miércoles, 1 de abril de 2015

San Bernardo – Sermón en el miércoles santo

Sermón de la Pasión del Señor

1. Vigile vuestra alma, hermanos, para que no se os pasen sin fruto los misterios de este tiempo. Copiosa es la bendición: disponed vasos limpios, almas devotas, sentidos despiertos, afectos sobrios; conciencias puras habréis de presentar para recibir tantos dones de gracias. Esta solicitud debe inspirarnos no sólo el especial género de vida que habéis escogido, sino la general observancia de la Iglesia, de quien sois hijos. Todos los cristianos, en esta sagrada Semana, o más de lo acostumbrado o fuera de lo acostumbrado se ejercitan en la piedad, muestran modestia, siguen humildad, se componen con gravedad, para que de algún modo parezca se compadecen de Cristo paciente. ¿Quién es tan irreligioso, que no se compunja? ¿Quién tan insolente, que no se humille? ¿Quién tan iracundo, que no perdone? ¿Quién tan dado a las delicias, que no se abstenga? ¿Quién tan delincuente, que no se reprima? ¿Quién tan malicioso, que no haga penitencia en estos días? Con razón, ciertamente. Recuerdan la Pasión de Cristo, la cual aun hoy día estremece la tierra, parte las piedras, abre los sepulcros. Está próxima también su Resurrección, en que habéis de celebrar con solemnidad al altísimo Señor. ¡Ojalá sea entrando con alegría y ansia de vuestro espíritu hasta la más íntima consideración de las altísimas maravillas que ha obrado! Nada mejor pudiera en el mundo hacerse que lo hecho por el Señor en estos días. Nada mejor ni más útil se podía encargar al mundo que celebrar con solemnidad cada año que perpetuamente su memoria con todo fervor del alma, testificando así cuán grande sea la abundancia de su inefable dulzura. Una y otra cosa por nosotros es, porque en una y en otra está la vida de vuestro espíritu. Admirable es vuestra Pasión, Señor Jesús, pues alejó las pasiones de todos nosotros, fue la víctima para aplacar a Dios por nuestros pecados y jamás resulta ineficaz contra ninguna peste nuestra. Porque ¿qué veneno puede haber tan mortífero que con vuestra muerte no se desvirtúe?
2. En esta Pasión, hermanos, conviene considerar especialmente tres cosas: la obra, el modo y la causa. En la obra se manifiesta la paciencia, en el modo la humildad, en la causa la caridad.
Pero una paciencia singular, pues cuando descargaban los pecadores rudos golpes sobre sus espaldas, cuando era extendido en un leño hasta podérsele contar todos sus huesos, cuando aquel fortísimo baluarte que guarda a Israel era agujereado por todas partes, cuando sus pies y manos eran clavados, cuando como oveja era llevado a la muerte y como cordero ante quien lo trasquila, no abrió su boca: no se quejaba contra el Padre, que le había enviado; ni contra el género humano, por quien pagaba lo que no había robado; ni, en fin, contra el mismo pueblo especialmente suyo, de quien, por tantos beneficios que le había dispensado, recibía tantos males.
Son castigados algunos por sus pecados, y si lo sufren con humildad, esto mismo se les reputa por paciencia. Son afligidos otros, no tanto para ser corregidos cuanto para ser probados y coronados, y en esto se comprueba y manifiesta paciencia mayor. Pues ¿cómo no se juzgará máxima heredad, por aquellos mismos que especialmente había venido a salvar, fue destinado a muerte cruelísima cual si fuese ladrón, no teniendo pecado alguno, ni por acción propia ni por haberlo contraído; poseyendo, además, invariables grandezas, perfecciones y santidad? Sin duda este Señor es aquel en quien habita toda la plenitud de la Divinidad, no en sombra, sino corporalmente; aquel en quien Dios está reconciliando consigo al mundo, no figurativa, sino substancialmente; aquel, en fin, que está lleno de gracia y de verdad, no por cooperación a la gracia, sino personalmente, siendo el autor de la misma gracia. Su obra es ajena de Él, dice Isaías; porque fue obra suya la que el Padre le encargó hacer; pero era ajeno de Él que, siendo quien era, sufriese tales cosas. Y así fue su obra, obra de inefable paciencia y benignidad.
3. Pero, si con diligencia atiendes al modo de realizarse, no sólo le reconocerás humilde, sino manso de corazón. Verdaderamente por su extrema humildad fue condenado a muerte por sus inicuos jueces, cuando ni a tantas blasfemias respondía ni se defendía de los falsísimos crímenes que le imputaban. Vímosle, dice Isaías, y no tenía figura de hombre: no era ya el hermoso entre los hijos de los hombres, sino oprobio de los hombres y como leproso, el último de los hombres y el desecho de la plebe; verdaderamente el Varón de dolores, herido por Dios y tan humillado, que ni tenía figura ni hermosura.
¡Oh oprobio de los hombres y gloria de los ángeles! Nadie más sublime que Él, nadie más humilde. En fin, fue marchando con salivas y puesto entre malhechores. ¿No merecerá nada esta humildad, siquiera por tener tal modo, o más bien, por ser superior a todo modo? Como su paciencia es singular, así su humildad es admirable, una y otra sin igual.
4. Mas a entrambas realza magníficamente la causa misma, que es la caridad. Porque, movido de la extremosa caridad con que Dios nos amó, por redimir al siervo, ni el Padre perdonó a su Hijo ni el Hijo a sí mismo. Sí, caridad extremosa, porque excede la medida, sobrepuja todo modo elevándose a una eminencia que la encumbra sobre todas. Nadie tiene caridad mayor que quien da su vida por sus amigos. Tú, Señor, la tuviste mayor, pues diste la vida por los enemigos, puesto que, siendo todavía enemigos nosotros, por vuestra muerte fuimos reconciliados contigo y con el Padre. ¿Qué otra caridad parecerá que es, o fue, o será semejante a ésta? Apenas hay quien por un justo quiera morir, y tú padeciste por los injustos, muriendo por nuestras culpas, viniendo a justificar graciosamente a los pecadores, a transformar en hermanos a los esclavos, en coherederos a los cautivos, en reyes a los desterrados. Ninguna cosa ilustra tanto esta paciencia y humildad como el haber entregado su vida a la muerte, haber cargado sobre sí los pecados de todos los hombres, rogando aun por los transgresores de la ley, para que no pereciesen. Expresión verdadera y digna de todo aprecio es ésta: Porque quiso, fue ofrecido en sacrificio. No sólo quiso y fue ofrecido, sino que fue ofrecido porque quiso. Él sólo tuvo la potestad de poner su vida; nadie se la hubiese podido arrancar: ofrecióla espontáneamente. Y así, luego que hubo probado el vinagre, dijo: ¡Todo está consumado! Nada queda por cumplir, ya que no tengo a qué aguardar. E inclinada la cabeza, hecho obediente hasta la muerte, entregó el espíritu.
¿Quién tan fácilmente cuando quiere se duerme? Gran flaqueza, sin duda, es morir; pero cierto, el morir así fortaleza inmensa es. Seguramente lo que parece débil en Dios, es más fuerte que los hombres. Puede la humana locura poner sobre sí mismo las malvadas manos para matarse, pero esto no es poner su vida; más bien es arrojarla y cortarla con violencia que ponerla a su arbitrio. En ti, Judas impío, hubo la infeliz facultad, no de poner tu vida, sino de perderla; ni tu pésimo espíritu salió entregado por ti, sino perdido por ti. Sólo entregó su vida a la muerte Aquel que sólo por su propia virtud volvió a la vida. Sólo tuvo potestad de ponerla el que sólo igualmente tuvo libre potestad de volverla a tomar, teniendo el imperio de la vida y de la muerte.
5. ¡Qué digna es caridad tan inestimable, humildad tan admirable, paciencia tan insuperable! ¿Qué digna es víctima tan santa, tan inmaculada, tan aceptable! Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir la fortaleza, de hacer aquello a que vino, de quitar los pecados del mundo.
Hablo de tres géneros de pecado que prevalecieron sobre la tierra. ¿Pensáis aludo a la concupiscencia de la carne, a la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida? Cierto que éste es un triple cordel que difícilmente se rompe, por lo cual muchos arrastran, o más bien, son arrastrados con esta soga ignominiosa; pero aquellas tres cosas son más fácilmente superadas por los escogidos. Porque, ¿cómo la memoria de aquella paciencia no reprimirá todo deleite? ¿Cómo no lanzará toda soberbia del vivir la consideración de aquella humildad? Pues aquella caridad es digna, sin duda, de que su meditación de tal modo ocupe el corazón, que arrastre hacia sí toda el alma y sea expelido de ella enteramente el vicio de la curiosidad. Fuerte es, pues, contra todo esto la Pasión del Salvador.
6. Mas había pensado hablar de otro pecado triple también, y decir cómo lo lanza de nosotros la virtud de la Cruz; y quizás esto se oirá con mayor utilidad. Al primero le llamo original; al segundo, personal; al tercero, singular.
Original se llama aquel máximo delito que contraemos del primer Adán, en quien todos pecamos y por quien todos morimos. Máximo, sin duda, pues ocupa no sólo a todo el linaje humano, sino a cualquiera de este linaje, no habiendo quien se exima de él, no habiendo ni uno solo. Desde el primer hombre hasta el último se extiende, y en cada uno de ellos, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza se difunde este veneno. Y por otro lado, no menos se extiende a toda edad, desde el día en que cada uno fue concebido por su madre hasta aquel en que le recibe en el sepulcro la madre común de todos. Decidme si no, ¿de dónde ese gravoso yugo que pesa sobre todos y cada uno de los hijos de Adán, y esto desde la salida del seno materno hasta el día de la sepultura en la madre de todos? En pecado somos engendrados, en tinieblas somos fomentados, en dolores hemos nacido. Antes de salir servimos de peso y molestia a las tristes madres; al salir, a modo de víbora las desgarramos; y es maravilla cómo nosotros mismos no nos hicimos también pedazos. La primera voz en que rompemos es el llanto; y con razón ciertamente, pues entramos en el valle del llanto, pudiéndosenos con toda verdad aplicar lo del santo Job: El hombre nacido de mujer vive breve tiempo y vese abrumado de muchas miserias. Cuán cierto sea esto, nos lo han enseñado, no las palabras, sino los golpes. El hombre, dice, nacido de mujer: nada más abatido. Y para que no se lisonjee a sí mismo con la perspectiva del deleite de los sentidos corporales que puede percibir lo sensible, en la misma entrada le anuncian de un modo terrible la salida diciéndole: Vivirás breve tiempo. Mas, para que aquel breve espacio de tiempo de entrada a salida no lo juzgue libre para sí, le añaden: Y este tiempo tan breve irá embebido en muchas miserias. De muchas y varias digo: miserias del cuerpo, miserias del corazón, miserias al dormir, miserias al velar, miserias por doquier se vuelva. Él mismo nacido de la Virgen, y aun hecho de mujer, pero bendita entre todas las mujeres, el cual, al hablar a su Madre, le dijo: Mujer, ve ahí a tu hijo; viviendo también breve tiempo sobre la tierra, fue igualmente llenado de muchas miserias, y en aquella brevedad perseguido con asechanzas, colmado de oprobios, insultado con injurias, vejado con suplicios, ofendido con vituperios.
7. ¿Dudarás entonces de que basta esta obediencia para que sea absuelta la culpa de la prevaricación primera? Antes bien no según fue el delito, así es el don; porque si fuimos condenados por un solo pecado, somos luego por la gracia justificados de muchos pecados. Grave, sin duda, es el pecado original, al inficionar no sólo a la persona, sino a la naturaleza: aunque más grave para cada uno es el personal, cuando sueltas ya las riendas, abandonamos por todas partes nuestros miembros a que sirvan de armas de iniquidad para cometer el pecado; presos no ya del pecado ajeno, sino del propio. Pero el singular es gravísimo, porque fue cometido contra el Señor de Majestad cuando los impíos mataron injustamente al Justo y pusieron sus sacrílegas manos en el mismo Hijo de Dios, haciéndose homicidas cruelísimos, o más bien – si cabe decirlo – deicidas. ¿Qué son aquellos dos comparados con éste? En viendo este pecado, palideció y se horrorizó toda la máquina del mundo, como volviendo todas las cosas al antiguo caos. Pongamos que uno de los grandes del reino hubiera saqueado con mano enemiga la tierra del Rey; pongamos que otro, siendo de la mesa y consejo del Rey, hubiera sofocado su hijo único con traidoras manos, ¿no parecerá el primero inocente y libre en comparación del segundo? Pues así es todo pecado respecto de éste; y aun así sufrió en sí mismo este pecado aquel Señor que a sí mismo se hizo pecado, para condenar el pecado por el pecado; pues por éste fue lavado todo pecado, así original como personal, y el mismo pecado singular fue borrado por sí mismo.
8. La prueba, para mí, de que fue abolido el pecado máximo, consiste en que por él fueron lanzados los dos menores, y ved aquí el fundamento. Llevó los pecados de muchos y rogó por los transgresores para que no pereciesen: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! Vuela vuestra palabra Señor, sin que pueda ser detenida, y no volverá a ti vacía, haciendo aquello para que la enviaste. Mira ahora las obras del Señor, que puso como prodigios sobre la tierra. Fue herido con azotes, coronado de espinas, con clavos taladrado, clavado en un patíbulo, harto de oprobios, y aun, como olvidado de todos sus dolores, clama: ¡Perdónalos! Vense aquí por parte de muchas miserias del cuerpo, por otra muchas misericordias del corazón; por aquí dolores, por allí conmiseraciones; por aquí óleo de alegría, por allí gotas de sangre que corren hasta la tierra. Las misericordias del Señor son muchas, y muchas también son las miserias del Señor. ¿Vencerán las miserias a las misericordias o las misericordias a las miserias? Venzan, Señor, tus antiguas misericordias, venza la sabiduría a la malicia. Grande es verdaderamente su maldad; pero, Señor, ¿no es mayor tu piedad? Mucho mayor es en todo sentido. Conque ¿así, dice, se me vuelve mal por bien, y así han cavado una hoya para mi alma? Sí; cavaron la hoya para que ésta cayera en impaciencia. Pero ¿qué es la hoya que ellos han cavado para el abismo de tu mansedumbre? Pagando bienes con males, cavaron la hoya; más la caridad no se irrita, no se precipita, nunca falta, no cae en la hoya, y, a cambio de los males con que le han pagado, acumula bienes. No sucederá de ningún modo que las moscas muertas en el perfume en que cayeron disipen la suavidad de la fragancia que fluye de tu cuerpo, porque en ti está la misericordia y en él hay copiosa redención. Las moscas que perecieron al caer en el perfume, son las miserias, son las blasfemias, son los insultos con que te paga esta generación perversa y provocadora.
9. Pero tú, Señor, ¿qué haces? Cuando elevadas al cielo tus manos, cuando ya el sacrificio matutino pasaba a ser holocausto vespertino, cuando la virtud del incienso, cuyo rico olor subía a los cielos, cubría la tierra y refrigeraba a los mismos infiernos, sabiendo que serías oído por la reverencia que te es debida, clamabas: ¡Padre, perdónalos, que son saben lo que hacen! ¡Oh qué grande eres en perdonar! ¡Oh que grande es, Señor, la abundancia de tu dulzura! ¡Oh cuánto distan tus pensamientos de los nuestros! ¡Oh, qué firme ha estado, aun sobre los impíos, tu misericordia! ¡Oh qué maravilla! Clama Él: ¡Perdónalos! Y los judíos: ¡Crucifícale! Sus palabras se han suavizado más que el aceite, y éstas son saetas.
¡Oh caridad paciente, pero también compasiva! La caridad es paciente; basta. La caridad es benigna: esto es, el colmo y perfección de ella. No quieras ser vencido por el mal: caridad abundante; sino vence al mal con bien: esta es ya superabundante caridad. No sólo la paciencia de Dios, sino la benignidad suya redujo a penitencia a los judíos. La caridad es benigna, porque ella ama a los mismos a quienes tolera, y ámalos ardientemente. La caridad paciente disimula, sufre y espera al pecador, pero la benigna le atrae, le arrastra, hácele volver de sus extravíos, y al fin cubre y perdona la muchedumbre de sus pecados. ¡Oh judíos! Piedras sois, pero herís una piedra más blanda, y al herirla con vuestros golpes, da sonidos dulcísimos de piedad y mana de ella óleo suavísimo de caridad. ¿Cómo saciarás Señor, la sed de los que aman con el torrente de tus delicias, cuando así rocías con el óleo de tu misericordia a los que te crucifican?
10. Es claro, por tanto, que la Pasión de Cristo es poderosísima para destruir todo linaje de pecados. Pero ¿quién sabe si se me aplicará a mí? A mí se aplicará, si quiero, porque a otro no se pudo dar. ¿Se dio quizás al ángel? No la necesitó. ¿Al diablo tal vez? No se levantará jamás. En fin, no se hizo Él semejante a los ángeles, y sería necedad e impiedad pensar que tomó la semejanza de los demonios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los demás hombres, reducido a la condición de hombre. Hijo de Dios era, y tomó la forma de esclavo. Y no sólo tomó la forma de esclavo para estar sujeto, sino de esclavo malo, para ser azotado, y de esclavo pecador, para pagar la pena no teniendo la culpa.
Hecho semejante a los demás hombres, dice, no al hombre; porque el primer hombre no fue criado en carne de pecado ni en la semejanza de la carne de pecado. Cristo, pues, se sumergió más íntima y profundamente en la universal miseria de los hombres, para que aquel avizor ojo del diablo no percibiese el gran misterio de la piedad de Dios. Por eso en lo que se vio en su exterior conducta y en todo su porte fue reconocido como hombre: sin aparecer en Él, en las necesidades propias de la humana naturaleza, señal alguna de singularidad, por la cual fue reconocido como hombre en todo, y crucificado. A unos pocos se mostró claramente, para que hubiese quienes creyesen en Él; pero se ocultó a los demás, porque si le hubieran conocido, nunca al Señor de la gloria le hubieran crucificado. Para eso también juntó a aquel singular pecado la ignorancia, para que con alguien viso de justicia se pudiese perdonar a los ignorantes.
11. Mas dos cosas nos había dejado por herencia el antiguo Adán, que huyó de la presencia de Dios: labor y dolor: labor de la acción, dolor de la pasión. No le fue dicho esto en el paraíso que había recibido para cultivarlo y guardarlo; para cultivarlo, digo, agradablemente, y guardarlo fielmente para sí y sus descendientes. Cristo nuestro Señor consideró el trabajo y el dolor para ponerlos en sus propias manos, o más bien, para ponerse a sí mismo en manos del trabajo y del dolor, metiéndose en el cieno del abismo, viéndose hundido por la tempestad de las aguas. Mirad, dice al Padre, mi humillación y mi trabajo; porque soy pobre y vivo en trabajos desde mi juventud. Trabajó sufriendo: sus manos sirvieron en los trabajos.
Mira ahora lo que dice del dolor: ¡Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor semejante al mío. Verdaderamente Él tomó sobre sí nuestras dolencias y sobrellevó nuestros dolores. Verdaderamente fue Varón de dolores, pobre y que sabe padecer, el tentado en todo, pero sin pecado. Tuvo en su vida una acción pasiva, y en su muerte una pasión activa, obrando la salud en medio de la tierra.
Por tanto, yo me acordaré, mientras tuviere hálito de vida, de los trabajos que sufrió predicando, de su cansancio caminando, de sus tentaciones ayunando, de sus vigilias orando, de sus lágrimas compadeciéndose. Me acordaré también de sus dolores, de las afrentas, salivas, bofetadas, burlas, ignominias, clavos y demás cosas semejantes a éstas que por Él y sobre Él pasaron. Tengo ya un modelo a quien imitar y un guía a quien sufrir; sólo falta el resolverme de veras a seguirle e imitarle, que si no me reclamarán la sangre del Justo derramada sobre la tierra, y no estaré exento de aquel tan singular delito de los judíos, por haber sido ingrato a tamaña caridad, por haber hecho injuria al Espíritu de la gracia, por haber reputado vil y despreciable la sangre del Testamento, por haber pisoteado al Hijo de Dios.
12. Muchos padecen trabajos y dolores, mas por necesidad, no por voluntad; y éstos no son conformes a la imagen del Hijo de Dios. Otros los sufren con voluntad, pero no tienen parte ni suerte en estas promesas. Vela toda la noche el lascivo no sólo con paciencia, sino con gusto, a trueque de saciar sus malos deseos; vela el salteador vestido de hierro, para arrebatar la presa; vela el ladrón, para escalar la casa ajena. Pero todos estos y otros como ellos están lejos de aquel trabajo y dolor que el Señor considera. Los hombres, empero, de buena voluntad, que con libertad cristiana trocaron las riquezas por la pobreza, o también, no tendiéndolas, las despreciaron cual si las tuviesen, dejándolo todo por el Señor, así como Él lo dejó todo por ellos, ésos son los que le siguen dondequiera que vaya. Esta imitación es para mí poderosa prueba de que la pasión del Señor y la semejanza de su humildad se truecan en utilidad mía. Éste, pues, es el sabor, éste el fruto, así de su labor como de su dolor.
13. Mira que magníficamente se ha portado contigo aquella Majestad. Cuando quiso crear todo lo que hay en el cielo y debajo del cielo, dijo, y fue hecho. ¿Y qué cosa más fácil que el decir? Pero ¿fue quizás obra de una sola palabra el reformar y rehacer lo deshecho? Treinta y tres años vivió en la tierra, y tratando con los hombres en ella, tuvo calumniadores de sus hechos, insultadores de sus dichos, sin tener siquiera dónde reclinar su cabeza. Y esto, ¿por qué? Porque el Verbo había en cierto modo descendido de su sutileza y había tomado más tosco vestido. Habíase hecho carne, y por eso usaba de un modo de obrar algo más tosco y tardo. Mas así como nuestro pensamiento se viste de voz corporal sin disminución de sí mismo, ni antes ni después de la voz, así el Hijo de Dios tomó carne, sin padecer mezcla ni merma ni antes de la carne ni después de la carne. Era invisible en el seno del Padre; pero aquí nuestras manos trataron al Verbo de la vida, y vimos con nuestros ojos al que era desde el principio. Este Verbo, pues, porque había tomado carne purísima y había unido a sí una alma santísima, gobernaba libremente la actividad de su cuerpo, ya porque Él era la sabiduría y justicia, ya porque no tenía en sus miembros ley que repugnase a la ley de su espíritu. En mí, mi verbo o palabra no es sabiduría ni justicia; aun siendo capaz de una y otra, pueden faltar. Porque es más frecuente en nosotros servir a los vicios de nuestra carne que ordenar sus acciones y sus pasiones, estando toda edad, desde la más tierna, propensa al mal y anhelando goces aun entre los azotes y las espadas, aun en el riesgo de la misma muerte.
14. Dichoso aquel cuyo pensamiento – éste es nuestro verbo – dirige todas sus acciones a la justicia, de modo que sea sana la intención y recta la operación. Feliz aquel que por amor a la justicia encauza todas las pasiones de su cuerpo, para padecer por el Hijo de Dios todo lo que padece, de modo que falte en su corazón la queja y esté en su boca la acción de gracias y la voz de alabanza. El que así se levanta, toma su lecho y base de su casa. El lecho es nuestro cuerpo, en el cual estamos postrados antes por fuerza de nuestra enfermedad, sirviendo a nuestros deseos y concupiscencias. Mas ahora, lo llevamos, cuando nos vemos precisados a servir a nuestro espíritu, y llevamos también a nuestro muerto, pues el cuerpo muerto está por el pecado. Pero andamos, no corremos; porque el cuerpo corruptible grava al alma, y esta habitación terrena abate al espíritu, que piensa en muchas cosas. También vamos a nuestra casa. ¿A qué casa? A la madre de todos, pues nuestros sepulcros serán nuestra morada hasta la consumación de los siglos. O mejor aún, vamos a nuestra casa, que Dios nos ha de dar en el cielo, no hecha por mano de hombre y duradera para siempre. Los que bajo esta carga andamos, en dejándola, ¿cómo pensáis que correremos? ¿Cómo volaremos? Cierto en alas del viento.
Nos ha abrazado nuestro Señor Jesucristo con los dos brazos de la labor y del dolor: abracémosle también nosotros a Él con los dos de la justicia y para la justicia; es decir, enderezando a la justicia nuestras acciones y soportando por ella todas las pasiones. Digamos con la Esposa: He llegado a asirle; y no le soltaré. Digamos con el patriarca Jacob: No te dejaré ir si no me bendices. Porque ¿qué falta ya sino la bendición? ¿Qué hay tras del abrazo, sino el beso de la paz? Si así estuviese yo adherido a Dios, ¿cómo dejaría de exclamar: Bésame con el ósculo de su boca? Susténtanos, Señor, entre tanto con pan de lágrimas y danos bebida de lágrimas con medida, hasta que nos lleves a aquella medida buena colmada, agitada y rebosante, que echarás en nuestros senos, tú que en el seno del Padre eres Dios, bendito en los siglos. Amén.


Tomado de San Bernardo, OBRAS SELECTAS, BAC, 1957, pp. 454-463.

domingo, 29 de marzo de 2015

En España: La final de Gran Hermano VIP y la "Ley Mordaza"

Oliver Ibáñez ha publicado este nuevo video que expone la estrategia de la elite illuminati para hacer pasar medio inadvertidamente ante la opinión pública española la aprobación de una ley verdaderamente dictatorial, llamada “Ley Mordaza”, que restringe de manera considerable las libertades civiles de los españoles. Estrategias de este tipo se replican en todo el mundo más o menos siguiendo las mismas pautas. Y eso es obvio, porque es una misma entidad la que está detrás de esto, es un mismo ente pensante que extiende sus tentáculos por todas partes del orbe: los agentes de las fuerzas secretas o elite illuminati masónica. Felicitamos a Oliver por este breve pero esclarecedor video.

La tolerancia, virtud peligrosa

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo, N. 78, junio de 1957

En artículo anterior (“Catolicismo”, N. 75, marzo de 1957 ver aquí), tratamos el problema de la tolerancia, estableciendo que ésta, así como su contraria, que es la intolerancia, no se pueden calificar como intrínsecamente buenas, ni intrínsecamente malas. En otras palabras, hay casos en que tolerar es un deber, y no tolerar es un mal. Y otros casos hay, en que, por el contrario, tolerar es un mal y no tolerar es un deber.
Volvemos ahora al asunto, no para desarrollar aún más los principios básicos que ya expusimos, sino para mostrar los riesgos de la tolerancia y las precauciones con que se debe practicar.
Alegoría de la entrada de Enrique IV en París, por Rubens (*)
Antes de nada, recordemos que toda tolerancia, por más necesaria y legítima que sea, tiene riesgos que le son inherentes. En efecto, la tolerancia consiste en dejar subsistir un mal, para evitar otro mayor. Ahora bien, sucede que la subsistencia impune del mal trae consigo siempre un peligro, ya que el mal tiende necesariamente a producir efectos malos, y, además, tiene una seducción innegable. Así pues, existe el riesgo de que la tolerancia acarree, aún, por sí misma males mayores que aquellos que, por medio de ella, se desearon atajar. Es necesario que tengamos los ojos bien abiertos a este aspecto de la cuestión, pues es en torno de él que va a girar todo nuestro estudio.
Para evitar la aridez de una exposición exclusivamente doctrinal,  figurémonos la situación de un oficial, que nota en su tropa graves síntomas de agitación. Se le pone un problema: a) ¿Será el caso de castigar con todo el rigor de la justicia a los responsables? b) ¿O será mejor tratarlos con tolerancia? Esta segunda solución daría lugar a otras preguntas. ¿En qué medida y de qué manera practicar la tolerancia? ¿Aplicar penas blandas? ¿No aplicarlas, llamando a los culpables y aconsejándoles afectuosamente que cambien de actitud? ¿Fingir que se ignora la situación? ¿Empezar tal vez por la más benigna de estas soluciones, e ir aplicando sucesivamente las demás, a medida que los procesos disuasivos o blandos se vayan haciendo notoriamente insuficientes? ¿Cuál es el momento exacto en que se debe renunciar a este proceso para adoptar otro más severo?
Estas son preguntas que forzosamente asaltarán el espíritu de muchos oficiales, pero también de cualquier persona con autoridad o responsabilidad en la vida civil, siempre que tenga exacta conciencia de sus obligaciones. ¿Qué padre de familia, qué  jefe de la Administración, qué director de empresa, qué  profesor, qué líder, no se ha tropezado mil veces con todas estas preguntas, con todos estos problemas, con situaciones como esta?  ¿Cuántos males evitó por haberlas resuelto con perspicacia y vigor de alma? ¿Y cuántos tuvo que soportar por no haber dado una solución acertada a las situaciones en que se encontraba?
En realidad, la primera medida que debe tomar quien se ve en situaciones como ésta, consiste en hacer un examen de conciencia para precaverse contra las celadas que su carácter le pueda tender.
Debo confesar que, a lo largo de mi vida, he visto en esta materia los mayores disparates. Y casi todos ellos conducían al exceso de tolerancia.
Los males de nuestra época han adquirido el cariz alarmante que actualmente presentan, porque existe hacia ellos una simpatía generalizada, de la cual participan frecuentemente aquellos mismos que los combaten.

*        *        *

Hay, por ejemplo, muchos antidivorcistas. Pero entre ellos, numerosos son los que, oponiéndose al divorcio, tienen una manera de ser sentimental. En consecuencia, consideran románticamente los problemas nacidos del “amor”. Puestos delante de la situación de un matrimonio amigo, esos antidivorcistas pensarán que es sobrehumano, por no decir inhumano, exigir del cónyuge inocente e infeliz que rechace la posibilidad de comenzar una nueva vida (esto es, de dar muerte a su alma por el pecado). De boca para fuera, continuarán “lamentándose por el gesto” de este último, etc., etc. Pero cuando se le ponga el problema de la tolerancia, habrán hecho todo un montaje interior para justificar las condescendencias más extremas y más contrarias a la moral. Así, comentarán con blandura e indolencia lo ocurrido, recibirán en su casa a los recién “casados”, los visitarán, etc. O sea, por el ejemplo trabajarán en favor del divorcio, al mismo tiempo que por la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene mucho más que ganar que perder con tal conducta de millares o millones de antidivorcistas.
¿Cómo llegaron a la decisión de tolerar tan desdichadamente el cáncer roedor de la familia? Es porque en el fondo tenían una mentalidad divorcista.
Pero no paremos aquí. Tengamos el valor de decir la verdad entera. El hombre moderno tiene horror a la ascesis. Le es antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir “no” a los sentidos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha diaria contra las pasiones le parece una tortura china.
Y por esto, no sólo con los divorciados, el hombre moderno, aun cuando dotado de buenos principios, es exageradamente complaciente.
Hay legiones enteras de padres y profesores que por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o alumnos. Y el estribillo es siempre el mismo: Pobrecillo... Pobrecillo porque tiene pereza; no le gusta que los mayores le llamen la atención; come dulces a escondidas; frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un “pobrecillo” raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No es necesario decir en que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares, millones de desastres morales ocasionados por una tolerancia excesiva. “El que ahorra la vara a su hijo, odia a su hijo”, enseña la Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le interesa eso?
Lo mismo ocurre frecuentemente, mutatis mutandis, en las relaciones entre patrones y obreros de cierto género, ya que aquellos, tan paganizados cuanto estos, sienten que si fuesen obreros también serían unos revoltosos.
Y en todos los campos los ejemplos se podrían multiplicar.
Claro está que dicha tolerancia se apoya en todo tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica. Se acentúa demasiado la posibilidad de que las cosas se solucionen por sí mismas. Se cierran los ojos para los peligros de la impunidad. Y así por delante.
En realidad, todo esto se evitaría si la persona que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de desconfiar humildemente de sí.
¿Tengo ocultas simpatías hacia este mal? ¿Tengo miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo pereza de los esfuerzos que una actitud intolerante me impondría? ¿Encuentro ventajas personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista?
Sólo después de un examen de conciencia como éste la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o no tolerar. Pues sin este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación a sí mismo las diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de tolerancia.
Hay, a grosso modo, un consejo muy apropiado para los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene tendencias malas que están particularmente arraigadas en él. Uno es apático, el otro violento, otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia exija la victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no necesitamos tener mucho miedo de pecar por exceso de tolerancia. Pero siempre que ésta lisonjee nuestras malas inclinaciones, abramos los ojos, pues el riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que pequemos por demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más empalagoso, esquivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si somos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia para con los que nos injurian. Si somos sensuales, es poco probable que nos mostremos demasiado rigoristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en relación a la opinión pública, difícilmente nos excederemos en invectivas contra los errores de nuestro siglo.
Otro excelente consejo, para no pecar por exceso de tolerancia, consiste en desconfiar mucho más de una flaqueza nuestra en este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que cuando se trata de los nuestros.
Habitualmente, somos mucho más “comprensivos” cuando los otros son los que están en causa. Perdonamos más fácilmente al ladrón que robó a nuestro vecino, que al que asaltó nuestra propia casa. Y somos más propensos a recomendar el olvido de las injurias, que a practicarlo.
Y en este punto no perdamos de vista el doloroso hecho de que, según los primeros impulsos de nuestro egoísmo, Dios sería muchas veces para nosotros un tercero.
Así,  estamos mucho más inclinados a disculpar una ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro.
En general, éste es el estado de espíritu de los católicos hipertolerantes. Su lenguaje es imaginativo, sin energía, sentimental. Sólo saben argumentar — si es que se puede llamar a esto argumento — con el corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de ilusiones, atenciones, obsequios y muestras de afecto.
Pero se ofenden terriblemente, si un católico celoso les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y, en lugar de argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno personal. ¿Acaso piensan que soy tibio? ¿Que no sé perfectamente lo que tengo que hacer? ¿Dudan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!, ¡esto no lo puedo soportar! Y su pecho empieza a respirar nervioso, su rostro se llena de rubor, sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular. ¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intolerancia. Cualquier violencia, cualquier injusticia, cualquier unilateralidad se puede esperar de él. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en juego valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe, los derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadilla entra en escena, todo cambia. Y helo aquí dispuesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aun levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio: “¿Quién como yo?”
      Veremos, finalmente, en un próximo artículo, como debe ser practicada la tolerancia en los casos en que es justa.

Continuará

(*) El resultado de las guerras de religión en Francia del siglo XVI fue el establecimiento de un sistema de tolerancia. Enrique IV, candidato de los hugonotes al trono francés, convirtiéndose al catolicismo, pudo asumir la corona que por derecho dinástico le pertenecía. Y promulgó el edicto de Nantes, que concedía un régimen de tolerancia a los protestantes. La medida, quizás necesaria en aquél momento, tuvo malas consecuencias a lo largo del tiempo. Fue mérito de Luis XIII abatir la soberbia de los herejes,  y mérito de Luis XIV revocar el peligroso edicto.

viernes, 27 de marzo de 2015

La mejor cita bíblica para refutar una vez salvo, siempre salvo y la sola fe

Por el Hno. Pedro Dimond OSB

En el Nuevo Testamento se refutan la justificación por la sola fe y la idea de justificado de una vez y para siempre (conocida también como una vez salvo, siempre salvo). Las ideas de la sola fe y justificado de una vez y para siempre son contrarias y refutadas por básicamente cada libro en el Nuevo Testamento. Dado que hay tantas pruebas sobre este asunto, limitando el argumento a un versículo o pasaje en realidad no hace justicia a la cantidad de evidencia que se podría presentar al respecto. No obstante, si se me permitiera elegir un solo pasaje en el Nuevo Testamento para refutar la sola fe y justificado de una vez y para siempre, sería Gálatas 5, 19-21.

Gálatas 5, 19-21: “Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, sensualidad, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios".


miércoles, 25 de marzo de 2015

La Anunciación de Nuestra Señora – 25 de marzo

Él es Rey por derecho, y también por conquista

Plinio Corrêa de Oliveira

Vamos a comentar sobre este pasaje tomado de San Lucas:
En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquella salutación. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”.
Dijo María al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios”. Dijo María: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y se fue de ella el ángel.

*             *             *

 Por lo que yo recuerdo, la única cosa que sabemos de San Gabriel, el arcángel se encuentra en este episodio. Él fue enviado por Dios para entregar este magnífico mensaje a Nuestra Señora. Podemos tener una idea de lo que es este arcángel si consideramos la naturaleza de la tarea que se le dio. Existe una correlación entre el ángel y su virtud, por una parte, y la misión que recibe de Dios, por la otra. A través de una, podemos hacer conjeturas sobre la otra.
La Virgen y San Gabriel en el pórtico de la catedral de Reims
Por lo tanto, ¿cuál fue el mensaje de San Gabriel, que significa “fuerza de Dios”, llevó a la Virgen? Es un mensaje que afirma la encarnación del Verbo y, por lo tanto, es el mayor acto de poder y de dominación que Dios pudiera ejercer sobre el mundo. Con la Encarnación del Verbo, Dios estaba preparando el rescate del mundo. Al hacer esto, Él, que es el rey del mundo por derecho, también se convirtió en rey por conquista. Por lo tanto, Él —la segunda Persona de la Santísima Trinidad— entró en la tierra para conquistarla en la cruz; de esta manera especial, Él estableció su reinado sobre el mundo.
San Gabriel debe considerarse, por lo tanto, como el anuncio de la entrada victoriosa de Nuestro Señor Jesucristo en la humanidad. Él fue como un heraldo que va delante de un rey victorioso superando todos los obstáculos en su camino y anunciando: “¡He aquí el rey ha llegado! Él va a reinar!” Esta es una primera consideración que tenemos de este arcángel.
San Gabriel arcángel, detalle de Fray Angelico
Otra consideración que debemos tener es la del devoto de María por excelencia. Él fue quien pronunció el primer Avemaría, él fue el que dio a la Virgen un mensaje que le reveló quién era ella. Hasta ese momento, de acuerdo con todas las interpretaciones que he leído, ella no sabía que iba a ser la Madre de Dios. Ella oró para que el Mesías viniera pronto a la tierra y también para que ella pudiera convertirse en la sierva de su Madre para prestarle algunos pequeños servicios. Esa era su gran ambición.
Cuando vino el arcángel Gabriel y le anunció que ella misma iba a ser la madre del Mesías, él le hizo, por decirlo así, entender quién era ella. Su mensaje le explicó por qué ella había recibido de forma continua un inmenso río de gracias en toda su vida. Ella entendió la profundidad de la santidad para la que fue llamada. El anuncio del ángel le hizo comprender su propia misión.
Por lo tanto, cuando hizo esta revelación a María, él le hacía este servicio excepcional, que era un acto de suprema nobleza ordenado por Dios. Como resultado de ello, este hecho estableció un vínculo muy especial entre San Gabriel y la Virgen. En este sentido, él fue una especie de profeta que manifiesta a la Virgen lo que ella sería toda su vida y lo que sería su misión. Por lo tanto, otro aspecto de la personalidad de este arcángel es una gran unión con la Virgen y una gran devoción a ella.
La Anunciación por Fray Angélico en el convento de San Marcos, Florencia
Finalmente, podemos considerar otro lado, que es la manera en que él dio su mensaje. Estaba impregnado con una gran pureza. Ningún mensaje es más casto que este, que anunció la maternidad virginal. Este mensaje muestra cuánto amor tiene Dios por la pureza, por lo que, con el fin de salvaguardar la castidad virginal de Nuestra Señora, Él decidió una manera de concebir a Nuestro Señor Jesucristo que no implicaba ninguna obra humana: ella sería la Esposa del Espíritu Santo.
En la Anunciación, el arcángel es especialmente protector de su pureza y castidad. Si pudiéramos verlo, él nos inspiraría un millar de deseos y actos de admiración y anhelo de poseer la pureza en un grado eminente.
De aquí, podemos sacar algunas aplicaciones para las oraciones que podemos dirigirle hoy. San Gabriel anunció la venida y el triunfo del Mesías a la Virgen y por lo tanto a todos los hombres. Podríamos pedirle que ahora anuncie la recuperación de la realeza efectiva de Dios sobre la tierra a través de la venida del cumplimiento del mensaje de Fátima.
Hoy nos encontramos en una situación que es aún peor que la del mundo antiguo antes de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, podemos pedir que Nuestro Señor Jesucristo reine una vez más, que Él establezca su reino en la tierra en María y por María, y que este período de oscuridad en la que nos encontramos llegue a su fin. Él ha hecho una cosa, que haga la otra. Él tuvo la llave para cerrar la era de la antigüedad, y por lo tanto abrió una nueva época. Que Él cierre esta época y abra la del Reino de María.
Segundo: debemos pedir a San Gabriel una enorme, sobreabundante devoción a la Virgen y que esta devoción crezca cada instante hasta el final de nuestras vidas.
Tercero: debemos pedirle un amor más ardiente, intransigente, vigilante y, por tanto, más militante por la pureza, y tener toda forma de repulsión y desprecio por la impureza de todas las formas y grados. Esto es lo que deberíamos pedirle. Que él nos proteja y nos haga más cercanos a la Virgen.

Fuente: Nobility.org

San Gabriel: alto sentido jerárquico y castidad, dos pilares de la Contra-Revolución

Plinio Correa de Oliveira
Reunión del santo del día del 24 de marzo de 1965

De San Gabriel, dice el martirologio que fue enviado por Dios para anunciar el misterio de la Encarnación del Verbo divino. Protector de la Orden del Carmen. Al mismo tiempo, novena de la Anunciación de Nuestra Señora.
La Anunciación de Fray Angélico
Sobre San Gabriel, podemos tener cierta noción sobre quién él es exactamente por la naturaleza de su misión. Como los ángeles son seres de una naturaleza mucho más elevada que la nuestra, la tarea que hacen es una tarea relacionada con la naturaleza [de los ángeles], y no se puede encomendar [a un ángel] una tarea tan arbitrariamente como se hace entre los hombres.
Hay algunos ángeles que por naturaleza hacen eso, otros que por naturaleza hacen aquello otro, en cuanto no podemos decir que alguien es dactilógrafo por naturaleza, que nadie es embajador por naturaleza. En la hora de dificultades, un embajador es dactilógrafo y también, en la hora de la urgencia [de la realización de una tarea] un dactilógrafo – con grandes intereses personales – acaba siendo buen embajador.
Entonces, entre nosotros es más confuso, en cuanto en la naturaleza angélica es más preciso. No se trata ahí de tareas exactamente como la de la Anunciación. Se trata de tareas de otro género, de la posición, de la función del ángel en el cielo en relación a Dios.
Pero hay una razón poderosa de conveniencia del porqué la misión dada a ese arcángel de la Anunciación corresponde a la naturaleza de él. Y podemos, por lo tanto, deducir alguna cosa de la gloria, de las virtudes, del esplendor de ese príncipe celestial, a través de la naturaleza de la misión que le fue entregada.

POR LA GRANDEZA DE LA MISIÓN DE SAN GABRIEL, PODEMOS DEDUCIR LA ALTA CATEGORÍA DE ESTE ÁNGEL

De esa misión, ¿qué podemos decir? Antes que nada, que es una misión elevadísima; es la misión clave en toda la historia de la humanidad, porque aquel ángel que le fue dada la orden de decirle a Nuestra Señora que la plenitud de los tiempos había llegado, que el reino del demonio iba a terminar, que el reino del mal iba a ser pisado con los pies, que la humanidad iba a ser redimida, que las puertas del cielo se abrirían para la humanidad, el ángel encargado de pedirle a Nuestra Señora su consentimiento para ese hecho, el ángel encargado de anunciar el misterio de la Maternidad Virginal, ese ángel llevó el más alto mensaje que pueda haberse llevado en toda la historia de la humanidad. ¡Es una cosa de una importancia enorme!
Imaginen lo siguiente: ustedes saben que, según Santo Tomás, los astros son movidos por los ángeles para la gloria de Dios. Imaginemos qué grandeza tiene un ángel que mueva, por ejemplo, toda la Vía Láctea: ¿qué importancia, qué función, qué espíritu debe tener un ángel de esos?
Ahora, ¿qué es mover una miríada de estrellas como la Vía Láctea, qué es eso en comparación con mover el alma de Nuestra Señora, con actuar sobre el alma de Nuestra Señora, con ser el transportador de ese mensaje y obtener su consentimiento?
Se comprende que no hay ninguna comparación con cosa alguna. Por ahí se comprende la excelsitud de la misión de ese ángel.
De otro lado, se puede medir la importancia del mensajero, no sólo por la naturaleza del mensaje, sino por la importancia de quien mandó y por la importancia de aquel a quien se le manda. Un rey, que teniendo que mandar un mensaje muy importante, lo manda por medio de un hidalgo de su corte. Un mensaje de poca importancia, para mandar para una persona cualquiera, se manda a un empleado cualquiera con una notificación judicial. Ahora. Nuestra Señora es la Reina del cielo y de la tierra, la obra prima de Dios, destinada para ser la Madre de Él.
Se comprende que sólo aquel que es un ángel altísimo es quien sería escogido para esa misión. Entonces, podemos ver a través de eso lo que es la grandeza que existe dentro de ese ángel.

DOS PILARES DE LA CONTRA-REVOLUCIÓN EN LA PSICOLOGÍA DE SAN GABRIEL: ALTO SENTIDO JERÁRQUICO Y CASTIDAD

Podríamos deducir algo de la “psicología” del ángel en eso, con dos notas muy importantes, y que en los cuadros de Fray Angélico sobre la Anunciación están muy presentes: en primer lugar, un sentido de jerarquía muy curioso.
Cuando el ángel fue a hablar con Nuestra Señora, ella aún no era la Madre de Dios. Pasó a serlo a partir del momento en que ella aceptó la comunicación y el Espíritu Santo actuó en ella. Y San Gabriel, por naturaleza, era superior a Nuestra Señora. De manera que cuando hablaba, era para una persona que le era inferior, que él estaba convidando para ser su Reina.
Por otro lado, le llevaba un mensaje de una predilección tal de Dios sobre Nuestra Señora en relación a él, que la colocaba fuera de cualquier paralelo con él.
Entonces, Fray Angélico pinta al ángel con un tal respeto, con una tal veneración ante Nuestra Señora, como quien toma la superioridad de su naturaleza y la pone debajo por causa de la grandeza de la misión de Nuestra Señora, ¡que es una cosa extraordinaria!
En cuanto Nuestra Señora también habla con el ángel, ella se inclina con todo respeto, porque ella estaba recibiendo un mensaje de Dios y porque, como persona, es inferior al ángel. Ustedes pueden notar las superioridades reciprocas, en las cuales, naturalmente, Nuestra Señora acaba siendo mayor que el ángel.
También, en la escena, un mundo de respeto mutuo de ella por él y de él por ella, que indica bien el sentido de jerarquía que estaba incluido en ese acto. Sentido de jerarquía que es lo opuesto del non serviam [no serviré] de Satanás.
Muchos dicen que el demonio rechazó servir porque no quería reconocer al Verbo encarnado como objeto de su adoración y no quería reconocer una mera criatura humana como su Reina. Eso parece haber sido un punto que polarizó todo un movimiento que él tenía contra Dios por causa del orgullo.
San Gabriel hizo lo contrario. Fue a llevar ese mensaje lleno de adoración y amor. Mensaje que colocaba – bajo cierto punto de vista – al reino angélico por debajo del reino humano, algo que elevaba por encima de él a alguien que le era inferior. Colocado delante de su nueva Reina, tan inferior a él por naturaleza, él se inclinó como el más respetuoso y venerador de los cortesanos delante de su Reina. Podemos percibir el alto sentido de disciplina, el alto sentido de jerarquía que se ve ahí y, por tanto, un sentido de contra-revolución muy marcado.
A eso podemos acrecentar otro aspecto. Quien va a dirigirse a la Virgen de las vírgenes para decirle que ella va a ser Madre y continuar siendo Virgen, hace una tal glorificación de la virginidad, que es una especie de obra prima de pureza mostrar que, delante de ese hecho tan inmenso de la Encarnación, Nuestro Señor resolvió violar todas las reglas de la naturaleza para salvar la virginidad perfecta de Nuestra Señora, y dar una nueva gloria para el género humano, haciendo de ella la Esposa del divino Espíritu Santo, para que ella tuviese un Hijo que no fuese hijo [engendrado por el] hombre.
¡Es un mensaje que es una de las mayores glorificaciones de la castidad! Y podemos comprender cuál relación especial con la pureza necesita tener un ángel así.
Por otro lado, son los dos pilares de la Contra-Revolución: la humildad y el amor a la pureza.
El orgullo y el amor a la sensualidad, al contrario, son los pilares de la Revolución. Podemos comprender cómo la vieja serpiente orgullosa y sensual fue pisada en ese acto, y cómo de esa manera San Gabriel nos aparece pisando al demonio, no menos como cuando San Miguel arcángel expulsó al demonio del cielo. Un pintor que en esa hora pintase a San Gabriel arrodillado delante de Nuestra Señora y pisando la cabeza del demonio, pintaría una cosa profundamente real.

DEBEMOS PEDIR ESPECIALMENTE A SAN GABRIEL EL AMOR A LA JERARQUÍA Y A LA PUREZA

Y de ahí comprendemos cuántos motivos tenemos para pedirle a San Gabriel que nos de esas dos gracias: 1) la del sentido de la jerarquía, del amor a la superioridad, del gusto de tener a quien sea más que nosotros – aunque ese “más que nosotros” sea inferior a nosotros por varios lados –; 2) y ese gusto pulcro por la pureza, de la pureza en cuanto principio, en cuanto valor moral y no apenas como una cosa física, ese gusto pulcro que, necesariamente, tiene algo con los trazos de santidad especifica de ese arcángel.
Los santos y los ángeles son llamados a dar a la humanidad aquello por donde ellos más glorifican a Dios. San Francisco nos da el espíritu de pobreza; San Ignacio nos da aquella lógica soberana, inflexible e incomparable de los Ejercicios Espirituales; San Benito nos da el gusto por la verdadera liturgia y por la verdadera contemplación. Los que más tuvieron más, más ellos dan.
San Gabriel irradia esas virtudes en tan alto grado, que es hecho para obtenernos esas virtudes. Vamos a pedirle, por lo tanto, esas virtudes en la noche de hoy.

lunes, 23 de marzo de 2015

Santo Toribio de Mogrovejo, un santo de la Contrarreforma – 23 de marzo

Plinio Corrêa de Oliveira
Reunión del 22 marzo 1966

Reseña biográfica:
Santo Toribio de Mogrovejo, su fiesta se conmemora
en Perú el 27 de abril
“Santo Toribio nació en 1538, en Mayorga, España, de una noble familia. Desde la infancia reveló gusto por la virtud y un extremo horror al pecado, al lado de una gran devoción a la Santísima Virgen. Cada día recitaba su Oficio y el Rosario, y los sábados ayunaba en su honor.
“Con inclinación para los estudios, los hizo en Valladolid y Salamanca. Felipe II pudo conocerlo, y notándole las cualidades, lo nombró primer Magistrado de Granada y Presidente del Tribunal de la Inquisición de esa ciudad, cargo que ejerció de forma excepcional durante cinco años. Habiendo vacado la sede episcopal de Lima, en el Perú, el soberano lo llamó para el cargo a pesar de sus vehementes protestas. Fue ordenado sacerdote y obispo y asumió su puesto a los 43 años de edad.
“Su diócesis era inmensa y las costumbres de los españoles y otros conquistadores, incluso del clero, dejaban mucho que desear.
“Los salvajes, a su vez, estaban abandonados o eran perseguidos. Santo Toribio no se dejó desanimar. Resolvió aplicar las decisiones del Concilio de Trento para reformar la región.
“Dotado de excepcional prudencia y celo activo y vigoroso, comenzó por la reforma del clero, tornándose inflexible con cualquier escándalo que de allí viniese. Se tornó el azote de los pecadores públicos y el protector de los oprimidos. Fue duramente perseguido por ello.
“Como algunos cristianos diesen a la ley de Dios una interpretación que favorecía las inclinaciones desarregladas de la naturaleza, les mostró que Cristo era la Verdad y no una costumbre, y que en su Tribunal todos nuestros actos serían pesados, no por la falsa balanza del mundo, mas por la balanza del Santuario”.
“Consiguió nuestro santo lo que quería, y se volvió a la práctica de las máximas evangélicas con enorme fervor, principalmente con la llegada del virtuoso Virrey Don Francisco de Toledo.
“Infatigable por la salvación de la menor de las almas de su rebaño, no ahorraba ningún trabajo. Protegió a los indios, llegando a aprender, en edad avanzada, varios de sus dialectos para poder enseñarles el catecismo. Toda esa actividad era iluminada por intensa piedad: Misa, larga meditación diaria, largas horas de oración y severas penitencias. Su oración era continua, pues la gloria de Dios era el fin de todas sus palabras y acciones.
“Santo Toribio cayó enfermo en Zaña, ciudad distante de Lima. Previó su muerte, y distribuyó sus bienes a sus criados y a los pobres. Repitiendo sin cesar las palabras de San Pablo, “Deseo ser libertado de los lazos de mi cuerpo para unirme a Cristo”, murió diciendo con el Profeta: “Señor, en tus manos entrego mi espíritu”. Era el 23 de marzo de 1606 cuando expiró el gran apóstol del Perú”.

Comentario del Prof. Plinio:
"Milagro de Santo Toribio",
del pintor italiano Sebastiano Conca
Es una tan bonita biografía que casi no provoca comentarla.
En todo caso, vamos a considerar algunos aspectos. El primero de ellos, naturalmente, es la excepcional devoción de Santo Toribio a la Santísima Virgen. Todos nosotros sabemos bien que sin devoción a Ella no hay santidad y que la santidad está, de algún modo, en la medida de la devoción a Nuestra Señora.
Pero después, pasemos un poco para la consideración de cosas del tiempo.
Este hombre tan piadoso es “notado” por el rey Felipe II; y tan pronto el rey lo nota, lo convoca para el poder judicial.
Imaginen ustedes que alguien les contase una cosa así: “El presidente X, de tal país, estuvo en tal lugar, y oyó hablar de un hombre muy religioso, que ayunaba, que todos los sábados hacía tal penitencia así, rezaba el Oficio Parvo [de la Santísima Virgen]. Cuando el presidente oyó hablar de él, exclamó: «¡Oh, aquí está el magistrado que busco!». ¿Ustedes lo creerían?
Si eso fuese publicado nadie lo creería, porque todo el mundo sabe que ningún jefe de Estado contemporáneo selecciona los hombres verdaderamente piadosos, verdaderamente religiosos.
Ahora, ¡maravilla de las maravillas! Él [Felipe II] encontró un hombre piadoso, pero que no era para nada blando, sentimental, de cuello torcido... El rey Felipe II, que era bien lo contrario de ese sentimentalismo —cualidad que no le puede ser negada en ningún caso—, viendo ese hombre tan bueno, lo llamó para el ramo especial de la judicatura, que era la Inquisición “contra la perfidia de los herejes” que se hacían pasar por católicos. Y he aquí entonces a nuestro hombre transformado en perseguidor de los herejes. Y este hombre sale de las sombras, del santuario, de las dulzuras de su piedad, para ser el azote de los herejes, y ejerce tan bien su cargo que es nombrado después obispo del Perú.
Felipe II
Ustedes están viendo cómo esto significa, al fin de cuentas, toda una atmósfera, toda una época en que la virtud era procurada, era galardonada, era considerada como un instrumento para la buena marcha del gobierno de un reino. Y ustedes ven el acierto de Felipe II mandando para el Perú a un hombre de estos.
Es decir, comprendiendo muy bien toda la corrupción a que estaba sujeta una nación del imperio español, con la permanencia de la élite en España, o en Portugal, y la venida de la “borra” para América del Sur. Entonces, su preocupación fue tomar un hombre eminente de esos para implantar el reino de Cristo en el Perú; para consolidar los fundamentos del reino de Cristo en el Perú. Ustedes, entonces, pueden percibir mejor cómo había verdadero celo de parte de Felipe II en la propagación de la fe.
Hay por ahí unos agitadores que dicen que España y Portugal, cuando hicieron el descubrimiento, sólo se interesaban por dinero. ¿Qué ganaba en términos monetarios Felipe II en implantar, en mandar a un hombre de ese valor para el Perú, para hacer reformas de carácter espiritual? ¡Nada!
Ese hombre comienza a actuar, ese hombre se transforma allí en el azote del mal, porque él es un santo auténtico, que sabe azotar. Él se transforma en el azote de los malos sacerdotes, reforma el clero, etc., pero su acción es prestigiada por otro hombre de altas virtudes, que Felipe II manda para el cargo de Virrey del Perú y que es Don Francisco de Toledo.
Ustedes están viendo un rey al que Santa Teresa llamaba “nuestro gran Rey”, “nuestro santo Rey Felipe”. Están viendo un santo obispo Inquisidor, un santo Virrey. ¿Quién es que oye hablar de cosas de esas en los días de hoy?
¡Cómo hemos bajado! ¡Cómo caímos! ¡Cómo hemos llegado a un estado de cosas tan tremendo, que nuestra tentación es hasta de considerarlo natural! A veces se habla [en el Brasil] de ciertos campesinos degradados que viven en el litoral marítimo, que son tan decadentes que hasta encuentran natural la vida que llevan. Nosotros, los hombres del siglo XX, espiritualmente somos así. Estamos en una tal decadencia, que nos parece natural que haya ciertos entes de pesadilla por ahí, gobernando, mandando, hablando, dirigiendo, etc. No comprendemos el fondo del abismo en que estamos, porque lo normal es eso: normal es que un obispo sea un Santo Toribio de Mogrovejo, y no que sea (...) ¡Eso es lo normal! Normal es que el poder político esté entregado a un rey o a un virrey virtuoso; no a ciertos hombres que nosotros vemos por ahí.
Pero nosotros hasta ya perdimos la noción de normalidad: los padrones de normalidad se arruinaron.
Entonces, ¿qué debemos pedirle en su fiesta a Santo Toribio de Mogrovejo?
Debemos pedirle que nos obtenga la gracia de luchar activamente para que cese este estado de impiedad en que la normalidad parece un cuento de hadas; parece un cuento chino, y es ese horror que se ve por ahí lo que parece “normalidad”.
Es la derrota del “orden” revolucionario de cosas y el triunfo de la Contra-Revolución, lo que debemos pedir a ese Santo inquisidor, que habría luchado por la Contra-Revolución, y que tanto luchó como inquisidor por la Contra-Revolución. De lo alto de los cielos, ciertamente, él oirá con benignidad y con alegría nuestra súplica.

Fuente: PlinioCorreadeOliveria.info

jueves, 19 de marzo de 2015

Comparación del poderío militar y nuclear de Rusia & China vs los Estados Unidos ante una eventual Tercera Guerra Mundial

No están incluidos en este video los aliados de la OTAN de una parte y los aliados de Rusia y China por la otra.

LAS FUERZAS ARMADAS DE LA FEDERACIÓN RUSA
El número de soldados se especifica por decreto del Presidente de Rusia. El 1 de enero de 2008, se estableció un número de 2.019.629 unidades, incluyendo 1.134.800 unidades de militares. En 2010 el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) estimó que las Fuerzas Armadas de Rusia sumaban alrededor de 1,04 millones de tropas activas y 2,035 millones de reservas en la región (en su mayoría ex reclutas). A diferencia de personal especificado por decreto, el personal real y a sueldo en las fuerzas fue reportado por la Cámara de Cuentas de Rusia en 766.000 en octubre de 2013. En diciembre de 2013, las fuerzas armadas estaban en el 82 por ciento de la mano de obra requerida.
Según el SIPRI, Rusia gastó cerca de 72 mil millones dólares en armas en 2011. Rusia planea nuevos aumentos en el gasto militar, con los proyectos de presupuesto que muestran un aumento del 53% en términos reales hasta 2014. Sin embargo, SIPRI añade lo que muchos analistas ponen en duda si la industria será capaz de cumplir esos ambiciosos planes después de décadas de estancamiento tras el colapso de la Unión Soviética.
LAS FUERZAS ARMADAS DE LA REPÚBLICA DE CHINA
El Ejército Popular de Liberación (EPL) es el ejército de la República Popular de China (RPC), bajo la dirección del PC de China. El 1 de agosto se celebra anualmente como el Día de los Trabajadores y Agricultores del Ejército Rojo de China. El EPL se compone de cuatro ramas de servicios profesionales: 1) El Ejército Popular de Liberación de Fuerza de Tierra, 2) El Ejército Popular de Liberación de la Armada, 3) El Ejército Popular de Liberación de la Fuerza Aérea y 4) el Segundo Cuerpo de Artillería. El EPL es la fuerza militar más grande del mundo, con una fuerza de aproximadamente 2.285 millones de personal, el 0,18% de la población del país. La insignia del Ejército de Liberación Popular consiste en un medallón con una estrella roja con los caracteres chinos Ocho y Uno, en referencia al 1 de agosto.
LAS FUERZAS ARMADAS DE LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA
El ejército de los Estados Unidos es uno de los más grandes en términos de número de personal militar. Su personal proviene de un gran grupo de voluntarios pagados; aunque el reclutamiento se ha utilizado en el pasado en varios momentos de guerra y paz, no se ha utilizado desde 1972. A partir de 2013, los Estados Unidos gasta alrededor de $ 554,2 mil millones de dólares al año para financiar sus fuerzas militares, y se apropia de aproximadamente 88,5 mil millones dólares para financiar las Operaciones de Contingencia Exteriores. En conjunto, los Estados Unidos, constituyen aproximadamente el 39 por ciento de los gastos militares en el mundo. Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos tienen capacidades significativas en defensa y proyección de poder gracias a su avanzado y potente equipo y su amplio despliegue de fuerza en todo el mundo.
Al 31 de diciembre de 2013, 1.369.532 personas estaban en servicio activo en las fuerzas armadas, con un adicional de 850.880 personas en los siete componentes de la reserva. Es un ejército completamente voluntario, pero el reclutamiento a través del Sistema de Servicio Selectivo puede ser promulgado a petición del Presidente y la aprobación del Congreso. Todos los hombres de entre 18 a 25 que viven en los Estados Unidos están obligados a inscribirse en el Servicio Selectivo para un posible llamado a filas en el futuro.
Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos es la segunda mayor del mundo, después del Ejército Popular de Liberación de China, y tiene tropas desplegadas en todo el mundo.

Personalmente creemos que la 3ra Guerra Mundial en un futuro más bien cercano que lejano es un hecho inevitable (nos gustaría estar equivocados al respecto) puesto que la recopilación periodística alrededor del mundo lleva a concluir esto y sobre todo porque está dentro del plan de la Revolución Anticristiana de implantar la República Universal también conocida como Nuevo Orden Mundial. Y no tenemos la menor duda de que las dos partes enfrentadas en este eventual conflicto en realidad son manejadas por una misma mano (las sociedades secretas)

Véase la conspiración de las 3 Guerras Mundiales aquí

miércoles, 18 de marzo de 2015

La cruel realidad de Corea del Norte

Este es un impresionante documental que muestra la realidad del país más hermético del mundo y uno de los pocos enclaves comunistas que todavía subsisten en el mundo. Personalmente creo que el supuesto "poderío militar" de Corea del Norte es más un bluff (engaño) que una realidad. Ese enclave comunista subsiste porque implementa una intensa guerra psicológica tanto al interior como al exterior del país. Al interior para mantener a la población esclavizada y sumida en el miedo y al exterior haciendo creer a la comunidad internacional que Corea del Norte es una "potencia militar" de temer. Esta guerra psicológica hacia el exterior mantiene inmovilizada a la comunidad internacional para no intervenir para derribar la cruel y satánica dictadura comunista y liberar a los pobres habitantes que viven un verdadero infierno. Si se ha justificado ante la opinión pública mundial la intervención militar en países como Irak, Libia, Siria etc. en nombre de la libertad y la democracia, ¿por qué no se hace lo mismo con Corea del Norte que de democrática no tiene nada? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones de este interesante y conmovedor video documental.

viernes, 13 de marzo de 2015

Retorno al Orden, un libro de gran interés (y video en inglés)

El libro Return to Order (Retorno al Orden) aborda la creciente alarma, confusión y frustración que asaltan al espíritu cuando se considera el creciente descontrol de la nación de los Estados Unidos de América (una realidad que puede aplicarse prácticamente a todas las naciones occidentales), el mayor poder temporal que jamás haya existido.
El libro Return to Order por John Horvat II, es el fruto de veinte años de ardua investigación y trabajo, y es la columna vertebral y la base doctrinal de un esfuerzo no partidista, sin fines de lucro, que tiene el propósito de servir de ayuda para que Norteamérica retorne al orden social cristiano orgánico (véase El reino de Cristo: la civilización cristiana y la cultura cristianaEl reino de Cristo: el ideal de la perfección social, El reino de Cristo: La Iglesia y la civilización cristiana) y así consiga librarse de la ruptura social, la polarización y parálisis política, y otros grandes males que esa nación padece.
Es un libro de gran interés tanto para los estadounidenses como también para todos los ciudadanos de la totalidad de las naciones occidentales.
El libro se puede adquirir aquí.



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jueves, 12 de marzo de 2015

¿Qué es la tolerancia?

Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 75 - Marzo de 1957

En materia de tolerancia, tal vez más que en cualquier otra, la confusión reina tan completamente, que parece indispensable esclarecer el alcance de los términos antes de abordar el mérito de la cuestión.
¿Qué es precisamente la tolerancia?
Imagínese la situación de un hombre que tiene dos hijos: uno de principios sanos y voluntad fuerte y otro de principios indecisos y voluntad vacilante. En determinado momento aparece en el lugar en que reside la familia un profesor que dará un curso de vacaciones extraordinariamente útil para ambos hijos. El padre desea que sus hijos asistan al curso, pero ve que esto implicará en privarlos de varios paseos a los cuales ambos están muy apegados. Pesados los pro y los contra, el padre fija su juicio sobre el asunto: conviene más que sus hijos renuncien a algunas distracciones, por lo demás muy legítimas, que perder una ocasión extraordinaria de desarrollarse intelectualmente. Una vez comunicada la decisión a los hijos, la actitud de ellos varía. El primero, después de un momento de rechazo, accede a la voluntad paterna. El otro se lamenta, implora, suplica al padre que cambie su decisión, y da tales muestras de irritación, que es de temer un grave movimiento de rebelión de su parte.
Delante de esto, el padre mantiene su decisión en cuanto al hijo bueno. Pero considerando lo que le cuesta al hijo mediocre el esfuerzo de la rutina escolar y previendo las muchas ocasiones de conflicto que surgirían en la vida diaria en las relaciones de ambos, para la eventual salvaguarda de principios morales impostergables, juzga mejor no insistir y da su consentimiento para que ese hijo no haga el curso.
Actuando así con el hijo mediocre y tibio, el padre le dio un permiso a de mala gana. Un permiso que no es de modo alguno una aprobación. Un permiso que le fue como que arrancado por la mala disposición de su hijo. Para evitar un mal (la tensión con el hijo), el padre consintió en un bien menor (las excursiones de vacaciones), y desistió de un bien mayor (el curso de verano). Es a este tipo de consentimiento dado sin aprobación, y hasta con censura, que se llama tolerancia.
Está claro que, a veces, la tolerancia es el consentimiento, no en un bien menor para evitar un mal, sino en un mal menor para evitar uno mayor. Sería el caso de un padre que, teniendo un hijo que contrajo varios vicios graves, y puesto en la imposibilidad de hacerlos cesar todos, forma el proyecto de combatirlos sucesivamente. Así, en cuanto procura obstaculizar un vicio, cierra los ojos a los demás. Este cerrar de ojos, que es un consentimiento dado con profundo disgusto, tiene como fin evitar un mal mayor, esto es que la enmienda moral del hijo se vuelva imposible. Esto es lo que caracteriza una actitud de tolerancia.

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Lot y sus hijas huyen de Sodoma, incendiada por la cólera divina 
(mosaico del siglo XII, catedral de Monreal, Italia) (*)
Como acabamos de ver, la tolerancia sólo puede ser practicada en situaciones anormales. Si no hubiese malos hijos, por ejemplo, no habría necesidad de tolerancia de parte de los padres.
Así, en una familia, cuanto más los miembros fueren forzados a practicar la tolerancia entre sí, tanto más anómala será la situación.
Se siente mucho la realidad de lo que está aquí dicho si se considera el caso de una orden religiosa o de un ejército en que los jefes o superiores tengan que usar habitualmente una tolerancia sin límites con sus subordinados. Tal ejército no está apto para ganar batallas. Tal orden religiosa no está caminando para las altas y rudas cimas de la perfección cristiana.
En otros términos, la tolerancia puede ser una virtud. Pero es virtud característica de las situaciones anómalas, ruinosas, difíciles. Ella es, por así decir, la cruz de cada día del católico fervoroso en las épocas de desolación, decadencia espiritual y ruina de la civilización cristiana.
Por esto mismo se comprende que la tolerancia sea tan necesaria en un siglo de catástrofe, como el nuestro. A todo momento, el católico se encuentra, en nuestros días, en la contingencia de tolerar algo: en el tranvía, en el autobús, en la calle, en los lugares en que trabaja, en las casas en que hace visitas, en los hoteles en que veranea, él encuentra a todo momento abusos que le provocan una lamento interior de indignación. Lamento que, entretanto, en ocasiones normales sería un deber de honra y de coherencia.
De pasada, es curioso hacer observar la contradicción en que caen los adoradores de este siglo. De un lado, elevan enfáticamente a las nubes sus cualidades, y silencian o subestiman sus defectos. De otro, no cesan de apostrofar a los católicos intolerantes, suplicando tolerancia en favor del siglo. Y no se cansan de afirmar que esa tolerancia debe ser constante, omnímoda y extrema. No se comprende cómo no perciben la contradicción en que se colocan. Pues sólo hay tolerancia en lo que es anormal, y proclamar la necesidad de mucha tolerancia es afirmar la existencia de mucha anomalía.
De cualquier manera, griegos y troyanos están de acuerdos en reconocer que la tolerancia en nuestra época es muy necesaria.

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En estas condiciones, es fácil percibir cuánto es de errado andar pregonando a todo momento en favor de la tolerancia.
En efecto, habitualmente se le da a este vocablo un sentido elogioso. Cuando se dice que alguien es tolerante, esta afirmación viene acompañada de una serie de alabanzas implícitas o explícitas: gran alma, gran corazón, espíritu generoso, comprensivo, naturalmente propenso a la simpatía, a la cordura, a la benevolencia. Y, como es lógico, el calificativo de intolerante también trae consigo una secuela de censuras más o menos explícitas: espíritu estrecho, temperamento bilioso, malévolo, espontáneamente inclinado a desconfiar, odiar, resentirse y vengarse.
En realidad, nada es más unilateral. Pues, si hay casos en que la tolerancia es un bien, hay otros en que es un mal. Y puede llegar a ser un crimen. Así, nadie merece encomio por el hecho de ser sistemáticamente tolerante o intolerante, mas por ser una u otra cosa conforme lo exigen las circunstancias.
El problema se sale de lugar. No se trata de saber si alguien puede o debe ser tolerante o intolerante por sistema. Importa, eso sí, indagar cuándo se debe ser una u otra cosa.

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Antes de todo cumple resaltar que hay una situación en la cual el católico tiene que ser siempre intolerante. Y esta regla no admite excepciones. Es cuando se desea que, para complacer a otros, o para evitar algún mal mayor, la persona cometa algún pecado. Pues todo pecado es una ofensa a Dios. Y es absurdo pensar que en alguna situación Dios pueda ser virtuosamente ofendido.
Esto es tan obvio, que parecería superfluo decirlo. Entretanto, en la práctica, cuántas veces sería necesario recordar este principio.
Así, por ejemplo, nadie tiene el derecho de, por tolerancia con los amigos, y con la intención de despertar en ellos la simpatía, vestirse de modo inmoral, adoptar las maneras licenciosas o livianas de las personas de vida desordenada, ostentar ideas temerarias, sospechosas o hasta erradas, o alardear vicios que en la realidad – gracias a Dios – no tienen.
Que un católico, para dar otro ejemplo, consciente de los deberes de fidelidad que le incumben para con la escolástica, profese otra filosofía sólo para granjear simpatías en cierto medio, es una forma de tolerancia inadmisible. Pues peca contra la verdad quien profesa un sistema en que sabe existen errores, aun cuando estos no sean contra la fe.
Pero los deberes de la intolerancia, en casos como estos, van más lejos. No basta que nos abstengamos de practicar el mal. Es preciso también que nunca lo aprobemos, ni por acción ni por omisión.
Un católico que delante del pecado o del error, toma una actitud de simpatía, peca contra la virtud de la tolerancia. Es lo que se da cuando él presencia, con una sonrisa sin restricciones, una conversación o una escena inmoral, o cuando, en la discusión, reconoce a otros el derecho de abrazar la opinión que se les antoje sobre la religión. Esto no es respetar al adversario, es respetar sus errores o pecados. Esto es aprobar el mal. Y hasta allá un católico no puede llegar jamás.
A veces, sin embargo, se llega hasta allá pensando no haber pecado contra la intolerancia. Es lo que ocurre cuando ciertos silencios en frente del error o del mal dan la idea de una aprobación tácita.
En todos estos casos, la tolerancia es un pecado, y sólo en la intolerancia consiste la virtud.

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Leyendo estas afirmaciones, es admisible que ciertos lectores se irriten. El instinto de sociabilidad es natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo armonioso y agradable.
Ahora bien, en circunstancias cada vez más numerosas el católico está obligado, dentro de la lógica de nuestra argumentación, a repetir delante del siglo el heroico “non possumus” de Pío IX: no podemos imitar, no podemos concordar, no podemos callar. Luego se crea en torno de nosotros aquel ambiente de guerra fría o caliente con que los partidarios de los errores y modas de nuestra época persiguen con implacable intolerancia, y en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos. Una cortina de fuego, de hielo o simplemente de celofán nos cerca y aísla. Una velada excomunión social nos mantiene al margen de los ambientes modernos. Ahora, de esto el hombre moderno tiene miedo casi como de la muerte. O más que de la propia muerte.
No exageramos. Para tener derecho de ciudadanía en tales ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con infartos y anginas cardiacas, hay señoras que ayunan como ascetas de la Tebaida, y llegan a exponer gravemente su salud. Ahora, perder una “ciudadanía” de tal “valor”, solo por amor a los principios… es preciso realmente amar mucho los principios.
Y después está la pereza. Estudiar un asunto, compenetrarse de él, tener enteramente a mano en cualquier oportunidad los argumentos para justificar una posición… cuánto esfuerzo… cuánta pereza. Pereza de hablar, de discutir, está claro. Sin embargo, más aún, pereza de estudiar. ¡Y sobre todo la suprema pereza de pensar con seriedad sobre algo, de compenetrarse de algo, de identificarse con una idea, un principio! La pereza sutil, imperceptible, omnímoda, de ser serio, de pensar seriamente, de vivir con seriedad, cuánto aparta de esta intolerancia inflexible, heroica, imperturbable, que en ciertas ocasiones y en ciertos asuntos (en tantas ocasiones, en tantos asuntos, mejor sería decir) es hoy como siempre el deber del verdadero católico.
La pereza es hermana de la displicencia. Muchos se preguntarán por qué tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto sacrificio, si un paseo no hace el verano, y con nuestra actitud los otros no mejoran. Extraña objeción. Como si debiésemos practicar los mandamientos sólo para que los otros los practiquen también, y quedásemos dispensados de hacerlo una vez que los demás no nos imitan.
Atestiguamos delante de los hombres nuestro amor al bien y nuestro odio al mal para dar gloria a Dios. Aun cuando el mundo entero nos reprobase, deberíamos continuar haciéndolo. Que los otros no nos acompañen no disminuye los derechos que Dios tiene de nuestro obediencia.
Pero estas razones no son las únicas. También está el oportunismo. Estar de acuerdo con las tendencias dominantes es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras. Prestigio, confort, dinero, todo, todo se vuelve más fácil y más obtenible si se acomoda con la influencia dominante.
Por donde se ve cuánto cuesta el deber de la intolerancia. Lo que nos da el punto de partida para el artículo siguiente, donde pretendemos tratar de los límites de la intransigencia, y de los mil medios que hay para defenderla.

Continuará…


(*) Magnífico ejemplo de la intolerancia final de Dios, que no quiso dejar subsistir aquel antro de abominación. Magnífico ejemplo, también, de intolerancia del varón justo, que nada quiso de común con los vicios de su patria, y por eso fue perdonado en el día de la ira (2 Ped. 2, 6-8). La mujer de Lot, por el contrario, representa la tolerancia viciosa. Afectivamente, conservó un apego desordenado a su ciudad, en el propio momento en que la abandonaba. Manifestó así una complacencia para con el mal del cual huía. Dios la inmovilizó en su insensata actitud, para eterna lección de los que quisieren servir a dos señores.

martes, 10 de marzo de 2015

El objetivo de las operaciones psicológicas de ISIS es la 3ra Guerra Mundial y luego un Nuevo Orden Mundial (video en inglés)

David Icke describe el plan illuminati de instaurar un Nuevo Orden Mundial que será precedido por la 3ra Guerra Mundial y cómo el ISIS o Estado Islámico parece ser la pieza clave para desatar esa tercera guerra. Hace referencia a la carta del célebre masón Albert Pike a otro masón italiano Mazzini (ver aquí). Creemos que su análisis de todo el manejo psicológico del fenómeno ISIS para preparar a la opinión pública para esos eventos es interesante y por eso lo publicamos.

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