domingo, 22 de junio de 2014

Para que Él reine - Cap. 4

CLÉRIGOS Y LAICOS
DOCTRINA OBLIGATORIA, OPINIONES LIBRES
La tesis católica es invencible en el campo de la doctrina. Por lo tanto, rara vez es combatida en ese terreno.
Todo el mal viene, prácticamente del empleo de fórmulas equívocas, por ejemplo:
“La Iglesia no hace, ni debe hacer política”[1].
Esta fórmula constituye un excelente medio para dar a entender (más que para decir) que en este terreno sólo es admisible una regla: la libertad… Si hemos de creer a los que la emplean, la Iglesia no tiene por qué ocuparse de problemas políticos, ya que, en estas materias, no hay, o no puede haber, o no se puede alcanzar la verdad.
De ahí que la elección sea libre. Cada uno con su opinión. Todas son buenas a condición de ser sinceras. Que cada cual vote según su conciencia; esta libertad integral es esencial a toda actividad política.
Partiendo del principio de que “en las cosas dudosas” la libertad es necesaria, “in dubiis libertas”, se aprovecha la euforia provocada por la prudencia de esta fórmula para presentar como dudosas las evidencias más claras y las conclusiones más ciertas.
Y pasando al capítulo de la enseñanza de la Iglesia, se proclama no atenerse ni dar importancia más que a las “verdades de fe”.
“Es de fe… No es de fe…”, se hará observar; pero de tal suerte que se pueda creer fácilmente que es así como se ha de señalar el límite que separa lo que es cierto de lo que no lo es (por lo tanto, de lo que es libre…).
¡Pero qué pensar de aquellos que se complacen en limitar tan sólo a los dogmas de fe solemnemente definidos por la Iglesia (mínimo que hay que creer bajo pena de herejía o de apostasía), el conjunto de verdades a las cuales debamos someter nuestro espíritu y nuestro corazón![2].
Es un gran error considerar como de libre opinión todos los puntos de doctrina y de interpretación sobre los cuales la Iglesia no ha dado su definición expresa.
Pío XII en su encíclica Humani generis, no ha dejado de señalarlo: “Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento pretextando que los romanos pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su magisterio. Pues son enseñanzas del magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: «El que a vosotros oye, a Mí me oye»; y la mayor parte de las veces lo que se propone e inculca en las encíclicas pertenece ya —por otras razones— al patrimonio de la doctrina católica. Y si los sumos pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos”[3].
*          *          *
¿Puede hablarse con mayor claridad?
Pero no se trata en ese texto más que de la enseñanza específicamente religiosa de la Iglesia.
Se comprende que si hay quien no duda en ejercer su impertinencia en el dominio de la fe, no reconocerá límites en el plano de la mera razón. Si, en efecto, con respecto a las “verdades de fe”, algunos se permiten considerar como “dudosas” las proposiciones de la Iglesia que no llevan el sello apostólico de la infalibilidad, a fortiori, el testimonio de la inteligencia, de la razón o de la simple experiencia puede ya ser recusado.
Según la frase de monseñor Pie: “la Iglesia no está menos atenta a mantener los atributos ciertos de la naturaleza y de la razón que a salvar los derechos de la fe y de la gracia”.
“Desde este punto de vista, la Iglesia ha condenado como escandalosa y temeraria la opinión de quienes sostienen que pueda haber un pecado puramente filosófico, que sólo sería una falta contra la recta razón, pero sin ser una ofensa a Dios”[4].
Si se medita algunos minutos esta decisión no se tardará en ver la importancia de sus repercusiones.
Es equivocado creer que fuera de la enseñanza explícitamente religiosa de la Iglesia comienza el pantanoso terreno de esas “cosas dudosas” donde el liberalismo podría valer como ley.
León XIII lo asegura sin la menor ambigüedad en la encíclica Libertas:
“Las verdades naturales, como son los primeros principios y los deducidos inmediatamente de ellos por la razón, constituyen un como patrimonio común del género humano; y puesto que en él se apoyan como en firmísimo fundamento las costumbres, la justicia, la religión, la misma sociedad humana, nada sería tan impío, tan neciamente inhumano como el dejar que sea profanado y disipado”.
La Iglesia ha considerado siempre como deber suyo enseñar estas verdades naturales.
La proposición 57 del Syllabus[5] recuerda la condenación en que incurre quienquiera pretendiese que “que la ciencia de las cosas filosóficas y morales, y aun las leyes civiles, pueden y deben prescindir de la autoridad divina y eclesiástica”[6].
“Enseñar la religión y luchar perpetuamente con los errores. Tal es —dice León XIII en la encíclica Aeternis Patris—la finalidad de los diligentes trabajos de cada uno de los obispos, de las leyes y decretos promulgados en los concilios, y sobre todo de la cotidiana solicitud de los romanos pontífices…
”Pero, como según el aviso del Apóstol por la filosofía y la vana falacia suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos y es corrompida la sinceridad de la fe en los hombres, los supremos pastores de la Iglesia siempre juzgaron ser también propio de su misión promover con todas sus fuerzas las ciencias que merecen tal nombre, y a la vez proveer con singular vigilancia para que las ciencias humanas se enseñasen en todas partes según la regla de la fe católica, y en especial la filosofía, de la cual depende, sin duda, e gran parte, el buen método de las demás”.
Por lo tanto, y puesto que la Iglesia reivindica el derecho de enseñar todas las ciencias humanas, es difícil comprender por qué únicamente la ciencia política deba escapar a su magisterio.
¿No rechazaba enérgicamente monseñor Freppel la idea de que “las formas de gobierno, sus cambios, sus modificaciones, sus sucesiones…, sean lo que menos importe a la Iglesia”?
También la proposición 57 del Syllabus, ya citada, nos recordaba que “la autoridad divina y eclesiástica” rehusaba el dejarse sustraer “la ciencia de las cosas filosóficas y morales, ASÍ COMO LAS LEYES CIVILES”[7].
Esto sí que es claro y permite prever que si, en cierto sentido es exacta[8] la fórmula: “la Iglesia no debe hacer política”, ello no significa que la Iglesia no tenga ningún derecho, ningún poder que ejercer, nada que decir en lo relativo al gobierno y a la organización del Estado.
Bastará con recordar que la Iglesia y los papas han condenado, reprobado o proscrito los principios de 1789, el laicismo o naturalismo político, el estatismo totalitario, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, la doctrina política del Sillon, el nazismo y todo nacionalismo inmoderado. Uno se preguntará, sin duda, qué más pruebas podrían exigirse para admitir que la Iglesia no cree conveniente desinteresarse de la vida o de la muerte de las sociedades civiles.
Si se meditan estas condenaciones y se piensa en las repercusiones prácticas que acarrean se comprobará que constituyen una red tan tupida que es capaz de impedir que pasen la mayoría de las teorías políticas que hoy se profesan.
TRANSCENDENCIA DE LA IGLESIA, PERO NO INDIFERENCIA
Ahora que sabemos por qué y en qué sentido es falso decir que “la Iglesia no hace o no debe hacer política”, nos queda por estudiar cómo debe ser entendida esta fórmula para poder ser aceptable.
Puede ser legítima si con ella se quiere afirmar que la Iglesia, en lo que tiene de esencial, es trascendente; que su fin, su misión, su acción, son sobrenaturales; que para llegar a ese fin, cumplir esa misión, proseguir esa acción, no tiene la Iglesia necesidad, por esencia, de ninguna colaboración política; que es una sociedad perfecta; que, por consecuencia, no podía ser tributaria de ninguna potestad inferior y que en caso necesario podría ejercer su divino ministerio, a pesar de la indiferencia, a pesar incluso de las persecuciones de los poderes temporales.
Pero, digámoslo una vez más, esta transcendencia no significa indiferencia[9].
La Iglesia tiene por suprema misión la salvación de las almas. Más exactamente, en esta inmensa sociedad que es la Iglesia, compuesta de clérigos y laicos, aquellos que son en toda la plenitud del término “gentes de Iglesia”, o sea los “eclesiásticos”, tienen como misión el cuidado y la salvación de las almas.
En lo sucesivo, esta distinción entre clérigos y laicos[10] va a sernos indispensable. Porque la Iglesia en la persona de los eclesiásticos, tiene por misión el cuidado y la salvación de las almas; la Iglesia, repetimos, en la persona de los eclesiásticos, desde el soberano pontífice hasta el menor clérigo, no puede quedarse indiferente ante el régimen del Estado.
Nuestra historia abunda en pruebas de esta solicitud. Desde los primeros obispos de la Galia, desde San Germán, San Cesáreo, San Avito, San Remigio, hasta San Vicente de Paul, pasando por Suger y sin omitir a Richelieu, los clérigos se han unido gustosamente a los laicos para la salvación, tanto espiritual como material del estado10 bis.
¡Felices costumbres de los siglos de fe!
Doscientos años de naturalismo, de liberalismo, de laicismo triunfantes han destruido la armonía de esta colaboración. En todas, o en casi todas partes, el poder civil ha querido separarse del poder religioso. Se ha abierto un foso, cada vez más profundo, entre clérigos y laicos. Estos últimos llamaron “rapiñas y usurpaciones” a los beneficios prestados por los primeros a la ciudad temporal.
“La Iglesia (entendida como el conjunto de los eclesiásticos) no insistió —prosigue monseñor Pie— en imponer al mundo servicios que el mundo rechazaba… Obligada a abandonar los baluartes, los contramuros y todas las construcciones avanzadas de que se había rodeado en la ciudad temporal, la Iglesia (conjunto de los eclesiásticos) se atrincheró, sobre todo, en el santuario, a fin de fortificarle”[11].
Para evitar todo equivoco, los clérigos no quisieron aparentar que disputaban a los príncipes un poder cuyo ejercicio no tienen como misión principal. Sin embargo, su misión les imponía el deber de adoctrinar a las naciones. “Papas y obispos aplastaron todos los errores bajo el peso de sus anatemas”, y no dejaron de recordar o de indicar los prudentes principios que debían presidir tanto el gobierno como la organización de la sociedad. Pero, preocupados por evitar la menor perturbación, cuidando de no aparecer guiados por ninguna ambición temporal, esos mismos papas y esos mismos obispos se guardaron muy bien de traspasar los límites del papel que se habían fijado. De ahí la altura y el carácter de generalidad que son como la marca y el sello de sus directrices y consejos.
Los clérigos saben cómo el detalle práctico, el diario cuidado de los negocios públicos, la adaptación de los principios eternos de la prudencia política a las diferentes condiciones del tiempo y de lugar, son obra particular de los laicos, acción propia del Estado, justo dominio de su autonomía y de su competencia. Saben que si penetran en ese terreno, a título de su propia autoridad eclesiástica, sería entonces cuando se podría acusar y gritar: he ahí el “clericalismo”; es decir, la intrusión de los “clérigos” en la gestión directa de lo temporal, en el ejercicio práctico del poder civil. La Iglesia, entonces, “haría política” en el sentido impugnable de la fórmula.
Ahora bien, cosa curiosa: en lugar de reconocer la delicadeza de tal reserva, buen número de “laicos” tienden a reprochar a la Iglesia, en la persona de sus clérigos, ese carácter de generalidad que sus directrices guardan siempre en materia política. ¿No ven acaso estos laicos que con tales reproches lo que subrayan es su propia incuria, así como su desconocimiento de los deberes que les impone precisamente su estado de laicos?
Esa precisión en los detalles, esas soluciones concretas que piden, ¿no ven los laicos que son ellos quienes deben descubrirlas, quienes deben extraerlas, aunarlas de algún modo en la línea recta de los sabios principios de toda sana y santa política recordados por el magisterio eclesiástico? Lo que reprochamos a los clérigos debemos considerar que nos corresponde averiguarlo y precisarlo por nosotros mismos.
¿Cómo podrían los romanos pontífices desde la cátedra de San Pedro, proponer para el planeta entero soluciones políticas con detalles rigurosamente fijados?
La Iglesia, además, es prudente. Sabe cuánto tiempo y paciente perseverancia necesitan las reformas sociales para ser sabias y fecundas. Los clérigos podrían, sin duda, llevar adelante, hasta en sus menores detalles, la enseñanza de la sana doctrina política o, para emplear la expresión de León XIII, el estudio minucioso de “la filosofía del Evangelio aplicada al gobierno de los Estados”. Esto hubiera sido peligroso.
La enseñanza de la ciencia política, por desinteresada que sea, no es como la enseñanza de las otras ciencias, un simple trabajo dogmático lleno de serenidad. Difundir, profesar una doctrina política, es ya, inevitablemente, hacer una propaganda…, y por eso mismo, comprometerse, al menos de lejos, en las luchas y en la acción políticas.
Siendo esto así se comprenderá la reserva de la Iglesia…
Además, tales indicaciones, tales reformas, tales instituciones, aunque legítimas por sí mismas y verdaderamente deseables, tienen el riesgo de provocar catástrofes sociales si son dadas, emprendidas o fundadas torpemente o a destiempo.
Recuérdese la esclavitud antigua y los desórdenes que hubieran estallado si los primeros papas hubieran declarado explícitamente, sin más, que era ilegítima. Se podrían multiplicar los ejemplos contemporáneos que ilustrarían los rasgos de una prudencia similar. Nada de oportunismo, en el mal sentido de la palabra, sino afán de evitar un mal mayor.
No reprochemos, pues, a las encíclicas, una cierta imprecisión en el detalle práctico o incluso su silencio sobre asuntos que, para nosotros los laicos, nos parecen decisivos, porque sean temas de inmediata resolución. Pensemos en los movimientos de odio, en las palabras injuriosas que provocaron los consejos tan delicados y sabios que Pío XII se dignó dirigir a las “Semanas Sociales” de Estrasburgo.
No exijamos —digámoslo de una vez— del soberano pontífice lo que debe ser precisamente nuestra tarea, lo que nos impone nuestro estado de “laico”.
Las encíclicas no contienen —porque no deben contenerlo— un curso explícito de doctrina política minuciosamente pormenorizada; pero sí contienen los principios, las grandes líneas, el bosquejo de esa doctrina. A los laicos nos corresponde desenvolver y desarrollar sus consecuencias.
El Vicario de Jesucristo, así como los obispos, no han de descender más allá de un cierto grado. Su misión es muy distinta a la de publicar todos los meses un boletín de formación o de orientación política. Los “clérigos” no tienen que hacer esa tarea de “laicos”.
“Le hace falta al clero —nos dice Pío XII[12]— reservarse, ante todo, para el ejercicio de su ministerio propiamente sacerdotal, en el cual nadie puede suplirle. Una ayuda proporcionada por laicos al apostolado es, por tanto, de necesidad indispensable”.
Esta labor de desarrollo, de explicación de la doctrina social de la Iglesia, corresponde a nosotros realizarla, sin cesar, precisamente por ser católicos, esto es, debemos pensar, hablar, actuar como católicos y hacer labor de política católica.
De tal manera que, sin que el magisterio eclesiástico tenga que comprometerse y corra el riesgo de verse envuelto en las vicisitudes e inevitables decepciones de los asuntos temporales, el reino de Cristo o, lo que es lo mismo, el reino de la Iglesia, pueda, sin embargo, extenderse a toda la vida política.
APOSTOLADO PROPIO DE LOS LAICOS
Porque también nosotros, los laicos o seglares, somos la Iglesia. Y eso que se llamó en el siglo XIX el “repliegue de la Iglesia al Santuario” no es, en realidad, más que la deserción de la gran masa de los seglares cristianos del combate por una “ciudad católica”.
“Bajo este aspecto —ha podido decir Pío XII[13]—, los fieles, y más concretamente los seglares, se hallan en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; para ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por esto, especialmente, deben tener un convencimiento cada vez más claro no sólo de que pertenecen a la Iglesia, sino que son la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles en la tierra, bajo la dirección del Jefe común, el papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia, y por esto ya desde los primeros tiempos de su historia, los fieles, con el consentimiento de sus obispos, se han unido en asociaciones particulares concernientes a las más diversas manifestaciones de la vida. Y la Santa Sede no ha cesado jamás de aprobarlas y de alabarlas”[14].
“Sería desconocer la naturaleza real de la Iglesia y su carácter social —escribía más recientemente Pío XII[15]— distinguir en ella un elemento puramente activo, las autoridades eclesiásticas, y por otra parte, un elemento puramente pasivo, los laicos. Todos los miembros de la Iglesia como Nos hemos dicho en la encíclica Mystici Corporis Christi, están llamados a colaborar en la edificación y en el perfeccionamiento del Cuerpo místico de Cristo” (cf. A.A.S. a. 35, 1943, página 241). Todos son personas libres y deben ser, por lo tanto, activos…. “El respeto a la dignidad del sacerdote fue siempre uno de los rasgos más típicos de la comunidad cristiana”. Por el contrario, también el laico tiene sus derechos, y el sacerdote debe reconocerlos por su parte. “El laico tiene derecho a recibir de los sacerdotes todos los bienes espirituales, con el fin de lograr la salvación de su alma y llegar a la perfección cristiana. Cuando se trate de los derechos fundamentales del cristiano, puede hacer valer sus exigencias; el sentido y la finalidad misma de toda la vida de la Iglesia se hallan aquí en juego, así como la responsabilidad ante Dios tanto del sacerdote como del laico…
”… Es verdad que hoy más que nunca deben prestar esta colaboración con tanto más fervor «para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Efesios, IV, 12) en todas las formas de apostolado, especialmente cuando se trata de hacer penetrar el espíritu cristiano en toda la vida familiar, social, económica y política…
”Por otra parte, apartándonos del problema que crea el reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La «consecratio mundi» es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, del hombres que están mezclados íntimamente en la vida económica y social, participando en el gobierno y en las asambleas legislativas…”.
Sin duda alguna el “Príncipe de este mundo” debe temerlo todo de un ejército de seglares verdaderamente católicos y decididos a combatir de veras por el reinado de Cristo sobre las instituciones.
La ignorancia religiosa de los seglares es el auxiliar más seguro de Satanás. Y, cuando no puede conseguirla, tiende a hacer callar a los que saben.
Este es el secreto de cierto “testimonio” que algunos quisieran vernos prestar…, pero a condición de que fuese mudo.
Hablar —dicen— no corresponde al laico; sólo el clérigo tiene potestad de enseñar.
Piensan que “basta dar testimonio de existencia, aun cuando este testimonio se exteriorice sólo por actos de beneficencia o por un esfuerzo para la obtención de una mayor justicia y caridad humanas. Pero, ¿no sería equívoco semejante testimonio si no deja entrever la fuente profunda donde se alimenta? Por no expresar la fe que le anima, favorecerá a veces un respeto humano que se ignora y quedará con frecuencia ineficaz, desde el punto de vista cristiano, en un mundo que recusa lo sobrenatural…
“Elegir un principio que es preciso silenciar lo sobrenatural, es exponerse, en realidad, a testimoniar contra ello. Se llegará fácilmente a la conclusión o de que no creemos en lo sobrenatural o que lo consideramos sin importancia”[16].
Santo Tomás pensaba, muy al contrario, que “cada uno está obligado a manifestar públicamente su fe, ya sea para instruir y animar a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios”16 bis.
Y León XIII precisa[17]: “Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levantan incesantes clamores para oprimir la verdad, propio es o de hombres cobardes, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa… Bien poca cosa se necesitaría, a menudo, para reducir a la nada las acusaciones injustas y refutar las opiniones erradas; y si quisiéramos imponernos un trabajo más serio, estaríamos siempre ciertos de vencerlas.
”Lo primero que ese deber nos impone, es profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas[18]. Porque, como repetidas veces se ha dicho, y con muchísima verdad, nada daña tanto a la doctrina cristiana como el no ser conocida; pues siendo bien entendida, basta ella sola para rechazar todos los errores…
”Por derecho divino la misión de predicar, es decir, de enseñar, pertenece a los doctores, esto es, a los obispos, que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios. Por encima de todo, esa misión pertenece al romano pontífice, vicario de Jesucristo, encargado con poder soberano para regir la Iglesia universal como maestro de la fe y de las costumbres. A pesar de ello, no se debe creer que esté prohibido a los particulares cooperar, en una cierta manera, a este apostolado, sobre todo si se trata de hombres a quienes Dio ha otorgado, junto a los dones de la inteligencia, el deseo de hacerse útiles.
”Cuántas veces lo exija la necesidad, pueden éstos con facilidad, no, ciertamente, arrogarse la misión de los doctores, sino comunicar a los demás lo que ellos mismos han recibido, y ser, por así decirlo, el eco de la enseñanza de los maestros. Por otra parte, la cooperación privada ha sido juzgada por los padres del Concilio Vaticano, de tal modo oportuna y fecunda que no han dudado en reclamarla… Que cada uno, pues, recuerde que puede y que debe difundir la fe católica con la autoridad del ejemplo, y predicarla mediante la profesión pública y constante de las obligaciones que ella impone”[19].
*          *          *
La verdadera misión del laico cristiano es hablar, hacer suyo todo lo que es de la Iglesia. Esta identificación es indispensable para la plena expansión del reinado de nuestro Señor.
El orden divino es tan perfecto que esos deberes del laico se encuentran unidos entre sí por un interés más directo, cuyo saludable impulso tal vez no experimente el clérigo.
Monseñor Pie lo presentía ya cuando exclamaba: “Llegará el día en que la sociedad, la familia, la propiedad rechazarán aún más enérgicamente que nosotros mismos, ciertos axiomas de secularización exclusiva y sistemática, que les habrán sido más funestos que a la misma Iglesia”[20].
El laico, en cierto sentido, está más directamente interesado en el triunfo de la realeza social de nuestro Señor Jesucristo, y esto por razón de que el laico se encuentra, más que el clérigo, inmerso en el orden temporal, en el orden civil, en el orden secular; más comprometido en los problemas sociales y más directamente interesado en materia política…
En el fondo de todo ello puede haber una buena parte de egoísmo. Lo que no obsta para que este reflejo de simple interés pueda ser, como el temor de Dios, principio de sabiduría.
Forzando la nota, puede ocurrir que, por un sentido un tanto estrecho de la vida contemplativa y del reino de Dios, algún clérigo encuentre más cómodo hallarse reducido al santuario.
Así nos lo han dado a entender con bastante frecuencia exclamaciones como esta: “Estamos mucho más tranquilos ahora, ahora que la Iglesia está separada del Estado…” ¡Como si esta tranquilidad pudiese ser un ideal de la Iglesia militante!
Por lo tanto, es una gracia concedida al laicado el no poder reposar en semejante abandono y el verse más directamente sacudido por la conmoción del orden civil, que es su propio dominio.
Una vez más tenía razón el cardenal Pie: “llegará un día…”. Y consideramos que ha llegado ese día… en que los laicos tienen que rechazar más enérgicamente acaso que ciertos clérigos, esos axiomas de secularización, laicismo, liberalismo, socialismo, que son como el cáncer de la sociedad moderna.
Y esta reacción no expresa, en modo alguno, una iniciativa temeraria, incluso anárquica, del laicado. Muy al contrario, los infortunios que nos atrajo nuestra desobediencia a las enseñanzas de la Iglesia son frutos que nos empujan hoy a los seglares a volver a su orden y a su verdad. Hijos pródigos, sin duda, poco ufanos de las catástrofes que han venido sobre el mundo por nuestra negativa a escuchar las enseñanzas de los soberanos pontífices desde hace más de dos siglos; pero hijos pródigos llenos de confianza y sin inquietud alguna por la acogida que saben les está reservada. Confianza que se apoya, también sobre el principio de un derecho fundamental; porque es justo, en efecto, en el orden moral que a todo debe corresponder un derecho. Somos seglares. Nuestro deber es la obediencia. Pero, como contrapartida inmediata, tenemos un derecho. Y es el derecho a esa maternidad de la Iglesia a la cual debemos sumisión como hijos. Derecho a la verdad, a la Verdad integral que detenta. Derecho a la doctrina católica, tanto social como privada.
Derecho a que la Iglesia sea nuestra Reina, puesto que tenemos el deber de ser sus súbditos.


[1] Precisamos más adelante el sentido real de esta fórmula. A este sentido no nos referimos en la primera parte de este capítulo.
[2] La 22ª proposición del Syllabus condena a los que sostienen que “la obligación a que sin excepción están sometidos los maestros y escritores católicos se limita únicamente a los puntos propuestos por el juicio infalible de la Iglesia como dogmas de fe, que deben ser creídos por todos”.
Una carta de Pío IX al arzobispo de Munich (21 de diciembre de 1863) recordaba muy claramente: “Cuando se tratare de esta sumisión que exige un acto de fe divina, no debe limitarse a las cosas que han sido definidas por los decretos formales de los concilios o de los pontífices romanos y de la sede apostólica, sino que debe extenderse también a las cosas que son propuestas por el magisterio de toda la Iglesia extendida en el mundo, como reveladas por Dios, y que el consentimiento universal y constante de los teólogos católicos considera como pertenecientes al dominio de la fe” (Denzinger, 1683).
El derecho canónico no es menos explícito. Bastaría citar todo el canon 1321.
[3] Documentation Catholique, núm. 1077, c. 1159, p. 3.
[4] Cf.: Denzinger, 1290.
[5] Cf.: Aloc. Maxima quidem, 9 de junio de 1862.
[6] Denzinger, 1757.
[7] Denzinger, 1757.
[8] Que estudiaremos más adelante.
[9] “Las grandes cuestiones que deciden la suerte de la sociedad no podrán encontrar a la Iglesia indiferente”. Monseñor Pie, Oeuvres, t. I, p. 206.
[10] Bien entendido, que la palabra “laico” está aquí tomada en su verdadero sentido, el pleno sentido católico. Los “laicos” en la Iglesia se distinguen de los “clérigos”, pero no dejan de ser católicos y de actuar en todo y por todo como católicos.
10 bis La revista argentina VERBO (núm. 5), al llegar a este pasaje, recuerda la actuación de los grandes santos de España, Hermenegildo, Leandro o Isidoro de Sevilla, y de los prelados y gobernantes del tipo del cardenal Cisnero, santo Toribio, arzobispo de Lima, o Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, hasta fray Mamerto Esquiú, en los que puede verse una larga tradición de clérigos que trabajan para asegurar la felicidad espiritual y material de la ciudad terrena.
[11] Monseñor Pie, Oeuvres, t. I, p. 207.
[12] Discurso al Primer Congreso del Apostolado Seglar, 14 de octubre de 1951.
[13] Discurso a los nuevos cardenales, 20 de febrero de 1946.
[14] Cf., aquí todavía, el importante discurso de Pío XII al Primer Congreso del Apostolado Seglar, 14 de octubre de 1951: “Hay quienes gustan de decir frecuentemente que durante los cuatro siglos la Iglesia ha sido exclusivamente «clerical», por reacción contra la crisis que en el siglo XVI había pretendido llegar a la abolición pura y simple de la jerarquía; y, como consecuencia, insinúan que ya le ha llegado (a la Iglesia) el tiempo de ampliar sus cuadros. Semejante juicio está tan lejano de la realidad, que precisamente a partir del santo Concilio de Trento es cuando el laicado se ha encuadrado y ha progresado en la actividad apostólica. Ello es fácil de comprobar; basta recordar dos hechos históricos patentes entre muchos otros: las Congregaciones Marianas de hombres que ejercitaban activamente el apostolado de los seglares en todos los terrenos de la vida pública y la introducción progresiva de la mujer en el apostolado moderno… De manera general, en el trabajo apostólico es de desear que reine entre sacerdotes y seglares la más cordial inteligencia. El apostolado de los unos no es una competencia con el de los otros. Hasta, a decir verdad, la expresión «emancipación de los seglares» que se oye acá y allá no Nos agrada. Ya de por sí la palabra no suena con agrado; además, históricamente es inexacta… Es evidente que, en todo caso, la iniciativa de los seglares en el ejercicio del apostolado ha de mantenerse siempre en los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes”.
[15] Discurso al Segundo Congreso Mundial del Apostolado Seglar, Roma, 5-13 octubre de 1957.
[16] Rapport doctrinal presentado por monseñor Lefevbre, arzobispo de Bourges, a la asamblea del episcopado francés (abril de 1957)
16 bis Suma Teológica, IIa, IIae, q. III, a. 2, ad 2.
[17] Sapientiae Christianae; párrafos 20 a 23.
[18] Cf.: Théologie de l’Apostolat, por monseñor León Suenens.
(Desclée de Brouwer): “¿A qué esperamos para llevar socorros? ¿La ocasión? Pues abunda. ¿La llamada? Pues hay angustias mudas más elocuentes que los gritos más penetrantes. ¿Es preciso que el herido desvanecido en el camino vuelva en sí y pida ayuda para que el que pasa se pare junto a él y cure sus heridas? ¿Conocéis esta queja de un socialista austríaco, recientemente convertido, publicada en forma de carta?...: «He encontrado a Cristo a los veintiocho años de edad. Considero los años que han precedido a este encuentro como años perdidos. Pero esta pérdida ¿me es imputable a mí sólo? Escuchad: Nadie me ha pedido jamás que me interesara por el cristianismo. He tenido amigos y conocidos cristianos practicantes que tenían plena conciencia de todo lo que aporta la religión en la vida humana… Pero ninguno de ellos me ha hablado nunca de su fe. No obstante, se sabía que yo no era ni un aventurero, ni un libertino, ni un burlón de quien pudieran temer los sarcasmos… ¿Sabéis por qué he tardado tanto tiempo en descubrir la verdad? Porque la mayor parte de los creyentes son demasiado indiferentes, demasiados apegados a su comodidad, demasiado perezosos».
… “Cómo no pensar aquí en las palabras de monseñor Ancel: «Con frecuencia se dice: no se puede hablarles de Cristo… no están preparados. Esto puede ser verdad…; pero, con más frecuencia, somos nosotros los que no estamos preparados».
[19] ¿Es necesario añadir que si el cristiano tiene el deber de hablar, este deber es inseparable del de estudiar y aprender?
“Juzgamos muy útil y muy conforme a las circunstancias presentes —escribía León XIII en Sapientiae Christianae— el estudio diligente de la doctrina cristiana según las posibilidades y capacidad de cada uno y el empeño por alcanzar un conocimiento lo más profundo posible de las verdades religiosas accesibles a la sola razón”.
[20] Opus. cit., t. II, p. 135-136.

viernes, 20 de junio de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 8

LA INTRANSIGENCIA DE LOS LIBERALES DIVIDE LAS FUERZAS CATÓLICAS

                El prestigio siempre creciente del partido católico y sus sucesivas victorias no impidieron que las divergencias entre sus líderes se acentuaran con el tiempo, en perjuicio de la cohesión tan necesaria para el progreso de la campaña por la libertad de enseñanza.

                Formado por católicos de todos los matices, de todas las tendencias políticas, no era posible que el partido se mantuviese sin una renuncia total a las actitudes políticas de sus miembros. Eso no sucedió. Cada cual deseaba que la campaña se desarrollara sin herir sus preferencias partidistas, y cada vez que consideraban que eran afectadas por un artículo, un discurso o un panfleto, en seguida reclamaban y criticaban la orientación del partido. En realidad, lo que faltó en esa época era que los católicos fuesen exclusivamente católicos.

               
Infelizmente, el jefe del partido, el conde de Montalembert, se desorientó completamente con la aventura del L’Avenir. Sus
Guizot
convicciones religiosas eran sólidas, pero ya estaban arañadas por el liberalismo, al cual se entregaría de cuerpo y alma pocos años después. Durante ese período que describimos, era tal su indecisión, que Guizot acostumbraba referirse a Montalembert como siendo un hombre que cambiaba mucho de idea fija. Por otra parte, Montalembert tenía un carácter difícil, era profundamente orgulloso y vanidoso. Entendía que todo el movimiento por la libertad de enseñanza debería seguir exactamente su orientación, y lo ideal sería que todo fuese dirigido, escrito y ejecutado por él. Pero un programa como ese era difícil que se ejecutara por un jefe indeciso, y cuyas ideas políticas tenían por lo menos indicios de liberalismo.


                Naturalmente, el hombre más atacado en las divergencias internas del partido católico era Louis Veuillot. Exclusivamente católico, y teniendo que combatir diariamente a través de L’Univers, ora alentando a los compañeros, ora respondiendo los ataques de la prensa lacia, ora sosteniendo polémicas con los adversarios de la campaña, no siempre le era posible evitar censurar a los partidos políticos o criticar a los regímenes anteriores. De hecho, los adversarios de la Iglesia provocaban a propósito esas definiciones de Louis Veuillot, sabiendo que así aumentaban las divergencias del partido católico, al mismo tiempo que colocaban al periodista en situación difícil delante de sus aliados. En el fondo, ellos tenían la esperanza de conseguir la remoción del redactor de L’Univers, y romper así el pilar del movimiento.

               
Dupanloup
La situación empeoró dramáticamente con la aparición en la escena del padre Dupanloup, que durante toda su vida actuó en contradicción con los principios que decía poseer: en política se declaraba legitimista, pero en la práctica era liberal; declarándose ultramontano, fue el verdadero fundador del liberalismo religioso en Francia; educador católico, defendió e implantó la enseñanza clásica en los colegios que dirigió; infalibilista, fue el jefe de la corriente de los obispos que combatió el dogma de la infalibilidad pontificia en el Primer Concilio Vaticano; muy celoso de la jerarquía y de la autoridad, no siempre se conformó con la prontitud de los deseos de Pío IX. Era un hombre inteligente, dotado de una capacidad de trabajo incalculable, hábil, experto, buen orador, dotado en grado eminente del poder de inducir a los demás a hacer lo que él quería.

                Es así que el padre Dupanloup surgió en el escenario, ocurrido el primer enfrentamiento serio entre Montalembert y Veuillot. De repente, sin ningún aviso o previo cambio de ideas, Montalembert mandó decir a L’Univers que el periódico iría a ser dirigido por un comité constituido por el padre Dupanloup, el padre de Ravignan, Lacordaire, Lenormant y él, y que ese comité designaría al redactor jefe. Esa comunicación fue una bomba, y significó la renuncia de Louis Veuillot.

                En esa ocasión Montalembert ya no tenía ningún derecho sobre el periódico, pues el préstamos que le había hecho ya había sido pagado y la mayoría de las acciones pertenecía a Taconet, su verdadero propietario; pero, siendo L’Univers de hecho un órgano del partido católico, Montalembert creía, como su jefe, poder intervenir por esa forma.

                Tanto Veuillot como Taconet merecían recibir del partido un trato menos incivil. El primero, por los servicios que ya había prestado a la causa y por el mes de prisión que sufrió por ello; y Taconet por ser el propietario del periódico. Por amor a la paz y a los ideales que defendían, se dispusieron a tratar con el comité a fin de componer la situación, mostrando la imposibilidad de que el periódico fuese dirigido de esa forma, que sería perjudicial principalmente a su orientación política: el padre Dupanloup y el Padre Ravignan eran legitimistas; Lacordaire, demócrata; Lenormant, favorable a Luis Felipe; y Montalembert, aristócrata. Esas razones no fueron aceptadas. Apenas se les autorizó a Veuillot y Taconet ser parte del comité.

                Los redactores estaban indignados, y resolvieron mandar a Melchior du Lac a conversar con Montalembert. La entrevista fue tormentosa, y terminó con la declaración de este de que intervendría en el periódico con el derecho del más fuerte.

                Delante de la intransigencia del jefe del partido, Taconet y Louis Veuillot propusieron, para conciliar las cosas, la formación de un nuevo comité más homogéneo, y que no significase un perjuicio para el periódico. Para sus miembros sugirieron a: Montalembert, e vizconde de Carné, de Lavan y Bailly, dos grandes accionistas del periódico, el padre Hiron, su antiguo director, y Federico Ozanam. Montalembert se negó irritado, acusando a L’Univers de traición  y de querer matar al partido católico.

                Pocos días después el arzobispo de París envió una carta el periódico, censurándolo por la actitud que había tomado. Pero Louis Veuillot y Taconet lo buscaron y le explicaron cómo habían ocurrido los hechos, y entonces el arzobispo dio en parte la razón a ambos contra Montalembert. Con eso la idea del comité estaba liquidada; pero, para mantener la cohesión del partido, Veuillot aceptó pasar para un segundo plano. De acuerdo con los otros jefes del movimiento, fue escogido un nuevo redactor jefe: el conde de Coux, antiguo compañero de Lacordaire y Montalembert en L’Avenir.

                Todo ocurrió intramuros, durante las vacaciones parlamentarias que habían interrumpido la discusión del proyecto de ley sobre el monopolio de la enseñanza en la Cámara de los Pares. Pero la cuestión, además de haber provocado la primera divergencia seria entre los jefes del partido católico, tuvo una pésima consecuencia inmediata. Al reabrirse los debates en el parlamento sobre el monopolio, Thiers trasladó la cuestión, pasando a atacar a los jesuitas. La acción de L’Univers fue entonces perjudicada, pues el conde de Coux, enemigo de la Compañía de Jesús, quería impedir que Veuillot defendiera a los heroicos soldados de San Ignacio.


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sábado, 14 de junio de 2014

Para que Él reine - Cap. 3

CAPÍTULO III
LAS DOS ESPADAS
A mi entender, Nuestro Señor y la Iglesia son una misma cosa”.
Santa Juana de Arco
PODER DIRECTO Y PODER INDIRECTO DE LA IGLESIA
“Todo el misterio de la Iglesia —ha escrito el P. Clérissac[1]— yace en la ecuación y en la convertibilidad de estos dos términos: Cristo y la Iglesia”. Porque la Iglesia, podemos decir con Bossuet, es “Jesucristo difundido y comunicado”.
“Teniendo todo en común con Él”, nos enseña san Pío X[2], “rica de sus bienes, depositaria de la Verdad…, la Iglesia Católica, dueña de las almas, reina de los corazones, domina al mundo porque es la esposa de Jesucristo”.
Debe dominar el mundo, porque siendo la esposa de Jesucristo, tiene por misión hacer nacer los hombres a la Vida Sobrenatural, que es el fin último de todo el universo, pues todo ha sido hecho para esto; nada hay que pueda escapar a la unidad admirable de este plan; ya que todo, absolutamente todo, debe estar subordinado a esta razón suprema.
Pero si la Iglesia domina y debe dominar al mundo, lo domina como Jesucristo. El reino de ella no es tampoco “de este mundo”, no es según este mundo. Entended que a ejemplo de Jesucristo, la Iglesia no buscará reemplazar a los reyes de la tierra, no buscará gobernar práctica y directamente las naciones. Sino que como su divino Fundador, tendrá en primer término por misión “dar testimonio de la verdad”, restablecerla, enseñarla. Como Jesucristo, y en Él y por Él, la Iglesia reinará por la verdad de sus enseñanzas, por el magisterio de su doctrina y, más particularmente en lo que ahora tratamos, por el magisterio de su doctrina social.
Existirá, pues, la Iglesia y existirá el Estado, del mismo modo que existía, que podía existir y que sigue existiendo Jesús, al lado de los gobernantes “de este mundo”.
La Iglesia es, pues, DIRECTAMENTE soberana en todo lo que concierne DIRECTAMENTE a la salvación espiritual del género humano.
Es indirectamente soberana en todo aquello que no tiene más que una relación indirecta con esa salvación.
Por lo tanto, ya sea directa o indirectamente, no hay nada que, al menos en cierto aspecto, no caiga bajo la soberana autoridad de la Iglesia, porque no hay nada aquí abajo, que directa o indirectamente no pueda, en cierto aspecto, o en determinadas circunstancias, tener relación con la salvación de las almas[3].
*          *          *
La Iglesia tiene el derecho, más aún, el deber de interesarse en el orden político y de profesar abiertamente una doctrina social. Nada más sabio, nada más razonable, nada más conforme con la misión divina que ha recibido. Es ésta una consecuencia directa de su magisterio soberano en cuanto se refiere a la moral.
Es curioso ver qué poca atención se presta generalmente a este punto debido a que también hemos sufrido la influencia de esa familia de ideas protestantes, subjetivistas, románticas, liberales, kantianas, según las cuales la moral depende sobre todo, por no decir exclusivamente, de las sugestiones de la conciencia o de los impulsos del yo. Era inevitable en esas condiciones que la moral apareciese como algo íntimo, privado, es decir, como una cosa en la cual no se piensa al tratar de los problemas sociales y colectivos que constituyen la política. ¿Es necesario recordar lo erróneo de semejante opinión?
Si bien es cierto que en numerosos casos el valor moral de un acto humano puede variar según la intención y la conciencia del que lo ejecuta, no es menos cierto que nuestros actos tienen, por sí mismos, un valor propio y pueden ser, al menos en general, apreciados objetivamente.
Es, pues, necesario volver a un sentido más justo de la moral.
Todo acto humano tiene, por eso mismo, un aspecto moral, un valor moral, y depende en cierto sentido de la moral. Bajo este aspecto, en virtud de este valor y desde este ángulo, la Iglesia se encuentra con el derecho, el deber y la carga de vigilar todo y, más particularmente, esa actividad humana (actividad de aspecto moral) que es, por excelencia, la política[4].
“Pretender que la Iglesia de Jesucristo —decía monseñor Pie— haga dejación del derecho y del deber de juzgar en última instancia de la moralidad de los actos de un agente moral cualquiera, particular o colectivo, padre, maestro, magistrado, legislador, incluso rey o emperador, es querer que se niegue a sí misma, que abdique de su esencia, que desgarre su ejecutoria de origen y los títulos de su historia, que ultraje, en fin, mutile a Aquel a quien representa en la tierra…”.
SOBERANÍA DE LA IGLESIA Y SOBERANÍA DEL ESTADO
“Dios —leemos en Inmortale Dei—ha repartido, por tanto, el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes… Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo… Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza, sea en virtud del fin a que está referido, todo ello cae bajo el dominio y la autoridad de la Iglesia. Pero las demás cosas que el régimen civil y político, en cuanto tal, abrace y comprenda, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios…”.
Comentando este pasaje en uno de los capítulos de su admirable obra sobre “Le Gouvernement de l’Eglise”, el Padre G. Neyron, S. J.[5], añade:
No hay nada en este lenguaje que puede hacer pensar en una usurpación sobre el poder temporal…; por lo demás, los autores eclesiásticos han hablado siempre así. El cardenal Pie, a quien no se ha acusado nunca de tibieza en la reivindicación de los derechos de la Iglesia, sabe, no obstante, hacerlo con la misma templanza: “La Iglesia no absorberá en absoluto el poder del Estado; no violará tampoco la independencia de que aquél goza en el orden civil y temporal; al contrario, no intervendrá sino para hacer triunfar más eficazmente su autoridad y sus derechos legítimos… La Iglesia no pretende en modo alguno sustituir a los poderes de la tierra, que ella misma mira como ordenados por Dios y necesarios al mundo… No se inmiscuye a la ligera y por cualquier motivo en el examen de las cuestiones interiores del gobierno público…, las más graves materias de la legislación, del comercio, de las finanzas, de la administración, de la diplomacia se tratan y se resuelven casi siempre bajo su mirada, sin que ella haga la menor observación”[6].
Retengamos bien esto: La Iglesia al reivindicar su plena independencia frente al Estado no se propone “violar la independencia de que éste goza en el orden civil y temporal”.
Sin duda, desea ver a todos los Estados someterse a su autoridad moral y religiosa. Tal es el orden, la “tesis”, el ideal que, en su vigoroso lenguaje, un san Bernardo expresó así: “las dos espadas pertenecen a Pedro. Una está en su mano, la otra a sus órdenes todas las veces que sea necesario desenvainarla”.
Vemos incluso que en este estado de civilización totalmente cristiana los Estados tenían su autoridad dentro de su propia esfera.
“Se puede decir —prosigue el P. Neyron— que la Iglesia enseña la preeminencia de lo espiritual sobre lo temporal, pero de ninguna manera la absorción de lo uno por lo otro. Hay un abismo entre esta doctrina esencialmente dualista, respetuosa de todos los derechos, y la del Estado-Dios, fuente de todos los derechos, que lo absorbe todo en sí, encargándose de todo y no dejando a ninguna fuerza desarrollarse independientemente de él”.
Pero se insiste: “¿No admiten los teólogos católicos el poder indirecto de lo espiritual sobre lo temporal? ¿En qué se convierte, entonces, prácticamente la distinción del uno y del otro?”. Tranquilicémonos: el poder indirecto, por lo mismo que no es más que indirecto, aun cuando lleva hasta sus últimas consecuencias, el principio de la independencia de la Iglesia, respeta perfectamente la legítima autonomía del Estado. Escuchemos sobre esto al defensor más ilustre de la tesis: Belarmino. «El poder espiritual —dice— no debe inmiscuirse en los asuntos temporales y debe dejar al poder civil ejercer su autoridad, como lo hacía antes de la unión de las dos sociedades en un Estado cristiano; con esta sola excepción: en el caso en que determinados actos del poder civil dañen al fin espiritual que se propone la Iglesia, o en que determinados actos de ese poder sean necesarios a la obtención de ese fin; en este caso, el poder espiritual tiene derecho a constreñir al temporal por los medios y en la  medida que lo juzgue necesario»[7].
”Como se puede apreciar, este derecho de intervención se encuentra limitado a los casos normalmente muy raros, en que los actos, la política de la autoridad civil, dañen al bien de las almas.
”Ahora bien: ¿dónde se encontraba la confusión de los dos poderes? ¿En los príncipes protestantes que, como Jacobo I de Inglaterra, gran enemigo del poder indirecto, se erigían por la fuerza en reformadores y dueños absolutos de la religión, o en los teólogos que reivindicaban para la Iglesia el derecho de rechazar estas usurpaciones sacrílegas y de defenderse contra sus autores?
”Añadamos, por último, que los mismos papas de la Edad Media no habían apenas sobrepasado, de ordinario, los límites de esta justa defensa: tal es el juicio, digno de atención, que expresa Augusto Comte: «Cuando se examina hoy, con imparcialidad verdaderamente filosófica, el conjunto de esas controversias, tan frecuentes en la Edad Media, entre las dos potestades, pronto se da uno cuenta que fueron casi siempre esencialmente defensivas por parte del poder espiritual, que incluso cuando recurría a las armas más temibles no hacía otra cosa, las más de las veces, que luchar noblemente por la conservación de la justa independencia que exigía en él el cumplimiento real de su principal misión y sin poder al fin y al cabo, en la mayor parte de los casos, lograr del todo su objetivo… En estos combates tan mal juzgados los clérigos no tenían entonces otro fin que garantizar de toda usurpación temporal la libre y normal elección de sus propios funcionarios, lo que, ciertamente, debería parecer ahora la pretensión más legítima e incluso la más moderada… La potestad católica, lejos de ser acusada a menudo de usurpación grave contra las autoridades temporales, por el contrario no pudo obtener ni con mucho de ellas toda la plenitud de libre ejercicio que precisaba el diario y suficiente desarrollo de su noble oficio, en los mismos tiempos de su más grande esplendor político, desde mediados del siglo XI hasta finales del XIII. Así, pues, creo poder asegurar que en nuestros días los filósofos católicos, sin saberlo, demasiado influidos por nuestros prejuicios revolucionarios, están predispuestos a justificar de antemano cualesquiera medida del poder temporal contra el poder espiritual, y han estado, en general, excesivamente tímidos… en sus justas defensas históricas de tal institución…»”[8].
LA IGLESIA «FORMA DEL HOMBRE COMPLETO»: PRIVADO Y PÚBLICO
Hechas las aclaraciones que preceden, que han tenido por finalidad evitar muchos equívocos clásicos en este punto, nos sentimos ya más libres para volver a nuestro tema y enseñar que, hoy como ayer, la Iglesia proclama su derecho a “informar la vida”[9] entera del hombre (el verbo “informar” está empleado aquí en sentido filosófico). Porque sería absurdo, inconsecuente, contrario al orden divino que la Iglesia “se encerrase inerte en el retiro de sus templos”, y que “desertara así de la misión que le ha confiado la Providencia de formar al hombre completo y, por este medio, colaborar sin cesar para establecer el fundamento sólido de la sociedad. Esta misión —insiste Pío XII— le es ESENCIAL. Considerado desde este punto de vista, puede decirse que la Iglesia es la asociación de quienes, bajo la influencia sobrenatural de la gracia, en la perfección de su dignidad personal de hijos de Dios y en el desarrollo armonioso de todas las inclinaciones y energías humanas, edifican la recia armazón de la comunidad humana”[10].
Desgraciadamente, ¡qué desconocida es esta doctrina!
“Hay católicos —escribe Mons. Chappouile[11]— que más o menos explícitamente niegan a la Iglesia toda competencia en lo que sobrepasa sus obligaciones personales en el terreno del culto y de los sacramentos, o en la observación individual de los mandamientos de la moral cristiana. Apenas la Iglesia tendría autoridad para aconsejarlos en sus responsabilidades familiares. Pero su intromisión en todo lo que toca a la vida profesional y a las responsabilidades sociales estaría fuera de lugar, y su intervención sería peligrosa para el buen orden de las instituciones y de las leyes económicas”.
“Digámoslo abiertamente: nada es más opuesto a la naturaleza y a la misión divina de la Iglesia que esta disposición, por desgracia demasiado frecuente”.
Entre el orden espiritual y el orden político, entre la Iglesia y el Estado, la simple y tradicional distinción resulta ya insuficiente. En el grado en que se encuentra el mundo moderno la salvación no podrá estar más en un “dualismo antinómico”. ¡Qué lástima más grande!
Al menos no es necesario perderse en sutiles deducciones. Es suficiente evocar la enorme influencia que ejerce el clima social en todo lo referente a la dirección intelectual, espiritual y moral de la mayoría. Por sí solo, este argumento permitiría apoyar toda la tesis.
“¡Cuántos —ha dicho Pío XII[12]—, envenenados por una ráfaga de laicismo o de hostilidad hacia la Iglesia, han perdido la lozanía y la serenidad de una fe que hasta ahora había sido el apoyo y la luz de su vida!”
¡En esto reside todo el problema!
Muchos querrían que la Iglesia se despreocupara de esta atmósfera intoxicadora en la que se pierde aquel apoyo y aquella luz de la vida, e incluso que tomara la decisión de dejarla continuar intoxicándolo todo. ¡Qué locura![13].
Quieren que la Iglesia abandone el combate en este terreno sin que se la pudiese echar en cara que desertaba. Pero para poder sostener que la Iglesia se desinterese de la organización social y de los fundamentos de la civilización sería necesario que llegase a desinteresarse de la salvación de la mayoría. Sería necesario que la Iglesia, que es madre, permaneciese indiferente ante la perdición de la mayoría de sus hijos.
Porque o la Iglesia da su sentido a la sociedad, o esta sociedad se ordenará en contra de ella. La neutralidad aquí es imposible, porque sería escandaloso permanecer neutral cuando se trata de la salvación eterna del género humano y del fin último del universo. Ningún alma lúcidamente cristiana puede enfrentarse sin estremecerse con semejante perspectiva.
En esto la neutralidad es imposible, como acabamos de decir. De hecho, no existe. Es lógico que la espada temporal esté sometida a la espada espiritual… Así lo ha sido y lo será siempre. Dicho en otros términos: es imposible que una doctrina no reine sobre el Estado. Cuando no es la doctrina de la verdad, será una doctrina del error. Así lo exige el orden de las cosas. Exige que la fuerza obedezca al espíritu, y, de hecho, obedece siempre a un espíritu: espíritu de verdad o espíritu de demencia.
A quienes, al recordarles la doctrina de las “dos espadas”, se marchan echándose las manos a la cabeza y la rechazan, tildándola de “anticuada”, tenemos por costumbre contestar: “Que se nos demuestre que ninguna fuerza espiritual reina ya sobre el Estado y entonces os creeremos. Demostradnos que la masonería no reina en lugar de la Iglesia, ello hasta el punto de que el magisterio de ésta era sólo una niñería con respecta a la presión de aquélla. ¡Ah, no queréis que la Santa Iglesia de Dios reine sobre los gobiernos de las naciones! Que no quede por eso; las naciones caerán bajo el poder de las sectas. Vuestro Estado “liberado” de la Iglesia no dejará de obedecer a una espada espiritual, la espada espiritual de las fuerzas ocultas, que es tanto como decir de las ideas del laicismo, del naturalismo, que esas fuerzas hacen penetrar en todas partes, burlándose a placer de nuestros escrupulosos distingos acerca de los respectivos dominios del poder espiritual y del poder temporal”.
IMPORTANCIA DE LO POLÍTICO PARA LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
Puesto que no podemos escoger, o más exactamente, puesto que no tenemos otra elección que entre la verdad y el error, es preciso que la Verdad, es preciso que Dios, es preciso que Jesucristo y su Iglesia, por medio de la doctrina social de ésta, reinen sobre el Estado, porque el Estado es una de esas posiciones clave cuya importancia es tal que no se la puede abandonar sin provocar ruinas.
“¡Cosa rara! —observa el beato Pedro Julián Eymard—, los falsos profetas, los fundadores de las religiones falsas son el alma de las leyes civiles de esos pueblos: así, Confucio para los chinos, Mahoma para los musulmanes, Lutero para los protestantes. Únicamente a Jesucristo, al fundador de todas las sociedades cristianas, al soberano legislador, el Salvador del género humano, al Dios hecho hombre, no se le menciona en el código de la mayor parte de las naciones, incluso las cristianas. En ciertos países su Nombre es una sentencia de vida o muerte”[14].
“De la forma que se dé a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas —escribía Pío XII[15]— depende y deriva el bien o el mal de las almas, es decir, el que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Cristo, en las terrenas contingencias del curso de la vida, respiren el sano y vivificante hálito de la verdad y de las virtudes morales, o, por el contrario, el microbio morboso y a veces mortífero del error y de la depravación”[16].
Por lo tanto, cooperar al restablecimiento del orden social “¿no es —prosigue Pío XII—un Deber Sagrado para Todo cristiano? No os acobarden, amados hijos, las dificultades externas, ni os desanime el obstáculo del creciente paganismo de la vida pública. No os conduzcan a engaño los suscitadores de errores y de teorías malsanas, perversas corrientes, no de crecimiento, sino más bien de destrucción y de corrupción de la vida religiosa; corrientes que pretenden que al pertenecer la Redención al orden de la gracia sobrenatural, al ser, por lo tanto, obra exclusiva de Dios, no necesita nuestra cooperación en este mundo. ¡Oh miserable ignorancia de la obra de Dios! «Pregonando que eran sabios se mostraron necios». Como si la primera eficacia no fuera el corroborar nuestros sinceros esfuerzos para cumplir diariamente os mandamientos de Dios, como individuos y como miembros de la sociedad; como si hace dos milenios no viviera y perseverara en el alma de la Iglesia el sentido de la responsabilidad colectiva de todos por todos, que ha movido y mueve a los espíritus hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los curadores de enfermos, de los abanderados de la fe, de la civilización y de la ciencia en todas las épocas y en todos los pueblos. Para crear las únicas condiciones sociales que a todos pueden hacer posible y placentera una vida digna del hombre y del cristiano. Pero vosotros, conscientes y convencidos de tan sacra responsabilidad, no os conforméis jamás en el fondo de vuestra alma con aquella general mediocridad pública en que el común de los hombres no puede, si no es con actos heroicos de virtud, observar los divinos preceptos, siempre y en todo caso inviolables…
”Ante tal consideración y previsión, ¿cómo podría la Iglesia, Madre tan amorosa y solícita del bien de sus hijos, permanecer cual indiferente espectadora de sus peligros, callar o fingir que no ve ni aprecia las condiciones sociales, que, queridas o no, hacen difícil y prácticamente imposible una conducta de vida cristiana ajustada a los preceptos del Sumo Legislador?”.
*          *          *
Hace poco tiempo sonó bastante esta expresión: “¿Francia país de misión?”
¿Por qué senderos, por qué encadenamientos de hechos, por la acción de qué mal, la Hija primogénita de la Iglesia ha podido llegar hasta el extremo de que pueda formularse tal pregunta?
Si nuestros padres hubiesen sido unos pobres salvajes, entregados al culto de los ídolos, no había por qué extrañarse. ¡Pero Francia!...
¡Muy pérfido ha tenido que ser el veneno para provocar la ruina de un organismo tan hermoso y tan sano en otro tiempo?
Si se observa con atención, se comprueba que la difusión de doctrinas sociales perversas ha precipitado nuestro país a la desgracia; y esto por la acción a veces violenta, a veces sorda, otras incluso inconsciente, de gobiernos que profesaron ese naturalismo de estado que es el laicismo.
¡Y aún hay quien pretende que la Iglesia se desinterese de las cuestiones políticas!
José Vassal escribía en enero de 1931[17]: “Decir que la sociedad sería cristiana si los individuos que la componen fuesen de veras cristianos, es una verdad de Perogrullo. Está por demostrar, y aún sería más difícil, que pueda haber verdaderos cristianos, y en gran número, en un país donde las cuatro quintas partes de los niños reciben una educación sin Dios, donde las nueve décimas partes de la prensa son malas, donde la familia está disociada por la ley del divorcio, donde la inmoralidad reina como dueña en las fábricas y los talleres y se propaga por todas partes por medio de esa apoteosis de la carne que es el «cine»”.
”¿Qué va a ser del niño cuyos padres están separados y vueltos a casar? ¿Qué puede esperarse de una generación educada por maestros cuya mayor preocupación es hacerla impía? ¿Cómo confiar seriamente que vuelvan a la fe poblaciones a las que no llega ninguna propaganda católica y cuyas ideas son casi completamente paganas?
”Paliamos el mal, atenuamos algunos de sus efectos, pero no llegaremos hasta su raíz: leyes laicistas que desmoralizan a las generaciones jóvenes, ley del divorcio que disocia las familias, ley contra las congregaciones que quita al apostolado católico inapreciables recursos; por encima de todo, la difusión universal y casi sin contrapartida de una literatura malsana y de un cine corruptor…”.
Es lo que la Iglesia no podrá aceptar jamás. Esto es lo que tiene el deber de combatir. Esto es lo que explica su derecho a reinar tanto sobre las instituciones como sobre los individuos.
¿Es preciso proclamar que no han sido teóricos fríos, o especialistas apasionados por las cuestiones políticas los que se han aplicado a recordar semejante doctrina? ¡No! Fueron los mismos santos, porque, siéndolo, desearon con mayor ansia la salvación de las almas.
“Nos matamos, Señora —escribía san Juan Eudes a la reina Ana de Austria— a fuerza de clamar contra la cantidad de desórdenes que existen en Francia, y Dios nos concede la gracia de remediar algunos de ellos. Pero estoy cierto, Señora, que si Vuestra Majestad quisiera emplear el poder que Dios le ha concedido, podríais hacer más, Vos sola, para la destrucción de la tiranía del diablo y para el establecimiento del reino de Jesucristo, que todos los misioneros y predicadores juntos”[18].
Y san Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, decía: “Si consigo ganar un rey, habré hecho más para la causa de Dios que si hubiese predicado centenares y millares de misiones. Lo que puede hacer un soberano tocado por la gracia de Dios, en interés de la Iglesia y de las almas, no lo harán nunca mil misiones”.
Porque, junto a un restringido número de católicos que creen firmemente, que saben exactamente en lo que creen y practican lo que creen, hay un gran número que sólo a medida creen, no saben más que a medias en qué creen y a medias lo practican. Como carecen de vida religiosa personal, su fe y su práctica están demasiado ligadas al ambiente en que viven, y si costumbres no cristianas, instituciones no cristianas llegan a implantarse en ese medio, su fe no lo resiste.

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[1] En su admirable y valiosísima obra Le mystère de l’Eglise (Le Cerf).
[2] Discurso con motivo de la beatificación de Juana de Arco (abril de 1909).
[3] Cf.: Ejercicios de San Ignacio, Principio y Fundamento. “Las cosas que existen sobre la tierra han sido creadas a causa del hombre y para ayudarla en la consecución del fin para que Dios lo ha designado al crearle. De donde se infiere que se debe usar de ellas en tanto le conduzcan hacia su fin, y, por tanto, deshacerse de ellas en cuanto le distraigan o alejen de él”.
[4] Véase Pío XI: Carta a la 14ª semana social de Estrasburgo, 10 de julio de 1922. “Los hechos sociales… están sometidos a la moral eterna, y fuera de la moral eterna cuyo intérprete y guardián es el papa, es inútil soñar en un orden social que brote espontáneamente de la multiplicidad tan inestable de las relaciones humanas…”. Cf.: León XIII, Sapientiae Christianae. “Si la misma naturaleza ha instituido la sociedad, tanto familiar como civil, no es para que sea el fin último del hombre, sino para que éste, en ella y por ella, encuentre socorros que le hagan capaz de llegar a su perfección…”. “Por eso, los que redactan las constituciones y hacen las leyes deben contar con la naturaleza moral y religiosa del hombre. Se ha de procurar su perfección pero ordenada y rectamente. Nada se debe mandar o prohibir sin tener en cuenta el fin propio del Estado y el fin particular de la Iglesia. Por esta razón, LA IGLESIA NO PUEDE QUEDAR INDIFERENTE ANTE LA LEGISLACIÓN DE LOS ESTADOS…”.
[5] P. 50 (Beauchesne, edit.).
[6] Cardenal Pie. Lettre a M. le Ministre de l’Instruction Publique et des Cultes. (Œuvres, t. IV, p. 247).
[7] De Romano Pontifice, Lib. V, cap. VI.
[8] Cours de Philosophie positive, t. V, p. 234 (ed. Littré).
[9] Pío XII, Humani generis.
[10] Alocución a los nuevos cardenales (20 de febrero de 1946). Cf.: Igualmente este pasaje del discurso de Pío XII al Primer Congreso del Apostolado seglar: “Os felicitamos por vuestra oposición a esta tendencia nefasta que reina, incluso entre los católicos, y que querría confinar a la Iglesia a las cuestiones llamadas «puramente religiosas». No se toman la molestia de saber a ciencia cierta lo que entienden por ello; con tal que la Iglesia se entierre en el templo y en la sacristía, y que deje perezosamente a la humanidad debatirse fuera de su angustia y en sus necesidades, no se le pedirá más. Es muy cierto que en varios países está obligada a encerrarse de ese modo: incluso en ese caso, entre los cuatro muros del templo, debe aún hacer cuanto pueda, dentro de lo poco que le sea posible. La Iglesia no se retira espontáneamente ni voluntariamente…”.
[11] S. Exc. Monseñor Chapoulie, obispo de Angers, Lettre Pastorale (1951).
[12] Mensaje de Navidad, 1948.
[13] Véase León XIII, Libertas: “Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones. Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes… Pero, además, los gobernantes tienen, respecto a la sociedad, la obligación estricta de procurarles por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu. Ahora bien, en orden al aumento de estos bienes espirituales, nada hay ni puede haber más adecuado que las leyes establecidas por el mismo Dios. Por esta razón, los que en el gobierno del Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza”.
[14] La Sainte Eucharistie: La Presence Réelle, I. (Edit. 1950).
[15] 1 de junio de 1941, cincuenta aniversario de la Rerum novarum.
[16] Tengamos muy presente la relación tan bien expresada por monseñor Pie, cuando escribe que “la mala política no es otra cosa que la mala filosofía erigiendo sus principios en máximas de derecho público”… Sería absurdo no reconocer a la Iglesia el derecho (y la autoridad) de enseñar la verdadera filosofía, y de combatir la falsa, y a la vez rehusarle el derecho de indicar las justas aplicaciones sociales de la primera y el de estigmatizar las consecuencias nefastas de la segunda… “Todo el que se agota —decía constantemente monseñor Pie—en deciros que no tiene opinión política, y que lo mejor es no tenerla, casi siempre termina por demostrar con su perorata que tiene la mala y que quiere hacérosla compartir”.
[17] Le Messager du Coeur de Jésus, citado, por Apostolat et milieu social, enero de 1931, p. 48.
[18] Carta citada en la Vie Spirituelle, 1925, p. 235.
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