Sin comunicar en sus obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas (Efesios 5, 11)
jueves, 12 de abril de 2012
La Reverdie - Symphonia virginum - O dulcissime amator - Hildegard von Bingen
lunes, 9 de abril de 2012
Te Deum - Prelude - Marc-Antoine Charpentier

La gracia es superior a los bienes de la naturaleza
Dice san Agustín: “Según las palabras del Salvador, el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y la justicia de los elegidos permanecerán; los primeros contienen las obras de Dios, los segundos la imagen de Dios[1]. Enseña santo Tomás, ser cosa más notable conseguir que el pecador vuelva a la gracia que crear el cielo y la tierra[2]. Esta última obra termina en las criaturas contingentes; la gracia nos introduce a participar de la naturaleza inmutable de Dios. Cuando Dios creó las cosas visibles, se construía una morada; cuando da al hombre una naturaleza espiritual, puebla su mansión de servidores; pero cuando le da su gracia, lo adopta en su seno, lo hace hijo suyo, le comunica su vida eterna.
En una palabra, la gracia es un bien sobrenatural, es decir, un bien que ninguna naturaleza creada lo puede poseer por sí misma, ni exigirlo; pues de suyo corresponde únicamente a la naturaleza divina. Tan es así que la mayoría de los teólogos establecen que Dios, a pesar de su omnipotencia, es incapaz de crear un ser al que corresponda la gracia por su misma naturaleza[3]; llegan hasta afirmar que, si una tal criatura se diera en efecto, no se distinguiría de Dios.
A ello se agrega lo que con tanta claridad y frecuencia ha afirmado la Iglesia[4]: ningún hombre, ninguna criatura lleva en sí el germen de la gracia. Como tantas veces lo ha hecho notar san Agustín[5], la naturaleza se refiere a la gracia como la materia inanimada al principio de vida. La materia, como muerta que es en sí misma, no puede darse la vida, debe recibirla de otro cuerpo viviente. Del mismo modo, la criatura racional de suyo no posee la gracia, ni la puede adquirir por su actividad ni por sus méritos; sólo Dios, en su bondad, puede otorgársela, haciendo gala de su poder, envolviendo la naturaleza en su virtud divina.
¿Cuál no será la grandeza de este bien que de tan lejos aventaja a la naturaleza y hasta al poder y los méritos de los mismos ángeles?[6]
Un hombre muy piadoso e instruido afirmó que todas las cosas visibles están infinitamente por debajo del hombre[7]. Observó san Juan Crisóstomo que nada en el mundo es comparable al hombre. Añade san Agustín que prefiere ser justo y santo que hombre o ángel[8], Y santo Tomás agrega que la gracia tiene más valor que el alma.
La gracia supera todas las cosas creadas como Dios mismo, ya que no es otra cosa sino la luz sobrenatural que desde la profundidad de la divinidad se expande sobre la criatura racional. El sol y su luz son inseparables. Si el sol es mucho más precioso y perfecto que la tierra, de suyo oscura, su luz lo será de la misma manera. Con la gracia pasa otro tanto. Nuestra naturaleza es la tierra que recibe los rayos del sol divino, que la penetran y la glorifican; se convierte en una especie de naturaleza divina. Dios, a quien poseemos por la gracia, no encierra únicamente las perfecciones de todas las cosas; es infinitamente más perfecto que todas ellas juntas. Igualmente, la gracia es más preciosa que todos los bienes creados. Se puede afirmar de ella lo que se ha dicho de la Sabiduría: “Ella es superior a los tesoros más preciosos; ninguna cosa, por apetecible que sea, puede comparársele”[9].
Elevemos, pues, nuestras miradas hacia esos tesoros; veamos si deben desdeñarse o si por el contrario son dignos de que los busquemos con todo el ardor de nuestro corazón. Aun cuando poseyéramos todos los bienes de la naturaleza, oro, plata, poderío, reputación, ciencia, artes, todas estas riquezas se esfumarían ante la gracia como un montón de tierra junto a una piedra preciosa. Por el contrario, aunque seamos pobres en absoluto, la gracia de Dios por sí sola nos hace más ricos que todos los reyes de este mundo; poseemos lo mejor que Dios puede darnos. Canta el Salmista: “La misericordia de Dios se extiende sobre todas las criaturas”[10]. Reza la Iglesia en su oración: “… Oh Dios que manifiestas tu poder singularmente al perdonarnos y al usar de misericordia”.
¡Seamos reconocidos a Dios por semejante don! Agradezcámosle porque nos sacó de la nada. Como canta el Salmista, “todas las cosas las ha puesto bajo nuestros pies, las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar”[11]. Es hora de que exclamemos con él: “¿Quién es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que lo visites?”[12]. ¡Cuánto más debemos agradecerle los tesoros sobrenaturales de la gracia y guardarlos con sumo cuidado!
Esa es la razón por la que un sabio teólogo, el Cardenal Cayetano, asegura que no debemos perder de vista los castigos reservados para los que desprecian la gracia. Nuestro castigo será, semejante al de aquellos hombres del Evangelio que, invitados por el rey a su festín, prefirieron su propio interés o su goce. También nosotros, atolondrados e ingratos, despreciamos la invitación al festín de Dios, para ceder luego a la invitación del mundo y del demonio, que con sus viles placeres nos vendan los ojos. El demonio nos da cosas harto inferiores a las de Dios; no lo hace para que seamos felices, sino para perdemos. Dios, con liberalidad y por amor, nos da una piedra de valor incalculable, en tanto que el demonio, con avaricia y por odio, nos da una moneda resplandeciente, pero vil. Se necesita ser loco para abandonar la piedra preciosa y comprar esta moneda falsa, con la que nos arruinamos.
La distancia inconcebible que hay entre la gracia y los bienes de la naturaleza no solamente debe impedirnos la pérdida de aquélla por el pecado mortal, sino que debe impulsarnos a practicar con empeño las virtudes que aumentan la gracia en nosotros. Te concedo que nada pierdes con dejar la misa negligentemente entre semana, con omitir una oración no impuesta o una obra de misericordia, de mortificación, de humildad; con todo, no puedes negar que es una pérdida incalculable para ti el no aumentar tu capital cuando tan fácilmente lo podrías conseguir, puesto que el menor grado de gracia excede en valor a todos los bienes de este mundo.
Si a un avaro le fuera dado ganar, mediante un ayuno o una oración, toda una flota, cargada de tesoros de la India, ¿quién sería capaz de impedirle esas prácticas? ¿Creéis que le detendrían las reflexiones acerca de lo pesado de su obra o del peligro a que exponía su salud? ¿Con qué derecho entonces nos apoyamos en motivos parecidos, siendo así que se trata de una recompensa, cuya menor parte supera infinitamente a todos los tesoros de la India, a todos los mundos juntos? A pesar de todo, ¡qué lentos somos para extender la mano, para imponemos la molestia de dar vuelta a un campo que en seguida produciría espigas de oro! Bastaría un suspiro, una lágrima, una buena resolución, un deseo piadoso, la sola invocación de Cristo, un gesto de amor, una súplica. Quién nos diera el imprimir bien profundamente en nuestro corazón las maravillas de la gracia, el repetir con una convicción profunda y viva estas palabras de un piadoso doctor: La gracia es la soberana y la reina de la naturaleza[13].
M.J. Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, cap. II
[1] In Ioannem, tr. 72, 3.
[2] S. Th., I, II, q. 113, a. 9.
[3] Por ejemplo, SUÁREZ, De divina substantia, l. II, c. 9.
[4] San Celestino I. De gratia Dei indiculus. Segundo concilio de Orange. Concilio de Trento.
[5] Serm. 62, n. 2; 65, n. 3; 156, n. 6. In ps. 70, enarr. 2, n. 3; De Genesi ad lit., l. X, c. 6, n. 10.
[6] San Agustín, De civit. Dei, l. XII, c. 9. Santo Tomás, I, q. 62, a. 2.
[7] LESSIUS, De div. Perf., l. 1, c. 1.
[8] Serm. 15. De verbis Apostoli.
[9] Proverbios, VIII, 2.
[10] Salmo, CXLIV, 9.
[11] Salmo VIII, 7-9.
[12] Salmo VIII, 5.
[13] Gerson, Serm. de circumc.
domingo, 8 de abril de 2012
María Antonieta recibe la última absolución

En la Conciergerie, un sacerdote da la absolución a la reina María Antonieta desde fuera la ventanilla enrejada de su celda antes de ser conducida a la ejecución que le valió la gloriosa palma del martirio.
Visto en Tea at Trianon
Pascua de Resurrección
El calendario litúrgico señala el día de hoy la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo después de estar tres días encerrado en la tumba en que lo había sepultado la piedad de sus fieles. Así como dedicamos en nuestro último número varias consideraciones acerca de la Pasión y Muerte del Redentor, queremos hacer en el día de hoy algunas reflexiones sobre algunas enseñanzas que la gloriosa Resurrección del nuestro Señor nos da. Y estamos en lo correcto. La Resurrección representa el triunfo eterno y definitivo de nuestro Señor Jesucristo, la completa derrota de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra fe. Dice San Pablo que, si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se fundamenta todo el edificio de nuestras creencias. Meditemos, pues, sobre tan alto asunto.
* * *
Cristo, Señor nuestro, no fue resucitado: resucitó. Lázaro fue resucitado. Él estaba muerto. No fue otro que nuestro Señor quien lo trajo de la muerte a la vida. En cuanto al divino Redentor, nadie lo resucitó. Fue Él mismo quien se resucitó. No tuvo necesidad de que nadie lo trajera a la vida. Él la recuperó cuando Él lo quiso.
Todo cuanto se refiere a nuestro Señor tiene su aplicación analógica con la Iglesia Católica. Vemos frecuentemente, en la historia de la Iglesia, que cuando ella parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían socavar su cuerpo, sobrevivió siempre a los hechos que la han sostenido viva contra toda expectativa de sus adversarios. Hecho curioso, a veces, no son los amigos de la Santa Iglesia los que vienen en su rescate: son sus propios enemigos. En una época delicadísima para el catolicismo, como fue la de Napoleón, ¿no ocurrió el episodio mil y mil veces curioso de haberse reunido un cónclave para la elección de Pío VII, bajo la protección de las tropas rusas, todas ellas cismáticas y obedeciendo a un soberano cismático? En Rusia, la práctica de la religión católica era obstaculizada de mil maneras. Las tropas de ese país aseguraron, sin embargo, en Italia, la elección libre de un soberano pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro había causado daños de los que, humanamente hablando, la Iglesia tal vez no se habría podido recuperar nunca más.
Estos son medios maravillosos de los que la Providencia se sirve para demostrar que Ella tiene el gobierno supremo de todas las cosas. Sin embargo, no creamos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria, o a las tropas rusas. Aun cuando Ella parece enteramente abandonada, aun cuando el concurso de los medios más indispensables para la victoria en el orden natural parecen faltarle, estemos siempre seguros que la Santa Iglesia no morirá. Como nuestro Señor, Ella se levantará con sus propias fuerzas que son divinas. Y cuanto más inexplicable fuere, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia ―aparente, recalcamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, al contrario de la de nuestro Señor― tanto más gloriosa será la victoria.
En estos días nublados y tristes en que vivimos, confiemos pues. Pero confiemos, no en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o aquella corriente ideológica, para operar la reintegración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer la tierra entera, si eso fuera necesario para el cumplimiento de la promesa divina: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
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Esta certeza tranquila en el poder de la Iglesia, tranquila de una tranquilidad toda hecha de espíritu sobrenatural, y no de cualquier indiferencia o indolencia, podemos aprenderla a los pies de nuestra Señora. Sólo Ella conservó íntegra la fe, cuando todas las circunstancias parecían haber demostrado el fracaso total de su divino Hijo. Descendido de la cruz el cuerpo de Cristo, yaciente a causa de la mano de los verdugos, no sólo la última gota de sangre, sino incluso de agua, verificada la muerte, no sólo por el testimonio de los soldados romanos, como por el de los propios fieles que procedieron a sepultarlo y puesta la piedra inmensa que debía servir de cerradura infranqueable, todo parecía perdido. Pero María santísima creyó y confió. Su fe se conservó tan segura, tan serena, tan normal en esos días de suprema desolación, como en cualquier otra ocasión de su vida. Ella sabía que Él habría de resucitar. Ninguna duda, ni siquiera la más leve, contaminó su espíritu. Es a los pies de Ella, por lo tanto, que habremos de implorar y obtener esa constancia en la fe y en el espíritu de fe, que debe ser la suprema ambición de nuestra vida espiritual. Medianera de todas las gracias, modelo de todas las virtudes, nuestra Señora no nos rechazará ningún don que en ese sentido le pidamos.
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Mucho se ha dicho… y sonreído respecto de la resistencia de Santo Tomás en admitir la Resurrección. Habrá tal vez, en esto, cierta exageración. O al menos, es cierto que tenemos delante de los ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada de que la del apóstol. En efecto, Santo Tomás dijo que tenía que tocar con sus manos a nuestro Señor, para creer en Él. Pero al verlo, creyó incluso antes de tocarlo. San Agustín ve en la resistencia inicial del apóstol una disposición providencial. Dice el santo doctor de Hipona que el mundo entero quedó suspendido al dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad en los motivos para creer, sirve de garantía a todas las almas timoratas, en todos los siglos, de que realmente la Resurrección fue un hecho objetivo, y no el producto de imaginaciones en ebullición. Sea como fuere, el hecho es que Santo Tomás creyó apenas vio. ¿Y cuántos son hoy en día los que ven y no creen?
Tenemos un ejemplo de esta obstinada incredulidad en lo que dice respecto a los milagros verificados en Lourdes, y también con Teresa Newman en Ronerseuth, en Fátima. Se trata de milagros evidentes. En Lourdes, hay una oficina de constataciones médicas, en que sólo se registran las curaciones instantáneas de enfermedades sin ningún carácter nervioso e incapaces de ser curadas por un proceso sugestivo; las pruebas exigidas como autenticidad de la enfermedad son, en primer lugar, un examen médico del paciente, hecho antes de su inmersión en la Gruta, en segundo lugar, aún antes de esa inmersión, la presentación de documentos médicos referentes al caso, de las radiografías, análisis de laboratorio, etc.; a todo ese proceso preliminar puede comparecer cualquier médico que pase por Lourdes, quedando autorizado a exigir un examen personal del enfermo, y de las piezas de radiografías o de laboratorio que traiga consigo; finalmente, verificada la cura, esta debe ser observada por el mismo proceso por el que se verificó la enfermedad, y sólo es considerada efectivamente milagrosa cuando, durante mucho tiempo, el mal no reaparece. Ahí están los hechos. ¿Sugestión? Para eliminar cualquier duda a ese respecto, se señala el caso de curaciones verificadas en niños sin el uso de la razón por su tiernísima edad, y que, por esto, no pueden ser sugestionadas. A todo esto, ¿qué se responde? ¿Quién tiene la nobleza de hacer como Santo Tomás, y, delante de la verdad segura, arrodillarse y proclamarla sin rebuscos?
Parece que nuestro Señor multiplica los milagros a medida que crece la impiedad. El caso de Teresa Neuman, Lourdes, Fátima, ¿qué mas? ¿Cuánta gente sabe de estos casos? ¿Y quién tiene el coraje de proceder a un estudio serio, imparcial, seguro, antes de negar esos milagros?
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Causa admiración el modo por el cual nuestro Señor penetró en la sala enteramente cerrada, en que estaban los apóstoles, y ahí se presentó. Con ese milagro, nuestro Señor demostró que, para Él, no hay barreras infranqueables.
Estamos en una época en que mucho se habla de “apostolado de infiltración”. El deseo de llevar a todas partes el apostolado sugirió a muchos legos el creer que es indispensable que ingresen en ambientes inconvenientes o incluso hasta francamente nocivos, para llevar hasta allí la irradiación de nuestro Señor Jesucristo y convertir a las almas. Toda la tradición católica va en sentido contrario: ningún apóstol, salvo situaciones excepcionalísimas, y, por lo tanto, rarísimas, tiene el derecho de entrar en ambientes en que su alma puede sufrir detrimento. ¿Pero, se pregunta, quién entonces ha de entrar a salvar a aquellas almas que se encuentran en ambientes donde nunca entra una influencia católica, donde jamás penetra una palabra, un ejemplo, una centella de sobrenatural? ¿Son condenados en vida? ¿Ya tienen desde ya el infierno por destino?
Así como no hay paredes materiales que resistan a nuestro Señor, que a todas traspone sin destruirlas, así también no hay barreras que detengan la acción de la gracia. Donde no puede penetrar, por un deber de la propia moral, el apóstol militante, ahí penetra, entre tanto, por mil modos que sólo Dios sabe, su gracia. Es un sermón oído por la radio, es un buen libro que de modo enteramente fortuito que se obtiene al bajarse de un autobús, es una simple imagen que se entrevé en una casa cuando se pasa por ella. De todo esto, y de mil otros instrumentos, puede servirse la gracia de Dios. Y, para que ella penetre en tales ambientes, mil veces más útil que la imprudente penetración del apóstol, están la oración, la mortificación, la vida interior. Ellas aplacan las iras de Dios. Ellas inclinan la balanza para el lado de la misericordia. Ellas, pues, penetran en ambientes que muchos consideran impenetrables a la acción de Dios. De hecho, la hagiografía católica nos de esto mil ejemplos. ¿No hubo un caso de una conversión ilustre, operada en un joven impío, tocado por buenos sentimientos, cuando hacía una fiesta usando, por escarnio, el hábito de San Francisco? Fue la propia fantasía lo que lo convirtió. Hasta del escarnio de la religión puede servirse la sabiduría de Dios para operar sus conversiones. Pero estas conversiones, es preciso obtenerlas. Y nosotros las obtendremos sin ningún riesgo para nuestras almas, uniendo nuestra vida interior, nuestras oraciones, nuestros sacrificios a los méritos infinitos de nuestro Señor Jesucristo.
A mi ver, no hay mejor ni más eficaz apostolado de infiltración del que realizan las religiosas contemplativas, encerradas por su regla monástica entre las cuatro paredes de su convento. Benedictinas, carmelitas, dominicanas, visitandinas, clarisas, sacramentinas, estas son las verdaderas heroínas del apostolado de infiltración.
Plinio Corrêa de Oliveira
"O Legionário", nº 559, 25 de abril de 1943
viernes, 6 de abril de 2012
Paz de alma en el Tabor y en el Calvario

Un amanecer en el patio interno del Convento de Saint-Gildard. Casa Matriz de las Hermanas de la Caridad de Nevers en Francia. A esa congregación, corrientemente llamada de las Hermanas de la Caridad de Nevers, perteneció Santa Bernardita. La vida religiosa de la vidente de Lourdes transcurrió precisamente en esa casa, y fue entre sus paredes benditas que ella exhaló su último suspiro.
Orden grave, profundo y entre tanto radiante de tranquilidad en la naturaleza, serenidad de las líneas arquitectónicas de la fachada… las hojas de los inmensos castaños se diría son láminas delgadísimas de plata o de cristal, en las cuales se condensan los rayos solares castos y jubilosos de ese espléndido amanecer. Paz, en fin, una gran paz natural en ese ambiente donde la presencia de una religiosa, como si fuera la de un ángel, parece traer como riqueza transcendental, algo de la paz sobrenatural indeciblemente más preciosa que habita en el alma de los hijos de la luz.
Y así como los rayos solares, penetrando en las hojas, parecen transformarlas en gotas de sol, se diría que la paz de la naturaleza y, sobre todo, la paz inefable de la gracia penetran en el alma de esa religiosa, transformándola como que en una personificación o en un símbolo vivo de la paz interior.
Cuando Santa Bernardita paseaba por este jardín, quien sabe si todas esas austeras y dulces magnificencias le ayudaban un poco a acordarse de la figura indescriptiblemente bella, toda inundada de paz sobrenatural, de Aquella que el Apocalipsis (12, 1) describe como la Mujer vestida de sol, del sol de la verdadera paz, que es el don de las almas unidas a Dios.
¿Qué son las correrías, la agitación, las tempestades pasionales, las angustias a que el mundo, siempre mentiroso, llama alegría, comparadas con las alegrías de esa paz de alma?
Es la paz del Tabor.
Pensando en esto, tendríamos el deseo de decir a la humanidad las palabras de nuestro Señor a la samaritana: “Si conocierais el don de Dios…” (Jn. 4, 10).
* * *

Quien sabe vislumbrar a través dos trazos de una fisionomía un estado de alma no pode dejar de pensar que esas palabras merecerían estar escritas al pie de esta segunda fotografía, que nos muestra una figura sonriente pero indeciblemente dolorosa.
La sonrisa no procura esconder el dolor, sino afirmarse por un prodigio de virtud, de fidelidad a la gracia, a pesar del dolor. Los labios sonríen sólo porque la voluntad quiere que ellos sonrían, y la voluntad lo quiere porque esa alma tiene fe, y sabe que después de las probaciones y de las tinieblas de esta vida tendrá como premio a Aquel que dijo de sí: “Yo seré tu recompensa demasiadamente grande” ( Gen. 15, 1 ). Esa recompensa será Aquel de quien Santa Teresa de Ávila proclamó: “Aunque no hubiese cielo yo te amara, y aunque no hubiese infierno te temiera”. En esa alma hay orden, y hay aquella tranquilidad inconfundible que viene del orden: a pesar de un océano de dolor, hay verdadera paz.
De un océano de dolor, decíamos. Uno de esos océanos de aridez y sufrimiento tan grandes que no caben en la tierra, y sólo en un alma católica y generosa pueden caber.
Víctima del Amor misericordioso, Santa Teresita se ofreció en holocausto, y ese holocausto fue aceptado. Ella estaba a dos pasos de la muerte, por efecto de una molestia implacable, y pruebas interiores misteriosas y terribles colmaban su alma. Días antes de morir escribió: “El demonio anda alrededor mío; no lo veo, pero lo siento, porque me está atormentando y sujetándome con mano de hierro, sin dejarme el menor alivio para, a fuerza del dolor, hacerme desesperar… Cuán necesaria es aquella oración de completas: “Líbranos, Señor, de los fantasmas de la noche” ( Hist. de un Alma, cap. XII ).
Es todo ese dolor que se expresa en la mirada luminosa y triste, que parece llorar cuando los labios sonríen.
Es una tristeza ordenada, sin rebelión, ni sentimentalismo, ni vanidad. Una tristeza que en la mera criatura recuerda al modelo de tristeza profunda, pero santamente sujeta a la voluntad divina, del Cordero de Dios.
Junto a la Santa, dos símbolos: o lirio y la cruz fría y desnuda de nuestro Señor Jesucristo.
Ahí está la tranquilidad del orden, en medio de la aridez y del dolor.
Y aún aquí, se podría decir a la humanidad: “Si conocieseis el don de Dios…” (Jn. 4, 10).
* * *
Si todas las almas, en la alegría como en el dolor, procurasen la paz verdadera, entonces sí, el mundo tendría esa paz que no es Kruchev que la podrá dar.
Pero, dirá alguien, esto es para monjas. Objeción innoble y ridícula, como la del individuo que, viendo un regimiento desfilar con garbo y morir con bravura, dijese: “El patriotismo no es para mí. Eso es para los soldados”.
Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo, Nº 111 – marzo de 1960
miércoles, 4 de abril de 2012
Le ataron las manos porque hacían el bien
¿POR QUÉ fue el Señor maniatado por sus verdugos? ¿Por qué le impidieron el movimiento de sus manos, sujetándolas con duras cuerdas? Sólo el odio o el temor podrían explicar que así se reduzca a alguien a la inmovilidad y a la impotencia. ¿Por qué odiar así estas manos? ¿Por qué temerlas?
La mano es una de las partes más expresivas y más nobles del cuerpo humano. Cuando los Pontífices y los sacerdotes bendicen, lo hacen con un gesto de manos. Cuando el hombre inocente es perseguido, se ve saturado de dolores e implora la justicia divina – su último amparo contra la maldad humana – es también con las manos que maldice. Es con las manos que padres e hijos, hermanos, esposos, se acarician en los momentos de efusión. Para rezar, el hombre junta las manos o las levanta al cielo. Cuando quiere simbolizar el poder, empuña el cetro. Cuando quiere expresar fuerza, empuña la espada. Cuando habla a las multitudes, el orador acentúa con las manos la fuerza del raciocinio con que convence o la expresión de las palabras con que conmueve. Es con las manos que el médico administra el remedio, y el hombre caritativo socorre a los pobres, a los ancianos, a los niños.
Y por eso los hombres besan las manos que hacen el bien y esposan las manos que practican el mal.
Vuestras manos, Señor, ¿qué hicieron? ¿Por qué fueron atadas?
"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios" (Jn. 1, 1).
Cómo describir vuestra trascendente, eterna e inefable majestad, cuando antes que todas las cosas y de todos los siglos vivíais de la vida supremamente gloriosa y feliz de la Santísima Trinidad. San Pablo contempló esta vida, y la única cosa que sobre ella consiguió decir, es que no puede ser expresada con palabras humanas. De lo alto de ese trono, vinisteis con designios de amor, para redimir a los hombres. Y por esto, con bondad inefable, asumisteis nuestra naturaleza humana. Quisiste tener un cuerpo humano, por amor al hombre. Fue para hacer el bien, que vuestras divinas manos fueron creadas.
* * *
¿QUIÉN puede describir, Señor, la gloria que esas manos – ahora ensangrentadas y desfiguradas, y no obstante tan bellas y tan dignas desde los primeros días de vuestra infancia – dieron a Dios, cuando sobre ellas posaron los primeros besos de Nuestra Señora y San José? ¿Quién puede describir con cuánta ternura hicieron a María Santísima la primera caricia? ¿Con cuánta piedad se unieron por primera vez en actitud de oración? ¿Y con cuánta fuerza, cuánta nobleza, cuánta humildad trabajaron en el taller de San José?
Manos del Hijo perfecto, ¿qué otra cosa hicieron en el seno del hogar, si no el bien?
Cuando comenzó vuestra vida pública, fuisteis principalmente el Maestro que enseñaba a los hombres el camino del Cielo. Y así, cuando en el "pusillus grex" de vuestros preferidos, enseñabais la perfección evangélica, cuando vuestra voz se levantaba y resonaba sobre las multitudes extasiadas y reverentes, vuestras manos se movían apuntando la morada celestial o reprobando el crimen y agregando a la palabra todos los imponderables con que la enriquece el gesto. Y los apóstoles, y las multitudes, creían en Vos y os adoraban, Señor.
Manos de Maestro, pero también manos de Pastor. No sólo enseñabais, sino guiabais. La función de guiar se ejerce más apropiadamente sobre la voluntad, como la de enseñar más precisamente sobre la inteligencia. Y como sobre todo es por amor que se guían las voluntades, vuestras divinas manos tuvieron virtudes misteriosas y sobrenaturales para acariciar a los pequeños, acoger a los penitentes, curar a los enfermos. Amor tan ardiente, tan abundante, tan comunicativo, que desde entonces hasta hoy, siempre que las manos de un cristiano – y más especialmente de un sacerdote – se mueven para acariciar a los pequeños, consolar a los penitentes, administrar remedio a los enfermos, el amor que las anima no es sino una centella de ese infinito amor, Dios mío.
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PERO estas manos tan sobrenaturalmente fuertes que a su imperio se doblegaban todas las leyes de la naturaleza y, con un mínimo movimiento de ellas, el dolor, la muerte, la duda huían, estas manos tenían aún otra función a ejercer. ¿No hablasteis del lobo rapaz? ¿Seríais Pastor si no lo repelieseis? Y si hacéis todo con fuerza irresistible, ¿cómo podría alguien no sentir el golpe del latigazo que empuñaseis?
El lobo, sí… y ante todo el demonio. Vuestra vida tornó patente que el demonio no es un ente de ficción o casi tanto, un ser al que tan raras veces le es dado el poder de actuar, que prácticamente la inmensa mayoría de las cosas pasan como si él no existiese. Los hombres hipócritas o de costumbres disolutas, ostentando ropajes de justicia y hasta de sacerdocio, todo esto aparece en los Evangelios no sólo como consecuencia de la depravación humana en virtud del pecado original y de nuestra maldad, sino también como obra del demonio, activo, diligente, emboscando allí y acullá, y denunciando a veces su presencia con espectaculares manifestaciones de obsesión e de posesión.
Vos expulsabais al demonio, Señor, con terrible imperio, y delante de vuestra palabra grave y dominadora como el trueno, más noble y más solemne que un cántico de ángel, los espíritus impuros huían despavoridos y derrotados. Tan derrotados y tan despavoridos, que de ahí en adelante tuvieron que obedecer a vuestros apóstoles con docilidad. Por todas partes donde vuestra palabra, predicada, fue aceptada por los hombres, la impureza, la rebelión, el demonio huyeron siempre. Y sólo volvieron a extender sobre la humanidad sus alas de sombra y su poder de perdición, cuando el mundo comenzó a rechazar vuestra Iglesia, que es vuestro Cuerpo Místico. Tan derrotados y tan impotentes, que bastará que los hombres correspondan nuevamente a la gracia de Dios para que el imperio de las potencias infernales una vez más decaiga y las tinieblas, la lascivia, el espíritu de la revolución vuelvan hacia los antros secretos de los cuales hace siglos salieron.
* * *
PASTOR, vuestras divinas manos no se limitaron a blandir el cayado contra las potencias espirituales e invisibles que habitan en los aires – evocando las palabras de San Pablo – para perder a los hombres; sino que atacaron al demonio y al mal en sus agentes tangibles y visibles.
El mal, ante todo considerado en abstracto. No hubo vicio contra el cual no hablasteis.
Pero también el mal en concreto, en cuanto realizado en los hombres, y no sólo en los hombres en general, sino en ciertas clases – los fariseos por ejemplo – y no sólo en ciertas clases sino en ciertos hombres muy concretamente considerados: los mercaderes del templo están inmortalizados en las páginas del Evangelio, por el castigo ejemplar que sufrieron.
Vos, que recomendasteis la mansedumbre hasta sus últimos extremos cuando estuviesen en juego solamente derechos personales, Vos que queréis que respondamos mostrando la otra mejilla cuando recibimos una bofetada, Vos empleasteis una ardiente y santa difamación para desacreditar a los fariseos, y empuñasteis el látigo para ensangrentar a los mercaderes. Pues se trataba, no de derechos meramente humanos, sino de la Causa de Dios. Y en el servicio de Dios hay momentos en que no recriminar, no fustigar, equivale a traicionar.
Y estas manos que fueron tan suaves para los hombres rectos como Juan, el inocente, y Magdalena, la penitente, estas manos que fueron tan terribles para el mundo, el demonio, la carne, ¿porqué están ahí atadas y hechas carne viva?
¿Acaso será por obra de los inocentes? ¿de los penitentes? ¿o bien por obra de los que de ellas recibieron merecido castigo, y contra ese castigo se rebelaron diabólicamente?
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SI, ¿por qué tanto odio, por qué tanto miedo que hizo necesario atar vuestras manos, reducir al silencio vuestra voz, extinguir vuestra vida?
¿Fue porque alguien temiese ser curado? ¿o acariciado? ¿Quién teme acaso la salud? ¿o quién odia el cariño?
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SEÑOR, para comprender esa monstruosidad, es necesario creer en el mal. Es preciso reconocer que los hombres son tales, que fácilmente su naturaleza se rebela contra el sacrificio, y que cuando siguen el camino de la rebelión, no hay infamia ni desorden de los que no sean capaces. Es necesario reconocer que vuestra Ley impone sacrificios; que es duro ser casto, ser humilde, ser honesto, y en consecuencia es duro seguir vuestra Ley. Vuestro yugo es suave, sí, y vuestra carga ligera. Pero es así, no porque no sea amargo renunciar a lo que hay en nosotros de animal y desordenado, sino porque Vos mismo nos ayudáis a hacerlo.
Y cuando alguien os dice "no", comienza a odiaros, odiando todo el bien, toda la verdad, toda la perfección de que sois la propia personificación. Y, si no os tiene a mano bajo forma visible para descargar su odio satánico, golpea a la Iglesia, profana la Eucaristía, blasfema, propaga la inmoralidad, predica la revolución.
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ESTÁIS maniatado, Jesús mío, y ¿dónde están los cojos y los paralíticos, los ciegos, los mudos que curasteis, los muertos que resucitasteis, los posesos que liberasteis, los pecadores que reerguisteis, los justos a quienes revelasteis la vida eterna? ¿Por qué no vienen ellos a romper los lazos que prenden vuestras manos?
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CURIOSA PARADOJA. Vuestros enemigos continúan temiendo vuestras manos, aunque estén atadas. Y por esto os matarán. Vuestros amigos parecen menos conscientes de vuestro poder. Y porque no confían en Vos, huyen despavoridos delante de los que os persiguen.
¿Por qué? Aún ahí la fuerza del mal se patentiza. Vuestros enemigos aman tanto el mal, que perciben, aún bajo las humillaciones de las cuerdas que os prenden, toda la fuerza de vuestro poder… y ¡tiemblan! Para estar seguros, quieren transformar en llaga el último tejido de carne aún sano, quieren derramar la última gota de vuestra sangre, quieren veros exhalar el último aliento. Y aún así no están tranquilos. Muerto, todavía infundes terror. Es necesario lacrar vuestro sepulcro, y cercar de guardias armados vuestro cadáver. Cómo el odio al bien los hace perspicaces, al punto de percibir lo que hay de indestructible en Vos.
Y, por el contrario, los buenos no ven esto con la misma claridad. Os reputan derrotado, perdido… huyen para salvar el propio pellejo. Sólo tienen ojos, sólo tienen oídos para presentir el propio riesgo. Es que el hombre sólo es perspicaz para aquello que ama. Y si ve mejor su riesgo de que vuestro poder, es porque ama más su vida que vuestra gloria.
¡Oh, Señor, cuántas veces vuestros adversarios tiemblan delante de la Iglesia, mientras yo, miserable, viéndola maniatada reputo todo perdido!
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PERO cuánta razón tenían vuestros enemigos! Resucitasteis. No sólo las cuerdas y los clavos de nada valieron, sino que, además, ni la laja del sepulcro, ni la cárcel de la muerte os pudieron retener. ¡Sí, resucitasteis! ¡Aleluya!
Señor mío, ¡qué lección! Viendo a la Iglesia perseguida, humillada, abandonada por sus hijos, negada por las costumbres paganas y por la ciencia panteísta de hoy, amenazada de fuera por las hordas del comunismo, y por dentro por los desatinos de los que quieren pactar con el demonio, vacilo, tiemblo, juzgo todo perdido.
¡Señor, mil veces no! Vos resucitasteis por vuestra propia fuerza, y redujisteis a la nada los vínculos con que vuestros adversarios pretendían reteneros en las sombras de la muerte.
Vuestra Iglesia participa de esa fuerza interior y puede en cualquier momento destruir todos los obstáculos con que la cercan.
Nuestra esperanza no está en las concesiones, ni en la adaptación a los errores del siglo. Nuestra esperanza está en Vos, Señor.
Atended las súplicas de los justos que os imploran por medio de María Santísima. Enviad, oh Jesús, vuestro Espíritu, y renovaréis la faz de la Tierra.
Plinio Corrêa de Oliveira
"Catolicismo" Nº 16 - Abril de 1952
domingo, 1 de abril de 2012
Domingo de Ramos
UN DEFECTO que disminuye frecuentemente la eficacia de las meditaciones que hacemos, consiste en meditar los hechos de la vida de Nuestro Señor sin hacer ninguna aplicación a lo que sucede en nosotros o a nuestro alrededor. Así, nos sorprende la versatilidad e ingratitud de los judíos, ya que éstos, después de proclamar con la más solemne recepción el reconocimiento que debían al Salvador, poco después lo crucifican con un odio que a muchos llega a parecer inexplicable.