sábado, 5 de noviembre de 2011

San Pío X: La herejía es el peor de los crímenes


Papa San Pío X, Editae saepe, # 43, 26 de mayo de 1910:

"Es un hecho cierto y bien establecido que no hay ningún otro crimen que ofenda a Dios tan gravemente ni que le provoque su gran ira como lo hace el vicio de la herejía".

¿Existe Dios? Responde Albert Einstein

Las metamorfosis del proceso revolucionario

Como se desprende del análisis hecho en el capítulo anterior, el proceso revolucionario es el desarrollo, por etapas, de ciertas tendencias desordenadas del hombre occidental y cristiano, y de los errores nacidos de ellas.

En cada etapa, esas tendencias y errores tienen un aspecto propio. La Revolución va, pues, metamorfoseándose a lo largo de la Historia.

Esas metamorfosis que se observan en las líneas generales de la Revolución se repiten, en menor escala, en el interior de cada gran episodio de la misma.

Así, el espíritu de la Revolución Francesa, en su primera fase, usó máscara y lenguaje aristocráticos y hasta eclesiásticos. Frecuentó la Corte y se sentó a la mesa del Consejo del Rey.

Después, se volvió burgués y trabajó por la extinción incruenta de la monarquía y de la nobleza, y por una velada y pacífica supresión de la Iglesia Católica.

En cuanto pudo, se hizo jacobino y se embriagó de sangre en el Terror.

Pero los excesos practicados por la facción jacobina despertaron reacciones. Volvió atrás, recorriendo las mismas etapas. De jacobino se transformó en burgués en el Directorio, con Napoleón extendió la mano a la Iglesia y abrió las puertas a la nobleza exiliada, y, por fin, aplaudió el retorno de los Borbones. Terminada la Revolución Francesa, no concluye con ello el proceso revolucionario. He aquí que vuelve a explotar con la caída de Carlos X y la ascensión de Luis Felipe, y así, por sucesivas metamorfosis, aprovechando sus éxitos e inclusive sus fracasos, llegó hasta el paroxismo de nuestros días.

La Revolución usa, pues, sus metamorfosis no sólo para avanzar, sino para practicar los retrocesos tácticos que tan frecuentemente le han sido necesarios.

A veces, movimiento siempre vivo, ella ha simulado estar muerta. Y ésta es una de sus metamorfosis más interesantes. En apariencia, la situación de un determinado país se presenta completamente tranquila. La reacción contra-revolucionaria se distiende y adormece. Pero, en las profundidades de la vida religiosa, cultural, social o económica, la fermentación revolucionaria va siempre ganando terreno. Y, al cabo de ese aparente intersticio, explota una convulsión inesperada, frecuentemente mayor que las anteriores.

Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Parte I, cap. 4

Puede verse el libro en línea en el siguiente enlace: REVOLUCIÓN Y CONTRA-REVOLUCIÓN

lunes, 24 de octubre de 2011

Sahara: país de maravillas

Sahara Wonderland from zoomion on Vimeo. Video en HD, poner pantalla completa para apreciar mejor.

El grupo Bilderberg y las estructuras de poder mundial

Entrevista en 4 partes a Adrian Salbuchi por el Lic. Juan Manuel Soaje Pinto y transmitida en el programa "Soluciones" (Canal 5, La Matanza, Pcia. de Buenos Aires, el 22 de julio de 2010), en la que Salbuchi explica cómo funciona realmente el mundo, qué es el Grupo Bilderberg y otras organizaciones del Poder Mundial Privado, y cuáles son las implicancias de alta peligrosidad para la Argentina y nuestra Región.



domingo, 23 de octubre de 2011

Primavera

Printanière 1/Spring from AGENANCE on Vimeo. Video en HD. Poner pantalla completa para apreciar mejor

En las cárceles de Corea del Norte, las madres matan a los niños para poder sobrevivir

Conozca a una mujer que ha sido testigo del indescriptible mal y que sobrevivió para contarlo.
Durante 28 años, Kim Hye Sook languideció como prisionera en el interior de un antiguo campo de concentración de de Corea del Norte. Ella vio ejecuciones diarias, hambruna masiva, y las madres matando a sus hijos para sobrevivir.

Fuente: CBN News

sábado, 22 de octubre de 2011

La crisis del hombre contemporáneo

Las muchas crisis que conmueven el mundo de hoy —del Estado, de la familia, de la economía, de la cultura, etc.— no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre. En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los problemas del alma más profundos, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades.

Crisis del hombre occidental y cristiano

Esa crisis es principalmente la del hombre occidental y cristiano, es decir, del europeo y de sus descendientes, el americano y el australiano. Y es en cuanto tal que la estudiaremos más particularmente. Ella afecta también a los otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas propios de las respectivas culturas y civilizaciones y con el choque entre éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización occidentales.

Características de esa crisis

Por más profundos que sean los factores de diversificación de esa crisis en los diferentes países de hoy, ella conserva, siempre, cinco caracteres capitales:

1. ES UNIVERSAL

Esa crisis es universal. No existe hoy pueblo que no esté alcanzado por ella, en mayor o en menor grado.

2. ES UNA

Esa crisis es una. Es decir, no se trata de un conjunto de crisis que se desarrollan paralela y autónomamente en cada país, ligadas entre sí por algunas analogías más o menos relevantes.

Cuando ocurre un incendio en un bosque, no es posible considerar el fenómeno como si fuesen mil incendios autónomos y paralelos, de mil árboles vecinos unos de otros. La unidad del fenómeno “combustión”, ejerciéndose sobre la unidad viva que es el bosque, y la circunstancia de que la gran fuerza de expansión de las llamas resulta de un calor en el cual se funden y se multiplican las incontables llamas de los diversos árboles, todo en fin, contribuye para que el incendio de la floresta sea un hecho único, que engloba en una realidad total los mil incendios parciales, por más diferentes que sean cada uno de éstos en sus accidentes.

La Cristiandad occidental constituyó un solo todo, que trascendía a los diversos países cristianos, sin absorberlos. En esa unidad viva se operó una crisis que acabó por alcanzarla por entero, por el calor sumado y, más aún, fundido, de las cada vez más numerosas crisis locales que desde hace siglos se vienen interpenetrando y entreayudando ininterrumpidamente. En consecuencia, hace mucho que la Cristiandad, en cuanto familia de Estados oficialmente católicos, cesó de existir. De ella restan como vestigios los pueblos occidentales y cristianos. Y todos se encuentran actualmente en agonía bajo la acción de este mismo mal.

3. ES TOTAL

Considerada en un determinado país, esa crisis se desarrolla en una zona de problemas tan profunda, que se prolonga o se desdobla, por el propio orden de las cosas, en todas las potencias del alma, en todos los campos de la cultura, en fin, en todos los dominios de la acción del hombre.

4. ES DOMINANTE

Encarados superficialmente, los acontecimientos de nuestros días parecen una maraña caótica e inextricable, y de hecho los son desde muchos puntos de vista.

Entretanto, es posible discernir resultantes, profundamente coherentes y vigorosas, de la conjunción de tantas fuerzas desvariadas, siempre que éstas sean consideradas desde el ángulo de la gran crisis de que tratamos.

En efecto, al impulso de esas fuerzas en delirio, las naciones occidentales van siendo gradualmente impelidas hacia un estado de cosas que se va delineando igual en todas ellas, y diametralmente opuesto a la civilización cristiana.

De donde se ve que esa crisis es como una reina a la que todas las fuerzas del caos sirven como instrumentos eficientes y dóciles.

5. ES PROCESIVA

Esa crisis no es un hecho espectacular y aislado. Ella constituye, por el contrario, un proceso ya cinco veces secular, un prolongado sistema de causas y efectos que, habiendo nacido en determinado momento, con gran intensidad, en las zonas más profundas del alma y de la cultura del hombre occidental, viene produciendo, desde el siglo XV hasta nuestros días, sucesivas convulsiones.

A este proceso bien se le pueden aplicar las palabras de Pío XII relativas a un sutil y misterioso “enemigo” de la Iglesia: “Él se encuentra en todo lugar y en medio de todos: sabe ser violento y astuto. En estos últimos siglos intentó realizar la disgregación intelectual, moral, social, de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Quiso la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un ‘enemigo’ que se volvió cada vez más concreto, con una ausencia de escrúpulos que aún sorprende: ¡Cristo sí, la Iglesia no! Después: ¡Dios sí, Cristo no! Finalmente el grito impío: Dios está muerto; y hasta Dios jamás existió. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre las bases que no dudamos en señalar como las principales responsables por la amenaza que pesa sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios” [1]. Este proceso no debe ser visto como una secuencia puramente fortuita de causas y efectos, que se fueron sucediendo de modo inesperado. Ya en sus comienzos esta crisis poseía las energías necesarias para reducir a acto todas sus potencialidades, que en nuestros días conserva bastante vivas como para causar, por medio de supremas convulsiones, las destrucciones últimas que son su término lógico.

Influenciada y condicionada en sentidos diversos, por factores extrínsecos de todo orden —culturales, sociales, económicos, étnicos, geográficos y otros— y siguiendo a veces caminos bien sinuosos, ella va progresando incesantemente hacia su trágico fin.

A. Decadencia de la Edad Media

Ya esbozamos en la Introducción los grandes trazos de este proceso. Es oportuno añadir algunos pormenores.

En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay una paulatina mengua de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental; la literatura de amor invade todos los países; los excesos de lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.

Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales había triunfado la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y pari passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.

B. Pseudo-Reforma y Renacimiento

Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.

La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo. Los esfuerzos por un Renacimiento cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó el triunfo paulatino del neopaganismo.

En algunas partes de Europa, éste se desarrolló sin llevarlas a la apostasía formal. Importantes resistencias se le opusieron. E incluso cuando se instalaba en las almas, no osaba pedirles —al inicio por lo menos— una ruptura formal con la fe.

Pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron el protestantismo.

El orgullo dio origen el espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del carácter monárquico de la Iglesia Universal, es decir por la rebelión contra el Papado. Algunas, más radicales, negaron también lo que se podría llamar la alta aristocracia de la Iglesia Universal, o sea los Obispos, sus Príncipes. Otras negaron incluso el propio sacerdocio jerárquico, reduciéndolo a una mera delegación del pueblo, único poseedor verdadero del poder sacerdotal.

En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.

C. Revolución Francesa

La acción profunda del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de dilatarse en una creciente cadena de consecuencias en toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles —ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo— tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas, un endiosamiento gradual de la vida terrena, que preparó el campo para la victoria gradual de la irreligión. Dudas en relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía.

Profundamente afín con el protestantismo, heredera de él y del neopaganismo renacentista, la Revolución Francesa realizó una obra del todo y en todo simétrica a la de la Pseudo-Reforma. La Iglesia Constitucional que ella intentó fundar antes de naufragar en el deísmo y en el ateísmo, era una adaptación de la Iglesia de Francia al espíritu del protestantismo. Y la obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica:

— rebelión contra el Rey, simétrica a la rebelión contra el Papa;

— rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la “plebe” eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la “aristocracia” de la Iglesia, es decir, el Clero;

— afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de ciertas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles.

D. Comunismo

En el protestantismo nacieron algunas sectas que, transponiendo directamente sus tendencias religiosas al campo político, prepararon el advenimiento del espíritu republicano. San Francisco de Sales, en el siglo XVII, previno contra estas tendencias republicanas al Duque de Saboya[2]. Otras, yendo más lejos, adoptaron principios que, si no pueden ser llamados comunistas en todo el sentido actual del término, son por lo menos pre-comunistas.

De la Revolución Francesa nació el movimiento comunista de Babeuf. Y más tarde, del espíritu cada vez más vivaz de la Revolución, irrumpieron las escuelas del comunismo utópico del siglo XIX y el comunismo llamado científico de Marx.

¿Y qué hay de más lógico? El deísmo tiene como fruto normal el ateísmo. La sensualidad, sublevada contra los frágiles obstáculos del divorcio, tiende por sí misma al amor libre. El orgullo, enemigo de toda superioridad, habría de embestir contra la última desigualdad, es decir, la de fortunas. Y así, ebrio de sueños de República Universal, de supresión de toda autoridad eclesiástica o civil, de abolición de toda Iglesia y, después de una dictadura obrera de transición, también del propio Estado, he ahí el neo-bárbaro del siglo XX, producto más reciente y más extremado del proceso revolucionario.

E. Monarquía, república y religión

A fin de evitar cualquier equívoco, conviene acentuar que esta exposición no contiene la afirmación de que la república es un régimen político necesariamente revolucionario. León XIII, al hablar de las diversas formas de gobierno, dejó claro que “todas y cada una son buenas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, al bien común, razón de ser de la autoridad social”[3].


Tachamos de revolucionaria, eso sí, la hostilidad profesada, por principio, contra la monarquía y la aristocracia, como si fueran formas esencialmente incompatibles con la dignidad humana y el orden normal de las cosas. Es el error condenado por San Pío X en la Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, el 25 de agosto de 1910. En ella el grande y santo Pontífice censura la tesis del Sillon, de que “sólo la democracia inaugurará el reino de la perfecta justicia”, y exclama; “¿No es esto una injuria a las otras formas de gobierno, que son rebajadas de ese modo a la categoría de gobiernos impotentes, aceptables a falta de otro mejor?”[4].

Ahora bien, sin este error, entrañado en el proceso de que hablamos, no se explica enteramente que la monarquía, calificada por el Papa Pío VI como, en tesis, la mejor forma de gobierno — “praestantioris monarchici regiminis forma” [5]—, haya sido objeto, en los siglos XIX y XX, de un movimiento mundial de hostilidad que echó por tierra los tronos y las dinastías más venerables. La producción en serie de repúblicas por el mundo entero es, a nuestro modo de ver, un fruto típico de la Revolución, y un aspecto capital de ella.

No puede ser tachado de revolucionario quien para su patria, por razones concretas y locales, salvaguardados siempre los derechos de la autoridad legítima, prefiere la democracia a la aristocracia o a la monarquía. Pero sí quien, llevado por el espíritu igualitario de la Revolución, odia por principio, y califica de injusta o inhumana en esencia la aristocracia o la monarquía.

De ese odio antimonárquico y antiaristocrático nacen las democracias demagógicas, que combaten la tradición, persiguen las élites, degradan el tonus general de la vida, y crean un ambiente de vulgaridad que constituye como la nota dominante de la cultura y de la civilización... si es que los conceptos de civilización y de cultura se pueden realizar en tales condiciones.

Cómo diverge de esta democracia revolucionaria la democracia descrita por Pío XII: “Según el testimonio de la Historia, donde reina una verdadera democracia la vida del pueblo está impregnada de sanas tradiciones, que es ilícito abatir. Representantes de esas tradiciones son, ante todo, las clases dirigentes, o sea, los grupos de hombres y mujeres o las asociaciones que, como se acostumbra a decir, dan el tono en la aldea y en la ciudad, en la región y en el país entero. De ahí la existencia y el influjo, en todos los pueblos civilizados, de instituciones eminentemente aristocráticas, en el sentido más elevado de la palabra, como son algunas academias de amplia y bien merecida fama. Pertenece también a este número la nobleza”[6].

Como se ve, el espíritu de la democracia revolucionaria es bien diverso de aquél que debe animar una democracia conforme a la doctrina de la Iglesia.

F. Revolución, Contra-Revolución y dictadura

Las presentes consideraciones sobre la posición de la Revolución y del pensamiento católico ante las formas de gobierno podrán suscitar en varios lectores un interrogante: ¿la dictadura es un factor de Revolución, o de Contra-Revolución?

Para responder con claridad a una pregunta a la cual han sido dadas tantas soluciones confusas y hasta tendenciosas, es necesario establecer una distinción entre ciertos elementos que se enmarañan desordenadamente en la idea de dictadura, tal como la opinión pública la conceptúa. Confundiendo la dictadura en tesis con lo que ella ha sido in concreto en el siglo XX, el público entiende por dictadura un estado de cosas en el cual un jefe dotado de poderes irrestrictos gobierna a un país. Para el bien de éste, dicen unos. Para el mal, dicen otros.

Mas en uno y en otro caso, tal estado de cosas es siempre una dictadura.

Ahora bien, este concepto envuelve dos elementos diferentes:

— omnipotencia del Estado;

— concentración del poder estatal en una sola persona.

En el espíritu público, parece que el segundo elemento llama más la atención. Sin embargo, el elemento básico es el primero, por lo menos si entendemos por dictadura un estado de cosas en que, suspendido todo orden jurídico, el poder público dispone a su antojo de todos los derechos. Que una dictadura pueda ser ejercida por un Rey (la dictadura real, es decir, la suspensión de todo orden jurídico y el ejercicio irrestricto del poder público por el Rey, no se confunde con el Ancien Régime, en el cual estas garantías existían en considerable medida, y mucho menos con la monarquía orgánica medieval) o un jefe popular, una aristocracia hereditaria o un clan de banqueros, o hasta por la masa, es enteramente evidente.

En sí, una dictadura ejercida por un jefe o un grupo de personas no es revolucionaria ni contra-revolucionaria. Será una u otra cosa en función de las circunstancias en que se originó, y de la obra que realice. Y esto, tanto esté en manos de un hombre como de un grupo.

Hay circunstancias que exigen, para la salus populi, una suspensión provisional de los derechos individuales y el ejercicio más amplio del poder público. La dictadura puede, por tanto, ser legítima en ciertos casos.

Una dictadura contra-revolucionaria y, pues, enteramente guiada por el deseo de Orden, debe presentar tres requisitos esenciales:

* Debe suspender los derechos, no para subvertir el Orden, sino para protegerlo. Y por orden no entendemos solamente la tranquilidad material, sino la disposición de las cosas según su fin, y de acuerdo con la respectiva escala de valores. Hay, pues, una suspensión de derechos más aparente que real, el sacrificio de las garantías jurídicas de que abusaban los malos elementos en detrimento del propio orden y del bien común, sacrificio éste orientado a la protección de los verdaderos derechos de los buenos.

* Por definición, esta suspensión debe ser provisoria, y debe preparar las circunstancias para que lo antes posible se vuelva al orden y a la normalidad. La dictadura, en la medida en que es buena, va haciendo cesar su propia razón de ser. La intervención del Poder público en los distintos sectores de la vida nacional debe hacerse de manera que, lo más pronto posible, cada sector pueda vivir con la necesaria autonomía.

Así, cada familia debe poder hacer todo aquello que por su naturaleza es capaz, siendo apoyada subsidiariamente por grupos sociales superiores en aquello que sobrepase su ámbito. Esos grupos, a su vez, sólo deben recibir el apoyo del municipio en lo que se excede su normal capacidad, y así sucesivamente en las relaciones entre el municipio y la región, o entre ésta y el país.

* El fin primordial de la dictadura legítima debe ser, hoy en día, la Contra-Revolución. Lo que, por lo demás, no implica afirmar que la dictadura sea normalmente un medio necesario para la derrota de la Revolución. Pero puede serlo en ciertas circunstancias.

Por el contrario, la dictadura revolucionaria tiende a eternizarse, viola los derechos auténticos y penetra en todas las esferas de la sociedad para aniquilarlas, desarticulando la vida de familia, perjudicando a las élites genuinas, subvirtiendo la jerarquía social, alimentando de utopías y de aspiraciones desordenadas a la multitud, extinguiendo la vida real de los grupos sociales, y sujetando todo al Estado: en una palabra, favoreciendo la obra de la Revolución. Ejemplo típico de tal dictadura fue el hitlerismo.

Por esto, la dictadura revolucionaria es fundamentalmente anticatólica. En efecto, en un ambiente verdaderamente católico no puede haber clima para tal situación.

Lo cual no quiere decir que la dictadura revolucionaria, en éste o en aquel país, no haya procurado favorecer a la Iglesia. Pero se trata de una actitud meramente política, que se transforma en persecución franca o velada, tan pronto como la autoridad eclesiástica comience a detener el paso a la Revolución.

Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Parte I, caps. 1, 2 y 3.

Puede verse el libro en línea en el siguiente enlace: REVOLUCIÓN Y CONTRA-REVOLUCIÓN


[1] Alocución a la Unión de Hombres de la Acción Católica italiana, 12-X-1952, Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIV, p. 359.

[2] Cfr. SAINTE-BEUVE, Études des lundis —XVIIème siècle— Saint François de Sales, Librairie Garnier, París, 1928, p. 364.

[3] Encíclica Au Milieu des Sollicitudes, 16-II-1892, Bonne Presse, París, vol. III, p. 116.

[4] A.A.S., vol. II, p. 618.

[5] Alocución al Consistorio Secreto, 17-VI-1793, sobre la muerte del rey de Francia, Les Enseignements Pontificaux —La Paix Intérieure des Nations— par les moines de Solesmes, Descleé & Cie., p. 8.

[6] Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana, 16-I-1946, Discorsi e Radiomessaggi, vol. VII, p. 340.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Frías pero bellas escenas invernales

Two Fifty Three Kelvin from Bart van der Gaag on Vimeo. Video en HD. Poner pantalla completa para apreciar mejor.

Las personas podrán producir su propia energía

En este video, Dan Nocera dice que las personas en el futuro podrán producir la energía que necesitan para sus casas y autos, sacándola del agua y de la luz solar.

domingo, 16 de octubre de 2011

Video: Otoño en el Monasterio de la Sagrada Familia

Una reflexión acerca de los últimos acontecimientos

Los acontecimientos ocurridos estas últimas semanas han estado marcados por noticias inquietantes. Al parecer, nadie puede entregar un análisis exacto de lo que realmente está sucediendo. En realidad, es difícil saber con exactitud qué es lo que está pasando, por una razón que parece ser la tónica dominante detrás de estos acontecimientos: el caos.

Manifestaciones de malestar, protestas, disturbios, complots de asesinato, amenazas de una 3ra guerra mundial, crisis financieras, intervenciones para salvar a los bancos, medidas de emergencia… En fin, una larga lista con un mismo fondo de cuadro, el caos.

Pero junto con el caos, hay otro aspecto que caracteriza todo este escenario y que casi nadie ha señalado, que es el ambiente anticristiano. Todos protestan y piden cambios, y muchas de esas protestas sin duda son por motivos legítimos. Sin embargo, nadie ―al menos por lo que podemos constatar por lo que nos entregan los mass media―, nadie parece recordar el respeto por la ley natural, los derechos de Dios y la restauración de la civilización cristiana. Nadie se acuerda que si no se respeta la ley natural, que es la ley de Dios, no puede haber solución verdadera a los problemas.

Si la solución es muy simple, bastaría que todos respetaran la ley natural que Dios ha grabado en los corazones de los hombres y que está compendiada en los diez mandamientos y cumplieran con sus obligaciones. ¿Es muy utópica esa solución? No lo es para quien tiene fe. Pero ¿qué diría el ateo?

¿Qué pasaría si los hombres dejasen de mentir, de robar, de codiciar los bienes ajenos, de desear la mujer del prójimo, de matar, y si todos cumplieran con sus deberes y, sobre todo, si amaran a Dios sobre todas las cosas? Yo pregunto, ¿alguien cree que las cosas no se solucionarían si ocurriera eso? Incluso se le podría preguntar a un ateo, ¿qué cree usted que pasaría Sr. ateo si los hombres, ricos y pobres, cultos e ignorantes, de toda raza y condición, no mintieran, no robaran, no codiciaran los bienes ajenos, no asesinaran, cumplieran con sus deberes, etc.? ¿Cree usted señor ateo que las cosas empeorarían o mejorarían? Si respondiera que así y todo, las cosas no mejorarían, entonces es obvio que nada nunca mejoraría, como en el infierno, donde no hay esperanza.

Por lo tanto, es obvio que la solución para el que tiene fe, es la misma solución que el “ateo sensato” debería reconocer.

Porque justamente, mucho por lo que se protesta es por causa de que hay gente que no se comporta así. Dicen que las corporaciones y los bancos roban, bueno, entonces, dejar de robar, ¿no sería solución? Dicen que los políticos mienten, bueno, dejar de mentir, ¿no sería solución?

Y tampoco es cierto que son sólo los ricos los que roban, porque el pobre que no trabaja o hace mal su trabajo por flojo, ese también es un ladrón, porque con su pereza perjudica el bien común de los demás. Si alguien dice que cumplir con esos deberes no sería solución, entonces, ¿cuál es la solución? ¿La desesperación? No es necesario creer en Dios, basta el sentido común para darse cuenta que la solución está en que los hombres cumplan con sus deberes y la ley natural. Porque si con eso nada se solucionara tampoco, entonces nada tendría nunca solución.

El problema de fondo que hay detrás de todos estos acontecimientos que estamos presenciando se podría resumir así: es el caos, producto del hombre que se olvidó de Dios y que quiere construir un mundo donde se basta a sí mismo. La gente pide cambios, pero cambios en un mundo donde Dios y la verdadera Iglesia católica ya no tienen nada que hacer, como en el infierno. ¡Todos se indignan por algo, pero nadie se indigna porque no se respeta la ley natural que Dios compendió en los diez mandamientos!Y como ya la mayoría del mundo no tiene fe, el mundo está entregado al demonio.

En un mundo así, podemos esperar las cosas más terribles. Y esto que estamos presenciando es sólo el comienzo.

jueves, 13 de octubre de 2011

EL AGUA, bellísimo video

The Water from TSO Photography on Vimeo. Video en HD, poner pantalla completa para apreciarlo mejor.

LA REDENCIÓN POR LA CIENCIA Y POR LA TÉCNICA: LA UTOPÍA REVOLUCIONARIA


De cualquier manera, depositando toda su confianza en el individuo considerado aisladamente, en las masas, o en el Estado, es en el hombre en quien la Revolución confía. Autosuficiente por la ciencia y por la técnica, él puede resolver todos sus problemas, eliminar el dolor, la pobreza, la ignorancia, la inseguridad, en fin, todo aquello que llamamos efecto del pecado original o actual.

Un mundo en cuyo seno las patrias unificadas en una República Universal no sean sino denominaciones geográficas, un mundo sin desigualdades sociales ni económicas, dirigido por la ciencia y por la técnica, por la propaganda y por la psicología, para realizar, sin lo sobrenatural, la felicidad definitiva del hombre: he aquí la utopía hacia la cual la Revolución nos va encaminando.

En ese mundo, la Redención de Nuestro Señor Jesucristo nada tiene que hacer. Pues el hombre habrá superado el mal por la ciencia y habrá transformado la tierra en un “cielo” técnicamente delicioso. Y por la prolongación indefinida de la vida esperará vencer un día a la muerte (véase video abajo).

Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, parte I, cap. 12, 3.



miércoles, 5 de octubre de 2011

Fuera de la Iglesia no hay salvación: Capítulo 15

Nota: este libro lo iremos publicando por capítulos semanalmente. Los interesados en recibir el libro traducido completo en sus correos, por favor escriban al email de contacto colocando en asunto solamente: deseo recibir el libro Fuera de la Iglesia No hay Salvación en Absoluto.


15. El Papa San León Magno termina el debate

Hemos visto cómo la tradición no enseña el bautismo de deseo y cómo la enseñanza infalible de la Iglesia sobre el sacramento del bautismo y Juan 3, 5 lo excluye. Y hemos visto que este error se mantuvo en la Edad Media por pasajes imperfectos de textos de eclesiásticos falibles. Ahora abordaremos la que posiblemente es la declaración más interesante sobre este tema, la carta dogmática del Papa San León Magno a Flaviano, que excluye los conceptos mismos de bautismo de deseo y bautismo de sangre.

Papa San León Magno, carta dogmática a Flaviano, Concilio de Calcedonia, 451:

Dejad que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo (1 Pedro 1, 2), y no dejéis que pasen más allá de las mismas palabras del apóstol, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni manda (1 Pedro 1, 18). Tampoco hay que resistir el testimonio del bienaventurado Apóstol Juan: y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1, 7); y otra vez, ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Él es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua sólo, sino en agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que testifican: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se reducen a uno solo (1 Juan. 5, 4-8). EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍCULO CON LOS DEMÁS[i].

Antes de tratar de la tremenda importancia de esta declaración, daré algunos antecedentes sobre esta carta dogmática. Esta es la famosa carta dogmática del Papa San León Magno a Flaviano, escrita originalmente en 449, y posteriormente aceptada por el Concilio de Calcedonia – el cuarto Concilio general de la Iglesia – en 451 (citado en Los Decretos de los Concilios Ecuménicos, Georgetown Press, vol. 1, pp. 77-82). Este es uno de los documentos más importantes en la historia de la Iglesia. Esta es la famosa carta que, cuando fue leída en voz alta en el Concilio dogmático de Calcedonia, hizo que todos los Padres del Concilio (más que 600) se levantaran y proclamaran: “¡Esta es la fe de los Padres, la fe de los Apóstoles; Pedro ha hablado por la boca de León!”. La carta misma personifica el término ex cathedra (hablando desde la Cátedra de Pedro), como lo demuestra la reacción de los padres de Calcedonia. Esta carta dogmática del Papa León fue aceptada por el Concilio de Calcedonia en su definición de Fe, que fue aprobada autoritariamente por el mismo Papa León.

Y si esto no fuera suficiente para probar que la carta del Papa León es sin duda infalible y dogmática, téngase en cuenta el hecho que también fue aprobada por el Papa Virgilio en el Segundo Concilio de Constantinopla (533)[ii] y por el Papa San Agato en el Tercer Concilio de Constantinopla (680-681)[iii]. También fue confirmada infaliblemente por una serie de otros Papas, incluyendo: el Papa San Gelasio, 495[iv], el Papa Pelagio II, 533[v], y el Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 1743[vi].

Debido a la enorme importancia de la carta del Papa León en el tema que nos ocupa, citaré un extracto del Papa San Gelasio que dice que nadie puede contradecir, ni en lo más mínimo, esta epístola dogmática del Papa San León a Flaviano.

Papa San Gelasio, Decreto, 495: Igualmente la carta dogmática del bienaventurado Papa León a Flaviano (…) si alguno disputare de su texto sobre una sola tilde, y no la recibiere en todo con veneración, sea anatema[vii].

Aquí tenemos al Papa San Gelasio hablando ex cathedra para condenar a todo aquel que se desviare, incluso en una sola tilde, del texto de la epístola dogmática del Papa León a Flaviano.

Ahora, en la sección de la carta dogmática del Papa León, anteriormente citada, él trata de la santificación por el Espíritu. “Santificación por el Espíritu” es el término para la justificación del estado de pecado. La justificación es el estado de gracia. Nadie puede llegar al cielo sin la santificación por el Espíritu [la justificación], como admiten todos los que se profesan católicos. El Papa San León afirma, por la autoridad de los santos apóstoles Pedro y Juan, que esta santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo. Él demuestra que sólo es mediante la recepción de esta sangre de Redención que la persona puede cambiar del estado de Adán (pecado original) al estado de gracia (justificación/santificación). Es solamente por esta sangre que la santificación por el Espíritu surte efecto. Este dogma fue definido también por el Concilio de Trento.

Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 5, del pecado original, ex cathedra: “Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, ‘hecho para nosotros justicia, santificación y redención’ (1 Cor. 1, 30) nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo, (…) sea anatema”[viii].

Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 3, ex cathedra: “Más, aun cuando Él murió por todos, no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión[ix].

Es una verdad divinamente revelada que nadie puede ser liberado del estado de pecado y santificado sin que se le aplique la sangre de la Redención. De esto ningún católico puede dudar.

Los defensores del bautismo de deseo/sangre – y esto incluye también al Centro San Benito, porque ellos también creen en la justificación por el deseo – arguyen que la sangre de Redención, que realiza la santificación por el Espíritu, se aplica al alma por el deseo del bautismo o por su martirio, sin el bautismo de agua. Recuerde que: los defensores del bautismo de deseo/sangre argumentan que la sangre de Redención, que realiza la santificación por el Espíritu, se aplica al alma sin el bautismo de agua. ¡Pero esto es exactamente lo opuesto de lo que definió dogmáticamente el Papa San León Magno! Citaré de nuevo las partes cruciales de su declaración:

Papa San León Magno, Concilio de Calcedonia, carta dogmática a Flaviano, 451:

Dejad que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo (1 Pedro 1,2), (…) Él es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua sólo, sino en agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que testifican: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se reducen a uno solo (1 Jn. 5,4-8). EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍCULO CON LOS DEMÁS[x].

El Papa San León define que en la santificación, el Espíritu de santificación y la sangre de Redención ¡no se pueden separar del agua del bautismo! Por lo tanto, no puede haber justificación sin el sacramento del bautismo.

Esto excluye infaliblemente el concepto mismo del bautismo de deseo y bautismo de sangre, esto es, que es posible la santificación sólo por el Espíritu y la sangre, sin el agua.

A la luz de esta carta dogmática, además de los otros hechos ya presentados, no se puede sostener el bautismo de deseo y bautismo de sangre; porque estas teorías separan el Espíritu y la sangre del agua en la santificación.

Y para que nadie intente encontrar fallas en esta definición infalible con el argumento de que la bienaventurada Virgen María es una excepción a ella, hay que reconocer que el Papa San León está definiendo sobre santificación/justificación del estado de pecado.

Papa San León Magno, carta dogmática a Flaviano, Concilio de Calcedonia, 451:

Dejad que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo (1 Pedro 1,2), y no dejéis que pasen más allá de las mismas palabras del apóstol, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni manda (1 Pedro 1,18). Tampoco hay que resistir el testimonio del bienaventurado Apóstol Juan: y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1,7)…”.

La bienaventurada Virgen María no tenía pecado. Ella fue concebida en un estado de santificación perfecta. Puesto que el Papa San León está definiendo sobre la santificación/justificación del pecador, su definición de ninguna manera se aplica a ella.

Por lo tanto, no puede haber justificación de un pecador sin el bautismo de agua (de fide). No se puede aplicar la sangre redentora de Cristo sin el bautismo de agua (de fide). No puede haber salvación sin el bautismo de agua (de fide).

A fin de probar el punto de que esta declaración dogmática elimina específicamente la teoría del bautismo de deseo, nótese cómo Santo Tomás de Aquino (al enseñar el bautismo de deseo) dice exactamente lo contrario de lo que definió el Papa San León Magno.

Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, III, q. 68, a. 2: “… parece que sin el sacramento del bautismo es posible conseguir la salvación por la santificación invisible…”.

Santo Tomás dice que el bautismo de deseo da la santificación sin el agua del bautismo. ¡El Papa San León Magno dice dogmática e infaliblemente que no se puede obtener la santificación sin el agua de bautismo! Un católico debe aceptar la enseñanza del Papa San León Magno.

Papa San León el Grande, Concilio de Calcedonia, carta dogmática a Flaviano, 451: EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍCULO CON LOS DEMÁS[xi].

La importancia del pronunciamiento del Papa San León es extraordinaria. Naturalmente, aplasta toda idea de salvación para los supuestamente “ignorantes invencibles”. Estas almas no pueden ser santificadas y limpiadas por la sangre de Cristo sin recibir las aguas salvadoras del bautismo, a la cual Dios llevará a todos los de buena voluntad.

El dogma de que la sangre de Cristo se aplica a un pecador en el sacramento del bautismo fue definido por el Concilio de Trento; sin embargo, la definición de Trento no es tan específica como la del Papa León. La diferencia es que, mientras que la definición de Trento sobre la sangre de Cristo establece el principio de que la sangre de Cristo se aplica a un pecador en el sacramento del bautismo, la definición del Papa León confirma que esto significa que la sangre de Cristo sólo se puede aplicar a un pecador por el sacramento del bautismo.

Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 5, del pecado original, ex cathedra: “Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, ‘hecho para nosotros justicia, santificación y redención’ (1 Cor. 1, 30) nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo, (…) sea anatema”[xii].

El pronunciamiento del Papa San León también confirma radicalmente la compresión constante de la Iglesia sobre las palabras de Jesucristo en Juan 3, 5 en su sentido absolutamente literal: Quien no renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’, como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural”[xiii].

Papa Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (…) para que en ellos por la regeneración se limpie lo que por la generación contrajeron. ‘Porque si uno no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios(Juan 3, 5)[xiv].

Papa Paulo III, Concilio de Trento, can. 2 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare a una especie de metáfora las palabras de nuestro Señor Jesucristo: Si alguno no renaciere del agua y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema[xv].

Papa Paulo III, Concilio de Trento, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: Si alguno dijere que el bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema[xvi].

Puede verse la armonía de la declaración dogmática del Papa San León Magno con todas estas otras: no hay salvación sin agua y el Espíritu porque la sangre de Cristo – sin la cual nadie es justificado – es por sí misma inseparable del agua y el Espíritu.

Los que comprehenden este pronunciamiento del Papa San León deben rechazar toda creencia en las teorías del bautismo de deseo y de sangre. Deben admitir que los teólogos que creían en el bautismo de deseo y de sangre estaban equivocados. Deben dejar de creer y enseñar que la santificación por el Espíritu viene sin el agua de bautismo. Los que se niegan a hacer esto están obstinadamente contradiciendo la enseñanza de la Iglesia. Contradecir obstinadamente la enseñanza de la Iglesia es caer en herejía. Caer en herejía sin arrepentirse es perder la salvación.

Algunos pueden preguntarse por qué algunos santos y teólogos enseñaban el bautismo de deseo y de sangre incluso después de la fecha de la declaración del Papa León. La respuesta es simple: Ellos no estaban conscientes de la declaración definitiva del Papa León respecto a esto; erraban de buena fe; eran seres humanos falibles; no estaban conscientes de que su posición era contraria a esta enseñanza infalible de la Iglesia católica.

Pero una vez que se reconoce que esta posición sobre el bautismo de deseo y de sangre es contraria a la enseñanza infalible de la Iglesia católica – como lo prueba un examen pormenorizado de la declaración del Papa León – se debe cambiar de posición si se quiere permanecer católico y salvar el alma. San Pedro ha hablado por la boca de León y nos ha confirmado que el Espíritu de santificación y la sangre de redención no pueden ser separados de su relación con el bautismo de agua, por lo que debemos ajustar nuestra posición con esto o, de lo contrario, no tenemos la fe de Pedro.

PRÓXIMA PUBLICACIÓN: CAP. 16 – PRINCIPALES OBJECIONES



[i] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 81.

[ii] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 112.

[iii] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 127.

[iv] Denzinger 165.

[v] Denzinger 246.

[vi] Denzinger 1463.

[vii] Denzinger 165.

[viii] Denzinger 790.

[ix] Denzinger 795.

[x] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 81.

[xi] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 81.

[xii] Denzinger 790.

[xiii] Denzinger 696; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 542.

[xiv] Denzinger 791; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 2, pp. 666667.

[xv] Denzinger 858.

[xvi] Denzinger 861; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 2, p. 685.

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