lunes, 30 de enero de 2012

DISCERNIENDO EL DINAMISMO DE LOS DE LOS INDIVIDUOS Y DE LOS PUEBLOS

Plinio Corrêa de Oliveira

Es posible distinguir los lados buenos y malos en el alma humana, o, si se quiere, el hombre nuevo y el viejo. En el hombre viejo se encuentras varios defectos; en el hombre nuevo, cualidades. Los aspectos buenos se alimentan recíprocamente entre sí, de la misma manera que los malos. Además, las cualidades se oponen a los vicios de manera tal que siempre están en batalla continua. A veces, sin embargo, esta lucha se da en una relación de coexistencia.

Por ejemplo, imaginemos a un hombre que es tentado de asesinar a alguien. Para luchar contra esta tentación, él distrae su mente pensando en algo agradable, digamos, él pretende que se gana la lotería. En cuanto huye de la primera tentación, él cae, sin embargo, en la indolencia de un sueño imaginario de la riqueza, que es otra tentación, aunque más sutil que la primera.

Al darse cuenta de esto, desvía de nuevo su atención tomando un libro sobre los héroes medievales. Sin embargo, la vanidad lo lleva a colocarse en el papel de cada uno de esos grandes personajes. Al hacer esto, cae en una especie de adoración de sí mismo.

Aquí podemos ver cómo los diferentes defectos se interrelacionan entre sí, aun cuando sea buena la intención de la persona de luchar contra la tentación. Su vida espiritual está tan deteriorada es incapaz de dar un paso sin que su lado malo lo capture de alguna manera u otra. Por lo tanto, él no marcha de lo malo a lo bueno, sino que de un mal mayor a un mal menor, y termina siendo vencido por sus defectos.

Por el contrario, si él reprime su mala tendencia de asesinar apelando al honor, y no al deseo de placer, otras buenas cualidades que él tiene despiertan y afloran con plena nitidez. Por ejemplo, mientras piensa en su honor su fe se incrementa y brevemente recurrirá a lo sobrenatural, más oración, etc.

De esa manera, los diferentes estados de espíritu de un hombre encuentran en él correlaciones y apoyos mutuos u oposiciones y luchas.

De manera análoga, esto mismo ocurre en una nación. Yo creo que el conocimiento de esto es indispensable para entender la revolución tendencial (*). La fibra misma de la vida de una nación está formada por las interrelaciones llevadas a cabo por sus defectos y cualidades.

Si bien que el aspecto moral de este análisis es el más importante, también hay aspectos intelectuales y culturales que se deben considerar, como también las formas en que un pueblo ejerce su voluntad o actúa. Es necesario añadir al cuadro estos factores para así tener una visión objetiva de la psicología de un pueblo.

Pero uno no debe quedarse en una especie de análisis estático como el de una foto que revela el momento presente de esa psicología. Es necesario observar las corrientes subrepticias de interinfluencias psicológicas no apenas para comprender el presente, sino también para conocer lo que un pueblo va a hacer y pensar en el futuro. La capacidad de discernir esos elementos en la psicología de un pueblo es una forma de profetismo que permite a una persona comprender los aspectos más sutiles de la realidad en el presente, como también la dirección por la cual un pueblo se dirige. Con esta comprensión, él es capaz tanto de estimular ese curso para el futuro o detenerlo.

El dinamismo del pueblo elegido brilló especialmente en el rey Salomón

Esto no es algo que se aprehende partiendo de la zona cero, como un estudiante que aprende a ser abogado asistiendo a una escuela de leyes. Esta es una vocación que Dios da a algunos hombres. Lo que debe hacer todo hombre que ha sido llamado a esto es comprender y amar su vocación y realizarla en su propio rol. Si lo hace así, las cosas comienzan a ordenarse en el lugar que corresponde y él puede avanzar. El primer presupuesto de la cuestión, su ABC, es que se debe ser uno mismo más que imitar a otros, o fomentar el respeto humano, o soñar con el éxito mundano o ceder a las tentaciones de impureza.

Lo que sigue a continuación es un intento para que nos animemos a asumir el rol al cual fuimos llamados a desempeñar en esta orientación de las personas y los pueblos.

El dinamismo de los individuos, familias y naciones

En la inmensa partida de ajedrez de la historia, Dios decide dar a los hombres diferentes tipos de dinamismos, por medio de los ángeles que actúan en la naturaleza. Como en un tablero de ajedrez, aquí hay un caballo que es más poderoso, allí hay un alfil que es más débil, por allá una torre que parece indestructible pero que puede ser socavada por las termitas (peones). En cada momento de la historia se está jugando una partida de ajedrez gigante, formada por millones de partidas de ajedrez más pequeñas. Dios distribuye los dinamismos y las gracias de forma tal que en gran medida Él orienta el juego, sin limitar la voluntad libre de los humanos participantes.

Por lo tanto, el conocimiento de lo que sucederá en el futuro supone una comprensión de esos diferentes dinamismos: lo qué son, quién los tiene, y cómo se desarrollan. Los individuos, las familias, las ciudades, los estados, los países y las civilizaciones tienen sus diferentes dinamismos.

Por ejemplo, en la civilización occidental, había dos enormes dinamismos que actuaban en Europa: su historia fue impulsada por un buen ciclón, las Cruzadas; y también por uno malo, las invasiones musulmanas. La fuerza de esos ciclones condicionó la dirección de la historia durante siglos.

Las Cruzadas, un dinamismo bueno que se siente hasta hoy

Hay hombres que corresponden a la gracia y cumplen con su vocación arrastrando con ellos toda una época histórica y hay otros cuyos pecados tienen consecuencias análogas. Ellos desataron dinamismos, reunieron cargas de energía que estaban dispersas, impulsándolas hacia adelante. Carlomagno fue uno de esos hombres. Él sintetizó de tal manera el heroísmo, la grandeza, la majestad, la magnanimidad, la generosidad para con los pobres y la dedicación por la Iglesia que, hasta hoy, esas cualidades en él brillan y nos influencian en el buen sentido.

Esto no es un mito o una fantasía. Es la realidad que podemos sentir en nuestras almas. Aquellos que dicen que es un mito son aquellos incapaces de ver nada de esto. Es como el hombre sordo, que dice que toda la música es un mito, porque es incapaz de escuchar. Él sería más humilde y prestaría un mejor servicio a todos con sólo admitir que, “soy sordo”.

Un hombre que personificó el ideal de un rey fue Luis XIV de Francia. Nosotros sabemos que su vida moral fue gravemente censurable, pero también lo fue Salomón en el Antiguo Testamento. Luis XIV desempeña un rol en la historia. En su tiempo, todos los reyes de Europa siguieren sus acciones y trataron de imitarlo. Esto no fue porque ellos querían imitarlo movimos por lo mundano; ellos lo miraban a él por la fuerza del dinamismo que Dios le había dado que influyó en todo su siglo.

También podemos ver este dinamismo en los roles que Dios asigna a los pueblos en la historia. Es muy hermoso ver cuando un dinamismo entra en un pueblo y lo ilumina desde el interior; de ahí en adelante, todo lo que el pueblo hace es tomado por un brillo especial. Esto puede ser un fenómeno natural, sobrenatural o preternatural. Como consecuencia de ese dinamismo, un pueblo se vuelve esplendoroso.

En el Antiguo Testamento, esto ocurrió con el pueblo elegido en la etapa de oro de su historia, esto es, durante los reinados de David y Salomón. El episodio de la reina de Saba viajando de lejos para ver al rey Salomón fue una repercusión de la brillantez de la vocación que Dios le dio a todo el pueblo que brilló especialmente en él.

Luis XIV personificó el ideal de rey

En la historia del Nuevo Testamento, el pueblo francés recibió una gracia similar de predilección en el bautismo de Clovis, cuando Francia se convirtió en la hija primogénita de la Iglesia.

La historia de un pueblo es en muchos sentidos la historia de ese esplendor que habita en él. En determinado momento, sin embargo, el esplendor comienza a disminuir, como lo hizo Francia después de la Revolución francesa. O alguien reenciende ese esplendor o el dinamismo desaparece y nada avanza más. Estos son algunos ejemplos de los misteriosos crescendos y descrecendos de la historia.

Esta es una visión general de lo que yo considero el estrato más profundo de la realidad con una indicación de los roles desempeñados por lo natural, lo sobrenatural y lo preternatural en ella.

Continuará con la parte II, titulada: DISCERNIENDO EL ROL HISTÓRICO DE LAS NACIONES

Publicado originalmente en: TIA

(*) En la Revolución podemos distinguir tres profundidades, que cronológicamente hasta cierto punto se interpenetran. La primera, esto es, la más profunda, consiste en las tendencias. Esas tendencias desordenadas, que por su naturaleza luchan por realizarse, no conformándose ya con todo un orden de cosas que les es contrario, comienzan por modificar las mentalidades, los modos de ser, las expresiones artísticas y las costumbres, sin, desde luego, tocar de modo directo ―habitualmente por lo menos― en las ideas. (Revolución y Contra-Revolución, Parte I, cap. V. 1)

Lo Peor del Aborto: Matar a un NO inocente

El Diablo celebra cada vez más el MERCADO DEL ABORTO.

Con él mata varios pájaros de un tiro:

1º Roba almas que fueron pensadas y creadas por el que las formó desde el seno de su madre: “Por Ti he sido sustentado desde el vientre” (Salmo 71, 6). Pero además,

2º induce al HOMICIDIO. Tanto los padres, los doctores, los políticos, los periodistas, los opinólogos que consintieron de una manera u otra con algún aborto, con muchos o con todos; sufren la pena de estar excomulgados y en pecado mortal; del que si no se arrepienten a tiempo, irán al Infierno con NO SÓLO las penas de daño, que es el dolor de estar separado para siempre de Dios (como el que padecerán los niños nonatos que directa o indirectamente ASESINARON); sino también con las penas del fuego y del dolor tremendamente profundo y eterno del Infierno.

3º Sustenta el peor crimen: LA HEREJÍA. Recordando la sentencia infalible del Papa San Pío X en Editae Sapae: “Es un hecho cierto y bien establecido que no hay ningún otro crimen que ofenda tan gravemente a Dios ni le cause su gran ira, como lo hace el vicio de la herejía”; deberíamos recordar la facilidad con la que el demonio, por medio de sensibilidad carnal, el respeto humano, el desorden doctrinal o de valores (que siempre terminan anteponiendo el hombre al Dios que merece el primer lugar en todo) puede arrojarnos al "infierno" en tierra de la herejía y de la apostasía.

Basta ver el ECUMENISMO, el SINCRETISMO y la COMMUNICATIO IN SACRIS con herejes, cismáticos e idólatras que, como prácticas enemigas de Dios y de su Iglesia, solemnemente censuradas y castigadas, afloran por doquier para hacer de una repulsión compartida una “causa” común. Pues sépase que no hay otra causa y fundamento del bien que la Verdad; y sin ésta, temerario es todo consorcio y acción conjunta.

Cuántos son los protestantes con los falsos católicos que hacen de la “SANGRE INOCENTE” que tantas veces acusa la Biblia; la traslación herética a los niños abortados.

¡Los niños abortados no se salvan! Ellos no son concebidos y engendrados inocentes. Ellos pierden a Dios porque el pecado original, que sólo se lava con las aguas del Bautismo, no les fue borrado. Quien dice lo contrario es un HEREJE. Y ser un hereje acarrea un infierno con peores castigos que el de perder sólo a Dios.

¿O diremos como Rousseau que el hombre nace bueno y la sociedad lo pervierte? ¿Caeremos en esa subversiva filosofía y en esa antigua herejía del pelagianismo? Negar el pecado original es negar la NECESIDAD ABSOLUTA DEL BAUTISMO, es negar la Encarnación de Cristo, es negar la Cruz redentora y todos los tesoros que la misericordia de Dios, con tanto amor, nos regaló a través de su Hijo Jesucristo y de su Iglesia, que es su Cuerpo.

El alma que muere sin bautismo no nace a la Vida. Pero aquel que sostiene la herejía de afirmar inocencia (en sentido literal) en cualquier persona manchada con el pecado original, aún de días de gestación; se hace acreedor a un infierno mucho más terrible.

Por eso enseña la Iglesia infaliblemente:

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 11, 4 de febrero de 1442, ex cathedra: “En cuanto a los niños advierte que, por razón del peligro de muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el que son librados del dominio del diablo [el pecado original] y adoptados por hijos de Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de cuarenta o de ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos…”.

Papa Martín V, Concilio de Constanza, sesión 15, 6 de julio de 1415 – Condenando los artículos de Juan Wiclef – Proposición 6: “Los que afirman que los hijos de los fieles que mueren sin bautismo sacramental no serán salvos, son estúpidos e impertinentes por decir esto”. – Condenado

Papa San Zosimo, Concilio de Cartago, Canon sobre Pecado y Gracia, 417: “También se ha decidido, que si alguno dijese que por esta razón el Señor dijo: ‘En la casa de mi Padre hay muchas moradas’ [Juan 14, 2], que ello puede entenderse que en el reino de los cielos habrá algún lugar intermedio o cualquier otro lugar donde viven los niños benditos que partieron de esta vida sin el bautismo, sin el cual no pueden entrar en el reino de los cielos, que es la vida eterna, sea anatema”.

Papa Pablo III, Concilio de Trento, del Pecado Original, sesión V, ex cathedra: “Si alguno niega que hayan de ser bautizados los niños recién salidos del seno de su madre, aun cuando procedan de padres bautizados, o dice que son bautizados para la remisión de los pecados, pero que de Adán no contraen nada del pecado original que haya necesidad de ser expiado en el lavatorio de la regeneración para conseguir la vida eterna, de donde se sigue que la forma del bautismo para la remisión de los pecados se entiende en ellos no como verdadera, sino como falsa: sea anatema”.

Lo cual significa que el lavatorio de la regeneración, que es el santo sacramento del bautismo, es de absoluta necesidad para todas las almas que viven desde la promulgación del Evangelio. Quien lo niega no siente como siente la Iglesia.

Es necesario nacer por el agua para entrar en el Reino de Dios. Pero para el Segundo Nacimiento, es necesario el Primero. Es necesario NACER. Entonces lo que dijo Jesús en Jn 3, 5: “El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”; podría también decirse: “El que no nace (...) no puede entrar en el reino de Dios”. Por eso la Iglesia siempre bendijo los vientres de las embarazadas, y hay tantas oraciones para la “Dulce Espera”. He ahí la importancia del natalicio, y las tragedias de la acción diabólica y el desorden que ha causado el pecado original en el mundo, los que frustran absolutamente todos los nacimientos. Cristo murió por TODOS para salvar a MUCHOS (que son la minoría de TODOS). Cristo murió para que todos se salven, para que todos nazcan; pero si se pierden, si no nacen; es por el pecado de los padres o porque Dios en su Omniciencia evitó peores condenaciones, o por diversas adversidades que jamás son hijas de la voluntad Divina. Dios en su infinita misericordia, de todo mal que permite (Él no crea el mal) siempre permite justamente el mal menor: ¿Quién puede juzgar sus designios por aquellos no nacidos, más aún en estos tiempos de apostasía y de tremendas y numerosísimas condenaciones infernales? Por algo dijo del traidor: “Más le valdría no haber nacido” (Mt 26, 24; Mc 14, 21). Pues es preferible no haber nacido que convertirse en un apóstata y un hereje.

No en vano dice el Hno Pedro Dimond OSB:

“La peor parte del aborto es el hecho de que a estos niños se les impide la entrada al cielo; no lo es el que no lleguen a vivir en este mundo pagano. Satanás se deleita en el aborto porque sabe que sin el sacramento del bautismo estas almas nunca podrán ir al cielo. Si los niños abortados fuesen directamente al cielo sin el sacramento del bautismo, como muchos creen hoy, entonces Satanás no estaría detrás de los abortos”.

Publicado originalmente en: La Puerta Angosta

miércoles, 25 de enero de 2012

Perder la fe en nombre de la fe

Hace un par de semanas, uno de nuestros lectores nos preguntaba por la doctrina de la Iglesia sobre los métodos de anti-concepción. Citamos, en el correo de respuesta, la encíclica Castii Connubii de SS. Pio XI, sobre el matrimonio cristiano. En ese documento pontificio, se explican los fundamentos del sacramento del matrimonio, contexto en el cual el santo padre explica los fines primarios y secundarios del matrimonio, así como otros aspectos relevantes del sacramento.

El manual de anti-concepción “natural”

Nuestra lectora, quien asistía regularmente a los círculos de “formación” del Opus Dei, contra-argumentaba diciendo que no solamente había aprendido el método de anticoncepción “natural” (la contracepción de suyo va contra la “naturaleza” del acto matrimonial) llamado el método Billings, sino que en ese movimiento modernista había recibido un manual en el cual puede seguir paso a paso este método, documento recibido en la Universidad de los Andes. Vea foto adjunta.

Manual promovido en la Universidad de Los Andes, dirigida por el Opus Dei


Contenido del manual

La introducción y los sofismas para justificar el error
Los monitores le enseñaban este método indicando que había sido aprobado por el magisterio de la Iglesia. Más aún se reafirmaba en ella esta convicción toda vez que el anti-papa Benedicto XVI en su libro herético “Luz del mundo, entrevista con Peter Seewald” afirma que la anticoncepción llamada “natural” (¡!) es una forma de vida:
“Pregunta – Pero, ¿en realidad la Iglesia rechaza cualquier tipo de regulación de la concepción ? Respuesta – No . Después de todo, todo el mundo sabe que la Iglesia afirma la regulación natural de la concepción, que no sólo es un método, sino también una forma de vida”, Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 147.

La doctrina católica es diametralmente opuesta a la herejía promovida por el anti-papa Benedicto XVI y del Opus Dei

Esta lectora nos pidió que explicáramos por qué la posición católica es diametralmente opuesta a lo que ese movimiento religioso herético le enseña. Y la respuesta es muy simple: el magisterio de la Iglesia define la práctica de ese método “natural” como un vicio contra el fin primario del matrimonio, el llamado “onanismo conyugal”. Onán, en el Antiguo Testamento, hacía una práctica similar al método Billings ya que no quería que su mujer quedase embarazada. La respuesta de Dios fue inmediata: lo mató. Con esto la Iglesia demuestra – al contrario de lo que sostienen los seudo católicos que promueven una fe cuyos dogmas son exclusivamente los gustos individuales – que Dios aborrece el onanismo conyugal, vicio que impide el fin primario del matrimonio: la procreación, “Creced y multiplicaos y llenad la tierra”, Gen 1, 28.

Los argumentos contra la fe

Luego de consultar a los monitores del “círculo” de formación del Opus Dei por este punto doctrinario, nos comentó que la aprobación de la Iglesia al método “natural” se explicaría porque la mayoría de las familias no podrían sostener una prole numerosa. Y la Iglesia, entendiendo el problema económico del hombre moderno, aceptaba en consecuencia esta práctica. Si por un segundo le diésemos la razón a esos supuestos “católicos” nos veríamos, por lógica, forzados a aceptar alguna de estas dos absurdas consecuencias:
Primero, cuando Dios dice en el Génesis al hombre, “Creced y multiplicaos” sencillamente se habría equivocado, se requeriría algo más preciso como “multiplicaos sólo si dispones del dinero para hacerlo”. ¿No es acaso una ofensa a Dios pensar así?
Segundo, Dios le pediría al hombre algo que este no podría dar. Le pediría tener una descendencia numerosa a la cual él no podría dar sustento: el resultado sería que la prole moriría en la escasez y miseria total. Incluso los paganos reconocen, por un principio conforme al orden natural, que se falta a la justicia con quien se le exige algo que no puede dar. En otras palabras, si exigiéramos a un infante de 5 años que rindiera un examen de graduación en una facultad de economía, aún a las conciencias más deformadas por la pastoral moderna, les resultaría fácil reconocer que esa exigencia “no sería justa”
El Papa Pio XI en su encíclica Castii Connubii, por definición del Concilio Vaticano I, hace uso de la infalibilidad pontificia. Es dogma de fe que el Santo Padre es infalible cuando hace uso del oficio de doctor y pastor de la Iglesia y enseña a la Iglesia universal materias de fe o moral. Todos estos requisitos se cumplen en Castii Connubii, lo que coloca a los falsos católicos del Opus Dei frente a la disyuntiva de obedecer o rechazar lo que infaliblemente enseña la Iglesia. ¿Qué hacer? ¿Obedecer con filial obediencia o revelarse con el orgullo de la serpiente? Es lamentable constatar la irrefutable realidad: este grupo seudo-católico sigue adelante enseñando el error a sabiendas y así, va haciendo que los fieles pierdan la fe, en nombre de la fe: una de las peores atrocidades de la historia de la civilización cristiana.
Fuente: http://elcruzado.org
Descargue aquí la Enciclica Casti Connubii PP Pio XI

sábado, 24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad a todos los verdaderos católicos!

A todos los verdaderos católicos que defienden la verdadera fe tradicional y que rechazan a la falsa Iglesia apóstata nacida del Vaticano II, les dejo estos bellos cantos navideños tradicionales.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Vejez: ¿decrepitud o apogeo?

Plinio Corrêa de Oliveira

Cómo se engaña el mundo moderno cuando sólo ve en el envejecimiento una decadencia. Cuando se sabe apreciar más los valores del espíritu de que los del cuerpo, envejecer es crecer en lo que el hombre tiene de más noble, que es el alma, si bien que signifique la decadencia del cuerpo, que es apenas el elemento material de la persona humana.

¡Y que decadencia! Es verdad que el cuerpo pierde su belleza y vigor. Pero éste se enriquece con la transparencia de un alma que a lo largo de la vida supo desarrollarse y creer. Transparencia esta que constituye la más alta belleza de que la fisonomía humana sea capaz.

Santa María Eufrasia Pelletier, nació en La Vandée, Francia en 1796, fundadora de una Congregación docente femenina, falleció en 1868. Su fiesta se celebra el día 24 de abril.

Nada de lo que signifique hermosura le faltó en su juventud, la perfección de los trazos, la belleza de los ojos y del cutis, la distinción de su fisonomía, la nobleza de porte, la elegancia y la gracia de la juventud.

Agregamos: el esplendor de un alma clara, lógica, vigorosa, pura, reflejándose fuertemente en su faz.

Es el tipo magnífico de joven cristiana

Veámosla en su ancianidad. Del encanto de los viejos tiempos, resta apenas un vago perfume. Pero otra hermosura más alta brilla en este semblante admirable. ¡La mirada ganó en profundidad, una serenidad noble e imperturbable parece preanunciar en ella algo de la nobleza trascendente y definitiva de los bienaventurados en la gloria celestial!

El rostro conserva el vestigio de las arduas batallas de la vida interior y apostólica de los Santos. Alcanzó algo de fuerte, de completo, de inmutable: es la madurez en el más bello sentido de la palabra. La boca es un trazo rectilíneo, fino, expresivo, que trae la nota típica de una templanza de hierro. Una gran paz, una bondad sin romanticismo ni ilusión, con algún resto de la antigua belleza, refleja aún esta fisonomía.

El cuerpo decayó, pero el alma creció tanto, que ya está toda en Dios, y hace pensar en la palabra de San Agustín: nuestro corazón, Señor, fue creado para Vos, y sólo está en paz, cuando reposa en Vos.

¿Quién osaría afirmar que, para Santa María Eufrasia, envejecer fue lo mismo que decaer?

domingo, 27 de noviembre de 2011

La verdadera santidad es fuerza de alma y no debilidad sentimental

Plinio Corrêa de Oliveira

La Iglesia enseña que la verdadera y plena santidad es el heroísmo de la virtud. La honra de los altares no es concedida a las almas hipersensibles, débiles, que huyen de los pensamientos profundos, del sufrimiento pungente, de la lucha, en fin, de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Acordándose de las palabras de su Divino Fundador, “el Reino de los Cielos es de los violentos” (Mt. 11, 12), la Iglesia sólo canoniza a los que en vida combatieron auténticamente el buen combate, arrancando el propio ojo o cortando el propio pie cuando causaba­ escándalo, y sacrificando todo para seguir únicamente a Nuestro Señor Jesucristo.

En realidad, la santificación implica el mayor de los heroísmos, pues supone no sólo la resolución firme y seria de sacrificar la vida si fuere necesario, para conservar la fidelidad a Jesucristo, sino más todavía, la de vivir en la tierra una existencia prolongada, si ello le place a Dios, renunciando en todo momento a lo que más se quiere, para apegarse apenas a la divina voluntad.

Cierta iconografía, lamentablemente muy frecuente, presenta a los santos bajo un aspecto muy diferente: criaturas blandas, sentimentales, sin personalidad ni fuerza de carácter, incapaces de ideas serias, sólidas y coherentes, almas llevadas apenas por sus emociones y por ello totalmente inadecuadas para las grandes luchas que la vida terrena trae siempre consigo.

* * *

La figura de Santa Teresita del Niño Jesús fue especialmente deformada por la mala iconografía. Rosas, sonrisas, sentimentalismo inconsistente, vida suave, despreocupada, huesos de azúcar y sangre de miel, es la idea que nos dan de la grande, de la incomparable santa.

¡Cómo todo esto difiere del espíritu vasto y profundo como el firmamento, rutilante y ardiente como el sol, y sin embargo tan humilde, tan filial, con que se toma contacto cuando se lee la Historia de una Alma!

* * *

Nuestros dos clichés presentan, por así decir, a dos “teresitas”­ diferentes y hasta opuestas una de la otra. La primera nada tiene de heroico: es la Teresita insignificante, superficial, almibarada, de la iconografía romántica y sentimental. La segunda es la Teresita auténtica, fotografiada poco antes de su muerte. La fisonomía está marcada por la paz profunda de las grandes e irrevocables renuncias. Los trazos tienen una nitidez, una fuerza, una armonía que sólo las almas de una lógica de hierro poseen.

La mirada habla de dolores tremendos, experimentados en lo que el alma tiene de más recóndito, pero al mismo tiempo deja ver el fuego, el aliento de un corazón heroico, dispuesto a avanzar cueste lo que cueste.

Contemplando esta fisonomía fuerte y profunda, como sólo la gracia de Dios puede transformar el alma humana, se piensa en otra Faz: la del Santo Sudario de Turín, que ningún hombre podría imaginar y tal vez ninguno ose describir. Entre la Faz del Señor muerto, que es de una paz, una fuerza, una profundidad y un dolor que las palabras humanas no consiguen expresar, y el rostro de Santa Teresita, hay una semejanza imponderable pero inmensamente real.

¿Y qué tendrá de extraño que la Santa Faz haya impreso algo de sí en el rostro y en el alma de aquella que en religión se llamó precisamente Teresa del Niño Jesús y de la Sagrada­ Faz?

martes, 22 de noviembre de 2011

Lo que hemos de hacer para alcanzar la salvación

Estos son 18 consejos que da el connotado exégeta jesuita Cornelio a Lapide:

1. Es necesario esforzarse violentamente. “El reino de los cielos sufre violencia, y los que emplean violencia se apoderan de él”, dice Jesucristo (Mat. 11, 12). En otra parte dice: “Esforzaos por entrar por la puerta angosta” (Lc. 13, 24). Y añade: “Si alguno quiere venir conmigo, que renuncie a sí mismo, lleve su cruz de cada día, y me siga” (Lc. 9, 23).

2. Es preciso morir. “El que quiera salvar su alma, ha de perderla” dice Jesucristo (Mt. 16, 25); es decir, debe dedicarla a la práctica de la mortificación y de todas las virtudes.

3. Es preciso avanzar siempre. “Corred de tal suerte, que ganéis el premio” dice San Pablo (1 Cor. 11, 24) “Los que combaten en la arena se abstienen de todo: ellos, para recibir una corona corruptible. Así pues, yo corro también, no como a la casualidad; combato también, pero no como golpeando el aire, sino que castigo mi cuerpo, y lo reduzco a servidumbre” (1 Cor. 9, 15-17).

4. No mirar atrás. “Cualquiera que pone la mano en el arado, y mira atrás, no es propio para el reino de Dios”, dice Jesucristo (Lc. 9, 62).

5. “Es menester trabajar para nuestra salvación con temor y estremecimiento”, dice el gran apóstol (Filip. 2, 12).

6. Olvidar la tierra y pensar en el Cielo. Dice San Pablo: “Prosigo mi curso para alcanzar aquello a que he sido destinado por el Señor Jesús. No pienso haberlo alcanzado; pero solamente, olvidando lo que está detrás y ateniéndome a lo que está delante de mí, me dirijo al término de la recompensa a que me ha llamado Dios en Jesucristo” (Filip. 3, 12-14).

7. Es menester aprovecharnos del tiempo favorable, que es el presente. Dice San Pablo: “Ved que ahora es el tiempo aceptable; ved que ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6, 2).

8. Es preciso vivir para Jesucristo. Dice el gran Apóstol: “Es preciso vivir para Jesucristo que ha muerto para todos, a fin de que los que viven no vivan para sí, sino para aquel que ha muerto y resucitado por ellos” (2 Cor 5, 15).

9. Es menester combatir por la fe. “Trabad el buen combate de la fe, y poneos en posesión de la vida eterna, a la que habéis sido llamados”, escribe San Pablo a Timoteo (Tim. 6, 12).

10. Es preciso sufrir las pruebas con paciencia. Dice San Pablo: “Por muchas tribulaciones, hemos de entrar al reino de Dios” (Hech. 14, 21).

11. Es necesario huir, guardar silencio y retiro. Hemos de emplear los medios dados a San Arsenio por un ángel; vedlos aquí: “Arsenio, huid, guardad el silencio y el retiro; estos son los principios de la salvación” (In Vit. Patr.).

12. Es preciso ser prudente. “El alma imprudente pierde su salvación”, dicen los Proverbios (Prov. 19, 2). La prudencia es lo que la Sabiduría (Sab. 9, 10) llama “ciencia de los Santos”; y el ángel, en San Lucas (Lc. 1, 17), “sabiduría de los justos”.

13. Es preciso tener compasión del alma y vigilarla. “Ten piedad de tu alma, haciéndola agradable a Dios, y modérate”, dice el Eclesiástico (30, 24).

14. Hemos de pensar en el juicio. “Dios ―dice Orígenes― ha confiado y recomendado a vuestra alma su imagen y su semejanza, y habéis de devolverle tan intacto como os lo ha dado este tan precioso depósito” (In Cant.).

15. Es preciso recomenzar, marchar, y tener sólo a Dios por meta. Rogado San Carlos Borromeo que indicase los mejores medios para agradar a Dios y asegurar su salvación, trazó las reglas siguientes: “1.º Es preciso comenzar cada día, es decir, que nos hemos de esforzar cada día en servir a Dios con tanto fervor como si empezásemos de nuevo entonces; 2.º marchar en el momento actual en presencia de Dios; 3.º tener sólo a Dios por fin en todas y en cada una de las acciones” (In ejus vita.).

16. Hemos de guardar el alma con solicitud. Según dice el Deuteronomio (4, 15): “Guardad solícitos vuestras almas”.

17. Es menester observar la ley de Dios. “Si queréis llegar a la vida, guardad los mandamientos”, dice Jesucristo (Mat. 19, 17) “El que observa los preceptos de Dios, salva su alma”, dicen los Proverbios (Prov. 19, 16). Dice Jesucristo: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre es el que entrará en el reino de los Cielos” (Mat. 5, 21).

18. Es preciso querer salvarse, y quererlo enérgicamente. Preguntado Santo Tomás de Aquino por su hermana sobre lo que tenía que hacer para salvarse, contestó: “Volendo (Queriendo): es decir, que podrás salvarte si lo quieres eficazmente; pues esta voluntad eficaz, que es el fin de la salvación, te obligará a adoptar con ardor todos los medios necesarios para que la consigas” Y habiéndole luego su hermana preguntado qué es lo que deseaba más ardientemente en esta vida, contestó: “Morir bien”: (Benè mori. 4. p.q. art. 9.)

Visto en La Puerta Angosta

domingo, 20 de noviembre de 2011

Hdr skies

Hdr skies from Tanguy Louvigny on Vimeo. Video en HD, ponga pantalla completa para apreciar mejor.

La marcha de la Revolución

Las consideraciones anteriores ya nos proporcionaron algunos datos sobre la marcha de la Revolución, es decir, su carácter procesivo, las metamorfosis por las cuales pasa, su irrupción en lo más recóndito del hombre y su exteriorización en actos. Como se ve, hay toda una dinámica propia de la Revolución. De esto podemos tener una mejor idea estudiando aún otros aspectos de la marcha de la Revolución.

1. LA FUERZA PROPULSORA DE LA REVOLUCIÓN

A. La Revolución y las tendencias desordenadas

La más poderosa fuerza propulsora de la Revolución está en las tendencias desordenadas.

Y por esto la Revolución ha sido comparada a un tifón, a un terremoto, a un ciclón. Es que las fuerzas naturales desencadenadas son imágenes materiales de las pasiones desenfrenadas del hombre.

B. Los paroxismos de la Revolución están enteros en los gérmenes de ésta

Como los cataclismos, las malas pasiones tienen una fuerza inmensa, pero para destruir.

Esa fuerza ya tiene potencialmente, en el primer instante de sus grandes explosiones, toda la virulencia que se patentizará más tarde en sus peores excesos. En las primeras negaciones del protestantismo, por ejemplo, ya estaban implícitos los anhelos anarquistas del comunismo. Si desde el punto de vista de la formulación explícita, Lutero no era sino Lutero, todas las tendencias, todo el estado de alma, todos los imponderables de la explosión luterana ya traían consigo, de modo auténtico y pleno, aunque implícito, el espíritu de Voltaire y de Robespierre, de Marx y de Lenín[1].

C. La Revolución exaspera sus propias causas

Esas tendencias desordenadas se desarrollan como los pruritos y los vicios, es decir, a medida que se satisfacen, crecen en intensidad. Las tendencias producen crisis morales, doctrinas erróneas y después revoluciones. Unas y otras, a su vez, exacerban las tendencias. Estas últimas llevan en seguida, por un movimiento análogo, a nuevas crisis, nuevos errores, nuevas revoluciones. Es lo que explica que nos encontremos hoy en tal paroxismo de impiedad y de inmoralidad, así como en tal abismo de desórdenes y discordias.

2. LOS APARENTES INTERSTICIOS DE LA REVOLUCIÓN

Considerando la existencia de períodos de una calma acentuada, se diría que en ellos la Revolución cesó. Y así parece que el proceso revolucionario es discontinuo y que, por tanto, no es uno.

Ahora bien, esas calmas son meras metamorfosis de la Revolución. Los períodos de tranquilidad aparente, supuestos intersticios, han sido en general de fermentación revolucionaria sorda y profunda. Véase si no el período de la Restauración (1815-1830)[2].

3. LA MARCHA DE REQUINTE EN REQUINTE [3]

Por lo que vimos[4] se explica que cada etapa de la Revolución, comparada con la anterior, no sea sino un requinte. El humanismo naturalista y el protestantismo se requintaron en la revolución Francesa, la cual, a su vez, se requintó en el gran proceso revolucionario de la bolchevización del mundo de hoy.

Es que las pasiones desordenadas, yendo en un crescendo análogo al que produce la aceleración en la ley de la gravedad, y alimentándose de sus propias obras, acarrean consecuencias que, a su vez, se desarrollan según una intensidad proporcional. Y en la misma progresión los errores generan errores, y las revoluciones abren camino unas a las otras.

4. LAS VELOCIDADES ARMÓNICAS DE LA REVOLUCIÓN

Ese proceso revolucionario se da en dos velocidades diversas. Una, rápida, está destinada generalmente al fracaso en el plano inmediato. La otra ha sido habitualmente coronada por el éxito, y es mucho más lenta.

A. La alta velocidad

Los movimientos pre-comunistas de los anabaptistas, por ejemplo, sacaron inmediatamente, en varios campos, todas o casi todas las consecuencias del espíritu y las tendencias de la Pseudo-Reforma: fracasaron.

B. La marcha lenta

Lentamente, a lo largo de más de cuatro siglos, las corrientes más moderadas del protestantismo, caminando de requinte en requinte, por etapas de dinamismo y de inercia sucesivas, van sin embargo favoreciendo paulatinamente, de uno u otro modo, la marcha de Occidente hacia el mismo punto extremo[5].

C. Cómo se armonizan estas velocidades

Cabe estudiar el papel de cada una de esas velocidades en la marcha de la Revolución. Se diría que los movimientos más veloces son inútiles. Sin embargo, no es verdad. La explosión de esos extremismos levanta un estandarte, crea un punto de mira fijo que fascina por su propio radicalismo a los moderados, y hacia el cual éstos se van encaminado lentamente. Así, el socialismo repudia al comunismo pero lo admira en silencio y tiende hacia él. Más remotamente, lo mismo se podría decir del comunista Babeuf y sus secuaces en los últimos destellos de la Revolución Francesa. Fueron aplastados. Pero lentamente la sociedad va siguiendo el camino hacia donde ellos la quisieron llevar. El fracaso de los extremistas es, pues, sólo aparente. Ellos colaboran indirecta, pero poderosamente, con la Revolución, atrayendo en forma paulatina a la multitud incontable de los “prudentes”, de los “moderados” y de los mediocres, para la realización de sus culpables y exacerbados devaneos.

5. DESHACIENDO OBJECIONES

Vistas estas nociones, se presenta la ocasión para deshacer algunas objeciones que, antes de esto, no podrían ser adecuadamente analizadas.

A. Revolucionarios de pequeña velocidad y “semi-contrarevolucionarios”

Lo que distingue al revolucionario que siguió el ritmo de la marcha rápida, de quien paulatinamente se va volviendo tal según el ritmo de la marcha lenta, está en que, cuando el proceso revolucionario se inició en el primero, encontró resistencias nulas, o casi nulas. La virtud y la verdad vivían en esa alma una vida de superficie. Eran como madera seca, que cualquier chispa puede incendiar. Por el contrario, cuando ese proceso se opera lentamente, es porque la chispa de la Revolución encontró, al menos en parte, leña verde. En otros términos, encontró mucha verdad o mucha virtud que se mantienen contrarias a la acción del espíritu revolucionario. Un alma en tal situación queda partida, y vive de dos principios opuestos, el de la Revolución y el del Orden.

De la coexistencia de esos dos principios pueden surgir situaciones bien diversas:

* a. El revolucionario de pequeña velocidad: él se deja arrastrar por la Revolución, a la cual opone apenas la resistencia de la inercia.

* b. El revolucionario de velocidad lenta, pero con “coágulos” contra-revolucionarios. También éste se deja arrastrar por la Revolución. Pero en algún punto concreto la rechaza.

Así, por ejemplo, será socialista en todo, pero conservará los modales aristocráticos. Según el caso, llegará incluso a atacar la vulgaridad socialista. Sin duda, se trata de una resistencia, Pero resistencia en un pormenor, que no se remonta a los principios, toda ella constituida por hábitos e impresiones. Resistencia por eso mismo sin mayor alcance, que morirá con el individuo, y que, si se diera en un grupo social, tarde o temprano, por la violencia o por la persuasión, en una o algunas generaciones, será desmantelada por la Revolución en su curso inexorable.

* c. El “semi-contra-revolucionario” [6]: se diferencia del anterior sólo por el hecho de que en él el proceso de “coagulación” fue más enérgico y remontó hasta la zona de los principios básicos. De algunos principios, se entiende, y no de todos. En él, la reacción contra la Revolución es más pertinaz, más viva. Constituye un obstáculo que no es sólo de inercia. Su conversión a una posición enteramente contra-revolucionaria es más fácil, por lo menos en tesis. Cualquier exceso de la Revolución puede determinar en él una transformación cabal, una cristalización de todas las tendencias buenas, en una actitud de firmeza inquebrantable. Mientras ésta feliz transformación no se dé, el “semi-contra-revolucionario” no puede ser considerado un soldado de la Contra-Revolución.

Es característica del conformismo del revolucionario de marcha lenta, y del “semi-contra-revolucionario”, la facilidad con que ambos aceptan las conquistas de la Revolución. Afirmando la tesis de la unión de la Iglesia y el Estado, por ejemplo, viven displicentemente en el régimen de la hipótesis, es decir de la separación, sin intentar ningún esfuerzo serio para que se haga posible restaurar algún día, en condiciones convenientes, la unión.

B. Monarquías protestantes, repúblicas católicas

Una objeción que se podría hacer a nuestra tesis consistiría en decir que, si el movimiento republicano universal es fruto del espíritu protestante, no se comprende cómo, actualmente, sólo haya en el mundo un Rey católico[7], y tantos países protestantes se conserven monárquicos.

La explicación es simple. Inglaterra, Holanda y las naciones nórdicas, por toda una serie de razones históricas, psicológicas, etc., son muy afines a la monarquía. Al penetrar en ellas, la Revolución no consiguió evitar que el sentimiento monárquico “coagulase”. Así, la realeza viene sobreviviendo obstinadamente en esos países, a pesar de que en ellos la Revolución va penetrando cada vez más a fondo en otros campos. “Sobreviviendo”... sí, en la medida en que morir poco a poco puede ser llamado sobrevivir. Pues la monarquía inglesa, reducida en grandísima medida a un papel de aparato, y las demás realezas protestantes, transformadas para casi todos los efectos en repúblicas cuyo jefe es vitalicio y hereditario, van agonizando suavemente, y, de continuar así las cosas, se extinguirán sin ruido.

Sin negar que otras causas contribuyen a esta sobrevida, queremos, sin embargo, poner en evidencia ese factor —muy importante, por lo demás— que se sitúa en el ámbito de nuestra exposición.

Por el contrario, en las naciones latinas, el amor a una disciplina externa y visible, a un poder público fuerte y prestigioso, es —por muchas razones— bastante menor.

La Revolución no encontró en ellas, pues, un sentimiento monárquico tan arraigado. Derribó los tronos fácilmente. Pero hasta ahora no fue suficientemente fuerte para arrastrar a la Religión.

C. La austeridad protestante

Otra objeción a nuestro trabajo podría venir del hecho de que ciertas sectas protestantes sean de una austeridad que raya en lo exagerado. ¿Cómo, pues, explicar todo el protestantismo por una explosión del deseo de gozar la vida?

Aún aquí, la objeción no es difícil de resolver. Al penetrar en ciertos ambientes, la Revolución encontró muy vivaz el amor a la austeridad. Así, se formó un “coágulo”. Y, si bien que ella haya conseguido ahí en materia de orgullo todos los triunfos, no alcanzó éxitos iguales en materia de sensualidad. En tales ambientes, se goza la vida por medio de los discretos deleites del orgullo, y no por las groseras delicias de la carne. Hasta puede ser que la austeridad, estimulada por el orgullo exacerbado, haya reaccionado exageradamente contra la sensualidad. Pero esa reacción, por más obstinada que sea, es estéril: tarde o temprano, por inanición o por la violencia, será destrozada por la Revolución. Pues no es de un puritanismo rígido, frío, momificado, de donde puede partir el soplo de vida que regenerará la tierra.

D. El frente único de la Revolución

Tales “coagulaciones” y cristalizaciones conducen normalmente al entrechoque de las fuerzas de la Revolución. Al considerar esto, se diría que las potencias del mal están divididas contra sí mismas, y que es falsa nuestra concepción unitaria del proceso revolucionario.

Ilusión. Por un instinto profundo, que muestra que son armónicas en sus elementos esenciales y contradictorias sólo en sus accidentes, esas fuerzas tienen una sorprendente capacidad de unirse contra la Iglesia Católica, siempre que se encuentren frente a Ella.

Estériles en los elementos buenos que les resten, las fuerzas revolucionarias sólo son realmente eficientes para el mal. Y así, cada cual ataca por su lado a la Iglesia, que queda como una ciudad sitiada por un inmenso ejército.

Entre esas fuerzas de la Revolución, no se debe omitir a los católicos que profesan la doctrina de la Iglesia pero están dominados por el espíritu revolucionario. Mil veces más peligrosos que los enemigos declarados, combaten a la Ciudad Santa dentro de sus propios muros, y bien merecen lo que de ellos dijo Pío IX: “Aún cuando los hijos del siglo sean más hábiles que los hijos de la luz, sus ardides y sus violencias tendrían, sin duda, menos éxito si un gran número, entre aquellos que se llaman católicos, no les tendiesen una mano amiga. Sí, infelizmente, hay quienes parecen querer caminar de acuerdo con nuestros enemigos, y se esfuerzan por establecer una alianza entre la luz y las tinieblas, un acuerdo entre la justicia y la iniquidad por medio de esas doctrinas que se llaman católico-liberales, las cuales, apoyándose sobre los más perniciosos principios, adulan al poder civil cuando éste invade las cosas espirituales, e impulsan a las almas al respeto, o al menos a la tolerancia, de las leyes más inicuas. Como si absolutamente no estuviese escrito que nadie puede servir a dos señores. Ellos son ciertamente mucho más peligrosos y más funestos que los enemigos declarados, no sólo porque los secundan en sus esfuerzos, tal vez sin percibirlo, como también porque, manteniéndose en el extremo límite de las opiniones condenadas, toman una apariencia de integridad y de doctrina irreprochable, incitando a los imprudentes amigos de conciliaciones y engañando a las personas honestas, que se rebelarían contra un error declarado. Por eso, ellos dividen los espíritus, rasgan la unidad y debilitan las fuerzas que sería necesario reunir contra el enemigo” [8].

6. LOS AGENTES DE LA REVOLUCIÓN:
LA MASONERÍA Y LAS DEMÁS FUERZAS SECRETAS

Una vez que estamos estudiando las fuerzas propulsoras de la Revolución, conviene que digamos una palabra sobre sus agentes.

No creemos que el mero dinamismo de las pasiones y de los errores de los hombres pueda conjugar medios tan diversos para la consecución de un único fin, es decir, la victoria de la Revolución.

Producir un proceso tan coherente, tan continuo, como el de la Revolución, a través de las mil vicisitudes de siglos enteros, llenos de imprevistos de todo orden, nos parece imposible sin la acción de generaciones sucesivas de conspiradores de una inteligencia y un poder extraordinarios. Pensar que sin esto la Revolución habría llegado al estado en que se encuentra, es lo mismo que admitir que centenas de letras lanzadas por una ventana pudieran disponerse espontáneamente en el suelo, de manera que formasen una obra cualquiera, por ejemplo la “Oda a Satanás” de Carducci.

Las fuerzas propulsoras de la Revolución han sido manipuladas hasta aquí por agentes sagacísimos, que se han servido de ellas como medios para realizar el proceso revolucionario.

De modo general, pueden calificarse de agentes de la Revolución todas las sectas, de cualquier naturaleza, engendradas por ella, desde su nacimiento hasta nuestros días, para la difusión del pensamiento o la articulación de las tramas revolucionarias. Sin embargo, la secta maestra, alrededor de la cual todas se articulan como simples fuerzas auxiliares —a veces conscientemente, y otras veces no— es la Masonería, según claramente se desprende de los documentos pontificios, y especialmente de la Encíclica Humanum Genus de León XIII, del 20 de abril de 1884[9].

El éxito que hasta aquí han alcanzado esos conspiradores, y particularmente la Masonería, se debe no sólo al hecho de que poseen una indiscutible capacidad para articularse y conspirar, sino también a su lúcido conocimiento de lo que es la esencia profunda de la Revolución, y de cómo utilizar las leyes naturales —hablamos de las de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la economía, etc.— para hacer progresar la realización de sus planes.

En este sentido los agentes del caos y de la subversión hacen como el científico, que en vez de actuar por sí solo, estudia y pone en acción las fuerzas, mil veces más poderosas, de la naturaleza.
Es lo que, además de explicar en gran parte el éxito de la Revolución, constituye una importante indicación para los soldados de la Contra-Revolución.

Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Parte I, cap. VI.

Puede leerse el libro en línea en el siguiente enlace: Revolución y Contra-Revolución


[1] Cfr. LEÓN XIII, Encíclica Quod Apostolici Muneris, 28-XII-1878, Bonne Presse, París, vol. I, p. 28.

[2] Cfr. Parte I, cap. IV.

[3] La palabra portuguesa requintar significa llevar algo a su más alto grado, a su extremo, a su exceso. No encontrando un equivalente suficientemente preciso en el castellano contemporáneo, preferimos conservar la expresión original.

[4] Cfr. Nº 1, § C, supra.

[5] Cfr. Parte II, cap. VIII, 2.

[6] Cfr. Parte I, cap. IX.

[7] Nota del editor: En 1960, cuando fue publicada la primera edición de este ensayo, sólo existía una Monarquía católica, el reino de Bélgica. En 1975 fue también instaurada la Monarquía en España.

[8] Carta al Presidente y miembros del Círculo San Ambrosio de Milán, 6-III-1873, apud I Papi e la Gioventù, Editora A.V.E., Roma, 1944, p. 36.

[9] Bonne Presse, París, vol. I, pp. 242 a 276.

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