miércoles, 4 de julio de 2012

La sociedad orgánica y el deseo del cielo


Plinio Corrêa de Oliveira
Puesto que esta tierra es una tierra de exilio, ella no fue hecha para satisfacernos por completo. Si así fuera, no sería un exilio, sino una especie de segunda patria, de alguna manera parecida a la magnífica patria que Dios tiene preparado para nosotros en el paraíso celestial.
Como es una tierra de exilio, ella no sólo es defectuosa en este o aquel detalle, sino que lo es en su nota fundamental, es decir, en ella no nos sentimos como en casa. Esta es la característica principal de nuestro exilio terrenal, y es una poderosa invitación para pensar en el cielo y en los medios para alcanzarlo.
Sin embargo, si mantenemos esta verdad fundamental a la vista, cuando seguimos la Ley Natural y los principios católicos, podemos crear en algunos ambientes algo que nos de la sensación de que estamos en casa.
Uno de estos lugares es nuestro ambiente familiar. Cuando la familia es católica, lo atrayente no es tanto la belleza de una sala de estar o la de un agradable jardín, sino más bien un conjunto de factores imponderables que satisfacen una parte de nuestros apetitos por la eternidad. Si esto existe, entonces la persona se siente como en casa.
En Normandía, un hombre regresa de cacería
Recuerdo haber visto un álbum de fotos de grabados que mostraba cómo algunas viejas familias vivían en la Francia, y cómo se sentían chez soi [en casa]. Una de las fotografías mostraba a un padre y a un sirviente saliendo a cazar a caballo en la niebla de la mañana. El sirviente llevaba una trompa, y varios perros los acompañan. El ambiente de la escena claramente atraería a los miembros de la familia.
Otra foto mostraba una casa diferente, la atmósfera estaba marcada por una larga hilera de robles plantados en dos líneas paralelas al borde del camino de entrada de la mansión de campo. Las ramas de las dos líneas de robles se juntaban y se tocaban sobre el camino, reflejando una atmosfera fresca y sombreada que protegía a la persona que transitaba por el camino.
El ambiente de la otra casa de la familia estaba representado por una chimenea con varios sillones de cuero a su alrededor que hacía pensar en las muchas conversaciones de la familia sentada alrededor del fuego escuchando los sabios consejos del padre o las historias del abuelo.
Cuando una familia trata de traducir su propia personalidad en las cosas materiales en su casa, instintivamente se crea un ambiente que provee para las necesidades de sus miembros. Esto no quiere decir que la decoración de la casa deba ser rica, o que la familia sea adinerada. La preocupación por el dinero no es lo que está en cuestión aquí. Estamos hablando de crear un ambiente que reproduce de alguna manera la personalidad de la familia y hace que sus miembros se sientan como en casa.
Este ambiente no es principalmente un conjunto de muebles o estilo de decoración, sino más bien es un conjunto de personas. El don de la familia, cuando es conforme a la doctrina de la Iglesia, ofrece un afecto recíproco entre todos. Cuando esto existe, los miembros de la familia sienten una satisfacción que nada puede igualar. Esto trasciende la casa, la decoración y los muebles, es más importante que todo lo demás. Esta es la razón de por qué la familia tiene el mismo gusto por las mismas recetas, las mismas obras de teatro, la misma música; la razón por la que comparten la misma actitud ante el sufrimiento, tienen los mismos anhelos, etc. Esto es lo que hace que las relaciones de los hombres sobre la tierra sean más similares a la de los bienaventurados en el cielo.
Un ambiente análogo también puede engendrarse en otros grupos humanos, aunque es más diluido que el la de la familia. Por ejemplo, en un club de caballeros que sigue los principios católicos, los miembros comparten los mismos gustos, tradiciones y relaciones sociales, sus familias se conocen entre sí, los miembros tienen admiración por los mismos ideales, y se tratan con los mismos buenos modales. Este club sirve para sus miembros como una gran familia, dándoles más aire y un horizonte de vida de familia. Ser miembro de ese club es una forma de estar en familia sin estar en la propia familia en particular. Permite a la persona respirar un aire diferente y abrir los ojos para horizontes más amplios.
Así pues, en una sociedad orgánica constituida en conformidad con los principios de la Iglesia Católica, estos ambientes pueden atenuar la sensación de exilio que tenemos aquí en la tierra, lejos del cielo.
Este cumplimiento del anhelo por el cielo tiene sus límites. Constituye algo que al mismo tiempo es real e irreal. Es una realidad porque se pueden crear esos ambientes, y mucha gente en el pasado en verdad se los creó.
Pero también es una irrealidad, porque no existe en una forma perfecta, tan perfecta como uno quisiera. No estoy hablando de las fricciones y problemas que siempre existen en una familia, estoy hablando de un cierto aire confinado producido por la estrecha relación que existe en la familia. Esa relación estrecha que es tan agradable... pero es tan restrictiva que a veces uno puede encontrarla desagradable. El hombre tiene la necesidad de más aire, de horizontes más amplios para satisfacer sus necesidades psicológicas.
El equilibrio entre el aire confinado de la familia y al aire abierto de la sociedad es necesario para la sana formación de sus miembros.
En el fondo, todos tienen necesidades de alma que anhelan cumplirse. Esos anhelos terminan en una especie de mundo irreal e ideal hacia el cual la persona siempre está caminando.
El castillo medieval invita al heroísmo y a lo sublime, Coca, España
¿Qué es este ideal? Me estoy refiriendo al ideal del cielo, el lugar donde todos los legítimos apetitos del alma de un hombre se cumplan de una manera cada vez mayor y por toda la eternidad. La noción de este ideal está siempre presente en la vida de un hombre de alguna manera u otra. A menudo él no quiere admitir que este ideal es la visión de Dios a la que él está llamado, y él busca falsas soluciones para sus necesidades psicológicas y va por mal camino. Pero este ideal es la razón profunda de su vida.
Ustedes ven que estoy hablando de cosas diferentes que conseguir un trabajo o ganar dinero o hacer una carrera, o cosas por el estilo. Es un orden de consideraciones mucho más elevado y más esencial.
Por lo tanto, la vida en esta tierra debe ser vista como un anhelo insatisfecho de un mundo ideal. Un mundo así es a la vez realizable y no realizable. En la medida en que borremos  para esta vida ese mundo ideal, nos encontraremos con la versión final en el cielo después de morir. Este apetito se puede realizar en algún grado en esta tierra, y se realizará plenamente en el cielo. En esta vida sólo podemos tener una prefigura de lo que será en el cielo.
¿Hubo en la historia una época en la que se realizó este ambiente? Yo creo que se realizó en la Edad Media por medio de un progreso continuo hacia la perfección. Cada siglo de la Edad Media desarrolló la aspiración del siglo anterior. Podemos ver la continuidad y el progreso en este mismo anhelo por el cielo, y el intento de hacer de la tierra lo más parecido como sea posible al cielo. Por ejemplo, ese progreso se nota en el avance del estilo románico al gótico, y luego en las distintas fases del gótico. Se sigue la misma tendencia hacia lo sublime que sube constantemente.
Esta tendencia hacia la perfección marca el progreso que se produce de forma natural en la sociedad católica orgánica.
El presente texto es una adaptación resumida de la transcripción de la grabación de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira y no fue revisada por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviese vivo, ciertamente pediría que se colocase explícita mención de su filial disposición a rectificar cualquier discrepancia en relación al magisterio de la Iglesia. Es lo que referimos aquí, con sus propias palabras:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial celo a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por lapso, se exprese algo que no está conforme a aquella enseñanza, desde ya lo rechaza categóricamente”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición fue publicada en el Nº 100 de "Catolicismo", en abril de 1959.

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