sábado, 26 de abril de 2014

La Iglesia Católica enseña que si un Papa cae en herejía, pierde el papado, y que un hereje no puede ser válidamente elegido Papa

Enciclopedia Católica, “Herejía”, 1914, vol. 7, p. 261: “El mismo Papa, si fuere notoriamente culpable de herejía, dejaría de ser Papa porque dejaría de ser miembro de la Iglesia”[1].

Por el Hno. Miguel Dimond O.S.B y Hno.Pedro Dimond O.S.B.

La herejía es un rechazo o duda obstinada de un dogma de la fe divina y católica, hecho por una persona bautizada. En otras palabras, una persona bautizada que niega deliberadamente una enseñanza dogmática de la Iglesia Católica es un hereje.


Martín Lutero, quizás el hereje más notorio en la historia de la Iglesia,
enseñó la herejía de la justificación por la sola fe, entre muchas otras

Además de los antipapas que reinaron en Roma debido a las elecciones no canónicas, la Iglesia Católica enseña que si un Papa se convierte en un hereje, perdería automáticamente su cargo u oficio y dejaría de ser Papa. Esta es la enseñanza de todos los Doctores y Padres de la Iglesia que han hablado sobre este tema:


San Roberto Belarmino, cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30: “Un Papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser Papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Esta es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”.

San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, II, 30:
Este principio es de lo más cierto. El que no es cristiano no puede de ninguna manera ser Papa, como Cayetano lo dijo (ib. c. 26). La razón por esto es que no puede ser cabeza de lo que no es miembro; ahora quien no es cristiano no es miembro de la Iglesia, y quien se manifieste hereje no es un cristiano, como claramente se enseña por San Cipriano (lib. 4, epíst. 2), San Atanasio (Cont. arria.), San Agustín (lib. De great. Christ.), San Jerónimo (contra Lucifer), entre otros; por lo tanto, el hereje manifiesto no puede ser Papa”.

San Francisco de Sales (s. XVII), La Controversia Católica, Ed. inglesa, pp. 305-306:
Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia...”.

San Antonino (1459):
En el caso en que el Papa se convirtiera en un hereje, se encontraría, por ese solo hecho y sin ninguna otra sentencia, separado de la Iglesia. Una cabeza separada de un cuerpo no puede, siempre y cuando se mantenga separado, ser cabeza de la misma entidad de la que fue cortada. Por lo tanto, un Papa que se separara de la Iglesia por la herejía, por ese mismo hecho en sí, dejaría de ser la cabeza de la Iglesia. No puede ser un hereje y permanecer siendo Papa, porque, desde que está fuera de la Iglesia, no puede poseer las llaves de la Iglesia (Summa Theologica, citado en Actes de Vatican I. V. Frond pub.).

Que un hereje no puede ser Papa tiene sus raíces en el dogma de que los herejes no son miembros de la Iglesia Católica

Cabe señalar que la enseñanza de los santos y doctores de la Iglesia, citada anteriormente ―que un Papa que se convierte en un hereje automáticamente dejaría de ser el Papa― tiene sus raíces en el dogma infalible de que un hereje no es miembro de la Iglesia Católica.

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441:
“La Santa Iglesia Romana cree firmemente, profesa y enseña que aquéllos que no están en el seno de la Iglesia Católica, no solamente los paganos, sino también los judíos o herejes y cismáticos, jamás compartirán la vida eterna, e irán irremediablemente al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, a no ser que se hayan unido a la Iglesia antes de morir…”[2].

Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi, # 23, 29 de junio de 1943:
“Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía[3].

Podemos ver que es enseñanza de la Iglesia Católica que un hombre se separa de la Iglesia por la herejía, el cisma, o la apostasía.

Papa León XIII, Satis Cognitum, # 9, 29 de junio de 1896: “Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico[4].

Papa León XIII, Satis Cognitum, # 9:
“De que alguno diga que no cree en esos errores [esto es, las herejías que acaba de enumerar], no se sigue que deba creerse y decirse cristiano católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esta obra, y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico[5].

Papa Inocencio III, Eius ejemplo, 18 de diciembre de 1208:
“De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la Santa, Romana, Católica y Apostólica, fuera de la cual creemos que nadie se salva”[6].

Por lo tanto, no es meramente una opinión de ciertos santos y doctores de la Iglesia que un hereje dejaría de ser un Papa; se trata de un hecho inextricablemente unido con la enseñanza dogmática. Cuando una verdad está inextricablemente unida con un dogma se le llama un hecho dogmático. Por lo tanto, es un hecho dogmático el que un hereje no puede ser Papa. Un hereje no puede ser Papa, puesto que quien está fuera no puede ser cabeza de lo que no es miembro.

Papa León XIII, Satis Cognitum, #15, 29 de junio de 1896:
“Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro, pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuviese autoridad en la Iglesia”[7].


El Papa Paulo IV publicó una bula declarando solemnemente que la elección de un hereje como Papa es nula e inválida

En 1559, el Papa Paulo IV publicó una bula papal que trata de este tema y de la posibilidad de que un hereje sea elegido Papa.


El Papa Paulo IV

En la época en que Paulo IV publicó la bula (citada a continuación), había rumores de que uno de los cardenales era un protestante en secreto. Para poder evitar una elección de tal hereje al papado, el Papa Paulo IV declaró solemnemente que un hereje no podría ser elegido válidamente Papa. A continuación están los fragmentos pertinentes de la bula (para ver el texto de la bula completo puede visitar nuestro sitio web: www.mostholyfamilymonastery.com; www.vaticanocatolico.com).

Papa Paulo IV, de la bula Cum ex Apostolatus Officio, 15 de febrero de 1559:
“1… dado que donde surge un peligro mayor, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas y otros personajes que detentan jurisdicciones seculares no tiendan lamentables lazos a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición innumerables pueblos confiados a su cuidado y a su gobierno en las cosas espirituales o en las temporales; y para que no acontezca algún día que veamos en el lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, no sea que parezcamos perros mudos, ni mercenarios, o dañados los malos vinicultores, anhelamos capturar las zorras que tientan desolar la viña del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño…

6. Agregamos, [por esta Nuestra Constitución, que debe seguir siendo válida en perpetuidad, Nos promulgamos, determinamos, decretamos y definimos:] que si en algún tiempo aconteciese que un obispo, incluso en función de arzobispo, o de patriarca, o primado; o un cardenal, incluso en función de legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al cardenalato o asunción al pontificado, se hubiese desviado de la fe católica, o hubiese caído en herejía:

(i) o la hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto;

(ii) y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos.

(iii) Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…

(vi) los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder

10. Por lo tanto, a hombre alguno sea lícito infringir esta página de Nuestra aprobación, innovación, sanción, estatuto, derogación, voluntades, decretos, o por temeraria osadía, contradecirlos. Pero si alguien pretendiese intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios omnipotente y en la de sus santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor 1559, XV anterior a las calendas de marzo, año 4º de Nuestro pontificado.

Yo, Paulo, obispo de la Iglesia Católica…”

Con la plenitud de su autoridad papal, el Papa Paulo IV declaró que la elección de un hereje es inválida, incluso si hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de los cardenales y fuese aceptada por todos.

El Papa Paulo IV también declaró que él hacía esta declaración con el fin de que no aconteciera algún día, se instale la abominación de la desolación en el Lugar Santo, predicha por el profeta Daniel. Esto es asombroso, y parece indicar que el mismo magisterio está conectando la venida eventual de la abominación de la desolación en el Lugar Santo (Mateo 24, 15) con un hereje que finge ser el Papa – quizás porque el hereje que finge ser el Papa nos traería la abominación de la desolación en el Lugar Santo (la Nueva Misa), como nosotros creemos es el caso, o bien, porque el mismo antipapa herético constituiría la abominación de la desolación en el Lugar Santo.

La Enciclopedia Católica repite esta verdad declarada por el Papa Pablo IV, afirmando que la elección de un hereje como Papa, por supuesto, sería completamente nula e inválida.

Enciclopedia Católica, “Elecciones Papales”, 1914, vol. 11, p. 456:
Desde luego, la elección de un hereje, de un cismático, o de una mujer [como Papa] será nula e inválida[8].

En consonancia con la verdad de que un hereje no puede ser Papa, la Iglesia enseña que a los herejes no se les puede rezar en el canon de la Misa

En la oración Te Igitur del canon de la Misa se reza una oración por el Papa, pero la Iglesia también enseña que no se puede rezar por los herejes en el canon de la Misa. Si un hereje pudiera ser un verdadero Papa, entonces tendríamos un dilema insoluble. Pero en realidad no es un dilema, puesto que un hereje no puede ser un Papa válido:

Papa San Hormisdas, Libellus professionis fidei, 2 de abril de 517, profesión de fe: “Y por tanto, espero merecer hallarme en una sola comunión con vosotros, la que predica la Sede Apostólica, en la que está la íntegra, verdadera y perfecta solidez de la religión cristiana; prometiendo que, en adelante, no he de recitar entre los sagrados misterios los nombres de aquellos que están separados de la comunión de la Iglesia Católica, es decir, que no sienten con la Sede Apostólica. Y si en algo intentare desviarme de mi profesión, por mi propia sentencia me declaro cómplice de los mismos que he condenado. Y esta mi profesión, yo la he firmado de mi mano y la he dirigido a ti, Hormisdas, santo y venerable Papa de la ciudad de Roma”[9].

Papa Benedicto XIV, Ex quo primum, # 23, 1 de marzo 1756: “Además, los herejes y cismáticos están sujetos a la censura de la mayor excomunión por la ley del can. de Ligu. 23, pregunta 5, y del can. Nulli, 5, dist. 19. Pero los sagrados cánones de la Iglesia prohíben la oración pública por los excomulgados como se puede ver en el capítulo A nobis, 2, y cap. Sacris de la sentencia de excomunión. Aunque esto no prohíbe la oración por su conversión, aun así, tales oraciones no pueden tomar forma por proclamar sus nombres en la oración solemne durante el sacrificio de la Misa[10].

Papa Pío IX, Quartus supra, # 9, 6 de enero de 1873: “Por esta razón, el obispo de Constantinopla, Juan, declaró solemnemente ―y después todo el octavo Concilio Ecuménico hizo lo mismo― ‘que los nombres de los que fueron separados de la comunión con la Iglesia Católica, es decir, aquellos que no quisieron estar de acuerdo con la Sede Apostólica en todo los asuntos, no deben ser nombrados durante los sagrados misterios’”[11].




[1] The Catholic Encyclopedia, “Herejía”, New York: Robert Appleton Co., 1914, vol. 7, p. 261.
[2] Decrees of the Ecumenical Councils, Sheed & Ward and Georgetown University Press, 1990, vol. 1, p. 578;
Denzinger, The Sources of Catholic Dogma, B. Herder Book. Co., Thirtieth Edition, 1957, no. 714.
[3] The Papal Encyclicals, por Claudia Carlen, Raleigh: The Pierian Press, 1990, vol. 4 (1939-1958), p. 41.
[4] The Papal Encyclicals, vol. 2 (1878-1903), p. 393.
[5] The Papal Encyclicals, vol. 2 (1878-1903), p. 393.
[6] Denzinger 423.
[7] The Papal Encyclicals, vol. 2 (1878-1903), p. 401.
[8] The Catholic Encyclopedia, “Papal Elections”, 1914, vol. 11, p. 456.
[9] Denzinger 172.
[10] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740-1878), p. 84.
[11] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740-1878), p. 415.

viernes, 25 de abril de 2014

El cuerpo incorrupto del Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney)

Para que Él reine

A partir de hoy publicaremos la célebre obra de Jean Ousset Para que Él reine. La edición que publicamos es de la editorial española La ciudad católica publicada en 1961.

Primera Parte

CRISTO-REY

CAPÍTULO I

ALFA Y OMEGA

CRISTO REY, AUTOR Y FIN DE LA CREACIÓN

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Todas las cosas han sido hechas por Él y nada de lo que existe ha sido hecho sin Él[1].
Pero si es principio del universo, el Verbo es también su fin.
“Nada tiene esto de extraño escribe Dom Delatte[2]. La primera causa eficiente es también la última causa final; la armonía de las cosas quiere que el Alfa sea el Omega, principio y fin, y que todo se termine y vuelva finalmente a su primer principio. ¿Cómo no había de ser el heredero y el término de los siglos Aquél por quien los siglos comenzaron?”
Ya desde el segundo versículo de su Epístola a los Hebreos, San Pablo lo enseña vigorosamente. “Los términos son de una rigurosa precisión; nunca se ha hablado de este modo: es el mismo Hijo de Dios quien ha hecho los siglos y en quien los siglos terminan como en el heredero de su obra común: en verdad han trabajado, y trabajan, para Él…”[3] “y que todas las cosas se acaben en Él, que en Él encuentren su término y su consumación, proviene de que el Padre le ha instituido heredero de todas las personas y cosas. Filiación y herencia van juntas: la una es consecuencia de la otra. Pero esta concepción de la herencia no quiere tan sólo decir que las almas y los pueblos son suyos; significa igualmente que toda la historia se orienta hacia Él, que es el término de la creación, pero también de la historia, que los sucesos se encaminan hacia Él, que es el heredero del largo esfuerzo de los siglos, y que todos han trabajado para Él.
”¿Acaso Sócrates, Platón y Aristóteles no han pensado para Él? ¿Es que la Iglesia no ha venido, a su hora, para recoger como bien suyo, como una riqueza preparada por Dios para ella, todo el fruto de la inteligencia antigua? ¿Para quién sino para la Iglesia, han hablado la ley y los profetas, la religión judía se ha desarrollado, las escuelas socráticas han discutido, la escuela de Alejandría balbuceado su ‘logos’, los pueblos se han mezclado, los judíos han sido puestos en contacto sucesivamente con todas las grandes monarquías, el Imperio Romano adquirió su poderosa estructura?
”El Señor es el heredero de todo; a Él, primero en el pensamiento de Dios, se han ordenado todas las obras de Dios”[4].
Esto es lo normal, lo prudente. Porque un querer perfectamente ordenado quiere, desde el comienzo, el Fin[5]. El orden consiste, pues, en que todo el universo gravite hacia el Verbo como hacia su término.
Y el Verbo, es Jesucristo nuestro Señor.
*
Dios quiere primero su gloria.
“Dios quiere crear porque quiere su glorificación fuera de sí mismo. Y queriendo su glorificación exterior, Él quiere, en primer lugar y principalmente, lo que, en la historia actual de la humanidad es el primero y universal medio de procurarla: la encarnación redentora, obra de Cristo, cumplida con la cooperación de su Madre. Así Jesús y María son principalmente queridos por Dios como aquellos de quienes dependen todas sus otras obras… Tienen sobre la creación entera la preeminencia y una verdadera realeza…”[6].
“Frecuentemente se representa al Creador en la obra de los seis días, trabajando en función del hombre… Esto es cierto. Pero el primer hombre y la primera mujer para quienes prepara estas maravillas no son Adán y Eva, son Jesucristo y María.
”En la historia del mundo, Adán y Eva están bajo la dependencia de Jesús y de María, por quienes ellos y sus descendientes han recuperado la Gracia. Jesús y María son, en efecto y en el orden actual de las cosas, los primeros en la intención divina y las verdaderas cabezas de la humanidad”[7].

CRISTO ES REY

Por tanto, Jesucristo es Rey.
“No hay —escribe Monseñor Pie— ni un profeta, ni un evangelista, ni uno de los apóstoles que no le asegure su cualidad y sus atribuciones de rey”.
Un niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido dado”, escribe Isaías en su visión profética. “El imperio ha sido asentado sobre sus hombros…” Daniel es aún más explícito: “Yo les miraba en las visiones de la noche y he aquí, sobre las nubes, vino como un Hijo de hombre; él avanzó hasta el anciano y le condujeron ante él. Y éste le dio el poder, gloria y reinado, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominación es una dominación eterna que no acabará nunca y su reino no será nunca destruido…”.
Pero en este sentido podría invocarse toda la Sagrada Escritura y la tradición toda. La unanimidad es absoluta.
Príncipe de los reyes de la tierra” le llama San Juan en el Apocalipsis y sobre sus vestiduras como sobre Él mismo, pudo leer el apóstol: “Rey de los reyes y Señor de los señores”.

CRISTO ES REY UNIVERSAL

Por tanto, Jesucristo es Rey.
Rey por derecho de nacimiento eterno, puesto que es Dios…
Rey por derecho de conquista, de redención, de rescate.
Y esta realeza se comprende que es universal. Nada, en efecto, puede ser más universal, más absoluto que esta realeza, puesto que Cristo es, Él mismo, el principio y el fin de toda la Creación.
Para que no quepa duda alguna, no obstante, Nuestro Señor se cuidó de precisar: “Omnia potestas data es mihi in coelo et in terra”. “Todo poder me ha sido dado en el cielo y la tierra”.
En el cielo y en la tierra…, que es como decir: en el orden sobrenatural y en el orden natural.
“Ahí está efectivamente, escribe Monseñor Pie, el nudo de la cuestión… No olvidemos ni permitamos que se olvide lo que nos enseña el gran Apóstol: que Jesucristo después de haber descendido de los cielos, ha ascendido a ellos, a fin de cumplir todas las cosas: ut impleret omnia. No se trata de su presencia en cuanto Dios, puesto que esta presencia ha existido siempre, sino de su presencia como Dios y hombre a la vez. De hecho, Jesucristo se halla, desde entonces, presente en todo, así en la tierra como en el cielo; llena el mundo con su nombre, su ley, su luz, su gracia. Nada existe fuera de su esfera de atracción o de repulsión; ninguna cosa, ninguna persona, pueden serle del todo extrañas e indiferentes: se está con Él o contra Él; ha sido colocado como piedra angular; piedra de edificación para unos, piedra de tropiezo y de escándalo para otros, piedra de toque para todos. La historia de la humanidad, la historia de las naciones, la historia de la paz y de la guerra, la historia de la Iglesia sobre todo, no es sino la historia de Jesús que todo lo colma: ut impleret omnia[8].
“Ni en su persona, ni en el ejercicio de sus derechos, puede ser Jesucristo dividido, disuelto, fragmentado; en Él, la distinción de las naturalezas y de las operaciones no puede ser jamás la separación, la oposición; lo divino no puede repugnar a lo humano, ni lo humano a lo divino. Al contrario, Él es la paz, la aproximación, la reconciliación; es el engarce que de dos cosas hace una… Por eso San Juan nos dice: ‘Todo espíritu que disuelve a Jesucristo no es de Dios, sino que es justamente ese anticristo de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya en el mundo…’ Así, cuando yo oigo, concluye Monseñor Pie, ciertos rumores que crecen, ciertos aforismos que prevalecen de día en día y que introducen en el corazón de las sociedades, el disolvente bajo la acción del cual debe perecer el mundo, lanzo este grito de alarma: guardaos del anticristo”[9].

CRISTO ES REY TODOPODEROSO

Sí, todo poder ha sido dado a Cristo en el cielo y en la tierra.
Esta verdad está en la base misma del catolicismo.
La encontraremos en las epístolas y los discursos de San Pablo. La volvemos a encontrar, subyacente en toda la enseñanza de San Pablo. Su fórmula “non est potesta nisi a Deo”, no es, en el fondo, otra cosa que la expresión de la misma idea, de una más particular.
Jesucristo a pedido y su Padre le ha concedido. Todo desde entonces le ha sido entregado. Está a la cabeza y es el jefe de todo, de todo sin excepción. “En Él y rescatados por su sangre”, escribía San Pablo a los Colosenses[10], “tenemos la redención y la remisión de los pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de los muertos; para que tenga la primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud de la divinidad y por Él reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su Cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo en Jesucristo Nuestro Señor”. Tal es la enseñanza del Apóstol.
“No establezcáis, pues, en modo alguno excepción allí donde Dios no ha dejado lugar  la excepción, exclama monseñor Pie. El hombre individual y el jefe de familia, el simple ciudadano y el hombre público, los particulares y los pueblos, en una palabra, todos los elementos de este mundo terrestre, cualesquiera que sean, deben sumisión y homenaje al nombre de Jesús”.

CRISTO ES REY DE LAS NACIONES

Jesucristo rey universal… y, por tanto, rey de los reyes, rey de las naciones, rey de los pueblos, rey de las instituciones, rey de las sociedades, rey del orden político como del orden privado.
Después de lo que se acaba de decir, ¿cómo se concibe que pueda ser de otro modo?
Si Jesucristo es rey universal, ¿cómo podría esa realeza no ser también realeza sobre las instituciones, sobre el Estado: realeza social? ¿Cómo se la podría llamar universal sin ella?
Si las discusiones son tan vivas sobre este punto, es porque tocamos el terreno de aquel a quien la Escritura llama precisamente “el príncipe de este mundo”. He aquí que perseguimos al dragón hasta su último reducto, que lo acosamos donde pretende hacer su guardia… ¿qué hay de extraño que redoble la violencia escupiendo llamas y humo para intentar cegarnos?
¡Cuántos se dejan engañar!
“Hay hombres en estos tiempos, observaba monseñor Pie, que no aceptan y otros que sólo aceptan a duras penas los juicios y decisiones de la Iglesia… ¿Cómo dar el valor de dogma (dicen o piensan) a enseñanzas que datan del “Syllabus” o de los preámbulos de la primera constitución del [primer concilio] Vaticano?
”Tranquilizaos, responde el obispo de Poitiers, las doctrinas del “Syllabus” y del Vaticano son tan antiguas como la doctrina de los apóstoles, de las Escrituras… A quienes se obstinan en negar la autoridad social del cristianismo, San Gregorio Magno da la respuesta[11]. En el comentario del Evangelio en que se cuenta la adoración de los Magos… al explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de la gentilidad, el santo doctor se expresa en estos términos:
”Los Magos —dice— reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de rey. Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien —prosigue—, hay algunos heréticos: sunt vero nonnulli hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que su reino se extiende por todas partes: sunt vero nonnulli hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequanquam credunt.
”Hermano mío, continúa monseñor Pie, dices que tienes la conciencia en paz, y al aceptar el programa del catolicismo liberal, crees permanecer en la ortodoxia, ya que crees firmemente en la divinidad y humanidad de Jesucristo, lo que basta para considerar tu cristianismo inatacable. Desengañaos. Desde el tiempo de San Gregorio, había ‘algunos heréticos’ que, como tú, creían en esos dos puntos: pero su herejía consistía en no querer reconocer en el Dios hecho hombre una realeza que se extiende a todo… No, no eres irreprochable en tu fe, y el Papa San Gregorio, más enérgico que el “Syllabus”, te inflige la nota de herejía, si eres de los que considerando un deber ofrecer a Jesús el incienso, no quieren añadirle el oro…”[12], es decir, reconocer y proclamar su realeza social.
Y, en nuestros días, Pío XI, con particular insistencia ha querido recordar al mundo la misma doctrina en dos encíclicas especialmente escritas sobre este tema: Ubi arcano Dei y Quas primas.
Esta es, pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción de detalle, limitada a una sola época. En los comienzos de la era cristiana, como más tarde, lo relativo a la conducta ha podido venir a mezclarse con lo relativo a los principios. “Pero el derecho, señala monseñor Pie[13], el principio del estado cristiano, del príncipe cristiano, de la ley cristiana, que yo sepa jamás han sido discutidos hasta estos últimos tiempos, ni escuela católica alguna pudo nunca entrever en su destrucción un progreso y un perfeccionamiento de la sociedad humana…”, como hoy se oye repetir tantas veces.




[1] Comienzo del evangelio de San Juan.
[2] Dom Paul Delatte, Les êpitres de saint Paul, t. II, p. 288.
[3] Dom Paul Delatte, ídem, p. 287.
[4] Ídem, p. 287-8.
[5] … quiere, ante todo, el fin, en el orden de la intención. El enfermo quiere, en primer lugar, curarse: tal es su intención. Para esto tomará la medicina… “Finis primun in intentione, ultimátum in executione”. “El fin primero en el orden de la intención, es el último en el orden de la realización”.
[6] San Francisco de Sales…: Dios “eligió crear a los hombres y a los ángeles como para acompañar a su Hijo, participar de sus gracias y de su gloria y adorarle y alabarle eternamente” (Traité de l’Amour de Dieu, t. II, cap. IV, p. 100).
[7] René Marie de la Broise, “Etudes” de los Padres jesuitas, t. LXXIX, 301.
[8] Op. cit., t. V, p. 166.
[9] Card. Pie, Œuvres, t. IV, p. 588 (cit. San Juan: 1 epístola, IV, 3).
[10] Epístola de San Pablo a los Colosenses, I, 12-20… Epístola de la Fiesta de Cristo Rey.
[11] Excelente ocasión para destacar cuán perfectamente ilustra este pasaje la doctrina de Pío XII en Humani generis. “Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan, de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los romanos pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su magisterio. Pues son enseñanzas del magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye, y, la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las encíclicas pertenece por otras razones al patrimonio de la doctrina católica…”.
[12] Op. cit., t. VIII, p. 62 y 63.
[13] Op. cit., t. V, p. 179-180.
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