Sin comunicar en sus obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas (Efesios 5, 11)
miércoles, 26 de noviembre de 2014
domingo, 23 de noviembre de 2014
La realeza de Cristo Rey – 23 de noviembre
Plinio
Corrêa de Oliveira
La
idea de la realeza de nuestro Señor Jesucristo ha estado presente en la Iglesia
desde el tiempo de su vida en la tierra. Por ejemplo, fue él mismo quien lo
afirma cuando Pilato le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”. Y él le
respondió y dijo: “Tú lo dices” (Lucas 23, 3).
Bajo
varios títulos encontramos manifestaciones de Cristo como Rey presente en la
Iglesia desde sus comienzos. Hay una devoción muy antigua que se llama el
Cristo Pantocrátor – la palabra griega para Cristo como Señor de todas las
cosas. Él está sentado en majestad en un trono y rodeado por un arco iris
circular o por una aureola.
El
arco iris en las Escrituras simboliza la alianza que Dios hizo con el hombre
después del diluvio; la aureola es un símbolo que estaba reservado para indicar
que Él se levantó de la muerte. Desde su trono en las alturas Él gobierna sobre
todas las cosas. Es decir, Él gobierna sobre la Iglesia triunfante y la Iglesia
militante, las que Él gobierna como Rey desde su ascensión hasta los últimos
tiempos, y, de ahí en adelante, para siempre jamás. Él es el soberano y señor
de todas las cosas.
Cristo merece el título de rey por dos razones
distintas
Él
es nuestro Rey por derecho de nacimiento, porque hay un principio que establece
que cuando un ser es inmensamente superior a otro, el primero adquiere
autoridad sobre el segundo. Nuestro Señor tiene una superioridad sobre nosotros
infinita, porque él es un hombre hipostáticamente unido a la Segunda Persona de
la Santísima Trinidad. Por su humanidad, así como su divinidad, Él es el Rey y
la cabeza de toda la humanidad.
Él
es también Rey del género humano como Redentor, porque Él redimió a la
humanidad: Él se sacrificó, inmolándose en la Cruz, y con su ofrenda, Él salvó
a la humanidad del infierno y abrió las puertas del cielo. Con su sangre
conquistó toda la humanidad. Él adquirió un derecho real sobre todos los
hombres. De ahí que la realeza de Cristo Nuestro Señor puede contemplarse
considerándolo ya sea en su trono o en su cruz, porque los dos derechos, aunque
diferentes, son, sin embargo reversibles.
Rey de la Iglesia y Rey del Estado
La
humanidad puede ser vista en dos tipos de sociedades: la sociedad espiritual
(la Iglesia) y la sociedad temporal (el Estado).
Nuestro
Señor es el Rey de la sociedad espiritual, la Iglesia Católica. Él fue su
fundador; Él es la fuente de toda gracia y privilegio; Él estableció sus
preceptos. Él es la cabeza de esta sociedad monárquica, también llamada a su
Cuerpo Místico. Por lo tanto, Él es el Rey de la Iglesia en el sentido propio y
verdadero de la palabra.
El
Papa es el rey de la Iglesia, puesto que él es el Vicario de Cristo, el
representante de Cristo. El poder monárquico que ejerce el Papa ―el poder de
las llaves― es un poder que Cristo ha delegado a su Vicario.
Si
hubiera que entender esta separación e independencia en toda su extensión, se
podría decir que nuestro Señor es sólo Rey de la Iglesia y que el Estado no
tiene un rey. Ello también implicaría que los Estados católicos no tienen que
reconocer a nuestro Señor como su Rey. Estas aplicaciones son falsas. Los
Estados, por su naturaleza temporal deben tener a nuestro Señor como su Rey.
Todo Estado tiene la obligación de aplicar las leyes de nuestro Señor
Jesucristo, y, si no es así, se trata de un Estado en una etapa de rebelión
contra su verdadero Rey.
¿Es
posible demostrar que nuestro Señor es el verdadero Rey del Estado? Ya lo hemos
hecho. Él tiene el derecho sobre todos los hombres a causa de su nacimiento
como el Verbo encarnado y por su conquista en la redención de la humanidad.
Por
lo tanto, el Estado debe reconocer a la Iglesia Católica como la única
verdadera y oficial iglesia. No puede permitir el proselitismo de las falsas
religiones, aun cuando las reconoce en su lugar en la sociedad ―que no es de
relevancia― y las tolera cuando no hay otra solución. Por ejemplo: el Estado
brasileño debería siempre evitar permitir la inmigración de protestantes o
cismáticos a nuestro país. Si no hay otra solución, sin embargo, lo puede
tolerar. Pero lo debe evitar tanto cuando posible, o sería ir en contra de la
realeza de nuestro Señor Jesucristo.
Todas
las leyes del Estado deberían inspirarse en la Iglesia, como solía ser antes de
la Revolución Francesa. De hecho, en esa época, cuando la Iglesia promulgaba
una ley, también debía ser aplicada en el Estado sin la necesidad de ser
ratificada. Digamos que la Iglesia estableciera nuevas leyes sobre nacimientos,
matrimonios, entierros o educación: el Estado automáticamente las acepta y
aplica también.
Las
autoridades religiosas eran objeto de respeto público y honor porque eran las
autoridades de la verdadera Iglesia del Dios verdadero, que era el Rey del
Estado.
Para
demostrar su respeto por la Iglesia, el Estado debe organizar la vida civil,
cultural y artística de acuerdo con la ley de nuestro Señor Jesucristo. Esto es
una consecuencia del principio de que nuestro Señor es el Rey de las sociedades
humanas.
Estas
nociones son muy familiares para nosotros, a pesar de que han sido generalmente
olvidadas en la actualidad. Todo lo que escuchamos ya sea desde los púlpitos o
las autoridades progresistas nos llevaría no sólo a olvidar, sino también para
a estos principios. En consecuencia, nosotros, los católicos nos estamos
acostumbrando a la idea errónea de que el Estado debería naturalmente ser a-religioso,
que no tiene nada que ver con nuestro Señor Jesucristo. Así, hoy podemos ver el
Estado civil constantemente ignorando y negando a nuestro Señor.
Este
es el principio de la realeza de nuestro Señor en las dos esferas (temporal y
espiritual).
La razón práctica para recalcar estas verdades
Una
cosa es creer en estas verdades teóricamente; y otra es vivir con un constante
sentido de que son verdaderas. Cada vez que vemos negada la realeza de nuestro
Señor en la sociedad civil, tenemos que estar conscientes de ello, sintiendo
tristeza por ello e indignándonos por tal negación. Esta verdad debe estar viva
en nosotros, como si fuera parte de nuestra piel. Debemos estar tristes al
presenciar el laicismo que invade toda la actividad social, en dirección hacia
el ateísmo. Debemos soportar la vida en la sociedad actual como unos exiliados,
porque se niega la realeza de Jesucristo y se pone todo patas para arriba.
Debemos hacer una protesta interna continua contra esta situación.
Sólo
con este estado mental podemos ser verdaderos soldados de Cristo Rey.
Creo
que esta es una manera sentimental y liberal para no ver la realidad y el
verdadero tomento que Cristo está sufriendo por la negación de su realeza que
está ocurriendo allí en esa sala. La realidad es bastante diferente de lo que
el sentimental católico está pensando. Aunque es bueno tener un crucifijo allí,
todo el sistema del derecho y de la justicia de nuestro país hace caso omiso de
Jesucristo. Por tanto, el choque de ese remanente de un viejo orden, con el
laicismo que domina la ley y los sistemas de justicia actuales, hace una
afrenta a nuestro Señor.
Por
lo tanto, el verdadero y fiel vasallo de Cristo Rey, el verdadero guerrero de
Cristo Rey, debe constantemente mantener una plena noción de lo que está
sucediendo a su alrededor, viendo y lamentando todo lo que niega la realeza de
nuestro Señor. Es inútil sólo tener ideas abstractas genéricas si no se aplican
a las situaciones prácticas de la vida.
Un
católico que no asume una actitud de tristeza y amargura cuando ve la realeza
de nuestro Señor siendo negada hoy no es un verdadero soldado de Cristo Rey.
Debemos estar constantemente tomando esta actitud de amarga tristeza al ver los
derechos de nuestro Señor negados a nuestro alrededor. No debería ser una cosa
estéril, académica, sino una indignación viril que prepara un contrataque para
poner las cosas en su orden correcto tan pronto como sea posible.
Al
adoptar esta condición de personas en el exilio, debemos orar a nuestro Señor,
pidiéndole que nos permita restaurar su Reino en la tierra de la manera más
auténtica y elevada, es decir, a través de la realeza de la nuestra Señora. Es
el reino de María que aparece en el horizonte.
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Santo del día
sábado, 22 de noviembre de 2014
¿Se va a acabar el mundo? Una explicación del Apocalipsis - Video en español
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Monasterio de la Sagrada Familia USA
domingo, 16 de noviembre de 2014
Derecho consuetudinario – V
Continuación del artículo anterior Derecho consuetudinario IV
La diversidad de
riqueza de la legislación medieval
Plinio Corrêa de Oliveira
Si
dejásemos que los hombres modernos hicieran sus propias costumbres para
gobernarse a sí mismos, ¿se llevarían al caos? Supongamos que les dijésemos a
los habitantes de cada barrio de São Paulo que son libres de expresar sus
propias costumbres y organizarse a sí mismos de la manera que quieran. No es
difícil ver que el resultado sería un gran tumulto.
![]() |
| El duque local, oye y juzga un caso de su territorio |
La
primera cosa a tener en cuenta es que no podemos construir una fortaleza con
piedras desmoronadas. En una época de gran decadencia moral como es la nuestra,
cuando le damos a la gente este tipo de libertad, el resultado normal es el
desorden. ¿La respuesta entonces sería ponerlos a todos en prisión? No, porque
en ese caso tendríamos una tiranía. Por
lo tanto, o tendríamos la pretensión de una democracia, que en realidad es
gobernada por demagogos y ladrones o tendríamos la tiranía de un dictador.
La
verdadera solución es inculcar la moral en la sociedad. El derecho consuetudinario supone evidentemente un
nivel mínimo de moralidad para que funcione; éste supone un orden cristiano.
Yo
no sería favorable a una aplicación pura y simple de un sistema de derecho consuetudinario
en el Brasil actual. Sin embargo,
añado lo siguiente: Si las funciones habituales fuesen entregadas a las
autoridades sociales auténticas en cada área, creo que esto podría ser un buen
comienzo para el restablecimiento de un orden natural. Porque, a través de una especie de sentido innato
de la realidad, las auténticas élites sociales son capaces de resolver
acertadamente los problemas locales. En
cambio, la autoridad política como es concebida, está muy lejos de la vida
social real de un área, es artificial y no resuelve nada.
Entonces,
¿por qué toda la sociedad en la Edad Media no cayó en el desorden? Parte de la
respuesta radica en el papel del juez de entonces. El juez no tenía el derecho de hacer las
costumbres, sino más bien tenía la obligación de hacer juicios basados en ellas. Las costumbres fueron hechas por la sociedad a
través de un período de tiempo. El juez, entonces, ordenaba que esas costumbres
fuesen codificadas para que él pudiera tomar buenas decisiones. Cuando él no sabía acerca de algunas costumbres
locales, que iba a hacer averiguaciones de manera que su juicio tuviera sentido.
Él
hacía esto simplemente hablando con la gente. Él iría a hablar con las mujeres que llenaban sus
recipientes con agua en el pozo del pueblo; iría
a la posada a beber una copa de vino y conversar con algunas docenas de
lugareños que conocían las costumbres y, a continuación, juzgaría de acuerdo
con ellos. Él juzgaría un caso que le fuese presentado a él no en un foro,
porque esos pequeños pueblos no tienen foros, sino en una especie de sesión
pública que se parecía a una reunión de la familia, que descansa sobre su
propia autoridad patriarcal.
En
este sentido, las sentencias del rey San Luis de Francia sentado debajo de la
encina de Vincennes, en las afueras de París se volvieron legendarias. Él se
sentaba ahí y escuchaba los casos presentados por la gente y les daba
soluciones justas. Innumerables
jueces de toda Europa hicieron lo mismo.
El rey, el protector de las costumbres
Incluso
si un juez no estaba personalmente de acuerdo con una costumbre local, él no
tenía el derecho de revocarla. Este derecho
sólo le pertenecía al rey, y el rey ejercía este privilegio sólo en tres casos: esto es, cuando una costumbre era contraria a la
Ley Natural, a la moral católica o al bien común de la sociedad. Entonces, el rey podía intervenir y abolir la
costumbre. Pero, el rey
no podía cambiar las otras costumbres. No podía decirles a los toneleros: “Yo
sé mejor que ustedes de cómo hacer frente a sus negocios, de manera que impongo
esta ley en relación con la manera de cómo hacer que sus barriles”.
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| San Luis escuchando casos en Vincennes, situaciones parecidas se repitieron en todo el mundo medieval |
San
Luis IX fue el gran protector de las costumbres. Él no sólo protegió las buenas
costumbres, sino que luchó fuertemente contra las malas costumbres en París. A medida
que el rol del rey se desarrolló en el siglo XIII, él comenzó a pasar la función
de mantener las buenas costumbres y extirpar las malas al Parlamento de París.
El
derecho consuetudinario regula una amplia variedad de situaciones directamente
relacionadas con la vida cotidiana concreta. En
Inglaterra algunas de esas costumbres se encuentran todavía en uso hoy en día.
En Francia, el proceso fue diferente. Sucedió
que muchos de los grandes feudos tenían costumbres comunes, lo que constituyó
el derecho consuetudinario de regiones enteras como Normandía, Champagne,
Auvernia, etc.
Entonces,
el rey formó un sistema de derecho para esas grandes regiones sin violar los derechos
consuetudinarios y costumbres locales de las regiones más pequeñas. Entre las costumbres locales aún había costumbres
diferentes para las distintas clases sociales o las de diferentes situaciones,
como por ejemplo las personas que vivían en el bosque local o alrededor de ese
lago en particular o en las orillas de ese río. De este modo podemos ver la inmensa
diversificación del derecho medieval.
¿Cuál
era la importancia de esas costumbres a las que nos referimos? Tienen
importancia más o menos en todo. Por
ejemplo, en la parte superior de la sociedad, la sucesión a la corona estaba
regulada por las costumbres, al igual que los matrimonios entre los nobles, el
homenaje de vasallo a su señor feudal. Todas estaban reguladas por costumbres y
tradiciones particulares.
Descendiendo
en la escala social, las costumbres tratan de todos los aspectos de la vida y del
trabajo: directrices para los comerciantes, reglas para los gremios, protocolos
para la vigilancia de los bosques y los ríos, leyes para el comercio marítimo, procedimientos
para llevar los casos ante los tribunales, códigos de pesos y medidas, que en
un principio fueron determinados por el rey, pero más tarde fueron regulados
por las costumbres locales en diferentes maneras.
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| La codificación de las leyes consuetudinarias se hizo común en el siglo XIII |
El derecho
consuetudinario fue establecido en todo el territorio europeo. Muchas veces esas costumbres dieron a luz a las
cartas, que eran concesiones especiales realizadas con respecto a las
costumbres. En los siglos X
y XI esas cartas ya eran numerosas. El
siglo XII vio el surgimiento de los estatutos municipales para gobernar algunas
ciudades, todo ello con el consentimiento del rey y los señores feudales. Esos estatutos fueron simplemente codificaciones
de las costumbres locales existentes.
Posteriormente,
los libros de costumbres que aparecieron fueron escritos por juristas que los
utilizaron para discutir los casos y juzgarlos de acuerdo a las costumbres
locales. Cuando estos
libros estaban bien escritos, su uso se hizo tan generalizado que adquirieron,
por decirlo así, la fuerza de la ley.
El
siglo XII también vio compilaciones de las decisiones tomadas por los jueces en
base a las costumbres locales. Éstas
constituyeron una especie de complemento al derecho consuetudinario y se desarrollaron
notablemente en el siglo XIII.
Como
esta serie llega a su fin, tenemos para nuestra lectura una visión general de
lo que fue el derecho consuetudinario, la forma en que se creó y cómo mantuvo
un orden fuerte.
Os
dejo un problema a resolver más adelante: En este grupo masivo de diferentes
organismos y leyes sociales, ¿cómo, en principio, fueron el orden y la medida
establecidos? En esta orquesta de miles de instrumentos, ¿cómo se tocó la gran
sinfonía de la cristiandad?
Dejo
esta cuestión para otra oportunidad.
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Sociedad Orgánica
martes, 11 de noviembre de 2014
domingo, 2 de noviembre de 2014
El Reino de Cristo
La Iglesia Católica fue
fundada por Nuestro Señor Jesucristo para perpetuar entre los hombres los beneficios
de la Redención. Por lo tanto, la finalidad de la Iglesia se identifica con la misma finalidad de la
Redención. Esto es:
1º Expiar los pecados de los
hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
2º Restituir así a Dios la
gloria extrínseca que el pecado le había robado y;
3º Abrir a los hombres las
puertas del cielo.
Esta finalidad se realiza toda
en el plano sobrenatural, y con vistas a la vida eterna. Ella trasciende
absolutamente todo cuanto es meramente natural, terreno, perecible. Fue lo que
Nuestro Señor Jesucristo afirmó, cuando dijo a Pilatos: “Mi reino no es de
este mundo”. (Juan, XVIII, 36)
La vida terrena, por lo tanto,
se diferencia profundamente de la vida eterna. Sin embargo, estas dos vidas no
constituyen dos planos absolutamente aislados uno del otro. Hay en los
designios de la Providencia una relación íntima entre la vida terrena y la
eterna. La vida terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de
Cristo no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino por el
cual llegaremos a él.
Así como la Escuela Militar es
el camino para la carrera de las armas, o el noviciado es el camino para el
definitivo ingreso en una orden religiosa, así la tierra es el camino para el
cielo.
Tenemos un alma
inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta alma es creada con un
tesoro de aptitudes naturales para el bien, enriquecidas por el bautismo con el
don inestimable de la vida sobrenatural de la gracia, que nos hace hijos de
Dios y herederos del cielo. Nos compete, durante esta vida, desarrollar hasta
su plenitud estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios,
que era en algún sentido aun incompleta y meramente potencial, se torna plena y
actual.
La semejanza es la fuente del
amor. Haciéndonos plenamente semejantes a Dios, somos capaces de amarlo
plenamente y de atraer sobre nosotros la plenitud de su amor.
Quedamos así, preparados para
la contemplación de Dios cara a cara, y para aquél eterno acto de amor,
plenamente feliz, para el cual somos llamados en el cielo.
La vida terrena es, pues, un
noviciado en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es ver
a Dios cara a cara y amarlo por toda la eternidad.
Presentando la misma verdad en
otros términos, podemos decir que Dios es infinitamente puro, infinitamente
justo, infinitamente fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la
pureza, la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo
podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? Por otro lado, siendo Dios
el sumo Bien, ¿cómo puede El amar el mal? Siendo la semejanza la fuente del
amor, ¿cómo puede amar El a quien es totalmente desemejante a El, a quien es
conciente y voluntariamente injusto, cobarde, impuro, malo?
Dios debe ser adorado y
servido sobretodo en espíritu y en verdad (Juan, IV, 25). Así, es necesario que
seamos puros, justos, fuertes buenos, en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si
nuestra alma es buena, todas nuestras acciones lo deben ser necesariamente,
pues el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mateo, VII, 17-18).
Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos el cielo, no sólo que en
nuestro interior amemos el bien y detestemos el mal, sino que por nuestras acciones
practiquemos el bien y evitemos el mal.
Pero la vida terrena es más que
el camino de la eterna bienaventuranza. ¿Qué haremos en el cielo?
Contemplaremos a Dios cara a cara a la luz de la gloria, que es la perfección
de la gracia, y Lo amaremos eternamente y sin fin. Ahora bien, el hombre ya
goza de la vida sobrenatural en esta tierra por el bautismo. La fe es una semilla
de la visión beatífica. El amor de Dios, que el hombre practica creciendo en la
virtud y evitando el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará
a Dios en el cielo.
El ideal de
la perfección social
Si admitiéramos que en
determinada población la generalidad de los individuos practicase la ley de
Dios, ¿qué efecto se puede esperar de allí para la sociedad?
Esto equivale a preguntarse si,
en un reloj, cada pieza trabaja según su naturaleza y su fin, ¿qué efecto se
puede esperar de allí para el reloj? O, si cada parte de un todo es perfecta,
¿qué se debe decir del todo?
Hay siempre un riesgo en
ejemplificar con cosas mecánicas, en asuntos humanos. Atengámonos a la imagen
de una sociedad en que todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por
San Agustín: imaginemos “un ejército constituido por soldados como los forma
la doctrina de Jesucristo, gobernadores, maridos, esposos, padres, hijos,
maestros, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores de impuestos como
los quiere la doctrina cristiana. ¡Y osen (los paganos) aún decir que esa
doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Por el contrario, deben
reconocer sin dudar que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando es
fielmente observada” (Epist. CXXXVII, al. 5 ad Marcellinum, cap. II, n.15).
Y en otra obra, el
santo doctor apostrofando la Iglesia Católica exclama: “Conduces e instruyes
a los niños con ternura, a los jóvenes con rigor, los ancianos con calma, como
compete a la edad no solo del cuerpo sino también del alma. Sometes a las
esposas a sus maridos, por una casta y fiel obediencia, no para saciar la
pasión, sino para propagar la especie y constituir la sociedad doméstica.
Confieres autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de la
fragilidad de su sexo, sino para que sigan las leyes de un sincero amor.
Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad. Unes no solo en
sociedad, mas en una como que fraternidad los ciudadanos a los ciudadanos, las
naciones a las naciones, y los hombres entre sí, por el recuerdo de sus
primeros padres. Enseñas a los reyes a velar por los pueblos y prescribes a los
pueblos que obedezcan a los reyes. Enseñas con solicitud a quien se debe la
honra, a quien el afecto, a quien el respeto, a quien el temor, a quien el
consuelo, a quien la advertencia, a quien el estímulo, a quien la corrección, a
quien la reprimenda, a quien el castigo; y haces saber de qué modo, si no todas
las cosas a todos se deben, a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia”
(De Moribus Ecclesiae, cap. XXX, n.63).
Sería imposible describir mejor
el ideal de una sociedad enteramente cristiana. ¿Podría en una sociedad el
orden, la paz, la armonía, la perfección ser llevada a límite más alto? Una
rápida observación nos basta para completar el asunto. Si hoy en día todos los
hombres practicasen la Ley de Dios, ¿no se resolverían rápidamente todos los
problemas políticos, económicos, sociales que nos atormentan? ¿Y qué solución
se podrá esperar para ellos mientras los hombres viviesen en la inobservancia
habitual de la Ley de Dios?
Se podría uno preguntar, ¿la
sociedad humana realizó alguna vez este ideal de perfección? Sin duda que sí.
Lo dice el inmortal Papa León XIII: operada la Redención y fundada la Iglesia, “como
que despertando de antigua, larga y mortal letargia, el hombre percibió la luz
de la verdad que había procurado y deseado en vano durante siglos; reconoció
sobre todo que había nacido para bienes mucho más altos y mucho más magníficos
que los bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos, y en
torno a los cuales había hasta entonces circunscrito sus pensamientos y sus
preocupaciones. Comprendió que toda la constitución de la vida humana, la ley suprema,
el fin a que todo se debe sujetar, es que, venidos de Dios, un día debamos
retornar a El.”
“De esta fuente, sobre
este fundamento, se vio renacer la conciencia de la dignidad humana; el
sentimiento de que la fraternidad social es necesaria hizo entonces pulsar los
corazones; en consecuencia, los derechos y los deberes alcanzaron su
perfección, o se fijaron íntegramente, y, al mismo tiempo, en diversos puntos se expandieron virtudes tales, como la
filosofía de los antiguos ni siquiera pudo jamás imaginar. Por esto, los
designios de los hombres, la conducta de la vida, las costumbres, tomaron otro
rumbo. Y cuando el conocimiento del Redentor se expandió a lo lejos, cuando su
virtud hasta las fibras íntimas de la sociedad, disipando las tinieblas y los
vicios de la antigüedad, entonces se operó aquella transformación que, en la
era de la Civilización Cristiana, mudó enteramente la faz de la tierra” (León XIII, Encíclica
“Tamesti futura prospiscientibus”, 1/IX/1900).
El Reino de Dios se
realiza en su plenitud en el otro mundo. Pero para todos nosotros, él se
comienza a realizar en estado germinativo ya en este mundo. Tal como en un
noviciado ya se practica la vida religiosa, aunque en estado preparatorio; y en
una escuela militar, un joven se prepara para el ejército, viviendo la propia
vida militar.
Y la Santa Iglesia
Católica ya es en este mundo una imagen, y más que esto, una verdadera anticipación
del cielo.
Por esto, todo cuanto los
santos Evangelios nos dicen del reino de los cielos puede con toda propiedad y
exactitud ser aplicado a la Iglesia Católica, a la fe que ella nos enseña, a
cada una de las virtudes que ella nos inculca.
Este es el sentido de la fiesta
de Cristo Rey. Rey celestial ante todo. Pero Rey cuyo gobierno ya se ejerce en
este mundo. Es rey quien posee de derecho la autoridad suprema y plena. El rey
legisla, dirige y juzga. Su realeza se hace efectiva cuando sus súbditos reconocen
sus derechos y obedecen a sus leyes. Ahora bien, Jesucristo posee sobre
nosotros todos los derechos. El promulgo leyes, dirige el mundo y juzgará a los
hombres. Debemos, por lo tanto, tornar efectivo el Reino de Cristo obedeciendo
sus leyes.
Este reinado es un hecho
individual, en cuanto considerado en la obediencia que cada alma fiel presta a
Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, el reinado de Jesucristo se ejerce sobre
las almas: y por esto, el alma de cada uno de nosotros es una parcela del campo
de jurisdicción de Cristo Rey. Ahora bien, el reinado de Cristo será un hecho
social si las sociedades humanas le prestaren obediencia.
Se puede decir, que el Reino de
Cristo se hace efectivo en la tierra en su sentido individual y social, cuando
los hombres en lo íntimo de su alma como en sus acciones, y las sociedades en
sus instituciones, leyes, costumbres, manifestaciones culturales y artísticas,
se conforman con la Ley de Cristo.
El orden, la armonía, la paz y
la perfección
El orden, la paz, la
armonía, son características esenciales de toda alma bien formada, de toda
sociedad humana bien constituida. En cierto sentido, son valores que se confunden
con la propia noción de perfección.
Todo ser tiene un fin que le es
propio, y una naturaleza adecuada a la obtención de ese fin. Así, una pieza de
reloj tiene un fin que le es propio, y por su forma y composición, es adecuada
a la realización de su fin.
El orden es la disposición de
las cosas según su naturaleza. Así, un reloj está en orden, si cada una de sus
piezas están ordenadas según su naturaleza y el fin que le es propio. Se dice
que hay orden en el espacio sideral porque todos los cuerpos celestes están
ordenados según su naturaleza y su fin.
Existe armonía cuando
las relaciones entre los seres son conformes a la naturaleza y fin de cada
cual. La armonía es el operar de las cosas, unas en relación a las otras, según
el orden.
El orden engendra la tranquilidad.
La tranquilidad del orden es la paz. No cualquier tranquilidad merece ser
llamada paz, sino tan solo la que resulta del orden. La paz de conciencia es la
tranquilidad de la conciencia recta: no puede confundirse con el letargo de la
conciencia embotada. El bienestar orgánico produce una sensación de paz que no
puede ser confundida con la inercia del estado de coma.
Cuando un ser está enteramente
dispuesto según su naturaleza, está en estado de perfección. Así, una persona
con gran capacidad para el estudio, gran deseo de estudiar, puesta en una universidad
en que haya todos los medios para hacer los estudios que desea, está puesta,
desde el punto de vista de los estudios, en condiciones perfectas.
Cuando las actividades de un
ser están enteramente dispuesto según su naturaleza, y tienden enteramente para
su fin, estas actividades son, de algún modo, perfectas. Así, la trayectoria de
los astros es perfecta, porque corresponde enteramente a la naturaleza y al fin
de cada cual.
Cuando las condiciones
de un ser son perfectas, sus operaciones lo son también, y él tenderá necesariamente
para su fin, con el máximo de la constancia, del vigor y del acierto. Así, si
un hombre está en condiciones perfectas para caminar, es decir, sabe, quiere y
puede caminar, caminará de modo irreprensible.
El verdadero conocimiento de lo
que sea la perfección del hombre y de las sociedades depende de una noción
exacta sobre la naturaleza y del fin del hombre.
El acierto, la fecundidad, el
esplendor de las acciones humanas, sean individuales o sean sociales, también
depende del conocimiento de nuestra naturaleza y fin.
En otros términos, la posesión
de la verdad religiosa es la condición esencial del orden, de la armonía, de la
paz y de la perfección.
La perfección cristiana
El Evangelio nos señala
un ideal de perfección: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto” (Mateo, V, 48). Este consejo que nos fue dado por Nuestro Señor
Jesucristo, El mismo nos lo enseña a realizar. En efecto, Jesucristo es la
semejanza absoluta de la perfección del Padre celestial, es el modelo supremo
que todos debemos imitar.
Nuestro Señor Jesucristo, sus
virtudes, sus enseñanzas, sus acciones, son el ideal definido de la perfección
para el cual el hombre debe tender.
Las reglas de esta perfección
se encuentran en la Ley de Dios, que Nuestro Señor Jesucristo “no vino a abolir
sino a completar” (Mat. V, 17), y en los preceptos y consejos evangélicos. Y
para que el hombre no cayese en error en el interpretar los mandamientos y los
consejos, Nuestro Señor Jesucristo instituyó una Iglesia infalible, que tiene el
amparo divino de nunca errar en materia de fe y de moral. La fidelidad de
pensamiento y de acciones en relación al magisterio de la Iglesia es el modo
por el cual todos los hombres pueden conocer y practicar el ideal de perfección
que es nuestro Señor Jesucristo.
Fue lo que hicieron los
santos, que practicando de modo heroico las virtudes que la Iglesia enseña,
realizaron la imitación perfecta de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre celestial.
Es tan verdadero que los santos llegaron a la más alta perfección moral, que
los propios enemigos de la Iglesia, cuando no los ciega el furor de la
impiedad, lo proclaman. De San Luis, rey de Francia, por ejemplo, escribió Voltaire:
“No es posible al hombre llevar más lejos la virtud”. Lo mismo se podría decir
de todos los santos.
Dios es el autor de nuestra
naturaleza, y, por lo tanto, de todas las aptitudes y excelencias que en ella
se encuentran. En nosotros, lo único que no proviene de Dios son los defectos
frutos del pecado original y de los pecados actuales.
El Decálogo no podría ser
contrario a la naturaleza que el propio Dios creó en nosotros; pues, siendo
Dios perfecto, no puede haber contradicción en sus obras.
Por esto, el Decálogo nos
impone acciones que nuestra propia razón nos muestra que son conformes con la
naturaleza, como honrar padre y madre, y nos prohíbe acciones que por la simple
razón vemos que son contrarias al orden natural, como la mentira.
En esto consiste, en el plano
natural la perfección intrínseca de la
Ley, y la perfección personal que adquirimos practicándola. Esto es así, porque
todas las acciones conformes a la naturaleza del agente son buenas.
Pero, por consecuencia
del pecado original, quedó el hombre con propensión a practicar acciones contrarias
a su naturaleza rectamente entendida. Así, quedó sujeto al error en el terreno
de la inteligencia, y al mal en el campo de la voluntad. Tal propensión es tan
acentuada que, sin el auxilio de la gracia, no sería posible a los hombres conocer
ni practicar durablemente los preceptos del orden natural. Para remediar esta
insuficiencia en el hombre, Dios reveló a Moisés el Decálogo; instituyó en la
Nueva Alianza, una Iglesia destinada a protegerlos contra los sofismas y las
transgresiones del hombre; por medio de los Sacramentos los auxilia y fortalece
con su gracia.
La gracia es un auxilio
sobrenatural, destinado a robustecer la inteligencia y la voluntad del hombre
para permitirle la práctica de la perfección. Dios no niega su gracia a nadie.
La perfección es, por lo tanto, accesible a todos.
¿Puede un pagano conocer y practicar
la Ley de Dios? ¿Recibe él la gracia de Dios? Es necesario distinguir. En principio,
todos los hombres que tienen contacto con la Iglesia Católica reciben la gracia
suficiente para conocer que ella es verdadera, ingresar en ella y practicar los
mandamientos. Si alguien se mantiene voluntariamente fuera de la Iglesia, si es
infiel porque rehúsa la gracia de la conversión, que es el punto de partida de
todas las otras gracias, cierra para sí las puertas de la salvación. Pero si
alguien no tiene medios de conocer a la Santa Iglesia – un pagano, por ejemplo,
cuyo país no haya recibido la visita de misioneros – tiene la gracia suficiente
para conocer, por lo menos, los principios más esenciales a la Ley de Dios y
practicarlos, pues Dios a nadie niega la salvación y tarde o temprano, si persevera en el cumplimiento de la ley, conocerá a la Iglesia y recibirá la fe.
Es necesario, sin
embargo, observar que si la fidelidad a la Ley exige sacrificios a veces
heroicos de los propios católicos que viven en el seno de la Iglesia, bañados
por la superabundancia de la gracia y de todos los medios de santificación,
mucho mayor aún es la dificultad que tienen en practicarla los que viven lejos
de la Iglesia, y fuera de esta superabundancia. Es lo que explica el hecho de
ser tan raros – verdaderamente excepcionales – los gentiles que practican la
Ley.
La
Civilización Cristiana y la Cultura Cristiana
¿Qué es esta luminosa
realidad, hecha de un orden y una perfección más sobrenatural y celeste que
natural y terrena, que se llamó Civilización Cristiana, producto de la cultura
cristiana, la cual, a su vez, es hija de la Iglesia Católica?
Por cultura del espíritu
podemos entender el hecho que determinada alma no se encuentra abandonada al
juego desordenado y espontáneo de las operaciones de las potencias –
inteligencia, voluntad y sensibilidad –, sino que por el contrario, por un
esfuerzo ordenado y conforme a la recta razón adquirió en estas tres potencias
algún enriquecimiento: así como el campo cultivado no es aquél que hace
fructificar todas las semillas que el viento deposita en él caóticamente, sino
es el que, por efecto del trabajo recto del hombre, produce algo de útil y
bueno.
En este sentido, la cultura
católica es el cultivo de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad
según las normas y la moral enseñada por la Iglesia. Ya vimos que ella se
identifica con la propia perfección del alma. Si ella existiere en la
generalidad de los miembros de una sociedad humana (aunque en grados y modos
acomodados a la condición social y a la edad de cada cual) ella será un hecho social
y colectivo. Y constituirá un elemento – el más importante – de la propia
perfección social.
Civilización es el estado de
una sociedad humana que posee una cultura, y que creó, según los principios
básicos de esta cultura, y que creó, todo un conjunto de costumbres, de leyes,
de instituciones, de sistemas literarios y artísticos propios.
Si Jesucristo es el verdadero
ideal de perfección de todos los hombres, una sociedad que aplique todas sus
leyes tiene que ser una sociedad perfecta. La cultura y la civilización nacida
de la Iglesia de Cristo tienen que ser forzosamente no solo la mejor
civilización, sino la única verdadera. Lo dice al santo Pontífice Pío X: “No
hay verdadera civilización sin civilización moral, y no hay verdadera
civilización moral sino con la religión verdadera” (Carta al episcopado
francés del 28-VII-1910, sobre Le Sillon). De donde se deduce con evidencia
cristalina que no hay verdadera civilización sino como resultado y fruto de la
verdadera religión.
La Iglesia y
la Civilización Cristiana
Se engaña singularmente
quien supusiere que la acción de la Iglesia sobre los hombres es meramente
individual, y que ella solo forma personas, y no pueblos, ni culturas, ni
civilizaciones.
En efecto, Dios creó al hombre
naturalmente sociable, y quiso que los hombres, en sociedad, trabajasen los
unos por la santificación de los otros. Por esto, también nos creó
influenciables. Tenemos todos, por la propia presión del instinto de
sociabilidad, la tendencia de comunicar en cierta medida nuestras ideas a los
otros, y, a recibir la influencia de ellos. Esto se puede afirmar en las
relaciones de individuo a individuo, y del individuo con la sociedad. Los
ambientes, las leyes, las instituciones en que vivimos ejercen efecto sobre
nosotros, tiene sobre nosotros una acción pedagógica.
Resistir enteramente a este
ambiente, cuya acción ideológica nos penetra hasta por osmosis y como que por
la piel, es obra de alta y ardua virtud. Y por esto los primitivos cristianos
no fueron más admirables enfrentando a las fieras del Coliseo, que cuando mantenían
íntegro su espíritu católico aún viviendo en el ceno de una sociedad pagana.
De este modo, la cultura y la
civilización son medios fortísimos para actuar sobre las almas. Actuar para su
ruina, cuando la cultura y la civilización son paganas. Para su edificación y
salvación, cuando son católicas.
¿Cómo puede entonces, la
Iglesia desinteresarse en producir una cultura y una civilización, contentándose
sólo en actuar sobre cada alma a título meramente individual?
Además, toda alma sobre la cual
la Iglesia actúa, y que corresponde generosamente a esa acción, es como un foco
y una simiente de esta civilización, que ella expanda y activa en torno de sí.
La virtud trasparece y contagia. Contagiando se propaga. Actuando y propagándose
tiende a transformarse en cultura y civilización católicas.
Como vemos, lo propio de la
Iglesia es producir una cultura y civilización cristiana. Es producir todos sus
frutos en una atmósfera social plenamente católica. El católico debe aspirar a
una civilización católica como el hombre encarcelado en un subterráneo desea el
aire libre, y el pájaro aprisionado ansía por recuperar los espacios infinitos
del cielo.
Y esta es nuestra finalidad,
nuestro gran ideal. Caminamos hacia la Civilización Católica como podrá nacer
de los escombros del mundo de hoy, como de los escombros del mundo romano nació
la civilización medieval. Caminamos hacia la conquista de este ideal, con el
coraje, la perseverancia, la resolución de enfrentar y vencer todos los
obstáculos, con que los cruzados marcharon hacia Jerusalén. Porque si nuestros
mayores supieron morir para conquistar el sepulcro de Cristo, ¿cómo no queremos
nosotros – hijos de la Iglesia como ellos – luchar y morir para restaurar algo
que vale infinitamente más que el preciosísimo sepulcro del Salvador, esto es,
su reinado sobre las almas y las sociedades, que El creó y salvó para que Lo
amasen eternamente?
Plinio Correa de Oliveira, 1960
Etiquetas:
El Reino de Cristo,
Plinio Correa de Oliveira
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