viernes, 18 de julio de 2014

Derecho consuetudinario - I

La Iglesia: Guardiana de la Ley Natural y Luz

del Estado

Plinio Corrêa de Oliveira

Hoy vamos a comenzar tratar de las leyes que regían en la Edad Media para ver si tenían algo que pueda definir una sociedad orgánica y, en consecuencia, nos den los principios generales de aplicación a los grupos sociales en la actualidad o en el futuro. Sobre la base de este interés subyacente, debemos preguntarnos qué era lo que comprendía las leyes del reino, los feudos, los municipios y los gremios.

Para abordar estos temas, tenemos que considerar en primer lugar que la sociedad medieval era mucho más compleja que la nuestra y, por lo tanto, ello da a los juristas muchos más dolores de cabeza, al igual como cuando se estudia un organismo humano que por sí es muy complejo provoca a los médicos más dolores de cabeza que el examen de una sola célula orgánica.

Todo lo que es más desarrollado tiende hacia la complejidad, y la sociedad humana, compuesta por seres que son a la vez materiales y espirituales, tiene, naturalmente, una gran complejidad.

Legisladores en la corte del rey Enrique VI
El punto de partida de la compleja teoría del derecho medieval es la idea de que el verdadero señor del reino no es ni el emperador, ni el rey ni el señor feudal, sino el Derecho Natural, cuyo origen es divino. Esta observación no es mía; la tomé prestada del Prof. Olivier Martin, de la Facultad de Derecho de París. Él sostiene esta tesis como siendo la base de la concepción medieval de la ley: Dios, autor de la Ley Natural, es la fuente de toda ley. Esta comprensión es diametralmente opuesta a la concepción moderna del derecho.

Hoy en día, la ley es hecha por el Estado. El Estado está representado por una Asamblea, que es la que promulga una ley. Esta ley es considerada soberana porque la voluntad del Estado se toma como soberana. Esta concepción considera que, por encima del Estado, no existe otra voluntad.

En la Edad Media, la Ley presidia toda la organización socio-política: Todo debía ser de acuerdo a la Ley Natural. A su vez, la Ley Natural era entendida universalmente en la cristiandad como la voluntad de Dios grabada en la naturaleza. Se tenía la convicción de que la inteligencia humana es capaz de discernir las normas de la Ley Natural.

Sin embargo, puesto que a veces los hombres pueden mal interpretar estas reglas, Dios les dio el Decálogo como modelo supremo de su voluntad que debe gobernar todo el ámbito de la ley. El Decálogo es la ley de leyes a las que deben someterse todos los países. Ninguna autoridad humana, ya sea la de un emperador, rey o cualquier otro, puede revocarla.

Ahora bien, dado que la interpretación de la ley de Dios concierne inevitablemente a la Iglesia Católica, ella asume un papel fundamental en la esfera temporal. La ley fundamental de toda la cristiandad es la misma ley que le fue dada a la Iglesia para que la custodiara. Ella está a cargo de la enseñanza de esta ley, preservarla de las falsas interpretaciones, y hacerla cumplir por medio de sanciones. Por lo tanto, el arca de la ley, su guardiana, su depositaria, la legisladora por excelencia de todas las naciones católicas es la Iglesia Católica.

Las otras leyes las que son promulgadas por los reyes, los municipios y los gremios son sólo regulaciones que se derivan de esta ley principal.

Aquí, en esta sala hay algunos abogados y estudiantes de derecho. Ellos saben la diferencia entre la ley y la regulación. En nuestro Derecho Civil contemporáneo, el Congreso vota para aprobar una ley, el presidente la promulga, y, a continuación, define su reglamento, un conjunto de códigos que permitan su aplicación. Bien, en la Edad Media las leyes del Estado se volcaban hacia la Ley de Dios, así como los reglamentos adoptados por el presidente están volcadas hacia la ley aprobada por el Congreso.

Derecho consuetudinario o costumbre

Carlomagno siguió el modelo del Imperio Romano
Habiendo establecido este tipo de ley, vamos ahora a empezar a estudiar la más interesante de ellas, que es el derecho consuetudinario la costumbre.

Sin entrar aquí en un análisis estrictamente jurídico, simplemente podemos decir que en la estructura del Estado Moderno cada hombre es supuestamente libre. Él tiene la libertad de hacer lo que quiera con sólo dos limitaciones a esta libertad:

Por un lado, él está limitado por su propia voluntad, lo que significa que cuando él firma un contrato, no puede violar los términos que él mismo se obligó a observar. Por otra parte, está obligado por los límites de la propia ley. La ley es una orden emitida por el poder competente, que se impone sobre la voluntad de los ciudadanos, con o sin su consentimiento. Por lo tanto, en el derecho moderno, a excepción de algunos contratos libremente aceptados, todo el mundo está sujeto a la ley única establecida por el Estado.

En la Edad Media, apareció un nuevo tipo de ley que caracteriza, en mi opinión, la mayor originalidad de Derecho Medieval: Fue el derecho consuetudinario. Sabemos que consuetudo en latín significa costumbres. Derecho consuetudinario es, entonces, la ley de las costumbres del pueblo. Para entender bien cómo nació este tipo de ley, tenemos que estudiar las condiciones jurídicas y políticas de la Edad Media.

Las leyes consuetudinarias, nacieron de una catástrofe

Las leyes consuetudinarias, que constituyeron uno de los tesoros legislativos más grandes de todos los tiempos, fueron el resultado de una de las mayores catástrofes de la historia. Esto nos muestra que cuando el hombre está en posición vertical, cuando busca a Dios con todo su corazón, a pesar de los desastres y los problemas que puedan caer sobre él, él termina obrando maravillas.

El Imperio Carolingio estaba organizado siguiendo el modelo del Imperio Romano. En el Imperio Romano la organización del Estado era similar a la del Estado moderno, es decir, el emperador, que representaba Estado, hacía la ley, y todo el mundo estaba obligado a obedecerla. Sólo el emperador tenía el derecho de hacer leyes. El Imperio Carolingio se basaba en este presupuesto.

Después que Carlomagno murió, e incluso en los últimos años de su vida, una sombra de tristeza cayó sobre todo el Imperio Carolingio.

En el siglo octavo, cuando Europa recién había logrado recuperarse de la primera ola de invasiones bárbaras en el siglo quinto, una segunda ola cayó sobre ella en; el mismo desastre entró en la escena de nuevo. Los últimos días de Carlomagno fueron testigos de una nueva ola de invasiones de vikingos dentro de Francia.

Continuará…


Tomado de TIA

domingo, 13 de julio de 2014

Para que Él reine - II Parte, Cap. 1

Segunda Parte
  
LAS OPOSICIONES HECHAS
A LA REALEZA SOCIAL
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

¿Por qué se amotinan las gentes y trazan las naciones planes vanos?
“Se reúnen los reyes de la tierra y a una se confabulan los príncipes contra el Señor y contra su Ungido.
“El que mora en los cielos se ríe: el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en Su ira y los consternará en Su furor…”.
Ps. II.


CAPÍTULO I
EL NATURALISMO
EL ERROR Y SU EJÉRCITO
Examinar, estudiar, ponderar lo que hoy día se opone al pleno triunfo de la realeza social de Jesucristo nuestro Señor será nuestra tarea en los diversos capítulos de esta segunda parte.
Tales obstáculos y tales oposiciones no estarán (puesto que no pueden estarlo) fundados racionalmente o, si se prefiere, naturalmente. No es posible, en efecto, que haya oposiciones, obstáculos verdaderamente legítimos en contra del orden divino. Sólo el error, cuando no la perversidad de los hombres, puede crear una situación que haga difícil el triunfo de la verdad.
El error, cuando no la perversidad de los hombres…; es decir, el error y los que lo propalan.
Es, en efecto, imposible separarlos. Como apuntó Sardá y Salvay[1]: “Mas da la casualidad de que las ideas no se sostienen por sí propias en el aire, ni por sí propias se difunden y propagan, ni por sí propias hacen todo el daño a la sociedad. Son como las flechas y las balas, que a nadie herirían si no hubiese quien las disparase con el arco o con el fusil”.
El error, en efecto, entregado a sí mismo, abandonado a los maleficios de su espejismo intelectual, sería peligroso, sin duda, pero no iría muy lejos y no perdería más que a un número relativamente reducido de personas.
Mientras las perores concepciones mentales no encuentren un ejército no producirán grandes estragos.
Como lo ha dicho con su habitual claridad el cardenal Pie[2]: “el naturalismo contemporáneo es tan espantoso y tan pernicioso para la sociedad porque tiende, con todas sus fuerzas, a salir del dominio de las especulaciones intelectuales para apoderarse de la dirección de los asuntos humanos.
Ahora bien: es fácil de imaginar que, para lleva a buen término semejante operación se precisa mucho más que la sola virtud lógica de algunos argumentos intelectuales abandonados, por así decirlo, a su sola fuerza. Es preciso un ejército.
”La organización del racionalismo (que es el objetivo primero de la Revolución) es el hecho más importante y más formidable de nuestra época”, sigue escribiendo el cardenal Pie. “Se ha formado una liga y asociación universal con el propósito declarado de organizar un cuerpo de ejército que pueda resistir gloriosamente a las doctrinas que se quiere imponer al espíritu humano por la Revelación… Las corporaciones científicas, la historia, la política, la literatura, el teatro, la canción, la novela, los periódicos, las revistas, ¿qué sé yo?, todo ha entrado en esta inmensa conspiración contra el orden sobrenatural…”[3].
Así, pues, al mismo tiempo que al error, es necesario combatir a sus agentes y secuaces.
“Sin duda —señalaba el cardenal Pie— la serena exposición de la verdad es, en sí, preferible a la discusión; nuestros ilustres antecesores lo han declarado a menudo. No obstante, la necesidad de los tiempos los precipitó a ellos también, muy frecuentemente, en la controversia. Cuando se leen sus obras se reconoce que la polémica aparece en la mayor parte de ellas…
”Añado que la teoría del silencio es, generalmente hablando, una teoría demasiado cómoda para no ser sospechosa, y compruebo que no tiene a su favor en el pasado, ni la autoridad, ni el ejemplo, ni el éxito.
”Y, como se insiste sobre la dificultad de observar la caridad en las discusiones, respondo que los grandes doctores nos siguen proporcionando, a este respecto, reglas y modelos. En una multitud de textos, cuyo conocimiento es elemental, y que no son nuevos, sino para aquellos que no saben nada, recomiendan la mesura, la moderación, la indulgencia hacia los enemigos de Dios y de la verdad. Lo que no impide que, sin contradecir sus propios principios, dejen de emplear ellos mismos también, en todo instante, el arma de la indignación, y algunas veces la del ridículo, como una vivacidad y una libertad de lenguaje que espantarían nuestra delicadeza moderna. La caridad, en efecto, implica, ante todo, el amor de Dios y de la verdad; no teme, pues, desenvainar la espada por el interés de la causa divina, sabiendo que más de un enemigo no puede ser derribado o curado sino por golpes decididos y saludables heridas”[4].
“Si soportar las injurias que atañen solamente a uno mismo —enseña santo Tomás— es un acto virtuoso, soportar las que atañen a Dios es el colmo de la impiedad”[5].
“El principio moderno y revolucionario de la respetabilidad de las personas en cualquier hipótesis, de la tolerancia a ultranza con relación a las personas, es una gran herejía social que ha hecho mucho daño y hará más todavía a medida que esta idea vaya divulgándose. Ello equivale a decir que la persona humana es siempre amable, siempre sagrada, siempre digna de respeto, cualesquiera que sean los errores teóricos u prácticos que lleve consigo a través del mundo”.
”A aquellos de nuestros pensadores y literatos actuales que encuentran anticuada nuestra doctrina sobre los peligros de la tolerancia ilimitada de las personas, preguntadles: ¿por qué la sociedad civil detiene y pone en prisión a los anarquistas de la pluma y de la acción, a los criminales de toda clase? ¿Por qué no contentarse con estigmatizar sus errores teóricos y prácticos? ¿Por qué esta intolerancia personal? Una sola respuesta es posible: se suprime a las personas, porque las personas constituyen un peligro público”[6].
“Está, pues, permitido, en ciertos casos —precisa Sardá—, «desautorizar y desacreditar» a la persona que difunde sistemáticamente el error. Los mismos santos Padres prueban esta tesis[7]. “Aun los títulos de sus obras dicen claramente que, al combatir las herejías, el primer tiro procuraban dirigirlo a los heresiarcas. Casi todos los títulos de las obras de San Agustín se dirigen al nombre del autor de la herejía… De tal suerte que casi toda la polémica del grande Agustín fue personal, agresiva, biográfica, por decirlo así, tanto como doctrinal; cuerpo a cuerpo con el hereje tanto como contra la herejía…”[8].
Tal es la doctrina que no será inútil recordar si no se quiere ver a los católicos cada vez más engañados en el combate político al que todos son llamados por causa de nuestros modernos regímenes representativos.
Sería verdaderamente demasiado necio y, sobre todo, nocivo el dejar entender, como muy a menudo se comprueba, que la caridad exige no publicar las torpezas de los canallas, que tan frecuentemente vienen a mendigar nuestros sufragios.
Por lo demás, resultaba imposible, en este comienzo de capítulo, el dejar negar o ignorar no solamente que existe muy concretamente un ejército del naturalismo, sino que un católico tiene la obligación de combatirlo y vencerlo, si Dios lo permite o lo quiere.
Dicho de otro modo, no hay solamente la nocividad de las ideas falsas; hay también, en cierto sentido, sobre todo la mala voluntad de los hombres; como no hay sólo peligro de un cierto número de obuses y de granadas que alguien hubiese podido abandonar en montón aquí o allá, sino que existe el hecho de que los obuses y granadas están lanzadas por artilleros y granaderos.
Pretender guerrear solamente contra las ideas y los sistemas perversos, sin tener en cuenta a quienes los propalan, difunden y aplican sistemáticamente, sería una locura, cuando no una complicidad manifiesta con el enemigo[9].
NATURALISMO Y REVOLUCIÓN
¿Cuál es, pues, el error? Y también, ¿cuál es su ejército? He aquí lo que importa distinguir netamente desde un principio.
Creemos son suficientes dos palabras para rotular los dos aspectos: naturalismo y revolución.
En el orden de las ideas: el naturalismo.
En el orden de los efectivos y de las fuerzas humanas: la Revolución.
Pensarán algunos que la realidad es mucho más compleja y que caemos aquí en una exagerada simplificación. Nosotros no lo creemos así.
Es cierto que muchas ideas quedan aún por desarrollar, muchas distinciones por formular. Así y todo, fueren las que fueren las variantes y aunque existan ciertas discrepancias de detalle, no es en ningún modo excesivo pretender que sólo la palabra naturalismo, en el orden de las ideas, de las teorías o de los sistemas, explica más o menos directamente el conjunto de los errores que asolan hoy al mundo entero[10].
No vaciló en afirmar monseñor Pie: “Si se busca el primero y el último postulado de los errores contemporáneos, se reconoce que, a todas luces, lo que se llama espíritu moderno es la reivindicación del derecho adquirido o innato de vivir en la pura esfera del orden natural: derecho moral absoluto, tan inherente a las entrañas de la humanidad que ésta no puede, sin firmar su propia decadencia, sin suscribir su deshonra y su ruina, subordinarlo a ninguna intervención, cualquiera que sea, de una razón o de una voluntad superiores a la razón y a la voluntad humana, a ninguna revelación ni autoridad alguna que emanen directamente de Dios…”[11].
Por otra parte, cualesquiera que sean en el orden de las fuerzas humanas las rivalidades y los choques, a veces sangrientos, de los partidos o de los “grupos”, de los pueblos, de las ligas o de las sectas, siempre es a la Revolución a quien invocan o en quien se inspiran las tropas del error.
*          *          *
Naturalismo y Revolución son, pues, los dos términos que permiten designar desde un principio los temibles obstáculos de la presente «hipótesis».
Aunque sea difícil estudiarlos separadamente por estar tan estrechamente relacionados entre sí, consagraremos el presente capítulo al naturalismo, o, dicho de otro modo, a la descripción del error, considerado de un modo más particularmente teórico y doctrinal, mientras que el capítulo siguiente, por el contrario, irá dedicado a le Revolución.
*          *          *
Como nos importa hacer trabajo útil más que original hemos considerado como un deber el aprovechar las obras del cardenal Pie. ¿No son sus «Sinodales» un verdadero tratado sobre el tema?[12].

EL PECADO DE NATURALISMO
Que el naturalismo es, por excelencia, el error moderno, o, mejor dicho, el carácter específico de todos los errores modernos, basta con referirse a la primera constitución del Concilio Vaticano.
Pronto se advierte que su preámbulo no concierne solamente a la constitución particular que encabeza. “Es más bien —escribe el cardenal Pie— una introducción general en la que se nos revela el pensamiento informador de la obra entera. Para quien sabe entender, el preámbulo contiene el programa de todo el concilio. Ya en él va dicho lo que cabe decir sobre nuestro tiempo, nuestra sociedad, nuestro siglo: la frase verdadera, la frase luminosa, la frase decisiva, la palabra divina.
”La inclinación actual de los espíritus y los corazones, el rasgo esencial de los caracteres, el hábito de los individuos, la costumbre de las sociedades, la ley que las rige y el espíritu político que las gobierna, el movimiento de la ciencia y, por tanto, la dirección de los estudios y de toda la educación, en fin, el signo propio de nuestro tiempo, es lo que el concilio declara en primer término y llama con su verdadero nombre: naturalismo”[13].
¿Qué es el naturalismo?
Como lo indica su nombre, es esencialmente una actitud independiente y de repulsa de la naturaleza respecto del orden sobrenatural revelado.
“… Dotada en sí misma de todas las luces, fuerzas y recursos precisos para regular todas las cosas de la tierra, trazar la conducta de cada individuo, proteger los intereses de todos y alcanzar el término último de su destino, que es la felicidad…, la naturaleza se convierte por este sistema en una especie de recinto fortificado y campo atrincherado en el que la criatura se encierra como en su propio dominio, totalmente inalienable…”[14].
“En suma, cada uno se basta a sí mismo, y como en sí mismo halla su principio, su ley y su fin, es su propio mundo y se convierte, más o menos en su Dios. Y si consta de sobra que el individuo, considerado como tal, es indigente en muchos aspectos e insuficiente para muchas cosas, no obstante, para completarse no le hace falta salir de su orden: encuentra en la humanidad, en la colectividad, lo que le falta personalmente…”[15].
“El naturalismo es, pues, lo más opuesto al cristianismo. El cristianismo, en su esencia es todo lo sobrenatural, o, mejor dicho, es lo sobrenatural mismo en sustancia y en acto. Dios sobrenaturalmente revelado y conocido, Dios sobrenaturalmente amado y servido, sobrenaturalmente dado, poseído y gozado; eso es todo el dogma, toda la moral, todo el culto y todo el orden sacramental cristiano. Si bien la naturaleza es la base indispensable de todo, por todas partes es superada. El cristianismo es la elevación, el éxtasis, la deificación de la naturaleza creada. Ahora bien: el naturalismo niega, ante todo, ese carácter sobrenatural. Los más moderados… lo niegan como necesario y obligatorio; la mayoría lo niega como existente y aun como posible…
”El naturalismo, hijo de la herejía, es, pues, mucho más que una herejía; es el puro anticristianismo. La herejía niega que haya dogmas o que pueda haberlos. La herejía deforma más o menos las revelaciones divinas; el naturalismo niega que Dios sea revelador. La herejía arroja a Dios de tal o cual parte de su reino; el naturalismo lo elimina del mundo y de la creación. Por eso dice el concilio, de este error odioso, que «contradice por completo a la religión cristiana»”[16].
Empresa satánica en verdad y este epíteto no es aquí adorno de estilo o fórmula retórica.
Monseñor Pie no dejó de insistir en ello.
“Para asignar a ese naturalismo impío y anticristiano su origen primero y su primer autor, escribe en su tercera Instrucción Sinodal[17], habría que penetrar hasta en las misteriosas profundidades del cielo de los ángeles. Aquel a quien Lucifer, constituido en estado de prueba, no quiso adorar, no quiso servir, aquel con quien pretendió igualarse sería difícil creer que fuese el Dios del cielo. Una naturaleza tan iluminada, con espíritu originariamente tan recto y bueno, no parece capaz de tan gratuita y loca rebeldía. ¿Cuál fue, entonces, la piedra en que tropezaron Satanás y sus ángeles? David, cometado por San Pablo, la escritura interpretada por los más ilustres doctores, proyectan admirables luces sobre este hecho primordial del cual arrancan tantas consecuencias.
”La fe nos enseña que el Dios creador, cuando por un acto libre y sobrenatural gratuito de su voluntad decidió descender personalmente a su creación, no requirió para unirla hipostáticamente a su Verbo ni la substancia puramente espiritual del ángel, ni la substancia puramente material del ser irracional. El Hijo único de Dios se hizo hombre; tomó un cuerpo y un alma; se colocó así en el centro del universo creado, ocupando el justo medio entre las esferas superiores y las inferiores, comunicando su vida y su influjo divino al mundo visible y al mundo invisible, como mediador, salvador, iluminador de cuanto estaba por naturaleza, por encima y por debajo de su humanidad sagrada…
”Este prodigio y este verdadero exceso de amor divino fue en opinión de muchos padres y teólogos, el principio y la ruina de Satanás… Creer en el Hijo de Dios hecho hombre, esperar en Él, amarle, servirle, adorarle, tal fue la condición de salvación. Los dos testamentos nos dicen que ese precepto fue dirigido tanto a los ángeles como a los hombres; en ambos está escrito: «Ei adorent eum omnes angeli ejus».
”Satanás se estremeció al pensar que tendría que prosternarse ante una naturaleza inferior a la suya, y sobre todo recibir él mismo de esa naturaleza tan singularmente privilegiada, un suplemento permanente de luz, de ciencia, de mérito y un aumento eterno de gloria y beatitud. Estimándose herido en la dignidad de su condición nativa, se atrincheró en el derecho y en la exigencia del orden natural, no quiso adorar la majestad divina en un hombre, ni recibir en sí mismo un aumento de resplandor y felicidad que derivasen de esa humanidad deificada. Al misterio de la encarnación opuso el de la creación; al acto libre de Dios opuso un derecho personal; en fin, contra el estandarte de la gracia, alzó la bandera de la naturaleza...”.
Por lo demás, aparte de toda opinión referente a ese carácter especial del pecado de los ángeles malos, es cierto, como lo enseña santo Tomás, que “el crimen del demonio fue o bien el colocar su fin supremo en lo que podía alcanzar sólo con las fuerzas de la naturaleza, o bien el querer lograr la beatitud gloriosa mediante sus facultades naturales sin ayuda de la gracia…”[18].
“Así, pues, todo el trabajo del infierno se traduce fatalmente en odio a Cristo (y a su Iglesia) por la negación de todo orden (sobrenatural) de la gracia y la gloria: así fue cómo la herejía de los últimos tiempos vino a ser y a llamarse naturalismo, porque el naturalismo es el anticristianismo por excelencia”.
“El punto de donde cayó Satanás es aquel de donde quiere precipitar a los demás…”[19].
Y eso desde el principio.
*          *          *
El pecado original, primer pecado del hombre, también fue (siempre bajo el influjo de Satanás) un pecado de naturalismo.
“El primer hombre —enseña santo Tomás de Aquino— pecó de dos modos: pecó, principalmente, al desear parecerse a Dios en lo que toca a la ciencia del bien y del mal, con el fin de poder en virtud de su propia naturaleza determinar por sí mismo lo que conviene o no conviene hacer; y pecó, secundariamente, al desear parecerse a Dios en lo que toca al poder de acción, con el fin de conquistar por la virtud de su propia naturaleza la bienaventuranza. En una palabra, deseó, como los ángeles, igualarse a Dios, apoyándose tan sólo en sí mismo y menospreciando el orden (sobrenatural) y la regla establecida por Dios”[20].
Así “despreciando un destino superior a la naturaleza —escribe Jean Daujat—, al querer la naturaleza vivir su vida propia (vivir su vida según frase hoy tan corriente) y encontrar en ello plena satisfacción, el naturalismo es el primer error, el error sobre la opción fundamental en el cual se empeña todo el destino humano. No es, pues, cosa de extrañarse el que históricamente el naturalismo haya inaugurado toda la serie de los errores modernos”[21].
El naturalismo es, pues, pecado fundamental y, si se puede decir, más específicamente satánico que cualquier otro.
Atenerse a la naturaleza, rechazar el orden divino de la gracia, o, dicho de otro modo, separar lo natural de lo sobrenatural o, si se prefiere, según la enérgica frase de San Juan[22], “disolver a Jesucristo” (pues en eso precisamente desemboca esa separación de lo natural y de lo sobrenatural), he aquí el pecado inicial y desgraciadamente renovado, el pecado clave; en realidad, el único y grande drama del mundo.
San León ya advertía, en su octavo discurso sobre la Natividad[23]: “No conocemos, desde la llegada de Jesucristo, casi ningún extravío del pensamiento humano en materia religiosa, que no fuera, de uno u otro modo, un ataque contra aquella verdad de las dos naturalezas reunidas ambas en la persona única del Verbo”[24].
Unde cecidit, inde deficit”. Donde el mismo Satanás cayó es claro que quiera hacer caer a los otros. Se empeña en ello con todas sus mañas, su sutileza, su duplicidad toda; de aquí la variedad de sus trampas y enredos; de aquí la extrema multiplicidad de los varios modos de naturalismo.
Violento y agresivo en unos, más manso, aunque más explícito, en otros, el error sabe hacerse imperceptible e inconfesado, implícito, solamente práctico… Hasta negará ser naturalismo cuando lo es en realidad. En esas malezas hay que perseguirle, si se le quiere combatir eficazmente, ya que merced a ellas causa un mayor número de víctimas.
Continuará…
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[1] Opus, cit., p. 115.
[2] Oeuvres, t. V, p. 170. Las referencias que este libro se hacen a las Obras del cardenal Pie están tomadas generalmente de la edición de Oudin, de Poitiers.
[3] Opus, cit., t. III, p. 256.
[4] Ibíd., t. V, p. 52.
[5] Suma Teológica, IIa, IIae, q. CXXXVI, art. 4, ad. 3.
[6] Ami du Clergé, 30 de abril de 1903.
[7] Cf.: igualmente en esta grave materia, los considerandos de la sentencia dictada contra el abate Lemire por el tribunal de la Santa Rota Romana (Semaine Religieuse de Cambrai, 27 de enero de 1914): “… Todos los que en la constitución actual de los Estados influyen con sus votos sobre el gobierno, todos los que eligen sus diputados, todos los electores deben conocer seriamente el valor de los hombres que reclaman el grave honor de representarles. Inspirándose en esta verdad, los jueces han dicho que los directores de los periódicos tenían, no solamente el derecho, sino el deber de exponer cuidadosamente los hechos que ponen de relieve la intención, el plan, las cualidades, el valor de los diputados… Sin embargo, han añadido los jueces los directores de los periódicos no pueden calumniar, es decir, inventar, por imprudencia o ligereza, verdaderas falsedades. De esto se deduce que el interés del Estado exige que los hombres públicos puedan ser enjuiciados por la opinión; de aquí que el publicista que expone en las noticias hechos perjudiciales a la reputación de los hombres públicos no debe ser tratado como un vulgar difamador. Al contrario, hay que presumir que este publicista no ha querido perjudicar al prójimo, sino que ha querido cumplir con su deber y trabajar por el bien general, alejando de las funciones públicas a hombres realmente peligrosos para sí mismos, para los demás y para todo el Estado. Nadie ignora que esta regla está admitida abiertamente por el derecho procesal y enseñada en todas las escuelas de todas las naciones civilizadas. En lo que concierne al fuero eclesiástico, basta citar la observación de Raynaldus: según este autor, cuando los santos Padre se vieron precisados a censurar doctrinas falsas y peligrosas, lo hicieron en términos muy violentos y con invectivas no encubiertas para denunciar las astucias de los hombres que propagaban el error entre los pueblos cristianos. A pesar de esta vehemencia, nadie ha osado acusarles de violar las leyes de la justicia y de la caridad. La táctica de los santos Padres lo prueba la historia, ha preservado a los pueblos de la influencia sutil de las herejías y de los heréticos…”.
“Monseñor Delassus no temió escribir contra el abate Lemire: ‘En cuanto a su honor sacerdotal, hace largo tiempo que el Sr. Lemire lo ha pisoteado’. Una apreciación semejante no podía hacerse sobre un simple particular, cuyos actos, aunque muy malos, quedan encerrados entre los muros de su casa o, por lo menos, o traspasa los límites de su dominio… Por el contrario, si se trata de un hombre que ejerce una función pública, de un hombre cuya conducta debe ser juzgada por los electores, conviene, y aún más, importa al Estado que la conducta de este hombre sea discutida. Por tanto, la apreciación que Mons. Delassus ha hecho sobre el sacerdote Lemire en la época en que fue votada la nefasta ley de la «Separación»… El favor de que goza en Francia el Sr. Lemire es de tal modo opuesto a la dignidad sacerdotal, secunda de tal manera los proyectos de los autores de la ley de «Separación» que el Sr. Lemire ha sido llamado en broma y no sin sagacidad “el capellán del Bloque”. Este apelativo ha pasado a ser proverbial en buen número de medios: celebra perfectamente las alabanzas del sacerdote que ha hecho tantos méritos entre los enemigos de la Iglesia. Por esto, diciendo que el Sr. Lemire había desgarrado con sus propias manos y pisoteado su dignidad sacerdotal, el redactor de la revista católica (Mons. Delassus) ha expresado una verdad que muchas gentes piensan y sienten, una verdad que no escapa a nuestros adversarios, convencidos de que un sacerdote como el Sr. Lemire sirve perfectamente a su causa… En consecuencia…”.
[8] Opus. cit., caps. XXII y XXIII. Cf., principalmente pp. 116-117.
[9] Apresurémonos, después del toque de atención sobre este punto de doctrina un poco severo, añadir que podríamos hablar, nosotros también, de una justa tolerancia hacia las personas. Todo el último capítulo de esta segunda parte será consagrado a este problema. Además, ¿hay necesidad de hacer observar que al recordar esta necesidad de combatir a las personas en ciertas ocasiones no hemos buscado justificarnos nosotros mismos? Nuestro trabajo se mantiene alejado de toda polémica. Solamente quedamos más tranquilos recordando lo que acabamos de decir.
[10] Cf. la declaración, al principio de este siglo, de un concilio provincial español (Prov. Eclesiástica de Burgos): “Los peligros que corre la fe del pueblo cristiano, son numerosos, pero, digámoslo, se encierran en uno solo, que es su gran denominador común, el naturalismo… Llámese racionalismo, socialismo, revolución o liberalismo, será siempre, por su condición y esencia misma, la negación franca o artera, pero radical, de la fe cristiana, y, por consecuencia, importa evitarlo con premura y cuidado, tanto como importa salvar las almas”.
[11] Oeuvres complètes, T. V., p. 41.
[12] Cf. el elogio del cardenal Pie por Pío IX: “No solamente habéis enseñado siempre la buena doctrina, sino que, con el talento y elocuencia que os distingue, habéis tocado con tanta sagacidad y seguridad los puntos, que era necesario y oportuno aclarar, según la necesidad de cada día, que, para juzgar rectamente de las cuestiones y saber adoptar a ellas la conducta, bastará a cada uno el haberos leído…”. Carta de Pío IX al cardenal Pie en 1875, con ocasión de la publicación de sus obras.
[13] Oeuvres, t. VII, p. 183.
[14] Ibíd., t. VII, p. 191.
[15] Ibíd., t. VII, p. 192.
[16] Ibíd., t. VII, pp. 193-194.
[17] Ibíd., t. V, p. 41.
[18] Sum. Teol., Ia, IIae, q. 63, a. 3, conclus.
[19] Cardenal Pie, Oeuvres, t. V, p. 45.
[20] Sum. Teol. IIa IIae, q. 163, art. 2. “Tal es la doctrina de santo Tomás, mucho más racional que la que atribuye la caída de Adán al amor excesivo a su esposa. Dado el perfecto equilibrio de sus facultades, el desorden no podía ser introducido en él por el deseo  de un bien sensible, sino solamente por la complacencia en sí mismo y por el deseo de un bien intelectual o espiritual fuera de su alcance… De otro modo, no se explicaría la terrible ironía con que Dios le persiguió después de su caída: «He aquí que Adán ha llegado a ser como uno de nosotros». Para él también el primer pecado es interior, exento de error y de pasión, plenamente voluntario; el resto es ya accesorio; que Eva haya sido, para él, una ocasión de escándalo, que haya aceptado el fruto prohibido por complacerla poco importa. Había ya pecado en su corazón… Voluntariamente, Adán rechazó a Dios como a un Señor inoportuno y se colocó en el puesto del Creador, erigiéndose como el único centro de todo, como el único fin en sí…”. Cf. Monseñor Prunel, Cours de Religion, t. IV, pp. 33, 34, 35 (Beauchesne).
[21] No hay que extrañarse, tampoco, de que para poner remedio al mal contemporáneo atacándole en sus orígenes, la Providencia haya escogido, en nuestros días, como fuente de renovación cristiana y vía de salvación para la humanidad de hoy, una influencia cada vez mayor de María: de Aquella que, de una vez para siempre, ha herido el naturalismo en la cabeza y sacado a la humanidad de esta vía mortal por el «sí» total, sin remisión, en una entrega total a la obra de Dios en ella, el «sí» que ha pronunciado aceptando dar a Cristo su naturaleza humana, y por ello, aceptando, en el nombre de toda la humanidad, la venida de Dios a esta misma humanidad. Que aquella que ha pronunciado el «sí» total, que habían rehusado Lucifer y Adán y, por ello, ridiculizado para siempre su «no», reine cada vez más, es la única esperanza de resurrección para un mundo que ha exaltado la negación hasta el delirio. La Salette, Lourdes, Pontmain, Fátima, son las etapas de la «salvación» (Juan Daujat).
Por lo tanto, para ser completa, toda obra sobre la realeza social de nuestro Señor Jesucristo debe, al menos indicar como una prolongación inevitable de esta primera soberanía el reinado social de María… El orden social cristiano por el reinado social de María, tal es el título del opúsculo del R. P. Gabriel-Marie Jacques, de los hermanos de San Vicente de Paul (Editions du regne social de Marie, 29, rue de Lourmel, París 15e).
Cf. igualmente las memorias del Congreso de La Cité Catholique en Angers (1954), Verbe, núm. 64 y sup. Núm. 7.
[22] Epístola primera de San Juan, IV, 3. No es inútil citar aquí los tres primeros versículos de este capítulo IV. El apóstol del Amor, en efecto, nos pone en guardia a cada uno de nosotros: “Carísimos, no creáis a cualquier espíritu; sino examinad los espíritus si son de Dios, porque muchos seudoprofetas se han levantado en el mundo. Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiese que Jesucristo ha venido en carne (unión de lo sobrenatural y de lo natural) es de Dios; pero todo espíritu que no confiese a Jesús: qui solvit Jesum (separación de lo natural de lo sobrenatural), ése no es de Dios, es del Anticristo, de quien habéis oído que está para llegar, y que al presente se halla ya en el mundo…”.
[23] Monseñor Pie, comentando este pasaje, hace observar que el santo papa y doctor justificaba este aserto con un estudio completo de las herejías que se habían sucedido hasta su tiempo. “Enumeración curiosa —prosigue el obispo de Poitiers—, después de la cual, como observa el docto Thomassin, no queda a ninguno de los sistemas nacidos después de este gran papa, ni el mérito de la invención, ni el interés de la novedad. Los sofistas del siglo XIX, así como los sectarios del siglo XVI, vienen a colocarse a la cola de una larga serie de antepasados en una y otra de las categorías asignadas, desde antiguo, a los negadores de la encarnación. Esto es para nosotros el principio de una fuerza y nos da, a veces, la apariencia de un desdén que asombra. Nuestros contemporáneos sobre todo, muy poco familiarizados con la historia religiosa del pasado, se escandalizan fácilmente del poco alcance que damos a ciertos escritos, en que su apreciación incompetente había creído percibir puntos de vista nuevos y enteramente embarazosos para los defensores de la ortodoxia. No podríamos compartir su asombro ingenuo… Está permitido, sin faltar a la modestia, tener alguna conciencia de su fuerza, cuando se tiene el derecho de decir a los que se constituyen en innovadores: ‘Os conozco; hace siglos que os nombráis Simón, Carpocras, Cerinto, Ebión, Basilides, Marcion, Manes, Prisciliano, Valentino, Sabelio, Hermógenes, Arrio, Apolinar, Teodoro de Mopsueste, Celso, Portirio, Juliano, Nestorio, Pelagio, Eutiques, Ciro de Alejandría, Félix de Urgel etc.: en fin, en tiempos más cercanos Miguel Servet, Fausto, Socino, etc.’” Cardenal Pie, opus. cit., t. V, p. 121.
[24] “Estos hombres destruyen —dice Pío IX en Quanta cura, hablando de los naturalistas—, estos hombres destruyeron absolutamente la cohesión necesaria que, por voluntad de Dios, unió el orden natural y el orden sobrenatural…”.

jueves, 10 de julio de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 9

LUCHA CONTRA LA COMPAÑÍA DE JESÚS

                La victoria alcanzada por los católicos en la Cámara de los Pares contra el proyecto de ley relativo a la enseñanza, fue doble. Además de haber suscitado una oposición como nunca se había registrado, el relator, duque de Broglie, se vio obligado a atenuarlo para obtener su aprobación. Las modificaciones del duque de Broglie no satisficieron a los católicos, pero también no fueron aceptadas por los “universitarios”. El proyecto fue encaminado a la Cámara de los Diputados, y ahí su relator fue Thiers, cuyo cargo era espinoso, dado el progreso siempre creciente del movimiento católico y la oposición de la universidad.

                Era necesario encontrar un medio de dividir a los católicos, a fin de conseguir el establecimiento definitivo del monopolio universitario. Por otra parte, existían en Francia congregaciones religiosas no permitidas por ley, pero que el gobierno toleraba; una de las condiciones para el ejercicio del magisterio, que los universitarios incluían en todos los proyectos de la ley de enseñanza, era que el candidato a profesor no debería pertenecer a tales congregaciones; entre ellas, la Compañía de Jesús, que desde Luis XV no tenía permiso para poseer casas en Francia.

                Desde su fundación, los jesuitas fueron combatidos por los enemigos de la Iglesia, y las calumnias que contra ellos se levantaban siempre encontraban eco en ciertos católicos. Era notorio que el arzobispo de París en la época, Mons. Affre, no los veía con buenos ojos, y muchos de los dirigentes del partido católico eran francamente sus adversarios. En el interior de L’Univers, las diferencias entre Veuillot y Montalembert llevó a dividir su dirección entre el célebre periodista y el conde de Coux, enemigo declarado de la Compañía de Jesús. Lacordaire y Foisset también no estaban lejos de dar crédito a la campaña anti-jesuítica.

                Al no estar permitida por la ley y enfrentando en su contra una secular campaña de difamación y por lo menos la mala voluntad de algunos dirigentes católicos, la Compañía de Jesús era blanco ideal para Thiers y la universidad. Michelet, Edgar Quinet y Eugenio Sue hicieron revivir las antiguas acusaciones contra los ignacianos, y poco a poco Thiers desplazó el campo de la lucha, obligando a los católicos a ocuparse menos de la libertad de enseñanza para defender la gran Orden tan injustamente atacada.

                Mientras tanto, el ministro de instrucción pública Villemain tuvo un ataque de locura, que se manifestó por la manía de persecución. Veía jesuitas por todas partes, en las salas vacías, en las piedras de la calle, y gritaba horrorizado que ellos lo acusaban de haber asesinado a su esposa. El gobierno sustituyó a Villemain por Salvandy. De acuerdo con Luis Felipe, el proyecto de enseñanza fue puesto de lado.

                A su vez, la campaña contra los jesuitas recrudeció, y todos los recursos de la corriente de los “universitarios” fueron lanzados a la lucha. Veuillot, si bien obstaculizado por el conde de Coux, se constituyó como siempre en uno de los campeones de la defensa de la Compañía de Jesús y puso al descubierto todo el ridículo y la mala fe de los adversarios de ésta. Por ejemplo, este es un comentario de gran periodista a un discurso de VictorCousin:

                “El Sr. Cousin comenzó con un tono lastimero; se está muriendo; no salió de esta casa sino para observar lo que está pasando; suplica s sus colegas que tengan piedad de él y le permitan que hable en su lugar, porque va a desfallecer; todo en un tono de partir las piedras, y con una gesticulación que haría sonreír a los pares, a los funcionarios, a los espectadores. El niño que lleva el agua azucarada va a contarlo a sus camaradas; las puertas se entreabren; de todos lados, cabezas curiosas vienen a contemplar los desmayos del Sr. Cousin. Terminada esa pequeña escena, nuestro moribundo entra en la materia con una voz de trueno, y durante una hora se entrega a la indignación del más fogoso celo universitario. Lo que él dice es… que es preciso expulsar a los jesuitas”.

                A pesar del celo de Veuillot y Montalembert, la difamación de los padres de San Ignacio aumentaba y la división de los católicos se tornaba patente. Thiers, Odilón Barrot y otros líderes de la Cámara resuelven entonces aprovechar la situación y proponer la disolución de la Compañía en Francia. Thiers defendió el proyecto con la más refinada hipocresía, pidiendo que las leyes sobre las congregaciones religiosas fuesen ejecutadas. Alegaba que defendía la “augusta religión de su país” al reclamar la expulsión de los jesuitas, culpados probablemente de agitación a respecto del monopolio de la enseñanza. En vano los líderes católicos mostraron la improcedencia de esas acusaciones. La expulsión fue aprobada por aplastadora mayoría.

                La situación se complicó, y el partido católico hizo proyectos para la resistencia. Un ilustre jesuita, el padre Ravignan, sería el hombre de la resistencia cuando se aplicó la ley. En primer lugar, se haría un memorial bien fundamentado, que establecía los derechos de la Compañía. Si, a pesar de eso, la ley fuese ejecutada y las casas cerradas, el padre Ravignan resistiría y sería preso. Si fuese posible con que él permaneciese preso, sería lo ideal. Berryer, líder del partido monárquico, célebre abogado y orador, lo defendería. Si el padre de Ravignan fuese condenado, se apelaría. Y así por delante. Los planes eran buenos y el General de la Compañía bendijo la idea de resistir, pero el partido ya estaba seriamente afectado por la división.

                Luego después de la resolución de la Cámara, comenzó a circular un rumor no desmentido de que el arzobispo de París deseaba la expulsión; todavía más, que la ley fue un triunfo para él. Sabiendo que la resistencia se organizaba, Mons. Affre se opuso a ella, y declaró que si los padres jesuitas no se sometían a las leyes, se les retiraría el poder de confesar. Montalembert se decidió entonces escribir al arzobispo. Citamos algunos extractos de esa carta:

                “Al creer en personas que se dicen bien informadas, vuestra excelencia habría resuelto aprovecharse de las medidas violentas que el gobierno proyectó contra los jesuitas, para reducirlos al papel de padres administradores de las parroquias de París. Por otro lado, se habría encargado de negociar con el resto del episcopado en el interés del gobierno, y de prometer a los obispos, como precio de la adhesión tácita a la proscripción de los jesuitas, la creación de un gran número de nuevas circunscripciones, la autorización de un establecimiento de enseñanza dirigido por padres en cada diócesis, la restauración de un cierto número de catedrales, en primer lugar la de Notre Dame de París. En una palabra, la Iglesia de Francia consentiría, por su silencio, en el sacrificio de la inocencia y de la virtud. Ese silencio sería pagado con dinero, y el arzobispo de París sería el intermediario de ese nuevo género de pacto entre la Iglesia y el Estado”.


                Después de afirmar que no creía en esos rumores, Montalembert pidió que el prelado saliese del silencio: “No se ve sin tristeza el contraste de esa conducta con la de todos los otros obispos que tienen jesuitas en sus diócesis, y que habrían de manifestar sus disposiciones. Se sabe que el arzobispo de Rouen, el obispo de Metz y el obispo de Nantes declararon que sus palacios episcopales serían el domicilio de los jesuitas cuando esas víctimas de la libertad eclesiástica fueran expulsados de sus casas. Entre tanto, ninguno de esos obispos sancionó tanto cuanto vos, monseñor, por su presencia y autoridad, la predicación de los jesuitas; ninguno de ellos presidió, como vos, a un retiro de varios millares de hombres, predicado por un jesuita; ninguno de ellos celebró la mayor fiesta de este año de 1845, dando la santa comunión solemnemente ayudado por un jesuita; ninguno de ellos, en fin, tuvo en el pasado motivos de quejas contra los jesuitas, y por tanto no puede encontrar, en las leyes de la propia cortesía mundana, un motivo bastante poderoso para no cubrirlos contra sus actuales enemigos con una protección patente y generosa”.

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sábado, 5 de julio de 2014

Para que Él reine - Cap. 5

CAPÍTULO V
FIN Y MEDIOS, TEORÍA Y PRÁCTICA,
TODO ESTÁ EN CRISTO
Somos católicos.
Como los “clérigos”, los laicos pertenecemos también totalmente a la Iglesia[1]. Pero tanto como los “clérigos”, y no menos que ellos, los “laicos” debemos ser hijos de la Iglesia en todos nuestros pensamientos, palabras y acciones.
“Todas las acciones del católico —escribió san Pío X— en tanto que sean moralmente buenas o malas, es decir, de acuerdo o en desacuerdo con el derecho natural y divino, caen bajo el juicio y la jurisdicción de la Iglesia…”[2].
¡Ser católico! En el fondo, ese es nuestro único deber, como debe ser nuestro único título, porque en este único deber y en este único título, adecuadamente comprendidos, hallan cabida y están incluidos todos los demás deberes para con Dios, deberes para con la patria, deberes para con el prójimo, deberes hacia nosotros mismos, los múltiples deberes de estado…, nada escapa al ordenamiento universal del espíritu católico.
“Porque hasta el mismo emperador —decía san Ambrosio— pertenece a la Iglesia; es hijo de la Iglesia. Y no es hacerle injuria, sino honor, el recordárselo”[3].
NATURAL Y SOBRENATURAL
¿Cuáles son nuestros deberes como ciudadanos?[4].
Es el catolicismo el que nos dicta nuestros deberes ciudadanos, recordándonos que las naciones pertenecen a un orden querido por Dios. Y no sólo nos dicta esos deberes el catolicismo, sino que nos enseña de qué manera, dentro de qué límites y con qué espíritu deben cumplirse. Mucho más que en las vehemencias, harto frecuentemente sentimentales, de un patriotismo apasionado, origen de innumerables crímenes, la Iglesia nos enseña a servir a la “ciudad carnal” con tanta sabiduría como heroísmo, si, en efecto, el heroísmo llegara a ser necesario.
“Seréis tanto más patriotas —no vacilaba decir monseñor Pie— cuanto más cristianos seáis”. Y san Ambrosio… “Qui se a Christo separat, exul est patriae” “se destierra de su patria quien se separa de Cristo”.
Es imposible llamarse plenamente cristiano si se niega uno a prestar a la patria los deberes que le son debidos[5]. De igual modo, todo servicio a la patria es engañoso cuando se aleja o se separa profundamente de Jesucristo.
Como ha escrito Dom Vonier, “nuestro civismo celestial es tan amplio como la realeza de Cristo. En la medida en que Cristo es el verdadero rey de los Estados de la tierra, somos también ciudadanos de esos Estados”[6].
*          *          *
Todo tiende a la unión de lo natural y lo sobrenatural[7]. Esta unión se comprende hoy día muy mal, a causa de la influencia del laicismo en la sociedad. Algunos creen que la simple yuxtaposición de estos dos términos basta para asegurar la ortodoxia. Todas estas formas de naturalismo son las que estudiaremos en la segunda parte de esta obra.
Otros, por el contrario, se figuran que la entrada en los caminos de Dios impone el abandono de las más vulgares máximas de prudencia y que se pueden rechazar las mejores lecciones establecidas por la experiencia y la historia.
Aunque opuestos, estos dos errores son semejantes. Tanto uno como otro, desconocen el hecho que justamente Dios ha querido (como dice monseñor Pie) “implantar la fe y la gracia” sobre la razón y la naturaleza.
Hay, pues, error en todo lo que pudiera dar a entender que lo sobrenatural debe estar a un lado y lo natural al otro. En el centro mismo de la naturaleza, en el seno mismo de nuestras actividades más cotidianas, más temporales, Jesucristo quiere plantar su estandarte y otorgarnos su fuerza. La gracia se injerta sobre la naturaleza y, por si el término “sobre” pudiera todavía darnos una idea de yuxtaposición, no vacilamos en decir que la “gracia” se injerta “en” la naturaleza, sin destruirla y sin prescindir de ella[8].
La naturaleza, en efecto, no se destruye por la gracia. Lo sobrenatural no suprime lo natural, sino que, por el contrario, lo eleva a un máximo de posibilidades. No habrá ningún dominio, ninguna acción, ninguna empresa verdaderamente humana que no pueda colocarse bajo el signo de la Cruz y regenerarse por su universal bendición.
Imaginar que pudieran existir zonas “neutras”, es decir, zonas en las cuales la acción de los hombres no tendría que estar ordenada a la gloria divina, equivale sencillamente a negar a Dios o, si se prefiere, a no admitir más que la existencia de un dios que no es Dios. Con esto se pretende que Dios no es ya dueño del mundo, que Él no es ya el principio y el fin de todas las cosas, sino solamente el principio y el fin de una parte. Un ser así, por tanto, no sería Dios, ya que se trataría de un dios que no respondería ni a la más elemental de sus definiciones, de un dios que no sería ya principio y fin del universo entero, de un dios que no sería necesario sino en parte, de un dios que no sería incluso un absoluto.
Por lo demás, y sólo desde el punto de vista de la razón, aunque el hombre no tuviera más que un fin natural…, todo —aunque de manera natural— debería estar ordenado a la gloria de Dios, esta es una verdad que un poco de reflexión permite alcanzar. Aun sin la fe, la sola razón podría todavía demostrarlo.
Nada hay en esta proposición necesariamente sobrenatural; basta con estar sano de espíritu y de corazón para comprenderla y admitirla. Los mismos paganos habían entendido y admitido ese sentido divino que se debe dar a todas las cosas, puesto que encontraron justo colocar cada uno de los actos de su vida bajo el signo de un triste ídolo.
Bajo este aspecto, es rigurosamente exacto afirmar que el laicismo contemporáneo —fruto de la Revolución del 89— es más monstruoso que el mismo paganismo. La sociedad pagana era religiosa. Hemos inventado lo que el mundo había ignorado en todas las épocas: una sociedad que pretende prescindir de Dios ¡Qué vergüenza para nosotros que un Epicteto pueda hoy recordarnos que “Dios no es extraño a la obra del universo”!
*          *          *
Los errores sobre las relaciones entre lo natural y lo sobrenatural originan dos actitudes peligrosas. Unas veces se aísla lo sobrenatural hasta despreciar las enseñanzas de la razón y las reglas de la prudencia. Otras se aprovechan situaciones no favorables al reinado de los principios para escabullirse de ellos.
Una y otra actitudes desprecian el orden querido por Dios.
*          *          *
En los capítulos precedentes hemos visto el objetivo que conseguir: “Omnia instaurare in Christo”, “instaurar todo en Cristo”, nuestro Rey y Señor. Antes de demostrar en la segunda aparte de esta obra quién es el enemigo que nos acecha, no es inútil insistir sobre lo que no deberemos nunca perder de vista en la pelea.
No se debe en absoluto… “transformar en ideal político una situación contingente que la Iglesia se ve forzada a tolerar”, decía el cardenal Mercier[9].
Es, pues, de gran importancia que sean bien establecidas las relaciones entre la doctrina y su aplicación a las situaciones concretas del mundo contemporáneo.
TEORÍA Y PRÁCTICA, PRINCIPIOS Y APLICACIONES, TESIS E HIPÓTESIS[10], ESPECULACIÓN Y ACCIÓN
¿Por qué justar estos términos?
¿Qué significan estos dualismos?
Están ahí para recordar que la teoría es en sí misma inútil si no es la teoría de una práctica, y a su vez, la experiencia nos enseña que toda práctica o no existe o es sólo pura agitación sin futuro como no esté ordenada, al menos confusa e implícitamente, por una “teoría”.
Ahora bien, el tesoro de doctrina que la Iglesia nos ofrece no fructifica sin esfuerzo.
En la meditación de las Dos banderas[11], san Ignacio presenta el campo de Jesucristo y el de Satanás mezclados en el mundo como el buen grano y la cizaña.
Existe la tesis: lo que la Iglesia nos enseña, lo que Dios quiere desde toda la eternidad: la plenitud del orden cristiano.
Pero existe la hipótesis —lo que está “bajo la tesis”—[12], que también podemos llamar una “sub-tesis”, una tesis reducida, truncada, inferior. Esto es así a causa de las circunstancias, bajo la presión de los hechos, porque el estado de los espíritus o de las cosas no permite la aplicación integral de la “tesis” propiamente dicha.
Una vez conocidos los principios, la “ideología”, la doctrina especulativa, hay que tener en cuenta la situación. “Querer en el tiempo lo que Dios quiere desde toda la eternidad”. Como lo señala Sardá y Salvany[13], “hay, por una parte,… el deber sencillo y absoluto en que está toda la sociedad o Estado de vivir conforme a la ley de Dios, según la revelación de su Hijo Jesucristo, confiada al ministerio de su Iglesia”… Y, por otra parte, “el caso hipotético de una nación o Estado donde, por razones de imposibilidad moral y material, no puede plantearse francamente la tesis o el reinado exclusivo de Dios, siendo preciso que entonces se contenten los católicos con lo que aquella situación hipotética pueda dar de sí; teniéndose por muy dichosos si logran siquiera evitar la persecución material o vivir en igualdad de condiciones con los enemigos de la fe”.
“La tesis[14] se refiere, pues, al carácter absoluto de la verdad: la hipótesis se refiere a las condiciones más o menos duras a que la verdad ha de sujetarse algunas veces en la práctica, dadas las condiciones hipotéticas de cada nación”.
Hay, pues, un problema de aplicación de principios, problema esencial de toda acción, puesto que la acción no es otra cosa que la realización concreta de verdades conocidas especulativamente por la inteligencia.
Este problema de la práctica no es otro que el de las relaciones que DEBEN UNIR los binomios antes enumerados: teoría y práctica, tesis e hipótesis, doctrina especulativa y doctrina de la acción.
La naturaleza humana es tal que Santo Tomás distingue “el intelecto especulativo”, que contempla lo Verdadero, y el “intelecto práctico”, que ordena la Verdad a la acción mediante la virtud de la prudencia.
Y si se piensa en las perturbaciones que el pecado trae al orden querido por Dios, se comprende que será necesario un ingenio particular y una verdadera ciencia de la acción para convertir “en actos” esas virtualidades, que son aún los principios, en nuestro espíritu.
Pero en Santo Tomás y los escolásticos, el intelecto práctico está sometido al intelecto especulativo, la acción al conocimiento de los principios, la elección de los medios a la finalidad perseguida.
Hay unión entre estos dos aspectos de la doctrina, entre la “ideología” y la “acción ideológica”.
Los filósofos llamados “modernos” han trastornado este orden y esta es la razón por la que la confusión y las contradicciones reinan donde debiera haber unión y armonía.
Desde Kant y Bergson hasta Lenin o Sartre, el divorcio está en todas partes.
Por haber decretado que la razón especulativa no podía alcanzar la verdad, reducen la inteligencia a un papel puramente práctico.
El orden divino es despreciado. Y, de ahí, esas “morales” de “situación” de que tanto se habla y no sólo entre los marxistas.
Los acontecimientos, al desvirtuar los principios, hacen que éstos dejen de ser tales principios.
La consecuencia es el triunfo brutal del hecho, la ley del más fuerte, el reinado de lo arbitrario. ¿No nos acecha la tentación de sacrificar los principios a los acontecimientos, la verdad a las contingencias, la doctrina inmutable a las circunstancias efímeras?
¿No se alegan, demasiado a menudo, las dificultades de la acción para consumar cobardes abandonos? En lugar de pesar concienzudamente las posibilidades de éxito de una voluntad tendida hacia la realización de una ciudad cristiana, se invoca casi siempre “la hipótesis”, la “coyuntura presente”, la obligación “de no aislarse de las masas” o “de su ambiente”, el “sentido de la historia”, “la inserción en los acontecimientos”, etc.
Todo esto para dejar a los católicos en la perplejidad, en la ineficacia, en la aceptación pura y simple de un ateísmo social cada vez más profundo.
Sería preciso, ciertamente, hacer algunos esfuerzos para conocer simultáneamente la teoría y la doctrina de la acción, para pensar rectamente guardando a la vez el sentido práctico.
Ahora bien, este esfuerzo es penoso. Muy poco lo acometen.
Unos tienen tal comezón de obrar que toda la acción se convierte para ellos en válvula de escape de su frenesí.
Otros tienen tan pocas ganas de actuar que se hunden en el humano consuelo de tener razón.
*          *          *
Concupiscencia del estudio por el estudio, o de la acción por la acción, tales son los vicios que impiden a la doctrina católica ser conocida y amada y aportar los beneficios sociales que sólo ella puede deparar a las naciones. Se reconoce, si llega el caso, la excelencia teórica de la tesis, pero sólo remotamente.
Pero, en concreto, la acción, que no debería tener más que un valor de etapa en la hipótesis dada, se convierte en una forma de abandono en la que uno se recrea.
Han tomado el partido de la derrota, y se la hace dogma.
La justa primacía de rango que los poderes temporales reconocían y garantizaban a la Iglesia no tiene ya más que un valor de recuerdo histórico. Valedera en una época de cristiandad “sacral”, hoy estaría “pasada de moda”.
¿Cuántas veces se nos ha reprochado de falta de realismo? “Vosotros fabricáis especulativos” se nos reprocha. Tal vez, ¡pero no por amor a la pura especulación! Queremos que se conozcan bien los principios católicos, para estar seguros de no hundirnos en la ciénaga de una hipótesis laicista que no es un lugar deseable de reposo.
Lo que nos parece inquietante es que el simple recuerdo de la doctrina, del fin hacia el cual debemos tender, tiene la virtud de exasperar a estos tácticos de la hora presente. Se percibe muy bien que no evocan la adaptación a las circunstancias más que para evitar a los principios.
Sin voluntad, sin amor sincero al orden cristiano, lo que ellos llamarán “prudencia” será parálisis, abandono, pretexto de apostasía social. Prudencia de la carne y no prudencia de los hijos de Dios.
Si París es el objetivo, ¿qué importa estar solamente en Limoges, con tal que se progrese audazmente, pacientemente y con método en la buena dirección? Esto vale más, en todos los sentidos, que estar en Orleáns, complacerse en ello y negarse a avanzar.
Un gran peligro para la Iglesia es la tergiversación, la indecisión y la molicie de demasiados católicos en situaciones menos graves que la persecución de un enemigo notorio.
“Se acostumbra de tal manera a respirar esta atmosfera de inacción y a veces de desaliento desde el punto de vista social —escribía el R.P. Philippe…— que no percibimos el veneno que lleva consigo y que inconscientemente se absorbe… No solamente las almas no se santifican sino que se entorpecen y acaban en la indiferencia práctica”.
¿Sigue siendo la Verdad católica el objetivo querido por encima de todo, hacia el cual deben converger todas nuestras “opciones”? ¿Tenemos siempre el cuidado de velar por la defensa y el mantenimiento de la ortodoxia?
Si esta organización es interconfesional, ¿actuamos en ella de tal suerte que el único objeto de nuestros deseos y de nuestros afanes sea el ver la doctrina católica más realizada, más cercana, más servida por los progresos incluso de aquel grupo al cual nos hemos adherido?
Al contrario, si somos movidos por el academicismo de la neutralidad o por el “fair-play” de un laicismo práctico, ¿no serviremos de aval a una actividad que, en último término, perjudicará a la Iglesia?
Hemos entrado en tal agrupación de padres de familia, en tal sindicato, en tal movimiento político… para ejercer allí una buena influencia católica y esto es muy loable.
Pero, ¿tenemos verdaderamente esta influencia?
O, si la tenemos, ¿es bastante católica? Hemos hecho progresar el principio de una cuidad católica en ese grupo, o el grupo nos ha asimilado hasta hacernos olvidar el objetivo inicial de nuestra entrada en él?
¿No pertenecemos nosotros a esta categoría de gentes que según Pío XII: “hacen separación entre su vida religiosa y su vida civil y que víctimas como son por haberse separado la vida de la religión, el mundo de la Iglesia, viven una doble existencia contradictoria que oscila entre Dios y el mundo enemigo: triste fruto del carácter laico de la vida pública?... ¿Qué hay más contrario —concluye Pío XII— al sentir católico que esta división de la vida?”[15].
*          *          *
¡Qué pensar entonces, del carácter de ciertas confesiones!: “La tesis es evidente (¡?)… No se comprende que pueda ser motivo de discusión…” Pero “en ninguna parte los católicos pretenden imponerla, ni los incrédulos la temen, YA NO SE VE APLICACIÓN POSIBLE DE LA TESIS…”.
Dicho de otra manera, para la mayoría de nuestros contemporáneos la teoría de una ciencia cristiana es admirable…, evidente. No se puede comprender que esto dé origen a discusión. Esta teoría aparece, pues, como el orden y, sin duda (?), el remedio. Pero, ¡no tiene aplicación posible!, según parce. Todavía más: ¡en ninguna parte los católicos pretenden la instauración de este orden, que, sin duda, debe ser el orden verdadero…, a menos que el Dios de los cristianos no sea ya, verdaderamente, el fin con relación al cual todo, absolutamente todo, debe ser ordenado, así en la tierra como en el cielo!
Así se producirá, en el terreno de la doctrina social cristiana, un fenómenos verdaderamente insólito y se puede decir que único en la historia de la actividad racional. A saber: que un fin presentado como bello y bueno, un fin que se impone como indiscutible, sea prácticamente denunciado, no ya como un ideal cuya realización perfecta e integral no será, quizás, jamás plenamente alcanzada en este bajo mundo, sino como carente de valor práctico y de toda aplicación; fin hacia el cual no habría ya que tender, y que sería, en efecto, abandonado por los mismo que tienen el deber de trabajar por su victoria…
Fenómenos verdaderamente único, hemos dicho, pues por imposible que sea, en todo campo o actividad, una realización perfecta de la teoría, la búsqueda de tal realización no por eso deja de ser el fin hacia el cual es sabio y prudente tender, hacia el cual los esfuerzos se orientan efectivamente. Este es el principio mismo del progreso. Es la lay misma de la vida, o mejor todavía, de la salud. En medicina, principalmente, el más pesimista terapeuta habrá de reconocer con “Knoch” que todo hombre sano es un enfermo que se ignora; ello no obstante, procura cuidarle a pesar de todo. Así,  y por malo que sea el caso, prueba de hacer progresar el estado del paciente hacia ese ideal de salud, del cual afirma, sin embargo, que bien pocos lo poseen integralmente. ¿No juzgaríamos que es un siniestro farsante todo médico que rehusase trabajar por la curación de sus enfermos, es decir, que no trabajara por conducirles hacia ese ideal, hacia esa tesis de la salud, so pretexto que tal estado, por excelente que sea “indiscutiblemente”, no se encuentra, de hecho, sino en un pequeñísimo número de personas?
¿Dónde, cuándo, en qué terreno se ha visto que la experiencia o que la razón preconicen semejante método? ¿Dónde, cuándo, en qué terreno se ha visto a una disciplina cualquiera progresar verdaderamente por el abandono deliberado de la búsqueda del FIN que la especifica? Una de dos: o la tesis (la doctrina, el fin) es verdaderamente justa, verdaderamente razonable, como se pretende, en efecto, y hay que aplicarla (o al menos, tratar de aplicarla, pues su aplicación no puede dejar de ser deseable), o no es verdaderamente aplicable y hay que decir, entonces, que esa tesis es una pura creación del espíritu, una especulación inútil, y que no merece, de ninguna manera, ser llamada evidente e indiscutible, como se afirmó al principio.
Sin duda, dirán algunos: también exageráis vosotros, pareciendo creer que se ha sostenido que la tesis es inaplicable por esencia y definitivamente. Esta imposibilidad de aplicación, por el contrario, depende únicamente de la situación actual… Pero si es así, ¿cómo encontrar normal y cuasi legítimo que los católicos, en ninguna parte, pretendan salir de una tal situación? Pues no olvidemos: lo que refrena nuestras realizaciones prácticas por encima de las promesas de la teoría (cuando esta teoría es verdaderamente justa) depende, casi siempre, de las circunstancias, de las contingencias. Y lo propio de las contingencias es ser contingentes, esto es, esencialmente inestables, variables, movedizas… Por tanto, puede que en un lapso muy pequeño de tiempo, lo que parecía imposible o solamente temerario legue a ser realizable, y esto con tantas más probabilidades de producirse cuanto más se haya trabajado para ello.
Este razonamiento parecerá más certero todavía si no se olvida que la tesis de que aquí se trata no es el fruto de la inteligencia humana alguna, sino que es la tesis por excelencia, la tesis católica, es decir, el fin fijado a toda la sociedad por la Iglesia de Jesucristo.
¿Cómo podría ser que una teoría sea inaplicable, o que uno pueda legítimamente dispensarse de trabajar por su aplicación, cuando expresa para qué han sido creadas todas las cosas, es decir, para la gloria de Dios? ¿Cómo podrían ser inaplicables los principios que expresan lo que hay de más fundamental en el universo, o sea, la voluntad de su Creador?
¿Es posible que en este universo que es su obra, y que, segundo a segundo, no cesa de ser mantenido en el ser, guardando sus leyes, por la voluntad del Verbo, por quien todo ha sido hecho y sin el cual nada hizo de cuanto ha sido hecho, que sólo esa voluntad de Jesucristo nuestro Señor, sea tenida por inaplicable? ¡Y por cristianos además! Y eso cuando vemos que en todas partes cualquier “charlatán”, el más deleznable político, el menor filosofo o teorizante sienta cátedra, propaga su plan de renovación y recluta adeptos que, sin esperar más, se lanzarán llenos de entusiasmo a la conquista del poder. Los más miserables retóricos han sabido encontrar, y encuentran todavía, millares de hombres dispuestos a hacerse matar por la aplicación de lamentables utopías sociales, cuando no sanguinarias. ¿Sólo el plan social de Jesucristo, sólo el plan social de su Iglesia queda paralizado?... ¡Y aún tendremos que soportar sin chistar la afirmación, explícitamente lanzada por católicos, de que, en ninguna parte, tratarán de promover ese plan; que, en ninguna parte, consideran posible la aplicación de la tesis!
Es inconcebible que, en un universo que ha sido hecho para su gloria sólo la voluntad de Dios se encuentre hoy en inferioridad sobe el plano social, mientras que los más siniestros farsantes hacen carrera. Porque… “decir que Jesucristo es el Dios de los individuos y de las familias —podemos precisar con el cardenal Pie—, pero no es el Dios de los pueblos y de las sociedades, es decir que Él no es Dios. Decir que el cristianismo es la ley del hombre individual y no es la ley del hombre colectivo, es decir que el cristianismo no es divino. Decir que la Iglesia es juez de la moral privad y que nada tiene que ver con la moral pública, es decir que la Iglesia no es divina”[16].
“No saldremos de estos dilemas, se ha podido aún decir: o la Iglesia es la salud de las naciones, o su doctrina les es inaplicable; o las encíclicas de los papas, afirmando no sólo para los individuos, sino también para los Estados, la obligación del culto público debido a Cristo-Rey son normas que aplicar, o no son más que sermones en el aire…”[17].
Para entender mejor lo que tal actitud tiene de insensato, imaginémosla no en el plano colectivo y social, sino en el de nuestra conducta personal. En este plano también existe una tesis, y el decálogo indica más directamente los grandes rasgos. Ahora bien, ¿Qué se pensaría del individuo que fuera diciendo?: “¡La excelencia de estos mandamientos es evidente! Son verdaderamente indiscutibles… Pero reconozcamos que todo esto es muy penoso y difícil de observar. En cuanto a mí, no veo aplicación posible de esta tesis… Me quedo, pues, con la hipótesis, dicho de otro modo: me dedico a beber como una esponja y alternar alegremente con rubias y morenas”.
¡Pero cuántos hoy día razonan de una manera análoga e incluso no sospechan, al parecer, la criminal miseria de tal comportamiento! “Lo mismo que la fe sin las obras no salva al cristiano —escribía García Moreno—, lo mismo las tesis sociales católicas no salvarán al mundo de la anarquía si ni siquiera se intenta aplicarlas”.
JESUCRISTO, ALFA Y OMEGA
En el fondo, detrás de todo esto, hay, en primer lugar, una gran falta de fe. Si se creyese verdaderamente que tender hacia la tesis es el único remedio, si se creyese verdaderamente que la doctrina católica es la salud, el orden y la paz, nos pondríamos a trabajar costase lo que costase.
Pero, en realidad, no se cree. Ya no se cree (realmente) en la verdad de la enseñanza de la Iglesia, y sobre todo en la verdad de su enseñanza social. Se cree “en principio” lo que se ha convertido en una excelente manera de no creer de hecho… Se cree, pero se cree también, poco o mucho en lo que es contrario[18]. Se cree en todo, lo que equivale a no creer en nada. Y es justamente porque no se cree por lo que se tiene poca prisa por trabajar en la instauración de un orden social cristiano.
Únicamente a quienes tienen fe se ha prometido el mover las montañas[19]. ¿Qué tiene de extraño, por tanto, que quedemos como paralizados?
Ya no se cree que el fin y los medios puedan estar en Jesucristo.
Se admite teóricamente que Él es la Verdad. Pero ya no se quiere admitir que Él sea ante todo el Camino que lleva a la Verdad.
Cada uno se traza su propio camino. Cediendo a la “prudencia del siglo”, se calcula la dosis de Verdad que nuestra época podría asimilar. Se fía uno de sus propias fuerzas, sin ver lo que Jesucristo espera de nosotros.
A veces Él no espera más que nuestro esfuerzo perseverante, contra viento y marea, los ojos fijos sobre el fin que la Iglesia nos propone. Y cuando nos vemos sin salida, cuando la situación nos parece totalmente inapropiada a la aplicación de los principios, es la hora que el Señor espera para cambiar en nuestro favor las circunstancias que nos eran contrarias. La historia está llena de esos bruscos cambios. Aquel que es el Verbo de Dios, el Todopoderoso, no defraudará nuestra esperanza.
Pero es preciso que pongamos de nuestra parte todo cuanto podamos para realizarlo[20].
*          *          *
Cuántos lo olvidan: todo acaba por encontrarse en Él. Lo mismo que Él es plenamente Dios y plenamente hombre, en Él todo se concentra y se unifica: lo natural y lo sobrenatural.
Cuantos lo olvidan: todo acaba por encontrarse en Él. Lo mismo que Él es plenamente Dios y plenamente hombre, en Él todo se concentra, se ordena y se unifica: lo natural y lo sobrenatural.
MEDIOS y FIN, nada escapa del imperio de Dios hecho hombre.
Y, adviértase bien, Cristo no es solamente FIN universal, sino también MEDIO.
Esta observación es capital.
Dicho de otro modo, Cristo no es uno de ESOS FINES QUE PUEDEN ALCANZARSE POR MEDIOS DISTINTOS o diferentes de esos mismos fines.
Jesucristo es a la vez FIN y MEDIO.
“Sin Mí nada podéis hacer”.
Antes de llamarse la Verdad y la Vida ha querido ser el Camino.
Hay en la ordenación de estas palabras una gran lección. ¿Cuántos se han extrañado de tal concatenación? ¿No hubiese sido más racional —piensan algunos— que, en primer término, Cristo se hubiera llamado la Verdad, la cual sería el Camino para conducir a la Vida? Pero Cristo no ha dicho eso. Él es, en primer lugar, el Camino, y toda la historia del pensamiento humano lo atestigua. ¿Cuántos que se han perdido o no han alcanzado la luz hubieran querido, sin embargo, ir a Cristo; pero por sus propios caminos, por sus propios medios, a la luz de una crítica sistemáticamente abstracta y considerada tanto más soberana cuanto más cerrada a todo “prejuicio” teológico?
¡No! No es posible ir a Cristo más que por Él; y, sobre todo, es imposible promover su reino social si Él no reina ya sobre los medios que para ello se pongan en acción.
De ahí la vanidad, la mentirosa insuficiencia, y el peligro de métodos tan en boga hoy en día, que, so pretexto de trabajar más eficazmente por el avance del reino de Dios, se limitan a no poner en obra más que medios que no proceden de Él. ¡Cómo si le fuese dado a lo natural, no fecundado por la gracia, dar a luz lo sobrenatural.
“Muy al contrario —decía Dom Paul Delatte—, empecemos por ponernos en manos de Dios; sin esto nuestras obras no serán más que naturalismo disfrazado”.
La distinción entre el “antes” y el “después” no tiene sentido en el punto en que nos hallamos, porque no hay “antes” y “después” con respecto al Ser universalmente necesario. Ante todo, tenemos a Cristo; le tenemos todavía, para tenerle después y siempre.
Vendrá, ciertamente, la hora en que, en el combate por la ciudad católica, será preciso ordenar cada uno de nuestros actos, saber cuáles de ellos actúan, accionando como gigantescas palancas sobre los otros, colocar a los primeros “antes” y los otros “después”…, pero todos bajo la bendición de Dios.
Hemos insistido bastante[21] sobre la importancia de las instituciones y, por tanto, de su reforma cuando son malas, para que sea necesario hacer aquí grandes consideraciones.
Es evidente que en el orden táctico, en el orden de la eficacia natural, hay necesidad de saber ordenar los objetivos sucesivos. “Y AL PRINCIPIO —leemos en Quadragesimo Anno— ES NECESARIO ESFORZARSE EN QUE, EN LA SOCIEDAD, EL RÉGIMEN ECONÓMICO Y SOCIAL SEA CONSTITUIDO DE MODO QUE…”, etc.
“Social ante todo” o incluso “política ante todo”, exclamarán al leer este pasaje. Y no sin razón. Todo está en saber bien entre qué límites, en qué orden se pretende circunscribir el uso de esas fórmulas.
¿No es evidente que la salud de la nación por la restauración del Estado aparece como una gran enseñanza de la misión de santa Juana de Arco? Como se ha hecho observar hubo en ello, en cierto sentido, “política ante todo”. Pero lo que aún importa señalar es que todo fue explícitamente ordenado y realizado para la gloria, bajo el signo, tanto como bajo la gracia del rey Jesús. “Ante todo política”, realizada “en nombre de Dios” por una santa, en colaboración con el cielo, todo animado de fe y de oraciones, iluminado de formas angélicas.
Solo un alma sobrenatural, ciertamente, puede percatarse de semejantes valores.
¿Quién se atrevería a decir, no obstante, que lo esencial tanto como lo importante estuviere en otro lugar? Una vez admitido que los soldados tienen siempre el deber de luchar, ¿quién se atrevería a subestimar el hecho de que sólo Dios otorga la victoria?
Es, pues, insensato creer, como se hace demasiado a menudo en ciertos medios católicos, que “lo social ante todo”, por ejemplo, o “humanicemos ante todo”, o “lo natural ante todo”, puedan significar que Dios será el FIN de un MEDIO que no le contiene, de un MEDIO en el cual su Poder no habrá sido jamás reconocido e invocado, de un MEDIO voluntariamente colocado al margen de toda profesión sobrenatural, por decirlo abiertamente, de un medio “neutro”, “laico”, “naturalista”, de hecho, por la voluntad o la cobardía de los que lo emplean.
A su vez, la fórmula “Dios ante todo”, aunque de apariencia piadosa, no carece de peligro. Cuántos se sirven de ella, en realidad, para justificar un angelismo inaceptable, argumento cumbre de un “absentismo” social, cuyo efecto principal ha sido abandonar a los malvados todos los puestos clave en el orden político. En cierto sentido, la fórmula “Dios ante todo” conduce a los mismos defectos que las fórmulas que pretende combatir, pues no hace otra cosa que mantener esta idea rigurosamente semejante, a saber: que Dios podría estar sólo en alguna parte y no en todo[22].
Hemos dicho esto para hacer comprender que, desde su principio hasta sus consecuencias, todos nuestros actos deben ser por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo. Todo es Suyo. Su imperio es universal, y el deber del hombre es de ordenarlo todo, medios y fin, bajo su bendición.
“Cristo conmigo; Cristo detrás de mí”.
“Cristo dentro de mí; Cristo debajo de mí; Cristo por encima de mí”.
“Cristo a mi derecha; Cristo a mi izquierda”.
“Cristo en la fortaleza; Cristo en el asiento del carro; Cristo sobre la popa del navío”.
“Cristo en el corazón de todo hombre que piense en mí”.
“Cristo en la boca de todo hombre que hable de mí”.
“Cristo en todo hombre que me ve”.
“Cristo en todo oído que me oye”.
Tal es la oración de san Patricio[23]. Y Pío XII, todavía hoy, no enseña otra cosa:
“Dios está en su puesto —escribe— no sólo en las iglesias, sino también en los corazones, en las mentes, en las familias, en los lugares de trabajo, en las calles y en las plazas, en los partidos y en los sindicatos, en los municipios y en los Parlamentos… Todo existe por Él; todo, por lo tanto, le pertenece absolutamente. Por ello cuando un hombre o un cierto número de hombres, haciendo mal uso del libre arbitrio, consideran y tratan a Dios como un extraño en cualquier campo de la vida pública o privada, he ahí el desorden, he ahí la condición para destruir en aquél la paz”[24].
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[1] En el capítulo precedente hemos citado largamente el discurso de Pío XII en el II Congreso Mundial del Apostolado Seglar. Hemos visto qué lugar quiere el santo Padre para el laicado en la Iglesia.
[2] Encíclica Singulari quadam caritate, 24 de septiembre de 1912.
[3] Serm. contra Auxent.
[4] … y estos deberes, en su generalidad, son también los de los suizos, los belgas, los españoles y los de los ciudadanos de todos los países.
[5] Cf.: Pío XII, Alocución al marquesado residente en Roma, 23 de marzo de 1958. “Se encuentran a veces hoy ciudadanos poseídos de una especie de temor a mostrarse señaladamente leales a la patria. Como si el amor hacia su país pudiera significar señaladamente el desprecio hacia los otros países, como si el deseo natural de ver a su patria bella y próspera en el interior, estimada y respetada en el extranjero, debiese ser inevitablemente una causa de aversión hacia los otros pueblos. Hay incluso quienes evitan pronunciar hasta la palabra «patria» e intentan reemplazarla con otros nombres más adaptados, en su opinión, a nuestro tiempo”.
[6] Christianus, p. 180.
[7] ¿Es necesario recordar lo que se entiende por estos dos términos? Como la palabra lo indica, es NATURAL lo que está por sí en conexión con la naturaleza, sea porque la constituye, sea porque proviene de ella, sea, en fin, porque está por ella misma destinada a alcanzarla. Este lazo necesario entre NATURALEZA y NATURAL establece entre estos dos términos una proporción o unidad de orden, y, en este sentido, lo natural pertenece al orden de la naturaleza. Ejemplo: que el hombre sea un animal racional o que invente la bomba atómica, estos son, para él, hechos de orden natural; cualquiera que posea una naturaleza humana es animal racional y posee el poder radical de realizar cualquier clase de descubrimientos científicos.
En el universo creado, un orden natural (que de hecho no ha existido jamás en estado puro) sería el de una creación donde Dios no hubiera añadido a las perfecciones naturales de sus elementos ninguna finalidad superior ni ningún don trascendente y gratuito en relación a no importa qué naturaleza creada o creable. De aquí (se infiere) en tal universo un cierto determinismo, ciertas leyes necesarias a su coherencia íntima, ciertas limitaciones (tales como la imposibilidad de alcanzar, por sus propias fuerzas, una beatitud perfecta que Dios sólo posee por naturaleza, y a la cual ninguna naturaleza creada está por sí misma efectivamente destinada).
Superior a este orden natural de la creación, lo SOBRENATURAL es de orden divino. Es un privilegio de Dios que no puede ser otorgado a la criatura —incluso espiritual— más que en virtud de una iniciativa gratuita del Amor divino. Y puesto que la creación es ya ella misma una iniciativa enteramente gratuita de ese Amor, el don sobrenatural será doblemente gratuito o, mejor, constituirá una segunda etapa de voluntaria potestad divina que, en ningún caso, el primer don gratuito de la simple creación habrá hecho necesario. He aquí cómo el orden sobrenatural es, esencialmente un orden de gracia, mejor, el orden de la gracia por excelencia; es decir, el orden del amor plenamente gratuito. No vamos aquí a detallar sus insondables riquezas (gracia, virtudes teologales, dones del Espíritu Santo, múltiples grados de conocimientos sobrenaturales hasta la visión beatífica, sin hablar del dominio todavía superior del orden hipostático propio del Verbo encarnado).
Por el contrario, la trascendencia y la gratuita voluntad de lo sobrenatural no suponen, en la naturaleza, una perfecta indiferencia a su respecto. Esto sería el poder “extrínseco” que conduciría a lo “sobrenatural abandonado”. El don sobrenatural es, al contrario, el bien más grande que puede hacerse a la naturaleza. Santo Tomás no duda en decir que la criatura espiritual es “naturalmente capaz” de recibir la gracia y los otros dones sobrenaturales. Una capacidad así de la naturaleza es incluso necesario que sea previamente requerida para que Dios pueda, si Él lo quiere, destinar esta naturaleza y ordenarla, de hecho, a su fin sobrenatural; pero no se puede admitir que esta capacidad constituye ya por sí misma un orden o destino. La ordenación actual de la criatura espiritual a la beatitud perfecta no es más que el resultado de una vocación gratuita de Dios, el cual, entonces solamente, debe dar a su criatura los medios sobrenaturales necesarios para alcanzar el fin superior que Él le asigna. Se comprende que esta llamada gratuita ha podido hacerse desde el primer instante de la creación, y sabemos que, de hecho, así ha sido. Además, si se tiene en cuenta el misterio de la Encarnación, se ve claro que el Amor divino ha querido libremente colmar la capacidad de su criatura hasta el máximum absoluto de posibilidades; pero nada, ni en Dios mismo, ni en su acto creador, y todavía menos en la criatura, hace necesaria esta espléndida y suprema eventualidad.
[8] Pero, “compenetración” no es “confusión”. Confundir es, esencialmente tomar una cosa por otra. Tomar los valores naturales por los valores sobrenaturales o a la inversa, he aquí el pecado. La falsa piedad, la falsa mística son manifestaciones muy corrientes. ¿Cuántas veces se toman por impulsos sobrenaturales los estremecimientos puramente sentimentales de un “pietismo” casi “orgánico”? Por el contrario, ¡cuántos bienes sobrenaturales son desconocidos o despreciados porque no queremos ver en ellos más que las manifestaciones de un “temperamento” cuando no de una “neurosis”, etc.! En literatura, los románticos están llenos de esta confusión: lo humano es divinizado y lo sobrenatural es naturalizado.
[9] Oeuvers pastorales, t. III, p. 152. A propósito del “Discours de Malines” de Montalembert.
[10] No se toma esta palabra en el sentido científico.
[11] Ejercicios espirituales, 3ª semana.
[12] El sentido de “tesis” e “hipótesis” difiere aquí del que en lenguaje corriente se da a estos términos, y lo mismo en el lenguaje científico. En el lenguaje corriente, en efecto, el sentido de la palabra “hipótesis” apenas es otro que el de “suposición”, y, en el lenguaje científico, el de un conjunto de principios y de nociones, al menos temporalmente admitido y utilizado en tanto que quede probado por un cierto número de experiencias. En efecto, ocurre bastante frecuentemente que tal hipótesis universalmente admitida hasta entonces por los sabios, se encuentre desechada por los progresos mismos de las investigaciones experimentales que de un día a otro obligan a reconocer que lo real es mucho más complejo que lo que se había pensado en un principio y que no se puede uno contentar, como consecuencia, con “hipótesis” desde este momento “superadas” por la experiencia. Señalemos, todavía, que por confusión con el sentido matemático de la “hipótesis”, los liberales pretenden que la “tesis” no tiene por sí misma un valor integral, sino que no existe más que en función de una “hipótesis” que es mera ocasión. Para ellos la “hipótesis” es, simultáneamente: la coyuntura y… un elemento de la “tesis” (esencialmente movedizo), lo que quita a la doctrina su carácter absoluto y permanente. Debemos precisar, por el contrario, que la “hipótesis” no es de la misma naturaleza que la “tesis”: la primera es “programa”, dependiendo esencialmente de la segunda, que es “doctrina”, y, accesoriamente, de la coyuntura. Cf.: en Au commencement…, p. 38 y 39, la distinción entre doctrina y programa. “Hypo” es la forma francesa (y española) de la preposición griega “hupo”, más abajo.
[13] Le liberalismo est un péché, p. 240. Tequi (edición francesa).
[14] … o la teoría, la doctrina especulativa, la ideología… todos estos términos pueden ser considerados como sinónimos (Nota de la Cité Catholique).
[15] Alocución a los Predicadores de la Cuaresma, 1943.
[16] Oeuvres, t. VI, p. 434.
[17] R. Vallery-Radot, Univers, 1919, p. 339.
[18] Cf.: Monseñor Lefevbre, arzobispo de Bourges, Rapport doctrinal presentado a la Asamblea del Episcopado francés, abril 1957. “Sin profesar un verdadero laicismo doctrinal, parecen, sin embargo, arreglarse bastante bien con una laicización de hecho cuya extensión a todos los dominios se les aparece como inevitable. Comprobando que ya no hay cristianos, concluyen ellos, un poco a la ligera, que tal es el proceso irreversible de la historia.
[19] La verdadera fe. no ese “sentido religioso ciego surgiendo de las profundidades tenebrosas de la subconsciencia, informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad” denunciado por el juramento anti-modernista; sino esta verdadera fe que es asentimiento de la inteligencia a la verdad adquirida del exterior, por la enseñanza recibida ex auditu, asentimiento por el cual nosotros creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios, cuya veracidad es absoluta, todo aquello que ha sido dicho, atestiguado y revelado por Dios en persona, nuestro Creador y nuestro Maestro.
[20] Cf.: Santo Tomás de Aquino. Extractos de la Suma Teológica sobre la “Prudencia” en Verbe, núm. 95. Les Saints et l’Actión.
[21] Cf.: Verbe, núm. 7, p. 11, y nuestra Introduction a la politique (en preparación).
[22] Cf.: León XIII, 8 de diciembre de 1882: “Hay quienes tienen costumbre no solamente de distinguir la política y la religión… Aquellos, en verdad, no difieren mucho de los que desean que el Estado esté constituido y administrado fuera de Dios, creador y dueño de todas las cosas…”.
[23] Cf.: R. P. de Grandmaison, Jesus-Christ, t. II, p. 640.
[24] Discurso a los funcionarios de Ministerio de “Defensa” de Italia.
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