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miércoles, 22 de octubre de 2014

La herejía del Vaticano II sobre los judíos

vaticanocatolico.com Hno. Pedro Dimond
La herejía del Vaticano II sobre los judíos

Los Antipapas del Vaticano II participando en el culto judío: Juan Pablo II en la sinagoga de Roma en 1986, Benedicto XVI en la sinagoga de Colonia, Alemania en el 2005, y Francisco en una sinagoga de Buenos Aires, Argentina en 2012

Ver en YouTube: La herejía del Vaticano II sobre los judíos (14 minutos)

En Nostra Aetate #4, el Vaticano II habla sobre los judíos. Téngase cuenta que en este pasaje el Vaticano II se refiere específicamente a los judíos que no son parte de la Iglesia y no aceptan el Evangelio. Respecto a ellos, el Vaticano II declara:
“Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras”[1].
El Vaticano II declara que los judíos que no aceptan a Jesucristo y no pertenecen a la Iglesia, no deben ser considerados como reprobados por Dios, como si esto se dedujera de las Escrituras. Eso es totalmente herético. La enseñanza de la Sagrada Escritura, la Tradición católica y el dogma católico es exactamente lo contrario. En el Evangelio Jesús declara que quienes no lo aceptan a Él son, de hecho, reprobados por Dios y no se salvarán.
Mateo 10, 33: “Más a quien me negare delante de los hombres, yo también le negaré [o reprobaré] delante de mi Padre que está en los cielos”.
Juan 3, 36: “El que cree en el Hijo tiene la vida eterna; el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que está sobre él la ira de Dios”.
También véase Juan 8, 24, Juan 14, 6, Marcos 16, 16, 1 Juan 5, 11-12, Hechos 3, 23, Hechos 13, 46 y muchos otros pasajes. Es un dogma católico que debemos creer en Jesucristo y tener la fe católica para la salvación o ser aceptados por Dios. La declaración del Vaticano II constituye un nuevo falso evangelio.
De hecho, cuando el Vaticano II declara que no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios, en el latín original utiliza la palabra ‘reprobati’. ‘Reprobati’ (que literalmente significa, haber sido rechazado por haberse probado ser indigno) es un participio presente pasivo perfecto del verbo latino reprobo, yo repruebo.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441: “A cuantos, consiguientemente, sienten de modo diverso y contrario, [la Iglesia] los condena, reprueba y anatematiza, y proclama que son ajenos al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”[2].
El Concilio dogmático de Florencia, en la solemne bula Cantate Domino de 1441, utilizó el mismo verbo en latín, reprobo, para enseñar exactamente lo opuesto de lo que el Vaticano II enseña. En Florencia se utilizó ‘reprobat’ (que significa ‘reprueba’) para enseñar solemnemente que la Iglesia Católica de hecho reprueba a todas las personas, incluyendo los judíos, que piensen o sienten de modo diverso y contrario a su enseñanza. La declaración del Concilio de Florencia, de que la Iglesia reprueba a todos quienes sienten de modo diverso y contrario a su enseñanza, viene inmediatamente después de numerosas declaraciones dogmáticas acerca de Jesucristo y la Santísima Trinidad. Por lo tanto, en su contexto, el Concilio de Florencia se estaba refiriendo a los que niegan la verdad católica sobre Jesús y la Santísima Trinidad. El Concilio de Florencia declaró dogmáticamente que la Iglesia los reprueba. Es por lo tanto un dogma que los judíos que no aceptan a Cristo son reprobados por Dios y por la Iglesia. Los judíos necesitan convertirse para ser aceptados por Dios y salvarse.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441, ex cathedra: “La Santa Iglesia Romana firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles, a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica”[3].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441, ex cathedra: “La Santa Iglesia Romana Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en. ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas. No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse. Denuncia consiguientemente como ajeos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores”[4].
En la misma bula solemne Cantate Domino, el Concilio de Florencia declaró que todos los que mueren como judíos irán al infierno, y que pecan mortalmente los que practican el judaísmo u observan la Ley de Moisés después de la promulgación del Evangelio. No cabe duda que, según la enseñanza católica, en cuanto los judíos permanezcan sin convertirse a Cristo y a su Iglesia, ellos son reprobados por Dios. Aun así, el Vaticano II enseña exactamente lo contrario, y utiliza el mismo verbo latino que el Concilio de Florencia utilizó para enseñar exactamente lo opuesto. El fuerte contraste entre la enseñanza católica y la enseñanza del Vaticano II es sorprendentemente capturado en esta cita de San Ambrosio. Nótese su uso de la palabra reprobar.
San Ambrosio, Sermón 37, Las dos barcas: “La infidelidad de la Sinagoga es un insulto al Salvador. Por eso Él [Cristo] eligió la barca de Pedro, y abandonó la de Moisés, es decir, Él reprobó a la sinagoga infiel, y adoptó la Iglesia creyente”.
No es un secreto el hecho de que la enseñanza del Vaticano II sobre los judíos sea nueva y revolucionaria. Nostra Aetate #4 ha sido citada innumerables veces por los líderes judíos y por las más altas autoridades en la secta del Vaticano II, como un documento histórico que supuestamente cambió las relaciones de la ‘Iglesia Católica’ hacia los judíos. Siguiendo la promulgación de Nostra Aetate, los antipapas del Vaticano II aprobaron la falsa religión del judaísmo en muchas declaraciones y acciones. De hecho, estas declaraciones y acciones son verdaderamente tan numerosas (hay literalmente cientos) que sólo podemos resumirlas. Nuestro libro y sitio web vaticanocatolico.com contienen abundante documentación sobre este tema, con citas completas y referencias específicas.
Basándose en la nueva enseñanza del Vaticano II sobre los judíos, los antipapas del Vaticano II han enseñado repetidamente la herejía de que el Antiguo Testamento no ha sido revocado por Dios, y que los judíos, a pesar de rechazar a Cristo, tienen una alianza irrevocable con Dios. Véase por ejemplo, el discurso de Juan Pablo II ante los judíos en Mainz, Alemania Occidental[5], el 17 de noviembre de 1980; su mensaje al Rabino Jefe de Roma[6], del 23 de mayo de 2004; y su encuentro de 1997 sobre las “Raíces del Antijudaísmo”, en cual declaró: “Este pueblo persevera a pesar de todo, porque es el pueblo de la alianza...”[7]. Eso es una completa herejía.
Papa Pío XII, Mystici corporis, # 12, 29 de junio de 1943: “… a la Ley Antigua abolida sucedió el Nuevo Testamento… Jesús abolió la Ley con sus decretos (Ef. 2, 15)… Pues, como dice San León Magno, hablando de la Cruz del Señor, ‘de tal manera en aquel momento se realizó un paso tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la Iglesia, de los muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su espíritu el Señor, se rasgó inmediatamente de arriba abajo aquel velo místico que cubría a las miradas el secreto sagrado del templo’. En la Cruz, pues, murió la Ley Vieja, que en breve había de ser enterrada y resultaría mortífera …”.
Para subrayar aún más la enseñanza del Vaticano II que no se ha de señalar a los judíos como reprobados, los antipapas del Vaticano II han expresado su estima por la religión judía en sí misma, aunque ella niega a Cristo y la Trinidad. Eso es apostasía. Ellos han alentado a los rabinos en “su misión”[8]. Les han dedicado un Día al judaísmo con el fin de estimar el judaísmo. Ellos han enseñado repetidamente que los judíos pueden salvarse sin creer en Cristo. Juan Pablo II incluso conmemoró el centenario de la sinagoga judía en Roma. Los antipapas del Vaticano II han nombrado obispos que abiertamente enseñan que la Iglesia Católica no busca convertir a los judíos, y que la Iglesia Católica cambió su enseñanza acerca de los judíos en el Vaticano II.
‘Arzobispo’ Joseph Doré, discurso a la B’nai B’rith, 2003: “En el Vaticano II, la Iglesia Católica finalmente revisó esta enseñanza...”.
Los antipapas han citado repetidamente Nostra Aetate como base para su nueva actitud hacia el judaísmo después del Vaticano II.
Ellos han permitido el culto judío (que la enseñanza católica prohíbe bajo pena de pecado mortal) en el Vaticano y en otras así llamadas ‘iglesias católicas’. En repetidas ocasiones han visitado sinagogas y toman parte activa en el culto judío – que son actos de apostasía. De hecho, en el 2005, cuando Benedicto XVI participó en un servicio judío en una sinagoga de Colonia, Alemania él habló sobre Nostra Aetate y su enseñanza acerca de los judíos[9]. Cuando Juan Pablo II fue a una sinagoga en 1986, él inclinó su cabeza con los judíos mientras ellos rezaban por la venida del ‘Mesías.’ En los años posteriores al Segundo Concilio Vaticano, los antipapas del Vaticano II también aprobaron e incluso publicaron libros que de hecho enseñan que los judíos no tienen que considerar a Jesús como el Mesías profetizado, y que es válida una lectura de las Escrituras que rechace a Jesús como el Mesías e Hijo de Dios[10]. Los ‘obispos’ estadounidenses, siguiendo la iniciativa de los antipapas, emitieron una declaración repudiando la conversión necesaria de los judíos . Los antipapas del Vaticano II también han aprobado las declaraciones de líderes judíos, tal como las de los rabinos David Rosen y Alan Solow, quienes ambos se dirigieron a Benedicto XVI. Ellos declararon, basados en Nostra Aetate, que la Iglesia Católica ya no busca más convertir a los judíos y que la alianza judía con Dios es eterna.
El 30 de octubre de 2008, el rabino David Rosen del Comité Internacional Judío se dirigió a Benedicto XVI. El citó Nostra Aetate y agradeció a Benedicto XVI, a través del ‘cardenal’ Kasper, por las garantías de que la Iglesia ya no intenta convertir a los judíos. La declaración de Rosen a Benedicto XVI fue publicada en el periódico del Vaticano.
El 12 de febrero de 2009, Alan Solow Presidente de la Conferencia de las Mayores Organizaciones Judías de Estados Unidos, afirmó directamente a Benedicto XVI: “... como es confirmado en Nostra Aetate – la alianza entre Dios y el pueblo judío es eterna”[12]. Benedicto XVI le agradeció por sus comentarios de los cuales fueron publicados en el periódico del Vaticano.
En la implementación de la nueva enseñanza del Vaticano II, Juan Pablo II y Benedicto XVI también asignaron al ‘cardenal’ Walter Kasper como presidente de la Comisión para las relaciones religiosas con los judíos. Kasper enseñó abiertamente que los judíos son salvados sin la fe en Cristo y que la declaración del Vaticano II en Nostra Aetate abandonó la enseñanza católica tradicional de que la Nueva Alianza tomó el lugar de la Antigua Alianza.
‘Cardenal’ Walter Kasper, discurso a la Comité Internacional de Enlace Católico-Judío, Nueva York, 1 de mayo de 2001: “... la vieja teoría de la sustitución [esto es, la teoría de la Nueva Alianza sustituyendo la Antigua] ha desaparecido desde el Segundo Concilio Vaticano...”.
El Antipapa Francisco ha cometido un sinnúmero de actos apóstatas con los judíos. Él ha participado en el culto judío muchas veces e incluso ha ayudado a organizarlo. Él ha enseñado que los judíos tienen una alianza válida con Dios y que ellos han sido liberados de “todo mal”[13]. Francisco abierta y repetidamente rechaza convertir a los judíos y a otros no católicos. También le aseguró específicamente a su buen amigo, el rabino Abraham Skorka, que la Iglesia Católica no puede participar en el proselitismo con los judíos[14]. Es por eso que nombró al ‘cardenal’ Kurt Koch como el Presidente de la Comisión para las relaciones religiosas con los judíos. En 2013 Koch repudió abiertamente la idea de que la Iglesia Católica tiene una misión de convertir a los judíos[15].
No hay duda al respecto: la enseñanza de la secta del Vaticano II sobre los judíos, que viene y está contenida en Nostra Aetate #4, es anticristiana. Es indudablemente herética. Es una negación de la enseñanza de Jesucristo y el dogma católico.
De hecho, es interesante considerar que el verbo en latín reprobo, que fue utilizado por el Concilio de Florencia y el Vaticano II para dos diferentes enseñanzas acerca de los judíos, es la fuente de la palabra en español: réprobo. En la estricta enseñanza dogmática un réprobo es alguien ajeno al estado de gracia. Un réprobo es alguien que Dios expulsa. Un réprobo no tiene derecho a la presencia de Dios, a su favor o a la salvación como resultado de creencias o acciones malvadas. Dios ‘reprobat’ (reprueba) a esa persona. Las personas que mueren en un estado de reprobación por supuesto se irán al Infierno, mientras que los réprobos que aún siguen con vida pueden dejar de ser réprobos por una verdadera conversión; sin embargo, ellos están actualmente en un estado de condenación. Así, cuando el Vaticano II declara que los judíos, a pesar de no aceptar a Cristo y su Iglesia, no deben ser señalados como reprobati, eso significa que ellos no son réprobos. Es una declaración formal de que ellos se pueden salvar: que ellos no deben ser considerados en un estado de condenación o reprobación, aunque ellos rechazan el Evangelio. Por supuesto, eso es herejía flagrante. Todos estos hechos demuestran que la enseñanza del Vaticano II sobre los judíos en Nostra Aetate #4 es contraria a la enseñanza de Jesucristo, la Tradición católica, el dogma católico y todos los Papas verdaderos.

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Notas:
[1] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html [2] Denzinger 704. [3] Denzinger 714. [4] Denzinger 712. [5] http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1980/november/documents/hf_jp_ii_spe_19801117_ebrei-magonza_sp.html [6] http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2004/may/documents/hf_jp-ii_spe_20040523_rabbino-segni_sp.html [7] http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1997/october/documents/hf_jp-ii_spe_19971031_com-teologica_sp.html [8] http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2006/january/documents/hf_ben-xvi_spe_20060116_rabbino-roma_sp.html [9] http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/august/documents/hf_ben-xvi_spe_20050819_cologne-synagogue_sp.html [10] http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/pcb_documents/rc_con_cfaith_doc_20020212_popolo-ebraico_sp.html [11] http://web.archive.org/web/20021015093402/http://www.nccbuscc.org/comm/archives/2002/02-154.htm [12] http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/chrstuni/information_service/pdf/information_service_131_en.pdf [13] http://www.news.va/pt/news/francisco-felicita-pesach-al-rabino-jefe-de-la-c-2 [14] http://www.vaticanocatolico.com/iglesiacatolica/vatican-insider-francisco-y-el-rabino-skorka-hacen-historia-en-el-vaticano/ [15] “... los judíos estarían exentos de la misión evangelizadora de la Iglesia”. – http://www.alfayomega.es/noticias_digital/2013/05/20130513_cardenalKoch.php

miércoles, 10 de octubre de 2012

La falsa teoría del bautismo de deseo/sangre III


III[1] – El caso del P. Feeney

La herejía antes del Vaticano II

Continuamos con la publicación de esta serie de artículos que refutan a los defensores de la herejía del bautismo de deseo cuando utilizan el argumento de la “excomunión” del P. Feeney y la carta del Santo Oficio al obispo de Boston. Véase el primer y segundo artículo de esta serie: El caso del Padre Feeney y El Protocolo 122/49 (Suprema haec sacra).

Para poder apreciar plenamente la controversia del Padre Feeney, es necesario entender que la negación de la fe que el Padre Feeney combatía, ya estaba firmemente instalada en los años previos al Vaticano II. La mayoría de las personas que se consideran “católicos tradicionales” tienen la falsa impresión de que “si pudiéramos retroceder a lo que creían las personas en los años 1950’s, todo estaría bien”. No, no lo estaría. En los años 1940’s y 1950’s ya la mayoría de los sacerdotes y obispos habían perdido la fe y habían rechazado completamente el dogma solemnemente definido que no hay salvación fuera la Iglesia Católica. Es simplemente un hecho que la herejía contra el dogma fuera la Iglesia no hay salvación se enseñaba en la mayoría de los seminarios en los años 1940’s y 50’s. De hecho, la ruptura de la fe empezó mucho más temprano que en los años 1940’s o 50’s.
                                
Nuestra Señora de La Salette, Francia, 19 de septiembre de 1846: “En el año 1864, Lucifer junto con un gran número de demonios serán liberados del infierno; ellos eliminarán la fe poco a poco, incluso entre quienes se dedican a Dios. Serán cegados de tal manera, que, a menos que sean bendecidos con una gracia especial, esas personas asumirán el espíritu de estos ángeles del infierno; varias instituciones religiosas perderán toda fe y se perderán muchas almas… Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo… La Iglesia será eclipsada…”.

Como dije antes en este documento, San Antonio María Claret, el único santo canonizado que asistió al Primer Concilio Vaticano, tuvo un derrame cerebral al escuchar las falsas doctrinas que se estaban proponiendo en ese entonces, las cuales nunca consiguieron introducirse en el Concilio. El desmontaje paso a paso de la fe católica por Lucifer comenzó, no en 1964, sino en 1864, mucho antes de Vaticano II. Echemos un vistazo a algunos ejemplos de herejía flagrante en libros de antes del Vaticano II con Imprimátur (es decir, con la aprobación de un obispo).

1.      La Enciclopedia Católica, vol. 3, “Iglesia”, 1908, G. H. Joyce: “La doctrina se resume en la frase, Extra Ecclesiam nulla salus (Fuera la Iglesia no hay salvación)… Por cierto no significa que nadie se salva excepto los que están en comunión visible con la Iglesia Católica. La Iglesia Católica siempre ha enseñado que basta un acto de caridad perfecta y de contrición para obtener la justificación… Muchos están alejados de la Iglesia por ignorancia. Tal puede ser el caso de quienes han sido criados en la herejía… Por lo tanto, incluso en el caso en que Dios salva a hombres separados de la Iglesia, Él lo hace a través de las gracias actuales de la Iglesia… En la expresión de los teólogos, ellos pertenecen al alma de la Iglesia, aunque no a su cuerpo”[2].

Lo que tenemos aquí, en La Enciclopedia Católica, en el año 1908, en un libro con el imprimátur de Juan Farley, arzobispo de Nueva York, es una herejía flagrante. El autor, G.H. Joyce, rechaza completamente el dogma como ha sido definido. Él incluso emplea “la herejía del alma de la Iglesia”, lo que es completamente herético (como demostré en la sección “La herejía del alma de la Iglesia”). El dogma definido que declara que sólo aquellos que están en la Iglesia Católica pueden salvarse, ha dado paso a la herejía que Dios salva a hombres “separados de la Iglesia”.

Papa León XIII, Tametsi futura prospicientibus, # 7, 1 de noviembre de 1900: “De aquí que todos los que quieran encontrar la salvación fuera de la Iglesia son descarriados y se esfuerzan en vano”[3].

Pero para estos herejes, este dogma ya no significa que fuera la Iglesia no hay salvación, sino más bien que los no católicos se salvan en sus falsas religiones pero por la Iglesia Católica. La necesidad de la fe y de la unidad católica para la salvación ha sido totalmente rechazada.

Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832: “Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna… Sabéis con cuánto afán nuestros predecesores enseñaron este artículo de fe que ellos se atreven a negar, a saber, la necesidad de la fe católica y de la unidad para la salvación”[4].

Y esto demuestra que el dogma que los que mueren como no católicos no se pueden salvar fue negado públicamente, incluso tan temprano como en 1908.

2.      Mi Fe Católica, un catecismo por el obispo Louis LaRavoire, 1949: “La Santa Misa se puede ofrecer por los vivos de cualquier credo. Puede ser ofrecida por los católicos fallecidos. El sacerdote no puede ofrecer la Misa públicamente por los muertos no católicos, pero las personas que oyen la Misa sí pueden”[5].

Aquí nos encontramos con la misma herejía en un catecismo escrito por el obispo de Krishnager, Louis LaRavoire. Este catecismo sigue siendo promovido actualmente por muchos de los llamados “católicos tradicionalistas”. Al permitir las oraciones por los difuntos no católicos, Louis LaRavoire niega el dogma que todos los que mueren como no católicos se pierden.

Papa Clemente VI, Super quibusdam, 20 de septiembre de 1351: “En segundo lugar preguntamos si creéis tú y los armenios que te obedecen que ningún hombre viador podrá finalmente salvarse fuera de la fe de la misma Iglesia y de la obediencia de los Romanos Pontífices”[6].

3.      Catecismo de Baltimore No. 3, 1921, imprimátur del arzobispo Hayes de Nueva York: “P. 510. ¿Es posible que alguien que no sabe que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia se pueda salvar? R. Es posible que alguien que no sabe que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia se salve, con tal que esa persona (1) haya sido bautizada válidamente; (2) crea firmemente que la religión que él profesa y practica es la verdadera religión, y (3) muera sin la culpa de pecado mortal en su alma”.

Aquí nos encontramos con la herejía flagrante en el Catecismo de Baltimore, publicado con imprimátur en 1921. Los autores de este catecismo herético son tan atrevidos como para aseverar que no sólo es posible la salvación de un no católico, pero depende de que el no católico “crea firmemente que la religión que él profesa y practica es la verdadera religión”. Por tanto, si estás firmemente convencido que el mormonismo es la verdadera religión, entonces tienes una buena posibilidad de salvarte, según el Catecismo de Baltimore; pero si no estás firmemente convencido de esto, entonces la posibilidad es menor. Esto es una burla absoluta del dogma: un Señor, una fe y un bautismo (Ef. 4, 5).

Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832: “Si dice el Apóstol que hay ‘un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo’ (Ef. 4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, ‘están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo’ (Luc. 11, 23) y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual ‘es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha’ (Credo Atanasiano)”[7].

Las palabras de Gregorio XVI en Mirari vos podrían haber sido escritas específicamente para los autores del Catecismo de Baltimore; y en efecto, ellas se dirigían a otros herejes de su tiempo que sostenían la misma cosa. Nótese cuán lejos se ha apartado el Catecismo de Baltimore del dogmático Credo Atanasiano que Gregorio XVI reafirma al decir que todo aquel que quiera salvarse debe guardar la fe católica. Los autores del Catecismo de Baltimore no pudieron, en su imaginación más descabellada, fingir creer en la profesión de fe dogmática.

El lector también debe tener en cuenta que el Papa Gregorio XVI enseña que se condenan los que nunca han sido católicos, así como los católicos que abandonan la Iglesia.

El Catecismo de Baltimore rechaza las palabras de Jesucristo, que declaró que “él que no creyere se condenará” (Mc. 16, 16). La edición revisada de las Escrituras por los autores del Catecismo de Baltimore tendrían que decir: “él que cree firmemente en las falsas religiones no se condenará”.

4.      Manual de Teología Dogmática, de Ludwig Ott, imprimátur 1954, p. 310: “La necesidad de pertenencia a la Iglesia no es simplemente una necesidad de precepto, sino también de medio, como muestra claramente la comparación con el Arca, el medio de salvación del diluvio bíblico… En circunstancias especiales, a saber, en el caso de la ignorancia invencible o de incapacidad, la pertenencia real a la Iglesia puede ser remplazada por el deseo de la misma… De esta manera los que están de hecho fuera de la Iglesia Católica también pueden conseguir la salvación”[8].

Es una lástima que la Iglesia Católica fuera tan estúpida como para definir más de siete veces que fuera la Iglesia Católica absolutamente nadie se salva, porque (como revela el “gran” Ludwig Ott) “los que están de hecho fuera de la Iglesia Católica también pueden conseguir la salvación”. Es una vergüenza que la Iglesia no poseyera esta profunda iluminación, que ella no supiese que lo que había enseñado “infaliblemente” por todos estos años era en realidad todo lo contrario de la verdad.

En verdad, lo que dice Ludwig Ott arriba, es equivalente a declarar que la Santísima Virgen María fue concebida en pecado original. No hay diferencia alguna. Si la Iglesia define que fuera la Iglesia absolutamente nadie se salva (Papa Inocencio III, etc.), y yo afirmo que “los que están de hecho fuera de la Iglesia Católica pueden conseguir la salvación”, entonces estoy haciendo exactamente lo mismo que si dijera que la Virgen María fue concebida en algún pecado, cuando la Iglesia dijo que ella no tuvo pecado alguno. Yo estaría diciendo exactamente lo contrario a lo que la Iglesia había definido infaliblemente, y esto es precisamente lo que hace Ludwig Ott.

Pero poco después de negar explícitamente el dogma que nadie puede salvarse fuera la Iglesia, nótese lo que dice Ludwig Ott:

Ludwig Ott, Manual de Teología Dogmática, p. 311: “Es la convicción unánime de los Padres que la salvación no se puede conseguir fuera de la Iglesia”[9].

“Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede”. (Mt. 5, 37). ¡De una página a la próxima, Ludwig Ott se contradice a sí mismo sobre si los que están fuera la Iglesia Católica pueden conseguir la salvación! Él incluso usa exactamente el mismo verbo ―“conseguir”― en ambas frases, mas con el significado opuesto de una a la próxima: 1) los que están “fuera de la Iglesia pueden conseguir la salvación”; 2) “la salvación no se puede conseguir fuera de la Iglesia”. Su lenguaje no es de Dios, sino del diablo. Lo negro es blanco y lo blanco es negro; lo bueno es malo y lo malo es bueno; la verdad es error y el error es verdad; la salvación se puede conseguir fuera la Iglesia y la salvación no se puede conseguir fuera la Iglesia.

Para los herejes pre-Vaticano II que condenaron al Padre Feeney y despreciaban el dogma fuera la Iglesia Católica no hay salvación, no hay problema en creer que hay salvación fuera la Iglesia Católica, mientras crean simultáneamente que no hay salvación fuera la Iglesia Católica. No es ningún problema para esas personas porque son de mal (Mt. 5, 37).

Papa Clemente V, Concilio de Vienne, decreto # 30, 1311-1312, ex cathedra: “Puesto que hay… una Iglesia universal, fuera de la cual no hay salvación, porque para todos ellos hay un solo Señor, una fe, un bautismo…”[10].

Los que aceptan obstinadamente la herejía contenida en estos libros pre-Vaticano II ―como el Manual de Teología Dogmática de Ludwig Ott― con razón deben temer, como dice el Papa Gregorio XVI, porque sin duda alguna ellos heredarán un lugar en el infierno si no se arrepienten y convierten.

5.      El Catecismo Explicado, Rev. Spirago y Rev. Clark, 1898: “Sin embargo, si un hombre, por causas ajenas a la suya, permanece fuera la Iglesia, puede salvarse si lleva una vida temerosa de Dios; porque tal es, para todos los intentos y propósitos un miembro de la Iglesia Católica”[11].

De acuerdo con esto, no sólo es posible salvarse fuera la Iglesia (lo cual es una negación directa del dogma), sino que en realidad es posible que, “para todos los intentos y propósitos”, es un miembro de la Iglesia Católica ¡mientras que aún se encuentra fuera de ella! Esto es tan herético y contradictorio que no vale más comentarios, excepto decir que lo que propone aquí El Catecismo Explicado ―que un hombre puede salvarse fuera la Iglesia con tal que lleve “una vida temerosa de Dios”― es exactamente lo que condenó el Papa Gregorio XVI en Mirari vos: que un hombre puede salvarse en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres.

Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832: “… aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres… por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha (Credo Atanasiano)”[12].

Podría continuar con ejemplos de textos con imprimátur pre-Vaticano II que contienen herejía, pero el punto debería ser obvio: la negación del dogma fuera la Iglesia Católica no hay salvación estaba firmemente establecida en la mente de la mayoría de los sacerdotes y obispos previos al Vaticano II, por lo que la oposición que experimentó el Padre Feeney al defender esta verdad a finales de los 1940’s y 1950’s no es ninguna sorpresa. La Gran Apostasía estaba firmemente establecida en los 1940’s y 50’s, habiendo empezado en realidad a mediados y finales de los 1800’s; y lo que el Padre Feeney estaba tratando hacer era sofocar esta marea de apostasía cortándola de raíz: la negación de la necesidad de la Iglesia Católica para la salvación.

Véase el primer y segundo artículo de esta serie aquí: El caso del P. Feeney y ElProtocolo 122/49 (Suprema haec sacra)

Próxima publicación de esta serie: La encíclica Mystici Corporis



[1] Véase el primer y segundo artículo de esta serie: El caso del Padre Feeney y ElProtocolo 122/49 (Suprema haec sacra). Esta serie de artículos están extraídos del libro Fuera de la Iglesia Católica no hay absolutamente ninguna salvación, Hno. Peter Dimond OSB, 2ª edición española, Santiago de Chile, 2012. Este segundo artículo está sacado del cap. 28, pp. 286-291, de este libro.
[2] The Catholic Encyclopedia, vol. 3, 1908, “Church,” pp. 752‐753.
[3] The Papal Encyclicals, vol. 2 (1878‐1903), p. 474.
[4] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740‐1878), pp. 229‐230.
[5] My Catholic Faith, un catecismo del obispo Louis LaRavoire, Kenosha, WI: My Mission House, 1949, p. 272.
[6] Denzinger 570b.
[7] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740‐1878), pp. 237‐238.
[8] Dr. Ludwig Ott, Fundamentals of Catholic Dogma, p. 310.
[9] Dr. Ludwig Ott, Fundamentals of Catholic Dogma, pp. 310‐311.
[10] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 386.
[11] Rev. Spirago and Rev. Clark, The Catechism Explained, p. 246.
[12] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740‐1878), pp. 237‐238.

lunes, 1 de octubre de 2012

La falsa teoría del bautismo de deseo/sangre II

II[1] – El caso del P. Feeney

El Protocolo 122/49 (Suprema haec sacra)

El 8 de agosto de 1949, cuatro meses después del silenciamiento del P. Feeney (en abril por Richard Cushing, el arzobispo apóstata de Boston), el Santo Oficio publicó un documento. En realidad, el documento fue una carta dirigida al obispo Cushing, y firmado por el cardenal Marchetti-Selvaggiani, conocido como el Protocolo No. 122/49. También se le llama Suprema haec sacra y la carta Marchetti-Selvaggiani. Este es uno de los documentos más importantes en lo que respecta a la apostasía moderna de la fe. El Protocolo 122/49 no fue publicado en las Actas de la Sede Apostólica (Acta Apostolicae Sedis) sino en el The Pilot, el órgano de prensa de la archidiócesis de Boston. Téngase presente que esta carta se publicó en Boston, porque la importancia de esto se pondrá más clara en la sección: “El veredicto está en: Boston lidera el camino en un escándalo masivo de sacerdotes que sacude a la nación”.

La ausencia del Protocolo 122/49 de las Actas de la Sede Apostólica demuestra que no tiene carácter vinculante; es decir, el Protocolo 122/49 no es una enseñanza infalible o vinculante de la Iglesia Católica. El Protocolo 122/49 tampoco fue firmado por el Papa Pío XII, y tiene la autoridad de una correspondencia de dos cardenales (Marchetti-Selvagianni quien escribió la carta, y el cardenal Ottaviani que también la firmó) a un arzobispo ―lo que es nada―. La carta, de hecho, y por decirlo simplemente, está cargada de herejía, engaño, ambigüedad y traición. Inmediatamente después de la publicación del Protocolo 122/49, el Worcester Telegram  imprimió un titular:

EL VATICANO SE PRONUNCIA EN CONTRA DE LOS DISIDENTES – [El Vaticano] Sostiene que la doctrina de que no hay salvación fuera de la Iglesia es falsa[2]

Esta fue la impresión dada a casi todo el mundo católico por el Protocolo 122/49 ―la carta Marchetti-Selvaggiani―.  El Protocolo 122/49, como dice sin rodeos el titular anterior, sostenía como falsa “la doctrina de que no hay salvación fuera de la Iglesia”. Mediante esta fatídica carta, los enemigos del dogma y de la Iglesia parecían haber sido vindicados y los defensores del dogma parecían haber sido vencidos. Sin embargo, el problema para los aparentes vencedores es que este documento no era más que una carta de dos cardenales heréticos del Santo Oficio ―quienes ya habían abrazado la herejía que más tarde fue adoptada por el Vaticano II― a un arzobispo apóstata de Boston. Algunos pueden estar sorprendidos que describa como herético al cardenal Ottaviani, ya que por muchos es considerado como ortodoxo. Si su firma en el Protocolo no es prueba suficiente de su herejía, considérese que firmó todos los documentos del Vaticano II y se alineo con la revolución post-Vaticano II.

Es interesante que incluso Mons. Joseph Clifford Fenton, conocido editor de The American Ecclesiastical Review [Revista Eclesiástica Americana] antes del Vaticano II, quien fue desafortunadamente un defensor del Protocolo 122/49, se vio obligado a admitir que no es infalible:

Mons. Joseph Clifford Fenton, La Iglesia Católica y la Salvación, 1958, p. 103: “Esta carta, conocida como Suprema haec sacra [Protocolo 122/49]… es un documento con autoridad [sic], aunque obviamente no infalible. Es decir, la enseñanza contenida en la Suprema haec sacra no debe aceptarse como verdad infalible en la autoridad de este documento en particular”[3].

En otras palabras, según Fenton, la enseñanza de la Suprema haec sacra no es infalible y debe encontrarse en documentos previos; pero ello no es así, como veremos. Fenton simplemente está equivocado cuando dice que la Suprema haec sacra es, sin embargo, autoritaria. El hecho es que la Suprema haec sacra no es ni autoritaria ni infalible, sino herética y falsa.

Debido a que todo el público tuvo (y continua teniendo) la impresión de que el Protocolo 122/49 representó la enseñanza oficial de la Iglesia Católica, ello constituye una traición a Jesucristo, a su doctrina y a su Iglesia ante todo el mundo, una traición que tenía que ocurrir antes de la apostasía masiva del Vaticano II. Con el Protocolo 122/49 y la persecución al P. Feeney, el público tuvo la impresión que la Iglesia Católica ahora había revocado el antiguo dogma de fe de veinte siglos: que la fe católica es absolutamente necesaria para la salvación. E incluso hoy en día, si se le pregunta a casi todo sacerdote supuestamente católico en el mundo sobre el dogma fuera de la iglesia no hay salvación, él responderá haciendo referencia a la controversia del Padre Feeney y el Protocolo 122/49, aunque el sacerdote no sea capaz de identificar o recordar los nombres y fechas específicas. Pruébelo, lo sé por experiencia.  Básicamente todos los sacerdotes del Novus Ordo que saben algo sobre el tema utilizaran el Protocolo 122/49 y la “condenación” del P. Feeney para justificar su creencia herética, anticatólica, anticristiana y antimagisterial de que los hombres pueden salvarse en religiones no católicas y sin la fe católica. Estos son los frutos del infame Protocolo 122/49. Y por sus frutos los conoceréis (Mat. 7, 16).

Ahora, examinemos algunos extractos del Protocolo:

Suprema haec sacra, Protocolo 122/49, 8 de agosto de 1949: “Ahora bien, entre todas las cosas que la Iglesia siempre ha predicado y nunca dejará de predicar figura también en la declaración infalible por la cual se nos enseña que no existe salvación fuera de la Iglesia Católica.

“Sin embargo, este dogma debe ser entendido en el sentido en que la Iglesia misma lo entiende”[4].

Detengámonos aquí. Ya es claro que el autor del Protocolo está preparando la mente del lector a aceptar algo diferente que la simple “declaración infalible por la cual se nos enseña que no existe la salvación fuera de la Iglesia Católica”. El autor está claramente relajando una explicación de la frase “fuera de la Iglesia no hay salvación” que no sea lo que dicen y declaran las propias palabras. Si el autor no preparase al lector en aceptar un entendimiento que no sea lo que las palabras del dogma dicen y declaran, entonces tendría que haber escrito: “Este dogma debe entenderse como la Iglesia lo ha definido, tal y como las palabras afirman y declaran”.

Compárese el intento del Protocolo por explicar el dogma de manera diferente a como lo trata el Papa Gregorio XVI sobre el mismo asunto en su encíclica Summo iugiter studio.

Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, 27 de mayo de 1832, sobre no hay salvación fuera de la Iglesia: “Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna… Vosotros sabéis cuan celosamente nuestros predecesores enseñaron el artículo de fe que éstos se atreven negar, a saber, la necesidad de la fe católica y de la unidad para la salvación… Omitiendo otros pasajes adecuados, que son casi innumerables en los escritos de los Padres, elogiamos a San Gregorio Magno quien expresadamente declara que ÉSTA ES DE HECHO LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA CATÓLICA. Él dice: ‘La santa Iglesia universal enseña que no es posible adorar verdaderamente a Dios excepto en ella, y asevera que todos los que están fuera de ella no serán salvos’. Los actos oficiales de la Iglesia proclaman el mismo dogma. Así, en el decreto sobre la fe que Inocencio III publicó en el IV sínodo de Letrán, está escrito: ‘Y una sola es la Iglesia universal de todos los fieles, fuera de la cual absolutamente nadie se salva’. Finalmente el mismo dogma es también mencionado expresamente en la profesión de fe propuesta por la Sede Apostólica, no sólo al uso de todas las iglesias latinas, sino también… al uso de otros católicos orientales. No mencionamos estos testimonios seleccionados porque creyésemos que vosotros erais ignorantes de ese artículo de la fe y en la necesidad de nuestra instrucción. Lejos Nos sospecha tan absurda e insultante sobre vosotros. Pero estamos tan preocupados sobre este importante y conocido dogma, que ha sido atacado con audacia tan notable, que Nos no podíamos contener nuestra pluma en reforzar esta verdad con muchos testimonios”[5].

El Papa Gregorio XVI no dice, “Sin embargo, este dogma debe ser entendido en el sentido que la Iglesia misma lo entiende”, como lo hace el herético Protocolo 122/49. No, él afirma inequívocamente que ÉSTA ES DE HECHO LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA CATÓLICA. En toda la encíclica, Gregorio XVI no deja de afirmar repetidamente el significado verdadero y literal de la frase fuera la Iglesia no hay salvación, sin reservas ni excepciones, tal como había sido definido. El Padre Feeney y sus aliados en defensa del dogma estaban reiterando exactamente lo que Gregorio XVI enseñó oficialmente. No hace falta ser un genio para darse cuenta que si el Protocolo 122/49 fue escrito para “corregir” el entendimiento del Padre Feeney sobre el dogma fuera la Iglesia no hay salvación (como fue), entonces el Protocolo 122/49 también estaba “corrigiendo” la comprensión del Papa Gregorio XVI y todas las declaraciones infalibles sobre el tema durante 20 siglos.

Además, nótese que el Papa Gregorio XVI hace referencia a la definición dogmática del Cuarto Concilio de Letrán para justificar su posición y comprensión literal de la fórmula fuera la Iglesia no hay salvación. Por todo el documento, el Protocolo 122/49 no hace referencia a ninguna de las definiciones dogmáticas sobre este asunto. Esto es porque el Papa Gregorio XVI, siendo un católico, sabía que la única interpretación que existe de un dogma es como una vez lo declaró la Santa Madre Iglesia; mientras que los autores del Protocolo, siendo herejes, no creen que un dogma debe ser entendido exactamente como una vez se declaró. Eso explica el por qué el Papa Gregorio citó exactamente lo que una vez lo declaró la Santa Madre Iglesia y el por qué los autores del Protocolo no lo hicieron.

Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 3, cap. 2 sobre la revelación, 1879, ex cathedra: “De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrado dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una comprensión más profunda”[6].

Si la comprensión del dogma fuera la Iglesia no hay salvación no se desprende de la enseñanza de la Cátedra de Pedro (las definiciones infalibles sobre el tema), ¡entonces una carta de 1949 del cardenal Marchetti-Selvaggiani ciertamente no nos la va a dar! Y si no hay excepciones o salvedades de este dogma que se hayan entendido en el momento de las definiciones – ni en los tiempos del Papa Gregorio XVI – entonces es imposible que las excepciones vinieren a ser entendidas después de ése punto (por ejemplo, en 1949), porque el dogma ya había sido definido y enseñado mucho antes. El descubrimiento de una nueva comprensión del dogma en 1949 es una negación de la comprensión del dogma como había sido definido. Pero el definir un nuevo dogma es realmente lo que el Protocolo intentó hacer. Sigo con el Protocolo.

Suprema haec sacra, Protocolo 122/49, 8 de agosto de 1949: “Ahora bien, entre los mandamientos de Cristo, no ocupa un lugar menos importante aquel que nos manda que seamos incorporados por el bautismo en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, y permanecer unidos a Cristo y a su Vicario… Por lo tanto, nadie se salvará que, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente establecida por Cristo, sin embargo, se niega a someterse a la Iglesia o retiene la obediencia al Romano Pontífice, el Vicario de Cristo en la tierra”[7].

Aquí el Protocolo comienza a entrar en su nueva explicación del dogma fuera la Iglesia Católica no hay salvación, pero en una manera diabólicamente ingeniosa. La ambigüedad radica en el hecho de que esta declaración es verdadera: nadie que, a sabiendas que la Iglesia ha sido divinamente establecida, sin embargo, se niega someterse a Ella y al Romano Pontífice se salvará. Pero a todo el que lea este documento también se le da la clara impresión, por este lenguaje, que algunas personas que, sin saberlo, no se someten a la Iglesia y al Romano Pontífice, pueden salvarse. ¡Esto es una herejía y en realidad hace que sea contraproducente convencer a alguien que la Iglesia Católica fue establecida por Dios!

Compárese la definición dogmática de la Iglesia Católica con la adición al dogma del Protocolo 122/49.

El dogma:

Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302, ex cathedra:
“Ahora bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos, definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda criatura humana”[8].

La adición del Protocolo 122/49.

Suprema haec sacra, Protocolo 122/49, 8 de agosto de 1949: “Por lo tanto, nadie se salvará que, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente establecida por Cristo, sin embargo, se niega a someterse a la Iglesia o retiene la obediencia al Romano Pontífice, el Vicario de Cristo en la tierra”[9].

El lector puede ver fácilmente que el significado propuesto por el Protocolo 122/49 se aparta de la comprensión del dogma que una vez declaró la Santa Madre Iglesia. Nadie puede negar esto. El dogma de la necesidad de la sumisión al Romano Pontífice para la salvación ha pasado de aplicarse a toda criatura humana (Bonifacio VIII) a los que “sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente establecida” (Protocolo 122/49), haciendo nuevamente que sea absurdo convencer a las personas que la Iglesia fue establecida por Dios. Sigo con el Protocolo:

Suprema haec sacra, Protocolo 122/49, 8 de agosto de 1949: “En su infinita misericordia Dios ha dispuesto que los efectos, necesarios para la salvación, de aquellas ayudas a la salvación que se dirigen al fin último del hombre, no por necesidad intrínseca, sino sólo por institución divina, también se pueden obtener en determinadas circunstancias cuando esas ayudas sólo se usan en deseo y anhelo…

“Lo mismo en su propio grado debe afirmarse de la Iglesia, en la medida en que ella es la ayuda general para la salvación. Por lo tanto, para que alguien pueda obtener la salvación eterna, no siempre es necesario que sea incorporado a la Iglesia en realidad como miembro, sino que es necesario que por lo menos esté unido a ella por deseo y anhelo”[10].

Aquí se detecta otra negación del dogma tal como fue definido, y un desvío de la comprensión del dogma que una vez declaró la Santa Madre Iglesia. Compárese la siguiente definición dogmática del Papa Eugenio IV con estos párrafos del Protocolo 122/49, especialmente las partes subrayadas.

El dogma:

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441, ex cathedra: “[La Santa Iglesia Romana] Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo los paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que ‘irán al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles’ (Mat. 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia (ecclesiastici corporis) que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica”[11].

¡Vemos que el Protocolo 122/49 (citado arriba) está negando la necesidad de la incorporación al ecclesiastici corporis, lo cual es herejía!

Era necesario estar en el “seno y unidad” de la Iglesia (Eugenio IV), pero ahora “no siempre es necesario que sea incorporado a la Iglesia en realidad como un miembro” (Protocolo 122/49). Se ha negado el dogma definido de la INCORPORACIÓN y real permanencia en el cuerpo eclesiástico (ecclesiastici corporis). ¡Esto es una herejía!

No hay manera en la tierra que la enseñanza del Protocolo 122/49 sea compatible con la enseñanza del Papa Eugenio IV y del Papa Bonifacio VIII. Aceptar, creer o promover el Protocolo es actuar en contra de estas definiciones.

Sigo con el Protocolo:

Suprema haec sacra, Protocolo 122/49, 8 de agosto de 1949: “Sin embargo, este deseo no siempre tiene que ser explícito, como lo es en los catecúmenos; pero cuando una persona se encuentra en la ignorancia invencible, Dios acepta también un deseo implícito, llamado así porque está incluido en esa buena disposición del alma por la que una persona desee que su voluntad se conforme a la voluntad de Dios”[12].

Aquí la herejía se presenta sin rodeos. Las personas que no tienen la fe católica ―que están “en la ignorancia invencible”― también pueden estar unidas por el deseo “implícito”, con tal que “una persona desee que su voluntad se conforme a la voluntad de Dios”. Y le recuerdo al lector que el Protocolo 122/49 fue escrito en contraposición específica a la declaración del P. Feeney de que se pierden todos los que mueren no católicos. Es decir, el Protocolo fue escrito para distinguir específicamente su propia enseñanza de la afirmación del P. Feeney de que se pierden todos los que mueren no católicos, lo que demuestra que el Protocolo estaba enseñando que se pueden salvar las personas que mueren como no católicos y en las falsas religiones. Por lo tanto, la declaración anterior del Protocolo es bastante obvia, y no es más que la herejía de que puede haber salvación en cualquier religión o en ninguna religión, siempre y cuando se mantenga la moralidad.

P. Miguel Muller, C.SS.R., El Dogma Católico, pp. 217-218, 1888: “La ignorancia inculpable o invencible nunca ha sido y nunca será un medio de salvación. Para salvarse, es necesario estar justificado, o estar en estado de gracia. Para obtener la gracia santificante, es necesario contar con las debidas disposiciones para la justificación, es decir, la verdadera fe divina ―al menos en las verdades necesarias para la salvación―, la esperanza confiada en el divino Salvador, el sincero dolor por el pecado, junto con el firme propósito de hacer todo lo que Dios ha mandado, etc. Ahora bien, estos actos sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad, contrición, etc., que preparan el alma para recibir la gracia santificante, nunca pueden ser suministrados por la ignorancia invencible, y si la ignorancia invencible no puede suministrar la preparación para recibir la gracia santificante, muchos menos le puede conceder la gracia santificante en sí misma. ‘La ignorancia invencible’, dice Santo Tomás, ‘es un castigo por el pecado’ (De, Infid. C. x, art. 1)”[13].

Compárese el extracto anterior del Protocolo con las siguientes definiciones dogmáticas.

El dogma:

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 8, 22 de noviembre de 1439, “Credo Atanasiano”, ex cathedra: “El que quiera salvarse debe, ante todo, mantener la fe católica; por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha”[14].

Papa Pío IV, Concilio de Trento, Iniunctum nobis, 13 de noviembre de 1565, ex cathedra: “Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede salvarse, y que al presente espontáneamente profeso y verazmente mantengo…”[15].

Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 16 de marzo de 1743, Profesión de fe: “Esta fe de la Iglesia Católica, sin la cual nadie puede ser salvo, y que de motu propio ahora profeso y sinceramente mantengo...”[16].

Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 2, Profesión de fe, 1870, ex cathedra: “Esta verdadera fe católica, fuera de la que nadie puede ser salvo, que ahora voluntariamente profeso y verdaderamente mantengo…”[17].

Sigo con el Protocolo:

Suprema haec sacra, “Protocolo 122/49”, 8 de agosto de 1949: “Al final de la misma carta encíclica, invitando muy cariñosamente a la unidad a los que no pertenecen al cuerpo de la Iglesia Católica (qui ad Ecclesiae Catholicae compagnem non pertinent), él menciona a los que están ‘ordenados al Cuerpo Místico del Redentor por una especie de deseo e intención inconsciente’, y a estos de ninguna manera excluye de la salvación eterna, sino, por el contrario, afirma que están en una condición en que ‘no pueden estar seguros sobre su propia salvación eterna’, porque ‘ellos todavía permanecen privados de tantos y tan grandes socorros celestiales, los cuales se pueden gozar solamente en la Iglesia Católica’”[18].

Al dar su falso análisis de la encíclica Mystici Corporis del Papa Pío XII, Suprema haec sacra enseña que las personas que “no pertenecen” al cuerpo de la Iglesia pueden salvarse. Lo interesante de este pasaje herético en el Protocolo 122/49 es que incluso Mons. Fenton (uno de sus mayores defensores) admite que no se puede decir que el alma de la Iglesia es más extensa que el cuerpo.

Mons. Joseph Clifford Fenton, La Iglesia Católica y la Salvación, 1958, p. 127: “Sin duda alguna, la más importante y frecuente de todas las insuficientes explicaciones empleadas sobre la necesidad de la Iglesia para la salvación es la que se enfoca en una distinción entre el ‘cuerpo’ y la ‘alma’ de la Iglesia Católica. El individuo que trató de explicar el dogma en esta manera, por lo general, designa a la misma Iglesia visible como el ‘cuerpo’ de la Iglesia y aplicó el término ‘alma de la Iglesia’ o bien la gracia y las virtudes sobrenaturales o a cualquier descabellada ‘Iglesia invisible’. … fueron algunos libros y artículos que afirmaban que, si bien el ‘alma’ de la Iglesia de alguna manera no se separa del ‘cuerpo’, ella era en realidad más extensa que este ‘cuerpo’. Las explicaciones de la necesidad de la Iglesia redactadas en los términos de esta distinción son, de tal manera inadecuadas y confusas, y muy frecuentemente infectadas con error grave”.

Por lo tanto, decir que no es necesario pertenecer al cuerpo, como lo dice la Suprema haec sacra (el Protocolo), es decir que no es necesario pertenecer a la Iglesia. Por su declaración anterior, el Protocolo 122/49 enseñó la herejía de que no es necesario pertenecer a la Iglesia Católica para ser salvo, lo mismo que fue denunciado por Pío XII.

Papa Pío XII, Humani generis, # 27, 1950: “Algunos no se creen obligados por la doctrina hace pocos años expuesta en nuestra carta encíclica y apoyada en las fuentes de la revelación, según la cual el cuerpo místico de Cristo y la Iglesia Católica romana son una sola y misma cosa. Algunos reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para alcanzar la salvación eterna”[19].

Esto es extremadamente importante, porque demuestra que la enseñanza de Suprema haec sacra ―y por lo tanto la enseñanza de Mons. Joseph Clifford Fenton que la defendía― es herética. Ambos niegan la necesidad de “pertenecer” a la verdadera Iglesia para alcanzar la salvación eterna.

Papa León X, Quinto Concilio de Letrán, sesión 11, 19 de diciembre de 1516, ex cathedra: “Pues, regulares y seglares, prelados y súbditos, exentos y no exentos, son miembros de la única Iglesia universal, fuera de la cual absolutamente nadie se salva, y todos ellos tienen un Señor y una fe.  Por eso es conveniente que, siendo miembros del único cuerpo, también tengan la misma voluntad…”[20].

Menos de tres meses después que fue publicada de la carta Marchetti-Selvaggiani en The Pilot, el Padre Feeney fue expulsado del orden de los jesuitas el 28 de octubre de 1949. El Padre Feeney resistía fuertemente a los intentos de los herejes de persuadirlo y hacerlo someterse a la herejía. Refiriéndose a la carta de Marchetti-Selvaggiani (Protocolo 122/49) del 8 de agosto, el Padre Feeney afirmó acertadamente: “se puede considerar que se ha establecido una política de doble cara con el fin de propagar el error”.

La realidad fue que la expulsión del Padre Feeney de la orden de los jesuitas no tuvo ninguna validez. Los hombres que lo expulsaron y los clérigos que estaban en su contra fueron expulsados automáticamente de la Iglesia Católica por adherirse a la herejía que los que mueren como no católicos pueden ser salvos. Esto es similar a la situación del siglo V, cuando el patriarca de Constantinopla, Nestorio, comenzó a predicar la herejía que María no era la Madre de Dios. Los fieles reaccionaron, acusaron a Nestorio de herejía y lo denunciaron como un hereje que estaba fuera de la Iglesia Católica. Y Nestorio fue más tarde condenado por el Concilio de Éfeso en 431. Esto es lo que el Papa San Celestino I declaró acerca de los que habían sido excomulgados por Nestorio después que él empezó a predicar la herejía.

Papa San Celestino I, siglo V: “La autoridad de Nuestra Sede Apostólica ha determinado que el obispo, clérigo, o simple cristiano que haya sido depuesto o excomulgado por Nestorio o sus seguidores, después de que éste comenzó a predicar la herejía no se considerarán depuestos ni excomulgados. Porque él que había desertado de la fe con tal predicación, no puede destituir ni remover a nadie en absoluto”[21].

El Papa San Celestino confirma autoritativamente el principio de que un hereje público es una persona que no tiene autoridad para deponer, excomulgar o expulsar. La cita se encuentra en De Romano Pontífice, la obra de San Roberto Belarmino. Esto explica por qué toda la persecución en contra del Padre Feeney (sea expulsión, interdicción, etc.) no tuvo ninguna validez, debido a que él tenía razón y los equivocados eran los que estaban en su contra. Él defendió el dogma no hay salvación fuera la Iglesia, mientras que sus oponentes defendieron la herejía de que hay salvación fuera la Iglesia.

San Roberto Belarmino (1610), Doctor de la Iglesia, De Romano Pontífice: “Un Papa que es hereje manifiesto automáticamente (per se) deja de ser Papa y cabeza, asimismo que automáticamente deja de ser cristiano y miembro de la Iglesia. Por lo tanto, puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Esta es la enseñanza de todos los Padres antiguos que enseñan que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”.

Las cosas entre el Padre Feeney y los herejes de Boston se mantuvieron sin cambios hasta el 14 de septiembre de 1952. En ese momento, Richard Cushing, el “arzobispo” de Boston, exigió que el Padre Feeney se retractase de su “interpretación” del dogma ―lo que significaba retraerse del dogma― e hiciese una profesión explícita de sumisión a la carta Marchetti-Selvaggiani (Protocolo 122/49). Con cuatro testigos, el Padre Feeney se presentó ante Cushing. Él le dijo que su única opción era declarar que la carta de Marchetti-Selvaggiani era “absolutamente escandalosa porque era francamente herética”. Esto es exactamente lo que habría dicho el Papa Gregorio XVI acerca de la horrible carta Protocolo, al igual que cualquier católico.

Durante esa reunión, el P. Feeney le preguntó al “arzobispo” Cushing si él estaba de acuerdo con la carta de Marchetti-Selvaggiani del 8 de agosto de 1949. Cushing Respondió: “Yo no soy teólogo. Todo lo que sé es lo que me dicen”.  Esta respuesta evasiva y sin compromiso muestra los verdaderos colores de Cushing, este hereje, falso pastor y enemigo de Jesucristo. Si Cushing creía que alguien estaba obligado a la carta, entonces él debería haber respondido sin vacilación que estaba de acuerdo con ella. Pero debido a que no quiso defender la carta en ningunos de sus detalles, especialmente en sus negaciones del dogma, respondió eludiendo la pregunta. Esta evasión impidió al P. Feeney de ponerlo en su lugar y condenarlo con el dogma que estaba siendo negado. El Padre Feeney acusó a Cushing de faltar a su deber y se retiró.

Véase el primer artículo de esta serie aquí: Elcaso del P. Feeney

Próxima publicación de esta serie: La herejía antes del Concilio Vaticano II



[1] Véase el primer artículo de esta serie: El caso del Padre Feeney. Esta serie de artículos están extraídos del libro Fuera de la Iglesia Católica no hay absolutamente ninguna salvación, Hno. Peter Dimond OSB, 2ª edición española, Santiago de Chile, 2012. Este segundo artículo está sacado del cap. 27, pp. 275-285, de este libro.
[2] Hno. Robert Mary, Father Feeney and The Truth About Salvation, p. 21.
[3] Mons. Joseph Clifford Fenton, The Catholic Church and Salvation, p. 103.
[4] Traducción official inglesa del Protocol 122/49, citado por el P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, p. 69.
[5] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740‐1878), pp. 229‐230.
[6] Denzinger 1800.
[7] Traducción oficial inglesa del Protocolo 122/49, citado por el P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, p. 70.
[8] Denzinger 468‐469.
[9] Traducción oficial inglesa del Protocolo 122/49, citado por el P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, p. 70.
[10] Traducción official inglesa del Protocol 122/49, citado por el P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, p. 70.
[11] Denzinger 714; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 578.
[12] Traducción oficial inglesa del Protocol 122/49, citado por el P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, p. 71.
[13] P. Michael Muller, C.SS.R., The Catholic Dogma, pp. 217‐218.
[14] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 551.
[15] Denzinger 1000.
[16] Denzinger 1473.
[17] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 2, p. 803.
[18] Citado y traducido por el Mons. Fenton, The Catholic Church and Salvation, p. 102.
[19] The Papal Encyclicals, vol. 4 (1939‐1958), p. 179; Denzinger 2319.
[20] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 646.
[21] Citado por San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, II, 30.

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