sábado, 3 de mayo de 2008

A propósito de Revolución y Contra-revolución

"Finis Terrae" (revista de la Universidad Católica de Santiago de Chile), 2° trimestre de 1960, Año VII, N° 26

LOS LIBROS

PLINIO CORREA DE OLIVEIRA.— Revolución y Contrarrevolución. Ediciones Cris­tiandad, Barcelona, 1959.

por Osvaldo Lira P. SS. CC. (*)

(*) Padre Osvaldo Lira Pérez (1904-1996) de la Congregación de los Sagrados Corazones (SSCC), fue profesor de la Universidad Católica de Chile (Santiago) y de la Universidad Católica de Valparaíso. Uno de los más brillantes intelectuales chilenos de su tiempo, según diversas notas biográficas a su respecto.

El doctor Plinio Correa de Oliveira es una de las figuras fundamentales del mo­vimiento brasileño denominado Catolicis­mo y que edita la revista del mismo nom­bre. Tal como en las páginas de esta re­vista mencionada, en la obra cuyo co­mentario breve, más breve de lo que qui­siéramos, emprendemos ahora, se mani­fiesta una actitud robustamente, decidi­damente, absolutamente católica. Se tra­ta de una pequeña gran obra. Reducida en sus dimensiones —apenas unas ciento treinta páginas—, constituye una visión profunda y totalizadora de los males que aquejan a nuestro tiempo y que han ve­nido aquejando a la civilización cristia­na casi desde los momentos mismos de iniciarse sobre la faz de la tierra. Es, además, si no nos equivocamos, la única visión de este tipo que se ha expresado sobre ese conjunto de fenómenos. Esta­mos acostumbrados, demasiado acostum­brados, a conectarnos con obras más o menos profundas —más o menos super­ficiales— en las cuales se nos ofrece el análisis un tanto detallado a la vez que intrascendente de tal o cual revolución; pero no la visión profunda por totaliza­dora y unificadora de lo que es, así con mayúscula, LA REVOLUCION.
Sin embargo, este modo de ver extra­ordinario por insólito, es el único que nos puede procurar una noticia exacta, específica, y, por consiguiente, provecho­sa para la línea de conducta sin desfalle­cimientos que debemos adoptar como cristianos, de las revoluciones considera­das en conjunto. En otras palabras, de LA REVOLUCION.
Ya desde las prime­ras páginas de su obra, Correa de Olivei­ra sitúa el problema sobre bases sólidas, inconmovibles. "Ese enemigo terrible —nos dice— tiene su nombre: se llama Revolución. Su causa profunda es una explosión de orgullo y sensualidad que inspiró, si no un sistema, cuando menos toda una cadena de sistemas ideológicos. De la gran aceptación dada a éstos en el mundo entero, derivaron las tres gran­des revoluciones de la Historia de Occi­dente: la Pseudo-Reforma, la Revolución francesa y el comunismo" (pág. 9). Y al término de la obra en la página 135 nos concreta esa causa en las siguientes reveladoras palabras: "La primera, la grande, la eterna revolucionaria, inspira­dora y fautora suprema de esta Revolu­ción, así como de las que la precedie­ron y la sucedieron, es la Serpiente, cuya cabeza fue aplastada por la Virgen In­maculada. María es, pues, la Patrona de cuántos luchan contra la Revolución".
No tendría mayor originalidad esta afirmación si no hubiera sido precedida por el análisis minucioso y excepcional­mente agudo de las manifestaciones de esta única y gran Revolución. Sus ca­racteres, según Correa de Oliveira, son dos: el igualitarismo y el liberalismo. Al igualitarismo se ve arrastrada la Revolución por un orgullo que lleva al odio hacia toda superioridad, y por lo tanto a la afirmación de que la desigualdad es, en sí misma, en todos los planos, in­clusive y principalmente en el metafísi­co y religioso, un mal. Al liberalismo, em­pero, se ve abocada por una sensualidad que, de por sí, tiende a derribar todas las barreras, a no aceptar frenos y a rebelar­se contra toda ley o autoridad, sea divi­na o humana, eclesiástica o civil. Ahora, en cuanto a las modalidades concretas bajo las cuales se manifiesta, se nos apa­rece como universal, única, total, domi­nante y sometida a un proceso más o me­nos prolongado de desarrollo, exacerba­miento y virulencia progresiva capaz, por la variedad fisonómica en que se cor­poriza de ordinario, de desconcertar los espíritus más sagaces.
Realmente causa placer contemplar cómo el doctor Correa de Oliveira va aplicando con lógica de hierro este úni­co proceso revolucionario a todos los ór­denes de la vida humana, tanto de la vida cívica como eclesiástica. El espíritu igualitario tiene por resultado, en pri­mer lugar, suprimir toda desigualdad de trato entre los hombres y Dios, de don­de provienen el panteísmo, el inmamen­tismo y todas las formas esotéricas de religión cuyo objetivo último es "saturar a los hombres de propiedad divina" (pág. 55). Luego, en la esfera eclesiás­tica, suprimir el sacerdote dotado de los poderes de orden, magisterio y gobierno o, por lo menos, el sacerdocio con gra­dos jerárquicos. Además propende a la igualdad entre las diversas religiones con igual tratamiento para todas, en la es­fera política, por la supresión o atenua­ción de la desigualdad entre gobernan­tes y gobernados, desde el momento en que el poder no viene de Dios sino de la masa; en la esfera social, por la su­presión de las clases, en especial de las que se perpetúan por vía hereditaria; en la esfera económica, por la supresión de la propiedad privada, del derecho de ca­da cual al fruto íntegro de su propio tra­bajo y a la elección de su profesión; en los aspectos exteriores de la existencia, por la supresión de toda variedad relati­va a trajes, residencias, muebles, costum­bres, etc.; en las almas, por la extirpa­ción, obra y gracia de una propaganda habilísimamente dirigida, de todas las pe­culiaridades psicológicas, incluso las que separan y diferencian a los dos sexos en­tre sí, o a los jóvenes de los viejos o a los patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hi­jos, etc.; en el orden internacional, por la supresión de todos los Estados y la estructuración de un único y monstruoso Estado internacional, por la supresión de toda manifestación regionalista dentro del propio país. Por último, el iguali­tarismo revolucionario manifiesta y de­bía necesariamente manifestar un odio supremo a Dios, irreductiblemente designal a los hombres.
Por otro lado, Correa de Oliveira nos hace ver cómo se encuentran conjuga­dos el igualitarismo y el liberalismo, tan contradictorios en apariencia, por obra y gracia de la sensualidad. Al suprimir toda jerarquía en el alma, el liberalismo coincide con el igualitarismo, ya que su prurito de proclamar a tontas y a locas una libertad desorbitada proviene de que sólo quiere la libertad para el mal con el consiguiente estado de esclavitud para el bien. Por eso la Revolución niega el pecado y la Redención, concibiendo un individuo y unas masas irreprocha­bles e inmaculados, y, al mismo tiempo, dirige su odio contra las fuerzas arma­das consideradas en sí mismas (en es­pera de establecer otras a su amaño y semejanza) como expresión que son de toda serie de virtudes absolutamente contrarias al espíritu revolucionario.
Por la índole de la Revolución puede concebirse claramente la de la Con­trarrevolución.
Desde luego hay que dejar estableci­do que la Contra-Revolución no es la simple vuelta al pasado por aquello de que el tiempo no es ni puede ser rever­sible. La Contrarrevolución, como su nombre lo indica, es la lucha contra la Revolución. Pues bien, es evidente que no podemos luchar en las nubes ni con­tra fantasmas, y que, en virtud de este carácter realista de nuestra contienda, debemos desarrollarla contra la Revolu­ción in concreto, tal como existe en nues­tros propios días. Por consiguiente, con armas y procedimientos estratégicos pro­pios y peculiares de nuestros días tam­bién. Hay que restaurar la paz de Cristo en el Reino de Cristo: he aquí el aspec­to reaccionario de 1a Contrarrevolución, despojando al vocablo reaccionario de to­da la ganga de significaciones ilegítimas y torcidas de que lo ha ido cubriendo un uso tan torpe como indiscriminada. Pero hay que adaptar dicho Orden —la paz de Cristo en el Reino de Cristo— a las condiciones actuales, por lo cual ha­brá de diferir —sólo en sus características accidentales, naturalmente— del Orden reinante antes de la Revolución.
Correa de Oliveira reduce esas di­ferencias accidentales a tres tipos prin­cipales, en las páginas 84 y 85 de su obra:
Un profundo respeto a los de­rechos de la Iglesia y del Papado, y una santificación, en toda la extensión posible, de los valores de la vida tem­poral, como oposición al laicismo, al in­terconfesionalismo, al ateísmo y al pan­teísmo, así como a sus respectivas es­cuelas.
2°— Un espíritu de jerarquía marcan­do todos los aspectos de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la vida, por oposición a la metafísica igualitaria de la Revolución.
3°— Una diligencia en detectar y combatir el mal en sus formas embrio­narias o veladas, en fulminarlo con exe­cración y nota de infamia, y en casti­garlo con inquebrantable firmeza en to­das sus manifestaciones, y particularmen­te en las que atentaren contra la ortodo­xia y la pureza de las costumbres, todo ello por oposición a la metafísica liberal de la Revolución y a la tendencia de és­ta a dar libre curso y protección al mal.
Por eso la Contrarrevolución es tra­dicionalista y conservadora; no conser­vadora del pseudo-orden actual del Es­tado ateo y de la disolución familiar, si­no del conjunto de las tradiciones ver­daderamente cristianas. Por ello es tam­bién progresista en el auténtico sentido de la palabra, ya que pretende el apro­vechamiento de los valores naturales según la Ley de Dios. Quien dice progre­so, dice, ante todo y sobre todo, progre­so en el orden de los valores espiritua­les. Desde el momento en que la Con­trarrevolución los proclama como nece­sarios y procura restablecerlos en toda su pureza, tiene que ofrecérsenos como la expresión auténtica del progreso ver­dadero.
En cuanto a la táctica que debe desarrollar, no podemos menos que citar textualmente las siguientes palabras: "Es­ta acción (la contrarrevolucionaria) de­be ser hecha ante todo en la escala in­dividual. Nada más eficiente que la to­ma de posición contrarrevolucionaria franca y ufana de un joven universitario, de un oficial, de un profesor, de un sacerdote sobre todo, de un aristócrata o de un operario influyente en su medio. La primera reacción que se obtendrá se­rá a veces de indignación. Pero si se persevera durante un tiempo, que será más o menos largo según las circunstan­cias, se verá que poco a poco aparecen compañeros" (pág. 94). Como se ve, no va el pensamiento del doctor Correa de Oliveira por los caminos fáciles del di­simulo o de esa famosa y exasperante to­lerancia de que siguen dando tantas y tan funestas pruebas los católicos con­temporáneos que se hallan inficionados de liberalismo o relativismo filosófico, mucho más perverso que el económico aunque siempre necesariamente conec­tado con él como la causa a su efecto propio, o, más bien, a uno de sus efec­tos propios.
Naturalmente que, como no podía me­nos de suceder, la fuerza propulsora de la obra contrarrevolucionaria la sitúa el autor en la vida sobrenatural. El espíri­tu anticristiano, es con el espíritu cristia­no como debe vencerse. Y el espíritu cristiano no consiste en la simple concep­tualización de los dogmas revelados sino en su vivencia adecuada. Es decir, en su vivencia sobrenatural. Prius vita quam doctrina. A este precio, el dinamismo de la Contra-Revolución es incomparable­mente superior al de la Revolución, con­forme a las palabras de San Pablo cita­das por el autor en la página 115 de su trabajo: "Omnia possum in eo qui me confortat" (Philip. IV, 13). Sobre este supuesto totalizador, muy afin a la con­vicción de que la raíz revolucionaria no es la miseria económica, por más que se diga y proclame con insistencia tan machacona como incomprensiva de las dimensiones de la Revolución, podrán desarrollarse todas las tácticas adecua­das. Siempre fundados en la convicción de que no se debe ser nunca anti por fi­nalidad u objetivo sino por consecuen­cia.
La lectura de esta preciosa obrita del doctor Correa de Oliveira determinará y caldeará a los tibios y comunicará ener­gías y santas a los que se hallan decidi­dos a combatir por la verdad con todas las fuerzas de su alma. ¡Quiera Dios que el bien que pueda producir se conforme en todo a los deseos nobilísimos de su autor!

lunes, 24 de marzo de 2008

La antigua misa: ejemplo de contra-revolución tendencial

















La nueva misa: ejemplo de revolución tendencial
















La Revolución y Contra-revolución en las tendencias.

Hay un aspecto de la realidad que suscita muy poca atención dentro de las filas del catolicismo, me refiero a la influencia que ejercen las formas, los colores, los sonidos, los ambientes, las maneras en el trato social, etc., sobre los estados temperamentales de las personas, y, por consiguiente, en las ideas que estas elaboren de la realidad misma. Por ejemplo, es fácil comprender que un niño que crezca en un ambiente vulgar y grosero adopte como por osmosis esas actitudes y pasen para él a ser como que connaturales. Y por consecuencia de lo mismo, es fácil comprender que ese niño cuando sea mayor adopte ideas liberales y probablemente izquierdistas. Al contrario, un niño que crezca en un ambiente aristocrático, donde las normas y lenguaje en el trato personal sean refinados, o bien, en un ambiente modesto pero virtuoso, es fácil comprender que cuando sea mayor sus ideas sean conservadoras. Esto es así, porque lo normal, es que las ideas que uno adopte sean conformes al modo acostumbrado de vivir.
Llevando el mismo argumento al plano histórico podemos dar como ejemplo que Lutero y la irrupción de protestantismo difícilmente habrían obtenido éxito, si antes el ambiente creado por el humanismo y el renacimiento no le hubieran pavimentado el camino.
Las reformas litúrgicas introducidas en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II nos dan otro ejemplo muy vivo de cómo estas transformaciones favorecieron enormemente el debilitamiento de la fe, la proliferación de las herejías y la disminución abismante de fieles.
Los ideólogos llaman precisamente de “revolución cultural” al proceso de cambiar las mentalidades a través, no de las doctrinas, sino de los ambientes y las costumbres.
Este argumento ha sido, a mi ver, magistralmente desarrollado por el prof. Plinio Correa de Oliveira en su célebre ensayo Revolución y Contra-revolución. Que mejor que transcribir lo que él desarrolla en el cap. X de dicha obra titulado:

La cultura, el arte y los ambientes en la Revolución.

Así descritas la complejidad y amplitud que el proceso revolucionario tiene en las zonas más profundas de las almas, y por tanto de la mentalidad de los pueblos, es más fácil señalar toda la importancia de la cultura, de las artes y de los ambientes en la marcha de la Revolución.
1. La cultura
Las ideas revolucionarias proporcionan a las tendencias de las que nacieron, el medio de afirmarse con fueros de ciudadanía, a los ojos del propio individuo y de terceros. Ellas sirven al revolucionario para debilitar, en estos últimos, las convicciones verdaderas y así desencadenar o agravar la rebelión de las pasiones. Son inspiración y molde para las instituciones generadas por la Revolución. Esas ideas pueden encontrarse en las más variadas ramas del saber o de la cultura, pues es difícil que alguna de ellas no esté implicada, por lo menos indirectamente, en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución.
2. Las artes
En cuanto a las artes, como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se puede influenciar a fondo las mentalidades e inducir a personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revolucionario. Basta recordar la analogía entre el espíritu de la Revolución Francesa y las modas que durante ella surgieron. O entre las efervescencias revolucionarias de hoy y las presentes extravagancias de las modas y de las escuelas artísticas llamadas avanzadas.
3. Los ambientes
En cuanto a los ambientes, en la medida en que favorecen costumbres buenas o malas, pueden oponer a la Revolución las admirables barreras de reacción, o por lo menos de inercia, de todo cuanto es sanamente consuetudinario; o pueden comunicar a las almas las toxinas y las energías tremendas del espíritu revolucionario.
4. Papel histórico de las artes y de los ambientes en el proceso revolucionario
Por esto, en concreto, es necesario reconocer que la democratización general de las costumbres y de los estilos de vida, llevada a los extremos de una vulgaridad sistemática y creciente, y la acción proletarizante de cierto arte moderno, contribuyeron al triunfo del igualitarismo tanto o más que la implantación de ciertas leyes, o de ciertas instituciones esencialmente políticas.
Como también es preciso reconocer que quien, por ejemplo, consiguiese hacer cesar el cine o la televisión inmorales o agnósticos, habría hecho por la Contra-Revolución mucho más que si provocase la caída de un gabinete izquierdista, en la rutina de un régimen parlamentario.

jueves, 20 de marzo de 2008

¿Cómo puede el mundo odiar a Aquel que pasó haciendo el bien?

La foto reproduce un cuadro de Lucas Cranach, el viejo ( Siglo XVI ), conservada en el Museo de Gand: “La coronación de espinas”. En torno del Divino Redentor, maniatado y revestido de una púrpura de irrisión, se agrupan cinco figuras. En el primer plano, un hombre le extiende una vara a manera de cetro y, al mismo tiempo, en un saludo caricaturesco levanta el gorro y le saca la lengua. Al lado, otro alarga la boca en actitud de escarnio. Los demás, al fondo, se empeñan en fijar en la cabeza adorable del Salvador, a manera de corona, un inmenso gorro de espinas. En el centro, el Hijo de Dios, da muestras de dolor físico, mas sobre todo, de intenso sufrimiento moral, que supera el tormento corporal, y absorbe enteramente a la Víctima divina. Se diría que Nuestro Señor sufre con el rencor de estos miserables verdugos. Sin embargo, ese odio no es sino una pisca de un inmenso océano de rencor que se entiende, por así decir, más allá, hasta los confines del horizonte. Y es por ese océano que la mirada de Jesús se prolonga en dolorosa meditación.
El cuadro de Lucas Cranach focaliza un aspecto importantísimo de la Pasión: el contraste entre la santidad infinita y el amor inefable del Redentor, con la bajeza insondable y el implacable odio de los que lo mataron. En él se patentiza la oposición irreductible entre la Luz – “erat lux vera” (Juan, 1, 9) – y los hijos de las tinieblas, entre la Verdad y el error, el Orden y el desorden, el Bien y el mal.
“Popule meus, quid feci tibi? Aut in quo contristavi te?”“Oh pueblo mío, ¿qué mal te hice Yo, en qué te he contristado?” – Estas palabras, que la liturgia de Viernes Santo pone en los labios de Nuestro Señor, están bien en el centro del tema que acabamos de enunciar.
Que un hombre odie a quien le hace mal puede ser censurable, pero no es incomprensible. Sin embargo, ¿cómo puede un hombre odiar a quien en bueno, a quien que le hace el bien?
Este problema es casi tan viejo como la humanidad. ¿Por qué Caín odió a Abel? ¿Por qué los judíos persiguieron e incluso mataron a los profetas? ¿Por qué los romanos persiguieron a los cristianos?
Más recientemente, ¿Por qué fue derramada por los protestantes tanta sangre de mártires? ¿Por qué hizo lo mismo la Revolución Francesa, o la Revolución bolchevique en Rusia? ¿Cómo explicar el odio de los comunistas en la guerra civil española, en las persecuciones en México, en Hungría, en Yugoeslavia? La tierra aun llora la muerte del Cardenal Stepinac y uno se pregunta: ¿Por qué fue él tan odiado?
Bien sabemos que, formuladas así, tales preguntas parecerán a muchos un tanto simplistas. El odio de los enemigos de la Iglesia no siempre fue gratuito. No faltaron, por veces, también de parte de los católicos, provocaciones y excesos que generaron reacciones. De otro lado, hubo en cierto número de casos, equívocos, mal entendidos e incomprensiones que dieron lugar a violencias. Hubo entonces mártires, no porque la Iglesia fuese debidamente conocida y sin embargo odiada como tal, sino precisamente porque ella era desconocida o desfigurada indebidamente.
No negamos nada de esto. Sin embargo, reducir a estas causas el odio de las tinieblas contra la Luz, del mal contra el Bien, eso sí es singularmente simplificar el problema.
Es lo que en la Pasión se evidencia con claridad meridiana.
* * *
Notemos, primero que nada, que si los católicos pueden tener fallas, Nuestro Señor no las tuvo. Ya sea en cuanto al fondo y a ala forma, sea en cuanto al tacto y a la oportunidad con que enseñaba, sea aún en cuanto al carácter edificante de sus ejemplos, al valor apologético de sus milagros, y al aspecto santísimo y deslumbrante de su Persona, no podría haber duda alguna. Él no dio pretexto a ninguna objeción legítima, a ninguna queja sólida.
Por El contrario, sólo dio ocasiones a que lo adorasen y lo siguiesen. Entre tanto, también Él fue odiado, más odiado hasta que a sus fieles a lo largo de los siglos. ¿Cómo explicar esto? Es que en los hijos de las tinieblas hay un odio que se vuelca precisamente contra la Verdad y el Bien.
Es, pues, inútil querer atribuir todo a un mero juego de equívocos. Estos han existido, sin embargo, no resuelven el problema.
* * *
Alguno dirá tal vez que este odio es bien simple de explicar. La Ley de Dios es austera. Quien no quiere sujetarse a los sacrificios inherentes a la observancia de ella, desobedece y fácilmente se revela. La rebelión a su vez, genera odio, especialmente odio contra la Verdad y el Bien.
No negamos que, en la generalidad de los casos, esté ahí la raíz del odio contra Dios. Mas, para comprender el problema, es necesario no simplificar tanto.
Todo pecado es una ofensa a Dios. Sin embargo, hay pecadores que conservan alguna tristeza del mal que practican y cierta admiración por el bien que no hacen. Por esto, lamentan la vida que llevan, aconsejan a otros a no seguirles el ejemplo, y prestan honra a los que proceden bien. De esta actitud humilde proviene, muchas veces, que Nuestro Señor les conceda grandes gracias y ellos vuelvan al camino de la salvación.
Si sólo hubiese en Israel de estos pecadores, no creo que Jesús hubiese sido perseguido, y aun menos, crucificado. Si de esos fuese Caín, no habría, matado a Abel. Si todos los pecadores de la Historia hubiesen sido como esos, no habría ella registrado las horribles persecuciones de que hablamos arriba.
¿Cómo son, entonces, los pecadores que constituyen las almas rabiosas que mueven las persecuciones contra la Iglesia? Aquí está el problema.
* * *
El pecador entristecido y avergonzado de que tratamos no puede ser propiamente llamado un impío. El caerá en la impiedad, si de tal manera se embotase en el pecado, que lo hiciera perder la tristeza de practicarlo y la admiración por los que ejercen la virtud. Nacerá, entonces, de ahí una impiedad de primer grado, por así decir, que redundará en indiferencia por la Religión y por la moral. Al impío de este género, sólo sus intereses personales importan. Tanto se le da vivir en un ambiente bueno o malo: desde que gane dinero y haga carrera, o se divierta, cualquier cosa le sirve.
Evidentemente, esta impiedad es muy censurable. Fueron culpables de ella todos los que en Jerusalén asistieron a la Pasión como meros curiosos. Y los que a través de la Historia, hasta hoy en día, se juzgan en el derecho de presenciar la lucha entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas sin tomar partido, como una egoísta “tercera fuerza”. Pero, una vez más, gente de este tipo, de por sí, no habría practicado el deicidio.
* * *
Sin embargo, hay almas que van más lejos. Movidas por la sensualidad, por el orgullo, por otro vicio cualquiera, llevan la malicia tan lejos, de tal manera se identifican con el pecado, que llegan a sólo sentirse bien donde se lisonjeen sus malos hábitos, y a no soportar nada que constituya censura o hasta mero desacuerdo en relación a ellos. De ahí surge un odio a los buenos y al Bien, a los paladinos de la verdad y a la Verdad misma, que les da como que un ideal negativo. Voltaire lo expresó muy bien en su lema “écraser l’infâme” (¡“aplastar al infame”, esto es, al Verbo Encarnado!). Hacer de esto un anhelo de todos los momentos, el “ideal” de una vida, he aquí lo que es la quintaesencia de la impiedad. Gente así reúne todos los requisitos para planear, urdir y ejecutar la persecución. Si en Israel no hubiese gente así, Nuestro Señor no hubiese sido crucificado.
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Dios no niega su gracia a nadie. Impíos de estos también pueden convertirse, y de todo corazón. Con todo, cabe acrecentar que, en cuanto no lo hacen, ya tienen en esta tierra la más importante característica de los condenados al infierno.
Realmente, se piensa en general, que los condenados, si pudiesen, huirían todos para el Cielo. Esto no es verdad. Ellos tienen tanto odio a Dios, que aunque pudiesen librarse del fuego eterno en el cual están presos, no lo harían si tuviesen que con esto prestar a Dios un acto de amor y obediencia.
Tal es la fuerza de este odio. Y es a la luz de esto que se comprende bien lo que llamaríamos de impío de segundo grado.
Fue esta impiedad quintaesenciada la fuerza motriz que animó a la Sinagoga a la rebelión contra el Mesías. Fue ella la que movió la lucha de los impíos contra la Iglesia, contra los buenos católicos, en el decurso de los siglos.
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Hijos de las tinieblas… esos son los impíos. Príncipe de la tinieblas, ese es Satanás. ¿Qué relación existe entre ellos? Judas era un hijo de las tinieblas. Nos dice el Evangelio que el demonio entró en él (Luc. 22, 3). Sabemos por la Fe que “andan por el mundo para perder las almas” espíritus malignos. Cuando el demonio consigue realizar en un alma su obra completa, llévala a este estado de impiedad. Recíprocamente, un alma así es campo abierto para las tentaciones del demonio. Es fácil ver, pues, que tales impíos son los mejores auxiliares del infierno en la lucha contra la Iglesia.
* * *
Señor, en esta hora de misericordia en que consideramos vuestro Cuerpo sacrosanto verter por todos lados vuestra Sangre redentora, Os pedimos, por los méritos infinitos de esa misma sangre preciosísima y por las lagrimas de vuestra y nuestra Madre, nos mantengáis muy lejos de cualquier impiedad: “no permitas que nos separemos de Ti”, de todo corazón Os lo imploramos.
Por toda parte por donde los impíos persiguen a los hijos de la luz, y muy especialmente en la Iglesia del Silencio, sed la fuerza de los perseguidos, no sólo para que no desfallezcan, como para que se levanten, se articulen, y aplasten a vuestros adversarios. Por el Inmaculado Corazón de María, Os lo rogamos.
Y, ya que en la ultima hora prometisteis el Paraíso al buen ladrón, Señor, por los méritos de vuestra agonía Os suplicamos, en unión con María, que vuestra misericordia descienda hasta los antros ocultos de la impiedad, a fin de convidar para las vías de la virtud a vuestros peores adversarios.
Y aun por misericordia, Señor, confundid, humillad y reducid a la entera impotencia a los que, rechazando los más extremos apelos de vuestro amor, persisten en trabajar para destruir la civilización cristiana y hasta – como si fuese posible – vuestra Esposa mística, la Santa Iglesia.
Este artículo es autoría de Plinio Corrêa de Oliveira y fue publicado en la revista Catolicismo N°112 de abril de 1960.

sábado, 1 de marzo de 2008

VERDADES OLVIDADAS

“No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (APOSTOL SAN JUAN 1a Carta, 2, 15-17).

viernes, 29 de febrero de 2008

La necesidad de un ser eterno prueba la existencia de Dios

Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría existir; luego existe un ser eterno. Es así que ese ser eterno es Dios; luego Dios existe.
1º Que existe algo es evidente.
Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era necesario que existiera un primer ser eterno, para dar la existencia a los otros.
Este ser eterno es Dios. El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una duración sin principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza, a su esencia, al modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego es infinito en toda clase de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego Dios existe.
4º Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo, luego es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario. Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.
Hillaire, LA RELIGION DEMOSTRADA

domingo, 10 de febrero de 2008

San Ignacio y la caballería medieval

Ignacio nació en el norte de España en 1491 en el Castillo de Loyola. El hijo menor de Don Beltrán, Señor de Oñaz y Loyola, que entró en servicio en la corte del rey Fernando V a los 15 años. Él optó por seguir una carrera militar.
En el sitio de Pamplona, fue herido en la pierna derecha por una bala de cañón. Durante su convalecencia mató el tiempo leyendo la vida de los santos y llegó a comprender que la Iglesia también tenía una milicia para defender los intereses de Dios, el Señor de los ejércitos.
En Montserrat, Ignacio puso su espada en el altar de la Santísima Virgen. Fundó la Compañía de Jesús con el objetivo de la luchar contra el protestantismo, el jansenismo y el neo-paganismo de su tiempo.
Escribió el libro de los Ejercicios Espirituales para formar a sus discípulos. Escogió como lema de su Sociedad: ad majorem Dei gloriam - Todo para mayor gloria de Dios [AMDG].
Murió el 31 de julio de 1556 pronunciando el nombre de Jesús.

A continuación incluimos un comentario de Plinio Correa de Oliveira:

Trataré de describir la nota clave de la obra de San Ignacio, el sentido más profundo de su conversión, que determinará el resto de su vida.
San Ignacio vivió en una época en que la tradición de la caballería medieval seguía existiendo y aún tenía una fuerte influencia. En sus Ejercicios Espirituales se verifica la presencia de esta tradición. Por ejemplo, tomando la parábola del rey que es un gran general y que invita a sus caballeros a luchar con él, San Ignacio hace esta pregunta: "¿Quién sería tan vil como para rechazar una invitación de ese tipo?"
Es una pregunta muy válida y un muy buen argumento para mover espiritualmente a la persona que hace los Ejercicios. Pero lo que me gustaría destacar es el telón de fondo de la escena, que es el ambiente feudal. San Ignacio describía el sistema feudal del vasallaje, en el que un caballero le debe obediencia a su señor, e indica la deslealtad de los nobles que no siguen a su rey. San Ignacio da por hecho que la persona se propone convertirse en un caballero medieval. También en sus Ejercicios Espirituales encontramos otra confirmación de este espíritu; en la meditación sobre los dos estandartes: el de Cristo, nuestro Comandante en jefe, y el de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana.
En la época de San Ignacio, la caballería estaba en decadencia. En su mayoría los estilos y rituales caballerescos seguían siendo los mismos, sin embargo, una parte esencial había cambiado.Me refiero a la dedicación de los caballeros al servicio de Dios, de la Virgen, y de la Santa Iglesia. El ideal de una completa renuncia al mundo, a fin de dedicar la vida por completo a la lucha sobrenatural había fallecido. El caballero de ese tiempo ya no era un caballero de la Iglesia Católica. Su vida estaba dedicada a servir a su rey y su dama. La noción de una caballería sagrada estaba muriendo (En la foto el Papa Paulo III da aprobación de la Compañia de Jesús).
La conversión de San Ignacio tuvo lugar durante ese tiempo. Durante su convalecencia, su primer deseo era leer romances de caballería, pero no había de estos libros en el castillo. Para pasar el tiempo, no le quedó más que leer la vida de los santos, ya que era lo único que había a la mano. Sin embargo, a medida que iba leyendo, se dio cuenta del gran ideal de los santos como guerreros de Dios, y una sublime noción del ideal de caballería se apoderó de su espíritu. Esta sublimación representó, por una parte, el retorno al antiguo ideal sobrenatural de la caballería medieval, y por otra, a un ideal más perfecto de la caballería medieval.
Cuando decidió fundar la Compañía de Jesús, lo hizo pensando hacer una orden de caballería, una orden militar. Compañía de Jesús es el nombre que escogió para su obra. Compañía significa ejército. Quería fundar una orden exclusivamente dirigida a la lucha por la Iglesia, dejando de lado cualquier otra preocupación temporal. Lo que él hizo, fue restaurar la caballería sacra.
La caballería que fundó no tenía el orden sacramental de caballería; tenía el del sacerdocio, es decir, una participación en el sacramento del Orden Sagrado. Los nuevos sacerdotes-guerreros que él preveía, serían un nuevo estilo de combatientes, serían guerreros que no derramarían sangre, pero entrarían en la batalla como respuesta al nuevo método de ataque inaugurado por los enemigos. Lucharían por medio de la palabra: la predicación, la enseñanza, escuchando confesiones y convirtiendo a las personas, con el fin de conquistar el mundo para Nuestro Señor Jesucristo (en la foto, San Ignacio envía a San Francisco Javier a misionar a la India).
Formar una orden religiosa con el espíritu militar fue el ideal de San Ignacio. La Compañía de Jesús es un ejército, su jefe es un general, su jerarquía es militar, la obediencia es militar, la acción es combativa y llevada en un estilo militante.
Esta fue la razón por la cual la compañía de Jesús fue tan combativa – y también tan combatida por los enemigos.
Podemos entender cuán diferente es hoy la Compañía de Jesús cuando la vemos promoviendo todo tipo de reconciliación con los enemigos de la Iglesia.
Pidamos a San Ignacio la restauración de su obra, que ayude a restaurar la Santa Iglesia, inmersa en la enorme crisis en que ella ha caído desde el Vaticano II, y que nos dé su espíritu de combatividad y amor a la causa católica.

lunes, 4 de febrero de 2008

Oración a las Manos Poderosas de Jesús

Oración compuesta por Juana Fernández Solar (1900-1920, conocida siendo religiosa carmelita como Santa Teresa de los Andes), siendo alumna del colegio de las monjas del Sagrado Corazón. Esta oración fue copiada por una compañera de su curso.

"Aquí vengo con la fe de un alma cristiana a buscar tu misericordia, en situación tan angustiosa para mi. No me desampares y las puertas que quieran abrirse en mi camino sean tus Poderosas Manos las que las dejen abiertas, si ha de volver mi tranquilidad tanto tiempo deseada.
A tus pies dejo esta súplica que te hace mi alma afligida y que sólo pueden venir en mi ayuda tus Manos Poderosas.
Ayúdame a ser buena cristiana, haciendo buenas obras, en hechos y palabras, y así obtener de tu infinita misericordia, el perdón por las culpas y errores que he cometido en mi existencia".
Rezar un Padrenuestro
Esta oración se reza 15 días. A los 8 días se alcanza lo que se pide, por difícil que parezca.
Señor mío Jesucristo, me pesa de todo corazón de haberos ofendido por ser Vos tan bueno y tan digno de ser amado, te prometo con la ayuda de tu gracia, nunca más pecar. Amén.


sábado, 2 de febrero de 2008

El Reino de Cristo

La Iglesia Católica fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo para perpetuar entre los hombres los beneficios de la Redención. Por lo tanto, la finalidad de la Iglesia se identifica con la misma finalidad de la Redención. Esto es:
1º Expiar los pecados de los hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
2º Restituir así a Dios la gloria extrínseca que el pecado le había robado y;
3º Abrir a los hombres las puertas del cielo.
Esta finalidad se realiza toda en el plano sobrenatural, y con vistas a la vida eterna. Ella trasciende absolutamente todo cuanto es meramente natural, terreno, perecible. Fue lo que Nuestro Señor Jesucristo afirmó, cuando dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”. (Juan, XVIII, 36)
La vida terrena, por lo tanto, se diferencia profundamente de la vida eterna. Mas, estas dos vidas no constituyen dos planos absolutamente aislados uno del otro. Hay en los designios de la Providencia una relación íntima entre la vida terrena y la eterna. La vida terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de Cristo no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino por el cual llegaremos a él.
Así como la Escuela Militar es el camino para la carrera de las armas, o el noviciado es el camino para el definitivo ingreso en una orden religiosa, así la tierra es el camino para el cielo.
Tenemos un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta alma es creada con un tesoro de aptitudes naturales para el bien, enriquecidas por el bautismo con el don inestimable de la vida sobrenatural de la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Nos compete, durante esta vida, desarrollar hasta su plenitud estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios, que era en algún sentido aun incompleta y meramente potencial, se torna plena y actual.
La semejanza es la fuente del amor. Haciéndonos plenamente semejantes a Dios, somos capaces de amarlo plenamente y de atraer sobre nosotros la plenitud de su amor.
Quedamos así, preparados para la contemplación de Dios cara a cara, y para aquél eterno acto de amor, plenamente feliz, para el cual somos llamados en el cielo.
La vida terrena es, pues, un noviciado en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es ver a Dios cara a cara y amarlo por toda la eternidad.
Presentando la misma verdad en otros términos, podemos decir que Dios es infinitamente puro, infinitamente justo, infinitamente fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la pureza, la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? Por otro lado, siendo Dios el sumo Bien, ¿cómo puede El amar el mal? Siendo la semejanza la fuente del amor, ¿cómo puede amar El a quien es totalmente desemejante a El, a quien es conciente y voluntariamente injusto, cobarde, impuro, malo?
Dios debe ser adorado y servido sobretodo en espíritu y en verdad (Juan, IV, 25). Así, es necesario que seamos puros, justos, fuertes buenos, en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si nuestra alma es buena, todas nuestras acciones lo deben ser necesariamente, pues el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mateo, VII, 17-18). Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos el cielo, no sólo que en nuestro interior amemos el bien y detestemos el mal, sino que por nuestras acciones practiquemos el bien y evitemos el mal.
Pero la vida terrena es más que el camino de la eterna bienaventuranza. ¿Qué haremos en el cielo? Contemplaremos a Dios cara a cara a la luz de la gloria, que es la perfección de la gracia, y Lo amaremos eternamente y sin fin. Ahora bien, el hombre ya goza de la vida sobrenatural en esta tierra por el bautismo. La fe es una semilla de la visión beatífica. El amor de Dios, que el hombre practica creciendo en la virtud y evitando el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará a Dios en el cielo.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: El ideal de la perfección social

Si admitiéramos que en determinada población la generalidad de los individuos practicara la ley de Dios, ¿qué efecto se puede esperar de allí para la sociedad?
Esto equivale a preguntarse si, en un reloj, cada pieza trabaja según su naturaleza y su fin, ¿qué efecto se puede esperar de allí para el reloj? O, si cada parte de un todo es perfecta, ¿qué se debe decir del todo?
Hay siempre un riesgo en ejemplificar con cosas mecánicas, en asuntos humanos. Atengámonos a la imagen de una sociedad en que todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por San Agustín: imaginemos “un ejército constituido por soldados como los forma la doctrina de Jesucristo, gobernadores, maridos, esposos, padres, hijos, maestros, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores de impuestos como los quiere la doctrina cristiana. ¡Y osen (los paganos) aún decir que esa doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Por el contrario, deben reconocer sin dudar que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando es fielmente observada” (Epist. CXXXVII, al. 5 ad Marcellinum, cap. II, n.15).
Y en otra obra, el santo doctor apostrofando la Iglesia Católica exclama: “Conduces e instruyes a los niños con ternura, a los jóvenes con rigor, los ancianos con calma, como compete a la edad no solo del cuerpo sino también del alma. Sometes a las esposas a sus maridos, por una casta y fiel obediencia, no para saciar la pasión, sino para propagar la especie y constituir la sociedad doméstica. Confieres autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de la fragilidad de su sexo, sino para que sigan las leyes de un sincero amor. Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad. Unes no solo en sociedad, mas en una como que fraternidad los ciudadanos a los ciudadanos, las naciones a las naciones, y los hombres entre sí, por el recuerdo de sus primeros padres. Enseñas a los reyes a velar por los pueblos y prescribes a los pueblos que obedezcan a los reyes. Enseñas con solicitud a quien se debe la honra, a quien el afecto, a quien el respeto, a quien el temor, a quien el consuelo, a quien la advertencia, a quien el estímulo, a quien la corrección, a quien la reprimenda, a quien el castigo; y haces saber de qué modo, si no todas las cosas a todos se deben, a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia” (De Moribus Ecclesiae, cap. XXX, n.63).
Sería imposible describir mejor el ideal de una sociedad enteramente cristiana. ¿Podría en una sociedad el orden, la paz, la armonía, la perfección ser llevada a límite más alto? Una rápida observación nos basta para completar el asunto. Si hoy en día todos los hombres practicasen la Ley de Dios, ¿no se resolverían rápidamente todos los problemas políticos, económicos, sociales que nos atormentan? ¿Y qué solución se podrá esperar para ellos mientras los hombres viviesen en la inobservancia habitual de la Ley de Dios?
Se podría uno preguntar, ¿la sociedad humana realizó alguna vez este ideal de perfección? Sin duda que sí. Lo dice el inmortal Papa León XIII: operada la Redención y fundada la Iglesia, “como que despertando de antigua, larga y mortal letargia, el hombre percibió la luz de la verdad que había procurado y deseado en vano durante siglos; reconoció sobre todo que había nacido para bienes mucho más altos y mucho más magníficos que los bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos, y en torno a los cuales había hasta entonces circunscrito sus pensamientos y sus preocupaciones. Comprendió que toda la constitución de la vida humana, la ley suprema, el fin a que todo se debe sujetar, es que, venidos de Dios, un día debamos retornar a El.”
“De esta fuente, sobre este fundamento, se vio renacer la conciencia de la dignidad humana; el sentimiento de que la fraternidad social es necesaria hizo entonces pulsar los corazones; en consecuencia, los derechos y los deberes alcanzaron su perfección, o se fijaron íntegramente, y, al mismo tiempo, en diversos puntos se expandieron virtudes tales, como la filosofía de los antiguos ni siquiera pudo jamás imaginar. Por esto, los designios de los hombres, la conducta de la vida, las costumbres, tomaron otro rumbo. Y cuando el conocimiento del Redentor se expandió a lo lejos, cuando su virtud hasta las fibras íntimas de la sociedad, disipando las tinieblas y los vicios de la antigüedad, entonces se operó aquella transformación que, en la era de la Civilización Cristiana, mudó enteramente la faz de la tierra”
(León XIII, Encíclica “Tamesti futura prospiscientibus”, 1/IX/1900).
El Reino de Dios se realiza en su plenitud en el otro mundo. Pero para todos nosotros, él se comienza a realizar en estado germinativo ya en este mundo. Tal como en un noviciado ya se practica la vida religiosa, aunque en estado preparatorio; y en una escuela militar, un joven se prepara para el ejército, viviendo la propia vida militar.
Y la Santa Iglesia Católica ya es en este mundo una imagen, y más que esto, una verdadera anticipación del cielo.
Por esto, todo cuanto los santos Evangelios nos dicen del reino de los cielos puede con toda propiedad y exactitud ser aplicado a la Iglesia Católica, a la fe que ella nos enseña, a cada una de las virtudes que ella nos inculca.
Este es el sentido de la fiesta de Cristo Rey. Rey celestial ante todo. Pero Rey cuyo gobierno ya se ejerce en este mundo. Es rey quien posee de derecho la autoridad suprema y plena. El rey legisla, dirige y juzga. Su realeza se hace efectiva cuando sus súbditos reconocen sus derechos y obedecen a sus leyes. Ahora bien, Jesucristo posee sobre nosotros todos los derechos. El promulgo leyes, dirige el mundo y juzgará a los hombres. Debemos, por lo tanto, tornar efectivo el Reino de Cristo obedeciendo sus leyes.
Este reinado es un hecho individual, en cuanto considerado en la obediencia que cada alma fiel presta a Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, el reinado de Jesucristo se ejerce sobre las almas: y por esto, el alma de cada uno de nosotros es una parcela del campo de jurisdicción de Cristo Rey. Ahora bien, el reinado de Cristo será un hecho social si las sociedades humanas le prestaren obediencia.
Se puede decir, que el Reino de Cristo se hace efectivo en la tierra en su sentido individual y social, cuando los hombres en lo íntimo de su alma como en sus acciones, y las sociedades en sus instituciones, leyes, costumbres, manifestaciones culturales y artísticas, se conforman con la Ley de Cristo.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: El orden, la armonía, la paz y la perfección

El orden, la paz, la armonía, son características esenciales de toda alma bien formada, de toda sociedad humana bien constituida. En cierto sentido, son valores que se confunden con la propia noción de perfección.
Todo ser tiene un fin que le es propio, y una naturaleza adecuada a la obtención de ese fin. Así, una pieza de reloj tiene un fin que le es propio, y por su forma y composición, es adecuada a la realización de su fin.
El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza. Así, un reloj está en orden, si cada una de sus piezas están ordenadas según su naturaleza y el fin que le es propio. Se dice que hay orden en el espacio sideral porque todos los cuerpos celestes están ordenados según su naturaleza y su fin.
Existe armonía cuando las relaciones entre los seres son conformes a la naturaleza y fin de cada cual. La armonía es el operar de las cosas, unas en relación a las otras, según el orden.
El orden engendra la tranquilidad. La tranquilidad del orden es la paz. No cualquier tranquilidad merece ser llamada paz, sino tan solo la que resulta del orden. La paz de conciencia es la tranquilidad de la conciencia recta: no puede confundirse con el letargo de la conciencia embotada. El bienestar orgánico produce una sensación de paz que no puede ser confundida con la inercia del estado de coma.
Cuando un ser está enteramente dispuesto según su naturaleza, está en estado de perfección. Así, una persona con gran capacidad para el estudio, gran deseo de estudiar, puesta en una universidad en que haya todos los medios para hacer los estudios que desea, está puesta, desde el punto de vista de los estudios, en condiciones perfectas.
Cuando las actividades de un ser están enteramente dispuesto según su naturaleza, , y tienden enteramente para su fin, estas actividades son, de algún modo, perfectas. Así, la trayectoria de los astros es perfecta, porque corresponde enteramente a la naturaleza y al fin de cada cual.
Cuando las condiciones de un ser son perfectas, sus operaciones lo son también, y él tenderá necesariamente para su fin, con el máximo de la constancia, del vigor y del acierto. Así, si un hombre está en condiciones perfectas para caminar, es decir, sabe, quiere y puede caminar, caminará de modo irreprensible.
El verdadero conocimiento de lo que sea la perfección del hombre y de las sociedades depende de una noción exacta sobre la naturaleza y del fin del hombre.
El acierto, la fecundidad, el esplendor de las acciones humanas, sean individuales o sean sociales, también depende del conocimiento de nuestra naturaleza y fin.
En otros términos, la posesión de la verdad religiosa es la condición esencial del orden, de la armonía, de la paz y de la perfección.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: La perfección cristiana

El Evangelio nos señala un ideal de perfección: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo, V, 48). Este consejo que nos fue dado por Nuestro Señor Jesucristo, El mismo nos lo enseña a realizar. En efecto, Jesucristo es la semejanza absoluta de la perfección del Padre celestial, es el modelo supremo que todos debemos imitar.
Nuestro Señor Jesucristo, sus virtudes, sus enseñanzas, sus acciones, son el ideal definido de la perfección para el cual el hombre debe tender.
Las reglas de esta perfección se encuentran en la Ley de Dios, que Nuestro Señor Jesucristo “no vino a abolir sino a completar” (Mat. V, 17), y en los preceptos y consejos evangélicos. Y para que el hombre no cayese en error en el interpretar los mandamientos y los consejos, Nuestro Señor Jesucristo instituyó una Iglesia infalible, que tiene el amparo divino de nunca errar en materia de fe y de moral. La fidelidad de pensamiento y de acciones en relación al magisterio de la Iglesia es el modo por el cual todos los hombres pueden conocer y practicar el ideal de perfección que es nuestro Señor Jesucristo.
Fue lo que hicieron los santos, que practicando de modo heroico las virtudes que la Iglesia enseña, realizaron la imitación perfecta de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre celestial. Es tan verdadero que los santos llegaron a la más alta perfección moral, que los propios enemigos de la Iglesia, cuando no los ciega el furor de la impiedad, lo proclaman. De San Luis, rey de Francia, por ejemplo, escribió Voltaire: “No es posible al hombre llevar más lejos la virtud”. Lo mismo se podría decir de todos los santos.
Dios es el autor de nuestra naturaleza, y, por lo tanto, de todas las aptitudes y excelencias que en ella se encuentran. En nosotros, lo único que no proviene de Dios son los defectos frutos del pecado original y de los pecados actuales.
El Decálogo no podría ser contrario a la naturaleza que el propio Dios creó en nosotros; pues, siendo Dios perfecto, no puede haber contradicción en sus obras.
Por esto, el Decálogo nos impone acciones que nuestra propia razón nos muestra que son conformes con la naturaleza, como honrar padre y madre, y nos prohíbe acciones que por la simple razón vemos que son contrarias al orden natural, como la mentira.
En esto consiste, en el plano natural la perfección intrínseca de la Ley, y la perfección personal que adquirimos practicándola. Esto es así, porque todas las acciones conformes a la naturaleza del agente son buenas.
Pero, por consecuencia del pecado original, quedó el hombre con propensión a practicar acciones contrarias a su naturaleza rectamente entendida. Así, quedó sujeto al error en el terreno de la inteligencia, y al mal en el campo de la voluntad. Tal propensión es tan acentuada que, sin el auxilio de la gracia, no sería posible a los hombres conocer ni practicar durablemente los preceptos del orden natural. Para remediar esta insuficiencia en el hombre, Dios reveló a Moisés el Decálogo; instituyó en la Nueva Alianza, una Iglesia destinada a protegerlos contra los sofismas y las transgresiones del hombre; por medio de los Sacramentos los auxilia y fortalece con su gracia.
La gracia es un auxilio sobrenatural, destinado a robustecer la inteligencia y la voluntad del hombre para permitirle la práctica de la perfección. Dios no niega su gracia a nadie. La perfección es, por lo tanto, accesible a todos.
¿Puede un pagano conocer y practicar la Ley de Dios? ¿Recibe él la gracia de Dios? Es necesario distinguir. En principio, todos los hombres que tienen contacto con la Iglesia Católica reciben la gracia suficiente para conocer que ella es verdadera, ingresar en ella y practicar los mandamientos. Si alguien se mantiene voluntariamente fuera de la Iglesia, si es infiel porque rechaza la gracia de la conversión, que es el punto de partida de todas las otras gracias, cierra para sí las puertas de la salvación. Pero si alguien no tiene medios de conocer a la Santa Iglesia – un pagano, por ejemplo, cuyo país no haya recibido la visita de misioneros – tiene la gracia suficiente para conocer, por lo menos, los principios más esenciales a la Ley de Dios y practicarlos, pues Dios a nadie niega la salvación.
Es necesario, sin embargo, observar que si la fidelidad a la Ley exige sacrificios a veces heroicos de los propios católicos que viven en el seno de la Iglesia, bañados por la superabundancia de la gracia y de todos los medios de santificación, mucho mayor aún es la dificultad que tienen en practicarla los que viven lejos de la Iglesia, y fuera de esta superabundancia. Es lo que explica el hecho de ser tan raros – verdaderamente excepcionales – los gentiles que practican la Ley.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: La Civilización Cristiana y la Cultura Cristiana

¿Qué es esta luminosa realidad, hecha de un orden y una perfección más sobrenatural y celeste que natural y terrena, que se llamó Civilización Cristiana, producto de la cultura cristiana, la cual, a su vez, es hija de la Iglesia Católica?
Por cultura del espíritu podemos entender el hecho que determinada alma no se encuentra abandonada al juego desordenado y espontáneo de las operaciones de las potencias – inteligencia, voluntad y sensibilidad –, sino que por el contrario, por un esfuerzo ordenado y conforme a la recta razón adquirió en estas tres potencias algún enriquecimiento: así como el campo cultivado no es aquél que hace fructificar todas las semillas que el viento deposita en él caóticamente, sino es el que, por efecto del trabajo recto del hombre, produce algo de útil y bueno.
En este sentido, la cultura católica es el cultivo de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad según las normas y la moral enseñada por la Iglesia. Ya vimos que ella se identifica con la propia perfección del alma. Si ella existiere en la generalidad de los miembros de una sociedad humana (aunque en grados y modos acomodados a la condición social y a la edad de cada cual) ella será un hecho social y colectivo. Y constituirá un elemento – el más importante – de la propia perfección social.
Civilización es el estado de una sociedad humana que posee una cultura, y que creó, según los principios básicos de esta cultura, todo un conjunto de costumbres, de leyes, de instituciones, de sistemas literarios y artísticos propios.
Si Jesucristo es el verdadero ideal de perfección de todos los hombres, una sociedad que aplique todas sus leyes tiene que ser una sociedad perfecta. La cultura y la civilización nacida de la Iglesia de Cristo tienen que ser forzosamente no solo la mejor civilización, sino la única verdadera. Lo dice el santo Pontífice Pío X: “No hay verdadera civilización sin civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sino con la religión verdadera” (Carta al episcopado francés del 28-VII-1910, sobre Le Sillon). De donde se deduce con evidencia cristalina que no hay verdadera civilización sino como resultado y fruto de la verdadera religión.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: La Iglesia y la Civilización Cristiana

Se engaña singularmente quien supusiere que la acción de la Iglesia sobre los hombres es meramente individual, y que ella solo forma personas, y no pueblos, ni culturas, ni civilizaciones.
En efecto, Dios creó al hombre naturalmente sociable, y quiso que los hombres, en sociedad, trabajasen los unos por la santificación de los otros. Por esto, también nos creó influenciables. Tenemos todos, por la propia presión del instinto de sociabilidad, la tendencia de comunicar en cierta medida nuestras ideas a los otros, y, a recibir la influencia de ellos. Esto se puede afirmar en las relaciones de individuo a individuo, y del individuo con la sociedad. Los ambientes, las leyes, las instituciones en que vivimos ejercen efecto sobre nosotros, tiene sobre nosotros una acción pedagógica.
Resistir enteramente a este ambiente, cuya acción ideológica nos penetra hasta por osmosis y como que por la piel, es obra de alta y ardua virtud. Y por esto los primitivos cristianos no fueron más admirables enfrentando a las fieras del Coliseo, que cuando mantenían íntegro su espíritu católico aún viviendo en el ceno de una sociedad pagana.
De este modo, la cultura y la civilización son medios fortísimos para actuar sobre las almas. Actuar para su ruina, cuando la cultura y la civilización son paganas. Para su edificación y salvación, cuando son católicas.
¿Cómo puede entonces, la Iglesia desinteresarse en producir una cultura y una civilización, contentándose sólo en actuar sobre cada alma a título meramente individual?
Además, toda alma sobre la cual la Iglesia actúa, y que corresponde generosamente a esa acción, es como un foco y una simiente de esta civilización, que ella expanda y activa en torno de sí. La virtud trasparece y contagia. Contagiando se propaga. Actuando y propagándose tiende a transformarse en cultura y civilización católicas.
Como vemos, lo propio de la Iglesia es producir una cultura y civilización cristiana. Es producir todos sus frutos en una atmósfera social plenamente católica. El católico debe aspirar a una civilización católica como el hombre encarcelado en un subterráneo desea el aire libre, y el pájaro aprisionado ansía por recuperar los espacios infinitos del cielo.
Y esta es nuestra finalidad, nuestro gran ideal. Caminamos hacia la Civilización Católica como podrá nacer de los escombros del mundo de hoy, como de los escombros del mundo romano nació la civilización medieval. Caminamos hacia la conquista de este ideal, con el coraje, la perseverancia, la resolución de enfrentar y vencer todos los obstáculos, con que los cruzados marcharon hacia Jerusalén. Porque si nuestros mayores supieron morir para conquistar el sepulcro de Cristo, ¿cómo no queremos nosotros – hijos de la Iglesia como ellos – luchar y morir para restaurar algo que vale infinitamente más que el preciosísimo sepulcro del Salvador, esto es, su reinado sobre las almas y las sociedades, que El creó y salvó para que Lo amasen eternamente?

Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

sábado, 22 de diciembre de 2007

EL CONCILIO VATICANO II Y LA RUPTURA CON EL MAGISTERIO

Constantemente se nos dice que el Concilio Vaticano II siguió la misma línea de los concilios anteriores y que la única diferencia, es que tuvo un carácter más bien pastoral y que por lo mismo, debe ser interpretado dentro de la continuidad del Magisterio. Pero en la realidad, esto último no es posible, porque quienes dicen interpretarlo dentro de dicha “continuidad”, terminan aceptando todos los errores y desviaciones que han surgido de ese mismo Concilio con la mayor tranquilidad del mundo. Y esto es simplemente porque es imposible hacerlo, ya que no existe dicha continuidad. Entre los propósitos que nos hemos empeñado en este blog es denunciar los engaños, y éste es el mayor de todos, es la impostura religiosa más descarada que se haya podido imaginar. Es con el mayor dolor del alma que lo decimos. Creemos que por fidelidad a la fe católica debemos resistir y no quedarnos pasivamente como observadores frente a esta verdadera pasión que está sufriendo la Iglesia.
No vamos a hacer aquí un análisis doctrinario del concilio, ya que sería muy extenso, solamente vamos a citar a importantes personeros eclesiásticos que confirman que el Vaticano II rompe con la tradición de la Iglesia, como vemos a continuación:
El conocido teólogo progresista Hans Kûng afirma: “Comparado con la época tridentina de la Contra-reforma, el Concilio Vaticano II representa, en sus características fundamentales, un giro de 180 grados. Es una nueva Iglesia la que nació después del Concilio Vaticano II”[1].
Y otro célebre teólogo contemporáneo, Yves Congar, una de las “cabezas” del Concilio Vaticano II admitió que: “no podemos negar que tal texto [Declaración conciliar sobre la libertad religiosa] dice materialmente cosas distintas al Syllabus de 1864, e incluso casi lo contrario de las proposiciones 15 y 77 a 79 de ese documento”[2]. Y en otra parte dice que en el Vaticano II “la Iglesia tuvo pacíficamente su Revolución de Octubre”[3], en referencia al Octubre rojo que derrocó el imperio de los zares en Rusia.
El Cardenal Leo Jozef Suenens, Arzobispo de Bruselas, dice que el Concilio: “Marca el fin tanto de la época tridentina como la era del Concilio Vaticano I. Es la Revolución Francesa en la Iglesia”[4].
Karl Rahner sostendrá que el significado histórico–teológico del Concilio supone un corte con la tradición de la Iglesia tan grande, que solo es comparable al de los inicios de la Iglesia primitiva, donde, según él, los discípulos de Cristo con sus iniciativas habrían roto la continuidad con las enseñanzas de Jesús[5]. Afirma Rahner: "Vivimos hoy por vez primera en la época de un corte tal, como solo se verificó en el paso del judeo-cristianismo al pagano-cristianismo"[6].
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[1] Citado por Sinke Guimarães, Átila, “Animus Delendi (The Desire to Destroy)”, Tradition in Action, Los Angeles, California, 2001, p. 61.[2] Ives Congar, “La Crise de L Eglise”, Paris, Cerf, 1977, p. 54.[3] “Le Concile au jour le jour, deuxieme session”, Paris: Cerf, 1964, p. 115. Sus anotaciones personales sobre el Concilio serán públicada íntegramente sólo después de su muerte, ocurrida el año 1995. Vid. “Mon journal du Concile”, 2 vols, Paris, Cerf, 2002. Sus opiniones sobre la crisis de la Iglesia post-conciliar en Madiran, Jean, “Le Concile en question: correspondance Congar-Madiran sur Vatican II et sur la crise de l'Eglise” (en collaboration avec Yves Congar), Éditions Dominique Martin Morin, Bouère, 1985. También, Congar, Yves; “Jean Puyo interroge le père Congar : une vie pour la vérité”; Le Centurion, Paris, 1975.[4] Citado por Sinke Guimarães, Átila, “Animus Delendi (The Desire to Destroy)”, Tradition in Action, Los Angeles, California, 2001, p. 60.[5] Cfr. Esta tesis la desarrolla en “Theologische Grundinterpretation des II. Vatikanischen Konzils” , en “Schriften zur Theologie”, vol. XIV, Einsiedeln 1980, 287-302.[6] Idem p. 297. Es importante la literatura posterior al año 2000 que testimonia el influjo del Padre Rahner en el Concilio, cfr. G. Wassilowsky, “Universales Heilssakramet Kirche. Karl Rahners Beitrag zur Ekklesiologie des II. Vatikanums“, Innsbruck 2001; íd., Karl Rahners, sobre todo 48ss; H.-J. Sander, “Die pastorale Grammatik“, sobre todo 192ss; AAVV, “Karl Rahner. La actualidad de su pensamiento“ (incluye la conferencia “El Concilio, nuevo comienzo”, de Rahner), Barcelona 2004; C. Schickendantz, “Cambio estructural en la Iglesia”; S. Madrigal, “Glosas marginales de K. Rahner sobre el concilio Vaticano II” , Estudios Eclesiásticos 89 (2005), 339-389. Vid. Casale Rolle, Carlos Ignacio, “Teología de los signos de los tiempos. Antecedentes y prospectivas del Concilio Vaticano II”, en “Teología y Vida”, Pontificia Universidad Católica de Chile, Vol. XLVI (2005), 527 – 569.

El entonces Card. Ratzinger con Ives Congar
El famoso Padre Marie-Dominique Chenu, de gran importancia en la redacción de algunos textos conciliares, escribirá que en la Historia de la Iglesia el Concilio significa un corte en su continuidad de casi 1500 años, pues puso fin a la “era constantiniana” del catolicismo[1]. Relata además que aquellos puntos de su teología que fueron condenados por el Papa Pío XII, son los mismos que serán promovidos en la década de los sesenta por las nuevas autoridades[2].
El actual Benedicto XVI siendo prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, refiriéndose a la Constitución conciliar “Gaudium et Spes” y de los decretos referentes a la libertad religiosa y al ecumenismo, afirmó: “Constituyen una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra –Syllabus (…) en la medida en que representa(n) una tentativa de reconciliación oficial entre la Iglesia y el mundo tal como éste evolucionó después de 1789”. En este contexto, “la Iglesia”, especialmente a partir de los Papas “Pío IX y (San) Pío X”, “adoptó”, una “actitud unilateral” con el mundo moderno, una “relación obsoleta con el Estado”, que los hechos y el Concilio “corrigieron”[3].
Creemos que es importante aclarar que en esta frase hay algunas imprecisiones ya que no fue a partir de Pío IX que la Iglesia adoptó lo que él llama una postura “unilateral” frente al mundo moderno, sino que ésta fue una postura coherente con la verdad revelada y por eso mismo, todos los papas, desde los inicios de la Revolución Francesa hasta Pío XII la mantuvieron incólume.Podríamos seguir con muchas otras citas, pero creemos que estas son suficientes para conferir que efectivamente sí hay una ruptura del Vaticano II con el Magisterio tradicional de la Iglesia y que por lo mismo, podemos afirmar, que este Concilio no siguió las luces del Espíritu Santo, ya que Dios no se puede contradecir.
El famoso llamado texto del 3er Secreto, que la Virgen Santísima reveló en Fátima en 1917, y que por expresa petición de Ella misma, debía haber sido dado a conocer a más tardar en 1960, ¿no será que advierte sobre este apartamiento de la tradición de la Iglesia que ha causado estragos tan grandes en la fe, como consecuencia de este Concilio y por eso hasta ahora no ha sido revelado?
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[1] Su tesis la desarrolla en “La fin de l´ére constantinienne”, en “Un concile pour notre temps”, Paris 1961, 59-87.[2] Su visión de la Iglesia en Chenu, M. D., “Peuple de Dieu dans le monde”, Cerf, Paris, 1966; “La Iglesia de mañana”, Editorial Nova Terra, Barcelona, 1970;[3] Cfr. “Les principes de la théologie catholique”, Tequi, Paris, edición de 1982, pp. 425 ss.

jueves, 20 de diciembre de 2007

VERDADES OLVIDADAS

El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma: y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin; y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden; por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido: en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados. San Ignacio de Loyola – EJERCICIOS ESPIRITUALES.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

EL AMOR A LOS PECADORES

El sentimentalismo y el progresismo católico de tal manera nos han deformado la noción de caridad, que somos propensos a amar más a las personas porque nos tratan o caen bien, porque nos son útiles, porque nos parecen atractivas, porque estamos muy habituados a su compañía, porque somos parientes, etc., que por las verdaderas razones por la cual se debe amar al prójimo. Por todo esto, creemos fundamental exponer brevemente la doctrina católica referente al tema del amor al pecador ya que nos dice que no se debe amar de igual manera al justo que al pecador.
Por ejemplo, un maestro debe preferir a los alumnos disciplinados, estudiosos, piadosos, a los que, no teniendo estas cualidades, sean sin embargo, eximios en caer bien y divertir a los profesores. Un padre debe preferir a un hijo bueno, aunque sea más feo o menos inteligente que a un hijo brillante, pero impío o de vida impura. Lo mismo en lo referente a la amistad: no podemos dar al alguien el tesoro de nuestra amistad sin saber si tal persona es o no, enemiga de Dios: el hombre que vive en pecado grave es enemigo de Dios, y si amamos a Dios sobre todas las cosas, no podemos amar indiferentemente a los que Lo aman y a los que Lo ofenden. ¿Qué diríamos de un hijo que fuese amigo de personas que injurian gravemente, injustamente, públicamente a su padre? Pues es eso lo que hacemos cuando admitimos en nuestra amistad a los apóstatas, fautores de herejía, gente de conducta escandalosa, etc. Entonces, ¿cómo debemos amar a los pecadores?
Santo Tomás dedica a esta cuestión dos artículos en la Suma Teológica (II-II 25, 6 - 7). Helos aquí en forma de conclusión:
1° Los pecadores han de ser amados como hombres capaces todavía de eterna bienaventuranza; pero de ninguna manera en cuanto pecadores.
Dos cosas hay que considerar en los pecadores: la naturaleza y la culpa.
Por la naturaleza que han recibido de Dios, son capaces de la bienaventuranza, en cuya comunicación se funda la caridad, como está dicho; por tanto, por su naturaleza han de ser amados con caridad.
Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y es impedimento de la bienaventuranza; de aquí que por la culpa, que los enemista con Dios, han de ser odiados todos los pecadores, aunque se trate del propio padre, madre o familiares, como leemos en el Evangelio (Lc. 24, 26).
Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo, y amarles como hombres capaces todavía de la eterna bienaventuranza (mediante el arrepentimiento de sus pecados). Y esto es amarles verdaderamente en caridad por Dios.
La caridad no nos permite excluir absolutamente a ningún ser humano que viva todavía en este mundo, por muy perverso y satánico que sea. Mientras la muerte no les fije definitivamente en el mal, desvinculándoles para siempre de los lazos de la caridad – que tiene por fundamento la participación en la futura bienaventuranza –, hay que amar sinceramente, con verdadero amor de caridad, a los criminales, ladrones, adúlteros, ateos, masones, perseguidores de la Iglesia, etc. No precisamente en cuanto tales – lo que sería inicuo y perverso – pero sí en cuanto hombres, capaces todavía, por el arrepentimiento y la expiación de sus pecados, de la bienaventuranza eterna del cielo. La exclusión positiva y consciente de un solo ser humano capaz todavía de la bienaventuranza destruiría por completo la caridad (pecado mortal), ya que su universalidad constituye precisamente una de sus notas esenciales.
Amar no significa sentir mucha ternura, pues el verdadero amor reside esencialmente en la voluntad. Querer bien a alguien, es querer seriamente para esa persona todo cuanto según la recta razón y la fe es bueno: la gracia de Dios y la salvación del alma primeramente, y después, todo cuanto no desvíe de este fin, sino que lo conduzca a él.
Las sabias y célebres palabras de San Agustín que decía: “Hay que odiar el error y amar a los que yerran”, suelen frecuentemente interpretarse por los progresistas como si el pecado estuviese en el pecador a la manera de un libro en un estante. Se puede detestar el libro sin tener la menor restricción contra el estante, pues, aun cuando una cosa esté dentro de la otra, le es totalmente extrínseca. Sin embargo, la realidad es otra. El error está en el que yerra como la ferocidad está en la fiera. Una persona atacada por un oso, no puede defenderse dando un tiro en la ferocidad evitando herir al oso y aceptándole, al mismo tiempo, recibir un abrazo con los brazos abiertos. Santo Tomás, sobre esto, se explaya con claridad meridiana. El odio debe incidir no sólo sobre el pecado considerado en abstracto sino también sobre la persona del pecador. Sin embargo, no debe recaer sobre toda esa persona: no lo hará sobre su naturaleza, que es buena, las cualidades que eventualmente tenga, y recaerá sobre sus defectos, por ejemplo en su lujuria, su impiedad o en su falsedad. Pero, insistimos, no sobre la lujuria, la impiedad o la falsedad en tesis, sino sobre el pecador en cuanto persona lujuriosa, impía o falsa. Por eso el profeta David dice de los inicuos: “los odié con odio perfecto” (Ps. 138, 22). Pues, por la misma razón se debe odiar lo que en alguien haya de mal y amar lo que haya de bien. Por lo tanto, concluye Santo Tomás, este odio perfecto pertenece a la caridad. No se trata de un odio hecho apenas de irascibilidad superficial. Es un odio ordenado, racional y, por tanto, virtuoso. Así es que, odiar recta y virtuosamente es un acto de caridad.
Claramente se ve que odiar la iniquidad de los malos es lo mismo que odiar a los malos en cuanto son inicuos. Odiar a los malos en cuanto malos, odiarlos porque son malos, en la medida de la gravedad del mal que hacen, y durante todo el tiempo en que perseveren en el mal. Así, cuanto mayor el pecado, tanto mayor el odio de los justos. En este sentido, debemos odiar principalmente a los que pecan contra la fe, a los que blasfeman contra Dios, a los que arrastran a los otros al pecado, pues los odia particularmente la justicia de Dios.
2° Los pecadores, al amarse desordenadamente a sí mismos, en realidad no se aman, sino que se acarrean un grave daño como si realmente se odiaran.
El amor propio, principio de todo pecado, es el amor característico de los malos, que llega “hasta el desprecio de Dios” como dice San Agustín; porque los malos de tal manera codician los bienes exteriores, que menosprecian los espirituales.
Aunque el amor natural no quede del todo pervertido en los malos, sin embargo, lo degradan del modo dicho.Los malos, al creerse buenos, participan algo del amor a sí mismos. Con todo, no es éste verdadero amor, sino aparente. Pero ni siquiera este amor es posible en los muy malos.
Está dentro del recto orden del amor el amarse a sí mismo, pero este amor, al igual que el amor al pecador, debe ser por amor de Dios. Y así como que se debe odiar a los pecadores por la culpa de su pecado, así también debemos odiar lo culpable que hay en nosotros. Por tanto, en cuanto pecadores nosotros mismos, si realmente amamos a Dios, debemos odiar todo aquello que en nosotros se opone a dicho amor­. Por lo cual, debemos entender cuán loable es la virtud de la penitencia que busca reparar las ofensas a Dios que hemos cometido.
Creemos que con lo expuesto hasta aquí, queda claro en lo fundamental, cuál es el alcance de la caridad católica en relación al amor a los pecadores.

Fuentes de este artículo: Santo Tomás de Aquino, SUMA TEOLOGICA; A. Royo Marín OP, TEOLOGIA DE LA CARIDAD; Revista CATOLICISMO N°35.

domingo, 16 de diciembre de 2007

¿Odiar es siempre pecado?

No siempre odiar es pecado. La doctrina católica enseña que el odio al prójimo es un pecado opuesto directamente a la caridad fraterna y este odio se llama “odio de enemistad” y es siempre pecado mortal. Sin embargo, el llamado “odio de abominación” que recae sobre el prójimo en cuanto que es pecador, perseguidor de la Iglesia o por el mal que nos causa injustamente a nosotros, puede ser recto y legítimo si se detesta, no la persona misma del prójimo, sino lo que hay de malo en ella; pero, si se odia por lo que hay en ella de bueno o por el mal que nos causa justamente a nosotros (v.gr., si se odia al juez que castiga legítimamente al delincuente), se opone a la caridad, y es pecado de suyo grave, a no ser por parvedad de materia o imperfección del acto.
No hay pecado alguno en desearle al prójimo algún mal físico, pero bajo la razón de bien moral (v.gr. una enfermedad para que se arrepienta de su mala vida). Tampoco sería pecado alegrarse de la muerte del prójimo que sembraba errores o herejías, perseguía a la Iglesia, etc., con tal que este gozo no redunde en odio hacia la persona misma que causaba aquel mal. La razón es porque odiar lo que de suyo es odiable no es ningún pecado, sino de todo obligatorio cuando se odia según el recto orden de la razón y con el modo y finalidad debida. Sin embargo, hay que estar muy alerta para no pasar del odio de legítima abominación de lo malo al odio de enemistad hacia la persona culpable, lo cual jamás es lícito aunque se trate de un gran pecador, ya que está a tiempo todavía de arrepentirse y salvarse. Solamente los demonios y condenados del infierno se han hecho definitivamente indignos de todo acto de caridad en cualquiera de sus manifestaciones*.
*Cfr. Antonio Royo Marín OP, TEOLOGIA DE LA CARIDAD
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