lunes, 8 de septiembre de 2014

8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora

Plinio Corrêa de Oliveira

Podemos medir la inmensa finura de la Iglesia con respecto a todo cuando consideramos que el único santo con una fiesta especial para su cumpleaños es nuestra Señora. No estamos considerando Navidad, por supuesto. La Natividad de Nuestra Señora corresponde al culto de hiperdulía que la Iglesia reserva para ella.
La glorificación de María por Fray Angelico
La Iglesia reserva el culto de latría o adoración, sólo a Dios; para nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo encarnado. El culto de dulía o veneración, la Iglesia lo asigna a los santos. Pero con respecto nuestra Señora la Iglesia tiene un culto que no es ni el simple culto de dulía ni el supremo culto de latría, sino que el culto de hiperdulía, que es una veneración superior que no tiene paralelo o similitud con ninguna otra.
 Por lo tanto, tenemos una fiesta que celebra el cumpleaños de la Santísima Virgen, una de las muchas fiestas que la Iglesia reserva para ella.
 Análogamente, debido a su singular virtud, la Iglesia admite que en una iglesia pueda haber más de una imagen de la Virgen en un mismo altar, una norma que no se aplica a ningún otro santo. De esta manera ella da a entender que la Virgen no tiene comparación con ninguna otra criatura. Es una forma litúrgica para enseñar la verdad teológica de que Ella es la Madre de Dios.
 La fiesta del día de la Natividad de Nuestra Señora nos lleva a preguntar: ¿Qué ventaja trajo su nacimiento para la humanidad? ¿Y por qué la humanidad debe celebrar su natividad de manera especial?
 En el orden de la naturaleza, nuestra Señora fue concebida sin el pecado original, dándole un singular e incomparable valor. Ella fue un lirio de incomparable belleza que apareció en la noche de esta tierra de exilio. Ella también tuvo todos los dones psicológicos naturales que una mujer pueda tener.  Dios le dio la personalidad más rica que se pueda imaginar. A esto, Él le añadió dones del orden sobrenatural, los tesoros de gracias que le eran suyos. Ella recibió las más preciosas gracias que Dios ha concedido a ninguna criatura.
La Natividad de la Virgen por Andrea di Bartolo
Puesto que no tenía el pecado original, Ella tuvo pleno uso de la razón desde el momento en que fue concebida. Por lo tanto, ya en el seno materno, nuestra Señora tuvo pensamientos muy elevados. El seno de Santa Ana fue para ella una especia de templo. Allí Ella ya estaba intercediendo por la raza humana y comenzó a suplicar ―con la más alta sabiduría que fue un don de Dios― por la venida del Mesías. En realidad, Ella estaba influyendo en el destino de la humanidad como una fuente de gracias. La Escritura nos dice que la túnica que vestía nuestro Señor era una fuente de gracia que curaba a quien la tocaba; siendo así, podemos imaginar cómo nuestra Señora, la Madre del Salvador, fue una fuente de gracias para cualquiera que se aproximaba a Ella, incluso antes de Ella nacer. Por esta razón, podemos decir que en su natividad, gracias inmensas comenzaron a brillar para la humanidad y el demonio comenzó a ser aplastado. Ella percibió que el cetro del demonio se había agrietado y que nunca sería el mismo otra vez.
 En el momento de su nacimiento, el mundo estaba sumido en el más radical paganismo. Los vicios prevalecían, la idolatría dominaba todo, la abominación había penetrado la religión judía, que era un presagio de la religión católica. La victoria del mal y del demonio parecía casi completa. Pero en cierto momento, Dios y su misericordia, decretaron que nuestra Señora debía nacer. Este fue el equivalente al comienzo de la destrucción del reino del demonio.
 Nuestra Señora era tan importante que su nacimiento marca una nueva era en la Antigua Alianza. La historia de la Antigua Alianza fue una larga espera por la venida del Mesías. Después del pecado original de nuestros primeros padres, la humanidad tuvo que esperar 3000 o quizás más años por el Mesías. Pero en cierto bendito momento, la divina Providencia dispuso que debía nacer una mujer que merecería la venida del Mesías. Su natividad representa la entrada en el mundo de la criatura perfecta que encontró gracia delante de Dios y tuvo el mérito suficiente para poner fin a esta larga espera.
María mediadora por Van Eyck
Todas las oraciones, sufrimientos y fidelidades de los hombres justos vivos y muertos alcanzaron su cúspide con la llegada de la Virgen. Hubo patriarcas, profetas, hombres justos entre el pueblo elegido y ciertamente algunos hombres justos entre los gentiles que habían rezado, sufrido, y esperado; nada de esto fue suficiente para atraer la llegada de la Redención. Pero cuando Dios lo quiso, Él hizo que la criatura perfecta naciera para ser la Madre del Salvador. Por lo tanto, la entrada de esta primorosa criatura en el mundo marca el presagio de la Redención. Las relaciones entre Dios y el hombre comenzaron a cambiar, y las puertas del cielo que habían sido herméticamente cerradas fueron semi abiertas, permitiendo que pasara la luz y la briza de la esperanza.
 Su nacimiento representa la entrada en el mundo de una nueva gracia, una nueva bendición, una nueva presencia que fue un incomparable presagio de la presencia, bendición y gracia que vendría con el Salvador.
 Por todas estas razones, la Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora debe ser de las más queridas para nosotros. Es el evento que anuncia la caída del paganismo.
 Puesto que somos hijos de la Virgen, no por nuestros propios méritos, sino por su elección, en este día podemos pedirle a Ella una gracia especial. Muchos místicos que tuvieron visiones de nuestra Señora dijeron que en sus días de fiesta Ella visita el purgatorio para liberar un gran número de almas que Ella lleva consigo al cielo. Lo que pasa con la Iglesia purgante (el purgatorio) nos da una idea de lo que ocurre con la Iglesia militante. En estos días de fiesta su gracia nos envuelve y gana innumerables favores para nosotros.
 Sugiero que en su natividad cada uno de nosotros le pidamos las gracias que necesitemos. Pero también sugiero que como contrarrevolucionarios, le pidamos que nos dé el amor y el deseo ardiente por el Reino de María similar al deseo que Ella sentía por el Mesías. Un deseo sabio y reflexivo que limpie nuestras almas de todo apego a este mundo revolucionario y nos permita ser sus instrumentos para la destrucción de la Revolución y la implantación de su Reino.


Tomado de TIA

Segundo mito falso contra la Edad Media:

En la Edad Media el régimen era de opresión.
Dice también este mito falso: el señor extorsionaba al vasallo, que a su vez extorsionaba a los que le eran inferiores. La base de esa opresión era el vínculo feudal. Los inferiores sólo obedecían por miedo. Por lo tanto, era un orden de cosas odiable, una cascada de opresión y de desprecio.

Refutación:
La Edad Media fue una época de armonía social, porque los hombres establecieron sus relaciones en el vínculo protección-servicio. Era una gradación de mucho respeto y estima. Por lo tanto, un orden de cosas justo y deseable.

Documentación

1. – Documentos medievales mostrando la armonía entre señor y vasallo

POEMA DE “EL CID” (de aproximadamente 1300, en el texto establecido por Ramón Menéndez Pidal, edición 1969):

El Cid piensa dormir en cierto lugar, y habla a los vasallos: “Díjoles a todo como ha pensado trasnochar; y todos, buenos vasallos, lo aceptan de voluntad; Pues lo que manda el señor, dispuestos a hacer están”.
“Mio Cid Rodrigo Díaz a Alcácer tiene vendido; Y así pagó a sus vasallos que en la lucha le han seguido. Lo mismo a los caballeros que a los peones, hizo ricos; Ya no queda ni uno pobre de cuantos le hacen servicio. Aquel que a buen señor sirve, siempre vive en paraíso”.

El Cid expone a sus caballeros el plan de batalla para defender Valencia: “Oídme, mis caballeros: … Cerca del amanecer, armados estad; El obispo don Jerónimo la absolución nos dará: Y después de oír su Misa, dispuestos a cabalgar, a atacarlos nos iremos, de otro modo no será; En el nombre de Santiago y del Señor celestial. Más vale que lo venzamos que ellos nos cojan el pan; Entonces dijeron todos: ‘Con amor y voluntad’”.

CHANSON DE ROLAND (el más famoso poema épico medieval, surgido entre 1090 y 1180):

En la batalla de Ronceveaux, Roland incentiva a sus guerreros a la lucha: “Por su señor cada uno debe sufrir grandes males, soportar los grandes fríos y los grandes calores, y debe perder la sangre y la carne. Golpea cada uno con su lanza y yo con Durendal, mi buena espada que el rey me dio. Si yo aquí muero, que el futuro pueda decir que ella fue de un noble vasallo”.
El arzobispo Turpin, par de Carlomagno: “Del otro lado está el arzobispo Turpin. Él espolea su caballo y sube una elevación. Llama a los franceses y les hace un sermón: ‘Señores barones, Carlos nos colocó aquí. Debemos morir bien por nuestro rey’”.
Cuando un sarraceno ofende a Carlomagno, diciendo que no es un buen señor, Roland le replica antes de darle muerte: “¡Vil pagano, mentiste! Carlos, mi señor, nos protege siempre”.
Llanto de Carlomagno al encontrar a Roland, su predilecto, muerto en el campo de batalla: “Amigo Roland, Dios te llevó… Nunca se vio sobre la tierra un caballero tan luchador. Mi honra está profundamente abatida. Amigo Roland, ¡Dios ponga tu alma en las flores del paraíso, entre los gloriosos! Jamás tendré más el sustento de mi honra: no creo más tener sobre la tierra un solo amigo; si tengo parientes, ninguno es tan bravo… ¿Quién guiará mis ejércitos tan vigorosamente, cuando está muerto aquel que siempre fue su jefe? ¡Oh Francia, como quedaste desierta! Mi luto es tan pesado, que yo querría no existir más. Roland, quien te mató devastó Francia… Tengo un luto tan grande por los caballeros que por mi murieron, que desearía no vivir más”.
Carlomagno convoca a los francos a la venganza del derecho ultrajado: “Barones, yo os amo y tengo fe en vosotros. Por mí hicisteis tantas batallas, tantas conquistas de reinos y destronamiento de reyes. Sé que os debo agradecer de mi persona, en tierras, en riquezas. Vengad a vuestros hijos, vuestros hermanos y vuestros herederos, que en aquella noche perecieron en Roncevaux. Vosotros bien sabéis que contra los paganos el derecho es por mí”.

2. – Autores modernos

“La imagen medieval de pobreza, la realeza y la voluntad divina están ilustradas en una ‘Vida de Eduardo el Confesor’, del siglo XIII. Esta historia narra que Gilla Michael, un paralitico inglés, fue a Roma en busca de remedio, pero (el sucesor de) San Pedro le dijo que quedaría curado si el rey Eduardo de Inglaterra lo llevase a sus espaldas desde Westminster Hall hasta la abadía de Westminster. El virtuoso monarca consintió. Por el camino el paralítico sintió que ‘se le aflojaban los nervios y se le estiraban las piernas’. La sangre de sus llagas corría por las vestiduras reales, pero el rey lo llevó hasta el altar de la abadía. Allí quedó curado, comenzó a andar y colgó sus muletas, como recuerdo del milagro” (Chr. Brooke, profesor de Historia Medieval en la Universidad de Liverpool, en “La Baja Edad Media”, Ed. Labor, Barcelona, 1968, p. 32).
“Y como las nociones de flaqueza y de poder son siempre relativas, se ve, en muchos casos, el mismo hombre hacerse simultáneamente dependiente de uno más fuerte y protector de los más humildes. Así se comienza a construir un vasto sistema
de relaciones personales, cuyos hilos entrecruzados corrían de un nivel a otro del edificio social” (Marc Bloch, profesor en la Universidad de la Sorbona, en “La Société Féodale”, Ed. Albin Michel, París, 1970, p. 213).
“El prestigio real es muy vivo. En el fondo de los bosques más distantes, el último de los campesinos sabe que existe el rey… ungido con oleos santos, consagrado… y que está encargado de mantener en todo el territorio del reino la paz y la justicia” (Georges Duby, gran historiador moderno, en “Histoire de la Civilisation Française”, trad. castellana, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, p. 213).
“¿Un hombre, proscrito, entre 925 y 935, en Inglaterra, no tenía señor? Si se constata esa situación negra, sujeta a sanciones legales, su familia deberá designarle un señor. ¿Ella no quiere o no puede? Entonces él será considerado fuera de la ley, y quien lo encontrare podrá matarlo, como un bandido” (Marc Bloch, op. cit., p. 259)

Continuará…

domingo, 7 de septiembre de 2014

Primer mito falso contra la Edad Media:

Una sociedad concebida según los principios católicos es utopía

Refutación:
La civilización cristiana existió. Lo testifican los documentos pontificios, los documentos medievales y los acreditados estudios de autores contemporáneos, además de los legados culturales indestructibles, de los cuales hasta hoy recibimos la saludable influencia.

Documentación

León XIII
Sobre la Edad Media, a pesar de esta o aquella falla, el papa León XIII escribió con elocuencia: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer” (encíclica Inmortale Dei, de 1 de noviembre de 1885).
San Pío X
Por lo tanto, la civilización cristiana no es una utopía. Es algo realizable, y que en determinada época se realizó efectivamente. Algo que duró, de cierto modo, incluso después de la Edad Media, a tal punto que el papa San Pío X pudo escribir: “… no, la civilización no está por inventar ni la “ciudad” nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la “ciudad católica”. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad” (carta apostólica Notre Charge Apostolique, de 23 de septiembre de 1910).

Esta serie sobre la refutación de los mitos sobre la Edad Media dará la documentación medieval y la de los autores contemporáneos que testifican claramente que la Edad Media fue la “era cristiana” de que hablan los pontífices.

Continuará…

Fuente: Gloria de la Edad Media

7 de septiembre fiesta de Nuestra Señora de Covadonga

Plinio Corrêa de Oliveira

En el año 711 los árabes musulmanes invadieron la Península Ibérica. El rey visigodo Rodrigo murió enfrentándolos en el campo andaluz de Guadalete en el sur de España. Tomando una posición de resistencia en contra de la rápida conquista y dominación de los infieles, Don Pelayo dirigió a un grupo de valerosos caballeros que se habían retirado a las montañas del norte de las Asturias para recuperarse y volver a luchar.
La Virgen de Covadonga
Los árabes consideraron a España un país conquistado y se prepararon para entrar en la Galia de los godos cuando se enteraron de la revuelta de los asturianos. En el año 722, los moros enviaron un bien entrenado ejército comandado por el general Alkamar con órdenes de destruir a Don Pelayo y sus hombres.
Don Pelayo preparó la resistencia para enfrentar al gran ejército musulmán en la montaña Alzeba, donde los acantilados ofrecían una ventaja a los enormemente superiores en número de católicos. Él colocó a sus hombres estratégicamente a lo largo de los acantilados, y mientras esperaban al enemigo para avanzar, fue a la cercana Cueva de Covadonga, donde se había colocado una estatua de Nuestra Señora y le pidió su protección especial en la batalla que se avecinaba.
Los moros comenzaron el ataque lanzando flechas a los soldados católicos detrás de los acantilados de piedra. Pero ya, en este primer ataque, algo extraordinario sucedió: las flechas se volvían contra los arqueros moros que habían sacado los arcos, matándolos. Un grupo de católicos avanzó para luchar, mientras los otros, desde la Montaña Alzeba, disparaban flechas y lanzaban piedras y troncos sobre las tropas enemigas.
Después de un corto tiempo, Suleiman, el segundo al mando, cayó muerto, el desorden estalló en el ejército, y Alkamar dio la orden de retirada.
En ese momento, se desató una terrible tormenta. Los truenos rugían, los relámpagos iluminaban las oscuras laderas, y las fuertes lluvias causaban deslizamientos de tierra que arrastraban rocas y árboles que caían abajo de la montaña y sobre las tropas árabes en retirada. Luchando en el lodo, muchos soldados moros se resbalaban y caían en el río Deva, donde se ahogaron. La Santísima Virgen hizo que la propia montaña cayera sobre los soldados de Mahoma.
La basílica erigida en honor de la Virgen de Covadonga
La batalla de Covadonga fue ganada, y Pelayo fue proclamado rey de Asturias. En reconocimiento a la intercesión milagrosa de Nuestra Señora, el rey Alfonso I el Católico (739-757) ordenó que se construyera en el lugar un monasterio y capilla en honor de Nuestra Señora de Covadonga.
Más tarde fue sustituido por una gran basílica que fue consagrada en 1901.
Incluso los historiadores árabes se refieren a esta batalla con asombro, sin ocultar el enorme número de musulmanes que murieron durante la misma.

COMENTARIOS DEL PROF. PLINIO:

¿Qué lección podemos sacar de estos hechos?
Ustedes conocen la desproporción entre el tamaño de los ejércitos y los medios en nuestras batallas contra la Revolución. En el texto seleccionado también se describe una gran desproporción entre los soldados españoles y las tropas musulmanas. Desde el punto de vista natural, los católicos estaban completamente perdidos. Sin embargo, no se dieron por vencido. Ellos hicieron todo lo posible para ganar, a pesar que la victoria parecía imposible. Insisto en esta fórmula: hacer todo lo posible para ganar una victoria imposible.
Los católicos liderados por don Pelayo enfrentaron
las superiores fuerzas musulmanas
Ellos estaban en una montaña en una gruta que era una base de operaciones militares para ellos. En preparación para la batalla, algunos fueron posicionados a lo largo de los acantilados que les ofrecían una buena defensa; otros estaban en la cima de la montaña. Entonces, cuando los moros avanzaron, entraron en la batalla contra el agresor con ferocidad. Ellos actuaron como verdaderos héroes con el fin de lograr lo que era humanamente imposible. Ellos ya habían hecho lo más importante: ellos llevaron consigo una estatua de la Virgen y se pusieron bajo su protección, pidiéndole que les diera la victoria que no podían alcanzar por sí mismos.
En este escenario, después de haber hecho lo que era humanamente posible, ocurrió una serie de milagros. Desde la parte superior de la montaña lanzaron piedras y troncos sobre los enemigos que avanzaban, y los moros disparaban flechas contra ellos. Entonces, Nuestra Señora intervino: hizo que las flechas de los moros se volvieran contra sí mismos. Ella envió una tormenta que hizo que las rocas y los árboles de la montaña cayeran sobre las huestes enemigas. Cualquiera que conozca España tiene una idea de la violencia de la naturaleza en esta región montañosa y puede representarse una terrible tormenta con las avalanchas de agua y tierra cayendo por los acantilados de la montaña sobre valle. Lo más probable, es que los católicos encontraron refugio de la tormenta, ya sea en la Cueva de Covadonga o en otros refugios de montaña más pequeños. Con esas acciones milagrosas Nuestra Señora ganó la batalla.
El santuario de la gruta de
Covadonga
Ella exigió todo de sus soldados para ganar una batalla imposible. Mientras luchaban con todas sus energías, ella intervino y multiplicó su acción de una manera milagrosa y ganaron la batalla. La victoria fue de Ella.
La lección es que debemos tener una perspectiva sobrenatural para formarnos una idea de nuestra vocación y de nuestra lucha. Tenemos que hacer lo que sea necesario para ganar, incluso cuando sea imposible. La Divina Providencia no nos pide que seamos ciegos a la realidad. Hay que analizar la situación, e incluso cuando vemos que es imposible ganar esta o aquella batalla, tenemos que librarla de todos modos. Debemos desear lo que desea la Divina Providencia. Tenemos que creer en lo que es humanamente increíble. Debemos estar convencidos de que la Virgen es por excelencia la Madre de lo Imposible. Ella nos pide que hagamos lo que es imposible —ella tiene el derecho de pedir esto de nosotros— y ella intervendrá para alcanzar la victoria, después de que hayamos hecho todo lo que podemos.
Los moros tomaron toda España sin una reacción importante hasta Covadonga porque encontraron católicos españoles tibios y mediocres que sólo tenía argumentos de sentido común. Ellos se habían resignado a no hacer nada, excepto lo que era razonable. Es así que fueron derrotados y España fue conquistada.
En el momento en que algunos católicos creyeron en lo imposible bajo la protección de Nuestra Señora, el juego cambió, y comenzó la Reconquista. Los moros fueron derrotados en Covadonga, pero también fueron potencialmente derrotados en toda España debido a la mentalidad activada en Covadonga. Muchos siglos pasarían antes de que los moros fueran expulsados ​​por completo en el siglo XVI. Pero la mentalidad que inspiró la Reconquista fue la misma que ganó en Covadonga: Creer en lo imposible bajo la protección de la Virgen.
Debemos pedir a la Virgen la gracia de nunca dudar de una victoria que estamos seguros que ella quiere – aunque parezca imposible. Debemos hacer todo lo posible para lograr ese objetivo y confiar en que Ella dará la victoria final.
Fuente: TIA

sábado, 6 de septiembre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 15

EN LA FASE DEL LIBERALISMO LARVADO

En cualquier movimiento de ideas, debemos distinguir entre las doctrinas, de un lado, y las tendencias ideológicas y las inclinaciones afectivas del otro. Las doctrinas consisten en un cuerpo de principios coherentes unos con los otros, y explicitados en fórmulas de clareza cristalina. Las tendencias ideológicas son por así decir ideas incompletas, en estado de elaboración mental, por lo tanto, aún no susceptibles  de ser traducidas en términos nítidos y expresados. Las inclinaciones afectivas son aspiraciones profundas del alma a que ciertas cosas sean de cierto modo. Es obvio que las aspiraciones elevadas auxilian poderosamente el espíritu a admitir la verdad objetiva, plena e inmaculada que existe en la Iglesia, y las aspiraciones bajas opacan fácilmente la visión, llevándola a imaginar la verdad donde está el error, y el bien donde está el mal.
En el llamado “catolicismo liberal” es preciso distinguir —al menos cuanto a algunas de las corrientes que en él existen— las doctrinas explícitas, que frecuentemente son ortodoxas, de las tendencias, que generalmente son heterodoxas, y las inclinaciones del espíritu, que casi siempre se orientan para la mentalidad orgullosa, envidiosa, enemiga de toda ascesis, todo freno, toda autoridad, que es el espíritu de la Revolución. Y es de capital importancia tomar en consideración estos hechos, para comprender en su sentido profundo la historia tormentosa y erizada de contradicciones, del llamado “catolicismo liberal”.
Los principios explícita y radicalmente liberales chocan abiertamente con el catolicismo, y sería imposible su propagación entre los católicos. Esta propagación se hacía pues, en la Francia del siglo XIX, de forma larvada, bajo las apariencias  de tendencias de todo tipo, que llevaban a los católicos a aceptar cualquier pretexto para no oponerse a las ideas profundamente liberales de la época, para conformarse con los tiempos en que vivían, en fin, para llevar una vida cómoda y sosegada, sin las tribulaciones que les imponía la existencia cuotidiana, en una sociedad que día a día se apartaba más de la Iglesia.
Hasta 1848 el “catolicismo liberal” vivió prácticamente de equívocos. Sus jefes no podían exponer claramente su pensamiento, no solo para evitar la condenación de la Santa Sede, como también porque la opinión católica lo repelería como contrario a la fe. Pero la tendencia acomodaticia y conciliadora de muchos católicos permitió que, con formulaciones menos avanzadas, él continuase infiltrándose poco a poco, cuando el momento era favorable, o retroceder al sufrir una reacción muy fuerte de la opinión pública o una condenación del Santo Padre.
Federico Ozanam
El advenimiento de la república en 1848 parecía ser el instante favorable para la victoria del movimiento, y su propaganda, que hasta entonces se había hecho con temor y veladamente, pasó a ser abierta y a llevar públicamente sus principios a las últimas consecuencias.  Pero los excesos del gobierno y L’Ère Nouvelle de Federico Ozanam mostraran los excesos a que conducían las tendencias liberales. La reacción fue tremenda. L’Ère Nouvelle murió ante la mengua de lectores, aun cuando no le faltó, infelizmente, el apoyo eficaz y continuo del arzobispo de París.
Montalembert, uno de los grandes nombres del “catolicismo liberal”, llegó a convencerse de su error y dar esperanzas de un benéfico giro, pero fue en esa debacle que surgió el padre Dupanloup. Convencido de la incompatibilidad entre el liberalismo y el catolicismo, y al mismo tiempo percibiendo como era fuerte la tendencia liberal en los medios católicos, él renunció a la propaganda de la doctrina liberal explícita y frontalmente contraria al catolicismo, difundiendo entretanto la tendencia para el liberalismo, ya tan difundido entre los fieles. Desde entonces el “catolicismo liberal” se presentó sobretodo como una mala tendencia, consiguiendo mucho más fácilmente ganar terreno entre los católicos.
El padre Dupanloup era teóricamente ultramontano, adepto fervoroso de la monarquía legitima y contrario al galicanismo. El ultramontanismo, en su opinión, no podía ser puesto en duda, y un católico no podía apartarse de sus principios perfectamente verdaderos y eternos sin incurrir en apostasía. Siendo así, el galicanismo estaba completamente errado, las ideas de Joseph de Maistre eran irrefutables, etc. Para Dupanloup, teóricamente todo eso era perfectamente verdadero, y constituía lo que él llamaba la tesis. Pero una distinción debería ser hecha. Aun cuando la tesis siendo perfectamente verdadera, la sociedad de entonces estaba de tal modo apartada, que era legítimo para el católico, incluso ultramontano, no recordar toda la doctrina de la Iglesia. Defender la inquisición, la inflexibilidad del Papa, las tradiciones que la Revolución de 1789 destruyó, era peligroso porque apartada muchas almas de la Iglesia. El católico debe ser ultramontano en tesis, pero aceptar la sociedad tal como ella es. O sea, en la práctica debe ser liberal.
La célebre distinción entre la tesis e hipótesis —legítima en sí misma, pero forzada y desfigurada por el padre Dupanloup— iría a ser abusivamente utilizada para la salvación del “catolicismo liberal”, evitando la dispersión de sus adeptos y colocándolo en un terreno donde muy difícilmente podría alcanzarlo la refutación ortodoxa.
El partido católico, sin embargo, era un desmentido a las afirmaciones de Dupanloup. Combatiendo por un principio, consiguió vencer, uniendo a los católicos e imponiéndose a la sociedad que no lo quería reconocer. El primer trabajo del padre Dupanloup fue entonces dirigido contra el partido católico, por el que Montalember y Louis Veuillot tanto habían luchado para colocarlo en la alta posición en que se encontraba.
Evidentemente el padre Dupanloup no podía contar con Montalembert, no solo por el desánimo en que éste había caído, sino también porque Dom Guéranger no ahorraba esfuerzos para mostrarle el error en que hasta entonces había vivido. Por otro lado, siendo el jefe del partido que venció adoptando la política completamente opuesta a la preconizada por Dupanloup, no le sería fácil repudiar tantos años de lucha y defender justamente la posición que antes tantas veces atacó. El padre Dupanloup sabía que no podía contar con Louis Veuillot. Él era un ultramontano impecable, y no admitía distinciones tendenciosas como norma de conducta. De todos modos, en las filas del partido católico, o mejor, entre sus jefes, el padre Dupanloup no encontraría el lego necesario para llevar a término su política.
Conde de Falloux
El lego buscado fue finalmente encontrado en un joven parlamentario que comenzaba a tener gran renombre: el conde de Falloux. Joven aún, iniciaba prácticamente su vida política. Diputado por la Vandée, la región de Francia que se cubrió de glorias en la Revolución de 1793, era él ultramontano y uno de los jefes legitimistas. Su vida fue inaugurada en el reinado de Luis Felipe, pero —a no ser la publicación de una historia de Luis XVI y de una vida de San Pío V, con las cuales hacía profesión de fe ultramontana— no se distinguió en la vida parlamentaria antes de 1848. En la Asamblea republicana, combatió tenazmente a los revolucionarios, lo que le dio una gran influencia.
El embajador de Inglaterra en Francia se refirió a él en sus notas:
“En el naufragio de tantas reputaciones súbitamente lanzadas por las aguas turbias de la revolución, no hay sino una que en este momento comanda la tempestad. Nadie había esperado que el conde de Falloux —que no era conocido en la Cámara anterior sino como un fervoroso legitimista, amable y de maneras distinguidas— conquistaría tan deprisa la posición que ocupa en este momento en la Asamblea Constituyente republicana. Demostró una calma y una energía que le aseguran la ascendencia incluso entre aquellos a los cuales su nombre antes no despertaba ninguna simpatía”.
El cronista de la Revue des Deux Mondes decía: “Él podrá ir bien lejos; tiene medida, tacto, sangre fría, y en su gran fisionomía un arte de un hijo de cruzados”.
No habiendo participado de las luchas por la libertad de enseñanza, y habiendo conseguido rápidamente una gran situación política, el conde de Falloux era el hombre ideal para el padre Dupanloup llevar adelante sus proyectos. Su primer trabajo fue aproximarlo a Montalembert, para después lanzarlo en la solución del impasse en que estaba la campaña por la libertad de enseñanza.


Vea los artículos publicados de esta serie haciendo clic aquí: Católicos franceses del siglo XIX

jueves, 4 de septiembre de 2014

Shimon Peres a Francisco: ¡Necesitamos “las Naciones Unidas de las religiones”!

4 de septiembre 2014: Noticias de última hora justo desde el Vaticano: La agencia de noticias italiana ANSA informa que el ex presidente de Israel, Shimon Peres, quien visitó al anti-Papa Francisco esta mañana en el Vaticano, propuso a Francisco que él encabezara “las Naciones Unidas de todas las religiones “.

(ANSA) – Roma, 4 de septiembre – El ex presidente israelí Shimon Peres dijo que había propuesto la formación de una organización de Religiones Unidas para combatir el terrorismo durante una reunión en el Vaticano el jueves.

    “La ONU ya ha tenido su tiempo”, Peres según el semanario católico “Famillia Cristiana”dijo: “Lo que necesitamos es una organización de las Religiones Unidas, la ONU de las religiones.
    “Sería la mejor manera de luchar contra los terroristas que matan en nombre de su fe, porque la mayoría de las personas no son como ellos, practican su religión sin matar a nadie, sin siquiera pensar en ello.

    “Creo que debe haber una carta de las Religiones Unidas, al igual que está la carta de la ONU.” La nueva carta serviría para establecer que aquellos que en el nombre de la religión degüellan o realizan sacrificios masivos, como los que se han visto en las últimas semanas, no tienen nada que ver con la religión.

    “Esto es lo que he propuesto al Papa”.

( “Peres propone una ONU antiterrorista al Papa Francisco “ , ANSA , 04 de septiembre 2014)



Y ahora, abrumados por la tristeza más profunda, nos preguntamos, Venerables Hermanos, ¿qué ha sido del Catolicismo de Sillon? ¡Ay! esta organización que anteriormente proporcionaba tales expectativas prometedoras, como un arroyo límpido e impetuoso, ha visto su ejecutoria desvirtuada por los enemigos modernos de la Iglesia, y no  es ahora más que un desgraciado afluente del gran movimiento de apostasía que se está organizando en cada país para el establecimiento de una Iglesia Mundial que no tenga ni dogmas, ni jerarquía, ni disciplina, ni freno a las pasiones, y que, bajo el pretexto de la libertad y la dignidad humana, transtornaría al mundo (si tal Organización pudiera prevalecer) con el reinado de la astucia y de la fuerza legalizada, y con la opresión de los débiles, y de todos aquellos que trabajan y sufren.
… 
Queremos llamar vuestra atención, Venerables Hermanos, sobre esta distorsión  del Evangelio sagrado de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre, que prevalece en el Sillon y en otros lugares. Tan pronto como se aborda la cuestión social, es la moda en algunos círculos que desde el comienzo dejen de lado la divinidad de Jesucristo, para mencionar luego sólo Su clemencia ilimitada, su compasión por todas las miserias humanas, y sus exhortaciones apremiantes para el amor al prójimo y a la fraternidad de los hombres. Es cierto, Jesús nos ha amado con un inmenso, infinito amor, y Él vino a la tierra para sufrir y morir para que, reunidos en torno en torno a él en la justicia y el amor, motivados por los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres puedan vivir en paz y felicidad. 

Sin embargo, para la realización de esta felicidad temporal y eterna, Él ha establecido con su autoridad suprema la condición de que tenemos que pertenecer a su rebaño, que debemos aceptar su doctrina, que debemos practicar la virtud, y que debemos aceptar la enseñanza y orientación de Pedro y sus sucesores. 

Además, aunque Jesús fue bondadoso con los pecadores y con los que iban por mal camino, Él no respetaba sus ideas falsas, por sinceras que pudieran parecer. Él los amaba a todos, pero Él los instruyó para convertirlos. Aunque Él los llamaba con el fin de consolar a aquellos por quienes trabajó y sufrió, él no les predico una igualdad quimérica. Aunque Él convocó a los humildes, no fue para inculcarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde contra el deber de la obediencia. Aunque su Corazón rebosaba ternura por las almas de buena voluntad, Él también sabia armarse de santa indignación contra los profanadores de la Casa de Dios, en contra de los hombres miserables que escandalizaban a los pequeños, en contra de las autoridades, que aplastaban a la gente con el peso de pesadas cargas sin poner un dedo para levantarlos. 

Él era tan fuerte como amable. Él reprendió, amenazó, castigó a sabiendas de que el temor es el principio de la sabiduría, y que a veces es conveniente al hombre cortarse una mano para salvar su cuerpo. 

Finalmente, Él no anunció a la sociedad el reino futuro de una felicidad ideal en la que fuera desterrado el sufrimiento; sino que por su enseñanza y con su ejemplo, trazó el único camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad perfecta en el cielo: el camino real de la Cruz. Estas son las enseñanzas que convendría aplicar en la vida personal con el fin de ganar la salvación eterna; estas son eminentemente sus enseñanzas sociales, y muestran en Nuestro Señor Jesucristo una doctrina muy diferente de un humanitarismo inconsistente e impotente . 

 (Papa San Pío X, Carta Apostólica Notre Charge Apostolique) 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. VI

CAPÍTULO VI

LA REVOLUCIÓN,
UNA DE LAS ÉPOCAS DEL MUNDO

A inicios del siglo XIX se podía creer que la revolución francesa fue principalmente una revolución política, y que, terminada esa revolución, la sociedad iría a recuperar su estabilidad. Hoy ya no se puede tener más esa ilusión, incluso si se considera la revolución apenas en su primer período. Como dijo Brunetière: “La grandeza de los acontecimientos [de la revolución francesa] transborda y ultrapasa en todos los sentidos la mediocridad de aquellos que creen ser o que creemos son sus autores. Es prodigiosa la desproporción entre la obra y los obreros. Los arrastra una corriente más fuerte que ellos, los arrastra, los hace rodar, los quiebra… y continua avanzando”.
Cuando el duque de Rochefoucault-Liancourt despertó a Luis XVI para anunciarle la caída de la Bastilla, el rey preguntó: “¿Entonces eso es una rebelión? El duque respondió: “No, sire, es una revolución”. Él no le dijo lo suficiente; no se trataba de una revolución, sino de la Revolución que surgía.

Lo que aparece a primera vista en la revolución, lo que de Maistre vio en ella y señaló desde el día en que se puso a analizarla, y que nosotros vemos en el momento presente con más evidencia aún, es el anticristianismo. La Revolución consiste esencialmente en la rebelión contra Cristo, e incluso en la rebelión contra Dios, más aún, en la negación de Dios. Su objetivo supremo es sustraer al hombre y a la sociedad de lo sobrenatural. La palabra libertad, en boca de la Revolución no tiene otro significado: libertad para la naturaleza humana de ser de ella, como Satanás se quiso pertenecer, y esto, como explicaremos más adelante, por instigación de Lucifer, que quiere recuperar la supremacía que la superioridad de su naturaleza le daba sobre la naturaleza humana, y de la cual fue despojado por la elevación del cristiano al orden sobrenatural. Y es por eso que J. de Maistre caracterizó con tanta propiedad la Revolución con esta palabra: “satánica”.
“Sin duda la revolución francesa, recorrió un período cuyos momentos, todos, no son semejantes entre sí; sin embargo, su carácter general no varió, e incluso en su nacimiento ella demostró lo que debía ser”. “Hay en la Revolución un carácter satánico que la distingue de todo lo que ya se vio y tal vez de todo lo que se verá. Ella es satánica en su esencia”[1].
En 1849, Pío IX dijo —ya recordamos esas palabras— con más autoridad aún: “La Revolución está inspirada por el mismo Satanás; su objetivo es destruir desde la base a la cima, el edificio del cristianismo, y reconstruir sobre sus ruinas el orden social del paganismo”.
Después de nuestros desastres de 1870 – 1871, Saint-Bonnet decía: “¡Francia trabaja desde hace un siglo para apartar de todas sus instituciones a Aquel a quien ella le debe Tolbiac, Poitiers, Bouvines e Denanin, es decir, a Aquel al cual ella le debe su territorio, su existencia! Para mostrar todo su odio contra Él, para hacerle la injuria de expulsarlo fuera de las murallas de nuestras ciudades, la secta estimula, desde 1830, una prensa odiosa que asecha impacientemente a ese ‘¡Cristo que ama a los francos’, de Aquel que se hizo Hombre para salvar al hombre, que se hizo pan para alimentarlo!’. Y concluye: “Y Francia se pregunta cuál es la causa de sus desdichas”.
A este odio a Cristo, que no se cría posible en el seno del cristianismo, se le suma la rebelión directa contra Dios[2].
Hay razones para creer que una tal rebelión contra Dios no puede haber ocurrido ni siquiera en el ardor del gran combate entre Lucifer y el arcángel San Miguel.
Es necesario tener el espíritu limitado del hombre para levantarse contra lo infinito. Es necesario también la corrupción y extrema bajeza del corazón.
Lo que no se veía, se ve hoy. “La Revolución es la lucha entre el hombre y Dios; es decir, el triunfo del hombre sobre Dios”. Eso es lo que declaran los que dicen que en el momento actual se trata de saber quién vencerá: la Revolución o la Contra-Revolución.
Así, Saint-Bonnet no dijo nada de más, tal vez no dijo bastante, cuando afirma que “el tiempo presente no se puede comparar sino a aquel de la rebelión de los ángeles”. Y, consecuentemente, de Maistre, Bonald, Donoso-Cortés, Blanc de Saint-Bonnet y otros concuerdan en afirmar: “El mundo no puede permanecer como está”.
O él llega al fin, en el odio que el anticristo tornará más generalizado y más violento contra Dios y su Cristo; o se encuentra en la víspera de la mayor misericordia que Dios pueda haber ejercido en este mundo, después de la Redención.
Este es el estado en que nos encontramos, aquel que la Revolución creó, aquel que no ha dejado de existir desde los primeros días de la Revolución, bajo el imperio del cual nosotros todavía estamos.
En 1796, dos años después de la caída de Robespierre, J de Maistre escribía: “La revolución no terminó, nada presagia su fin. Ella ya produjo grandes infelicidades, ella anuncia aún mayores”[3].
En la víspera del día en que parecía a los espíritus superficiales que la consagración de Napoleón iba a volver estable el nuevo orden de cosas, él escribía a de Rossi (3 de noviembre de 1804): “Estamos tentados en creer que todo está perdido, pero acontecerán cosas por las cuales nadie espera… Todo anuncia una convulsión general del mundo político”[4].
En el apogeo de la época napoleónica: “¡Jamás el universo vio nada igual! ¿Qué debemos ver aún? ¡Ah, como estamos lejos del último acto o de la última escena de esa pavorosa tragedia!”. “Nada anuncia el fin de las catástrofes, y todo, al contrario, anuncia que ellas deben perdurar”[5]. Fue en 1806 que él formuló ese pronóstico. Al año siguiente, él convidó a de Rossi a hacer con él esta observación: “¿Cuántas veces, desde el origen de esta terrible Revolución, tuvimos todas las razones del mundo para decir: Acta est fabula? Y, mientras tanto, la pieza siempre continúa… Tanto eso es verdadero que la sabiduría consiste en saber encarar con mirada firme esta época como lo que ella es, es decir, una de las mayores épocas del universo; desde la invasión de los bárbaros y de la renovación de la sociedad en Europa, nada de igual ocurrió en el mundo; se necesita tiempo para semejantes operaciones, y me repugna creer que el mal no pueda tener fin, o que él pueda terminar mañana… Estando el mundo político absolutamente trastornado, hasta en sus fundamentos, ni la generación actual, ni probablemente aquella que la sucederá, podrá ver el cumplimiento de todo lo que se prepara… Nosotros tendremos esa situación tal vez por dos siglos… Cuando pienso en todo lo que aún debe acontecer en Europa y en el mundo, me parece que la Revolución comienza”[6].

Vino la restauración de los Borbones. Él jamás dejó de anunciar, con una imperturbable seguridad, a pesar de la llegada del Imperio, de la consagración de Bonaparte y de la marcha constantemente triunfante de Napoleón a través de Europa, que el rey retornaría. Su profecía se realizó; él volvió a ver a los Borbones sobre el trono de su país y dijo: “Un cierto no sé qué, anuncia que NADA terminó”. “El cúmulo de la infelicidad para los franceses sería creer que la Revolución terminó y que la columna fue recolocada porque fue re-erguida. Debes creer, al contrario, que el espíritu revolucionario es sin comparación, más fuerte y más peligroso de lo que era hace algunos años. ¿Qué puede el rey cuando la inteligencia se apaga?[7]. “Nada es estable aún, y se ven por todos lados semillas de infelicidad”[8]. El estado actual de Europa (1819) causa horror; el de Francia, particularmente, es inconcebible. La Revolución sin duda está de pie, y no solamente está de pie, sino que camina, se precipita. La única diferencia que percibo entre esta época y aquella del gran Robespierre, es que entonces las cabezas caían y que hoy ellas giran. Es infinitamente probable que los franceses nos proporcionarán aún una tragedia”[9].

¿Esa nueva tragedia no se anuncia próxima?
Lo que daba a J. de Maistre esa seguridad de visión es que él había sabido dirigir su mirada por encima de los hechos revolucionarios de los cuales era testigo, hasta sus causas primeras.
“Desde la época de la Reforma, decía, e incluso después de aquella de Wiclef, existió en Europa un cierto espíritu terrible e invariable que ha trabajado sin descanso para derrumbar las monarquías europeas y el cristianismo… En ese espíritu destructor se han venido ejerciendo todos los sistemas antisociales y anticristianos que aparecieron en nuestros días: calvinismo, jansenismo, filosofismo, iluminismo, etc. (acrecentaremos: liberalismo, internacionalismo, modernismo); todo eso no forma sino un todo y no debe ser considerado sino como una única secta que juró la destrucción del cristianismo y de todos los tronos cristianos, pero, sobre todo y antes de todo, la destrucción de la casa Borbón y de la Sede de Roma”[10].
No solamente de Maistre veía que la Revolución tenía, en el tiempo, una estabilidad que se extiende por cuatro siglos, sino que él la veía, en el espacio, alcanzar todos los pueblos.
En el encabezamiento de un memorial dirigido en 1809 a su soberano, Víctor Manuel I, él decía: “Si hay alguna cosa evidente, es la inmensa base de la Revolución actual, que no tiene otras fronteras que el mundo”[11].
“Las cosas se conjugan para una confusión general del globo”.
“Es una época, una de las mayores épocas del universo”, decía sin cesar, viendo en la Revolución tan grandes preliminares y una tan grande superficie. Y añadía: “¡Infelices las generaciones que asisten a las épocas del mundo!”[12].
“La revolución francesa es una gran época, y sus consecuencias de todos los géneros se sentirán mucho más allá del tiempo de su explosión y de los límites de su centro”[13]. “Cuanto más examino lo que sucede, más me persuado de que asistimos a una de las mayores épocas del género humano”[14]. “El mundo está en un estado de parto”.
Estado de parto, es exactamente esto lo que hace con que un tiempo sea una época. Hubo una época del diluvio, que dio a luz la nueva generación de los hombres; la época de Moisés, que concibió al pueblo precursor; la época de Cristo, que dio a luz al pueblo cristiano.
La época de la Revolución, es la época del más agudo antagonismo entre la civilización cristiana y la civilización pagana, entre el naturalismo y lo sobrenatural, entre Cristo y Satanás.
¿Cuál será el resultado de esa lucha? Lucifer y los suyos creen triunfar… Los judíos dicen que la venida del su Mesías, que el reino del anticristo está próximo, y que ese reino abrirá, en provecho de ellos, la mayor época del mundo.
Esperamos que nuestros lectores, después de haber leído este libro, compartan con nosotros la convicción exactamente opuesta. La derrota de la Revolución inaugurará el reinado social de nuestro Señor Jesucristo sobre el género humano, formando un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Vea los anteriores capítulos publicados haciendo clic aquí: La Conjuración Anticristiana


[1] Oeuvres complètes de J. de Maistre, t. I, pp. 51, 52, 55, 303.
[2] En una de sus cartas a d'Alembert, Voltaire señala como carácter especial de Damilaville “odiar a Dios” y trabajar para hacerlo odiado. Es sin duda por eso que él le escribía más frecuentemente y con más intimidad que a todos sus otros adeptos.
Después de la muerte de ese infeliz, arruinado y separado de su mujer, Voltaire escribía esto: “Lloraré a Damilaville toda mi vida. Yo amaba la intrepidez de su corazón. Él tenía el entusiasmo de San Pablo (es decir, tanto celo para destruir la religión cuanto San Pablo tenía para establecerla): era un hombre necesario.
[3] Ibid., t. I, p. 406.
[4] Oeuvres complètes de J. de Maistre,  t. IX, pp. 250-252.
[5] Ibid., t. X, pp. 107-150.
[6] Ibid., t. XI, p. 284.
[7] Oeuvres complètes de J. de Maistre, t. II, Du Pape. Int.
[8] Ibid., t. XIII, pp. 133-188.
[9] Ibid., t. XIV, p. 156.
[10] Oeuvres complètes de J. de Maistre, t. VIII, p. 312.
[11] Ibid., t. XI, p. 232.
[12] Ibid., t. VIII, p. 273.
[13] Ibid., t. I, n. 26.
[14] Ibid., t. IX, p. 358.
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