor enemigo de esa señora, debe tratarla con cierta cortesía. El fuerte no debe abusar contra el débil. Esa es una cosa elemental de caballerismo. Más aún si se trata de un juez con aquella que acaba de condenar. Él debería tener, por lo tanto, vergüenza de manifestar rencor para con la persona que condenó. Más todavía con una persona que está condenada a muerte. Porque la muerte tiene una majestad, una respetabilidad tremenda. Es un castigo de Dios, y como todo lo que viene de Dios, la muerte tiene una grandeza que hace con que todo el mundo respete a aquel que va a morir. Puede tratarse del hombre más vil del mundo, pero una vez que él está marcado en la frente con la señal de la muerte, debe ser objeto de respeto.
Cuando un bandido está encarcelado y va a ser ejecutado, después de haber sido condenado a muerte, se acostumbra a concederle que se haga su última voluntad, desde que no se trate de una acción criminal, inclusive se le sirve una última cena con todo cuanto él pide. Y algunos comen, tal es el apetito humano. El hombre es así, algunos comen.
Mme. Elizabeth conducida al suplicio
Nadie juzgaría legítimo ponerse delante de un bandido merecidamente condenado a muerte y comenzar a bromear: “¡Ud. va a morir!... ¿Ya se lo imaginó? Ahora va a caer aquí…”. O cuando está en la silla eléctrica: “¡Vea el shock!...” Nadie haría eso. ¿Por qué? Porque es una barbaridad, es una cobardía, porque por más que sea un bandido, él está marcado en la frente con la señal de la muerte; y a partir de ese momento se lo debe respetar.
Ella estaba condenada a muerte, y este bandido, un hombre, burlándose de una mujer; un juez que se burla de quien él condenó; después, una creatura humana que se burla de una persona que va para la muerte. Se burla de esa manera, viéndola en aquella humillación, viéndola destituida de toda la pompa antigua, hace un sarcasmo. Ella se va a sentir a los pies de la guillotina como se sentiría en el esplendor de Versalles. Es decir, es casi imposible llevar la bajeza humana más lejos. Ese era el espíritu de la Revolución francesa. Continua (el texto):
De hecho, la hermana de Luis XVI estaba escoltada por tres marquesas, dos condesas, entre otras personas de la nobleza. Llena de calma, ella escuchó su sentencia de muerte, pidiendo solamente y con cortesía, que le llevasen un sacerdote; a lo que, Fouquier Tinville, promotor público, respondió con desdén: “Bah!, ella morirá muy bien sin la bendición de un capuchino”.
Es una cosa que también no se hace: es negar a la persona el último socorro de la religión. Conozco de casos de ateos que cuando una persona está para morir y pide un sacerdote, el ateo lo hace llamar. ¿Por qué? Porque el ateo raciocina de la siguiente manera: está bien, la religión no es verdadera, pero le voy a dar a él un último consuelo en la hora de la muerte. No le rechaza ese consuelo en la hora de la muerte. Continuemos:
Después de ser condenados a muerte en el tribunal, fueron todos llevados para la prisión. Y en la prisión, sus compañeros que se encontraban ahí, porque antes no se habían reunido, le cedieron el lugar de honra a ella, que tomó con toda naturalidad.
La serenidad de la mirada de la princesa, la dignidad de su actitud…”.
Hay mucho valor en mantenerse sereno cuando se está aproximando la muerte y más aún cuando se es una joven como ella; mantenerse digno cuando se está viviendo en la última de las humillaciones.
“… la ascendencia de su palabra luego crearon en torno de ella un clima de heroísmo que contagió a todos”.
Los señores vean que belleza. Ella la débil, ella la indefensa, ella la mayor derrotada, ella es la heroína. Y no es la heroína del embobamiento y de la falta de distancia psíquica; es la heroína de la fe, la heroína de la serenidad. Ella comunica tanta elevación al martirio que ella va a sufrir que inmediatamente el ambiente cambia. Ella consiguió animar a los débiles y dar fuerza hasta los que se mostraban fuertes.
Una marquesa de setenta y tres años [Madame de Sónozan]…”
Para que los señores vean lo que es la criatura humana…
“… estaba aterrorizada y temblorosa delante de la muerte. La princesa, con especial deferencia, le hizo ver que, al final de cuentas, iba a morir joven, que estaba más serena que ella, y que ella debía tener la alegría de que, al final de cuentas, había vivido por lo menos setenta y tres años”.
Me recuerda el comentario de un francés. Se cuenta que dos franceses se encontraron, y estaban ya los dos un poco envejecidos. Y uno le dijo al otro: “¡Qué aborrecimiento envejecer!”. El otro le dijo: “Yo no pienso así. Es la única manera de vivir mucho tiempo…”. Ese es el espíritu francés. Porque después de dicho eso, no hay nada más que decir. Lapidariamente respondida y más nada. Es quedarse callado y cambiar de asunto. ¿Qué se va a hacer?...
La marquesa se sintió rehecha con pensamientos de fe etc. y quedó animada. La vieja marquesa terminó por calmarse y ofrecer generosamente a Dios los pocos años que aún podía pasar en esa tierra. Una condesa [Madame de Montmorin], que vio guillotinados a todos sus parientes, no se conformaba ahora con la muerte de su hijo Calixto, de apenas 20 años, que había sido condenado junto con ella. La princesa Elisabeth le hizo ver el privilegio de morir los dos juntos y los peligros que correría el joven en una tierra devastada por errores”.
Eran los errores de la Revolución francesa. Ella quería mostrar que un alma fácilmente se perdería y que una madre que tuviese fe debería comprender que era una gracia morir los dos en aquella ocasión, yendo el hijo para el cielo en buena disposición de alma —excelente hasta como los señores verán— en vez de estar sujeto a los riesgos de esa vida.
Para otra condesa [Madame de Sérilly] que esperaba un hijo, la princesa Elisabeth consiguió un salvo-conducto que permitió que la joven señora no fuese condenada”.
No fuese ejecutada la sentencia contra ella. Quiere decir, ella, condenada a muerte, sólo pensaba en los otros, sólo cuidaba de los otros, incluso salvó la vida de una persona. Quiere decir, esas fueron sus últimas horas. Los señores vean la elevación de ese espíritu impregnado de tradiciones y la bestialidad de la crueldad revolucionaria. Ahí los señores tienen dos espíritus, dos mundos en conflicto y podemos medir bien el contraste de una cosa con la otra. Prosigue la narración:
Después de un día de prisión y después de haber el canónigo de Chambertrand administrado los socorros religiosos a todos…”.
Eran sacerdotes que se infiltraban en las prisiones vestidos de legos, y que nadie sabía que eran sacerdotes, y que tenían el heroísmo de hacerse apresar para poder entrar en la prisión. Y entonces ellos daban la absolución etc., porque en esas prisiones era lícito pasar desde una celda para otra. Y ellos entonces cuando veían que las personas estaban condenadas a muerte, ellos con un pretexto u otro, se aproximaban y hacían una señal, y daban la absolución, a veces daban hasta la comunión para las personas; ellos guardaban partículas, celebraban misa, hacían mil cosas extraordinarias en la prisión. Entonces, dice lo siguiente:
“… a las cinco horas de la mañana vinieron a cortarle el cabello a las señoras”.
Era una de las cosas más trágicas que precedía la muerte. Era algo necesario – la guillotina, como Uds. saben, es una lámina que la persona acciona en un punto con una cuerda, y la lámina cae; entonces la víctima está tendida, y la guillotina cae sobre la nuca y corta la espina dorsal. Y la persona muere, porque la guillotina después corta la cabeza entera. Es seguida inmediatamente de la muerte. Es una lámina muy afilada. Pero en el interés del propio condenado, para que la guillotina funcione bien y la persona muera de inmediato, conviene cortar el cabello; incluso a los hombres los rapaban completamente por detrás de la cabeza porque a veces unos pocos cabellos pueden constituir un obstáculo para la guillotina.
Entonces, era del interés del condenado y también era del interés de la Revolución, porque ellos mataban tanta gente en el mismo día, por lo que, para que los grupos de presos fueren rápidamente despachados, era preciso que la lámina no se detuviese para poder matar a muchos. Entonces, en la víspera o, a veces, en la misma mañana, venían los carceleros con tijeras o con navajas y los rapaban. Sobre todo las señoras, que en ese tiempo usaban el cabello comprimido, entonces les rapaban completamente la nuca. Y aquel metal deslizándose por la nuca era el precursor de aquel otro metal que de aquí a poco vendría y que iría hacer un servicio bien diferente.
Nos podemos imaginar la impresión de las personas viendo llegar —pongámonos en el lugar de ellos— por ejemplo, la navaja y acariciar la nuca y después preguntar para el interesado: “¿Está bien?” – Pasa la mano: “Vea aquí tiene unos cabellos todavía…”. Se comprende que no es poca cosa… ¡es terrible! Después, para las señoras hacían como que una toilette fúnebre: vestían completamente de blanco. Amarraban las manos de todas las víctimas atrás y eran empujadas a los puntapiés, en carretas, donde iban de pie, con una multitud asistiendo. En la multitud, de cuando en cuando, había un sacerdote. Y el sacerdote, desde una ventana, desde un lugar disfrazado —ellos ya sabían— quedaban mirando.
El sacerdote hacía una bendición, una absolución última que era, evidentemente, un precioso aliento para quien fuese caminando para la muerte. Entonces, en la mañana venían los empleados de la prisión para cortar los cabellos de todos, sobre todo de las señoras y de la princesa Elisabeth.
“… a las cinco horas de la mañana vinieron a cortar los cabellos de las señoras. Después las carretas siguieron para el local de la ejecución”.
La guillotina quedaba en medio de una plaza pública, enorme, y todo cuanto era revolucionario asistiendo; cuando la cabeza caía, había un orificio en la tarima, caía en una cesta en el suelo. Y los cuerpos eran lanzados al lado. Después los cuerpos eran apilados en una carreta los cuerpos y las cabezas y todos lanzados en una fosa común del cementerio.
Llegando a la plaza de la guillotina, los condenados se sentaron en banquillos, esperando la llamada de sus nombres”.
Los banquillos quedaban en lo alto, en la tarima. Había una tarima, una especie de estrado, donde quedaba la guillotina. Y los banquillos quedaban en lo alto.
Madame de Crussol fue la primera en ser llamada”.
Vean la grandeza de eso delante de un pueblo igualitario. Lo que va a relatar ahora.
Antes, sin embargo, de llegar hasta la guillotina, se aproximó a la princesa y la saludó como se hacía en la corte”.
Una gran reverencia. ¿Son o no son dos mundo completamente diferentes? El mundo del respeto, el mundo de la veneración, el mundo de la humildad, de un lado; el mundo del orgullo, el mundo del paganismo, el mundo de non servían del otro lado.
La princesa Elisabeth, a cada señora que iba a morir, respondía con una inclinación de la cabeza, llamaba a la señora y la besaba. Después de eso la señora subía. La escena era de una tal majestad que los revolucionarios no osaban hacer nada”.
Porque hay realmente ciertas cosas que no son posibles. ¡No es posible! Delante de la muerte, delante de aquella canallada revolucionaria, un tal coraje de una señora, que corría el riesgo de llevar una paliza antes de morir. Y aquella profunda reverencia y el beso de la princesa, y todo hecho con aquella suavidad de maneras del Ancien Régime, aquel beso en que se tocaban dos cabezas que de ahí a poco irían a rodar, los señores están comprendiendo lo que eso significa.
Su gesto fue repetido por todas las otras señoras; después vinieron los hombres que hacían una profunda reverencia delante de la princesa; algunos llegaron a doblar las rodillas delante de ella. Ella también respondía, ellos subían y eran también decapitados. Fue la última recepción de Elisabeth de Francia, y fue la última vez que ella aplicó el protocolo de la corte francesa. Por ocasión de cada ejecución, la princesa rezada en voz alta el De produndis”.
De profundis es un salmo que dice: “Desde lo profundo del abismo en que me encuentro, Señor, Señor, elevo mi voz; que vuestros oídos sean accesibles a la voz de mi aflicción”, etc.; se canta, es un salmo que la Iglesia reza por los moribundos o por los difuntos.
La multitud aullaba de satisfacción y el joven Calixto de Montmorin gritaba alto: ¡Viva el Rey!
Son dos mundos. Es la confrontación de dos mundos. Ése era un chouan, era el caballero de los antiguos tiempos, era el héroe que sustentaba la fe de la tradición, en cuanto los otros pertenecían al mundo comunista que estamos viendo aquí, que era apoyado por otro hombre, que iba a ser ejecutado también, llamado Batista Dubois.
Cuando la última víctima se inclinó delante de la princesa, ella dijo con entusiasmo: Coraje y fe en la misericordia de Dios. Ella fue la última en llegar al cadalso. En el momento en que iban a amarrarla a la tabla…”
Porque la víctima era amarrada a una tabla.
“… en el momento en que ella iba a ser amarrada a la tabla, un echarpe…”
Quiere decir, uno de esos mantos o especie de bufanda para enrollar en el cuello.
“… de lino que ella tenía se cayó, dejando aparecer en el cuello una medalla con el Inmaculado Corazón de María. El ayudante del verdugo quiso robar el echarpe, pero la princesa, con voz emocionada…”
Es la primera vez que ella manifiesta emoción a lo largo de todo este drama.
“… exclamó lo siguiente:…”
No nos podemos imaginar en lo que ella estaba pensando en el momento de morir; ¿Cuál es el pensamiento de ella? Ella exclamó lo siguiente:
Mme. Elisabeth en el patíbulo
En nombre de vuestra madre, Monsieur, cubridme”.
Era un pensamiento de pudor. Ella no quería que ninguna parte de su cuerpo fuese vista. Entonces, ella quedó naturalmente con alguna parte del pecho descubierto, y viendo que era un miserable a quien nada podía pedir en nombre de Dios, ella procuró en aquella hora una fibra humana que aún hubiese en aquél canalla. Y ella le dijo con mucha cortesía, llamando de “Monsieur” (Señor) a un bandido de aquellos. Dice: “Monsieur, en nombre de su madre, cubridme”. ¡Estamos viendo cuánta presencia de espíritu! ¡de pudor! ¡cuánto recato! Compárese eso con las modas de hoy y podremos comprender la decadencia del mundo después de la Revolución francesa.
Fueron sus últimas palabras, eco de toda su vida, hecha de dignidad y de pureza. Se produjo entonces un hecho extraño. Después de su muerte, no se hizo oír el toque de tambores”.
Inmediatamente después de que el ejecutado moría, se tocaba un tambor y el pueblo aullaba. Pero la muerte de ella produjo una tan impresión que ni la canallada revolucionaria osó tocar el tambor. Quedaron todos paralizados, quietos.
Ni se oyó aullido y el grito de ‘viva la república’. El capitán que debía dar la señal para los tambores, cayó desfallecido y de ahí fue cargado ya medio paralítico y agonizante. Un silencio impresionante se impuso sobre la multitud estupefacta, y todos los primeros biógrafos de la princesa repiten que se sintió —como ocurre a veces en la muerte de los santos— un penetrante perfume de rosa sobre toda la plaza de la Revolución”.

*        *        *

Yo recuerdo otro episodio muy bonito de la Revolución, y con eso yo termino el “Santo del día” de hoy. Está en esa línea: es la muerte de Luis XVI. Luis XVI fue ejecutado antes que ella. Él era un hombre extraordinariamente corpulento. Era un atleta. Y fue llevado de la prisión hasta la guillotina, en un coche, con un sacerdote. La historia de ese sacerdote es curiosísima. Ese padre era un padre de origen escocés, se llamaba Edgeworth de Firmont (1745 – 22-5-1807).
Era de una familia escocesa expulsada de Escocia por los protestantes, y que unas tres o cuatro generaciones antes fueron a vivir a Francia. Y en la familia de ese padre siembre hubo una tradición medio profética de que ellos tendrían un descendiente que iría a dar los últimos sacramentos al rey de Francia, preso. Cuando el rey de Francia fue condenado a muerte, él, con el riesgo de su vida se aproximó, pidió a las autoridades revolucionarias para que le permitieran dar la absolución al rey. No se sabe cómo, pero las autoridades permitieron que él entrase y acompañase al rey, dentro del carro, hasta la guillotina.
Cuando los dos llegaron en el carro hasta la guillotina, descendieron y el verdugo fue al encuentro del rey para amarrarle las manos al rey, porque se hacía eso con los prisioneros que iban a ser muertos. Cuando el verdugo llegó, el rey consideró que aquello era una insolencia, y agarró al verdugo con las dos manos y le dijo: “Eso no”, e inmovilizó al verdugo. Y el rey se volteó para el padre y le dijo: “Señor cura, ¿qué piensa el Señor de eso? El padre le dijo: “Si vuestra majestad permitiese que sus manos fuesen amarradas, será más una semejanza entre su muerte y la de nuestro Señor Jesucristo”. Inmediatamente soltó al verdugo y extendió las manos que fueron amarradas y él subió hasta donde estaba la guillotina…

Ahí tenemos el espíritu de las cosas. Podemos comprender en flashes vivos lo que es la Revolución y lo que es la Contrarrevolución. Lo que fue una época que terminó, pero que dejó un filón del cual somos un prolongamiento vivo, y una época que entró y que produjo este mundo de horrores que estamos viendo aquí. Ahí está un flash de un “Santo del día”.
Ejecución del rey Luis XVI


El presente texto es una adaptación resumida de la transcripción de la grabación de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, no ha sido revisada por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviese vivo, ciertamente pediría que se colocase explícita mención de su filial disposición a rectificar cualquier discrepancia en relación al magisterio de la Iglesia. Es lo que referimos aquí, con sus propias palabras:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial celo a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por lapso, ocurra que algo no está conforme a aquella enseñanza, desde ya la rechaza categóricamente”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que les da el Prof. Plínio Corrêa de Oliveira en su libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición fue publicada en el Nº 100 de "Catolicismo", en abril de 1959.

sábado, 14 de julio de 2012

Día de la Bastilla – La farsa


Imagen de la fortaleza-prisión de la Bastilla de San Antonio
(grabado alemán del siglo XIX).
De alguna manera es muy apropiado que una republica tenga una fiesta como el Día de la Bastilla. Las repúblicas, después de todo, tienden a basarse en una minoría que dice mentiras a la mayoría, que finge que lo que ella busca es para el mayor beneficio de esa mayoría; y de una mayoría que finge que le cree, que están de acuerdo con la farsa, a pesar de que sabe perfectamente que le están mintiendo. Un lado finge cuidarlos, el otro finge creerles, y todos van juntos porque quieren creer en la narrativa y no quieren ser aturdidos con los hechos. De la misma manera, el Día de la Bastilla es, como dijo el mismo Napoleón acerca de la historia, “un montón de mentiras aceptadas”. La historia oficial dice que la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, fue un atentado simbólico contra la tiranía, marcando oficialmente el inicio de la Revolución Francesa como una lucha heroica por la liberación de la esclavitud” impuesta por la autoridad tradicional (la monarquía, la aristocracia y el clero) y los valores morales tradicionales que sustentaban dicha autoridad. Los monárquicos saben, y todo el mundo debería saberlo también, que los hechos están muy lejos de esta narrativa ideal que se celebra hoy como la fiesta nacional francesa.
El rey Luis XVI hizo cuanto pudo por mejorar y aliviar
los problemas que aquejaban a su pueblo
No hay duda que en aquella época el reino de Francia estaba en una profunda crisis. La economía estaba en ruinas, el hambre y la pobreza era generalizada, muchos en la aristocracia estaban viviendo una vida de complacencia, separados del pueblo del cual ellos deberían haber estado cuidando y muchos en el clero estaban más preocupados por su propia comodidad que con la administración de los sacramentos y enseñando a su pueblo. No obstante, los dos jóvenes que estaban en la cúspide del poder en Francia, su cristianísima majestad el rey Luis XVI y la reina María Antonieta, no eran ciegos o indiferentes a estos problemas. Ambos habían estado trabajando por su lado para resolver los inmensos problemas que habían heredado tan recientemente. El rey Luis XVI promulgó muchas políticas de sentido común para aliviar el sufrimiento de su pueblo. Redujo los gastos en Versalles, recortó los gastos generales del gobierno, se negó a seguir endeudándose y a subir los impuestos. Acabó con el monopolio del gobierno sobre el grano, lo que permitió reducir los precios para que más personas pudieran costearlos. Por primera vez gravó a los terratenientes ricos y, aunque él no estaba obligado, pagó su propia cuota como cualquier otro terrateniente debía hacer. Del mismo modo, la reina María Antonieta contribuyó a educar a los niños pobres, dejó su propia cocina abierta a los pobres, puso término a las fiestas lujosas (sí, a pesar de todo lo que usted probablemente ha oído hablar) y simplificó su propio guardarropa, en un esfuerzo de llevar una elegante austeridad.
Desafortunadamente, los problemas acumulados por décadas no se pudieron superar rápidamente y los agitadores radicales estaban haciendo todo lo posible para engañar, desinformar y radicalizar la opinión pública, mientras difundían la más perversas mentiras que se podían pensar respecto de su rey y la reina. Por ejemplo, en un esfuerzo para pagar la guerra contra Gran Bretaña a favor de los Estados Unidos, el rey Luis XVI promulgó una reforma tributaria que elevó la recaudación, pero redujo los impuestos para los pobres. Los propagandistas revolucionarios jugaron su juego de desinformación diciendo simplemente al pueblo  que el rey habría de percibir más dinero (no menos de los pobres) e implicando o declarando abiertamente que todo eso era para su propio enriquecimiento más que para pagar las necesidades del país. El rey Luis había hecho todo lo posible para ser razonable y complaciente. Al principio de su reinado, había estimulado los parlamentos locales y reconvocó los Estados Generales. Sin embargo, los agitadores sólo incrementaron su agitación, incitando a la multitud en un frenesí y culpando al rey de los males que él absolutamente no podía controlar. Finalmente, alguien señaló a la prisión-fortaleza de la Bastilla como el símbolo de la imposición del poder real absoluto que tenía que ser eliminado.
Toma de la Bastilla, pintado en 1928 por Henri Paul Perrault.
El 14 de julio 1789 un populacho de París asaltó la Bastilla, que en realidad no tenía nada que ver con lo que habían dicho o lo que la mayoría de la gente de hoy cree que fue. Naturalmente, por fuera parecía muy cruel y amenazante, pero dentro, las condiciones como prisión no eran terribles; ciertamente no era peor que cualquier otra prisión de la época y probablemente mejor que la mayoría. El hecho era que prácticamente no había nadie en la Bastilla. La representación popular tendría que hacer creer que la Bastilla estaba llena de pobres, víctimas torturadas por un monarca autocrático. De hecho, estaba casi vacía de prisioneros. Las únicas personas había para ser liberadas eran cuatro falsificadores, dos lunáticos y un pervertido que había sido encerrado a petición de su propia familia. Las verdaderas víctimas fueron los desafortunados hombres que sólo hacían su trabajo de proteger la prisión. Todos los 120 soldados fueron brutalmente masacrados por la turba hacha en mano, y al gobernador le cortaron la cabeza y la clavaron en una pica. Este fue el comienzo sangriento y sin gloria del horrible baño de sangre conocido como la Revolución Francesa.
Toma de la Bastilla, pintado en 1793 por
Charles Thévenin, Museo Carnavalet.
El episodio es tan ridículo que casi sería una ocasión para reír si no fuera por la muerte y el horror que significó. La Bastilla no era una espantosa cámara de tortura llena de infelices que debían ser salvados por la multitud rebelde. Se trataba de un bastión decadente de un par de locos y unos pocos delincuentes de poca monta. Las verdaderas víctimas fueron los hombres que vestían el uniforme del rey, que fueron ferozmente atacados por una multitud que no había encontrado lo que esperaba. Después ellos demolieron la Bastilla y por eso que se trata de la farsa ridícula, por la que turistas de todo el mundo vienen a París esperando ver a la famosa Bastilla sólo para que les digan que ese lugar no existe desde un par de siglos. De nuevo, más que algo apropiado para una celebración se trata de una farsa, basada en una mentira acerca de un período de la historia que fue más sangriento que glorioso, que fue más de libertinaje que de libertad, más acerca de la maldad que de la igualdad y más acerca del fratricidio que de la fraternidad. ¿Qué podría ser mejor para un día de fiesta de la República Francesa cuando se piensa en ello?
Por supuesto, el verdadero motivo de celebración será cuando Francia rechace las mentiras y las ilusiones de la Revolución y regrese a la senda de Dios, de la gloria y del Antiguo Régimen.
¡Viva el rey!

Extraído de: The Mad Monarchist, traducido por LDP

y

domingo, 8 de abril de 2012

María Antonieta recibe la última absolución

En la Conciergerie, un sacerdote da la absolución a la reina María Antonieta desde fuera la ventanilla enrejada de su celda antes de ser conducida a la ejecución que le valió la gloriosa palma del martirio.

Visto en Tea at Trianon

martes, 18 de agosto de 2009

La cara oculta de la Revolución Francesa

El Libro Negro de la Revolución Francesa

De la persecusión religiosa al Terror judicial; de la guerra civil a la destrucción de las obras de arte, "El Libro Negro de la Revolución Francesa" revela lo que los manuales escolares nos han ocultado.

Cómo los tiempos pasan! Hace ya casi veinte años que celebramos la Revolución Francesa. Actualmente desde el punto de vista de los aniversarios estamos en pleno Imperio: si Napoleón está presente en todas las librerías, el hombre del 18 brumario ya no es celebrado oficialmente. ¿Pero de cierta manera no pertenece el Consulado y el Imperio al gran ciclo abierto en 1789? Entretanto, ha aparecido El libro negro de la Revolución Francesa. Un auténtico acontecimiento. Se trata de una suma impresionante de 882 páginas que refresca nuestra memoria.
Septiembre de 1792 :.. 1400 personas -detenidos políticos- son masacrados en París por los agentes de la Revolución. Mientras tanto, elaboraban las Declaraciones de derechos humanos ....

En 1989 la Revolución no era ya la Marianne apuesta a la que nadie en el mundo debía resistir. La sombra de la Revolución bolchevique había hecho dudar de sus atractivos. Con su desfile colorido del 14 de julio, el publicista Jean-Paul Gaude había intentado insuflarle una nueva juventud. Sin embargo, el mismo año, la caída del muro de Berlín de golpe transformaba en añeja la idea misma de "esperanza revolucionaria"...
Principalmente desde hace veinte años, una revisión radical de parte de los historiadores ha empañado gravemente la reputación de esta vieja gloria. Desde los años sesenta, Francois Furet, un hombre de izquierdas que adhirió al liberalismo, había hecho una brecha en el catecismo revolucionario de Soboul y los historiadores marxistas. Después de una larga reflexión, concluyó, justo antes de las celebraciones, en su Diccionario crítico de la Revolución Francesa, publicado en 1988, que el proceso revolucionario, en el nombre de la "soberanía indivisible", llevaba en sí los gérmenes del terror. Si la Revolución no era el "bloque" que había querido imponer Clemenceau a los Republicanos de la III República, el episodio sangriento no era solamente un resbalón a la deriva..
Entre la pléyade de autores que han contribuido al Libro Negro de la Revolución Francesa se encuentran numerosos historiadores de renombre que han participado en los últimos decenios en la "deconstrucción" de la mitología revolucionaria -Pierre Chaunu, Jean-Christian Petitfils, Jean de Viguerie, Jean Tulard o Emmanuel Le Roy Ladurie- , para no citar más que algunos; pero también excelentes plumas como Reynald Secher, Jean Sévillia, Jean des Cars o Frédéric Rouvillois. Cada uno de los artículos tienen un valor innegable y el trabajo en su conjunto se caracteriza por su riqueza y su altura de miras.
La primera parte, centrada en los hechos, trata de materias tan diversas como la soberanía, la iconografía, la herencia del terror, el 14 de julio, la divisa "libertad, igualdad, fraternidad", el vandalismo, la persecusión anti-religiosa o Saint-Just, objeto de fascinación por parte de ciertos fascistas.
Desde sus inicios la Revolución ha suscitado una intensa reflexión y ha sido objeto de muchas generalizaciones. De ahí el interés de la segunda parte, de gran originalidad, que trata del impacto de esta crisis en los espíritus. Entre los autores estudiados figuran los contra-revolucionarios, aunque no únicamente: Joseph de Maistre, Rivarol, Malesherves, Chateaubriand, Balzac, Baudelaire, Augustin Cochin, Maurras, Bainville, Péguy, Nietzsche, Hanna Arendt.
El genio literario o filosófico ha encontrado en la Revolución Francesa un objeto a su medida. Es de una crítica radical a la modernidad. Es por ello que la tercera parte presenta una antología de textos inéditos o poco accesibles.

Destruid la Vendée!.

"Destruid la Vendée" (Barrère, julio de 1793); "La Vendée debe convertirse en un cementerio nacional" (Turreau); "Serán todos exterminados" (Carrier); "Esa raza es maldita" (Lequinio). De hecho, la población vendeana sufrió un intento de erradicación espantosa. Prisiones, campos de trabajos forzados y barcos prisiones que se echaban a pique. Para acelerar los procesos se recurría a la guillotina o a los fusilamientos masivos y a los ahogamientos. Mujeres y niños no escapaban a la carnicería. Los revolucionarios mismos relataron las peores atrocidades. Sobre una problación estimada de 815.000 personas, la Vendée perdió al menos 117.000 miembros, consecuencia de un "populicidio", cuyos métodos inspiraron en el siglo XX a Lenin y a Pol Pot.
¡Cómo nos han mentido! Cerca del 80% de las víctimas de la guillotina pertenecían al pueblo...

La ambición de este Libro Negro no es "manchar" la Revolución Francesa, sino hacer hablar a los hechos. Son de una violencia increíble. Desde el punto de vista humano, financiero, económico o internacional, el balance es muy penoso. Pero, como subraya Pierre Chaunu, la pérdida en inteligencia y en capacidad creadora fueron, en proporción, para Francia, aún más elevada. En términos de poder, ella se vió debilitada de manera durable.
Es muy revelador que Le Cerf, una editorial católica de reputación universitaria, sea el origen de este proyecto, y que el editor, Renaud Escande, sea un (joven) religioso dominico. Como si un tabú o una inhibición hubiera saltado de la esfera eclesiástica a propósito de ciertas materias.
La Iglesia católica, es verdad, ha pagado un penoso tributo con la persecusión anti-religiosa, que fue de una extrema crueldad. De ella perecieron ocho mil sacerdotes, religiosas y religiosos, y muchos millares de laicos. Precisamente uno de los intereses de este libro es dar un esclarecimiento espiritual (una obra reciente se titula asimismo los orígenes religiosos de la Revolución Francesa). Otro signo de una evolución de mentalidades: el artículo del filósofo Michäel Bar-Zvi, muy crítico sobre la ambiguedad de la Revolución Francesa respecto de los judíos.
El Libro negro de la Revolución Francesa es como un eco o un prolongamiento de la obra que tanto ruido hizo hace algunos años: El Libro negro del comunismo. Los historiadores que dirigió Stéphane Courtois participaron ahora con un artículo notable sobre la Revolución Francesa como "inspiradora de la Revolución de Octubre". El modelo original explica por qué el descrédito y la caída del comunismo salpicaron bajo la forma de sospecha sobre la Revolución Francesa. De ahí viene la crisis moral e intelectual de la izquierda francesa, pues ella ha quedado sin salida.
En Francia, la Revolución ha quedado vinculada a la memoria nacional, pero de una manera edulcorada (...) Parece que nuestra Revolución, que en su tiempo fue vector de lo universal, ha devenido en una excepción francesa (...) Y es que al contrario de la política revolucionaria de la tabla rasa, nuestra herencia, en su profundidad y complejidad, es lo que es hay que saber reconquistar.

El vandalismo revolucionario

"Qué palabras -escribe Alexandre Gady- podrían expresar la emoción de la fisonomía de una Virgen con un niño del siglo XIII destruida a golpes de martillo? Qué descripción podría hacer sentir la amplitud de una catedral medieval dinamitada y reducida a un montón de piedras?. En el Libro Negro este profesor de la Sorbonne estudia el vandalismo revolucionario. No hay una iglesia, un castillo o una ciudad que no lleve su marca. Junto a los objetos y monumentos religiosos las destrucciones más sistemáticas se concentraron en las efigies reales. A excepción de una estatua de pie de Luis XIV, de Coysevox, salvada por milagro, no quedó ni una sola de las estatuas ecuestres o pedestres que ornamentaban los palacios reales y los edificios públicos. Fueron todas derribadas, destrozadas, dispersadas, fundidas.

(Le Figaro Magazine, edición del 9 de febrero del 2008, pp.70-71. La traducción es nuestra. Original en francés en http://www.scribd.com/doc/2063600/8b10-FigMag-Libreo-Negro-Revolucion-Francesa)

domingo, 31 de mayo de 2009

La Viuda Capeto

La Viuda Capeto
La foto es un retrato póstumo representando a María Antonieta en la cárcel del Templo después del asesinato de su marido. Un poco idealizado (dudo que haya tenido un busto de Luis XVI a mano) no obstante está basado de un retrato de Vigee Lebrun. La reina tenía su misal con ella, porque registra lo que los revolucionarios después se llevaron cuando ella fue enviada a la Conciergerie. Antonia Fraser narra en María Antonieta: El viaje, que la reina pidió a su cuñada Madame Elisabeth leyese las palabras de la Misa del misal. (En la prisión del Templo le prohibieron recibir los sacramentos).
Estas son las palabras que Luis XVI puso respecto a su esposa en su testamento y última voluntad:
Confío mis hijos a mi esposa; nunca he dudado de su maternal ternura para con ellos. Le encomiendo a ella, sobre todo, que los eduque para que sean honestos y buenos cristianos; que los haga ver la grandeza de este mundo (si les toca experimentarla) como bienes peligrosos y transitorios, y que los haga poner su atención en la única gloria perdurable y sólida, la eternidad. Suplico a mi hermana que bondadosamente continúe su ternura hacia mis hijos y tome el lugar de una madre, en el caso de que ellos tengan la desgracia de perder a la suya.
Suplico a mi esposa me perdone todo el dolor que ella sufrió por mí, y los dolores que le pueda haber causado en el curso de nuestra unión; y ella puede sentirse segura de que no tengo nada en contra suya, si es que ella tiene algo de qué reprocharse a sí misma.

lunes, 3 de noviembre de 2008

2 de noviembre de 1755, nace María Antonieta, Reina de Francia

“de la reina surgió una mártir, y de la muñeca una heroína”
María Antonieta, Archiduquesa de Austria, Reina de Francia y viuda Capeto.


Reverendísimo Monseñor Director de la Academia, Señores Académicos
La simple enumeración de los títulos con que fue conocida durante su corta vida María Antonieta de Habsburg, más tarde María Antonieta de Bourbon, trae consigo el recuerdo de la serie de acontecimientos extraordinario e imprevistos que constituyeron la trama de la existencia femenina más interesante del siglo XVIII.
En su primera fase, la vida de esta princesa corrió feliz y brillante como un sueño dorado, en que se reunían, en la misma persona, toda la gloria del poder, todo el brillo de la fortuna, y todo el encanto de una radiosa juventud. Súbitamente, sin embargo, este largo encadenamiento de venturas fue cortado por un tifón horroroso, que provocó el naufragio de la Monarquía, la profanación de los altares y la derrota de una nobleza que, a través de los siglos, venía escribiendo con la propia espada las páginas más brillantes de la historia de Francia. Y en pleno desmoronamiento del edificio político y social de la monarquía de los Bourbon, cuando todo el mundo sentía el suelo deshacerse bajo sus pies, la alegre archiduquesa de Austria, la jovial reina de Francia, cuyo porte elegante recuerda una estatuilla de Sèvres, y cuya sonrisa tenía los encantos de una felicidad sin nubes, bebía, con una dignidad, con una altanería, y con una resignación cristiana admirables los golpes amargos de la inmensa taza de hiel con que resolvió glorificarla la Divina Providencia. Hay ciertas almas que sólo son grandes cuando sobre ellas soplan las ráfagas del infortunio. María Antonieta, que fue fútil como princesa, e imperdonablemente liviana en su vida de reina, delante el baño de sangre y de miseria que inundó a Francia, se transformó de un modo sorprendente; y el historiador verifica, tomado de respeto, que de la reina surgió una mártir, y de la muñeca una heroína.
En el año de 1755, nacía en el magnífico palacio de Schönbrunn, en Viena, la archiduquesa María Antonieta, hija de la impetuosa María Teresa, Reina de Hungría y Bohemia, y de Francisco I, soberano de Sacro Imperio Romano Alemán. La diferencia entre los caracteres de sus progenitores tal vez explique las desconcertantes contradicciones que se encuentran en todos los actos y durante toda la visa de María Antonieta. María Teresa era viril y enérgica al punto de enfrentar, gloriosamente, al gran Federico de Prusia, y tal era la fuerza con que hacía pesar sobre sus súbditos la autoridad real, que estos la llamaban, incluso en los documentos oficiales más importantes de Rey y no de Reina. Francisco I, al contrario, era débil, pusilánime y poco inteligente. Se cuenta que, cuando se repetían en su presencia los injustas reproches de Voltaire contra la forma Monárquica, el pobre soberano, no teniendo cultura y energía suficientes para defender los principios de que era guardián, se limitaba a decir a sus cortesanos: ¡qué queréis, mi oficio exige que yo sea monárquico!
La infancia de María Antonieta tuvo como escenario la pomposa corte de Viena. La joven archiduquesa se mostraba dotada de un natural bondadoso, que se aliaba a un gusto acentuado por los estudios. Todavía es conocido en nuestros días su noviazgo con Mozart, el gran músico, que siendo entonces apenas un niño de cinco años, creía ingenuamente estar de novio de la hermosa hija de los soberanos del Sacro Imperio.
La diplomacia de Choiseul, el influyente ministro del rey de Francia, Luis XV, puso término a esta infancia ausente de nubes promoviendo el casamiento de Luis XVI, entonces príncipe heredero, con María Antonieta. Evidentemente, el amor no unió el corazón de los jóvenes príncipes. Se trataba apenas de un acuerdo diplomático en que Austria, fiel a su política de casamientos, y teniendo en vista exclusivamente sus propias ventajas, cedía una de sus archiduquesas, mediante determinadas compensaciones por parte de Francia.
Concluidas las últimas negociaciones diplomáticas, y hechas las necesarias despedidas, la joven María Antonieta se puso en camino en al país del cual vendría a ser, en el futuro, la poderosa Reina. La acompañaba un séquito brillante, constituido por todo cuanto la nobleza del Sacro Imperio tenía de más elevado. En la frontera francesa se realizó la curiosa ceremonia de la “entrega de la archiduquesa”. Había un edificio que se componía de dos partes absolutamente idénticas, de las cuales una quedaba en territorio francés, y otro en territorio alemán. El séquito de la archiduquesa, penetrando por la puerta alemana, condujo a María Antonieta hasta los aposentos donde ella dejó definitivamente sus trajes de princesa del Sacro Imperio, cambiándolos por los de dama francesa. Así vestida, María Antonieta penetró, acompañada apenas por el embajador austríaco, en la parte francesa del edificio. Ahí, toda la hidalguía la esperaba, ostentando la incomparable elegancia, la inmensa riqueza y el requintado gusto artístico que caracterizaban a la corte de entonces.
Luis XVI, el príncipe heredero, era conocido por la austeridad de su conducta, y por la piedad, bondad y honestidad que ornamentaban su carácter. Sus más encarnizados adversarios consiguieron levantar contra él apenas tres acusaciones: la de apático, glotón y habilísimo cerrajero. En el nuevo hogar principesco, que se formaba sin los vínculos de un afecto profundo, el espíritu cristiano de que estaban imbuidos los novios, suplía con ventaja la ausencia de amor. María Antonieta y Luis XVI siempre fueron esposos ejemplares que construyeron sobre los sólidos cimientos del respeto mutuo y de la moralidad absoluta la indiscutible felicidad de su vida familiar.
Los años transcurridos entre el casamiento y la coronación, fueron, tal vez, los más venturosos de toda la corta existencia de María Antonieta.
Hermosa, poderosa, rica, bien casada y venerada por el pueblo con cariñosa dedicación, la joven princesa tenía por única ocupación pasear por los suntuosos palacios de la corona de Francia, trayendo consigo su corte traviesa y todo el lujo fulgurante de que se cercaba constantemente. Entre sus contrariedades, en este tiempo de venturas, se contaban sus frecuentes e interesantes alteraciones con la condesa de Noailles, su severa maestra de etiquetas, que la joven princesa apellidaba impertinentemente de “Madame Étiquette”. Se cuenta que, cierta vez, habiéndose María Antonieta de un caballo que montaba en presencia de toda la corte, exclamó riendo caída en el suelo: llamen a Madame Étiquette, para que me explique cómo debe levantarse la heredera del trono de Francia cuando cae de un caballo.
Uno de los aspectos curiosos del carácter de la joven esposa de Luis XVI era su deseo ardiente de poseer una amiga íntima, confidente de todos los momentos, y de todas las situaciones. Luego que atravesó los umbrales de la puerta que separaba el pasado de la archiduquesa del futuro de la princesa de Francia, su mirada se posó sobre una dama de belleza ideal, la princesa de Lamballe, emparentada con la Familia Real, e infeliz viuda de uno de los hidalgos más traviesos de Francia. La princesa de Lamballe era joven, hermosa y esencialmente aristocrática en la gracia de su porte y de una elegancia sin par. Sus ojos, de un azul profundo, reflejaban todo el candor de su alma sin maldad, y la inmensa tristeza de su juventud sin risa. Su delicadeza era tal que, cierta vez, se desmayó de susto delante de una pintura representando un cangrejo. Esta fue la primera y la más sincera de las amigas de María Antonieta. Poco después, sin embargo, era substituida por la frívola condesa de Polignac. La princesa de Lamballe sufrió su apartamiento con la dignidad propia de una gran alma, no se quejó y no se rebajó. La princesa de Lamballe sólo reaparece en el escenario amputada y mutilada en las calles de París, cuando venía de Inglaterra, a la búsqueda de la infortunada mártir, a quien la princesa perdonaba, así, en las amarguras del sufrimiento, la infidelidad del tiempo de venturas. Aquella que se desmayaba delante de un cangrejo pintado, tuvo ánimo suficiente para arrostrar el tifón revolucionario, y morir por la causa de la amiga que, en el tiempo de los esplendores, le fuera infiel. La condesa de Polignac, en cambio, en vez de ejercer sobre María Antonieta una influencia saludable, la arrastró a una ludopatía desenfrenada. Estaba, entonces, en boga el juego de azar extremadamente dispendioso, llamado Faraón. Las partidas de Faraón comenzaban en la noche, en la residencia de los Polignac, y terminaban con los primeros albores del día, a los ojos de la población escandalizada por la participación asidua de la heredera del trono. Fue esta una fuente de merecidas censuras dirigidas a María Antonieta. Poco después, fue descubierta en un baile popular carnavalesco aquella que debía ser reina de Francia, que se divertía, por lo demás inocentemente, sin recordarse de la dignidad de su posición. Poco a poco, los rumores se fueron acentuando, y cuando murió el viejo Luis XV, María Antonieta subió al trono contando ya con numerosas antipatías.
Incluso así, fue grande el entusiasmo del pueblo, cuando los aplausos anunciaron a María Antonieta, a altas horas de la noche, que llegaba, con el fallecimiento de Luis XV el momento de ser coronado rey de Francia y de Navarra el débil y bueno Luis XVI.
Las fiestas de la coronación fueron un contraste curioso de miseria y de pompa. Luis XVI, después de consagrado y coronado rey de Francia, en la antiquísima y suntuosa Catedral de Reims, en la presencia de toda la nobleza y de todo el clero de Francia, después de haber sido ungido por el representante del Santo Padre con el poleo que, según la tradición, descendió del cielo en el día de la conversión de Clovis, después de haber recibido los homenajes de los elementos más representativos y nobles de la nación, salió de la Catedral acompañado por el obispo de Autun, a tocar con sus manos las llagas de más de 2000 enfermos de toda especie, que esperaban en fila en la puerta de la Iglesia, la salida del Rey que, según la tradición, debería curar, con el simple toque de sus manos soberanas, determinadas molestias. Se cuenta que, como preanuncio de tristes acontecimientos, la corona, al ser colocada sobre la cabeza del Rey, se cayó de las manos del Nuncio Apostólico, y, golpeando a Luis XVI en la cabeza, lo hirió al punto de hacer correr sangre.
Con la coronación, comienza el largo padecimiento de la reina. El pueblo sufría hambre, y no quería comprender que los gastos de la corte eran, en gran parte, necesarios para el decoro de la Monarquía. El pueblo, siempre víctima de explotadores de torpe inconsciencia, no comprendía que la nobleza gozaba de grandes privilegios, pero que, en compensación, sustentaba a expensas propias el ejército y la marina, proveyendo, por otro lado, los gastos de gran parte de la administración. El pueblo, en fin, no comprendía que el clero, esta clase denodada que siempre luchaba por el bien, contra todos los males, por los débiles, contra todos los poderosos, y por Dios contra sus enemigos, este clero costeaba, solo, los gastos de los actuales ministerios franceses de la Instrucción Pública y de los Cultos. No, los sofismas de un espíritu demoledor como Voltaire, la elocuencia lloricona y perversamente hueca de Rousseau, habían gangrenado toda la sociedad francesa. Esta nobleza frívola, que afectaba olvidarse de su Dios, habría de mostrar dentro de poco, que se olvidaría igualmente de su Rey, de su pasado, y del enorme peso de glorias que representaban las nobles tradiciones de que era depositaria. Estos hidalgos, cuyos antepasados habían sido leones, la vida disipada e irreligiosa de la corte los transformara en bailarines. Y el pueblo, movido por la envidia más de que por el hambre, y olvidado de que representar en la sociedad un papel humilde es, también, desempeñar un mandato divino, se lanzó furioso contra la organización política de Francia. El 14 de julio, la invasión de Versalles por un bando de malvadas arrastrando atrás de sí la chusma de la población parisiense, a imponer al Rey débil el gorro frígio, y a insultar bajamente una monarquía que estaba imposibilitada de defenderse, la masacre de sacerdotes inocentes, que pagaban con la propia vida el enorme crimen de haberse dedicado de cuerpo y alma al servicio de Dios, predicando Su santo Nombre y Su Ley de paz y amor, el asesinato de diversos hidalgos que no querían desertar en la hora del peligro del trono en vuelta del cual habían pasado la vida danzando, este encadenamiento horrible de crímenes que sino a ensuciar las páginas de la Historia de la Humanidad, ¿abatió, por ventura a la reina de Francia, la hija de los altivos Habsburg? ¡Nunca! Nunca, esta muñeca de porcelana de los bailes del Trianon dobló su cabeza delante de la ignominia de sus enemigos. Nunca, ni un solo momento, la soberana destronada dejó de ser Reina, pues que, mayor en el sufrimiento de que en la gloria, demostró, al afrontar desarmada y con el hijo en los brazos a aquellos borrachos furiosos que invadían los palcos reales, que era de una raza que no teme el peligro, máxime cuando encarna una causa justa.
Arrastrada la realeza en el lodo de París, humillada la débil personalidad de Luis XVI bajo el peso del infortunio, el único baluarte de la resistencia era María Antonieta, que, haciendo de su desdicha un trono fulgurante para su personalidad, afronta impávida, enorme, delante del sufrimiento, armada apenas con la coraza sublime de la fe y de la resignación cristiana, la oleada que sumergiría a Francia. Hasta el último momento, esta soberana quiso salvar su trono, no por interés personal, sino que por amor al principio monárquico. Y esto ella lo hizo sin vacilar, alentando a todos, y nunca desesperando, incluso cuando la población la saca de las Tullerías, donde estaba detenida, y la conduce, al sonido de los clamores e insultos de la plebe, a la sombra mortal de la lúgubre prisión del Templo, incluso cuando es obligada a ver, abatida de horror y de remordimiento, la cabeza de la valiente princesa de Lamballe, de ojos vacíos, cabellera empolvada y salpicada de sangre, y labios pálidos, introducida en la punta de una asta, entre las rejas de la ventana de su mazmorra, como testimonio de la muerte atroz e inmerecida de su mejor amiga.
He aquí, señores, su tortura de Reina. Fue completa, nada faltó, y todo ella lo soportó con calma y resignación, arrancando, de vez en cuando, gritos de admiración de sus propios adversarios.
Como esposa, María Antonieta sufrió el mayor de los martirios. Su marido, al cual ella dedicaba todos los sentimientos de una esposa católica ejemplar, después de ser blanco de las más crueles afrontas, fue, en fin, arrastrado a una muerte gloriosa para la posteridad, pero que parecía entonces absolutamente deprimente. De su prisión del Templo, oyó María Antonieta, ciertamente, el retumbar de los tambores anunciando que la Convención Nacional, en nombre de la igualdad, destruía al inocente representante de la realeza, en nombre de la libertad lo impedía despedirse, al borde de la tumba, de su pueblo a quien mucho amara, en nombre de la fraternidad le iría a quitar la vida en la guillotina.
Pero, señores, fue la madre que, en María Antonieta, sufrió las más horrorosas torturas. Cuando la Convención fue a separa a María Antonieta de su hijo, esta, durante dos horas, cubriendo con su cuerpo el del inocente principito, luchó contra el brutal zapatero Simón y su bando siniestro, sólo abandonando al hijo cuando, de todo en todo, le faltaron las fuerzas para resistir. Largos fueron los meses de la separación. Sola, terriblemente sola, presa a la vista de un cuarto horrible de la prisión del Templo, la infeliz mujer tenía como único consuelo, y por lo demás poderoso, su oración. Hasta hoy, conserva Francia su libro de Misa, sobre el cual cayeron, con certeza, las lágrimas amargas de aquella madre que, en el auge de la infelicidad y del abandono, supo siempre agradecer a Dios el desamparo en que se encontraba.
Finalmente, fue ella procesada por el “Comité de Salud Pública”, por traicionar a la patria, por ser una nueva Catalina de Médicis, por ser madre esposa y madre (…).
En el proceso, culminó su padecimiento. Su hijo, embrutecido por el alcohol, se volvió un verdadero animalillo, que tenía como único y constante sentimiento el miedo. Imagínese la escena: sobre un estrado, sentados los alguaciles que, en el proceso, se intitulaban de jueces. En una serie de bancos, media docena de individuos repugnantes, oliendo a alcohol, desempeñaban el papel de jurados. La Reina, delgada, en su larga ropa negra, de cabellos enteramente blancos, envejecida en su juventud abatida y triste, entra con toda la majestad de su decadencia aun altiva, aun bella, y siempre digna e invencible, en esta jaula donde su reputación y su corazón de madre van a ser despedazados por las fieras más desalmadas de la Historia francesa. El interrogatorio comienza brutal, felino, perverso. La Reina, o responde con dignidad, o se calla, desdeñando con su silencio la infamia de ciertas acusaciones. He aquí que es introducido en la sala el príncipe heredero de los tronos de Francia y Navarra. Calzado de toscos suecos, con un gorro frígio en la cabeza, un aire embrutecido y triste de quien, hace mucho, padece todos los horrores de la barbaridad de un verdugo como Simón, y con la fisonomía estúpida de los alcohólicos inveterados, con una voz llorosa, lanza contra la madre las mayores injurias. He aquí señores, el cúmulo del sufrimiento. La escena, horripilante en sí, dispensa comentarios. Os diré solamente que la Reina, en un grito magnifico de corazón de madre ulcerado por el más atroz de los dolores, lanza, en la elocuencia de su alucinación, en el horror de su padecimiento dantesco, un apelo a todas las madres presentes, preguntándoles si creen en las injurias del niño. Y, como si la naturaleza humana, en el fondo de aquellos corazones de mujeres malvadas, comprimido por mucho tiempo, finalmente explota en la sala, una lluvia de aplausos, y un delirio de entusiasmo de aquel pueblo que fuera al tribunal para asistir feroz al desenlace del proceso, es tomado súbitamente de un formidable entusiasmo por su víctima, y María Antonieta, en el banco de los reos, en el auge de la ignominia recibe una formidable y sincera ovación de sus verdugos. ¿Qué decir, señores, de este lance histórico?
Vino, finalmente, la muerte. Dios, en su inmensa bondad, preparó en el Cielo el lugar digno de aquella que tanto había sufrido, amándolo más cuando le enviaba las penas, de que en la plenitud de sus placeres. En el día 16 de octubre de 1793, cesó su largo martirio, en la guillotina cuya lámina, al mismo tiempo criminosa y caritativa, cortó el hilo de su extraordinaria existencia.
Así terminó la soberana mártir, cuya historia recuerda un minueto delicado y palaciego cuyas notas harmoniosas fuesen bruscamente sofocados por el rugido pavoroso de una horrenda farándula revolucionaria.
Discurso pronunciado por el prof. Plinio Corrêa de Oliveira en la Academia de Letras de las Congregaciones Marianas de Sao Paulo en 1928, a sus veinte años de edad.
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