domingo, 31 de agosto de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 14

VACILACIONES Y CAÍDA DE UN GRAN LÍDER

De ascendencia inglesa y educado por el abuelo materno, que era protestante y profundamente infectado de liberalismo, Montalembert concibió la ilusión de que el ultramontanismo, del que era adepto sincero y fervoroso, fuese conciliable con los fermentos de libertad que su educación le había introducido en la mentalidad. Aristócrata hasta la médula de los huesos, no podía aceptar la democracia de Lacordaire ni la república de Lamennais. Pero lo que correspondía a todas sus aspiraciones era el programa de gobierno que L’Avenir lanzó a través de una serie de artículos publicados en 1831. Realmente ese programa conservó mucha cosa de los tiempos áureos de Lamennais, lo que no es de extrañar, dado que, si bien bastante revolucionario, el periódico era cauteloso al exponer sus planes de reforma.
Montalembert, el líder ultramontano que terminó sus días
como un "católico liberal"
En resumen, la monarquía sería conservada, pero controlada por la elite del país, cuya formación obedecía a un criterio más de acuerdo con la Revolución. Serian abolidos los departamentos, y Francia nuevamente dividida en provincias y comunas, división ésta más natural y más consistente con las realidades geográficas y sociales. Los habitantes de cada comuna eligieron el consejo de notables, esto es, un consejo formado por los conciudadanos más honestos, esclarecidos y aptos para gobernarlos. Ese consejo, que sería presidido por un comisario real, se ocuparía de la administración de la comuna.
Los notables de las comunas elegirían a su vez a los notables de las provincias, los cuales delegarían sus poderes a una comisión que, también bajo la presidencia de un comisario real, gobernaría la provincia. De seis en seis meses los notables de cada provincia se reunirían para trazar las directrices del gobierno provincial. Los comisarios reales tendrían una función moderadora. Asegurarían la ejecución de las leyes y cohibirían los abusos de los notables contra el pueblo que los eligiera.
El poder central sería legislativo y ejecutivo. El legislativo tendría dos cámaras: una, la de los comunes, electa por los notables de las comunas; la otra, el senado, por los notables de las provincias. El poder ejecutivo, ejercido por el rey, nominaría a los comisarios reales, dispondría del ejercicio y de la marina y trataría, con exclusión de cualquier otro órgano, de la política exterior.
Montalembert imaginaba que si el catolicismo francés abandonaba enteramente el galicanismo, volvería a enseñarse en toda su pureza la doctrina católica y si la aristocracia sacudiese la indiferencia a la que estaba entregada, los notables escogidos serían naturalmente los católicos y los aristócratas, tan luego fuese instaurado el gobierno preconizado por L’Avenir. Y bastaría que ellos no faltasen a su misión, que Francia estaría salvada.
Durante el reinado de Luis Felipe, Montalembert se dedicó entusiastamente a la tarea de re erguir a los católicos y a la nobleza. Par del reino y jefe incontestable del partido católico, su obra fue de tal porte, su actuación tan magnifica y su ultramontanismo tan sincero, que después de su defección en beneficio de los católicos liberales ninguno de los líderes ultramontanos —como monseñor Pie, Dom Guéranger y Louis Veuillot— se referiría a él sino con la tristeza que causa una gran pérdida.
Fue la revolución de 1848 el inicio de la caída de Montalembert. Creía de tal forma que la libertad vendría como él la soñaba, que el establecimiento de la república lo lanzó en el desaliento. Ya vimos su desencuentro con Louis Veuillot, y cómo éste procuró animarlo para que no abandonase la lucha. Nada refleja su estado de espíritu que las cartas que en esa época escribió el gran restaurador de la Congregación Benedictina francesa, Dom Guéranger, Abad de Solemnes, entonces su amigo y confidente.
Habiéndolo Dom Guéranter saludado por su elección para la Cámara de los Diputados, Montalembert respondió en los siguientes términos:
“Mi amigo, plenus sum sermonibus [estoy lleno de palabras], y eso hace tres meses y todas las veces que pienso en usted tengo mucho que decirle, y sucumbo con el peso de todo lo que desearía derramar en su corazón de monje y amigo. Es forzoso que usted haya comprendido muy mal la revolución de febrero, para haber podido desear mi elección. En cuanto a mí, quedé desolado desde el inicio, y cada vez más me desaliento cuando contemplo la Asamblea y la situación. No hay nada, absolutamente nada, que yo pueda hacer en medio de esa horrorosa y vergonzosa debacle. En el fondo no soy un hombre de lucha ni de revolución; soy un hombre de estudio, y si es necesario, de reconstrucción. Mi tiempo ya pasó; mi carrera está terminada. Nada más tengo que hacer sino sumergirme en un retiro, si el mundo aún lo permitiese, y ahí hacer, deshacer y rehacer en mi “Monasticon”. Es posible que yo suba a la tribuna de la Cámara, pero será con la convicción de sufrir un fracaso bien más triste que el del padre Lacordaire.
“Vea, mi amigo, nada más está de pie en este país. Helo juzgado, y juzgado por ese famoso sufragio universal. Creí de buena fe en la transacción, intentada por la restauración y por la monarquía de julio, entre lo pasado y lo futuro, entre el buen criterio y la locura. Ahora todo está destruido, y temo que nada más sea posible. Puede ser que el exceso del mal y la ruina material traigan una apariencia de reacción monárquica. Pero no es de ahí que puede surgir una regeneración moral e intelectual. Considero que rodaremos gradualmente hasta el fondo del abismo, donde nos esperan los griegos del Bajo Imperio, Asia Menor, África y las repúblicas españolas de América.
“Queda la Iglesia. Sí —como usted bien dice— amo y aprecio más que nunca esta patria imperecedera que no nos será robada. Pero estoy alarmado con el clero. ¿No vio los discursos de ciertos curas en París, que califican a Nuestro Señor Jesucristo de “divino republicano”? Es siempre el mismo espíritu de adoración servil de la fuerza laica y del poder vencedor. Infelizmente el espíritu galicano se complicó y se envenenó con las tendencias demagógicas, que tanto inficionaron el clero hasta un grado que yo no podía sospechar. Entretanto, espero y creo que la Iglesia saldrá triunfante de esa nueva prueba.
“Y usted y ese pusillus grex [pequeño rebaño] de Solesmes, ¿cómo pueden resistir a tal tempestad? ¿Y Pío IX? No, en verdad tengo mucha cosa que decirle, y nunca podré hacerlo. Le pido solamente que rece mucho por mí y me escriba tantas veces cuanto pudiese. No puede imaginarse a qué grado de abatimiento estoy reducido. Es absolutamente necesario que cambie de moneda (“ne peur, ne espoir”) [sin miedo, sin esperanza], porque tengo un miedo excesivo del futuro y estoy completamente sin coraje. Mi esposa es mucho más valiente que yo. En breve seremos todos barridos por los comunistas o por la dictadura. Adiós, mi amigo, sepa que cuento más que nunca con su afecto, y más que nunca lo necesito”.
Dom Guéranger no dejó de animar al amigo. Le recordó su actuación, su vocación de apóstol, la necesidad que tenía la Iglesia de su concurso, de su influencia siempre creciente, en fin, procuró levantar de todos los modos la moral de Montalembert. De ahí esta carta a Dom Guéranger, que hacía prever un maravilloso retorno del gran líder al ultramontanismo:
Dom Guéranger, el ilustre abad de Solesmes
“Yo no pensé en todo eso (carrera, influencia, etc.) cuando en 1830 entre en la palestra para defender la Iglesia y la verdadera libertad. Hoy, no quiero pensar más en esas cosas. Nunca tuve sino una finalidad: servir y profesar la verdad a expensas de mi ambición, de mis intereses, de mis propios gustos. Hasta donde en 1830, no separo la verdad de la libertad, pero ahora sé lo que antes no sabía: la libertad —la verdadera, la santa libertad, la libertad del bien, la única que la Iglesia autoriza y defiende— es incompatible con la democracia, con la revolución, en una palabra, con el espíritu moderno”.
Infelizmente, sin embargo, surgió en ese momento el padre Dupanloup con la célebre distinción entre la hipótesis y la tesis, y Montalembert prefirió a los consejos de Dom Guéranger, la tutela del futuro obispo de Orleans. El campeón del ultramontanismo francés, su verdadero jefe hasta 1848, será de ahí en adelante un soldado del “catolicismo liberal”, hasta morir sin gloria, en 1870, llamando al Papa de ídolo del Vaticano.


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domingo, 24 de agosto de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. IV

CAPÍTULO IV

LA REFORMA, HIJA DEL RENACIMIENTO

En su libro La Reforma en Alemania y en Francia, un antiguo magistrado, el conde J. Boselli, dice que el señor Paulin Paris, uno de los sabios más eruditos sobre la Edad Media y uno de los que mejor la conocieron, dijo un día a un interlocutor que se asombraba de la gran diferencia de la Francia moderna y aquella de otrora, “obscurecida por las tinieblas de la Edad Media”: “No se engañe, la Edad Media no era tan diferente de los tiempos modernos como creéis; las leyes eran diferentes, así como los usos y las costumbres, pero las pasiones humanas eran las mismas. Si uno de nosotros fuera transportado a la Edad Media, vería en torno de si labriegos, soldados, sacerdotes, financieros, desigualdades sociales, ambiciones, traiciones. Lo que cambió es el fin al cual estaba dirigida la actividad humana”. No se podría decir de mejor manera. Los hombres de la Edad Media eran de la misma naturaleza que la nuestra, naturaleza inferior a la de los ángeles y, más aun, decaída por el pecado original. Ellos tenían nuestras mismas pasiones y con frecuencia se dejaban llevar por ellas al igual que nosotros, incluso a excesos más violentos. Pero el objetivo de esos hombres era alcanzar la vida eterna; las costumbres, las leyes y los hábitos se inspiraban con ese fin; las instituciones religiosas y civiles dirigían a los hombres para su fin último, y la actividad humana se dirigía, en primer lugar, a alcanzar perfección del hombre interior.
En nuestros días —y ahí está el fruto, el producto del Renacimiento, de la Reforma[1] y de la Revolución[2]—, el punto de vista cambió, el fin ya no es más el mismo; lo que se desea, lo que se busca, no por los individuos aisladamente, sino por el impulso dado a toda la actividad social, es la mejoría de las condiciones de la vida presente para llegar a un gozo mayor y más universal. Lo que se considera como “progreso” no es lo que contribuye para una mayor perfección moral del hombre, con el fin de colocarlo más completa y dócilmente al servicio del bienestar temporal.
Para alcanzar ese bienestar, fueron proclamados sucesivamente la independencia de la razón con respecto a la revelación, la independencia de la sociedad civil en relación a la Iglesia, la independencia de la moral en relación a Dios; tres etapas en la vía del progreso perseguido por el Renacimiento, por la Reforma y por la Revolución.
No se debe creer que los humanistas, literatos y artistas, cuyas aberraciones vemos desde el triple punto de vista intelectual, moral y religioso, no formasen sino pequeños cenáculos cerrados, sin eco, sin acción en el exterior. Inicialmente, los artistas hablaban a la vista de todos; y cuando, para quedar apenas en este ejemplo, Filarète  tomó prestada a la mitología la decoración de las puertas de bronce de la basílica de San Pedro, él ciertamente no edificó al pueblo que por ahí pasaba. Además, era en la corte de los príncipes que los humanistas tenían sus academias; era allí que componían sus libros; era allí que esparcían sus ideas, que establecían sus costumbres; y es siempre desde lo alto que desciende todo mal y todo bien, toda perversión así como toda edificación.
No hay, pues, motivo para sorprenderse si la Reforma, que fue el primer intento de aplicación práctica de las nuevas ideas formuladas por los humanistas, fuesen recibidas y propagadas con tanto ardor por los príncipes en Alemania y en otras partes y si ella encontró en el pueblo una acogida tan fácil.
La resistencia fue muy débil en Alemania; fue más vigorosa en Francia. El cristianismo había penetrado más profundamente en las almas de nuestros padres de que en cualquier otro lugar; combatido en su teoría por los humanistas, sobrevivió más tiempo en la manera de vivir, de pensar y de sentir. Es por eso que entre nosotros hubo una lucha más encarnizada y más prolongada. Ella comenzó por las guerras de religión, continuó en la Revolución, siempre vigente, como muy bien señaló Waldeck-Rousseau. A través de medios diversos desde el inicio, continua hoy en el conflicto entre el espíritu pagano, que quiere renacer, y el espíritu cristiano, que quiere mantenerse. En el presente, como desde el primer día, uno y otro quieren triunfar sobre el adversario: el primero, por la violencia que cierra las escuelas libres, despoja y exila a los religiosos y amenaza a las iglesias; el segundo, por el recurso a Dios y por la continuidad de la enseñanza cristiana por todos los medios que permanecen a su alcance.
Las diversas peripecias de ese largo drama mantienen en expectativa el cielo, la tierra y el infierno; porque si Francia se decidiese por rechazar el veneno revolucionario, ella restaurará en el mundo entero la civilización que ella comprendió, adoptó y propago antes que el resto de las naciones. Si ella sucumbe, el mundo deberá temer todas sus consecuencias.

El protestantismo nos vino de Alemania y sobre todo de Ginebra. Él fue bien denominado. Era imposible cualificar la Reforma de Lutero con una palabra diferente que la de protesta, porque ella es la protesta contra la civilización cristiana, protesta contra la Iglesia que fundó esa civilización, protesta contra Dios, del cual esa civilización emanaba. El protestantismo de Lutero es el eco sobre la tierra del Non serviam [no serviré] de Lucifer. Él proclama la libertad, la de los rebeldes, la de Satanás: el liberalismo. Él dice a los reyes y a los príncipes: “Emplead vuestro poder para sustentar y para hacer triunfar mi rebelión contra la Iglesia y yo os entrego toda la autoridad religiosa”[3].
Todo lo que la Reforma había recibido del Renacimiento y que ella debía trasmitir a la Revolución, está contenido en esta palabra: protestantismo.
Comunicado de individuo a individuo, el protestantismo luego ganó provincia tras provincia. El historiador protestante alemán Ranke, dice cuál fue su gran medio de seducción: el desorden moral que el Renacimiento había colocado en un lugar de honor. “Muchas personas abrazaron la Reforma, dice él, con la esperanza de que ella les aseguraría una mayor libertad en la conducta privada”. En efecto, existe entre el catolicismo y el protestantismo, tal como lo predicó Lutero, una diferencia radical bajo ese aspecto. El catolicismo promete recompensas futuras para la virtud y amenaza el vicio con castigos eternos, poniendo así el más poderoso freno a las pasiones humanas. La Reforma vino a prometer el paraíso a todos los hombres, incluso al criminal, con el único requisito de un acto de fe interior para la justificación personal, por imputación de los méritos de Cristo. Si, por sólo efecto de esa persuasión, que es fácil de seducir, los hombres reciben la garantía de ir al paraíso, incluso permaneciendo entregado al pecado, e incluso al crimen, muy tonto sería quien renunciase a obtener aquí abajo todo lo que está a su alcance.

La presencia, en un país profundamente católico, de personas que tienen esos principios y se esfuerzan en propagarlos debía causar algún trastorno al Estado; ese trastorno se hizo profundo cuando el protestantismo no se contentó más en predicar a los individuos la fe sin las obras, y se sintió lo suficientemente fuerte para querer apoderarse del reino a fin de arrancarlo de sus tradiciones y de modelarlo a su modo.
A partir de Clovis, el catolicismo no había dejado un solo día de ser la religión del Estado. De las tradiciones carolingias y merovingias fue la única conservada completamente intacta hasta la Revolución. Durante medio siglo los protestantes intentaron separar de su madre, a la hija primogénita de la Iglesia; usaron alternadamente la astucia y la fuerza para apoderarse del gobierno, para colocar al mi católico pueblo francés bajo el yugo de los reformadores, como acababan de hacer en Alemania, en Inglaterra, en Escandinavia. Estuvieron a punto de conseguirlo.
Después de la muerte de Francisco de Guise, los hugonotes eran señores de todo los Pirineos. No dudaron, pues, para apoderarse de lo restante, en recurrir a los alemanes y los ingleses, sus correligionarios. A los ingleses, ellos entregaron el Havre; a los alemanes prometieron la administración de los obispados de Metz, Toul y Verdun[4]. Finalmente, con la Rochelle, ellos mismos crearon materialmente un Estado dentro del Estado. Su intención era substituir la monarquía cristiana por un gobierno y un género de vida “modelado según los de Ginebra”, es decir, la república[5]. “Los hugonotes, dice Tavannes, están en camino de fundar una democracia”. El plan para fue trazado en Béarn, y los Estado del Languedoc reclamaban su ejecución en 1573. El jurista protestante François Hatman, ejerció sobre los espíritus, en el sentido democrático, una gran influencia con su libro Franco-Galia, 1573. Él colocó al servicio de las teorías republicanas una historia a su manera, para conducir, con gran refuerzo de textos y de afirmaciones, a los franceses a su “constitución primitiva”. “La soberanía y principal administración del reino, decía él, pertenece a la general y solemne asamblea de los tres Estados”. El rey reina, pero no gobierna. El Estado, la república lo es todo, el rey casi nada. Él lanzó a sus lectores en plena soberanía del pueblo.
La Franco-Galia tuvo una repercusión enorme. Los panfletarios hugonotes lo saquearon uno mejor que el otro. El sistema expuesto en ese libro es la democracia tal como se comprende hoy en día. Esa forma de gobierno, dando a los agitadores fácil acceso a los primeros cargos del Estado, les proporcionaba el poder para propagar sus doctrinas; al mismo tiempo, da la mejor respuesta a las ideas de independencia que estaban en el fondo de la Reforma, al derecho que el Renacimiento quizo conferir al hombre para que se dirigiese por él mismo en dirección al ideal de felicidad que ella le presentó.
Francia, por causa de los hugonotes, estaba al borde del abismo.

La situación no era menos crítica para la Iglesia católica. Ella acababa de perder Alemania, Escandinavia, Inglaterra, y Suiza; los Países Bajos se rebelaron contra ella. La apostasía de Francia, si se confirmaba, debía causar en el mundo entero el escándalo más pernicioso y la crisis más profunda; tanto más que España debería seguirla. El objetivo más constante de todo el partido protestante, para el cual Coligny no se cansó de trabajar, era arrastrar a Francia para una liga general con todos los Estados protestantes para aplastar a España, una gran nación católica que permanecía poderosa. Esto habría sido la ruina completa de la civilización cristiana.

Dios no lo permitió y Francia tampoco. Los Valois vacilaron, dudaron, adoptaron variaciones en su política. La Liga nació para tomar en sus manos la defensa de la fe, para mantenerla en la nación y en el gobierno del país. Los católicos, que formaban la casi totalidad de los franceses[6], querían jefes absolutamente inquebrantables en su fe. Escogieron la Casa de Guise. “En cualquier apreciación que se haga sobre las guerras de religión, dice Boselli, es imposible desconocer que la Casa de Guise fue, durante todo ese período, la propia encarnación de la religión del Estado, del culto nacional y tradicional al cual tantos franceses permanecían unidos. Ella personificó la idea de la fidelidad católica. Los Guise probablemente se habrían convertido en reyes de Francia si Enrique III se hubiese hecho protestante, o si Enrique IV no se hubiese hecho católico”.
Dios quiso conservar a Francia su estirpe real, como lo hizo la primera vez por la misión dada a Juana de Arco. El heredero del trono, según la ley sálica, fue Enrique de Navarra, alumno de Coligny, protestante y jefe de los protestantes. Dios cambió su corazón. Francia recobró la paz, y Luis XIII y Luis XIV recolocaron a nuestro país en el camino de la civilización católica. Digamos, sin embargo, que este último cometió esa falta, que por sí trajo graves consecuencias, de desear la declaración de 1682. Ella contenía en su interior la constitución civil del clero, ella comenzó la obra, nefasta entre todas, de secularización que prosigue hoy hasta sus últimas consecuencias.
Luis XV, que se abandonó a los usos del Renacimiento, presenció como la obra de descristianización iniciada por la Reforma fue retomada por Voltaire y por los enciclopedistas precursores de Robespierre, antepasados de aquellos que nos gobiernan actualmente. Taine dice con mucha propiedad: “La Reforma no es sino un movimiento particular dentro de una revolución que comenzó antes de ella. El siglo XIV abrió el camino; y después, cada siglo se ocupó apenas de preparar, en el orden de las ideas, nuevas concepciones, y, en el orden práctico, nuevas instituciones. Desde aquel tiempo, la sociedad no encontró más su guía en la Iglesia, ni la Iglesia su imagen en la sociedad”[7].


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[1] Nota del traductor: entiéndase la Reforma como la reforma protestante.
[2] Nota del traductor: entiéndase Revolución con mayúscula la revolución francesa y sus futuros desenvolvimientos, esto es, el socialismo, el liberalismo, el comunismo, etc., en otras palabras, la herejía gnóstica e igualitaria en sus diversos ámbitos y facetas (Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución) El PDF del libro Revolución y Contra-Revolución lo puede conseguir pidiéndolo al email: info@lagranapostasia.com
[3] Œuvres de Luther, XII, 1522 y XI, 1867
[4] Véase Ranke.
[5] Hanotaux (Histoire du cardinal Richelieu, t. XII, 2ª parte, justifica así la revocación del edicto de Nantes:
 “Francia no podía ser fuerte mientras contuviera en su seno, en plena paz, un cuerpo organizado, en pie de guerra, con jefes independientes, cuadros militares, plazas de seguridad, presupuesto y justicia separada, siempre armada, pronto para entrar en campaña. ¿Sería preciso reconocer la existencia de un Estado dentro del Estado? ¿Se podía admitir que numerosos y ardorosos franceses tuviesen siempre la amenaza en la boca y la rebelión en el corazón? ¿Se toleraría su perpetuo e insolente recurso al extranjero? Un Estado no puede subsistir si está dividido contra sí mismo. Para asegurar la unidad del reino, para reunir todas las fuerzas nacionales a causa de las luchas externas que se preparaban, era necesario minar el cuerpo de hugonotes en Francia, o conducirlo a la composición”.
[6] Los protestantes eran apenas cuatrocientos mil en 1558. Es el número que da el historiador protestante Ranke. Castelnau, testigo bien informado, va más lejos; afirma que los protestantes estaban para el resto de la nación en la proporción de 1 a 100. Los católicos vieron su país devastado durante cincuenta años por ese puñado de calvinistas.
[7] Études sur les barbares et le moyen âge,  p. 374-375.

sábado, 23 de agosto de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 13

El PRIMER FRACASO DEL “CATOLICISMO LIBERAL”

La lucha por la libertad de enseñanza, en el reinado de Luis Felipe, consiguió unir a todos los católicos franceses, pero la unión no podía ser duradera, debido al liberalismo que infeccionaba a muchos de ellos. Todos lucharon por un mismo objetivo; no todos, sin embargo, tenían los mismos principios ni concebían del mismo modo el ideal por la cual combatían.
Los ultramontanos consideraban la libertad religiosa como un derecho de la Iglesia, que, siendo divina, no podía tener su acción limitada por el poder civil, de modo especial en lo que dice respecto a la educación. Luis Felipe prometió la libertad de enseñanza, explícitamente garantizada por la Carta que juró al subir al trono. Por una cuestión de táctica, que no envolvía una renuncia o disminución de la verdadera doctrina, los ultramontanos se limitaron, durante la campaña, a pedir que el rey cumpliese la palabra empeñada. En cuanto a los católicos imbuidos de liberalismo, la libertad de enseñanza era apenas una de las formas de libertad que deseaban, esto es, un bien en sí, un ideal abstracto que se confundía con la propia esencia del catolicismo, y que concebían del modo más amplio posible, teniendo la Iglesia tanto derecho de enseñar la verdad cuanto un ateo de propagar el error.
Evidentemente los católicos liberales no llegaron a formular las últimas consecuencias de sus teorías. La condenación de Lamennais por Gregorio XVI aún era muy reciente, y además de eso se asociaba siempre al liberalismo el recuerdo de la persecución religiosa y de los horrores de la Revolución Francesa. De ahí un enfriamiento en los ardores liberales de ciertos católicos, obligados a ocultar un poco la propaganda de sus doctrinas.
Pío IX, sus primeras medidas como papa lo hicieron
ver como un liberal. Sin embargo, posteriormente
se constituyó en el líder del movimiento antiliberal
Los primeros actos de Pío IX, luego de subir al trono pontificio, llenaron de júbilo a los católicos liberales, pues parecían confirmar la reputación de liberal que rodeaba al nuevo papa y denunciaban su disposición de aplicar en parte en los Estados Pontificios las reformas por ellos preconizadas por ellos. Los liberales esperaban que Pío IX desease demostrar que había compatibilidad entre el liberalismo y la doctrina católica, tornando prácticamente sin efecto la condenación de Gregorio XVI. En 1848 fue proclamada la república en Francia, casi sin derramamiento de sangre, sin atentados contra iglesias y sacerdotes, y, por el contrario, precedida de una propaganda donde el Evangelio era frecuentemente citado y nuestro Señor Jesucristo mostrado como benefactor de la humanidad. Eso apagaba el temor de la persecución religiosa y el miedo de escenas semejantes a las de la Revolución Francesa.
Los católicos liberales juzgaban que había llegado el momento de retomar la bandera del L’Avenir y de lanzarse a la propaganda de las ideas de éste llevadas al extremo. Fundaron entonces L’Ère Nouvelle, periódico dedicado a la defensa de la república y de las clases obreras en nombre del catolicismo. Su alma era Federico Ozanam. Profesor de la Sorbonne, caballero de la Legión de Honra desde 1846, era el único lego de proyección que no tomó pare en la campaña de libertad de enseñanza. Proclamada la república, se alió al padre Maret que bajo Napoleón III sería el Gran Maestre de la Universidad y uno de los baluartes del galicanismo y procuró organizar a los católicos liberales para una acción común. L’Ère Nouvelle fue fundado para ser portavoz de ese grupo. Le faltaba, no obstante, un nombre bien conocido en los medios católicos, y que fuese una garantía para el movimiento. Este nombre fue Lacordaire, de quien Ozanam y el padre Maret persuadieron que adhiriese a la república y colaborara con ellos.
La ruptura entre los dos grupos católicos fue inevitable. Los ultramontanos, que habían aceptado la república como una cuestión de hecho, y que se disponían a continuar la lucha en defensa de los principios de la Iglesia como ya venían haciendo en los regímenes anteriores, vieron abrirse una brecha en las filas católicas con la fundación de L’Ère Nouvelle, que los forzaba también a combatir a quienes hasta la víspera habían sido sus hermanos de armas. Congregándose en torno de L’Univers, se vieron obligados, con pesar, a aceptar la lucha.
Felizmente los excesos del nuevo periódico abrieron los ojos de los católicos bien intencionados para las tendencias del grupo que lo dirigía. La república se vio obligada a entregarse a Lamartine, para poder mantenerse, y el partido republicano se apoderó de varios puestos en el gobierno. Pero Ledru-Rollin, Louis Blanc y otros corifeos del republicanismo se vieron obligados por las circunstancias a esconder sus ideas comunistas por detrás del gran nombre nacional que era Lamartine, y naturalmente sólo pasaron a la práctica con cuidado, para no desenmascararse delante de la opinión pública.
El arzobispo de París, Mons. Affré fue un abierto liberal
y republicano
A fin de ganarse la simpatía de los católicos, el gobierno se preparaba para revocar el decreto del Messidor del año XIII, que declaró ilícita “toda congregación y asociación religiosa”. Al mismo tiempo, trabajó para introducir la separación entre la Iglesia y el Estado. Monseñor Affre, arzobispo de París, apoyaba decididamente la medida, llegando a afirmar que era “de aquellos que tienen bastante fe para estar convencido de que la fe no tiene necesidad sino de sí misma”, y sobre la separación afirmaba que “ese pensamiento de la república es el mío”. A pesar de eso, el gobierno, que conocía el pensamiento católico, procuró actuar con prudencia, proponiendo preliminarmente la abolición gradual de los estipendios pagados al clero por el Estado. Así, se decía, la Iglesia no verá más intervenir al poder civil en el nombramiento de los obispos y en ningún acto de su apostolado. Es claro que se presuponía que los actos de apostolado fuesen exclusivamente religiosos, y como tales reconocibles por el gobierno, que por lo tanto pasaría a definir los límites de la acción de la Iglesia. Además de eso, los elementos izquierdistas del gobierno introdujeron poco a poco medidas socializantes, que socavaban el derecho de propiedad.
Por otro lado, Pío IX deshacía las impresiones nacidas de algunos de los actos que practicó al inicio de su reinado y reaccionaba contra la corriente liberal que tomó cuenta de los Estados de la Santa Sede. Irritados, los revolucionarios italianos perdieron la cabeza e hicieron pagar el pontífice con el exilio la firmeza con que desautorizaba las consecuencias que pretendían sacar de sus primeras actitudes. Las noticias venidas de Italia mostraban pues, al papa en guerra encendida contra el liberalismo.
L’Ère Nouvelle, que apoyaba la república y muchas otras medidas liberales del gobierno, fue perdiendo influencia y alejando incluso a aquellos que podrían colaborar con el periódico. Montalembert, que tenía formación liberal y no había extirpado completamente de su espíritu los errores de Lamennais, divergía de las tendencias de Ozanam y combatía desde la propia tribuna de la Cámara de los Diputados el periódico católico que ayudaba al gobierno a socializar la Francia. Lacordaire, electo diputado, se fue a sentar con los de la Montaña, grupo de izquierdistas organizados con el espíritu de la antigua Montaña de la Convención Nacional. Renunció a su cargo y se apartó lentamente del periódico que tanto lo comprometía. La opinión católica indecisa en los primeros momentos, veía claramente dónde estaba el verdadero pensamiento de la Iglesia, y pasó a apoyar decididamente al L’Univers.
L’Ère Nouvelle era atacado en la Cámara por Montalembert, y en la prensa por el L’Univers, que lo llamaba L’Erreur Nouvelle. Viendo que se apartaban sus propios amigos, y no encontrando resonancia siquiera en la opinión pública indiferente en materia religiosa, que se alarmaba con el carácter acentuadamente comunista que tomó el gobierno, quedó expuesto a cerrar por falta de lectores. Fue entonces que el marquésde La Rochejacquelein lo compró, transformándolo por algún tiempo en un periódico legitimista. L’Ère Nouvelle fue el primer intento de organización de los católicos liberales. Su tendencia izquierdista lo perdió, y estaría cerrado a la aventura del liberalismo católico si el padre Dupanloup y el conde de Falloux no viniesen a dar un impulso más serio y más duradero a esa corriente.


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viernes, 22 de agosto de 2014

La Conjuración Anticristiana - Cap. III

CAPÍTULO III

EL RENACIMIENTO, PUNTO DE PARTIDA DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA

En su admirable introducción a la Vida de Santa Isabel, M. de Montalembert dice que el siglo XIII fue —al menos en lo que se refiere al pasado— el apogeo de la civilización cristiana: “Tal vez jamás la Esposa de Cristo haya reinado con un imperio tan absoluto sobre el pensamiento y el corazón de los pueblos… Entonces, más que en ningún otro momento de ese rudo combate, el amor de sus hijos, su dedicación sin límites, su cantidad y coraje cada día crecientes, y los santos que ella veía nacer diariamente entre ellos ofrecían a esa Madre inmortal fuerzas y consolaciones de las cuales ella no fue cruelmente privada sino después de mucho tiempo. Gracias a Inocencio III, que continuó la obra de Gregorio VII, la cristiandad es una vasta unidad política, un reino sin fronteras, habitado por múltiples razas. Los señores y los reyes aceptaban la supremacía pontificia. Fue necesario que apareciera el protestantismo para destruir esa obra”.
Antes del protestantismo, en 1308, la sociedad cristiana sufrió un primer y rudísimo golpe. Lo que constituía la fuerza de esa sociedad era, como dice M. de Montalembert, la autoridad reconocida y respetada del soberano pontífice, el jefe de la cristiandad, el árbitro de la civilización cristiana. Esta autoridad fue contradicha, insultada y quebrada por la violencia y astucia del rey Felipe IV en la persecución a la que él sometió al papa Bonifacio VIII. Esa misma autoridad fue también reducida por la complacencia de Clemente V en relación a ese  mismo rey, que hizo trasladar temporalmente la sede del papado a Avignon en 1305. Urbano VI no debería volver a Roma sino en 1378. Durante este largo exilio, los papas perdieron una buena parte de su independencia y su prestigio se vio singularmente debilitado. Cuando los papas volvieron a entrar en Roma, después de setenta años de ausencia, todo estaba pronto para el gran cisma de Occidente, que duraría hasta 1416 y que por un momento decapitó al mundo cristiano.
Desde entonces, la fuerza comenzó a prevalecer sobre el derecho, como era antes de Jesucristo. Las guerras retomaron el carácter pagano de conquista y se perdió el carácter de liberación. La “hija primogénita”[1], que había abofeteado a su Madre en Agnani[2], fue la primera en sufrir las consecuencias de su prevaricación: la Guerra de los Cien Años, Crécy, Poitiers, Azincourt. En estos días[3], para no hablar de lo que precedió, la ocupación de Roma, la expansión de Prusia a costa de sus vecinos, la impasividad de Europa ante la masacre de cristianos por los turcos, y la inmolación de un pueblo por la codicia del imperio británico; todo esto fruto del resurgimiento del espíritu pagano.

Pastor comienza con estas palabras su Historia de los Papas en la Edad Media:
“Dejada de lado la época en que se operó la transformación de la antigüedad pagana por el cristianismo, no hay tal vez época más memorable que el período de transición que conecta la Edad Media con los tiempos modernos. Este período fue llamado el Renacimiento.
”Ella se produjo en una época de molicie, de decadencia casi general de la vida religiosa; período lamentable cuyas características son, a partir del siglo XIV, el debilitamiento de la autoridad de los papas, la invasión del espíritu mundano en el clero, la decadencia de la filosofía y de la teología escolástica, un espantoso desorden en la vida política y civil. En esas circunstancias, se colocaron frente a los ojos de una generación intelectual y físicamente sobreexcitada, enfermiza bajo todos los aspectos, las deplorables lecciones contenidas en la literatura antigua.
”Bajo la influencia de una admiración excesiva, podríamos decir enfermiza, por los encantos de los escritores clásicos, se enarbola abiertamente el estandarte del paganismo; los seguidores de esta reforma pretendían modelar todo exactamente como en la antigüedad, las costumbres y las ideas, restablecer la preponderancia del espíritu pagano y destruir radicalmente el estado de cosas existente, considerados por ellos como una degeneración.
”La influencia desastrosa ejercida en la moral por el humanismo se hizo igualmente sentir temprano y de una manera asustadora en el dominio de la religión. Los seguidores del Renacimiento pagano consideraban su filosofía antigua y la fe de la Iglesia, como dos mundos enteramente distintos y sin ningún punto de contacto”.
Ellos querían que el hombre tuviese su felicidad sobre la tierra, que todas sus fuerzas, todas sus actividades fuesen empleadas para buscar la felicidad temporal; decían que el deber de la sociedad era organizarse de tal manera que ella consiguiese llegar a ofrecer a cada uno lo que pudiese satisfacerle todos sus deseos y en todos los sentidos.
Nada de más opuesto a la doctrina y a la moral cristianas.
“Los antiguos humanistas, dice con mucha razón Jean Janssen[4], no tenían menos entusiasmo por la herencia grandiosa legada por los pueblos de la antigüedad de lo que tuvieron más tarde sus sucesores. Antes de éstos, ellos habían visto en el estudio de la antigüedad, uno de los más poderosos medios de educar con éxito la inteligencia humana. Pero en de su pensamiento los clásicos griegos y latinos no debían ser estudiados con el objetivo de alcanzar en ellos y por ellos el fin de toda educación. Ellos entendían que debían colocarlos al servicio de los intereses cristianos; deseaban antes de todo llegar, gracias a ellos, a una comprensión más profunda del cristianismo y a la mejora de la vida moral. Movidos por estos mismos motivos, los Padres de la Iglesia habían recomendado y fomentado el estudio de las lenguas antiguas. La lucha no comenzó y no se hizo necesaria sino cuando los jóvenes humanistas rechazaron toda la antigua ciencia teológica y filosófica por considerarla bárbara, pretendieron que toda noción científica se encuentra contenida únicamente en las obras de los antiguos, entraron así, en lucha abierta con la Iglesia y el cristianismo, y muy frecuentemente lanzaron un desafío a la moral”.
La misma observación vale para los artistas. “La Iglesia, dice el mismo historiador[5], colocó el arte al servicio de Dios, llamando a los artistas para cooperar en la propagación del reino de Dios sobre la tierra y convidándolos a «anunciar el Evangelio a los pobres». Los artistas, respondiendo exactamente a ese llamado, no levantaron lo bello sobre un altar para de él hacer un ídolo y adorarlo por sí mismos; ellos trabajaban «para la gloria de Dios». A través de sus obras de arte ellos deseaban despertar y aumentar en las almas el deseo y el amor de los bienes celestiales. En cuanto el arte conservó los principios religiosos que lo trajeron a la luz, se mantuvo en constante progreso. Pero a medida que se desvanecía la fidelidad y la solidez de los sentimientos religiosos, el arte vio que se le iba la inspiración. Entonces el arte cambió su mirada hacia las divinidades extranjeras, quiso entonces resucitar y dar una vida artificial al paganismo, y desapareció en el arte la fuerza creativa, su originalidad; cayendo, finalmente, en una sequía y aridez completa”[6].
Bajo la influencia de esos intelectuales, la vida moderna tomó una dirección enteramente nueva, que era opuesta a la verdadera civilización. Porque, como dice muy bien Lamartine:
“Toda civilización que no viene de la idea de Dios, es falsa.
”Toda civilización que no tiende a la idea de Dios, no permanece.
”Toda civilización que no está penetrada de la idea de Dios, es fría y vacía.
”La última expresión de una civilización perfecta es la que mejor ve a Dios, la que lo adora mejor, la que mejor es servida por los hombres”[7].

El cambio se operó primero en las almas. Muchos perdieron la concepción según la cual todo el fin está en Dios, para adoptar aquella que quiere que todo esté en el hombre. “Al hombre decaído y rescatado, dice muy acertadamente Bériot, el Renacimiento opuso el hombre ni decaído ni rescatado, que se eleva a una admirable altura por las simples fuerzas de su razón y de su libre albedrío”. El corazón ya no sirvió más para amar a Dios, el espíritu para conocerlo, el cuerpo para servirlo, y mediante eso merecer la vida eterna. La noción superior que la Iglesia tenía tanto cuidado en establecer, y que le costara tanto tiempo, se borró en éste, en aquél, y en las multitudes; como en tiempos del paganismo, ellas hicieron del placer y del disfrute, la finalidad de la vida; buscaron los medios para obtenerlos en la riqueza, y para adquirirla no se tuvo más en cuenta los derechos de los otros. Para los Estados, la civilización no fue más la santidad de muchos, y las instituciones sociales medios ordenados para preparar las almas para el cielo. Nuevamente ellos encerraron la función de la sociedad en el tiempo, sin atención para las almas hechas para la eternidad. En aquella época, como hoy, dieron a eso el nombre de progreso. “Todo nos anuncia, exclamaba con entusiasmo Campanello, la renovación del mundo. Nada impide la libertad del hombre. ¿Cómo se impediría la marcha y el progreso del género humano?”. Las nuevas invenciones, la imprenta, la pólvora, el telescopio, el descubrimiento del Nuevo Mundo, etc., sumándose al estudio de las obras de la antigüedad, provocaron una embriaguez de orgullo que dice: la razón humana se basta a sí misma para gobernar sus negocios en la vida social y política. No tenemos necesidad una autoridad que sustente o corrija a la razón.
Así fue invertida la noción sobre la cual la sociedad había vivido y en razón de la cual ella había prosperado a partir de nuestro Señor Jesucristo.
La civilización renovada del paganismo actuó inicialmente sobre las almas aisladas, después sobre la opinión pública, después sobre las costumbres y las instituciones. Sus estragos se manifestaron, en primer lugar en el orden estético e intelectual: el arte, la literatura y la ciencia se retiraron poco a poco del servicio del alma para ponerse al servicio de la animalidad: hecho que condujo para dentro del orden moral y del orden religioso esa revolución que fue la Reforma. Desde el orden religioso, el espíritu del Renacimiento alcanzó el orden político y social con la Revolución francesa. Y de ahí atacaron el orden económico con el socialismo. Es ahí donde la civilización pagana debía llegar, es ahí que ella encontrará su fin, o nosotros o el nuestro; su fin, si el cristianismo retoma el dominio sobre los pueblos aterrorizados o, mejor dicho, abrumados por los males que el socialismo hará pesar sobre ellos; el nuestro, si el socialismo puede llevar hasta el fin la experiencia del dogma del libre gozo en esta tierra y nos hiciere sufrir todas las consecuencias.
Entre tanto, esto no se hizo y no continúa sin resistencia. Una multitud de almas permaneció y permanece hoy vinculada al ideal cristiano, y la Iglesia está siempre presente para mantenerlo y trabajar por su triunfo. De ahí el conflicto que, en el seno de la sociedad, dura más de cinco siglos, y que hoy llegó al estado agudo[8].

El Renacimiento es, por tanto, el punto de partida del estado actual de la sociedad. Todo cuanto sufrimos viene de ahí. Si queremos conocer nuestro mal y sacar de ese conocimiento el remedio radical para la situación presente, es necesario remontarse al Renacimiento[9].
¡Y, no obstante, los papas la favorecieron; ella que fue el punto de partida de la civilización dicha moderna! Se impone sobre esto una palabra de explicación.
Los Padres de la Iglesia, lo dijimos, habían recomendado el estudio de las literaturas antiguas, y esto por dos razones: ellos encontraron en ellas un excelente instrumento de cultura intelectual, y de ellas hicieron un pedestal para la revelación; así, la razón es el soporte de la fe.
Fiel a esa orientación, la Iglesia, y en particular los monjes, colocaron todos sus cuidados en salvar del naufragio de la barbarie a los autores antiguos, en copiarlos, en estudiarlos, y en hacerlos servir para la demostración de la fe.
Era, por tanto, enteramente natural que, cuando comenzó en Italia la renovación literaria y artística, los papas se mostrasen favorables.
A las ventajas arriba señaladas, ellos vieron sumarse otras, de un carácter más inmediatamente útil a aquella época. Desde la mitad del siglo XIII habían sido mantenidos entre el papado y el mundo griego consecutivos intentos para obtener el retorno de las iglesias de Oriente a la Iglesia romana. De un lado y de otro se enviaron embajadas. El conocimiento del griego era necesario para argumentar contra los cismáticos y ofrecerles la lucha en su propio terreno.
La caída del imperio bizantino dio la oportunidad para un nuevo y decisivo impulso a ese género de estudios. Los sabios griegos, trayendo para Occidente los tesoros literarios de la antigüedad, excitaron un verdadero entusiasmo por las letras paganas, y ese entusiasmo no se manifestó en ningún otro lugar tanto como entre las personas de la Iglesia. La imprenta sirvió para multiplicarlos y para obtenerlos a un costo mucho menos oneroso.
Finalmente, la invención del telescopio y el descubrimiento del Nuevo Mundo abrieron los pensamientos a más largos horizontes. También aquí vemos a los papas, y primeramente los de Avignon, con su celo enviar misioneros a los países lejanos, ofreciendo un nuevo estímulo a la fermentación de los espíritus, buena en su principio, pero de la cual abusó el orgullo humano, como en nuestros días lo vemos abusar de los progresos de las ciencias naturales.
Los papas, por lo tanto, fueron llevados, por toda suerte de circunstancias providenciales, a llamar y reunir junto a ellos a los representantes dignos del movimiento literario y artístico del que eran testigos. Lo tomaron como un deber y un honor. Prodigaron las encomiendas, las pensiones, las dignidades a aquéllos cuyos talentos los elevaban por encima de los otros. Infelizmente, con la mirada puesta en el objetivo que querían alcanzar, no tomaron suficiente cuidado con la calidad de las personas que así apoyaban.
Petrarca, de quien concordamos en llamar “el primero de los humanistas”, encontró en la corte de Avignon la más alta protección, y allí recibió el cargo de secretario apostólico. Desde entonces se estableció en la corte pontificia, la tradición de reservar las altas funciones de secretario apostólico a los escritores más renombrados, de manera que ese colegio se volvió luego en uno de los focos más activos del Renacimiento. Allí fueron vistos santos religiosos, tales como el camaldulense Ambrosio Traversarui, pero infelizmente también los groseros epicúreos como Pogge, Filelfe, Arétin y muchos otros. A pesar de la piedad, a pesar incluso de la  austeridad personal con que los papas de esa época edificaron la Iglesia[10], ellos no supieron, en razón de la atmósfera que los envolvía, defenderse de una condescendencia demasiado grande para con escritores que, a pesar de estar al servicio de ellos, luego se convirtieron, por causa del declive al cual se abandonaron, en los enemigos de la moral y de la Iglesia. Esa condescendencia se extendió a las propias obras, si bien que, todo sumado, ellas fuesen la negación del cristianismo.

Todos los errores que después pervirtieron el mundo cristiano, todos los atentados perpetrados contra sus instituciones, tuvieron ahí su fuente; podemos decir que todo esto a que asistimos fue preparado por los humanistas. Ellos son los iniciadores de la civilización moderna. Ya Petrarca había dibujado en el comercio de la antigüedad sentimientos e ideas que habrían afligido la corte pontificia, si esta hubiese medido las consecuencias. Él, es verdad, siempre se inclinó delante de la Iglesia, de su jerarquía, de sus dogmas, de su moral; pero no fue así con los que lo sucedieron, y se puede decir que fue él quien los colocó en el mal camino en el cual se empeñaron. Sus críticas contra el gobierno pontificio autorizaron a Valla a minar el poder temporal de los papas, a denunciarlos como enemigos de Roma y de Italia, a presentarlos como los enemigos de los pueblos. Él llegó incluso hasta la negación de la autoridad espiritual de los soberanos pontífices en la Iglesia, rechazando el derecho de los papas a hacerse llamar “vicarios de Pedro”. Otros apelaron al pueblo o al emperador para restablecer, ya sea la república romana, sea la unidad italiana, sea un imperio universal: cosas esas que, todas, vemos en los días actuales, intentadas (1848), realizadas (1870) o presentadas como el objeto de las aspiraciones de la francmasonería.
Alberti preparó otra especie de atentado, el más característico de la civilización contemporánea. Jurista y literato, compuso un tratado de Derecho. Ahí proclamó que “Dios debe ser dejado al cuidado de las cosas divinas, y que las cosas humanas son competencia del juez”. Era, como observa Guiraud, proclamar el divorcio de la sociedad civil y de la sociedad religiosa; era abrir los caminos a aquellos que quieren que los gobiernos no persigan sino los fines temporales y permanezcan indiferentes a los espirituales, defiendan los intereses materiales y dejen de lado las leyes sobrenaturales de la moral y de la religión; era afirmar que los poderes terrenales son incompetentes o deben ser indiferentes en materia religiosa, que ellos no tienen que conocer a Dios, que ellos no tienen que observar sus leyes. Era, en una palabra, formular la gran herejía del tiempo presente, y arruinar por la base la civilización de los siglos cristianos. El principio proclamado por ese secretario apostólico encerraba el germen de todas las teorías que nuestros modernos “defensores de la sociedad laica” reclaman. Bastaba dejar que ese principio se desarrollase para llegar a todo lo que hoy testimoniamos con tristeza.
Atacando así la base de la sociedad cristiana, los humanistas borraron al mismo tiempo en el corazón del hombre la noción cristiana de su destino. “El cielo, escribía Collacio Salutati, no sus Travaux d’Hercule, pertenece de derecho a los hombres enérgicos que sustentan grandes luchas o realizan grandes trabajos sobre la tierra”. Y de ese principio se extrajeron sus fatales consecuencias. El ideal antiguo y naturalista, el ideal de Zenón, de Plutarco y de Epicuro, consistía en multiplicar al infinito las energías de su ser, desarrollando armoniosamente las fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Este se convirtió en el ideal que los fieles del Renacimiento adoptaron, en su conducta, así como en sus escritos, en sustitución a las aspiraciones sobrenaturales del cristianismo. Este fue, en los días de hoy, el ideal que Friedrich Nietzsche llevó al extremo, predicando la fuerza, la energía, el desarrollo libre de todas las pasiones, que deben hacer que el hombre llegue a un estado superior a aquél en que él se encuentra, que deben producir el superhombre[11].
Para esos intelectuales, y para aquellos que los escucharon, y para aquellos que hasta nuestros días se hicieron sus discípulos, el orden sobrenatural fue, más o menos completamente, puesto de lado; la moral se volcó hacia la satisfacción de los instintos; el gozo bajo todas las formas fue el objeto de sus pretensiones. La glorificación del placer era el tema preferido de las disertaciones de los humanistas. Laurent Valla afirma en su tratado De Voluptate que “el placer es el verdadero bien, y que no hay otros bienes fuera del placer”. Esa convicción lo llevó, a él y a muchos, a escribir en poesía los peores vicios. Así eran prostituidos los talentos que deberían haber sido empleados en vivificar la literatura y el arte cristianos.
Bajo todos los aspectos ocurría el divorcio entre las tendencias del Renacimiento y las tradiciones del cristianismo. En cuanto la Iglesia continuaba predicando la decadencia del hombre, afirmando su debilidad y la necesidad del socorro divino para el cumplimiento del deber, el humanismo tomaba la delantera en Jean Jacques Rousseau para declarar la bondad de la naturaleza: él deificó al hombre. En cuanto la Iglesia señalaba una razón y un fin sobrenaturales para la vida humana, colocando a Dios como el término de nuestro destino, el humanismo, re-paganizado, limitaba a este mundo y al propio hombre el ideal de la vida.

A partir de Italia, el movimiento alcanzó otras partes de Europa.
En Alemania, el nombre de Reuchlin fue, sin que ese sabio lo supiera, el grito de guerra de todos los que trabajaban para destruir las órdenes religiosas, la escolástica y, al final de cuentas, la propia Iglesia. Sin el escándalo que se hizo a su alrededor, Lutero y sus discípulos jamás habrían osado soñar lo que hicieron.
En los Países Bajos, Erasmo preparó, él también, los caminos de la Reforma con su Elogio de la Locura. Lutero no hizo más que proclamar bien alto y ejecutar descaradamente lo que Erasmo no cesaba de insinuar.
Francia no tardó en acoger en su territorio las letras humanistas; ellas no produjeron ahí, por lo menos en el orden de las ideas, efectos tan ruines. No ocurrió lo mismo con las costumbres. “Desde que las costumbres de los extranjeros comenzaron a agradarnos —dice el gran canciller de Vair, que presenció aquello sobre lo que él habla— los nuestros se pervirtieron y se corrompieron de tal manera que podemos decir: hace mucho tiempo que no somos franceses”.

En ninguna parte los jefes de la sociedad tuvieron la suficiente clarividencia para realizar la separación de lo que había de sano y de lo que había de infinitamente peligroso en el movimiento de ideas, de sentimientos, de aspiraciones, que recibió el nombre de Renacimiento. Por todas partes la admiración por la antigüedad pagana pasó de la forma al fondo, de las letras y de las artes a la civilización. Y la civilización comenzó a transformarse para convertirse en lo que es hoy, esperando ser como se presentará mañana.
Dios, sin embargo, no dejó a su Iglesia sin socorro, como en ninguna otra probación. Santos como San Bernardino de Siena, no cesaron de advertir y de mostrar el peligro. Ellos no fueron escuchados. Y por eso fue que el Renacimiento engendró la Reforma y la Reforma la Revolución, cuyo objetivo es aniquilar la civilización cristiana para sustituirla en todo el universo por la civilización dicha moderna.

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[1] Nota del traductor: Francia era llamada la hija primogénita de la Iglesia, puesto que esta fue la primera nación que se convirtió oficialmente al cristianismo bajo el reinado de Clovis, rey de los francos.
[2] Nota del traductor: el autor se refiere a la bofeteada que recibió el papa Bonifacio VIII por el representante del rey Felipe IV de Francia. El papa, afectado por la tristeza, murió poco tiempo después.
[3] Nota del traductor: recordamos que esta obra fue escrita a comienzos del siglo XX y el autor se está refiriendo a los sucesos ocurridos principalmente durante la segunda mitad del siglo XIX.
[4] L’ Allemagne à la fin du moyen âge.
[5] Ibid., p. 130.
[6] Emile Mâle, que publicó estudios tan sabios y tan interesantes sobre El arte religioso en el siglo XIII y sobre El arte religioso de finales de la Edad Media, termina la segunda de esas obras con estas palabras: “Es preciso reconocer que el principio del arte en la Edad Media estaba en completa oposición con el principio del arte del Renacimiento. La Edad Media que terminaba había dejado impresos todos los aspectos humildes del alma: el sufrimiento, la tristeza, la resignación, la aceptación de la voluntad divina. Los santos, la Virgen, el propio Cristo, frecuentemente mediocres, asemejados al pueblo del siglo XV, no poseían otro brillo sino aquel que viene del alma. Ese arte es de una humildad profunda; el verdadero espíritu cristiano estaba en él.
”Bien diferente es el arte del Renacimiento: su principio oculto es el orgullo. En adelante el hombre se basta a sí mismo y aspira a ser un dios. La más alta expresión del arte es el cuerpo humano desnudo: la idea de una caída, de una decadencia del ser humano, que cautivó durante tanto tiempo a los artistas del desnudo, si siquiera se puso en sus espíritus. Hacer del hombre un héroe resplandeciente de fuerza y de belleza, que escapa a las fatalidades de la raza, para elevarse hasta el arquetipo, ignorando el dolor, la compasión, la resignación; he ahí exactamente (con toda suerte de matices), el ideal de la Italia del siglo XVI”.
[7] Citado por Mons. Perraud, obispo de Autun, por ocasión de las fiestas del centenario del poeta.
[8] Nota del traductor: Téngase en consideración que el autor se está refiriendo al estado del catolicismo de principios del siglo XX, en el que la Iglesia estaba gobernada por el gran San Pío X, que combatió con toda su energía el modernismo y el liberalismo. Quizás el autor no imaginó que las cosas llegarían como están actualmente, en la que esa revolución penetró los sagrados muros de la Iglesia con el catastrófico Segundo Concilio Vaticano.
[9] Jen Guiraud, profesor de la Facultad de letras de Besançon, que acaba de publicar un excelente libro bajo el título La Iglesia y los orígenes del Renacimiento, nos servirá de quía para recordar sumariamente lo que ocurrió en aquella época. Ese volumen hace parte de la “Biblioteca de Enseñanza de la Historia Eclesiástica” publicada en Lecoffre.
[10] Martín V tuvo un gusto constante por la justicia y la caridad. Su devoción era grande; de ella dio pruebas incontestables en diversas ocasiones, sobre todo cuando trajo de Ostia las reliquias de Santa Mónica. Él soportó con una resignación profundamente cristiana, una después de otra, las muertes entre sus más queridos afecciones, que vinieron a afligirlo. Desde su juventud, había distribuyó la mayor parte de sus bienes a los pobres.
Eugenio IV conservó en el trono pontificio sus hábitos austeros de religioso. Su simplicidad y su frugalidad le hicieron merecer de su equipo el apodo de Abstenius. Es con razón que Vespasiano celebró la santidad de su vida y de sus costumbres.
Nicolás V quiso tener en su intimidad el espectáculo continuo de las virtudes monásticas. Para eso, llamó ante él a Nicolás de Cortona y a Lorenzo de Mantua, dos cartujos, con los cuales gustaba entretenerse a respecto de las cosas del cielo en medio de las torturas de su última enfermedad.
[11] La glorificación de lo que los americanistas llaman, “las virtudes activas”, parecen venir de aquí, por medio del protestantismo.
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