domingo, 15 de abril de 2012

CÓMO UN PUEBLO CUMPLE CON SU VOCACIÓN

Plinio Corrêa de de Oliveira

En este proceso de interacciones de dinamismos que hemos discutido en los tres artículos anteriores (aquí, aquí y aquí), hay un momento en que Dios toca a un pueblo con la punta de su dedo asumiendo con ello una vitalidad que produce algo memorable.

¿Cuál es ese punto hacia donde se orienta todo en el momento en que Dios toca a un pueblo en particular?

No estoy suponiendo que Dios actúa sin considerar el contexto de la situación, como quien entra abruptamente en una escena y le da una dirección completamente nueva a los acontecimientos. Antes bien, planteo que Dios normalmente actúa a través de las causas segundas. Y estas causas segundas suelen tener sus dinamismos propios, que también entran en el plan divino. Él los creó y ellos concurren en hacer lo que Dios quiere que hagan.

La catedral de Chartres, una expresión del plan A que Dios tiene para Francia

Otra cosa que se debe decir es que el hombre tiene la libertad de actuar que puede ser admirable o también terrible. Un factor importante en esta ecuación es su asseitas[1], es decir, la característica principal de su ser que él tiene que realizar. Esta asseitas o vocación, es parte del conjunto del plan de Dios, y el hombre lo puede estropear. Cuando el hombre no realiza lo que Dios quiere en su plan A, el hombre puede arrastrar la historia al plan B. A veces Dios permite que el hombre haga esto; en otro momento, Él aniquila a ese hombre, repara el mal causado, y continúa con su plan deseado.

En su primera fase, cada pueblo es una especie de bosquejo de lo que debería ser; tiene un potencial, como el que tiene un niño. Un niño es como un embrión, tiene la personalidad que el hombre tendrá más tarde. Su formación y circunstancias externas actuarán sobre ese embrión. El hombre mismo actuará sobre su propia persona de diferentes maneras.

Existe un plan A para ese hombre, que Dios revela en un determinado momento. Si el hombre no sigue ese plan, será siempre una persona deficiente, un frustrado, como alguien a quien se le deformó el pie en un accidente y no puede caminar bien. Él no está siguiendo el plan ideal para el cual Dios lo creó y no progresa normalmente. Dios puede tener misericordia de él y ayudarlo a caminar, pero esto ya es otra cosa.



[1] Asseitas o aseitas en lenguaje escolástico es la característica del ser que existe per se (a se) y no por otra (ad alio), en su sentido propio, es el carácter del ser que es per se, id est, cuya la existencia no proviene de otro; es increado. Es un atributo propio de Dios. En su sentido lato, es el carácter de lo que es per se, que tiene su propia existencia (Pablo Fouquié, Dictionnaire de la Langue Philosophique, París: PUF, 1962). En el texto asseitas se utiliza analógicamente como la característica ontológica principal que Dios le dio a un hombre que él tiene que desarrollar con el fin de realizarse perfectamente a sí mismo y a la misión divina que Dios le dio.

El dinamismo natural madre-hijo desempeñó un papel en la conversión de San Agustín

Dios puede intervenir en la vida de un pueblo o de un hombre de una manera milagrosa, como fue el caso de la conversión de San Pablo. Pero por lo general, Él actúa a través de las causas segundas, como en el caso de la conversión de San Agustín. Esto es, Dios se aprovechó de la relación madre-hijo con todo su especial dinamismo ―vivida por Santa Mónica como una santa y vivida por San Agustín como un pecador― para producir la victoria final de la santa sobre el pecador.

En cada pueblo que comienza a desarrollarse, hay un plan divino. Se puede decir que no necesariamente es un gran plan. No todos los pueblos fueron llamados a ser lo que el antiguo Egipto fue en tiempos de Ramsés II. Puede ser un plan modesto. Pero si ese pueblo es fiel a ese plan, todos los dinamismos de las distintas familias y grupos se desarrollarán de una manera excelente y producirán algo original, es decir, la explicitación de la promesa inicial de Dios.

La cultura y las instituciones de un pueblo avanzan siguiendo este desarrollo. La marcha de un pueblo en la historia está marcada por este dinamismo interactivo. Cuando un pueblo llega a dar fruto todo aquello que está implícito en su asseitas original, es cuando cumple su rol en la historia.

La marcha de un pueblo desde su fase embrionaria hasta su plenitud se puede describir como su proceso de hacer explícito su particular mensaje para sí mismo, para la historia y para Dios. Cuando un pueblo sigue el camino de su auto-explicitación, todas sus partes alcanzan una armonía que perfecciona el proceso de las interacciones de los dinamismos a medida que avanza hacia su auto-realización.

Un pueblo es como una orquesta donde cada músico tiene su papel que desempeñar

Este proceso será cada vez más perfecto en la medida que el pueblo sigue el proceso de auto-explicitación y en la medida que los aspectos más profundos de la personalidad de cada uno encuentran la expresión adecuada.

Un pueblo puede ser comparado a una orquesta donde cada persona, incluyendo al hombre que toca el pequeño triángulo con el batidor de acero, juega su parte de manera que la orquesta logra una excelente armonía. El hombre que golpea el pequeño triángulo no debería desanimarse porque él nació para desempeñar sólo ese modesto rol, porque en un determinado momento en esa sinfonía de personas, los tonos que él hace dan al conjunto un toque tan delicado y lleno de una brillante alegría plateada que contribuye a la quintaesencia que el pueblo fue llamado a expresar. Él se vuelve virtuoso porque tocó su instrumento en el momento perfecto.

Cruzando lentamente por uno de los principales canales de Brujas-la-Morte, en Bélgica, un turista encuentra que en una vuelta se revela una casa característica de la ciudad. Supongamos que una mujer que vive en esa casa, una sencilla dueña de la casa que no tiene idea que ella puede estar desempeñando un papel histórico, ha colgado una encantadora cortina de encaje en una ventana.

El conjunto de Brujas se puede representar en un solo detalle de una casa

Cuando ese turista ve la cortina, en un instante él comprende todo sobre Brujas-la-Morte, y lo que representa. Es esa cortina la que hace explícita en su mente la fisonomía de toda la ciudad. ¡Qué toque especial tuvo esa cortina en ese proceso! Así, la señora que arregló su cortina en su casa, como el hombre que tocó el pequeño triángulo en la orquesta, desempeñó un rol en la sinfonía que Dios quiere que esa ciudad y ese pueblo desempeñen.

Lo que es extraordinario en Europa es que en un determinado período casi todos los pueblos de la cristiandad estaban alcanzando su plenitud. Porque ellos estaban siguiendo algo parecido al plan A de Dios, incluso algunas pequeñas naciones se convirtieron en magníficas obras de arte de Dios. Holanda es uno de ellas, Bélgica, es otra.

En esta última no tuviera nada salvo la Gran Plaza de Bruselas y las espléndidas salsas de un restaurante donde cené con unos amigos (lo siento, pero su nombre se escapa a mi memoria en este momento), se podría decir que Bélgica desempeñó su rol. Es posible que no haya realizado su plan A en todo, pero en esos puntos correspondió al primer plan. Por esta razón ocupa un lugar de honor entre todas las naciones que tienen honor en el mundo. Esto es lo que constituye el honor de una nación: haber cumplido algo del plan inicial que Dios tenía para ella.

De aquí proviene el principio de que las interacciones de los dinamismos de un pueblo serán vigorosas y lo conducirán hacia la perfección en la medida en que haga explícito el mensaje original que recibió de Dios. Cada pueblo debe desempeñar su propio rol en la sinfonía universal que da gloria a Dios. Cuando un pueblo expresa ese mensaje, alcanza un ápice, una plenitud que es magnífica.

El pueblo belga está explicitado en la Gran Plaza de Bruselas

Todos los dinamismos fluyen juntos en una armonía comunicativa, de manera que en la misma época histórica del hombre que es un calígrafo llega a la cúspide de su arte al mismo tiempo que el más grande poeta de ese pueblo necesita un calígrafo que escriba sus poemas. Al mismo tiempo, la arquitectura característica de ese pueblo está llegando a su máxima expresión. La vocación de cada uno interactúa con la vocación de los demás de tal manera que el conjunto constituye un unum, una unidad en la variedad, que se convierte en la característica principal y el encanto de ese pueblo.

Cuando ocurre en un pueblo, los asseitas de cada hombre tienden a florecer por medio de un fértil dinamismo que se dirige hacia el exterior. Esa es la hora de Dios para un pueblo. Es como el verano para las plantas, cuando la temporada de cultivo está en su apogeo. No hay fatalismo en esas acciones de los pueblos, como no hay fatalismo en decir que el verano lleva a las plantas a su apogeo. Esto no excluye el rol del jardinero, que siembra, cultiva y cosecha de las plantas. El rol del jardinero sigue siendo el mismo. Él tiene que aprovechar el verano, pero él no es el único que hace el cambio de estaciones.

Cuando todo llega a su perfección al mismo tiempo por el mismo pueblo, el resultado es una magnífica sincronía que revela la unidad de ese pueblo, que es mejor que cada una de sus partes. Este es el apogeo de un pueblo. Cada elemento ha dado todo, y el conjunto se orientó a cumplir el plan pre-establecido por Dios en el gobierno de la historia.

¿Es posible mostrar este ideal para un pueblo?

Si lo es, y al hacerlo puede tener el efecto de una resurrección para un pueblo que ha abandonado su vocación, sus asseitas. Pero para mostrar el ideal, es necesario por lo menos captar un atisbo o vislumbre de lo que es que el plan inicial de Dios para ese pueblo en la historia. Esta es una gracia que podemos pedir a la Virgen de rodillas.

Un pueblo puede rechazar su plan A y desarrollarse erradamente. En algún momento, sin embargo, la hora de la misericordia puede sonar para él y Dios puede tratar de reconstruirlo haciendo que una nueva estrella brille en su horizonte, invitándolo no sólo a regresar al plan A, pero para realizar el plan A + A: un Canticum novum (una nueva canción) para ser cantada para la gloria de Dios por toda la eternidad.

Esto sucedió con Carlomagno. En él, el viejo ideal del Imperio Romano continuó. Después de que el Papa lo coronó emperador, él consideró su imperio para ser una continuación del viejo ideal de imperio romano. Pero también levantó el mundo germánico con él, porque el nuevo César fue una característica alemana. En Carlomagno todos estos dinamismos que estamos estudiando tuvieron una interacción embriagante, y de ahí nació Europa. Fue él quien cantó el canticum novum, él asumió con amor toda la herencia del pasado y la presentó de una manera nueva.

Continuará con la parte V titulada: CÓMO LOS ESPÍRITUS Y LOS MITOS INFLUYEN EN LA PSICOLOGÍA DE UN PUEBLO

Véase la primera parte “Discerniendo el dinamismo de los individuos y de los pueblos”, la segunda parte “Discerniendo los roles históricos de las naciones” y la tercera parte “Pueblos que desaparecen, pueblos que permanecen” de este ciclo haciendo clic aquí y aquí y aquí.

Publicado originalmente en TIA

jueves, 12 de abril de 2012

La Reverdie - Symphonia virginum - O dulcissime amator - Hildegard von Bingen


Santa Hildegarda de Bingen O.S.B. (Alemán: Hildegard von Bingen) (n. 16 de septiembre 1098 en Bermersheim, junto a Alzey en Rheinhessen, Renania-Palatinado, Alemania; † 17 de septiembre 1179 en el monasterio de Rupertsberg, Bingen, id.) fue abadesa, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora y escritora. Es conocida como la Sibila del Rin y como Profetisa teutónica
Santa Hildegarda compuso setenta y ocho obras musicales, agrupadas en Symphonia armonie celestium revelationum: 43 antífonas, 18 responsorios, 4 himnos, 7 secuencias, 2 sinfonías (con el significado propio del siglo XII), 1 aleluya, 1 kyrie, 1 pieza libre y 1 oratorio (fascinante, pues el oratorio se inventó en el siglo XVII). Además, compuso un auto sacramental musicalizado llamado Ordo Virtutum (“Orden de las virtudes”, en latín), sobre las virtudes.
Haha clica en play para escuchar. Si no puede escuchar aquí vaya al siguiente enlace:

lunes, 9 de abril de 2012

Te Deum - Prelude - Marc-Antoine Charpentier


Marc-Antoine Charpentier (París,1643 - ibídem, 24 de febrero de 1704) fue un compositor del Barroco francés. Fue un compositor prolífico y versátil, produciendo música de la más alta calidad en distintos géneros. La maestría de su composición en la música religiosa vocal fue reconocida por sus contemporáneos.

Haga clic en play para escuchar. Si no puede escuchar aquí vaya al siguiente enlace:

La gracia es superior a los bienes de la naturaleza

Examinemos primeramente la gracia en su aspecto menos noble. Aun así, opinan los teólogos, es infinitamente superior a todas las cosas naturales.
El más insignificante grado de gracia tiene infinito más valor que el conjunto de toda la naturaleza creada, material y espiritual sumadas

Dice san Agustín: “Según las palabras del Salvador, el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y la justicia de los elegidos permanecerán; los primeros contienen las obras de Dios, los segundos la imagen de Dios[1]. Enseña santo Tomás, ser cosa más notable conseguir que el pecador vuelva a la gracia que crear el cielo y la tierra[2]. Esta última obra termina en las criaturas contingentes; la gracia nos introduce a participar de la naturaleza inmutable de Dios. Cuando Dios creó las cosas visibles, se construía una morada; cuando da al hombre una naturaleza espiritual, puebla su mansión de servidores; pero cuando le da su gracia, lo adopta en su seno, lo hace hijo suyo, le comunica su vida eterna.

En una palabra, la gracia es un bien sobrenatural, es decir, un bien que ninguna naturaleza creada lo puede poseer por sí misma, ni exigirlo; pues de suyo corresponde únicamente a la naturaleza divina. Tan es así que la mayoría de los teólogos establecen que Dios, a pesar de su omnipotencia, es incapaz de crear un ser al que corresponda la gracia por su misma naturaleza[3]; llegan hasta afirmar que, si una tal criatura se diera en efecto, no se distinguiría de Dios.

A ello se agrega lo que con tanta claridad y frecuencia ha afirmado la Iglesia[4]: ningún hombre, ninguna criatura lleva en sí el germen de la gracia. Como tantas veces lo ha hecho notar san Agustín[5], la naturaleza se refiere a la gracia como la materia inanimada al principio de vida. La materia, como muerta que es en sí misma, no puede darse la vida, debe recibirla de otro cuerpo viviente. Del mismo modo, la criatura racional de suyo no posee la gracia, ni la puede adquirir por su actividad ni por sus méritos; sólo Dios, en su bondad, puede otorgársela, haciendo gala de su poder, envolviendo la naturaleza en su virtud divina.

¿Cuál no será la grandeza de este bien que de tan lejos aventaja a la naturaleza y hasta al poder y los méritos de los mismos ángeles?[6]

Un hombre muy piadoso e instruido afirmó que todas las cosas visibles están infinitamente por debajo del hombre[7]. Observó san Juan Crisóstomo que nada en el mundo es comparable al hombre. Añade san Agustín que prefiere ser justo y santo que hombre o ángel[8], Y santo Tomás agrega que la gracia tiene más valor que el alma.

La gracia supera todas las cosas creadas como Dios mismo, ya que no es otra cosa sino la luz sobrenatural que desde la profundidad de la divinidad se expande sobre la criatura racional. El sol y su luz son inseparables. Si el sol es mucho más precioso y perfecto que la tierra, de suyo oscura, su luz lo será de la misma manera. Con la gracia pasa otro tanto. Nuestra naturaleza es la tierra que recibe los rayos del sol divino, que la penetran y la glorifican; se convierte en una especie de naturaleza divina. Dios, a quien poseemos por la gracia, no encierra únicamente las perfecciones de todas las cosas; es infinitamente más perfecto que todas ellas juntas. Igualmente, la gracia es más preciosa que todos los bienes creados. Se puede afirmar de ella lo que se ha dicho de la Sabiduría: “Ella es superior a los tesoros más preciosos; ninguna cosa, por apetecible que sea, puede comparársele”[9].

Elevemos, pues, nuestras miradas hacia esos tesoros; veamos si deben desdeñarse o si por el contrario son dignos de que los busquemos con todo el ardor de nuestro corazón. Aun cuando poseyéramos todos los bienes de la naturaleza, oro, plata, poderío, reputación, ciencia, artes, todas estas riquezas se esfumarían ante la gracia como un montón de tierra junto a una piedra preciosa. Por el contrario, aunque seamos pobres en absoluto, la gracia de Dios por sí sola nos hace más ricos que todos los reyes de este mundo; poseemos lo mejor que Dios puede darnos. Canta el Salmista: “La misericordia de Dios se extiende sobre todas las criaturas”[10]. Reza la Iglesia en su oración: “… Oh Dios que manifiestas tu poder singularmente al perdonarnos y al usar de misericordia”.

¡Seamos reconocidos a Dios por semejante don! Agradezcámosle porque nos sacó de la nada. Como canta el Salmista, “todas las cosas las ha puesto bajo nuestros pies, las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar”[11]. Es hora de que exclamemos con él: “¿Quién es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que lo visites?”[12]. ¡Cuánto más debemos agradecerle los tesoros sobrenaturales de la gracia y guardarlos con sumo cuidado!

Esa es la razón por la que un sabio teólogo, el Cardenal Cayetano, asegura que no debemos perder de vista los castigos reservados para los que desprecian la gracia. Nuestro castigo será, semejante al de aquellos hombres del Evangelio que, invitados por el rey a su festín, prefirieron su propio interés o su goce. También nosotros, atolondrados e ingratos, despreciamos la invitación al festín de Dios, para ceder luego a la invitación del mundo y del demonio, que con sus viles placeres nos vendan los ojos. El demonio nos da cosas harto inferiores a las de Dios; no lo hace para que seamos felices, sino para perdemos. Dios, con liberalidad y por amor, nos da una piedra de valor incalculable, en tanto que el demonio, con avaricia y por odio, nos da una moneda resplandeciente, pero vil. Se necesita ser loco para abandonar la piedra preciosa y comprar esta moneda falsa, con la que nos arruinamos.

La distancia inconcebible que hay entre la gracia y los bienes de la naturaleza no solamente debe impedirnos la pérdida de aquélla por el pecado mortal, sino que debe impulsarnos a practicar con empeño las virtudes que aumentan la gracia en nosotros. Te concedo que nada pierdes con dejar la misa negligentemente entre semana, con omitir una oración no impuesta o una obra de misericordia, de mortificación, de humildad; con todo, no puedes negar que es una pérdida incalculable para ti el no aumentar tu capital cuando tan fácilmente lo podrías conseguir, puesto que el menor grado de gracia excede en valor a todos los bienes de este mundo.

Si a un avaro le fuera dado ganar, mediante un ayuno o una oración, toda una flota, cargada de tesoros de la India, ¿quién sería capaz de impedirle esas prácticas? ¿Creéis que le detendrían las reflexiones acerca de lo pesado de su obra o del peligro a que exponía su salud? ¿Con qué derecho entonces nos apoyamos en motivos parecidos, siendo así que se trata de una recompensa, cuya menor parte supera infinitamente a todos los tesoros de la India, a todos los mundos juntos? A pesar de todo, ¡qué lentos somos para extender la mano, para imponemos la molestia de dar vuelta a un campo que en seguida produciría espigas de oro! Bastaría un suspiro, una lágrima, una buena resolución, un deseo piadoso, la sola invocación de Cristo, un gesto de amor, una súplica. Quién nos diera el imprimir bien profundamente en nuestro corazón las maravillas de la gracia, el repetir con una convicción profunda y viva estas palabras de un piadoso doctor: La gracia es la soberana y la reina de la naturaleza[13].

M.J. Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, cap. II

continuará...

[1] In Ioannem, tr. 72, 3.

[2] S. Th., I, II, q. 113, a. 9.

[3] Por ejemplo, SUÁREZ, De divina substantia, l. II, c. 9.

[4] San Celestino I. De gratia Dei indiculus. Segundo concilio de Orange. Concilio de Trento.

[5] Serm. 62, n. 2; 65, n. 3; 156, n. 6. In ps. 70, enarr. 2, n. 3; De Genesi ad lit., l. X, c. 6, n. 10.

[6] San Agustín, De civit. Dei, l. XII, c. 9. Santo Tomás, I, q. 62, a. 2.

[7] LESSIUS, De div. Perf., l. 1, c. 1.

[8] Serm. 15. De verbis Apostoli.

[9] Proverbios, VIII, 2.

[10] Salmo, CXLIV, 9.

[11] Salmo VIII, 7-9.

[12] Salmo VIII, 5.

[13] Gerson, Serm. de circumc.

domingo, 8 de abril de 2012

María Antonieta recibe la última absolución

En la Conciergerie, un sacerdote da la absolución a la reina María Antonieta desde fuera la ventanilla enrejada de su celda antes de ser conducida a la ejecución que le valió la gloriosa palma del martirio.

Visto en Tea at Trianon

Pascua de Resurrección

El calendario litúrgico señala el día de hoy la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo después de estar tres días encerrado en la tumba en que lo había sepultado la piedad de sus fieles. Así como dedicamos en nuestro último número varias consideraciones acerca de la Pasión y Muerte del Redentor, queremos hacer en el día de hoy algunas reflexiones sobre algunas enseñanzas que la gloriosa Resurrección del nuestro Señor nos da. Y estamos en lo correcto. La Resurrección representa el triunfo eterno y definitivo de nuestro Señor Jesucristo, la completa derrota de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra fe. Dice San Pablo que, si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se fundamenta todo el edificio de nuestras creencias. Meditemos, pues, sobre tan alto asunto.

* * *

Cristo, Señor nuestro, no fue resucitado: resucitó. Lázaro fue resucitado. Él estaba muerto. No fue otro que nuestro Señor quien lo trajo de la muerte a la vida. En cuanto al divino Redentor, nadie lo resucitó. Fue Él mismo quien se resucitó. No tuvo necesidad de que nadie lo trajera a la vida. Él la recuperó cuando Él lo quiso.

Todo cuanto se refiere a nuestro Señor tiene su aplicación analógica con la Iglesia Católica. Vemos frecuentemente, en la historia de la Iglesia, que cuando ella parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían socavar su cuerpo, sobrevivió siempre a los hechos que la han sostenido viva contra toda expectativa de sus adversarios. Hecho curioso, a veces, no son los amigos de la Santa Iglesia los que vienen en su rescate: son sus propios enemigos. En una época delicadísima para el catolicismo, como fue la de Napoleón, ¿no ocurrió el episodio mil y mil veces curioso de haberse reunido un cónclave para la elección de Pío VII, bajo la protección de las tropas rusas, todas ellas cismáticas y obedeciendo a un soberano cismático? En Rusia, la práctica de la religión católica era obstaculizada de mil maneras. Las tropas de ese país aseguraron, sin embargo, en Italia, la elección libre de un soberano pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro había causado daños de los que, humanamente hablando, la Iglesia tal vez no se habría podido recuperar nunca más.

Estos son medios maravillosos de los que la Providencia se sirve para demostrar que Ella tiene el gobierno supremo de todas las cosas. Sin embargo, no creamos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria, o a las tropas rusas. Aun cuando Ella parece enteramente abandonada, aun cuando el concurso de los medios más indispensables para la victoria en el orden natural parecen faltarle, estemos siempre seguros que la Santa Iglesia no morirá. Como nuestro Señor, Ella se levantará con sus propias fuerzas que son divinas. Y cuanto más inexplicable fuere, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia ―aparente, recalcamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, al contrario de la de nuestro Señor― tanto más gloriosa será la victoria.

En estos días nublados y tristes en que vivimos, confiemos pues. Pero confiemos, no en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o aquella corriente ideológica, para operar la reintegración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer la tierra entera, si eso fuera necesario para el cumplimiento de la promesa divina: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

* * *

Esta certeza tranquila en el poder de la Iglesia, tranquila de una tranquilidad toda hecha de espíritu sobrenatural, y no de cualquier indiferencia o indolencia, podemos aprenderla a los pies de nuestra Señora. Sólo Ella conservó íntegra la fe, cuando todas las circunstancias parecían haber demostrado el fracaso total de su divino Hijo. Descendido de la cruz el cuerpo de Cristo, yaciente a causa de la mano de los verdugos, no sólo la última gota de sangre, sino incluso de agua, verificada la muerte, no sólo por el testimonio de los soldados romanos, como por el de los propios fieles que procedieron a sepultarlo y puesta la piedra inmensa que debía servir de cerradura infranqueable, todo parecía perdido. Pero María santísima creyó y confió. Su fe se conservó tan segura, tan serena, tan normal en esos días de suprema desolación, como en cualquier otra ocasión de su vida. Ella sabía que Él habría de resucitar. Ninguna duda, ni siquiera la más leve, contaminó su espíritu. Es a los pies de Ella, por lo tanto, que habremos de implorar y obtener esa constancia en la fe y en el espíritu de fe, que debe ser la suprema ambición de nuestra vida espiritual. Medianera de todas las gracias, modelo de todas las virtudes, nuestra Señora no nos rechazará ningún don que en ese sentido le pidamos.

* * *

Mucho se ha dicho… y sonreído respecto de la resistencia de Santo Tomás en admitir la Resurrección. Habrá tal vez, en esto, cierta exageración. O al menos, es cierto que tenemos delante de los ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada de que la del apóstol. En efecto, Santo Tomás dijo que tenía que tocar con sus manos a nuestro Señor, para creer en Él. Pero al verlo, creyó incluso antes de tocarlo. San Agustín ve en la resistencia inicial del apóstol una disposición providencial. Dice el santo doctor de Hipona que el mundo entero quedó suspendido al dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad en los motivos para creer, sirve de garantía a todas las almas timoratas, en todos los siglos, de que realmente la Resurrección fue un hecho objetivo, y no el producto de imaginaciones en ebullición. Sea como fuere, el hecho es que Santo Tomás creyó apenas vio. ¿Y cuántos son hoy en día los que ven y no creen?

Tenemos un ejemplo de esta obstinada incredulidad en lo que dice respecto a los milagros verificados en Lourdes, y también con Teresa Newman en Ronerseuth, en Fátima. Se trata de milagros evidentes. En Lourdes, hay una oficina de constataciones médicas, en que sólo se registran las curaciones instantáneas de enfermedades sin ningún carácter nervioso e incapaces de ser curadas por un proceso sugestivo; las pruebas exigidas como autenticidad de la enfermedad son, en primer lugar, un examen médico del paciente, hecho antes de su inmersión en la Gruta, en segundo lugar, aún antes de esa inmersión, la presentación de documentos médicos referentes al caso, de las radiografías, análisis de laboratorio, etc.; a todo ese proceso preliminar puede comparecer cualquier médico que pase por Lourdes, quedando autorizado a exigir un examen personal del enfermo, y de las piezas de radiografías o de laboratorio que traiga consigo; finalmente, verificada la cura, esta debe ser observada por el mismo proceso por el que se verificó la enfermedad, y sólo es considerada efectivamente milagrosa cuando, durante mucho tiempo, el mal no reaparece. Ahí están los hechos. ¿Sugestión? Para eliminar cualquier duda a ese respecto, se señala el caso de curaciones verificadas en niños sin el uso de la razón por su tiernísima edad, y que, por esto, no pueden ser sugestionadas. A todo esto, ¿qué se responde? ¿Quién tiene la nobleza de hacer como Santo Tomás, y, delante de la verdad segura, arrodillarse y proclamarla sin rebuscos?

Parece que nuestro Señor multiplica los milagros a medida que crece la impiedad. El caso de Teresa Neuman, Lourdes, Fátima, ¿qué mas? ¿Cuánta gente sabe de estos casos? ¿Y quién tiene el coraje de proceder a un estudio serio, imparcial, seguro, antes de negar esos milagros?

* * *

Causa admiración el modo por el cual nuestro Señor penetró en la sala enteramente cerrada, en que estaban los apóstoles, y ahí se presentó. Con ese milagro, nuestro Señor demostró que, para Él, no hay barreras infranqueables.

Estamos en una época en que mucho se habla de “apostolado de infiltración”. El deseo de llevar a todas partes el apostolado sugirió a muchos legos el creer que es indispensable que ingresen en ambientes inconvenientes o incluso hasta francamente nocivos, para llevar hasta allí la irradiación de nuestro Señor Jesucristo y convertir a las almas. Toda la tradición católica va en sentido contrario: ningún apóstol, salvo situaciones excepcionalísimas, y, por lo tanto, rarísimas, tiene el derecho de entrar en ambientes en que su alma puede sufrir detrimento. ¿Pero, se pregunta, quién entonces ha de entrar a salvar a aquellas almas que se encuentran en ambientes donde nunca entra una influencia católica, donde jamás penetra una palabra, un ejemplo, una centella de sobrenatural? ¿Son condenados en vida? ¿Ya tienen desde ya el infierno por destino?

Así como no hay paredes materiales que resistan a nuestro Señor, que a todas traspone sin destruirlas, así también no hay barreras que detengan la acción de la gracia. Donde no puede penetrar, por un deber de la propia moral, el apóstol militante, ahí penetra, entre tanto, por mil modos que sólo Dios sabe, su gracia. Es un sermón oído por la radio, es un buen libro que de modo enteramente fortuito que se obtiene al bajarse de un autobús, es una simple imagen que se entrevé en una casa cuando se pasa por ella. De todo esto, y de mil otros instrumentos, puede servirse la gracia de Dios. Y, para que ella penetre en tales ambientes, mil veces más útil que la imprudente penetración del apóstol, están la oración, la mortificación, la vida interior. Ellas aplacan las iras de Dios. Ellas inclinan la balanza para el lado de la misericordia. Ellas, pues, penetran en ambientes que muchos consideran impenetrables a la acción de Dios. De hecho, la hagiografía católica nos de esto mil ejemplos. ¿No hubo un caso de una conversión ilustre, operada en un joven impío, tocado por buenos sentimientos, cuando hacía una fiesta usando, por escarnio, el hábito de San Francisco? Fue la propia fantasía lo que lo convirtió. Hasta del escarnio de la religión puede servirse la sabiduría de Dios para operar sus conversiones. Pero estas conversiones, es preciso obtenerlas. Y nosotros las obtendremos sin ningún riesgo para nuestras almas, uniendo nuestra vida interior, nuestras oraciones, nuestros sacrificios a los méritos infinitos de nuestro Señor Jesucristo.

A mi ver, no hay mejor ni más eficaz apostolado de infiltración del que realizan las religiosas contemplativas, encerradas por su regla monástica entre las cuatro paredes de su convento. Benedictinas, carmelitas, dominicanas, visitandinas, clarisas, sacramentinas, estas son las verdaderas heroínas del apostolado de infiltración.

Plinio Corrêa de Oliveira

"O Legionário", nº 559, 25 de abril de 1943

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...