sábado, 14 de junio de 2014

Para que Él reine - Cap. 3

CAPÍTULO III
LAS DOS ESPADAS
A mi entender, Nuestro Señor y la Iglesia son una misma cosa”.
Santa Juana de Arco
PODER DIRECTO Y PODER INDIRECTO DE LA IGLESIA
“Todo el misterio de la Iglesia —ha escrito el P. Clérissac[1]— yace en la ecuación y en la convertibilidad de estos dos términos: Cristo y la Iglesia”. Porque la Iglesia, podemos decir con Bossuet, es “Jesucristo difundido y comunicado”.
“Teniendo todo en común con Él”, nos enseña san Pío X[2], “rica de sus bienes, depositaria de la Verdad…, la Iglesia Católica, dueña de las almas, reina de los corazones, domina al mundo porque es la esposa de Jesucristo”.
Debe dominar el mundo, porque siendo la esposa de Jesucristo, tiene por misión hacer nacer los hombres a la Vida Sobrenatural, que es el fin último de todo el universo, pues todo ha sido hecho para esto; nada hay que pueda escapar a la unidad admirable de este plan; ya que todo, absolutamente todo, debe estar subordinado a esta razón suprema.
Pero si la Iglesia domina y debe dominar al mundo, lo domina como Jesucristo. El reino de ella no es tampoco “de este mundo”, no es según este mundo. Entended que a ejemplo de Jesucristo, la Iglesia no buscará reemplazar a los reyes de la tierra, no buscará gobernar práctica y directamente las naciones. Sino que como su divino Fundador, tendrá en primer término por misión “dar testimonio de la verdad”, restablecerla, enseñarla. Como Jesucristo, y en Él y por Él, la Iglesia reinará por la verdad de sus enseñanzas, por el magisterio de su doctrina y, más particularmente en lo que ahora tratamos, por el magisterio de su doctrina social.
Existirá, pues, la Iglesia y existirá el Estado, del mismo modo que existía, que podía existir y que sigue existiendo Jesús, al lado de los gobernantes “de este mundo”.
La Iglesia es, pues, DIRECTAMENTE soberana en todo lo que concierne DIRECTAMENTE a la salvación espiritual del género humano.
Es indirectamente soberana en todo aquello que no tiene más que una relación indirecta con esa salvación.
Por lo tanto, ya sea directa o indirectamente, no hay nada que, al menos en cierto aspecto, no caiga bajo la soberana autoridad de la Iglesia, porque no hay nada aquí abajo, que directa o indirectamente no pueda, en cierto aspecto, o en determinadas circunstancias, tener relación con la salvación de las almas[3].
*          *          *
La Iglesia tiene el derecho, más aún, el deber de interesarse en el orden político y de profesar abiertamente una doctrina social. Nada más sabio, nada más razonable, nada más conforme con la misión divina que ha recibido. Es ésta una consecuencia directa de su magisterio soberano en cuanto se refiere a la moral.
Es curioso ver qué poca atención se presta generalmente a este punto debido a que también hemos sufrido la influencia de esa familia de ideas protestantes, subjetivistas, románticas, liberales, kantianas, según las cuales la moral depende sobre todo, por no decir exclusivamente, de las sugestiones de la conciencia o de los impulsos del yo. Era inevitable en esas condiciones que la moral apareciese como algo íntimo, privado, es decir, como una cosa en la cual no se piensa al tratar de los problemas sociales y colectivos que constituyen la política. ¿Es necesario recordar lo erróneo de semejante opinión?
Si bien es cierto que en numerosos casos el valor moral de un acto humano puede variar según la intención y la conciencia del que lo ejecuta, no es menos cierto que nuestros actos tienen, por sí mismos, un valor propio y pueden ser, al menos en general, apreciados objetivamente.
Es, pues, necesario volver a un sentido más justo de la moral.
Todo acto humano tiene, por eso mismo, un aspecto moral, un valor moral, y depende en cierto sentido de la moral. Bajo este aspecto, en virtud de este valor y desde este ángulo, la Iglesia se encuentra con el derecho, el deber y la carga de vigilar todo y, más particularmente, esa actividad humana (actividad de aspecto moral) que es, por excelencia, la política[4].
“Pretender que la Iglesia de Jesucristo —decía monseñor Pie— haga dejación del derecho y del deber de juzgar en última instancia de la moralidad de los actos de un agente moral cualquiera, particular o colectivo, padre, maestro, magistrado, legislador, incluso rey o emperador, es querer que se niegue a sí misma, que abdique de su esencia, que desgarre su ejecutoria de origen y los títulos de su historia, que ultraje, en fin, mutile a Aquel a quien representa en la tierra…”.
SOBERANÍA DE LA IGLESIA Y SOBERANÍA DEL ESTADO
“Dios —leemos en Inmortale Dei—ha repartido, por tanto, el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes… Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo… Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza, sea en virtud del fin a que está referido, todo ello cae bajo el dominio y la autoridad de la Iglesia. Pero las demás cosas que el régimen civil y político, en cuanto tal, abrace y comprenda, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios…”.
Comentando este pasaje en uno de los capítulos de su admirable obra sobre “Le Gouvernement de l’Eglise”, el Padre G. Neyron, S. J.[5], añade:
No hay nada en este lenguaje que puede hacer pensar en una usurpación sobre el poder temporal…; por lo demás, los autores eclesiásticos han hablado siempre así. El cardenal Pie, a quien no se ha acusado nunca de tibieza en la reivindicación de los derechos de la Iglesia, sabe, no obstante, hacerlo con la misma templanza: “La Iglesia no absorberá en absoluto el poder del Estado; no violará tampoco la independencia de que aquél goza en el orden civil y temporal; al contrario, no intervendrá sino para hacer triunfar más eficazmente su autoridad y sus derechos legítimos… La Iglesia no pretende en modo alguno sustituir a los poderes de la tierra, que ella misma mira como ordenados por Dios y necesarios al mundo… No se inmiscuye a la ligera y por cualquier motivo en el examen de las cuestiones interiores del gobierno público…, las más graves materias de la legislación, del comercio, de las finanzas, de la administración, de la diplomacia se tratan y se resuelven casi siempre bajo su mirada, sin que ella haga la menor observación”[6].
Retengamos bien esto: La Iglesia al reivindicar su plena independencia frente al Estado no se propone “violar la independencia de que éste goza en el orden civil y temporal”.
Sin duda, desea ver a todos los Estados someterse a su autoridad moral y religiosa. Tal es el orden, la “tesis”, el ideal que, en su vigoroso lenguaje, un san Bernardo expresó así: “las dos espadas pertenecen a Pedro. Una está en su mano, la otra a sus órdenes todas las veces que sea necesario desenvainarla”.
Vemos incluso que en este estado de civilización totalmente cristiana los Estados tenían su autoridad dentro de su propia esfera.
“Se puede decir —prosigue el P. Neyron— que la Iglesia enseña la preeminencia de lo espiritual sobre lo temporal, pero de ninguna manera la absorción de lo uno por lo otro. Hay un abismo entre esta doctrina esencialmente dualista, respetuosa de todos los derechos, y la del Estado-Dios, fuente de todos los derechos, que lo absorbe todo en sí, encargándose de todo y no dejando a ninguna fuerza desarrollarse independientemente de él”.
Pero se insiste: “¿No admiten los teólogos católicos el poder indirecto de lo espiritual sobre lo temporal? ¿En qué se convierte, entonces, prácticamente la distinción del uno y del otro?”. Tranquilicémonos: el poder indirecto, por lo mismo que no es más que indirecto, aun cuando lleva hasta sus últimas consecuencias, el principio de la independencia de la Iglesia, respeta perfectamente la legítima autonomía del Estado. Escuchemos sobre esto al defensor más ilustre de la tesis: Belarmino. «El poder espiritual —dice— no debe inmiscuirse en los asuntos temporales y debe dejar al poder civil ejercer su autoridad, como lo hacía antes de la unión de las dos sociedades en un Estado cristiano; con esta sola excepción: en el caso en que determinados actos del poder civil dañen al fin espiritual que se propone la Iglesia, o en que determinados actos de ese poder sean necesarios a la obtención de ese fin; en este caso, el poder espiritual tiene derecho a constreñir al temporal por los medios y en la  medida que lo juzgue necesario»[7].
”Como se puede apreciar, este derecho de intervención se encuentra limitado a los casos normalmente muy raros, en que los actos, la política de la autoridad civil, dañen al bien de las almas.
”Ahora bien: ¿dónde se encontraba la confusión de los dos poderes? ¿En los príncipes protestantes que, como Jacobo I de Inglaterra, gran enemigo del poder indirecto, se erigían por la fuerza en reformadores y dueños absolutos de la religión, o en los teólogos que reivindicaban para la Iglesia el derecho de rechazar estas usurpaciones sacrílegas y de defenderse contra sus autores?
”Añadamos, por último, que los mismos papas de la Edad Media no habían apenas sobrepasado, de ordinario, los límites de esta justa defensa: tal es el juicio, digno de atención, que expresa Augusto Comte: «Cuando se examina hoy, con imparcialidad verdaderamente filosófica, el conjunto de esas controversias, tan frecuentes en la Edad Media, entre las dos potestades, pronto se da uno cuenta que fueron casi siempre esencialmente defensivas por parte del poder espiritual, que incluso cuando recurría a las armas más temibles no hacía otra cosa, las más de las veces, que luchar noblemente por la conservación de la justa independencia que exigía en él el cumplimiento real de su principal misión y sin poder al fin y al cabo, en la mayor parte de los casos, lograr del todo su objetivo… En estos combates tan mal juzgados los clérigos no tenían entonces otro fin que garantizar de toda usurpación temporal la libre y normal elección de sus propios funcionarios, lo que, ciertamente, debería parecer ahora la pretensión más legítima e incluso la más moderada… La potestad católica, lejos de ser acusada a menudo de usurpación grave contra las autoridades temporales, por el contrario no pudo obtener ni con mucho de ellas toda la plenitud de libre ejercicio que precisaba el diario y suficiente desarrollo de su noble oficio, en los mismos tiempos de su más grande esplendor político, desde mediados del siglo XI hasta finales del XIII. Así, pues, creo poder asegurar que en nuestros días los filósofos católicos, sin saberlo, demasiado influidos por nuestros prejuicios revolucionarios, están predispuestos a justificar de antemano cualesquiera medida del poder temporal contra el poder espiritual, y han estado, en general, excesivamente tímidos… en sus justas defensas históricas de tal institución…»”[8].
LA IGLESIA «FORMA DEL HOMBRE COMPLETO»: PRIVADO Y PÚBLICO
Hechas las aclaraciones que preceden, que han tenido por finalidad evitar muchos equívocos clásicos en este punto, nos sentimos ya más libres para volver a nuestro tema y enseñar que, hoy como ayer, la Iglesia proclama su derecho a “informar la vida”[9] entera del hombre (el verbo “informar” está empleado aquí en sentido filosófico). Porque sería absurdo, inconsecuente, contrario al orden divino que la Iglesia “se encerrase inerte en el retiro de sus templos”, y que “desertara así de la misión que le ha confiado la Providencia de formar al hombre completo y, por este medio, colaborar sin cesar para establecer el fundamento sólido de la sociedad. Esta misión —insiste Pío XII— le es ESENCIAL. Considerado desde este punto de vista, puede decirse que la Iglesia es la asociación de quienes, bajo la influencia sobrenatural de la gracia, en la perfección de su dignidad personal de hijos de Dios y en el desarrollo armonioso de todas las inclinaciones y energías humanas, edifican la recia armazón de la comunidad humana”[10].
Desgraciadamente, ¡qué desconocida es esta doctrina!
“Hay católicos —escribe Mons. Chappouile[11]— que más o menos explícitamente niegan a la Iglesia toda competencia en lo que sobrepasa sus obligaciones personales en el terreno del culto y de los sacramentos, o en la observación individual de los mandamientos de la moral cristiana. Apenas la Iglesia tendría autoridad para aconsejarlos en sus responsabilidades familiares. Pero su intromisión en todo lo que toca a la vida profesional y a las responsabilidades sociales estaría fuera de lugar, y su intervención sería peligrosa para el buen orden de las instituciones y de las leyes económicas”.
“Digámoslo abiertamente: nada es más opuesto a la naturaleza y a la misión divina de la Iglesia que esta disposición, por desgracia demasiado frecuente”.
Entre el orden espiritual y el orden político, entre la Iglesia y el Estado, la simple y tradicional distinción resulta ya insuficiente. En el grado en que se encuentra el mundo moderno la salvación no podrá estar más en un “dualismo antinómico”. ¡Qué lástima más grande!
Al menos no es necesario perderse en sutiles deducciones. Es suficiente evocar la enorme influencia que ejerce el clima social en todo lo referente a la dirección intelectual, espiritual y moral de la mayoría. Por sí solo, este argumento permitiría apoyar toda la tesis.
“¡Cuántos —ha dicho Pío XII[12]—, envenenados por una ráfaga de laicismo o de hostilidad hacia la Iglesia, han perdido la lozanía y la serenidad de una fe que hasta ahora había sido el apoyo y la luz de su vida!”
¡En esto reside todo el problema!
Muchos querrían que la Iglesia se despreocupara de esta atmósfera intoxicadora en la que se pierde aquel apoyo y aquella luz de la vida, e incluso que tomara la decisión de dejarla continuar intoxicándolo todo. ¡Qué locura![13].
Quieren que la Iglesia abandone el combate en este terreno sin que se la pudiese echar en cara que desertaba. Pero para poder sostener que la Iglesia se desinterese de la organización social y de los fundamentos de la civilización sería necesario que llegase a desinteresarse de la salvación de la mayoría. Sería necesario que la Iglesia, que es madre, permaneciese indiferente ante la perdición de la mayoría de sus hijos.
Porque o la Iglesia da su sentido a la sociedad, o esta sociedad se ordenará en contra de ella. La neutralidad aquí es imposible, porque sería escandaloso permanecer neutral cuando se trata de la salvación eterna del género humano y del fin último del universo. Ningún alma lúcidamente cristiana puede enfrentarse sin estremecerse con semejante perspectiva.
En esto la neutralidad es imposible, como acabamos de decir. De hecho, no existe. Es lógico que la espada temporal esté sometida a la espada espiritual… Así lo ha sido y lo será siempre. Dicho en otros términos: es imposible que una doctrina no reine sobre el Estado. Cuando no es la doctrina de la verdad, será una doctrina del error. Así lo exige el orden de las cosas. Exige que la fuerza obedezca al espíritu, y, de hecho, obedece siempre a un espíritu: espíritu de verdad o espíritu de demencia.
A quienes, al recordarles la doctrina de las “dos espadas”, se marchan echándose las manos a la cabeza y la rechazan, tildándola de “anticuada”, tenemos por costumbre contestar: “Que se nos demuestre que ninguna fuerza espiritual reina ya sobre el Estado y entonces os creeremos. Demostradnos que la masonería no reina en lugar de la Iglesia, ello hasta el punto de que el magisterio de ésta era sólo una niñería con respecta a la presión de aquélla. ¡Ah, no queréis que la Santa Iglesia de Dios reine sobre los gobiernos de las naciones! Que no quede por eso; las naciones caerán bajo el poder de las sectas. Vuestro Estado “liberado” de la Iglesia no dejará de obedecer a una espada espiritual, la espada espiritual de las fuerzas ocultas, que es tanto como decir de las ideas del laicismo, del naturalismo, que esas fuerzas hacen penetrar en todas partes, burlándose a placer de nuestros escrupulosos distingos acerca de los respectivos dominios del poder espiritual y del poder temporal”.
IMPORTANCIA DE LO POLÍTICO PARA LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
Puesto que no podemos escoger, o más exactamente, puesto que no tenemos otra elección que entre la verdad y el error, es preciso que la Verdad, es preciso que Dios, es preciso que Jesucristo y su Iglesia, por medio de la doctrina social de ésta, reinen sobre el Estado, porque el Estado es una de esas posiciones clave cuya importancia es tal que no se la puede abandonar sin provocar ruinas.
“¡Cosa rara! —observa el beato Pedro Julián Eymard—, los falsos profetas, los fundadores de las religiones falsas son el alma de las leyes civiles de esos pueblos: así, Confucio para los chinos, Mahoma para los musulmanes, Lutero para los protestantes. Únicamente a Jesucristo, al fundador de todas las sociedades cristianas, al soberano legislador, el Salvador del género humano, al Dios hecho hombre, no se le menciona en el código de la mayor parte de las naciones, incluso las cristianas. En ciertos países su Nombre es una sentencia de vida o muerte”[14].
“De la forma que se dé a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas —escribía Pío XII[15]— depende y deriva el bien o el mal de las almas, es decir, el que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Cristo, en las terrenas contingencias del curso de la vida, respiren el sano y vivificante hálito de la verdad y de las virtudes morales, o, por el contrario, el microbio morboso y a veces mortífero del error y de la depravación”[16].
Por lo tanto, cooperar al restablecimiento del orden social “¿no es —prosigue Pío XII—un Deber Sagrado para Todo cristiano? No os acobarden, amados hijos, las dificultades externas, ni os desanime el obstáculo del creciente paganismo de la vida pública. No os conduzcan a engaño los suscitadores de errores y de teorías malsanas, perversas corrientes, no de crecimiento, sino más bien de destrucción y de corrupción de la vida religiosa; corrientes que pretenden que al pertenecer la Redención al orden de la gracia sobrenatural, al ser, por lo tanto, obra exclusiva de Dios, no necesita nuestra cooperación en este mundo. ¡Oh miserable ignorancia de la obra de Dios! «Pregonando que eran sabios se mostraron necios». Como si la primera eficacia no fuera el corroborar nuestros sinceros esfuerzos para cumplir diariamente os mandamientos de Dios, como individuos y como miembros de la sociedad; como si hace dos milenios no viviera y perseverara en el alma de la Iglesia el sentido de la responsabilidad colectiva de todos por todos, que ha movido y mueve a los espíritus hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los curadores de enfermos, de los abanderados de la fe, de la civilización y de la ciencia en todas las épocas y en todos los pueblos. Para crear las únicas condiciones sociales que a todos pueden hacer posible y placentera una vida digna del hombre y del cristiano. Pero vosotros, conscientes y convencidos de tan sacra responsabilidad, no os conforméis jamás en el fondo de vuestra alma con aquella general mediocridad pública en que el común de los hombres no puede, si no es con actos heroicos de virtud, observar los divinos preceptos, siempre y en todo caso inviolables…
”Ante tal consideración y previsión, ¿cómo podría la Iglesia, Madre tan amorosa y solícita del bien de sus hijos, permanecer cual indiferente espectadora de sus peligros, callar o fingir que no ve ni aprecia las condiciones sociales, que, queridas o no, hacen difícil y prácticamente imposible una conducta de vida cristiana ajustada a los preceptos del Sumo Legislador?”.
*          *          *
Hace poco tiempo sonó bastante esta expresión: “¿Francia país de misión?”
¿Por qué senderos, por qué encadenamientos de hechos, por la acción de qué mal, la Hija primogénita de la Iglesia ha podido llegar hasta el extremo de que pueda formularse tal pregunta?
Si nuestros padres hubiesen sido unos pobres salvajes, entregados al culto de los ídolos, no había por qué extrañarse. ¡Pero Francia!...
¡Muy pérfido ha tenido que ser el veneno para provocar la ruina de un organismo tan hermoso y tan sano en otro tiempo?
Si se observa con atención, se comprueba que la difusión de doctrinas sociales perversas ha precipitado nuestro país a la desgracia; y esto por la acción a veces violenta, a veces sorda, otras incluso inconsciente, de gobiernos que profesaron ese naturalismo de estado que es el laicismo.
¡Y aún hay quien pretende que la Iglesia se desinterese de las cuestiones políticas!
José Vassal escribía en enero de 1931[17]: “Decir que la sociedad sería cristiana si los individuos que la componen fuesen de veras cristianos, es una verdad de Perogrullo. Está por demostrar, y aún sería más difícil, que pueda haber verdaderos cristianos, y en gran número, en un país donde las cuatro quintas partes de los niños reciben una educación sin Dios, donde las nueve décimas partes de la prensa son malas, donde la familia está disociada por la ley del divorcio, donde la inmoralidad reina como dueña en las fábricas y los talleres y se propaga por todas partes por medio de esa apoteosis de la carne que es el «cine»”.
”¿Qué va a ser del niño cuyos padres están separados y vueltos a casar? ¿Qué puede esperarse de una generación educada por maestros cuya mayor preocupación es hacerla impía? ¿Cómo confiar seriamente que vuelvan a la fe poblaciones a las que no llega ninguna propaganda católica y cuyas ideas son casi completamente paganas?
”Paliamos el mal, atenuamos algunos de sus efectos, pero no llegaremos hasta su raíz: leyes laicistas que desmoralizan a las generaciones jóvenes, ley del divorcio que disocia las familias, ley contra las congregaciones que quita al apostolado católico inapreciables recursos; por encima de todo, la difusión universal y casi sin contrapartida de una literatura malsana y de un cine corruptor…”.
Es lo que la Iglesia no podrá aceptar jamás. Esto es lo que tiene el deber de combatir. Esto es lo que explica su derecho a reinar tanto sobre las instituciones como sobre los individuos.
¿Es preciso proclamar que no han sido teóricos fríos, o especialistas apasionados por las cuestiones políticas los que se han aplicado a recordar semejante doctrina? ¡No! Fueron los mismos santos, porque, siéndolo, desearon con mayor ansia la salvación de las almas.
“Nos matamos, Señora —escribía san Juan Eudes a la reina Ana de Austria— a fuerza de clamar contra la cantidad de desórdenes que existen en Francia, y Dios nos concede la gracia de remediar algunos de ellos. Pero estoy cierto, Señora, que si Vuestra Majestad quisiera emplear el poder que Dios le ha concedido, podríais hacer más, Vos sola, para la destrucción de la tiranía del diablo y para el establecimiento del reino de Jesucristo, que todos los misioneros y predicadores juntos”[18].
Y san Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, decía: “Si consigo ganar un rey, habré hecho más para la causa de Dios que si hubiese predicado centenares y millares de misiones. Lo que puede hacer un soberano tocado por la gracia de Dios, en interés de la Iglesia y de las almas, no lo harán nunca mil misiones”.
Porque, junto a un restringido número de católicos que creen firmemente, que saben exactamente en lo que creen y practican lo que creen, hay un gran número que sólo a medida creen, no saben más que a medias en qué creen y a medias lo practican. Como carecen de vida religiosa personal, su fe y su práctica están demasiado ligadas al ambiente en que viven, y si costumbres no cristianas, instituciones no cristianas llegan a implantarse en ese medio, su fe no lo resiste.

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[1] En su admirable y valiosísima obra Le mystère de l’Eglise (Le Cerf).
[2] Discurso con motivo de la beatificación de Juana de Arco (abril de 1909).
[3] Cf.: Ejercicios de San Ignacio, Principio y Fundamento. “Las cosas que existen sobre la tierra han sido creadas a causa del hombre y para ayudarla en la consecución del fin para que Dios lo ha designado al crearle. De donde se infiere que se debe usar de ellas en tanto le conduzcan hacia su fin, y, por tanto, deshacerse de ellas en cuanto le distraigan o alejen de él”.
[4] Véase Pío XI: Carta a la 14ª semana social de Estrasburgo, 10 de julio de 1922. “Los hechos sociales… están sometidos a la moral eterna, y fuera de la moral eterna cuyo intérprete y guardián es el papa, es inútil soñar en un orden social que brote espontáneamente de la multiplicidad tan inestable de las relaciones humanas…”. Cf.: León XIII, Sapientiae Christianae. “Si la misma naturaleza ha instituido la sociedad, tanto familiar como civil, no es para que sea el fin último del hombre, sino para que éste, en ella y por ella, encuentre socorros que le hagan capaz de llegar a su perfección…”. “Por eso, los que redactan las constituciones y hacen las leyes deben contar con la naturaleza moral y religiosa del hombre. Se ha de procurar su perfección pero ordenada y rectamente. Nada se debe mandar o prohibir sin tener en cuenta el fin propio del Estado y el fin particular de la Iglesia. Por esta razón, LA IGLESIA NO PUEDE QUEDAR INDIFERENTE ANTE LA LEGISLACIÓN DE LOS ESTADOS…”.
[5] P. 50 (Beauchesne, edit.).
[6] Cardenal Pie. Lettre a M. le Ministre de l’Instruction Publique et des Cultes. (Œuvres, t. IV, p. 247).
[7] De Romano Pontifice, Lib. V, cap. VI.
[8] Cours de Philosophie positive, t. V, p. 234 (ed. Littré).
[9] Pío XII, Humani generis.
[10] Alocución a los nuevos cardenales (20 de febrero de 1946). Cf.: Igualmente este pasaje del discurso de Pío XII al Primer Congreso del Apostolado seglar: “Os felicitamos por vuestra oposición a esta tendencia nefasta que reina, incluso entre los católicos, y que querría confinar a la Iglesia a las cuestiones llamadas «puramente religiosas». No se toman la molestia de saber a ciencia cierta lo que entienden por ello; con tal que la Iglesia se entierre en el templo y en la sacristía, y que deje perezosamente a la humanidad debatirse fuera de su angustia y en sus necesidades, no se le pedirá más. Es muy cierto que en varios países está obligada a encerrarse de ese modo: incluso en ese caso, entre los cuatro muros del templo, debe aún hacer cuanto pueda, dentro de lo poco que le sea posible. La Iglesia no se retira espontáneamente ni voluntariamente…”.
[11] S. Exc. Monseñor Chapoulie, obispo de Angers, Lettre Pastorale (1951).
[12] Mensaje de Navidad, 1948.
[13] Véase León XIII, Libertas: “Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones. Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes… Pero, además, los gobernantes tienen, respecto a la sociedad, la obligación estricta de procurarles por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu. Ahora bien, en orden al aumento de estos bienes espirituales, nada hay ni puede haber más adecuado que las leyes establecidas por el mismo Dios. Por esta razón, los que en el gobierno del Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza”.
[14] La Sainte Eucharistie: La Presence Réelle, I. (Edit. 1950).
[15] 1 de junio de 1941, cincuenta aniversario de la Rerum novarum.
[16] Tengamos muy presente la relación tan bien expresada por monseñor Pie, cuando escribe que “la mala política no es otra cosa que la mala filosofía erigiendo sus principios en máximas de derecho público”… Sería absurdo no reconocer a la Iglesia el derecho (y la autoridad) de enseñar la verdadera filosofía, y de combatir la falsa, y a la vez rehusarle el derecho de indicar las justas aplicaciones sociales de la primera y el de estigmatizar las consecuencias nefastas de la segunda… “Todo el que se agota —decía constantemente monseñor Pie—en deciros que no tiene opinión política, y que lo mejor es no tenerla, casi siempre termina por demostrar con su perorata que tiene la mala y que quiere hacérosla compartir”.
[17] Le Messager du Coeur de Jésus, citado, por Apostolat et milieu social, enero de 1931, p. 48.
[18] Carta citada en la Vie Spirituelle, 1925, p. 235.

viernes, 13 de junio de 2014

The Remnant y Robert Siscoe sobre el sedevacantismo refutados - video en inglés



Por el Hno. Pedro Dimond O.S.B
Most Holy Family Monastery

Este es un video muy importante que contiene muchos puntos que no han sido cubiertos antes en un asunto que es central al interés de todos los que se consideran "católicos" tradicionalistas o conservadores en nuestros días. Los hechos reveladores son cubiertos a través de este video. Por lo tanto, es importante que las personas que quieran conocer y entender la verdad sobre este asunto vean este vídeo entero. Por ejemplo, algunos de los puntos más importantes vienen en los últimos 40 minutos del video.

Los hechos tratados en este vídeo demuestran, sin lugar a dudas, que los falsos tradicionalistas han errado enormemente en la adhesión a los antipapas herejes de la secta del Vaticano II. Ellos han engañado a muchos con sus errores, sus falsos argumentos y sus distorsiones de la verdad católica. La consecuencia desastrosa de su falsa posición y sus falsos argumentos, es que ellos y muchos otros permanecen en la obediencia a herejes que los llevan a la perdición.

¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la herejía? ¿Cómo se llega a ser un hereje? Pueden los católicos reconocer y rechazar a las personas como herejes? Esos temas y muchos otros están cubiertos en este vídeo.

Esperamos poder tenerlo traducido dentro de un breve tiempo.

sábado, 7 de junio de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 7

VICTORIA EN EL SENADO

               
Villemain
Los procesos instaurados por el gobierno contra los católicos que criticaban la universidad fortalecieron la posición del partido católico. Dispuesto, sin embargo, a quebrar la resistencia contra el monopolio de la enseñanza, el ministerio se resolvió empeñar a fondo la aprobación de un nuevo proyecto de ley que el Ministro de Instrucción Pública,  Villemain, envió a la Cámara. Las disposiciones del proyecto anterior que colocaban a la universidad como dictadora de la enseñanza francesa eran no sólo mantenidas y acentuadas en el nuevo proyecto, al punto de someter a quien desease fundar un colegio libre a un complicado examen delante de una comisión en su gran mayoría constituida por miembros de la universidad o simpatizantes de ésta.

                Se habían tomado todas las precauciones. El proyecto debería ser discutido en primer lugar por la Cámara de los Pares, donde el gobierno contaba con unanimidad casi completa, no habiendo resistencias a su voluntad en la Cámara Alta. Por otra parte, para evitar el rechazo colectivo del episcopado, que obligó al ministerio a retirar el anterior proyecto, los seminarios menores en esa ocasión no se vieron afectados.

               
Louis Veuillot
Pero la campaña por la libertad de enseñanza ya había proporcionado un líder eclesiástico de gran valor al partido católico, Mons. Parisis, obispo de Langres. Cuando se abrió la lucha, Mons. Parisis acababa de ser elegido obispo, y al poco tiempo tomó parte activa en el movimiento, donde su actitud enérgica y decidida le conquistó una posición excepcional. Ultramontano y eminente teólogo, él será siempre un sustentáculo de  LouisVeuillot y de los ultramontanos franceses, cuando los católicos se dividieron.

                Mons. Parisis y Mons. Clausel de Montal fueron los primeros en protestar, seguidos por un gran número de obispos, contra el nuevo golpe del gobierno, que por eso parecía condenado al fracaso total.

                La Cámara de los Pares, entre tanto, indicó al duque Victor de Broglie como relator del proyecto de ley. Católico practicante, pero hombre que colocaba sus convicciones políticas por sobre su fe, el duque logró solucionar la situación puliendo hábilmente las aristas del proyecto y dándole una redacción que salvaba las apariencias, de modo de no chocar frontalmente con la doctrina católica. Al mismo tiempo se inició una campaña contra el partido católico, responsabilizándolo por el proyecto que decíanel gobierno se veía obligado a presentar por causa de la violencia e injusticia con que era atacada la universidad.

                En un primer momento la confusión se estableció en los medios católicos, y habría sido fatal si no fuese la vigilancia de sus jefes y la pluma infatigable de Louis Veuillot, que reprendía severamente la ingenuidad de muchos de sus compañeros de luchas. Uno de sus artículos terminaban con estas palabras: “Católicos, ya fatigados por una lucha que apenas comenzó, se felicitan por esas mejoras vanas y meramente de forma. Toman por una esperanza de libertad la promesa de un cambio de prisión, y después toman esa esperanza por la propia libertad, dejándose llevar por los bellos sueños sólo porque un carcelero quitó los hierros que los apresaban, que los hace parecer como prisioneros de la violencia y de la injusticia. Falta poco para que ellos, por gratitud a esas palabras, suscriban su propia condenación. Si eso ocurre, preferiríamos cien veces más el proyecto brutal del Sr. Villemain, que por lo menos no disimulaba el deseo de quebrarnos, y nadie podría estar ilusionado. Por amor de Dios, sed víctimas, pero no seáis ridículos”.

                Felizmente la unión entre Mons. Parisis, Montalembert y Louis Veuillot era más completa, y luego se tornaron patentes a los ojos de todos los artificios de redacción del Duque de Broglie. Los panfletos, folletos y artículos contra la universidad se multiplicaban, todos los periódicos católicos la combatían en todos los números, y L’Univers, liderando el movimiento, hacía posible la cohesión del partido católico en torno del conde de Montalembert, jefe incontestable del movimiento.

                Durante la discusión en la Cámara de los Pares, los comentarios de la sesiones en L’Univers eran hechos ora por Veuillot ora por Montalembert. Es interesante notar el lenguaje de los dos, pues más tarde Montalembert criticará acerbamente la violencia de Louis Veuillot. Vamos a reproducir dos extractos, uno de Veuillot y otro de Montalembert.

               
Victor Cousin
Veuillot, comentando la intervención de Victor Cousin en los debates, escribía: “En el doctor del eclecticismo, el retórico se mostró mucho más que el hombre político, el universitario más que el retorico, el cortesano más que el universitario, el comediante más que todo. Hubo momentos en que el Sr. Cousin tenía lágrimas en la voz para elogiar la universidad; en otros, cuando se refería a los jesuitas, se alejaba con horror de la copa de agua azucarada, como si alguna mano devota en él hubiese colocado veneno”.

               
El conde de Molé
Montalembert, por su parte, no perdonó al conde de Molé, hombre que se convirtió en una especie de símbolo de la política francesa, y que ciertos medios católicos veneraban como un modelo de equilibrio y sensatez. Esto es lo que decía Montalembert: “Observamos la actitud activa, noble, digna, significativa y elocuente que tomo en ese debate el conde de Molé, con quien algunos católicos conocidos nuestros tenían la bonhomía de contar como defensor de los votos del episcopado. Todos los días, durante tres semanas, fueron tratadas las cuestiones más graves, más delicadas, más esenciales a la honra y a la seguridad de la Iglesia. Todo lo que los obispos más combatieron y más temieron fue votado sin ninguna modificación. ¿Ese intrépido campeón de los intereses religiosos guardó el más profundo silencio? No. Él se levantó con toda su majestad con aire altivo, y en un tono imperioso pidió la palabra. Todos se callaron, las atenciones se fijaron sobre él. El oráculo habló: ‘Señor canciller, pido que se vote el punto 3 antes que el punto 2 del proyecto en discusión’. Después se sentó, con la tranquila grandeza de la conciencia satisfecha y del deber cumplido”.

                Positivamente, no es posible no saber cuál de los dos era más combativo.

                La discusión tuvo inicio en la Cámara de los Pares, con la oposición del conde de Montalembert. Aislado al principio, el combate cerrado que movió, al parecer de lo relatado por Broglie, contrariando a los mayores nombres de la política francesa y a los corifeos de la universidad, fue granjeando adeptos a la causa católica. Tan brillante fue su actuación, que el dictamen fue aprobado por 85 votos contra 51. Nunca se había visto tal oposición en la Cámara de los Pares. Montalembert alcanzó el pináculo de su política.

                La Cámara de los Diputados debía discutir en seguida el proyecto, pero éste no pudo ser enviado antes de las vacaciones parlamentarias. Un período de treguas se inició. Durante ese intervalo, Thiers, redactor  del proyecto en la Cámara Baja, articuló un tipo de contra-ofensiva que siempre tuvo éxito en las campañas contra la Iglesia. Viéndose perdida, la universidad se dispuso a atacar a los jesuitas, y con eso, dividiendo a los católicos, conseguirá una victoria y una cierta pausa en la lucha emprendida por ellos en favor de la libertad de enseñanza.

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jueves, 5 de junio de 2014

Para que Él reine - Cap. 2

CAPÍTULO II
REALEZA, NO “DE ESTE MUNDO”, SINO SOBRE ESTE MUNDO
LECCIÓN DEL EVANGELIO
En verdad no nos parece inútil consagrar un capítulo entero al estudio de las palabras de Nuestro Señor: “Mi reino no es de este mundo”. No porque la exacta determinación de su sentido parezca difícil. Una sola frase del cardenal Pie y hasta un elemental conocimiento del latín bastarían con creces para fijar lo esencial.
“Su reino, ciertamente, comenta el obispo de Poitiers, no es de este mundo, es decir, no proviene de este mundo: non est de hoc mundo, non est hoc mundo: y porque viene de arriba y no de abajo: regnum meum non est hinc, ninguna mano terrestre podrá arrancárselo”.
Dicho de otro modo, la fórmula “de este mundo” no significa en modo alguno que Jesús se niegue a reconocer el carácter de realeza social a su soberanía. La frase “de este mundo”, “de hoc mundo”, expresa aquí el origen y ningún latinista lo ha negado nunca[1].
Mi reino no es de este mundo; es decir, mi realeza no es una realeza según este mundo, no es mi reino como los reinos de la tierra, que están limitados, sujetos a mil contratiempos… Mi realeza es mucho más que esto. Mi reino no reconoce fronteras; no depende de un plebiscito ni del sufragio universal. La buena o la mala voluntad de los hombres no puede nada contra él.
Mi realeza no es una realeza que pasa. Mi trono no es un trono que tenga necesidad de soldados para conservarse, ni que una revolución pueda derrocar. Ningún exceso, ni las ideas nuevas, pueden turbar este reino de orden eterno.
No soy un rey de este mundo, porque los reyes de este mundo pueden engañar y ser engañados; se puede uno librar de ellos; se puede huir de su justicia… Nada de esto es posible a mi respecto. No soy un rey de este mundo, los jefes políticos de este mundo, pueden ser crueles, perversos, insensatos, tiránicos, altaneros, así como lejanos, inabordables. Por el contrario, Mi soberanía es el reino del Amor, el reino de Mi Sagrado Corazón; Mi gobierno es el de la Eterna Sabiduría; Mi reino es, en fin, el de una Misericordia siempre pronta a derramarse en torrentes de gracia.
Tal es el sentido de la fórmula evangélica.
Jesús trata aquí de lo relativo al origen y no se refiere a territorio ni a competencia. Nada que signifique que Su reino no sea o esté en este mundo o sobre este mundo. “De ningún modo resulta de estas palabras, ha podido escribir el P. Théotime de Saint-Just, que Jesucristo no deba reinar socialmente, es decir, imponer sus leyes a los soberanos y a las naciones”[2].
*          *          *
Si consideramos necesario insistir sobre este punto a pesar de estas explicaciones rápidas, pero suficientes, es porque conocemos por experiencia la tozudez liberal.
Prueba de ello es que no hay fiesta de Cristo-Rey en la que no se encuentre, en alguna hoja, una alusión a estas palabras de Nuestro Señor, mas siempre con un sentido restrictivo y como queriendo dar a entender que esta realeza es una realeza exclusivamente espiritual, realeza sobre las almas, y no realeza sobre los pueblos, las naciones, los gobiernos.
Dar un buen golpe, pues, no es suficiente. Es necesario “machacar” la posición, perseguir al error en sus menores escondrijos. Y ante todo demostrar que es imposible que la frase “mi reino no es de este mundo” pueda significar lo que los más quisieran ver en ella, ya que si esto fuese así, sería colocar el absurdo en el corazón mismo de uno de los más importantes capítulos de la teología, y hasta sembrar la contradicción en la Sagrada Escritura.
Puede decirse que con ello se pone en juego lo que podríamos llamar la coherencia del Espíritu Santo.
Si “mi reino no es de este mundo” significara que la realeza de Nuestro Señor no sobrepasa el orden de la vida interior de las almas, sería necesario admitir que aquella otra frase de Jesús “todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra” no es nada más que una amable jactancia. Sería preciso decir que otros muchos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento son fórmulas huecas y sin valor. Habría que decir, sobre todo, que la Iglesia no ha cesado, desde hace veinte siglos, de equivocarse en este punto.
EL DIOS-HOMBRE: REY DE REYES
Además de esto, volvamos a la sinopsis de los cuatro evangelios en el capítulo del interrogatorio de Pilato…
Una simple ojeada nos permite comprobar la unanimidad de los cuatro textos.
A la pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” del gobernador, Cristo respondió inmediatamente con la afirmación: “Tú lo has dicho”.
Extremadamente breve en San Lucas, San Marcos y San Mateo, el relato es más largo en San Juan.
A una primera pregunta de Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos?”, nos informa que Jesús respondió primeramente: “¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mí?”, y Pilato exclama, como romano orgulloso que afecta ignorar las disputas intestinas de ese pueblo al que menospreciaba: “¿Soy yo acaso judío? Tú nación y los pontífices te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”.
Pilato con esta pregunta demuestra claramente que no piensa más que en un posible complot, en una simple agitación del tipo político más sórdido. Y es para tranquilizarlo por lo que Jesús responde entonces: “Mi reino no es de este mundo”. Y para dar de ello un argumento particularmente claro: “Si mi reino fuese de este mundo, mis gentes habrían combatido para que no cayese en manos de los judíos”…. “Nunc autem regnum meum non est hinc”… “Nun autem”… Dicho de otra manera, lo estás viendo ahora claramente, tras lo que acabo de decir y por el mismo hecho de que no haya habido motín, maquinación ni revueltas políticas… “Nunc autem”… Mi reino no es de los que se ven aquí abajo.
Pero la sorpresa de Pilato aumenta[3]. En su pobre cerebro de romano positivista y pragmático, no alcanza a comprender que en tales condiciones se pueda persistir en declararse rey. E insiste en la pregunta: “Ergo rex est tu…” “Ergo”, es decir: Luego, no obstante, a pesar de todo…, ¿tú eres rey…?, ¿tú te llamas rey?
Entonces Jesús, ante esta alma que se interesa y que busca, responderá yendo directamente a lo esencial con soberana dignidad: “Tú lo has dicho, yo soy rey. Ego in hoc natus sum et ad hoc veni in mundum, ut testimonium perhibeam veritate: Omnis qui est ex veritate, audit vocem meam. Dicit ei Pilatus: Quid est veritas? Et cum hoc dixisset, iterun exivit…”.
Tú lo has dicho, yo soy rey”. Jesús rehusa servirse de todo término. “He nacido para esto y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad escucha mi voz”.
He nacido para esto”… ¡Ha nacido para esto!... Lo que Jesús reclama aquí ya no es tanto el derecho de soberanía divina de la segunda persona de la Santísima Trinidad; es más bien el derecho soberano que Daniel, en su visión, vio entregar a ese Hijo de hombre por el anciano misterioso.
Natus sum…” Para esto ha nacido. Y lejos de hallarnos en contradicción con el menor pasaje de la Escritura o de la enseñanza de la Iglesia, ésta es la enseñanza unánime de los Santos Padres, admirablemente condensada por los dos grandes doctores escolásticos. “Natus sum…”. En cuanto hombre, escribe San Buenaventura, el Salvador ha sido magnificado por encima de todos los reyes de la tierra a causa de la asunción de su humanidad en la unidad de una persona divina…”[4]. Y Santo Tomás de Aquino “El alma de Cristo es un alma de rey, la cual rige todos los seres, porque la unión hipostática la coloca por encima de toda criatura”.
REINO DE LA VERDAD
¿Pero qué significa, pues, “dar testimonio de la verdad”, sino restablecerla? ¿Acaso no se dice del testigo veraz, en un proceso, que por su declaración ha restablecido la verdad?
Jesús, pues, ha nacido para esto. Y su realeza consiste esencialmente en eso mismo: el restablecimiento de la Verdad. Restablecimiento tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural. Su realeza es, por esencia, la realeza de la Verdad… Realeza universal de una doctrina, de una enseñanza. Realeza universal de la doctrina católica. Realeza universal de la enseñanza de la Iglesia. Doctrina y enseñanza que tienen repercusiones sociales y políticas.
Todo esto está incluido en la explicación de Jesús a Pilato.
Mi reino no es de este mundo”. Y con ello Jesús se ha esforzado en tranquilizar al funcionario que tenía ante sí. Conoce el miedo que invadió a Herodes cuando los Magos vinieron a preguntarle dónde había nacido el “rey de los judíos”. Herodes dedujo que muy pronto daría al traste con su corona. Y ello porque Herodes pensaba que la realeza de este “rey de los judíos” no podía ser sino una realeza como la suya, una realeza “de este mundo”.
Crudelis Herodes, Cruel Herodes”, canta la Iglesia en la fiesta de la Epifanía, “¿por qué temes el advenimiento de un Dios Rey? No arrebata los tronos mortales Quien da el reino celestial”.
Un temor semejante al de Herodes es el que Jesús quiso ahorrar a Pilato. No pudo, sin embargo, ocultarse su realeza. Realeza no de este mundo, sino sobre este mundo, o sea sobre las naciones y los príncipes, por la sumisión a la Verdad que Jesús vino a restablecer. Realeza sobre las naciones y los príncipes por la sumisión de estos últimos a la doctrina de Su Iglesia.
REINO DE LA VERDAD, REINO DOCTRINAL
El orden, el único orden que existe, el verdadero orden, el orden bienhechor, el orden divino, es el reino de Jesucristo sobre los Estados y sobre los individuos. “Para esto —escribe monseñor Pie— vino al mundo. Debe reinar inspirando las leyes, santificando las costumbres, iluminando la enseñanza, dirigiendo los consejos, regulando tanto las acciones de los gobernantes como las de los gobernados. Donde Jesucristo no ejerce este reino hay desorden y decadencia”.
Y Pío XI, en Ubi arcano Dei enseña: “Cuando los Estados y los gobiernos consideren deber sagrado y solemne suyo el someterse en su vida política, interior o exterior, a las enseñanzas y mandatos de Jesucristo, entones y solamente entonces gozarán, en lo interior, de una paz provechosa… No puede existir paz alguna verdadera —esa paz de Cristo tan deseada— mientras todos los hombres no sigan fielmente las enseñanzas, los preceptos y ejemplos de Cristo, tanto en la vida pública como en la privada; de tal suerte que, una vez instituida así la sociedad humana, pueda la Iglesia, finalmente, cumpliendo su divina misión, defender frente a los individuos y frente a la sociedad todos y cada uno de los derechos de Dios. Tal es el sentido de Nuestra breve consigna: EL REINO DE CRISTO”.
Así es en verdad: Porque es esto lo que Jesús ha expresado ante Pilato. Precisamente para esto ha nacido, para establecer el reino de la Verdad.
Y todo el que está con la Verdad, como Él mismo añadió, escucha su Voz.
Como si dijéramos: quien ame la verdad, quien la busque realmente con generoso arrojo, con abandono de sí mismo, con una sumisión total del “sujeto” al “objeto”, quien “quiera la verdad con violencia”, como decía Psichari, escucha la voz de Jesucristo o no tarda en oírla.
EL ENEMIGO IRREDUCTIBLE: EL LIBERALISMO
Por tanto, es harto evidente que en las perspectivas de este reino doctrinal, de este reino de verdad, de este reino de la enseñanza de la Iglesia, el grande, el irreductible enemigo, es el liberalismo, puesto que es un error que ataca la noción misma de la verdad y en cierta manera la disuelve…
¿Qué es la verdad para un liberal? “Quid est Veritas?”. Se ve que la misma fórmula de Pilato surge espontáneamente en los labios desde que se evoca al liberal.
Y con el conocido orgullo de la ignorancia que se toma por certidumbre, Pilato no espera siquiera la respuesta de Jesús.
Dicit et Pilatus: Quid est veritas? Et cum hoc dixisset iterum exivit ad Judaeos”. Y Pilato exclama: ¿Qué es la verdad? Y, diciendo esto, salió de nuevo a los judíos…”.
Jesús desde entonces guardará silencio. La verdad, en efecto, no se manifiesta a los que, por principio, rehúsan creer incluso en su posibilidad. Exige ese mínimum de humildad que debiera implicar la conciencia de la ignorancia.
Y así, cuando más tarde Pilato vuelve hacia Jesús, San Juan nos dice que no le será dada ninguna respuesta.
*          *          *
Quid es veritas?...”. Desde hace veinte siglos la fórmula no ha cambiado.
Quid es veritas?...”. Lo que significa: ¡Todavía otro que cree en ella! ¡Otro iluminado, otro pobre loco!
Un pobre loco. En efecto, Herodes arrojará sobre Jesús la túnica blanca de los locos. Y así se sellará la reconciliación de Herodes y Pilato… En eso coinciden ambos… ambos son liberales.
Herodes representa el liberalismo crapuloso del libertinaje; Pilato el liberalismo de la gente correcta, amiga de “lavarse las manos”, respetar las formas. Pilato es el liberalismo de la gente tenida por honorable. Pilato es el cristiano liberal que, en el fondo, trata de salvar a Jesús, pero que empieza por hacerle flagelar, para enviarlo luego a la muerte, ante el creciente tumulto que tanto su demagogia como su falta de carácter fueron incapaces de contener.
De hecho, hasta el fin de los tiempos, Jesús continúa siendo torturado, ridiculizado, enviado a la muerte, de Pilato a Herodes y de Herodes a Pilato.
Quid es veritas?...”. ¡Otro iluminado! ¡Otro de esos maniáticos que acuden a la “tesis”, a la doctrina, en los momentos más inoportunos!
“Y, diciendo esto, salió de nuevo a los judíos. Iterum exivit ad Judaeos”. Se concibe, ¡Pilato es un hombre “comprometido”! Entregado a la acción. ¡Tiene cosas más importantes que hacer que escuchar a un doctrinario!
Iterum exivit”… “Iterum”: Puesto que estaba perfectamente seguro de ello. Hacía tiempo que estaba ya decidido. Antes de actuar, no ha perdido su tiempo en reflexionar acerca de las terribles responsabilidades de su cargo. ¡Naturalmente! ¡Cómo iba a rehusarse semejante situación!
Iterum exivit ad Judaeos”. Que no es tanto como decir: Pilato se vuelve de nuevo, “iterum”, hacia el problema concreto del momento, “ad Judaeos”. Hacia esos judíos que están ahí, bajo el balcón, que gritan… Y esto sí que es más importante que las respuestas de ese Jesús. Eso es lo primero de todo.
Exivit ad Judaeos”. Pilato se volvió hacia los judíos. Pero —y este es su pecado— sin haberse tomado la molestia de esperar y de oír la respuesta y las directrices del Señor. Dicho de otra manera, Pilato vuelve a sumergirse en la “hipótesis”, lo único que le interesa. Pero sin esperar la respuesta de la doctrina, las luces de la “tesis” y de la verdad.
Dios hará, sin embargo, que esta verdad sea dicha en toda su integridad.
Un poco más tarde, cuando en su delirio la multitud exija la muerte de Jesús, lanzará a Pilato el último argumento que es también la explicación suprema: “quia Filium Dei se fecit…, porque se ha dicho del Hijo de Dios…”.
¡Hijo de Dios! He aquí la clave de todos los enigmas contra los cuales Pilato no cesa de tropezar.
¡Hijo de Dios! He aquí lo que explica todo y lo que, en su misericordia, Nuestro Señor ha querido que Pilato oiga, por lo menos una vez.
Se concibe el enloquecimiento del romano. Desde que tiene ante sí a este “rey de los judíos”, va de asombro en asombro. Todas sus concepciones de pragmático tortuoso quedan atropelladas, derribadas…
Jesús llama desesperadamente a la puerta de esta alma por todos los medios posibles…, hasta los sueños de su mujer… ¿Comprenderá al fin este liberal? ¡No! Solamente está asustado…, preso del pánico.
Cum ergo audisset Pilatus hunc sermonem, magis timuit”. “Cuando Pilato oyó esta palabra, temió más…”.
Esta vez, quiere saber: “¿De dónde eres tú?...”. Dicho de otro modo: ¿Quién eres? Pero… ¿de qué vienes, hombre extraordinario? Dime cuál es tu misterio para que yo comprenda de una vez.
Jesús guarda silencio. Después de todo lo que ha dicho, tras esa flagelación que Pilato acaba de ordenar, la verdad no tiene por qué responder a tales intimidaciones.
Ante el silencio de este singular prisionero el temor de Pilato se acrece. Tiene miedo como todos los débiles. Y como todos los débiles que tienen miedo, ¿mostrará su fuerza a esta turba ululante dando orden a los soldados de dispersarla? ¡No! Hará alarde de su fuerza ante este hombre condenado y al parecer impotente. Amenazará al Justo en nombre de lo que él cree “su autoridad”[5].
¿No me respondes? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y para crucificarte?”, y Jesús responde: “No tendrías ningún poder sobre mí, si no te hubiera sido dado de lo Alto”.
“No tendrías…” tú…, Pilato… Es decir: tú, hombre político cualquiera investido de una parcela de autoridad…, quienquiera que seas, simple funcionario, juez, diputado, ministro, gobernador, príncipe o rey…, no tendrías ningún poder si no lo hubieras recibido de lo alto, es decir: de Dios, es decir, de Mí.
Y puesto que tu poder es un poder político, jurídico, social, el solo hecho de que acabe de afirmar, que este poder viene de Mí, prueba, sin posible discusión, que la realeza que yo reivindico, aunque no es de este mundo, se ejerce, a pesar de todo, sobre él, sobre los individuos como sobre las naciones. Y esto porque yo me llamo “Hijo de Dios”.
*          *          *
Para lo sucesivo, y a través de Pilato, Jesús ha querido dar la lección completa a los políticos de todos los tiempos. Explicación suprema que corona y confirma todo lo que se ha dicho.
Observemos cuidadosamente la admirable progresión de esta lección divina.
En primer lugar, y por caridad, Jesús se esfuerza en disipar el equívoco fundamental que podría asustar y, por esto mismo, cerrar el corazón al mismo tiempo que entenebrecer el espíritu: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo mis gentes habrían combatido… etc.”.
Esto como preámbulo es un poco negativo… La explicación positiva viene en segundo lugar: “Tú lo dices, yo soy rey. Yo para esto he nacido, para dar testimonio de la Verdad”.
Por esta segunda respuesta Jesús explica cuál es la naturaleza de esa realeza. Realeza, no como las otras, sino reinado espiritual, reinado doctrinal, reinado de la verdad en todos los órdenes.
Y esto lo precisa la tercera parte que da la clave del enigma. Porque es Hijo de Dios, porque es Principio del orden universal, Su reino es algo humanamente inaudito: el reino de la verdad…, el restablecimiento del orden fundamental.
En cuarto lugar, la última respuesta de Jesús, nos da la confirmación concreta: “No tendrás ningún poder sobre mí, si no te hubiera sido dado de lo Alto”.
En adelante, ya no es posible la duda; la realeza del Hijo de Dios no es sólo una realeza sobre las almas: es también una realeza social; puesto que está en el origen mismo del poder de Pilato. Prueba cierta, pues, de que el poder civil no escapa de ningún modo a su imperio.
Por propia confesión Jesús es, pues, rey en este dominio, como todos los demás. Su reino no conoce límites. Llena el universo.
REINADO SOCIAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Tal es la lección del Evangelio.
Sólo una lectura superficial unida a mucha ignorancia, puede dar a entender que en esta ocasión Jesús niegue a su soberanía el carácter de realeza social.
No hay duda posible. La doctrina es de una coherencia perfecta. ¿La doctrina  y la enseñanza del Pater Noster, no es idéntica? En él, como en las respuestas de Pilato, se distingue en primer lugar la afirmación del reinado: “Venga a nosotros Tu Reino”… En seguida, la sumisión a su voluntad, a su enseñanza: “Hágase tu voluntad…”. Porque en esto precisamente consiste tu Reinado social, en que, sobre la tierra, tu voluntad sea respetada y observada como lo es en el cielo.
Próxima la Ascensión, la víspera del día en que, en cuanto hombre, Nuestro Señor va a tomar posesión de su reino de gloria, la afirmación será aún más explícita[6].
Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, y enseñad a todas las gentes…”.
¡Siempre la misma relación! El “poder” afirmado por un lado, la “enseñanza” por el otro.
Dicho de otro modo, comenta admirablemente el R. P. Félix…, “En virtud de este poder se nos envía, id, enseñad a todas las naciones… Que todos acepten y se sometan al legítimo imperio de mi doctrina. Docete. Enseñadles a observar todos los preceptos que yo os he dado; pues las leyes que os confié, es la legislación que impongo a todos. Id, pues, por doquier. Id a imponer mis leyes a todas las naciones. Todas me deben obedecer y exaltar mi realeza”[7].
Salta a la vista que con estas palabras Jesús daba a entender que por su Iglesia, por su enseñanza, por su doctrina, quería ejercer su Reinado en la práctica.
En realidad, la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo no es otra cosa que la aplicación de la doctrina social de la Iglesia.
Cerremos nuestras filas más que nunca, en torno a la Iglesia. No sólo tiene promesas de vida eterna, sino que su doctrina social tiene además las promesas de la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Aprendamos a expensas nuestras lo que cuesta el rechazar esta soberanía. “El mundo —decía monseñor Pie— perdonaría a Dios su existencia con tal que se le permitiera desenvolver su acción sin Él; y ese mundo no es sólo el mundo impío, sino cierto mundo político cristiano. En cuanto a nosotros apliquémonos a sentir y acentuar cada vez más y mejor, las tres primeras peticiones del Padrenuestro. Y mientras dure el mundo presente, no nos conformemos con confinar el Reino de Dios al cielo o si acaso al interior de las almas: “sicut in coelo et in terra”. “El destronamiento de Dios es un crimen; no nos resignemos jamás a ello”.

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[1] Cf. principalmente: Synopse des Quatre Evangiles, en français, d’aprés la synopse greque du R.P. Lagrange, por el R. P. Lavergne (Lecoffre-Gabalda, edit.). Para disipar todo equivoco sobre este punto, se ha hecho uso de corchetes y se lee “la realeza (que es) la mía no es (originaria) de este mundo”.
[2] La royauté sociale de N. S. Jesus-Christ (Vitte, edit.), 3ª edición, p. 85 en nota: “¡Innovadores! Es el nombre que merecen los que se sirven de estas palabras para negar la realeza social de Jesucristo. Para convencerse, leer la Catena Aurea de Santo Tomás sobre este texto. Todos los Padres de la Iglesia rechazan la interpretación literal. Es considerada herética por San Juan Crisóstomo”.
[3] ¿Y cómo no asombrarse de ello? Los mismos judíos, ¿no esperaban un reino mesiánico de forma temporal, unido a una dominación mundial de su nación? “Jesús, escribe el abate Meyer, deberá rectificar y trascender esta concepción, disociar la causa del Reino, de la causa judía, de su ley, de sus costumbres, separar el reino de Dios de todo reino temporal. El Reino de Dios no estará ligado a ninguna raza, a ninguna nación, a ningún régimen. Será independiente de los poderes temporales que rijan los pueblos. Y esto es una novedad extraordinaria en una época en que toda religión es esencialmente nacional. Es al mismo tiempo una exigencia difícil, porque la historia mostrará esta tentación perpetua de las iglesias y de los jefes temporales a confundir los poderes. De hecho, cuando una iglesia se separa de la Iglesia Católica será para caer bajo la dominación de un régimen temporal…” Abate Meyer, Le Royaume de Dieu (L’Unión, mayo-junio 1951, 31, rue de Fleurus, París, VI.).
[4] Serm. I in dom. Palm. IX, 243a.
[5] Esta vez, Jesús va a responder, precisamente, por respeto a esa “autoridad” de Pilatos, que es la autoridad misma del poder civil, Jesús va a responder como respondió al Sumo Sacerdote invocando el nombre de Dios vivo. Poder espiritual y poder temporal: Nuestro Señor ha querido dejarnos este ejemplo de perfecta sumisión a los dos poderes instituidos por Dios.
[6] Con respecto a esta evidente relación entre la fiesta de la Ascensión y la realeza social de N. S. cf.: alocución del abate Henry (13 mayo 1945); Jeanne d’Arc, héraut de Jesus-Christ, Roi de France. “El día de la Ascensión de 1424 Juanita oye las voces por primera vez. El día de la Ascensión de 1428 se presenta al señor Beaudricourt; la víspera de la Ascensión de 1429 lanza su primer ataque contra Orleans y toma el castillo de Saint-Loup; la víspera de la Ascensión de 1430 es hecha prisionera en Compiègne; la víspera de la Ascensión de 1431 es amenazada con la tortura si no desmiente su misión divina y es entonces cuando ella lo afirma con más fuerza que nunca… Y cuando la Mensajera de Cristo Rey voló al reino de los cielos, era mediodía, hora de la Ascensión del Señor; y la hoguera humeaba aún cuando las campanas de Rouen sonaron, en este 30 de mayo de 1431, tocando las vísperas del día del Corpus, fiesta cuyo oficio de Maitines comienza por estas palabras: Adoremos a Cristo Rey, que domina sobre los pueblos…”.
[7] La royauté de Jésus-Christ, p. 11-13.
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