martes, 9 de diciembre de 2014

Libro: LA VERDAD DE LO QUE LE OCURRIÓ A LA IGLESIA CATÓLICA DESPUÉS DEL SEGUNDO CONCILIO VATICANO

Basado en la enseñanza infalible de los papas católicos (el magisterio), en la Sagrada Escritura y en la Tradición católica, este libro es una defensa de la fe católica y de la Iglesia Católica. Con irrefutable evidencia e innegable documentación (incluyendo más de 17000 referencias), este libro demuestra lo que realmente le ocurrió a la Iglesia Católica después del Concilio Vaticano II. Este libro contiene la exposición más completa que se haya publicado hasta ahora de la apostasía post-Concilio Vaticano II.

► Usted aprenderá que en la historia de la Iglesia Católica han habido 260 papas y más de 40 antipapas (esto es, falsos papas que reclamaban ser verdaderos papas pero que no lo eran, y algunos de ellos reinaron por un tiempo incluso desde Roma).
► Usted aprenderá que está profetizado que habrá una apostasía en Roma en los últimos tiempos.
► Usted aprenderá lo que enseña la Iglesia Católica sobre los herejes: los herejes pierden cualquier jurisdicción u oficio que ellos tengan o reclamen tener en la Iglesia Católica (incluyendo el oficio del papa), sin necesidad de ninguna declaración, en el momento mismo en que ellos desertan de la fe católica.
► Usted aprenderá lo que enseña la Iglesia Católica acerca de las otras religiones, y lo que se ha enseñado sobre las otras religiones desde el Concilio Vaticano II.
► Usted aprenderá que el aparecimiento de una falsa Iglesia en los últimos días —una secta que quiere engañar y conducir a los católicos a la perdición en los tiempos de la Gran Apostasía— fue predicho por Jesucristo, por la Madre de Dios en su aparición de 1846  en La Salette (Francia), y en otras profecías católicas, incluyendo la del papa León XIII.
► Usted aprenderá, sin que quede duda alguna, que la “Iglesia” nacida del Concilio Vaticano II es una falsa Iglesia —con nuevas enseñanzas, nuevas prácticas, antipapas manifiestamente herejes y una nueva misa que se oponen a la enseñanza de la Iglesia Católica.
► Las enseñanzas heréticas y falsas de esta falsa Iglesia y sus antipapas son expuestas y refutadas en este libro en tremendos detalles objetivos. Este libro contiene:

·      La más devastadora denuncia hasta ahora producida de las herejías contenidas en los documentos del Segundo Concilio Vaticano (1962-1965)…
·      La más devastadora denuncia que se haya hecho de las herejías de Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, incluyendo las chocantes acciones del “ecumenismo” interreligioso…
·      Un examen detallado de la revolución litúrgica (los cambios a la misa y a los sacramentos después del Vaticano II) y el por qué muchos de los nuevos sacramentos (incluyendo la Nueva misa) son inválidos según la enseñanza sacramental de la Iglesia Católica…
·      Una respuesta a las principales objeciones colocadas por quienes dicen que las conclusiones presentadas en este libro no están conformes a la enseñanza católica sobre el papado o la indefectibilidad de la Iglesia Católica…
·      Una vigorosa exposición de los frutos podridos que se han derivado del Concilio Vaticano II, que son tan reveladores acerca de la verdad de lo que ha ocurrido desde el Concilio Vaticano II, incluyendo el abominable escándalo sexual sacerdotal (y por qué ocurrió), el escándalo de la comunión dada a los políticos proabortistas, el estado abominable de los seminarios post-Vaticano II y las órdenes religiosas, el fiasco de la anulación matrimonial, la unión de la Iglesia post-Vaticano II con la cultura pagana, la apostasía de la jerarquía post-Vaticano II, y mucho más…
·      Este libro cubre en detalle muchas de las cuestiones planteadas por los diferentes grupos católicos tradicionales que han concluido correctamente que el Concilio Vaticano II inició una apostasía, pero difieren en lo que concluyen al respecto

Este libro se basa en años de la más intensa investigación, incluyendo: un estudio de todas las encíclicas papales desde 1740 (año en que se introdujo la forma moderna de la encíclica), un estudio de los decretos de los concilios ecuménicos de la historia de la Iglesia y otras bulas papales, la investigación de cada número publicado del periódico del Vaticano por semana desde el 4 de abril 1968 hasta el presente, un estudio intenso de la historia católica, y mucho más. Ningún católico puede darse el lujo de no leer esta obra monumental.


Descargue gratis el libro en el sitio LaGranApostasia.com o escribiendo a info@lagranapostasia.com

lunes, 8 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción – II, 8 de diciembre

Cómo su pureza genera la intransigencia y la combatividad

Plinio Corrêa de Oliveira

Nuestra Señora fue concebida sin pecado original. Ella tuvo una pureza perfecta, sin malas inclinaciones. Por lo tanto, ella tuvo una gran facilidad para corresponder enteramente a la gracia de Dios en todo momento. La grandeza natural y sobrenatural se fusionaban en su alma en una profunda y extraordinaria armonía. Por encima de todas las demás criaturas, ella tuvo el más alto noción de la santidad de Dios y de su correspondiente gloria. Ella conocía y conoce cómo todos los seres creados deben glorificar a Dios.
Como consecuencia, ella también tenía un profundo horror de lo que es opuesto al bien, de lo que es malo. Ella tenía una gran intransigencia contra esos males, un completo rechazo a sus formas más mínimas y una fuerte combatividad en contra de ellos. Es por eso que la Sagrada Escritura se refiere a Nuestra Señora como “terribilis ut castrorum acies ordinata”, un terrible ejército en orden de batalla. La Iglesia también dice que ella sola venció todas las herejías. Para celebrar este hecho, en las estatuas de la Inmaculada Concepción, la Virgen aparece aplastando la cabeza de la serpiente.
La fiesta de la Inmaculada Concepción es, por tanto, en muchos sentidos, la conmemoración de su pureza, su intransigencia y combatividad.
Veamos más de cerca lo que es la intransigencia. Cuando una persona tiene una muy clara noción de lo que es bueno y una comprensión de las más altas expresiones del bien, esa persona sabe que lo opuesto es malo. No es un conocimiento teórico, como el de un científico que analiza un espécimen en un laboratorio, sino un conocimiento que viene de la mano con un gran amor por el bien. La persona reconoce naturalmente lo que es opuesto a ese bien, que es el mal, y odia el mal con una intensidad  proporcionada a la magnitud de su amor por el bien.
Dado que ama los más altos ideales que representa el bien, no puede tolerar lo puesto al bien, porque ve claramente el mal existe en ello. Rechaza el mal no solo en su conjunto, sino en cada una de sus partes. Rechaza el mal no sólo cuando es muy intenso, sino cuando apenas aparece. En esto consiste la intolerancia y la intransigencia.
El espíritu humano está constituido de tal manera que cuando un hombre odia el mal, él aumenta y perfecciona su amor por el bien. En cierto modo, la presencia de algo que él rechaza refuerza su convicción y su amor por el bien. La psicología humana está tan establecida que tal contraste hace que la persona sea más consciente de cómo el bien es bueno. Por ejemplo, nosotros amamos más nuestra vocación contrarrevolucionaria cuando podemos ver concretamente cómo los revolucionarios la odian. Al ver esto, recibimos una confirmación de que estamos tomando la posición correcta.
¿Qué es la combatividad? La combatividad es una consecuencia de la intransigencia. Es tomar una decisión deliberada para destruir el mal que se opone a la gloria de Dios. Es una deliberación tranquila seguida de la utilización de todos los medios que uno tiene a su disposición para lograr ese objetivo. No es una resolución pasajera para luchar durante un solo episodio cuando el mal está atacando al bien, sino que es una determinación permanente aplicada a todos los aspectos del mal y a través de toda la vida de una persona. La persona no descansa hasta que el mal sea destruido.
La verdadera combatividad no descansa hasta que el mal sea reducido a cenizas. En Portugal había una expresión con respecto a la maldad que se aplicaba de diferentes maneras en la antigua Ley portuguesa: El mal debe ser reducido a cenizas por el fuego. Si un hombre cometía un crimen terrible, recibía la sentencia de castigo capital: su cuerpo era quemado y sus cenizas dispersadas en el aire o en el agua. Esa era una aplicación de aquel axioma.
Aquí no estoy abogando a que este castigo sea aplicado a tal o cual persona en tal o cual Estado en la actualidad. Lo estoy tomando como un principio general para ser aplicado a la lucha de las ideas e instituciones. Un hombre malo puede ser muerto, y él desaparece. Pero, ¿quién puede matar una mala idea o destruir una conspiración revolucionaria que se empeña en impedir que Dios reciba la gloria que Él se merece y que la Santa Madre Iglesia realice su misión sobre la tierra? Para esta lucha necesitamos una verdadera combatividad que reduzca la Revolución y a sus cohortes a las cenizas por el fuego. Este tipo de intransigencia y combatividad eran dos atributos de Nuestra Señora que son consecuencias del privilegio de su Inmaculada Concepción.
¿Qué debemos pedirle a la Virgen en este día de fiesta? Debemos pedirle un gran amor a Dios y una alta comprensión de su gloria, que como consecuencia natural nos dará una gran intransigencia y combatividad.

Recuerdo que Santa Teresa de Lisieux se lamentaba de que no podía ser un guerrero y luchar con una espada contra los enemigos de Dios. Esta es el alma de un santo. Ella deseaba luchar por Dios en todos los lugares y en todos los tiempos. Así es como debemos ser. Pidámosle a Nuestra Señora la pureza y combatividad propia a la santidad para que podamos ser sus verdaderos hijos e hijas.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción - I

La santa intransigencia, un aspecto de la Inmaculada Concepción

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo, Nº 45 - septiembre de 1954

Cuadro conmemorativo de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción
En la vida de la Iglesia, la piedad es el asunto clave. Piedad bien entendida, que no sea la repetición rutinaria y estéril de fórmulas y actos de culto, sino la verdadera piedad, que es un don bajado del Cielo, capaz de, por la correspondencia del hombre, regenerar y llevar a Dios las almas, las familias, los pueblos y las civilizaciones.
Ahora bien, en la piedad católica el asunto clave es, a su vez, la devoción a Nuestra Señora. Pues si es Ella el canal por medio del cual nos vienen todas las gracias, y es por Ella que nuestras oraciones llegan hasta Dios, el gran secreto del triunfo en la vida espiritual consiste en estar íntimamente unido a María.
La humanidad, antes de Jesucristo, se componía de dos categorías nítidamente diversas, los judíos y los gentiles. Aquellos, constituyendo el Pueblo Elegido, tenían la Sinagoga, la Ley, el Templo y la Promesa del Mesías. Estos últimos, dados a la idolatría, ignorantes de la Ley, con falta de conocimiento de la Religión verdadera, yacían a la sombra de la muerte, esperando sin saberlo, o movidos a veces por un secreto impulso, al Salvador que debería venir. Entre los gentiles, aún se podrían distinguir dos categorías: los romanos, dominadores del universo, y los pueblos que vivían bajo la autoridad del Imperio. Un análisis de la época en que ocurrió la venida del Mesías implica hacer el examen de la situación en que se encontraba cada una de estas fracciones de la humanidad.

Poder, gloria y decadencia

Se habla mucho del valor militar de los romanos y del brillo de las conquistas que hicieron. Es obvio que hay mucho que admirar en ellos bajo este punto de vista. Pero una exacta ponderación de todas las circunstancias históricas nos obliga a reconocer que, si los romanos hicieron grandes conquistas, los pueblos que dominaron estaban en su mayor parte viejos y gastados, dominados por sus propios vicios, y por esto propensos a caer bajo el guante del primer adversario que se les opusiese. Afirmación ésta válida tanto para Grecia cuanto para las naciones de Asia y de África, excepción hecha tal vez de Cartago.
¿Qué es lo que había reducido a ese estado de debilidad a tantos pueblos, otrora dominadores y llenos de gloria? La corrupción moral. La trayectoria histórica de todos ellos es la misma. Al inicio, se encontraban en un estado semi-primitivo, llevando una vida simple, dignificada por una cierta rectitud natural. De ella les viene la fuerza que les permite dominar a los vecinos y constituir un imperio. Pero con la gloria viene la riqueza, con la riqueza los placeres, y con éstos la disolución de costumbres. La disolución de costumbres trae a su vez la muerte de todas las virtudes, la decadencia social y política y la ruina del imperio.
Y así, uno después de otro, fueron apareciendo en el escenario histórico, creciendo hasta su pináculo y menguando, los grandes pueblos del Oriente. Todas las naciones civilizadas que Roma venció habían recorrido las diversas etapas de este ciclo. Ella misma las recorrió a su vez. Las virtudes familiares de la Roma de la Realeza y de la República aristocrática le dieron la grandeza. Al final de la República, el lujo comenzó a depravar los caracteres y tuvo comienzo la decadencia. El Imperio, que es en su comienzo una magnífica puesta de sol, se transforma gradualmente en pardo crepúsculo sin gloria.

La humanidad en la noche moral

Fue en el momento en que Roma entraba en la fase aún áurea de esa ruta descendente, que Jesús nació. La historia de los futuribles es peligrosa. En todo caso, es permitido indagar qué habría ocurrido en el mundo mediterráneo, cuando Roma terminase su involución, si el Verbo de Dios no se hubiese encarnado.
Hasta entonces, cada nación civilizada pasaba el legado de su cultura al vencedor. Los persas, por ejemplo, se nutrieron de la cultura asiro-babilónica y egipcia. Los griegos se nutrieron de la cultura egipcia y persa, los romanos de la cultura griega. Y así, caminando del Oriente hacia el Occidente, vino siendo transmitida la civilización. Extinta Roma, ¿en qué manos quedaría el legado? En la de los bárbaros. Pero la Historia prueba que, sin la participación de la Iglesia, ellos no se habrían civilizado por ocasión de las invasiones, y así, sin Jesucristo la caída de Roma habría sido el colapso de Occidente. Con el ocaso de Roma, iniciado ya antes de Cristo, era todo Occidente que amenazaba con desplomarse. Era el fin de una cultura, de una civilización, de un ciclo histórico. Era un fin de mundo...
Ahora bien, el pueblo elegido también estaba en su fin. Dos tendencias siempre se habían sobresalido en él. Una quería permanecer fiel a la Ley, a la Promesa, a su vocación histórica, confiando enteramente en Dios. Otra, empero, de poca fe, de poca esperanza, se amedrentaba considerando la nula valía militar y política de los judíos en el mundo antiguo.
Diferentes de todos los pueblos por su raza, su lengua, su Religión, exiguos como población y territorio, estaban los israelitas a punto de ser sumergidos ya antes de Cristo. La mejor estrategia que los partidarios de la politique de la main tendue [política de mano extendida] tenían en la Antigua Ley no consistía en resistir, sino en ceder. De ahí una adaptación del pueblo elegido al mundo gentílico, la penetración subrepticia de doctrinas exóticas en la Sinagoga, la formación de un sacerdocio sin fibra, sin espíritu de sacrificio, dispuesto a todo para vegetar indolentemente a la sombra del Templo, y la propensión de una inmensa mayoría de judíos a seguir esta política.
Los líderes de esta tendencia ocupaban todo, invadían todo, dominaban todo. Con la epopeya de los Macabeos, había terminado la influencia de los partidarios de la integridad israelita. Éstos eran en el tiempo de Cristo apenas unos raros hombres de elección, que aquí y allá suspiraban y lloraban en la sombra, a la espera del Día del Señor. Los otros abrieron los brazos al enemigo dominador. El pueblo elegido había caído también bajo el yugo romano. Era también un fin. La noche, la noche moral del obscurecimiento de todas las verdades, de todas las virtudes, había caído sobre el mundo entero, gentilidad y Sinagoga...

En aquella época tenebrosa...

Fue en ese colmo de males, en ese ambiente opuesto a todo bien, que nació la más santa de las criaturas, la Llena de Gracias, que todas las naciones habrían de llamar Bienaventurada. Pues ya era ésta, en líneas generales, la situación en la época en que vino al mundo la Santísima Virgen.
Las proporciones de un artículo como éste no permiten una descripción pormenorizada del cuadro moral del mundo romano. Lo que además no sería muy necesario, pues ese cuadro es generalmente conocido. En toda la extensión del Imperio, aristocracias nacionales en el último estado de descomposición moral se mezclaban con aventureros enriquecidos en los negocios, en la política o en la guerra, con libertos llevados a la cumbre de la influencia por el favoritismo, con actores y atletas famosos, en una vida de continuos placeres, en que los decadentes traían toda la languidez de su spleen, los aventureros todas las disoluciones de sus apetitos aún mal cebados, los favoritos, los actores y los atletas todo el ambiente de adulación, de insolencia, de intriga, de falsedad, de politiquería gracias al cual se mantenían.
Augusto, en cuyo reinado nació Jesucristo, intentó en vano detener el paso a todos esos abusos, que en su tempo iban tendiendo a afirmarse de modo alarmante. Nada consiguió de duradero.
En contraposición con esta élite —si es que así se la puede llamar— estaba un mundo incontable de esclavos de todas las naciones, de trabajadores manuales miserables, corrompidos al peso de sus propios vicios y de los ejemplos venidos de lo alto. Hambrientos, maltratados, codiciosos, ociosos, querían deponer a sus amos, menos por la indignación que les causaban sus excesos que por el pesar de no poder llevar la misma vida que ellos. Todo un cuadro, en fin, que no es preciso tener gran cultura para conocer, ni mucha finura para sentir en su realidad vital, pues no difiere sensiblemente de los días tenebrosos en que vivimos...

...la Obra Maestra de la naturaleza

Pues bien, mientras esto era el mundo antiguo, ¿quién era la Santísima Virgen, que Dios creó en aquella época de omnímoda decadencia? — La más completa, intransigente, categórica, incontestable y radical antítesis del tiempo.
El vocabulario humano no es suficiente para expresar la santidad de Nuestra Señora. En el orden natural, los santos, los Doctores de la Iglesia la comparan al sol. Pero si hubiese algún astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el sol, es a ese astro que la compararían. Y acabarían por decir que ese astro daría de Ella una imagen pálida, defectuosa, insuficiente.
En el orden moral, afirman que Ella transcendió ampliamente todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino —lo que es inmensamente más— de todos los santos de la Iglesia Católica. Imagínese una criatura que tenga todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzaga, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: no llegaría a los pies de Nuestra Señora.
Más aún. La gloria de los ángeles tiene algo de incomprensible al intelecto humano. Cierta vez, se le apareció a un santo su Ángel de la Guarda. Tal era su gloria, que el santo pensó que se trataba del propio Dios, y se disponía a adorarlo, cuando el ángel le reveló quién era. Pues bien, los Ángeles de la Guarda no pertenecen habitualmente a las más altas jerarquías celestiales. Y la gloria de Nuestra Señora está inconmensurablemente por encima de todos los coros angélicos.
¿Podría haber contraste mayor entre esta Obra Maestra de la naturaleza y de la gracia, no sólo indescriptible sino hasta inconcebible, y el charco de vicios y miserias que era el mundo antes de Cristo?

La Inmaculada Concepción

A esta criatura dilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios le confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.
En virtud del pecado original, la inteligencia humana se volvió sujeta a errar, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos, la sensibilidad quedó presa de las pasiones desarregladas, el cuerpo por así decirlo fue puesto en estado de rebeldía contra el alma.
Ahora bien, por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. El intelecto jamás expuesto a error, dotado de un entendimiento, una claridad, una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas, tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la Tierra. La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en sí ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.
Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquélla enriquecidas y super-enriquecidas de gracias inefables, perfectamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O, mejor dicho, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de formar se una idea de lo que la Virgen era.

“Inimicitias ponam”

Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en sus días. Y con ello sufrió amargamente. Pues cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.
Ahora bien, María Santísima tenía en sí abismos de amor a la virtud, y, por lo tanto, sentía forzosamente en sí abismos de odio al mal. María era pues enemiga del mundo, al cual vivió ajena, segregada, sin ninguna mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.
El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María. Pues no consta que le hubiese tributado admiración proporcionada a su hermosura castísima, a su gracia nobilísima, a su trato dulcísimo, a su caridad siempre compasiva, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.
¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué comprensión podría haber entre Aquella que era toda del Cielo y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todos idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido perfecto de todas las cosas, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todos exceso, extravagancia, desequilibrio, sentido equivocado, cacofónico, contradictorio, hiriente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones, en que todas las verdades se mezclaban y se corrompían en la monstruosa interpenetración con todos los errores que les son contrarios?
Inmaculada es una palabra negativa. Significa etimológicamente la ausencia de mácula, y pues de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la fe y en la virtud. Es por lo tanto la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible, la aversión completa, profunda, diametral a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien es la ortodoxia, la pureza, al estar en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida al mal, odió sin medida a Satanás, a sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne.
Nuestra Señora de la Concepción es Nuestra Señora de la santa intransigencia.

Verdadero odio y amor

Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y según tan razonablemente se cree, Ella pedía el advenimiento del Mesías y la gracia de ser una sierva de aquella que fuese escogida para ser Madre de Dios.
Pedía al Mesías, para que viniese Aquel que podría hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la Tierra, para que se levantase el Sol divino de todas las virtudes, golpeando por todo el mundo a las tinieblas de la impiedad y del vicio.
Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los justos que vivían en la Tierra encontrasen en la venida del Mesías la realización de sus deseos y de sus esperanzas, que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los países, de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo a las más altas cumbres de la santidad. Pues éstas son por excelencia las victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.
La Virgen quería la gloria de Dios por esa justicia, que es la realización en la Tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la venida del Mesías, Ella no ignoraba que Él sería la piedra de escándalo, por la que muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador empedernido, este aniquilamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra Señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. “Ut inimicus Sanctae Ecclesiae humiliare digneris; te rogamus, audi nos” [Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia; te rogamos, óyenos], canta la Liturgia. Y antes que la Liturgia, por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles.
Admirable ejemplo de verdadero amor, de verdadero odio.

Omnipotencia suplicante

Virgen del Apocalipsis,
Monasterio de la Concepción, Ñaña
Dios quiere las obras. Él fundó la Iglesia para el apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.
Reina de todos los apóstoles, Nuestra Señora es sin embargo principalmente modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de una virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable, y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas flojas que hacen de la vida interior un cortaviento a fin de disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia. Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de su Hijo infinitamente inocente y santo? ¿Quién hizo más por los hombres que Aquella que consiguió que se realizase en sus días la promesa del Salvador?
Pero, confiante sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de apostolado, haciendo de una y otra su principal instrumento de acción?

Aplicación a nuestros días

Tanto valen a los ojos de Dios las almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer al mundo las gracias divinas.
Estamos en una época parecida con la de la venida de Jesucristo a la Tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que el espectáculo de las desgracias contemporáneas “es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse los principios de aquellos dolores que habían de preceder al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora” (Encíclica Miserentissimus Redemptor, del 8 de mayo de 1928).
¿Qué diría hoy?
Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer? — Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes que nada, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

El ejemplo de Nuestra Señora, sólo se puede imitar con el auxilio de Ella. Y el auxilio de Nuestra Señora, sólo se puede conseguir con la devoción a Ella. Pues bien, ¿qué mejor forma de devoción a María Santísima puede haber que pedirle, no sólo el amor de Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal, en una palabra, aquella santa intransigencia que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción?  

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La apostasía de Francisco en la mezquita azul (video en inglés)



El Sábado, 29 de noviembre 2014, el antipapa Francisco cometió otro acto público de apostasía orando con el gran mufti islámico dentro de la Mezquita Azul en Estambul, Turquía.

martes, 2 de diciembre de 2014

La primera piedra del gobierno mundial

En estos momentos, gente en las altas esferas está trabajando activamente en crear las bases para un nuevo orden internacional, basado en el establecimiento de un único gobierno mundial a escala planetaria.
Pero para conseguir sus planes, primero deben poner la piedra angular que sostendrá todo el proyecto en pie.
Mucha gente cree esa piedra angular para el establecimiento de un gobierno mundial es la ONU.
Pero la verdad es que con la creación de un órgano como la ONU no hay suficiente: hace falta un factor adicional determinante.
En 1986 Ronald Reagan pronunció una frase memorable, cargada de ironía, en la que exponía cuáles son las palabras más terroríficas de la lengua Inglesa: “Soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”
A pesar de que la frase es muy cierta, creo que debe hacérsele una pequeña corrección. Las palabras más aterradoras en realidad son: “Soy del gobierno y necesitamos más dinero”
Palabras muy parecidas a estas, son, de hecho, las que se pronuncian desde elevadas posiciones estos últimos días.
Ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble
Un ejemplo de ello lo encontramos en el ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble en una columna de opinión titulada: “Por qué la Tributación debe ser Global”. Ésta frase debería ser suficiente para provocarle escalofríos a todo el mundo, pero la mayoría de gente lee un titular como éste y simplemente se encoge de hombros con indiferencia.
Para entender por qué sucede esto, debemos comprender cómo las palabras “gobierno” y “impuesto” han sido concebidas para evitar que la gente vea cómo están siendo gobernados en realidad.
Si se llamaran abiertamente como lo que son, es decir, “mafia” y “extorsión”, ¿quién aceptaría su presencia normal en nuestras vidas?
Siglos de lavado de cerebro han servido para oscurecer la mente de la gente ante la realidad del gobierno y los impuestos.
Pero con la siguiente explicación lo veremos todo mucho más claro: si alguien viene a exigirte dinero bajo amenaza de cautiverio o incluso de muerte, entonces verás claramente que ese alguien es un mafioso.
Sin embargo, si viene a exigirte dinero bajo amenaza de cautiverio o incluso de muerte y, al mismo tiempo dice que es un “servidor público”, entonces deja de ser considerado un mafioso y es llamado “recaudador de impuestos del gobierno”.
Esta es la realidad.
Pero hay un interesante corolario para este argumento: un “gobierno” no es realmente un gobierno a menos que pueda extraer tributos de sus ciudadanos. Si no puede cobrar impuestos, no es más que un viejo monstruo desdentado que vive en el bosque; nadie creerá en él y los que lo hagan no lo tomarán en serio.
Un ejemplo claro de ello: las Naciones Unidas (ONU).
La ONU habla y se presenta como un gobierno; tiene una asamblea donde representantes (no electos) van a pavonearse y a hacer grandes discursos políticos, como en un gobierno; tiene una bandera y un himno y todos los símbolos de un estado. Incluso tiene la apariencia física de un gobierno: se reúne en salones de actos ornamentados y dispone de una burocracia enorme, que como sucede con todos los gobiernos, es culpable no sólo de los pecados de omisión, sino de los pecados de comisión.
Pero en realidad la ONU no es un gobierno y nadie lo considera como tal en ninguna parte.
¿Por qué?
Simplemente, porque no puede obligar a nadie a hacer lo que quiere y no puede obligar a nadie a darle dinero. Y por lo tanto, a la ONU nadie la toma en serio en el escenario mundial, a menos que sea por algún motivo de ventaja propagandística.
La élite financiera situada en la parte superior de la pirámide de poder siempre ha sabido que imponer un impuesto global (apoyado con la capacidad de hacerlo pagar) es la piedra angular sobre la que gira su sueño de implementar un gobierno global para todo el planeta.
Al igual que ha sucedido con la imposición de cualquier otro impuesto anterior, no importa lo intrascendente que sea el impuesto en sus inicios: lo importante es crear el concepto inicial y acostumbrar a la población a él.
Pongamos un ejemplo muy claro de este mecanismo.
En EEUU, el impuesto sobre la renta fue “vendido” inicialmente a la opinión pública como un impuesto menor que sólo afectaría a los ricos, cuando se presentó por primera vez en 1913. Y una vez acostumbrada la gente a su existencia, con el tiempo, el impuesto se convirtió en obligatorio para toda la población, sin excepción.
Así es exactamente es como se creará el impuesto mundial: se venderá como un “bien público” al que muy pocos se atreverán a oponerse.
De hecho, ya ha habido algunos primeros intentos para instituir un primer impuesto global.
Una de las ideas que se ha hecho circular en varias ocasiones en los últimos años es el de un impuesto mundial al carbono.
Después de décadas de adoctrinamiento, un gran porcentaje de la población occidental está ahora dispuesta a creer que el dióxido de carbono está alterando gravemente el clima y que el mundo se va a acabar por el calentamiento global supuestamente provocado por el hombre. Como resultado, un gran número de personas están convencidas de que la solución es desincentivar la civilización gravando su propia existencia. Ésta es la esencia de la propuesta de “impuesto mundial al carbono” que ha sido empujado personajes como Ralph Nader en el Wall Street Journal, en un artículo de opinión del año 2008, titulado: “Necesitamos un impuesto mundial al carbono” y por otros personajes como Suresh Naidu en Jacobin Mag en un artículo de opinión del año 2014 imaginativamente titulado: “Necesitamos un impuesto mundial al carbono”.
Afortunadamente estas propuestas no han logrado traducirse en algo concreto en el plano político y parece que ésta propuesta va para largo.
Otra idea parecida que busca establecer un impuesto mundial es la popular “Tasa Tobin”, también llamada “Impuesto Robin Hood”.
Básicamente, la Tasa Robin consiste en imponer una tasa sobre las transacciones financieras, incluidas las compras y ventas de acciones, bonos, fondos mutuos, futuros y otros instrumentos. Incluso un pequeño impuesto del 0,05% por transacción sería suficiente para acumular grandes cantidades de dinero y a la vez desalentar el comercio de alto volumen y la especulación desenfrenada, mientras que los pequeños y medianos inversores ni tan solo notarían su presencia. Parece una gran idea, que aparentemente no tiene nada de malo, pero que en realidad representaría un primer paso en la dirección de crear un impuesto global y establecer un gobierno global. Pero de momento, la propuesta tampoco logra arrancar.
Como los globalistas están descubriendo, incluso ofreciendo toneladas de propaganda al público, no llegan a conseguir convencer a la población de que acepte un impuesto global. Por lo tanto, y al menos de momento, es improbable que consigan que la gente apoye la creación de un impuesto global recaudado por las Naciones Unidas.
Pero existe una alternativa ingeniosa con la que pueden salirse con la suya.
¿Y si en lugar de imponer un “impuesto global”, imponen un “impuesto local”, coordinado a nivel global? ¿Cómo respondería entonces la población?
Esto puede estar ocurriendo delante de nuestras narices.
Y es que los tratados y acuerdos comerciales son otro elemento vital para establecer un gobierno mundial.
Tienen la capacidad de socavar la soberanía nacional e incluso alterar la constitución de un país, y por lo general se resuelven a puerta cerrada, en reuniones secretas llevadas a cabo por los llamados “representantes” del pueblo, conjuntamente con otras élites de poder de otras naciones. Del mismo modo que se pueden utilizar para cambiar las leyes, normas y reglamentos de un país, también, pueden ser utilizados para imponer gravámenes a personas de todo el mundo.
Éste es el caso de una negociación a puerta cerrada que tuvo lugar entre miembros de la Organización Mundial de la Salud en Moscú, el mes pasado.
El encuentro fue tan secreto, que la prensa fue expulsada físicamente fuera de la sala en la se llevaban a cabo las deliberaciones.
¿Cuál era su agenda secreta? Implementar un impuesto del 70% sobre el tabaco, un impuesto que va a ser aplicado por todos los signatarios de un acuerdo anti-tabaco de la ONU.
Al ser aplicado, el impuesto elevará el precio mundial promedio de los cigarrillos en un 107%.
Si esto sigue adelante según lo previsto, se trata de un incidente preocupante.
¿Por qué razón?
Porque se crea un precedente que posteriormente podrá aplicarse a cualquier clase de productos de consumo, mediante la aplicación de impuestos arbitrarios de “armonización”.
Y eso puede llevar, incluso a eliminar del mercado, productos “indeseables”.
Cuando esto se hace con los cigarrillos, la mayoría de gente presta apoyo a la medida, por motivos sanitarios.
Pero ¿qué pasará cuando esto se aplique a otros sectores de la economía, o incluso a las tasas fiscales en general?
Como señala Lorenzo Montanari en un reciente artículo en Forbes:
“En los últimos meses Irlanda ha enfrentado una fuerte presión internacional y críticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre sus políticas pro-empresariales, incluyendo su competitiva tasa de impuesto de sociedades del 12,5% . Este es sólo otro ejemplo de una organización internacional no respaldada por ningún mandato electoral interfiriendo y socavando la soberanía nacional y la competitividad internacional”.
El sueño de crear un gobierno verdaderamente global con el poder de imponer y hacer pagar impuestos aún queda un poco lejos, pero con la aplicación de impuestos sobre el consumo a nivel mundial y la continua presión para “reprimir a los evasores de impuestos” (la excusa perfecta), mediante la armonización de las leyes fiscales y el intercambio de información fiscal entre los países, se estarán situando los primeros bloques de construcción de este sueño de las élites.
Esa es la auténtica razón por la que se habla de forma tan insistente de “los grandes evasores de impuestos” y de los “paraísos fiscales”.
¿Cuál creíais que era su objetivo final?
¿Crear un mundo más próspero y un planeta más feliz y más libre para todos?
Si realmente crees algo así, debes ser de ese tipo de personas que creen que el gobierno está ahí para ayudarte…

Artículo escrito por James Corbett en “The International Forecaster”

Tomado de El Robot Pescador

domingo, 23 de noviembre de 2014

La realeza de Cristo Rey – 23 de noviembre

Plinio Corrêa de Oliveira

La idea de la realeza de nuestro Señor Jesucristo ha estado presente en la Iglesia desde el tiempo de su vida en la tierra. Por ejemplo, fue él mismo quien lo afirma cuando Pilato le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”. Y él le respondió y dijo: “Tú lo dices” (Lucas 23, 3).

Bajo varios títulos encontramos manifestaciones de Cristo como Rey presente en la Iglesia desde sus comienzos. Hay una devoción muy antigua que se llama el Cristo Pantocrátor – la palabra griega para Cristo como Señor de todas las cosas. Él está sentado en majestad en un trono y rodeado por un arco iris circular o por una aureola.

El arco iris en las Escrituras simboliza la alianza que Dios hizo con el hombre después del diluvio; la aureola es un símbolo que estaba reservado para indicar que Él se levantó de la muerte. Desde su trono en las alturas Él gobierna sobre todas las cosas. Es decir, Él gobierna sobre la Iglesia triunfante y la Iglesia militante, las que Él gobierna como Rey desde su ascensión hasta los últimos tiempos, y, de ahí en adelante, para siempre jamás. Él es el soberano y señor de todas las cosas.

Cristo merece el título de rey por dos razones distintas


Esta noción de Cristo Rey implica que Él no sólo es el rey de todas las cosas, sino principalmente el Rey de todos los hombres. Él se merece el título de Rey como el Hijo de Dios encarnado y también como nuestro Redentor. Estos dos derechos de la realeza que Él tiene sobre nosotros no son idénticos. El primero es, podemos decir, un derecho de nacimiento; el segundo es un derecho de conquista.
Él es nuestro Rey por derecho de nacimiento, porque hay un principio que establece que cuando un ser es inmensamente superior a otro, el primero adquiere autoridad sobre el segundo. Nuestro Señor tiene una superioridad sobre nosotros infinita, porque él es un hombre hipostáticamente unido a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por su humanidad, así como su divinidad, Él es el Rey y la cabeza de toda la humanidad.

Él es también Rey del género humano como Redentor, porque Él redimió a la humanidad: Él se sacrificó, inmolándose en la Cruz, y con su ofrenda, Él salvó a la humanidad del infierno y abrió las puertas del cielo. Con su sangre conquistó toda la humanidad. Él adquirió un derecho real sobre todos los hombres. De ahí que la realeza de Cristo Nuestro Señor puede contemplarse considerándolo ya sea en su trono o en su cruz, porque los dos derechos, aunque diferentes, son, sin embargo reversibles.

Rey de la Iglesia y Rey del Estado

La humanidad puede ser vista en dos tipos de sociedades: la sociedad espiritual (la Iglesia) y la sociedad temporal (el Estado).

Nuestro Señor es el Rey de la sociedad espiritual, la Iglesia Católica. Él fue su fundador; Él es la fuente de toda gracia y privilegio; Él estableció sus preceptos. Él es la cabeza de esta sociedad monárquica, también llamada a su Cuerpo Místico. Por lo tanto, Él es el Rey de la Iglesia en el sentido propio y verdadero de la palabra.

El Papa es el rey de la Iglesia, puesto que él es el Vicario de Cristo, el representante de Cristo. El poder monárquico que ejerce el Papa ―el poder de las llaves― es un poder que Cristo ha delegado a su Vicario.


Una noción imprecisa a menudo propagada entre los católicos acerca de la separación de la Iglesia y el Estado afirma que la Iglesia sirve a un fin espiritual, mientras que el Estado está volcado hacia un objetivo temporal. La Iglesia conduce a las personas al cielo; el Estado provee a las personas en sus vidas materiales de manera que puedan practicar las virtudes para alcanzar el cielo.
Si hubiera que entender esta separación e independencia en toda su extensión, se podría decir que nuestro Señor es sólo Rey de la Iglesia y que el Estado no tiene un rey. Ello también implicaría que los Estados católicos no tienen que reconocer a nuestro Señor como su Rey. Estas aplicaciones son falsas. Los Estados, por su naturaleza temporal deben tener a nuestro Señor como su Rey. Todo Estado tiene la obligación de aplicar las leyes de nuestro Señor Jesucristo, y, si no es así, se trata de un Estado en una etapa de rebelión contra su verdadero Rey.

¿Es posible demostrar que nuestro Señor es el verdadero Rey del Estado? Ya lo hemos hecho. Él tiene el derecho sobre todos los hombres a causa de su nacimiento como el Verbo encarnado y por su conquista en la redención de la humanidad.

Por lo tanto, el Estado debe reconocer a la Iglesia Católica como la única verdadera y oficial iglesia. No puede permitir el proselitismo de las falsas religiones, aun cuando las reconoce en su lugar en la sociedad ―que no es de relevancia― y las tolera cuando no hay otra solución. Por ejemplo: el Estado brasileño debería siempre evitar permitir la inmigración de protestantes o cismáticos a nuestro país. Si no hay otra solución, sin embargo, lo puede tolerar. Pero lo debe evitar tanto cuando posible, o sería ir en contra de la realeza de nuestro Señor Jesucristo.

Todas las leyes del Estado deberían inspirarse en la Iglesia, como solía ser antes de la Revolución Francesa. De hecho, en esa época, cuando la Iglesia promulgaba una ley, también debía ser aplicada en el Estado sin la necesidad de ser ratificada. Digamos que la Iglesia estableciera nuevas leyes sobre nacimientos, matrimonios, entierros o educación: el Estado automáticamente las acepta y aplica también.

Las autoridades religiosas eran objeto de respeto público y honor porque eran las autoridades de la verdadera Iglesia del Dios verdadero, que era el Rey del Estado.

Para demostrar su respeto por la Iglesia, el Estado debe organizar la vida civil, cultural y artística de acuerdo con la ley de nuestro Señor Jesucristo. Esto es una consecuencia del principio de que nuestro Señor es el Rey de las sociedades humanas.

Estas nociones son muy familiares para nosotros, a pesar de que han sido generalmente olvidadas en la actualidad. Todo lo que escuchamos ya sea desde los púlpitos o las autoridades progresistas nos llevaría no sólo a olvidar, sino también para a estos principios. En consecuencia, nosotros, los católicos nos estamos acostumbrando a la idea errónea de que el Estado debería naturalmente ser a-religioso, que no tiene nada que ver con nuestro Señor Jesucristo. Así, hoy podemos ver el Estado civil constantemente ignorando y negando a nuestro Señor.

Este es el principio de la realeza de nuestro Señor en las dos esferas (temporal y espiritual).

La razón práctica para recalcar estas verdades

Una cosa es creer en estas verdades teóricamente; y otra es vivir con un constante sentido de que son verdaderas. Cada vez que vemos negada la realeza de nuestro Señor en la sociedad civil, tenemos que estar conscientes de ello, sintiendo tristeza por ello e indignándonos por tal negación. Esta verdad debe estar viva en nosotros, como si fuera parte de nuestra piel. Debemos estar tristes al presenciar el laicismo que invade toda la actividad social, en dirección hacia el ateísmo. Debemos soportar la vida en la sociedad actual como unos exiliados, porque se niega la realeza de Jesucristo y se pone todo patas para arriba. Debemos hacer una protesta interna continua contra esta situación.

Sólo con este estado mental podemos ser verdaderos soldados de Cristo Rey.


Por ejemplo, si vamos a la sala de un tribunal brasileño y encontramos un crucifijo en la pared. Hay dos maneras de ver esto. Una es la manera sentimental ―un poco tonta― cuando la persona piensa: “¡Ah, qué hermoso tener a nuestro Señor allí! Él está ejerciendo su influencia sobre los juicios y las sentencias. ¡Mira a ese juez ― debe ser un buen padre de familia, siempre mirando a Cristo en la cruz! Y la parte demandada ― ¡cuántas gracias él debe estar recibiendo de la presencia de nuestro Señor allí!... Y considerar su influencia sobre esos serios miembros del jurado... ¡Ah, qué hermoso es tener a Cristo ahí”!

Creo que esta es una manera sentimental y liberal para no ver la realidad y el verdadero tomento que Cristo está sufriendo por la negación de su realeza que está ocurriendo allí en esa sala. La realidad es bastante diferente de lo que el sentimental católico está pensando. Aunque es bueno tener un crucifijo allí, todo el sistema del derecho y de la justicia de nuestro país hace caso omiso de Jesucristo. Por tanto, el choque de ese remanente de un viejo orden, con el laicismo que domina la ley y los sistemas de justicia actuales, hace una afrenta a nuestro Señor.

Por lo tanto, el verdadero y fiel vasallo de Cristo Rey, el verdadero guerrero de Cristo Rey, debe constantemente mantener una plena noción de lo que está sucediendo a su alrededor, viendo y lamentando todo lo que niega la realeza de nuestro Señor. Es inútil sólo tener ideas abstractas genéricas si no se aplican a las situaciones prácticas de la vida.

Un católico que no asume una actitud de tristeza y amargura cuando ve la realeza de nuestro Señor siendo negada hoy no es un verdadero soldado de Cristo Rey. Debemos estar constantemente tomando esta actitud de amarga tristeza al ver los derechos de nuestro Señor negados a nuestro alrededor. No debería ser una cosa estéril, académica, sino una indignación viril que prepara un contrataque para poner las cosas en su orden correcto tan pronto como sea posible.

Al adoptar esta condición de personas en el exilio, debemos orar a nuestro Señor, pidiéndole que nos permita restaurar su Reino en la tierra de la manera más auténtica y elevada, es decir, a través de la realeza de la nuestra Señora. Es el reino de María que aparece en el horizonte.


Fuente: TIA

domingo, 16 de noviembre de 2014

Derecho consuetudinario – V

Continuación del artículo anterior Derecho consuetudinario IV

La diversidad de riqueza de la legislación medieval
Plinio Corrêa de Oliveira

Si dejásemos que los hombres modernos hicieran sus propias costumbres para gobernarse a sí mismos, ¿se llevarían al caos? Supongamos que les dijésemos a los habitantes de cada barrio de São Paulo que son libres de expresar sus propias costumbres y organizarse a sí mismos de la manera que quieran. No es difícil ver que el resultado sería un gran tumulto.
El duque local, oye y juzga un caso de su territorio
La primera cosa a tener en cuenta es que no podemos construir una fortaleza con piedras desmoronadas. En una época de gran decadencia moral como es la nuestra, cuando le damos a la gente este tipo de libertad, el resultado normal es el desorden. ¿La respuesta entonces sería ponerlos a todos en prisión? No, porque en ese caso tendríamos una tiranía. Por lo tanto, o tendríamos la pretensión de una democracia, que en realidad es gobernada por demagogos y ladrones o tendríamos la tiranía de un dictador.
La verdadera solución es inculcar la moral en la sociedad. El derecho consuetudinario supone evidentemente un nivel mínimo de moralidad para que funcione; éste supone un orden cristiano.
Yo no sería favorable a una aplicación pura y simple de un sistema de derecho consuetudinario en el Brasil actual. Sin embargo, añado lo siguiente: Si las funciones habituales fuesen entregadas a las autoridades sociales auténticas en cada área, creo que esto podría ser un buen comienzo para el restablecimiento de un orden natural. Porque, a través de una especie de sentido innato de la realidad, las auténticas élites sociales son capaces de resolver acertadamente los problemas locales. En cambio, la autoridad política como es concebida, está muy lejos de la vida social real de un área, es artificial y no resuelve nada.
Entonces, ¿por qué toda la sociedad en la Edad Media no cayó en el desorden? Parte de la respuesta radica en el papel del juez de entonces. El juez no tenía el derecho de hacer las costumbres, sino más bien tenía la obligación de hacer juicios basados en ellas. Las costumbres fueron hechas por la sociedad a través de un período de tiempo. El juez, entonces, ordenaba que esas costumbres fuesen codificadas para que él pudiera tomar buenas decisiones. Cuando él no sabía acerca de algunas costumbres locales, que iba a hacer averiguaciones de manera que su juicio tuviera sentido.
Él hacía esto simplemente hablando con la gente. Él iría a hablar con las mujeres que llenaban sus recipientes con agua en el pozo del pueblo; iría a la posada a beber una copa de vino y conversar con algunas docenas de lugareños que conocían las costumbres y, a continuación, juzgaría de acuerdo con ellos. Él juzgaría un caso que le fuese presentado a él no en un foro, porque esos pequeños pueblos no tienen foros, sino en una especie de sesión pública que se parecía a una reunión de la familia, que descansa sobre su propia autoridad patriarcal.
En este sentido, las sentencias del rey San Luis de Francia sentado debajo de la encina de Vincennes, en las afueras de París se volvieron legendarias. Él se sentaba ahí y escuchaba los casos presentados por la gente y les daba soluciones justas. Innumerables jueces de toda Europa hicieron lo mismo.

El rey, el protector de las costumbres

Incluso si un juez no estaba personalmente de acuerdo con una costumbre local, él no tenía el derecho de revocarla. Este derecho sólo le pertenecía al rey, y el rey ejercía este privilegio sólo en tres casos: esto es, cuando una costumbre era contraria a la Ley Natural, a la moral católica o al bien común de la sociedad. Entonces, el rey podía intervenir y abolir la costumbre. Pero, el rey no podía cambiar las otras costumbres. No podía decirles a los toneleros: “Yo sé mejor que ustedes de cómo hacer frente a sus negocios, de manera que impongo esta ley en relación con la manera de cómo hacer que sus barriles”.
San Luis escuchando casos en Vincennes, situaciones parecidas
se repitieron en todo el mundo medieval
San Luis IX fue el gran protector de las costumbres. Él no sólo protegió las buenas costumbres, sino que luchó fuertemente contra las malas costumbres en París. A medida que el rol del rey se desarrolló en el siglo XIII, él comenzó a pasar la función de mantener las buenas costumbres y extirpar las malas al Parlamento de París.
El derecho consuetudinario regula una amplia variedad de situaciones directamente relacionadas con la vida cotidiana concreta. En Inglaterra algunas de esas costumbres se encuentran todavía en uso hoy en día. En Francia, el proceso fue diferente. Sucedió que muchos de los grandes feudos tenían costumbres comunes, lo que constituyó el derecho consuetudinario de regiones enteras como Normandía, Champagne, Auvernia, etc.
Entonces, el rey formó un sistema de derecho para esas grandes regiones sin violar los derechos consuetudinarios y costumbres locales de las regiones más pequeñas. Entre las costumbres locales aún había costumbres diferentes para las distintas clases sociales o las de diferentes situaciones, como por ejemplo las personas que vivían en el bosque local o alrededor de ese lago en particular o en las orillas de ese río. De este modo podemos ver la inmensa diversificación del derecho medieval.
¿Cuál era la importancia de esas costumbres a las que nos referimos? Tienen importancia más o menos en todo. Por ejemplo, en la parte superior de la sociedad, la sucesión a la corona estaba regulada por las costumbres, al igual que los matrimonios entre los nobles, el homenaje de vasallo a su señor feudal. Todas estaban reguladas por costumbres y tradiciones particulares.
Descendiendo en la escala social, las costumbres tratan de todos los aspectos de la vida y del trabajo: directrices para los comerciantes, reglas para los gremios, protocolos para la vigilancia de los bosques y los ríos, leyes para el comercio marítimo, procedimientos para llevar los casos ante los tribunales, códigos de pesos y medidas, que en un principio fueron determinados por el rey, pero más tarde fueron regulados por las costumbres locales en diferentes maneras.
La codificación de las leyes consuetudinarias se hizo común en el
siglo XIII
El derecho consuetudinario fue establecido en todo el territorio europeo. Muchas veces esas costumbres dieron a luz a las cartas, que eran concesiones especiales realizadas con respecto a las costumbres. En los siglos X y XI esas cartas ya eran numerosas. El siglo XII vio el surgimiento de los estatutos municipales para gobernar algunas ciudades, todo ello con el consentimiento del rey y los señores feudales. Esos estatutos fueron simplemente codificaciones de las costumbres locales existentes.
Posteriormente, los libros de costumbres que aparecieron fueron escritos por juristas que los utilizaron para discutir los casos y juzgarlos de acuerdo a las costumbres locales. Cuando estos libros estaban bien escritos, su uso se hizo tan generalizado que adquirieron, por decirlo así, la fuerza de la ley.
El siglo XII también vio compilaciones de las decisiones tomadas por los jueces en base a las costumbres locales. Éstas constituyeron una especie de complemento al derecho consuetudinario y se desarrollaron notablemente en el siglo XIII.
Como esta serie llega a su fin, tenemos para nuestra lectura una visión general de lo que fue el derecho consuetudinario, la forma en que se creó y cómo mantuvo un orden fuerte.
Os dejo un problema a resolver más adelante: En este grupo masivo de diferentes organismos y leyes sociales, ¿cómo, en principio, fueron el orden y la medida establecidos? En esta orquesta de miles de instrumentos, ¿cómo se tocó la gran sinfonía de la cristiandad?
Dejo esta cuestión para otra oportunidad.


Vea los 4 anteriores post de esta serie haciendo clic en I, II, III y IV
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