jueves, 9 de abril de 2009

Meditación de Semana Santa

Las tres caídas de Nuestro Señor y los tres grados de agotamiento

Por Plinio Corrêa de Oliveira

Uno podría preguntarse ¿por qué Nuestro Señor cayó tres veces a lo largo del Camino de la Cruz y no dos o cuatro? Creo que hay una razón para las tres caídas, ya que todo en la vida de Nuestro Señor y su Pasión tienen un profundo significado.
Sin pretender ser un exégeta, creo que esas tres caídas revelan los tres crecientes grados de agotamiento que Nuestro Señor experimentó, que deberían ser meditados y servir de modelo para nosotros.
Cuando uno analiza el legítimo cansancio de un hombre – no estoy considerando el vicio de cansancio del perezoso porque Nuestro Señor no tenía sombra de vicio alguno – se puede decir que hay tres grados diferentes.
En el primer grado, una persona que lleva el peso de la misión cargada sobre sus hombros siente que toda su fuerza física se ha agotado, y cae bajo su carga. Tendido en el suelo bajo ese peso él experimenta un natural alivio y recupera un poco de aliento. Después piensa: “¡Qué carga pesada! ¡No puedo levantar esta carga de nuevo! Sin embargo, es necesario para mí seguir adelante y yo deseo con todo mi corazón seguir llevándola. Quiero aprovechar este esfuerzo, este acto de dedicación, hasta su fin.”
Entonces, si él no se da por vencido y quiere continuar llevando su peso, empieza a buscar cualquier reserva de energía que él no haya considerado y tiene en su vida normal. Encuentra algunas, saca esas energías desconocidas juntas para hacer un nuevo esfuerzo, y se levanta de nuevo.
El continua llevando el peso hasta que alcanza el segundo grado de agotamiento, cuando cae de nuevo. Agobiado por el peso de esta segunda fase de cansancio, él piensa: “He utilizado todos los restos de fuerza que tenía y ahora caigo postrado como resultado de esta enorme fatiga. Mis últimas energías se han agotado. A pesar de ello, quiero continuar.”
Medita sobre la nobleza y santidad de la meta que él persigue, y al mismo tiempo ve que se enfrenta a la imposibilidad de continuar. Siente desánimo y perplejidad. ¿Dónde va a encontrar la fuerza para seguir llevando el peso que el deber le impone?
En esta etapa reza y dice: “Mi Madre, ayúdame ahora sino no voy a poder hacer lo que se ha pedido de mi.” Busca en la profundidad de su alma algunos restos de fuerza y encuentra que todavía que dar. Así, con la ayuda de una fuerza sobrenatural más que con sus propias fuerzas, él se levanta de nuevo.
Por segunda vez se levanta de su caída y sigue. El continúa un poco sorprendido, porque no se había dado cuenta que sería capaz de seguir llevando su carga. El se arrastra a sí mismo más de que camina, pero sigue adelante, porque está decidido llegar hasta el final. Con esta convicción él avanza aún más.
Luego cae por tercera vez, lo que representa el tercer grado de agotamiento. El está inmerso en la miseria, él se siente agotado, como un saco vacío, con ni siquiera una gota de energía que le quede. Pero él persevera. El mira dentro de sí mismo y piensa: “Yo todavía puedo esperar contra toda esperanza.” Motivado más por la perseverancia moral que por la fuerza física, él se levanta, pero no está en condiciones de dar otro paso. Es el momento de la confianza ciega, la noche obscura, la total inmolación. Da el último aliento de su alma. Al mismo tiempo, él tiene una visión más lúcida de su ideal y hace el máximo acto de su amor. El se da completamente. Está listo para ser crucificado.
Cuando Nuestro Señor llegó hasta esta tercera etapa, Dios le envió a Simón de Cirene para llevar su Cruz, porque Él ya no podía soportar su peso.
Estas son las tres etapas de agotamiento y las tres etapas de la dedicación humana.
En la medida que un hombre se conquista a sí mismo, levantándose de sus sucesivas caídas, él brilla con nuevos grados de belleza moral. Es la belleza de la abnegación que atrae a los otros. Cuando el alma llega a este último límite de dedicación, cuando él ha dado todo lo que puede dar, entonces él está preparado para atraer a muchas otras almas para sí mismo. Por esta razón, después de que Nuestro Señor recorrió el Camino de la Cruz, Él estaba preparado para ser visto en la Cruz por todos los pueblos de la Historia y atraerlos. Él había pasado a través de su completa inmolación.
Cuando Nuestro Señor fue crucificado, la parte del sacrificio que dependía de su voluntad terminó. Entonces, la parte del sacrificio más sublime y atroz comenzaría, durante la cual Él sufriría inmensamente más. Pero la acción de llevar su Cruz había terminado. Desde entonces, Él se acostó sobre la Cruz y la Cruz lo llevó a Él. Él no la cargó más. Él había atravesado por completo su inmolación interior.
En nuestra vida espiritual, debemos llevar nuestras cruces. Nuestro Señor quiere que llevemos nuestros sufrimientos sobre nuestros hombros, tomemos la iniciativa y que caminemos hacia la completa, triste, trágica y terrible renuncia a la que estamos llamados a pasar a fin de cumplir nuestra misión.
Después de que demos la prueba de consumir todas nuestras energías a fin de alcanzar la meta, después de que estamos en una etapa de completo agotamiento, entonces Él envía a alguien para que nos ayude a caminar el resto de nuestro camino y Él permite que seamos crucificados en el cumplimiento de nuestro deber. Nos identificamos con esa carga para siempre. Nuestro combate termina y ganamos nuestra gloria – como Él lo hizo.

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