NATURE HV20 from monso on Vimeo. Video en HD, poner pantalla completa para apreciar mejor.
Sin comunicar en sus obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas (Efesios 5, 11)
lunes, 7 de noviembre de 2011
Naturaleza
sábado, 5 de noviembre de 2011
San Pío X: La herejía es el peor de los crímenes

Papa San Pío X, Editae saepe, # 43, 26 de mayo de 1910:
"Es un hecho cierto y bien establecido que no hay ningún otro crimen que ofenda a Dios tan gravemente ni que le provoque su gran ira como lo hace el vicio de la herejía".
¿Existe Dios? Responde Albert Einstein
Las metamorfosis del proceso revolucionario
Como se desprende del análisis hecho en el capítulo anterior, el proceso revolucionario es el desarrollo, por etapas, de ciertas tendencias desordenadas del hombre occidental y cristiano, y de los errores nacidos de ellas.En cada etapa, esas tendencias y errores tienen un aspecto propio. La Revolución va, pues, metamorfoseándose a lo largo de la Historia.
Esas metamorfosis que se observan en las líneas generales de la Revolución se repiten, en menor escala, en el interior de cada gran episodio de la misma.
Así, el espíritu de la Revolución Francesa, en su primera fase, usó máscara y lenguaje aristocráticos y hasta eclesiásticos. Frecuentó la Corte y se sentó a la mesa del Consejo del Rey.
Después, se volvió burgués y trabajó por la extinción incruenta de la monarquía y de la nobleza, y por una velada y pacífica supresión de la Iglesia Católica.
En cuanto pudo, se hizo jacobino y se embriagó de sangre en el Terror.
Pero los excesos practicados por la facción jacobina despertaron reacciones. Volvió atrás, recorriendo las mismas etapas. De jacobino se transformó en burgués en el Directorio, con Napoleón extendió la mano a la Iglesia y abrió las puertas a la nobleza exiliada, y, por fin, aplaudió el retorno de los Borbones. Terminada la Revolución Francesa, no concluye con ello el proceso revolucionario. He aquí que vuelve a explotar con la caída de Carlos X y la ascensión de Luis Felipe, y así, por sucesivas metamorfosis, aprovechando sus éxitos e inclusive sus fracasos, llegó hasta el paroxismo de nuestros días.
La Revolución usa, pues, sus metamorfosis no sólo para avanzar, sino para practicar los retrocesos tácticos que tan frecuentemente le han sido necesarios.
A veces, movimiento siempre vivo, ella ha simulado estar muerta. Y ésta es una de sus metamorfosis más interesantes. En apariencia, la situación de un determinado país se presenta completamente tranquila. La reacción contra-revolucionaria se distiende y adormece. Pero, en las profundidades de la vida religiosa, cultural, social o económica, la fermentación revolucionaria va siempre ganando terreno. Y, al cabo de ese aparente intersticio, explota una convulsión inesperada, frecuentemente mayor que las anteriores.
Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Parte I, cap. 4
Puede verse el libro en línea en el siguiente enlace: REVOLUCIÓN Y CONTRA-REVOLUCIÓN
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Amanecer noruego
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miércoles, 26 de octubre de 2011
El Che: Anatomia de un Mito
martes, 25 de octubre de 2011
Bellas imágnes de Chile: El fiordo
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lunes, 24 de octubre de 2011
Sahara: país de maravillas
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El grupo Bilderberg y las estructuras de poder mundial
domingo, 23 de octubre de 2011
Primavera
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En las cárceles de Corea del Norte, las madres matan a los niños para poder sobrevivir
Durante 28 años, Kim Hye Sook languideció como prisionera en el interior de un antiguo campo de concentración de de Corea del Norte. Ella vio ejecuciones diarias, hambruna masiva, y las madres matando a sus hijos para sobrevivir.
sábado, 22 de octubre de 2011
La crisis del hombre contemporáneo
Las muchas crisis que conmueven el mundo de hoy —del Estado, de la familia, de la economía, de la cultura, etc.— no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre. En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los problemas del alma más profundos, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades. Crisis del hombre occidental y cristiano
Esa crisis es principalmente la del hombre occidental y cristiano, es decir, del europeo y de sus descendientes, el americano y el australiano. Y es en cuanto tal que la estudiaremos más particularmente. Ella afecta también a los otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas propios de las respectivas culturas y civilizaciones y con el choque entre éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización occidentales.
Características de esa crisis
Por más profundos que sean los factores de diversificación de esa crisis en los diferentes países de hoy, ella conserva, siempre, cinco caracteres capitales:
1. ES UNIVERSAL
Esa crisis es universal. No existe hoy pueblo que no esté alcanzado por ella, en mayor o en menor grado.
2. ES UNA
Esa crisis es una. Es decir, no se trata de un conjunto de crisis que se desarrollan paralela y autónomamente en cada país, ligadas entre sí por algunas analogías más o menos relevantes.
Cuando ocurre un incendio en un bosque, no es posible considerar el fenómeno como si fuesen mil incendios autónomos y paralelos, de mil árboles vecinos unos de otros. La unidad del fenómeno “combustión”, ejerciéndose sobre la unidad viva que es el bosque, y la circunstancia de que la gran fuerza de expansión de las llamas resulta de un calor en el cual se funden y se multiplican las incontables llamas de los diversos árboles, todo en fin, contribuye para que el incendio de la floresta sea un hecho único, que engloba en una realidad total los mil incendios parciales, por más diferentes que sean cada uno de éstos en sus accidentes.
La Cristiandad occidental constituyó un solo todo, que trascendía a los diversos países cristianos, sin absorberlos. En esa unidad viva se operó una crisis que acabó por alcanzarla por entero, por el calor sumado y, más aún, fundido, de las cada vez más numerosas crisis locales que desde hace siglos se vienen interpenetrando y entreayudando ininterrumpidamente. En consecuencia, hace mucho que la Cristiandad, en cuanto familia de Estados oficialmente católicos, cesó de existir. De ella restan como vestigios los pueblos occidentales y cristianos. Y todos se encuentran actualmente en agonía bajo la acción de este mismo mal.
3. ES TOTAL
Considerada en un determinado país, esa crisis se desarrolla en una zona de problemas tan profunda, que se prolonga o se desdobla, por el propio orden de las cosas, en todas las potencias del alma, en todos los campos de la cultura, en fin, en todos los dominios de la acción del hombre.
4. ES DOMINANTE
Encarados superficialmente, los acontecimientos de nuestros días parecen una maraña caótica e inextricable, y de hecho los son desde muchos puntos de vista.
Entretanto, es posible discernir resultantes, profundamente coherentes y vigorosas, de la conjunción de tantas fuerzas desvariadas, siempre que éstas sean consideradas desde el ángulo de la gran crisis de que tratamos.
En efecto, al impulso de esas fuerzas en delirio, las naciones occidentales van siendo gradualmente impelidas hacia un estado de cosas que se va delineando igual en todas ellas, y diametralmente opuesto a la civilización cristiana.
De donde se ve que esa crisis es como una reina a la que todas las fuerzas del caos sirven como instrumentos eficientes y dóciles.
5. ES PROCESIVA
Esa crisis no es un hecho espectacular y aislado. Ella constituye, por el contrario, un proceso ya cinco veces secular, un prolongado sistema de causas y efectos que, habiendo nacido en determinado momento, con gran intensidad, en las zonas más profundas del alma y de la cultura del hombre occidental, viene produciendo, desde el siglo XV hasta nuestros días, sucesivas convulsiones.
A este proceso bien se le pueden aplicar las palabras de Pío XII relativas a un sutil y misterioso “enemigo” de la Iglesia: “Él se encuentra en todo lugar y en medio de todos: sabe ser violento y astuto. En estos últimos siglos intentó realizar la disgregación intelectual, moral, social, de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Quiso la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un ‘enemigo’ que se volvió cada vez más concreto, con una ausencia de escrúpulos que aún sorprende: ¡Cristo sí, la Iglesia no! Después: ¡Dios sí, Cristo no! Finalmente el grito impío: Dios está muerto; y hasta Dios jamás existió. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre las bases que no dudamos en señalar como las principales responsables por la amenaza que pesa sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios” [1]. Este proceso no debe ser visto como una secuencia puramente fortuita de causas y efectos, que se fueron sucediendo de modo inesperado. Ya en sus comienzos esta crisis poseía las energías necesarias para reducir a acto todas sus potencialidades, que en nuestros días conserva bastante vivas como para causar, por medio de supremas convulsiones, las destrucciones últimas que son su término lógico.
Influenciada y condicionada en sentidos diversos, por factores extrínsecos de todo orden —culturales, sociales, económicos, étnicos, geográficos y otros— y siguiendo a veces caminos bien sinuosos, ella va progresando incesantemente hacia su trágico fin.
A. Decadencia de la Edad Media
Ya esbozamos en la Introducción los grandes trazos de este proceso. Es oportuno añadir algunos pormenores.
En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay una paulatina mengua de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental; la literatura de amor invade todos los países; los excesos de lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.
Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales había triunfado la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y pari passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.
B. Pseudo-Reforma y Renacimiento
Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.
La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo. Los esfuerzos por un Renacimiento cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó el triunfo paulatino del neopaganismo.
En algunas partes de Europa, éste se desarrolló sin llevarlas a la apostasía formal. Importantes resistencias se le opusieron. E incluso cuando se instalaba en las almas, no osaba pedirles —al inicio por lo menos— una ruptura formal con la fe.
Pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron el protestantismo.
El orgullo dio origen el espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del carácter monárquico de la Iglesia Universal, es decir por la rebelión contra el Papado. Algunas, más radicales, negaron también lo que se podría llamar la alta aristocracia de la Iglesia Universal, o sea los Obispos, sus Príncipes. Otras negaron incluso el propio sacerdocio jerárquico, reduciéndolo a una mera delegación del pueblo, único poseedor verdadero del poder sacerdotal.
En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.
C. Revolución Francesa
La acción profunda del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de dilatarse en una creciente cadena de consecuencias en toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles —ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo— tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas, un endiosamiento gradual de la vida terrena, que preparó el campo para la victoria gradual de la irreligión. Dudas en relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía.
Profundamente afín con el protestantismo, heredera de él y del neopaganismo renacentista, la Revolución Francesa realizó una obra del todo y en todo simétrica a la de la Pseudo-Reforma. La Iglesia Constitucional que ella intentó fundar antes de naufragar en el deísmo y en el ateísmo, era una adaptación de la Iglesia de Francia al espíritu del protestantismo. Y la obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica:
— rebelión contra el Rey, simétrica a la rebelión contra el Papa;
— rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la “plebe” eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la “aristocracia” de la Iglesia, es decir, el Clero;
— afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de ciertas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles.
D. Comunismo
En el protestantismo nacieron algunas sectas que, transponiendo directamente sus tendencias religiosas al campo político, prepararon el advenimiento del espíritu republicano. San Francisco de Sales, en el siglo XVII, previno contra estas tendencias republicanas al Duque de Saboya[2]. Otras, yendo más lejos, adoptaron principios que, si no pueden ser llamados comunistas en todo el sentido actual del término, son por lo menos pre-comunistas.
De la Revolución Francesa nació el movimiento comunista de Babeuf. Y más tarde, del espíritu cada vez más vivaz de la Revolución, irrumpieron las escuelas del comunismo utópico del siglo XIX y el comunismo llamado científico de Marx.
¿Y qué hay de más lógico? El deísmo tiene como fruto normal el ateísmo. La sensualidad, sublevada contra los frágiles obstáculos del divorcio, tiende por sí misma al amor libre. El orgullo, enemigo de toda superioridad, habría de embestir contra la última desigualdad, es decir, la de fortunas. Y así, ebrio de sueños de República Universal, de supresión de toda autoridad eclesiástica o civil, de abolición de toda Iglesia y, después de una dictadura obrera de transición, también del propio Estado, he ahí el neo-bárbaro del siglo XX, producto más reciente y más extremado del proceso revolucionario.
E. Monarquía, república y religión
A fin de evitar cualquier equívoco, conviene acentuar que esta exposición no contiene la afirmación de que la república es un régimen político necesariamente revolucionario. León XIII, al hablar de las diversas formas de gobierno, dejó claro que “todas y cada una son buenas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, al bien común, razón de ser de la autoridad social”[3].
Tachamos de revolucionaria, eso sí, la hostilidad profesada, por principio, contra la monarquía y la aristocracia, como si fueran formas esencialmente incompatibles con la dignidad humana y el orden normal de las cosas. Es el error condenado por San Pío X en la Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, el 25 de agosto de 1910. En ella el grande y santo Pontífice censura la tesis del Sillon, de que “sólo la democracia inaugurará el reino de la perfecta justicia”, y exclama; “¿No es esto una injuria a las otras formas de gobierno, que son rebajadas de ese modo a la categoría de gobiernos impotentes, aceptables a falta de otro mejor?”[4].
Ahora bien, sin este error, entrañado en el proceso de que hablamos, no se explica enteramente que la monarquía, calificada por el Papa Pío VI como, en tesis, la mejor forma de gobierno — “praestantioris monarchici regiminis forma” [5]—, haya sido objeto, en los siglos XIX y XX, de un movimiento mundial de hostilidad que echó por tierra los tronos y las dinastías más venerables. La producción en serie de repúblicas por el mundo entero es, a nuestro modo de ver, un fruto típico de la Revolución, y un aspecto capital de ella.
No puede ser tachado de revolucionario quien para su patria, por razones concretas y locales, salvaguardados siempre los derechos de la autoridad legítima, prefiere la democracia a la aristocracia o a la monarquía. Pero sí quien, llevado por el espíritu igualitario de la Revolución, odia por principio, y califica de injusta o inhumana en esencia la aristocracia o la monarquía.
De ese odio antimonárquico y antiaristocrático nacen las democracias demagógicas, que combaten la tradición, persiguen las élites, degradan el tonus general de la vida, y crean un ambiente de vulgaridad que constituye como la nota dominante de la cultura y de la civilización... si es que los conceptos de civilización y de cultura se pueden realizar en tales condiciones.
Cómo diverge de esta democracia revolucionaria la democracia descrita por Pío XII: “Según el testimonio de la Historia, donde reina una verdadera democracia la vida del pueblo está impregnada de sanas tradiciones, que es ilícito abatir. Representantes de esas tradiciones son, ante todo, las clases dirigentes, o sea, los grupos de hombres y mujeres o las asociaciones que, como se acostumbra a decir, dan el tono en la aldea y en la ciudad, en la región y en el país entero. De ahí la existencia y el influjo, en todos los pueblos civilizados, de instituciones eminentemente aristocráticas, en el sentido más elevado de la palabra, como son algunas academias de amplia y bien merecida fama. Pertenece también a este número la nobleza”[6].
Como se ve, el espíritu de la democracia revolucionaria es bien diverso de aquél que debe animar una democracia conforme a la doctrina de la Iglesia.
F. Revolución, Contra-Revolución y dictadura
Las presentes consideraciones sobre la posición de la Revolución y del pensamiento católico ante las formas de gobierno podrán suscitar en varios lectores un interrogante: ¿la dictadura es un factor de Revolución, o de Contra-Revolución?
Para responder con claridad a una pregunta a la cual han sido dadas tantas soluciones confusas y hasta tendenciosas, es necesario establecer una distinción entre ciertos elementos que se enmarañan desordenadamente en la idea de dictadura, tal como la opinión pública la conceptúa. Confundiendo la dictadura en tesis con lo que ella ha sido in concreto en el siglo XX, el público entiende por dictadura un estado de cosas en el cual un jefe dotado de poderes irrestrictos gobierna a un país. Para el bien de éste, dicen unos. Para el mal, dicen otros.
Mas en uno y en otro caso, tal estado de cosas es siempre una dictadura.
Ahora bien, este concepto envuelve dos elementos diferentes:
— omnipotencia del Estado;
— concentración del poder estatal en una sola persona.
En el espíritu público, parece que el segundo elemento llama más la atención. Sin embargo, el elemento básico es el primero, por lo menos si entendemos por dictadura un estado de cosas en que, suspendido todo orden jurídico, el poder público dispone a su antojo de todos los derechos. Que una dictadura pueda ser ejercida por un Rey (la dictadura real, es decir, la suspensión de todo orden jurídico y el ejercicio irrestricto del poder público por el Rey, no se confunde con el Ancien Régime, en el cual estas garantías existían en considerable medida, y mucho menos con la monarquía orgánica medieval) o un jefe popular, una aristocracia hereditaria o un clan de banqueros, o hasta por la masa, es enteramente evidente.
En sí, una dictadura ejercida por un jefe o un grupo de personas no es revolucionaria ni contra-revolucionaria. Será una u otra cosa en función de las circunstancias en que se originó, y de la obra que realice. Y esto, tanto esté en manos de un hombre como de un grupo.
Hay circunstancias que exigen, para la salus populi, una suspensión provisional de los derechos individuales y el ejercicio más amplio del poder público. La dictadura puede, por tanto, ser legítima en ciertos casos.
Una dictadura contra-revolucionaria y, pues, enteramente guiada por el deseo de Orden, debe presentar tres requisitos esenciales:
* Debe suspender los derechos, no para subvertir el Orden, sino para protegerlo. Y por orden no entendemos solamente la tranquilidad material, sino la disposición de las cosas según su fin, y de acuerdo con la respectiva escala de valores. Hay, pues, una suspensión de derechos más aparente que real, el sacrificio de las garantías jurídicas de que abusaban los malos elementos en detrimento del propio orden y del bien común, sacrificio éste orientado a la protección de los verdaderos derechos de los buenos.
* Por definición, esta suspensión debe ser provisoria, y debe preparar las circunstancias para que lo antes posible se vuelva al orden y a la normalidad. La dictadura, en la medida en que es buena, va haciendo cesar su propia razón de ser. La intervención del Poder público en los distintos sectores de la vida nacional debe hacerse de manera que, lo más pronto posible, cada sector pueda vivir con la necesaria autonomía.
Así, cada familia debe poder hacer todo aquello que por su naturaleza es capaz, siendo apoyada subsidiariamente por grupos sociales superiores en aquello que sobrepase su ámbito. Esos grupos, a su vez, sólo deben recibir el apoyo del municipio en lo que se excede su normal capacidad, y así sucesivamente en las relaciones entre el municipio y la región, o entre ésta y el país.
* El fin primordial de la dictadura legítima debe ser, hoy en día, la Contra-Revolución. Lo que, por lo demás, no implica afirmar que la dictadura sea normalmente un medio necesario para la derrota de la Revolución. Pero puede serlo en ciertas circunstancias.
Por el contrario, la dictadura revolucionaria tiende a eternizarse, viola los derechos auténticos y penetra en todas las esferas de la sociedad para aniquilarlas, desarticulando la vida de familia, perjudicando a las élites genuinas, subvirtiendo la jerarquía social, alimentando de utopías y de aspiraciones desordenadas a la multitud, extinguiendo la vida real de los grupos sociales, y sujetando todo al Estado: en una palabra, favoreciendo la obra de la Revolución. Ejemplo típico de tal dictadura fue el hitlerismo.
Por esto, la dictadura revolucionaria es fundamentalmente anticatólica. En efecto, en un ambiente verdaderamente católico no puede haber clima para tal situación.
Lo cual no quiere decir que la dictadura revolucionaria, en éste o en aquel país, no haya procurado favorecer a la Iglesia. Pero se trata de una actitud meramente política, que se transforma en persecución franca o velada, tan pronto como la autoridad eclesiástica comience a detener el paso a la Revolución.
Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Parte I, caps. 1, 2 y 3.
Puede verse el libro en línea en el siguiente enlace: REVOLUCIÓN Y CONTRA-REVOLUCIÓN
[1] Alocución a la Unión de Hombres de la Acción Católica italiana, 12-X-1952, Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIV, p. 359.
[2] Cfr. SAINTE-BEUVE, Études des lundis —XVIIème siècle— Saint François de Sales, Librairie Garnier, París, 1928, p. 364.
[3] Encíclica Au Milieu des Sollicitudes, 16-II-1892, Bonne Presse, París, vol. III, p. 116.
[4] A.A.S., vol. II, p. 618.
[5] Alocución al Consistorio Secreto, 17-VI-1793, sobre la muerte del rey de Francia, Les Enseignements Pontificaux —La Paix Intérieure des Nations— par les moines de Solesmes, Descleé & Cie., p. 8.
[6] Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana, 16-I-1946, Discorsi e Radiomessaggi, vol. VII, p. 340.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Frías pero bellas escenas invernales
Two Fifty Three Kelvin from Bart van der Gaag on Vimeo. Video en HD. Poner pantalla completa para apreciar mejor.
Las personas podrán producir su propia energía
lunes, 17 de octubre de 2011
Sol de medianoche - Islandia (bellas imágenes)
Midnight Sun Iceland from SCIENTIFANTASTIC on Vimeo. Video en HD. Poner pantalla completa para apreciar mejor
domingo, 16 de octubre de 2011
Una reflexión acerca de los últimos acontecimientos
Manifestaciones de malestar, protestas, disturbios, complots de asesinato, amenazas de una 3ra guerra mundial, crisis financieras, intervenciones para salvar a los bancos, medidas de emergencia… En fin, una larga lista con un mismo fondo de cuadro, el caos.
Pero junto con el caos, hay otro aspecto que caracteriza todo este escenario y que casi nadie ha señalado, que es el ambiente anticristiano. Todos protestan y piden cambios, y muchas de esas protestas sin duda son por motivos legítimos. Sin embargo, nadie ―al menos por lo que podemos constatar por lo que nos entregan los mass media―, nadie parece recordar el respeto por la ley natural, los derechos de Dios y la restauración de la civilización cristiana. Nadie se acuerda que si no se respeta la ley natural, que es la ley de Dios, no puede haber solución verdadera a los problemas.
Si la solución es muy simple, bastaría que todos respetaran la ley natural que Dios ha grabado en los corazones de los hombres y que está compendiada en los diez mandamientos y cumplieran con sus obligaciones. ¿Es muy utópica esa solución? No lo es para quien tiene fe. Pero ¿qué diría el ateo?
¿Qué pasaría si los hombres dejasen de mentir, de robar, de codiciar los bienes ajenos, de desear la mujer del prójimo, de matar, y si todos cumplieran con sus deberes y, sobre todo, si amaran a Dios sobre todas las cosas? Yo pregunto, ¿alguien cree que las cosas no se solucionarían si ocurriera eso? Incluso se le podría preguntar a un ateo, ¿qué cree usted que pasaría Sr. ateo si los hombres, ricos y pobres, cultos e ignorantes, de toda raza y condición, no mintieran, no robaran, no codiciaran los bienes ajenos, no asesinaran, cumplieran con sus deberes, etc.? ¿Cree usted señor ateo que las cosas empeorarían o mejorarían? Si respondiera que así y todo, las cosas no mejorarían, entonces es obvio que nada nunca mejoraría, como en el infierno, donde no hay esperanza.
Por lo tanto, es obvio que la solución para el que tiene fe, es la misma solución que el “ateo sensato” debería reconocer.
Porque justamente, mucho por lo que se protesta es por causa de que hay gente que no se comporta así. Dicen que las corporaciones y los bancos roban, bueno, entonces, dejar de robar, ¿no sería solución? Dicen que los políticos mienten, bueno, dejar de mentir, ¿no sería solución?
Y tampoco es cierto que son sólo los ricos los que roban, porque el pobre que no trabaja o hace mal su trabajo por flojo, ese también es un ladrón, porque con su pereza perjudica el bien común de los demás. Si alguien dice que cumplir con esos deberes no sería solución, entonces, ¿cuál es la solución? ¿La desesperación? No es necesario creer en Dios, basta el sentido común para darse cuenta que la solución está en que los hombres cumplan con sus deberes y la ley natural. Porque si con eso nada se solucionara tampoco, entonces nada tendría nunca solución.
El problema de fondo que hay detrás de todos estos acontecimientos que estamos presenciando se podría resumir así: es el caos, producto del hombre que se olvidó de Dios y que quiere construir un mundo donde se basta a sí mismo. La gente pide cambios, pero cambios en un mundo donde Dios y la verdadera Iglesia católica ya no tienen nada que hacer, como en el infierno. ¡Todos se indignan por algo, pero nadie se indigna porque no se respeta la ley natural que Dios compendió en los diez mandamientos!Y como ya la mayoría del mundo no tiene fe, el mundo está entregado al demonio.
En un mundo así, podemos esperar las cosas más terribles. Y esto que estamos presenciando es sólo el comienzo.
sábado, 15 de octubre de 2011
Paisajes: Volumen II (maravilloso)
Landscapes: Volume Two from Dustin Farrell on Vimeo. Video de HD. Poner pantalla completa para apreciarlo mejor
viernes, 14 de octubre de 2011
Paisajes: Volumen uno
Landscapes: Volume One from Dustin Farrell on Vimeo. Video en HD. Poner pantalla completa para apreciar mejor.
jueves, 13 de octubre de 2011
EL AGUA, bellísimo video
The Water from TSO Photography on Vimeo. Video en HD, poner pantalla completa para apreciarlo mejor.
LA REDENCIÓN POR LA CIENCIA Y POR LA TÉCNICA: LA UTOPÍA REVOLUCIONARIA

De cualquier manera, depositando toda su confianza en el individuo considerado aisladamente, en las masas, o en el Estado, es en el hombre en quien la Revolución confía. Autosuficiente por la ciencia y por la técnica, él puede resolver todos sus problemas, eliminar el dolor, la pobreza, la ignorancia, la inseguridad, en fin, todo aquello que llamamos efecto del pecado original o actual.
Un mundo en cuyo seno las patrias unificadas en una República Universal no sean sino denominaciones geográficas, un mundo sin desigualdades sociales ni económicas, dirigido por la ciencia y por la técnica, por la propaganda y por la psicología, para realizar, sin lo sobrenatural, la felicidad definitiva del hombre: he aquí la utopía hacia la cual la Revolución nos va encaminando.
En ese mundo, la Redención de Nuestro Señor Jesucristo nada tiene que hacer. Pues el hombre habrá superado el mal por la ciencia y habrá transformado la tierra en un “cielo” técnicamente delicioso. Y por la prolongación indefinida de la vida esperará vencer un día a la muerte (véase video abajo).
Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, parte I, cap. 12, 3.
miércoles, 12 de octubre de 2011
martes, 11 de octubre de 2011
La luz del Ártico
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domingo, 9 de octubre de 2011
Maravillosas imágenes de una aurora boreal en Rusia
The Aurora from TSO Photography on Vimeo. Video en HD, poner pantalla completa para apreciarlo mejor.
jueves, 6 de octubre de 2011
Los cambios políticos que quiere hacer la UE, ¿una nueva dictadura?
puede ver el video también en este enlace:
http://www.freiewelt.net/video-29/eu%3A-treaty-of-debt---stop-it-now!-%28engl.-version-von-%22stoppt-eu-schuldenunion!%22%29.html