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jueves, 24 de julio de 2014

Para que Él reine - II Parte, Cap. 1 - continuación

Segunda Parte
  
LAS OPOSICIONES HECHAS
A LA REALEZA SOCIAL
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

... continuación del mismo capítulo anterior
TRES CLASES DE NATURALISMO
Para proceder con orden y claridad nos parece útil precisar cuál será nuestro plan en la exposición que a continuación vamos a hacer de las varias formas y de los principales argumentos del naturalismo.
Empezaremos por lo que se puede llamar naturalismo agresivo o claramente ostentado, que niega hasta la existencia de lo sobrenatural por excluirlo abiertamente, tachándolo de locura, de disparate, cuando no de incognoscible. Ateísmo, racionalismo, panteísmo, materialismo, sensualismo, positivismo, agnosticismo, laicismo, son sus agentes habituales.
En segundo lugar, trataremos de esa especie de naturalismo, que no niega, dicho con propiedad, lo sobrenatural, sino que se niega a concederle la preeminencia. Según él, la razón y la fe serían dos hermanas gemelas, capaces de lograr cada una de por sí nuestro desarrollo cabal y total. En suma, la razón y la fe, lo natural y sobrenatural, quedan en el mismo pie de igualdad. Algunos hasta las confunden, sin más, presentando ambos órdenes como si no fueran más que uno sólo.
Finalmente, estudiaremos esa especie de naturalismo, más diluido todavía, pero no menos perverso por lo extendido, el cual, al revés del primero, acepta reconocer la existencia de lo sobrenatural y, al revés del segundo, admite su preeminencia divina, pero, no obstante, lo considera (o lo presenta) como «materia de opción» de la cual se puede legítimamente prescindir.
Naturalistas de la primera categoría
Es evidente que, a primera vista, caben en esta categoría cuantos se niegan a admitir hasta la existencia de Dios. El naturalismo, en este caso, es inherente a la misma posición. Ateos, materialistas, panteístas, no pueden sino ser naturalistas. Al negarse a admitir a Dios, ¿cómo podrían admitir lo sobrenatural? Se puede, por tanto, afirmar que en este caso no hay siquiera problema. Habría que comenzar con una refutación del ateísmo, del materialismo, del panteísmo, lo cual no es nuestro objetivo en este libro.
Más insidioso, y por tanto, más peligroso, en cierto sentido, es el error de aquellos que no dejando de profesar, quizá, la existencia de Dios, pretenden que está «desconectado» del mundo, negándose así a creer en la verosimilitud y hasta en la posibilidad de la Encarnación, y consecuentemente en toda la alianza de lo natural y lo sobrenatural. Creen en un Dios tal vez, pero rehúsan admitir a un Dios hecho hombre.
“Entre los enemigos de la Iglesia —escribe el obispo de Poitiers— quienes le hacen la más perniciosa de las guerras son quienes ataviados con un manto filosófico, componiéndose un semblante benévolo y sólo empleando un lenguaje cortés, ostentan cierto celo por la causa de Dios”[1] (pero por la causa de un Dios defendido y definido por una religión natural…).
EL RACIONALISMO
Este Dios «racional», lejos de aparecérsenos “como un obrero torpe e impreciso que cambia de parecer y remienda su obra, o como un padre débil, a veces iracundo, más frecuentemente enternecido, que se deja llevar por la cólera, se avergüenza de ella y trata de hacerla olvidar por su ternura; un Dios así no es el ideal que resplandece en el fondo de la naturaleza humana y cuya gloriosa y fecunda inmutabilidad nos enseña la ciencia. El Dios verdadero no tiene nade del hombre”[2].
Al referir esas palabras de Jules Simon, monseñor Pie no podía disimular su emoción: “Me detengo, señores —exclamaba—, pues las palabras se me hielan en los labios. O bien cuanto acabo de decir carece de sentido, o bien significa que el Dios que se nos reveló por las Sagradas Escrituras, el Dios irritado por el pecado, calmado por el castigo y conmovido por el arrepentimiento, el Dios aplacado y enternecido por la Redención, es un Dios empequeñecido e imperfecto, pero, sobre todo, que la suprema garantía del amor de Dios, el último esfuerzo de su cariño, el misterio excelso de su misericordia, en una palabra, que la Encarnación de su Hijo es ¡la humillación, la degradación de la divinidad! El Dios de la religión natural es más grande, nos dicen, porque no es un Dios humano, es el Dios verdadero, porque no tiene nada del hombre…”[3].
El verdadero Dios, que no tiene nada de hombre, es el Dios a quien Lucifer hubiera aceptado servir. Pero al Dios hecho hombre fue a quien se negó a admitir y a quien sus secuaces siguen negándose a servir, de generación y generación…
Les parecen buenos cuantos argumentos permiten escamotear, cuando no omitir, a Jesucristo.
Filosofismo, racionalismo, son el alma de todos sus alegatos.
Para el católico, pues, el problema se reduce a lo siguiente: “Suponiendo que Dios se ponga en relación directa con el hombre para enseñarle verdades más altas que las asequibles a su razón natural, para guiarlo con preceptos positivos y ayudas gratuitas hacia un destino superior a su destino natural: ¿puede decirse de veras que sea obrar conforme a la razón y a una sana filosofía el decirle a Dios: ‘Vuestra palabra revelada, vuestra ley positiva no me interesa. Dejaría de ser filósofo si os escuchara, si os obedeciera… Mi razón es un poder que sólo depende de sí mismo y que no puede aceptar de ningún poder superior, ni luces ni mandato alguno…’?”.
”No, tal manera de hablar no es, no puede ser racional. A todas luces, al hablar así, la filosofía hace un axioma de lo que es sólo una pregunta”[4].
“Y diremos a la filosofía, que recusa así todo estudio, todo examen, toda aceptación de la verdad revelada, que su primera culpa es la de ser antifilosófica. Queréis que vuestra filosofía no dependa sino de vuestra razón. ¡Ojalá fuese siempre así!...”[5].
“Por ejemplo, si es filosófico el tener un maestro en este mundo, ¿cómo será antifilosófico el aceptar a un maestro en el cielo? ¿Y cómo puede ser racional el rechazar a este maestro hacia el hondo retiro de su morada celeste, si se digna para instruirnos? Todos los días un hombre de genio, con su palabra, con sus lecciones, alza una inteligencia por encima de su nivel natural, le comunica su impulso, le confiere una aspiración que esa inteligencia dejada a sí misma nunca hubiera podido alcanzar. ¿A quién se le ocurre considerar como un agravio a la razón independiente del discípulo, ese provecho que obtiene de las luces y de la experiencia del maestro? ¿No se ha considerado siempre, al contrario, como justo motivo de gloria el haber escuchado las enseñanzas de un Sócrates, de un Platón y de otros filósofos famosos?...
”Ahora bien, ¿cómo puede el maestro divino, que se digna comunicarnos sobrenaturalmente parte de su ciencia divina e inaccesible, agraviar más seriamente la dignidad de nuestras facultades personales, que el maestro humano, cuya enseñanza nos quita, no obstante, el mérito de descubrir por nuestras propias fuerzas verdades que nuestra inteligencia hubiera podido alcanzar por sí misma?
”Y no sólo respecto del maestro que enseña, sino también respecto al dueño que manda, la voz de la razón nos ordena docilidad y sumisión. No hay libro serio de filosofía y moral natural que no enseñe el principio necesario de la obediencia y la subordinación del hombre respecto del hombre, por ejemplo, del hijo hacia el padre, del súbdito hacia el príncipe, del servidor hacia el amo… Luego si a la dignidad de la naturaleza humana no le ofende tal sumisión del hombre a las libres voluntades de otro hombre, ¿cómo puede protestar la razón contra la gloriosa sujeción del hombre a las libres voluntades de Dios, voluntades siempre justas en sí mismas y siempre ventajosas para aquellos a quienes se imponen? En una palabra, si es filosófico el recibir las enseñanzas y el obedecer las órdenes de un hombre, ¿cómo demostrar que no es filosófico el recibir las enseñanzas y obedecer los mandatos de un Dios?...
”Pero se ve que el filósofo racionalista ha puesto, precisamente, su pundonor en permanecer en su ignorancia y error antes que en escuchar a la palabra directa de Dios. He aquí que el naturalismo reivindica, para la razón, el derecho de quedar abandonada a su debilidad innata, y defiende tenazmente, como un privilegio inalienable de la humanidad[6], la facultad de ignorar y equivocarse”.
Es harta exigencia —dicen ellos— el pedir a la filosofía que todo lo sepa y que sea infalible. La filosofía ha de contentarse modestamente con la dosis de ciencia y de verdad que está a su alcance. “Sí, desde luego, pero a condición de que la filosofía considere que está al alcance del hombre toda la ciencia y toda la sabiduría, que Dios se digne hacerle asequible, de un modo o de otro, y de que no formule tan insensata proposición, como sería ésta: ‘Más valen las tinieblas y el error sin la intervención sobrenatural de Dios, que la luz y la verdad mediante esta intervención’. Porque entonces habría que decirle al filósofo que lleva un nombre mentiroso y que, con echárselas de hombre progresivo, él mismo es quien encierra al espíritu humano dentro de un círculo infranqueable. ¿Qué? ¿No queréis que la razón esté limitada por la fe? y ¡vosotros limitáis la razón por sí misma! La fe, lejos de reducir el dominio y constreñir los límites del orden natural, aleja las fronteras de ese orden, o más bien, al mantener los límites y las fronteras naturales de la razón, confiere a la razón el privilegio de franquearlas y ejercitarse en la segunda esfera donde la introduce. Y le corresponde tanto menos de reconocer que la razón individual del hombre no es la fuente primera e instrumento único de todos sus conocimientos, ni siquiera de los meramente naturales”[7].
“No olvidemos que hay otro axioma familiar a la filosofía; y es que el filósofo no puede y no debe despreciar los hechos[8], puesto que la historia es la antorcha de la filosofía…”. Siendo así, ¿cómo puede ser filosófico el prohibir a la razón del filósofo que se acerque a las grandes cuestiones históricas relativas a todos los puntos culminantes de los asuntos humanos?: “¿Fue dejado el hombre, más aún, fue creado en el estado de pura naturaleza? ¿Habló Dios con los hombres? ¿Vino Dios a la tierra? ¿Fundó Dios en este mundo una sociedad sobrenatural? Cuando el Altísimo habló por boca de enviados, cuando vino en persona, ¿probó con indicios decisivos la divinidad de su palabra, la divinidad de su persona? En la sociedad sobrenatural que fundó en el seno de la humanidad, ¿dejó manifiestas huellas de su continua asistencia? Se comprende la importancia inmensa de tales cuestiones…
”Pues, no. El filósofo, siempre tan ágil, hará una pirueta y os dirá: «Somos filósofos, no somos teólogos». Y la filosofía se empeñará en no plantearse, siquiera como hipótesis, lo que la voz del género humano entero y de todos los siglos le presenta no sólo como una posibilidad, sino como un hecho cierto: quiero decir, la revelación sobrenatural…
”Bien puede el escritor filósofo mofarse con más o menos amenidad de esta sentencia del autor de la «Imitación»: «¿Para qué sirve saber cosas sobre las cuales no seremos examinados el día del juicio?». Pero no creo que sea, tampoco un papel muy glorioso para la filosofía el relacionarnos con todas las cosas menos con aquellas sobre las cuales se decide efectivamente nuestro destino…
”Sin duda, la filosofía y la teología son ciencias distintas; pero una cosa es la distinción, otra cosa la separación, la oposición, la incompatibilidad. La filosofía difiere de la teología lo mismo que la razón difiere de la fe, como la naturaleza difiere de la gracia. Así como la fe no se impone en todos los puntos a la razón y deja cierto ejercicio posible y real a las facultades naturales sin intervención de la gracia, asimismo hay cierto orden de ideas humanas que pueden existir y desarrollarse sin la ayuda directa de la doctrina revelada. Ese principio no tiene nada de extraño y ha de ser aceptado por todo el mundo. Pero el imaginar y el construir un sistema general, un curso completo de filosofía que se mantenga tan exclusivamente en la esfera de la naturaleza y tan rigurosamente fuera de toda relación con el orden sobrenatural, que no sea siquiera un encaminamiento hacia las más altas doctrinas de una religión divina, que no deje siquiera sospechar que Dios pudo conversar con los hombres y que, realmente, el Verbo hecho carne habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad; esa manera de proceder, cualquiera sea, y cualesquiera que sean las otras calificaciones que merece, no sólo no es cristiano, ni religioso, sino que no es siguiera filosófico, por no acomodarse a la misma razón natural del hombre. Santo Tomás de Aquino lo dijo con maravillosa propiedad[9]: «La fe, es verdad, no es un atributo de la naturaleza humana; pero está en la naturaleza humana que el hombre no se resista a la acción interna de la gracia ni a la predicación exterior de la verdad; por eso, en este sentido, la infidelidad va contra la naturaleza»[10].
“Además, ¿qué quiere decir «el filósofo es independiente en el terreno de la razón y de la naturaleza»?... Esta discriminación es sencillamente imposible; pues el hombre creyente no puede existir sin el hombre razonable y el orden sobrenatural deja de ser un hecho si se le quita la naturaleza a la cual se añade. La fe no es un ser que subsiste por sí mismo; es un accidente divino que se produce en un ser que es capaz de recibirlo; luego, si empezáis adjudicando a la filosofía el monopolio de la razón humana, ya no ofrecéis al elemento revelado más que una materia ciega a la cual no puede asirse y con la cual no puede asimilarse ni combinarse. Es en el hombre entero y, por tanto, ante todo, en la razón, que es la primera y la más indispensable de las facultades constitutivas del hombre, donde la fe quiere y debe echar raíces. La religión sobrenatural no será sino un puente en el aire y perdido en las nubes, si uno de sus pilares no está reciamente asentado en nuestra naturaleza razonable; es un buque botado desde el cielo que va bogando por el espacio y que no puede en absoluto atracar en nuestras riberas, por no quedarle ninguna oportunidad para echar el ancla en la tierra firme de la humanidad. ¿No se diría que los filósofos de estos últimos tiempos, aprovechando sus concomitancias con los políticos, han inventado la forma de hacer el vacío alrededor de Jesucristo? No se le atacará, no se le discutirá su derecho de mandar; pero todas las fuerzas vivas de la naturaleza humana serán mantenidas tan al margen y fuera de Él, que será en la tierra un rey sin ministros o más bien, sin súbditos”[11].
*          *          *

Continuará…

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[1] Oeuvres, t. III, p. 218.
[2] La religion naturelle, por Jules Simon, p. 418.
[3] Oeuvres, t. III, p. 220.
[4] Ibíd., t. III, pp. 153-154.
[5] Ibíd., t. III, p. 151.
[6] Para saber hasta qué punto llega el cinismo de tal negativa, se puede leer el texto de Jaurés: “Lo que hay que salvaguardar ante todo, lo que es el bien inestimable conquistado por el hombre a través de todos los prejuicios, todos los sufrimientos y todos los combates; es esta idea de que no hay verdad sagrada, es decir, prohibida a la plena investigación del hombre, que lo que hay de más grande en el mundo es la libertad soberana del espíritu…, que toda la verdad que no viene de nosotros es una mentira, que, hasta en las adhesiones que nosotros damos, nuestro sentido crítico debe quedar siempre alerta, y que una revuelta secreta debe mezclarse a todas nuestras afirmaciones y a todos nuestros pensamientos, que si el ideal mismo de Dios se hiciese visible, si Dios mismo se erigiere ante las multitudes bajo una forma palpable, el primer deber del hombre sería rehusar la obediencia y considerarle como un igual con quien se discute, no como el maestro a quien uno se somete…” (Citado por Roussel en Libéralisme et catholicisme, p. 30). Palabras impías, sin duda; pero en el fondo ¡qué estupidez! ¿Es realmente esto lo que nuestros profetas modernos consideran como el auténtico «espíritu filosófico»?
[7] Cardenal Pie, Oeuvres, t. III, p. 156.
[8] No deja de tener interés aquí, recordar, al contrario, la frase de Rousseau: “Apartemos todos los hechos, porque no conciernen al problema”. Bello ejemplo, en verdad, de un método verdaderamente razonable, ya que no racional.
[9] Sum. Teol., IIa. IIae., q. 10 art. I, ad. 1.
[10] Cardinal Pie, Oeuvres, t. III, pp. 157-161.
[11] Ibíd., t. III, pp. 166-167.

martes, 22 de julio de 2014

El Pont Neuf de París: Seriedad grave, firme y fuerte de la Edad Media

Estas fotos retratan el Pont Neuf, el famoso puente construido entre 1578 a 1606, en la capital francesa.

Examinen el material con que fue construido: granito – un buen material, pero que no es caro. Por lo tanto, es un puente común, que cruza el río Sena. Sin embargo, ¿no produce la impresión de que se podría tratar de un acceso a un castillo fastuoso? ¿Por qué? Debido a sus elegantes líneas.
Dado su carácter artístico, el Pont Neuf posee una grandeza que lo hace venerable.
El puente se apoya en dos conjuntos de columnas y un arco. Esos arcos simplemente se repiten unos a otros, con seriedad y distinción admirables.
Pero son columnas gruesas y graves. Y, para ayudan la sustentación del puente, se observa una especie de brazos, colocados entre una columna y otra.
Cada arco es digno, grave, pesado y muy profundo, porque el puente es muy grande. La persona que lo atraviesa en un barco, tiene la impresión de atravesar la gruesa muralla de un castillo mítico.
Se asemeja a un puente de un castillo.
No se encuentra ninguna piedra preciosa. Su construcción no significó mucho dinero. Sin embargo, el arte, está allí presente. ¿Pero el arte en qué sentido? ¿Es que tiene alma? ¿Cuál es el significado de su alma?
Se observa que en el puente sobresalen vestigios de la seriedad grave, firme y fuerte de la Edad Media, aun cuando sea un poco posterior a aquella época histórica.

*   *   *

¿Por qué firmeza y fuerza? Simplemente porque el puente como que enfrenta una gran cantidad de obstáculos.
Por otro lado, el puente carga un peso muy grande, que es su tablero, además de todo cuanto transita sobre él. El puente soportará todo con seriedad y como que indiferencia. Seriedad indiferente a los obstáculos y enfrentando las dificultades, desafiándolas, imponiéndose sobre ellas: esta es la característica sobresaliente del alma católica dotada de la virtud de la fortaleza.
La regularidad del puente también evoca la virtud de la templanza. La templanza es regular en todo. Así, esas dos virtudes cardinales se expresan magníficamente en el Pont Neuf. Hay, pues, una belleza moral subyacente en esa edificación. Es un símbolo material magnífico de valores espirituales. ¿Qué es lo que simboliza principalmente? Simboliza el alma humana y lo sobrenatural.

*   *   *

Visto a una distancia mayor, se tiene la impresión de que lo fuerte y pesado del puente se diluye un tanto. Se torna más gracioso, pero no pierde aquella garra y fuerza propias a los seres que deben ser fuertes. La mezcla de la gracia con la garra es uno de los trazos del talento francés. Constituye uno de los factores del famoso charme [encanto]. ¿En qué consiste ese charme? Es la sonrisa del alma católica.

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[Extractos de una conferencia dada por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, el 13 de enero de 1989. Sin revisión del autor]

lunes, 21 de julio de 2014

El estado de mentalidad que generó la Revolución

Plinio Corrêa de Oliveira

El proceso que llevó al hombre medieval rechazar la sacralidad y la respetabilidad y adoptar de los principios de la Revolución se basa en un tipo de egoísmo que odia aquellos valores. Es un estado determinado de espíritu que está en la base de la aceptación de la Revolución, así como de casi todas las herejías.
Hay niños que, por así decirlo, nacen egoístas. Quieren todo para ellos y consideran que todo lo que tienen las demás personas les fue robado. Se entristecen cuando algo bueno les sucede a los demás. Tienen una tendencia a hablar mal de los demás, e incluso a calumniarlos. Ellos se inclinan a rebelarse contra la autoridad, ya que les parece que ellos, y nadie más que ellos, deben tener esa autoridad. También tienen la ambición de ser más que los demás. No es raro que vayan tan lejos como para preferir dejar de vivir a que tener a alguien superior a ellos.
Este género de personas no ve lo sacral como algo muy respetable. Por el contrario, se rebelan contra lo sacral. Estos son los partidarios naturales de la Revolución.

LA SACRALIDAD EN LAS COSAS Y EN EL HOMBRE

La perla representa una nota de distinción
Lo sacral es el conjunto de los significados metafísicos y religiosos expresados en todo lo que es parte del universo creado que refleja la semejanza de Dios.
Cuando admiramos una perla, por ejemplo, y nos preguntamos lo que representa, concluimos que la perla es sinónimo de distinción. No obstante, la perla no tiene la pureza y la magnificencia del diamante o la brillante gloria de las piedras preciosas. Por lo tanto, se podría decir que simboliza algo menor. Por otra parte, no representa sólo la simple belleza de una concha, la madre de la perla, sino que tiene el mismo tipo de belleza que es mucho más. Podemos decir que la perla trasciende y concentra en sí la belleza de innumerables conchas y ofrece esto para la admiración del hombre como un símbolo de distinción.
La emperatriz Alexandra usando la famosa tiara de gotas
de perlas de los Romanov
Análogamente, todo en la creación —en el mundo mineral, vegetal, animal, humano o angelical— tiene un significado y refleja algo que es más elevado que su composición física, algo que es metafísico, es decir, que va más allá de lo físico.
Estos diferentes significados simbólicos, filosóficos y religiosos permean la realidad visible como una especie de calor o perfume que se puede experimentar por los sentidos del alma y puede ser explicado por la inteligencia humana. Ellos nos invitan a hacer un acto de admiración por la cosa en sí misma, un acto de reconocimiento al Creador que la hizo, y por último, un acto de gratitud y reverencia.
Debemos considerar seriamente todo desde esta perspectiva sacral y adaptar adecuadamente nuestras vidas a ello. Esto requiere una posición normal de discernir los valores que están contenidos en las cosas creadas y admirar sus significados. Debemos acostumbrarnos a que las agruparlos para clasificarlos en un cierto orden, y por lo tanto, componer todo un panorama interno que cada uno de nosotros está llamado a tener de Dios y de la creación.
Esto es lo que llamamos sacral: lo sacral en las cosas creadas, y lo sacral en la actitud del hombre.
Sin duda, mirar el mundo de esta manera requiere esfuerzo, sufrimiento y dedicación.

UNA MENTALIDAD REBELDE HIZO QUE NACIERA LA REVOLUCIÓN

La clase de niños malos que hemos descrito, sin embargo, considera la vida bajo un enfoque diferente. Con respecto al afecto de sus padres, ellos dicen: “Ustedes son una molestia en mi vida. Vuestra ternura hacia mí pide una retribución que no quiero dar. Incluso si ustedes me dieran muchas cosas sin pedir nada a cambio, yo todavía no gustaría de ustedes. Sin embargo, vuestra forma de ternura pide una retribución de mi parte, incluso si ésta no es vuestra intención. Esto me molesta y me desagrada”[1].
Años más tarde, este mismo niño, ahora un joven, añadirá: “Vuestra respetabilidad es un obstáculo para que trepe a los rangos más altos y me impide disfrutar de la vida. Prefiero ser informal, relajado, totalmente espontáneo y casual. Esto me permitirá subir a mejores situaciones, disfrutar de la vida, y divertirme de todo junto con todos los demás. Por lo tanto, yo os rechazo – vuestra sacralidad, respetabilidad y religión”.
Wyklif, precursor del protestantismo, odiaba
el esplendor y la pompa de la Iglesia Católica
En la Edad Media, hubo momentos en que esta mentalidad se expandió y aparecieron herejías. Las bases que se adhirieron a tales herejías se componían de personas que tenían esta tendencia. Ellos odiaban la sacralidad y la respetabilidad, así como también odiaban a nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia. Nuestro Señor suscitó este tipo de odio, como lo hizo la Iglesia. Es así que, con esto podemos entender el odio de los judíos y de los emperadores romanos en contra de ambos. Las herejías también se alimentaron de esta rebelión y odio.
Esas personas sublevadas querían destruir esta atmósfera sacral. Ellos también quisieron acabar con aquellos que la aman. Dado que Christianus alter Christus [un cristiano es otro Cristo], quisieron destruir todos los católico y la cristiandad, la cual representaba la victoria de la mentalidad sacral que Cristo vino a implantar sobre la tierra.
Este proceso de maldad humana se incrementó por el apoyo activo del diablo. Ello explica cómo, en el ápice de bien que la cristiandad había alcanzado en la Edad Media, muchas herejías aparecieron – principalmente la Revolución, que es una enorme herejía que trabajó muy metódicamente y logró arrastrar a la gran mayoría de la cristiandad.

LA MENTALIDAD LIBERAL – UN CÓMPLICE IMPRESCINDIBLE DE LA REVOLUCIÓN

Cuando un hombre pierde la noción de la gran maldad de la Revolución y sus obras, entonces todo lo malo se vuelve posible. El liberal tiene una especie de optimismo tonto que dicta que debe tener en cuenta el lado bueno incluso de los peores revolucionarios. Para él, todo el mundo debería ser considerado como bueno, excepto un grupo, nosotros, los contrarrevolucionarios. En la medida en que un hombre piensa que todo hombre malo es bueno, él juzga que todo hombre bueno es malo. Si se da la oportunidad, él nos destruiría.
Esto explica por qué las herejías en la Edad Media fueron aceptadas por muchos hombres “moderados”. Incluso hoy en día, el liberalismo y la tolerancia mal interpretada constituyen la base de los peores aspectos del mal que se difunden en la opinión pública.

LAS HEREJÍAS Y EL MISERABILISMO

Yo creo que las herejías medievales se opusieron a la pompa y la ceremonia externa de la Iglesia Católica – a esto lo llamamos miserabilismo –  porque es característico de la herejía ser contraria a la gloria de Dios.
Este particular tipo de niños que he descrito, que se rebelaron contra el orden de la creación y se volcaron hacia su propia ambición y placeres termina por ser miserabilista. ¿Cómo sucede esto?
En 1674, Luis XIV recibiendo al príncipe de Condé, desde su exilio en la
escalera de los embajadores en Versalles - pintura de Jean-Leon Gerome
Les daré un ejemplo histórico. La Revolución comenzó ofreciendo a los hombres una vida de placer, llena de lujo y la pompa se volvió hacia su propia glorificación. Esto produjo el Renacimiento, que a su vez produjo el Antiguo Régimen en Francia. Luis XIV representó el ápice de este proceso de disfrutar de una vida de placer. En general Europa siguió en la misma línea.
Al final del largo reinado de Luis XIV, la sociedad estaba harta de la grandeza y la belleza. Desde esta periodo en adelante, todo comenzó a ser más pequeño y menos grandioso, simplemente agradable y encantador. Era la época de Luis XV. Él representó el abandono de la magnificencia y el inicio del proceso de deslizarse por la rampa del miserabilismo.
En Versalles, Luis XIV construyó la famosa escalier des Ambassadeurs [la escalera de los embajadores]. Era una magnífica escalera que los embajadores de los otros países tenían que subir para entrar en salas de recepción del rey y presentar sus credenciales. La construyó con el mayor esplendor posible, a fin de producir una fuerte impresión en ellos, una impresión que ellos transmitirían a sus respectivos soberanos. Era una cosa fenomenal de acuerdo con las descripciones de la época. [En 1989 fue restaurada, pero de una manera mucho más pobre. Los dos balcones para que los nobles observaran el movimiento en la escalera —véase la reproducción por Gerome— fueron sustituidos por pinturas en estilo art deco].
La Marble House (arriba y abajo) en Rhode Island, refleja la
pompa y esplendor de familias aristocráticas norteamericanas
Luis XV demolió la  Escalera de Embajadores y reformó una parte de Versalles para construir encantadoras habitaciones pequeñas de acuerdo a su gusto. Ellos eran una delicia en su delicadeza, pero la grandeza se había ido para siempre. Luis XVI continuó a lo largo de estas mismas líneas. La hipertrofia de la vida de placer llegó a su ápice y, a continuación, comenzó a decaer.
Por contraste, ello generó la Revolución Francesa, que destruyó casi por completo esa vida. Así, los placeres del Renacimiento producirían su contrario, es decir, el odio de la Revolución Francesa por la pompa y la ceremonia. De esta manera el miserabilismo se instaló en la sociedad, esperando el momento en que el Concilio Vaticano II sería instalarlo en la Iglesia Católica.

Yo creo que algo así ocurrió en la historia de los Estados Unidos también. Cuando uno analiza esos palacios en Rhode Island, vemos que ellos pertenecían a una clase social muy rica que quería vivir en la pompa y el esplendor. He oído que muchas de esas casas se transformaron en museos, otras fueron vendidas, y otras habrían sido destruidas si la ciudad no hubiera intervenido para evitarlo. Posiblemente los descendientes de las
familias todavía tienen fincas o apartamentos muy ricos y cómodos, pero la pompa de antaño se ha ido. La pompa y el esplendor cayeron, y miserabilismo entró en escena.



[1] Es la típica mentalidad del hijo mal agradecido.

domingo, 20 de julio de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 10

UN ENIGMA
Votada por las Cámaras la supresión de la Compañía de Jesús en Francia, Guizot, quien entonces encabezaba el gobierno, no tuvo el coraje de aplicar inmediatamente la ley, temiendo la resistencia. Realmente, todos los ultramontanos insistían con los jesuitas para que no se dispersasen y procurasen por todos los medios evitar la ejecución de la ley.
Pero si ese era el deseo de los ultramontanos, no obstante el gobierno consiguió su objetivo, que era dividir las fuerzas católicas. Lacordaire continuó viviendo como si nada hubiera ocurrido, incapaz de defender o atacar a los jesuitas, el conde de Coux, valiéndose del cargo de redactor jefe de L’Univers, obstaculizaba los movimientos de Louis Veuillot, uno de los más entusiastas partidarios de la resistencia; y el arzobispo de París usaba de su autoridad para obligar a los jesuitas a disolverse. Por otro lado, el nuncio apostólico, Mons. Parisis, el obispo de Arras y el padre general apoyaban en Roma a la Compañía de Jesús en Francia y por todos los medios la prestigiaban.
Viendo a las fuerzas católicas divididas, Guizot concibió el proyecto de obtener del propio soberano pontífice la disolución, y envió a Roma al Sr. Rossi como negociador. Su misión fue uno de los episodios más intrincados de la historia de la Iglesia en Francia durante el siglo XIX. Eminente diplomático, Rossi uso de todos sus recursos para obtener éxito: amenazó, suplicó, negoció, pidió auxilio al gobierno francés, no midió promesas ni ahorró amenazas.
El arzobispo de París escribió al soberano pontífice pidiendo la disolución. Luis Felipe, que según la costumbre secular de los reyes de Francia se dirigía a los cardenales llamándolos primos, intentó utilizar de su influencia en el sacro colegio para llevarlo a apoyar la política de su gobierno. Al mismo tiempo, procuró intimidar al nuncio apostólico con la expectativa de una persecución religiosa que nadie sería capaz de detener. El gobierno hizo valer todos los medios de que podía disponer para facilitar la misión del Sr. Rossi.
Lo que ocurrió realmente en Roma es un misterio. El papa Gregorio XVI sometió el asunto a la Congregación de los Negocios Eclesiásticos Extraordinarios, y ésta rechazó unánimemente el pedido de Francia. Rossi entonces retiró la carta que entregó a la Santa Sede y volvió a la carga junto al cardenal Lambruschini, Secretario de Estado, diciendo que el gobierno no era enemigo de los jesuitas ni les deseaba mal, pero que se encontraba en muy embarazoso delante de la ley que había sido votada, y se contentaría con poca cosa: sería suficiente que el gabinete pudiese decir, en la reapertura de las Cámaras, que se había hecho algo; bastaría que algunas de las casas de la Compañía, más conocidas, quedasen menos en evidencia, y que algunos padres fuesen transferidos para lugares de menor relevancia.
Parece que esas razones llevaron al cardenal Lambruschini a reconsiderar el asunto, y la decisión fue dejada al general de los jesuitas. Éste, que aconsejaba la resistencia, mudó repentinamente de actitud y cerró la Compañía en Francia. No se sabe con certeza lo que ocurrió. Lo más probable es que el Secretario de Estado había ejercido presión sobre el padre general para que tomase esa decisión. El hecho es que Rossi se vanaglorió del éxito completo de su misión, y el Moniteur, periódico oficioso del gobierno francés, publicó la siguiente nota: “El gobierno del rey recibió noticias de Roma. La negociación que había sido encargada al Sr. Rossi consiguió su fin. La congregación de los jesuitas dejó de existir en Francia y se dispersará por sí misma; sus casas serán cerradas y sus noviciados disueltos”.

La derrota de los ultramontanos fue completa. Veuillot, Montalembert, y Mons. Parisis estaban desolados, y el general de la compañía los exhortaba por cartas y emisarios a conformarse con la decisión, intentando explicarles que esa era la mejor solución. Mons. Parisis y Veuillot no tocaron más el asunto, pero Montalembert era incapaz de guardar silencio cuando perdía la partida. En una carta al padre de Ravignan, ya se anunciaba como uno de los corifeos del liberalismo católico, al cual dentro de poco se iría a entregar completamente.
Siga la serie de esta publicación haciendo clic aquí: Católicos Franceses del siglo XIX

viernes, 18 de julio de 2014

Derecho consuetudinario - I

La Iglesia: Guardiana de la Ley Natural y Luz

del Estado

Plinio Corrêa de Oliveira

Hoy vamos a comenzar tratar de las leyes que regían en la Edad Media para ver si tenían algo que pueda definir una sociedad orgánica y, en consecuencia, nos den los principios generales de aplicación a los grupos sociales en la actualidad o en el futuro. Sobre la base de este interés subyacente, debemos preguntarnos qué era lo que comprendía las leyes del reino, los feudos, los municipios y los gremios.

Para abordar estos temas, tenemos que considerar en primer lugar que la sociedad medieval era mucho más compleja que la nuestra y, por lo tanto, ello da a los juristas muchos más dolores de cabeza, al igual como cuando se estudia un organismo humano que por sí es muy complejo provoca a los médicos más dolores de cabeza que el examen de una sola célula orgánica.

Todo lo que es más desarrollado tiende hacia la complejidad, y la sociedad humana, compuesta por seres que son a la vez materiales y espirituales, tiene, naturalmente, una gran complejidad.

Legisladores en la corte del rey Enrique VI
El punto de partida de la compleja teoría del derecho medieval es la idea de que el verdadero señor del reino no es ni el emperador, ni el rey ni el señor feudal, sino el Derecho Natural, cuyo origen es divino. Esta observación no es mía; la tomé prestada del Prof. Olivier Martin, de la Facultad de Derecho de París. Él sostiene esta tesis como siendo la base de la concepción medieval de la ley: Dios, autor de la Ley Natural, es la fuente de toda ley. Esta comprensión es diametralmente opuesta a la concepción moderna del derecho.

Hoy en día, la ley es hecha por el Estado. El Estado está representado por una Asamblea, que es la que promulga una ley. Esta ley es considerada soberana porque la voluntad del Estado se toma como soberana. Esta concepción considera que, por encima del Estado, no existe otra voluntad.

En la Edad Media, la Ley presidia toda la organización socio-política: Todo debía ser de acuerdo a la Ley Natural. A su vez, la Ley Natural era entendida universalmente en la cristiandad como la voluntad de Dios grabada en la naturaleza. Se tenía la convicción de que la inteligencia humana es capaz de discernir las normas de la Ley Natural.

Sin embargo, puesto que a veces los hombres pueden mal interpretar estas reglas, Dios les dio el Decálogo como modelo supremo de su voluntad que debe gobernar todo el ámbito de la ley. El Decálogo es la ley de leyes a las que deben someterse todos los países. Ninguna autoridad humana, ya sea la de un emperador, rey o cualquier otro, puede revocarla.

Ahora bien, dado que la interpretación de la ley de Dios concierne inevitablemente a la Iglesia Católica, ella asume un papel fundamental en la esfera temporal. La ley fundamental de toda la cristiandad es la misma ley que le fue dada a la Iglesia para que la custodiara. Ella está a cargo de la enseñanza de esta ley, preservarla de las falsas interpretaciones, y hacerla cumplir por medio de sanciones. Por lo tanto, el arca de la ley, su guardiana, su depositaria, la legisladora por excelencia de todas las naciones católicas es la Iglesia Católica.

Las otras leyes las que son promulgadas por los reyes, los municipios y los gremios son sólo regulaciones que se derivan de esta ley principal.

Aquí, en esta sala hay algunos abogados y estudiantes de derecho. Ellos saben la diferencia entre la ley y la regulación. En nuestro Derecho Civil contemporáneo, el Congreso vota para aprobar una ley, el presidente la promulga, y, a continuación, define su reglamento, un conjunto de códigos que permitan su aplicación. Bien, en la Edad Media las leyes del Estado se volcaban hacia la Ley de Dios, así como los reglamentos adoptados por el presidente están volcadas hacia la ley aprobada por el Congreso.

Derecho consuetudinario o costumbre

Carlomagno siguió el modelo del Imperio Romano
Habiendo establecido este tipo de ley, vamos ahora a empezar a estudiar la más interesante de ellas, que es el derecho consuetudinario la costumbre.

Sin entrar aquí en un análisis estrictamente jurídico, simplemente podemos decir que en la estructura del Estado Moderno cada hombre es supuestamente libre. Él tiene la libertad de hacer lo que quiera con sólo dos limitaciones a esta libertad:

Por un lado, él está limitado por su propia voluntad, lo que significa que cuando él firma un contrato, no puede violar los términos que él mismo se obligó a observar. Por otra parte, está obligado por los límites de la propia ley. La ley es una orden emitida por el poder competente, que se impone sobre la voluntad de los ciudadanos, con o sin su consentimiento. Por lo tanto, en el derecho moderno, a excepción de algunos contratos libremente aceptados, todo el mundo está sujeto a la ley única establecida por el Estado.

En la Edad Media, apareció un nuevo tipo de ley que caracteriza, en mi opinión, la mayor originalidad de Derecho Medieval: Fue el derecho consuetudinario. Sabemos que consuetudo en latín significa costumbres. Derecho consuetudinario es, entonces, la ley de las costumbres del pueblo. Para entender bien cómo nació este tipo de ley, tenemos que estudiar las condiciones jurídicas y políticas de la Edad Media.

Las leyes consuetudinarias, nacieron de una catástrofe

Las leyes consuetudinarias, que constituyeron uno de los tesoros legislativos más grandes de todos los tiempos, fueron el resultado de una de las mayores catástrofes de la historia. Esto nos muestra que cuando el hombre está en posición vertical, cuando busca a Dios con todo su corazón, a pesar de los desastres y los problemas que puedan caer sobre él, él termina obrando maravillas.

El Imperio Carolingio estaba organizado siguiendo el modelo del Imperio Romano. En el Imperio Romano la organización del Estado era similar a la del Estado moderno, es decir, el emperador, que representaba Estado, hacía la ley, y todo el mundo estaba obligado a obedecerla. Sólo el emperador tenía el derecho de hacer leyes. El Imperio Carolingio se basaba en este presupuesto.

Después que Carlomagno murió, e incluso en los últimos años de su vida, una sombra de tristeza cayó sobre todo el Imperio Carolingio.

En el siglo octavo, cuando Europa recién había logrado recuperarse de la primera ola de invasiones bárbaras en el siglo quinto, una segunda ola cayó sobre ella en; el mismo desastre entró en la escena de nuevo. Los últimos días de Carlomagno fueron testigos de una nueva ola de invasiones de vikingos dentro de Francia.

Continuará…


Tomado de TIA

domingo, 13 de julio de 2014

Para que Él reine - II Parte, Cap. 1

Segunda Parte
  
LAS OPOSICIONES HECHAS
A LA REALEZA SOCIAL
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

¿Por qué se amotinan las gentes y trazan las naciones planes vanos?
“Se reúnen los reyes de la tierra y a una se confabulan los príncipes contra el Señor y contra su Ungido.
“El que mora en los cielos se ríe: el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en Su ira y los consternará en Su furor…”.
Ps. II.


CAPÍTULO I
EL NATURALISMO
EL ERROR Y SU EJÉRCITO
Examinar, estudiar, ponderar lo que hoy día se opone al pleno triunfo de la realeza social de Jesucristo nuestro Señor será nuestra tarea en los diversos capítulos de esta segunda parte.
Tales obstáculos y tales oposiciones no estarán (puesto que no pueden estarlo) fundados racionalmente o, si se prefiere, naturalmente. No es posible, en efecto, que haya oposiciones, obstáculos verdaderamente legítimos en contra del orden divino. Sólo el error, cuando no la perversidad de los hombres, puede crear una situación que haga difícil el triunfo de la verdad.
El error, cuando no la perversidad de los hombres…; es decir, el error y los que lo propalan.
Es, en efecto, imposible separarlos. Como apuntó Sardá y Salvay[1]: “Mas da la casualidad de que las ideas no se sostienen por sí propias en el aire, ni por sí propias se difunden y propagan, ni por sí propias hacen todo el daño a la sociedad. Son como las flechas y las balas, que a nadie herirían si no hubiese quien las disparase con el arco o con el fusil”.
El error, en efecto, entregado a sí mismo, abandonado a los maleficios de su espejismo intelectual, sería peligroso, sin duda, pero no iría muy lejos y no perdería más que a un número relativamente reducido de personas.
Mientras las perores concepciones mentales no encuentren un ejército no producirán grandes estragos.
Como lo ha dicho con su habitual claridad el cardenal Pie[2]: “el naturalismo contemporáneo es tan espantoso y tan pernicioso para la sociedad porque tiende, con todas sus fuerzas, a salir del dominio de las especulaciones intelectuales para apoderarse de la dirección de los asuntos humanos.
Ahora bien: es fácil de imaginar que, para lleva a buen término semejante operación se precisa mucho más que la sola virtud lógica de algunos argumentos intelectuales abandonados, por así decirlo, a su sola fuerza. Es preciso un ejército.
”La organización del racionalismo (que es el objetivo primero de la Revolución) es el hecho más importante y más formidable de nuestra época”, sigue escribiendo el cardenal Pie. “Se ha formado una liga y asociación universal con el propósito declarado de organizar un cuerpo de ejército que pueda resistir gloriosamente a las doctrinas que se quiere imponer al espíritu humano por la Revelación… Las corporaciones científicas, la historia, la política, la literatura, el teatro, la canción, la novela, los periódicos, las revistas, ¿qué sé yo?, todo ha entrado en esta inmensa conspiración contra el orden sobrenatural…”[3].
Así, pues, al mismo tiempo que al error, es necesario combatir a sus agentes y secuaces.
“Sin duda —señalaba el cardenal Pie— la serena exposición de la verdad es, en sí, preferible a la discusión; nuestros ilustres antecesores lo han declarado a menudo. No obstante, la necesidad de los tiempos los precipitó a ellos también, muy frecuentemente, en la controversia. Cuando se leen sus obras se reconoce que la polémica aparece en la mayor parte de ellas…
”Añado que la teoría del silencio es, generalmente hablando, una teoría demasiado cómoda para no ser sospechosa, y compruebo que no tiene a su favor en el pasado, ni la autoridad, ni el ejemplo, ni el éxito.
”Y, como se insiste sobre la dificultad de observar la caridad en las discusiones, respondo que los grandes doctores nos siguen proporcionando, a este respecto, reglas y modelos. En una multitud de textos, cuyo conocimiento es elemental, y que no son nuevos, sino para aquellos que no saben nada, recomiendan la mesura, la moderación, la indulgencia hacia los enemigos de Dios y de la verdad. Lo que no impide que, sin contradecir sus propios principios, dejen de emplear ellos mismos también, en todo instante, el arma de la indignación, y algunas veces la del ridículo, como una vivacidad y una libertad de lenguaje que espantarían nuestra delicadeza moderna. La caridad, en efecto, implica, ante todo, el amor de Dios y de la verdad; no teme, pues, desenvainar la espada por el interés de la causa divina, sabiendo que más de un enemigo no puede ser derribado o curado sino por golpes decididos y saludables heridas”[4].
“Si soportar las injurias que atañen solamente a uno mismo —enseña santo Tomás— es un acto virtuoso, soportar las que atañen a Dios es el colmo de la impiedad”[5].
“El principio moderno y revolucionario de la respetabilidad de las personas en cualquier hipótesis, de la tolerancia a ultranza con relación a las personas, es una gran herejía social que ha hecho mucho daño y hará más todavía a medida que esta idea vaya divulgándose. Ello equivale a decir que la persona humana es siempre amable, siempre sagrada, siempre digna de respeto, cualesquiera que sean los errores teóricos u prácticos que lleve consigo a través del mundo”.
”A aquellos de nuestros pensadores y literatos actuales que encuentran anticuada nuestra doctrina sobre los peligros de la tolerancia ilimitada de las personas, preguntadles: ¿por qué la sociedad civil detiene y pone en prisión a los anarquistas de la pluma y de la acción, a los criminales de toda clase? ¿Por qué no contentarse con estigmatizar sus errores teóricos y prácticos? ¿Por qué esta intolerancia personal? Una sola respuesta es posible: se suprime a las personas, porque las personas constituyen un peligro público”[6].
“Está, pues, permitido, en ciertos casos —precisa Sardá—, «desautorizar y desacreditar» a la persona que difunde sistemáticamente el error. Los mismos santos Padres prueban esta tesis[7]. “Aun los títulos de sus obras dicen claramente que, al combatir las herejías, el primer tiro procuraban dirigirlo a los heresiarcas. Casi todos los títulos de las obras de San Agustín se dirigen al nombre del autor de la herejía… De tal suerte que casi toda la polémica del grande Agustín fue personal, agresiva, biográfica, por decirlo así, tanto como doctrinal; cuerpo a cuerpo con el hereje tanto como contra la herejía…”[8].
Tal es la doctrina que no será inútil recordar si no se quiere ver a los católicos cada vez más engañados en el combate político al que todos son llamados por causa de nuestros modernos regímenes representativos.
Sería verdaderamente demasiado necio y, sobre todo, nocivo el dejar entender, como muy a menudo se comprueba, que la caridad exige no publicar las torpezas de los canallas, que tan frecuentemente vienen a mendigar nuestros sufragios.
Por lo demás, resultaba imposible, en este comienzo de capítulo, el dejar negar o ignorar no solamente que existe muy concretamente un ejército del naturalismo, sino que un católico tiene la obligación de combatirlo y vencerlo, si Dios lo permite o lo quiere.
Dicho de otro modo, no hay solamente la nocividad de las ideas falsas; hay también, en cierto sentido, sobre todo la mala voluntad de los hombres; como no hay sólo peligro de un cierto número de obuses y de granadas que alguien hubiese podido abandonar en montón aquí o allá, sino que existe el hecho de que los obuses y granadas están lanzadas por artilleros y granaderos.
Pretender guerrear solamente contra las ideas y los sistemas perversos, sin tener en cuenta a quienes los propalan, difunden y aplican sistemáticamente, sería una locura, cuando no una complicidad manifiesta con el enemigo[9].
NATURALISMO Y REVOLUCIÓN
¿Cuál es, pues, el error? Y también, ¿cuál es su ejército? He aquí lo que importa distinguir netamente desde un principio.
Creemos son suficientes dos palabras para rotular los dos aspectos: naturalismo y revolución.
En el orden de las ideas: el naturalismo.
En el orden de los efectivos y de las fuerzas humanas: la Revolución.
Pensarán algunos que la realidad es mucho más compleja y que caemos aquí en una exagerada simplificación. Nosotros no lo creemos así.
Es cierto que muchas ideas quedan aún por desarrollar, muchas distinciones por formular. Así y todo, fueren las que fueren las variantes y aunque existan ciertas discrepancias de detalle, no es en ningún modo excesivo pretender que sólo la palabra naturalismo, en el orden de las ideas, de las teorías o de los sistemas, explica más o menos directamente el conjunto de los errores que asolan hoy al mundo entero[10].
No vaciló en afirmar monseñor Pie: “Si se busca el primero y el último postulado de los errores contemporáneos, se reconoce que, a todas luces, lo que se llama espíritu moderno es la reivindicación del derecho adquirido o innato de vivir en la pura esfera del orden natural: derecho moral absoluto, tan inherente a las entrañas de la humanidad que ésta no puede, sin firmar su propia decadencia, sin suscribir su deshonra y su ruina, subordinarlo a ninguna intervención, cualquiera que sea, de una razón o de una voluntad superiores a la razón y a la voluntad humana, a ninguna revelación ni autoridad alguna que emanen directamente de Dios…”[11].
Por otra parte, cualesquiera que sean en el orden de las fuerzas humanas las rivalidades y los choques, a veces sangrientos, de los partidos o de los “grupos”, de los pueblos, de las ligas o de las sectas, siempre es a la Revolución a quien invocan o en quien se inspiran las tropas del error.
*          *          *
Naturalismo y Revolución son, pues, los dos términos que permiten designar desde un principio los temibles obstáculos de la presente «hipótesis».
Aunque sea difícil estudiarlos separadamente por estar tan estrechamente relacionados entre sí, consagraremos el presente capítulo al naturalismo, o, dicho de otro modo, a la descripción del error, considerado de un modo más particularmente teórico y doctrinal, mientras que el capítulo siguiente, por el contrario, irá dedicado a le Revolución.
*          *          *
Como nos importa hacer trabajo útil más que original hemos considerado como un deber el aprovechar las obras del cardenal Pie. ¿No son sus «Sinodales» un verdadero tratado sobre el tema?[12].

EL PECADO DE NATURALISMO
Que el naturalismo es, por excelencia, el error moderno, o, mejor dicho, el carácter específico de todos los errores modernos, basta con referirse a la primera constitución del Concilio Vaticano.
Pronto se advierte que su preámbulo no concierne solamente a la constitución particular que encabeza. “Es más bien —escribe el cardenal Pie— una introducción general en la que se nos revela el pensamiento informador de la obra entera. Para quien sabe entender, el preámbulo contiene el programa de todo el concilio. Ya en él va dicho lo que cabe decir sobre nuestro tiempo, nuestra sociedad, nuestro siglo: la frase verdadera, la frase luminosa, la frase decisiva, la palabra divina.
”La inclinación actual de los espíritus y los corazones, el rasgo esencial de los caracteres, el hábito de los individuos, la costumbre de las sociedades, la ley que las rige y el espíritu político que las gobierna, el movimiento de la ciencia y, por tanto, la dirección de los estudios y de toda la educación, en fin, el signo propio de nuestro tiempo, es lo que el concilio declara en primer término y llama con su verdadero nombre: naturalismo”[13].
¿Qué es el naturalismo?
Como lo indica su nombre, es esencialmente una actitud independiente y de repulsa de la naturaleza respecto del orden sobrenatural revelado.
“… Dotada en sí misma de todas las luces, fuerzas y recursos precisos para regular todas las cosas de la tierra, trazar la conducta de cada individuo, proteger los intereses de todos y alcanzar el término último de su destino, que es la felicidad…, la naturaleza se convierte por este sistema en una especie de recinto fortificado y campo atrincherado en el que la criatura se encierra como en su propio dominio, totalmente inalienable…”[14].
“En suma, cada uno se basta a sí mismo, y como en sí mismo halla su principio, su ley y su fin, es su propio mundo y se convierte, más o menos en su Dios. Y si consta de sobra que el individuo, considerado como tal, es indigente en muchos aspectos e insuficiente para muchas cosas, no obstante, para completarse no le hace falta salir de su orden: encuentra en la humanidad, en la colectividad, lo que le falta personalmente…”[15].
“El naturalismo es, pues, lo más opuesto al cristianismo. El cristianismo, en su esencia es todo lo sobrenatural, o, mejor dicho, es lo sobrenatural mismo en sustancia y en acto. Dios sobrenaturalmente revelado y conocido, Dios sobrenaturalmente amado y servido, sobrenaturalmente dado, poseído y gozado; eso es todo el dogma, toda la moral, todo el culto y todo el orden sacramental cristiano. Si bien la naturaleza es la base indispensable de todo, por todas partes es superada. El cristianismo es la elevación, el éxtasis, la deificación de la naturaleza creada. Ahora bien: el naturalismo niega, ante todo, ese carácter sobrenatural. Los más moderados… lo niegan como necesario y obligatorio; la mayoría lo niega como existente y aun como posible…
”El naturalismo, hijo de la herejía, es, pues, mucho más que una herejía; es el puro anticristianismo. La herejía niega que haya dogmas o que pueda haberlos. La herejía deforma más o menos las revelaciones divinas; el naturalismo niega que Dios sea revelador. La herejía arroja a Dios de tal o cual parte de su reino; el naturalismo lo elimina del mundo y de la creación. Por eso dice el concilio, de este error odioso, que «contradice por completo a la religión cristiana»”[16].
Empresa satánica en verdad y este epíteto no es aquí adorno de estilo o fórmula retórica.
Monseñor Pie no dejó de insistir en ello.
“Para asignar a ese naturalismo impío y anticristiano su origen primero y su primer autor, escribe en su tercera Instrucción Sinodal[17], habría que penetrar hasta en las misteriosas profundidades del cielo de los ángeles. Aquel a quien Lucifer, constituido en estado de prueba, no quiso adorar, no quiso servir, aquel con quien pretendió igualarse sería difícil creer que fuese el Dios del cielo. Una naturaleza tan iluminada, con espíritu originariamente tan recto y bueno, no parece capaz de tan gratuita y loca rebeldía. ¿Cuál fue, entonces, la piedra en que tropezaron Satanás y sus ángeles? David, cometado por San Pablo, la escritura interpretada por los más ilustres doctores, proyectan admirables luces sobre este hecho primordial del cual arrancan tantas consecuencias.
”La fe nos enseña que el Dios creador, cuando por un acto libre y sobrenatural gratuito de su voluntad decidió descender personalmente a su creación, no requirió para unirla hipostáticamente a su Verbo ni la substancia puramente espiritual del ángel, ni la substancia puramente material del ser irracional. El Hijo único de Dios se hizo hombre; tomó un cuerpo y un alma; se colocó así en el centro del universo creado, ocupando el justo medio entre las esferas superiores y las inferiores, comunicando su vida y su influjo divino al mundo visible y al mundo invisible, como mediador, salvador, iluminador de cuanto estaba por naturaleza, por encima y por debajo de su humanidad sagrada…
”Este prodigio y este verdadero exceso de amor divino fue en opinión de muchos padres y teólogos, el principio y la ruina de Satanás… Creer en el Hijo de Dios hecho hombre, esperar en Él, amarle, servirle, adorarle, tal fue la condición de salvación. Los dos testamentos nos dicen que ese precepto fue dirigido tanto a los ángeles como a los hombres; en ambos está escrito: «Ei adorent eum omnes angeli ejus».
”Satanás se estremeció al pensar que tendría que prosternarse ante una naturaleza inferior a la suya, y sobre todo recibir él mismo de esa naturaleza tan singularmente privilegiada, un suplemento permanente de luz, de ciencia, de mérito y un aumento eterno de gloria y beatitud. Estimándose herido en la dignidad de su condición nativa, se atrincheró en el derecho y en la exigencia del orden natural, no quiso adorar la majestad divina en un hombre, ni recibir en sí mismo un aumento de resplandor y felicidad que derivasen de esa humanidad deificada. Al misterio de la encarnación opuso el de la creación; al acto libre de Dios opuso un derecho personal; en fin, contra el estandarte de la gracia, alzó la bandera de la naturaleza...”.
Por lo demás, aparte de toda opinión referente a ese carácter especial del pecado de los ángeles malos, es cierto, como lo enseña santo Tomás, que “el crimen del demonio fue o bien el colocar su fin supremo en lo que podía alcanzar sólo con las fuerzas de la naturaleza, o bien el querer lograr la beatitud gloriosa mediante sus facultades naturales sin ayuda de la gracia…”[18].
“Así, pues, todo el trabajo del infierno se traduce fatalmente en odio a Cristo (y a su Iglesia) por la negación de todo orden (sobrenatural) de la gracia y la gloria: así fue cómo la herejía de los últimos tiempos vino a ser y a llamarse naturalismo, porque el naturalismo es el anticristianismo por excelencia”.
“El punto de donde cayó Satanás es aquel de donde quiere precipitar a los demás…”[19].
Y eso desde el principio.
*          *          *
El pecado original, primer pecado del hombre, también fue (siempre bajo el influjo de Satanás) un pecado de naturalismo.
“El primer hombre —enseña santo Tomás de Aquino— pecó de dos modos: pecó, principalmente, al desear parecerse a Dios en lo que toca a la ciencia del bien y del mal, con el fin de poder en virtud de su propia naturaleza determinar por sí mismo lo que conviene o no conviene hacer; y pecó, secundariamente, al desear parecerse a Dios en lo que toca al poder de acción, con el fin de conquistar por la virtud de su propia naturaleza la bienaventuranza. En una palabra, deseó, como los ángeles, igualarse a Dios, apoyándose tan sólo en sí mismo y menospreciando el orden (sobrenatural) y la regla establecida por Dios”[20].
Así “despreciando un destino superior a la naturaleza —escribe Jean Daujat—, al querer la naturaleza vivir su vida propia (vivir su vida según frase hoy tan corriente) y encontrar en ello plena satisfacción, el naturalismo es el primer error, el error sobre la opción fundamental en el cual se empeña todo el destino humano. No es, pues, cosa de extrañarse el que históricamente el naturalismo haya inaugurado toda la serie de los errores modernos”[21].
El naturalismo es, pues, pecado fundamental y, si se puede decir, más específicamente satánico que cualquier otro.
Atenerse a la naturaleza, rechazar el orden divino de la gracia, o, dicho de otro modo, separar lo natural de lo sobrenatural o, si se prefiere, según la enérgica frase de San Juan[22], “disolver a Jesucristo” (pues en eso precisamente desemboca esa separación de lo natural y de lo sobrenatural), he aquí el pecado inicial y desgraciadamente renovado, el pecado clave; en realidad, el único y grande drama del mundo.
San León ya advertía, en su octavo discurso sobre la Natividad[23]: “No conocemos, desde la llegada de Jesucristo, casi ningún extravío del pensamiento humano en materia religiosa, que no fuera, de uno u otro modo, un ataque contra aquella verdad de las dos naturalezas reunidas ambas en la persona única del Verbo”[24].
Unde cecidit, inde deficit”. Donde el mismo Satanás cayó es claro que quiera hacer caer a los otros. Se empeña en ello con todas sus mañas, su sutileza, su duplicidad toda; de aquí la variedad de sus trampas y enredos; de aquí la extrema multiplicidad de los varios modos de naturalismo.
Violento y agresivo en unos, más manso, aunque más explícito, en otros, el error sabe hacerse imperceptible e inconfesado, implícito, solamente práctico… Hasta negará ser naturalismo cuando lo es en realidad. En esas malezas hay que perseguirle, si se le quiere combatir eficazmente, ya que merced a ellas causa un mayor número de víctimas.
Continuará…
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[1] Opus, cit., p. 115.
[2] Oeuvres, t. V, p. 170. Las referencias que este libro se hacen a las Obras del cardenal Pie están tomadas generalmente de la edición de Oudin, de Poitiers.
[3] Opus, cit., t. III, p. 256.
[4] Ibíd., t. V, p. 52.
[5] Suma Teológica, IIa, IIae, q. CXXXVI, art. 4, ad. 3.
[6] Ami du Clergé, 30 de abril de 1903.
[7] Cf.: igualmente en esta grave materia, los considerandos de la sentencia dictada contra el abate Lemire por el tribunal de la Santa Rota Romana (Semaine Religieuse de Cambrai, 27 de enero de 1914): “… Todos los que en la constitución actual de los Estados influyen con sus votos sobre el gobierno, todos los que eligen sus diputados, todos los electores deben conocer seriamente el valor de los hombres que reclaman el grave honor de representarles. Inspirándose en esta verdad, los jueces han dicho que los directores de los periódicos tenían, no solamente el derecho, sino el deber de exponer cuidadosamente los hechos que ponen de relieve la intención, el plan, las cualidades, el valor de los diputados… Sin embargo, han añadido los jueces los directores de los periódicos no pueden calumniar, es decir, inventar, por imprudencia o ligereza, verdaderas falsedades. De esto se deduce que el interés del Estado exige que los hombres públicos puedan ser enjuiciados por la opinión; de aquí que el publicista que expone en las noticias hechos perjudiciales a la reputación de los hombres públicos no debe ser tratado como un vulgar difamador. Al contrario, hay que presumir que este publicista no ha querido perjudicar al prójimo, sino que ha querido cumplir con su deber y trabajar por el bien general, alejando de las funciones públicas a hombres realmente peligrosos para sí mismos, para los demás y para todo el Estado. Nadie ignora que esta regla está admitida abiertamente por el derecho procesal y enseñada en todas las escuelas de todas las naciones civilizadas. En lo que concierne al fuero eclesiástico, basta citar la observación de Raynaldus: según este autor, cuando los santos Padre se vieron precisados a censurar doctrinas falsas y peligrosas, lo hicieron en términos muy violentos y con invectivas no encubiertas para denunciar las astucias de los hombres que propagaban el error entre los pueblos cristianos. A pesar de esta vehemencia, nadie ha osado acusarles de violar las leyes de la justicia y de la caridad. La táctica de los santos Padres lo prueba la historia, ha preservado a los pueblos de la influencia sutil de las herejías y de los heréticos…”.
“Monseñor Delassus no temió escribir contra el abate Lemire: ‘En cuanto a su honor sacerdotal, hace largo tiempo que el Sr. Lemire lo ha pisoteado’. Una apreciación semejante no podía hacerse sobre un simple particular, cuyos actos, aunque muy malos, quedan encerrados entre los muros de su casa o, por lo menos, o traspasa los límites de su dominio… Por el contrario, si se trata de un hombre que ejerce una función pública, de un hombre cuya conducta debe ser juzgada por los electores, conviene, y aún más, importa al Estado que la conducta de este hombre sea discutida. Por tanto, la apreciación que Mons. Delassus ha hecho sobre el sacerdote Lemire en la época en que fue votada la nefasta ley de la «Separación»… El favor de que goza en Francia el Sr. Lemire es de tal modo opuesto a la dignidad sacerdotal, secunda de tal manera los proyectos de los autores de la ley de «Separación» que el Sr. Lemire ha sido llamado en broma y no sin sagacidad “el capellán del Bloque”. Este apelativo ha pasado a ser proverbial en buen número de medios: celebra perfectamente las alabanzas del sacerdote que ha hecho tantos méritos entre los enemigos de la Iglesia. Por esto, diciendo que el Sr. Lemire había desgarrado con sus propias manos y pisoteado su dignidad sacerdotal, el redactor de la revista católica (Mons. Delassus) ha expresado una verdad que muchas gentes piensan y sienten, una verdad que no escapa a nuestros adversarios, convencidos de que un sacerdote como el Sr. Lemire sirve perfectamente a su causa… En consecuencia…”.
[8] Opus. cit., caps. XXII y XXIII. Cf., principalmente pp. 116-117.
[9] Apresurémonos, después del toque de atención sobre este punto de doctrina un poco severo, añadir que podríamos hablar, nosotros también, de una justa tolerancia hacia las personas. Todo el último capítulo de esta segunda parte será consagrado a este problema. Además, ¿hay necesidad de hacer observar que al recordar esta necesidad de combatir a las personas en ciertas ocasiones no hemos buscado justificarnos nosotros mismos? Nuestro trabajo se mantiene alejado de toda polémica. Solamente quedamos más tranquilos recordando lo que acabamos de decir.
[10] Cf. la declaración, al principio de este siglo, de un concilio provincial español (Prov. Eclesiástica de Burgos): “Los peligros que corre la fe del pueblo cristiano, son numerosos, pero, digámoslo, se encierran en uno solo, que es su gran denominador común, el naturalismo… Llámese racionalismo, socialismo, revolución o liberalismo, será siempre, por su condición y esencia misma, la negación franca o artera, pero radical, de la fe cristiana, y, por consecuencia, importa evitarlo con premura y cuidado, tanto como importa salvar las almas”.
[11] Oeuvres complètes, T. V., p. 41.
[12] Cf. el elogio del cardenal Pie por Pío IX: “No solamente habéis enseñado siempre la buena doctrina, sino que, con el talento y elocuencia que os distingue, habéis tocado con tanta sagacidad y seguridad los puntos, que era necesario y oportuno aclarar, según la necesidad de cada día, que, para juzgar rectamente de las cuestiones y saber adoptar a ellas la conducta, bastará a cada uno el haberos leído…”. Carta de Pío IX al cardenal Pie en 1875, con ocasión de la publicación de sus obras.
[13] Oeuvres, t. VII, p. 183.
[14] Ibíd., t. VII, p. 191.
[15] Ibíd., t. VII, p. 192.
[16] Ibíd., t. VII, pp. 193-194.
[17] Ibíd., t. V, p. 41.
[18] Sum. Teol., Ia, IIae, q. 63, a. 3, conclus.
[19] Cardenal Pie, Oeuvres, t. V, p. 45.
[20] Sum. Teol. IIa IIae, q. 163, art. 2. “Tal es la doctrina de santo Tomás, mucho más racional que la que atribuye la caída de Adán al amor excesivo a su esposa. Dado el perfecto equilibrio de sus facultades, el desorden no podía ser introducido en él por el deseo  de un bien sensible, sino solamente por la complacencia en sí mismo y por el deseo de un bien intelectual o espiritual fuera de su alcance… De otro modo, no se explicaría la terrible ironía con que Dios le persiguió después de su caída: «He aquí que Adán ha llegado a ser como uno de nosotros». Para él también el primer pecado es interior, exento de error y de pasión, plenamente voluntario; el resto es ya accesorio; que Eva haya sido, para él, una ocasión de escándalo, que haya aceptado el fruto prohibido por complacerla poco importa. Había ya pecado en su corazón… Voluntariamente, Adán rechazó a Dios como a un Señor inoportuno y se colocó en el puesto del Creador, erigiéndose como el único centro de todo, como el único fin en sí…”. Cf. Monseñor Prunel, Cours de Religion, t. IV, pp. 33, 34, 35 (Beauchesne).
[21] No hay que extrañarse, tampoco, de que para poner remedio al mal contemporáneo atacándole en sus orígenes, la Providencia haya escogido, en nuestros días, como fuente de renovación cristiana y vía de salvación para la humanidad de hoy, una influencia cada vez mayor de María: de Aquella que, de una vez para siempre, ha herido el naturalismo en la cabeza y sacado a la humanidad de esta vía mortal por el «sí» total, sin remisión, en una entrega total a la obra de Dios en ella, el «sí» que ha pronunciado aceptando dar a Cristo su naturaleza humana, y por ello, aceptando, en el nombre de toda la humanidad, la venida de Dios a esta misma humanidad. Que aquella que ha pronunciado el «sí» total, que habían rehusado Lucifer y Adán y, por ello, ridiculizado para siempre su «no», reine cada vez más, es la única esperanza de resurrección para un mundo que ha exaltado la negación hasta el delirio. La Salette, Lourdes, Pontmain, Fátima, son las etapas de la «salvación» (Juan Daujat).
Por lo tanto, para ser completa, toda obra sobre la realeza social de nuestro Señor Jesucristo debe, al menos indicar como una prolongación inevitable de esta primera soberanía el reinado social de María… El orden social cristiano por el reinado social de María, tal es el título del opúsculo del R. P. Gabriel-Marie Jacques, de los hermanos de San Vicente de Paul (Editions du regne social de Marie, 29, rue de Lourmel, París 15e).
Cf. igualmente las memorias del Congreso de La Cité Catholique en Angers (1954), Verbe, núm. 64 y sup. Núm. 7.
[22] Epístola primera de San Juan, IV, 3. No es inútil citar aquí los tres primeros versículos de este capítulo IV. El apóstol del Amor, en efecto, nos pone en guardia a cada uno de nosotros: “Carísimos, no creáis a cualquier espíritu; sino examinad los espíritus si son de Dios, porque muchos seudoprofetas se han levantado en el mundo. Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiese que Jesucristo ha venido en carne (unión de lo sobrenatural y de lo natural) es de Dios; pero todo espíritu que no confiese a Jesús: qui solvit Jesum (separación de lo natural de lo sobrenatural), ése no es de Dios, es del Anticristo, de quien habéis oído que está para llegar, y que al presente se halla ya en el mundo…”.
[23] Monseñor Pie, comentando este pasaje, hace observar que el santo papa y doctor justificaba este aserto con un estudio completo de las herejías que se habían sucedido hasta su tiempo. “Enumeración curiosa —prosigue el obispo de Poitiers—, después de la cual, como observa el docto Thomassin, no queda a ninguno de los sistemas nacidos después de este gran papa, ni el mérito de la invención, ni el interés de la novedad. Los sofistas del siglo XIX, así como los sectarios del siglo XVI, vienen a colocarse a la cola de una larga serie de antepasados en una y otra de las categorías asignadas, desde antiguo, a los negadores de la encarnación. Esto es para nosotros el principio de una fuerza y nos da, a veces, la apariencia de un desdén que asombra. Nuestros contemporáneos sobre todo, muy poco familiarizados con la historia religiosa del pasado, se escandalizan fácilmente del poco alcance que damos a ciertos escritos, en que su apreciación incompetente había creído percibir puntos de vista nuevos y enteramente embarazosos para los defensores de la ortodoxia. No podríamos compartir su asombro ingenuo… Está permitido, sin faltar a la modestia, tener alguna conciencia de su fuerza, cuando se tiene el derecho de decir a los que se constituyen en innovadores: ‘Os conozco; hace siglos que os nombráis Simón, Carpocras, Cerinto, Ebión, Basilides, Marcion, Manes, Prisciliano, Valentino, Sabelio, Hermógenes, Arrio, Apolinar, Teodoro de Mopsueste, Celso, Portirio, Juliano, Nestorio, Pelagio, Eutiques, Ciro de Alejandría, Félix de Urgel etc.: en fin, en tiempos más cercanos Miguel Servet, Fausto, Socino, etc.’” Cardenal Pie, opus. cit., t. V, p. 121.
[24] “Estos hombres destruyen —dice Pío IX en Quanta cura, hablando de los naturalistas—, estos hombres destruyeron absolutamente la cohesión necesaria que, por voluntad de Dios, unió el orden natural y el orden sobrenatural…”.
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