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miércoles, 1 de octubre de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. IX

CAPÍTULO IX

ES LA MASONERÍA LA QUE COMANDA LA GUERRA CONTRA LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Al día siguiente de la publicación de la encíclica en la cual León XIII denunció nuevamente al mundo a la francmasonería como siendo el agente de la guerra contra la Iglesia y contra todo el orden social, el Bulletin de la Grande Loge Symbolique Écossaise expresó en estos términos el pensamiento de la secta:
“Lo mínimo que la francmasonería puede hacer es agradecer al soberano pontífice su última encíclica. León XIII, con una autoridad incontestable y con gran lujo de pruebas, acaba de demostrar, una vez más, que existe un abismo infranqueable entre la Iglesia, de la cual él es el representante, y la Revolución, de la cual la francmasonería es el brazo derecho. Es bueno que los que tienen dudas dejen de abrigar vanas esperanzas. Es preciso que todos se habitúen en comprender que ha llegado la hora de optar entre el orden antiguo, que se apoya en la revelación, y el nuevo orden, que no reconoce otros fundamentos que no sean la ciencia y la razón humana, entre el espíritu de autoridad y el espíritu de libertad”[1].
Este pensamiento fue nuevamente expresado en la Convención de 1902, por el orador encargado de pronunciar el discurso de clausura: “… ¿Qué es lo que nos separa? Es un abismo, abismo que no será cubierto sino en el día en que triunfe la masonería, obrera incansable del progreso democrático de la justicia social… Hasta allá, nada de tregua, de reposo, de aproximación, de concesiones… Es la última frase de la lucha de la Iglesia y de la Congregación contra nuestra sociedad republicana y laica. El esfuerzo debe ser supremo…”. Derrumbada la Iglesia, todo el resto caerá.
También, La Lanterne, órgano oficioso de nuestros gobernantes y de la francmasonería, no cesó de decir todos los días y en todos los tonos: “Antes de cualquier otra cuestión, antes de la cuestión social, antes de la cuestión política, es preciso terminar de una vez con la cuestión clerical. Esa es la clave de todo el resto. Si cometiéramos el crimen de capitular, de retardar nuestra acción, de dejar escapar al adversario, pronto el partido republicano y la república estarán perdidos… La Iglesia no nos permitiría recomenzar la experiencia. Ella sabe hoy que la república le será mortal, y si no la matase, es ella la que matará a la república. Entre la república y la Iglesia existe un duelo a muerte. Apresurémonos en aplastar al infame[2], o resignémonos a dejar la libertad sofocada durante siglos”.

Un hecho que acaba de ocurrir, muestra resumidamente lo que será expuesto en la segunda y en la tercera parte de este libro: cómo la secta actúa para llegar a la realización de sus designios.
Bajo un pretexto vano, se produjo una rebelión en Barcelona; incendios y masacres forzaron al gobierno español a colocar en estado de sitio a la ciudad… El instigador Ferrer fue preso. En vez de ser fusilado en el acto, fue entregado al tribunal militar, que lo condenó a la muerte. El juicio fue ratificado. Falsas noticias fueron enviadas a los periódicos de todos los países: Ferrer no fue juzgado según las leyes. Su defensor fue arrestado. El clero, el propio Papa están involucrados. “La mano sangrienta de la Iglesia, parte en el proceso escribía La Lanterne condujo todo; y los solados del rey de España se limitaron a ejecutar sus voluntades. Todos los pueblos deben rebelarse contra esa religión de muerte y de sangre”. En apoyo, una caricatura representó a un sacerdote con un puñal en la mano. Amenazas de represalias, de asesinato del rey y del Papa llovieron en Madrid y en Roma. Peticiones circularon en París, Roma, Bruselas, Londres, Berlín, para protestar contra el juicio. Ferrer fue ejecutado. Luego se produjeron manifestaciones, varias sangrientas, en las principales ciudades de Francia y de todos los países europeos. Por acumulación, una especie de triunfo quiso glorificarlo en las calles de París, con la cobertura de la policía y la participación del ejército, al canto de la Internacional.
Los gobernantes fueron interpelados en los diversos parlamentos, las protestas fueron apoyadas por los consejos departamentales, municipales. Cincuentaisiete ciudades de Francia decidieron poner el nombre de Ferrer a una de sus calles.
La espontaneidad y el conjunto prodigioso de esas manifestaciones por una causa extraña a los intereses de los diversos países indica que existe una organización que se extiende a todos los pueblos, teniendo capacidad de acción hasta en las más humildes localidades. Entre las piezas del proceso de Barcelona, hay una que estableció que Ferrer pertenecía a la gran logia internacional, el misterioso centro de donde se ejerce sobre el mundo el poder oculto de la masonería.
Pero aquí la secta se denuncia a sí misma.
El consejo de la orden del Gran Oriente de París envió a todas sus oficinas y a todas las potencias masónicas del mundo, un manifiesto de protesta contra la ejecución de Ferrer. En él, el consejo reivindicaba al revoltoso como uno de los suyos: “Ferrer era uno de los nuestros. Él sintió que la obra masónica expresaba el más alto ideal que puede realizar el hombre. Él afirmó nuestros principios hasta el fin. Lo que se quiso alcanzar en él fue el ideal masónico.
“Delante de la marcha del progreso indefinido de la humanidad se levanta una fuerza de estagnación cuyos principios y acción tienen en vista lanzarnos en la noche de la Edad Media”.
El Gran Oriente de Bélgica se apresuró en responder al manifiesto del Gran Oriente de Francia: “El Gran Oriente de Bélgica, compartiendo los nobles sentimientos que inspiraron la proclamación del Gran Oriente de Francia, se asocia, en nombre de las logias belgas, a la protesta indignada que se envió a la masonería universal y al mundo civilizado contra la sentencia inicua pronunciada e impiadosamente ejecutada contra el hermano Francisco Ferrer”.
El Gran Oriente italiano y otros hicieron lo mismo: “Francisco Ferrer, honra de la cultura y del pensamiento moderno, apóstol infatigable del ideal laico, fue fusilado por orden de los jesuitas, en el horrible calabozo de la fortaleza de Montjuich, en la cual todavía resuenan los gritos de innumerables víctimas… Un estremecimiento de horror recorrió el mundo, que, en un sublime impulso de solidaridad humana, maldijo a los autores conocidos y ocultos de la muerte y los condena a la execración y a la infamia”.
El comité central de la liga masónica de los derechos del hombre, reunida en sesión extraordinaria el 13 de octubre de 1909, decidió levantar un monumento a la memoria de Ferrer, “mártir del libre pensamiento y del ideal democrático”. Convidó a todas las organizaciones de libre pensamiento a contribuir para la realización de este proyecto, y resolvió erguirlo en Montmartre, frente a la Iglesia del Sagrado Corazón.

La francmasonería declaró, pues, en palabras y en actos que ella consideraba y defendía a Ferrer como la encarnación del “ideal masónico”. ¿Cuál era el ideal de Ferrer? Él mismo lo proclamó en mayo de 1907, en la revista pedagógica Humanidad Nueva, en la cual expone los principios de la “Escuela moderna” que acababa de fundar con dinero conseguido de manera poco legal de un católico practicante e incluso piadoso.
“Cuando tuvimos, hace seis años, la inmensa alegría de abrir la escuela moderna de Barcelona, nos apresuramos en divulgar que su sistema de enseñanza seria, racionalista y científica. Queríamos prevenir al público de que, siendo la ciencia y la razón los antídotos de todo dogma, no enseñaríamos en nuestra escuela ninguna religión…
“Cuánto más hemos demostrado la temeridad que teníamos en colocarnos tan francamente en frente de la Iglesia todopoderosa de España, más sentíamos el coraje para perseverar en nuestros proyectos.
“Sin embargo, es necesario aclarar que la misión de la escuela moderna no se limita solamente al deseo de ver desaparecer los preconceptos religiosos de las inteligencias. Si bien que esos preconceptos sean aquellos que más se oponen a la emancipación intelectual de los individuos, no obtendríamos, con su desaparición, una humanidad libre y feliz, puesto que se puede concebir un pueblo sin religión, pero también sin libertad.
“Si las clases trabajadoras se liberasen de los preconceptos religiosos y conservasen el de la propiedad tal como existe actualmente, si los trabajadores aún creyesen en la parábola que siempre habrá pobres y ricos, si la enseñanza racionalista se contentase en diseminar nociones sobre la higiene y las ciencias, en preparar solamente buenos aprendices, buenos obreros, buenos empleados en todas las profesiones, nosotros continuaríamos viviendo más o menos sanos y robustos con el modesto alimento que nos proporcionaría nuestro módico salario, pero no dejaríamos de ser siempre los esclavos del capital.
“La escuela moderna pretende, por lo tanto, combatir todos los preconceptos que se oponen a la emancipación total del individuo y ella adoptó, con ese objetivo, el racionalismo humanitario, que consiste en inculcar en la juventud el deseo de conocer el origen de todas las injusticias sociales, a fin de que se combatan a través de los conocimientos que se han adquirido.
“Nuestro racionalismo combate las guerras fratricidas, sean internas, sean externas, la explotación del hombre por el hombre; lucha contra el estado de servidumbre en el cual se encuentra actualmente colocada la mujer en nuestra sociedad; en una palabra, combate a los enemigos de la harmonía universal, como la ignorancia, la maldad, el orgullo y todos los vicios y defectos que dividen a los hombres en dos clases: los explotadores y los explotados”.
En una carta dirigida a uno de sus amigos, Ferrer manifestaba de maneja aún mejor el pensamiento de su escuela: “Para no atemorizar a las personas y para no dar al gobierno un pretexto para cerrar mis establecimientos, yo los llamo ‘escuela moderna’ y no ‘escuela de anarquistas’. Porque la finalidad de mi propaganda es, lo confieso francamente, formar en mis escuelas anarquistas convencidos. Mi deseo es convocar la revolución. Por ahora, debemos contentarnos en implantar en el cerebro de la juventud la idea del saqueo violento. Ella debe aprender que no existe, contra los policías y la tonsura, sino un único medio: la bomba y el veneno”.
La investigación del caso llevó al descubrimiento, en la villa “Germinal”, en que él vivía, de documentos escondidos en un subterráneo hábilmente disimulado y que tenía diversas puertas de salida. Esos documentos probaban que él era el alma de todos los movimientos revolucionarios que se producían en España desde 1872. Estos son, entre otros, extractos de circulares redactadas en 1892.
“Compañeros, seamos hombres, aplastemos a esos infames burgueses… Antes de construir, arruinemos todo… Si entre los políticos algunos apelasen a vuestra humanidad, matadlos… Abolición de todas las leyes… expulsión de todas las comunidades religiosas… Disolución de la magistratura, del ejército y de la marina… Demolición de las iglesias…”.
Al final, de la propia mano de Ferrer, esta nota:
Adjunto una receta para fabricar un explosivo”.
Este es el hombre que la francmasonería presentó al mundo como profesando su ideal.
Algunos días después de la ejecución de Ferrer, el gabinete de Madrid se vio obligado a dimitir; los jefes del partido liberal y del partido democrático, obedeciendo sin duda a las órdenes de la logia, llevaron al conocimiento de Maura que ellos harían una obstrucción irreductible a cualquier medida, a todo proyecto que él presentase. Sin embargo, en España, sin por lo menos dos tercios de los votos todo puede quedar inmóvil y tornarse legalmente imposible. El partido liberal y el partido democrático, al rehusar su participación, hicieron imposible la administración. Esa dimisión alegró a los librepensadores y a los ateos en toda Europa. El Action dijo:
“¿No es verdad que, en el mundo entero, un gran duelo, el mismo en todas partes, se libra entre las religiones y el libre pensamiento, entre la autocracia y la democracia, entre el absolutismo y la revolución? ¿Existen fronteras para la Iglesia y una patria para el Vaticano? ¿El drama de la humanidad no se juega alrededor de esas formas internacionales que son la convención y la escuela? La caída del gabinete de Maura, así como la ejecución de Ferrer, no constituyeron sino un episodio de ese gran drama incesante”.
Ya nos hemos explayado lo suficiente sobre este asunto. Nada puede preparar mejor al lector para comprender lo que viene a continuación: la historia de la acción de la masonería en Francia durante los dos últimos siglos, la organización de la secta, sus medios de acción y procedimientos, y las posibles hipótesis sobre el resultado final de la lucha trabada por la sinagoga de Satanás y la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo.

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[1] Citado por don Sardá y Salvany, Le mal social, ses causes, ses remèdes.
[2] El infame, así se referían a Jesucristo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. VIII

CAPÍTULO VIII

PARA DÓNDE CAMINA LA CIVILIZACIÓN MODERNA

La necesidad de suprimir la Iglesia para asegurar el triunfo de la civilización moderna fue lo que Waldeck-Rousseau dio a entender en el discurso en Toulouse. Fue lo que Viviani dijo descaradamente el 15 de enero de 1901, desde lo alto de la tribuna.
“Estamos encargados de preservar de todo atentado el patrimonio de la Revolución… Nos presentamos aquí cargando en nuestras manos, además de las tradiciones republicanas, esas tradiciones francesas que representan siglos de combate, en los cuales, poco a poco, el espíritu laico se fue insinuando en los asedios de la sociedad religiosa… No estamos apenas enfrentados con las congregaciones, estamos frente a frente con la Iglesia católica… ¿No es verdad que por encima de este combate, un día se enfrentarán en este conflicto formidable, el poder espiritual y el poder temporal y se disputarán sus prerrogativas soberanas, intentando ganar las conciencias con el fin de liderar el destino de la humanidad?
“Como yo decía en el inicio, ¿creéis que esta ley nos lleve a la última batalla? ¡Pero esta es apenas una escaramuza en comparación a las batallas del pasado y del futuro! La verdad es que aquí se reencuentran, según la bella expresión de de Mun en 1878[1], la sociedad basada en la voluntad del hombre y la sociedad basada en la voluntad de Dios. La cuestión es saber si, en esa batalla, una ley sobre las asociaciones va a ser suficiente para nosotros. Las congregaciones y la Iglesia no nos amenazan solamente con sus intrigas, SINO POR LA PROPAGACIÓN DE LA FE… No temáis a las batallas que se os ofrecerán, avanzad; y si encontráis delante de vosotros esa religión divina que hace poético el sufrimiento mediante la promesa de reparaciones futuras, oponedle la religión de la humanidad, que, ella también, hace poético el sufrimiento, ofreciéndole como recompensa la felicidad de las generaciones”.

Esta es la cuestión puesta claramente.
Se oyen en esas palabras menos los pensamientos personales de Viviani de que los de la secta anticristiana. Ella declaró hace siglos luchar contra la Iglesia católica: ella se vanagloria de ya haber obtenido que el espíritu laico se insinuase poco a poco en los asedios de la sociedad religiosa; ella dice que, en el esfuerzo hecho para destruir las congregaciones, ella involucra no apenas una escaramuza, y que, para garantizar el triunfo definitivo, ella deberá emprender nuevas y numerosas batallas.
En su nombre, Viviani declara que en la batalla actual se trata de una cosa muy diferente de la “defensa republicana”, de un lado, y de la aceptación de la forma de gobierno, del otro. Se trata de lo siguiente: “infiltrar el espíritu laico en los asedios de la sociedad religiosa”, “tomar la dirección de la humanidad”, “y destruir la sociedad basada en la voluntad de Dios para construir una sociedad nueva, basada en la voluntad del hombre”[2].
Esa es la razón de por qué la guerra declarada contra las congregaciones es apenas un compromiso. La verdadera campaña es aquella que pone frente a frente a la Iglesia católica y el Templo masónico, esto es, la Iglesia de Dios y la Iglesia de Satanás, conflicto formidable del cual depende la suerte de la humanidad. Durante el tiempo en que la Iglesia estuviere de pie, ella propagará la fe, ella colocará en el corazón de los que sufren ―y, ¿quién no sufre?― las esperanzas eternas. Es solamente sobre sus ruinas, por lo tanto, que se podrá edificar “la religión de la humanidad, que promete la felicidad sobre esta tierra”.
A continuación de la discusión, en el Senado así como en la Cámara, no hizo sino que acentuar la importancia de esas declaraciones. Algunas breves citas mostrarán que el discurso de Waldeck-Rousseau y de Viviani, tienen exactamente el significado que le acabamos de dar.
Jacques Piou: “Aquello que los socialistas quieren, Viviani lo dijo el otro día, sin rodeos. Es quitarle al poder espiritual su influencia sobre las conciencias y conquistar la dirección de la humanidad”. El orador fue interrumpido por un miembro de la izquierda que le gritó: “No son solamente los socialistas quienes lo quieren, son todos los republicanos”.
Piou no lo contradijo. Leyó un discurso en el cual Bourgeois declaró: “Desde que el pensamiento francés se liberalizó, desde que el espíritu de la Reforma, de la filosofía y de la Revolución entró en las instituciones de Francia, el clericalismo es el enemigo”. Bourgeois interrumpió; Viviani replicó: “La cita que dije es exacta, y Bourgeois la mantiene por entero. Él la mantiene porque constituye el fondo de su pensamiento; ella explica su celo por defender la ley sobre las asociaciones, porque la ley de las asociaciones es la victoria de la Revolución, de la filosofía y de la Reforma sobre la afirmación católica”.

En la sesión del 22 de enero, Lasies puso en estos la cuestión en su verdadero terreno: “Hay dos frases, yo diría que dos acciones, que dominan todo este debate. La primera frase fue pronunciada por nuestro colega Viviani. Él dijo: “¡Guerra al catolicismo!”. Me levanté y le respondí: “¡Gracias, eso es lo que es franqueza!”. Un otro discurso fue pronunciado por el honorable Sr. Léon Bourgeois. A instancias del Sr. Piou, Bourgeois afirmó nuevamente que el objetivo que él persigue con sus amigos es sustituir el espíritu de la Iglesia, esto es, el espíritu del catolicismo, por el espíritu de la Reforma, por el espíritu de la Revolución y por el espíritu de la razón. Estas palabras son las que se ciernen sobre el debate, lo dominan, y quiero decirlo de frente, porque ahí está toda la cuestión, despejada de los subterfugios de lenguaje y de las hipocresías de la discusión”.

El 11 de marzo, C. Pelletan declaró también que la lucha actual se relaciona con el gran conflicto trabado entre los derechos del hombre y los derechos de Dios. “Este es el conflicto que se cierne sobre todo este debate”.

El 28 de junio, en el encerramiento de la discusión, el abad Gayraud pensó que era su deber, antes de la votación, recordar a los diputados lo que ellos irían a hacer, sobre lo que ellos se iban a pronunciar. “La ley que ustedes van a votar no es una ley de conciliación o de pacificación. Se engaña al país con palabras. Esta es una ley contra la Iglesia católica. Viviani dio a conocer el contenido del proyecto, cuando él declaró en la cámara la guerra a la FE católica”.
De Mun cumplió la misma tarea: “Nadie ha olvidado el memorable discurso de Viviani, que permanecerá, a pesar de la abundancia de los discursos y de los afiches, el mejor comprendido de todos. Viviani vio en la ley el comienzo de la guerra contra la Iglesia católica, como siendo el alfa y el omega de su partido... En el reporte que l’Officiel publicó esta mañana y que tuvimos que leer apresuradamente, el honorable Trouillot dijo que la ley de las asociaciones es el preludio de la separación entre la Iglesia y el Estado, que deberá tener por corolario indispensable una ley general sobre la disciplina de los cultos. La Cámara y el país están, por lo tanto, advertidos. Es la guerra abierta declarada a la Iglesia católica. Porque esta ley general sobre la disciplina de los cultos no pasará de un conjunto de prescripciones con la finalidad de entrabar, por todos los medios posibles, a los ministros del culto”.
Viviani subió a la tribuna para confirmar la amenaza de Trouillot, el cual, además, apenas repitió lo que numerosos ministros habían dicho antes que él: “En el curso de las sesiones durante las cuales el partido republicano remató en el proyecto actual, por más incompleto e imperfecto que fuese su forma jurídica, hemos adherido plenamente a él, con el deseo bien firme de fortalecerlo en el futuro con otras  nuevas medidas”. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Exclamó la extrema izquierda).
¿Cuáles deben ser esas medidas? ¿Para dónde deben tender? Viviani dijo: “Sustituir la religión católica por la religión de la humanidad”, o según la fórmula de Bourgeois, “dar al espíritu de la Revolución, de la filosofía y de la Reforma, la victoria sobre la afirmación católica”: la afirmación católica que muestra el fin del hombre más allá de este mundo y de la vida presente, y el espíritu de la filosofía y de la Revolución, que limita los horizontes de la humanidad a la vida animal y terrestre.
Si las palabras que acabamos de citar hubiesen sido pronunciadas en un club o en una logia masónica, merecerían consideración en razón de su gravedad. Pero que ellas hayan sido pronunciadas en la tribuna, y repetidas, ahí todavía, después de casi seis meses de intervalo, aplaudidas por la mayoría de los representantes del pueblo, y finalmente sancionadas por una ley hecha según el espíritu que las pronunció, esto es, seguramente, un serio tema para ser meditado.

Viviani dijo: “No estamos solamente enfrentando a las congregaciones, estamos cara a cara con la Iglesia católica, para combatirla, para librar contra ella una guerra de EXTERMINIO”.
Hace mucho tiempo que este pensamiento obsesiona las mentes de los enemigos de Dios. Hace mucho tiempo que ellos se vanaglorian de poder exterminar a la Iglesia.
En una carta escrita el 25 de febrero de 1758, Voltaire decía: “Veinte años más y Dios tendrá el mejor juego”. El teniente de policía Hérauld que le reprochaba su impiedad le decía: “Usted considera bello lo que hace, lo que escribe, pero usted no conseguirá destruir la religión cristiana”, Voltaire le respondió: “Eso lo veremos”[3].
Dios tuvo el mejor juego… contra Voltaire. En lo que dice respecto a la Iglesia, no han pasado apenas veinte años, sino ciento cincuenta; y la Iglesia católica sigue de pie.
Así también será en nuestros días, si bien que ellos se sientan seguros de haber, esta vez, adoptado mejor sus medidas.
El 15 de enero de 1881, el Journal de Génève publicó una entrevista de su corresponsal en París con uno de los jefes de la mayoría francmasónica que dominaba, en aquella época como hoy, la Cámara de Diputados. Él decía: “En el fondo de todo eso (de todas esas leyes promulgadas una tras otra), hay una inspiración dominante, un plan determinado y metódico, que se desarrolla con mayor o menor orden, mayor o menor velocidad, pero con una lógica invencible. Lo que hacemos, es poner bajo estado de sito al catolicismo romano, apoyándonos en el Concordato. Queremos hacerle capitular o quebrarlo. Sabemos en dónde están sus fuerzas vivas, es sobre ellas donde lo queremos atacar”.
En 1886, en el número 23 de enero de la Semaine religieuse de Cambrai, referíamos estas otras palabras pronunciadas en Lille: “Perseguiremos sin misericordia al clero y a todo lo que se relacione con la religión. Emplearemos contra el catolicismo medidas que todavía ni siquiera existen. Utilizaremos todo nuestro ingenio para hacerlo desaparecer de este mundo. Y si a pesar de todo resiste a esta guerra científica, seré el primero en confesar que es una institución divina”.
G. de Pascal escribía en la Revue Catholique et Royaliste, número de marzo de 1908:
“Hace muchos años, el cardenal Mermillod me contó una anécdota que ilustra bien la situación, cuando él todavía residía en Ginebra: el ilustre prelado veía cada cierto tiempo al príncipe Jerónimo Bonaparte que habitaba la región de Prangins. El príncipe revolucionario apreciaba mucho la conversación del espiritual obispo. Un día le dijo: “No soy un amigo de la Iglesia católica, no creo en su origen divino, pero conociendo lo que se trama contra ella, los esfuerzos admirablemente ejecutados contra su existencia; si ella resiste a ese asalto, me veré obligado a confesar que hay ahí alguna cosa que supera lo humano”.
En junio de 1903, la Vérité Française refería que Ribot, en una conversación íntima, habló de la misma manera: “Yo sé lo que se está preparando, conozco en detalle los hilos de esta amplia red que está siendo extendida. Ahora bien, si la Iglesia romana se escapa esta vez en Francia, eso será un milagro tan deslumbrante que me haré católico como usted[4]”.
Hemos visto ese milagro en el pasado y lo veremos en el futuro. Los jacobinos podían creerse muy seguros, incluso del éxito de nuestros librepensadores; ellos tuvieron que reconocer que se habían engañado,… y sin embargo no se convirtieron. “Vi, dice Barruel en sus Memorias[5], a Cerutti acercarse insolentemente al secretario del nuncio de Pío VI, y con una alegría impía, con sonrisa de piedad, decirle: “Proteja bien a su papa; protéjalo bien, y embalsamadlo bien después de su muerte, porque os anuncio, y podéis estar bien cierto de esto, no tendréis otro”. Este supuesto profeta no adivinaba, continua Barruel, que se presentaría delante de Dios antes que Pío VI, y que Dios, a pesar de las tempestades del jacobinismo, como a pesar de tantas otras, estará con Pedro y su Iglesia hasta el fin de los siglos”.
Viviani dice que si la masonería quería aniquilar la Iglesia, era para poder sustituir la religión de Cristo por la religión de la humanidad.
Constituir una nueva religión, la “religión de la humanidad”, es, en efecto, lo veremos, el objetivo para el cual la francmasonería dirige el movimiento iniciado en el Renacimiento: la liberación de la humanidad.

En una obra publicada en Friburgo bajo el título: “La deificación de la humanidad, o el lado positivo de la francmasonería, el P. Patchtler demostró bien el significado que la masonería le da a la palabra “humanidad” y el uso que de ella hace. “Esta palabra, dice él, es utilizada por millares de hombres (iniciados o ecos inconscientes de los iniciados), en un sentido confuso, sin duda, pero siempre, sin embargo, como el lema de guerra de un cierto partido para una cierta finalidad, que es la oposición al cristianismo positivo. Esa palabra, en boca de ellos, no significa solamente el ser humano por oposición al ser bestial,… ella coloca, en tesis, la independencia absoluta del hombre en el dominio intelectual, religioso y político; ella niega todo fin sobrenatural, y reclama que la perfección puramente natural de la raza humana sea encaminada por las vías del progreso. A estos tres errores corresponden tres etapas en las vías del mal: la humanidad sin Dios, la humanidad que se hace Dios, la humanidad contra Dios. Este es el edificio que la masonería pretende erigir para remplazar el orden divino que es la humanidad con Dios”.
Cuando la secta habla de la religión del futuro, de la religión de la humanidad, es este edificio, es este Templo que ella tiene en mente.
A fines de julio y comienzos de agosto de 1870, las logias de Strabourg, Nancy, Vesoul, Metz, Châlons-sur-Marne, Reims, Mulhouse, Sarreguemines, en una palabra todo el Oriente, se reunió en Metz. Fue tratada la cuestión del Ser supremo, y las discusiones que se siguieron se propagaron de logia en logia.
Para resumir, Le Monde Maçonnique, en las ediciones de enero y mayo, hizo la siguiente declaración: “La francmasonería nos enseña que no hay sino una sola religión verdadera, y por consiguiente, una sola natural, el culto de la humanidad. Porque, mis hermanos, esa abstracción que, erigida en sistema, ha servido para formar todas las religiones. Dios no es otra cosa que el conjunto de todos nuestros instintos más elevados, a los cuales les hemos dado cuerpo, una existencia distinguible; Dios no es más que el producto de una concepción generosa, pero errónea, de la humanidad, que se despojó en beneficio de a una quimera”.
Nada más claro: la humanidad es Dios, los derechos del hombre deben sustituir los de la ley divina, el culto de los instintos del hombre debe tomar el lugar del que se rinde al Creador, la búsqueda del progreso en las satisfacciones dadas a los sentidos que debe sustituir las aspiraciones de la vida futura.

En una sesión común de las logias de Lyon, realizada el 3 de mayo de 1882 y cuyo resultado fue publicado en Chaîne d’Union de agosto de 1882, el F\ Régnier decía: “Es necesario no ignorar lo que no es más un misterio: que hace mucho tiempo dos ejércitos están frente a frente, que la lucha está actualmente abierta en Francia, en Italia, en Bélgica, en España, entre la luz y la ignorancia, y que una se impondrá sobre la otra. Es necesario que se sepa que los Estados Mayores, los jefes de esos ejércitos, son, de un lado, los jesuitas (léase: el clero secular y regular) y del otro, los francmasones”.
Pero la destrucción de la Iglesia no dejará el lugar suficientemente limpio para la construcción del Templo masónico; a los clamores contra la Iglesia se juntan siempre los gritos no menos rabiosos contra el orden social, contra la familia y contra la propiedad. Y así debe ser, puesto que las verdades de orden religioso entraron en la propia substancia de esas instituciones.
La sociedad reposa sobre la autoridad, que tiene su principio en Dios; la familia, sobre el matrimonio que obtiene de la bendición divina su legitimidad y su indisolubilidad; la propiedad, sobre la voluntad de Dios, que la promulgó en el séptimo y en el décimo mandamiento para protegerla contra el robo e incluso contra la codicia. Es necesario destruir todo esto, si se quiere, como pretende la secta, fundar la civilización sobre nuevas bases.
León XIII constató en su encíclica Humanum genus: “Aquello que los francmasones se proponen, dice él, aquello para lo cual tienden todos sus esfuerzos, es la destrucción completa de toda la disciplina religiosa y social nacidas de las instituciones cristianas, y la substitución por otra, adaptadas a sus ideas, cuyo principio y leyes fundamentales son sacados del naturalismo”.

Las ideas y los proyectos expuestos en la tribuna y en las logias son la expresión de un pensamiento y de una voluntad que se encuentra por todas partes. Se escuchan en Francia, Bélgica, Suiza, Italia, Alemania y en todos los congresos democráticos, se leen cada día en una multitud de periódicos.
En 1865 se realizó en Liège el congreso de los estudiantes. En ese congreso fueron escogidos, inicialmente, el estado mayor de la internacional, después los auxiliares de Gambetta. Estuvieron presentes más de mil jóvenes venidos de Alemania, España, Holanda, Inglaterra, Francia, Rusia. Ellos se mostraron unánimes en sus sentimientos de odio contra los dogmas e incluso contra la moral católica: unanimidad de adhesión a las doctrinas y a los actos de la Revolución Francesa, comprendidas en ella las masacres de 1793; unanimidad de odio contra el orden social actual, “que no cuentan siquiera con dos instituciones basadas en la justicia”, según la expresión pronunciada en la tribuna por Arnoult, redactor del Précurseur de Anvers, y aplaudido a más no poder por la asamblea. Otro orador, Fontaine, de Bruselas, terminó su discurso con estas palabras: “Nosotros, revolucionarios y socialistas, queremos el desarrollo físico, moral e intelectual del género humano. Queremos, en el orden moral, la supresión de los conceptos de religión y de Iglesia, llegar a la negación de Dios y al libre examen. Queremos, en el orden político, por la realización de la idea republicana, llegar a la federación de los pueblos y a la solidaridad de los individuos. En el orden social queremos, por la transformación de la propiedad, por la abolición de la herencia, por la aplicación de los principios de asociación, de mutualidad, llegar a la solidaridad de los intereses y a la justicia. Queremos, primero la liberación del trabajador, en seguida, la del ciudadano y del individuo, y sin distinción de clases, la abolición de todo sistema autoritario”.
Otros hablaron en el mismo sentido. Es que la supresión del cristianismo no se puede concebir sin la ruina de todas las instituciones de él nacidas y en él basadas; los hombres lógicos lo comprenden, los hombres francos lo dicen, los anarquistas lo ejecutarán.
En el mismo congreso de Liège, Lafargue preguntó:
“¿Qué es la Revolución?”. Y él respondió: “La Revolución es el triunfo del trabajo sobre el capital, del obrero sobre el parasito, del hombre sobre Dios. Esa es la Revolución social que comportan los principios de 1889 y los derechos del hombre llevados a su última expresión”. Él además dijo: “Hace cuatrocientos años que minamos los fundamentos del catolicismo, la más fuerte máquina jamás inventada en materia de espiritualismo; infelizmente, ella sigue sólida”. Después, en la última sesión, lanzó este grito del infierno: “¡Guerra a Dios! ¡Odio a Dios! ¡EL PROGRESO ESTÁ AHÍ! Es necesario romper el cielo como se rompe un toldo de papel”.
La conclusión de Lafargue fue: “En la presencia de un principio tan grande, tan puro como este (así liberado de lo sobrenatural y de todo lo que ha constituido hasta aquí el orden social), es necesario odiar o probar que se ama”.
Los otros franceses pidieron con él que la separación fuese la más clara y la más entera entre los que odian y los que aman, entre los que odian el mal y aman el bien, y entre los que odian el bien y aman el mal. Regnard, parisino, vino a decir dónde la masonería coloca el bien y el mal: el mal en el espiritualismo, el bien en el materialismo. “Vinculamos nuestra bandera a los hombres que proclaman el materialismo: todo hombre que está a favor del progreso está también a favor de la filosofía positiva o materialista”.
Cuando la palabra “progreso” y otras semejantes caen de los labios masónicos, encontramos católicos para recogerlas con una especie de respeto y de ingenua confianza, creyendo ver en ellas aspiraciones relativas a un estado de cosas deseable. Lafargue y Regnard nos acaban de decir lo que la secta, que puso esos términos en circulación, entendió lo que ellos debían representar.
Germain Casse: “Es necesario que, saliendo de aquí, seamos de PARÍS o de ROMA, o jesuitas o revolucionarios”. Y como sanción, él pidió “la exclusión total, completa de todo individuo que represente, en cualquier nivel, la idea religiosa”. Condición necesaria para que pueda ser establecida y, sobre todo, subsistir el nuevo orden de cosas deseado y perseguido.
No hace falta prolongar esas citas, taquigrafiadas por los redactores de la Gazette de Liège en las propias mesas del congreso. Los otros periódicos tuvieron miedo de reproducir esas palabras en su gran crudeza. El ciudadano Fontaine las recordó a propósito de la verdad: “Un solo periódico, dijo él, uno solo fue buena fe, la Gazette de Liège, y esto porque es con franqueza católico apostólico y romano. Él publicó un análisis completo de los debates”.
Al año siguiente, en el congreso de Bruselas, el ciudadano Sibrac, francés, convocó a las mujeres para la gran obra; y para convencerlas les dijo: “Fue Eva quien lanzó el primer grito de rebelión contra Dios”. Sabemos que uno de los gritos de admiración de la francmasonería es: “¡Eva!, ¡Eva!”.
En ese congreso, también el ciudadano Brismée dijo: “Si la propiedad resiste a la Revolución, es preciso, por decretos populares, liquidarla. Si la burguesía resiste, es preciso matarla”. Y el ciudadano Pèlerin: “¡Si seiscientas mil cabezas ponen obstáculos, que caigan!”.
Después de los congresos de Liège y de Bruselas, hubo otro en Ginebra, compuesto de estudiantes y de obreros, como en Bruselas. Ahí también Dios y la religión fueron de común acuerdo apartados, las ideas religiosas declaradas funestas al pueblo y contrarias a la dignidad humana, la moral proclamada independiente de la religión. Se habló de organizar huelgas “inmensas, invencibles”, que debían terminar por la HUELGA GENERAL.
Abreviemos. Otro congreso internacional se realizó en La Haya, en 1873. El ciudadano Vaillant también dijo allí que la guerra al catolicismo y a Dios no podía seguir sin la guerra a la propiedad y a los propietarios.
“La burguesía, dijo, debe contar con una guerra más seria que la lucha latente a la cual la Internacional está actualmente condenada. ¡Y no tardará el día de la revancha de la Comuna de París!
”El exterminio completo de la burguesía: tal debe ser el primer acto de la futura revolución social”[6].
Si quisiéramos dar una idea de lo que se fue dicho y de lo que fue impreso en esos últimos treinta años, iríamos al infinito. Todo el mundo sabe que el régimen republicano, sobre todo en estos últimos tiempos, dejó entrar, o incluso propagó, en todas las clases de la sociedad, las ideas más subversivas.

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[1] O mejor, el 22 de mayo de 1875, en la clausura del congreso católico de París.
[2] Conocemos la palabra de orden dada por Gambeta: “¡El clericalismo es el enemigo!” y en qué circunstancias él la pronunció… La república de centro derecha, inaugurada con el septenio del mariscal Mac-Mahon, debía luego eclipsarse delante de una república de centro izquierda. Buffet fue substituido en el comando del ministerio por Dufaure. Dufaure, cansado de tener siempre que resistir a las exigencias de los radicales, pidió la dimisión. Mac-Mahon llamó, entonces, al poder a la izquierda, en la persona de Jules Simon. Jules Simon hizo a la extrema-izquierda las concesiones que Dufaure hizo a la izquierda y Buffet a la centro-izquierda. Mac-Mahon quiso remediar las cosas. El 16 de mayo escribió a J. Simon una carta que éste interpretó como un pedido de dimisión. El presidente entonces dio instrucciones a Broglie de formar el Gabinete, y, el 18 de mayo, envió a las Cámaras un mensaje en el cual, después de haberles explicado su conducta, aplazó los trabajos por un mes, en conformidad al artículo 24 de la Constitución.
Durante ese receso, el día 1 de junio de 1877, Gambetta recibió una delegación de la juventud de las facultades de derecho, medicina, etc., y les pronunció un discurso que jamás debería ser olvidado, porque ningún otro proyecta una luz más clara sobre el cuarto de siglo que acaba de pasar y sobre el carácter de la lucha actual. “Nosotros fingimos, dijo él, combatir a favor de la forma de gobierno, por la integridad de la Constitución. LA LUCHA ES MÁS PROFUNDA: la lucha es contra todo lo que queda del viejo mundo, ENTRE LOS AGENTES DE LA TEOCRACIA ROMANA Y LOS HIJOS DEL 89.
 Un inglés, Bodley, después de una extensa investigación hecha en Francia, lo publicó, bajo el título: FRANCIA, Ensayo sobre la Historia y el Funcionamiento de las Instituciones Políticas Francesas. Esas palabras de Gambetta se pueden leer en la página 201.
En cuanto el grito de guerra, “¡El clericalismo, he ahí el enemigo!”, Gambetta declaró en la tribuna, en 1876, lo que él lo tomó de Peyrat. En efecto, Peyrat, escribió en Opinion Nationale, en la época del Imperio, la siguiente frase: “¡El catolicismo, he ahí el enemigo!”. Sustituyendo la palabra catolicismo por clericalismo, Gambeta usó la hipocresía familiar de los francmasones.
[3] Condorcet, Vie de Voltaire.
[4] Ribot dijo en la sesión del 8 de noviembre de 1909 en el Senado: “Mantendremos la escuela laica como un instrumento necesario de progreso y civilización”. Al hablar en esos términos, Ribot no se expresa solamente como uno de los iniciados, sino como participante de la conspiración.
[5] Tomo V, p. 208.
[6] Aquellos que desean citas más numerosas y más extensas, podrán encontrarlas en la obra Les Sociétés Secrètes et la Société, de N. Deschamps, continuada por Claudio Janet.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. VII

CAPÍTULO VII

LO QUE HACE Y DICE LA REVOLUCIÓN EN LOS DÍAS ACTUALES

[Advertencia: téngase en cuenta que este libro fue publicado en 1910, por lo tanto, los acontecimientos aquí narrados ocurrieron hace más de 100 años. No obstante aquello, la Revolución ha seguido avanzando bajo el mismo impulso (o quizás un mayor impulso) que el que tuvo hace un siglo. El lector podrá deducir cómo casi la gran mayoría de los acontecimientos políticos, sociales, culturales, religiosos etc., que ocurren actualmente no son sino resultado del mismo plan e impulso que la Revolución tenía hace 100 años]

En el discurso que pronunció el 28 de octubre de 1900 en Touluse, como introducción a la discusión de la ley sobre las asociaciones religiosas, Waldeck-Rousseau colocó en los siguientes términos la cuestión que, en aquel momento, mantenía a Francia en suspenso y al mundo atento a lo que ocurría entre nosotros:
“En este país, en que la unidad moral construyó, a través de los siglos, la fuerza y la grandeza, dos juventudes, menos separadas por sus condiciones sociales que por la educación que reciben, crecen si conocerse, hasta el día en que ellas se reencontrarán tan desemejantes, que estarán sujetas a no comprenderse más. Poco a poco se preparan, dos sociedades diferentes ―una cada vez más democrática, llevada por la larga corriente de la Revolución, la otra cada vez más imbuida de doctrinas que se creían no haber sobrevivido al gran movimiento del siglo XVIII― y destinadas un día a chocar entre sí”.

El hecho observado en esas líneas por Waldeck-Rousseau es real. Hay, en efecto, no solamente dos juventudes, sino dos sociedades en nuestra Francia. Ella no aguardan el futuro para chocarse, ellas se enfrentan y hace mucho tiempo. Esa división del país contra él mismo se remonta más allá de la época señalada por Waldeck-Rousseau, más allá del siglo XVIII. Ella ya se notaba en el siglo XVI, en los largos esfuerzos que los protestantes hicieron para construir una nación dentro de la nación.
Para reencontrar la unidad moral que construyó, a través de los siglos, la fuerza y la grandeza de nuestra patria, cosa que Waldeck-Rousseau lamenta, es necesario transportarse más lejos aún. Fue el Renacimiento el que comenzó a hacer la división de las ideas y de las costumbres, que permanecieron cristianas entre unos y retornaron al paganismo entre otros. Pero después de más de cuatro siglos, el espíritu del Renacimiento aún no pudo triunfar sobre el espíritu del cristianismo y rehacer, en sentido opuesto, la unidad moral del país. Ni las violencias, ni las perfidias y las traiciones de la Reforma; ni la corrupción de los espíritus y de las costumbres emprendida por el filosofismo; ni en las confiscaciones, los exilios, las masacres de la Revolución, no pudieron tener razón contra las doctrinas y las virtudes con las cuales el cristianismo empapó el alma francesa durante catorce siglos. Napoleón vio ese espíritu de pie sobre las ruinas acumuladas por el Terror, y no encontró nada mejor que dejarlo vivir, rehusándole, todavía, los medios de restaurar plenamente la civilización cristiana. De ahí el conflicto con las alteraciones diversas, ocupadas, como nota Waldeck-Rousseau, no tanto por la diversidad de las clases sociales cuanto por la presencia de dos educaciones: la educación universitaria fundada por Napoleón, y la educación cristiana que se mantuvo en las familias, en la iglesia, y, por consiguiente, en la enseñanza libre.
Así, pues, la Iglesia está siempre presente, diciendo siempre que la verdadera civilización es aquella que da respuesta a la verdadera condición del hombre, a los destinos que su Creador le trazó y a aquellos que su Redentor hizo posible; y que, consecuentemente, la sociedad debe constituirse y gobernarse de tal manera que favorezca los esfuerzos dirigidos para la santidad.
Y la Revolución también está siempre presente, diciendo que el hombre tiene apenas un fin terrenal, que la inteligencia le fue dada para satisfacer sus apetitos; y que, por consecuencia, la sociedad debe organizarse de tal manera que consiga ofrecer a todos la mayor suma posible de satisfacciones mundanas y carnales.
Ahí no hay solamente división, sino conflicto; conflicto patente después del Renacimiento, conflicto sordo desde los orígenes del cristianismo; porque, a partir del día en que la Iglesia se esforzó en establecer y propagar la verdadera civilización, ella encontró delante de si los malos instintos de la naturaleza humana para resistirle.
“Es necesario acabar con eso de una vez por todas, decía Raoul Rigault al conducir los rehenes al muro de ejecuciones; hace ciento dieciocho años que eso dura, es tiempo de acabar con eso”. ¡Es necesario acabar de una vez con eso! Fue esa la palabra del Terror, fue esa la palabra de la Comuna. Es la palabra de Waldeck-Rousseau. Las dos juventudes, las dos sociedades deben chocarse en un conflicto supremo; una, llevada por la corriente de la Revolución, la otra sustentada e impulsada por el soplo del Espíritu Santo al encuentro de las ondas revolucionarias.
Es necesario que una triunfe sobre la otra.
Instruida por la experiencia, la secta de la cual Waldeck-Rousseau se hizo mandatario, emplea, para llegar a sus fines, medios menos sanguinarios de los que en 1793, porque ella cree que son más eficaces.
El primero de esos medios fue la abolición de las congregaciones religiosas. Waldeck-Rousseau, en el discurso de Toulouse, expone en los siguientes términos la razón de la prioridad de la ley que las haría desaparecer: “Este hecho (la coexistencia de dos juventudes, de dos sociedades) no se explica por el libre juego de las opiniones: este supone un sustrato de influencias que antes estaban ocultas pero que ahora son más visibles, es un poder que ya no es oculto, y que constituye dentro del Estado  una potencia (un poder) rival”. Ese sustrato de influencias, esa potencia rival, que Waldeck-Rousseau así denunciaba, él pretendía encontrarlas en las congregaciones religiosas. “Esta es, continuó él, una situación intolerable y que todas las medidas administrativas fueron impotentes para hacerlas desaparecer. Todos los esfuerzos serán inútiles mientras no haya una legislación racional, eficiente, que reemplace a tanta legislación ilógica, arbitraria e ineficaz”.
Esta legislación eficaz, Waldeck-Rousseau, nos la obtuvo con el apoyo del Parlamento. Esa ley (de las asociaciones) había sido largamente estudiada, sabiamente preparada en las logias para el efecto a ser alcanzado; ella fue votada y promulgada en todos sus puntos, sin obstáculo, y más tarde perfeccionada por resoluciones, decretos y medidas que parecen ya no dejar más en Francia ningún refugio para la vida monástica y, luego para la enseñanza religiosa.

Entre tanto, la supresión de las congregaciones no pone fin al conflicto. Waldeck no lo ignoraba. Es así que tuvo el cuidado de decir que “la ley de las asociaciones es apenas un punto de partida”. De hecho, supongamos que todas las congregaciones desaparezcan, sin esperanza de resurrección: sería ingenuo creer que la idea cristiana desaparecería con ellas. Detrás de sus batallones se encuentra la Santa Iglesia Católica. Y es la Iglesia, quien dice, no solamente a los congregacionistas, sino a todos los cristianos y a todos los hombres: “Vuestro fin último no está aquí abajo; aspirad a más alto”. Es en ella que se encuentra, en el decir de Waldeck-Rousseau, ese sustrato de influencias que no ha dejado de actuar hace más de dieciocho siglos. Es a ella la que es necesario destruir para matar el ideal cristiano[1]. Waldeck-Rousseau sabía eso, y fue por eso que presentó su ley como siendo solamente un punto de partida.
“La ley sobre las asociaciones es, a nuestro entender, el punto de partida de la mayor y de la más libre evolución social, y también garantía indispensable de las prerrogativas más necesarias de la sociedad moderna”.
Una evolución social, eso es, según el deseo del propio Waldeck-Rousseau, lo que es preparado por la ley que él se propuso entonces presentar a la sanción del Parlamento, y que actualmente está en vigor.
Le evolución social deseada, perseguida, es, lo veremos en toda la secuencia de esta obra, la salida, sin esperanza de retorno, de las vías de la civilización cristiana, y la entrada en las vías de la civilización pagana.
¿Cómo puede la destrucción de las congregaciones religiosas ser “el punto de partida”?
¡Es que la sola presencia de los religiosos en medio del pueblo cristiano es un sermón continuo, que no lo deja perder de vista el fin último del hombre, la finalidad principal de la sociedad y el carácter que debe tener la verdadera civilización. Vestidos con un hábito especial que marca lo que ellos son y lo que ellos pretenden en este mundo, ellos les dicen a las multitudes en medio de las cuales circulan, que somos todos hechos para el cielo y que debemos aspirar a él. A ese sermón mudo, añaden el de sus obras, obras de dedicación que no piden retribución aquí en este mundo, y que afirman, por ese desinterés, que hay una recompensa mayor que todos deben ambicionar. Por último, su enseñanza en las escuelas y en el púlpito no cesa de sembrar en el alma de los niños, de hacer crecer en el alma de los adultos, de propagar en todas las direcciones, la fe en los bienes eternos. No existe nada que se oponga más directamente y más eficazmente al restablecimiento del orden social pagano. No hay nada que se requiera con más urgencia para la resurrección de ese orden proyectado, deseado, perseguido hace cuatro siglos, que la desaparición de las congregaciones religiosas[2]. Por el tiempo en que los monjes estén presentes, actúen y enseñen, hay y habrá no solamente dos juventudes, sino dos Francias, la Francia católica y la Francia masónica, teniendo una y otra ideales diferentes e incluso opuestos, luchando entre sí para alcanzar su propio triunfo. Y como la masonería y el catolicismo se extienden por el mundo entero, en todas partes las dos ciudades estarán involucradas, en todo tiempo y lugar, en la misma batalla. Por todas partes se le ha declarado la guerra a las órdenes religiosas, y la palabra de orden en todo el mundo es expulsarlas, destruirlas. Cuántas leyes, cuántos decretos la francmasonería hizo promulgar contra ellas, en todos los países, solamente en el siglo XIX.

Pero, la abolición de la vida monástica no es y no puede ser, como dice  Waldeck-Rousseau, sino “un punto de partida”. Después de los religiosos vienen los sacerdotes, y si los sacerdotes son expulsados, la Iglesia permanecería, como en los días de las catacumbas, para mantener la fe en un cierto número de familias y en un cierto número de corazones; y un día u otro, la fe traería de regreso a los sacerdotes y religiosos, como ella lo hizo en 1800.
Es preciso, por lo tanto, algo más.
Primero, acabar de subyugar a la Iglesia, después, aniquilarla. Intentaron subyugarla a través de la “ejecución estricta del Concordato”; esperaban llegar a aniquilarla a través de la ley de la separación entre la Iglesia y el Estado.

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[1] El 12 de julio de 1909, Clemenceau dijo desde la tribuna: “Nada se podrá hacer en este país en cuanto no se haya mudado el estado de espíritu que en él introdujo la autoridad católica”.
[2] En el siglo XV como hoy, los monjes fueron atacados por los humanistas del Renacimiento, porque ellos representaban el ideal cristiano de renuncia. Los humanistas llevaron el individualismo hasta el egoísmo; por su voto de obediencia y de permanencia, los monjes combatían el egoísmo y lo suprimían. Los humanistas exaltaban el orgullo de espíritu; los monjes exaltaban la humildad y la abnegación voluntarias. Los humanistas glorificaban la riqueza; los monjes hacían voto de pobreza. Los humanistas, por último, legitimaban el placer sensual; los monjes mortificaban la carne por la penitencia y la castidad. El Renacimiento pagano percibió tan bien esa oposición que se encarnizó contra las órdenes religiosas con tanto odio cuanto nuestros modernos sectarios.
Cuánto más rigurosa era una observancia religiosa, más ella excitaba la cólera del humanismo. (L'Eglise et les Origines de la Renaissance, por Jean Guéraud, p. 305).
Los enciclopedistas tuvieron relativamente hacia los religiosos los mismos sentimientos de los humanistas.
El 24 de marzo de 1767, Federico II, rey de Prusia, escribió a Voltaire: “He observado, y otros lo han hecho como yo, que los lugares donde hay más conventos de monjes son aquellos en que el pueblo está más ciegamente preso a la superstición (el cristianismo). No hay duda que, si se consigue destruir esos asilos de fanatismo, el pueblo se volverá tibio e indiferente a respecto de los objetos que actualmente son los de su veneración. Es necesario comenzar por destruir los claustros, al menos, comenzar con disminuir su número…”.
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