martes, 24 de junio de 2008

La Vendée: El genocidio en nombre de la Libertad

Un Chouan: campesino Vendeano
Alegoria de la Revolución Francesa
Dado el creciente y militante crecimiento del anti-catolicismo en Occidente, aquí hay dos libros altamente recomendados. Los autores nos advierten de las tremendas mentiras sin freno que se producen por esto. En 1790, en la Francia occidental, se produjo una situación de persecución a la Iglesia bajo el amparo de la ley. Cuando los campesinos católicos de la Vendée se atrevieron a resistir a esa persecución, los legisladores ateos ordenaron el total exterminio de la población de esa región – hombres, mujeres y niños. Ellos enviaron un ejército de “columnas infernales” para “exterminar a la población de la Vendée”. Secher dice que al menos el número de bajas bordeó los 118.000, mientras que Davies piensa que el número es cercano a los 250.000. El genocidio de los Vendeanos no es muy conocido fuera de Francia, y es por eso que merece ser conocida la verdad. Esto nos enseña una valiosa lección, esto es, que el odio visceral contra el Catolicismo, si no es detenido, puede generar en un genocidio.


Marqués Henry de la Rochejaquelein
Bastante curioso, aquellos que llevaron a cabo el genocidio en la Vendée mostraron tener la misma mentalidad perversa que más tarde encontramos en los Nazis. Ellos arrojaban a mujeres y niños en hornos, usaron piel humana para hacer ropa, y quemaban a las mujeres para extraer grasa. Los horribles detalles de estas atrocidades están demostrados en hechos. De hecho, dichas atrocidades fueron a menudo registradas por los agentes del gobierno.

El sufrimiento y muerte de los católicos en la Vendée no fue en vano. Ellos lograron una gloriosa victoria, ya que finalmente, a causa del heroísmo que mostraron, la persecución anti-católica de 1790 fracasó. La Iglesia en Francia fue supuestamente erradicada. Sin embargo, ella tomó nueva vida. Como decía Tertuliano, “la sangre de mártires es la semilla de la Iglesia”. En 1801, cuando Napoleón concedió la libertad de culto a todos los católicos de Francia, aquello fue visto como la victoria de la Vendée.
Chouan Breton

Estos dos libros de Michael Davies y Reynald Secher se complementan mutuamente. “Por el Altar y el Trono” de Davies es una introducción a esta épica historia, una visión general. Es un vistazo, un relato emocionante de la heroica resistencia católica de 1793 y del posterior genocidio. Davies tomando una amplia perspectiva, muestra las evidencias basado en sólidas y bien documentadas historias publicadas en Francés e Inglés. “El Genocidio Francés” de Secher es una detallada, y cercana descripción de los eventos, basado en los testimonios “ricamente e insospechados” de falsedad de los archivos nacionales, departamentales y comunales de Francia. Secher los obtiene de los testimonios de los campesinos católicos y de los informes de los oficiales encargados del genocidio; él muestra con mapas y gráficos de cómo muchos murieron y cuántas propiedades fueron destruidas en cada localidad.

El impacto de estas dos obras es abrumador. Los historiadores han dejado al margen o minimizado este genocidio, a veces (como sucede con Michelet) hasta han culpado a las víctimas. ¿Por qué? Porque esto no encaja con el mito ateo – de que los católicos son los perseguidores, mientras que los ateos y liberales son los tolerantes. La historia del genocidio Vandeano es incluso muy necesaria para corregir el interminable vitoreo ofrecido desde 1989 por causa del bicentenario de la Revolución Francesa. Hubo una horrible cara oculta de la Revolución, un corazón tenebroso.
Davies muestra cómo, paso a paso, la persecución a los sacerdotes católicos llegó hasta el máximo exceso en la Vendée. Esta persecución se suponía que no debía ocurrir porque, bajo el Artículo X de la “Declaración de los Derechos Humanos” (1789), nadie podía ser penalizado por sus creencias religiosas, menos si sus creencias no perturbasen el orden público. Pero el gobernante ateo rápidamente comenzó a perseguir a los sacerdotes y a la Iglesia. Primero confiscaron las propiedades de la Iglesia, incluyendo los colegios y hospitales. Después suprimieron los monasterios y conventos. A continuación ellos eliminaron todas las formas de rentas y redujeron al sacerdocio católico a la dependencia de un salario gubernamental. A fines del 1790 los sacerdotes fueron forzados incluso a tomar juramento de adhesión a la nueva “Constitución Civil del Clero” bajo la amenaza de si no, perder su trabajo y salario. A comienzos de 1791, 134 obispos franceses condenaron esta “Constitución Civil” y el Papa Pío VI la declaró herética. El anti-catolicismo en París ignoró esto y mantuvo la medida: En agosto de 1792 una nueva ley ordenó que los sacerdotes que mantenían su rechazo al juramento fuesen deportados, y en mayo de 1793 otra ley condenaba a muerte a aquellos sacerdotes deportados que todavía estaban en Francia. De esta manera, la ley se convirtió en un arma para destruir el orden sagrado del sacerdocio y a la Iglesia Católica.
La resistencia a esta persecución estalló en agosto de 1972 cuando 600 campesinos Vandeanos blandiendo herramientas agrícolas intentaron detener a la Guardia Nacional que quería desalojar a las monjas de sus conventos. La mayoría de los campesinos murieron caballerosamente. Ahora, aquellos hombres habían aceptado con beneplácito la Revolución de 1789, hasta que se dieron cuenta del visceral y apasionado anti-catolicismo dirigido por las leyes ateas. Michael Davies plantea la cuestión de por qué la resistencia comenzó en la Vendée, debido a que el más ferviente catolicismo residía en aquella parte de Francia – una región de 12.000 kilómetros cuadrados que incluye parte de Anjou, Brittany, y Poitou. Él responde que justamente es ésa la región donde San Luis María Grignion de Montfort misionó y evangelizó y donde estableció su orden religiosa. Es revelador que los Vandeanos llevaban en sus pechos la insignia roja del Sagrado Corazón introducida por San Luis de Montfort. Sus enemigos los llamaban con desprecio de “soldados de Jesús”.

Cuando la Asamblea Nacional reemplazó a los sacerdotes heroicos que se habían rehusado a jurar la “constitución civil del clero”, los campesinos Vendeanos se negaban rotundamente a ir a la iglesia. Los padres de niños recién nacidos tuvieron que marchar a punta de pistola para ir a bautizarlos a las pilas bautismales. Secher relata una conmovedora anécdota que revela la profundidad de la adhesión que los campesinos tenían a los verdaderos pastores. Un domingo, en Saint-Hilaire-de-Mortagne, un sargento encontró a unos feligreses arrodillados en silencio en el cementerio porque su iglesia había sido cerrada. El sargento le preguntó a un viejo campesino qué era lo que estaban haciendo ahí, y el campesino explicó: “Cuando nuestro cura nos dejó, nos prometió que todos los domingos a esta misma hora diría la Misa por nosotros donde sea que se encontrase”. El sargento reaccionó con desprecio: “¡Imbéciles supersticiosos!” creen que escucharán la Misa desde el lugar en que él esté”. El anciano respondió dócilmente: “La oración viaja más de cien leguas, desde ya que asciende desde la tierra al cielo”.

Muchos de los sacerdotes Vendeanos que se habían rehusado jurar retornaron a sus ciudades natales y vivieron en la clandestinidad entre sus parientes y amigos. Ellos decían Misa en graneros, en áticos o en bodegas. Ellos tenían un precio sobre sus cabezas, pero confiaban en la protección de los campesinos. En virtud a una ley aprobada en agosto de 1792, fueron ofrecidas 50 libras como recompensa por la captura de algún sacerdote no juramentado. Los municipios podían incrementar la recompensa a 100 libras.

Lo que finalmente desencadenó una resistencia generalizada entre los campesinos católicos de la Vendée fue que la Asamblea nacional ordenó a comienzos de 1793 que 300.000 hombres fueran reclutados para el ejército nacional. Esto fue el colmo – los obligaron a unirse a las tropas para que fueran a la caza de sus sacerdotes.

San Luis de Montfort el Apóstol de la Vendée
El ejército Vendeano fue llamado en ese tiempo “El Ejército del Sagrado Corazón”. La nobleza de la Vendée había prácticamente desaparecido en 1793, entonces los campesinos fueron convocados en su mayoría por ex oficiales y solados de carrera para llevarlos a para batalla. Estas pintorescas características incluyeron a Charette, un oficial veterano de la Revolución Americana, y al Marqués de Bonchamps, un oficial formado en la India. Tales experimentados soldados sabían que enfrentaban imposibles probabilidades, pero los valerosos campesinos respondieron a la convocatoria. En determinado momento, llegaron a dirigir a cerca de 35.000 campesinos en la batalla, muchos de ellos pobremente equipados. En su auge en 1793, el ejército católico derrotó a los Mayençais, una fuerza de 20.000 veteranos que nunca antes había retrocedido en batalla en Europa.

Una ilustración de Thomas Brennan puesta en el libro de Davies muestra la bravura y garbo de los líderes católicos. Ellos eran unos caballeros. El Marqués de Bonchamps, por ejemplo, pidió como último deseo antes de morir a los 33 años, que fuesen liberados los soldados gubernamentales que habían sido capturados. Cerca de 5.000 prisioneros fueron liberados, mientras que por el lado del gobierno, 29 carros de prisioneros católicos fueron ahogados en el depósito de Vihiers. Era difícil para el ejército católico acatar un código de honra frente a las incesantes atrocidades de sus enemigos. Los prisioneros liberados por Bonchamps devastaron La Chapelle, donde habitaban en aquél entonces ancianos, mujeres y niños.
Charette
Entre las muchas atrocidades cometidas contra los católicos Vendeanos se encuentra la masacre de un hospital cerca de Yzernay, donde 2.000 soldados heridos, ancianos, mujeres y niños fueron masacrados. Una Capilla para honrar a esos mártires fue levantada en el lugar. Hubo también la masacre de 6.000 prisioneros católicos, muchos de ellos mujeres, después de la batalla de Savenay. También están los Mártires de Avrillé, la mitad de ellos mujeres – recientemente beatificados por Juan Pablo II – quienes fueron sacados de la ciudad en lotes de 400, de a 50 fueron puestos en línea frente a una zanja y fueron fusilados. También fueron ahogados 5.000 en el río Loira en Nantes – sacerdotes, ancianos, mujeres y niños. Y 3.000 mujeres católicas fueron asesinadas ahogándolas en Pont-au-Baux. Los ahogamientos se transformaron en entrenamiento para los soldados. A los ahogamientos les pusieron nombres burlescos como “matrimonios republicanos” donde jóvenes y jovencitas católicos fueron atados desnudos de a dos y lanzados al agua. También lo llamaban “deportación vertical en la bañera nacional” y “bautismo patriótico”.
Bombchamps
Aquellos que dirigieron dichas atrocidades fueron obviamente fanáticos en su odio al catolicismo, pero eran ellos los que acusaban al catolicismo de “fanatismo”. Para ser considerado culpable del supuesto “crimen” de fanatismo, bastaba que el católico ocultase a un sacerdote, escuchara Misa en secreto, o rezara el Rosario. Cuando las guillotinas no daban más a vasto con el número de “fanáticos” condenados, la legislación atea buscó métodos más eficientes para matar a las multitudes. Ellos deliberaron intoxicarlos en pozos con arsénico e inventaron “gases tóxicos”. Sólo faltaba la tecnología, ya que la voluntad había para aquello, tanto así que Auschwitz no superó a 1790. Así fue que, una vez desatado el terror entre 1794 a 1796, Davies observa que, esto “fue un hecho sin precedentes hasta el advenimiento de Stalin y Hitler”. El General Westermann, el carnicero de la Vendée, informó al Comité De Seguridad Pública después de la batalla de Savenay en diciembre de 1793: “Siguiendo las órdenes que me dieron, yo aplasté a los niños debajo de las patas de los caballos, masacré mujeres… No tomé ni un sólo prisionero… los exterminé a todos…” Noten sus palabras: siguiendo las órdenes que ustedes me dieron.

Martirio de las Carmelitas de Compiegne

El genocidio de los católicos Vendeanos no puede ser registrado como hecho por un ejército que se volvió loco. Fue un programa de aniquilación ordenado por los líderes del ateísmo dogmático. La Convención Nacional tomó la fría decisión de que los católicos Vendeanos “deben ser exterminados de la faz de la tierra”. Ordenaron a las tropas nacionales a dividirse en columnas y marchar a través de la región oeste de Francia destruyendo a todos y a todo – ancianos, mujeres y niños, incluso a los “patriotas” (así denominaron los revolucionarios gubernamentales a aquellos que en la Vendée se les opusieron) quienes incluso imaginaban que estarían a salvo mostrando sus certificados de lealtad otorgados por el gobierno. La región se transformó en un cementerio nacional que sirve como lección para todos los católicos en Francia. Ninguna persona, ninguna propiedad fue perdonada. Incluso los bosques intentaron incendiarlos. Esto no ocurrió debido a la incesante lluvia.


Sagrado Corazón que los Vendeanos llevaban en el pecho

Nadie que haya leído las horribles descripciones detalladas por Secher sobre el genocidio de la Vendée puede atreverse a negar la existencia del Pecado Original. Aquí nos enfrentamos al corazón de lo más obscuro que hay en el hombre. Un oficial de policía llamado Gannet escribió cómo vio como eran arrojados mujeres y niños dentro de hornos y cómo sus llantos eran “causa de entretención" para los soldados de Turreau que quería “continuar con sus placeres” incluso corriendo detrás de las victimas católicas para atraparlas. Entonces ellos procedieron a arrojar a 23 esposas de “patriotas verdaderos” dentro del fuego. Otro entretenimiento monstruoso consistía en lanzar a las mujeres por las ventanas para que cayeran sobre las bayonetas. En Angers las pieles de 32 víctimas fueron utilizadas para fabricar monturas para los oficiales, y en Meudon, se hizo la comparación entre la elasticidad de la piel de los hombres y de las mujeres.

El ejército del Sagrado Corazón de Jesús

Hace unos años se realizó una conferencia sobre la Sociedad del Siglo XVIII, escuché a una mujer decir al público citando una máxima de los filósofos franceses de ese siglo: “Los hombres finalmente serán libres cuando el último sacerdote sea estrangulado con las tripas del último de los príncipes”. En dicha ocasión, le pregunté a ella por qué citaba eso como dándole su aprobación, cuando era obviamente una muestra del anti-catolicismo intolerante. Ella negó rotundamente que aquello era fanatismo intolerante. Incluso argumentó que aquello era una respuesta legítima frente a la tiranía católica. Más aun, ella hizo oídos sordos antes otros argumentos. Esto es un ejemplo, si necesario fuese, del dogmatismo anti-católico que prevalece en las universidades de hoy. Desde que no hay príncipes que proporcionen entrañas para el entrenamiento de los ateos dogmáticos, les queda sólo estrangular al sacerdocio católico de otra manera.


Francia Real
La historia de la Vendée debiera ser una advertencia para los católicos de hoy. Esos heroicos campesinos se levantaron en resistencia para proteger a la Santa Madre Iglesia de aquellos que querían destruirla bajo el amparo de la ley. La gloria de la Vendée es la gloria de la Caballería – el sacrificio personal de entregar la vida por amor a la Iglesia.

Anne Barbeau Gardiner : http://www.newoxfordreview.org/reviews.jsp?did=0504-gardiner

miércoles, 4 de junio de 2008

Junio es el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús

Las Doce Promesas del Sagrado Corazón

En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas:

* Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.
* Les daré paz a sus familias.
* Las consolaré en todas sus penas.
* Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.
* Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.
* Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.
* Las almas tibias se volverán fervorosas.
* Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.
* Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.
* Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.
* Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.
* Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.

Oración para todos los días del mes

Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro, para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven. ¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los frágiles, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer! Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio de toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón. Vos lo alentasteis, y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio; “Venid a Mi,… Aprended de Mi,… Pedid, llamad,…” A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues, hoy; y llamo, y pido, y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor! Firme, formal y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio sabéis me ha de ser hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén.
Pedir las gracias que se desean.
Oración final

¡Oh Jesús!, yo os consagro mi corazón, colocadle en el vuestro, pues sólo en él quiero vivir y sólo a él quiero amar; en vuestro Corazón quiero vivir desconocido del mundo y conocido de Vos solo; en este Corazón beberé los ardores del amor que consumirán el mío; en él encontraré la fuerza, la luz, el calor y el verdadero consuelo. Cuando el mío esté desfallecido, él me reanimará; cuando inquieto y turbado, él me tranquilizará:
¡Oh Corazón de Jesús!, haced que mi corazón sea el altar de vuestro amor; que mi lengua publique vuestra bondad, que mis ojos estén siempre clavados en vuestra llaga; que mi espíritu medite vuestras adorables perfecciones; que mi memoria conserve siempre el precioso recuerdo de vuestras misericordias; que todo en mí exprese mi amor a vuestro Corazón, ¡oh Jesús!, y que mi corazón esté siempre pronto a sacrificarlo todo por Vos.
¡Oh Corazón de María!, el más amable después del de Jesús, el más compasivo, el más misericordioso de todos los corazones, presentad a vuestro Hijo nuestra consagración, nuestro amor, nuestras resoluciones. El se enternecerá a la vista de tantas miserias y nos librará de ellas; y después de haber sido nuestro refugio y nuestra protectora sobre la tierra, ¡oh Madre de Jesús!, seréis nuestra Reina en el cielo. Amén.

domingo, 1 de junio de 2008

La virtud de la devoción

En qué consiste la verdadera virtud de la devoción: La viva y verdadera devoción presupone el amor de Dios; mas no un amor cualquiera, porque cuando el amor divino embellece a nuestras almas se llama gracia, la cual nos hace agradables a su Divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar bien, se llama caridad; pero cuando llega a un tal grado de perfección, que no sólo nos hace obrar bien, sino con cuidado, frecuencia y prontitud, entonces se llama devoción.

La virtud de la devoción es aquel grado de amor de Dios que nos hace obrar el bien con cuidado, frecuencia y prontitud. La devoción no es más que una agilidad y viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente. Luego, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud. Además, la devoción nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas.

Finalmente, la caridad y la devoción sólo se diferencian entre sí como la llama y el fuego; pues siendo la caridad un fuego espiritual, cuando está bien encendida se llama devoción, de manera que la devoción nada añade al fuego de la caridad, fuera de la llama que hace a la caridad pronta activa y diligente no sólo en la observancia de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos e inspiraciones celestiales.
El Espíritu Santo, por boca de todos los santos y Nuestro Señor por la suya propia, nos aseguran que la vida devota es una vida dulce, feliz y amable.

Mas el mundo no ve la devoción interior y cordial, que hace que todas estas acciones sean agradables, suaves y fáciles.

Ahora bien, la devoción es el verdadero azúcar espiritual, que quita la aspereza a las mortificaciones y el peligro de dañar a las consolaciones; quita la tristeza a los pobres y el afán a los ricos, la desolación al oprimido y la insolencia al afortunado, la melancolía a los solitarios y la disipación a los que viven acompañados; sirve de fuego en invierno y de rocío en verano; sabe vivir en la abundancia y sufrir en la pobreza; hace igualmente útiles el honor y el desprecio, acepta el placer y el dolor con igualdad de ánimo, y nos llena de una suavidad maravillosa.

La devoción es la dulzura de las dulzuras y la reina de las virtudes, porque es la perfección de la caridad. Si la caridad es la leche, la devoción es la nata; si es una planta, la devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo precioso, la devoción es el aroma, el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a los ángeles.
San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Cap. I y II

viernes, 30 de mayo de 2008

La Virgen del Buen Suceso y el restaurador

La Santísima Virgen reveló a Sor Mariana Francisca de Jesús Torres – muerta en olor de santidad y cuyo cuerpo se encuentra incorrupto al igual que el de las otras tres monjas fundadoras de dicho monasterio –, entonces priora del Monasterio de las Concepcionistas de la ciudad de Quito en Ecuador en 1594 refiriéndose al fin siglo XX y comienzo del XXI:
“Pero cuando parecieren triunfantes (refiriéndose a los enemigos de la Iglesia) y cuando la autoridad abuse de su poder cometiendo injusticias y oprimiendo a los débiles, próxima estará su ruina, cayendo estrellados por tierra.

“Y la Iglesia, cual tierna niña resurgirá alegre y triunfante, y descansará tranquila, acariciada en manos del hábil corazón maternal de mi hijo electo, muy querido, de aquellos tiempos. Lo haremos grande en la tierra y mucho mayor en el Cielo, donde le hemos reservado un asiento muy precioso. Porque, sin temor de los hombres, combatió por la verdad y defendió impertérrito los derechos de su Iglesia, por lo que bien lo podrán llamar mártir”.

lunes, 26 de mayo de 2008

Profecía del beato Francisco Palau

El mundo ha de ser redimido una segunda vez, semejante a la forma como fue la primera, pues, Satanás, su verdadero tirano fue nuevamente desencadenado. Y, gozando de libertad, puso a las naciones bajo su cruel y despótico dominio.

La Iglesia mudará una segunda vez la faz del mundo. Pero antes, debe descender al silencio de los sepulcros, y teniendo sus templos destruidos, Ella se retirará a la soledad de la montaña. Allí recibirá el Espíritu Santo y la plenitud de los dones de que necesita para salvar a la sociedad moderna.

Habrá un ángel que descenderá del cielo, o sea, un hombre con una misión especial de Dios. Este hombre será el restaurador. Ha de ser un hombre, porque Dios decretó que los demonios sean lanzados en el infierno por mano del hombre. ¿Quién será este hombre?

Será el restaurador prometido por Jesucristo a la sociedad disoluta y entregada a la completa anarquía, impotente por sí misma para constituir un orden. Será un apóstol, un profeta, un Moisés, un Elías.
Francisco Palau vio la luz en Aytona (Lérida), España, el 29 de diciembre de 1811. Sus padres: José Palau y Antonia Quer. Ingresa en el Seminario de Lérida en 1828, donde cursa 3 años de filosofía y uno de teología. Allí se siente llamado al Carmelo, interrumpe los estudios y en octubre de 1832, ingresa al noviciado carmelitano de Barcelona, donde profesa al año siguiente el 15 de noviembre de 1833. Sigue allí mismo con sus estudios teológicos y el 22 de enero de 1834, es ordenado diácono. El 25 de julio del año siguiente (1835) su convento es atacado, asaltado y saqueado por las turbas políticas y rebeldes de entonces, logra huir, pero al año siguiente Mendizábal decretaba la exclaustración de los religiosos de España.
En su pueblo natal vive en soledad su diaconado manteniendo contacto con su provincial carmelita quien le prepara al sacerdocio. Es ordenado Sacerdote en Barbastro el 2 de abril de 1836. Los azares de la patria le obligan a vivir la exclaustración y el exilio. Vive su exilio en Francia: verano de 1841, hasta 1846, con prolongaciones hasta 1851. Allí en Montdésir y Livron pasará largos ratos de soledad alternando su apostolado. Al regresar a España, tras una breve experiencia contemplativa en Montsant (verano de 1851), funda en Barcelona, en la iglesia parroquial de San Agustín, La Escuela de la Virtud, modelo de enseñanza catequética, atendiendo también, la dirección espiritual del Seminario.

Vuelven las revueltas políticas y el Capitán General de Cataluña, suprime la escuela y confina injustamente a Palau en Ibiza (1854-1860), seis años más de destierro y soledad en famoso peñón del Vedrá fundando cerca de allí la casa y ermita de Es Cubells. Igualmente se ocupará de la reorganización de los ermitaños de San Honorato de Randa en 1860. En todos esos lugares experimentará las vicisitudes de la Iglesia inmerso en su intenso ministerio sacerdotal que luego llevará a las Islas de Mallorca y Menorca.

En Baleares, pone en marcha la fundación de sus dos familias carmelitanas: las Congregaciones de los Terciarios Carmelitas Descalzos (1860-1872), y de las Hermanas Carmelitas Terciarias (1861-1872). Y da inicio a la redacción de su obra Mis Relaciones con la Iglesia en 1861.

Recobrada la libertad, viaja a Roma (1866 y 1870). Lo nombran director de los terciarios carmelitas de España en 1867, comienza la publicación del semanario El Ermitaño en 1868, fundado y dirigido por él mismo. Predica misiones populares, asume la labor de exorcistado y asistencia a los enfermos, extiende la devoción mariana por donde quiera que pasa, se dedica a la formación y dirección de los religiosos y religiosas fundados por él. La rama de los religiosos se incorpora al Carmelo Teresiano después de la guerra civil española de 1936 y la rama de religiosas continúa actualmente en dos congregaciones: Carmelitas Misioneras y Carmelitas Misioneras Teresianas.

En pleno apogeo de vida apostólica, el P. Francisco Palau es asestado por una enfermedad (del 10 al 20 de marzo), y muere entregando su alma a Dios en Tarragona el 20 de marzo de 1872, a los 60 años de edad. Su causa de beatificación y canonización fue introducida el 15 de septiembre de 1981, siendo beatificado por Juan Pablo II el 24 de abril de 1988.

martes, 13 de mayo de 2008

Grandes Personajes


Gabriel García Moreno (1821-1875)

En la ciudad de Guayaquil, porteña y liberal, en el año 1821, nació Gabriel García Moreno, octavo hijo de una familia muy distinguida, pues su padre Gabriel García Gómez, español leonés, nacido cerca de Ponferrada, fue procurador síndico de Guayaquil, y su madre, Mercedes Moreno, era hija del regidor perpetuo del ayuntamiento de la ciudad, hermana del arcediano de Lima y del oidor de Guatemala, y tía del cardenal Moreno, primado de Toledo. Gabriel, de niño, dio muestras de un temperamento sumamente débil y medroso. De tal modo le espantaba cualquier cosa, que no pudo ser enviado a la escuela, y fue su madre su primera maestra.

Gabriel, a los nueve años, justamente cuando se produce la independencia, queda huérfano de padre, y la familia, que se había distinguido como realista, se ve en la ruina. Un buen fraile mercedario, el padre Betancourt, que ayudaba espiritualmente a doña Mercedes, se hizo cargo de Gabriel, sirviéndole de maestro durante varios años, con gran provecho. Gabriel, que hablaba a veces en latín con su maestro, mostraba una memoria prodigiosa y una gran facilidad para el estudio. En esos años cambió totalmente su forma de ser, haciéndose una personalidad fuerte y valiente.

A los quince años comienza Gabriel sus estudios de filosofía y leyes en la Universidad de Quito, fundada en 1586. Pudo hacerlo gracias a dos hermanas del padre Betancourt, que allí tenían casa y le alojaron. Fue muy buen estudiante, y se mantuvo con beca toda la carrera. Aprendió por su cuenta francés, inglés e italiano. El ambiente cultural que le rodeaba era racionalista, volteriano y laicista, abiertamente hostil a la Iglesia, y en la vida política todo era mentira y corrupción. Viendo así la situación, no se limitó a lamentarse, sino que se decidió a ser político católico.

A los veinticinco años obtiene García Moreno el doctorado. Y su vida, siempre muy activa, se va acelerando más y más. Explora científicamente los cráteres de los volcanes Pinchincha y Sangay. Se casa con Rosa Ascásubi. Como escritor de combate, lanza sucesivamente varios periódicos, El Zurriago primero, La Nación después, y otro, El vengador, y otro más, El diablo. Pacifica en una semana, como enviado del presidente Roca, una sublevación sangrienta producida en Guayaquil...
Pero todo va de mal en peor, y la nación va decayendo, entre conspiraciones y sobresaltos, en un laicismo cada vez más ignominioso. Pasa entonces García Moreno por momentos de desánimo, llegando a considerar la posibilidad de dedicarse, como su próspero hermano Pablo, al comercio. Viaja a Europa, a Inglaterra y Alemania, y en Francia se reafirma definitivamente en su vocación política, estimulado por el ejemplo de sus amigos católicos franceses. Se reintegra en 1850 al Ecuador, y consigue, en un golpe de mano personal ante el presidente Noboa, el regreso de los jesuitas, cosa que los masones no podían tolerar. El general Urbina, que se hace con el poder, los expulsa de nuevo, alegando que la real cédula de Carlos III, española, de 1767, estaba vigente (!).

Exiliado

García Moreno ataca duramente desde el semanario La Nación la política de Urbina, y éste, en 1853, le destierra a Colombia. De allí se fuga, vuelve secretamente a Quito, se refugia más tarde en un barco francés arribado al puerto de Guayaquil, es elegido diputado, y es desterrado por segunda vez, en esta ocasión a la costa peruana, a un lugarejo apartado. Allí escribe un folleto en defensa propia, La verdad de mis calumniadores y, como siempre que puede, se dedica al estudio.

En 1855 vuelve a París, pues necesita libros y personas con las que perfeccionar su pensamiento, preparándose para su misión. Le interesan todos los temas: matemáticas y ciencias naturales, ingeniería y filosofía, agricultura e historia. «Estudio diez y seis horas diarias -le escribe a un amigo-, y si el día tuviera cuarenta y ocho, pasaría cuarenta con mis libros, sin el menor tropiezo». Por aquel tiempo estudió a Balmes y a Donoso Cortés, y leyó tres veces la Historia universal de la Iglesia católica, de Rohrbacher, editada recientemente en 29 volúmenes, entre 1842 y 1849, la obra que más influyó en su formación doctrinal y espiritual.

Pero aunque con éste y otros estudios consolidaba más y más su pensamiento católico, por aquellos años, sin embargo, había abandonado las prácticas religiosas: no se confesaba ni iba a misa los domingos. Un día, en una discusión con un ateo, éste le echó en cara su inconsecuencia, y Gabriel fue vencido por la gracia de Dios. Se confesó en seguida y desde entonces participó en la eucaristía diariamente.

Alcalde, rector y senador

A fines de 1856, una amnistía proclamada por el general Robles, sucesor del general Urbina, permite el regreso de García Moreno, después de tres años de destierro. Acogido triunfalmente en Quito, es elegido alcalde de la ciudad en 1857, y poco después rector de la Universidad, y senador por la oposición. La degradación de la vida política, cultural y económica en aquellos últimos años de dictadura militar era completa.

Serían necesarias muchas páginas -de las que no disponemos- para describir las luchas y cabildeos, los nepotismos y traiciones, que por entonces dominaban la vida pública, en la que la arbitrariedad de los políticos y la violencia de soldados y policías iban mucho más allá de lo tolerable. L. F. Borja afirma que 1859 fue «el año de la crisis para el Ecuador, cuando estuvo en peligro de desaparecer como nación independiente, el año de la anarquía».
Primera presidencia (1861-65)

Después de veinticinco años de gobiernos liberales y despóticos, sectarios e inútiles, se hizo en 1860, gracias en buena parte a García Moreno, una nueva Constitución, y él fue elegido por unanimidad para presidir el gobierno. Comienza inmediatamente una obra formidable, de la que escribe José Belmonte:

«Se organiza ahora la hacienda, la enseñanza y el ejército; se establece un Tribunal de cuentas; se reducen las tasas fiscales. García Moreno derrocha ardor para combatir con energía la especulación, el contrabando y la burocracia, acometiendo asimismo las obras de vialidad del país. Simboliza el freno más resuelto contra el militarismo imperante. Sus pasos giran en torno al establecimiento de un régimen civil, encaminándose a la instauración de un Estado católico.

«Su primer gobierno puede llamarse, en expresión de Crespo Toral, el período heroico de García Moreno. Fueron aquellos años, desde el gobierno provisional hasta 1865, de verdadera prueba: el motín de los cuarteles, las invasiones a mano armada, el puñal aguzándose en la sombra, dos guerras internacionales... En esos años lúgubres de furor, de desesperación, se acometieron en parte los gigantescos trabajos de la red de carreteras, las vastas empresas de la enseñanza, de la beneficencia, del saneamiento moral de la República, de cuyo territorio, desde los claustros para abajo, barrióse toda inmundicia que pudiese corromper el ambiente o trascender pestilencia o contagio... En años tan difíciles, con rentas adecuadas apenas para el sustento de la vida, tuvo el erario la elasticidad que da la honradez».

En 1862 se estableció el Concordato ecuatoriano con la Santa Sede. En 1863 se celebró un Concilio nacional, en el que se restauró, entre otras cosas, la disciplina del clero. Llegaron al país no pocos religiosos extranjeros. Y por primera vez en muchos años el Ecuador, país con inmensa mayoría de católicos, pudo vivir en una atmósfera favorable a la Iglesia y a la vida cristiana. Sin embargo, la obstrucción sistemática de liberales y radicales, y la ambición hostil de Colombia y Perú, cuyos masones confraternizaban con Urbina, poniendo en peligro la misma integridad territorial del Ecuador, mantuvieron la vida política en una tensión continua y en un peligro permanente.

Segunda presidencia (1869-75)

En 1868, García Moreno, a los cuarenta y siete años, se casa en segundas nupcias con Mariana de Alcázar, y prepara su retiro de la vida pública en una apartada hacienda. Le siguen en la presidencia, sucesivamente, dos hombres de su confianza, Carrión y Espinosa; pero estos políticos, siendo débiles, ponen otra vez el país al borde de la anarquía. García Moreno entonces, anticipándose a Urbina, que se preparaba para dar un golpe de estado, convoca la Convención de 1869, en la que se reforma la Constitución del estado. Y de nuevo es constituido presidente.

De esta segunda presidencia escribe Remigio Crespo Toral: «En esos seis años fue la paz, el desarrollo estupendo de la nación y la cumbre de su progreso. Con menos de tres millones de entradas al año, se realizó el prodigio de extensión, de encumbramiento, de exaltación de nuestra pobre República, al punto y grado de incorporarse ella en la sociedad internacional. No hubo necesidad de imposiciones, fueron raros los castigos y la mansedumbre iba formando la atmósfera».

Al morir García Moreno, la primera enseñanza, respecto a los tiempos de Urbina, se había multiplicado por cuatro; la Universidad de Quito era una de las mejores de América; se inició el restablecimiento entre los indios de los poblados misionales, que habían sido tan admirables; el ejército ya no imponía su prepotencia cuartelaria, sino que había sido reorganizado al servicio de la nación; los funcionarios, reducidos de su número abusivo, cumplían su horario laboral; los libros de contabilidad de la República, antes prácticamente inexistentes, estaban al día, y se habían eliminado casi por completo las cuantiosas deudas contraídas en los anteriores decenios de corrupción política. Todo lo cual, por supuesto, resultaba para muchos intolerable, al haber sido realizado por un político que se atrevía a aplicar en su gobierno la doctrina católica.

Político católico

García Moreno fue siempre un político absolutamente convencido de la veracidad de la doctrina política y social de la Iglesia. En el comienzo de su Constitución de 1869, abrumadoramente aprobada en plebescito popular, se decía: «En el nombre de Dios, uno y trino, autor, conservador y legislador del universo, la convención nacional del Ecuador decreta la siguiente constitución»... Fiel a la doctrina de la Iglesia, entonces presidida por Pío IX, estaba persuadido de que sólo podía edificarse el bien común temporal de una nación cristiana respetando en todo las leyes Dios.

Por eso cuando en 1864 Pío IX publicó el Syllabus, y muchos, incluidos católicos, atacaban el documento, él decía: «No quieren comprender que si el Syllabus queda como letra muerta, las sociedades han concluido; y que si el Papa nos pone delante de los ojos los verdaderos principios sociales, es porque el mundo tiene necesidad de ellos para no perecer».

García Moreno, por lo demás, era plenamente consciente de la singularidad provocativa de su política. En una ocasión reconocía que los masones «por medio de su gobernantes, son más o menos dueños de toda América, a excepción de nuestra patria». Pero esa misma conciencia le confirmaba la urgente necesidad de firmeza en su política. En efecto, se decía a sí mismo: «este país es incontestablemente el reino de Dios, le pertenece en propiedad, y no ha hecho otra cosa que confiarlo a mi solicitud. Debo, pues, hacer todos los esfuerzos imaginables para que Dios impere en este reino, para que mis mandatos estén subordinados a los suyos, para que mis leyes hagan respetar su ley».

Y en su mensaje al Congreso, en 1873, con la valiente franqueza que en él era habitual, declaraba: «Pues que tenemos la dicha de ser católicos, seámoslo lógica y abiertamente; seámoslo en nuestra vida privada y en nuestra existencia política. Borremos de nuestros códigos hasta el último rastro de hostilidad contra la Iglesia, pues todavía algunas disposiciones quedan en ellos del antiguo y opresor regalismo [supremacía del Estado sobre la Iglesia], cuya tolerancia sería en adelante una vergonzosa contradicción y una miserable inconsecuencia».

En lo referente, por ejemplo, a la educación, la Constitución ecuatoriana, que proscribía la masonería, ordenaba que fuera una educación católica, con indecible escándalo de liberales, radicales y masones, que en la mayoría de las naciones americanas dominaban hacía años el área política educativa. Pero García Moreno argumentaba: ¿Es antidemocrático asegurar a la población aquella educación que prefiere la inmensa mayoría de los ciudadanos? ¿Por qué un pueblo cristiano ha de estar sometido durante generaciones a una educación netamente anticristiana? ¿Por qué a los hijos ha de arrancárseles en la escuela la religión de sus padres? ¿Viene eso realmente exigido por la democracia?...

García Moreno en ésta cuestión, como en tantas otras, estaba prácticamente solo en toda América, pues una falsa ortodoxia democrática impulsaba a los políticos cristianos a alejar a la Iglesia de la educación, dejando ésta en manos de la única alternativa fuerte, organizada y con apoyos exteriores: radicales y masones. Éstos, en muchos países, entraban a formar parte de inestables gobiernos de coalición, diciendo: «Ustedes controlen la economía, el ejército, las relaciones con el exterior, y todo lo demás: nosotros nos encargaremos de la educación».

García Moreno, como la mayoría de sus compatriotas cristianos, fue formado en la devoción al Corazón de Jesús, y siendo ya presidente, a Él quiso consagrar el Ecuador, la nación entera, y para ello presentó consulta al tercer Concilio, reunido por entonces en Quito. Obtenida la licencia eclesiástica, y con el voto mayoritario del Congreso, se realizó en 1873, con gran solemnidad y fervor popular, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús. Fue la primera nación del mundo que lo hizo, y en diez años se levantó un gran templo nacional votivo para memoria del acontecimiento. Poco antes de su muerte, García Moreno vaticinó con acierto:

«Después de mi muerte, el Ecuador caerá de nuevo en manos de la revolución; ella gobernará despóticamente bajo el nombre engañoso de liberalismo; pero el Sagrado Corazón de Jesús, a quien he consagrado mi patria, lo arrancará una vez más de sus garras, para hacerla vivir libre y honrada, al amparo de los grandes principios católicos».

Hombre católico

Gabriel García Moreno pudo ser un político verdaderamente católico porque era un hombre católico en verdad. Trabajaba muchas horas cada día, sujetando siempre su horario a una distribución muy estricta, que incluía levantarse a las 5, y tener misa, meditación y examen entre las 6 y las 7. Las vacaciones las pasaba en un pueblecito donde su hermano era párroco. Una vez al año, si podía, hacía una semana de ejercicios espirituales. No solía dar banquetes -ni siquiera cuando fue elegido presidente por primera vez; en aquella ocasión entregó el dinero del banquete a un hospital-, y procuraba en lo posible evitar convites. Estas exageraciones venían aconsejadas por los escándalos precedentes, habituales en la Presidencia del gobierno. No siendo hombre de fortuna personal, cedía parte de su sueldo oficial al erario nacional, y parte a obras benéficas.

Guardaba un talante humilde, y a pesar del ímpetu de su carácter, gastaba una inmensa paciencia para, por ejemplo, conseguir del Congreso la aprobación de buenos presupuestos, obras o leyes. Era, como ya se ha visto, sumamente estudioso, e incluso en sus tiempos de político recibía con frecuencia de Europa obras sobre ciencia, filosofía o historia y, sobre todo de Francia, libros de pensamiento católico. También era dado a la lectura de temas bíblicos o patrísticos, del Magisterio o de autores espirituales.

En una de las últimas páginas de La imitación de Cristo, el libro de Kempis que llevaba siempre consigo, anotó, con ocasión de unos ejercicios espirituales, entre otras normas: «Oración cada mañana, y pedir particularmente la humildad. En las dudas y tentaciones, pensar cómo pensaré en la hora de la muerte. ¿Qué pensaré sobre esto en mi agonía? Hacer actos de humildad, como besar el suelo en secreto. No hablar de mí. Alegrarme de que censuren mis actos y mi persona. Contenerme viendo a Dios y a la Virgen, y hacer lo contrario de lo que me incline. Todas las mañanas, escribir lo que debo hacer antes de ocuparme. Trabajo útil y perseverante, y distribuir el tiempo. Observar escrupulosamente las leyes. Todo ad majorem Dei gloriam exclusivamente. Examen antes de comer y dormir. Confesión semanal al menos»...

García Moreno entrecruzó algunas cartas con el papa Pío IX, que por esos años sufría como él un duro acoso del laicismo militante. En una de ellas, Pío IX le decía: «Sin una intervención divina enteramente especial, sería difícil comprender cómo en tan corto tiempo habéis restablecido la paz, pagado muy notable parte de la deuda pública, duplicado las rentas, suprimido impuestos vejatorios, restaurado la enseñanza, abierto caminos y creado hospicios y hospitales».

Juicios sobre su personalidad política

Las fuerzas que abominan de todo influjo real del cristianismo en la vida pública han visto siempre en Gabriel García Moreno «el máximo representante del oscurantismo clerical», «un dictador sangriento», «un teócrata conducido por los jesuitas», etc. Es normal. Pero también es normal que nosotros aquí demos la palabra a personas más dignas de consideración:

José Luis Váquez Dodero califica a García Moreno de «férreo espíritu, asentado en una sorprendente fisiología... y no sólo el primero y más grande de los ecuatorianos, sino uno de los hombres en verdad extraordinarios que ha producido América... Pocas veces se ha dado un producto tan asombroso de energía física y de energía moral... La insólita personalidad de García Moreno y el fervor con que fue asistido por el pueblo ecuatoriano tentaría a aplicarle el término carisma, con el que quedarían designadas sus maravillosas facultades y la sublimación que los ecuatorianos hicieron de ellas».

El historiador García Villoslada afirma que «la figura de Gabriel García Moreno es en el aspecto político-religioso la más alta y pura y heroica de toda América, y nada pierde en comparación con las más culminantes de la Europa cristiana en sus tiempos mejores. Basta ella sola, aunque faltaran otras, para que la república del Ecuador merezca un brillante capítulo en los anales de la Iglesia».

Los tolerantes no toleran

En 1874 había acuerdo entre las fuerzas políticas para reelegir por un tercer período presidencial a García Moreno. Pero también había un convencimiento generalizado de que sus enemigos no estaban dispuestos a soportarlo más. El 20 de julio le escribía su suegro, Ignacio de Alcázar: «Una vez la secta radical triunfante, la religión será perseguida, las obras públicas y vías de comunicación abandonadas y, sobre todo, la guerra civil ha de ser interminable, debiendo todo esto y mucho más principiar por asesinarte... No veo otro medio de salvarte que salir del país». Todos sus amigos temían lo mismo, y le aconsejaban prudencias y escoltas, sin que él hiciera caso.

Se produjo, finalmente, por mayoría aplastante, la tercera reelección de García Moreno para la Presidencia. Y liberales y masones -siempre tan atentos a la voluntad del pueblo- formaron en seguida un coro mundial de lamentaciones y protestas.

Una vez más la opinión unánime internacional, la misma que consideraba natural que los católicos no pudieran tener voto en Gran Bretaña, o que estimaba necesaria, de alguna manera, la interminable dictadura mexicana del porfiriato, tan favorable a los intereses económicos del capital nacional o extranjero, daba sobre la elección democrática del católico García Moreno su democrática sentencia: intolerable. La prensa liberal de España, La Gaceta de Colonia o la de Bruselas, el secretario de la embajada chilena en Lima, el periódico Monde Maçonique, innumerables voces aquí y allá, con una coincidencia realmente impresionante, venían a exigir el fin del hombre nefasto, absolutamente incompatible, por muy reelegido que fuera, con las democráticas libertades modernas y la civilización occidental.

Tiempo antes, el 26 de octubre de 1873, la prensa del Perú había ya reproducido de la de Guayaquil la crónica detallada de su asesinato en Quito: todos los datos eran falsos, pero se trataba de crear ambiente. García Moreno, por supuesto, era consciente de la conjura, pero seguía negándose a llevar escolta y a tomar medidas mayores de precaución: «Yo prefiero confiar mi guardia a Dios. Lo que dice el salmista: "Si Dios no guarda la ciudad, en vano la guardan los centinelas"».

El 17 de julio de 1875 escribe García Moreno su última carta a Pío IX, comunicándole la reelección: «Ahora que las logias de los países vecinos, instigadas por las de Alemania, vomitan contra mí toda especie de injurias atroces y calumnias horribles, procurando sigilosamente los medios de asesinarme, necesito más que nunca la protección divina para vivir y morir en defensa de nuestra religión santa y de esta pequeña república... ¡Qué fortuna para mí, Santísimo Padre, la de ser aborrecido y calumniado por causa de Nuestro Divino Redentor, y qué felicidad tan inmensa para mí, si vuestra bendición me alcanzara del cielo el derramar mi sangre por el que, siendo Dios, quiso derramar la suya en la Cruz por nosotros!». Y el 4 de agosto le escribe a su amigo Juan Aguirre: «Voy a ser asesinado. Soy dichoso de morir por la santa fe. Nos veremos en el cielo».

Asesinato

El 6 de agosto de 1875, como de costumbre, se levantó a las cinco de la mañana, y fue a la iglesia para la misa de las seis. Sus asesinos, un pequeño grupo impulsado por los escritos incendiarios del liberal Juan Montalvo, le acechaban; pero retrasan su acción, pues al ser primer viernes había gran concurso de fieles. Más tarde, por la mañana, entra García Moreno un momento en la Catedral para hacer una visita al Santísimo. Le avisan que le reclaman fuera.

Cuando sale al sol de la plaza, un tal Rayo le descarga un machetazo en la cabeza, seguido de otros, en tanto que sus cómplices disparan sus revólveres. Fueron en total catorce puñaladas y seis balazos. Acuden algunos soldados al tumulto, y uno de ellos mata de un tiro a Rayo. En su bolsillo se hallaron cheques -por más de «treinta monedas», desde luego- contra el banco del Perú, firmados por conocidos masones.

El cuerpo de García Moreno es introducido en la Catedral, donde recibe, ya agonizante, la Unción sacramental. Al morir llevaba consigo, manchado todo de sangre, una reliquia de la Cruz de Cristo, el escapulario de la Pasión y el del Sagrado Corazón, y el santo Rosario colgado al cuello. También se le halló en el bolsillo un libro muy usado, que llevaba siempre encima: La imitación de Cristo.

Fuentes para este artículo: http://personales.ya.com/meridiano/garciamoreno.htm

lunes, 12 de mayo de 2008

Virtudes olvidadas

La determinación

Tanto Santa Teresa de Ávila como San Ignacio de Loyola fueron personas de una voluntad férrea. Ambos se caracterizaban en que, cuando tomaban una “determinación”, llevaban la acción hasta el final.
La “determinación” es una virtud vinculada estrechamente a la virtud de la fortaleza. La “determinación” designa una actitud inquebrantable, una decisión férrea de la voluntad. Ambos santos, después de examinar los provechos y los inconvenientes inherentes a los elementos de una opción binaria, se decidían o “determinaban” por una de ellas. Antes podrían existir las dudas, pero una vez “determinados”, nada los detenía. Porque la "determinación" empuja a la acción.
Por ejemplo, San Ignacio, en la “oblación” personal, escribe en sus Ejercicios Espirituales: “Eterno Señor de todas las cosas,… yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea a vuestro mayor servicio y alabanza…”.

Fuente: Santa Teresa de Jesús, CAMINO DE PERFECCION. – Introducción de Mª Jesús Mancho Duque.

sábado, 3 de mayo de 2008

A propósito de Revolución y Contra-revolución

"Finis Terrae" (revista de la Universidad Católica de Santiago de Chile), 2° trimestre de 1960, Año VII, N° 26

LOS LIBROS

PLINIO CORREA DE OLIVEIRA.— Revolución y Contrarrevolución. Ediciones Cris­tiandad, Barcelona, 1959.

por Osvaldo Lira P. SS. CC. (*)

(*) Padre Osvaldo Lira Pérez (1904-1996) de la Congregación de los Sagrados Corazones (SSCC), fue profesor de la Universidad Católica de Chile (Santiago) y de la Universidad Católica de Valparaíso. Uno de los más brillantes intelectuales chilenos de su tiempo, según diversas notas biográficas a su respecto.

El doctor Plinio Correa de Oliveira es una de las figuras fundamentales del mo­vimiento brasileño denominado Catolicis­mo y que edita la revista del mismo nom­bre. Tal como en las páginas de esta re­vista mencionada, en la obra cuyo co­mentario breve, más breve de lo que qui­siéramos, emprendemos ahora, se mani­fiesta una actitud robustamente, decidi­damente, absolutamente católica. Se tra­ta de una pequeña gran obra. Reducida en sus dimensiones —apenas unas ciento treinta páginas—, constituye una visión profunda y totalizadora de los males que aquejan a nuestro tiempo y que han ve­nido aquejando a la civilización cristia­na casi desde los momentos mismos de iniciarse sobre la faz de la tierra. Es, además, si no nos equivocamos, la única visión de este tipo que se ha expresado sobre ese conjunto de fenómenos. Esta­mos acostumbrados, demasiado acostum­brados, a conectarnos con obras más o menos profundas —más o menos super­ficiales— en las cuales se nos ofrece el análisis un tanto detallado a la vez que intrascendente de tal o cual revolución; pero no la visión profunda por totaliza­dora y unificadora de lo que es, así con mayúscula, LA REVOLUCION.
Sin embargo, este modo de ver extra­ordinario por insólito, es el único que nos puede procurar una noticia exacta, específica, y, por consiguiente, provecho­sa para la línea de conducta sin desfalle­cimientos que debemos adoptar como cristianos, de las revoluciones considera­das en conjunto. En otras palabras, de LA REVOLUCION.
Ya desde las prime­ras páginas de su obra, Correa de Olivei­ra sitúa el problema sobre bases sólidas, inconmovibles. "Ese enemigo terrible —nos dice— tiene su nombre: se llama Revolución. Su causa profunda es una explosión de orgullo y sensualidad que inspiró, si no un sistema, cuando menos toda una cadena de sistemas ideológicos. De la gran aceptación dada a éstos en el mundo entero, derivaron las tres gran­des revoluciones de la Historia de Occi­dente: la Pseudo-Reforma, la Revolución francesa y el comunismo" (pág. 9). Y al término de la obra en la página 135 nos concreta esa causa en las siguientes reveladoras palabras: "La primera, la grande, la eterna revolucionaria, inspira­dora y fautora suprema de esta Revolu­ción, así como de las que la precedie­ron y la sucedieron, es la Serpiente, cuya cabeza fue aplastada por la Virgen In­maculada. María es, pues, la Patrona de cuántos luchan contra la Revolución".
No tendría mayor originalidad esta afirmación si no hubiera sido precedida por el análisis minucioso y excepcional­mente agudo de las manifestaciones de esta única y gran Revolución. Sus ca­racteres, según Correa de Oliveira, son dos: el igualitarismo y el liberalismo. Al igualitarismo se ve arrastrada la Revolución por un orgullo que lleva al odio hacia toda superioridad, y por lo tanto a la afirmación de que la desigualdad es, en sí misma, en todos los planos, in­clusive y principalmente en el metafísi­co y religioso, un mal. Al liberalismo, em­pero, se ve abocada por una sensualidad que, de por sí, tiende a derribar todas las barreras, a no aceptar frenos y a rebelar­se contra toda ley o autoridad, sea divi­na o humana, eclesiástica o civil. Ahora, en cuanto a las modalidades concretas bajo las cuales se manifiesta, se nos apa­rece como universal, única, total, domi­nante y sometida a un proceso más o me­nos prolongado de desarrollo, exacerba­miento y virulencia progresiva capaz, por la variedad fisonómica en que se cor­poriza de ordinario, de desconcertar los espíritus más sagaces.
Realmente causa placer contemplar cómo el doctor Correa de Oliveira va aplicando con lógica de hierro este úni­co proceso revolucionario a todos los ór­denes de la vida humana, tanto de la vida cívica como eclesiástica. El espíritu igualitario tiene por resultado, en pri­mer lugar, suprimir toda desigualdad de trato entre los hombres y Dios, de don­de provienen el panteísmo, el inmamen­tismo y todas las formas esotéricas de religión cuyo objetivo último es "saturar a los hombres de propiedad divina" (pág. 55). Luego, en la esfera eclesiás­tica, suprimir el sacerdote dotado de los poderes de orden, magisterio y gobierno o, por lo menos, el sacerdocio con gra­dos jerárquicos. Además propende a la igualdad entre las diversas religiones con igual tratamiento para todas, en la es­fera política, por la supresión o atenua­ción de la desigualdad entre gobernan­tes y gobernados, desde el momento en que el poder no viene de Dios sino de la masa; en la esfera social, por la su­presión de las clases, en especial de las que se perpetúan por vía hereditaria; en la esfera económica, por la supresión de la propiedad privada, del derecho de ca­da cual al fruto íntegro de su propio tra­bajo y a la elección de su profesión; en los aspectos exteriores de la existencia, por la supresión de toda variedad relati­va a trajes, residencias, muebles, costum­bres, etc.; en las almas, por la extirpa­ción, obra y gracia de una propaganda habilísimamente dirigida, de todas las pe­culiaridades psicológicas, incluso las que separan y diferencian a los dos sexos en­tre sí, o a los jóvenes de los viejos o a los patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hi­jos, etc.; en el orden internacional, por la supresión de todos los Estados y la estructuración de un único y monstruoso Estado internacional, por la supresión de toda manifestación regionalista dentro del propio país. Por último, el iguali­tarismo revolucionario manifiesta y de­bía necesariamente manifestar un odio supremo a Dios, irreductiblemente designal a los hombres.
Por otro lado, Correa de Oliveira nos hace ver cómo se encuentran conjuga­dos el igualitarismo y el liberalismo, tan contradictorios en apariencia, por obra y gracia de la sensualidad. Al suprimir toda jerarquía en el alma, el liberalismo coincide con el igualitarismo, ya que su prurito de proclamar a tontas y a locas una libertad desorbitada proviene de que sólo quiere la libertad para el mal con el consiguiente estado de esclavitud para el bien. Por eso la Revolución niega el pecado y la Redención, concibiendo un individuo y unas masas irreprocha­bles e inmaculados, y, al mismo tiempo, dirige su odio contra las fuerzas arma­das consideradas en sí mismas (en es­pera de establecer otras a su amaño y semejanza) como expresión que son de toda serie de virtudes absolutamente contrarias al espíritu revolucionario.
Por la índole de la Revolución puede concebirse claramente la de la Con­trarrevolución.
Desde luego hay que dejar estableci­do que la Contra-Revolución no es la simple vuelta al pasado por aquello de que el tiempo no es ni puede ser rever­sible. La Contrarrevolución, como su nombre lo indica, es la lucha contra la Revolución. Pues bien, es evidente que no podemos luchar en las nubes ni con­tra fantasmas, y que, en virtud de este carácter realista de nuestra contienda, debemos desarrollarla contra la Revolu­ción in concreto, tal como existe en nues­tros propios días. Por consiguiente, con armas y procedimientos estratégicos pro­pios y peculiares de nuestros días tam­bién. Hay que restaurar la paz de Cristo en el Reino de Cristo: he aquí el aspec­to reaccionario de 1a Contrarrevolución, despojando al vocablo reaccionario de to­da la ganga de significaciones ilegítimas y torcidas de que lo ha ido cubriendo un uso tan torpe como indiscriminada. Pero hay que adaptar dicho Orden —la paz de Cristo en el Reino de Cristo— a las condiciones actuales, por lo cual ha­brá de diferir —sólo en sus características accidentales, naturalmente— del Orden reinante antes de la Revolución.
Correa de Oliveira reduce esas di­ferencias accidentales a tres tipos prin­cipales, en las páginas 84 y 85 de su obra:
1°— Un profundo respeto a los de­rechos de la Iglesia y del Papado, y una santificación, en toda la extensión posible, de los valores de la vida tem­poral, como oposición al laicismo, al in­terconfesionalismo, al ateísmo y al pan­teísmo, así como a sus respectivas es­cuelas.
2°— Un espíritu de jerarquía marcan­do todos los aspectos de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la vida, por oposición a la metafísica igualitaria de la Revolución.
3°— Una diligencia en detectar y combatir el mal en sus formas embrio­narias o veladas, en fulminarlo con exe­cración y nota de infamia, y en casti­garlo con inquebrantable firmeza en to­das sus manifestaciones, y particularmen­te en las que atentaren contra la ortodo­xia y la pureza de las costumbres, todo ello por oposición a la metafísica liberal de la Revolución y a la tendencia de és­ta a dar libre curso y protección al mal.
Por eso la Contrarrevolución es tra­dicionalista y conservadora; no conser­vadora del pseudo-orden actual del Es­tado ateo y de la disolución familiar, si­no del conjunto de las tradiciones ver­daderamente cristianas. Por ello es tam­bién progresista en el auténtico sentido de la palabra, ya que pretende el apro­vechamiento de los valores naturales según la Ley de Dios. Quien dice progre­so, dice, ante todo y sobre todo, progre­so en el orden de los valores espiritua­les. Desde el momento en que la Con­trarrevolución los proclama como nece­sarios y procura restablecerlos en toda su pureza, tiene que ofrecérsenos como la expresión auténtica del progreso ver­dadero.
En cuanto a la táctica que debe desarrollar, no podemos menos que citar textualmente las siguientes palabras: "Es­ta acción (la contrarrevolucionaria) de­be ser hecha ante todo en la escala in­dividual. Nada más eficiente que la to­ma de posición contrarrevolucionaria franca y ufana de un joven universitario, de un oficial, de un profesor, de un sacerdote sobre todo, de un aristócrata o de un operario influyente en su medio. La primera reacción que se obtendrá se­rá a veces de indignación. Pero si se persevera durante un tiempo, que será más o menos largo según las circunstan­cias, se verá que poco a poco aparecen compañeros" (pág. 94). Como se ve, no va el pensamiento del doctor Correa de Oliveira por los caminos fáciles del di­simulo o de esa famosa y exasperante to­lerancia de que siguen dando tantas y tan funestas pruebas los católicos con­temporáneos que se hallan inficionados de liberalismo o relativismo filosófico, mucho más perverso que el económico aunque siempre necesariamente conec­tado con él como la causa a su efecto propio, o, más bien, a uno de sus efec­tos propios.
Naturalmente que, como no podía me­nos de suceder, la fuerza propulsora de la obra contrarrevolucionaria la sitúa el autor en la vida sobrenatural. El espíri­tu anticristiano, es con el espíritu cristia­no como debe vencerse. Y el espíritu cristiano no consiste en la simple concep­tualización de los dogmas revelados sino en su vivencia adecuada. Es decir, en su vivencia sobrenatural. Prius vita quam doctrina. A este precio, el dinamismo de la Contra-Revolución es incomparable­mente superior al de la Revolución, con­forme a las palabras de San Pablo cita­das por el autor en la página 115 de su trabajo: "Omnia possum in eo qui me confortat" (Philip. IV, 13). Sobre este supuesto totalizador, muy afin a la con­vicción de que la raíz revolucionaria no es la miseria económica, por más que se diga y proclame con insistencia tan machacona como incomprensiva de las dimensiones de la Revolución, podrán desarrollarse todas las tácticas adecua­das. Siempre fundados en la convicción de que no se debe ser nunca anti por fi­nalidad u objetivo sino por consecuen­cia.
La lectura de esta preciosa obrita del doctor Correa de Oliveira determinará y caldeará a los tibios y comunicará ener­gías y santas a los que se hallan decidi­dos a combatir por la verdad con todas las fuerzas de su alma. ¡Quiera Dios que el bien que pueda producir se conforme en todo a los deseos nobilísimos de su autor!

lunes, 24 de marzo de 2008

La antigua misa: ejemplo de contra-revolución tendencial

















La nueva misa: ejemplo de revolución tendencial
















La Revolución y Contra-revolución en las tendencias.

Hay un aspecto de la realidad que suscita muy poca atención dentro de las filas del catolicismo, me refiero a la influencia que ejercen las formas, los colores, los sonidos, los ambientes, las maneras en el trato social, etc., sobre los estados temperamentales de las personas, y, por consiguiente, en las ideas que estas elaboren de la realidad misma. Por ejemplo, es fácil comprender que un niño que crezca en un ambiente vulgar y grosero adopte como por osmosis esas actitudes y pasen para él a ser como que connaturales. Y por consecuencia de lo mismo, es fácil comprender que ese niño cuando sea mayor adopte ideas liberales y probablemente izquierdistas. Al contrario, un niño que crezca en un ambiente aristocrático, donde las normas y lenguaje en el trato personal sean refinados, o bien, en un ambiente modesto pero virtuoso, es fácil comprender que cuando sea mayor sus ideas sean conservadoras. Esto es así, porque lo normal, es que las ideas que uno adopte sean conformes al modo acostumbrado de vivir.
Llevando el mismo argumento al plano histórico podemos dar como ejemplo que Lutero y la irrupción de protestantismo difícilmente habrían obtenido éxito, si antes el ambiente creado por el humanismo y el renacimiento no le hubieran pavimentado el camino.
Las reformas litúrgicas introducidas en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II nos dan otro ejemplo muy vivo de cómo estas transformaciones favorecieron enormemente el debilitamiento de la fe, la proliferación de las herejías y la disminución abismante de fieles.
Los ideólogos llaman precisamente de “revolución cultural” al proceso de cambiar las mentalidades a través, no de las doctrinas, sino de los ambientes y las costumbres.
Este argumento ha sido, a mi ver, magistralmente desarrollado por el prof. Plinio Correa de Oliveira en su célebre ensayo Revolución y Contra-revolución. Que mejor que transcribir lo que él desarrolla en el cap. X de dicha obra titulado:

La cultura, el arte y los ambientes en la Revolución.

Así descritas la complejidad y amplitud que el proceso revolucionario tiene en las zonas más profundas de las almas, y por tanto de la mentalidad de los pueblos, es más fácil señalar toda la importancia de la cultura, de las artes y de los ambientes en la marcha de la Revolución.
1. La cultura
Las ideas revolucionarias proporcionan a las tendencias de las que nacieron, el medio de afirmarse con fueros de ciudadanía, a los ojos del propio individuo y de terceros. Ellas sirven al revolucionario para debilitar, en estos últimos, las convicciones verdaderas y así desencadenar o agravar la rebelión de las pasiones. Son inspiración y molde para las instituciones generadas por la Revolución. Esas ideas pueden encontrarse en las más variadas ramas del saber o de la cultura, pues es difícil que alguna de ellas no esté implicada, por lo menos indirectamente, en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución.
2. Las artes
En cuanto a las artes, como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se puede influenciar a fondo las mentalidades e inducir a personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revolucionario. Basta recordar la analogía entre el espíritu de la Revolución Francesa y las modas que durante ella surgieron. O entre las efervescencias revolucionarias de hoy y las presentes extravagancias de las modas y de las escuelas artísticas llamadas avanzadas.
3. Los ambientes
En cuanto a los ambientes, en la medida en que favorecen costumbres buenas o malas, pueden oponer a la Revolución las admirables barreras de reacción, o por lo menos de inercia, de todo cuanto es sanamente consuetudinario; o pueden comunicar a las almas las toxinas y las energías tremendas del espíritu revolucionario.
4. Papel histórico de las artes y de los ambientes en el proceso revolucionario
Por esto, en concreto, es necesario reconocer que la democratización general de las costumbres y de los estilos de vida, llevada a los extremos de una vulgaridad sistemática y creciente, y la acción proletarizante de cierto arte moderno, contribuyeron al triunfo del igualitarismo tanto o más que la implantación de ciertas leyes, o de ciertas instituciones esencialmente políticas.
Como también es preciso reconocer que quien, por ejemplo, consiguiese hacer cesar el cine o la televisión inmorales o agnósticos, habría hecho por la Contra-Revolución mucho más que si provocase la caída de un gabinete izquierdista, en la rutina de un régimen parlamentario.

jueves, 20 de marzo de 2008

¿Cómo puede el mundo odiar a Aquel que pasó haciendo el bien?

La foto reproduce un cuadro de Lucas Cranach, el viejo ( Siglo XVI ), conservada en el Museo de Gand: “La coronación de espinas”. En torno del Divino Redentor, maniatado y revestido de una púrpura de irrisión, se agrupan cinco figuras. En el primer plano, un hombre le extiende una vara a manera de cetro y, al mismo tiempo, en un saludo caricaturesco levanta el gorro y le saca la lengua. Al lado, otro alarga la boca en actitud de escarnio. Los demás, al fondo, se empeñan en fijar en la cabeza adorable del Salvador, a manera de corona, un inmenso gorro de espinas. En el centro, el Hijo de Dios, da muestras de dolor físico, mas sobre todo, de intenso sufrimiento moral, que supera el tormento corporal, y absorbe enteramente a la Víctima divina. Se diría que Nuestro Señor sufre con el rencor de estos miserables verdugos. Sin embargo, ese odio no es sino una pisca de un inmenso océano de rencor que se entiende, por así decir, más allá, hasta los confines del horizonte. Y es por ese océano que la mirada de Jesús se prolonga en dolorosa meditación.
El cuadro de Lucas Cranach focaliza un aspecto importantísimo de la Pasión: el contraste entre la santidad infinita y el amor inefable del Redentor, con la bajeza insondable y el implacable odio de los que lo mataron. En él se patentiza la oposición irreductible entre la Luz – “erat lux vera” (Juan, 1, 9) – y los hijos de las tinieblas, entre la Verdad y el error, el Orden y el desorden, el Bien y el mal.
“Popule meus, quid feci tibi? Aut in quo contristavi te?” – “Oh pueblo mío, ¿qué mal te hice Yo, en qué te he contristado?” – Estas palabras, que la liturgia de Viernes Santo pone en los labios de Nuestro Señor, están bien en el centro del tema que acabamos de enunciar.
Que un hombre odie a quien le hace mal puede ser censurable, pero no es incomprensible. Sin embargo, ¿cómo puede un hombre odiar a quien en bueno, a quien que le hace el bien?
Este problema es casi tan viejo como la humanidad. ¿Por qué Caín odió a Abel? ¿Por qué los judíos persiguieron e incluso mataron a los profetas? ¿Por qué los romanos persiguieron a los cristianos?
Más recientemente, ¿Por qué fue derramada por los protestantes tanta sangre de mártires? ¿Por qué hizo lo mismo la Revolución Francesa, o la Revolución bolchevique en Rusia? ¿Cómo explicar el odio de los comunistas en la guerra civil española, en las persecuciones en México, en Hungría, en Yugoeslavia? La tierra aun llora la muerte del Cardenal Stepinac y uno se pregunta: ¿Por qué fue él tan odiado?
Bien sabemos que, formuladas así, tales preguntas parecerán a muchos un tanto simplistas. El odio de los enemigos de la Iglesia no siempre fue gratuito. No faltaron, por veces, también de parte de los católicos, provocaciones y excesos que generaron reacciones. De otro lado, hubo en cierto número de casos, equívocos, mal entendidos e incomprensiones que dieron lugar a violencias. Hubo entonces mártires, no porque la Iglesia fuese debidamente conocida y sin embargo odiada como tal, sino precisamente porque ella era desconocida o desfigurada indebidamente.
No negamos nada de esto. Sin embargo, reducir a estas causas el odio de las tinieblas contra la Luz, del mal contra el Bien, eso sí es singularmente simplificar el problema.
Es lo que en la Pasión se evidencia con claridad meridiana.
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Notemos, primero que nada, que si los católicos pueden tener fallas, Nuestro Señor no las tuvo. Ya sea en cuanto al fondo y a ala forma, sea en cuanto al tacto y a la oportunidad con que enseñaba, sea aún en cuanto al carácter edificante de sus ejemplos, al valor apologético de sus milagros, y al aspecto santísimo y deslumbrante de su Persona, no podría haber duda alguna. Él no dio pretexto a ninguna objeción legítima, a ninguna queja sólida.
Por El contrario, sólo dio ocasiones a que lo adorasen y lo siguiesen. Entre tanto, también Él fue odiado, más odiado hasta que a sus fieles a lo largo de los siglos. ¿Cómo explicar esto? Es que en los hijos de las tinieblas hay un odio que se vuelca precisamente contra la Verdad y el Bien.
Es, pues, inútil querer atribuir todo a un mero juego de equívocos. Estos han existido, sin embargo, no resuelven el problema.
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Alguno dirá tal vez que este odio es bien simple de explicar. La Ley de Dios es austera. Quien no quiere sujetarse a los sacrificios inherentes a la observancia de ella, desobedece y fácilmente se revela. La rebelión a su vez, genera odio, especialmente odio contra la Verdad y el Bien.
No negamos que, en la generalidad de los casos, esté ahí la raíz del odio contra Dios. Mas, para comprender el problema, es necesario no simplificar tanto.
Todo pecado es una ofensa a Dios. Sin embargo, hay pecadores que conservan alguna tristeza del mal que practican y cierta admiración por el bien que no hacen. Por esto, lamentan la vida que llevan, aconsejan a otros a no seguirles el ejemplo, y prestan honra a los que proceden bien. De esta actitud humilde proviene, muchas veces, que Nuestro Señor les conceda grandes gracias y ellos vuelvan al camino de la salvación.
Si sólo hubiese en Israel de estos pecadores, no creo que Jesús hubiese sido perseguido, y aun menos, crucificado. Si de esos fuese Caín, no habría, matado a Abel. Si todos los pecadores de la Historia hubiesen sido como esos, no habría ella registrado las horribles persecuciones de que hablamos arriba.
¿Cómo son, entonces, los pecadores que constituyen las almas rabiosas que mueven las persecuciones contra la Iglesia? Aquí está el problema.
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El pecador entristecido y avergonzado de que tratamos no puede ser propiamente llamado un impío. El caerá en la impiedad, si de tal manera se embotase en el pecado, que lo hiciera perder la tristeza de practicarlo y la admiración por los que ejercen la virtud. Nacerá, entonces, de ahí una impiedad de primer grado, por así decir, que redundará en indiferencia por la Religión y por la moral. Al impío de este género, sólo sus intereses personales importan. Tanto se le da vivir en un ambiente bueno o malo: desde que gane dinero y haga carrera, o se divierta, cualquier cosa le sirve.
Evidentemente, esta impiedad es muy censurable. Fueron culpables de ella todos los que en Jerusalén asistieron a la Pasión como meros curiosos. Y los que a través de la Historia, hasta hoy en día, se juzgan en el derecho de presenciar la lucha entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas sin tomar partido, como una egoísta “tercera fuerza”. Pero, una vez más, gente de este tipo, de por sí, no habría practicado el deicidio.
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Sin embargo, hay almas que van más lejos. Movidas por la sensualidad, por el orgullo, por otro vicio cualquiera, llevan la malicia tan lejos, de tal manera se identifican con el pecado, que llegan a sólo sentirse bien donde se lisonjeen sus malos hábitos, y a no soportar nada que constituya censura o hasta mero desacuerdo en relación a ellos. De ahí surge un odio a los buenos y al Bien, a los paladinos de la verdad y a la Verdad misma, que les da como que un ideal negativo. Voltaire lo expresó muy bien en su lema “écraser l’infâme” (¡“aplastar al infame”, esto es, al Verbo Encarnado!). Hacer de esto un anhelo de todos los momentos, el “ideal” de una vida, he aquí lo que es la quintaesencia de la impiedad. Gente así reúne todos los requisitos para planear, urdir y ejecutar la persecución. Si en Israel no hubiese gente así, Nuestro Señor no hubiese sido crucificado.
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Dios no niega su gracia a nadie. Impíos de estos también pueden convertirse, y de todo corazón. Con todo, cabe acrecentar que, en cuanto no lo hacen, ya tienen en esta tierra la más importante característica de los condenados al infierno.
Realmente, se piensa en general, que los condenados, si pudiesen, huirían todos para el Cielo. Esto no es verdad. Ellos tienen tanto odio a Dios, que aunque pudiesen librarse del fuego eterno en el cual están presos, no lo harían si tuviesen que con esto prestar a Dios un acto de amor y obediencia.
Tal es la fuerza de este odio. Y es a la luz de esto que se comprende bien lo que llamaríamos de impío de segundo grado.
Fue esta impiedad quintaesenciada la fuerza motriz que animó a la Sinagoga a la rebelión contra el Mesías. Fue ella la que movió la lucha de los impíos contra la Iglesia, contra los buenos católicos, en el decurso de los siglos.
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Hijos de las tinieblas… esos son los impíos. Príncipe de la tinieblas, ese es Satanás. ¿Qué relación existe entre ellos? Judas era un hijo de las tinieblas. Nos dice el Evangelio que el demonio entró en él (Luc. 22, 3). Sabemos por la Fe que “andan por el mundo para perder las almas” espíritus malignos. Cuando el demonio consigue realizar en un alma su obra completa, llévala a este estado de impiedad. Recíprocamente, un alma así es campo abierto para las tentaciones del demonio. Es fácil ver, pues, que tales impíos son los mejores auxiliares del infierno en la lucha contra la Iglesia.
* * *
Señor, en esta hora de misericordia en que consideramos vuestro Cuerpo sacrosanto verter por todos lados vuestra Sangre redentora, Os pedimos, por los méritos infinitos de esa misma sangre preciosísima y por las lagrimas de vuestra y nuestra Madre, nos mantengáis muy lejos de cualquier impiedad: “no permitas que nos separemos de Ti”, de todo corazón Os lo imploramos.
Por toda parte por donde los impíos persiguen a los hijos de la luz, y muy especialmente en la Iglesia del Silencio, sed la fuerza de los perseguidos, no sólo para que no desfallezcan, como para que se levanten, se articulen, y aplasten a vuestros adversarios. Por el Inmaculado Corazón de María, Os lo rogamos.
Y, ya que en la ultima hora prometisteis el Paraíso al buen ladrón, Señor, por los méritos de vuestra agonía Os suplicamos, en unión con María, que vuestra misericordia descienda hasta los antros ocultos de la impiedad, a fin de convidar para las vías de la virtud a vuestros peores adversarios.
Y aun por misericordia, Señor, confundid, humillad y reducid a la entera impotencia a los que, rechazando los más extremos apelos de vuestro amor, persisten en trabajar para destruir la civilización cristiana y hasta – como si fuese posible – vuestra Esposa mística, la Santa Iglesia.
Este artículo es autoría de Plinio Corrêa de Oliveira y fue publicado en la revista Catolicismo N°112 de abril de 1960.
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