jueves, 3 de julio de 2014

El rol contrarrevolucionario de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Plinio Corrêa de Oliveira

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en la raíz de todos los movimientos contrarrevolucionarios, grandes o pequeños, conocidos o desconocidos, que han surgido desde la época en que Santa Margarita María recibió esta revelación en el siglo XVII. Ella recibió la misión, en nombre del Sagrado Corazón de Jesús, de pedirle al rey Luis XIV de Francia que consagrase la nación al Sagrado Corazón y pusiese el Corazón de Jesús en el escudo de armas de Francia.

Santa Margarita, a pedido de nuestro Señor, le prometió al rey de Francia de que si combatía a los enemigos de la Iglesia, el Corazón de Jesús lo apoyaría y llevaría su reinado a una gran gloria[1]. El Sagrado Corazón de Jesús esperaba que Luis XIV cambiase el curso de su política y se colocase a la cabeza de la Contra-Revolución. De haberlo hecho, él tendría un reino de gloria y Francia alcanzaría su verdadero apogeo católico.

Está claro que en caso de que él hubiese tomado este curso, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se habría extendido por todo el mundo. Habría habido una buena acogida en Francia a la predicación de San Luis María Grignon de Montfort que también vivió en esa época. Por lo tanto, su predicación se habría extendido por todo el mundo y, con ello, la Revolución Francesa se ​​podría haber evitado.

Por medio de este pedido al rey, la Revolución —en la forma que tenía en la época de Santa Margarita María— habría sido detenida, y esa forma de maldad que ésta tomó más tarde —la Revolución Francesa— se habrían evitado.

Por lo tanto, esta devoción, desde su primer movimiento, desde su primera indicación por parte del Sagrado Corazón, tiene un significado claramente contrarrevolucionario.

Objeciones a esta devoción

En un cuidadoso estudio de esta devoción, el profesor Fernando Furquim llama la atención sobre el hecho de que los distintos movimientos contrarrevolucionarios que se alzaron en los siglos XVIII y XIX estaban vinculados al Sagrado Corazón de Jesús. Por ejemplo, los contrarrevolucionarios franceses de la Vendée, los Chouans, llevaban una insignia del Sagrado Corazón. Esta devoción siempre ha sido adoptada por los contrarrevolucionarios, inspirándolos y alentándolos, a la vez que ha sido odiada por los malos.

Es perfectamente correcta la devoción a un órgano
específico de Cristo
¿Qué han dicho estos enemigos contra la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? Primero, ellos presentan este argumento supuestamente decisivo: “¿Por qué adorar al Corazón de Jesús ¿Por qué no hacer una hermosa devoción a las manos o a los ojos de Jesús? Al adorar su corazón, podríamos blasfemar por descomponer a Jesús y hacer una devoción a cada parte de su cuerpo Por tanto, podríamos tener una devoción a sus oídos que oyeron todas las súplicas del hombre, a su boca que habló, a sus manos que bendijeron (sin mencionar que también azotaron a los mercaderes del Templo). Por lo tanto, no vale la pena esta devoción al Corazón de Jesús”.

También, ellos van a decir: “Esta es una devoción sentimental. El corazón es el símbolo de la emoción por lo sentimental. De manera que esta es una devoción sentimental carente de contenido teológico y no se debe permitir”.

Una devoción promovida por la Iglesia

En efecto, en muchos de los documentos papales solemnes, sustanciales y magníficos, la Santa Sede recomendó esta devoción, por ejemplo, la encíclica Inscrutabile Divinae Sapientiae del Papa Pío VI en 1775. La Santa Sede concedió muchas indulgencias a los que recibieran la comunión los primeros viernes en reparación por las ofensas hechas contra el Sagrado Corazón. También se otorgaron indulgencias en las cofradías y archicofradías que se establecieron en apoyo a la devoción del Sagrado Corazón.

Además, se aprobó y alentó la construcción de iglesias, altares e imágenes en honor del Sagrado Corazón. La Iglesia, por tanto, ha aprobado esta devoción abundantemente y, por lo tanto, tiene todas las razones para merecer nuestra confianza.

En cuanto al argumento de que no se puede tener una devoción a cada parte del cuerpo sagrado de Nuestro Señor, éste no tiene ningún mérito. De hecho, en nuestras devociones privadas, podemos adorar a Nuestro Señor en sus manos sagradas; podemos y debemos adorarlo a Él en sus infinitamente expresivos, elocuentes, regios, instructivos y salvíficos ojos. No hay más que recordar que fue con una mirada de Nuestro Señor, que movió a San Pedro a arrepentirse de su triple negación para darnos cuenta que adorar a Nuestro Señor en sus divinos ojos es sin duda algo que uno puede hacer.

Pero la Iglesia, que tiene un gran sentido del ridículo y entiende que el ridículo puede estar a un paso de lo sublime, entiende que las mentes vulgares están siempre dispuestas a emplear el sarcasmo para degradar devociones como estas a una parte del cuerpo, las que realmente pueden impresionar a las sensibilidades humanas. Pero estas devociones no están en contra de la razón, y pueden ser hechas apropiadamente.

Nuestra Señora adoró el cuerpo de su amado
Hijo
Por ejemplo, entre las piedras de la Vía Sacra tenemos la que lleva la marca de sus pies divinos. Es honesto y legítimo a adorar los divinos pies que pisaron la tierra para enseñar y que fueron cubiertos con el polvo de la carretera con el fin de instruir, salvar y combatir el mal. Es correcto adorar estos pies que condujeron al Salvador mientras llevaba la cruz, esos pies manchados de sangre para nuestra redención, esos pies que llevan las marcas de los clavos de la Pasión.

Una hermosa manera de adorar a Nuestro Señor Jesucristo es unirnos a los pensamientos y meditaciones de Nuestra Señora, cuando Nuestro Señor fue bajado de la cruz, cuando ella sostuvo en su regazo su Sagrado Cuerpo y sangre derramada. Ella contempló cada parte de ese cuerpo macerado con infinito amor, veneración, respeto y afecto. Ella consideró los miembros y los adoró en su significado y función. Ella midió la ofensa contra su divinidad en esas partes flageladas. Con esto, en definitiva, ella practicó esta devoción, adorando las diferentes partes del cuerpo de su Divino Hijo.

Por lo tanto, es sólo una cuestión de conveniencia, un sentido de la apariencia y proporción, por así decirlo, que la Iglesia promueve la adoración de las muchas de las partes del cuerpo de Nuestro Señor.

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

¿Qué es exactamente la devoción al Sagrado Corazón? Es la devoción al órgano de Nuestro Señor, que es el corazón. Pero en las Escrituras, el corazón no tiene el significado sentimental que tomó hacia finales del siglo 18, y desde luego en el siglo 19. El corazón no expresa sentimiento.

Cuando la Escritura dice: “Con todo mi corazón te he buscado”, (Salmo 119, 10) el corazón aquí es la voluntad humana, el propósito humano, propiamente dicho, la santidad humana. Por lo tanto, cuando el profeta dice esto, él que quiere decir, “Con toda mi voluntad te he buscado”. El Evangelio dice también: “La Virgen guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19). Podemos ver aquí que no se habla de un corazón sentimental, sino de su voluntad, su alma, que guardaba estas cosas y pensaba en ellas.

El marqués Gral. de la Rochejaquelein usaba en su pecho la insignia del
Sagrado Corazón, símbolo de la resistencia católica de la Vendée
El corazón es la voluntad y la razón de la persona, ese elemento dinámico que estudia y reflexiona sobre las cosas. En Nuestro Señor, su Sagrado Corazón es su voluntad. La voluntad está simbolizada por el corazón, porque todos los movimientos de la voluntad pueden tener repercusiones en el corazón. Es en este sentido, pues, que el Sagrado Corazón de Jesús es adorado.

Por correlación, está la devoción inmensamente significativa del Inmaculado Corazón de María. El Inmaculado Corazón de María es un santuario en cuyo interior se encuentra el Sagrado Corazón de Jesús.

Nuestro Señor prometió una efusión de gracia para esta devoción. El Sagrado Corazón hizo promesas especiales a quienes hacen los nueve primeros viernes. La más notable de ellas, tal vez, es de que los que hacen los Nueve Primeros Viernes no morirán sin la gracia de la penitencia final. Esto no quiere decir que sin duda irá al cielo. Es decir que tendréis una gran gracia antes de morir, tan grande que se puede tener toda esperanza para vuestra salvación.

Ustedes entienden cuán diligentemente la Iglesia se ha esforzado en el pasado para que esta devoción fuese conocida, apreciada y comprendida por nuestra razón sin sentimentalismo. Una devoción varonil busca la razón de una cosa y luego ama esa cosa por su razón de ser. Es, de esta manera, que el hombre fuerte y la mujer fuerte del Evangelio juzga las cosas piadosas.

Por lo tanto, debemos reflexionar sobre esta devoción y volcar nuestras almas, nuestras voluntades, al Corazón de Jesús como la fuente de esas gracias que la Divina Providencia planeaba dar a los hombres en la época de la Revolución. Es un medio de la gracia destinado a los tiempos difíciles por venir, esos mismos tiempos en los que vivimos hoy en día.

Debemos pedir al Corazón de Jesús, a través de la sangre y el agua que fluyeron de él, que limpie y restaure el de nosotros. Esta es mi sugerencia cuando mediten y recen los viernes, y sobre todo en el primer viernes de cada mes, y el viernes de la Semana de la Pasión.

Termino recordándoles del soldado que atravesó el Corazón de Jesús con una lanza. Al hacer este acto de violencia contra el Sagrado Corazón de Jesús, agua y sangre brotó desde el costado de Nuestro Señor y le cayó en sus ojos. Entonces, los ojos del soldado, que se estaba volviendo ciego, se curaron inmediatamente y recobró la vista. Para nosotros, esto es lo más elocuente y significativo.

Esto significa que aquellos que tienen la devoción al Sagrado Corazón de Jesús pueden pedir gracias similares, no necesariamente el milagro físico, sino más bien una gracia para nuestras almas. Si queremos tener el sentido católico, un conocimiento contrarrevolucionario de las cosas, si queremos percibir cómo la Revolución y la Contra-Revolución están trabajando alrededor de nosotros y dentro de nosotros, si queremos conocer nuestros defectos, para comprender el alma de los otros para hacerles el bien, para tener perspicacia en nuestros estudios, para tener un buen equilibrio psicológico y curarse de problemas nerviosos de todo tipo, entonces podemos y debemos recurrir al Sagrado Corazón de Jesús.

Deberíamos pedir una gracia que brota de su Sagrado Corazón —como la sangre y el agua que curó al soldado— que erradicará la ceguera total o parcial de nuestras almas. Oremos, pues, al Sagrado Corazón de Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, porque ésta es la única manera de obtener las gracias para curarnos de nuestras múltiples cegueras. Al hacer esto, vamos a hacer una espléndida solicitud y estar en el camino hacia la obtención de una magnífica gracia.



[1] Cf. Marguerite-Marie Alacoque, Vie et oeuvres, Paris-Fribourg: Saint Paul, 1990, vol. II, pp. 335-337, 343-344, 435-436 Saint of the Day, March 4, 1965

domingo, 22 de junio de 2014

Para que Él reine - Cap. 4

CLÉRIGOS Y LAICOS
DOCTRINA OBLIGATORIA, OPINIONES LIBRES
La tesis católica es invencible en el campo de la doctrina. Por lo tanto, rara vez es combatida en ese terreno.
Todo el mal viene, prácticamente del empleo de fórmulas equívocas, por ejemplo:
“La Iglesia no hace, ni debe hacer política”[1].
Esta fórmula constituye un excelente medio para dar a entender (más que para decir) que en este terreno sólo es admisible una regla: la libertad… Si hemos de creer a los que la emplean, la Iglesia no tiene por qué ocuparse de problemas políticos, ya que, en estas materias, no hay, o no puede haber, o no se puede alcanzar la verdad.
De ahí que la elección sea libre. Cada uno con su opinión. Todas son buenas a condición de ser sinceras. Que cada cual vote según su conciencia; esta libertad integral es esencial a toda actividad política.
Partiendo del principio de que “en las cosas dudosas” la libertad es necesaria, “in dubiis libertas”, se aprovecha la euforia provocada por la prudencia de esta fórmula para presentar como dudosas las evidencias más claras y las conclusiones más ciertas.
Y pasando al capítulo de la enseñanza de la Iglesia, se proclama no atenerse ni dar importancia más que a las “verdades de fe”.
“Es de fe… No es de fe…”, se hará observar; pero de tal suerte que se pueda creer fácilmente que es así como se ha de señalar el límite que separa lo que es cierto de lo que no lo es (por lo tanto, de lo que es libre…).
¡Pero qué pensar de aquellos que se complacen en limitar tan sólo a los dogmas de fe solemnemente definidos por la Iglesia (mínimo que hay que creer bajo pena de herejía o de apostasía), el conjunto de verdades a las cuales debamos someter nuestro espíritu y nuestro corazón![2].
Es un gran error considerar como de libre opinión todos los puntos de doctrina y de interpretación sobre los cuales la Iglesia no ha dado su definición expresa.
Pío XII en su encíclica Humani generis, no ha dejado de señalarlo: “Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento pretextando que los romanos pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su magisterio. Pues son enseñanzas del magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: «El que a vosotros oye, a Mí me oye»; y la mayor parte de las veces lo que se propone e inculca en las encíclicas pertenece ya —por otras razones— al patrimonio de la doctrina católica. Y si los sumos pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos”[3].
*          *          *
¿Puede hablarse con mayor claridad?
Pero no se trata en ese texto más que de la enseñanza específicamente religiosa de la Iglesia.
Se comprende que si hay quien no duda en ejercer su impertinencia en el dominio de la fe, no reconocerá límites en el plano de la mera razón. Si, en efecto, con respecto a las “verdades de fe”, algunos se permiten considerar como “dudosas” las proposiciones de la Iglesia que no llevan el sello apostólico de la infalibilidad, a fortiori, el testimonio de la inteligencia, de la razón o de la simple experiencia puede ya ser recusado.
Según la frase de monseñor Pie: “la Iglesia no está menos atenta a mantener los atributos ciertos de la naturaleza y de la razón que a salvar los derechos de la fe y de la gracia”.
“Desde este punto de vista, la Iglesia ha condenado como escandalosa y temeraria la opinión de quienes sostienen que pueda haber un pecado puramente filosófico, que sólo sería una falta contra la recta razón, pero sin ser una ofensa a Dios”[4].
Si se medita algunos minutos esta decisión no se tardará en ver la importancia de sus repercusiones.
Es equivocado creer que fuera de la enseñanza explícitamente religiosa de la Iglesia comienza el pantanoso terreno de esas “cosas dudosas” donde el liberalismo podría valer como ley.
León XIII lo asegura sin la menor ambigüedad en la encíclica Libertas:
“Las verdades naturales, como son los primeros principios y los deducidos inmediatamente de ellos por la razón, constituyen un como patrimonio común del género humano; y puesto que en él se apoyan como en firmísimo fundamento las costumbres, la justicia, la religión, la misma sociedad humana, nada sería tan impío, tan neciamente inhumano como el dejar que sea profanado y disipado”.
La Iglesia ha considerado siempre como deber suyo enseñar estas verdades naturales.
La proposición 57 del Syllabus[5] recuerda la condenación en que incurre quienquiera pretendiese que “que la ciencia de las cosas filosóficas y morales, y aun las leyes civiles, pueden y deben prescindir de la autoridad divina y eclesiástica”[6].
“Enseñar la religión y luchar perpetuamente con los errores. Tal es —dice León XIII en la encíclica Aeternis Patris—la finalidad de los diligentes trabajos de cada uno de los obispos, de las leyes y decretos promulgados en los concilios, y sobre todo de la cotidiana solicitud de los romanos pontífices…
”Pero, como según el aviso del Apóstol por la filosofía y la vana falacia suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos y es corrompida la sinceridad de la fe en los hombres, los supremos pastores de la Iglesia siempre juzgaron ser también propio de su misión promover con todas sus fuerzas las ciencias que merecen tal nombre, y a la vez proveer con singular vigilancia para que las ciencias humanas se enseñasen en todas partes según la regla de la fe católica, y en especial la filosofía, de la cual depende, sin duda, e gran parte, el buen método de las demás”.
Por lo tanto, y puesto que la Iglesia reivindica el derecho de enseñar todas las ciencias humanas, es difícil comprender por qué únicamente la ciencia política deba escapar a su magisterio.
¿No rechazaba enérgicamente monseñor Freppel la idea de que “las formas de gobierno, sus cambios, sus modificaciones, sus sucesiones…, sean lo que menos importe a la Iglesia”?
También la proposición 57 del Syllabus, ya citada, nos recordaba que “la autoridad divina y eclesiástica” rehusaba el dejarse sustraer “la ciencia de las cosas filosóficas y morales, ASÍ COMO LAS LEYES CIVILES”[7].
Esto sí que es claro y permite prever que si, en cierto sentido es exacta[8] la fórmula: “la Iglesia no debe hacer política”, ello no significa que la Iglesia no tenga ningún derecho, ningún poder que ejercer, nada que decir en lo relativo al gobierno y a la organización del Estado.
Bastará con recordar que la Iglesia y los papas han condenado, reprobado o proscrito los principios de 1789, el laicismo o naturalismo político, el estatismo totalitario, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, la doctrina política del Sillon, el nazismo y todo nacionalismo inmoderado. Uno se preguntará, sin duda, qué más pruebas podrían exigirse para admitir que la Iglesia no cree conveniente desinteresarse de la vida o de la muerte de las sociedades civiles.
Si se meditan estas condenaciones y se piensa en las repercusiones prácticas que acarrean se comprobará que constituyen una red tan tupida que es capaz de impedir que pasen la mayoría de las teorías políticas que hoy se profesan.
TRANSCENDENCIA DE LA IGLESIA, PERO NO INDIFERENCIA
Ahora que sabemos por qué y en qué sentido es falso decir que “la Iglesia no hace o no debe hacer política”, nos queda por estudiar cómo debe ser entendida esta fórmula para poder ser aceptable.
Puede ser legítima si con ella se quiere afirmar que la Iglesia, en lo que tiene de esencial, es trascendente; que su fin, su misión, su acción, son sobrenaturales; que para llegar a ese fin, cumplir esa misión, proseguir esa acción, no tiene la Iglesia necesidad, por esencia, de ninguna colaboración política; que es una sociedad perfecta; que, por consecuencia, no podía ser tributaria de ninguna potestad inferior y que en caso necesario podría ejercer su divino ministerio, a pesar de la indiferencia, a pesar incluso de las persecuciones de los poderes temporales.
Pero, digámoslo una vez más, esta transcendencia no significa indiferencia[9].
La Iglesia tiene por suprema misión la salvación de las almas. Más exactamente, en esta inmensa sociedad que es la Iglesia, compuesta de clérigos y laicos, aquellos que son en toda la plenitud del término “gentes de Iglesia”, o sea los “eclesiásticos”, tienen como misión el cuidado y la salvación de las almas.
En lo sucesivo, esta distinción entre clérigos y laicos[10] va a sernos indispensable. Porque la Iglesia en la persona de los eclesiásticos, tiene por misión el cuidado y la salvación de las almas; la Iglesia, repetimos, en la persona de los eclesiásticos, desde el soberano pontífice hasta el menor clérigo, no puede quedarse indiferente ante el régimen del Estado.
Nuestra historia abunda en pruebas de esta solicitud. Desde los primeros obispos de la Galia, desde San Germán, San Cesáreo, San Avito, San Remigio, hasta San Vicente de Paul, pasando por Suger y sin omitir a Richelieu, los clérigos se han unido gustosamente a los laicos para la salvación, tanto espiritual como material del estado10 bis.
¡Felices costumbres de los siglos de fe!
Doscientos años de naturalismo, de liberalismo, de laicismo triunfantes han destruido la armonía de esta colaboración. En todas, o en casi todas partes, el poder civil ha querido separarse del poder religioso. Se ha abierto un foso, cada vez más profundo, entre clérigos y laicos. Estos últimos llamaron “rapiñas y usurpaciones” a los beneficios prestados por los primeros a la ciudad temporal.
“La Iglesia (entendida como el conjunto de los eclesiásticos) no insistió —prosigue monseñor Pie— en imponer al mundo servicios que el mundo rechazaba… Obligada a abandonar los baluartes, los contramuros y todas las construcciones avanzadas de que se había rodeado en la ciudad temporal, la Iglesia (conjunto de los eclesiásticos) se atrincheró, sobre todo, en el santuario, a fin de fortificarle”[11].
Para evitar todo equivoco, los clérigos no quisieron aparentar que disputaban a los príncipes un poder cuyo ejercicio no tienen como misión principal. Sin embargo, su misión les imponía el deber de adoctrinar a las naciones. “Papas y obispos aplastaron todos los errores bajo el peso de sus anatemas”, y no dejaron de recordar o de indicar los prudentes principios que debían presidir tanto el gobierno como la organización de la sociedad. Pero, preocupados por evitar la menor perturbación, cuidando de no aparecer guiados por ninguna ambición temporal, esos mismos papas y esos mismos obispos se guardaron muy bien de traspasar los límites del papel que se habían fijado. De ahí la altura y el carácter de generalidad que son como la marca y el sello de sus directrices y consejos.
Los clérigos saben cómo el detalle práctico, el diario cuidado de los negocios públicos, la adaptación de los principios eternos de la prudencia política a las diferentes condiciones del tiempo y de lugar, son obra particular de los laicos, acción propia del Estado, justo dominio de su autonomía y de su competencia. Saben que si penetran en ese terreno, a título de su propia autoridad eclesiástica, sería entonces cuando se podría acusar y gritar: he ahí el “clericalismo”; es decir, la intrusión de los “clérigos” en la gestión directa de lo temporal, en el ejercicio práctico del poder civil. La Iglesia, entonces, “haría política” en el sentido impugnable de la fórmula.
Ahora bien, cosa curiosa: en lugar de reconocer la delicadeza de tal reserva, buen número de “laicos” tienden a reprochar a la Iglesia, en la persona de sus clérigos, ese carácter de generalidad que sus directrices guardan siempre en materia política. ¿No ven acaso estos laicos que con tales reproches lo que subrayan es su propia incuria, así como su desconocimiento de los deberes que les impone precisamente su estado de laicos?
Esa precisión en los detalles, esas soluciones concretas que piden, ¿no ven los laicos que son ellos quienes deben descubrirlas, quienes deben extraerlas, aunarlas de algún modo en la línea recta de los sabios principios de toda sana y santa política recordados por el magisterio eclesiástico? Lo que reprochamos a los clérigos debemos considerar que nos corresponde averiguarlo y precisarlo por nosotros mismos.
¿Cómo podrían los romanos pontífices desde la cátedra de San Pedro, proponer para el planeta entero soluciones políticas con detalles rigurosamente fijados?
La Iglesia, además, es prudente. Sabe cuánto tiempo y paciente perseverancia necesitan las reformas sociales para ser sabias y fecundas. Los clérigos podrían, sin duda, llevar adelante, hasta en sus menores detalles, la enseñanza de la sana doctrina política o, para emplear la expresión de León XIII, el estudio minucioso de “la filosofía del Evangelio aplicada al gobierno de los Estados”. Esto hubiera sido peligroso.
La enseñanza de la ciencia política, por desinteresada que sea, no es como la enseñanza de las otras ciencias, un simple trabajo dogmático lleno de serenidad. Difundir, profesar una doctrina política, es ya, inevitablemente, hacer una propaganda…, y por eso mismo, comprometerse, al menos de lejos, en las luchas y en la acción políticas.
Siendo esto así se comprenderá la reserva de la Iglesia…
Además, tales indicaciones, tales reformas, tales instituciones, aunque legítimas por sí mismas y verdaderamente deseables, tienen el riesgo de provocar catástrofes sociales si son dadas, emprendidas o fundadas torpemente o a destiempo.
Recuérdese la esclavitud antigua y los desórdenes que hubieran estallado si los primeros papas hubieran declarado explícitamente, sin más, que era ilegítima. Se podrían multiplicar los ejemplos contemporáneos que ilustrarían los rasgos de una prudencia similar. Nada de oportunismo, en el mal sentido de la palabra, sino afán de evitar un mal mayor.
No reprochemos, pues, a las encíclicas, una cierta imprecisión en el detalle práctico o incluso su silencio sobre asuntos que, para nosotros los laicos, nos parecen decisivos, porque sean temas de inmediata resolución. Pensemos en los movimientos de odio, en las palabras injuriosas que provocaron los consejos tan delicados y sabios que Pío XII se dignó dirigir a las “Semanas Sociales” de Estrasburgo.
No exijamos —digámoslo de una vez— del soberano pontífice lo que debe ser precisamente nuestra tarea, lo que nos impone nuestro estado de “laico”.
Las encíclicas no contienen —porque no deben contenerlo— un curso explícito de doctrina política minuciosamente pormenorizada; pero sí contienen los principios, las grandes líneas, el bosquejo de esa doctrina. A los laicos nos corresponde desenvolver y desarrollar sus consecuencias.
El Vicario de Jesucristo, así como los obispos, no han de descender más allá de un cierto grado. Su misión es muy distinta a la de publicar todos los meses un boletín de formación o de orientación política. Los “clérigos” no tienen que hacer esa tarea de “laicos”.
“Le hace falta al clero —nos dice Pío XII[12]— reservarse, ante todo, para el ejercicio de su ministerio propiamente sacerdotal, en el cual nadie puede suplirle. Una ayuda proporcionada por laicos al apostolado es, por tanto, de necesidad indispensable”.
Esta labor de desarrollo, de explicación de la doctrina social de la Iglesia, corresponde a nosotros realizarla, sin cesar, precisamente por ser católicos, esto es, debemos pensar, hablar, actuar como católicos y hacer labor de política católica.
De tal manera que, sin que el magisterio eclesiástico tenga que comprometerse y corra el riesgo de verse envuelto en las vicisitudes e inevitables decepciones de los asuntos temporales, el reino de Cristo o, lo que es lo mismo, el reino de la Iglesia, pueda, sin embargo, extenderse a toda la vida política.
APOSTOLADO PROPIO DE LOS LAICOS
Porque también nosotros, los laicos o seglares, somos la Iglesia. Y eso que se llamó en el siglo XIX el “repliegue de la Iglesia al Santuario” no es, en realidad, más que la deserción de la gran masa de los seglares cristianos del combate por una “ciudad católica”.
“Bajo este aspecto —ha podido decir Pío XII[13]—, los fieles, y más concretamente los seglares, se hallan en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; para ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por esto, especialmente, deben tener un convencimiento cada vez más claro no sólo de que pertenecen a la Iglesia, sino que son la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles en la tierra, bajo la dirección del Jefe común, el papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia, y por esto ya desde los primeros tiempos de su historia, los fieles, con el consentimiento de sus obispos, se han unido en asociaciones particulares concernientes a las más diversas manifestaciones de la vida. Y la Santa Sede no ha cesado jamás de aprobarlas y de alabarlas”[14].
“Sería desconocer la naturaleza real de la Iglesia y su carácter social —escribía más recientemente Pío XII[15]— distinguir en ella un elemento puramente activo, las autoridades eclesiásticas, y por otra parte, un elemento puramente pasivo, los laicos. Todos los miembros de la Iglesia como Nos hemos dicho en la encíclica Mystici Corporis Christi, están llamados a colaborar en la edificación y en el perfeccionamiento del Cuerpo místico de Cristo” (cf. A.A.S. a. 35, 1943, página 241). Todos son personas libres y deben ser, por lo tanto, activos…. “El respeto a la dignidad del sacerdote fue siempre uno de los rasgos más típicos de la comunidad cristiana”. Por el contrario, también el laico tiene sus derechos, y el sacerdote debe reconocerlos por su parte. “El laico tiene derecho a recibir de los sacerdotes todos los bienes espirituales, con el fin de lograr la salvación de su alma y llegar a la perfección cristiana. Cuando se trate de los derechos fundamentales del cristiano, puede hacer valer sus exigencias; el sentido y la finalidad misma de toda la vida de la Iglesia se hallan aquí en juego, así como la responsabilidad ante Dios tanto del sacerdote como del laico…
”… Es verdad que hoy más que nunca deben prestar esta colaboración con tanto más fervor «para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Efesios, IV, 12) en todas las formas de apostolado, especialmente cuando se trata de hacer penetrar el espíritu cristiano en toda la vida familiar, social, económica y política…
”Por otra parte, apartándonos del problema que crea el reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La «consecratio mundi» es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, del hombres que están mezclados íntimamente en la vida económica y social, participando en el gobierno y en las asambleas legislativas…”.
Sin duda alguna el “Príncipe de este mundo” debe temerlo todo de un ejército de seglares verdaderamente católicos y decididos a combatir de veras por el reinado de Cristo sobre las instituciones.
La ignorancia religiosa de los seglares es el auxiliar más seguro de Satanás. Y, cuando no puede conseguirla, tiende a hacer callar a los que saben.
Este es el secreto de cierto “testimonio” que algunos quisieran vernos prestar…, pero a condición de que fuese mudo.
Hablar —dicen— no corresponde al laico; sólo el clérigo tiene potestad de enseñar.
Piensan que “basta dar testimonio de existencia, aun cuando este testimonio se exteriorice sólo por actos de beneficencia o por un esfuerzo para la obtención de una mayor justicia y caridad humanas. Pero, ¿no sería equívoco semejante testimonio si no deja entrever la fuente profunda donde se alimenta? Por no expresar la fe que le anima, favorecerá a veces un respeto humano que se ignora y quedará con frecuencia ineficaz, desde el punto de vista cristiano, en un mundo que recusa lo sobrenatural…
“Elegir un principio que es preciso silenciar lo sobrenatural, es exponerse, en realidad, a testimoniar contra ello. Se llegará fácilmente a la conclusión o de que no creemos en lo sobrenatural o que lo consideramos sin importancia”[16].
Santo Tomás pensaba, muy al contrario, que “cada uno está obligado a manifestar públicamente su fe, ya sea para instruir y animar a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios”16 bis.
Y León XIII precisa[17]: “Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levantan incesantes clamores para oprimir la verdad, propio es o de hombres cobardes, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa… Bien poca cosa se necesitaría, a menudo, para reducir a la nada las acusaciones injustas y refutar las opiniones erradas; y si quisiéramos imponernos un trabajo más serio, estaríamos siempre ciertos de vencerlas.
”Lo primero que ese deber nos impone, es profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas[18]. Porque, como repetidas veces se ha dicho, y con muchísima verdad, nada daña tanto a la doctrina cristiana como el no ser conocida; pues siendo bien entendida, basta ella sola para rechazar todos los errores…
”Por derecho divino la misión de predicar, es decir, de enseñar, pertenece a los doctores, esto es, a los obispos, que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios. Por encima de todo, esa misión pertenece al romano pontífice, vicario de Jesucristo, encargado con poder soberano para regir la Iglesia universal como maestro de la fe y de las costumbres. A pesar de ello, no se debe creer que esté prohibido a los particulares cooperar, en una cierta manera, a este apostolado, sobre todo si se trata de hombres a quienes Dio ha otorgado, junto a los dones de la inteligencia, el deseo de hacerse útiles.
”Cuántas veces lo exija la necesidad, pueden éstos con facilidad, no, ciertamente, arrogarse la misión de los doctores, sino comunicar a los demás lo que ellos mismos han recibido, y ser, por así decirlo, el eco de la enseñanza de los maestros. Por otra parte, la cooperación privada ha sido juzgada por los padres del Concilio Vaticano, de tal modo oportuna y fecunda que no han dudado en reclamarla… Que cada uno, pues, recuerde que puede y que debe difundir la fe católica con la autoridad del ejemplo, y predicarla mediante la profesión pública y constante de las obligaciones que ella impone”[19].
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La verdadera misión del laico cristiano es hablar, hacer suyo todo lo que es de la Iglesia. Esta identificación es indispensable para la plena expansión del reinado de nuestro Señor.
El orden divino es tan perfecto que esos deberes del laico se encuentran unidos entre sí por un interés más directo, cuyo saludable impulso tal vez no experimente el clérigo.
Monseñor Pie lo presentía ya cuando exclamaba: “Llegará el día en que la sociedad, la familia, la propiedad rechazarán aún más enérgicamente que nosotros mismos, ciertos axiomas de secularización exclusiva y sistemática, que les habrán sido más funestos que a la misma Iglesia”[20].
El laico, en cierto sentido, está más directamente interesado en el triunfo de la realeza social de nuestro Señor Jesucristo, y esto por razón de que el laico se encuentra, más que el clérigo, inmerso en el orden temporal, en el orden civil, en el orden secular; más comprometido en los problemas sociales y más directamente interesado en materia política…
En el fondo de todo ello puede haber una buena parte de egoísmo. Lo que no obsta para que este reflejo de simple interés pueda ser, como el temor de Dios, principio de sabiduría.
Forzando la nota, puede ocurrir que, por un sentido un tanto estrecho de la vida contemplativa y del reino de Dios, algún clérigo encuentre más cómodo hallarse reducido al santuario.
Así nos lo han dado a entender con bastante frecuencia exclamaciones como esta: “Estamos mucho más tranquilos ahora, ahora que la Iglesia está separada del Estado…” ¡Como si esta tranquilidad pudiese ser un ideal de la Iglesia militante!
Por lo tanto, es una gracia concedida al laicado el no poder reposar en semejante abandono y el verse más directamente sacudido por la conmoción del orden civil, que es su propio dominio.
Una vez más tenía razón el cardenal Pie: “llegará un día…”. Y consideramos que ha llegado ese día… en que los laicos tienen que rechazar más enérgicamente acaso que ciertos clérigos, esos axiomas de secularización, laicismo, liberalismo, socialismo, que son como el cáncer de la sociedad moderna.
Y esta reacción no expresa, en modo alguno, una iniciativa temeraria, incluso anárquica, del laicado. Muy al contrario, los infortunios que nos atrajo nuestra desobediencia a las enseñanzas de la Iglesia son frutos que nos empujan hoy a los seglares a volver a su orden y a su verdad. Hijos pródigos, sin duda, poco ufanos de las catástrofes que han venido sobre el mundo por nuestra negativa a escuchar las enseñanzas de los soberanos pontífices desde hace más de dos siglos; pero hijos pródigos llenos de confianza y sin inquietud alguna por la acogida que saben les está reservada. Confianza que se apoya, también sobre el principio de un derecho fundamental; porque es justo, en efecto, en el orden moral que a todo debe corresponder un derecho. Somos seglares. Nuestro deber es la obediencia. Pero, como contrapartida inmediata, tenemos un derecho. Y es el derecho a esa maternidad de la Iglesia a la cual debemos sumisión como hijos. Derecho a la verdad, a la Verdad integral que detenta. Derecho a la doctrina católica, tanto social como privada.
Derecho a que la Iglesia sea nuestra Reina, puesto que tenemos el deber de ser sus súbditos.


[1] Precisamos más adelante el sentido real de esta fórmula. A este sentido no nos referimos en la primera parte de este capítulo.
[2] La 22ª proposición del Syllabus condena a los que sostienen que “la obligación a que sin excepción están sometidos los maestros y escritores católicos se limita únicamente a los puntos propuestos por el juicio infalible de la Iglesia como dogmas de fe, que deben ser creídos por todos”.
Una carta de Pío IX al arzobispo de Munich (21 de diciembre de 1863) recordaba muy claramente: “Cuando se tratare de esta sumisión que exige un acto de fe divina, no debe limitarse a las cosas que han sido definidas por los decretos formales de los concilios o de los pontífices romanos y de la sede apostólica, sino que debe extenderse también a las cosas que son propuestas por el magisterio de toda la Iglesia extendida en el mundo, como reveladas por Dios, y que el consentimiento universal y constante de los teólogos católicos considera como pertenecientes al dominio de la fe” (Denzinger, 1683).
El derecho canónico no es menos explícito. Bastaría citar todo el canon 1321.
[3] Documentation Catholique, núm. 1077, c. 1159, p. 3.
[4] Cf.: Denzinger, 1290.
[5] Cf.: Aloc. Maxima quidem, 9 de junio de 1862.
[6] Denzinger, 1757.
[7] Denzinger, 1757.
[8] Que estudiaremos más adelante.
[9] “Las grandes cuestiones que deciden la suerte de la sociedad no podrán encontrar a la Iglesia indiferente”. Monseñor Pie, Oeuvres, t. I, p. 206.
[10] Bien entendido, que la palabra “laico” está aquí tomada en su verdadero sentido, el pleno sentido católico. Los “laicos” en la Iglesia se distinguen de los “clérigos”, pero no dejan de ser católicos y de actuar en todo y por todo como católicos.
10 bis La revista argentina VERBO (núm. 5), al llegar a este pasaje, recuerda la actuación de los grandes santos de España, Hermenegildo, Leandro o Isidoro de Sevilla, y de los prelados y gobernantes del tipo del cardenal Cisnero, santo Toribio, arzobispo de Lima, o Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, hasta fray Mamerto Esquiú, en los que puede verse una larga tradición de clérigos que trabajan para asegurar la felicidad espiritual y material de la ciudad terrena.
[11] Monseñor Pie, Oeuvres, t. I, p. 207.
[12] Discurso al Primer Congreso del Apostolado Seglar, 14 de octubre de 1951.
[13] Discurso a los nuevos cardenales, 20 de febrero de 1946.
[14] Cf., aquí todavía, el importante discurso de Pío XII al Primer Congreso del Apostolado Seglar, 14 de octubre de 1951: “Hay quienes gustan de decir frecuentemente que durante los cuatro siglos la Iglesia ha sido exclusivamente «clerical», por reacción contra la crisis que en el siglo XVI había pretendido llegar a la abolición pura y simple de la jerarquía; y, como consecuencia, insinúan que ya le ha llegado (a la Iglesia) el tiempo de ampliar sus cuadros. Semejante juicio está tan lejano de la realidad, que precisamente a partir del santo Concilio de Trento es cuando el laicado se ha encuadrado y ha progresado en la actividad apostólica. Ello es fácil de comprobar; basta recordar dos hechos históricos patentes entre muchos otros: las Congregaciones Marianas de hombres que ejercitaban activamente el apostolado de los seglares en todos los terrenos de la vida pública y la introducción progresiva de la mujer en el apostolado moderno… De manera general, en el trabajo apostólico es de desear que reine entre sacerdotes y seglares la más cordial inteligencia. El apostolado de los unos no es una competencia con el de los otros. Hasta, a decir verdad, la expresión «emancipación de los seglares» que se oye acá y allá no Nos agrada. Ya de por sí la palabra no suena con agrado; además, históricamente es inexacta… Es evidente que, en todo caso, la iniciativa de los seglares en el ejercicio del apostolado ha de mantenerse siempre en los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes”.
[15] Discurso al Segundo Congreso Mundial del Apostolado Seglar, Roma, 5-13 octubre de 1957.
[16] Rapport doctrinal presentado por monseñor Lefevbre, arzobispo de Bourges, a la asamblea del episcopado francés (abril de 1957)
16 bis Suma Teológica, IIa, IIae, q. III, a. 2, ad 2.
[17] Sapientiae Christianae; párrafos 20 a 23.
[18] Cf.: Théologie de l’Apostolat, por monseñor León Suenens.
(Desclée de Brouwer): “¿A qué esperamos para llevar socorros? ¿La ocasión? Pues abunda. ¿La llamada? Pues hay angustias mudas más elocuentes que los gritos más penetrantes. ¿Es preciso que el herido desvanecido en el camino vuelva en sí y pida ayuda para que el que pasa se pare junto a él y cure sus heridas? ¿Conocéis esta queja de un socialista austríaco, recientemente convertido, publicada en forma de carta?...: «He encontrado a Cristo a los veintiocho años de edad. Considero los años que han precedido a este encuentro como años perdidos. Pero esta pérdida ¿me es imputable a mí sólo? Escuchad: Nadie me ha pedido jamás que me interesara por el cristianismo. He tenido amigos y conocidos cristianos practicantes que tenían plena conciencia de todo lo que aporta la religión en la vida humana… Pero ninguno de ellos me ha hablado nunca de su fe. No obstante, se sabía que yo no era ni un aventurero, ni un libertino, ni un burlón de quien pudieran temer los sarcasmos… ¿Sabéis por qué he tardado tanto tiempo en descubrir la verdad? Porque la mayor parte de los creyentes son demasiado indiferentes, demasiados apegados a su comodidad, demasiado perezosos».
… “Cómo no pensar aquí en las palabras de monseñor Ancel: «Con frecuencia se dice: no se puede hablarles de Cristo… no están preparados. Esto puede ser verdad…; pero, con más frecuencia, somos nosotros los que no estamos preparados».
[19] ¿Es necesario añadir que si el cristiano tiene el deber de hablar, este deber es inseparable del de estudiar y aprender?
“Juzgamos muy útil y muy conforme a las circunstancias presentes —escribía León XIII en Sapientiae Christianae— el estudio diligente de la doctrina cristiana según las posibilidades y capacidad de cada uno y el empeño por alcanzar un conocimiento lo más profundo posible de las verdades religiosas accesibles a la sola razón”.
[20] Opus. cit., t. II, p. 135-136.

viernes, 20 de junio de 2014

Los católicos franceses en el siglo XIX - 8

LA INTRANSIGENCIA DE LOS LIBERALES DIVIDE LAS FUERZAS CATÓLICAS

                El prestigio siempre creciente del partido católico y sus sucesivas victorias no impidieron que las divergencias entre sus líderes se acentuaran con el tiempo, en perjuicio de la cohesión tan necesaria para el progreso de la campaña por la libertad de enseñanza.

                Formado por católicos de todos los matices, de todas las tendencias políticas, no era posible que el partido se mantuviese sin una renuncia total a las actitudes políticas de sus miembros. Eso no sucedió. Cada cual deseaba que la campaña se desarrollara sin herir sus preferencias partidistas, y cada vez que consideraban que eran afectadas por un artículo, un discurso o un panfleto, en seguida reclamaban y criticaban la orientación del partido. En realidad, lo que faltó en esa época era que los católicos fuesen exclusivamente católicos.

               
Infelizmente, el jefe del partido, el conde de Montalembert, se desorientó completamente con la aventura del L’Avenir. Sus
Guizot
convicciones religiosas eran sólidas, pero ya estaban arañadas por el liberalismo, al cual se entregaría de cuerpo y alma pocos años después. Durante ese período que describimos, era tal su indecisión, que Guizot acostumbraba referirse a Montalembert como siendo un hombre que cambiaba mucho de idea fija. Por otra parte, Montalembert tenía un carácter difícil, era profundamente orgulloso y vanidoso. Entendía que todo el movimiento por la libertad de enseñanza debería seguir exactamente su orientación, y lo ideal sería que todo fuese dirigido, escrito y ejecutado por él. Pero un programa como ese era difícil que se ejecutara por un jefe indeciso, y cuyas ideas políticas tenían por lo menos indicios de liberalismo.


                Naturalmente, el hombre más atacado en las divergencias internas del partido católico era Louis Veuillot. Exclusivamente católico, y teniendo que combatir diariamente a través de L’Univers, ora alentando a los compañeros, ora respondiendo los ataques de la prensa lacia, ora sosteniendo polémicas con los adversarios de la campaña, no siempre le era posible evitar censurar a los partidos políticos o criticar a los regímenes anteriores. De hecho, los adversarios de la Iglesia provocaban a propósito esas definiciones de Louis Veuillot, sabiendo que así aumentaban las divergencias del partido católico, al mismo tiempo que colocaban al periodista en situación difícil delante de sus aliados. En el fondo, ellos tenían la esperanza de conseguir la remoción del redactor de L’Univers, y romper así el pilar del movimiento.

               
Dupanloup
La situación empeoró dramáticamente con la aparición en la escena del padre Dupanloup, que durante toda su vida actuó en contradicción con los principios que decía poseer: en política se declaraba legitimista, pero en la práctica era liberal; declarándose ultramontano, fue el verdadero fundador del liberalismo religioso en Francia; educador católico, defendió e implantó la enseñanza clásica en los colegios que dirigió; infalibilista, fue el jefe de la corriente de los obispos que combatió el dogma de la infalibilidad pontificia en el Primer Concilio Vaticano; muy celoso de la jerarquía y de la autoridad, no siempre se conformó con la prontitud de los deseos de Pío IX. Era un hombre inteligente, dotado de una capacidad de trabajo incalculable, hábil, experto, buen orador, dotado en grado eminente del poder de inducir a los demás a hacer lo que él quería.

                Es así que el padre Dupanloup surgió en el escenario, ocurrido el primer enfrentamiento serio entre Montalembert y Veuillot. De repente, sin ningún aviso o previo cambio de ideas, Montalembert mandó decir a L’Univers que el periódico iría a ser dirigido por un comité constituido por el padre Dupanloup, el padre de Ravignan, Lacordaire, Lenormant y él, y que ese comité designaría al redactor jefe. Esa comunicación fue una bomba, y significó la renuncia de Louis Veuillot.

                En esa ocasión Montalembert ya no tenía ningún derecho sobre el periódico, pues el préstamos que le había hecho ya había sido pagado y la mayoría de las acciones pertenecía a Taconet, su verdadero propietario; pero, siendo L’Univers de hecho un órgano del partido católico, Montalembert creía, como su jefe, poder intervenir por esa forma.

                Tanto Veuillot como Taconet merecían recibir del partido un trato menos incivil. El primero, por los servicios que ya había prestado a la causa y por el mes de prisión que sufrió por ello; y Taconet por ser el propietario del periódico. Por amor a la paz y a los ideales que defendían, se dispusieron a tratar con el comité a fin de componer la situación, mostrando la imposibilidad de que el periódico fuese dirigido de esa forma, que sería perjudicial principalmente a su orientación política: el padre Dupanloup y el Padre Ravignan eran legitimistas; Lacordaire, demócrata; Lenormant, favorable a Luis Felipe; y Montalembert, aristócrata. Esas razones no fueron aceptadas. Apenas se les autorizó a Veuillot y Taconet ser parte del comité.

                Los redactores estaban indignados, y resolvieron mandar a Melchior du Lac a conversar con Montalembert. La entrevista fue tormentosa, y terminó con la declaración de este de que intervendría en el periódico con el derecho del más fuerte.

                Delante de la intransigencia del jefe del partido, Taconet y Louis Veuillot propusieron, para conciliar las cosas, la formación de un nuevo comité más homogéneo, y que no significase un perjuicio para el periódico. Para sus miembros sugirieron a: Montalembert, e vizconde de Carné, de Lavan y Bailly, dos grandes accionistas del periódico, el padre Hiron, su antiguo director, y Federico Ozanam. Montalembert se negó irritado, acusando a L’Univers de traición  y de querer matar al partido católico.

                Pocos días después el arzobispo de París envió una carta el periódico, censurándolo por la actitud que había tomado. Pero Louis Veuillot y Taconet lo buscaron y le explicaron cómo habían ocurrido los hechos, y entonces el arzobispo dio en parte la razón a ambos contra Montalembert. Con eso la idea del comité estaba liquidada; pero, para mantener la cohesión del partido, Veuillot aceptó pasar para un segundo plano. De acuerdo con los otros jefes del movimiento, fue escogido un nuevo redactor jefe: el conde de Coux, antiguo compañero de Lacordaire y Montalembert en L’Avenir.

                Todo ocurrió intramuros, durante las vacaciones parlamentarias que habían interrumpido la discusión del proyecto de ley sobre el monopolio de la enseñanza en la Cámara de los Pares. Pero la cuestión, además de haber provocado la primera divergencia seria entre los jefes del partido católico, tuvo una pésima consecuencia inmediata. Al reabrirse los debates en el parlamento sobre el monopolio, Thiers trasladó la cuestión, pasando a atacar a los jesuitas. La acción de L’Univers fue entonces perjudicada, pues el conde de Coux, enemigo de la Compañía de Jesús, quería impedir que Veuillot defendiera a los heroicos soldados de San Ignacio.


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