lunes, 4 de febrero de 2008

Oración a las Manos Poderosas de Jesús

Oración compuesta por Juana Fernández Solar (1900-1920, conocida siendo religiosa carmelita como Santa Teresa de los Andes), siendo alumna del colegio de las monjas del Sagrado Corazón. Esta oración fue copiada por una compañera de su curso.

"Aquí vengo con la fe de un alma cristiana a buscar tu misericordia, en situación tan angustiosa para mi. No me desampares y las puertas que quieran abrirse en mi camino sean tus Poderosas Manos las que las dejen abiertas, si ha de volver mi tranquilidad tanto tiempo deseada.
A tus pies dejo esta súplica que te hace mi alma afligida y que sólo pueden venir en mi ayuda tus Manos Poderosas.
Ayúdame a ser buena cristiana, haciendo buenas obras, en hechos y palabras, y así obtener de tu infinita misericordia, el perdón por las culpas y errores que he cometido en mi existencia".
Rezar un Padrenuestro
Esta oración se reza 15 días. A los 8 días se alcanza lo que se pide, por difícil que parezca.
Señor mío Jesucristo, me pesa de todo corazón de haberos ofendido por ser Vos tan bueno y tan digno de ser amado, te prometo con la ayuda de tu gracia, nunca más pecar. Amén.


sábado, 2 de febrero de 2008

El Reino de Cristo

La Iglesia Católica fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo para perpetuar entre los hombres los beneficios de la Redención. Por lo tanto, la finalidad de la Iglesia se identifica con la misma finalidad de la Redención. Esto es:
1º Expiar los pecados de los hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
2º Restituir así a Dios la gloria extrínseca que el pecado le había robado y;
3º Abrir a los hombres las puertas del cielo.
Esta finalidad se realiza toda en el plano sobrenatural, y con vistas a la vida eterna. Ella trasciende absolutamente todo cuanto es meramente natural, terreno, perecible. Fue lo que Nuestro Señor Jesucristo afirmó, cuando dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”. (Juan, XVIII, 36)
La vida terrena, por lo tanto, se diferencia profundamente de la vida eterna. Mas, estas dos vidas no constituyen dos planos absolutamente aislados uno del otro. Hay en los designios de la Providencia una relación íntima entre la vida terrena y la eterna. La vida terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de Cristo no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino por el cual llegaremos a él.
Así como la Escuela Militar es el camino para la carrera de las armas, o el noviciado es el camino para el definitivo ingreso en una orden religiosa, así la tierra es el camino para el cielo.
Tenemos un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta alma es creada con un tesoro de aptitudes naturales para el bien, enriquecidas por el bautismo con el don inestimable de la vida sobrenatural de la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Nos compete, durante esta vida, desarrollar hasta su plenitud estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios, que era en algún sentido aun incompleta y meramente potencial, se torna plena y actual.
La semejanza es la fuente del amor. Haciéndonos plenamente semejantes a Dios, somos capaces de amarlo plenamente y de atraer sobre nosotros la plenitud de su amor.
Quedamos así, preparados para la contemplación de Dios cara a cara, y para aquél eterno acto de amor, plenamente feliz, para el cual somos llamados en el cielo.
La vida terrena es, pues, un noviciado en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es ver a Dios cara a cara y amarlo por toda la eternidad.
Presentando la misma verdad en otros términos, podemos decir que Dios es infinitamente puro, infinitamente justo, infinitamente fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la pureza, la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? Por otro lado, siendo Dios el sumo Bien, ¿cómo puede El amar el mal? Siendo la semejanza la fuente del amor, ¿cómo puede amar El a quien es totalmente desemejante a El, a quien es conciente y voluntariamente injusto, cobarde, impuro, malo?
Dios debe ser adorado y servido sobretodo en espíritu y en verdad (Juan, IV, 25). Así, es necesario que seamos puros, justos, fuertes buenos, en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si nuestra alma es buena, todas nuestras acciones lo deben ser necesariamente, pues el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mateo, VII, 17-18). Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos el cielo, no sólo que en nuestro interior amemos el bien y detestemos el mal, sino que por nuestras acciones practiquemos el bien y evitemos el mal.
Pero la vida terrena es más que el camino de la eterna bienaventuranza. ¿Qué haremos en el cielo? Contemplaremos a Dios cara a cara a la luz de la gloria, que es la perfección de la gracia, y Lo amaremos eternamente y sin fin. Ahora bien, el hombre ya goza de la vida sobrenatural en esta tierra por el bautismo. La fe es una semilla de la visión beatífica. El amor de Dios, que el hombre practica creciendo en la virtud y evitando el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará a Dios en el cielo.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: El ideal de la perfección social

Si admitiéramos que en determinada población la generalidad de los individuos practicara la ley de Dios, ¿qué efecto se puede esperar de allí para la sociedad?
Esto equivale a preguntarse si, en un reloj, cada pieza trabaja según su naturaleza y su fin, ¿qué efecto se puede esperar de allí para el reloj? O, si cada parte de un todo es perfecta, ¿qué se debe decir del todo?
Hay siempre un riesgo en ejemplificar con cosas mecánicas, en asuntos humanos. Atengámonos a la imagen de una sociedad en que todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por San Agustín: imaginemos “un ejército constituido por soldados como los forma la doctrina de Jesucristo, gobernadores, maridos, esposos, padres, hijos, maestros, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores de impuestos como los quiere la doctrina cristiana. ¡Y osen (los paganos) aún decir que esa doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Por el contrario, deben reconocer sin dudar que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando es fielmente observada” (Epist. CXXXVII, al. 5 ad Marcellinum, cap. II, n.15).
Y en otra obra, el santo doctor apostrofando la Iglesia Católica exclama: “Conduces e instruyes a los niños con ternura, a los jóvenes con rigor, los ancianos con calma, como compete a la edad no solo del cuerpo sino también del alma. Sometes a las esposas a sus maridos, por una casta y fiel obediencia, no para saciar la pasión, sino para propagar la especie y constituir la sociedad doméstica. Confieres autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de la fragilidad de su sexo, sino para que sigan las leyes de un sincero amor. Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad. Unes no solo en sociedad, mas en una como que fraternidad los ciudadanos a los ciudadanos, las naciones a las naciones, y los hombres entre sí, por el recuerdo de sus primeros padres. Enseñas a los reyes a velar por los pueblos y prescribes a los pueblos que obedezcan a los reyes. Enseñas con solicitud a quien se debe la honra, a quien el afecto, a quien el respeto, a quien el temor, a quien el consuelo, a quien la advertencia, a quien el estímulo, a quien la corrección, a quien la reprimenda, a quien el castigo; y haces saber de qué modo, si no todas las cosas a todos se deben, a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia” (De Moribus Ecclesiae, cap. XXX, n.63).
Sería imposible describir mejor el ideal de una sociedad enteramente cristiana. ¿Podría en una sociedad el orden, la paz, la armonía, la perfección ser llevada a límite más alto? Una rápida observación nos basta para completar el asunto. Si hoy en día todos los hombres practicasen la Ley de Dios, ¿no se resolverían rápidamente todos los problemas políticos, económicos, sociales que nos atormentan? ¿Y qué solución se podrá esperar para ellos mientras los hombres viviesen en la inobservancia habitual de la Ley de Dios?
Se podría uno preguntar, ¿la sociedad humana realizó alguna vez este ideal de perfección? Sin duda que sí. Lo dice el inmortal Papa León XIII: operada la Redención y fundada la Iglesia, “como que despertando de antigua, larga y mortal letargia, el hombre percibió la luz de la verdad que había procurado y deseado en vano durante siglos; reconoció sobre todo que había nacido para bienes mucho más altos y mucho más magníficos que los bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos, y en torno a los cuales había hasta entonces circunscrito sus pensamientos y sus preocupaciones. Comprendió que toda la constitución de la vida humana, la ley suprema, el fin a que todo se debe sujetar, es que, venidos de Dios, un día debamos retornar a El.”
“De esta fuente, sobre este fundamento, se vio renacer la conciencia de la dignidad humana; el sentimiento de que la fraternidad social es necesaria hizo entonces pulsar los corazones; en consecuencia, los derechos y los deberes alcanzaron su perfección, o se fijaron íntegramente, y, al mismo tiempo, en diversos puntos se expandieron virtudes tales, como la filosofía de los antiguos ni siquiera pudo jamás imaginar. Por esto, los designios de los hombres, la conducta de la vida, las costumbres, tomaron otro rumbo. Y cuando el conocimiento del Redentor se expandió a lo lejos, cuando su virtud hasta las fibras íntimas de la sociedad, disipando las tinieblas y los vicios de la antigüedad, entonces se operó aquella transformación que, en la era de la Civilización Cristiana, mudó enteramente la faz de la tierra”
(León XIII, Encíclica “Tamesti futura prospiscientibus”, 1/IX/1900).
El Reino de Dios se realiza en su plenitud en el otro mundo. Pero para todos nosotros, él se comienza a realizar en estado germinativo ya en este mundo. Tal como en un noviciado ya se practica la vida religiosa, aunque en estado preparatorio; y en una escuela militar, un joven se prepara para el ejército, viviendo la propia vida militar.
Y la Santa Iglesia Católica ya es en este mundo una imagen, y más que esto, una verdadera anticipación del cielo.
Por esto, todo cuanto los santos Evangelios nos dicen del reino de los cielos puede con toda propiedad y exactitud ser aplicado a la Iglesia Católica, a la fe que ella nos enseña, a cada una de las virtudes que ella nos inculca.
Este es el sentido de la fiesta de Cristo Rey. Rey celestial ante todo. Pero Rey cuyo gobierno ya se ejerce en este mundo. Es rey quien posee de derecho la autoridad suprema y plena. El rey legisla, dirige y juzga. Su realeza se hace efectiva cuando sus súbditos reconocen sus derechos y obedecen a sus leyes. Ahora bien, Jesucristo posee sobre nosotros todos los derechos. El promulgo leyes, dirige el mundo y juzgará a los hombres. Debemos, por lo tanto, tornar efectivo el Reino de Cristo obedeciendo sus leyes.
Este reinado es un hecho individual, en cuanto considerado en la obediencia que cada alma fiel presta a Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, el reinado de Jesucristo se ejerce sobre las almas: y por esto, el alma de cada uno de nosotros es una parcela del campo de jurisdicción de Cristo Rey. Ahora bien, el reinado de Cristo será un hecho social si las sociedades humanas le prestaren obediencia.
Se puede decir, que el Reino de Cristo se hace efectivo en la tierra en su sentido individual y social, cuando los hombres en lo íntimo de su alma como en sus acciones, y las sociedades en sus instituciones, leyes, costumbres, manifestaciones culturales y artísticas, se conforman con la Ley de Cristo.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: El orden, la armonía, la paz y la perfección

El orden, la paz, la armonía, son características esenciales de toda alma bien formada, de toda sociedad humana bien constituida. En cierto sentido, son valores que se confunden con la propia noción de perfección.
Todo ser tiene un fin que le es propio, y una naturaleza adecuada a la obtención de ese fin. Así, una pieza de reloj tiene un fin que le es propio, y por su forma y composición, es adecuada a la realización de su fin.
El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza. Así, un reloj está en orden, si cada una de sus piezas están ordenadas según su naturaleza y el fin que le es propio. Se dice que hay orden en el espacio sideral porque todos los cuerpos celestes están ordenados según su naturaleza y su fin.
Existe armonía cuando las relaciones entre los seres son conformes a la naturaleza y fin de cada cual. La armonía es el operar de las cosas, unas en relación a las otras, según el orden.
El orden engendra la tranquilidad. La tranquilidad del orden es la paz. No cualquier tranquilidad merece ser llamada paz, sino tan solo la que resulta del orden. La paz de conciencia es la tranquilidad de la conciencia recta: no puede confundirse con el letargo de la conciencia embotada. El bienestar orgánico produce una sensación de paz que no puede ser confundida con la inercia del estado de coma.
Cuando un ser está enteramente dispuesto según su naturaleza, está en estado de perfección. Así, una persona con gran capacidad para el estudio, gran deseo de estudiar, puesta en una universidad en que haya todos los medios para hacer los estudios que desea, está puesta, desde el punto de vista de los estudios, en condiciones perfectas.
Cuando las actividades de un ser están enteramente dispuesto según su naturaleza, , y tienden enteramente para su fin, estas actividades son, de algún modo, perfectas. Así, la trayectoria de los astros es perfecta, porque corresponde enteramente a la naturaleza y al fin de cada cual.
Cuando las condiciones de un ser son perfectas, sus operaciones lo son también, y él tenderá necesariamente para su fin, con el máximo de la constancia, del vigor y del acierto. Así, si un hombre está en condiciones perfectas para caminar, es decir, sabe, quiere y puede caminar, caminará de modo irreprensible.
El verdadero conocimiento de lo que sea la perfección del hombre y de las sociedades depende de una noción exacta sobre la naturaleza y del fin del hombre.
El acierto, la fecundidad, el esplendor de las acciones humanas, sean individuales o sean sociales, también depende del conocimiento de nuestra naturaleza y fin.
En otros términos, la posesión de la verdad religiosa es la condición esencial del orden, de la armonía, de la paz y de la perfección.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: La perfección cristiana

El Evangelio nos señala un ideal de perfección: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo, V, 48). Este consejo que nos fue dado por Nuestro Señor Jesucristo, El mismo nos lo enseña a realizar. En efecto, Jesucristo es la semejanza absoluta de la perfección del Padre celestial, es el modelo supremo que todos debemos imitar.
Nuestro Señor Jesucristo, sus virtudes, sus enseñanzas, sus acciones, son el ideal definido de la perfección para el cual el hombre debe tender.
Las reglas de esta perfección se encuentran en la Ley de Dios, que Nuestro Señor Jesucristo “no vino a abolir sino a completar” (Mat. V, 17), y en los preceptos y consejos evangélicos. Y para que el hombre no cayese en error en el interpretar los mandamientos y los consejos, Nuestro Señor Jesucristo instituyó una Iglesia infalible, que tiene el amparo divino de nunca errar en materia de fe y de moral. La fidelidad de pensamiento y de acciones en relación al magisterio de la Iglesia es el modo por el cual todos los hombres pueden conocer y practicar el ideal de perfección que es nuestro Señor Jesucristo.
Fue lo que hicieron los santos, que practicando de modo heroico las virtudes que la Iglesia enseña, realizaron la imitación perfecta de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre celestial. Es tan verdadero que los santos llegaron a la más alta perfección moral, que los propios enemigos de la Iglesia, cuando no los ciega el furor de la impiedad, lo proclaman. De San Luis, rey de Francia, por ejemplo, escribió Voltaire: “No es posible al hombre llevar más lejos la virtud”. Lo mismo se podría decir de todos los santos.
Dios es el autor de nuestra naturaleza, y, por lo tanto, de todas las aptitudes y excelencias que en ella se encuentran. En nosotros, lo único que no proviene de Dios son los defectos frutos del pecado original y de los pecados actuales.
El Decálogo no podría ser contrario a la naturaleza que el propio Dios creó en nosotros; pues, siendo Dios perfecto, no puede haber contradicción en sus obras.
Por esto, el Decálogo nos impone acciones que nuestra propia razón nos muestra que son conformes con la naturaleza, como honrar padre y madre, y nos prohíbe acciones que por la simple razón vemos que son contrarias al orden natural, como la mentira.
En esto consiste, en el plano natural la perfección intrínseca de la Ley, y la perfección personal que adquirimos practicándola. Esto es así, porque todas las acciones conformes a la naturaleza del agente son buenas.
Pero, por consecuencia del pecado original, quedó el hombre con propensión a practicar acciones contrarias a su naturaleza rectamente entendida. Así, quedó sujeto al error en el terreno de la inteligencia, y al mal en el campo de la voluntad. Tal propensión es tan acentuada que, sin el auxilio de la gracia, no sería posible a los hombres conocer ni practicar durablemente los preceptos del orden natural. Para remediar esta insuficiencia en el hombre, Dios reveló a Moisés el Decálogo; instituyó en la Nueva Alianza, una Iglesia destinada a protegerlos contra los sofismas y las transgresiones del hombre; por medio de los Sacramentos los auxilia y fortalece con su gracia.
La gracia es un auxilio sobrenatural, destinado a robustecer la inteligencia y la voluntad del hombre para permitirle la práctica de la perfección. Dios no niega su gracia a nadie. La perfección es, por lo tanto, accesible a todos.
¿Puede un pagano conocer y practicar la Ley de Dios? ¿Recibe él la gracia de Dios? Es necesario distinguir. En principio, todos los hombres que tienen contacto con la Iglesia Católica reciben la gracia suficiente para conocer que ella es verdadera, ingresar en ella y practicar los mandamientos. Si alguien se mantiene voluntariamente fuera de la Iglesia, si es infiel porque rechaza la gracia de la conversión, que es el punto de partida de todas las otras gracias, cierra para sí las puertas de la salvación. Pero si alguien no tiene medios de conocer a la Santa Iglesia – un pagano, por ejemplo, cuyo país no haya recibido la visita de misioneros – tiene la gracia suficiente para conocer, por lo menos, los principios más esenciales a la Ley de Dios y practicarlos, pues Dios a nadie niega la salvación.
Es necesario, sin embargo, observar que si la fidelidad a la Ley exige sacrificios a veces heroicos de los propios católicos que viven en el seno de la Iglesia, bañados por la superabundancia de la gracia y de todos los medios de santificación, mucho mayor aún es la dificultad que tienen en practicarla los que viven lejos de la Iglesia, y fuera de esta superabundancia. Es lo que explica el hecho de ser tan raros – verdaderamente excepcionales – los gentiles que practican la Ley.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: La Civilización Cristiana y la Cultura Cristiana

¿Qué es esta luminosa realidad, hecha de un orden y una perfección más sobrenatural y celeste que natural y terrena, que se llamó Civilización Cristiana, producto de la cultura cristiana, la cual, a su vez, es hija de la Iglesia Católica?
Por cultura del espíritu podemos entender el hecho que determinada alma no se encuentra abandonada al juego desordenado y espontáneo de las operaciones de las potencias – inteligencia, voluntad y sensibilidad –, sino que por el contrario, por un esfuerzo ordenado y conforme a la recta razón adquirió en estas tres potencias algún enriquecimiento: así como el campo cultivado no es aquél que hace fructificar todas las semillas que el viento deposita en él caóticamente, sino es el que, por efecto del trabajo recto del hombre, produce algo de útil y bueno.
En este sentido, la cultura católica es el cultivo de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad según las normas y la moral enseñada por la Iglesia. Ya vimos que ella se identifica con la propia perfección del alma. Si ella existiere en la generalidad de los miembros de una sociedad humana (aunque en grados y modos acomodados a la condición social y a la edad de cada cual) ella será un hecho social y colectivo. Y constituirá un elemento – el más importante – de la propia perfección social.
Civilización es el estado de una sociedad humana que posee una cultura, y que creó, según los principios básicos de esta cultura, todo un conjunto de costumbres, de leyes, de instituciones, de sistemas literarios y artísticos propios.
Si Jesucristo es el verdadero ideal de perfección de todos los hombres, una sociedad que aplique todas sus leyes tiene que ser una sociedad perfecta. La cultura y la civilización nacida de la Iglesia de Cristo tienen que ser forzosamente no solo la mejor civilización, sino la única verdadera. Lo dice el santo Pontífice Pío X: “No hay verdadera civilización sin civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sino con la religión verdadera” (Carta al episcopado francés del 28-VII-1910, sobre Le Sillon). De donde se deduce con evidencia cristalina que no hay verdadera civilización sino como resultado y fruto de la verdadera religión.
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Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

El Reino de Cristo: La Iglesia y la Civilización Cristiana

Se engaña singularmente quien supusiere que la acción de la Iglesia sobre los hombres es meramente individual, y que ella solo forma personas, y no pueblos, ni culturas, ni civilizaciones.
En efecto, Dios creó al hombre naturalmente sociable, y quiso que los hombres, en sociedad, trabajasen los unos por la santificación de los otros. Por esto, también nos creó influenciables. Tenemos todos, por la propia presión del instinto de sociabilidad, la tendencia de comunicar en cierta medida nuestras ideas a los otros, y, a recibir la influencia de ellos. Esto se puede afirmar en las relaciones de individuo a individuo, y del individuo con la sociedad. Los ambientes, las leyes, las instituciones en que vivimos ejercen efecto sobre nosotros, tiene sobre nosotros una acción pedagógica.
Resistir enteramente a este ambiente, cuya acción ideológica nos penetra hasta por osmosis y como que por la piel, es obra de alta y ardua virtud. Y por esto los primitivos cristianos no fueron más admirables enfrentando a las fieras del Coliseo, que cuando mantenían íntegro su espíritu católico aún viviendo en el ceno de una sociedad pagana.
De este modo, la cultura y la civilización son medios fortísimos para actuar sobre las almas. Actuar para su ruina, cuando la cultura y la civilización son paganas. Para su edificación y salvación, cuando son católicas.
¿Cómo puede entonces, la Iglesia desinteresarse en producir una cultura y una civilización, contentándose sólo en actuar sobre cada alma a título meramente individual?
Además, toda alma sobre la cual la Iglesia actúa, y que corresponde generosamente a esa acción, es como un foco y una simiente de esta civilización, que ella expanda y activa en torno de sí. La virtud trasparece y contagia. Contagiando se propaga. Actuando y propagándose tiende a transformarse en cultura y civilización católicas.
Como vemos, lo propio de la Iglesia es producir una cultura y civilización cristiana. Es producir todos sus frutos en una atmósfera social plenamente católica. El católico debe aspirar a una civilización católica como el hombre encarcelado en un subterráneo desea el aire libre, y el pájaro aprisionado ansía por recuperar los espacios infinitos del cielo.
Y esta es nuestra finalidad, nuestro gran ideal. Caminamos hacia la Civilización Católica como podrá nacer de los escombros del mundo de hoy, como de los escombros del mundo romano nació la civilización medieval. Caminamos hacia la conquista de este ideal, con el coraje, la perseverancia, la resolución de enfrentar y vencer todos los obstáculos, con que los cruzados marcharon hacia Jerusalén. Porque si nuestros mayores supieron morir para conquistar el sepulcro de Cristo, ¿cómo no queremos nosotros – hijos de la Iglesia como ellos – luchar y morir para restaurar algo que vale infinitamente más que el preciosísimo sepulcro del Salvador, esto es, su reinado sobre las almas y las sociedades, que El creó y salvó para que Lo amasen eternamente?

Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

sábado, 22 de diciembre de 2007

EL CONCILIO VATICANO II Y LA RUPTURA CON EL MAGISTERIO

Constantemente se nos dice que el Concilio Vaticano II siguió la misma línea de los concilios anteriores y que la única diferencia, es que tuvo un carácter más bien pastoral y que por lo mismo, debe ser interpretado dentro de la continuidad del Magisterio. Pero en la realidad, esto último no es posible, porque quienes dicen interpretarlo dentro de dicha “continuidad”, terminan aceptando todos los errores y desviaciones que han surgido de ese mismo Concilio con la mayor tranquilidad del mundo. Y esto es simplemente porque es imposible hacerlo, ya que no existe dicha continuidad. Entre los propósitos que nos hemos empeñado en este blog es denunciar los engaños, y éste es el mayor de todos, es la impostura religiosa más descarada que se haya podido imaginar. Es con el mayor dolor del alma que lo decimos. Creemos que por fidelidad a la fe católica debemos resistir y no quedarnos pasivamente como observadores frente a esta verdadera pasión que está sufriendo la Iglesia.
No vamos a hacer aquí un análisis doctrinario del concilio, ya que sería muy extenso, solamente vamos a citar a importantes personeros eclesiásticos que confirman que el Vaticano II rompe con la tradición de la Iglesia, como vemos a continuación:
El conocido teólogo progresista Hans Kûng afirma: “Comparado con la época tridentina de la Contra-reforma, el Concilio Vaticano II representa, en sus características fundamentales, un giro de 180 grados. Es una nueva Iglesia la que nació después del Concilio Vaticano II”[1].
Y otro célebre teólogo contemporáneo, Yves Congar, una de las “cabezas” del Concilio Vaticano II admitió que: “no podemos negar que tal texto [Declaración conciliar sobre la libertad religiosa] dice materialmente cosas distintas al Syllabus de 1864, e incluso casi lo contrario de las proposiciones 15 y 77 a 79 de ese documento”[2]. Y en otra parte dice que en el Vaticano II “la Iglesia tuvo pacíficamente su Revolución de Octubre”[3], en referencia al Octubre rojo que derrocó el imperio de los zares en Rusia.
El Cardenal Leo Jozef Suenens, Arzobispo de Bruselas, dice que el Concilio: “Marca el fin tanto de la época tridentina como la era del Concilio Vaticano I. Es la Revolución Francesa en la Iglesia”[4].
Karl Rahner sostendrá que el significado histórico–teológico del Concilio supone un corte con la tradición de la Iglesia tan grande, que solo es comparable al de los inicios de la Iglesia primitiva, donde, según él, los discípulos de Cristo con sus iniciativas habrían roto la continuidad con las enseñanzas de Jesús[5]. Afirma Rahner: "Vivimos hoy por vez primera en la época de un corte tal, como solo se verificó en el paso del judeo-cristianismo al pagano-cristianismo"[6].
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[1] Citado por Sinke Guimarães, Átila, “Animus Delendi (The Desire to Destroy)”, Tradition in Action, Los Angeles, California, 2001, p. 61.[2] Ives Congar, “La Crise de L Eglise”, Paris, Cerf, 1977, p. 54.[3] “Le Concile au jour le jour, deuxieme session”, Paris: Cerf, 1964, p. 115. Sus anotaciones personales sobre el Concilio serán públicada íntegramente sólo después de su muerte, ocurrida el año 1995. Vid. “Mon journal du Concile”, 2 vols, Paris, Cerf, 2002. Sus opiniones sobre la crisis de la Iglesia post-conciliar en Madiran, Jean, “Le Concile en question: correspondance Congar-Madiran sur Vatican II et sur la crise de l'Eglise” (en collaboration avec Yves Congar), Éditions Dominique Martin Morin, Bouère, 1985. También, Congar, Yves; “Jean Puyo interroge le père Congar : une vie pour la vérité”; Le Centurion, Paris, 1975.[4] Citado por Sinke Guimarães, Átila, “Animus Delendi (The Desire to Destroy)”, Tradition in Action, Los Angeles, California, 2001, p. 60.[5] Cfr. Esta tesis la desarrolla en “Theologische Grundinterpretation des II. Vatikanischen Konzils” , en “Schriften zur Theologie”, vol. XIV, Einsiedeln 1980, 287-302.[6] Idem p. 297. Es importante la literatura posterior al año 2000 que testimonia el influjo del Padre Rahner en el Concilio, cfr. G. Wassilowsky, “Universales Heilssakramet Kirche. Karl Rahners Beitrag zur Ekklesiologie des II. Vatikanums“, Innsbruck 2001; íd., Karl Rahners, sobre todo 48ss; H.-J. Sander, “Die pastorale Grammatik“, sobre todo 192ss; AAVV, “Karl Rahner. La actualidad de su pensamiento“ (incluye la conferencia “El Concilio, nuevo comienzo”, de Rahner), Barcelona 2004; C. Schickendantz, “Cambio estructural en la Iglesia”; S. Madrigal, “Glosas marginales de K. Rahner sobre el concilio Vaticano II” , Estudios Eclesiásticos 89 (2005), 339-389. Vid. Casale Rolle, Carlos Ignacio, “Teología de los signos de los tiempos. Antecedentes y prospectivas del Concilio Vaticano II”, en “Teología y Vida”, Pontificia Universidad Católica de Chile, Vol. XLVI (2005), 527 – 569.

El entonces Card. Ratzinger con Ives Congar
El famoso Padre Marie-Dominique Chenu, de gran importancia en la redacción de algunos textos conciliares, escribirá que en la Historia de la Iglesia el Concilio significa un corte en su continuidad de casi 1500 años, pues puso fin a la “era constantiniana” del catolicismo[1]. Relata además que aquellos puntos de su teología que fueron condenados por el Papa Pío XII, son los mismos que serán promovidos en la década de los sesenta por las nuevas autoridades[2].
El actual Benedicto XVI siendo prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, refiriéndose a la Constitución conciliar “Gaudium et Spes” y de los decretos referentes a la libertad religiosa y al ecumenismo, afirmó: “Constituyen una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra –Syllabus (…) en la medida en que representa(n) una tentativa de reconciliación oficial entre la Iglesia y el mundo tal como éste evolucionó después de 1789”. En este contexto, “la Iglesia”, especialmente a partir de los Papas “Pío IX y (San) Pío X”, “adoptó”, una “actitud unilateral” con el mundo moderno, una “relación obsoleta con el Estado”, que los hechos y el Concilio “corrigieron”[3].
Creemos que es importante aclarar que en esta frase hay algunas imprecisiones ya que no fue a partir de Pío IX que la Iglesia adoptó lo que él llama una postura “unilateral” frente al mundo moderno, sino que ésta fue una postura coherente con la verdad revelada y por eso mismo, todos los papas, desde los inicios de la Revolución Francesa hasta Pío XII la mantuvieron incólume.Podríamos seguir con muchas otras citas, pero creemos que estas son suficientes para conferir que efectivamente sí hay una ruptura del Vaticano II con el Magisterio tradicional de la Iglesia y que por lo mismo, podemos afirmar, que este Concilio no siguió las luces del Espíritu Santo, ya que Dios no se puede contradecir.
El famoso llamado texto del 3er Secreto, que la Virgen Santísima reveló en Fátima en 1917, y que por expresa petición de Ella misma, debía haber sido dado a conocer a más tardar en 1960, ¿no será que advierte sobre este apartamiento de la tradición de la Iglesia que ha causado estragos tan grandes en la fe, como consecuencia de este Concilio y por eso hasta ahora no ha sido revelado?
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[1] Su tesis la desarrolla en “La fin de l´ére constantinienne”, en “Un concile pour notre temps”, Paris 1961, 59-87.[2] Su visión de la Iglesia en Chenu, M. D., “Peuple de Dieu dans le monde”, Cerf, Paris, 1966; “La Iglesia de mañana”, Editorial Nova Terra, Barcelona, 1970;[3] Cfr. “Les principes de la théologie catholique”, Tequi, Paris, edición de 1982, pp. 425 ss.

jueves, 20 de diciembre de 2007

VERDADES OLVIDADAS

El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma: y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin; y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden; por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido: en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados. San Ignacio de Loyola – EJERCICIOS ESPIRITUALES.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

EL AMOR A LOS PECADORES

El sentimentalismo y el progresismo católico de tal manera nos han deformado la noción de caridad, que somos propensos a amar más a las personas porque nos tratan o caen bien, porque nos son útiles, porque nos parecen atractivas, porque estamos muy habituados a su compañía, porque somos parientes, etc., que por las verdaderas razones por la cual se debe amar al prójimo. Por todo esto, creemos fundamental exponer brevemente la doctrina católica referente al tema del amor al pecador ya que nos dice que no se debe amar de igual manera al justo que al pecador.
Por ejemplo, un maestro debe preferir a los alumnos disciplinados, estudiosos, piadosos, a los que, no teniendo estas cualidades, sean sin embargo, eximios en caer bien y divertir a los profesores. Un padre debe preferir a un hijo bueno, aunque sea más feo o menos inteligente que a un hijo brillante, pero impío o de vida impura. Lo mismo en lo referente a la amistad: no podemos dar al alguien el tesoro de nuestra amistad sin saber si tal persona es o no, enemiga de Dios: el hombre que vive en pecado grave es enemigo de Dios, y si amamos a Dios sobre todas las cosas, no podemos amar indiferentemente a los que Lo aman y a los que Lo ofenden. ¿Qué diríamos de un hijo que fuese amigo de personas que injurian gravemente, injustamente, públicamente a su padre? Pues es eso lo que hacemos cuando admitimos en nuestra amistad a los apóstatas, fautores de herejía, gente de conducta escandalosa, etc. Entonces, ¿cómo debemos amar a los pecadores?
Santo Tomás dedica a esta cuestión dos artículos en la Suma Teológica (II-II 25, 6 - 7). Helos aquí en forma de conclusión:
1° Los pecadores han de ser amados como hombres capaces todavía de eterna bienaventuranza; pero de ninguna manera en cuanto pecadores.
Dos cosas hay que considerar en los pecadores: la naturaleza y la culpa.
Por la naturaleza que han recibido de Dios, son capaces de la bienaventuranza, en cuya comunicación se funda la caridad, como está dicho; por tanto, por su naturaleza han de ser amados con caridad.
Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y es impedimento de la bienaventuranza; de aquí que por la culpa, que los enemista con Dios, han de ser odiados todos los pecadores, aunque se trate del propio padre, madre o familiares, como leemos en el Evangelio (Lc. 24, 26).
Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo, y amarles como hombres capaces todavía de la eterna bienaventuranza (mediante el arrepentimiento de sus pecados). Y esto es amarles verdaderamente en caridad por Dios.
La caridad no nos permite excluir absolutamente a ningún ser humano que viva todavía en este mundo, por muy perverso y satánico que sea. Mientras la muerte no les fije definitivamente en el mal, desvinculándoles para siempre de los lazos de la caridad – que tiene por fundamento la participación en la futura bienaventuranza –, hay que amar sinceramente, con verdadero amor de caridad, a los criminales, ladrones, adúlteros, ateos, masones, perseguidores de la Iglesia, etc. No precisamente en cuanto tales – lo que sería inicuo y perverso – pero sí en cuanto hombres, capaces todavía, por el arrepentimiento y la expiación de sus pecados, de la bienaventuranza eterna del cielo. La exclusión positiva y consciente de un solo ser humano capaz todavía de la bienaventuranza destruiría por completo la caridad (pecado mortal), ya que su universalidad constituye precisamente una de sus notas esenciales.
Amar no significa sentir mucha ternura, pues el verdadero amor reside esencialmente en la voluntad. Querer bien a alguien, es querer seriamente para esa persona todo cuanto según la recta razón y la fe es bueno: la gracia de Dios y la salvación del alma primeramente, y después, todo cuanto no desvíe de este fin, sino que lo conduzca a él.
Las sabias y célebres palabras de San Agustín que decía: “Hay que odiar el error y amar a los que yerran”, suelen frecuentemente interpretarse por los progresistas como si el pecado estuviese en el pecador a la manera de un libro en un estante. Se puede detestar el libro sin tener la menor restricción contra el estante, pues, aun cuando una cosa esté dentro de la otra, le es totalmente extrínseca. Sin embargo, la realidad es otra. El error está en el que yerra como la ferocidad está en la fiera. Una persona atacada por un oso, no puede defenderse dando un tiro en la ferocidad evitando herir al oso y aceptándole, al mismo tiempo, recibir un abrazo con los brazos abiertos. Santo Tomás, sobre esto, se explaya con claridad meridiana. El odio debe incidir no sólo sobre el pecado considerado en abstracto sino también sobre la persona del pecador. Sin embargo, no debe recaer sobre toda esa persona: no lo hará sobre su naturaleza, que es buena, las cualidades que eventualmente tenga, y recaerá sobre sus defectos, por ejemplo en su lujuria, su impiedad o en su falsedad. Pero, insistimos, no sobre la lujuria, la impiedad o la falsedad en tesis, sino sobre el pecador en cuanto persona lujuriosa, impía o falsa. Por eso el profeta David dice de los inicuos: “los odié con odio perfecto” (Ps. 138, 22). Pues, por la misma razón se debe odiar lo que en alguien haya de mal y amar lo que haya de bien. Por lo tanto, concluye Santo Tomás, este odio perfecto pertenece a la caridad. No se trata de un odio hecho apenas de irascibilidad superficial. Es un odio ordenado, racional y, por tanto, virtuoso. Así es que, odiar recta y virtuosamente es un acto de caridad.
Claramente se ve que odiar la iniquidad de los malos es lo mismo que odiar a los malos en cuanto son inicuos. Odiar a los malos en cuanto malos, odiarlos porque son malos, en la medida de la gravedad del mal que hacen, y durante todo el tiempo en que perseveren en el mal. Así, cuanto mayor el pecado, tanto mayor el odio de los justos. En este sentido, debemos odiar principalmente a los que pecan contra la fe, a los que blasfeman contra Dios, a los que arrastran a los otros al pecado, pues los odia particularmente la justicia de Dios.
2° Los pecadores, al amarse desordenadamente a sí mismos, en realidad no se aman, sino que se acarrean un grave daño como si realmente se odiaran.
El amor propio, principio de todo pecado, es el amor característico de los malos, que llega “hasta el desprecio de Dios” como dice San Agustín; porque los malos de tal manera codician los bienes exteriores, que menosprecian los espirituales.
Aunque el amor natural no quede del todo pervertido en los malos, sin embargo, lo degradan del modo dicho.Los malos, al creerse buenos, participan algo del amor a sí mismos. Con todo, no es éste verdadero amor, sino aparente. Pero ni siquiera este amor es posible en los muy malos.
Está dentro del recto orden del amor el amarse a sí mismo, pero este amor, al igual que el amor al pecador, debe ser por amor de Dios. Y así como que se debe odiar a los pecadores por la culpa de su pecado, así también debemos odiar lo culpable que hay en nosotros. Por tanto, en cuanto pecadores nosotros mismos, si realmente amamos a Dios, debemos odiar todo aquello que en nosotros se opone a dicho amor­. Por lo cual, debemos entender cuán loable es la virtud de la penitencia que busca reparar las ofensas a Dios que hemos cometido.
Creemos que con lo expuesto hasta aquí, queda claro en lo fundamental, cuál es el alcance de la caridad católica en relación al amor a los pecadores.

Fuentes de este artículo: Santo Tomás de Aquino, SUMA TEOLOGICA; A. Royo Marín OP, TEOLOGIA DE LA CARIDAD; Revista CATOLICISMO N°35.

domingo, 16 de diciembre de 2007

¿Odiar es siempre pecado?

No siempre odiar es pecado. La doctrina católica enseña que el odio al prójimo es un pecado opuesto directamente a la caridad fraterna y este odio se llama “odio de enemistad” y es siempre pecado mortal. Sin embargo, el llamado “odio de abominación” que recae sobre el prójimo en cuanto que es pecador, perseguidor de la Iglesia o por el mal que nos causa injustamente a nosotros, puede ser recto y legítimo si se detesta, no la persona misma del prójimo, sino lo que hay de malo en ella; pero, si se odia por lo que hay en ella de bueno o por el mal que nos causa justamente a nosotros (v.gr., si se odia al juez que castiga legítimamente al delincuente), se opone a la caridad, y es pecado de suyo grave, a no ser por parvedad de materia o imperfección del acto.
No hay pecado alguno en desearle al prójimo algún mal físico, pero bajo la razón de bien moral (v.gr. una enfermedad para que se arrepienta de su mala vida). Tampoco sería pecado alegrarse de la muerte del prójimo que sembraba errores o herejías, perseguía a la Iglesia, etc., con tal que este gozo no redunde en odio hacia la persona misma que causaba aquel mal. La razón es porque odiar lo que de suyo es odiable no es ningún pecado, sino de todo obligatorio cuando se odia según el recto orden de la razón y con el modo y finalidad debida. Sin embargo, hay que estar muy alerta para no pasar del odio de legítima abominación de lo malo al odio de enemistad hacia la persona culpable, lo cual jamás es lícito aunque se trate de un gran pecador, ya que está a tiempo todavía de arrepentirse y salvarse. Solamente los demonios y condenados del infierno se han hecho definitivamente indignos de todo acto de caridad en cualquiera de sus manifestaciones*.
*Cfr. Antonio Royo Marín OP, TEOLOGIA DE LA CARIDAD

viernes, 14 de diciembre de 2007

VERDADES OLVIDADAS

“La civilización cristiana no está por ser inventada”… “ha existido y existe” … “no se trata sino de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos”.
– Papa San Pío X, en carta a Le Sillon.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

El Espíritu Santo y el Concilio Vaticano II


Para cualquiera que tenga un mínimo de honestidad intelectual, no puede sino reconocer que hay una tremenda contradicción entre el magisterio de la Iglesia anterior al Concilio Vaticano II y el posterior a éste. Es clarísima la coherencia doctrinaria del magisterio de los papas y de todos los concilios anteriores al Vaticano II. Siempre se ha enseñado que en los concilios de la Iglesia obra de manera extraordinaria el Espíritu Santo. Entonces uno se preguntará, el Espíritu Santo no se puede contradecir, porque es Dios, y Dios es la Verdad, y la Verdad no se contradice, luego, ¿en el Vaticano II obró el Espíritu Santo? Gracias a Dios, es el concilio Vaticano I (imagen arriba)quien nos da la respuesta, dice:

“En cumplir este cargo pastoral, nuestros antecesores pusieron empeño incansable, a fin de que la saludable doctrina de Cristo se propagara por todos los pueblos de la tierra, y con igual cuidado vigilaron que allí donde hubiera sido recibida, se conservara sincera y pura”... “pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe”.

Luego, podemos dormir tranquilos, y nadie nos puede venir con la cantinela de que hay que aceptar ese concilio ya que en él obró el Espíritu Santo, porque eso es mentira.

María Antonieta, reina de Francia


Hay ciertas almas que sólo son grandes cuando sobre ellas soplan las ráfagas del infortunio. María Antonieta que fue frívola como princesa, e imperdonablemente despreocupada en su vida de reina, frente a la oleada de sangre y miseria que inundó Francia durante la revolución, se transformó –y no hay historiador que no lo verifique, tomado de respeto– de un modo sorprendente: de la reina surgió una mártir, y de la muñeca una heroína*.
Este es un homenaje a una figura mítica que consideramos admirable por las virtudes y la grandeza de alma que manifestó al final de su corta vida. Ella fue la encarnación de la elegancia, del encanto y de la bondad. Sobre todo, ella representa uno de los últimos vestigios del orden social cristiano anterior a la Revolución Francesa. Un orden, que a pesar de que ya contenía en su seno los gérmenes de la revolución, continuaba siendo cristiano en su esencia y por lo mismo, era un orden legítimo.
* palabras de Plinio Corrêa de Oliveira, 1928.

lunes, 10 de diciembre de 2007

¿Un Mundo Feliz?

Santo Tomás enseña que la suprema felicidad del hombre radica en la contemplación de la Verdad, que es Dios. Por lo mismo, la vida humana, tanto individual como social, está ordenada a la divina contemplación de la Verdad y a la posesión del Sumo Bien. No siendo éste sino una única Verdad y un único Bien y no habiendo para el hombre sino un único camino para alcanzarla, no puede haber sino una única especie de civilización como no hay sino una única especie humana. Por eso Cristo afirmó “sin Mi, no podéis hacer nada”.

Todo hombre busca la felicidad, hace parte de su naturaleza querer ser feliz. Las naturalezas inteligentes, sólo tienen voluntad de decidir por la felicidad, dice Bossuet. Hay en el corazón del hombre un impulso invencible hacia la búsqueda de la felicidad. Esto es tan verdadero para el individuo como para la sociedad. El impulso hacia la felicidad viene del Creador, y Dios le da la luz que le ilumina el camino, directamente por la gracia, indirectamente por las enseñanzas de su Iglesia. Pero pertenece al hombre, ya sea como individuo o sociedad, le pertenece a su libre arbitrio de dirigirse, de ir en busca de su felicidad allí donde le plazca ponerla, en lo que es realmente bueno, y, por encima de toda bondad, en el bien absoluto, Dios; o en lo que tiene apariencias de bien, o en lo que no es más que un bien relativo.

El hombre ama la felicidad, y donde ponga ese amor, ahí va a buscarla. San Agustín dice que dos amores construyen dos ciudades: aquellos que se aman a sí mismos hasta olvidarse de Dios construyen la ciudad del hombre; y aquellos que aman a Dios hasta olvidarse de sí mismos edifican la ciudad de Dios. Ambas ciudades se disputan el mundo, y la humanidad se debate entre cuál de las dos ciudades quiere edificar. Y bien se puede afirmar que en esto consiste la trama de la historia.

Lo que hemos venido presenciando desde el siglo XV hasta nuestros días es cómo el corazón del hombre se ha vuelto cada vez más hacia sí mismo que hacia Dios. Y una vez que el hombre se vuelve hacia sí mismo, cae en la soberbia de sentirse dios, y eso lo enceguece para conocer la verdad. Por eso Jesucristo dijo a Pilatos: Los que son de la verdad oyen mi voz. Esto es, los humildes de corazón. Y San Pablo, de los paganos decía: Se entontecieron en sus racionamientos, haciéndose insensible su insensato corazón, y alardeando de sabios se hicieron necios. Como decíamos, no hay nada que haga más ciego al hombre que la soberbia.

El humanismo puso como centro al hombre y eso lo llevó a mirar con admiración la antigüedad pagana, lo que dio origen al Renacimiento (renacimiento de la antigüedad pagana, eso quiere decir el término) y el Renacimiento preparó las condiciones para el surgimiento del Protestantismo y del racionalismo que fue la subversión en el plano religioso y en el orden de las ideas. El Protestantismo y el racionalismo a su vez trabajaron por la subversión en el plano político y dieron origen a la Revolución Francesa. El ideal revolucionario de “libertad, igualdad y fraternidad” llegó a convertirse en el nuevo credo del mundo moderno y en el fundamento de la sociedad contemporánea. Estas ideas llevadas al plano económico condujeron al capitalismo liberal, al socialismo y al comunismo, tres versiones distintas o aparentemente distintas, de una misma concepción de la vida. Y este proceso se introdujo lamentablemente dentro de las filas de la Iglesia Católica principalmente a partir del Concilio Vaticano II. Se intentó conciliar a la Iglesia con este “nuevo mundo”, conciliación que es imposible lograr sin traicionar la fe.

Y así hemos llegado hasta nuestros días, encontrándonos en un mundo desnaturalizado, colmado de injusticias, cansado, estresado, desorientado, y sumido en el indiferentismo o en la duda religiosa. Uno se pregunta finalmente, ¿el hombre encontró la felicidad que buscaba? Creemos que nadie se atrevería a afirmar que sí. Y si al menos logró conseguir una cierta felicidad material, ésta no alcanza a todos ya que muchos siguen en la miseria. ¿Y que saca el hombre con lograr una pisca de felicidad en este mundo, si después de su vida va al infierno por haberse apartado de Dios?

Nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios Encarnado, nos indicó el único camino para que el hombre sea feliz, porque la felicidad plena no existe en este mundo, sino en el cielo. Por eso dijo: Mi Reino no es de este mundo… Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… Buscad el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Lo que es la Contra-Revolución

La Revolución es el desorden, la Contra-Revolución es la restauración del orden. Entendemos por orden la paz de Cristo en el Reino de Cristo, esto es, la Civilización Cristiana, austera, jerárquica, fundamentalmente sacral, anti-igualitaria y anti-liberal.
Plinio Correa de Oliveira, REVOLUCION Y CONTRA REVOLUCIÓN

LA DENUNCIA PROFETICA

PAGINA CONTRA-REVOLUCIONARIA

Nos declaramos católicos, apostólicos y romanos. No estamos conformes con el mundo actual y por eso nuestro objetivo es proclamar de manera franca y directa las verdades de la fe católica, especialmente aquellas que son más combatidas u olvidadas en nuestros días. Y al proclamar estas verdades, necesariamente denunciamos los errores y mentiras que se yerguen como fundamentos de la civilización contemporánea. Por eso, nos llamamos “La Denuncia”. Pero le agregamos el adjetivo de “Profética” porque nos hacemos eco de una verdad que es muy silenciada actualmente. Esta verdad se podría resumir de esta manera: la humanidad, desde el Renacimiento hasta hoy, ha ido progresivamente apartándose del fin para la cual ha sido creada por Dios. Este proceso es llamado Revolución, porque es esa su esencia: la rebelión del hombre contra su Dios y Redentor. Ahora bien, esta Revolución ha llegado a su auge, ya que la Cristiandad está en ruinas. Lo profético está en que creemos firmemente—como está revelado en la Escritura y a través de varios Santos y apariciones de la Virgen a lo largo de la historia— que Dios intervendrá castigando a la humanidad por sus desvaríos y restaurará la Iglesia y la Cristiandad. Será el triunfo anunciado en 1917 por la Virgen en Fátima cuando dijo “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”. Y tenemos la certeza de que el día en que se verifique este triunfo está cada vez más cercano.
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