domingo, 7 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción - I

La santa intransigencia, un aspecto de la Inmaculada Concepción

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo, Nº 45 - septiembre de 1954

Cuadro conmemorativo de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción
En la vida de la Iglesia, la piedad es el asunto clave. Piedad bien entendida, que no sea la repetición rutinaria y estéril de fórmulas y actos de culto, sino la verdadera piedad, que es un don bajado del Cielo, capaz de, por la correspondencia del hombre, regenerar y llevar a Dios las almas, las familias, los pueblos y las civilizaciones.
Ahora bien, en la piedad católica el asunto clave es, a su vez, la devoción a Nuestra Señora. Pues si es Ella el canal por medio del cual nos vienen todas las gracias, y es por Ella que nuestras oraciones llegan hasta Dios, el gran secreto del triunfo en la vida espiritual consiste en estar íntimamente unido a María.
La humanidad, antes de Jesucristo, se componía de dos categorías nítidamente diversas, los judíos y los gentiles. Aquellos, constituyendo el Pueblo Elegido, tenían la Sinagoga, la Ley, el Templo y la Promesa del Mesías. Estos últimos, dados a la idolatría, ignorantes de la Ley, con falta de conocimiento de la Religión verdadera, yacían a la sombra de la muerte, esperando sin saberlo, o movidos a veces por un secreto impulso, al Salvador que debería venir. Entre los gentiles, aún se podrían distinguir dos categorías: los romanos, dominadores del universo, y los pueblos que vivían bajo la autoridad del Imperio. Un análisis de la época en que ocurrió la venida del Mesías implica hacer el examen de la situación en que se encontraba cada una de estas fracciones de la humanidad.

Poder, gloria y decadencia

Se habla mucho del valor militar de los romanos y del brillo de las conquistas que hicieron. Es obvio que hay mucho que admirar en ellos bajo este punto de vista. Pero una exacta ponderación de todas las circunstancias históricas nos obliga a reconocer que, si los romanos hicieron grandes conquistas, los pueblos que dominaron estaban en su mayor parte viejos y gastados, dominados por sus propios vicios, y por esto propensos a caer bajo el guante del primer adversario que se les opusiese. Afirmación ésta válida tanto para Grecia cuanto para las naciones de Asia y de África, excepción hecha tal vez de Cartago.
¿Qué es lo que había reducido a ese estado de debilidad a tantos pueblos, otrora dominadores y llenos de gloria? La corrupción moral. La trayectoria histórica de todos ellos es la misma. Al inicio, se encontraban en un estado semi-primitivo, llevando una vida simple, dignificada por una cierta rectitud natural. De ella les viene la fuerza que les permite dominar a los vecinos y constituir un imperio. Pero con la gloria viene la riqueza, con la riqueza los placeres, y con éstos la disolución de costumbres. La disolución de costumbres trae a su vez la muerte de todas las virtudes, la decadencia social y política y la ruina del imperio.
Y así, uno después de otro, fueron apareciendo en el escenario histórico, creciendo hasta su pináculo y menguando, los grandes pueblos del Oriente. Todas las naciones civilizadas que Roma venció habían recorrido las diversas etapas de este ciclo. Ella misma las recorrió a su vez. Las virtudes familiares de la Roma de la Realeza y de la República aristocrática le dieron la grandeza. Al final de la República, el lujo comenzó a depravar los caracteres y tuvo comienzo la decadencia. El Imperio, que es en su comienzo una magnífica puesta de sol, se transforma gradualmente en pardo crepúsculo sin gloria.

La humanidad en la noche moral

Fue en el momento en que Roma entraba en la fase aún áurea de esa ruta descendente, que Jesús nació. La historia de los futuribles es peligrosa. En todo caso, es permitido indagar qué habría ocurrido en el mundo mediterráneo, cuando Roma terminase su involución, si el Verbo de Dios no se hubiese encarnado.
Hasta entonces, cada nación civilizada pasaba el legado de su cultura al vencedor. Los persas, por ejemplo, se nutrieron de la cultura asiro-babilónica y egipcia. Los griegos se nutrieron de la cultura egipcia y persa, los romanos de la cultura griega. Y así, caminando del Oriente hacia el Occidente, vino siendo transmitida la civilización. Extinta Roma, ¿en qué manos quedaría el legado? En la de los bárbaros. Pero la Historia prueba que, sin la participación de la Iglesia, ellos no se habrían civilizado por ocasión de las invasiones, y así, sin Jesucristo la caída de Roma habría sido el colapso de Occidente. Con el ocaso de Roma, iniciado ya antes de Cristo, era todo Occidente que amenazaba con desplomarse. Era el fin de una cultura, de una civilización, de un ciclo histórico. Era un fin de mundo...
Ahora bien, el pueblo elegido también estaba en su fin. Dos tendencias siempre se habían sobresalido en él. Una quería permanecer fiel a la Ley, a la Promesa, a su vocación histórica, confiando enteramente en Dios. Otra, empero, de poca fe, de poca esperanza, se amedrentaba considerando la nula valía militar y política de los judíos en el mundo antiguo.
Diferentes de todos los pueblos por su raza, su lengua, su Religión, exiguos como población y territorio, estaban los israelitas a punto de ser sumergidos ya antes de Cristo. La mejor estrategia que los partidarios de la politique de la main tendue [política de mano extendida] tenían en la Antigua Ley no consistía en resistir, sino en ceder. De ahí una adaptación del pueblo elegido al mundo gentílico, la penetración subrepticia de doctrinas exóticas en la Sinagoga, la formación de un sacerdocio sin fibra, sin espíritu de sacrificio, dispuesto a todo para vegetar indolentemente a la sombra del Templo, y la propensión de una inmensa mayoría de judíos a seguir esta política.
Los líderes de esta tendencia ocupaban todo, invadían todo, dominaban todo. Con la epopeya de los Macabeos, había terminado la influencia de los partidarios de la integridad israelita. Éstos eran en el tiempo de Cristo apenas unos raros hombres de elección, que aquí y allá suspiraban y lloraban en la sombra, a la espera del Día del Señor. Los otros abrieron los brazos al enemigo dominador. El pueblo elegido había caído también bajo el yugo romano. Era también un fin. La noche, la noche moral del obscurecimiento de todas las verdades, de todas las virtudes, había caído sobre el mundo entero, gentilidad y Sinagoga...

En aquella época tenebrosa...

Fue en ese colmo de males, en ese ambiente opuesto a todo bien, que nació la más santa de las criaturas, la Llena de Gracias, que todas las naciones habrían de llamar Bienaventurada. Pues ya era ésta, en líneas generales, la situación en la época en que vino al mundo la Santísima Virgen.
Las proporciones de un artículo como éste no permiten una descripción pormenorizada del cuadro moral del mundo romano. Lo que además no sería muy necesario, pues ese cuadro es generalmente conocido. En toda la extensión del Imperio, aristocracias nacionales en el último estado de descomposición moral se mezclaban con aventureros enriquecidos en los negocios, en la política o en la guerra, con libertos llevados a la cumbre de la influencia por el favoritismo, con actores y atletas famosos, en una vida de continuos placeres, en que los decadentes traían toda la languidez de su spleen, los aventureros todas las disoluciones de sus apetitos aún mal cebados, los favoritos, los actores y los atletas todo el ambiente de adulación, de insolencia, de intriga, de falsedad, de politiquería gracias al cual se mantenían.
Augusto, en cuyo reinado nació Jesucristo, intentó en vano detener el paso a todos esos abusos, que en su tempo iban tendiendo a afirmarse de modo alarmante. Nada consiguió de duradero.
En contraposición con esta élite —si es que así se la puede llamar— estaba un mundo incontable de esclavos de todas las naciones, de trabajadores manuales miserables, corrompidos al peso de sus propios vicios y de los ejemplos venidos de lo alto. Hambrientos, maltratados, codiciosos, ociosos, querían deponer a sus amos, menos por la indignación que les causaban sus excesos que por el pesar de no poder llevar la misma vida que ellos. Todo un cuadro, en fin, que no es preciso tener gran cultura para conocer, ni mucha finura para sentir en su realidad vital, pues no difiere sensiblemente de los días tenebrosos en que vivimos...

...la Obra Maestra de la naturaleza

Pues bien, mientras esto era el mundo antiguo, ¿quién era la Santísima Virgen, que Dios creó en aquella época de omnímoda decadencia? — La más completa, intransigente, categórica, incontestable y radical antítesis del tiempo.
El vocabulario humano no es suficiente para expresar la santidad de Nuestra Señora. En el orden natural, los santos, los Doctores de la Iglesia la comparan al sol. Pero si hubiese algún astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el sol, es a ese astro que la compararían. Y acabarían por decir que ese astro daría de Ella una imagen pálida, defectuosa, insuficiente.
En el orden moral, afirman que Ella transcendió ampliamente todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino —lo que es inmensamente más— de todos los santos de la Iglesia Católica. Imagínese una criatura que tenga todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzaga, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: no llegaría a los pies de Nuestra Señora.
Más aún. La gloria de los ángeles tiene algo de incomprensible al intelecto humano. Cierta vez, se le apareció a un santo su Ángel de la Guarda. Tal era su gloria, que el santo pensó que se trataba del propio Dios, y se disponía a adorarlo, cuando el ángel le reveló quién era. Pues bien, los Ángeles de la Guarda no pertenecen habitualmente a las más altas jerarquías celestiales. Y la gloria de Nuestra Señora está inconmensurablemente por encima de todos los coros angélicos.
¿Podría haber contraste mayor entre esta Obra Maestra de la naturaleza y de la gracia, no sólo indescriptible sino hasta inconcebible, y el charco de vicios y miserias que era el mundo antes de Cristo?

La Inmaculada Concepción

A esta criatura dilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios le confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.
En virtud del pecado original, la inteligencia humana se volvió sujeta a errar, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos, la sensibilidad quedó presa de las pasiones desarregladas, el cuerpo por así decirlo fue puesto en estado de rebeldía contra el alma.
Ahora bien, por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. El intelecto jamás expuesto a error, dotado de un entendimiento, una claridad, una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas, tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la Tierra. La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en sí ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.
Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquélla enriquecidas y super-enriquecidas de gracias inefables, perfectamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O, mejor dicho, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de formar se una idea de lo que la Virgen era.

“Inimicitias ponam”

Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en sus días. Y con ello sufrió amargamente. Pues cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.
Ahora bien, María Santísima tenía en sí abismos de amor a la virtud, y, por lo tanto, sentía forzosamente en sí abismos de odio al mal. María era pues enemiga del mundo, al cual vivió ajena, segregada, sin ninguna mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.
El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María. Pues no consta que le hubiese tributado admiración proporcionada a su hermosura castísima, a su gracia nobilísima, a su trato dulcísimo, a su caridad siempre compasiva, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.
¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué comprensión podría haber entre Aquella que era toda del Cielo y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todos idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido perfecto de todas las cosas, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todos exceso, extravagancia, desequilibrio, sentido equivocado, cacofónico, contradictorio, hiriente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones, en que todas las verdades se mezclaban y se corrompían en la monstruosa interpenetración con todos los errores que les son contrarios?
Inmaculada es una palabra negativa. Significa etimológicamente la ausencia de mácula, y pues de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la fe y en la virtud. Es por lo tanto la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible, la aversión completa, profunda, diametral a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien es la ortodoxia, la pureza, al estar en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida al mal, odió sin medida a Satanás, a sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne.
Nuestra Señora de la Concepción es Nuestra Señora de la santa intransigencia.

Verdadero odio y amor

Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y según tan razonablemente se cree, Ella pedía el advenimiento del Mesías y la gracia de ser una sierva de aquella que fuese escogida para ser Madre de Dios.
Pedía al Mesías, para que viniese Aquel que podría hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la Tierra, para que se levantase el Sol divino de todas las virtudes, golpeando por todo el mundo a las tinieblas de la impiedad y del vicio.
Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los justos que vivían en la Tierra encontrasen en la venida del Mesías la realización de sus deseos y de sus esperanzas, que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los países, de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo a las más altas cumbres de la santidad. Pues éstas son por excelencia las victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.
La Virgen quería la gloria de Dios por esa justicia, que es la realización en la Tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la venida del Mesías, Ella no ignoraba que Él sería la piedra de escándalo, por la que muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador empedernido, este aniquilamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra Señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. “Ut inimicus Sanctae Ecclesiae humiliare digneris; te rogamus, audi nos” [Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia; te rogamos, óyenos], canta la Liturgia. Y antes que la Liturgia, por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles.
Admirable ejemplo de verdadero amor, de verdadero odio.

Omnipotencia suplicante

Virgen del Apocalipsis,
Monasterio de la Concepción, Ñaña
Dios quiere las obras. Él fundó la Iglesia para el apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.
Reina de todos los apóstoles, Nuestra Señora es sin embargo principalmente modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de una virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable, y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas flojas que hacen de la vida interior un cortaviento a fin de disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia. Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de su Hijo infinitamente inocente y santo? ¿Quién hizo más por los hombres que Aquella que consiguió que se realizase en sus días la promesa del Salvador?
Pero, confiante sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de apostolado, haciendo de una y otra su principal instrumento de acción?

Aplicación a nuestros días

Tanto valen a los ojos de Dios las almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer al mundo las gracias divinas.
Estamos en una época parecida con la de la venida de Jesucristo a la Tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que el espectáculo de las desgracias contemporáneas “es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse los principios de aquellos dolores que habían de preceder al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora” (Encíclica Miserentissimus Redemptor, del 8 de mayo de 1928).
¿Qué diría hoy?
Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer? — Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes que nada, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

El ejemplo de Nuestra Señora, sólo se puede imitar con el auxilio de Ella. Y el auxilio de Nuestra Señora, sólo se puede conseguir con la devoción a Ella. Pues bien, ¿qué mejor forma de devoción a María Santísima puede haber que pedirle, no sólo el amor de Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal, en una palabra, aquella santa intransigencia que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción?  

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La apostasía de Francisco en la mezquita azul (video en inglés)



El Sábado, 29 de noviembre 2014, el antipapa Francisco cometió otro acto público de apostasía orando con el gran mufti islámico dentro de la Mezquita Azul en Estambul, Turquía.

martes, 2 de diciembre de 2014

La primera piedra del gobierno mundial

En estos momentos, gente en las altas esferas está trabajando activamente en crear las bases para un nuevo orden internacional, basado en el establecimiento de un único gobierno mundial a escala planetaria.
Pero para conseguir sus planes, primero deben poner la piedra angular que sostendrá todo el proyecto en pie.
Mucha gente cree esa piedra angular para el establecimiento de un gobierno mundial es la ONU.
Pero la verdad es que con la creación de un órgano como la ONU no hay suficiente: hace falta un factor adicional determinante.
En 1986 Ronald Reagan pronunció una frase memorable, cargada de ironía, en la que exponía cuáles son las palabras más terroríficas de la lengua Inglesa: “Soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”
A pesar de que la frase es muy cierta, creo que debe hacérsele una pequeña corrección. Las palabras más aterradoras en realidad son: “Soy del gobierno y necesitamos más dinero”
Palabras muy parecidas a estas, son, de hecho, las que se pronuncian desde elevadas posiciones estos últimos días.
Ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble
Un ejemplo de ello lo encontramos en el ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble en una columna de opinión titulada: “Por qué la Tributación debe ser Global”. Ésta frase debería ser suficiente para provocarle escalofríos a todo el mundo, pero la mayoría de gente lee un titular como éste y simplemente se encoge de hombros con indiferencia.
Para entender por qué sucede esto, debemos comprender cómo las palabras “gobierno” y “impuesto” han sido concebidas para evitar que la gente vea cómo están siendo gobernados en realidad.
Si se llamaran abiertamente como lo que son, es decir, “mafia” y “extorsión”, ¿quién aceptaría su presencia normal en nuestras vidas?
Siglos de lavado de cerebro han servido para oscurecer la mente de la gente ante la realidad del gobierno y los impuestos.
Pero con la siguiente explicación lo veremos todo mucho más claro: si alguien viene a exigirte dinero bajo amenaza de cautiverio o incluso de muerte, entonces verás claramente que ese alguien es un mafioso.
Sin embargo, si viene a exigirte dinero bajo amenaza de cautiverio o incluso de muerte y, al mismo tiempo dice que es un “servidor público”, entonces deja de ser considerado un mafioso y es llamado “recaudador de impuestos del gobierno”.
Esta es la realidad.
Pero hay un interesante corolario para este argumento: un “gobierno” no es realmente un gobierno a menos que pueda extraer tributos de sus ciudadanos. Si no puede cobrar impuestos, no es más que un viejo monstruo desdentado que vive en el bosque; nadie creerá en él y los que lo hagan no lo tomarán en serio.
Un ejemplo claro de ello: las Naciones Unidas (ONU).
La ONU habla y se presenta como un gobierno; tiene una asamblea donde representantes (no electos) van a pavonearse y a hacer grandes discursos políticos, como en un gobierno; tiene una bandera y un himno y todos los símbolos de un estado. Incluso tiene la apariencia física de un gobierno: se reúne en salones de actos ornamentados y dispone de una burocracia enorme, que como sucede con todos los gobiernos, es culpable no sólo de los pecados de omisión, sino de los pecados de comisión.
Pero en realidad la ONU no es un gobierno y nadie lo considera como tal en ninguna parte.
¿Por qué?
Simplemente, porque no puede obligar a nadie a hacer lo que quiere y no puede obligar a nadie a darle dinero. Y por lo tanto, a la ONU nadie la toma en serio en el escenario mundial, a menos que sea por algún motivo de ventaja propagandística.
La élite financiera situada en la parte superior de la pirámide de poder siempre ha sabido que imponer un impuesto global (apoyado con la capacidad de hacerlo pagar) es la piedra angular sobre la que gira su sueño de implementar un gobierno global para todo el planeta.
Al igual que ha sucedido con la imposición de cualquier otro impuesto anterior, no importa lo intrascendente que sea el impuesto en sus inicios: lo importante es crear el concepto inicial y acostumbrar a la población a él.
Pongamos un ejemplo muy claro de este mecanismo.
En EEUU, el impuesto sobre la renta fue “vendido” inicialmente a la opinión pública como un impuesto menor que sólo afectaría a los ricos, cuando se presentó por primera vez en 1913. Y una vez acostumbrada la gente a su existencia, con el tiempo, el impuesto se convirtió en obligatorio para toda la población, sin excepción.
Así es exactamente es como se creará el impuesto mundial: se venderá como un “bien público” al que muy pocos se atreverán a oponerse.
De hecho, ya ha habido algunos primeros intentos para instituir un primer impuesto global.
Una de las ideas que se ha hecho circular en varias ocasiones en los últimos años es el de un impuesto mundial al carbono.
Después de décadas de adoctrinamiento, un gran porcentaje de la población occidental está ahora dispuesta a creer que el dióxido de carbono está alterando gravemente el clima y que el mundo se va a acabar por el calentamiento global supuestamente provocado por el hombre. Como resultado, un gran número de personas están convencidas de que la solución es desincentivar la civilización gravando su propia existencia. Ésta es la esencia de la propuesta de “impuesto mundial al carbono” que ha sido empujado personajes como Ralph Nader en el Wall Street Journal, en un artículo de opinión del año 2008, titulado: “Necesitamos un impuesto mundial al carbono” y por otros personajes como Suresh Naidu en Jacobin Mag en un artículo de opinión del año 2014 imaginativamente titulado: “Necesitamos un impuesto mundial al carbono”.
Afortunadamente estas propuestas no han logrado traducirse en algo concreto en el plano político y parece que ésta propuesta va para largo.
Otra idea parecida que busca establecer un impuesto mundial es la popular “Tasa Tobin”, también llamada “Impuesto Robin Hood”.
Básicamente, la Tasa Robin consiste en imponer una tasa sobre las transacciones financieras, incluidas las compras y ventas de acciones, bonos, fondos mutuos, futuros y otros instrumentos. Incluso un pequeño impuesto del 0,05% por transacción sería suficiente para acumular grandes cantidades de dinero y a la vez desalentar el comercio de alto volumen y la especulación desenfrenada, mientras que los pequeños y medianos inversores ni tan solo notarían su presencia. Parece una gran idea, que aparentemente no tiene nada de malo, pero que en realidad representaría un primer paso en la dirección de crear un impuesto global y establecer un gobierno global. Pero de momento, la propuesta tampoco logra arrancar.
Como los globalistas están descubriendo, incluso ofreciendo toneladas de propaganda al público, no llegan a conseguir convencer a la población de que acepte un impuesto global. Por lo tanto, y al menos de momento, es improbable que consigan que la gente apoye la creación de un impuesto global recaudado por las Naciones Unidas.
Pero existe una alternativa ingeniosa con la que pueden salirse con la suya.
¿Y si en lugar de imponer un “impuesto global”, imponen un “impuesto local”, coordinado a nivel global? ¿Cómo respondería entonces la población?
Esto puede estar ocurriendo delante de nuestras narices.
Y es que los tratados y acuerdos comerciales son otro elemento vital para establecer un gobierno mundial.
Tienen la capacidad de socavar la soberanía nacional e incluso alterar la constitución de un país, y por lo general se resuelven a puerta cerrada, en reuniones secretas llevadas a cabo por los llamados “representantes” del pueblo, conjuntamente con otras élites de poder de otras naciones. Del mismo modo que se pueden utilizar para cambiar las leyes, normas y reglamentos de un país, también, pueden ser utilizados para imponer gravámenes a personas de todo el mundo.
Éste es el caso de una negociación a puerta cerrada que tuvo lugar entre miembros de la Organización Mundial de la Salud en Moscú, el mes pasado.
El encuentro fue tan secreto, que la prensa fue expulsada físicamente fuera de la sala en la se llevaban a cabo las deliberaciones.
¿Cuál era su agenda secreta? Implementar un impuesto del 70% sobre el tabaco, un impuesto que va a ser aplicado por todos los signatarios de un acuerdo anti-tabaco de la ONU.
Al ser aplicado, el impuesto elevará el precio mundial promedio de los cigarrillos en un 107%.
Si esto sigue adelante según lo previsto, se trata de un incidente preocupante.
¿Por qué razón?
Porque se crea un precedente que posteriormente podrá aplicarse a cualquier clase de productos de consumo, mediante la aplicación de impuestos arbitrarios de “armonización”.
Y eso puede llevar, incluso a eliminar del mercado, productos “indeseables”.
Cuando esto se hace con los cigarrillos, la mayoría de gente presta apoyo a la medida, por motivos sanitarios.
Pero ¿qué pasará cuando esto se aplique a otros sectores de la economía, o incluso a las tasas fiscales en general?
Como señala Lorenzo Montanari en un reciente artículo en Forbes:
“En los últimos meses Irlanda ha enfrentado una fuerte presión internacional y críticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre sus políticas pro-empresariales, incluyendo su competitiva tasa de impuesto de sociedades del 12,5% . Este es sólo otro ejemplo de una organización internacional no respaldada por ningún mandato electoral interfiriendo y socavando la soberanía nacional y la competitividad internacional”.
El sueño de crear un gobierno verdaderamente global con el poder de imponer y hacer pagar impuestos aún queda un poco lejos, pero con la aplicación de impuestos sobre el consumo a nivel mundial y la continua presión para “reprimir a los evasores de impuestos” (la excusa perfecta), mediante la armonización de las leyes fiscales y el intercambio de información fiscal entre los países, se estarán situando los primeros bloques de construcción de este sueño de las élites.
Esa es la auténtica razón por la que se habla de forma tan insistente de “los grandes evasores de impuestos” y de los “paraísos fiscales”.
¿Cuál creíais que era su objetivo final?
¿Crear un mundo más próspero y un planeta más feliz y más libre para todos?
Si realmente crees algo así, debes ser de ese tipo de personas que creen que el gobierno está ahí para ayudarte…

Artículo escrito por James Corbett en “The International Forecaster”

Tomado de El Robot Pescador

domingo, 23 de noviembre de 2014

La realeza de Cristo Rey – 23 de noviembre

Plinio Corrêa de Oliveira

La idea de la realeza de nuestro Señor Jesucristo ha estado presente en la Iglesia desde el tiempo de su vida en la tierra. Por ejemplo, fue él mismo quien lo afirma cuando Pilato le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”. Y él le respondió y dijo: “Tú lo dices” (Lucas 23, 3).

Bajo varios títulos encontramos manifestaciones de Cristo como Rey presente en la Iglesia desde sus comienzos. Hay una devoción muy antigua que se llama el Cristo Pantocrátor – la palabra griega para Cristo como Señor de todas las cosas. Él está sentado en majestad en un trono y rodeado por un arco iris circular o por una aureola.

El arco iris en las Escrituras simboliza la alianza que Dios hizo con el hombre después del diluvio; la aureola es un símbolo que estaba reservado para indicar que Él se levantó de la muerte. Desde su trono en las alturas Él gobierna sobre todas las cosas. Es decir, Él gobierna sobre la Iglesia triunfante y la Iglesia militante, las que Él gobierna como Rey desde su ascensión hasta los últimos tiempos, y, de ahí en adelante, para siempre jamás. Él es el soberano y señor de todas las cosas.

Cristo merece el título de rey por dos razones distintas


Esta noción de Cristo Rey implica que Él no sólo es el rey de todas las cosas, sino principalmente el Rey de todos los hombres. Él se merece el título de Rey como el Hijo de Dios encarnado y también como nuestro Redentor. Estos dos derechos de la realeza que Él tiene sobre nosotros no son idénticos. El primero es, podemos decir, un derecho de nacimiento; el segundo es un derecho de conquista.
Él es nuestro Rey por derecho de nacimiento, porque hay un principio que establece que cuando un ser es inmensamente superior a otro, el primero adquiere autoridad sobre el segundo. Nuestro Señor tiene una superioridad sobre nosotros infinita, porque él es un hombre hipostáticamente unido a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por su humanidad, así como su divinidad, Él es el Rey y la cabeza de toda la humanidad.

Él es también Rey del género humano como Redentor, porque Él redimió a la humanidad: Él se sacrificó, inmolándose en la Cruz, y con su ofrenda, Él salvó a la humanidad del infierno y abrió las puertas del cielo. Con su sangre conquistó toda la humanidad. Él adquirió un derecho real sobre todos los hombres. De ahí que la realeza de Cristo Nuestro Señor puede contemplarse considerándolo ya sea en su trono o en su cruz, porque los dos derechos, aunque diferentes, son, sin embargo reversibles.

Rey de la Iglesia y Rey del Estado

La humanidad puede ser vista en dos tipos de sociedades: la sociedad espiritual (la Iglesia) y la sociedad temporal (el Estado).

Nuestro Señor es el Rey de la sociedad espiritual, la Iglesia Católica. Él fue su fundador; Él es la fuente de toda gracia y privilegio; Él estableció sus preceptos. Él es la cabeza de esta sociedad monárquica, también llamada a su Cuerpo Místico. Por lo tanto, Él es el Rey de la Iglesia en el sentido propio y verdadero de la palabra.

El Papa es el rey de la Iglesia, puesto que él es el Vicario de Cristo, el representante de Cristo. El poder monárquico que ejerce el Papa ―el poder de las llaves― es un poder que Cristo ha delegado a su Vicario.


Una noción imprecisa a menudo propagada entre los católicos acerca de la separación de la Iglesia y el Estado afirma que la Iglesia sirve a un fin espiritual, mientras que el Estado está volcado hacia un objetivo temporal. La Iglesia conduce a las personas al cielo; el Estado provee a las personas en sus vidas materiales de manera que puedan practicar las virtudes para alcanzar el cielo.
Si hubiera que entender esta separación e independencia en toda su extensión, se podría decir que nuestro Señor es sólo Rey de la Iglesia y que el Estado no tiene un rey. Ello también implicaría que los Estados católicos no tienen que reconocer a nuestro Señor como su Rey. Estas aplicaciones son falsas. Los Estados, por su naturaleza temporal deben tener a nuestro Señor como su Rey. Todo Estado tiene la obligación de aplicar las leyes de nuestro Señor Jesucristo, y, si no es así, se trata de un Estado en una etapa de rebelión contra su verdadero Rey.

¿Es posible demostrar que nuestro Señor es el verdadero Rey del Estado? Ya lo hemos hecho. Él tiene el derecho sobre todos los hombres a causa de su nacimiento como el Verbo encarnado y por su conquista en la redención de la humanidad.

Por lo tanto, el Estado debe reconocer a la Iglesia Católica como la única verdadera y oficial iglesia. No puede permitir el proselitismo de las falsas religiones, aun cuando las reconoce en su lugar en la sociedad ―que no es de relevancia― y las tolera cuando no hay otra solución. Por ejemplo: el Estado brasileño debería siempre evitar permitir la inmigración de protestantes o cismáticos a nuestro país. Si no hay otra solución, sin embargo, lo puede tolerar. Pero lo debe evitar tanto cuando posible, o sería ir en contra de la realeza de nuestro Señor Jesucristo.

Todas las leyes del Estado deberían inspirarse en la Iglesia, como solía ser antes de la Revolución Francesa. De hecho, en esa época, cuando la Iglesia promulgaba una ley, también debía ser aplicada en el Estado sin la necesidad de ser ratificada. Digamos que la Iglesia estableciera nuevas leyes sobre nacimientos, matrimonios, entierros o educación: el Estado automáticamente las acepta y aplica también.

Las autoridades religiosas eran objeto de respeto público y honor porque eran las autoridades de la verdadera Iglesia del Dios verdadero, que era el Rey del Estado.

Para demostrar su respeto por la Iglesia, el Estado debe organizar la vida civil, cultural y artística de acuerdo con la ley de nuestro Señor Jesucristo. Esto es una consecuencia del principio de que nuestro Señor es el Rey de las sociedades humanas.

Estas nociones son muy familiares para nosotros, a pesar de que han sido generalmente olvidadas en la actualidad. Todo lo que escuchamos ya sea desde los púlpitos o las autoridades progresistas nos llevaría no sólo a olvidar, sino también para a estos principios. En consecuencia, nosotros, los católicos nos estamos acostumbrando a la idea errónea de que el Estado debería naturalmente ser a-religioso, que no tiene nada que ver con nuestro Señor Jesucristo. Así, hoy podemos ver el Estado civil constantemente ignorando y negando a nuestro Señor.

Este es el principio de la realeza de nuestro Señor en las dos esferas (temporal y espiritual).

La razón práctica para recalcar estas verdades

Una cosa es creer en estas verdades teóricamente; y otra es vivir con un constante sentido de que son verdaderas. Cada vez que vemos negada la realeza de nuestro Señor en la sociedad civil, tenemos que estar conscientes de ello, sintiendo tristeza por ello e indignándonos por tal negación. Esta verdad debe estar viva en nosotros, como si fuera parte de nuestra piel. Debemos estar tristes al presenciar el laicismo que invade toda la actividad social, en dirección hacia el ateísmo. Debemos soportar la vida en la sociedad actual como unos exiliados, porque se niega la realeza de Jesucristo y se pone todo patas para arriba. Debemos hacer una protesta interna continua contra esta situación.

Sólo con este estado mental podemos ser verdaderos soldados de Cristo Rey.


Por ejemplo, si vamos a la sala de un tribunal brasileño y encontramos un crucifijo en la pared. Hay dos maneras de ver esto. Una es la manera sentimental ―un poco tonta― cuando la persona piensa: “¡Ah, qué hermoso tener a nuestro Señor allí! Él está ejerciendo su influencia sobre los juicios y las sentencias. ¡Mira a ese juez ― debe ser un buen padre de familia, siempre mirando a Cristo en la cruz! Y la parte demandada ― ¡cuántas gracias él debe estar recibiendo de la presencia de nuestro Señor allí!... Y considerar su influencia sobre esos serios miembros del jurado... ¡Ah, qué hermoso es tener a Cristo ahí”!

Creo que esta es una manera sentimental y liberal para no ver la realidad y el verdadero tomento que Cristo está sufriendo por la negación de su realeza que está ocurriendo allí en esa sala. La realidad es bastante diferente de lo que el sentimental católico está pensando. Aunque es bueno tener un crucifijo allí, todo el sistema del derecho y de la justicia de nuestro país hace caso omiso de Jesucristo. Por tanto, el choque de ese remanente de un viejo orden, con el laicismo que domina la ley y los sistemas de justicia actuales, hace una afrenta a nuestro Señor.

Por lo tanto, el verdadero y fiel vasallo de Cristo Rey, el verdadero guerrero de Cristo Rey, debe constantemente mantener una plena noción de lo que está sucediendo a su alrededor, viendo y lamentando todo lo que niega la realeza de nuestro Señor. Es inútil sólo tener ideas abstractas genéricas si no se aplican a las situaciones prácticas de la vida.

Un católico que no asume una actitud de tristeza y amargura cuando ve la realeza de nuestro Señor siendo negada hoy no es un verdadero soldado de Cristo Rey. Debemos estar constantemente tomando esta actitud de amarga tristeza al ver los derechos de nuestro Señor negados a nuestro alrededor. No debería ser una cosa estéril, académica, sino una indignación viril que prepara un contrataque para poner las cosas en su orden correcto tan pronto como sea posible.

Al adoptar esta condición de personas en el exilio, debemos orar a nuestro Señor, pidiéndole que nos permita restaurar su Reino en la tierra de la manera más auténtica y elevada, es decir, a través de la realeza de la nuestra Señora. Es el reino de María que aparece en el horizonte.


Fuente: TIA

domingo, 16 de noviembre de 2014

Derecho consuetudinario – V

Continuación del artículo anterior Derecho consuetudinario IV

La diversidad de riqueza de la legislación medieval
Plinio Corrêa de Oliveira

Si dejásemos que los hombres modernos hicieran sus propias costumbres para gobernarse a sí mismos, ¿se llevarían al caos? Supongamos que les dijésemos a los habitantes de cada barrio de São Paulo que son libres de expresar sus propias costumbres y organizarse a sí mismos de la manera que quieran. No es difícil ver que el resultado sería un gran tumulto.
El duque local, oye y juzga un caso de su territorio
La primera cosa a tener en cuenta es que no podemos construir una fortaleza con piedras desmoronadas. En una época de gran decadencia moral como es la nuestra, cuando le damos a la gente este tipo de libertad, el resultado normal es el desorden. ¿La respuesta entonces sería ponerlos a todos en prisión? No, porque en ese caso tendríamos una tiranía. Por lo tanto, o tendríamos la pretensión de una democracia, que en realidad es gobernada por demagogos y ladrones o tendríamos la tiranía de un dictador.
La verdadera solución es inculcar la moral en la sociedad. El derecho consuetudinario supone evidentemente un nivel mínimo de moralidad para que funcione; éste supone un orden cristiano.
Yo no sería favorable a una aplicación pura y simple de un sistema de derecho consuetudinario en el Brasil actual. Sin embargo, añado lo siguiente: Si las funciones habituales fuesen entregadas a las autoridades sociales auténticas en cada área, creo que esto podría ser un buen comienzo para el restablecimiento de un orden natural. Porque, a través de una especie de sentido innato de la realidad, las auténticas élites sociales son capaces de resolver acertadamente los problemas locales. En cambio, la autoridad política como es concebida, está muy lejos de la vida social real de un área, es artificial y no resuelve nada.
Entonces, ¿por qué toda la sociedad en la Edad Media no cayó en el desorden? Parte de la respuesta radica en el papel del juez de entonces. El juez no tenía el derecho de hacer las costumbres, sino más bien tenía la obligación de hacer juicios basados en ellas. Las costumbres fueron hechas por la sociedad a través de un período de tiempo. El juez, entonces, ordenaba que esas costumbres fuesen codificadas para que él pudiera tomar buenas decisiones. Cuando él no sabía acerca de algunas costumbres locales, que iba a hacer averiguaciones de manera que su juicio tuviera sentido.
Él hacía esto simplemente hablando con la gente. Él iría a hablar con las mujeres que llenaban sus recipientes con agua en el pozo del pueblo; iría a la posada a beber una copa de vino y conversar con algunas docenas de lugareños que conocían las costumbres y, a continuación, juzgaría de acuerdo con ellos. Él juzgaría un caso que le fuese presentado a él no en un foro, porque esos pequeños pueblos no tienen foros, sino en una especie de sesión pública que se parecía a una reunión de la familia, que descansa sobre su propia autoridad patriarcal.
En este sentido, las sentencias del rey San Luis de Francia sentado debajo de la encina de Vincennes, en las afueras de París se volvieron legendarias. Él se sentaba ahí y escuchaba los casos presentados por la gente y les daba soluciones justas. Innumerables jueces de toda Europa hicieron lo mismo.

El rey, el protector de las costumbres

Incluso si un juez no estaba personalmente de acuerdo con una costumbre local, él no tenía el derecho de revocarla. Este derecho sólo le pertenecía al rey, y el rey ejercía este privilegio sólo en tres casos: esto es, cuando una costumbre era contraria a la Ley Natural, a la moral católica o al bien común de la sociedad. Entonces, el rey podía intervenir y abolir la costumbre. Pero, el rey no podía cambiar las otras costumbres. No podía decirles a los toneleros: “Yo sé mejor que ustedes de cómo hacer frente a sus negocios, de manera que impongo esta ley en relación con la manera de cómo hacer que sus barriles”.
San Luis escuchando casos en Vincennes, situaciones parecidas
se repitieron en todo el mundo medieval
San Luis IX fue el gran protector de las costumbres. Él no sólo protegió las buenas costumbres, sino que luchó fuertemente contra las malas costumbres en París. A medida que el rol del rey se desarrolló en el siglo XIII, él comenzó a pasar la función de mantener las buenas costumbres y extirpar las malas al Parlamento de París.
El derecho consuetudinario regula una amplia variedad de situaciones directamente relacionadas con la vida cotidiana concreta. En Inglaterra algunas de esas costumbres se encuentran todavía en uso hoy en día. En Francia, el proceso fue diferente. Sucedió que muchos de los grandes feudos tenían costumbres comunes, lo que constituyó el derecho consuetudinario de regiones enteras como Normandía, Champagne, Auvernia, etc.
Entonces, el rey formó un sistema de derecho para esas grandes regiones sin violar los derechos consuetudinarios y costumbres locales de las regiones más pequeñas. Entre las costumbres locales aún había costumbres diferentes para las distintas clases sociales o las de diferentes situaciones, como por ejemplo las personas que vivían en el bosque local o alrededor de ese lago en particular o en las orillas de ese río. De este modo podemos ver la inmensa diversificación del derecho medieval.
¿Cuál era la importancia de esas costumbres a las que nos referimos? Tienen importancia más o menos en todo. Por ejemplo, en la parte superior de la sociedad, la sucesión a la corona estaba regulada por las costumbres, al igual que los matrimonios entre los nobles, el homenaje de vasallo a su señor feudal. Todas estaban reguladas por costumbres y tradiciones particulares.
Descendiendo en la escala social, las costumbres tratan de todos los aspectos de la vida y del trabajo: directrices para los comerciantes, reglas para los gremios, protocolos para la vigilancia de los bosques y los ríos, leyes para el comercio marítimo, procedimientos para llevar los casos ante los tribunales, códigos de pesos y medidas, que en un principio fueron determinados por el rey, pero más tarde fueron regulados por las costumbres locales en diferentes maneras.
La codificación de las leyes consuetudinarias se hizo común en el
siglo XIII
El derecho consuetudinario fue establecido en todo el territorio europeo. Muchas veces esas costumbres dieron a luz a las cartas, que eran concesiones especiales realizadas con respecto a las costumbres. En los siglos X y XI esas cartas ya eran numerosas. El siglo XII vio el surgimiento de los estatutos municipales para gobernar algunas ciudades, todo ello con el consentimiento del rey y los señores feudales. Esos estatutos fueron simplemente codificaciones de las costumbres locales existentes.
Posteriormente, los libros de costumbres que aparecieron fueron escritos por juristas que los utilizaron para discutir los casos y juzgarlos de acuerdo a las costumbres locales. Cuando estos libros estaban bien escritos, su uso se hizo tan generalizado que adquirieron, por decirlo así, la fuerza de la ley.
El siglo XII también vio compilaciones de las decisiones tomadas por los jueces en base a las costumbres locales. Éstas constituyeron una especie de complemento al derecho consuetudinario y se desarrollaron notablemente en el siglo XIII.
Como esta serie llega a su fin, tenemos para nuestra lectura una visión general de lo que fue el derecho consuetudinario, la forma en que se creó y cómo mantuvo un orden fuerte.
Os dejo un problema a resolver más adelante: En este grupo masivo de diferentes organismos y leyes sociales, ¿cómo, en principio, fueron el orden y la medida establecidos? En esta orquesta de miles de instrumentos, ¿cómo se tocó la gran sinfonía de la cristiandad?
Dejo esta cuestión para otra oportunidad.


Vea los 4 anteriores post de esta serie haciendo clic en I, II, III y IV

domingo, 2 de noviembre de 2014

El Reino de Cristo

La Iglesia Católica fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo para perpetuar entre los hombres los beneficios de la Redención. Por lo tanto, la finalidad de la Iglesia  se identifica con la misma finalidad de la Redención. Esto es:
1º Expiar los pecados de los hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
2º Restituir así a Dios la gloria extrínseca que el pecado le había robado y;
3º Abrir a los hombres las puertas del cielo.
Esta finalidad se realiza toda en el plano sobrenatural, y con vistas a la vida eterna. Ella trasciende absolutamente todo cuanto es meramente natural, terreno, perecible. Fue lo que Nuestro Señor Jesucristo afirmó, cuando dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”. (Juan, XVIII, 36)
La vida terrena, por lo tanto, se diferencia profundamente de la vida eterna. Sin embargo, estas dos vidas no constituyen dos planos absolutamente aislados uno del otro. Hay en los designios de la Providencia una relación íntima entre la vida terrena y la eterna. La vida terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de Cristo no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino por el cual llegaremos a él.
Así como la Escuela Militar es el camino para la carrera de las armas, o el noviciado es el camino para el definitivo ingreso en una orden religiosa, así la tierra es el camino para el cielo.
Tenemos un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta alma es creada con un tesoro de aptitudes naturales para el bien, enriquecidas por el bautismo con el don inestimable de la vida sobrenatural de la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Nos compete, durante esta vida, desarrollar hasta su plenitud estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios, que era en algún sentido aun incompleta y meramente potencial, se torna plena y actual.
La semejanza es la fuente del amor. Haciéndonos plenamente semejantes a Dios, somos capaces de amarlo plenamente y de atraer sobre nosotros la plenitud de su amor.
Quedamos así, preparados para la contemplación de Dios cara a cara, y para aquél eterno acto de amor, plenamente feliz, para el cual somos llamados en el cielo.
La vida terrena es, pues, un noviciado en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es ver a Dios cara a cara y amarlo por toda la eternidad.
Presentando la misma verdad en otros términos, podemos decir que Dios es infinitamente puro, infinitamente justo, infinitamente fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la pureza, la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? Por otro lado, siendo Dios el sumo Bien, ¿cómo puede El amar el mal? Siendo la semejanza la fuente del amor, ¿cómo puede amar El a quien es totalmente desemejante a El, a quien es conciente y voluntariamente injusto, cobarde, impuro, malo?
Dios debe ser adorado y servido sobretodo en espíritu y en verdad (Juan, IV, 25). Así, es necesario que seamos puros, justos, fuertes buenos, en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si nuestra alma es buena, todas nuestras acciones lo deben ser necesariamente, pues el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mateo, VII, 17-18). Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos el cielo, no sólo que en nuestro interior amemos el bien y detestemos el mal, sino que por nuestras acciones practiquemos el bien y evitemos el mal.
Pero la vida terrena es más que el camino de la eterna bienaventuranza. ¿Qué haremos en el cielo? Contemplaremos a Dios cara a cara a la luz de la gloria, que es la perfección de la gracia, y Lo amaremos eternamente y sin fin. Ahora bien, el hombre ya goza de la vida sobrenatural en esta tierra por el bautismo. La fe es una semilla de la visión beatífica. El amor de Dios, que el hombre practica creciendo en la virtud y evitando el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará a Dios en el cielo.

El ideal de la perfección social


Si admitiéramos que en determinada población la generalidad de los individuos practicase la ley de Dios, ¿qué efecto se puede esperar de allí para la sociedad?
Esto equivale a preguntarse si, en un reloj, cada pieza trabaja según su naturaleza y su fin, ¿qué efecto se puede esperar de allí para el reloj? O, si cada parte de un todo es perfecta, ¿qué se debe decir del todo?
Hay siempre un riesgo en ejemplificar con cosas mecánicas, en asuntos humanos. Atengámonos a la imagen de una sociedad en que todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por San Agustín: imaginemos “un ejército constituido por soldados como los forma la doctrina de Jesucristo, gobernadores, maridos, esposos, padres, hijos, maestros, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores de impuestos como los quiere la doctrina cristiana. ¡Y osen (los paganos) aún decir que esa doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Por el contrario, deben reconocer sin dudar que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando es fielmente observada” (Epist. CXXXVII, al. 5 ad Marcellinum, cap. II, n.15).
Y en otra obra, el santo doctor apostrofando la Iglesia Católica exclama: “Conduces e instruyes a los niños con ternura, a los jóvenes con rigor, los ancianos con calma, como compete a la edad no solo del cuerpo sino también del alma. Sometes a las esposas a sus maridos, por una casta y fiel obediencia, no para saciar la pasión, sino para propagar la especie y constituir la sociedad doméstica. Confieres autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de la fragilidad de su sexo, sino para que sigan las leyes de un sincero amor. Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad. Unes no solo en sociedad, mas en una como que fraternidad los ciudadanos a los ciudadanos, las naciones a las naciones, y los hombres entre sí, por el recuerdo de sus primeros padres. Enseñas a los reyes a velar por los pueblos y prescribes a los pueblos que obedezcan a los reyes. Enseñas con solicitud a quien se debe la honra, a quien el afecto, a quien el respeto, a quien el temor, a quien el consuelo, a quien la advertencia, a quien el estímulo, a quien la corrección, a quien la reprimenda, a quien el castigo; y haces saber de qué modo, si no todas las cosas a todos se deben, a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia” (De Moribus Ecclesiae, cap. XXX, n.63).
Sería imposible describir mejor el ideal de una sociedad enteramente cristiana. ¿Podría en una sociedad el orden, la paz, la armonía, la perfección ser llevada a límite más alto? Una rápida observación nos basta para completar el asunto. Si hoy en día todos los hombres practicasen la Ley de Dios, ¿no se resolverían rápidamente todos los problemas políticos, económicos, sociales que nos atormentan? ¿Y qué solución se podrá esperar para ellos mientras los hombres viviesen en la inobservancia habitual de la Ley de Dios?
Se podría uno preguntar, ¿la sociedad humana realizó alguna vez este ideal de perfección? Sin duda que sí. Lo dice el inmortal Papa León XIII: operada la Redención y fundada la Iglesia, “como que despertando de antigua, larga y mortal letargia, el hombre percibió la luz de la verdad que había procurado y deseado en vano durante siglos; reconoció sobre todo que había nacido para bienes mucho más altos y mucho más magníficos que los bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos, y en torno a los cuales había hasta entonces circunscrito sus pensamientos y sus preocupaciones. Comprendió que toda la constitución de la vida humana, la ley suprema, el fin a que todo se debe sujetar, es que, venidos de Dios, un día debamos retornar a El.”
“De esta fuente, sobre este fundamento, se vio renacer la conciencia de la dignidad humana; el sentimiento de que la fraternidad social es necesaria hizo entonces pulsar los corazones; en consecuencia, los derechos y los deberes alcanzaron su perfección, o se fijaron íntegramente, y, al mismo tiempo, en diversos  puntos se expandieron virtudes tales, como la filosofía de los antiguos ni siquiera pudo jamás imaginar. Por esto, los designios de los hombres, la conducta de la vida, las costumbres, tomaron otro rumbo. Y cuando el conocimiento del Redentor se expandió a lo lejos, cuando su virtud hasta las fibras íntimas de la sociedad, disipando las tinieblas y los vicios de la antigüedad, entonces se operó aquella transformación que, en la era de la Civilización Cristiana, mudó enteramente la faz de la tierra” (León XIII, Encíclica “Tamesti futura prospiscientibus”, 1/IX/1900).
El Reino de Dios se realiza en su plenitud en el otro mundo. Pero para todos nosotros, él se comienza a realizar en estado germinativo ya en este mundo. Tal como en un noviciado ya se practica la vida religiosa, aunque en estado preparatorio; y en una escuela militar, un joven se prepara para el ejército, viviendo la propia vida militar.
Y la Santa Iglesia Católica ya es en este mundo una imagen, y más que esto, una verdadera anticipación del cielo.
Por esto, todo cuanto los santos Evangelios nos dicen del reino de los cielos puede con toda propiedad y exactitud ser aplicado a la Iglesia Católica, a la fe que ella nos enseña, a cada una de las virtudes que ella nos inculca.
Este es el sentido de la fiesta de Cristo Rey. Rey celestial ante todo. Pero Rey cuyo gobierno ya se ejerce en este mundo. Es rey quien posee de derecho la autoridad suprema y plena. El rey legisla, dirige y juzga. Su realeza se hace efectiva cuando sus súbditos reconocen sus derechos y obedecen a sus leyes. Ahora bien, Jesucristo posee sobre nosotros todos los derechos. El promulgo leyes, dirige el mundo y juzgará a los hombres. Debemos, por lo tanto, tornar efectivo el Reino de Cristo obedeciendo sus leyes.
Este reinado es un hecho individual, en cuanto considerado en la obediencia que cada alma fiel presta a Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, el reinado de Jesucristo se ejerce sobre las almas: y por esto, el alma de cada uno de nosotros es una parcela del campo de jurisdicción de Cristo Rey. Ahora bien, el reinado de Cristo será un hecho social si las sociedades humanas le prestaren obediencia.
Se puede decir, que el Reino de Cristo se hace efectivo en la tierra en su sentido individual y social, cuando los hombres en lo íntimo de su alma como en sus acciones, y las sociedades en sus instituciones, leyes, costumbres, manifestaciones culturales y artísticas, se conforman con la Ley de Cristo.

El orden, la armonía, la paz y la perfección


El orden, la paz, la armonía, son características esenciales de toda alma bien formada, de toda sociedad humana bien constituida. En cierto sentido, son valores que se confunden con la propia noción de perfección.
Todo ser tiene un fin que le es propio, y una naturaleza adecuada a la obtención de ese fin. Así, una pieza de reloj tiene un fin que le es propio, y por su forma y composición, es adecuada a la realización de su fin.
El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza. Así, un reloj está en orden, si cada una de sus piezas están ordenadas según su naturaleza y el fin que le es propio. Se dice que hay orden en el espacio sideral porque todos los cuerpos celestes están ordenados según su naturaleza y su fin.
Existe armonía cuando las relaciones entre los seres son conformes a la naturaleza y fin de cada cual. La armonía es el operar de las cosas, unas en relación a las otras, según el orden.
El orden engendra la tranquilidad. La tranquilidad del orden es la paz. No cualquier tranquilidad merece ser llamada paz, sino tan solo la que resulta del orden. La paz de conciencia es la tranquilidad de la conciencia recta: no puede confundirse con el letargo de la conciencia embotada. El bienestar orgánico produce una sensación de paz que no puede ser confundida con la inercia del estado de coma.
Cuando un ser está enteramente dispuesto según su naturaleza, está en estado de perfección. Así, una persona con gran capacidad para el estudio, gran deseo de estudiar, puesta en una universidad en que haya todos los medios para hacer los estudios que desea, está puesta, desde el punto de vista de los estudios, en condiciones perfectas.
Cuando las actividades de un ser están enteramente dispuesto según su naturaleza, y tienden enteramente para su fin, estas actividades son, de algún modo, perfectas. Así, la trayectoria de los astros es perfecta, porque corresponde enteramente a la naturaleza y al fin de cada cual.
Cuando las condiciones de un ser son perfectas, sus operaciones lo son también, y él tenderá necesariamente para su fin, con el máximo de la constancia, del vigor y del acierto. Así, si un hombre está en condiciones perfectas para caminar, es decir, sabe, quiere y puede caminar, caminará de modo irreprensible.
El verdadero conocimiento de lo que sea la perfección del hombre y de las sociedades depende de una noción exacta sobre la naturaleza y del fin del hombre.
El acierto, la fecundidad, el esplendor de las acciones humanas, sean individuales o sean sociales, también depende del conocimiento de nuestra naturaleza y fin.
En otros términos, la posesión de la verdad religiosa es la condición esencial del orden, de la armonía, de la paz y de la perfección.

La perfección cristiana


El Evangelio nos señala un ideal de perfección: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo, V, 48). Este consejo que nos fue dado por Nuestro Señor Jesucristo, El mismo nos lo enseña a realizar. En efecto, Jesucristo es la semejanza absoluta de la perfección del Padre celestial, es el modelo supremo que todos debemos imitar.
Nuestro Señor Jesucristo, sus virtudes, sus enseñanzas, sus acciones, son el ideal definido de la perfección para el cual el hombre debe tender.
Las reglas de esta perfección se encuentran en la Ley de Dios, que Nuestro Señor Jesucristo “no vino a abolir sino a completar” (Mat. V, 17), y en los preceptos y consejos evangélicos. Y para que el hombre no cayese en error en el interpretar los mandamientos y los consejos, Nuestro Señor Jesucristo instituyó una Iglesia infalible, que tiene el amparo divino de nunca errar en materia de fe y de moral. La fidelidad de pensamiento y de acciones en relación al magisterio de la Iglesia es el modo por el cual todos los hombres pueden conocer y practicar el ideal de perfección que es nuestro Señor Jesucristo.
Fue lo que hicieron los santos, que practicando de modo heroico las virtudes que la Iglesia enseña, realizaron la imitación perfecta de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre celestial. Es tan verdadero que los santos llegaron a la más alta perfección moral, que los propios enemigos de la Iglesia, cuando no los ciega el furor de la impiedad, lo proclaman. De San Luis, rey de Francia, por ejemplo, escribió Voltaire: “No es posible al hombre llevar más lejos la virtud”. Lo mismo se podría decir de todos los santos.
Dios es el autor de nuestra naturaleza, y, por lo tanto, de todas las aptitudes y excelencias que en ella se encuentran. En nosotros, lo único que no proviene de Dios son los defectos frutos del pecado original y de los pecados actuales.
El Decálogo no podría ser contrario a la naturaleza que el propio Dios creó en nosotros; pues, siendo Dios perfecto, no puede haber contradicción en sus obras.
Por esto, el Decálogo nos impone acciones que nuestra propia razón nos muestra que son conformes con la naturaleza, como honrar padre y madre, y nos prohíbe acciones que por la simple razón vemos que son contrarias al orden natural, como la mentira.
En esto consiste, en el plano natural la perfección  intrínseca de la Ley, y la perfección personal que adquirimos practicándola. Esto es así, porque todas las acciones conformes a la naturaleza del agente son buenas.
Pero, por consecuencia del pecado original, quedó el hombre con propensión a practicar acciones contrarias a su naturaleza rectamente entendida. Así, quedó sujeto al error en el terreno de la inteligencia, y al mal en el campo de la voluntad. Tal propensión es tan acentuada que, sin el auxilio de la gracia, no sería posible a los hombres conocer ni practicar durablemente los preceptos del orden natural. Para remediar esta insuficiencia en el hombre, Dios reveló a Moisés el Decálogo; instituyó en la Nueva Alianza, una Iglesia destinada a protegerlos contra los sofismas y las transgresiones del hombre; por medio de los Sacramentos los auxilia y fortalece con su gracia.
La gracia es un auxilio sobrenatural, destinado a robustecer la inteligencia y la voluntad del hombre para permitirle la práctica de la perfección. Dios no niega su gracia a nadie. La perfección es, por lo tanto, accesible a todos.
¿Puede un pagano conocer y practicar la Ley de Dios? ¿Recibe él la gracia de Dios? Es necesario distinguir. En principio, todos los hombres que tienen contacto con la Iglesia Católica reciben la gracia suficiente para conocer que ella es verdadera, ingresar en ella y practicar los mandamientos. Si alguien se mantiene voluntariamente fuera de la Iglesia, si es infiel porque rehúsa la gracia de la conversión, que es el punto de partida de todas las otras gracias, cierra para sí las puertas de la salvación. Pero si alguien no tiene medios de conocer a la Santa Iglesia – un pagano, por ejemplo, cuyo país no haya recibido la visita de misioneros – tiene la gracia suficiente para conocer, por lo menos, los principios más esenciales a la Ley de Dios y practicarlos, pues Dios a nadie niega la salvación y tarde o temprano, si persevera en el cumplimiento de la ley, conocerá a la Iglesia y recibirá la fe.
Es necesario, sin embargo, observar que si la fidelidad a la Ley exige sacrificios a veces heroicos de los propios católicos que viven en el seno de la Iglesia, bañados por la superabundancia de la gracia y de todos los medios de santificación, mucho mayor aún es la dificultad que tienen en practicarla los que viven lejos de la Iglesia, y fuera de esta superabundancia. Es lo que explica el hecho de ser tan raros – verdaderamente excepcionales – los gentiles que practican la Ley.


La Civilización Cristiana y la Cultura Cristiana


¿Qué es esta luminosa realidad, hecha de un orden y una perfección más sobrenatural y celeste que natural y terrena, que se llamó Civilización Cristiana, producto de la cultura cristiana, la cual, a su vez, es hija de la Iglesia Católica?
Por cultura del espíritu podemos entender el hecho que determinada alma no se encuentra abandonada al juego desordenado y espontáneo de las operaciones de las potencias – inteligencia, voluntad y sensibilidad –, sino que por el contrario, por un esfuerzo ordenado y conforme a la recta razón adquirió en estas tres potencias algún enriquecimiento: así como el campo cultivado no es aquél que hace fructificar todas las semillas que el viento deposita en él caóticamente, sino es el que, por efecto del trabajo recto del hombre, produce algo de útil y bueno.
En este sentido, la cultura católica es el cultivo de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad según las normas y la moral enseñada por la Iglesia. Ya vimos que ella se identifica con la propia perfección del alma. Si ella existiere en la generalidad de los miembros de una sociedad humana (aunque en grados y modos acomodados a la condición social y a la edad de cada cual) ella será un hecho social y colectivo. Y constituirá un elemento – el más importante – de la propia perfección social.
Civilización es el estado de una sociedad humana que posee una cultura, y que creó, según los principios básicos de esta cultura, y que creó, todo un conjunto de costumbres, de leyes, de instituciones, de sistemas literarios y artísticos propios.
Si Jesucristo es el verdadero ideal de perfección de todos los hombres, una sociedad que aplique todas sus leyes tiene que ser una sociedad perfecta. La cultura y la civilización nacida de la Iglesia de Cristo tienen que ser forzosamente no solo la mejor civilización, sino la única verdadera. Lo dice al santo Pontífice Pío X: “No hay verdadera civilización sin civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sino con la religión verdadera” (Carta al episcopado francés del 28-VII-1910, sobre Le Sillon). De donde se deduce con evidencia cristalina que no hay verdadera civilización sino como resultado y fruto de la verdadera religión.

La Iglesia y la Civilización Cristiana


Se engaña singularmente quien supusiere que la acción de la Iglesia sobre los hombres es meramente individual, y que ella solo forma personas, y no pueblos, ni culturas, ni civilizaciones.
En efecto, Dios creó al hombre naturalmente sociable, y quiso que los hombres, en sociedad, trabajasen los unos por la santificación de los otros. Por esto, también nos creó influenciables. Tenemos todos, por la propia presión del instinto de sociabilidad, la tendencia de comunicar en cierta medida nuestras ideas a los otros, y, a recibir la influencia de ellos. Esto se puede afirmar en las relaciones de individuo a individuo, y del individuo con la sociedad. Los ambientes, las leyes, las instituciones en que vivimos ejercen efecto sobre nosotros, tiene sobre nosotros una acción pedagógica.
Resistir enteramente a este ambiente, cuya acción ideológica nos penetra hasta por osmosis y como que por la piel, es obra de alta y ardua virtud. Y por esto los primitivos cristianos no fueron más admirables enfrentando a las fieras del Coliseo, que cuando mantenían íntegro su espíritu católico aún viviendo en el ceno de una sociedad pagana.
De este modo, la cultura y la civilización son medios fortísimos para actuar sobre las almas. Actuar para su ruina, cuando la cultura y la civilización son paganas. Para su edificación y salvación, cuando son católicas.
¿Cómo puede entonces, la Iglesia desinteresarse en producir una cultura y una civilización, contentándose sólo en actuar sobre cada alma a título meramente individual?
Además, toda alma sobre la cual la Iglesia actúa, y que corresponde generosamente a esa acción, es como un foco y una simiente de esta civilización, que ella expanda y activa en torno de sí. La virtud trasparece y contagia. Contagiando se propaga. Actuando y propagándose tiende a transformarse en cultura y civilización católicas.
Como vemos, lo propio de la Iglesia es producir una cultura y civilización cristiana. Es producir todos sus frutos en una atmósfera social plenamente católica. El católico debe aspirar a una civilización católica como el hombre encarcelado en un subterráneo desea el aire libre, y el pájaro aprisionado ansía por recuperar los espacios infinitos del cielo.

Y esta es nuestra finalidad, nuestro gran ideal. Caminamos hacia la Civilización Católica como podrá nacer de los escombros del mundo de hoy, como de los escombros del mundo romano nació la civilización medieval. Caminamos hacia la conquista de este ideal, con el coraje, la perseverancia, la resolución de enfrentar y vencer todos los obstáculos, con que los cruzados marcharon hacia Jerusalén. Porque si nuestros mayores supieron morir para conquistar el sepulcro de Cristo, ¿cómo no queremos nosotros – hijos de la Iglesia como ellos – luchar y morir para restaurar algo que vale infinitamente más que el preciosísimo sepulcro del Salvador, esto es, su reinado sobre las almas y las sociedades, que El creó y salvó para que Lo amasen eternamente?
Plinio Correa de Oliveira, 1960
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