jueves, 9 de octubre de 2014

Quinto mito falso contra la Edad Media:

La Edad Media fue la “noche de mil años”, en que la cultura desapareció

Refutación:
La Edad Media fue una época de gran progreso cultural.
Las grandes sumas, y las obras de arte que aún permanecen insuperadas, lo testifican

Documentación

1. – Progreso general

“En el segundo tercio del siglo XI comenzó un progreso acelerado. Fue una fermentación de todo; florecimiento un tanto desordenado, audacia creadora, tal fue el tono del siglo XII. De un siglo XII que a mi juicio comienza en 1070 y termina por cerca de 1180, y del cual sería umbral la iglesia abacial de la Trinidad de Caen, y por fin el coro de Notre Dame de París, piedras milenarias admirables. De un siglo que formó la versión del autor de Roland, para concluir con la muerte de Chrétien de Troyes, con el nacimiento de Francisco de Asís. Del siglo de Abelardo y de San Bernardo de Claraval. Del gran siglo XII, el más fecundo de la Edad Media” (Georges Duby, op. cit., p. 63).

2. – Florecimiento de las escuelas y universidades

“En su corte de Aix-la-Chapelle, Carlomagno fundó la “Scholla Palatina”, y él mismo participó de la aulas como alumno. En el año 787, dispuso que se instalasen escuelas en todos los monasterios y municipios. Posteriormente tal disposición fue ampliada” (Friedrich Heer, op. cit., p. 117).
“Las escuelas monásticas medievales son la base y el origen de todas las escuelas de occidente, principalmente la universidad y las escuelas superiores”. Y el autor cita las principales universidades del tiempo, su fecha de fundación y su especialidad: la Sorbona, de París (1256, teología), Bolonia (siglo XI, jurisprudencia), Salerno (medicina). (Gerd Betz, “Historia de la Civilización Occidental”, Ed. Labor, Barcelona, 1966, pp. 153, 154).
Con Carlomagno y sus sucesores, los monasterios habían alcanzado una posición única de predominio intelectual, espiritual y artístico. Eran los únicos que proporcionaban maestros, escribas y diplomáticos; era los únicos que alimentaban la erudición, conservando intactos no sólo los textos de la Biblia y de los primeros Padres, sino también gran parte de la cultura del mundo clásico” (George Zarnecki, professor de História da Arte na Universidade de Londres, “La Apostación de las Ordenes”, in “La Baja Edad Media”, Ed. Labor, Barcelona, 1968, p. 63). Más sobre lasuniversidades

3. – En la Edad Media surgieron los primeros hospitales

La Edad Media se caracterizó, entre otras cosas, por “… la aparición de los hospitales, que adquirieron su función actual con la fundación de la Orden de San Juan de Jerusalén (hoy Orden de Malta) en 1099” (Friedrich Heer, “Wachau”, in “Historia de la Cultura Occidental”, ed. Labor, 1966, p. 193). Leamás sobre los hospitales

4. – El desarrollo de la música

“El Papa San Gregorio Magno dio a los cantos eclesiásticos romanos su forma y ordenación definitivas (cerca del año 600). En el siglo VIII el anglosajón Bonifacio (672-674) y Pepino II (714-768) introdujeron el canto coral gregoriano en los conventos; su continuidad fue asegurada con la “Schola Cantorum” de Metz” (Friedrich Heer, op. cit., p. 123).
Los instrumentos de la época carolingia son: órgano portátil, flautas, gaitas, trompetas y clarines, la lira, la cítara y el harpa, los címbalos, platos y timbales. A partir de 860 se introdujo también un instrumento de cuerda pequeño llamado la viella” (Friedrich Heer, op. cit., p. 123).

Continuará…
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Para que Él reine - II Parte, Cap. 2 continuación

CAPÍTULO II


LA REVOLUCIÓN

Continuación del capítulo anterior

LA REVOLUCIÓN PROVOCA LA CORRUPCIÓN MORAL…

Y no solamente corrupción que emana necesariamente de la irreligión revolucionaria, sino corrupción voluntaria y cuasi-sistemática, reconociéndose como tal en múltiples declaraciones.
“Peca fuertemente y cree más aún”. No pretendemos entablar una discusión con Lutero por este dicho. Sin embargo, fue la señal de las perversiones que mancillaron los comienzos del protestantismo. Lo que tal fórmula autorizaba, el jansenismo, a su vez (es un hecho), lo provocará. Y el jansenismo es casi la Revolución. Alianza de los peores libertinos con los herejes, más aparentemente austeros; era precisa esta coalición para quebrantar lo que se quería derruir.
Apología incondicional del placer y repulsa de toda moral, tal será la lección muy explícita de los Enciclopeditas. Nadie ignora, además, que bajo la pluma de los pretendidos “filósofos” franceses o ingleses del siglo XVIII pulularán las máximas de la inmortalidad más provocativa.
El ideal del “buen salvaje”, incesantemente propuesto, ideal imaginario, más preocupado de la propaganda por las ideas nuevas que de una exacta observación de los pueblos calificados de “salvajes”, este ideal[1] ofrecía, se estará de acuerdo, numerosos recursos a los partidarios de eso que todavía no se llamaba “unión libre”. Sabiendo es hasta dónde habían de llegar las cosas, bajo la Revolución, después de la autorización del divorcio.
Corrupción moral característica[2], podemos decir, y para algunos, propuesta sistemáticamente, como lo prueban ciertos documentos comunicados por el Vaticano a Cretineau-Joly, quien los publicó a petición de Gregorio XVI[3] y de Pío IX.
“Para propagar la luz —escribe Piccolo-Tigre en una carta del 18 de enero de 1822 a una Venta (68 bis) del Piamonte— se ha juzgado bueno y útil dar impulso a todo lo que aspira a revolverse. Lo esencial es aislar al hombre de su familia y hacerle perder la moral familiar.
“Por inclinación de su carácter está bastante dispuesto a huir de los cuidados de la casa, a correr tras placeres fáciles y gozos prohibidos. Le gustan las largas charlas de café, la ociosidad de los espectáculos. Animadle, sostenedle, dadle cierta importancia, enseñadle directamente a aburrirse en sus trabajos cotidianos; y gracias a este artificio, después de haberle separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle hecho ver lo penosos que son todos los deberes, le inculcáis el deseo de otra existencia. Una vez que hayáis insinuado en algunas almas la repugnancia a la familia y a la religión (una va casi siempre a continuación de otra), deslizad algunas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la logia más próxima. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de enfeudarse en la francmasonería es tan universal que estoy siempre en éxtasis ante la estupidez humana”.
En el segundo volumen de su obra “L’Eglise romaine en face de la Revolution” Crétineau-Joly publica otra carta de un miembro de la alta Venta[4]: “Ni el catolicismo ni las monarquías —se lee— temen ya a los puñales mejor afilados; pero estas dos bases del orden social pueden derrumbarse bajo la corrupción: por tanto, no nos cansemos nunca de corromper. Tertuliano decía, con razón, que la sangre de los mártires engendraba cristianos. Está decidido en nuestros consejos que no queremos más cristianos; por tanto, no hagamos mártires, pero popularicemos el vicio en las multitudes. Que lo respiren por los cinco sentidos, que lo beban, que se saturen del vicio; y esta tierra, donde el Aretino ha sembrado, está siempre dispuesta a recibir lúbricas enseñanzas. Haced corazones viciosos y no tendréis más católicos. Alejad al sacerdote del trabajo del altar y de la virtud; buscad hábilmente a ocupar en otra parte sus pensamientos y sus horas; tornadle ocioso, glotón y patriota: se volverá ambicioso, intrigante y perverso. De esta forma habréis cumplido mil veces mejor vuestro deber que si hubieseis despuntado vuestros puñales sobre los huesos de algún pobre diablo…
“Hemos emprendido la corrupción en gran escala, la corrupción del pueblo por el clero y la del clero por nosotros, la corrupción que debe conducirnos a llevar un día a la Iglesia a la tumba. Oí tiempo atrás a uno de nuestros amigos reírse filosóficamente de nuestros proyectos y decirnos: “Para aniquilar el catolicismo hay que empezar por suprimir a la mujer”. La frase es cierta en un sentido, pero puesto que no podemos suprimir a la mujer, corrompámosla con la Iglesia Corruptio optimi pessima. El objetivo es bastante atrayente para tentar a hombres como nosotros. No nos apartemos del mismo por algunas miserables satisfacciones de venganza personal. El mejor puñal para herir a la Iglesia es la corrupción”.
¿Cómo no estar abrumado por tanta perfidia? Quizá alguna sospecha asalte a nuestro espíritu. Ciertamente ésta sería legítima si no fuera porque contamos con garantías seguras[5]. Aún más: la historia lo ha confirmado.
Desde que estos textos fueron publicados por vez primera la empresa o campaña de corrupción se ha desarrollado implacablemente, y para descubrirla no es preciso acudir al texto de documentos extraídos de archivos secretos, ya que se exhibe, victoriosa, a la vista de todos. ¿Por qué poner en duda el criminal proyecto cuando el crimen es manifiesto? Las pruebas, por añadidura, no faltan. En la imposibilidad en que nos encontramos de mencionarlas todas nos contentaremos con algunas.
Corrupción de la mujer, se acaba de decir. Ahora bien, en el periódico “L’Emeute”, de Lyon (del 7-XII-1883), se podía leer: “Ya es hora de reforzar nuestros batallones con todos los elementos que compartan nuestros odios… Las mujeres públicas serán poderosos auxiliares; irán a buscar hasta los regazos de sus madres a los hijos de familia para empujarles al vicio, incluso al crimen; se podrán al servicio de las hijas de los burgueses para poder inculcarles pasiones vergonzosas… Esta podrá ser la obra de las mujeres unidas a la Revolución”.
El primer autor de la ley que creó los liceos de señoritas, Camille Sée, ha declarado que la obra de descristianización de Francia no triunfaría plenamente sino cuando todas las mujeres hubieran recibido la educación laica. “Mientras que la educación de las mujeres —dijo en su informe en la Cámara de 1880— termine con la instrucción primaria, será casi imposible vencer los prejuicios, la superstición, la rutina” (entiéndase: las tradiciones católicas, el dogma, la moral).
En enero de 1906 el renegado Charbonnel tuvo una entrevista con el ministro de Instrucción Pública. El H\ Bienvenu Martin. “La Raison” dio cuenta de ello: “Viajo mucho —dijo el ministro— por una causa que siento profundamente, la educación de las jóvenes. He ido a inaugurar numerosos liceos y colegios para ellas. Arrancaremos a la mujer del convento y de la Iglesia. El hombre hace la ley, la mujer hace las costumbres. Al oír estas palabras —dijo Charbonnel— salté de júbilo”.
Ahora bien: en este caso la iniciativa había sido tomada por las logias.
El 6 de septiembre de 1900 el Convento del Gran Oriente de Francia sometió “al estudio de las logias la búsqueda de los medios más eficaces para instaurar la influencia de las ideas masónicas sobre las mujeres, intentar sustraerlas a la influencia de los sacerdotes y crear, en consecuencia, instituciones aptas para alcanzar esta finalidad”[6].
Para ejecutar esta resolución y otras semejantes el consejo de la Orden dirigió a todas las logias una circular (núm. 13), de fecha 15 de diciembre de 1902, diciéndoles: “El poder del clericalismo ha sido desarrollado y consolidado gracias a la mujer y es también gracias a ella que esta potencia malhechora se mantiene y se ejerce. Es, pues, preciso oponer a la mujer alimentada de ideas falsas y de supersticiones ridículas, la mujer fuerte, la mujer masónica”[7].
Sabemos lo que esto significa.
Ya se trate de la apología de la unión libre, de la introducción y del desarrollo del neomaltusianismo en Francia[8] y en el mundo, del desarrollo de las modas contrarias a la modestia, de la invasión de la literatura pornográfica, de la pretendida educación sexual, etc., sabemos cuál fue la acción determinante si no la complicidad de las logias. ¡Sí! Obra sistemática y continua de corrupción moral. Del ideal propuesto por Helvetius[9] a la obra reeditada por León Blum en el momento en que, en una hora típicamente revolucionaria, era el jefe del gobierno francés, es imposible no observar una voluntad de corrupción verdaderamente demasiado estable para que no se la pueda llamar “esencial” a la Revolución[10].
Hasta ahora hemos renunciado a hacer la menor referencia al comunismo. La materia sería demasiado abundante. Conozcamos, al menos, la repulsa de Lenin hacia la moral que pudiera recordar, de cerca o de lejos, al Decálogo[11]. De hecho, y a despecho de la oposición que él y los suyos pretenden levantar contra los vicios de la sociedad burguesa, en ellos se descubren las mismas infamias que la moral cristiana prohíbe tanto al burgués como a los proletarios; la santidad y la virtud no han sido nunca consideradas por la Iglesia como el monopolio de una clase[12].
No vemos nada que prohíba suscribir lo que un secretario de Mazzini, Scipion Pertrucci, tuvo la franqueza de decir a Paul Ripari el 2 de abril de 1849: “Somos un gran partido de puercos. Esto, en familia se puede decir”.

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[1] No recomendaremos nunca demasiado la lectura de la obra maestra de Paul Hazard “La crise de la conscience européenne” (Boivin, edit.) Cf. p. 13: “Como los cartógrafos antiguos dibujaban, sobre los continentes, plantas, animales y hombres, sobre el mapa intelectual del mundo (en esta época: 1680-1715) señalemos el lugar y la importancia del Buen Salvaje. No es que el personaje sea nuevo, pero en este tiempo que estudiaremos, entre uno y otro siglo, toma definitivamente su forma y se vuelve agresivo…”. Se haría mal en menospreciar la influencia de esta manía. Pero, como ha podido escribirlo Blanc de S. Bonnet: “Tomar al salvaje por el hombre primitivo, en consecuencia, imaginarse que el estado salvaje es para el hombre un estado natural o un principio y no un derecho de civilización y más tarde concluir que los pueblos se han elevado por sí mismos al estado social, tales son los yerros de este siglo…” (“Préliminaires du libre de la chute”). Sin ninguna duda, era promover una jerarquía de valores tendentes a trastocar el mismo orden de las cosas y proponer la decadencia moral como ideal. “No multiplicaremos los textos para comprobarlo. En veinte, quizás en cien lugares de sus obras, Rousseau prefiere el estado de los pueblos salvajes al de las naciones civilizadas, porque está más conforme con el estado de naturaleza. Weishaupt proclama varias veces que los salvajes son, en el más alto grado, los más esclarecidos de los hombres y quizás también los únicos libres”. Kropotkin declara que los “principios de la verdadera moral no se encuentran más que en las tribus “apartadas” los confines del mundo civilizado… La mayor parte de los autores francmasones exaltan a los salvajes con elogios singulares, aunque la mayoría que las califican así, respetaban, al menos la ley natural, pero la distancia y la imaginación permiten “realizar” entre “salvajes”, a veces teóricos, la peor licencia de costumbres que ellos sueñan. Entre todos, los nómadas gustan especialmente a los sectarios. Pero los más admirados son los que se distinguen por una gran libertad de costumbres: “En Malabar y en Madagascar, si todas las mujeres son verdaderamente mujeres (?), es porque satisfacen sin escandalo sus fantasías y tienen mil galanteadores. En el reino de Baltimera, toda mujer, fuere cual fuere su condición está incluso obligada por la ley, y bajo pena de muerte, a ceder al amor de cualquiera que la desee. Una negativa es para ella una condena de muerte”. (Helvetius, “De l’esprit”, Disc. II). La tribu de los Moïs ha conservado, sin duda, más plenamente la libertad de la naturaleza. “En ciertas tribus —decía un periódico masónico, “La pensé nouvelle” (29-12-1867)— la familia no es sino un círculo sumamente elástico del que el marido y la mujer salen cuando quieren. El método matrimonial de los Moïs, tribus de Conchinchina, es perfectamente sencillo y conforme a la naturaleza; difiere poco de la conducta ordinaria de los animales…”. ¡Los animales propuestos como ideal al hombre! Por inaudito que un tal exceso parezca, no nos faltan las citas con que poderlo ilustrar. “Los animales tienen, naturalmente, respecto de nosotros —ha dicho Voltaire—, la ventaja de la independencia”. “En ese estado natural del que gozan todos los cuadrúpedos sin domesticar, los pájaros y los reptiles —prosigue— el hombre sería tan dichoso como ellos”. Y Brisot, en sus “Recherches sur la droit de proprieté et sur le vol”: “El animal es tu semejante, ¡oh hombre! Quizá sea tu superior: lo es, si es verdad que los dichosos son los cuerdos”. (Cf. “La cité antichrétiene”, de Dom Paul Benoit, II parte, t. I, pp. 88 a 94). Nadie podrá encontrar excesivo, después de esto, el juicio de Taine sobre la Revolución: “El trastrocamiento es completo —escribe—: sometida Francia el gobierno revolucionario, se asemeja a una criatura humana a quien se obligara a caminar sobre la cabeza y a pensar con los pies”. (“La Revolution”, t. III, p. 460). Asimismo los pedagogos se mezclarán también, como parece probarlo el título de una obra recomendada por “Le Moniteur” del 17 de noviembre de 1794, para la educación de la infancia y de la juventud: “Instrucciones sacadas de ejemplos de los animales sobre los deberes de la juventud, para uso de las escuelas primarias, seguidas de observaciones sobre las ventajas de la república”.
[2] Verdad es que la inmoralidad no fue solo patrimonio de los revolucionarios, pues, desgraciadamente, demasiados católicos dieron y siguen dando buen número de tristes ejemplos. Pero éste no es un acertado planteamiento del problema. No se debe comparar más que lo comparable. Es absurdo, en consecuencia, poner en parangón tal católico malo con un revolucionario, bonachón y simpático. No autoriza formar juicio tomar lo malo de uno y lo mejor del otro. Si se ha de juzgar acertadamente, hay que hacer resaltar en ambas partes lo comparable: los hombres que se representan, de una parte y de otra, como personajes representativos, los mejores, los héroes, los grandes hombres. Del lado de la Iglesia, sabemos cuáles son. Son los santos; héroes cristianos por excelencia y que la Iglesia reconoce oficialmente como tales. Del lado de la Revolución, la duda es todavía menos posible. Las placas de nuestras calles están a menudo mancilladas de nombres cuyo recuerdo merece muy poco el ser perturbado. Basta con comparar. Ahora bien, no es posible para un espíritu, relativamente imparcial, vacilar sobre la equivalencia eventual y el análogo valor moral de un Stalin y de un San Luis, de un Lenin y de un San Ignacio, de un Robespierre y de un San Vicente de Paul, de un Ferdinand Buisson y de un San Pío X, de un Mazzini y de un Pío IX, etc. ¡Y qué decir de tantos otros que no dejan de estar ofrecidos, sin embargo, a la admiración popular al título de “grandes antepasados”! Mirabeau vendió a la corte su influencia por una pensión de 40.000 libras por semana y un ministerio o una embajada de su elección. Danton contrató compromisos semejantes por 100.000 escudos. Un mes antes de la muerte de Luis XVI, prometía trabajar para salvar al príncipe si le daban un millón. Brissot pedía doce millones en metálico, en papel en el extranjero, con un pasaporte, para impedir la insurrección del 10 de agosto. Sieyès ofreció dos veces sus servicios a la corte, la primera vez por una abadía de 12.000 libras de renta, la segunda por una abadía de 24.000. Isnard, Vergniaud, Guadet, Fouché, consentían en 1791, vender sus votos y su influencia, cada uno de ellos por una pensión de 6.000 libras al mes. La Revolución, según testimonio de Taine (“La Revolution”, t. III, p. 397), “se apoderó de los tres quintos de los bienes raíces de Francia, arrancó a las comunidades y a los particulares de diez a doce mil millones de valores mobiliarios, llevó la deuda pública, que no llegaba a cuatro mil millones en 1789, a más de cincuenta mil millones” (Cf. Dom Paul Benoit, opus cit., II parte, t. II, p. 33)
[3] Cf. monseñor Delassus, opus cit., p. 325: “Casi al final de su pontificado, el Papa Gregorio XVI, asustado al observar cómo se redoblaba la actividad en las sociedades secretas, quiso, pocos días antes de su muerte, desenmascararlas ante toda Europa. Para eso puso sus ojos en Crétineau-Joly. El 20 de mayo de 1846 le escribió a través del cardenal Lambruschini pidiéndole que fuera a Roma… Le entregó, para este trabajo, por medio del cardenal Berneti, antiguo secretario de Estado, los documentos que poseía sobre la materia y lo acreditó junto a las cortes de Viena y de Nápoles para que le facilitasen copias de otros documentos depositados en sus archivos secretos”. Mil presiones se ejercieron en seguida sobre Crétineau-Joly para forzarle al silencio. El mismo Pío IX, asustado por los peligros que atravesaba el historiador, se lo aconsejó. Y solamente en 1849, mientras el Papa estaba en Gaeta, el cardenal Fornari, nuncio en París, invitó al historiador a reemprender su trabajo. Después de muchas vicisitudes, la mayor parte de los documentos aparecieron en la “Histoire du Sonderbund” y en “L’Eglise romaine en fase de la Revolution”.
(68 bis) Venta: organización secreta contra la Iglesia.
[4] Vindice a Nubius (dos seudónimos), Castellamare, 9 de agosto de 1838. Cf. Crétineau-Joly, opus cit., t. II, p. 148.
[5] Algunos han querido poner en duda, en efecto, la autenticidad de las cartas publicadas por Crétineau-Joly, pero podemos contestar con monseñor Delassus (opus cit., p. 328) que “la declaración del secretario de “Cartas latinas” y el breve de Pío IX, impresos en el encabezamiento de la obra, en pleno reinado del santo pontífice, son para nosotros una garantía de la completa fidelidad de los documentos insertados. No sin razón, pues, Claudio-Jannet ha dicho, en su introducción a la obra del P. Deschamp, “Les sociétés secrètes el la Societé”: “Ningún documento histórico ofrece más garantía de autenticidad”. Si hiciese falta nueva prueba de sinceridad, se encontraría en el empleo que la Civilta cattolica hizo de estos documentos antes los ojos del Papa, en 1879. Se puede añadir que L. Blanc (¡incluso!) hizo entrar en su “Histoire des dix ans” cartas de uno de los miembros de la Alta Venta, Menotti, cartas dirigidas, el 29 de diciembre de 1830 y el 12 de julio de 1831, a uno de los hermanos en conjuración, Misley, y publicadas por Crétineau-Joly
[6] Memoria de la “tenida” de 1900, p. 166.
[7] Citado por Mons. Delassus, “La Conjuration Anti-Chrétienne”, p. 399. Cf.: “Para matar a la Iglesia, no hay más que coger al niño y corromper a la mujer” (Heine). – “El que tiene a la mujer lo tiene todo, primeramente porque manda en el niño, y después, igualmente en el marido” (Jules Ferry). – “Los comunistas desean que la mujer se libere lo más pronto posible de su hogar, que no se produzca en ella la maternidad más que de una forma consciente y razonada”. (P. Semard, “L’Humanité” del 8-11-24). En el congreso masónico-feminista de 1900 se pudo oír: “Nos hace falta la coeducación de los sexos. Queremos la unión libre en el amor joven y sano. El matrimonio podrá ser suprimido sin inconveniente. Libertad absoluta de aborto…, etc.” – “Hay que destruir (en la mujer) el sentimiento instintivo y egoísta del amor materno… La mujer no es más que una perra, una hembra, si quiere hijos” (Congreso comunista del 16-11-22). Ver también “La fémme et l’enfant dans la Franc-maçonnerie”, por M. de la Rive (1895).
[8] Los fascículos del 1 y 16 de abril de 1909 de la “Reforme Sociale” publicaron una memoria de Pierret, titulada “L’Oeuvre maçonnique de la dépopulation en France”, en la que quedaba establecido de forma perentoria que el movimiento neomaltusiano era querido por la masonería. “Pierre prueba —escribe monseñor Delassus— que bajo la gran protección de ésta, con la colaboración declarada de los personajes más eminente del partido masónico, se han fundado asociaciones que tienden a esta finalidad. El H\ Robin está encuadrado por todo un grupo de políticos cuyos nombres son tristemente conocidos: Aulard, Henri Berenger, Seailles, Lucipia, Merlon, Fernand Gregh, Trouillot, Jaurès, etc. Y Pierret explica cómo tomó contacto con este movimiento en una reunión de “Juventud laica” presidida por Havet, del Instituto, y cuyos principales oradores eran nada menos que Anatole France, de la Academia Francesa, el diputado Sembat y el no menos diputado Ferdinand Buisson, que ha presidido durante mucho tiempo los destinos de nuestra enseñanza oficial”. (Opus. cit., pp. 394, 395).
[9] Cf. supra, nota 66.
[10] Quizás se nos haga observar que un tal cinismo inmoralista no es unánime en todos los partidarios de la corriente revolucionaria. Esto es evidente. No es tampoco cuestión, aquí, de dejar entender que todos los revolucionarios han sido corrompidos y corruptores hasta este grado. Nos hemos limitado solamente a señalar algunas “constantes” en la enseñanza y la acción de maestros indiscutibles. Y lo mismo que se puede decir que la Iglesia es Santa (lo que no significa en absoluto que todos los católicos sean), no tememos afirmar lo mismo que la Revolución es corruptora (lo que no significa en absoluto que todos los revolucionarios lo sean en ese último grado de corrupción que implica la lógica del sistema). Pero si todos no tienen el máximo grado de corrupción, no se puede, sin embargo, negar que ésta es la enseñanza de los maestros y de los jefes de la Revolución.
[11] “¿En qué sentido negamos nosotros la moral, la ética? En el sentido que predica la burguesía, que deduce la moralidad de los Mandamientos de Dios. Decimos que no creemos en Dios, y sabemos muy bien que el clero, los hacendados, la burguesía invocan a la Divinidad para defender sus intereses de explotadores. O bien, en lugar de deducir la moralidad de los Mandamientos de la ética, de los Mandamientos de Dios, la deducen de las frases idealistas, o semiidealistas, que, en fin de cuentas, tienen igualmente el más gran parecido con los Mandamientos de Dios. Decimos que nuestra moralidad está enteramente subordinada a los intereses de la lucha de clases del proletariado”. En una palabra: la mentira no es ya un pecado. Lo es si amenaza a los intereses de la lucha de clases del proletariado. Es virtuosa, al contrario, si sirve a esos intereses. Está bien, desde entonces, lo que sirve a la Revolución; está mal lo que se opone a ella o la obstaculiza… Y nosotros decimos que una moral semejante es la negación misma de la moral y la peor corrupción.
[12] Otro ejemplo que señala bien la permanencia del mismo ideal desde Hevetius hasta los actuales comunistas, es el de ese profesor de filosofía de los Altos Pirineos denunciado, hace algunos años, por monseñor Theas en el “Boletín Religioso de la diócesis de Tarbes y Lourdes”. “El lunes, 24 de octubre, leemos en él, un profesor de filosofía de los Altos Pirineos describía ante sus alumnos los atractivos del régimen soviético, del que hay que prever el advenimiento en Francia. Será la igualdad perfecta: para todos la misma vivienda, la misma alimentación, el mismo traje, la misma cultura. El maestro prosigue: Las mujeres serán comunes. Se le dirá a un hombre: “Esta noche te acostarás con Adelaida”, y así lo hará. – “¿Y si el hombre no quiere?”, objeta un alumno. “¡Si no quiere se le fusila!” Y monseñor Theas hace observar un poco más lejos: “En la escuela está prohibido mantener un lenguaje cristiano, pero está permitido dar una enseñanza positivamente atea. En la escuela no se pueden vivificar las almas, pero se tiene el derecho de matarlas”. Tal es exactamente la obra revolucionaria: esencialmente corruptora.

martes, 7 de octubre de 2014

Nuestra Señora del Rosario – 7 de octubre

Plinio Corrêa de Oliveira

El día de la fiesta de Nuestra Señora del Rosario fue instituida por el Papa San Pío V, en conmemoración de la victoria de la batalla de Lepanto el 7 de octubre 1571 contra los turcos que amenazaban Europa. En 1716, la fiesta se extendió a toda la Iglesia en acción de gracias por la derrota de la Media Luna musulmana en Hungría.
Nuestra Señora del Rosario
La devoción del rosario fue revelada a Santo Domingo por la Virgen. Tuvo su origen, por tanto, en una revelación privada. Y sabemos que tales revelaciones son aborrecidas por los enemigos de la Iglesia – internos y externos. Aunque se trataba de una revelación privada, el rezo del rosario se extendió a toda la Iglesia católica, y fue considerado por San Luis María Grignon de Montfort como la devoción característica de las almas predestinadas.
Antes del Concilio Vaticano II, los hábitos de muchas órdenes religiosas tenían rosarios que colgaban de sus cinturas, y los buenos católicos usaban llevar el rosario con ellos todo el día. Se consideraba no sólo como un elemento para contar los Avemarías, sino como un objeto bendito, el sello de un enlace especial de la persona con la Virgen. Muchas veces, la mera presencia física del rosario repele al diablo y atrae gracias especiales. El rosario se convirtió en el objeto religioso clásico para luchar contra el diablo.
¿Qué es el rosario? El rosario es una serie de mediaciones sobre los misterios de la vida de Nuestro Señor y de Nuestra Señora. Estos misterios son simultáneamente oraciones que uno dice vocalmente y meditaciones que uno hace mentalmente. Esta mezcla de la oración vocal y la meditación es una cosa espléndida, ya que mientras los labios pronuncian una súplica, la mente se concentra en un punto del misterio. Es una actividad dual que a uno lo une íntimamente con Dios.
La práctica de rezar el rosario para pedir una gracia de Dios supone la verdad teológica de que la Virgen es la Mediadora Universal de todas las gracias. Es, por lo tanto, una pequeña obra maestra de espiritualidad y de doctrina católica que debe ser entendida. El rosario no es una costumbre religiosa de confiar en las emociones, sino más bien una práctica piadosa seria, sólida y de meditación, lo que explica por qué el rosario ha obtenido tantas gracias.
Cada misterio del rosario tiene una gracia especial que
corresponde a la meditación. La Anunciación en el
monasterio de El Paular, Madrid
Es muy hermoso y valioso meditar sobre los misterios del rosario, ya que para cada decena, uno contempla una cosa diferente con sus gracias especiales: Hay gracias particulares para el misterio de la Anunciación, otros para la Oración en el Huerto, y otros asociados con la Ascensión de Nuestro Señor. Cada una de las decenas tiene sus gracias especiales, y la persona que medita en todos ellos atrae a su alma el conjunto de las gracias de la vida de Nuestro Señor y de Nuestra Señora. Es una circunnavegación completa que aporta una plenitud sobrenatural al alma de la persona, lo que nos ayuda a comprender mejor la influencia saludable del rosario.
Un católico, cuando piensa y reflexiona sobre las cosas de la fe, debe sacar conclusiones que se acumulan unas sobre otras y constituyen una especie de construcción arquitectónica. Esta debe ser la vida espiritual de un católico. Ello se sigue en conformidad según con la manera en que Dios gobierna el universo. Él juzga sabiamente el peso y la medida de todo. Esta es otra razón por la que el rosario es una excelente devoción.
La crucifixión en el santuario del Buen Jesús, Braga, Portugal
Sabemos que la victoria de la batalla de Lepanto se logró cuando San Pío V interrumpió una reunión con los cardenales en el Vaticano y fue a la ventana y comenzó a rezar el rosario. Él estaba muy preocupado por el futuro de la Iglesia y de la cristiandad que se estaba decidiendo en esas aguas del Mediterráneo. Después de que el pontífice terminó de rezar el rosario, regresó a la reunión y dijo a los cardenales que la flota católica había salido victoriosa. Es decir, tuvo una revelación mientras rezaba el rosario. Fue la forma en que la Virgen le mostró que ella vinculó esa victoria a su rezo del rosario. Al comprender esto, San Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, la cual se extendió a toda la Iglesia en conmemoración por otra gran victoria sobre los musulmanes en 1716.
El hecho de que esta devoción está especialmente vinculada a las victorias sobre los enemigos de la Iglesia y de la Cristiandad nos induce a pensar que el rosario protegerá a todos los que luchan contra los enemigos de la causa católica. Es una devoción que muy probablemente va a perdurar hasta el final de los tiempos, cuando los enemigos de la Iglesia serán más peligrosos que nunca.
Por lo tanto, también durante el castigo predicho en Fátima, la recitación asidua del santo rosario debe ser un factor decisivo de la victoria para los que defenderían la causa católica. Los antecedentes históricos del valor del rosario son una prenda de análogas futuras victorias.
Cuando San Alfonso María de Ligorio estaba ya viejo, enfermo, y en una silla de ruedas, un hermano lego lo paseaba alrededor el claustro de su convento en la noche para que pudiera tomar un poco de aire fresco. En una ocasión San Alfonso le preguntó:

—   ¿Rezaste tu rosario hoy?
—   No lo recuerdo, respondió el hermano.
—   Entonces, recémoslo ahora, dijo el santo.
—   Pero usted ya está muy cansado. ¿Qué diferencia hace que no recemos el rosario por un día? Protestó el hermano.
—   San Alfonso respondió: Si yo no rezo el rosario por un solo día, yo temería por mi salvación eterna.

Esto es lo que un santo dijo. Me gusta este episodio porque nos enseña que debemos hacer exactamente lo mismo. El rosario de todos los días es una gran garantía de la perseverancia final y de la fidelidad por los tiempos que se avecinan, cuando se cumplirán las profecías de Fátima. La victoria en nuestro Lepanto cotidiano está vinculada con el rezo del rosario.

Pidámosle a Nuestra Señora del Rosario que bendiga esta intención de rezar el rosario todos los días y nos dé la gracia de hacerlo todos los días y siempre.

domingo, 5 de octubre de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 19

El fin del partido católico

Elaborado el proyecto de la ley sobre la enseñanza, por la comisión que nombró el conde de Falloux, debía todavía ser aprobado por el Ministerio, y después enviado a la Cámara de los Diputados para ser discutido. Se preveía que la oposición sería grande, no sólo de parte de los universitarios como también de los católicos, y era necesario que Falloux lanzase mano de toda su habilidad para que fuese aprobado.
Antes que nada era preciso evitar la campaña de los católicos. El ministro, temiendo sobre todo la intervención de Louis Veuillot, fue a su casa para intentar convencerlo a no atacar el proyecto. Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, le pidió que prometiese no discutirlo antes de ser nombrada por la Cámara de los Diputados la comisión que debería dar su parecer sobre el proyecto. Por amor a la paz, el redactor jefe del Univers consintió, aun cuando sabía que su promesa le impediría tener cualquier influencia en la constitución de la comisión.
El proyecto, sin embargo, chocaba tan frontalmente con todo el pasado del partido católico, que se desencadenó, enérgica, la oposición de gran número de sus miembros, luego después de aprobado por el ministerio y publicado. El proyecto dividió las huestes católicas, y sólo un retroceso de sus autores podría salvar el partido. Pero, como veremos, no era ese el deseo de Mons. Dupanloup y del conde de Falloux.
Con excepción de L’Ami de la Religion, todos los periódicos católicos atacaron el proyecto. Después de nombrada la Comisión Legislativa, Veuillot definió la posición de su periódico. Dijo que, aun cuando el corazón sangraba por tener que combatir a antiguos compañeros, no podía dejar de deplorar la ceguera que los llevó a suicidarse con una ley que “es una decepción, un desfallecimiento de la razón y de la conciencia, un pacto con el mal, una monstruosa alianza de los ministros de Satanás con los de Jesucristo”. Entonces la oposición católica cerró filas en torno del Univers y de Veuillot, en quien veía a su líder natural.
La participación de Montalembert en la elaboración del proyecto fue severamente criticada. El padre Laconnet, su biógrafo, cita extractos de algunas cartas que él entonces recibió. Una de ellas le decía: “El filósofo venció al cristiano pusilánime. El escéptico Thiers enganchó al hijo a su carro, el noble hijo de los cruzados, vacilante, abatido, desmoralizado… Los malos se felicitan por haber hecho de la Iglesia una sierva de la Universidad”.
Otra correspondencia, esta desde el interior de Francia, procuraba convencer a Montalembert de su error, con el argumento de que las provincias, sin ser consultadas, renegaban unánimemente el proyecto. Y termina: “Que los antiguos jefes que ellas veneran y aman la conduzcan o no en la cruzada, poco importa; el ejército católico continuará su marcha con ellos o sin ellos”.
Incluso Lacordaire manifestó su desaprobación: “Hallaron mejor fiarse en Thiers de que en Dios y en la justicia”. En su diario, Montalembert escribió en esa época estas palabras, que dicen todo: “Para los sensatos, soy apenas el lugarteniente de Falloux; para los ardientes, soy un traidor”.
Fue en ese ambiente que se realizó la última reunión del partido católico. A favor del proyecto hablaron Montalembert y el conde de Falloux, y en contra Charles Lenormant y Mons. Parisis, obispo de Langres. La ruptura se delineó tan nítida que, al salir de la sesión, Montalembert comentó tristemente con Mons. Dupanloup y con el conde de Falloux: “Está todo acabado”. Mons. Dupanloup y el ministro, que no pudieron esconder su satisfacción de ver finalmente desaparecer al partido católico, se felicitaron viendo el disgusto de Montalembert y procuraron reanimarlo: “¿Qué importa? El partido católico ya cumplió su misión”.
El partido, la más bella iniciativa católica de los últimos tiempos, desaparecía arrastrando con su caída a uno de los hombres más providenciales que tuvo Francia en el siglo XIX – el conde de Montalembert. De sus escombros surgió el catolicismo liberal, con Mons. Dupanloup a la cabeza, que iría al encuentro de todos los movimientos auténticamente católicos que de ahí en adelante aparecerán en Francia, comenzando por Veuillot, que levantó nuevamente la bandera dejada caer por Montalembert.
El liderazgo de los católicos favorables al proyecto pasó al conde de Falloux. Montalembert, derrotado, no supo qué hacer, no queriendo sacudir el yugo cada vez más pesado de Mons. Dupanloup. Uno de los que le escribió le llamó la atención por eso: “Mons. Dupanloup os perdió. Y lo afirmo con profunda convicción. Ese espíritu mediocre, devorado por la necesidad de insinuarse en todo, de meterse en todo, de dominar, de incensar a todo el mundo, de agradar a todo el mundo, tomó un ascendiente de tal modo tiránico sobre vos, que renunciasteis, renegasteis un pasado de veinte años —que Mons. Dupanloup siempre combatió— para colocaros al servicio de su vanidad piadosamente intrigante”.
Con la condenación de sus antiguos compañeros, Montalembert podría haber visto su error, pero Mons. Dupanloup estaba ahí para impedirlo: “Desconfíe del demonio, padre del fraude y de la mentira. Él está actuando sensiblemente en todo eso: él desvía las almas, y las mejores…”
En realidad, la cuestión del proyecto de ley de enseñanza apenas apresuró el fin del partido católico. El conde de Falloux adquirió tan grande proyección dentro de él, que incluso sin aquella cuestión fatalmente asumiría el liderazgo. Veuillot resumió muy bien el pensamiento de los católicos a respecto de Falloux: “El Sr. de Falloux es un hombre de transacciones y de acomodaciones. No gusta del partido católico, y desearía verlo desaparecer. Nunca será nuestro jefe, por dos razones: primero, porque queremos la plena y completa libertad de la Iglesia, y él no puede acompañarnos en ese camino; segundo, porque no sabríamos seguirlo en el suyo”.

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viernes, 3 de octubre de 2014

Santa Teresita de Niño Jesús - 3 de octubre

Víctima expiatoria

Plinio Corrêa de Oliveira
Legionário, N° 790, 28 de septiembre de 1947

Santa Teresita del Niño Jesús es, a bien decir, de nuestra época: celebraremos de aquí a poco el cincuentenario de su muerte, y muchas de las personas que todavía tenemos la ventura de poseer entre nosotros, son absolutamente contemporáneas de la joven carmelita que expiró a los 24 años. Felizmente, la fotografía ya había sido inventada en los días de ella, por lo que conservamos el retrato auténtico de la gran santa: singularmente bella, de trazos regulares, mirada luminosa y amplia, porte firme y semblante resuelto, su fisonomía deja trasparecer cualidades que parecen opuestas entre sí —al menos según la mentalidad liberal—, como la bondad y la firmeza, la distinción y la simplicidad, el perfecto y absoluto dominio de sí y la más atrayente naturalidad. Si no poseyésemos fotografías de la santa rosa del Carmelo, ¿qué idea tendríamos de ella? La que nos presentan muchas de las imágenes: dulce de una dulzura sentimental y casi romántica, buena de una bondad puramente humana y sin el menor soplo de sobrenatural, en fin una joven de buenas inclinaciones si bien que exageradamente sensible… nunca una santa, una auténtica y genuina santa, un lucero brillante en el firmamento espiritual de la Iglesia del Dios verdadero. Si no toda la iconografía, por lo menos cierta iconografía, sin alterar los trazos de la santa, le altero no obstante la fisonomía. Lo mismo se da con su biografía. Cierta literatura sentimental-religiosa, sin adulterar propiamente los datos biográficos de Santa Teresita, encontró medios de interpretar tan unilateral y superficialmente ciertos episodios de su vida, que llegó a desfigurar de algún modo su significado. Las deformaciones iconográficas y biográficas se hicieron todas en una misma dirección: ocultar el sentido profundo, admirable, heroico e inmortal de la vida de la inmortal santa.
En el 50° aniversario de su muerte alguien que mucho y que mucho le debe procurará saldar con respetuoso amor parte de esta deuda, haciendo como que un comentario doctrinario a su vida.

*   *   *

Deformación sentimental y romántica de Santa Teresita
El pecado original cometido por Adán y los pecados posteriormente practicados por la humanidad constituyen ofensas a Dios. Para reparar esas ofensas y aplacar la ira divina era preciso que la humanidad expiase. Esta expiación era como que el pago de un precio que compensase la falta cometida. Hay en esto de cierto modo una restitución. Por el pecado, el hombre como que se apropió indebidamente de placeres, ventajas, deleites a lo que no tenía derecho. Para reparar la justicia, era preciso que él abandonase, inmolase, sacrificase todo esto. El sacrificio reparador toma, así, el aspecto de un precio de rescate por el cual se repara la falta cometida. Para reparar estos pecados, la Santa Iglesia dispone de un tesoro. Veamos de qué naturaleza es este tesoro.
Evidentemente, no se trata de un tesoro de riquezas materiales. Es un tesoro moral y espiritual, como exige la naturaleza moral de las faltas que se trata de reparar. Este tesoro se compone antes que nada, y esencialmente, de los méritos infinitamente preciosos de Nuestro Señor Jesucristo, que en el momento de la Santa Muerte del Salvador fueron aceptados por Dios, y produjeron la Redención de la humanidad. Los sufrimientos, las virtudes, las expiaciones de los hombres pecadores serían totalmente incapaces de aplacar la cólera divina. El Santo Sacrificio del Hombre-Dios bastaría plenamente para ello. Más aún: una simple gota de su preciosa sangre bastaría para redimir a la humanidad entera.
Con todo, por designios insondables de la Providencia divina, de hecho la Redención no se operó en el momento en que se vertió para nosotros la primera sangre del Redentor, sino sólo cuando Él expiró por nosotros en la Cruz, después de un diluvio de tormentos. Por una disposición igualmente misteriosa de Dios, Él no se contenta con el sacrificio superabundantemente suficiente del Redentor. La humanidad está redimida, y en sí misma la obra de la redención está concluida. Pero para salvar a los pecadores, para expiar sus pecados actuales, para que las almas extraviadas aprovechen el Sacrificio del Hombre-Dios, es necesario que también nosotros alcancemos méritos.
El tesoro de la Iglesia se compone, pues, de dos parcelas. Una, infinitamente preciosa, superabundantemente suficiente, superabundantemente eficaz: es la de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Otra pequeñísima, con un valor mínimo, insignificante: es la de los méritos de los hombres adquiridos a lo largo de la vida multisecular de la Iglesia. La parte pequeña sólo vale en unión con la parte infinita. Pero —misterio de Dios— en sí misma perfectamente dispensable, esta parte es indispensable porque Dios lo quiso: “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”, dice San Agustín. Dios nos creó sin nuestra cooperación, pero para que nos salvemos Él quiere nuestra cooperación. Cooperación de apostolado, sí, pero también cooperación en la oración y en el sacrificio. Sin los méritos de los hombres, el tesoro de la Iglesia no estará completo, y la humanidad no aprovechará enteramente los frutos de la salvación.

*   *   *

La verdadera santa
Visto el asunto por otro ángulo, debemos recordar el papel de la gracia para la salvación. Ningún hombre es capaz del menor acto de virtud cristiana, sin que sea llamado a esto por la gracia de Dios, y por la gracia de Dios ayudado. En otros términos, la primera idea, el primer impulso, toda la realización del acto de virtud sobrenatural, se hace con el auxilio de la gracia. Y esto de tal manera que nadie podría practicar el menor acto de virtud cristiana —ni siquiera pronunciar con piedad los santísimos nombres de Jesús y María— sin el auxilio sobrenatural de la gracia. Todo esto es de fe, y quien lo negase sería hereje. Nuestra voluntad coopera con la gracia, y sin el concurso de nuestra voluntad no hay virtud posible. Pero por sí sola, sin la gracia, ella es absolutamente incapaz de practicar la virtud sobrenatural.
Ahora, como sin virtud nadie agrada a Dios ni se salva, siendo la gracia necesaria para la virtud, es fácil percibir que ella es necesaria para la salvación.
Todos los hombres reciben gracias suficientes para salvarse. También esto es de fe. Pero, de hecho, por la maldad humana que es inmensa, muy pocos sería los hombres que se salvarían sólo con la gracia suficiente. Es preciso que la gracia sea abundante para vencer la maldad del libre albedrío humano. La abundancia de esa gracia, ¿cómo obtenerla de Dios, justamente airado  por los pecados de los hombres? Evidentemente con el tesoro de la Iglesia.
Pero, como vimos, ese tesoro se compone de dos partes, una de las cuales perfecta e inmutable —la de Dios— y otra mutable e imperfecta, la de los hombres. Cuanto más la parte humana del tesoro de la Iglesia fuere deficiente, tanto menos abundantes serán las gracias. Cuanto menos abundantes fueren las gracias, tanto menos numerosas serán las almas que se salvan. De donde se sigue que un elemento capital para que las almas se salven es que esté siempre de méritos producidos por los hombres el tesoro de la Iglesia. Los grandes pecadores son hijos enfermos para cuya cura se prodigan los tesoros de la Iglesia. Los grandes santos son los hijos sanos y operantes, que reponen en todo momento, en el tesoro de la Iglesia, riquezas nuevas que sustituyan las que se emplean con los pecadores.
Todo esto nos permite establecer una correlación: para grandes pecadores, grandes gastos en el tesoro de la Iglesia. O estos grandes gastos son suplidos por nuevos lances de generosidad de Dios y de las almas de los santos, o las gracias se van tornando menos abundantes, y el número de pecadores aumenta.
De ahí se deduce que nada más necesario, para la dilatación de la Iglesia, de que enriquecer siempre, su tesoro sobrenatural, con nuevos méritos.

*   *   *

Evidentemente, se pueden adquirir méritos practicando la virtud por todas partes. Pero hay, en el jardín de la Iglesia, almas que Dios destina especialmente para este fin. Son las que Él llama para la vida contemplativa, en conventos reclusos, donde ciertas almas escogidas se dedican especialmente en amar a Dios y expiar por los hombres. Estas almas corajosamente piden a Dios que les mande todas las probaciones que quisiere, desde que con eso se salven muchos pecadores. Dios las flagela sin cesar, de un modo o de otro, cogiendo de ellas la flor de la piedad y del sufrimiento, para con esos méritos salvar nuevas almas. Consagrarse a la vocación de víctima expiatoria por los pecadores: nada hay de más admirable. Y esto tanto más cuanto muchos hay que trabajan, mucho que rezan; ¿pero quién tiene el coraje de expiar?
Este es el sentido más profundo de la vocación de las Trapistas, de las Franciscanas, de las Dominicanas y las Carmelitas entre las cuales floreció la suave y heroica Teresita.
Su método fue especial. Practicando la conformidad plena con la voluntad de Dios, ella no pidió sufrimientos, ni los rechazó. Dios hizo de ella lo que entendiese. Jamás pidió a Dios o a sus superioras que apartaran de ella cualquier dolor. Jamás pidió a Dios o a sus superioras cualquier mortificación. Sumisión plena era su camino. Y, en materia de vida espiritual, plena sumisión equivale a la plena santificación.
Su método se caracteriza todavía por otra nota importante. Santa Teresita no practicó grandes mortificaciones físicas. Ella se limitó apenas simplemente a las prescripciones de su Regla. Pero se esmeró en otro tipo de mortificación: hacer a toda hora, en todo instante, mil pequeños sacrificios. Jamás la voluntad propia. Jamás lo cómodo, lo deleitable. Siempre lo contrario de lo que los sentidos pedían. Y cada uno de estos pequeños sacrificios era una pequeña moneda en el tesoro de la Iglesia. Moneda pequeña, sí, pero del oro de la ley: el valor de cada pequeño acto consistía en el amor de Dios con que era hecho.
¡Y qué amor meritorio! Santa Teresita no tenía visiones, ni siquiera los movimientos sensibles y naturales que tornan a veces tan amena la piedad. Aridez interior absoluta, amor árido, pero admirablemente ardiente, de la voluntad dirigida por la fe, adhiriendo firme y heroicamente a Dios, en la atonía involuntaria e irremediable de la sensibilidad. Amor árido y eficaz, sinónimo, en vida de piedad, de amor perfecto…
Gran camino, camino simple. ¿No es simple hacer pequeños sacrificios? ¿No es más simple no tener visiones que tenerlas? ¿No es más simple aceptar los sacrificios en lugar de pedirlos?
Camino simple, camino para todos. La misión de Santa Teresita fue la de mostrarnos una vía en que pudiésemos todos entrar. Ojalá ella nos auxilie a recorrer por esta vía real, que llevará a los altares no apenas a una u otra alma, sino a legiones enteras.


miércoles, 1 de octubre de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. IX

CAPÍTULO IX

ES LA MASONERÍA LA QUE COMANDA LA GUERRA CONTRA LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Al día siguiente de la publicación de la encíclica en la cual León XIII denunció nuevamente al mundo a la francmasonería como siendo el agente de la guerra contra la Iglesia y contra todo el orden social, el Bulletin de la Grande Loge Symbolique Écossaise expresó en estos términos el pensamiento de la secta:
“Lo mínimo que la francmasonería puede hacer es agradecer al soberano pontífice su última encíclica. León XIII, con una autoridad incontestable y con gran lujo de pruebas, acaba de demostrar, una vez más, que existe un abismo infranqueable entre la Iglesia, de la cual él es el representante, y la Revolución, de la cual la francmasonería es el brazo derecho. Es bueno que los que tienen dudas dejen de abrigar vanas esperanzas. Es preciso que todos se habitúen en comprender que ha llegado la hora de optar entre el orden antiguo, que se apoya en la revelación, y el nuevo orden, que no reconoce otros fundamentos que no sean la ciencia y la razón humana, entre el espíritu de autoridad y el espíritu de libertad”[1].
Este pensamiento fue nuevamente expresado en la Convención de 1902, por el orador encargado de pronunciar el discurso de clausura: “… ¿Qué es lo que nos separa? Es un abismo, abismo que no será cubierto sino en el día en que triunfe la masonería, obrera incansable del progreso democrático de la justicia social… Hasta allá, nada de tregua, de reposo, de aproximación, de concesiones… Es la última frase de la lucha de la Iglesia y de la Congregación contra nuestra sociedad republicana y laica. El esfuerzo debe ser supremo…”. Derrumbada la Iglesia, todo el resto caerá.
También, La Lanterne, órgano oficioso de nuestros gobernantes y de la francmasonería, no cesó de decir todos los días y en todos los tonos: “Antes de cualquier otra cuestión, antes de la cuestión social, antes de la cuestión política, es preciso terminar de una vez con la cuestión clerical. Esa es la clave de todo el resto. Si cometiéramos el crimen de capitular, de retardar nuestra acción, de dejar escapar al adversario, pronto el partido republicano y la república estarán perdidos… La Iglesia no nos permitiría recomenzar la experiencia. Ella sabe hoy que la república le será mortal, y si no la matase, es ella la que matará a la república. Entre la república y la Iglesia existe un duelo a muerte. Apresurémonos en aplastar al infame[2], o resignémonos a dejar la libertad sofocada durante siglos”.

Un hecho que acaba de ocurrir, muestra resumidamente lo que será expuesto en la segunda y en la tercera parte de este libro: cómo la secta actúa para llegar a la realización de sus designios.
Bajo un pretexto vano, se produjo una rebelión en Barcelona; incendios y masacres forzaron al gobierno español a colocar en estado de sitio a la ciudad… El instigador Ferrer fue preso. En vez de ser fusilado en el acto, fue entregado al tribunal militar, que lo condenó a la muerte. El juicio fue ratificado. Falsas noticias fueron enviadas a los periódicos de todos los países: Ferrer no fue juzgado según las leyes. Su defensor fue arrestado. El clero, el propio Papa están involucrados. “La mano sangrienta de la Iglesia, parte en el proceso escribía La Lanterne condujo todo; y los solados del rey de España se limitaron a ejecutar sus voluntades. Todos los pueblos deben rebelarse contra esa religión de muerte y de sangre”. En apoyo, una caricatura representó a un sacerdote con un puñal en la mano. Amenazas de represalias, de asesinato del rey y del Papa llovieron en Madrid y en Roma. Peticiones circularon en París, Roma, Bruselas, Londres, Berlín, para protestar contra el juicio. Ferrer fue ejecutado. Luego se produjeron manifestaciones, varias sangrientas, en las principales ciudades de Francia y de todos los países europeos. Por acumulación, una especie de triunfo quiso glorificarlo en las calles de París, con la cobertura de la policía y la participación del ejército, al canto de la Internacional.
Los gobernantes fueron interpelados en los diversos parlamentos, las protestas fueron apoyadas por los consejos departamentales, municipales. Cincuentaisiete ciudades de Francia decidieron poner el nombre de Ferrer a una de sus calles.
La espontaneidad y el conjunto prodigioso de esas manifestaciones por una causa extraña a los intereses de los diversos países indica que existe una organización que se extiende a todos los pueblos, teniendo capacidad de acción hasta en las más humildes localidades. Entre las piezas del proceso de Barcelona, hay una que estableció que Ferrer pertenecía a la gran logia internacional, el misterioso centro de donde se ejerce sobre el mundo el poder oculto de la masonería.
Pero aquí la secta se denuncia a sí misma.
El consejo de la orden del Gran Oriente de París envió a todas sus oficinas y a todas las potencias masónicas del mundo, un manifiesto de protesta contra la ejecución de Ferrer. En él, el consejo reivindicaba al revoltoso como uno de los suyos: “Ferrer era uno de los nuestros. Él sintió que la obra masónica expresaba el más alto ideal que puede realizar el hombre. Él afirmó nuestros principios hasta el fin. Lo que se quiso alcanzar en él fue el ideal masónico.
“Delante de la marcha del progreso indefinido de la humanidad se levanta una fuerza de estagnación cuyos principios y acción tienen en vista lanzarnos en la noche de la Edad Media”.
El Gran Oriente de Bélgica se apresuró en responder al manifiesto del Gran Oriente de Francia: “El Gran Oriente de Bélgica, compartiendo los nobles sentimientos que inspiraron la proclamación del Gran Oriente de Francia, se asocia, en nombre de las logias belgas, a la protesta indignada que se envió a la masonería universal y al mundo civilizado contra la sentencia inicua pronunciada e impiadosamente ejecutada contra el hermano Francisco Ferrer”.
El Gran Oriente italiano y otros hicieron lo mismo: “Francisco Ferrer, honra de la cultura y del pensamiento moderno, apóstol infatigable del ideal laico, fue fusilado por orden de los jesuitas, en el horrible calabozo de la fortaleza de Montjuich, en la cual todavía resuenan los gritos de innumerables víctimas… Un estremecimiento de horror recorrió el mundo, que, en un sublime impulso de solidaridad humana, maldijo a los autores conocidos y ocultos de la muerte y los condena a la execración y a la infamia”.
El comité central de la liga masónica de los derechos del hombre, reunida en sesión extraordinaria el 13 de octubre de 1909, decidió levantar un monumento a la memoria de Ferrer, “mártir del libre pensamiento y del ideal democrático”. Convidó a todas las organizaciones de libre pensamiento a contribuir para la realización de este proyecto, y resolvió erguirlo en Montmartre, frente a la Iglesia del Sagrado Corazón.

La francmasonería declaró, pues, en palabras y en actos que ella consideraba y defendía a Ferrer como la encarnación del “ideal masónico”. ¿Cuál era el ideal de Ferrer? Él mismo lo proclamó en mayo de 1907, en la revista pedagógica Humanidad Nueva, en la cual expone los principios de la “Escuela moderna” que acababa de fundar con dinero conseguido de manera poco legal de un católico practicante e incluso piadoso.
“Cuando tuvimos, hace seis años, la inmensa alegría de abrir la escuela moderna de Barcelona, nos apresuramos en divulgar que su sistema de enseñanza seria, racionalista y científica. Queríamos prevenir al público de que, siendo la ciencia y la razón los antídotos de todo dogma, no enseñaríamos en nuestra escuela ninguna religión…
“Cuánto más hemos demostrado la temeridad que teníamos en colocarnos tan francamente en frente de la Iglesia todopoderosa de España, más sentíamos el coraje para perseverar en nuestros proyectos.
“Sin embargo, es necesario aclarar que la misión de la escuela moderna no se limita solamente al deseo de ver desaparecer los preconceptos religiosos de las inteligencias. Si bien que esos preconceptos sean aquellos que más se oponen a la emancipación intelectual de los individuos, no obtendríamos, con su desaparición, una humanidad libre y feliz, puesto que se puede concebir un pueblo sin religión, pero también sin libertad.
“Si las clases trabajadoras se liberasen de los preconceptos religiosos y conservasen el de la propiedad tal como existe actualmente, si los trabajadores aún creyesen en la parábola que siempre habrá pobres y ricos, si la enseñanza racionalista se contentase en diseminar nociones sobre la higiene y las ciencias, en preparar solamente buenos aprendices, buenos obreros, buenos empleados en todas las profesiones, nosotros continuaríamos viviendo más o menos sanos y robustos con el modesto alimento que nos proporcionaría nuestro módico salario, pero no dejaríamos de ser siempre los esclavos del capital.
“La escuela moderna pretende, por lo tanto, combatir todos los preconceptos que se oponen a la emancipación total del individuo y ella adoptó, con ese objetivo, el racionalismo humanitario, que consiste en inculcar en la juventud el deseo de conocer el origen de todas las injusticias sociales, a fin de que se combatan a través de los conocimientos que se han adquirido.
“Nuestro racionalismo combate las guerras fratricidas, sean internas, sean externas, la explotación del hombre por el hombre; lucha contra el estado de servidumbre en el cual se encuentra actualmente colocada la mujer en nuestra sociedad; en una palabra, combate a los enemigos de la harmonía universal, como la ignorancia, la maldad, el orgullo y todos los vicios y defectos que dividen a los hombres en dos clases: los explotadores y los explotados”.
En una carta dirigida a uno de sus amigos, Ferrer manifestaba de maneja aún mejor el pensamiento de su escuela: “Para no atemorizar a las personas y para no dar al gobierno un pretexto para cerrar mis establecimientos, yo los llamo ‘escuela moderna’ y no ‘escuela de anarquistas’. Porque la finalidad de mi propaganda es, lo confieso francamente, formar en mis escuelas anarquistas convencidos. Mi deseo es convocar la revolución. Por ahora, debemos contentarnos en implantar en el cerebro de la juventud la idea del saqueo violento. Ella debe aprender que no existe, contra los policías y la tonsura, sino un único medio: la bomba y el veneno”.
La investigación del caso llevó al descubrimiento, en la villa “Germinal”, en que él vivía, de documentos escondidos en un subterráneo hábilmente disimulado y que tenía diversas puertas de salida. Esos documentos probaban que él era el alma de todos los movimientos revolucionarios que se producían en España desde 1872. Estos son, entre otros, extractos de circulares redactadas en 1892.
“Compañeros, seamos hombres, aplastemos a esos infames burgueses… Antes de construir, arruinemos todo… Si entre los políticos algunos apelasen a vuestra humanidad, matadlos… Abolición de todas las leyes… expulsión de todas las comunidades religiosas… Disolución de la magistratura, del ejército y de la marina… Demolición de las iglesias…”.
Al final, de la propia mano de Ferrer, esta nota:
Adjunto una receta para fabricar un explosivo”.
Este es el hombre que la francmasonería presentó al mundo como profesando su ideal.
Algunos días después de la ejecución de Ferrer, el gabinete de Madrid se vio obligado a dimitir; los jefes del partido liberal y del partido democrático, obedeciendo sin duda a las órdenes de la logia, llevaron al conocimiento de Maura que ellos harían una obstrucción irreductible a cualquier medida, a todo proyecto que él presentase. Sin embargo, en España, sin por lo menos dos tercios de los votos todo puede quedar inmóvil y tornarse legalmente imposible. El partido liberal y el partido democrático, al rehusar su participación, hicieron imposible la administración. Esa dimisión alegró a los librepensadores y a los ateos en toda Europa. El Action dijo:
“¿No es verdad que, en el mundo entero, un gran duelo, el mismo en todas partes, se libra entre las religiones y el libre pensamiento, entre la autocracia y la democracia, entre el absolutismo y la revolución? ¿Existen fronteras para la Iglesia y una patria para el Vaticano? ¿El drama de la humanidad no se juega alrededor de esas formas internacionales que son la convención y la escuela? La caída del gabinete de Maura, así como la ejecución de Ferrer, no constituyeron sino un episodio de ese gran drama incesante”.
Ya nos hemos explayado lo suficiente sobre este asunto. Nada puede preparar mejor al lector para comprender lo que viene a continuación: la historia de la acción de la masonería en Francia durante los dos últimos siglos, la organización de la secta, sus medios de acción y procedimientos, y las posibles hipótesis sobre el resultado final de la lucha trabada por la sinagoga de Satanás y la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo.

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[1] Citado por don Sardá y Salvany, Le mal social, ses causes, ses remèdes.
[2] El infame, así se referían a Jesucristo.
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