jueves, 11 de septiembre de 2014

Tercer mito falso contra la Edad Media:

La Iglesia es el opio del pueblo. Ella mantuvo el régimen feudal para disfrutar de ventajas mezquinas.

Refutación:
Totila, rey bárbaro se arrodilla delante de San Benito
La Iglesia convirtió a los bárbaros y, por la acción de la gracia, fue infundiendo en ellos los principios sobrenaturales que mandan a cada cual ocupar el lugar que le es debido en la jerarquía social. Juntamente con eso, predicó a los poderosos la caridad, y a los humildes la sumisión.

Documentación

1. – El vasallaje medieval tenía el beneplácito de la Iglesia, siendo considerado altamente virtuoso

“Tomando el lugar de la antigua actitud de manos extendidas de los orantes, los gestos de manos juntas imitado de la commedise (la ceremonia en que el vasallo prestaba juramento de fidelidad u “homenaje” a su soberano) se tornó por excelencia el gesto de la oración, en toda la catolicidad” (Macr. Bloch, op. cit. P. 328).
“El lenguaje usual acabó por denominar corrientemente al ‘vasallaje’ como la más bella de las virtudes que una sociedad perpetuamente en armas puede reconocer, esto es, el valor (Macr. Bloch, op. cit. P. 231).

2 – La Iglesia eliminó gradualmente los gestos de barbarie, que daban a los medievales un carácter altamente belicoso

“Los dirigentes de la Iglesia quisieron hacer reinar en la tierra la paz de Dios. El movimiento iniciado a comienzos del siglo XI, tenía como meta circunscribir la violencia”.
“Para eliminar las guerras fratricidas entre los cristianos, fueron colocados bajo la protección de las iglesias y los terrenos que las circundaban; después, algunos días de la semana consagrados a la oración o a la penitencia, a las fechas litúrgicas, a la cuaresma; los clérigos,  todos los que eran inofensivos y vulnerables; los comerciantes y la multitud de campesinos
“Por la incitación de los obispos, los caballeros juraban sobre las reliquias respetar la codificación de la guerra privada hecha por la Iglesia, y a negar su amistad y perseguir a quien no la respetase” (Georges Duby, op. cit., p. 57).

3. – El noble, para ser reconocido, debería ser capaz de grandes virtudes

“El príncipe concede y da anillos a sus súbditos; el noble debe ser clemente, es decir, amigo de las donaciones (Friedrich Herr, professor em Viena, in “Historia de la Civilización Occidental”, Ed. Labor, Barcelona, 1966, p. 112).
“En aquella época, dar presentes era un gesto esencial; noble es aquél que da a sus amigos (Georges Duby, op. cit., p. 16).

Continuará…
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miércoles, 10 de septiembre de 2014

EXPERTO EN POLÍTICA INTERNACIONAL HABLA DE POSIBLE GUERRA NUCLEAR

Véase la noticia en el siguiente enlace:

La Conjuración Anticristiana - Cap. V

Por error publicamos el capítulo VI sin haber publicado antes el V, pedimos disculpas a nuestros lectores. Ahora entonces publicamos el cap. V.

CAPÍTULO V

LA REVOLUCIÓN
INSTAURA EL NATURALISMO

El protestantismo fracasó; Francia, después de las guerras de religión, se mantuvo católica. Pero se depositó en su seno un mal fermento. Su fermentación produjo, además de la corrupción de las costumbres, tres tóxicos de orden intelectual: el galicanismo, el jansenismo y el filosofismo. La acción de esos elementos sobre el organismo social trajo consigo la Revolución, el segundo y mucho más terrible asalto contra la civilización cristiana.
Como la conclusión de este libro demostrará, todo el movimiento impreso a la cristiandad por el Renacimiento, por la Reforma y por la Revolución es un esfuerzo satánico de arrancar al hombre del orden sobrenatural establecido por Dios en el origen y restaurado por nuestro Señor Jesucristo, y confinarlo en el naturalismo.
Como todo era cristiano en la constitución francesa, todo estaba por ser destruido. La Revolución se empeñó concienzudamente en eso. En algunos meses ella hizo tabla rasa del gobierno de Francia, de sus leyes y de sus instituciones. Ella quiere “moldear un pueblo nuevo”; es la expresión que se encuentra, en cada página, bajo la pluma de los relatores de la Convención; más aún: “rehacer al propio hombre”.
Así, los convencionales, de conformidad con la concepción que el Renacimiento diera a los destinos humanos, no limitaron su ambición a Francia; quisieron inocular la locura revolucionaria en los pueblos vecinos, en todo el universo. Su ambición consistió en derrumbar el edificio social para reconstruirlo. “La Revolución, decía Thuriot a la Asamblea Legistaliva en 1792, no es solamente para Francia; nosotros somos responsables delante de la humanidad”. Siéyès dijo antes de él, en 1788: “Alcémonos bruscamente a la ambición de querer, nosotros mismos, servir de ejemplo a las naciones”[1]. Y Barrère, en el momento en que los Estados Generales se reunían en Versalles: “Vosotros sois, dijo él, llamados a recomenzar la historia”.
Se ve el camino que la idea del Renacimiento trazó; cuánto ella se mostraba más perfeccionada en su desenvolvimiento y más audaz en su emprendimiento por ocasión de la Revolución, de lo que ella tenía de parecido, dos siglos antes, por ocasión de la Reforma.
En su número de abril de 1896, Le Monde masónico decía: “Cuando aquello que se ha visto durante mucho tiempo como un ideal se realiza, los horizontes más largos de un nuevo ideal se ofrecen a la actividad humana, siempre en marcha en dirección a un futuro mejor, nuevos campos de exploración, nuevas conquistas a realizar, nuevas esperanzas a perseguir”.
Esto es verdadero en el camino del bien. Como dice el Salmista, el justo dispuso en su corazón los grados para elevarse hasta la perfección que él ambiciona[2]. Esto es igualmente verdadero en la vía del mal.
Los hombres del Renacimiento no dirigieron sus miradas —al menos no todos— tan lejos cuanto los de la Reforma. Los hombres de la Reforma fueron ultrapasados por los de la Revolución. El Renacimiento había desplazado el lugar de la felicidad y mudado sus condiciones: ella había declarado que veía ese lugar en este mundo inferior. La autoridad religiosa permanecía afirmando: “Os engañáis, la felicidad está en el cielo”. La Reforma rechazó la autoridad, pero mantuvo el libro de las revelaciones divinas, que conservaba el mismo lenguaje. El filosofismo negó que Dios hubiese algún día hablado a los hombres, y la Revolución se esforzó en negar sus testimonios de sangre, a fin de poder establecer libremente el culto de la naturaleza.
El Journal des Débats, en uno de sus números de abril de 1852, reconoció esa filiación: “Somos revolucionarios; pero somos hijos del Renacimiento y de la filosofía antes de ser hijos de la Revolución”.

Es inútil que nos extendamos largamente sobre la obra emprendida por la Revolución. El Papa Pío IX la caracterizó en una palabra, en la encíclica del 8 de diciembre de 1849: “La Revolución está inspirada por el propio Satanás; su objetivo es destruir, desde los fundamentos a la cúpula, el edificio del cristianismo y reconstruir sobre sus ruinas el orden social del paganismo”. Ella destruyó primero el orden eclesiástico. “Durante ciento veinte años y más, según la expresión enérgica de Taine, el clero trabajó para la construcción de la sociedad, como arquitecto y como y constructor, inicialmente solo, después, casi solo”; lo pusieron en la imposibilidad de continuar esa obra, se pretendió ponerlo en la imposibilidad de jamás retomarla. En seguida, se suprimió la realeza, el vínculo vivo y perpetuo de la unidad nacional, la represora de todo cuanto pretendiera destruir esa unidad. Se deshizo de la nobleza, guardiana de las tradiciones, y de las corporaciones de trabajadores, que son las conservadoras del pasado. Después, habiendo sido apartados todos estos centinelas, se pusieron manos a la obra, muchos para destruir, lo que era fácil, pocos para reedificar, lo que era menos fácil.
No queremos trazar aquí el cuadro de esas ruinas y de esas construcciones. Diremos solamente que, en lo que concierne al edificio político, la revolución se apresuró en proclamar la República, con la que el Renacimiento soñó para la propia Roma, con la cual los protestantes habían deseado sustituir la monarquía francesa, y que hoy realiza tan bien las obras de la francmasonería.
Discípulos de J.J. Russeau, los convencionales de 1792 dieron como fundamento del nuevo edificio el principio según el cual el hombre es bueno por naturaleza; en la cima enarbolaron la trilogía masónica: libertad, igualdad, fraternidad. Libertad para todos y para todo, puesto que en el hombre sólo hay buenos instintos; igualdad, porque igualmente buenos, los hombres tienen iguales derechos en todo; fraternidad, o ruptura de todas las barreras entre los individuos, familias, naciones, para dejar al género humano abrazarse en una república universal.
En materia de religión, se organizó el culto de la naturaleza. Los humanistas del Renacimiento la habían llamado con sus deseos. Los protestantes no se habían atrevido a llevar la Reforma hasta ese punto. Nuestros revolucionarios lo intentaron.
Ellos no llegaron de una sola vez a ese exceso. Ellos comenzaron convidando al clero católico para sus fiestas.
Talleyrand presidió, el 14 de julio de 1790, la gran Fiesta de la Federación, rodeado por 40 capellanes de la guardia nacional, que sobre sus albas portaban fajas tricolores, con una orquesta de 1.800 músicos, en presencia de 25.000 diputados y de 400.000 espectadores. Pero pronto no quiso seguir más con esas exhibiciones, más “patrióticas” que religiosas: “No conviene, decía, que la religión comparezca en las fiestas públicas, es más religioso apartarse de ellas”.
Puesto de lado el culto nacional, era necesario buscar otro. Mirabeau propuso uno, muy abstracto: “El objeto de nuestras fiestas nacionales, dice, debe ser solamente el culto de la libertad y el culto de la ley”.
Esto pareció poco. Boissy-d’Anglas lamentó en voz alta el tiempo en que “las instituciones políticas y religiosas” se prestaban ayuda mutua, en que “una religión brillante” se presentaba con dogmas que prometían “el placer y la felicidad”, ornada con todas las ceremonias que tocan los sentidos, con las ficciones más sonrientes, con las más suaves ilusiones.
Sus deseos no tardaron en ser atendidos. Una religión fue fundada, teniendo sus dogmas, sus sacerdotes, sus domingos, sus santos. Dios fue sustituido por el Ser supremo y por la diosa razón, el culto católico por el culto de la naturaleza[3].
“El gran objetivo perseguido por la Revolución, dice Boissy-d’Anglas, es reducir al hombre a la pureza, a la simplicidad de la naturaleza”. Poetas, oradores, convencionales, no dejaron de hacer escuchar las invocaciones a “la naturaleza”. Y el dictador Robespierre marcó con estas palabras las tendencias, la voluntad de los innovadores: “Todas las sectas deben confundirse en la religión universal de la naturaleza”[4]. Es lo que desea actualmente la Alianza Israelita Universal, es para eso que ella trabaja, es lo que ella tiene la misión de establecer en el mundo, sólo con menos precipitación y con más astucia.
Nada podría convenir mejor a las aspiraciones de los humanistas del Renacimiento. En la fiesta del 19 de agosto de 1793, una estatua de la Naturaleza fue levantada en la plaza de la Bastilla, y el presidente de la Convención, Hérault de Séchelles, pronunció este homenaje en nombre de la Francia oficial: “¡Oh Naturaleza, soberana de los salvajes y de las naciones esclarecidas, este pueblo inmenso, reunido desde los primeros rayos del día delante de tu imagen, es digno de ti! Él es libre; fue en tu seno, fue en tus fuentes sagradas, que él recobró sus derechos, que él se regeneró. Después de haber atravesado tantos siglos de errores y de servidumbre, era necesario volver a entrar en la simplicidad de tus vías para reencontrar la libertad y la igualdad. ¡Naturaleza, recibe la expresión del afecto eterno de los franceses por tus leyes!”.
El acta del evento acrecentó: “Después de ese especie de himno, la única oración, desde los primeros siglos del género humano, dirigida a la Naturaleza por los representantes de una nación y por sus legisladores, el presidente llenó una copa, de forma antigua, con agua que corría del seno de la naturaleza: con ella hizo libaciones alrededor de la naturaleza, bebió un poco de la copa y la presentó a los enviados del pueblo francés”. Como vemos, el culto es completo: oración, sacrificio, comunión.

Con el culto, las instituciones. “Es por las instituciones, escribía el ministro de policía Duval, que se compone la opinión y la moralidad de los pueblos”[5]. Entre esas instituciones, aquella considerada más necesaria para hacer olvidar al pueblo sus antiguos hábitos religiosos y hacerlo adquirir nuevos, fue el décadi o domingo civil. Así, fue a esa creación que la república dedicó la mayor parte de sus decretos y esfuerzos. Al décadi, vinieron a juntarse fiestas anuales: fiestas políticas, fiestas civiles, fiestas morales. Las fiestas políticas tenían por finalidad, según Chénier, “consagrar las épocas inmortales en que las diferentes tiranías fueron aniquiladas por el arrebatamiento nacional, por los grandes pasos de la razón que cruzan Europa y van a tocar las fronteras del mundo”[6]. La fiesta republicana por excelencia era la del 21 de enero, porque entonces se celebraba “el aniversario del justo castigo del último rey de los franceses”. Estaba también la fiesta de la fundación de la república, fijada para el día 1 del vendimiario[7]. La gran fiesta nacional, resucitada en nuestros días, era la de la federación o del juramento, fijada para el 14 de julio.
Con respecto a la mora, estaba la fiesta de la juventud, la del casamiento, la de la maternidad, la de los ancianos y, sobre todo, la de los derechos del hombre. Muchas otras fiestas fueron, si no instituidas y celebradas, por lo menos decretadas o propuestas.
Como coronación se inventó un calendario republicano enteramente basado en la agricultura. Era una consagración solemne del culto nuevo, el culto de la naturaleza.

Tal fue el resultado fatal de las ideas que el Renacimiento había sembrado en los espíritus. La Reforma había ensayado una realización tímida, imperfecta: se limitó a corromper el cristianismo; la Revolución lo aniquiló tanto cuanto dependía de ella, y sobre sus ruinas edificó altares a la razón y a la sensualidad.
Sabemos para dónde condujo el naturalismo que, en el pensamiento de sus promotores, debía exaltar la dignidad del hombre. Barbé-Marbois, en su informe al Consejo de los Ancianos, denunció a la juventud escolar como “ultrapasando en sus excesos todos los límites, y hasta aquellos que la propia naturaleza parece haber fijado para los trastornos de la infancia”. Y, en la otra extremidad de la vida, todos los documentos de la época nos muestran los muertos entregados a los “sepultureros impuros”, las familias que se habitúan a “considerar los restos de un marido, de un padre, de un hijo, de un hermano, de una hermana, de un amigo, como aquellos de cualquier otro animal del cual nos deshacemos”. En 1800, el ciudadano Cambry, encargado por la administración central del Sena para hacer un informe sobre el estado de las sepulturas en París, no creyó poder publicarlo sino en latín: tanto había de vergonzoso en esos bárbaros funerales. Frecuentemente, los cuerpos eran dados como comida a los animales.
Todos los que habían conservado alguna honestidad se espantaban con el desorden de las costumbres que habían llegado al clímax. Con la ruina de las costumbres y la abolición del culto cristiano, habían llegado a la bancarrota y la miseria.
Tal fue la manifestación de la civilización moderna en su primer ensayo. Aquel al cual estamos entregados actualmente no tendrá un fin mejor.
La ruina, la miseria, el desorden moral no podían durar y agravarse para siempre. El clamor público reclamaba el restablecimiento del culto católico. Él jamás dejó de ser practicado, aunque con riesgo de la vida: los sacerdotes permanecían en medio de las poblaciones, las cuales se exponían a todos los peligros para favorecer el ejercicio del santo ministerio.
En 1800, la obra de la restauración se imponía, todas las creaciones destinadas a sustituir el cristianismo habían caído en un descredito absoluto y universal. Los Consejos Generales eran unánimes en reconocer y declarar esa realidad[8]. Llegó Napoleón. Si él restableció, de común acuerdo con Pío VII la Iglesia en Francia, él también tomó medidas —a través de los artículos orgánicos, de la institución de la Universidad, del Código Civil, etc.— para que la civilización cristiana no pudiese retomar su completo dominio sobre las almas y no fuese restaurada en las instituciones.
Él no hizo, como muy bien se dice, sino contener la Revolución.
La Revolución pudo retomar su curso con una especie de regularidad que se mantendrá hasta que sea llegado el momento de un desorden completo y esta vez definitivo, como ella cree, de la civilización cristiana y de todo lo que fue edificado en nombre de Cristo, para restablecer sobre las ruinas del orden sobrenatural el reino del naturalismo, la deificación del hombre.

Vea los capítulos publicados haciendo clic en: La Conjuración Anticristiana



[1] Qu'est-ce que le Tiers-Etat?
[2] Ps. LXXXIII, 6-7.
[3] En la fiesta del Ser supremo, es la naturaleza la que recibe los homenajes de Robespierre y de los representantes de la nación. Véase A la búsqueda de una religión civil, por el abad Sicard, pp. 133-144. Tomamos prestado a este libro los hechos que informamos aquí.
[4] Discurso del 7 de mayo de 1794.
[5] Moniteur de los días 9, 10 y 11 del pluvioso, año VII (el pluvioso era el quinto mes del calendario republicano francés).
[6] Discurso del 5 de noviembre de 1793, moniteur del día 8.
[7] El vendimiario era el primer mes del calendario republicano francés.
[8] Análisis de las actas de los Consejos Generales de los Departamentos de los años VIII y IX. Biblioteca Nacional.

martes, 9 de septiembre de 2014

Los principales autores de los inicios de la conjuración anticristiana posteriores al Renacimiento y al protestantismo


A mediados del siglo XVIII, se dieron a conocer tres personajes poseídos de un odio el más irreconciliable contra la religión cristiana. Fueron estos Voltaire, d’Alembert, y Federico II, rey de Prusia. Voltaire aborrecía el cristianismo porque aborrecía a su autor y a los héroes, que son su gloria. D’Alembert lo aborrecía, porque su insensible corazón era incapaz de amar. Y Federico lo aborrecía, porque solo fue amigo y tuvo trato con sus enemigos. A estos tres se agregó Diderot, que aborreció la religión, porque era naturalmente loco, y porque entusiasmado con el caos de sus ideas, le era más grato forjarse desatinos y quimeras, que someter su fe al Dios del Evangelio. Un gran número de iniciados entró en esta conspiración; pero los más sólo en calidad de admiradores estúpidos, o de agentes secundarios. Voltaire fue el patriarca, d’Alembert el agente más astuto, Federico protector y a veces consejero, y Diderot el hijo perdido.

Agustín Barruel, Memorias para servir a la historia del Jacobinismo, Tomo I, cap. I p. 17, Imprenta y librería de Luis Barjau, 1870.

Cualquiera que sea la religión que profesáis, cualquiera el gobierno de que sois súbditos y a cualquiera clase de sociedad que pertenezcáis, sabed que si el jacobinismo triunfa, si los proyectos y juramentos de la secta se cumplen, perderéis vuestra religión y sacerdocio, vuestro gobierno y leyes, vuestras propiedades y magistrados. Vuestras riquezas, vuestros campos, vuestras casas, hasta vuestras chozas; vosotros mismos y vuestros hijos ya no serán, ni seréis vuestros. Pensabais que la revolución terminaría en Francia, pero ella no ha sido más que el primer ensayo de los jacobinos. Los designios, juramentos y conspiraciones de estos sectarios se extienden y abrazan la Inglaterra, la Alemania, la Italia, la España, todas las naciones como la francesa


Op. cit., Introd. p. XVI

lunes, 8 de septiembre de 2014

8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora

Plinio Corrêa de Oliveira

Podemos medir la inmensa finura de la Iglesia con respecto a todo cuando consideramos que el único santo con una fiesta especial para su cumpleaños es nuestra Señora. No estamos considerando Navidad, por supuesto. La Natividad de Nuestra Señora corresponde al culto de hiperdulía que la Iglesia reserva para ella.
La glorificación de María por Fray Angelico
La Iglesia reserva el culto de latría o adoración, sólo a Dios; para nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo encarnado. El culto de dulía o veneración, la Iglesia lo asigna a los santos. Pero con respecto nuestra Señora la Iglesia tiene un culto que no es ni el simple culto de dulía ni el supremo culto de latría, sino que el culto de hiperdulía, que es una veneración superior que no tiene paralelo o similitud con ninguna otra.
 Por lo tanto, tenemos una fiesta que celebra el cumpleaños de la Santísima Virgen, una de las muchas fiestas que la Iglesia reserva para ella.
 Análogamente, debido a su singular virtud, la Iglesia admite que en una iglesia pueda haber más de una imagen de la Virgen en un mismo altar, una norma que no se aplica a ningún otro santo. De esta manera ella da a entender que la Virgen no tiene comparación con ninguna otra criatura. Es una forma litúrgica para enseñar la verdad teológica de que Ella es la Madre de Dios.
 La fiesta del día de la Natividad de Nuestra Señora nos lleva a preguntar: ¿Qué ventaja trajo su nacimiento para la humanidad? ¿Y por qué la humanidad debe celebrar su natividad de manera especial?
 En el orden de la naturaleza, nuestra Señora fue concebida sin el pecado original, dándole un singular e incomparable valor. Ella fue un lirio de incomparable belleza que apareció en la noche de esta tierra de exilio. Ella también tuvo todos los dones psicológicos naturales que una mujer pueda tener.  Dios le dio la personalidad más rica que se pueda imaginar. A esto, Él le añadió dones del orden sobrenatural, los tesoros de gracias que le eran suyos. Ella recibió las más preciosas gracias que Dios ha concedido a ninguna criatura.
La Natividad de la Virgen por Andrea di Bartolo
Puesto que no tenía el pecado original, Ella tuvo pleno uso de la razón desde el momento en que fue concebida. Por lo tanto, ya en el seno materno, nuestra Señora tuvo pensamientos muy elevados. El seno de Santa Ana fue para ella una especia de templo. Allí Ella ya estaba intercediendo por la raza humana y comenzó a suplicar ―con la más alta sabiduría que fue un don de Dios― por la venida del Mesías. En realidad, Ella estaba influyendo en el destino de la humanidad como una fuente de gracias. La Escritura nos dice que la túnica que vestía nuestro Señor era una fuente de gracia que curaba a quien la tocaba; siendo así, podemos imaginar cómo nuestra Señora, la Madre del Salvador, fue una fuente de gracias para cualquiera que se aproximaba a Ella, incluso antes de Ella nacer. Por esta razón, podemos decir que en su natividad, gracias inmensas comenzaron a brillar para la humanidad y el demonio comenzó a ser aplastado. Ella percibió que el cetro del demonio se había agrietado y que nunca sería el mismo otra vez.
 En el momento de su nacimiento, el mundo estaba sumido en el más radical paganismo. Los vicios prevalecían, la idolatría dominaba todo, la abominación había penetrado la religión judía, que era un presagio de la religión católica. La victoria del mal y del demonio parecía casi completa. Pero en cierto momento, Dios y su misericordia, decretaron que nuestra Señora debía nacer. Este fue el equivalente al comienzo de la destrucción del reino del demonio.
 Nuestra Señora era tan importante que su nacimiento marca una nueva era en la Antigua Alianza. La historia de la Antigua Alianza fue una larga espera por la venida del Mesías. Después del pecado original de nuestros primeros padres, la humanidad tuvo que esperar 3000 o quizás más años por el Mesías. Pero en cierto bendito momento, la divina Providencia dispuso que debía nacer una mujer que merecería la venida del Mesías. Su natividad representa la entrada en el mundo de la criatura perfecta que encontró gracia delante de Dios y tuvo el mérito suficiente para poner fin a esta larga espera.
María mediadora por Van Eyck
Todas las oraciones, sufrimientos y fidelidades de los hombres justos vivos y muertos alcanzaron su cúspide con la llegada de la Virgen. Hubo patriarcas, profetas, hombres justos entre el pueblo elegido y ciertamente algunos hombres justos entre los gentiles que habían rezado, sufrido, y esperado; nada de esto fue suficiente para atraer la llegada de la Redención. Pero cuando Dios lo quiso, Él hizo que la criatura perfecta naciera para ser la Madre del Salvador. Por lo tanto, la entrada de esta primorosa criatura en el mundo marca el presagio de la Redención. Las relaciones entre Dios y el hombre comenzaron a cambiar, y las puertas del cielo que habían sido herméticamente cerradas fueron semi abiertas, permitiendo que pasara la luz y la briza de la esperanza.
 Su nacimiento representa la entrada en el mundo de una nueva gracia, una nueva bendición, una nueva presencia que fue un incomparable presagio de la presencia, bendición y gracia que vendría con el Salvador.
 Por todas estas razones, la Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora debe ser de las más queridas para nosotros. Es el evento que anuncia la caída del paganismo.
 Puesto que somos hijos de la Virgen, no por nuestros propios méritos, sino por su elección, en este día podemos pedirle a Ella una gracia especial. Muchos místicos que tuvieron visiones de nuestra Señora dijeron que en sus días de fiesta Ella visita el purgatorio para liberar un gran número de almas que Ella lleva consigo al cielo. Lo que pasa con la Iglesia purgante (el purgatorio) nos da una idea de lo que ocurre con la Iglesia militante. En estos días de fiesta su gracia nos envuelve y gana innumerables favores para nosotros.
 Sugiero que en su natividad cada uno de nosotros le pidamos las gracias que necesitemos. Pero también sugiero que como contrarrevolucionarios, le pidamos que nos dé el amor y el deseo ardiente por el Reino de María similar al deseo que Ella sentía por el Mesías. Un deseo sabio y reflexivo que limpie nuestras almas de todo apego a este mundo revolucionario y nos permita ser sus instrumentos para la destrucción de la Revolución y la implantación de su Reino.


Tomado de TIA

Segundo mito falso contra la Edad Media:

En la Edad Media el régimen era de opresión.
Dice también este mito falso: el señor extorsionaba al vasallo, que a su vez extorsionaba a los que le eran inferiores. La base de esa opresión era el vínculo feudal. Los inferiores sólo obedecían por miedo. Por lo tanto, era un orden de cosas odiable, una cascada de opresión y de desprecio.

Refutación:
La Edad Media fue una época de armonía social, porque los hombres establecieron sus relaciones en el vínculo protección-servicio. Era una gradación de mucho respeto y estima. Por lo tanto, un orden de cosas justo y deseable.

Documentación

1. – Documentos medievales mostrando la armonía entre señor y vasallo

POEMA DE “EL CID” (de aproximadamente 1300, en el texto establecido por Ramón Menéndez Pidal, edición 1969):

El Cid piensa dormir en cierto lugar, y habla a los vasallos: “Díjoles a todo como ha pensado trasnochar; y todos, buenos vasallos, lo aceptan de voluntad; Pues lo que manda el señor, dispuestos a hacer están”.
“Mio Cid Rodrigo Díaz a Alcácer tiene vendido; Y así pagó a sus vasallos que en la lucha le han seguido. Lo mismo a los caballeros que a los peones, hizo ricos; Ya no queda ni uno pobre de cuantos le hacen servicio. Aquel que a buen señor sirve, siempre vive en paraíso”.

El Cid expone a sus caballeros el plan de batalla para defender Valencia: “Oídme, mis caballeros: … Cerca del amanecer, armados estad; El obispo don Jerónimo la absolución nos dará: Y después de oír su Misa, dispuestos a cabalgar, a atacarlos nos iremos, de otro modo no será; En el nombre de Santiago y del Señor celestial. Más vale que lo venzamos que ellos nos cojan el pan; Entonces dijeron todos: ‘Con amor y voluntad’”.

CHANSON DE ROLAND (el más famoso poema épico medieval, surgido entre 1090 y 1180):

En la batalla de Ronceveaux, Roland incentiva a sus guerreros a la lucha: “Por su señor cada uno debe sufrir grandes males, soportar los grandes fríos y los grandes calores, y debe perder la sangre y la carne. Golpea cada uno con su lanza y yo con Durendal, mi buena espada que el rey me dio. Si yo aquí muero, que el futuro pueda decir que ella fue de un noble vasallo”.
El arzobispo Turpin, par de Carlomagno: “Del otro lado está el arzobispo Turpin. Él espolea su caballo y sube una elevación. Llama a los franceses y les hace un sermón: ‘Señores barones, Carlos nos colocó aquí. Debemos morir bien por nuestro rey’”.
Cuando un sarraceno ofende a Carlomagno, diciendo que no es un buen señor, Roland le replica antes de darle muerte: “¡Vil pagano, mentiste! Carlos, mi señor, nos protege siempre”.
Llanto de Carlomagno al encontrar a Roland, su predilecto, muerto en el campo de batalla: “Amigo Roland, Dios te llevó… Nunca se vio sobre la tierra un caballero tan luchador. Mi honra está profundamente abatida. Amigo Roland, ¡Dios ponga tu alma en las flores del paraíso, entre los gloriosos! Jamás tendré más el sustento de mi honra: no creo más tener sobre la tierra un solo amigo; si tengo parientes, ninguno es tan bravo… ¿Quién guiará mis ejércitos tan vigorosamente, cuando está muerto aquel que siempre fue su jefe? ¡Oh Francia, como quedaste desierta! Mi luto es tan pesado, que yo querría no existir más. Roland, quien te mató devastó Francia… Tengo un luto tan grande por los caballeros que por mi murieron, que desearía no vivir más”.
Carlomagno convoca a los francos a la venganza del derecho ultrajado: “Barones, yo os amo y tengo fe en vosotros. Por mí hicisteis tantas batallas, tantas conquistas de reinos y destronamiento de reyes. Sé que os debo agradecer de mi persona, en tierras, en riquezas. Vengad a vuestros hijos, vuestros hermanos y vuestros herederos, que en aquella noche perecieron en Roncevaux. Vosotros bien sabéis que contra los paganos el derecho es por mí”.

2. – Autores modernos

“La imagen medieval de pobreza, la realeza y la voluntad divina están ilustradas en una ‘Vida de Eduardo el Confesor’, del siglo XIII. Esta historia narra que Gilla Michael, un paralitico inglés, fue a Roma en busca de remedio, pero (el sucesor de) San Pedro le dijo que quedaría curado si el rey Eduardo de Inglaterra lo llevase a sus espaldas desde Westminster Hall hasta la abadía de Westminster. El virtuoso monarca consintió. Por el camino el paralítico sintió que ‘se le aflojaban los nervios y se le estiraban las piernas’. La sangre de sus llagas corría por las vestiduras reales, pero el rey lo llevó hasta el altar de la abadía. Allí quedó curado, comenzó a andar y colgó sus muletas, como recuerdo del milagro” (Chr. Brooke, profesor de Historia Medieval en la Universidad de Liverpool, en “La Baja Edad Media”, Ed. Labor, Barcelona, 1968, p. 32).
“Y como las nociones de flaqueza y de poder son siempre relativas, se ve, en muchos casos, el mismo hombre hacerse simultáneamente dependiente de uno más fuerte y protector de los más humildes. Así se comienza a construir un vasto sistema
de relaciones personales, cuyos hilos entrecruzados corrían de un nivel a otro del edificio social” (Marc Bloch, profesor en la Universidad de la Sorbona, en “La Société Féodale”, Ed. Albin Michel, París, 1970, p. 213).
“El prestigio real es muy vivo. En el fondo de los bosques más distantes, el último de los campesinos sabe que existe el rey… ungido con oleos santos, consagrado… y que está encargado de mantener en todo el territorio del reino la paz y la justicia” (Georges Duby, gran historiador moderno, en “Histoire de la Civilisation Française”, trad. castellana, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, p. 213).
“¿Un hombre, proscrito, entre 925 y 935, en Inglaterra, no tenía señor? Si se constata esa situación negra, sujeta a sanciones legales, su familia deberá designarle un señor. ¿Ella no quiere o no puede? Entonces él será considerado fuera de la ley, y quien lo encontrare podrá matarlo, como un bandido” (Marc Bloch, op. cit., p. 259)

Continuará…

domingo, 7 de septiembre de 2014

Primer mito falso contra la Edad Media:

Una sociedad concebida según los principios católicos es utopía

Refutación:
La civilización cristiana existió. Lo testifican los documentos pontificios, los documentos medievales y los acreditados estudios de autores contemporáneos, además de los legados culturales indestructibles, de los cuales hasta hoy recibimos la saludable influencia.

Documentación

León XIII
Sobre la Edad Media, a pesar de esta o aquella falla, el papa León XIII escribió con elocuencia: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer” (encíclica Inmortale Dei, de 1 de noviembre de 1885).
San Pío X
Por lo tanto, la civilización cristiana no es una utopía. Es algo realizable, y que en determinada época se realizó efectivamente. Algo que duró, de cierto modo, incluso después de la Edad Media, a tal punto que el papa San Pío X pudo escribir: “… no, la civilización no está por inventar ni la “ciudad” nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la “ciudad católica”. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad” (carta apostólica Notre Charge Apostolique, de 23 de septiembre de 1910).

Esta serie sobre la refutación de los mitos sobre la Edad Media dará la documentación medieval y la de los autores contemporáneos que testifican claramente que la Edad Media fue la “era cristiana” de que hablan los pontífices.

Continuará…

Fuente: Gloria de la Edad Media

7 de septiembre fiesta de Nuestra Señora de Covadonga

Plinio Corrêa de Oliveira

En el año 711 los árabes musulmanes invadieron la Península Ibérica. El rey visigodo Rodrigo murió enfrentándolos en el campo andaluz de Guadalete en el sur de España. Tomando una posición de resistencia en contra de la rápida conquista y dominación de los infieles, Don Pelayo dirigió a un grupo de valerosos caballeros que se habían retirado a las montañas del norte de las Asturias para recuperarse y volver a luchar.
La Virgen de Covadonga
Los árabes consideraron a España un país conquistado y se prepararon para entrar en la Galia de los godos cuando se enteraron de la revuelta de los asturianos. En el año 722, los moros enviaron un bien entrenado ejército comandado por el general Alkamar con órdenes de destruir a Don Pelayo y sus hombres.
Don Pelayo preparó la resistencia para enfrentar al gran ejército musulmán en la montaña Alzeba, donde los acantilados ofrecían una ventaja a los enormemente superiores en número de católicos. Él colocó a sus hombres estratégicamente a lo largo de los acantilados, y mientras esperaban al enemigo para avanzar, fue a la cercana Cueva de Covadonga, donde se había colocado una estatua de Nuestra Señora y le pidió su protección especial en la batalla que se avecinaba.
Los moros comenzaron el ataque lanzando flechas a los soldados católicos detrás de los acantilados de piedra. Pero ya, en este primer ataque, algo extraordinario sucedió: las flechas se volvían contra los arqueros moros que habían sacado los arcos, matándolos. Un grupo de católicos avanzó para luchar, mientras los otros, desde la Montaña Alzeba, disparaban flechas y lanzaban piedras y troncos sobre las tropas enemigas.
Después de un corto tiempo, Suleiman, el segundo al mando, cayó muerto, el desorden estalló en el ejército, y Alkamar dio la orden de retirada.
En ese momento, se desató una terrible tormenta. Los truenos rugían, los relámpagos iluminaban las oscuras laderas, y las fuertes lluvias causaban deslizamientos de tierra que arrastraban rocas y árboles que caían abajo de la montaña y sobre las tropas árabes en retirada. Luchando en el lodo, muchos soldados moros se resbalaban y caían en el río Deva, donde se ahogaron. La Santísima Virgen hizo que la propia montaña cayera sobre los soldados de Mahoma.
La basílica erigida en honor de la Virgen de Covadonga
La batalla de Covadonga fue ganada, y Pelayo fue proclamado rey de Asturias. En reconocimiento a la intercesión milagrosa de Nuestra Señora, el rey Alfonso I el Católico (739-757) ordenó que se construyera en el lugar un monasterio y capilla en honor de Nuestra Señora de Covadonga.
Más tarde fue sustituido por una gran basílica que fue consagrada en 1901.
Incluso los historiadores árabes se refieren a esta batalla con asombro, sin ocultar el enorme número de musulmanes que murieron durante la misma.

COMENTARIOS DEL PROF. PLINIO:

¿Qué lección podemos sacar de estos hechos?
Ustedes conocen la desproporción entre el tamaño de los ejércitos y los medios en nuestras batallas contra la Revolución. En el texto seleccionado también se describe una gran desproporción entre los soldados españoles y las tropas musulmanas. Desde el punto de vista natural, los católicos estaban completamente perdidos. Sin embargo, no se dieron por vencido. Ellos hicieron todo lo posible para ganar, a pesar que la victoria parecía imposible. Insisto en esta fórmula: hacer todo lo posible para ganar una victoria imposible.
Los católicos liderados por don Pelayo enfrentaron
las superiores fuerzas musulmanas
Ellos estaban en una montaña en una gruta que era una base de operaciones militares para ellos. En preparación para la batalla, algunos fueron posicionados a lo largo de los acantilados que les ofrecían una buena defensa; otros estaban en la cima de la montaña. Entonces, cuando los moros avanzaron, entraron en la batalla contra el agresor con ferocidad. Ellos actuaron como verdaderos héroes con el fin de lograr lo que era humanamente imposible. Ellos ya habían hecho lo más importante: ellos llevaron consigo una estatua de la Virgen y se pusieron bajo su protección, pidiéndole que les diera la victoria que no podían alcanzar por sí mismos.
En este escenario, después de haber hecho lo que era humanamente posible, ocurrió una serie de milagros. Desde la parte superior de la montaña lanzaron piedras y troncos sobre los enemigos que avanzaban, y los moros disparaban flechas contra ellos. Entonces, Nuestra Señora intervino: hizo que las flechas de los moros se volvieran contra sí mismos. Ella envió una tormenta que hizo que las rocas y los árboles de la montaña cayeran sobre las huestes enemigas. Cualquiera que conozca España tiene una idea de la violencia de la naturaleza en esta región montañosa y puede representarse una terrible tormenta con las avalanchas de agua y tierra cayendo por los acantilados de la montaña sobre valle. Lo más probable, es que los católicos encontraron refugio de la tormenta, ya sea en la Cueva de Covadonga o en otros refugios de montaña más pequeños. Con esas acciones milagrosas Nuestra Señora ganó la batalla.
El santuario de la gruta de
Covadonga
Ella exigió todo de sus soldados para ganar una batalla imposible. Mientras luchaban con todas sus energías, ella intervino y multiplicó su acción de una manera milagrosa y ganaron la batalla. La victoria fue de Ella.
La lección es que debemos tener una perspectiva sobrenatural para formarnos una idea de nuestra vocación y de nuestra lucha. Tenemos que hacer lo que sea necesario para ganar, incluso cuando sea imposible. La Divina Providencia no nos pide que seamos ciegos a la realidad. Hay que analizar la situación, e incluso cuando vemos que es imposible ganar esta o aquella batalla, tenemos que librarla de todos modos. Debemos desear lo que desea la Divina Providencia. Tenemos que creer en lo que es humanamente increíble. Debemos estar convencidos de que la Virgen es por excelencia la Madre de lo Imposible. Ella nos pide que hagamos lo que es imposible ella tiene el derecho de pedir esto de nosotros y ella intervendrá para alcanzar la victoria, después de que hayamos hecho todo lo que podemos.
Los moros tomaron toda España sin una reacción importante hasta Covadonga porque encontraron católicos españoles tibios y mediocres que sólo tenía argumentos de sentido común. Ellos se habían resignado a no hacer nada, excepto lo que era razonable. Es así que fueron derrotados y España fue conquistada.
En el momento en que algunos católicos creyeron en lo imposible bajo la protección de Nuestra Señora, el juego cambió, y comenzó la Reconquista. Los moros fueron derrotados en Covadonga, pero también fueron potencialmente derrotados en toda España debido a la mentalidad activada en Covadonga. Muchos siglos pasarían antes de que los moros fueran expulsados ​​por completo en el siglo XVI. Pero la mentalidad que inspiró la Reconquista fue la misma que ganó en Covadonga: Creer en lo imposible bajo la protección de la Virgen.
Debemos pedir a la Virgen la gracia de nunca dudar de una victoria que estamos seguros que ella quiere – aunque parezca imposible. Debemos hacer todo lo posible para lograr ese objetivo y confiar en que Ella dará la victoria final.
Fuente: TIA
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